CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA100 Basilea, 21 de noviembre de 1907 - El misterio de los números en el evangelio de Juan

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Evolución humana y conocimiento de Cristo
RUDOLF STEINER

El misterio de los números en el evangelio de Juan

Basilea, 21 de noviembre de 1907


6 conferencia, 

Uno de los secretos más importantes de todas las escuelas ocultas, incluida la dionisíaca, es el llamado secreto de los números. Nadie que no sea capaz de descifrar el secreto de los números puede leer una escritura oculta. Cuando aparecen números en los documentos religiosos, siempre hay un significado profundo detrás. La escuela de Pitágoras también se basa en el secreto de los números. Si bien es cierto que la letra mata, al interpretar escrituras ocultas hay que atribuirle un valor muy concreto a la letra, de lo contrario se corre el riesgo de interpretar en esta escritura el espíritu que se quiere encontrar en ella. En el Evangelio de Juan encontramos múltiples números con significado oculto. En la quinta conferencia se habló de las tres mujeres que estaban junto a la cruz, de la Virgen María, Sofía y Magdalena. En la conferencia de hoy, queremos basarnos primero en otra consideración numérica.

Recordemos primero la conversación de Cristo Jesús con la samaritana (cap. 4, 7 y ss.). Cristo pronuncia las significativas palabras: «Has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tu marido». Y vuelve a aparecer el número cinco en la curación del enfermo de treinta y ocho años (cap. 5, 5). El estanque de Betesda tiene cinco pórticos. Profundicemos un poco más en el significado de este número místico cinco. Consideremos el ser humano en relación con la evolución de la humanidad. Como hemos visto, el ser humano está compuesto por nueve partes, que sin embargo pueden reducirse a siete. En la evolución del ser humano, estos siete cuerpos se desarrollan gradualmente. En el ser humano actual aún no se han desarrollado los siete miembros. El ser humano medio ha alcanzado el nivel del alma consciente, mientras que el yo espiritual se encuentra aún en los inicios de su desarrollo. Retrocedamos hasta el momento de la evolución humana en el que el ser humano aprendió a decir conscientemente «yo». Este momento fue precedido por la antigua época atlante, en la que los seres humanos aún estaban dotados de poderes clarividentes inciertos. En la zona de la Atlántida, que corresponde a la actual Irlanda, vivía un pueblo atlante tan avanzado en su desarrollo que se le formó la cubierta de la cabeza etérica y física.

Este era el pueblo más avanzado de la época, y estaba destinado a convertirse en el portador del desarrollo futuro. Un espíritu muy avanzado, Manu, guió a este grupo hacia el este, a través de la actual Rusia, hasta Asia Central, a la zona del actual desierto de Gobi. Allí se fundó una colonia desde la que se enviaron grupos en diferentes direcciones para difundir la cultura de este pueblo. Esto ocurrió en la época en que el continente de la Atlántida se hundía poco a poco. Las actuales África y Europa «emergieron gradualmente de las aguas. Otro grupo de atlantes se trasladó desde sus lugares de residencia hacia el oeste y formó la población indígena de la actual América, donde fue descubierta por los europeos. Otro grupo se trasladó al norte de Europa. Todos estos grupos han conservado sus recuerdos clarividentes en antiguas leyendas y mitos. Si comprendemos correctamente estas leyendas y mitos, se aclararán algunas de las oscuridades que aún pesan sobre la historia de la humanidad; entonces aprenderemos a comprender muchas cosas que ahora aún nos resultan incomprensibles. Pero no debemos ser pedantes al explicar estas leyendas y mitos. Debemos saber de qué manera tan complicada han influido las experiencias clarividentes y la imaginación en la creación de estas antiguas leyendas. En esta época del primer despertar del yo en la personalidad, el ser humano vivía en mayor medida en su entorno que más tarde. También percibía menos los contornos externos de los objetos que le rodeaban que sus propiedades internas y la relación que tenían con él, si le eran útiles o perjudiciales, amistosos o hostiles. Cuanto más se encerraba el yo en la personalidad humana, más disminuían las capacidades clarividentes, mientras que las formas del mundo exterior se hacían cada vez más evidentes ante el ojo físico. Si imaginamos este hecho, podemos comprender fácilmente que la entrada del yo provocó un cambio enorme. Antes, el ser humano no veía su propio cuerpo, ahora comenzaba a designarlo como su yo.

En los últimos tiempos, la Atlántida era una tierra neblinosa, cubierta por una densa niebla; no había alternancia entre lluvia y sol, ni tampoco aparecían los arcoíris. Estos solo pudieron surgir en la era postatlante, cuando las masas de niebla se dispersaron. Este acontecimiento ha permanecido vivo en la conciencia popular como la leyenda de Heimdall y en la historia de Noé y el arca. El recuerdo de la tierra de niebla se ha conservado en el nombre nórdico Niflheim, tierra de niebla. Los pueblos nórdicos también han conservado el impacto del yo en la personalidad humana en la leyenda de los Nibelungos. Allí, el yo se representa con el símbolo del oro.  El oro se disolvió en el agua, pero se concentró en el anillo, el tesoro de los nibelungos: el yo, que hasta entonces había estado disperso por todo el mundo, se concentró en la forma humana sólida. En la adaptación de esta leyenda por Wagner se puede percibir claramente el sentimiento inconsciente del artista creador. Wagner no era plenamente consciente de lo que creaba en su obra, pero le guiaba un conocimiento subconsciente. Así, por ejemplo, Wagner podría haber caracterizado la llegada del yo a la conciencia, en el punto de órgano que recorre toda la obertura de la ópera «El oro del Rin».

Allá, en el Lejano Oriente, bajo el liderazgo de una individualidad altamente desarrollada, surgió la primera cultura, de la que aún dan testimonio los antiguos Vedas. El primer impacto de esta cultura se produjo hacia el sur, en la antigua cultura india. En los antiguos mitos y leyendas indios, en los documentos religiosos, se conservan los relatos de estos hechos, que pueden ser leídos por los clarividentes. Muchas cosas aparentemente contradictorias se revelan allí como la verdad más profunda. Esta cultura aún conservaba recuerdos claros de la antigua clarividencia y sentía un profundo anhelo por ella, como por un bien precioso que, lamentablemente, se había perdido. Los seres humanos aún estaban tan imbuidos de la realidad del mundo espiritual que describían el mundo físico como maya, ilusión. Por eso intentaron recuperar ese bien perdido apartando la mirada de lo terrenal y dirigiéndola constantemente hacia lo espiritual. Este es el origen de los ejercicios de yoga, que tratan de introducirnos en el mundo espiritual mediante la amortiguación de la conciencia. Querían volver al antiguo estado de crepúsculo; buscaban el camino que les llevara de vuelta al paraíso perdido. Durante toda la época atlante, el mundo exterior solo era perceptible para los seres humanos en contornos borrosos. Los atlantes aún vivían principalmente en el mundo espiritual. Para el investigador espiritual, todo el período posatlante significa solo una conquista gradual del plano físico. La primera época cultural posatlante, la india, todavía tenía poco sentido de lo que hay fuera, en la naturaleza física, que los iniciados consideraban una ilusión absoluta, desde la cual buscaban llegar a la única realidad, la realidad espiritual.

 La segunda influencia fue la antigua cultura persa. El persa está más cerca del mundo exterior que el indio; conoce la apariencia del bien y del mal, representados por los dioses Ormuzd y Ahriman. Busca unirse al primero para combatir al segundo. La Tierra es para él un campo de trabajo para integrar el espíritu en la existencia física. La tercera época cultural es la cultura egipcio-asiria-caldea-babilónica. El ser humano ha dado un paso más en la conquista del plano físico. Para los persas, el mundo físico era todavía un campo de trabajo indiferenciado. Ahora, el ser humano ya aplica sus conocimientos para someter las fuerzas de la tierra. Conoce la geometría para dividir sus tierras; su mirada va más allá de la Tierra, hacia las estrellas, y así surge la astronomía.

La cuarta es la época cultural grecolatina. Mientras que hasta ahora el ser humano se ha ocupado en la ciencia de la cultura exterior, ahora plasma su propio interior, lo específicamente humano, en la materia. Vemos reaparecer su propia figura en las obras de arte que crea; en la epopeya y el drama que compone, describe sus propias cualidades espirituales. El romano es el ciudadano que proyecta su propia legalidad y así forma el Estado y la jurisprudencia. En la quinta era, en la que vivimos hasta ahora, el ser humano ha avanzado aún más en el dominio del mundo exterior. Nuestra época significa el descenso más profundo del espíritu a la materia desde los tiempos de la Atlántida. Era necesario que se produjera este descenso para que la humanidad pudiera avanzar. Solo después de que el espíritu haya descendido completamente a la materia podrá comenzar de nuevo su ascenso. Nuestra era ha desarrollado una gran ciencia, con cuya ayuda podemos dominar las más diversas fuerzas de la naturaleza. En la antigüedad, cuando el hombre molía sus granos de cereal de forma primitiva entre dos piedras, no se necesitaba un gran esfuerzo de fuerza espiritual para satisfacer sus escasas necesidades vitales. En nuestra época es muy diferente. Pensemos solo en el enorme esfuerzo espiritual que se necesita para satisfacer las necesidades materiales del hombre moderno. Tenemos locomotoras, barcos de vapor, teléfonos, luz eléctrica. Aquí se ha invertido una enorme cantidad de fuerza espiritual en la materia. Sin embargo, los intereses espirituales del ser humano pasan completamente a un segundo plano. Vemos, pues, que todo el desarrollo espiritual de la humanidad en la era postatlante significa un descenso del espíritu humano hacia la materia. Pero el propósito de este descenso es la superación de la materia, ese gran adversario del espíritu. Porque después del descenso más profundo debe comenzar ahora un ascenso hacia la vida espiritual consciente.



Podemos representar el curso de la historia de la humanidad en la época postatlante mediante la gráfica adjunta.

Lo que provocará el ascenso es el poder del cristianismo. En medio de la cuarta época cultural, mucho antes de que se alcance el punto más bajo de la línea descendente, surge la estrella del cristianismo. Aparece Cristo Jesús como la gran personalidad que aporta a la humanidad la fuerza para el posterior ascenso al espíritu. Todas las épocas culturales anteriores pueden considerarse también como una preparación para el cristianismo. En la quinta época cultural, el cristianismo tiene que soportar la prueba más dura, ya que el pensamiento materialista oscurece las verdades espirituales del cristianismo. En la sexta época, el cristianismo unirá a la humanidad en una gran hermandad, y como precursor, como anunciador de esta época venidera, hay que considerar a la teosofía, que prepara la espiritualización de la humanidad.  Las enseñanzas que el cristianismo ha dado a la humanidad son tan profundas y sabias que ninguna religión futura será capaz de sustituir o desplazar al cristianismo. El cristianismo tiene la capacidad de adaptarse a todas las formas culturales del futuro.

Hay que considerar otra faceta del desarrollo humano. En la época de la Atlántida se formó el cuerpo físico y, cuando el continente de la Atlántida se inundó, el ser humano tenía aproximadamente la misma forma que tiene hoy. Entonces comenzó la formación de los miembros espirituales. En la época cultural india se desarrolló el cuerpo etérico. El pueblo indio, como primera rama cultural de la época postatlante, era muy receptivo a la vida espiritual. Esto está relacionado con la formación especial del cuerpo etérico.

Como comentario intermedio, se podría añadir lo siguiente. Nuestra cultura europea actual es muy diferente tanto de la antigua como de la actual cultura india, por lo que es comprensible que los medios y caminos que conducen a un indio y a un europeo a la vida espiritual tengan que ser diferentes. Los ejercicios de yoga que son beneficiosos para los indios son inadecuados para los europeos. Los maestros que imparten los caminos de la iniciación los adaptan completamente a los respectivos niveles de desarrollo de la humanidad. Lo que es un método excelente para un nivel puede ser directamente perjudicial para otro. Tampoco es casualidad que las religiones se hayan sucedido unas a otras.  Aunque todas ellas contienen un núcleo común de verdad, las diferentes expresiones de esta verdad están condicionadas por las diferencias entre las épocas culturales. Un árbol es un todo completo, desde la raíz hasta la flor, y sin embargo, la raíz necesita un alimento diferente al de las hojas y las flores. Del mismo modo, la humanidad de las diferentes épocas culturales requiere métodos religiosos y de iniciación diferentes.

En la cultura persa se desarrolla el cuerpo astral. En la cultura egipcio-asirio-caldeo-babilónica se desarrolla en el cuerpo astral el alma sensible. En la cultura grecolatina se desarrolla el alma racional. Nuestra propia cultura desarrolla el alma consciente. En el sexto período se desarrollará el yo espiritual, que hoy solo está presente en estado embrionario. Se necesita la enorme fuerza impulsora del espíritu crístico para desarrollar este estado embrionario. El verdadero cristianismo solo florecerá cuando se haya desarrollado el yo espiritual. Entonces la humanidad se preparará para acoger en sí misma el budhi, el espíritu de la vida. Al principio, solo un pequeño grupo de personas desarrollará esta fuerza en su interior, pero alcanzará una maravillosa vida espiritual. El cristianismo se encuentra hoy en día solo al comienzo de su desarrollo. Aquellos que se preparan hoy para la formación del yo espiritual en su interior harán que este cristianismo espiritual más profundo sea cada vez más accesible para la humanidad en el próximo período.

Vemos cómo, en la tercera era, un pequeño grupo, el pueblo judío, prepara las condiciones que hacen posible la aparición del cristianismo; cómo, en la cuarta era, la fuerza de Cristo penetra en el mundo físico; cómo, en la quinta era, se produce el descenso más fuerte de la humanidad al mundo físico; cómo, después de que la humanidad ha conquistado el dominio sobre este mundo físico, en el sexto período la humanidad adquiere una fuerza y una capacidad aún mayores para absorber la vida espiritual que ha traído el espíritu de Cristo. Cristo aparece como el primogénito, el hombre muy adelantado a su tiempo, que ya ha alcanzado el nivel que el resto de la humanidad solo alcanzará en el sexto período. El quinto período es el más material del desarrollo de la humanidad.

Las sensaciones espirituales constituyen la base de los estados físicos, y toda enfermedad del cuerpo es la expresión de alguna desviación espiritual. Por eso la lepra, la horrible enfermedad de la Edad Media, fue una expresión física del miedo que los pueblos europeos sentían hacia los hunos. Los hunos eran descendientes en decadencia de la raza atlante. Aunque sus cuerpos físicos aún estaban sanos, sus cuerpos astrales ya estaban impregnados de sustancias putrefactas. El miedo y el terror son un excelente caldo de cultivo para las sustancias putrefactas del plano astral. Así, estas sustancias putrefactas de las tribus atlantes pudieron establecerse en el cuerpo astral de los pueblos europeos y, desde allí, provocaron la lepra en el cuerpo físico de las generaciones posteriores.

Todo vive primero de manera espiritual para expresarse más tarde en el cuerpo físico. Incluso el nerviosismo actual no es más que una consecuencia de la mentalidad materialista de nuestro tiempo. Los sabios líderes de la humanidad saben que, si el auge del materialismo continuara, aparecerían grandes epidemias de enfermedades nerviosas entre nosotros; los niños nacerían con los miembros temblorosos. Por eso se creó el movimiento teosófico, para salvar a la humanidad de los peligros del materialismo. Quien difunde el pensamiento y el sentimiento materialistas favorece estas enfermedades devastadoras; quien lucha contra el materialismo lucha por la salud y la capacidad de desarrollo de nuestro pueblo.  El individuo no puede contribuir en nada a su salud; es un miembro de toda la humanidad y obtiene las sustancias necesarias para su conservación de la fuente común a todos los seres humanos. Quien profundiza en las leyes del desarrollo humano, debe observar con el corazón compungido cómo sufre el individuo y cómo su sufrimiento no es más que la expresión del extravío espiritual de toda la humanidad. La teosofía no está llamada tanto a ayudar al individuo como a impulsar a toda la humanidad hacia lo espiritual y, de este modo, contribuir a la recuperación física de la humanidad.

En la sexta y séptima era, gracias al poder de Cristo, el yo espiritual y el espíritu vital se desarrollarán en aquellos que se apoyan en Cristo. Estos alcanzarán al mismo tiempo un pensar y un sentir sanos. El cristianismo trae consigo la gran salud y la gran curación. La fuerza vital de Cristo vence toda enfermedad y muerte. El cuerpo humano se ha desarrollado como un cuerpo sólido a partir de lo líquido y, por lo tanto, en la ciencia espiritual, el elemento líquido se considera el elemento corporal. Las cinco salas que rodean el estanque de Betesda representan las cinco edades que el ser humano utiliza para penetrar cada vez más profundamente en la corporeidad, al final de las cuales ha caído completamente en la materia. Solo cuando se hayan superado estos cinco períodos, el ser humano podrá recuperarse. Quien haya caído en estas cinco salas no podrá ser curado a menos que el gran sanador, Cristo, se acerque a él. Entonces ocurre lo que se describe en el quinto capítulo del Evangelio de Juan. Así, la descripción del enfermo durante treinta y ocho años es un presagio profético de lo que ocurrirá en la sexta época, en la que el ser humano ya no necesitará remedios, porque será su propio sanador.

Al comienzo de la era postatlántica aún encontramos vestigios del parentesco consanguíneo. Las palabras de Cristo: «El que no deja a su padre y a su madre... no puede ser mi discípulo», apuntan al nivel de la humanidad en la sexta era. Entonces, en lugar de los espíritus nacionales, tribales y raciales, reinará un espíritu humano universal. Entonces el ser humano ya no será hijo de su tribu o pueblo, sino hijo de la humanidad, hijo del hombre. También en este caso, Cristo es el primero en llevar este nombre con razón (Juan, cap. 3, 13,14). En aquella época ya se comportaba como se comportarán los seres humanos cuando sean hijos del hombre.

Esto se expresa en el hecho de que Cristo se acerca a la samaritana, ya que los samaritanos no tenían relación con los judíos. Lo que el ser humano tiene en su interior, lo que hace posible su desarrollo, es algo femenino, pasivo, frente al espíritu, que representa el principio fecundador, masculino y activo. La consecuencia de esta influencia constante del principio masculino sobre el femenino es, en primer lugar, el desarrollo del cuerpo etérico, luego del cuerpo astral, del alma sensible, del alma intelectual y del alma consciente. En esta última se forma luego el yo espiritual. Esto se insinúa en la conversación de Cristo con la samaritana (cap. 4,18) con las palabras: «Has tenido cinco maridos, y el que ahora tienes no es tu marido». Los cinco maridos que ha tenido la mujer son los cinco cuerpos espirituales que han influido en el físico, y el sexto, el yo espiritual, ya no es el marido en el sentido antiguo. Los otros cinco son etapas inferiores y transitorias del desarrollo, mientras que el sexto, el yo espiritual, representa lo divino, lo eterno. Así, en la conversación con la samaritana vemos también un anuncio de los tiempos venideros por parte de Cristo Jesús.

Mientras que los cinco cuerpos necesitan purificación externa, el yo espiritual mantendrá puro al ser humano. El cuerpo de Cristo ya está lleno de pureza. Él también quiere purificar a la humanidad y, por lo tanto, se presenta y purifica el templo de los mercaderes y cambistas (cap. 2, 14-22), es decir, purifica el templo del Espíritu Santo, el cuerpo del ser humano, de los principios inferiores que se le adhieren y lo hace capaz de recibir el Espíritu.

 Sin embargo, estas explicaciones no deben dar la impresión de que las descripciones del Evangelio de Juan deben entenderse únicamente como símbolos. En la Antigüedad, la elección del nombre no era algo arbitrario, sino que se ajustaba estrictamente al carácter de la personalidad. Así como es cierto, por ejemplo, que las tres mujeres que estaban junto a la cruz de Jesús representaban las tres cualidades del alma consciente, intelectual y sensible, también es cierto que estas tres personas estaban físicamente presentes bajo la cruz. Cuando leemos el Evangelio de Juan, vemos tanto imágenes simbólicas de lo que se realizará en la próxima era en esta Tierra, como algo que realmente ocurrió al comienzo de nuestra era. Los hechos históricos han sido presentados por los sabios, las fuerzas que guían a la humanidad, como símbolos del futuro desarrollo de la humanidad.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA100 Kassel, 18 de junio de 1907 - La labor del hombre sobre los miembros inferiores de sus ser y el destino tras su muerte

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Evolución humana y conocimiento de Cristo
RUDOLF STEINER

La labor del ser humano sobre los miembros de su ser y el destino tras su muerte

Kassel, 18 de junio de 1907


3 conferencia, 

Lo más sagrado en el ser humano es lo que se denomina « la autoconciencia ». Quien lo comprenda de la manera correcta, entenderá sin dificultad que la palabra « autoconciencia » expresa en realidad el sentido de la existencia humana. La autoconciencia es la capacidad de reconocerse a uno mismo como un yo.

La mejor manera de hacerse una idea es pensar que en todo el ámbito de la lengua española hay un nombre que se diferencia fundamentalmente de todos los demás: es la palabra «yo». Cualquiera puede llamar «mesa» a una mesa, pero «yo» solo puede decirlo cada uno de nosotros para sí mismo; para todos los demás, uno es un «tú». La palabra «yo» nunca puede llegar a mis oídos desde fuera si se refiere a mí mismo. Así lo han percibido todas las ciencias espirituales. La religión hebrea, por ejemplo, cuando hablaba de esta esencia del interior humano, lo hacía llamándola el nombre inefable de Dios. Se decía que, para pronunciar el «yo», este debía surgir del centro del ser mismo. Ningún ser externo puede pronunciar el nombre. Por eso, cuando el sacerdote pronunciaba la palabra Yahvé, «Yo soy el que soy», era como si un escalofrío recorriera toda la asamblea. Ahí es donde el Dios comienza a hablar en el ser humano. Ese es el significado puro y original del nombre hebreo de Dios. Conocerán otros nombres, pero todos guardan cierta relación con este nombre. Y con este yo nos referimos al cuarto miembro del ser humano. A partir de este yo, el ser humano trabaja los otros miembros de su esencia: el cuerpo astral, el cuerpo etérico y también el cuerpo físico. Por mucho que retrocedamos en la historia evolutiva de la esencia humana, los cuatro miembros siempre han estado presentes en el ser humano; y eso es precisamente lo que lo diferencia de los animales.

 En relación con estos cuatro miembros, veamos cómo se relaciona lo que está desarrollado con lo que no lo está. Comparemos a uno de los más salvajes, que aún devora a sus semejantes, con un europeo medio, y a este a su vez con un ser muy desarrollado, por ejemplo Goethe, Schiller o Francisco de Asís. El salvaje sigue directamente sus instintos y pasiones, tal y como están contenidos en su cuerpo astral. Aunque ya tiene el yo, este sigue estando completamente bajo el dominio del cuerpo astral. El europeo medio actual ya distingue lo que es bueno de lo que no lo es. Esto se debe a que este ser humano ya ha trabajado su cuerpo astral. Ha trabajado en él e incluso ha transformado algunos instintos en los llamados ideales. Cuanto más ha trabajado el ser humano en su cuerpo astral desde su yo, mayor es el nivel de desarrollo que ha alcanzado. El ser humano medio europeo actual ya ha trabajado mucho en él. Una personalidad como Schiller o Goethe ya ha transformado la mayor parte de su cuerpo astral. Pero una persona que ya ha sometido todas sus pasiones a su voluntad, como por ejemplo Francisco de Asís, ya tiene un cuerpo astral que ha sido completamente transformado por el yo; ya no hay nada en él que no esté bajo el dominio del yo. Todo lo que el ser humano ha transformado de su cuerpo astral de esta manera, lo llamamos su manas o yo espiritual; ese es el quinto miembro de su esencia. Por lo tanto, podemos decir: en el yo se encuentra la semilla para la transformación del cuerpo astral en manas, el yo espiritual.

 Ahora bien, también existe la posibilidad de que el ser humano no solo transforme su cuerpo astral, sino también su cuerpo etérico, de modo que el yo también se convierta en dueño del cuerpo etérico. Solo hay que tener claro que esto es mucho más difícil y se lleva a cabo más lentamente. La diferencia entre la transformación del cuerpo astral y la del cuerpo etérico es la siguiente: ¡Piensen en lo que sabía a los ocho años y en todo lo que ha aprendido desde su juventud! El portador de todas estas transformaciones es el cuerpo astral; por lo tanto, cambia de manera significativa cada día, por así decirlo, a causa de todas las impresiones externas que absorbe. Sin embargo, con el cuerpo etérico es diferente. Para hacerse una idea, imagínense lo siguiente: si a los ocho años era un niño irascible, es probable que hoy en día siga siendo irascible en ocasiones. Solo unas pocas personas logran cambiar hasta tal punto que también transforman sus hábitos, sus inclinaciones, su temperamento y su carácter. Esto no contradice en absoluto lo dicho anteriormente. El cuerpo astral tiene que ver con el placer y el dolor y nuestras pasiones; pero si estas pasiones se han convertido en hábitos, en los llamados rasgos de carácter, entonces están ancladas en el cuerpo etérico; y si queremos transformar esos hábitos, entonces debe transformarse el cuerpo etérico, porque este es el portador de todos los hábitos y rasgos de carácter.

 A menudo he comparado los cambios del cuerpo astral y del cuerpo etérico con el movimiento de las agujas de los minutos y las horas de un reloj.

«Más adelante hablaremos del desarrollo del discípulo avanzado. Este discípulo no es tal en el sentido de la vida cotidiana, no es alguien que simplemente aprende algo. Sin duda, un discípulo así también tiene mucho que aprender, pero infinitamente más importante que el aprendizaje es el trabajo descrito anteriormente en el cuerpo etérico: que logre transformar la ira en mansedumbre. Precisamente para ello, la ciencia secreta da instrucciones al discípulo.

Quien tiene la capacidad de cambiar de la noche a la mañana un hábito, es decir, una característica de su cuerpo etérico, ha alcanzado un alto nivel de desarrollo. Tal transformación del cuerpo etérico debe ir de la mano con lo que el discípulo de la ciencia oculta aprende por lo demás. Pero incluso si el ser humano no sabe nada de este tipo de entrenamiento, cambia por sí mismo su cuerpo etérico, aunque sea de forma lenta y gradual, a lo largo de muchas encarnaciones. Y todo lo que se ha transformado de este cuerpo etérico lo llamamos buddhi o espíritu vital, y constituye el sexto miembro de la entidad humana.

Y luego hay otro nivel, mucho más elevado, en el que el ser humano aprende a trabajar en su cuerpo físico y a transformarlo. El grado de dominio que haya alcanzado sobre su cuerpo físico se denomina Atma o hombre espíritu; es el séptimo miembro de su esencia. Atma está relacionado con la palabra «respirar», porque es el proceso de la respiración el que da lugar a esta transformación. Lo que significa dominar conscientemente el cuerpo físico desde el yo solo se puede imaginar cuando se piensa en lo poco que se sabe realmente sobre el cuerpo físico. Este conocimiento no tiene nada que ver con lo que la anatomía actual dice sobre el cuerpo físico. Mucho antes de que existiera la anatomía actual, había enseñanzas antiguas, que sin embargo no se hicieron públicas, en las que se encuentra un conocimiento sobre el interior del ser humano. Esto permitía a estos antiguos sabios, por ejemplo, seguir las corrientes de la vida y de la sangre; así eran capaces de mirarse a sí mismos interiormente, de observar el cuerpo físico en todos sus órganos. Si nos hemos desarrollado hasta tal punto, es posible que ninguna partícula de nuestro cuerpo se mueva sin nuestra voluntad. Esa es la transformación en Atma, el hombre espíritu.

Ahora bien, alguien podría objetar: el cuerpo físico es el eslabón más bajo del ser humano, ¿por qué entonces es posible su transformación en el eslabón más alto? Precisamente porque el cuerpo físico es el eslabón más bajo, se necesita el mayor esfuerzo del ser humano para controlar este cuerpo. La transformación de este cuerpo físico va de la mano con la obtención del control sobre las fuerzas que inundan todo el cosmos. Y el dominio sobre estas fuerzas cósmicas es lo que se denomina magia.

Así, el ser humano, en su verdadera esencia interior, consta de siete partes, pero estas siete partes se funden completamente entre sí. Solo se puede tener una idea correcta de esta interpenetración de las siete partes si se compara con los siete colores del arco iris, que también están contenidos en la luz del sol. Así como la luz consta de estos siete colores, el ser humano también consta de sus siete miembros.

Ahora vamos a abordar la importancia de esta estructura para comprender todo el ciclo vital del ser humano. Ayer ya escuchamos cuál es la naturaleza del dormir. En la cama yacen el cuerpo físico y el cuerpo etérico; continúan las manifestaciones vitales de este cuerpo etérico, la respiración y la circulación sanguínea; pero todo lo que pertenece al cuerpo astral se eleva con el yo fuera del cuerpo físico y del cuerpo etérico.

En la muerte, por el contrario, ocurre algo diferente. Mientras que durante todo el tiempo entre el nacimiento y la muerte, el cuerpo físico y el cuerpo etérico permanecen unidos, en la muerte no solo se separa el cuerpo astral, como en el sueño, sino también el cuerpo etérico del cuerpo físico. Pero este cuerpo físico es tan complejo, —recordemos lo dicho ayer— que, cuando solo depender de sí mismo, tiene que desintegrarse. Contemplemos ahora con mirada clarividente al ser humano inmediatamente después de la muerte: ante nosotros se encuentra únicamente el cuerpo físico, y sobre él flotan el cuerpo astral y el cuerpo etérico. Inmediatamente después de la muerte se produce un fenómeno peculiar en la percepción del ser humano que ha fallecido: en el momento de la muerte, toda su vida se presenta como un cuadro extendido en el campo de la memoria humana. Cada pequeño acontecimiento, incluso el más insignificante, pasa ante él en forma de imágenes. Esto se debe, naturalmente, a que el cuerpo etérico, además de la propiedad antes descrita de impedir la descomposición del cuerpo físico, es también el portador de la memoria. En el mismo momento en que este cuerpo etérico queda liberado de su primera tarea, se entrega intensamente a esta segunda tarea. Pero como durante la vida cada acontecimiento estuvo ligado al placer y al dolor, a la alegría y al sufrimiento, como consecuencia de la penetración del cuerpo astral, ahora que el cuerpo astral también se ha separado de él, el ser humano experimenta estas imágenes de recuerdo, es decir, toda su existencia pasada, sin sensaciones, sin sentimientos, como en un gran panorama.

Mientras este cuerpo etérico permanece conectado al cuerpo físico, el instrumento del que debe servirse es el cerebro, lo que hace que nuestros recuerdos nunca sean completos, pues solo conservamos en la memoria fragmentos de las impresiones de la vida. La culpa de ello la tiene la imperfección de este cerebro físico, mientras que en el momento de la liberación del cerebro físico, este cuerpo etérico lo recuerda todo. En la vida cotidiana ya encontramos una analogía con este estado en el shock que se experimenta, por ejemplo, en el momento de ahogarse, de caer, etc. Esto se debe simplemente a que, en un momento así, el cuerpo etérico se separa violentamente del cuerpo físico, lo que también ocurre, por ejemplo, de forma más leve, cuando se adormecen las extremidades, o en la hipnosis, en la que el clarividente ve el cuerpo etérico colgando a ambos lados de la cabeza. La fisiología materialista objeta que se produce un cambio material en la sangre, pero eso es confundir la causa con el efecto.

El primer destino del ser humano tras la muerte es, por tanto, esta retrospectiva de la vida pasada, que tiene una duración variable y que, por término medio, dura unos tres días y medio. A continuación se produce una especie de segunda muerte, en la que lo etérico se separa por completo también del cuerpo astral, quedando atrás una especie de cadáver etérico. Este cadáver etérico se disuelve muy pronto, aunque a diferente velocidad en cada persona, en el éter universal, pero no por completo; queda una especie de esencia de la vida pasada que el yo se lleva consigo y que es un bien imperecedero que permanece con el ser humano para todas las encarnaciones posteriores. Después de cada encarnación, se añade, por así decirlo, una nueva "página" a las anteriores. En teosofía se le llama cuerpo causal, y en la calidad de este cuerpo causal reside la causa de cómo se configuran las encarnaciones posteriores.

Ahora el cuerpo astral está solo. ¿En qué se diferencia este estado dormido, en el que también se separaba de los otros miembros, el cuerpo físico y el cuerpo etérico, y en el que también estaba solo? Las fuerzas que tenía que emplear mientras dormía para elaborar y reparar el cuerpo físico se han liberado al abandonar definitivamente este cuerpo físico; ahora el cuerpo astral las utiliza para sí mismo y toma conciencia de ello. En este estado de autoconsciencia, el cuerpo astral atraviesa ahora una etapa que se puede comprender mejor si se tiene en cuenta la siguiente consideración.

Piense por un momento en el placer de disfrutar de una comida deliciosa; el ser humano la disfruta y se deleita en ese placer. Este placer no se encuentra en el cuerpo físico, sino en el cuerpo astral; pero para que este placer pueda tener lugar, necesita una herramienta, es decir, una lengua, un paladar; por lo tanto, el cuerpo físico proporciona la herramienta para los placeres del cuerpo astral. ¿Cómo es esto después de la muerte, cuando se ha abandonado el cuerpo físico? Falta el instrumento, el mediador del placer, pero el cuerpo astral no ha perdido el anhelo, el deseo de placer. Imagínense este estado de la forma más vívida posible. Es un estado similar al que siente, por ejemplo, alguien que tiene sed en el desierto. Después de la muerte, el cuerpo astral seguirá teniendo el deseo de disfrutar, en la medida en que lo haya estado acostumbrado durante la vida pasada. Por eso, para todos los seres humanos, este tiempo después de la muerte es un tiempo de deseos insatisfechos.  Este estado se denomina Kamaloka; Kama significa deseo, locus: lugar. Es el mismo estado que encontramos descrito en numerosos mitos, por ejemplo, en los tormentos de Tántalo o en el purgatorio. Por supuesto, este estado no es solo un tormento; solo lo es hasta que el cuerpo astral se deshabitua del deseo de placer. Cuantas más necesidades tuviera el cuerpo astral aquí en la vida física, más dura este estado. Pero de ello se deduce que, dependiendo de la calidad de las necesidades que haya tenido una persona en su vida pasada, el cuerpo astral puede encontrar en el kamaloka no solo sufrimiento, sino también, en determinadas circunstancias, algo muy bueno y agradable. Por ejemplo, experimentará con agrado cada uno de los placeres que haya disfrutado en la hermosa naturaleza. Para disfrutar de esta alegría que nos brinda la belleza de la naturaleza, necesitamos tener ojos para ver, pero la belleza es algo que va más allá de lo físico, y por eso, también en la vida en Kamaloka, este estado es fuente de un mayor disfrute. Estas cosas son la causa de las grandes alegrías y experiencias maravillosas que se viven también durante el tiempo en Kamaloka. Así pues, el ser humano puede embellecer este tiempo si se libera de su apego a los placeres puramente físicos. Si lo piensan, comprenderán muchas cosas de la vida, por ejemplo, todo lo relacionado con el arte. Cuanto más ideal es el arte, cuanto más se trasluce lo ideal, más fuerte y más edificante es el efecto de la obra de arte más allá de la vida. Su elemento es lo espiritual. Solo la miopía materialista ha llevado al naturalismo en el arte. Tras atravesar este periodo de kamaloka, hemos llegado al punto en el que el ser humano ha abandonado todos sus placeres materiales, y este momento supone atravesar un estado completamente nuevo. Ahora el alma se despoja también de todo aquello del cuerpo astral en lo que el ser humano, es decir, el yo, aún no ha trabajado; y esta envoltura astral ahora despojada es, por tanto, el tercer cadáver que el ser humano deja atrás.

Y ahora, después de que el yo se ha unido con lo que ha conquistado de los otros cuerpos, es decir, con la esencia del cuerpo etérico descrita anteriormente y ahora también con la del cuerpo astral, pasa al mundo de los espíritus. Y ese es el tiempo que el alma vive desde ese momento hasta un nuevo nacimiento.

Hablaremos de eso mañana. Hoy solo quiero volver a insistir en una cosa: que todos estos mundos espirituales nos rodean constantemente y no están separados de nosotros espacialmente en un más allá, por lo que son visibles en todo momento para el ojo clarividente. Y quien puede ver estos mundos espirituales también puede ver en todo momento estas sombras o siluetas, que son los cadáveres. Son precisamente estos cadáveres los que con frecuencia se cuelan en las sesiones espiritistas. Pero si los participantes en una sesión espiritista de este tipo consideran que un cadáver astral de este tipo es la propia individualidad, es tan absurdo como considerar que el cadáver físico es el propio ser humano. Por lo tanto, este cadáver astral, —pues es precisamente lo que el yo no puede utilizar—, muestra muy a menudo rasgos ridículos en este tipo de sesiones espiritistas.

Traducido por J.Luelmo dic, 2025

GA100 Kassel, 17 de junio de 1907 - Sobre la naturaleza del ser humano

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Evolución humana y conocimiento de Cristo
RUDOLF STEINER

Sobre la naturaleza del ser humano

Kassel, 17 de junio de 1907


2 conferencia, 

Después de haber hablado ayer, a modo de introducción, sobre el objetivo y la esencia del movimiento de las ciencias espirituales, hoy queremos adentrarnos directamente en la esencia misma de esta ciencia. Esto tiene la desventaja de que puede resultar algo impactante para aquellos que aún no están familiarizados con estos temas; pero hay que tener paciencia y ser consciente de que algunas cosas que al principio parecen absurdas, con el tiempo se revelarán como algo coherente y comprensible.

Del tema que nos ocupa, primero tendremos que abordar la consideración sobre la esencia del ser humano.

Este ser humano, que somos nosotros mismos, debe presentarse ante nuestra alma. Es un ser muy complejo, el más complejo que podemos encontrar en el mundo que conocemos. Por eso, a lo largo de la historia, este ser humano ha sido denominado por los más perspicaces «microcosmos», en contraposición al macrocosmos, al universo. Paracelso utilizó una comparación muy bonita para expresar de forma gráfica la esencia del ser humano: Mirad la naturaleza que os rodea y pensad en cada ser, —planta, animal, piedra— como una letra del alfabeto, y con estas letras escritas formando una palabra, tendréis al ser humano.

En este sentido, veremos que se cumple la frase de Goethe: hay que comprender toda la naturaleza para comprender al ser humano. En primer lugar, lo que voy a decir hoy es, por así decirlo, solo un esbozo de la esencia del ser humano. Así como un dibujo a carbón se relaciona con una pintura, la presentación de hoy debe relacionarse con lo que estaremos discutiendo sobre la naturaleza del hombre en los próximos días.

 Cuando, como seres terrenales, observamos al ser humano que se presenta ante nosotros con nuestros sentidos físicos, cuando nuestros ojos lo ven y nuestras manos lo tocan, desde el punto de vista materialista lo percibimos como un ser humano completo, como un ser en su totalidad. Sin embargo, para una visión más profunda, es decir, para una concepción espiritual del mundo, esto es solo una pequeña parte del ser humano que podemos percibir aquí con los sentidos físicos; es la parte del ser humano que el anatomista disecciona y descompone, y que trata de comprender de esta manera con la mente, descomponiéndola hasta el más mínimo detalle, en células que solo son perceptibles con el microscopio, con lo que trata de formarse una imagen de la estructura y el funcionamiento de los distintos órganos.

Todo esto se considera en la ciencia como el cuerpo físico. Sin embargo, hoy en día se suele tener una visión errónea de este cuerpo físico, al creer que lo que se nos presenta en la vida como seres humanos es solo este cuerpo físico. Pero no es así, sino que hay miembros superiores de la naturaleza humana estrechamente relacionados con él, que actúan a través de este cuerpo físico y le dan el aspecto con el que se nos presenta como ser humano en cada uno de nuestros semejantes. Este cuerpo físico tendría un aspecto muy diferente si pudiéramos separarlo de los miembros superiores de la naturaleza humana. El ser humano comparte este cuerpo físico con todo el mundo mineral. Todas las sustancias y todas las fuerzas que actúan entre las distintas sustancias minerales, el hierro, el arsénico, el carbón, etc., también actúan en las sustancias del cuerpo humano, del cuerpo físico de los animales y de las plantas.

Nos damos cuenta fácilmente de los miembros superiores de la naturaleza humana cuando comprendemos la enorme diferencia que existe entre este cuerpo físico y las demás materias físicas que nos rodean en el mundo mineral. Todos ustedes saben que esta maravillosa estructura del cuerpo físico alberga lo que llamamos vida interior, conciencia, placer y dolor, alegría, amor y odio; que este cuerpo físico no solo contiene sustancias del mundo mineral, sino también pensamientos. Ustedes ven el rubor de las mejillas y el color del cabello, pero no ven lo que ocurre en este cuerpo físico en cuanto a placer y dolor, alegría y sufrimiento, etc. No vemos nada de eso, pero todo ello ocurre dentro de la envoltura de la piel. Esa es la prueba más clara e irrefutable de que, además de este cuerpo, debe haber algo más que solo materia física.

Cuando ven las lágrimas rodar, estas son la expresión puramente física del dolor que se produce en el interior. Ahora observe el mundo de los minerales. Este mundo de los minerales le mira en silencio. No se percibe alegría, ni dolor, nada de eso. La piedra no tiene sentimientos, ni conciencia como nosotros. Para el científico espiritual, esta piedra es comparable con las uñas de nuestros dedos o con los dientes. Observen una uña, tampoco tiene sentimientos, ni sensaciones; y, sin embargo, la uña es una parte de nosotros. Así como nosotros tenemos algo en nuestro interior que hace que se formen las uñas y los dientes, también hay algo en el mundo que forma los minerales. Las uñas no tienen conciencia, pero pertenecen a algo que sí la tiene. Si un pequeño escarabajo se arrastra por la uña, por ejemplo, para ese escarabajo la uña será quizás un mineral. Lo mismo ocurre cuando nos arrastramos por la tierra y no nos damos cuenta de que hay una conciencia detrás de esta tierra mineral; porque, al igual que hay una conciencia detrás de la uña, también la hay detrás de los minerales. Veremos más adelante que existe un mundo y una conciencia que subyace al mundo mineral. Esta conciencia del yo del mundo mineral se encuentra tan por encima de nosotros como la conciencia del escarabajo que se arrastra por nuestra uña está por debajo de nuestra conciencia, que se encuentra detrás de la uña.

La filosofía rosacruz atribuye esta conciencia del mundo mineral a un mundo al que denomina «mundo de la razón»; allí reside la conciencia de los minerales y allí también se origina la razón humana, gracias a la cual formamos nuestros pensamientos. Pero los pensamientos que viven en nosotros son algo sumamente engañoso; el mundo de los pensamientos del ser humano se relaciona con las entidades de este mundo de la razón de la misma manera que nuestra sombra en la pared se relaciona con nosotros mismos. Así como la sombra en la pared no soy yo mismo, sino solo mi sombra, los pensamientos de los seres humanos son solo imágenes sombrías del mundo del espíritu. Pero el hecho de que aquí se conciba un pensamiento tiene su razón de ser en que en el mundo de la razón existe realmente una entidad creadora que produce este pensamiento. Es un mundo en el que nuestros pensamientos son entidades reales con las que nos encontramos allí, como aquí nos encontramos con otras personas. Para los iniciados, ese es el mundo superior del Devacán, el Arupa Devacán de los indios, o también el mundo mental superior, que es el mundo de la razón de los rosacruces. Cuando un iniciado atraviesa este mundo físico, la vida le habla en cada pedazo de tierra y él siente en todo las manifestaciones de otro mundo. Dado que en nuestro cuerpo físico no somos más que fragmentos de este mundo físico, también tenemos una conciencia física subordinada que se eleva hasta el mundo superior de la razón, precisamente hasta donde se encuentra la conciencia del mundo mineral.

Por lo tanto, nuestro cuerpo físico es de naturaleza mineral en cuanto a su materialidad, y la conciencia de este cuerpo físico también se encuentra donde hay que buscar la conciencia de este mundo mineral.

Pero, ¿cuál es la diferencia entre este cuerpo físico y un mineral, por ejemplo, el cristal de roca? Si comparamos nuestro cuerpo con un cristal, enseguida nos damos cuenta de que, en comparación con este, es algo muy complejo. Pensemos por un momento en la diferencia que hay entre un mineral y un ser vivo. En cuanto a las sustancias, no hay ninguna diferencia, ya que en los seres vivos se encuentran exactamente las mismas sustancias que en los minerales, solo que su estructura es mucho más compleja.

Cuando se tiene el mineral en su forma ante uno, sigue siendo el mismo mineral por sí mismo. Pero en el caso de los seres vivos esto no es así, las plantas, los animales y los seres humanos. En cuanto la materia se vuelve tan compleja que ya no puede mantenerse por sí misma, es decir, que debería descomponerse, hay algo en esa materia, cuando se vuelve demasiado compleja para mantenerse por sí misma, algo que impide esa descomposición, y entonces tenemos ante nosotros lo que llamamos un ser vivo. Por eso, la ciencia espiritual dice: un ser vivo se descompondría por sí mismo en los componentes individuales de su materia si no existiera en él mismo lo que impide esta descomposición. Y lo que impide a este ser vivo descomponerse en cada momento, es decir, lo que impide esta descomposición, lo llamamos cuerpo etérico o cuerpo vital, que es una estructura de naturaleza muy diferente a la de las sustancias físicas que componen el cuerpo físico, pero que tiene la capacidad de formar y mantener las complejas sustancias físicas en cada ser vivo e impedir su descomposición. Lo que se manifiesta de forma tan puramente externa en un organismo lo llamamos vida. Este cuerpo etérico, cuerpo vital o cuerpo de fuerzas formativas no puede percibirse con los ojos físicos, pero sí con el primer grado de visión clarividente, y la tarea del vidente es formarse de tal manera que pueda ver este cuerpo etérico, del mismo modo que vemos el cuerpo físico con los ojos físicos. La ciencia natural moderna también busca este cuerpo etérico, pero solo a través de la especulación intenta hacerse una idea del mismo y habla, por ejemplo, de la fuerza vital, la energía vital.

¿Cómo se presenta entonces este cuerpo etérico ante el ojo clarividente, es decir, ante el clarividente?

Por ejemplo, cuando se observa un objeto del mundo mineral, digamos un cristal de roca, con la visión del clarividente, y para ello se desconecta la materia física mediante una especie de distracción de la atención, entonces en el espacio que ocupa el cristal físico no se ve nada. El espacio está vacío. Pero si observa de la misma manera cualquier ser vivo, ya sea una planta, un animal o un ser humano, entonces ese espacio que ocupa el cuerpo físico no está vacío, sino que sigue estando lleno de una especie de figura luminosa, que es precisamente el cuerpo etérico mencionado anteriormente. Este cuerpo etérico no es igual en todos los seres vivos, sino que es incluso extraordinariamente diferente, también en lo que respecta a la forma y la proporción de tamaño con respecto al cuerpo físico del ser vivo en cuestión, y esto depende totalmente del grado de desarrollo en el que se encuentre el ser vivo. En las plantas, este cuerpo etérico tiene una forma muy diferente a la de la propia planta; en los animales se asemeja más a la forma exterior del animal, y en los seres humanos, el cuerpo etérico se presenta como una figura luminosa que, en cuanto a su forma, se corresponde casi exactamente con el cuerpo físico. Si, por ejemplo, se observa un caballo desde este punto de vista, se ve fuera de la cabeza, delante de la frente, este cuerpo etérico sobresaliendo bastante en forma de una figura luminosa, que, sin embargo, se adapta aproximadamente a la forma de la cabeza del caballo, mientras que en el ser humano medio actual solo se ve el cuerpo etérico sobresaliendo muy poco por encima de la cabeza y a ambos lados de la misma.

En cuanto a la sustancialidad del cuerpo etérico, se suelen tener ideas erróneas sobre la materialidad de este cuerpo etérico. También en la Sociedad Teosófica se ha hablado y escrito mucho de forma errónea y confusa sobre este cuerpo etérico, pero eso forma parte de los problemas iniciales de la Sociedad Teosófica y debe superarse. Para hacerse una idea correcta de la materialidad del cuerpo etérico, síganme en una comparación.

Imaginen que tienen cien marcos y que cada vez gastan más y más; entonces, su patrimonio se va reduciendo cada vez más y, al final, se quedan sin nada. Ese sería el estado más reducido del patrimonio. Pero hay uno aún más reducido, en el que se disminuye aún más la nada de la posesión, al contraer un patrimonio negativo, es decir, deudas. Así pues, se puede reducir aún más el patrimonio, ya que ahora se tendría menos que nada si, por ejemplo, se contrajeran diez marcos de deuda.

O imagínense esto aplicado a otra cosa. Imaginen una batalla con su enorme estruendo; ahora aléjense de ella y el estruendo se irá debilitando cada vez más, se irá silenciando cada vez más, hasta que ya no oigan nada. Si ahora se reduce esta ausencia de sonido: se vuelve más silencioso que el silencio, más silencioso que el silencio, existe tal tranquilidad. Y es algo sumamente dichoso, aunque el hombre común no pueda imaginarlo tan fácilmente.

Pero imagínense ahora estos ejemplos aplicados a la densidad de la materia: en primer lugar, tenemos los tres estados de agregación generalmente conocidos: sólido, líquido, gaseoso o aéreo; pero no debemos detenernos ahí, según el ejemplo anterior del patrimonio. Del mismo modo que podemos diluir el patrimonio hasta convertirlo en un patrimonio negativo, aquí también la materia se vuelve cada vez más y más fina, más allá del estado gaseoso. Así que imagínense un tipo de materia que sea opuesta a la materia física; entonces llegará a una idea aproximada de en qué consiste el éter.

Así como la acumulación negativa tiene las condiciones inversas de la positiva, —la acumulación positiva enriquece, la acumulación negativa empobrece; cuanto más tengo, más puedo comprar, cuanto menos tengo, menos puedo comprar—, también el éter universal, del que forma parte el cuerpo etérico de cada ser vivo, tiene las propiedades inversas de la materia física. Así como la materia sólida tiende a desintegrarse, el cuerpo etérico tiende a mantener todo unido y a impedir la desintegración del cuerpo físico que ha impregnado. Esta desintegración en los elementos básicos individuales se produce en todos los seres vivos tan pronto como el cuerpo etérico sale del cuerpo físico o, en otras palabras, cuando se produce la muerte física del ser vivo. De este modo, hemos seguido a la materia hasta un mundo en el que tiene el efecto contrario al de nuestra materia física.

Cuando les digo que en el ser humano el cuerpo etérico se parece al cuerpo físico, me refiero a un hecho que es necesario conocer y que debe mencionarse aquí, ya que de él se derivan importantes conclusiones para las conferencias posteriores. Esta afirmación requiere una salvedad muy importante, pues en realidad el cuerpo etérico es muy diferente del cuerpo físico y solo se le parece en su parte superior, en la cabeza; pero es muy diferente del cuerpo físico en el sentido de que tiene un sexo opuesto a este: el cuerpo etérico del hombre es femenino y, a la inversa, el de la mujer es masculino. Por lo tanto, cada ser humano es de dos sexos; el sexo físico es solo una expresión externa que tiene su polo opuesto en el cuerpo etérico. Al igual que un imán tiene un polo norte y un polo sur, y que en el imán no existe solo el polo norte, aquí también hay un polo y un contrapolo.

Este cuerpo etérico o vital, también llamado cuerpo de fuerzas formativas, es, por tanto, el segundo eslabón del ser humano y permanece íntimamente unido al cuerpo físico desde el nacimiento hasta la muerte, y la separación de este cuerpo vital del cuerpo físico es precisamente la muerte.

El cuerpo físico es construido primero por el cuerpo etérico; este cuerpo etérico es, por así decirlo, el arquitecto del cuerpo físico. Si quieren hacerse una idea, piensen en el agua y el hielo. Cuando el agua se enfría, adopta otra forma, se convierte en hielo. Y al igual que el hielo se forma a partir del agua mediante la condensación, el cuerpo etérico se separa del cuerpo físico.

Hielo: agua, cuerpo físico: cuerpo etérico; es decir, las fuerzas del cuerpo etérico se han vuelto tangibles, físicamente perceptibles en el cuerpo físico. Al igual que en el agua ya estaban presentes las fuerzas que luego se manifiestan en el hielo sólido, en el cuerpo etérico ya están presentes todas las fuerzas necesarias para la construcción del cuerpo físico. Así, por ejemplo, en el cuerpo etérico ya existe una fuerza a partir de la cual se desarrollan el corazón, el estómago, el cerebro, etc. De este modo, en el cuerpo etérico existe una predisposición para cada órgano de nuestro cuerpo físico, pero estas predisposiciones no son sustancias, sino corrientes de fuerza. El ser humano comparte este cuerpo etérico con todas las plantas y todos los animales, es decir, con todos los seres físicos que expresan vida.

Ahora cabe preguntarse: ¿Tienen las plantas algún tipo de conciencia en el sentido en que hemos encontrado conciencia en el mundo de los minerales? Ya hemos visto anteriormente que la conciencia de los minerales se encuentra en el mundo superior de la razón a través de la investigación espiritual, donde también se originan nuestros pensamientos.

Así como nuestros dedos no tienen una conciencia independiente, sino que la conciencia de un dedo pertenece a la conciencia de todo el ser humano, las plantas también pertenecen a una conciencia, y esta se encuentra en el mundo inferior de la razón, el mundo de los astros, el mundo celestial, el Rupa Devacán. Cuando el investigador espiritual entra en este mundo, se encuentra allí con las almas de las plantas. Las almas de las plantas son allí seres iguales a nosotros aquí; y estos seres se relacionan con las plantas más o menos como el ser humano se relaciona con sus dedos.

 En este mundo del Devachán inferior se encuentra anclada la conciencia de las plantas. En él tienen su origen las fuerzas que sustentan todo crecimiento y toda estructura orgánica. En él tienen también su origen las fuerzas que construyen nuestro propio cuerpo físico; es decir, las fuerzas de nuestro cuerpo etérico, al que ya hemos denominado el arquitecto del cuerpo físico. Esta conciencia del mundo vegetal es mucho más elevada y sabia que la conciencia del ser humano.

Esto les quedará claro si piensan en la sabiduría con la que está construido no solo el cuerpo físico del ser humano, sino todos los seres impregnados de un cuerpo etérico, es decir, todos los seres vivos. ¡Qué enorme sabiduría se necesita para construir el cuerpo físico más simple de cualquier ser vivo, por no hablar de la estructura más artística de todos los seres vivos terrestres: el cuerpo humano!

Fíjense, por ejemplo, en la parte superior del fémur humano: ¡qué maravilla de ingeniería arquitectónica es la forma en que se unen entre sí los distintos huesos! Precisamente en esta zona, el fémur es una estructura mucho más compleja de lo que parece a simple vista. está compuesto por un armazón de vigas que están unidas entre sí con tal sabiduría en su posición angular que, con la mínima cantidad de material, se consigue sostener todo el cuerpo. Sin duda, es una obra de arte mayor que el puente más complejo, y ninguna ingeniería del mundo puede imitar algo así. O consideren la estructura del corazón; está construido con tanta sabiduría que el ser humano, con toda su sabiduría, es un verdadero niño en comparación con la sabiduría que se manifiesta en él. Y todo lo que aguanta este corazón humano, a pesar de que la estupidez del ser humano intenta arruinarlo casi a diario, por ejemplo, con nuestros llamados estimulantes, el café, el alcohol y la nicotina.

Para llevar a cabo una obra tan milagrosa como la del cuerpo físico se necesitan fuerzas que se extienden hasta el mundo astral, y solo las entidades de este mundo astral son, dicho de manera trivial, tan inteligentes que pueden construir un cuerpo físico de este tipo.

Y ahora llegamos al tercer eslabón de la entidad humana. Las plantas tienen un cuerpo físico y un cuerpo etérico; pero carecen de algo que tienen los animales y los seres humanos: no sienten sufrimiento, placer, dolor ni sensaciones. Esa es la diferencia entre los animales y los seres humanos, por un lado, y las plantas, por otro. La diferencia se basa en que en los animales y los seres humanos tienen lugar procesos internos. La ciencia más reciente ha querido incluso atribuir a las plantas la capacidad de sentir a partir de los procesos que se observan en ellas. Es lamentable ver el mal uso que se hace de los conceptos, ya que aquí no tienen lugar procesos internos como en cualquier otra sensación; esta «sensación» podría atribuirse con el mismo derecho al papel tornasol azul. Pero eso es lo que ocurre cuando se busca la sensación aquí, en el mundo físico. En el mundo físico no se puede encontrar ninguna sensación en un fenómeno como el que se observa en algunas plantas; para ello hay que acudir a los mundos celestiales. Para evitar malentendidos, hay que señalar aquí que en las llamadas plantas reactivas, por ejemplo la mimosa, este proceso de estímulo no se refleja como sensación en el mundo físico, sino solo en el mundo de la razón inferior, donde se encuentra la conciencia de las plantas. Aquí abajo, en el mundo físico, solo los seres humanos y los animales tienen deseos y pasiones, alegrías y dolores. ¿Por qué? Porque, además del cuerpo físico y el cuerpo etérico, también tienen el cuerpo astral, el tercer miembro del ser humano.

 Para el clarividente, el cuerpo astral se presenta como si todo el ser humano estuviera envuelto en una nube con forma de huevo, y en esta nube se expresa cada sensación, cada impulso, cada pasión. Este cuerpo astral es, por tanto, el portador del placer y el dolor, la alegría y el sufrimiento. Este tercer miembro se comporta de manera diferente al cuerpo físico y al cuerpo etérico. Cuando el ser humano duerme, solo el cuerpo físico y el cuerpo etérico permanecen en la cama, mientras que el cuerpo astral se ha elevado con el yo; por el contrario, cuando el cuerpo astral y el cuerpo etérico salen del cuerpo físico, se produce la muerte y, con ella, la descomposición del cuerpo físico.

¿Por qué se llama este miembro del ser «cuerpo astral»? No hay expresión más adecuada para ello. ¿Por qué? Este miembro del ser tiene una tarea importante, y debemos ser conscientes de ella. Este cuerpo astral no es un holgazán por la noche, pues, como puede ver el vidente, trabaja en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico. Durante el día, desgastan el cuerpo físico y el cuerpo etérico, porque todo lo que hacen es un desgaste del cuerpo físico, y la expresión de este desgaste es el cansancio. Lo que desgastan durante el día, el cuerpo astral lo repara durante la noche. De hecho, el cuerpo astral elimina el cansancio mientras dormimos. De ahí la importancia y la necesidad del dormir. El vidente puede realizar esta reparación de forma consciente. Lo reconfortante del dormir se basa en que el cuerpo astral ha trabajado correctamente en el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Pero como el cuerpo astral primero tiene que volver al cuerpo físico y al cuerpo etérico, el reconfortante efecto del dormir solo se produce gradualmente, es decir, aproximadamente una hora después de despertarse.

Hay algo más importante relacionado con esta salida del cuerpo astral mientras dormimos. Cuando el cuerpo astral entra en contacto con el mundo exterior durante la vida diurna despierta, tiene que convivir con el cuerpo físico y el cuerpo etérico; pero cuando se separa del cuerpo, es decir, mientras dormimos, se libera de esta atadura del cuerpo físico y el cuerpo etérico. Y entonces ocurre algo maravilloso: las fuerzas del cuerpo astral llegan hasta el mundo de los astros, donde se encuentran las entidades espirituales de las plantas, y de este mundo obtiene su fuerza. El cuerpo astral descansa en el mundo en el que se encuentran los astros. Este es el mundo de la armonía de las esferas de los pitagóricos. Es una realidad y no una fantasía. Cuando se vive conscientemente en este mundo, se oyen las armonías de las esferas, se oyen las fuerzas y las relaciones de las estrellas entre sí. Goethe era un iniciado en este sentido, y desde este espíritu también se debe entender el comienzo del «Prólogo en el cielo» de «Fausto»:

El sol templa a la antigua usanza,
El duelo de canto de las esferas fraternas,
Y completa con un estruendo su viaje prescrito
Su visión da fuerza a los ángeles,
Cuando nadie puede comprenderlo;
Las obras incomprensiblemente elevadas
Están tan maravillosas, como el primer día.

Se sabe muy poco sobre Goethe y, por lo general, no se sabe que él estaba iniciado, sino que simplemente se dice: un poeta necesita esas imágenes. Pero Goethe sabía que el sol está dentro de una ronda y que suena como el espíritu del sol. Por eso Goethe permanece en esta imagen y continúa diciendo:


¡Escuchad! ¡Escuchad la tormenta de las trompetas!
Resuena para los oídos del espíritu
El nuevo día ya ha nacido.
Las puertas de roca crujen y traquetean,
Las ruedas de Febo ruedan con estrépito;
¡Qué estruendo trae la luz!
Tamborileando, trompeteando,
Los ojos parpadean y los oídos se asombran,
No se oye nada inaudito.

El cuerpo astral vive en este mundo celestial durante la noche. Y mientras que durante el día entra en una especie de desarmonía con las cosas mundanas, por la noche, durante el sueño, vuelve a estar inmerso en el seno del mundo estelar. Y luego regresa por la mañana con las fuerzas que ha traído consigo de ese mundo. Cuando se sale del sueño, se trae consigo desde este mundo astral, la armonía de las esferas. En el mundo de los astros, el mundo astral, el cuerpo astral tiene su verdadero hogar, y por eso se le ha llamado así: cuerpo astral. Así hemos conocido tres miembros del ser humano: el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral.

La próxima vez conoceremos el cuarto miembro, el yo. El yo es el miembro que convierte al ser humano en la corona de la creación y lo eleva por encima del animal.

El animal aún no tiene una conciencia como la del ser humano; tiene conciencia, al igual que la planta y el mineral, pero la conciencia de los animales se encuentra en el mundo astral. El cuarto miembro del ser humano, el yo, se une a los otros tres miembros para formar la sagrada cuádruple naturaleza del ser humano, de la que hablan todas las escuelas antiguas.

Así, el ser humano comparte el cuerpo físico con los minerales, el cuerpo etérico con las plantas y el cuerpo astral con los animales. Solo él tiene el yo, y eso lo hace sobresalir por encima de todo lo demás. En el ser humano encontramos, en cierto modo, una esencia de todo lo que vemos a nuestro alrededor. De hecho: ¡un microcosmos! Por eso, si queremos conocer al ser humano, primero debemos conocer lo que nos rodea.

Así pues, debemos concebir los tres miembros esenciales, estos tres cuerpos, como tres envolturas tejidas a partir de las más diversas regiones, y en estas envolturas moramos nosotros, es decir, el yo, con los miembros superiores del ser humano, nuestra parte inmortal.

Traducido por J.Luelmo dic,2025

GA233 Dornach, 31 de diciembre de 1923 El incendio de Éfeso y el incendio del Goetheanum

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RUDOLF STEINER

 HISTORIA DEL MUNDO A LA LUZ DE LA ANTROPOSOFÍA

Dornach, 31 de diciembre de 1923

VIII conferencia

Hoy nos encontramos bajo el signo de un doloroso recuerdo, y en el signo de ese doloroso recuerdo quiero situar el tema de nuestra conferencia de hoy. La conferencia que pude pronunciar hace exactamente un año en nuestro anterior Goetheanum, -aquellos de ustedes que estuvieron presentes recordarán que dicha conferencia partía de las descripciones de la Naturaleza, de las relaciones que pueden observarse en la Naturaleza en la Tierra, y desde éstas conducía hasta los mundos espirituales y las revelaciones de los mundos espirituales en la escritura de las estrellas. Y recordarán cómo pudimos entonces llevar el corazón humano, el alma y el espíritu humanos en toda su naturaleza y ser a una estrecha conexión con lo que se encuentra cuando uno sigue el camino que se aleja de lo terrenal hacia los distantes espacios estelares, donde lo espiritual escribe su Escritura Cósmica. Y las palabras que escribí entonces en la pizarra, escribiendo por última vez en la habitación que tan pronto nos sería arrebatada, llevaban dentro este impulso y este propósito: elevar el alma humana a las alturas espirituales.

Así pues, aquella tarde entramos en contacto directo y estrecho con aquello a lo que nuestro Goetheanum estaba dedicado en toda su intención y carácter. Y hoy me permitirán que les hable de nuevo de estas cosas, como si fuera la continuación de la conferencia que se dio aquí hace un año.

En los días que precedieron a la quema de Éfeso, cuando los hombres hablaban de los Misterios, siempre que fueran hombres que tuvieran alguna comprensión y sentimiento por ellos, hablaban de ellos más o menos de la siguiente manera: El conocimiento humano, la sabiduría humana tiene un hogar y una morada en los Misterios. Y cuando en aquellos antiguos tiempos los Guías Espirituales del Universo hablaban de los Misterios, cuando se hablaba de los Misterios en los mundos suprasensibles, -permítaseme esta expresión, aunque por supuesto es sólo una figura retórica para describir cómo el pensamiento y la influencia descendían de los mundos suprasensibles a los mundos sensibles-, cuando, por lo tanto, se hablaba de los Misterios en los mundos suprasensibles, se hacía de la siguiente manera: «En los Misterios los hombres erigen lugares donde nosotros, los Dioses, podemos encontrar a los hombres que efectúan el sacrificio y que nos comprenden en el sacrificio».

Porque, en efecto, esa era la conciencia general del mundo antiguo de quienes sabían que los dioses y los hombres se reunían en los lugares de misterio y que todo lo que sostiene y mantiene al mundo depende de lo que ocurre en los misterios entre los dioses y entre los hombres.

Pero hay una palabra que también se transmite externamente de manera histórica, que puede conmover al corazón humano a partir de esta tradición histórica, pero que habla de manera particularmente conmovedora cuando uno la ve formarse a partir de acontecimientos muy especiales, como si estuviera escrita en la historia de la humanidad con letras de hierro, pero sólo visible por el momento en el espíritu. Y creo que una palabra así siempre puede verse cuando la mirada espiritual se dirige hacia la acción de Eróstratos, la quema de Éfeso. En estas llamas de fuego se puede encontrar la antigua palabra: la envidia de los dioses.

Yo creo, sin embargo, que entre las muchas palabras que se han transmitido desde la antigüedad, que pueden verse en la vida de los tiempos antiguos de la manera que acabo de describir, ésta es una de las más terribles en este mundo físico: la envidia de los dioses. En aquellos tiempos antiguos se designaba con la palabra Dios a todo lo que vivía en un ser suprasensible de tal manera que nunca necesitaba aparecer en un cuerpo físico en la tierra, y en aquellos tiempos antiguos se distinguía entre las más diversas familias de dioses. Y muy ciertamente, esas entidades divino-espirituales que están tan conectadas con la humanidad que el hombre, según su ser más íntimo, ha llegado a existir a través de ellas y ha sido enviado a través del curso del tiempo, esas entidades divino-espirituales, que sentimos a través de la majestad y a través de las más pequeñas manifestaciones de la naturaleza exterior, que sentimos a través de lo que vive dentro de nosotros, esas entidades divino-espirituales no pueden llegar a ser envidiosas. Pero en la antigüedad la envidia de los dioses significaba algo muy real. Si seguimos el período en que se desarrolló la raza humana hasta Éfeso, encontraremos que los individuos humanos más avanzados han tomado para sí mucho de lo que los dioses buenos se complacían en darles en los misterios. Porque tenemos toda la razón cuando decimos: Existe una relación íntima entre los buenos corazones humanos y los buenos dioses, que se hizo cada vez más firmemente ligada en los Misterios, de modo que se antepuso a las almas de ciertas otras deidades luciférico-ahrimánicas, de modo que el hombre fue atraído cada vez más cerca de las buenas deidades. Y surgió la envidia de los dioses hacia el hombre. Y una y otra vez debemos oír en la historia cómo el hombre que lucha por el espíritu, cuando cae en un destino trágico, es descrito en la antigüedad de tal manera que su destino trágico se une a la envidia de los dioses.

Los griegos sabían que esta envidia de los dioses existía, y mucho de lo que ocurrió externamente en el desarrollo de la humanidad se lo atribuían a esta envidia de los dioses. Con el incendio de Éfeso se hizo realmente evidente que sólo es posible un cierto desarrollo espiritual ulterior de la humanidad si las personas toman conciencia de ello: Hay dioses, es decir, seres suprasensibles, que están celosos del progreso ulterior del hombre. - Esto, después de todo, da el color especial a toda la historia que siguió a la quema de Éfeso, -también podría decir el nacimiento de Alejandro. Y la comprensión correcta del Misterio del Gólgota también incluye esto: contemplar un mundo que está lleno de la envidia de ciertas cohortes de dioses. Sí, en realidad la atmósfera espiritual en Grecia ya estaba llena de los efectos de esta envidia de los dioses desde poco después de la Guerra Persa. Y lo que se hizo entonces en el período macedónico tuvo que hacerse con plena conciencia del hecho de que sobre la superficie de la tierra reinaba en la atmósfera espiritual la envidia de los dioses. Pero se hizo con valentía, con audacia, desafiando las incomprensiones de dioses y hombres.

Y en esta atmósfera, que estaba llena de la envidia de los dioses, se sumergió la gesta del Dios capaz del mayor amor que puede existir en el mundo. El misterio del Gólgota sólo puede verse bajo la luz adecuada si podemos añadir a todo lo demás la imagen de los nubarrones en el mundo antiguo, en Hellas, en Macedonia, en Oriente Próximo, en el norte de África, en el sur de Europa; la imagen de los nubarrones que son la expresión de la envidia de los dioses. Y maravillosamente cálido, suavemente radiante, el amor que fluye a través del misterio del Gólgota cae en esta atmósfera llena de nubarrones.

Lo que en aquellos tiempos, si se me permite decirlo, era un asunto que tenía lugar entre dioses y hombres, en nuestra época, en la era de la libertad humana, debe tener lugar más abajo, en la vida física del hombre. Y ya se puede describir cómo tiene lugar. En la antigüedad, cuando se pensaba en los Misterios, se hablaba de ellos en la tierra: El conocimiento humano, la sabiduría humana tiene un hogar en los Misterios. Cuando uno estaba entre los dioses, se decía: Cuando descendemos a los Misterios, encontramos los sacrificios de los hombres, y en el hombre que sacrifica somos comprendidos. Básicamente, el incendio de Éfeso fue el comienzo de la época en la que el sistema de misterios desapareció gradualmente en su antigua forma. Ya les he dicho cómo continuó existiendo aquí y allá, magníficamente, por ejemplo, en los misterios de Hibernia, donde el misterio del Gólgota se celebraba en el culto al mismo tiempo que estaba teniendo lugar físicamente allá en Palestina. Ellos tenían conocimiento de ello sólo a través de la mediación espiritual entre Palestina e Hibernia, no a través de la mediación física. Pero sin embargo, la esencia de los misterios en el mundo físico declinaba cada vez más. Las moradas exteriores, que eran lugares de encuentro entre dioses y hombres, perdieron cada vez más su importancia. Se habían perdido casi por completo en los siglos XIII, XIV d.C. Pues si se quería encontrar el camino al Santo Grial, por ejemplo, debía de saberse recorrer caminos espirituales. Los caminos físicos se recorrían en la antigüedad, antes del incendio de Éfeso. En la Edad Media había que recorrer caminos espirituales.

Sin embargo, a partir de los siglos XIII y XIV, y sobre todo a partir del siglo XV, había que seguir caminos espirituales para obtener una verdadera enseñanza rosacruz. Pues los templos rosacruces estaban profundamente ocultos a la experiencia física externa. Muchos Rosacruces reales eran visitantes de los templos, pero ningún ojo humano físico externo podía encontrar los templos. Pero podía haber discípulos que acudían a estos antiguos Rosacruces, que se encontraban aquí y allá como ermitaños del conocimiento y de la santa actividad humana, para ser encontrados por aquellos que pueden oír el lenguaje de los dioses desde el suave brillo de sus ojos. No estoy diciendo nada que no sea auténtico. No quiero expresar una imagen, quiero expresar una verdad que era ciertamente una realidad significativa en la época a la que me refiero.  Al maestro rosacruz se le encontraba cuando uno había adquirido por primera vez la capacidad de oír el lenguaje celestial en el leve brillo físico de los ojos. Entonces, en el entorno menos exigente, en las condiciones humanas menos exigentes, en los siglos XIV y XV en Europa Central, se encontraron estas extrañas personalidades que estaban interiormente llenas de Dios, que estaban interiormente conectadas con los templos espirituales que existían, pero a los que el acceso era realmente tan difícil como el acceso al Santo Grial descrito en la conocida leyenda.

En tales ocasiones, al observar lo que ocurría entre tal maestro rosacruz y su discípulo, se pueden escuchar muchas conversaciones que, incluso en la forma de tiempos más recientes, representan la sabiduría de los dioses que caminan sobre la tierra. Las enseñanzas eran profundamente concretas. En aquel lugar un maestro rosacruz era encontrado en su soledad por un discípulo que se había propuesto buscarlo y encontrarlo. Después uno de los discípulos miraba a los ojos de mirada suave, de los que habla el lenguaje de los dioses, y allí recibía modestamente la siguiente enseñanza.

Hijo mío, mira dentro de ti. Dentro de ti llevas el cuerpo que ven tus ojos físicos exteriores. El centro de la tierra envía a este cuerpo las fuerzas que lo hacen visible. Este es tu cuerpo físico. Pero mira a tu alrededor en el entorno de ti mismo en la tierra. Ves las piedras, a ellas se les permite estar en la tierra por sí mismas, están en casa en la tierra. Una vez que han tomado una forma, pueden conservar esta forma a través de las fuerzas de la tierra. Mira el cristal: lleva su forma dentro de sí, retiene esta forma de su propia esencia a través de la tierra. Tu cuerpo físico no puede hacer eso. Si tu alma lo abandona, entonces la tierra lo destruye, lo disuelve en polvo. La tierra no tiene poder sobre tu cuerpo físico. Si lo tiene para poder dar forma y mantener las formaciones cristalinas transparentes y de formas maravillosas, pero no tiene poder para mantener la forma de tu cuerpo físico, debe disolverlo en polvo. Tu cuerpo físico no es de la tierra. Tu cuerpo físico es de alta espiritualidad. Los serafines, los querubines, los tronos, lo que es la forma y la figura de tu cuerpo físico les pertenece. Este cuerpo físico no pertenece a la tierra, este cuerpo físico pertenece a los más altos poderes espirituales inicialmente accesibles para ti. La tierra puede destruirlo, nunca podrá construirlo.

Y dentro de este cuerpo físico tuyo habita tu cuerpo etérico. Llegará el día en que tu cuerpo físico será aceptado por la tierra para su destrucción. Luego tu cuerpo etérico se disolverá en la inmensidad del cosmos. La inmensidad del cosmos puede disolver este cuerpo etérico, pero no puede construirlo. Sólo aquellos seres divino-espirituales que pertenecen a la Jerarquía de Dynamis, Exusiai, Kyriotetes pueden construirlo. A ellos les debes tu cuerpo etérico. 

Tú combinas las sustancias físicas de la tierra con tu cuerpo físico. Pero aquello que está dentro de ti transforma las sustancias físicas de la tierra de tal manera que se hace desigual en ellas a todo lo que es físico en la vecindad del cuerpo físico. Tu cuerpo etérico mueve en ti todo lo que es líquido, lo que es agua en ti. Los jugos que circulan allí, que transitan allí, están bajo la influencia de tu cuerpo etérico. Pero mira tu sangre: Exusiai, Dynamis, Kyriotetes, son ellos los que hacen que esta sangre circule por tus venas como fluido. Sólo eres humano como cuerpo físico. En tu cuerpo etérico sigues siendo un animal, pero un animal espiritualizado por la segunda jerarquía.

Lo que aquí les resumo, aunque en pocas palabras, era objeto de una larga lección por parte de aquel maestro en cuya dulce mirada el discípulo oía el lenguaje del cielo. Entonces se señalaba al discípulo el tercer miembro del ser humano, que llamamos cuerpo astral. Se le decía al alumno con claridad que este cuerpo astral contiene los impulsos para la respiración, para todo lo que es aire en el organismo humano, para todo lo que pulsa como aire en el organismo humano. Pero aunque la tierra se empeñe, durante mucho tiempo después de que el ser humano haya atravesado la puerta de la muerte, en retumbar, por decirlo así, en el aire, y durante años el retumbar de los cuerpos astrales de los difuntos pueda ser percibido por un ojo clarividente en los fenómenos atmosféricos de la tierra, ésta con su entorno no puede, sin embargo, hacer otra cosa hacia los impulsos del cuerpo astral que disolverlos. Pues sólo los seres de la tercera jerarquía, Arkai, Arcángeles, Ángeles, pueden formarlos. 

Y así, tocando al discípulo en el corazón, el Maestro le decía: Perteneces a tu cuerpo físico en la medida en que tomas el reino mineral en ti y lo cambias, en la medida en que tomas el reino humano en ti y lo procesas, perteneces a los Serafines, Querubines, Tronos. En la medida en que eres un cuerpo etérico, eres animal en lo etérico, pero perteneces a los espíritus que se describen como pertenecientes a la segunda jerarquía: Kyriotetes, Dynamis, Exusiai, y en la medida en que vives en el elemento fluido, no perteneces a la tierra, sino a esta jerarquía. Y en la medida en que gobernáis en el elemento aeriforme, no pertenecéis a la tierra, sino a la Jerarquía de los Ángeles, Arcángeles, Archai.

Y después que el discípulo recibiera esta instrucción de manera suficiente, ya no se sentía miembro de la tierra. Partiendo de sus cuerpos físico, etérico y astral, sentía, por así decirlo, las fuerzas que lo conectan a través del mundo mineral con la primera Jerarquía, a través del acuoso terrestre con la segunda Jerarquía, a través del mundo aéreo con la tercera Jerarquía. Y estaba claro para él: vive en la tierra sólo a través de aquello que lleva dentro de sí como elemento de calor. De este modo, el discípulo rosacruz percibía el calor que lleva dentro de sí, el calor físico que lleva dentro de sí, como lo propiamente terrestre-humano. Y aprendía cada vez más a sentir el calor del alma y el calor del espíritu en relación con este calor físico. Y mientras que el hombre posterior ha ignorado cada vez más que su sustancia física, su sustancia etérica, su sustancia astral está conectada con lo Divino a través de lo sólido, de lo líquido, de lo aeriforme, el discípulo rosacruz lo ha sabido muy bien y lo ha conocido: lo verdaderamente humano-terrenal es el elemento calor. En el momento en que el discípulo del Maestro Rosacruz había comprendido este secreto de la conexión entre el elemento calor y lo humano-terrenal, en ese momento sabía cómo vincular su parte humana con la espiritual.

Y en aquellos hogares, a menudo muy poco pretenciosos, donde vivían tales maestros rosacruces, ocurría que antes de entrar, los alumnos eran preparados de una manera a menudo no buscada, de hecho aparentemente milagrosa, al ser concienciados, -uno de esta manera, el otro de aquella otra, a menudo parecía exteriormente una coincidencia-, al ser concienciados: Debes buscar dónde tu parte espiritual pueda conectarse con lo cósmico-espiritual. Y cuando el discípulo hubo recibido la instrucción de la que acabo de hablarles, entonces, sí, entonces podía decir a su maestro: Ahora me alejo de ti con el mayor consuelo que podría haberme llegado en la tierra. Porque al mostrarme que el hombre terrenal tiene verdaderamente su elemento en el calor, me has dado la oportunidad de conectar con mi físico al alma y a lo espiritual. No llevo lo espiritual a los huesos sólidos, a la sangre líquida, a la respiración aérea. Lo llevo al elemento calor.

Y era una tremenda calma con la que los así instruidos partían de sus maestros en aquellos tiempos. Y a partir de la calma del semblante, que expresaba el resultado de la gran consolación, de la calma del semblante se desarrollaba gradualmente esa mirada suave desde la que puede hablar el lenguaje del cielo. Y así una profunda instrucción espiritual estuvo básicamente presente hasta el primer tercio del siglo XV, oculta a los acontecimientos relatados en la historia externa. Pero allí tuvo lugar una instrucción que se apoderaba de todo el ser humano, una instrucción que permitía al alma humana conectar su propio ser con la esfera de lo cósmico-espiritual.

Todo este ánimo espiritual se ha perdido en los últimos siglos. Ya no está contenido en nuestra civilización. Y una civilización exterior, ajena a Dios, se ha extendido por los lugares que antaño vieron lo que acabo de describirles. Hoy uno se encuentra allí con el recuerdo, que sólo puede invocarse en el espíritu, en la luz astral, de muchas escenas similares a la que acabo de describirles. Este es el estado de ánimo básico que tenemos hoy cuando miramos hacia atrás, hacia aquellos tiempos, que a menudo se describen como tan oscuros, y luego miramos hacia adelante, hacia nuestro tiempo. Pero cuando se mira hacia atrás, las revelaciones espirituales que han estado a disposición de la gente desde el último tercio del siglo XIX dan lugar a un profundo anhelo en el corazón el impulso de hablar a la gente de una manera espiritual. Y el camino espiritual no puede ser anunciado sólo a través de palabras abstractas, el camino espiritual exige muchos signos para poder hablar de una manera abarcante. Y tal lenguaje, que debía ser encontrado para aquellos seres espirituales que deben comunicar a la humanidad moderna, tal forma de lenguaje, eran las formas de nuestro Goetheanum, que fue quemado hace un año. Verdaderamente, era en estas formas en las que debía seguir pronunciándose lo que se hablaba desde el podio de las ideas a los oyentes. Y así, en cierto modo, algo estaba presente con el Goetheanum que realmente podía recordarnos lo antiguo en una forma completamente nueva.

Cuando el iniciado entraba en el templo de Éfeso, su mirada se dirigía a la estatua de la que he hablado en estos días, a la estatua que realmente le gritaba las palabras en el lenguaje del corazón: Únete al éter del mundo y verás lo terrenal desde las alturas etéricas. Así es como muchos discípulos de Éfeso veían lo terrenal desde las alturas etéricas. Y cierta raza de dioses sintió envidia. Pero contra la envidia de los dioses, siglos antes del Misterio del Gólgota, personas valerosas encontraron, sin embargo, la posibilidad de propagar, -aunque en forma debilitada, pero sólo en la forma debilitada en que podía seguir funcionando-, lo que había funcionado desde los antiguos años sagrados del desarrollo humano hasta la quema de Éfeso. Y si nuestro Goetheanum hubiera estado completamente terminado, entonces desde la entrada en el oeste la mirada habría recaído en esa estatua en la que el hombre habría encontrado la invitación a conocerse a sí mismo como un ser cósmico, situado entre los poderes de lo Luciférico y los poderes de lo Ahrimánico, en un equilibrio de la naturaleza interior, transmitido desde Dios. Y si se observaban las formas de las columnas, los arquitrabes, expresaban un lenguaje, un lenguaje que era la continuación del lenguaje que interpretaba lo espiritual desde el podio hasta las ideas. Las palabras seguían resonando a lo largo de los moldes, que tenían formas escultóricas. Y en lo alto de la cúpula podíamos ver aquellas escenas que podían acercar el desarrollo de la humanidad a la mirada espiritual. Para los que podían sentir, este Goetheanum ya recordaba al templo de Éfeso.

Pero el recuerdo se hizo terriblemente doloroso cuando, de un modo nada distinto al antiguo, justo en el punto de su desarrollo en que el Goetheanum debería haber pasado por sí mismo a convertirse en portador de la renovación de la vida espiritual, la antorcha incendiaria fue arrojada a este Goetheanum.

Queridos amigos, nuestro dolor era profundo. Nuestro dolor era indescriptible. Pero tomamos la decisión de continuar nuestra labor en favor del mundo espiritual, sin que nos lo impidiera lo más triste y trágico que podía habernos ocurrido. Pues podíamos decirnos en nuestros corazones: Si vemos las llamas que se elevan desde Éfeso, la envidia de los dioses aparece inscrita en las llamas en una época en la que la gente aún tenía que seguir sin libertad la voluntad de los dioses buenos y malos.

En nuestro tiempo, la gente se organiza hacia la libertad. Hace un año, en Nochevieja, miramos hacia las llamas devoradoras. La llamarada roja se elevaba hacia el cielo. Líneas de llamas azuladas, rojizas y amarillas parpadeaban en el mar de fuego general, procedente de los instrumentos metálicos que contenía el Goetheanum, un gigantesco mar de fuego con los más variados contenidos de color. Y cuando se miraba este mar de llamas con las líneas de colores en él, había que interpretar, dirigiéndose al dolor del alma: la envidia de los hombres.

Así se articula lo que de época en época describe la evolución de la humanidad, incluso en la mayor desgracia. Desde la palabra que expresa una desgracia mayor discurre un nexo de unión, partiendo del tiempo en que los hombres aún miraban a los dioses esclavizados, pero debían liberarse de la esclavitud, un nexo de desarrollo espiritual, -desde aquella desgracia, donde se veía inscrito en las llamas: la envidia de los dioses-, hasta nuestra desgracia, donde el hombre debe encontrar en sí mismo el poder de la libertad y donde inscrito en las llamas estaba: la envidia de los hombres. En Éfeso la estatua de los dioses; aquí en el Goetheanum la estatua del hombre, la estatua del representante de la humanidad, el Cristo Jesús, en quien pensábamos, identificándonos con él, fundirnos con toda humildad en el conocimiento de la misma manera que en su día los discípulos de Éfeso se fundieron a su manera con Diana /Artemisa de Éfeso de una manera ya no del todo comprensible para la humanidad actual.

Cuando se observa desde un punto de vista histórico lo que nos deparó la Nochevieja del año pasado, el dolor no disminuye. Cuando se me permitió subir por última vez al estrado, que se erigió en armonía con todo el edificio, la mirada del público en aquel momento, la mirada del alma, debía dirigirse hacia la ascensión de las regiones terrestres a las regiones estrelladas, que expresan la voluntad y la sabiduría, la luz del cosmos espiritual. Sé bien que en ese momento estaban presentes los padrinos, los espíritus de aquellos que en la Edad Media enseñaban a sus discípulos de la manera que les he descrito.

Una hora después de haber pronunciado la última palabra, me llamaron al fuego del Goetheanum. En el fuego del Goetheanum pasamos toda aquella noche de Año Nuevo.

Basta pronunciar estas palabras para que ocurran cosas indecibles en todos nuestros corazones, en todas nuestras almas. Pero cuando algo así ha pasado por encima de algo sagrado en el desarrollo de la humanidad, siempre ha habido algunos que han jurado seguir trabajando después de la disolución de lo físico en el espíritu al que lo físico estaba dedicado. Y creo que ya que estamos reunidos en el momento del aniversario de nuestra desgracia del Goetheanum, podemos recordar que nuestras almas tienen el estado de ánimo adecuado para este nuestro permanecer juntos, si todos juramos continuar en espíritu a través de la ola de progreso de la humanidad lo que fue puesto ante el ojo físico a través de la forma física, la imagen física, el diseño físico con el Goetheanum y fue retirado del ojo físico a través de un acto de Herostratos.

Nuestro dolor se aferra al viejo Goetheanum. Sólo nos hacemos dignos a través de lo que nos impone el hecho de que se nos permitiera construir este Goetheanum, si nos hacemos hoy en la memoria el voto de permanecer fieles a los impulsos espirituales que tuvieron su forma exterior en aquel Goetheanum, cada uno ante lo mejor divino que lleva en su alma. Este Goetheanum nos puede ser arrebatado. El espíritu de este Goetheanum no puede, si realmente lo deseamos honesta y sinceramente, ser arrebatado de nosotros. Y menos nos será arrebatado si, en esta hora grave y solemne, que nos separa sólo un poco del momento en que, hace un año, ardieron las llamas de nuestro querido Goetheanum, no sólo volvemos a sentir el dolor en este momento, sino que desde este dolor juramos permanecer fieles al espíritu al que se nos permitió construir este lugar durante diez años. Entonces, queridos amigos, si este voto interior brota hoy honesta y sinceramente de nuestros corazones, si podemos transformar el dolor y el sufrimiento en el impulso para actuar, entonces transformaremos también el triste acontecimiento en una bendición. El dolor no puede disminuirse con esto, pero nos corresponde a nosotros encontrar el impulso para la acción, para la acción en el espíritu, precisamente a partir del dolor.

Y así, queridos amigos, recordemos las terribles llamas de fuego que nos llenaron de tan indecible dolor. Pero hoy, encomendándonos a las mejores fuerzas divinas que hay en nosotros, sintamos en nuestros corazones la llama sagrada que ha de iluminar y calentar espiritualmente lo que se pretendió con el Goetheanum, llevando adelante esta voluntad a través de las olas del progreso de la humanidad. En este momento estamos repitiendo en profundidad las palabras que se me permitió pronunciar allí hace un año más o menos por la misma época. En aquella ocasión dije algo así como: Estamos viviendo un Año Nuevo, debemos vivir hacia un nuevo año mundial. ¡Oh, si el Goetheanum estuviera aún entre nosotros, este llamamiento podría repetirse en este momento! Ya no está entre nosotros. Precisamente porque ya no está entre nosotros, creo que puede pronunciarse con mucho más vigor esta Nochevieja. Llevemos el alma del Goetheanum al nuevo año mundial y esforcémonos por erigir en el nuevo Goetheanum un monumento digno, un monumento digno al cuerpo del antiguo.

Esto, queridos amigos, ata nuestros corazones al viejo Goetheanum, que tuvimos que entregar a los elementos. Pero que esto ate nuestros corazones al espíritu, al alma de este Goetheanum. Y con este compromiso con nuestro mejor ser interior no sólo queremos vivir en el nuevo año, queremos vivir en el nuevo año mundial, enérgicos, portadores de espíritu, conductores de alma.

Queridos amigos, me habéis recibido levantándoos en la memoria del viejo Goetheanum. Vivís en el recuerdo de este viejo Goetheanum. Levantémonos ahora en señal de que nos comprometemos a seguir trabajando en el espíritu del Goetheanum con las mejores fuerzas que podamos encontrar a imagen de nuestro ser humano. Que así sea. Amén.

Y así mantengámoslo, queridos amigos, mientras podamos, según la voluntad que une nuestras almas humanas con las almas de los Dioses, a los que queremos permanecer fieles en el espíritu por el que buscamos esta fidelidad a ellos en un determinado momento de nuestras vidas cuando buscamos la ciencia espiritual del Goetheanum. Y sepamos cómo mantener esta fidelidad.

Traducido por J.Luelmo ago,2024