CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA181 Berlín, 25 de junio de 1918 - Los sueños son imágenes de la realidad cotidiana, que a su vez es imagen de la realidad suprasensible.

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RUDOLF STEINER

LOS SUEÑOS SON IMÁGENES DE LA REALIDAD COTIDIANA,

QUE A SU VEZ ES IMAGEN DE LA REALIDAD SUPRASENSIBLE


Berlín, 25 de junio de 1918

Hoy me gustaría volver sobre varios temas y ampliar lo que se ha debatido aquí a lo largo del tiempo, porque quiero sentar las bases para algunas otras consideraciones fundamentales que queremos abordar aquí en un futuro próximo.

En la investigación en ciencias espirituales, a las dos formas de conciencia que todo ser humano conoce, —la conciencia onírica y la conciencia diurna habitual, en la que vivimos desde que nos despertamos hasta que nos dormimos—, se añade una tercera, la que llamamos conciencia contemplativa. Sin embargo, en la vida cotidiana solo conocemos la conciencia onírica como una especie de interrupción de la conciencia continua. Pero esto se debe únicamente a que el ser humano solo recuerda una pequeña parte de sus sueños. En realidad, sueña continuamente desde que se duerme hasta que se despierta, y lo que solemos llamar el contenido de nuestra conciencia onírica no es más que aquellas partes de nuestras experiencias oníricas totales que el ser humano recuerda en su vida diaria despierto. Desde el punto de vista de la ciencia espiritual, debemos decir que conocemos tres niveles o tres tipos de conciencia: la conciencia onírica, la conciencia diurna habitual y la conciencia contemplativa, que está abierta al mundo suprasensible.

Ahora les resultará fácil familiarizarse con una característica de cada uno de los siguientes estados de conciencia en relación con el anterior, si empezamos por arriba, por la conciencia observadora. Basta con pensar en la conciencia onírica: ésta nos proporciona imágenes. Sabemos que las experiencias oníricas son imágenes. Si se es prudente, no podrá clasificar fácilmente estas experiencias oníricas en el contexto causal de la vida cotidiana. Si lo hiciera, mezclaría la vida onírica con la vida cotidiana y se convertiría en un fantasioso. Por lo tanto, en las experiencias oníricas nos enfrentamos a imágenes, en contraposición a la realidad. Llamamos realidades a las experiencias cotidianas.

Pero si buscamos la relación entre las experiencias cotidianas habituales y el contenido de la conciencia contemplativa, encontramos algo muy similar. Porque lo que la conciencia contemplativa experimenta como realidad espiritual y suprasensible, es una imagen de lo que experimentamos en la vida cotidiana habitual, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos. Así pues, en la medida en que el ser humano se encuentra en la conciencia contemplativa, es decir, en un estado despierto, puede decir sin duda alguna, aunque debe hacerlo con prudencia: en esta conciencia contemplativa experimento una realidad verdadera, y frente a esta realidad, lo que normalmente se denomina realidad no es más que una suma de imágenes.

Expresado de forma tan abstracta, no tiene mucho valor. Sin duda, muchas personas se sienten bastante satisfechas cuando expresan estas cosas de forma abstracta. Creen que con estas expresiones abstractas resuelven los enigmas del mundo. Pero no es así. Algo así solo tiene valor si se aborda lo concreto, lo inmediato de la práctica de la vida. Sin embargo, esto solo es posible en determinados ámbitos.

A lo largo del tiempo, les he llamado la atención sobre un ámbito que debemos considerar una y otra vez si queremos avanzar en las ciencias espirituales. Se trata del ámbito, —el más cercano a nosotros, pero a menudo tan lejano a nuestro conocimiento—, del ser humano mismo. Por lo general, se cree que se conoce al ser humano físico, pero no al ser humano suprasensible. Pero esto solo es cierto hasta cierto punto. Lo que en la vida cotidiana llamamos anatomía y fisiología está envuelto en innumerables ilusiones. Hoy queremos partir, aunque solo sea aparentemente, de la forma exterior del ser humano: del ser humano físico. Para ello nos referiremos a la tripartición del ser humano físico que ya he mencionado en otras ocasiones.

Si consideramos al ser humano en su relación con el mundo suprasensible, es decir, tal y como es en imagen, y no como una realidad en el sentido de la anatomía y fisiología convencionales, se divide en tres partes estrictamente diferenciadas, también en lo que respecta a su forma física externa: el ser humano cefálico, el ser humano que se concentra preferentemente en la cabeza, el ser humano del tronco y el ser humano de las extremidades o de los miembros, solo que debemos imaginar que este tercer ser humano no solo está formado por brazos y piernas, sino que estos miembros continúan sus «entradas» en contraposición a las «salidas», y que esto es el ser humano completo. Consideremos estos tres. En realidad, no se podría hablar realmente de tres seres humanos sin pecar contra la realidad de lo suprasensible, porque en relación con lo suprasensible del ser humano, estos tres miembros mencionados tienen una diferencia muy considerable entre sí.Las diferentes fuerzas, o digamos corrientes de fuerza, que participan en la formación de estos miembros de la figura humana, se dirigen hacia direcciones muy diferentes. Si se examina la figura humana con conocimiento suprasensible, se ve que la cabeza está realmente formada de tal manera que hay que buscar sus fuerzas formativas antes del nacimiento o la concepción. Hay que retroceder al mundo espiritual, no a la corriente física de la herencia. Tal como está formada la cabeza del ser humano, —hay que entrar entonces, sin duda, en la formación más sutil—, en esta formación participa preferentemente todo lo que en el mundo espiritual impregna las fuerzas del alma humana antes de que, a través del nacimiento o la concepción, se haya unido a la corriente física de la herencia. Y lo que más influye en la formación de la cabeza no es tanto lo que el ser humano ha vivido en su vida terrenal anterior, no en cuanto a su apariencia, sino en cuanto a su comportamiento, sus actos y, en parte, sus sentimientos. Cuando el conocimiento extrasensorial ha llegado tan lejos que ha despertado en sí mismo el sentido de tal forma, entonces mira desde la configuración de la cabeza hacia lo que se denomina la encarnación anterior. Allí se tocan secretos extraordinariamente significativos del desarrollo humano. Y más de lo que suelen suponer los iniciados de menor rango, la forma de la cabeza humana está relacionada con el karma, tal y como se desarrolla a partir de la encarnación anterior.

Omitamos ahora al hombre del torso y centrémonos en el hombre de las extremidades, pero con sus prolongaciones hacia el interior. En este hombre de las extremidades tenemos algo que no se nos presenta de una forma tan marcada y tan individual como en la cabeza humana. Cada persona tiene su cabeza formada individualmente, porque la cabeza se remonta a vidas terrenales anteriores. En lo que respecta al organismo de las extremidades, con la cual están esencialmente relacionados los órganos sexuales, el ser humano apunta a sus vidas terrenales posteriores. Allí todo está aún indiferenciado. El correlato anímico de este organismo apunta a las vidas terrenales posteriores. También es muy importante tener en cuenta la organización del tronco. Es una interacción de fuerzas que actúan en la vida espiritual humana antes del nacimiento o la concepción y después de la muerte, es decir, entre la muerte y el siguiente nacimiento. Así pues, lo que ha rodeado al alma entre la última muerte y esta concepción o este nacimiento actúa junto con lo que la rodea entre esta muerte y la siguiente muerte o concepción. Se entrelaza. Y este entrelazamiento de fuerzas actúa en el organismo del tronco humano, de tal manera que se manifiesta principalmente en lo que es más destacado en la actividad de la organización del tronco, osea en el proceso respiratorio, de modo que la exhalación es preferiblemente una imagen, —ahora también llego aquí a la expresión «imagen»—, de lo que ha sucedido con el alma desde la última muerte hasta esta concepción; y la inspiración es una imagen de lo que sucederá en torno al alma y dentro de ella entre la muerte que nos sobrevendrá tras esta encarnación y la próxima concepción o nacimiento. 

Aquí tienen un ejemplo concreto en este ámbito. Lo que la anatomía y fisiología convencionales consideran en la forma humana, lo consideran de tal manera que colocan las cosas una al lado de la otra: aquí la cabeza, el tronco y las extremidades son, de la misma manera, una suma de nervios y vasos sanguíneos. El conocimiento suprasensible debe distinguir las cosas; para él, los diferentes miembros de la forma tienen valores diferentes. Así es como la anatomía y la fisiología comunes ven las realidades inmediatas. Nuestra ciencia espiritual ve en la forma de la cabeza la imagen de los actos y sentimientos de la encarnación anterior; ve en la exhalación, tal y como se configura individualmente en cada persona, —pues cada uno tiene, en la medida en que su cabeza está diferenciada, también diferenciado el proceso respiratorio—, una imagen de las fuerzas que rodeaban al alma entre la última muerte y el próximo nacimiento, y el proceso de inspiración es una imagen de las fuerzas que rodearán al alma entre la muerte actual y el próximo nacimiento. Y en el proceso de las extremidades ya tenemos una imagen de la próxima vida terrenal. Así, de hecho, al igual que en los sueños la vida cotidiana se entreteje con imágenes, la vida suprasensible, magníficamente extensa, que se abre a la conciencia contemplativa, se entreteje con imágenes. Pero estas imágenes son nuestra realidad dada, dada en la vigilia. Llegamos así a la conclusión de que cada mundo fenoménico sucesivo, comenzando por la conciencia contemplativa, lo encontramos como imágenes de los siguientes fenómenos. Nuestra realidad prosaica es imagen de la realidad suprasensible, y nuestra realidad onírica es imagen de la realidad ordinaria que se capta en la vida cotidiana.

Lo que digo aquí solo se hace realmente evidente para la conciencia observadora, por la sencilla razón de que en la forma exterior por sí sola no se puede encontrar lo que acabo de mencionar. Supongamos que alguien tuviera un grado bajo de clarividencia, precisamente aquella clarividencia en la que se intuye más de lo que se capta con plena lucidez, entonces podría llegar a intuir lo que acabo de decir a partir de la percepción de la cabeza, el torso y las extremidades. Ni siquiera sería especialmente difícil para un grado bajo de clarividencia. Pero no se tendría certeza; apenas se estaría convencido de ello si no se pudiera examinar críticamente mediante esa clarividencia que ahora también capta los estados de conciencia correspondientes a lo que acabo de mencionar como miembros de la forma humana. Porque esta cabeza no solo es tal en su forma exterior que remite a vidas anteriores, sino que también, en lo que respecta a su alma, se diferencia bien de las otras partes del ser humano, pero también se diferencia de manera notable en sí misma. El asunto solo se oculta a la conciencia ordinaria. Porque esta o bien sueña, o bien, durante el contenido de la realidad cotidiana, —pero sin darse cuenta—, tiene algo diferente para la cabeza del ser humano, si se me permite utilizar esta expresión: subyacente. Lo que quiero decir es lo siguiente: en la conciencia despierta, atravesamos nuestras experiencias cotidianas; a través de la conciencia que nos transmite nuestra cabeza, nos llenamos de percepciones externas, de imágenes que nos llegan a través de los sentidos y de lo que nos imaginamos sobre estas imágenes sensoriales. Todo esto es tan vívido, tan intenso para la conciencia despierta habitual, que una conciencia más sutil, que fluye continuamente por debajo, —por eso dije que está subyacente—, una conciencia profunda, que no resuena tanto como la conciencia diaria, pasa desapercibida.

Nuestra cabeza sueña continuamente aún cuando estemos despiertos. Lo importante es que nuestra cabeza, más allá de la conciencia diaria, tiene un sueño continuo. Se puede llegar a este sueño continuo; no es necesario realizar ejercicios muy complejos para ello. En realidad, solo hay que intentar entrar en ese estado de la vida anímica en el que se tiene una conciencia vacía, en el que la conciencia está despierta, pero no tiene percepciones ni pensamientos. En la vida cotidiana, las cosas suceden de tal manera que o bien estamos orientados de alguna manera hacia el mundo exterior de las percepciones, o bien tenemos imágenes memorísticas de estas percepciones, o bien pensamientos emergentes que también están relacionados con estos recuerdos. Más a menudo de lo que creemos, nos entregamos a la mera conciencia despierta, pero no nos damos cuenta. Es algo confuso. Pero si intentan tener en su estado de ánimo lo que yo llamaría «nada más que estar despiertos», nada que provenga ni de percepciones externas ni de recuerdos de ellas, ni de pensamientos recordatorios, si simplemente intentan estar despiertos, pronto surgirán percepciones que no estarán tan bien vestidas con ideas.  Estas ideas que surgen tienen algo de vago y emocional. Se podría decir que parecen imágenes, pero no tienen el peso de las imágenes. A menudo nos encontramos con personas que se encuentran en este estado. Dicen: Hay un estado de ánimo en mí en el que percibo algo que no puedo describir; lo percibo, pero no es una percepción como la que se tiene del mundo exterior. No es incorrecto que las personas hablen así, y hay muchas más personas de lo que se cree que, una vez que se les conoce, pueden comunicar este tipo de cosas.

Lo que surge es el tejido de esa conciencia subyacente de la que he hablado. Y esa conciencia subyacente es una especie de sueño. Pero, ¿qué se sueña? Se sueña, realmente se sueña, con la encarnación anterior, con la vida terrenal anterior. Solo que entonces la interpretación resulta difícil. Pero lo que se encuentra en la conciencia, en la conciencia de la cabeza, es el sueño de la vida terrenal anterior. De esta manera subjetiva que he descrito, se puede encontrar el sueño de la vida terrenal anterior, aunque la interpretación sea difícil. Hablaremos de ello más adelante.

Así, lo que describí como la cabeza humana es también algo complicado desde el punto de vista psíquico, ya que en realidad confluyen dos conciencias: la conciencia habitual del estado de vigilia y la conciencia onírica subyacente, que es una especie de reflejo de la encarnación anterior.

Podemos dar otra característica interesante del alma si nos fijamos en otro polo del ser humano: el ser humano de las extremidades, el ser humano de los miembros. Este ser humano de los miembros también es anímico, es decir, en su correlato anímico, lo que le corresponde anímicamente, es en realidad complicado. A menudo he señalado que dormimos en lo que respecta a este ser humano de las extremidades, mientras que estamos despiertos en lo que respecta a nuestra cabeza. Y nuestra voluntad realmente parece estar dormida. Solo tenemos la idea de lo que nuestra voluntad lleva a cabo. Cuando alguien lleva a cabo la idea «muevo la mano», nadie es consciente de cómo se relaciona esto con todo el aparato orgánico. Es tan subconsciente como los procesos mientras se duerme. El dormir impregna continuamente la conciencia diurna de este ser humano de las extremidades, y lo hace sumergiendo la voluntad del ser humano en un estado dormido.

Pero lo curioso es que cuando por la noche, mientras se duerme, el ser humano sale de su cuerpo físico, es decir, cuando el yo y el cuerpo astral abandonan los cuerpos físico y etérico, cuando la conciencia y la autoconciencia no funcionan o solo lo hacen de forma embotada, entonces, en cierto modo, este ser humano extremadamente físico se despierta. Solo que el ser humano, tal y como se encuentra ahora en su desarrollo, no tiene la posibilidad de descubrirlo con su conciencia habitual. Como solo puede ejercer su conciencia de forma embotada mientras duerme, no puede seguir con su conciencia lo que el ser humano de las extremidades, que duerme durante el día, realmente realiza por la noche, cuando la autoconciencia no se encuentra dentro del cuerpo físico. También es una forma de soñar. Este ser humano de las extremidades sueña por la noche. Al igual que la cabeza sueña durante el día bajo la conciencia diurna clara, el ser humano de las extremidades sueña mientras duerme bajo la conciencia somnolienta, se podría decir que en paralelo a la conciencia adormecida. ¿Y qué sueña? Sueña con la próxima encarnación terrenal. Como seres humanos, no solo llevamos en nosotros el pasado y el futuro en relación con nuestra forma física exterior, sino que también llevamos en nosotros, en nuestra vida anímica, en forma de sueños normalmente imperceptibles, en forma de todo tipo de conciencia subyacente, vidas terrenales pasadas y futuras.

Y es que en el ser humano torácico, los procesos de inhalación y exhalación no son seguidos con claridad por la conciencia ordinaria, sino que las funciones orgánicas están más estrechamente vinculadas a tales procesos. Precisamente estos procesos de inspiración y espiración son seguidos por los orientales, —lo que ya no nos resulta adecuado, debemos entrar en la conciencia contemplativa de otra manera—, de tal manera que se elevan a la conciencia. El oriental, como buscador espiritual, intenta adormecer y suprimir la conciencia de la cabeza y, en cambio, estimular e iluminar la conciencia torácica. Realmente intenta llevar a cabo el proceso de respiración de tal manera que surja la conciencia en la respiración. Se trata de una conciencia diferente. Al seguir el aire inhalado a medida que se expande por el organismo y al seguir el aire exhalado a medida que sale y abandona el cuerpo, eleva a la conciencia lo que de otro modo permanecería inconsciente. Esto le lleva a tener una conciencia muy clara de lo que representa el proceso respiratorio, es decir, de la vida en el mundo espiritual entre la muerte y el nacimiento. El conocimiento claro, del que el occidental en realidad no tiene ni idea, que hoy en día sigue estando mucho más extendido en Oriente de lo que se piensa, —por eso los orientales y los occidentales a menudo tienen tantas dificultades para entenderse—, la clara conciencia de que antes del nacimiento hay una vida espiritual y anímica, y después de la muerte una vida anímico-espiritual, no es una teoría, sino una certeza, igual que para usted es una certeza cuando ha recorrido un camino, se detiene, mira atrás y contempla lo que ha recorrido y luego mira hacia atrás. Así como para ustedes es una certeza que está a su lado, que el camino anterior y el camino posterior contienen esto y aquello, para los orientales no es una teoría, no es algo a lo que llegan mediante una conexión imaginativa, sino algo que ven, pero que, a través de su proceso de respiración elevado a la conciencia, ven lo que hay antes del nacimiento o la concepción y lo que hay después de la muerte.

 Esta parte del ser humano, podríamos decir que es el tronco humano, sueña continuamente. No se despierta del todo aún estando despiertos, ni se duerme del todo cuando dormimos. Sin embargo, hay una diferencia entre estos dos momentos. La conciencia, la conciencia onírica de este ser humano troncal durante el día es más apagada que su conciencia onírica en estado dormido, que es algo más clara; la diferencia no es muy grande, pero existe un matiz.

Así vemos que no solo somos seres humanos tripartitos en nuestra forma exterior, sino que también llevamos dentro de nosotros estados de conciencia complejos. En eso consiste nuestra vida anímica. Estos estados de conciencia interactúan entre sí, se reflejan entre sí. La conciencia diurna de nuestra cabeza da lugar principalmente a lo que llamamos nuestra vida imaginativa y pensante; mediante la conciencia onírica continua de nuestro tronco humano se produce lo que llamamos nuestra vida emocional, y mediante la conciencia onírica del ser humano de las extremidades, que duerme durante el día y está despierta durante la noche, se produce lo que llamamos nuestra voluntad.

Ahora solo queda una cosa. Si nos fijamos únicamente en el aspecto exterior del ser humano, no solo nos encontramos ante el organismo físico visible, sino que también llevamos dentro un organismo sutil, etéreo y suprasensorial que, para evitar malentendidos, he denominado «cuerpo de fuerzas formativas» en los últimos artículos publicados en la revista «Das Reich». Este organismo suprasensible está menos diferenciado en relación con el organismo físico exterior, es en realidad más una unidad; y solo mediante una observación superficial atribuimos una unidad a la forma exterior del ser humano. La unidad real del ser humano reside en su cuerpo etérico. Este cuerpo etérico está estructurado igual que el cuerpo físico, pero no de tal manera que los miembros estén uno al lado del otro; sino que en el cuerpo etérico hay que establecer la estructura tal y como lo he hecho últimamente con respecto a los estados de conciencia. Este cuerpo etérico también se encuentra en una conciencia siempre cambiante, de tal manera que en la vida diaria, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, tiene una conciencia diferente a la que tiene desde que nos dormimos hasta que nos despertamos. Con este cuerpo suprasensible llevamos dentro algo muy significativo. Cuando algunos teóricos teósofos creen haber hecho algo especial al dividir al ser humano en cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral, etc., en realidad se trata de una especie de autoengaño. Es una especie de sistematización, y las sistematizaciones nunca tienen realmente ningún valor. Solo se obtienen conocimientos cuando se examina más de cerca lo que realmente ocurre en este cuerpo etérico. Porque si solo se dice: «En nosotros vive el cuerpo etérico», el ser humano solo tiene una palabra, se engaña a sí mismo, cree tener algo al imaginarse una niebla lo más fina posible, etc. Pero eso es autoengaño. Lo importante es que en este cuerpo etérico tenemos algo muy esencial, solo que el ser humano no puede percibirlo en la vida cotidiana. Pero lo que siempre teje y vive en este cuerpo etérico en la vida diaria, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, es el karma de vidas terrenales anteriores, eso es lo que él ve. De hecho, en nuestro subconsciente teje este cuerpo etérico, y su tejido es la visión de nuestro karma de encarnaciones anteriores. El hecho de que el clarividente conozca algo del karma se basa en que aprende a utilizar el cuerpo etérico como normalmente utiliza el cuerpo físico. Si se aprende a utilizarlo, es inevitable ver el karma como una realidad. Porque desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, el cuerpo etérico es concreto, se percibe como una realidad, y ve el karma, concretamente, desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, el karma de vidas terrenales anteriores, y desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, el karma que está por venir. Esto se describe de nuevo desde el punto de vista clarividente.

Así pues, en nuestro interior no solo soñamos con lo que hemos vivido entre la última muerte y este nacimiento, no solo contemplamos el pasado de esta manera, sino que también contemplamos lo que éste nos impone como karma, que bajo nuestra conciencia habitual, a través de la función del abdomen, es contemplado por el cuerpo etérico como karma pasado, como ante un ojo espiritual. Y mediante nuestra conciencia de las extremidades, al inhalar, no solo vemos lo que está relacionado con una encarnación posterior, sino que nuestro cuerpo etérico se convierte en el ojo espiritual a través del cual vemos el karma que está por venir de una manera inconsciente para la vida ordinaria. No es fácil para el ser humano actual llevar tan lejos los ejercicios de su alma, aunque es absolutamente necesario que cada persona contemple realmente todo lo que acabo de describir. Esto plantea ciertas dificultades, sobre las que se habla con más detalle en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Esto era mucho más fácil en la época que corresponde a la edad pasada de la humanidad terrestre. Porque la vida histórica es más diferenciada de lo que se piensa, y un punto especialmente importante en la vida histórica de la humanidad, que también se caracteriza en mi «Ciencia oculta en líneas generales» y en otros escritos, es aquel en el que el cuarto período cultural postatlante sustituyó al tercero, cuando comenzó lo que llamamos la cultura grecolatina. Este período es aquel en el que se ha vuelto tan difícil para la humanidad cultural penetrar en estos mundos que acabo de describir. Antes era relativamente más fácil, y los orientales han conservado algo de esta naturaleza más fácil. Los occidentales no la han conservado, por lo que no pueden realizar los ejercicios descritos por los orientales, sino solo aquellos que se describen, por ejemplo, en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». La era que comenzó en los siglos VII y VIII antes del misterio del Gólgota es ya aquella en la que el ser humano fue expulsado más hacia el mundo físico. Volverá otra era, —aproximadamente el tercer milenio será el comienzo claro de esta era—, y hay que prepararse para ella. Entonces en cada alma surgirá algo indefinido de la naturaleza humana; no se podrá interpretar si no se conoce la ciencia oculta, si no se aborda con la ciencia espiritual. Lo que la ciencia espiritual debe preparar y fundamentar para el próximo milenio no es en realidad solo un ideal subjetivo o una tendencia subjetiva, sino que corresponde a una necesidad en el desarrollo de la humanidad. La mitad del tercer milenio será un punto de inflexión significativo en el desarrollo cultural, porque entonces llegará el tiempo en que la naturaleza humana habrá llegado a un punto en el que reaccionará de forma malsana si los seres humanos no han asimilado para entonces la idea de las vidas terrenales repetidas y del karma, que se perdió en el tiempo desde los siglos VII y VIII antes de Cristo. Antes, la naturaleza humana reaccionaba de forma sana, ya que el conocimiento brotaba de ella misma. Después, parecerá enferma si los seres humanos no le aportan la enseñanza. Solo comprendemos nuestra época si tenemos en cuenta que estamos encerrados entre dos polos. Uno de ellos se encuentra detrás de los siglos VII y VIII, antes del misterio del Gólgota. Era la época en la que la naturaleza humana transmitía el conocimiento de las experiencias suprasensoriales del alma humana. El otro polo será el tercer milenio, en el que el alma humana, tal y como se describe en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?», , de manera espiritual, para que el cuerpo, en el que entonces debe irradiarse la salud, no reaccione con la enfermedad. Solo se puede comprender nuestra época en sus manifestaciones externas e internas si se tiene esto en cuenta. Por supuesto, esto se desarrolla de forma lenta y gradual. Y para aquellas personas que no quieren soñar embotadas, como dormidas, con las cosas más importantes de su época, sino que quieren vivir despiertas y conscientes de sí mismas, es conveniente que en nuestro tiempo presten atención a lo que quiere entrar en la vida. Esto no se manifestará plenamente hasta mediados del tercer milenio. Pero poco a poco quiere entrar, y la humanidad debe ahora tomar conciencia de todo, debe preparar conscientemente lo que quiere entrar. Hay que aprender a observar la vida; entonces se manifestará también en las apariencias externas, —en primer lugar en las apariencias de la vida humana—, una visión superficial de que es cierto lo que acabo de decir. En el desarrollo cerebral burdo, que hoy en día es lo normal en la humanidad, no es fácil comprender lo que hay que adquirir en sentido figurado, tal y como lo describimos en la ciencia espiritual. Pero me gustaría decir: de manera trágica, se puede ver, en cierto modo, lo que las fuerzas desconocidas, —de las que hablaré en la próxima conferencia—, realmente quieren de la humanidad. En la actualidad hay ciertas naturalezas enfermizas, por eso dije «de manera trágica»; son enfermizas para el presente; sin embargo, en ellas se anuncia todo aquello que le sucederá al ser humano en los días saludables del futuro.

A menudo he mencionado el nombre de un personaje contemporáneo muy peculiar, cuya vida osciló entre la salud y la enfermedad: Orzo Weininger, autor del curioso libro «Sexo y carácter». Weininger es, en general, una persona muy peculiar. Imagínese a alguien que, a principios de sus veinte años, escribe su tesis doctoral sobre el primer capítulo de este libro, un libro que ha entusiasmado a algunos y molestado a otros, sin que ninguna de las dos reacciones estuviera justificada, sino que se habría necesitado algo más objetivo. Luego, cada vez más, una curiosa identificación con los problemas planteados en «Geschlecht und Charakter». A continuación, viaja a Italia, anota sus experiencias y ve cosas muy diferentes a las que ven otras personas en Italia. Hay muchas cosas en este diario italiano de Weininger que me parecen muy extrañas.  Saben que les describo algunas cosas que solo se pueden describir con la imaginación: de la época atlante, de la época lemúrica, y cómo era en tiempos que hoy en día ya no se pueden seguir con la conciencia exterior, ni siquiera con la conciencia histórica. Para ello hay que utilizar ciertas ideas y conceptos para presentar ante la conciencia humana lo que se describe en términos conceptuales. Cuando leo las notas de Weininger, algunas cosas me parecen una caricatura artística lograda de la verdad. La vida de Weininger es, en general, muy curiosa. A los veintitrés años, le asalta una idea que le hipnotiza terriblemente: que debe suicidarse, porque de lo contrario tendrá que matar a otra persona, la idea de que en su alma habita un asesino, un criminal. Un fenómeno que se puede explicar muy bien desde el punto de vista ocultista. En esta vida se mezcla lo grandioso y lo exacto con la coquetería. Abandona la casa de sus padres, alquila una habitación en la Casa Beethoven de Viena, pasa allí una noche y, a la mañana siguiente, se suicida de un disparo.

Esta alma tiene la peculiaridad de que nunca estuvo completamente unida al cuerpo. Para el psiquiatra externo, Weininger era un histérico; para quien veía más allá de las apariencias, existía una conexión irregular entre su parte anímico-espiritual y su cuerpo físico. Lo que normalmente ocurre, que la parte anímico-espiritual se separan de lo físico-corporal al dormir y se vuelven a unir al despertar, en Weininger era diferente. Podría citarles los pasajes que muestran cómo, a veces, lo anímico-espiritual se separan un poco de lo físico-corporal, para luego volver a sumergirse rápidamente, y al sumergirse se le ilumina una idea, que entonces escribe, a menudo de forma seca; pero al sumergirse se vuelve imaginativo y muy extraño. Así, a quien comprende la cuestión le parece que existe una conexión irregular entre lo espiritual y lo físico, y en esta conexión irregular entra de manera extraña, pero muy especial, un conocimiento que la humanidad tendrá que adquirir en el futuro.  Piénsenlo: en una persona que, para un psiquiatra muy torpe, es histérica, aparece un conocimiento que la humanidad tendrá que tener en el futuro, pero que ahora también se caricaturiza. Después de lo que he dicho hoy, pueden ustedes imaginarse fácilmente que, debido a alguna anomalía, aparecen entre nosotros algo así como precursores de un futuro, —así como hay rezagados del pasado—, un futuro en el que los seres humanos tendrán que saber de las repetidas vidas terrenales, del karma y de los sueños del karma. Y como esas personas se presentan como adelantados de esos tiempos futuros, el conocimiento no cura el organismo, sino que lo enferma. Entonces, de una manera algo caricaturesca, con la ayuda del organismo enfermo, saldrá a la luz lo que algún día será un conocimiento de la humanidad. Tomemos, por ejemplo, un pasaje como el siguiente del libro «Über die letzten Dinge» (Sobre las últimas cosas) de Weininger, publicado por su amigo Rappaport: «Quizás no sea posible recordar nuestro estado antes del nacimiento porque hemos caído tan profundamente con el nacimiento: hemos perdido la conciencia y nacemos completamente impulsados por instintos, sin decisión racional y sin conocimiento, y por eso no sabemos nada de ese pasado».

Una cosa está clara, aunque el conocimiento que se ha revelado sea caricaturesco, y es que alguien vuelve a escribir este conocimiento cuando se convierte en una certeza absoluta para él: al nacer, pasé de un estado de vida espiritual que había vivido anteriormente. Si alguien hubiera escrito esto en el siglo X o XII antes de Cristo, o incluso en la época de Orígenes, no habría que sorprenderse; pero en nuestra época, alguien lo escribe de una manera impregnada de sentimientos; es algo que se ilumina directamente en la conciencia, no algo teorizado.

Podría citar muchos fenómenos de este tipo. ¿Qué revelan estos fenómenos? Nada más que el anuncio de ese conocimiento suprasensible que ahora quiere entrar en la naturaleza humana; y como aún no se busca en la vía de la ciencia espiritual de orientación antroposófica, entra en forma de cataclismos, de tal manera que sacude la naturaleza humana, la enferma en la misma medida en que enfermó a la persona de Weininger. Digo enfermar, sin entender nada filisteo, sino solo lo que es realmente cierto, que de hecho hay algo enfermizo en que un hombre de veintitrés años se pegue un tiro porque encuentra en sí mismo a un asesino oculto y quiere salvarse del asesinato mediante el suicidio.

Se podría demostrar con cientos, con miles de ejemplos: ¡este conocimiento quiere entrar! Y sería bueno que se dieran cuenta el mayor número de personas posibles de que así es. En el subconsciente de las personas existe un deseo enormemente extendido de adquirir ese conocimiento. Fuerzas externas, que ya he descrito en otras ocasiones, lo retienen. Debemos tener muy en cuenta lo que se desprende de la observación que hice al final de mi ensayo sobre Christian Rosenkrentz en la revista «Das Reich». Debemos tener en cuenta lo que se anunciaba en el siglo XVII, en realidad ya desde el siglo XV, aunque cada vez con más fuerza. Pero ahora hay que hablar de ello a nuestros contemporáneos utilizando la formulación científica habitual. Sin embargo, en aquel entonces sucedió lo que describí en el último «Reich», donde demostré que este Johann Valentin Andreae escribió Las bodas químicas de Christian Rosenkreutz. Esto ha causado muchos quebraderos de cabeza a los filólogos: este Johann Valentin Andreae escribe Las bodas químicas, en las que en realidad se esconde un profundo conocimiento oculto, y después se comporta de una manera muy extraña. No solo se le ocurre interpretar ciertas palabras que pronunció en relación con escritos que escribió en la época en que escribió Las bodas químicas, sino que, a pesar de haber escrito esta gran obra, se muestra como una persona de la que se puede decir con certeza: no entiende nada de lo que ha escrito. El pastor pietista, que posteriormente escribió todo tipo de cosas, no entiende nada de Las bodas químicas ni tampoco de los otros escritos que redactó al mismo tiempo. Solo tenía diecisiete años cuando escribió Las bodas químicas. Ahora no ha cambiado, sigue siendo el mismo, solo que un poder completamente diferente ha hablado a través de él. Los filólogos se devanan los sesos y comparan todo tipo de pasajes de cartas. Su mano lo escribió, su cuerpo estaba allí sentado, pero a través de su ser humano, un poder espiritual que en aquel entonces no estaba encarnado en la Tierra quiso anunciarlo a la humanidad, de la forma en que se anunció entonces.

Luego vino la Guerra de los Treinta Años, que enterró gran parte de lo que debía llegar a la humanidad en aquella época. Durante la Guerra de los Treinta Años se debería haber comprendido lo que no se comprendió, lo que se acababa de enterrar. La «Boda química» ya había sido escrita por quien se hacía llamar Johann Valentin Andreae, y se sabe que ya estaba escrita en 1603; pero no se le prestó atención, porque en 1618 comenzó la Guerra de los Treinta Años. Antes de que comiencen las guerras, a veces suceden cosas así. Entonces lo correcto es leer en los signos de los tiempos que uno sabe: ¡lo que se ha sembrado como germen también debe florecer y dar fruto!

Esto forma parte de lo que acabo de insinuar, de lo que hay que leer en los signos de los tiempos de nuestra época tan catastrófica. Continuaremos con esto la semana que viene.

 Traducido por J.Luelmo nov,2025


GA181 Berlín, 5 de marzo de 1918 - Pensamiento realista - La conexión de los vivos con los muertos

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RUDOLF STEINER

PENSAMIENTO REALISTA.

LA CONEXIÓN DE LOS VIVOS CON LOS MUERTOS


Berlín, 5 de marzo de 1918

En una de las últimas reflexiones que hemos compartido aquí, hablé de la relación que las almas humanas encarnadas en el cuerpo pueden tener, o más bien siempre tienen, con las almas humanas desencarnadas, con los llamados muertos. Hoy me gustaría continuar con estas reflexiones con algunas observaciones más.

Sabemos por diversas fuentes, que han llegado a nuestras almas a través de la ciencia espiritual, que el espíritu humano también experimenta su propio desarrollo a lo largo de la evolución terrestre. Sabemos además que el ser humano solo puede auto-conocerse planteándose de manera provechosa la siguiente pregunta: ¿Cómo se relaciona el ser humano en una determinada encarnación, en esta encarnación en la que se encuentra, con los mundos espirituales, con los reinos espirituales? ¿Qué nivel de desarrollo ha alcanzado la humanidad en general cuando nosotros mismos vivimos en una determinada encarnación?

Sabemos que una observación más detallada de esta evolución general de la humanidad nos lleva a comprender que en épocas anteriores, en épocas anteriores de la evolución humana, se había vertido sobre la humanidad una cierta clarividencia, que hemos llamado atávica, que en tales épocas anteriores de la evolución humana el alma humana estaba, por así decirlo, más cerca de los mundos espirituales. Mientras entonces estaba más cerca de los mundos espirituales, más lejos estaba de su propia libertad, de su propio libre albedrío, al cual, por el contrario, está más cerca en nuestra época, en la que, en general, se encuentra más alejado de los mundos espirituales. Si se conoce realmente la esencia del ser humano en el presente, hay que decir que, en el inconsciente, en lo verdaderamente espiritual del ser humano, existe naturalmente la misma relación con todo el mundo espiritual. Pero en el conocimiento, en la conciencia, el ser humano de hoy en día no puede, en general, visualizar esta relación de la misma manera; algunos individuos pueden hacerlo, pero en general el ser humano no puede visualizarlo como era posible en épocas anteriores. Si nos preguntamos por qué el ser humano actual no es consciente de la relación de su alma con el mundo espiritual, que por supuesto sigue existiendo con la misma intensidad que siempre, aunque de otra manera, se debe a que ya hemos superado la mitad del ciclo evolutivo terrestre, nos encontramos, por así decirlo, en la corriente descendente de la existencia terrenal, y que con nuestro organismo físico, —aunque esto no sea perceptible en la anatomía y fisiología externas—, nos hemos vuelto más físicos de lo que éramos antes, y que, por lo tanto, durante el tiempo que transcurre entre el nacimiento o la concepción y la muerte, ya no disponemos de la organización necesaria para tomar plena conciencia de nuestra conexión con el mundo espiritual. Hoy en día experimentamos realmente, —y debemos ser muy conscientes de ello—, en las regiones subconscientes del alma, por muy materialistas que seamos, mucho más de lo que generalmente podemos percibir.

Pero esto va más allá. Y aquí se llega a un punto muy importante en la actual evolución de la humanidad. Se llega al extremo de que, en general, el ser humano actual no es capaz de pensar, sentir y experimentar realmente todo lo que podría pensar, sentir y experimentar en su interior. El ser humano de hoy está predispuesto a pensamientos, sentimientos y sensaciones mucho más intensos de lo que puede tener debido a la, diría yo, burda materialidad de su organismo. Esto tiene una cierta consecuencia, a saber, que en la actual etapa evolutiva de la humanidad no somos capaces de completar el desarrollo de nuestras facultades en nuestra vida terrenal. En el fondo, poco influye si morimos jóvenes o viejos. Tanto para los que mueren jóvenes como para los que mueren viejos, lo cierto es que el ser humano actual, debido a la densidad de su organismo, no puede vivir plenamente lo que viviría si estuviera organizado de forma más sutil e íntima en relación con su cuerpo. Y por lo tanto, ya sea que crucen la puerta de la muerte los jóvenes o los ancianos, como se ha dicho, durante nuestra organización terrenal queda un cierto residuo de pensamientos, sensaciones y sentimientos no procesados que, por la razón indicada, realmente no podemos procesar. Hoy en día, todos morimos, en cierto modo, dejando pensamientos, sentimientos y sensaciones sin procesar. Estos pensamientos, sentimientos y sensaciones, —y debo insistir una y otra vez en que, aunque muramos jóvenes o viejos, el resultado es el mismo—, permanecen sin procesar, y cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, en realidad todos seguimos teniendo el impulso de seguir pensando en lo terrenal, de seguir sintiendo en lo terrenal, de seguir percibiendo en lo terrenal.

 Pensemos por un momento en lo que esto implica. Después de la muerte, seremos libres para desarrollar ciertos pensamientos, sentimientos y sensaciones. Lograríamos mucho más en la Tierra si pudiéramos vivir plenamente estos pensamientos, sentimientos y sensaciones durante nuestra vida física. Pero no podemos. De hecho, cada ser humano podría lograr mucho más en la Tierra de lo que realmente logra, en función de las aptitudes que tiene. Esto no era así en épocas anteriores del desarrollo de la humanidad, cuando los organismos eran más delicados y existía una cierta visión consciente del mundo espiritual, y los seres humanos podían actuar desde el espíritu. En general, las personas realizaban todo lo que podían según sus aptitudes. Aunque hoy en día el ser humano esté tan orgulloso de sus aptitudes, la situación es la descrita.

Siendo así las cosas, también se podrá reconocer la necesidad, en la época actual, de que lo que los muertos llevan consigo sin haberlo procesado a través de la puerta de la muerte no se pierda para la vida terrenal. Esto solo puede ser así si, en el sentido mencionado anteriormente, cultivamos y mantenemos realmente la conexión con los muertos según las instrucciones de la ciencia espiritual, si nos esforzamos por hacer que la conexión con los muertos con los que estamos vinculados kármicamente sea consciente, plenamente consciente. Entonces, los pensamientos no vividos de los muertos se introducen en el mundo a través de nuestra alma, y a través de esta introducción, estos pensamientos más fuertes, —los pensamientos que el muerto puede tener porque está liberado del cuerpo—, pueden actuar en nuestras almas. Tampoco podemos llevar nuestros propios pensamientos a su plena formación, pero estos pensamientos pueden actuar.

De ello deducimos lo siguiente: lo que nos ha aportado el materialismo debería hacernos conscientes al mismo tiempo de lo necesario, de lo absolutamente necesario que es buscar una relación concreta y real con los espíritus de los muertos, tanto para el presente como para el futuro próximo. La pregunta es: ¿cómo podemos acoger en nuestras almas los pensamientos, las sensaciones y los sentimientos que quieren entrar desde el reino en el que se encuentran los muertos? También sobre esto ya hemos dado algunos puntos de vista, y en una última reflexión hablé aquí de los momentos importantes que el ser humano debería tener en cuenta: el momento de dormirse y el momento de despertar. Hoy quiero caracterizar con más detalle algunos aspectos relacionados con ello.

El muerto no puede entrar directamente en este mundo en el que vivimos nuestra vida cotidiana, que percibimos desde fuera y en el que actuamos según nuestra voluntad, basada en nuestros instintos. Al atravesar la puerta de la muerte, se ha alejado de este mundo. Pero aún así podemos tener un mundo en común con los muertos si, impulsados por la ciencia espiritual, hacemos el intento, —que, sin embargo, en nuestra época materialista actual es un intento difícil—, de disciplinar tanto el mundo interior de nuestro pensamiento como el mundo de nuestra vida y no dejarlos correr libremente, como estamos acostumbrados a hacer. Podemos desarrollar ciertas habilidades que nos asignen un terreno común con los espíritus que han atravesado la puerta de la muerte. Por supuesto, en la actualidad existen muchos obstáculos en la vida cotidiana para encontrar este terreno común. El primer obstáculo es aquel que quizá haya abordado menos. Pero lo que hay que decir al respecto ya se desprende de otras consideraciones que también se han planteado aquí. El primer obstáculo es que, en general, en nuestra vida somos demasiado derrochadores con nuestros pensamientos. Hoy en día, en nuestro presente, todos somos derrochadores en lo que respecta a nuestra vida pensante, o podría decir también: somos excesivos en lo que respecta a la vida pensante. ¿Qué se quiere decir con esto?

 El hombre actual vive casi por completo bajo la influencia del proverbio: «Los pensamientos son libres». Esto significa que, en realidad, uno debe dejar pasar por la mente casi todo lo que quiera pasar por ella. Piensen por un momento que el habla es un reflejo de nuestra vida pensante, y piensen en qué tipo de vida pensante se deduce del habla de la mayoría de las personas hoy en día, cuando parlotean, pasan de un tema a otro, dejan que los pensamientos fluyan tal y como vienen, es decir: ¡desperdician la fuerza que se nos ha concedido para pensar! Y seguimos desperdiciándola, somos muy disolutos en nuestra vida pensante. Nos permitimos cualquier pensamiento. Queremos algo que se nos ocurre en ese momento, o lo omitimos insertando otro pensamiento. En resumen, somos reacios a controlar nuestros pensamientos en cierta medida. Por ejemplo, qué desagradable resulta a veces que alguien empiece a hablar, le escuches durante uno o dos minutos y, de repente, cambie de tema. Pero tú sigues teniendo ganas de seguir hablando de lo que habías empezado. Puede ser importante. Entonces hay que llamar la atención: ¿de qué estábamos hablando? Esto sucede hoy en día a cada momento, de modo que, si realmente se quiere llevar la vida con seriedad, hay que recordar la conversación que se ha iniciado. Este desperdicio de la fuerza del pensar, esta dispersión de la fuerza del pensar, impide que desde lo más profundo de nuestra vida anímica surjan aquellos pensamientos que no son nuestros, sino que compartimos con lo espiritual, con el espíritu que reina en general. Esta urgencia de pasar de un pensamiento a otro de cualquier manera nos impide esperar, en estado de vigilia, a que los pensamientos surjan de las profundidades de nuestra vida anímica, nos impide esperar las inspiraciones, si se me permite expresarlo así. Pero esto es algo que, especialmente en nuestra época, por las razones indicadas, debería cultivarse, cultivarse de tal manera que realmente se forme en el alma esa disposición que consiste en ser capaces de esperar despiertos hasta que los pensamientos surjan, por así decirlo, de las profundidades del alma, anunciándose claramente como lo que se nos ha dado, lo que no hemos creado nosotros. No hay que creer que crear tal estado de ánimo sea algo que se pueda hacer rápidamente. No es así. Es algo que hay que cultivar. Pero si se cultiva, si realmente nos esforzamos por estar simplemente despiertos, y no por excluir los pensamientos involuntarios, por quedarnos dormidos, sino simplemente por estar despiertos y esperar lo que se nos inspira, entonces poco a poco se va formando este estado de ánimo. Entonces se forma en nosotros la posibilidad de recibir en nuestra alma pensamientos que provienen de lo más profundo del alma y, por lo tanto, del mundo que va más allá de nuestro egoísmo. Si realmente desarrollamos algo así, percibiremos que en el mundo no solo existe lo que vemos con los ojos, oímos con los oídos, percibimos con los sentidos externos y cómo nuestra mente combina estas percepciones, sino que existe una red objetiva de pensamientos en el mundo. Hoy en día, muy pocas personas tienen esta experiencia como algo propio. Esta experiencia de la red general de pensamientos en la que realmente se encuentra el alma no es una experiencia significativa u oculta; es algo que cualquier persona puede tener si desarrolla en sí misma el estado de ánimo indicado. Entonces puede tener la experiencia de decirse a sí mismo: En la vida cotidiana, estoy en el mundo que percibo a través de mis sentidos y que he combinado con mi mente. Pero entonces me encuentro en una situación como si, estando de pie en la orilla, me sumergiera en el mar y nadara en el agua ondulante. Así, estando de pie en la orilla de la existencia sensorial, puedo sumergirme en el mar ondulante de los pensamientos; entonces estoy realmente como dentro de un mar ondulante. — Entonces se puede tener la sensación de que se intuye al menos una vida más fuerte e intensa que la mera vida onírica, pero que, sin embargo, tiene entre sí y la realidad sensorial exterior una frontera similar a la que tiene la vida onírica para la realidad sensorial.

Si se quiere, se puede decir que tales experiencias son sueños. ¡Pero no son sueños! Porque el mundo en el que nos sumergimos, ese mundo de pensamientos ondulantes que no son nuestros pensamientos, sino los pensamientos en los que nos sumergimos, es el mundo del que surge nuestro mundo físico-sensorial, que en cierto modo se condensa y asciende. Nuestro mundo físico-sensorial es como los bloques de hielo, los trozos de hielo en el agua: el agua está ahí, los trozos de hielo se endurecen y flotan en ella. Al igual que el hielo está compuesto por la materia del agua, solo que en otro estado de agregación, nuestro mundo físico-sensorial surge de este mar de pensamientos ondulantes y agitados. Ese es el verdadero origen. La física solo habla de su «éter», de los átomos que giran, porque no sabe cuál es la verdadera materia primigenia. Shakespeare se acercó más a esta verdadera inmaterialidad cuando hizo decir a uno de sus personajes: «El mundo de la realidad está tejido de sueños». Los seres humanos se dejan engañar con demasiada facilidad por este tipo de cosas. Quieren encontrar un mundo atomístico y tosco detrás de la realidad física. Pero si se quiere hablar de algo «detrás de la realidad física», hay que hablar del tejido objetivo de los pensamientos, del mundo objetivo de los pensamientos. Sin embargo, solo se llega a ello si se pone fin al despilfarro y al derroche en relación con los pensamientos y se desarrolla ese estado de ánimo que surge cuando se es capaz de esperar lo que popularmente se denomina inspiración.

 Para aquellos que se dedican a las ciencias espirituales, no es tan difícil desarrollar el estado de ánimo aquí descrito. Porque el tipo de pensamiento que hay que desarrollar cuando se practican las ciencias espirituales de orientación antroposófica guía al alma a desarrollar tal disposición. Y cuando se practican seriamente estas ciencias espirituales, surge la necesidad de desarrollar en uno mismo ese íntimo entramado de pensamientos. Pero esta trama de pensamientos nos ofrece la esfera común en la que, por un lado, estamos nosotros y, por otro, los llamados muertos. Ese es el terreno común donde uno puede encontrarse con los muertos. Los muertos no entran en el mundo que percibimos con nuestros sentidos y combinamos con nuestra mente, sino que entran en el mundo que acabo de caracterizar.

Hay un segundo ejemplo en lo que comenté el año pasado: la observación de las relaciones sutiles e íntimas de la vida. Ustedes recordarán que, para explicar lo que quiero decir, mencioné un ejemplo que se puede encontrar en la literatura psicológica. Schubert también lo señala; es de la literatura antigua, pero se pueden encontrar ejemplos similares una y otra vez en la vida. — Una persona está acostumbrada a dar un paseo diario. Un día, al hacerlo, al llegar a un punto determinado del camino, tiene la sensación de que debe detenerse, apartarse a un lado, y se le ocurre la idea de si realmente es correcto pasar el tiempo dando este paseo. En ese momento, una piedra que se ha desprendido de la roca cae sobre el camino y le habría golpeado con toda seguridad si sus pensamientos no le hubieran llevado a apartarse a un lado. 

Es una experiencia dura que llama la atención de cualquiera a quien le suceda algo así en la vida. Pero este tipo de experiencias, aunque sean más sutiles, se cuelan a diario en nuestra vida cotidiana. Por lo general, no les prestamos atención. Solo contamos con lo que sucede en la vida, pero no con lo que podría haber sucedido y no sucedió porque ocurrió algo que nos impidió hacer esto o aquello. Contamos con lo que ha sucedido cuando nos hemos retrasado un cuarto de hora en casa y ahora salimos un cuarto de hora más tarde de lo previsto. A menudo, si pensáramos en todo lo que habría cambiado si no nos hubiéramos retrasado y hubiéramos salido de casa un cuarto de hora antes, se nos ocurrirían cosas muy curiosas.

Intente observar sistemáticamente en su vida lo que habría cambiado si, en el último momento, cuando estaba a punto de marcharse, no hubiera aparecido alguien con quien quizá estaba muy enfadado y que le retuvo unos minutos. Todo lo que podría haber sido diferente se impone continuamente en la vida humana según su predisposición. Buscamos una relación causal entre lo que realmente sucede en la vida. No pensamos en atravesar la vida con la sutileza que implicaría la suposición de una interrupción de las cadenas de acontecimientos predeterminadas, de modo que, digamos, continuamente se derrama sobre nuestras vidas una atmósfera de posibilidades.

Si tenemos esto en cuenta, siempre tenemos la sensación de que, cuando hacemos algo a las doce del mediodía, después de haber sido retenidos durante diez minutos por la mañana: lo que hacemos a las doce del mediodía a menudo, —aunque también puede ser al contrario—, no solo está influenciado por los acontecimientos anteriores, sino también por las innumerables cosas que no han sucedido, de las que nos han impedido hacer. Al relacionar lo posible, y no solo lo real exterior y sensible, con nuestra vida, llegamos a intuir cómo nos encontramos realmente en la vida, de modo que es una forma bastante parcial de ver la vida buscar conexiones entre lo que sigue y lo que precede.  Cuando realmente nos hacemos este tipo de preguntas, se despierta en nuestra mente algo que, de otro modo, permanecería inactivo. Llegamos, por así decirlo, a leer entre las líneas de la vida; llegamos a conocer la vida en toda su ambigüedad. Llegamos, en cierto modo, a vernos a nosotros mismos dentro del entorno, a ver cómo nos moldea, cómo nos hace avanzar poco a poco en la vida. Por lo general, prestamos muy poca atención a esto. La mayoría de las veces solo prestamos atención a las fuerzas internas que nos guían de un nivel a otro. Tomen cualquier ejemplo sencillo y común en el cual puedan ver cómo relacionan lo externo con lo interno de una manera muy fragmentaria.

Traten de fijarse en la forma en que suelen imaginar cómo se levantan por la mañana. Si tratan de aclararlo, en la mayoría de los casos tendrán una idea muy clara: la idea de cómo se ven impulsados a levantarse, pero quizá también se lo imaginen de forma bastante difusa. Pero traten de pensar durante unos días en el pensamiento que realmente le impulsa a levantarse de la cama; traten de aclarar completamente qué pensamiento concreto le impulsa a levantarse de la cama, es decir, traten de aclarar: Ayer te levantaste porque oíste que se estaba preparando el café en la habitación de al lado; eso te llamó la atención y te hizo sentir la necesidad de levantarte; hoy te ha pasado algo diferente. Me refiero a que se aclaren concretamente, no lo que les ha impulsado a levantarse de la cama, sino cuál ha sido el impulso externo.  El ser humano suele olvidarse de buscarse a sí mismo en el mundo exterior, por eso encuentra tan poco de sí mismo en él. Quien preste un poco de atención a esto, volverá a desarrollar fácilmente ese estado de ánimo ante el que las personas de hoy en día sienten un temor casi sagrado, no, «profano», ese estado de ánimo que consiste en tener al menos un pensamiento secundario sobre toda la vida, algo que en realidad no se tiene en la vida cotidiana. Por ejemplo, el ser humano entra en una habitación, se traslada a algún lugar, pero piensa poco en ello: ¿Cómo cambia el lugar cuando entra? Otras personas tienen a veces una idea de ello, pero incluso esta idea desde fuera no está muy extendida hoy en día. No sé cuántas personas tienen la sensación de que, cuando un grupo de personas se encuentra en una habitación, una persona está a menudo doblemente presente que otra; una está muy presente, la otra débilmente. Es algo que depende de los imponderables. Es fácil comprobarlo: una persona entra en una sociedad, se cuela rápidamente y vuelve a salir, y uno tiene la sensación de que ha sido un ángel el que ha entrado y salido rápidamente. Otros, en cambio, tienen una presencia tan fuerte que no solo están allí con sus dos piernas visibles, sino también con todo tipo de piernas invisibles, por así decirlo. Los demás suelen prestarle muy poca atención, aunque para ellos puede ser muy perceptible, pero la persona en sí misma no le presta ninguna atención. El ser humano no suele tener ese matiz que se puede tener del cambio que provoca con su presencia en el entorno; uno se queda en sí mismo, no pregunta al entorno qué cambio está provocando. Pero se puede educar la intuición para percibir el eco de la propia existencia en el entorno. Y piensen solo en cómo la vida exterior ganaría en intimidad si esto se enseñara de forma más sistemática, si las personas no solo poblaran los lugares con su presencia, sino que tuvieran una sensación de lo que significa estar en un lugar, hacerse valer allí, provocar un cambio por el simple hecho de estar allí.

Esto es solo un ejemplo. Se podrían citar ejemplos similares para todas las situaciones posibles de la vida. En otras palabras, se puede densificar el medio de la vida de una manera muy saludable, —no pisándose constantemente a uno mismo, sino de una manera muy saludable—, para sentir lo que uno mismo hace como un corte en la vida. De esta manera se aprende el comienzo de lo que es la sensación del karma, la sensación del destino. Porque si uno sintiera plenamente lo que ocurre al hacer esto o aquello, al estar aquí o allá, si tuviera siempre ante sí, por así decirlo, la imagen que produce en su entorno con sus «actos», con su «ser», entonces tendría una clara sensación de su karma, ya que el karma se teje a partir de lo que se vive conjuntamente.

Pero ahora solo quiero señalar cómo se enriquece la vida con la incorporación de tales intimidades, cuando observamos entre las líneas de la vida, cuando aprendemos a mirar la vida de tal manera que, en cierto modo, nos damos cuenta de que estamos ahí, cuando estamos ahí con «conciencia». Entonces, a través de tal conciencia, desarrollamos a su vez algo de la esfera común con los muertos. Y si desarrollamos tal conciencia, que puede mirar hacia estos dos pilares que acabo de caracterizar: el seguimiento concienzudo de la vida y la austeridad, no el despilfarro en los pensamientos; si desarrollamos tal estado de ánimo interior, entonces estará acompañado por el éxito, el éxito necesario para el presente y el futuro, cuando nos acerquemos a los muertos de la manera descrita. Cuando desarrollamos pensamientos que nos vinculan, no solo con la presencia racional de un difunto, sino con una presencia emocional e interesada, cuando continuamos desarrollando esos pensamientos sobre situaciones de la vida con el difunto, pensamientos sobre cómo vivimos con él, de modo que se creó un vínculo emocional entre nosotros, si nos vinculamos así no a una convivencia indiferente, sino a momentos en los que nos interesaba cómo pensaba, vivía y actuaba, y en los que a él le interesaba lo que le estimulábamos, entonces podemos aprovechar esos momentos para continuar, en cierto modo, la conversación de los pensamientos. Y cuando se puede dejar reposar este pensamiento, de modo que se pasa a una especie de meditación, en la que este pensamiento se ofrece, por así decirlo, en el altar de la vida espiritual interior, entonces llega el momento en el que, en cierto modo, recibimos una respuesta del difunto, en el que él puede volver a comunicarse con nosotros. Solo tenemos que tender un puente entre lo que desarrollamos en el difunto y aquello gracias a lo cual él, por su parte, puede volver a acercarse a nosotros. Sin embargo, esto será especialmente útil si somos capaces de desarrollar realmente en lo más profundo de nuestra alma una imagen de la esencia del difunto. Esto es algo que está muy lejos de la época actual porque, como ya he dicho en reflexiones anteriores, las personas se cruzan sin prestarse atención, a menudo conviven en el círculo más íntimo de su vida y luego se separan sin conocerse. Conocerse no tiene por qué basarse en el análisis. Quien se sabe analizado por quienes conviven con él, si es un alma sensible, se siente también maltratado. Por lo tanto, no es importante analizarse. La mejor forma de conocer al otro es cuando los corazones están en sintonía; no es necesario analizarse de ninguna manera.

He partido de la base de que, en nuestra época, es especialmente necesario cuidar la relación con los llamados muertos, precisamente porque no vivimos en la era del materialismo por capricho, sino simplemente por la evolución de la humanidad, porque no somos capaces, antes de atravesar la puerta de la muerte, de desarrollar y dar forma a todas nuestras aptitudes en cuanto a pensamientos, sentimientos y sensaciones. Porque algo permanece cuando hemos atravesado la puerta de la muerte, es necesario que los vivos mantengan la comunicación con los muertos, para que la vida cotidiana de las personas se enriquezca con esta comunicación con los muertos. ¡Ojalá se pudiera inculcar a las personas de hoy en día que la vida se empobrece cuando se olvida a los muertos! Y solo aquellos que de alguna manera estaban vinculados kármicamente con los muertos pueden desarrollar un recuerdo adecuado de ellos.

Si aspiramos a una comunicación directa con los muertos, que se configure como la comunicación con los vivos, —también he hablado de que las cosas suelen percibirse como especialmente difíciles porque no son conscientes; pero no todo lo que es real es consciente, y no todo lo que no se percibe es por ello irreal; si cultivamos la comunicación con los muertos de esta manera, entonces existe, entonces los pensamientos de los muertos, no desarrollados en vida, influyen en esta vida. Es cierto que lo que se dice aquí es una exigencia excesiva para nuestra época. Sin embargo, se dice algo así cuando se está convencido, por los hechos espirituales, de que nuestra vida social, nuestra vida ética y nuestra vida religiosa se verían infinitamente enriquecidas si los vivos se dejaran aconsejar por los muertos. Hoy en día ya se es reacio a dejar que las personas lleguen a cierta edad para poder aconsejarlas. Piense solo por un momento que hoy en día se considera lo más adecuado que las personas se incorporen lo más jóvenes posible a las tareas municipales y estatales, porque cuanto más jóvenes son, más maduras están para todo tipo de cosas, según la opinión actual. En épocas en las que se tenía un mejor conocimiento de la naturaleza humana, se esperaba a que las personas alcanzaran una cierta edad para formar parte de tal o cual consejo. Ahora, sin embargo, se espera a que los demás mueran para poder recibir su consejo. Sin embargo, precisamente nuestra época debería estar dispuesta a escuchar los consejos de los muertos. Solo se podrá alcanzar la salvación cuando se esté dispuesto a escuchar los consejos de los muertos de la manera indicada.

 Las ciencias espirituales exigen al ser humano una gran energía. Esto hay que entenderlo, hay que comprenderlo. Las ciencias espirituales exigen una cierta orientación, que el ser humano busque realmente la coherencia y la claridad. Y hoy nos enfrentamos a la necesidad de buscar la claridad en medio de nuestros catastróficos acontecimientos, ya que esta búsqueda de la claridad es lo más importante. Más de lo que se cree, las cosas que se han vuelto a discutir hoy están relacionadas con las grandes exigencias de nuestro tiempo. Ya este invierno señalé aquí cómo, muchos años antes de que se desatara esta catástrofe mundial, intenté insinuar en mis ciclos de conferencias sobre las almas de los pueblos europeos algunas cosas que hoy se pueden encontrar en el contexto general de la humanidad. Si consultan el ciclo sobre «La misión de las almas individuales en relación con la mitología germánica-nórdica», que impartí una vez en Kristiania, podrán comprender en cierta medida lo que está sucediendo en los acontecimientos actuales. No es demasiado tarde, y sucederán muchas cosas que podrá comprender gracias a este ciclo, incluso en los próximos años.

Tal y como se relacionan hoy en día los seres humanos en la Tierra, solo aquellos que son capaces de percibir los impulsos espirituales pueden comprender verdaderamente sus relaciones. Y cada vez se acerca más el momento en el que será necesario que los seres humanos se planteen la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan, por ejemplo, el sentir y el pensar de Oriente con el pensar y el sentir de Europa, concretamente de Europa Central? ¿Y cómo se relaciona esto a su vez con el pensamiento de Occidente, con el pensamiento de América? Esta pregunta debería plantearse al alma humana en todas las variantes posibles. Ya ahora deberíamos preguntarnos un poco: ¿cómo ve hoy Europa el oriental? El oriental, que mira mucho a Europa, tiene hoy la sensación de que la vida cultural europea se encamina hacia un callejón sin salida, se ha conducido a un abismo. El oriental tiene hoy la sensación de que no debe perder la espiritualidad que ha acumulado desde tiempos antiguos si quiere aprovechar lo que Europa puede ofrecerle.  El oriental no desprecia las máquinas europeas, por ejemplo, pero hoy se dice a sí mismo, y estas son las palabras de un famoso oriental, lo que yo expreso aquí: «Aceptemos lo que los europeos han creado en forma de máquinas y herramientas, pero pongámoslo en los cobertizos, no en los templos ni en las casas, como hacen los europeos». El oriental dice que el europeo ha perdido la capacidad de contemplar el espíritu en la naturaleza, de contemplar la belleza en la naturaleza. Al fijarse el oriental en lo que solo él puede ver, mientras que el europeo solo quiere quedarse en lo mecánico exterior, en lo sensual exterior en la acción y en la contemplación —pues eso es lo único que puede ver—, el oriental cree que está llamado a despertar de nuevo la antigua espiritualidad, a salvar la antigua espiritualidad de la humanidad terrenal. El oriental, que habla de manera concreta de seres espirituales —Rabindranath Tagore lo ha hecho recientemente, por ejemplo—, dice: los europeos han incorporado a su cultura aquellos impulsos que solo pueden incorporarse atando a Satanás a su carro cultural; utilizan el poder de Satanás para avanzar. Los orientales están llamados —opina Rabindranath Tagore— a eliminar de nuevo a este Satanás y «traer la espiritualidad a Europa».

Se trata de un fenómeno que, lamentablemente, hoy en día se pasa por alto con demasiada frecuencia. Hemos vivido muchas cosas, —de las que hablaré próximamente—, pero, por ejemplo, en nuestra evolución hemos dejado de lado muchas cosas que habríamos incorporado a ella si, por ejemplo, la sustancia espiritual tal y como la entiende Goethe, —por citar solo un nombre—, estuviera realmente viva en nuestra evolución cultural. Ahora bien, alguien podría decir: el oriental puede mirar hoy a Europa y saber que Goethe vive en esta vida europea. Puede saberlo. ¿Lo ve? Se puede decir que los alemanes han fundado, por ejemplo, una sociedad, la «Goethe-Gesellschaft», no me refiero a la «Goethe-Verein». Y supongamos que el oriental quisiera conocerla, —la gran cuestión de Oriente y Occidente ya se ha puesto en marcha, pero en última instancia depende de impulsos espirituales—, quisiera informarse sobre la Goethe-Gesellschaft y afrontar la realidad. Entonces se diría a sí mismo: Goethe tuvo tal influencia que incluso en la década de 1880 se presentó la oportunidad de aprovechar de una manera excepcional a Goethe para la cultura alemana, una circunstancia favorable, por así decirlo, que se presentó gracias a que una princesa con todo su entorno, como fue la gran duquesa Sofía de Sajonia-Weimar, se hizo cargo del legado de Goethe en los años ochenta del siglo XIX para cuidarlo como nunca antes se había cuidado. Eso está ahí. Pero consideremos como instrumento externo la Sociedad Goethe. También está ahí. Hace unos años, el puesto de presidente de esta Sociedad Goethe volvió a quedar vacante. En toda la amplitud de la vida intelectual, solo se encontró a un exministro de Finanzas, al que se nombró presidente de la Sociedad Goethe. Eso es lo que se ve desde fuera. Estas cosas son más importantes de lo que realmente se cree. Lo que sería más necesario es que, por ejemplo, los orientales, apasionados y entendidos en espiritualidad, tuvieran la oportunidad de saber que dentro de la cultura europea también existe algo como una ciencia espiritual de orientación antroposófica. Pero él no puede saberlo. No puede llegar a él porque no puede atravesar lo que hay por otra parte, y no solo en una manifestación, por supuesto. Es solo sintomático que el presidente de la Sociedad Goethe sea un antiguo ministro de Finanzas, etc. Podría seguir con muchos ejemplos más.

Esto es, diría yo, una tercera exigencia: un pensamiento radical y vinculado a la realidad, un pensamiento con el que no nos quedemos estancados en ambigüedades, en compromisos vitales poco claros. En mi último viaje, alguien me entregó un documento sobre un hecho que ya conocía bien. Solo les daré un breve extracto del asunto: «Quien haya pisado alguna vez las aulas de un instituto recordará con nostalgia las horas en las que «disfrutaba» de las conversaciones entre Sócrates y sus amigos en Platón, nostalgia por el fabuloso aburrimiento que desprendían esas conversaciones.  Y quizá se recuerde que las conversaciones de Sócrates se consideraban realmente estúpidas, pero, por supuesto, nadie se atrevía a expresar esta opinión, porque, al fin y al cabo, se trataba de Sócrates, el «filósofo griego». El libro «Sócrates, el idiota», de Alexander Moszkowski (editorial Dr. Eysler & Co., Berlín), acaba con esta sobrevaloración totalmente injustificada del buen ateniense. El polígrafo Moszkowski se propone en esta pequeña y entretenida obra nada menos que despojar a Sócrates casi por completo de su dignidad filosófica. El título «Sócrates, el idiota» debe entenderse en sentido literal. No es descabellado suponer que el libro dará lugar a debates científicos.

Lo siguiente que le viene a la mente al ser humano cuando se entera de algo así es decirse: «¿Qué es eso tan extraño de que alguien como Alexander Moszkowski quiera demostrar que Sócrates era un idiota?». Eso es lo más obvio que siente la gente. Pero se trata de una sensación de compromiso que no proviene de un pensamiento claro y profundo, que no proviene de una confrontación con la verdadera realidad.

Quiero comparar esto con otra cosa. Hoy en día ya hay libros escritos desde el punto de vista psiquiátrico sobre la vida de Jesús. En ellos se examina todo lo que hizo Jesús desde el punto de vista de la psiquiatría actual y se compara con todo tipo de actos patológicos, y luego los psiquiatras modernos demuestran a partir de los Evangelios que Jesús debía de ser un enfermo, un epiléptico, que todos los Evangelios solo pueden entenderse desde el punto de vista paulino, etcétera. Hay informes detallados sobre este tema.

 Una vez más, es muy fácil pasar por alto estas cosas con ligereza. Pero la cuestión es algo más profunda. Si uno se adhiere completamente al punto de vista de la psiquiatría actual, si acepta este punto de vista de la psiquiatría actual tal y como está oficialmente reconocido, entonces, al reflexionar sobre la vida de Jesús, debe llegar a la misma conclusión que los autores de estos libros. No puede pensar de otra manera, porque de lo contrario estaría mintiendo, no sería un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra. Y no es un psiquiatra moderno en el verdadero sentido de la palabra, según la opinión de Alexander Moszkowski, si no piensa que Sócrates era un idiota. Y Moszkowski se diferencia de aquellos que también son partidarios de estas teorías y no consideran a Sócrates un idiota, solo en que estos últimos son falsos, y él es verdadero; no hace concesiones.  Porque no hay forma de ser sincero, de defender el punto de vista filosófico de Alexander Moszkowski y no considerar a Sócrates un idiota. Si se quiere ambas cosas, si se quiere ser partidario de la visión científica moderna del mundo y, al mismo tiempo, aceptar a Sócrates sin considerarlo un idiota, se está siendo falso. Es un hombre moderno, un psiquiatra y un psiquiatra moderno. Pero el hombre moderno no quiere llegar a esta clara postura, porque entonces tendría que plantearse la cuestión de una manera muy diferente. Más información: Bien, no considero a Sócrates un idiota, lo conozco mejor, pero eso me exige también rechazar una cosmovisión como la de Moszkowski; y veo en Jesús al mayor portador de ideas que jamás haya entrado en contacto con la vida terrenal; pero eso requiere que rechace la psiquiatría moderna, ¡que no la acepte!

De eso se trata: de un pensamiento realista y claro, que no acepta los compromisos perezosos habituales que existen en la vida, pero que solo pueden eliminarse de ella si se comprenden en su verdad. Es fácil pensar o indignarse cuando hay que reconocer la prueba de que, según Moszkowski, Sócrates es un idiota. Pero lo correcto es sacar las consecuencias de la cosmovisión moderna, que desde su punto de vista ve a Sócrates como un idiota. Pero la gente no quiere sacar esas consecuencias: rechazar algo como la cosmovisión moderna. Porque, de lo contrario, podrían encontrarse en una situación aún más desagradable: habría que hacer concesiones y tal vez darse cuenta de que Sócrates no es un idiota; pero entonces, ¿quizás se llegaría a la conclusión de que Moszkowski es un idiota? Él no es un hombre poderoso, pero si se trata de personas más poderosas, ¡podrían suceder todo tipo de cosas mucho peores!

Sí, para penetrar en el mundo espiritual es necesario «pensar» de forma realista. Por otro lado, esto requiere tener una visión clara de cómo son las cosas. Los pensamientos son realidades, y los pensamientos falsos son realidades malignas, inhibidoras y destructivas. No sirve de nada ocultarse tras una niebla de falsedad, queriendo aceptar tanto la cosmovisión de Moszkowski como la de Sócrates. Porque es un pensamiento falso colocar ambas cosmovisiones una al lado de la otra en el alma, como hace el hombre moderno. Solo se es verdadero cuando se tiene presente que o bien se está en el punto de vista del puro mecanismo científico como Moszkowski, en cuyo caso hay que considerar a Sócrates como un idiota; entonces se es verdadero. O bien se sabe por otras fuentes que Sócrates no era un idiota; entonces es necesario aclarar hasta qué punto hay que rechazar lo contrario. La veracidad es un ideal que el alma del ser humano actual debería tener ante sí. Porque los pensamientos son realidades. Y los pensamientos verdaderos son realidades sanadoras. Y los pensamientos falsos, por mucho que se cubran con el manto de la indulgencia hacia el propio ser, los pensamientos falsos, concebidos en el interior del ser humano, son realidades que hacen retroceder al mundo y a la humanidad.

Traducido por J.Luelmo nov.2025 

GA191 Dornach 23 de octubre de 1919 - La vida resulta incomprensible sin una extensión de la conciencia hacia lo prenatal y posterior a la muerte.

 


 RUDOLF STEINER

Índice

La vida resulta incomprensible sin una extensión de la conciencia hacia lo prenatal y posterior a la muerte.

Conferencia 10
Dornach 23 de octubre de 1919

Hemos hablado de diversas maneras sobre las relaciones entre la cosmovisión de las ciencias espirituales y la concepción social de la vida. Hablamos de estas cosas porque hoy en día es necesario que se comprenda desde diferentes perspectivas que una recuperación profunda de nuestra vida y un desarrollo verdaderamente provechoso hacia el futuro solo son posibles si las concepciones e ideas espirituales se incorporan a la forma de pensar y a las ideas de las personas.

Además de lo que dije recientemente con respecto a la retrospectiva de la vida, hay algo más que se aplica a esta retrospectiva. Les he señalado que, cuando el ser humano mira retrospectivamente en su vida, debería ser consciente de que, con la conciencia ordinaria, solo percibe de forma discontinua los eslabones de su vida y que entre estos eslabones discontinuos que el ser humano recuerda, se encuentran los estados dormidos, que en realidad quedan fuera, por lo que el ser humano se entrega a cierto equívoco en relación con su retrospectiva. Él cree que la vida es continua, pero no lo es. Esta vida es de tal manera que solo nos muestra episodios inconexos. Pero desde los fundamentos de la ciencia espiritual, hay que tener claro que lo que no se percibe en la retrospectiva de la vida es, sin embargo, una experiencia, una experiencia tan real como la que se incorpora a la conciencia ordinaria.

Ahora bien, las experiencias que el alma humana atraviesa entre el momento de dormirse y el de despertarse no son fáciles de describir, porque si el ser humano quiere hacerse una idea de las experiencias que tienen lugar, entre el momento de dormirse y el de despertarse, tiene que liberarse de muchas cosas que forman parte de su concepto habitual de la conciencia.

Vivimos para la vida habitual en el espacio y el tiempo. Cuando dormimos profundamente, —desde el punto de vista de la conciencia habitual, hablando ahora—, no vivimos ni en el tiempo habitual ni en el espacio habitual. Cuando recordamos lo que nos sucede en el tiempo entre el momento de dormirnos y el de despertarnos, el recuerdo es en sí mismo una especie de sombra o, como se dice, una proyección de lo vivido mientras dormimos en el espacio y el tiempo de la vida diurna despierta.

Sin embargo, si uno desea examinar estas circunstancias más detenidamente, también debe tener en cuenta que el estado dormido no es simplemente el reposo frente al estado despierto. Precisamente en esta relación se da uno de los casos en los que los seres humanos juzgan más a partir de opiniones preconcebidas que a partir de la visión real. Si se considera que la vida despierta habitual es el estado normal del ser humano, cabe preguntarse: ¿cuándo se produce el descanso? En realidad, el descanso solo se da en dos momentos: al quedarse dormido y al despertarse. Quedarse dormido y despertarse son, en cierto modo, el cero frente al estado diurno despierto. Pero el estado dormido no es el cero, el estado dormido es lo contrario. Aquí se debe recurrir a la popular comparación de la aritmética. Por ejemplo, alguien puede tener cualquier cantidad de dinero, digamos cincuenta francos; entonces tiene algo. ¿Cuándo no tiene nada? Pues cuando no tiene nada. Pero si tiene cincuenta francos de deuda, entonces tiene menos que nada, entonces tiene lo negativo. Así es la nada, en relación con la vigilia: el dormirse y el despertarse; el estado dormido en sí mismo es, en relación con el estado habitual de vigilia, lo negativo. Porque mientras dormimos tienen lugar procesos opuestos a la vigilia, procesos de naturaleza completamente diferente, procesos que, sobre todo, en su realidad no están sujetos a las leyes del espacio y el tiempo como los procesos de la vida diurna despierta.

Pero hay algo, como ya pudieron intuir en la última conferencia, que en este estado dormido se encuentra realmente en su elemento, y ese algo es nuestro verdadero yo. El yo vive, sin duda, en nuestra voluntad, pero, como sabemos, allí también duerme. El yo real no entra en nuestra vida de pensamiento habitual. No seríamos conscientes del yo real si no lo percibimos como una especie de negativo. Y cuando miramos atrás a nuestras experiencias, no nos decimos: «Hemos vivido días y noches», sino que solo miramos atrás a los días. Y en lugar de decirnos: «Miramos atrás a las noches», decimos: «Yo», nos sentimos, nos percibimos como yo.

Poco a poco las personas deben ir asimilando estas verdades, de lo contrario se verán abrumadas por la visión del mundo puramente científica, que también ha invadido el resto de la vida y la visión de la vida de la mayoría de las personas modernas. Uno solo se puede llegar a conocer plenamente como ser humano, si en cada momento de la vida uno se dice a sí mismo: No solo eres un ser humano de carne y hueso con una conciencia, tal y como la conocen la mayoría de las personas que viven actualmente, sino que eres un ser humano que solo ha salido de su cuerpo desde que se duerme hasta que se despierta. Sin embargo, entonces vives en condiciones muy diferentes a las de la vida cotidiana, y solo entonces, entre el momento de dormirse y el de despertarse, tu yo se encuentra en su elemento natural; allí puede desarrollarse, allí es lo que puede reclamar: ser sustancial. Durante la vigilia diurna, nuestro yo solo está presente en la voluntad. En el pensamiento, en la imaginación e incluso en gran parte de los sentimientos y las sensaciones solo hay imágenes del yo.

Por eso es un gran error cuando algunas corrientes filosóficas afirman que lo que el ser humano denomina su yo es una realidad. Solo si el ser humano despertara a una conciencia superior mientras duerme, tomaría conciencia de su verdadero yo. O si comprendiera en qué consiste el proceso de la voluntad, entonces experimentaría su verdadero yo en dicho proceso volitivo.

Sin embargo, estas cosas deben pasar a formar parte de los sentimientos y las emociones de las personas si quieren desempeñar el papel adecuado en la vida. En cierto modo, el ser humano debe poder decirse a sí mismo: «Eres un ser que, con su concepto habitual del mundo, solo percibe su mitad; estás continuamente inmerso con la otra mitad de este ser en experiencias suprasensibles que no puedes percibir con tu conciencia habitual». El ser humano solo podrá adquirir de forma adecuada un cierto respeto por los principios creativos que hay detrás del ser humano si es capaz de conectar con lo suprasensible de esta manera. Por eso, en una época materialista como la nuestra, no solo desaparecerá la visión de lo sobrenatural, sino que también desaparecerá el respeto por los principios creativos del mundo. El respeto desaparecerá por completo de los corazones de las personas. ¡En la actualidad hay poco respeto, pocos sentimientos que realmente puedan elevar el espíritu hacia lo sobrenatural! Y muchos de los sentimientos que se intenta salvar no son más que un cierto sentimentalismo, y el sentimentalismo es al mismo tiempo falso, el sentimentalismo nunca es del todo verdadero.

Cuando uno asimila estas cosas en su conciencia, tanto a nivel intelectual como emocional, —y debo volver a mencionarlo en esta ocasión—, entonces se hace evidente ante la mirada del alma que la vida humana y la vida del mundo tienen algo del carácter de un gran misterio. Y sin esta visión de que la vida y el orden del mundo son un misterio, no se puede concebir un verdadero progreso en el desarrollo de la humanidad. Épocas como la nuestra, en las que ya nadie quiere creer que la vida encierra misterios, no pueden ser más que episodios. Pueden servir para que los seres humanos se alejen por un tiempo de sus raíces originales y, precisamente a través de la reacción contra este alejamiento, avancen aún más hacia una verdadera comprensión del misterio de la vida. Pero este misterio de la vida no puede revelarse al ser humano ni desde el sentimentalismo ni desde la abstracción. Solo puede revelarse cuando el ser humano está dispuesto a abordar concretamente los hechos del mundo suprasensible. Y algo parecido al comienzo de tal aceptación de los hechos suprasensibles será cuando realmente se pueda desarrollar una especie de sentimiento sagrado hacia el entrar en el estado dormido y se pueda desarrollar un sentimiento sagrado con respecto a la mirada retrospectiva hacia este estado dormido, en el que, sin hablar en sentido figurado, se puede caracterizar como: estar en las moradas de los dioses.

Al fin y al cabo, solo hay que ser consciente de lo lejos que está de esta idea, el concepto actual de la vida de lo irreflexiva que es la humanidad actual al contemplar esta otra cara de la vida. Pero, ¿cómo se puede comprender lo que hay más allá del nacimiento y la muerte si no se comprende lo que hay más allá del dormir y el despertar? Más allá del nacimiento y la muerte se encuentra en el ser humano lo que también está presente entre el nacimiento y la muerte, solo que entre el nacimiento y la muerte está oculto tras el envoltorio físico. Pero si hubiera menos religiosidad egoísta y más religiosidad altruista, —ya he hablado de ello—, se vería en lo que el ser humano vive desde el nacimiento la continuación de la vida prenatal o anterior a la concepción en el mundo espiritual.  Sin embargo entonces, los fenómenos de la vida humana nos parecerían milagrosos, y sentiríamos la necesidad constante de descifrarlos. Tendríamos el anhelo de ver, a través del desarrollo humano, la revelación de lo que se forma, encarnado desde los mundos suprasensibles en el mundo sensorial. Y, en el fondo, hoy en día ya es así, que solo podemos comprender la vida después de la muerte de la manera correcta si miramos hacia la vida prenatal.

Como ven, existen secretos de la vida. En nuestra época, debido a las exigencias evolutivas de la humanidad, deben revelarse una serie de secretos de la vida. El ser humano no puede alcanzar la conciencia de su ser humano completo si no amplía la visión de sí mismo a la vida prenatal y post mortem. Porque si no dejamos que lo prenatal y lo post mortem se revelen en esta existencia física, solo conoceremos una parte de nuestro ser. Hoy en día sigue siendo extremadamente difícil hablar de estas cosas ante personas que no hayan recibido una formación previa en antroposofía, ya que o bien existe un interés supremo en no permitir que la verdad sobre estas cosas llegue a los seres humanos, o bien no existe una comprensión adecuada. Solo tienen que mirar a su alrededor y verán que las cosmovisiones habituales hoy en día se preocupan muy poco por la vida prenatal. Se preocupan por lo que hay después de la muerte por egoísmo, porque exigen no perecer con su cuerpo físico. Y las confesiones religiosas cuentan con este egoísmo, ya que, en el fondo, solo hablan de la vida después de la muerte, no de la vida prenatal.

Pero la cuestión no es eso solo, sino que hoy en día sigue siendo difícil hablar de estas cosas porque es un dogma de la Iglesia católica no creer en la vida prenatal, un dogma que también han adoptado otras confesiones cristianas. De modo que casi todas las confesiones cristianas actuales consideran una herejía hablar de la vida prenatal. Sin embargo, negarse dogmáticamente a considerar la vida prenatal es algo que afecta profundamente al desarrollo espiritual de la humanidad. Es realmente difícil imaginar, —y no me refiero siempre a cosas conscientes, sino más bien a aspectos inconscientes del desarrollo de la humanidad—, que haya algo que pueda engañar más al ser humano sobre su verdadera esencia que privarle de ideas sobre la vida prenatal. Porque toda la visión de la vida sobre el ser humano se ve falseada al hacer creer al ser humano que, por el mero hecho de haber sido engendrado por un padre y una madre, el ser humano ha sido puesto en la Tierra. La Iglesia se ha dotado así de un medio de poder enorme al privar al ser humano de la comprensión de la vida prenatal. Por eso, la Iglesia como tal luchará de la manera más terrible contra todas aquellas doctrinas que se refieren a la vida prenatal. La Iglesia no lo tolerará. No hay que hacerse ilusiones al respecto, pero tampoco hay que hacerse ilusiones sobre el hecho de que la vida simplemente no se puede comprender si no se tiene en cuenta la vida prenatal.

Pero hay algo que debe tenerse muy en cuenta. Piénsenlo: a las confesiones religiosas les interesaba ocultar a las personas información importante sobre sí mismas. Las confesiones religiosas se han propuesto como misión ocultar a los seres humanos las verdades más importantes sobre sí mismos. Estas confesiones religiosas han encontrado así el medio de envolver a los seres humanos en la torpeza, en la ilusión. Y hoy en día es necesario no dejarse engañar en este punto, no querer transigir por compasión con todo tipo de opiniones confesionales. No se puede transigir en esto. Y hay que tener en cuenta que no sirve de nada afirmar en ningún sitio: «La antroposofía se ocupa del Cristo, no es atea, tampoco es panteísta, etc.». Eso nunca les ayudará, porque a las confesiones eclesiásticas no les molesta que no se ocupen de Cristo, eso no les importa mucho, sino que precisamente les molesta que se ocupen de Cristo. Porque les interesa tener el monopolio de hablar sobre Cristo. En estas cosas no se puede ser indulgente consigo mismo, porque de lo contrario siempre se estará tentado de envolver las cosas más importantes de la vida en penumbra, niebla e ilusión. La humanidad tiene actualmente la necesidad de acercarse a los conocimientos espirituales. Pero lo que más se opone a los conocimientos espirituales son las confesiones dogmáticas de la Iglesia, en particular aquellas confesiones dogmáticas que se han ido desarrollando gradualmente en Occidente. La Iglesia como tal no puede ser realmente hostil a los conocimientos de las ciencias espirituales; eso es totalmente imposible, porque la Iglesia como tal solo debería ocuparse de los sentimientos del ser humano, de las ceremonias, del culto, pero no de la vida intelectual. El oriental culto no comprende en absoluto las confesiones religiosas occidentales, porque el oriental culto sabe muy bien que está vinculado al culto externo; le corresponde entregarse a las ceremonias a las que se entrega en su confesión. Puede pensar lo que quiera. En las confesiones orientales todavía se sabe algo de libertad de pensamiento. Los europeos han perdido por completo esta libertad de pensamiento. Han sido educados en la esclavitud del pensamiento, especialmente desde los siglos VIII o IX d. C. Por eso a las personas de la cultura occidental les resulta tan difícil comprender lo que he mencionado recientemente: que es fácil demostrar cualquier opinión. Se puede demostrar una opinión y se puede demostrar lo contrario. Porque el hecho de que se pueda demostrar algo no es prueba de la veracidad de lo que se afirma. Para llegar a la verdad, hay que adentrarse en capas mucho más profundas de la experiencia que aquellas en las que se encuentran nuestras pruebas habituales. Pero ciertas confesiones religiosas no han querido sacar a la superficie esa experiencia; por eso han separado al ser humano de verdades como esta: ¡Ahí estás, oh ser humano! A medida que tu organismo se desarrolla desde la infancia, se desarrolla gradualmente en ti lo que has vivido en la vida prenatal.

¿Y qué es lo que se desarrolla principalmente a partir de la vida prenatal en la vida humana individual entre el nacimiento y la muerte? 

Ahora bien, distinguimos en el ser humano entre una vida individual y una vida social. Sin diferenciar estos dos polos de la experiencia humana, no es posible llegar a una concepción del ser humano: la vida individual, es decir, lo que en cierto modo consideramos nuestra experiencia más personal y privada cada día, cada hora; la vida social, aquella que no podríamos tener si no entrásemos continuamente en intercambio de ideas y en otras relaciones con otras personas. Lo individual y lo social influyen en la vida humana. Todo lo que es individual en nosotros es, en el fondo, la repercusión de la vida prenatal. Todo lo que desarrollamos en la vida social es la semilla de la vida post mortem. Recientemente hemos visto incluso que es la semilla del karma. Por lo tanto, podemos decir que en el ser humano hay lo individual y lo social. Lo individual es la repercusión de lo prenatal. Lo social es la semilla de lo postmortem.


La primera parte de esta verdad, que lo individual es, en cierto modo, la repercusión de la vida prenatal, se puede observar especialmente cuando se estudia a personas con talentos especiales. Digamos, porque en estos casos es bueno fijarse en lo radical, que se estudia a los genios humanos. ¿De dónde proviene la fuerza genial, el genio? El genio lo trae el ser humano consigo al nacer. Siempre es el resultado de la vida prenatal. Y como es comprensible que la vida prenatal se manifieste especialmente en la infancia, —más tarde, el ser humano se adapta a la vida entre el nacimiento y la muerte, pero en la infancia sale a la luz todo lo que el ser humano ha experimentado antes de nacer—, por eso en el genio se manifiesta lo infantil durante toda la vida.  Precisamente la característica del genio es conservar la infantilidad a lo largo de toda la vida. E incluso es propio del genio conservar la juventud y la infantilidad hasta los últimos días, porque todo genio está relacionado con la vida prenatal. Pero no solo el genio, sino todos los talentos, todo aquello que hace que un ser humano sea un individuo, está relacionado con la vida prenatal. Por lo tanto, cuando se le dice al ser humano que no existe la vida prenatal, que no existe la preexistencia, ¿qué se está haciendo implícitamente? Se está difundiendo la doctrina de que no hay razón para los talentos individuales especiales. Ustedes saben que las confesiones religiosas auténticas, cuando son completamente sinceras y honestas, profesan que no hay razones para los talentos personales. No se trata de negar los talentos personales en sí mismos, sino que, al negar sus razones, se pueden considerar bastante insignificantes.

Esto está relacionado con el hecho de que, a partir de las confesiones religiosas que han prevalecido durante siglos, ha surgido una educación de la humanidad europea que, en última instancia, ha conducido a la igualación del ser humano moderno. ¿Qué son hoy en día, en el fondo, los talentos individuales de las personas? ¿Y cuáles serían los talentos individuales si se aplicara la doctrina socialista habitual? En estas cuestiones, es menos importante fijarse en el nombre externo de una cosa que en sus conexiones internas. Quien, por un lado, es un católico dogmático y, por otro, odia las doctrinas socialdemócratas, se encuentra en una inconsistencia muy curiosa. Se encuentra en la misma inconsistencia que alguien que dice: «En 1875 conocí a un niño pequeño al que quiero mucho, y todavía hoy quiero mucho a ese niño pequeño».  Pero ahora le dicen: «Pero mira, el niño pequeño de 1875 se ha convertido en el tipo que ahora tienes delante como socialdemócrata». «Sí», responde entonces, «al niño pequeño de 1875 lo sigo queriendo hoy como entonces, pero al que se ha convertido en él no me gusta, lo odio». —¡Pero la socialdemocracia se ha convertido en catolicismo! El catolicismo es solo el niño pequeño que ha crecido hasta convertirse en socialdemocracia. Ni esta última quiere admitirlo, ni el primero quiere reconocerlo, pero solo porque las personas no quieren ver vitalidad en lo social exterior, sino que en realidad solo quieren ver algo como de papel maché. Cuando se hace algo de papel maché, permanece rígido y conserva su forma mientras se mantiene; pero lo que hay dentro de la vida social crece y vive, y también se puede conservar. Pero hay que distinguir entre «engaño y realidad». Verán, se distingue entre engaño y realidad cuando se plantean, por ejemplo, la siguiente idea. Siglo VIII: catolicismo; siglo XX: ¡el catolicismo real del siglo VIII se ha convertido en socialdemocracia! Y lo que existe además como catolicismo no es el catolicismo real del siglo VIII, sino su imitación, es decir, el catolicismo falsificado; porque el catolicismo real se ha convertido entretanto en socialdemocracia.

Esto no se reconoce en general porque las personas no quieren molestarse en ver la realidad, sino porque anteponen ilusiones y engaños a la realidad. Y eso les resulta muy fácil, ya que simplemente le dan el mismo nombre a algo que hace tiempo que dejó de ser lo que era. Pero si hoy en día se le da a lo que se representa desde Roma en Europa, —tengo que describirlo—, el mismo nombre de catolicismo que a lo que se representaba desde Roma en el siglo VIII, es como si dijera de un anciano de sesenta años: ¡Es el niño de ocho años! — Hubo una vez un niño de ocho años, pero hoy ya no es un niño de ocho años.

Quiero llamar su atención sobre algo que es necesario tener en cuenta, porque la vida social también debe considerarse como algo vivo y no como algo inerte, muerto. Y hasta que no se comprenda esto, la humanidad actual no ascenderá a una comprensión de la vida social verdadera. La vida social tiene sus raíces en esferas que hoy en día ya no podemos expresar con nuestros nombres exteriorizados en ningún idioma, quizá solo en los idiomas orientales, en menor medida en los idiomas europeos y en menor medida aún en el inglés o el americano, que están muy alejados de la realidad. Por lo tanto, nuestros idiomas son obstáculos para la comprensión de lo social.  Por lo tanto, la humanidad solo avanzará en la comprensión de lo social si se emancipa de la mera comprensión del lenguaje. Pero hoy en día se aborrece mucho todo lo que va más allá de la mera comprensión del lenguaje. Y lo que se encuentra con mayor frecuencia hoy en día es que, cuando se quiere explicar algo, se antepone primero una explicación verbal. Pero es indiferente cómo se denomine una cosa, qué palabra se utilice para ello; se trata, ante todo, de llevar al ser humano a la cosa y no a la palabra. Por lo tanto, si queremos avanzar hacia el entendimiento social, debemos superar ante todo el encadenamiento a los idiomas. Pero el encadenamiento a los idiomas solo se supera cuando se superan los mayores prejuicios de nuestro tiempo. En los terribles años que hemos vivido, resonaba por todo el mundo: ¡Libertad para las naciones individuales! Y hoy en día, incluso las naciones más pequeñas quieren crear sus propias estructuras sociales. Una pasión, un paroxismo nacionalista se ha apoderado de la humanidad, y es tan perjudicial para la vida social de la Tierra como el materialismo lo es para la vida intelectual. Y así como el ser humano debe liberarse del materialismo para alcanzar la libertad y la espiritualidad, la humanidad debe liberarse de todo nacionalismo, sea cual sea la forma en que se presente, para alcanzar la humanidad universal. Sin ello, no es posible avanzar.

Sin embargo, en las lenguas no encontraremos la posibilidad de salir completamente del nacionalismo si estas lenguas no se apoyan en formas de expresión más profundas para lo espiritual. Verán, me gustaría concluir estas reflexiones más o menos con una imagen. Si ustedes reflexionan sobre esta imagen que voy a utilizar, podrán llegar a algunas conclusiones que pueden ser importantes para comprender la época actual. Observen hoy cualquier documento escrito. Esos pequeños demonios que aparecen en el papel blanco, a esos pequeños demonios se les llama letras, y se colocan unas junto a otras. Tienen formas grotescas y, al colocarlas unas junto a otras, significan los sonidos de nuestras lenguas. Esto se remonta a otras formas de escritura más expresivas.  Y si retrocedemos mucho en el tiempo, llegamos a las formas escritas, digamos, como las que tenían los egipcios, o como era el sánscrito original, que se desarrolló más o menos en sus formas a partir del carácter serpentino. Los signos sánscritos son formas serpentinas transformadas con todo tipo de adornos. Las formas escritas egipcias eran todavía formas escritas pintadas, dibujadas, eran todavía imágenes, eran en sus tiempos más antiguos incluso la imaginación de lo que se representaba. La escritura provenía directamente de lo espiritual. Luego, la escritura se volvió cada vez más abstracta, hasta convertirse en lo que ya era más o menos bastante malo: nuestra escritura habitual, que solo se relaciona con lo que representa mediante el aprendizaje de sus formas.

Luego vino algo aún más terrible, la taquigrafía, que ahora es la muerte total de todo el sistema que se había desarrollado a partir de la antigua escritura pictográfica. Este desarrollo descendente debe dar paso a un nuevo ascenso; debemos volver a un desarrollo que nos saque de todo aquello en lo que nos ha sumido la escritura. Y con ello se intentó dar un nuevo comienzo. Aquí, en esta colina de Dornach, se encuentra. Por mucho que le falte al edificio de Dornach, por mucho que sea imperfecto, en sus formas es algo que expresa, en su forma actual, la esencia suprasensible a la que el ser humano debe aspirar hoy en día. Es, diría yo, también un jeroglífico del mundo. Si estudian realmente sus formas individuales, podrán leer en ellas mucho más de lo que pueden captar a través de las descripciones de lo espiritual, al menos esa es la intención. La intención es realizar en él una escritura mundial. La escritura surgió del arte, y debe volver al arte. Debe ir más allá del simbolismo, dejar que lo espiritual viva directamente en ella, volviéndose de nuevo un jeroglífico de una nueva manera.

Lo que se encuentra aquí, en esta colina, solo se comprenderá correctamente si nos decimos a nosotros mismos: en la actualidad existen diversas exigencias de la humanidad que deben tener una respuesta. En el fondo, las palabras del lenguaje actual no son suficientes para dar una respuesta. Se ha intentado dar esa respuesta con las formas de esta construcción. Hay muchas cosas imperfectas en él, pero se ha intentado dar una respuesta de este tipo mediante esta construcción. Y si se mira desde este punto de vista, se verá de la manera correcta.

Esto es lo que quería añadir hoy a las consideraciones anteriores.

Traducido por J.Luelmo oct, 2025