CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA069b Bremen, 27 de noviembre de 1910 - Conocimiento e Inmortalidad -3-

   Índice


CONOCIMIENTO E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Mas sobre el conocimiento y el destino humano

Bremen, 27 de noviembre de 1910


¡Estimados asistentes! Cuando se habla del conocimiento humano, hay que tener en cuenta, en primer lugar, dos aspectos. Uno es el conocimiento que el alma individual, el espíritu humano, adquiere por sí mismo; el otro es el conocimiento que constituye un medio de progreso para la vida de toda la humanidad. Basta con pensar en el conocimiento que se ocupa de la observación de los fenómenos naturales y que se dedica a poner las fuerzas de la naturaleza al servicio de la humanidad, para darse cuenta de que lo que en este ámbito se denomina conocimiento no solo proporciona satisfacción al alma humana individual, sino que ese conocimiento aspira a ser una servidora desinteresada de toda la humanidad. Es fácil comprender que el conocimiento de las fuerzas de la naturaleza sirve, en gran medida, a los objetivos de la humanidad. Vemos cómo los conocimientos obtenidos gracias al pensamiento del investigador y del inventor se aplican en la vida práctica, y quien reflexione sobre su valor comprenderá fácilmente que los conocimientos que se derivan de la investigación de la materia están destinados a servir a toda la humanidad.

Pero más allá de estos conocimientos, existe otro conocimiento que, por su propia naturaleza, no permite tal aplicación práctica. Este conocimiento debe existir por sí mismo. La humanidad lo necesita y no podría vivir sin él. Pero también cabe preguntarse, en relación con este conocimiento: ¿es realmente solo algo a lo que el alma humana aspira para su propia satisfacción, o no está también este conocimiento —del que a menudo decimos que existe por sí mismo— al servicio del progreso de la humanidad? Si se intenta investigar por qué el alma humana, en cierto sentido, tiene sed y hambre de tal conocimiento por sí mismo, por qué aspira a enfrentarse a los misterios del mundo para reconocer el significado del conocimiento al servicio de la humanidad, entonces hay que adentrarse en la esencia y los fundamentos [primordiales] del alma humana misma.

Ahora bien, la rama de la investigación humana que se denomina «ciencia espiritual» o «teosofía» pretende conocer la esencia del alma humana siguiendo su trayectoria hasta lo más profundo de su ser e intentando descubrir dicha esencia sobre la base de un conocimiento que va más allá de lo que ofrecen los sentidos y de lo que puede alcanzar el entendimiento, que está ligado al cerebro. La ciencia espiritual cree poder afirmar, a partir de su investigación, precisamente sobre el alma humana algo que reviste especial importancia para esta alma humana que se esfuerza por progresar. No obstante, debe abordar de manera independiente todo aquello que ha producido la cultura intelectual de los últimos siglos. La ciencia espiritual no se opone en modo alguno a los grandes logros de la cultura humana, en particular de las ciencias naturales; sin embargo, en nuestra época actual debe emprender exactamente lo mismo que las ciencias naturales han emprendido muchas veces a lo largo de los últimos siglos: debe examinar todos los prejuicios y todas las creencias de los seres humanos de hoy a la luz de sus conocimientos. La ciencia espiritual se centra en algo que es una de las cosas más importantes para el conocimiento de nuestra época actual, algo que se ha inculcado a la ciencia natural hace relativamente poco tiempo.

La gente es muy olvidadiza. Muchas verdades que hoy en día se aceptan de forma generalizada no fueron descubiertas por el espíritu humano hasta el siglo XVII, ya que, hasta bien entrado ese siglo, tanto los legos como los naturalistas eruditos creían, por ejemplo, que las lombrices de tierra, los peces y otros animales inferiores podían desarrollarse a partir del lodo de los ríos. Hay libros de esa época en los que se analiza, por ejemplo, cómo se desarrollan los seres vivos a partir de cadáveres. No fue hasta ese siglo XVII cuando Francesco Redi formuló por primera vez la afirmación de que los seres vivos solo pueden proceder de gérmenes de seres vivos de la misma especie. Que los seres vivos solo puedan proceder de otros seres vivos constituía una gran herejía en el siglo XVII frente a la ciencia de la época, y Francesco Redi escapó por los pelos del destino de Giordano Bruno.

El investigador de lo espiritual se encuentra hoy en una situación similar cuando dirige su mirada, por ejemplo, hacia las cualidades de un alma humana que entra en la existencia al nacer. Hoy en día, al observar las diferentes cualidades de los niños, se tiende a afirmar fácilmente que dichas cualidades son heredadas del padre y de la madre. Hoy en día se cree que la estructura del alma humana se compone de lo que proviene del entorno físico, del mismo modo que en el siglo XVII se creía que los seres vivos se componían únicamente de lo que procedía del entorno físico. El investigador espiritual, sin embargo, debe afirmar: lo espiritual-anímico solo puede proceder de lo espiritual-anímico. - Observa lo maravilloso que es cómo un embrión humano, que entra en la existencia mediante el nacimiento, se desarrolla a lo largo de su vida paso a paso, y tiene claro que el núcleo del ser humano, que se desarrolla de forma tan misteriosa, solo puede proceder de algo similar a él. Sabe que, para comprender lo que allí se desarrolla, hay que remontarse a otro elemento espiritual-anímico. Cuando ascendemos de lo animal a lo humano, debemos distinguir entre lo genérico y lo individual. No podemos atribuir al núcleo del ser humano lo mismo que, en el caso de los animales, consideramos como característica génica. Debemos decir: lo que se desarrolla en el niño con el paso del tiempo no se remonta a una característica génica, sino a algo individual que entra en la existencia mediante el nacimiento. - Y si se siguen las consecuencias de esta idea, esta investigación sobre el origen de lo anímico-espiritual conduce al investigador espiritual a la idea de la reencarnación, a la idea de las vidas terrenales repetidas del ser humano. Para quien contempla con imparcialidad todos los hechos de la vida, las vidas terrenales repetidas son una realidad, por mucho que la sensibilidad de la gente de hoy quiera rebelarse contra ello. Hoy en día ya no es habitual quemar a los herejes, sino que se ridiculizan aquellas cosas que, según la conciencia actual de las personas, son herejías. Pero con esta verdad ocurrirá lo mismo que con otras verdades y leyes que la humanidad ha conquistado a lo largo de su evolución; dentro de algún tiempo ya no se podrá entender por qué hubo personas que no pudieron creer que el espíritu procediera del espíritu.

Goethe señaló aquello que, de su entorno, había atraído la esencia de su ser. Podía decir:

De mi padre heredé la estatura,
La forma seria de llevar la vida,
De mi madre, el carácter alegre
Y el gusto por inventar historias.

Y luego, tras señalar lo que había absorbido de su entorno a través de la herencia, pregunta con modestia:

¿Qué hay en todo este ser
que pueda llamarse original?

Quien, como yo, se haya ocupado de todo lo relacionado con Goethe, sin duda habrá adquirido el debido respeto hacia los padres de Goethe. Pero intentemos por un momento reunir todas sus cualidades: intentaremos en vano sacar a la luz aquello que se pueda calificar de «original» en ese «pequeño». Precisamente aquello que no podemos encontrar en el material genético del padre y la madre, eso es precisamente el Goethe que conocemos y que siempre será en nuestra cultura. Para un educador, la tarea más estimulante es partir, en la educación de un niño, de la premisa de que un misterioso núcleo del ser humano lucha por manifestarse, más allá de todas las leyes de la herencia, y que este enigma debe resolverse de nuevo en cada joven ser humano. Si realmente aplicamos ante un niño esta verdad de las vidas terrenales repetidas, ya no nos resultará extraño contemplar la forma exterior del niño de tal manera que nos parezca moldeada y formada a partir de un núcleo espiritual y anímico. Observamos los rasgos indefinidos de ese rostro humano en los primeros días de vida del niño; vemos que se van definiendo cada vez más y que, poco a poco, todo el cuerpo del niño va adquiriendo una forma propia cada vez más definida. Podemos ver cómo el alma, que ha venido de una existencia anterior, convierte esos rasgos indefinidos en otros cada vez más definidos. Así se hace visible cómo el núcleo interior del ser humano actúa sobre la envoltura corporal del ser humano que se está configurando.

Si lo analizamos detenidamente, no nos resultará difícil reconocer una línea ascendente y otra descendente en la vida humana. Vemos cómo fuerzas indeterminadas se abren paso desde el interior hacia la superficie y, en un momento determinado, observamos cómo todo lo que el ser humano lleva en sí se manifiesta en las destrezas y habilidades que adquiere. Entonces ocurre que el ser humano convierte una faceta de su ser en la dominante. Observamos cómo, a través de la asimilación de conocimientos y experiencias de la vida, surge una especie de confrontación con su entorno y podemos decir: esto es algo que se suma a lo que se ha traído de encarnaciones anteriores. - Entonces se produce en la vida una corriente descendente, en la que ya no podemos transformar nada de lo que nos hemos convertido exterior y físicamente en nuestras capacidades; ni siquiera podemos asimilar nada más en nuestra memoria.

Solo comprenderemos correctamente esta labor propia del núcleo esencial individual del ser humano si tenemos en cuenta la vida humana en su totalidad. De hecho, esta labor en el ser humano se divide en dos estados claramente diferenciados. El ser humano alterna entre dos estados de conciencia: la vida en vigilia y la vida en sueño. Para analizar la vida en su conjunto, hay que preguntarse: ¿qué le debemos a la vida onírica y qué le debemos a la vida de vigilia? —Del sueño, el alma debe extraer las fuerzas para una nueva labor, y se pone de manifiesto que del sueño surgen fuerzas revitalizantes para el alma. He aquí un ejemplo: las personas que, por su profesión, se ven obligadas a memorizar mucho, pueden comprobar que no avanzan lo suficiente en la memorización si no cuentan con una cantidad adecuada de sueño entre sus horas de trabajo. También la visión científica reconoce hoy en día la importancia del sueño para eliminar el cansancio. En los círculos científicos prevalece la opinión de que el ser humano se cansa porque los músculos, los nervios, etc., se desgastan y necesitan reponer fuerzas. Sin embargo, no se tiene en cuenta que los músculos también pueden trabajar sin mostrar signos de fatiga. Los músculos del corazón, por ejemplo, trabajan sin cansarse. ¿A qué se debe esto?

Plantearse esta pregunta es de una importancia enorme para tener una visión saludable de la vida. Si se observa con detenimiento, se comprueba que el cansancio solo se produce bajo ciertas condiciones. El corazón no se cansa, pero los músculos más pequeños de los dedos pueden cansarse hasta tal punto que se producen dolores espasmódicos, como ocurre, por ejemplo, en el caso del espasmo de la mano al escribir. Al investigar estas cuestiones, llegamos a comprender que la fatiga y nuestra actividad diurna están relacionadas. Llegamos a comprender que la fatiga se produce cuando no dejamos que algunas partes de nuestro cuerpo actúen por sí mismas, sino que las impregnamos [voluntariamente] con la eficacia de lo que realizamos en nuestro trabajo externo. Las leyes del universo están implantadas en nuestro cuerpo; actúan en él y, bajo su influencia, el cuerpo no se cansa. La fatiga no se produce cuando —sin que el ser humano sea consciente de ello— las leyes del universo actúan en su cuerpo. La fatiga solo se produce cuando la conciencia humana impregna el organismo con su propia naturaleza.

El naturalista Thomson defiende la independencia de la vida del alma respecto a la vida corporal. Afirma que la vida del alma está tan separada del cuerpo como el jinete de su caballo. Con ello se admite que hay algo en el ser humano que guarda con su corporeidad la misma relación que el jinete con su caballo. Cansamos nuestra corporeidad —dice Thomson— del mismo modo que el jinete cansa a su caballo, precisamente porque se encuentra fuera del caballo y lo utiliza. ¿No les viene a la mente la antigua imagen de una época muy lejana del desarrollo de la humanidad, en la que los seres humanos, gracias a un don de la naturaleza, contemplaban un mundo espiritual? Allí contemplaban a los centauros, los seres humanos unidos al caballo. Es cierto que la «sabia» ciencia natural afirma hoy que aquellos seres humanos eran como niños, que habrían visto a bárbaros salvajes montados en sus corceles que venían del norte entre la niebla, y que en la niebla no se habría podido distinguir dónde estaba el hombre y dónde el caballo; a partir de ello, esos seres humanos infantiles habrían creado la imagen del centauro. Pero, de hecho, el centauro es una realidad que, desde una visión clarividente, muestra la relación que se establece entre el alma y el cuerpo, y que es como la que existe entre el jinete y el caballo.

Así, el hecho del cansancio nos obliga a reconocer una cierta independencia del alma respecto al cuerpo. Que el desarrollo de ciertos procesos en la corporalidad humana no provoque cansancio se debe a que actúa una ley universal, pero el ser humano no participa en ella con su conciencia. El ser humano se cansa porque participa con su conciencia en los procesos de su corporalidad. Sin embargo, en el estado de sueño, el ser humano se entrega con su corporalidad a la ley universal. El ser humano necesita esta inmersión en otro elemento, tal y como ocurre cada noche durante el sueño, y atribuiremos al sueño su verdadera eficacia cuando analicemos la esencia del ser humano tal y como vive en el mundo al que entra al quedarse dormido.

Tengo que hablar aquí de las experiencias del investigador espiritual. La investigación espiritual no significa que se puedan alcanzar conocimientos sobre los misterios de la existencia del mundo en cualquier nivel, sino que despertamos en nuestro interior fuerzas cognitivas latentes, presentes en estado embrionario. Cuando estas facultades cognitivas latentes se despiertan, nos dotan de ojos y oídos del espíritu, de modo que nos encontramos en una situación similar a la de un ciego de nacimiento que recupera la vista gracias a una operación. Solo podemos percibir cuántos mundos nos rodean si disponemos de los órganos necesarios para percibirlos. Solo podemos experimentar el mundo de la luz y el color si tenemos ojos para verlo, y el mundo de los sonidos, si tenemos oídos para oírlo. El investigador espiritual se convierte en tal al despertar las facultades cognitivas latentes en su interior, al abrir sus ojos y oídos espirituales. Lleva a cabo un cierto entrenamiento del alma, es decir, ciertos ejercicios mediante los cuales el alma desarrolla órganos con los que puede contemplar y experimentar nuevos mundos. Cuando el ser humano se convierte de este modo en investigador espiritual, la percepción del mundo espiritual no es una especulación, sino una realidad.

Cuando el ser humano comienza a asomarse a estos mundos espirituales, vive nuevas experiencias, y me gustaría destacar una de ellas que puede arrojar luz sobre la esencia del sueño y la vigilia. En efecto, al investigador espiritual le corresponde explorar ciertas tareas de la vida cotidiana y, a continuación, examinarlas a la luz del espíritu. Por ejemplo, uno reflexiona sobre una determinada tarea de la vida y no consigue resolverla; la herramienta del pensamiento resulta ineficaz. Entonces, el investigador espiritual se siente realmente separado, como ser pensante y cognoscitivo, de su naturaleza corporal. Percibe su naturaleza corporal del mismo modo en que se percibe un martillo u otra herramienta o instrumento ajeno a su propio ser. Del mismo modo que se puede percibir un martillo como demasiado pesado, así se puede percibir el fallo de las distintas partes del cerebro: se siente que no se puede intervenir en el cerebro

El investigador espiritual puede sentir la separación entre el cuerpo y el espíritu en cada una de sus actividades. Pero cuando el investigador espiritual despierta del estado de sueño —quizá tras un sueño muy breve que puede provocar a voluntad gracias a su voluntad desarrollada—, es como si despertara de un mundo muy concreto en el que ha realizado algo, de modo que, al despertar, resuenan en él las actividades que ha llevado a cabo inmediatamente antes de despertarse, y esto tiene una configuración muy concreta. El despertar se produce de tal manera que las actividades que ha realizado antes de despertarse podrían ser representadas por él mediante figuras y colores muy concretos. Pero hay una diferencia entre esta actividad espiritual y las actividades cotidianas habituales. Las actividades cotidianas habituales se desarrollan de tal manera que se reflexiona sobre ellas de antemano; es decir, se trabaja siguiendo un modelo mental y se está sujeto a las líneas de un modelo.

La actividad [espiritual], en cambio, [la que el ser humano realiza en estado dormido], se desarrolla como si, desde nuestro espíritu, siguiéramos un trazado que se deriva de la ley interna de nuestra propia alma. El investigador espiritual percibe esto durante el sueño como una intervención de la actividad de su alma en su corporalidad física, en su cerebro. La actividad [espiritual], en cambio, [la que el ser humano realiza en estado dormido], se desarrolla como si, desde nuestro espíritu, siguiéramos un trazado que se deriva de la ley interna de nuestra propia alma. El investigador espiritual percibe esto durante el sueño como una intervención de la actividad de su alma en su corporalidad física, en su cerebro. Y siente esta actividad, a la que se ha entregado durante el sueño, fluir cálidamente hacia su corporeidad, de modo que esta corporeidad se ha fortalecido para hacer frente a las exigencias del día. Experimenta lo siguiente: «Has desgastado tu instrumento, y esta actividad es una restauración del instrumento para el trabajo diurno del cuerpo físico». - Al igual que un arquitecto, trabajamos durante el sueño en nuestra propia corporeidad, y el investigador espiritual lo hace de forma consciente. La corporeidad se desgasta continuamente a lo largo del día, y traemos de otro mundo las fuerzas que necesitamos para actuar de forma reconstructiva sobre nuestra corporeidad. Lo hacemos de forma inconsciente durante el sueño. Si nos planteamos conscientemente ante nuestra alma lo que hacemos allí, en el estado inconsciente del sueño, nos parecerá verosímil que, mientras dormimos, nuestra alma permanezca en un mundo distinto del físico. Desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, el alma se sumerge realmente en un mundo espiritual, y ese es el mundo del que procede el ser humano. Cada noche debemos sumergirnos en este mar de espiritualidad para extraer de él, para beber de él, las fuerzas que necesitamos para nuestro cuerpo y que son las únicas que nos permiten seguir viviendo entre el nacimiento y la muerte.

Así transcurre nuestra vida, apelando una y otra vez a nuestra presencia espiritual, y vemos cómo ese núcleo espiritual del ser humano resurge cada día desde el mundo espiritual, como en una pequeña reencarnación. Solo encontramos una diferencia entre la reencarnación y el despertar: cuando nos despertamos por la mañana, nos encontramos siempre con la misma corporeidad que hemos ido construyendo desde nuestro nacimiento. Sin embargo, cuando nos reencarnamos en una nueva vida, primero tenemos que reconstruir nuestra corporeidad.

Si contemplamos el curso de la vida, vemos que se nos presentan muchas y variadas cosas que podemos asimilar con el alma, pero que no podemos plasmar en la vida corporal. Nos desarrollamos al extraer una y otra vez nuevas fuerzas del sueño, pero la incorporación de estas fuerzas a lo corporal encuentra un cierto límite. Las impresiones musicales, por ejemplo, solo pueden ser captadas por el alma si existe un oído musical. Lo espiritual encuentra un límite en lo físico. Mucho de lo que hay en nuestra alma, de lo que quiere asimilar, no puede incorporarlo a la corporeidad exterior. De ahí surge una cierta desarmonía, que es más que el cansancio habitual que nos obliga a dormir. Este desajuste gradual del cuerpo con respecto a lo que es nuestra vida anímica se acentúa cada vez más a medida que el ser humano desarrolla una vida anímica más rica. La vida anímica se vuelve cada vez más inadecuada para la vida de la corporeidad exterior. Y ahí debemos preguntarnos: ¿de dónde tenemos, pues, esta corporeidad? —Cuando vemos cómo este cuerpo se desarrolla, partiendo de la indefinición en la fisonomía y los gestos, hacia una forma determinada, entonces consideramos el cuerpo que tenemos en una vida concreta como el resultado de vidas anteriores. Utilizamos este cuerpo como instrumento. A lo largo de nuestra vida enriquecemos nuestra alma y descubrimos cómo lo que hemos adquirido en esta vida encuentra límites en nuestra corporeidad, lo que finalmente acaba por desintegrar este cuerpo.

Ahí tenemos la línea descendente de la vida. Deberíamos estar agradecidos por el hecho de que nos separemos de nuevo de este cuerpo, de que nos encaminemos hacia la muerte, de que tengamos un alma con un contenido ricamente desarrollado que trasciende la corporeidad hasta la muerte. Quien profundice en estas cuestiones comprenderá que un alma ricamente desarrollada debe trascender la corporeidad y que no debemos sorprendernos de que, en la vejez, precisamente en las personas con un rico desarrollo anímico, el cerebro ya no pueda servir a la vida anímica. Así, por ejemplo, Kant cayó en la demencia senil en su vejez, a pesar de su rica mente. El instrumento externo del cuerpo ya no sirve al alma; esta se retira con el contenido que ha adquirido en esta vida y, finalmente, rompe con el cuerpo. Lo que llamamos muerte es algo distinto en el ser humano que en el animal. El alma del ser humano, cada vez más rica, rompe con la corporeidad y atraviesa la muerte. Entonces, esta alma, según las capacidades y los contenidos que ha adquirido en la vida, se construye por sí misma el cuerpo para una nueva encarnación.

Ahora bien, se podría decir que, al fin y al cabo, no recordamos nuestras vidas anteriores. Esta objeción tendría la misma validez que si alguien dijera: «Un niño de cuatro años no sabe hacer cuentas, por lo que nadie sabe hacerlas». - Intentemos ver, a través de la siguiente reflexión, que existe la posibilidad de adquirir la capacidad de recordar vidas terrestres anteriores. Para que nos quede claro, debo mencionar que también en la vida humana habitual hay un periodo del que el ser humano no puede recordar nada. Se trata de los primeros años de la infancia: el ser humano no los recuerda, aunque ya existía en aquella época. El momento hasta el que se remonta el recuerdo está relacionado con otro momento. Como saben, el ser humano no tiene conciencia del «yo» en los primeros instantes de su vida. En un momento determinado, la conciencia del «yo» surge en el niño, y con ella coincide el inicio de la memoria. No se recuerda lo que ocurrió antes de ese momento. ¿A qué se debe esto? La investigación espiritual muestra que el ser humano, en su vida espiritual normal actual, erige a su alrededor una especie de límite mediante el desarrollo de esta conciencia del «yo», a través de la cual alcanza lo más elevado de esta vida. La memoria del ser humano se remonta hasta el punto en el que surge la conciencia del «yo». Ahí está la frontera; en esa frontera se sitúa la conciencia del «yo» y sustrae a la observación lo que ocurrió antes.

Podemos aprender a ver más allá de ese límite si aplicamos a nuestra alma los ejercicios que debe realizar el alumno espiritual para asomarse al mundo espiritual. Llega un momento en el que el ser humano consigue elevar este «yo» un peldaño por encima de sí mismo. Ese es el momento en el que se logra desactivar la conciencia habitual del «yo», que constituye la frontera de la memoria. Entonces, el ser humano accede al mundo espiritual. Solo tiene que aprender a desactivar la conciencia habitual del «yo». La conciencia del «yo» se produce al chocar con la corporeidad. Cuando el ser humano supera esto, tal y como se supera normalmente durante el sueño, y cuando aprende a entrar conscientemente en el mundo en el que permanece inconscientemente mientras duerme, es entonces cuando surge la posibilidad de mirar atrás hacia vidas anteriores.

Esto solo puede lograrse si el ser humano dirige conscientemente su mirada hacia esa otra faceta de la vida, la que se encuentra más allá de la puerta de la muerte. Debemos erradicar de raíz del alma el miedo y el pavor ante lo que el futuro depara al ser humano. ¡Cuánto teme y se angustia hoy el ser humano ante todo lo que le depara el futuro y, sobre todo, ante la hora de la muerte! El ser humano debe adquirir serenidad respecto a todos los sentimientos y sensaciones que le suscita el futuro, afrontar con absoluta ecuanimidad todo lo que pueda llegar y pensar únicamente que, sea lo que sea lo que nos depare, nos llega gracias a la sabia guía del universo. Esto debe presentarse una y otra vez ante el alma. Esto nos lleva a recibir como un regalo las fuerzas retrospectivas de las vidas terrenales pasadas.

De este modo, podemos formar nuestra alma hasta alcanzar la conciencia de que las vidas terrenales pasadas no son hipótesis ni sueños, sino que se presentan ante el alma como un hecho, como algo que el alma puede aprender a observar. Es cierto que nuestros contemporáneos no quieren admitir que exista la posibilidad de despertar fuerzas latentes en el alma, de modo que nuevos mundos, que hasta entonces permanecían ocultos en el seno infinito de la existencia, puedan sumarse a lo que el alma es capaz de experimentar. Pero nos encontramos ante el momento en el que las personas irán adquiriendo, poco a poco, una relación cada vez más estrecha con lo que puede explorarse desde el oscuro seno del pasado y del futuro. Nos dirigimos hacia un futuro en el que cada vez más personas sentirán el impulso de saber y comprender cuál es la situación del alma humana y su destino. Así se nos abre la perspectiva de una ampliación de la capacidad de conocimiento que establece una alianza con el mundo espiritual.

Todo conocimiento superior, dice Goethe, es una ampliación del conocimiento común. Ese conocimiento más amplio, ese conocimiento superior, no es una reflexión abstracta sobre las cosas. Dicho conocimiento superior consiste en unir lo que constituye la esencia de nuestra alma con lo espiritual y anímico que nos rodea. Platón aduce, como prueba de la inmortalidad del alma, la posibilidad de que el alma humana se una con lo eterno, con aquello que, más allá del espacio y el tiempo, es eterno, mientras que las cosas en el espacio y el tiempo surgen y perecen. Si se toma en serio ese conocimiento superior, este contradice todo lo que, por lo demás, se manifiesta como cansancio. El cansancio surge con el conocimiento que se esfuerza por investigar las cosas que nos rodean. Pero cuando el ser humano deja que actúe en su alma lo que ha adquirido como conocimiento sobre las cosas, cuando tiene momentos en la vida en los que lo que ha captado a través de los ojos se convierte en ideas y puede dejar que esas ideas actúen en su interior, cuando puede plasmar el noble reino de los sonidos en ideas y dejar que resuenen en su alma, entonces el ser humano aprende a permanecer despierto en un estado comparable al del sueño. El conocimiento se nos concede en la misma medida en que la conciencia de nuestro yo habitual comienza a desvanecerse. La arbitrariedad de esta conciencia del «yo» habitual se hace añicos, y el ser humano experimenta el verdadero conocimiento al sentir que, con su verdadero «yo», debe someterse a las leyes del mundo espiritual.

Mientras que el ser humano, en el mundo exterior, se ve limitado a un pequeño espacio por su naturaleza corporal —que se va agotando una y otra vez con el trabajo diario— y debe compensar constantemente ese desgaste corporal mediante el sueño, cuando el alma está verdaderamente «en sí misma», siente que también puede obtener fuerzas del mundo espiritual estando despierto. Tiene la sensación de que se abre ante el alma una fuente por la que nos llegan elixires curativos del mundo espiritual, de modo que puede dominar su naturaleza física. Siente que podemos adentrarnos conscientemente en el mundo espiritual, tal y como lo hacemos inconscientemente cada noche durante el sueño. Siente que entonces podemos entrar conscientemente en el reino de la eternidad, cuando nuestro conocimiento se convierte en vida. Allí se convierte en algo completamente nuevo, algo que no puede serlo para la conciencia ordinaria del ser humano actual. Platón dijo que, en la antigüedad, los seres humanos desarrollaron el conocimiento más elevado a partir del entusiasmo. Aunque el ser humano actual haya perdido esta capacidad de entusiasmo, no ha perdido la capacidad de que el conocimiento del mundo de las ideas se convierta en fuerza vital en su interior, de sentir cómo se une a la raíz del ser y de la eternidad al penetrar en las cosas con su yo espiritual de forma consciente.

Así conocemos el conocimiento como algo vivo, como algo que nos sana hasta lo más profundo de nuestro ser físico. Nos lleva mucho tiempo llegar a conocer este conocimiento, es decir, esta fuente de vida en nuestra alma. Y también descubrimos la relación con un factor totalmente distinto de nuestra cultura. Todo nuestro conocimiento debe confluir en lo que podemos llamar «estar imbuidos del Cristo vivo». ¿Qué es este Cristo vivo en el alma del ser humano? Nada más que aquello que podemos experimentar cuando el conocimiento y la verdad cobran vida en nuestro interior, tal y como se acaba de explicar, cuando sentimos que nuestra personalidad está impregnada, como por una segunda personalidad, de algo que es la verdad misma. Ese es el Cristo vivo, que es verdad y vida en el alma humana. Cuando se comprende así a Cristo, no es una idea abstracta, sino la entidad viva que intervino en un momento determinado del desarrollo de la humanidad, una entidad que consumó el misterio del Gólgota y, con ello, entró en la vida de las almas humanas.

En la historia de la evolución de la humanidad, el conocimiento del ser humano se basaba en el misterio del Gólgota. En la antigüedad, las personas contemplaban el origen de la humanidad y sentían lo siguiente: el ser humano no es valioso para el desarrollo de la humanidad en su calidad de ser sensorial; como seres espirituales, hemos descendido de un mundo espiritual a este mundo sensorial para vivir en un cuerpo físico, después de haber estado anteriormente en un mar de vida divina y espiritual; a través de nuestra alma podemos volver a encontrar el camino hacia ese origen común de la humanidad.

Esto ya no se ajusta a nuestra época; a nuestra época le corresponde algo diferente. En tiempos antiguos, el alma humana buscaba el origen del ser humano para tomar conciencia de lo que unía a las personas. Hoy en día, miramos hacia lo que el ser humano puede llegar a ser, hacia un objetivo común para todos los seres humanos. Con la mirada puesta en este objetivo, las personas deben poder decirse a sí mismas: «Esto concierne a cada persona; en cada persona debe cobrar vida algo en lo más profundo de su ser —ese es el Cristo vivo—. En él se reunirán en el futuro las almas humanas. La Tierra, el cuerpo terrestre, se desintegrará junto con su existencia material. Pero las almas humanas que tengan en sí al Cristo vivo ascenderán a otros niveles de existencia. Cuando el cuerpo de todo el planeta Tierra se desintegre, toda la humanidad volverá a ser una, pero no como lo era antes de descender al planeta Tierra, sino que será una porque el Cristo vivirá en esta humanidad como una sangre espiritual común.

Todo nuestro conocimiento debe estar dedicado a ese gran momento en la evolución de la humanidad en el que la mirada del alma humana puede posarse en el Dios-hombre que consumó el misterio del Gólgota. Cuando miramos hacia el futuro de la humanidad, nos fijamos en la cristianización de cada persona. Esto tiene un sentido y un significado completamente distintos a los que se dan en la doctrina budista, donde se habla del nirvana y con ello se entiende una separación del alma de todo lo terrenal. No, el alma no debe separarse de lo terrenal. Fijamos nuestra mirada en el Cristo vivo, que puede abarcar nuestras almas con su vida, y en cómo el alma, a través de la vida de Cristo en su interior, mediante la inmersión en la fuente de la sabiduría y la verdad, puede enriquecerse cada vez más en encarnaciones siempre nuevas.

Así vemos que la ciencia espiritual no se opone a aquello sin lo cual nuestra cultura no puede concebirse: el cristianismo. No pretende combatir el cristianismo, sino profundizar en él, señalando al Cristo vivo. Como personas occidentales, contemplamos el acontecimiento del Gólgota como el momento que también se conoce a través de la historia, pero que solo adquiere su profundo valor y su profundo significado para nosotros cuando no solo obtenemos la idea de Cristo a partir del Cristo histórico, sino que profundizamos en esta idea de Cristo a través de la ciencia espiritual. Solo entonces, cuando impregnamos, iluminamos y espiritualizamos nuestro conocimiento con la idea de Cristo, esta idea de Cristo se convierte en aquello a través de lo cual se nos revela, cada vez con mayor seguridad, la verdadera idea de la inmortalidad. Y cuando, de este modo, Cristo se haya convertido en luz de conocimiento y en vida de conocimiento en nuestro interior, entonces nos uniremos a la fuerza a través de la cual atravesamos muchas muertes y muchas vidas. El conocimiento de Cristo es el camino del ser humano para asimilar en su interior las fuerzas que le conducen a la verdadera inmortalidad, es decir, a la victoria sobre la muerte.

Solo a partir de un conocimiento superior se puede alcanzar esta idea, no con el conocimiento común, que solo se ocupa de lo material. Hoy en día, en el ser humano solo se persigue lo exterior, lo material, y eso es lo más fugaz, lo más efímero. Así lo indican, por ejemplo, las palabras de Hamlet, que muestran cómo, en su ánimo melancólico, en el que aún no brilla la luz de Cristo, deben aparecerle la muerte y el morir. Habla del gran Alejandro diciendo:

Alejandro se convirtió en polvo;
El polvo es tierra;
De la tierra hacemos barro.

Y habla del gran César:

El gran César, muerto y convertido en barro,
Tapa un agujero frente al crudo norte;
¡Ojalá la tierra, ante la cual temblaba el mundo,
Forme un muro contra el viento y las inclemencias del tiempo!

Pero Hamlet solo habla de adónde habrá ido a parar la tierra en la que se convirtió el cuerpo de César. Se fija en la materia fugaz y efímera, en lugar de reflexionar sobre adónde han ido a parar las grandes almas, tan ricamente desarrolladas, del gran Alejandro y del gran César. No se percibe en el ser humano lo que realmente importa si solo se mira lo efímero, la materia, y se reflexiona sobre en qué se habrá convertido. Hay que mirar más allá, hacia lo que trasciende la muerte y el nacimiento, para reconocer qué es la verdadera inmortalidad.

En los últimos siglos, en los que el conocimiento de lo material ha avanzado de forma tan espectacular, nos hemos acostumbrado cada vez más a considerar la materia —aquello que encadena al espíritu— como lo esencial. Pero la materia perecerá, se desintegrará; el cuerpo terrestre, compuesto de materia, se desintegrará. El investigador espiritual, por ejemplo, considera la investigación actual sobre el radio sabiendo que ahí se encuentra el comienzo de la desintegración de los átomos que conforman el cuerpo terrestre. Lo material de la Tierra desaparecerá, pero lo eterno, incluso del cuerpo terrestre, se fundirá en el ser eterno de las cosas. La búsqueda actual del conocimiento persigue lo material, que somete al alma a su dominio. Se cree poder hablar de eternidad, de la indestructibilidad de la materia. Frente a palabras como las que pronuncia Hamlet, hay que decir, partiendo del conocimiento de la verdadera esencia del ser humano y, al mismo tiempo, del conocimiento de la verdadera esencia de lo material: No solo el gran Alejandro, el gran César, no, todas las almas humanas son partes de la eternidad; en ciclos de vida siempre nuevos revisten una corporeidad a partir de los elementos de la tierra, atraviesan vidas siempre nuevas que no son más que pasos hacia la inmortalidad. Esto es válido para cada ser humano:

El ser humano más insignificante
es un hijo de la eternidad.
Y siempre, en nuevas vidas,
vencerá a la vieja muerte.

Traducido por J.Luelmo -feb 2026

GA069d Stuttgart, 19 de febrero de 1912 - El hombre y su relación con los mundos suprasensibles

   Índice


MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

El hombre y su relación con los mundos supersensibles

 Stuttgart, 19 de febrero de 1912


En cierta ocasión se le preguntó a un filósofo griego sobre la función de la filosofía, y él respondió [de la siguiente manera]: Supongamos que es un día de feria. Algunas personas tienen diferentes cosas que vender; junto a ellas hay otras personas que van a ver todo; [intereses diversos, entrelazados entre sí]: así es la vida en la feria. No es la tarea más noble la de los filósofos, que lo observan todo sin participar ellos mismos en la feria. Pero a veces, el mero hecho de investigar las cosas puede no parecer útil, pueden surgir remordimientos ante tal conocimiento, ante el saber por el saber. [¿Debería ser realmente la tarea más noble la de hacer de «espectador»? ¿Justifica la vida el saber por el saber?] Esto parece preocupar a muy pocos. Pero se trata de un asunto general de la humanidad. Todo ser humano siente la necesidad de saber algo [sobre las cosas de la vida] sin principio de utilidad. ¿Por qué el ser humano, tal y como vive, debería tener algo más que el mero conocimiento? [Esta es una pregunta que se ha planteado en todas las épocas].Existe un mundo superior, suprasensible [que subyace a la realidad del mundo exterior], y el ser humano tiene ciertas relaciones con este mundo, que puede reconocer cuando se eleva a él, lo cual es posible a través de la fe religiosa. La necesidad religiosa, el anhelo, no es menor ahora que antes. Pero este mundo en el que se deposita la fe también puede explorarse a través del conocimiento. [Por lo tanto, no hay límites al conocimiento]. El prejuicio de que solo se puede creer en él ya no tiene fundamento. Otros prejuicios se encuentran entre aquellos que piensan de forma monista [creen que el conocimiento humano nunca puede penetrar en estos mundos. No debe decir nada al respecto]. Pero el ser humano debe ser modesto y reconocer que existe un mundo suprasensible. Una parte de ello es el tema de nuestra reflexión de esta noche: [mostrar la relación del ser humano con el mundo suprasensible].

El mundo exterior se acerca al ser humano desde dos frentes. En primer lugar, a través de la percepción de los sentidos; en segundo lugar, cuando el ser humano intenta mirar dentro de sí mismo: sufrimientos, alegrías, instintos, deleites, etc. En la vida cotidiana, esto suele estar mucho más cerca que el mundo exterior. La vida nos obliga a fijarnos en ello. Pero, si lo pensamos detenidamente, vemos que tenemos enormes obstáculos en ambos lados. Es como una frontera de formas y colores en el mundo exterior, pero podemos superarla. Nos topamos con un muro cuando dirigimos nuestras observaciones hacia el mundo; nos encontramos en una situación difícil al observar el mundo exterior. Porque es difícil escucharnos a nosotros mismos durante esta observación. Precisamente entonces nos vemos impedidos de separarnos del mundo exterior. Crecemos junto con el exterior, ya no podemos distinguir entre lo externo y lo interno, por ejemplo, ante un hermoso amanecer. Es inútil querer separar: eso somos nosotros y eso es el mundo exterior. O ante la compasión que sentimos por alguien, —[toda nuestra fuerza espiritual se ve arrastrada por ello]—, ante la devoción o la indiferencia hacia los demás. Sabemos que algo brota de lo más profundo del alma, pero es inútil intentar separar los pensamientos internos del mundo exterior, [de lo que se presenta en el exterior y lo sobrenatural en el interior].

En nuestro interior, el conocimiento objetivo de nuestra propia esencia es difícil, incluso mucho más difícil. El amor propio es un obstáculo constante. En esta relación somos buenas personas, en aquella otras malas. La complacencia se interpone como un segundo muro frente a nosotros, impidiéndonos formularlo así: somos ese tipo de personas. Los estados semiconscientes nos muestran muy claramente adónde llegamos cuando no nos controlamos del mundo exterior [al mundo de los sueños]. Es una ley natural al conciliar el sueño; las imágenes oníricas deben juzgarse con imparcialidad. Esto es característico: alguien sueña que está con varias personas; estas personas tienen relaciones muy específicas con él, por ejemplo, antipáticas. Pero el soñador no se lo imagina como personas, sino como un perrito que ladra, y los ladridos se convierten en peleas. El perrito dice algo así como: «Ah, fue un malentendido, ya está todo bien».

El carácter lógico abandona al ser humano. ¿Qué ocurre cuando nos imaginamos al ser humano como un perrito? Nos emancipamos del control del mundo exterior. El estado de ánimo se transforma [en una imagen correspondiente], tal y como [la persona no amada] vive en el ánimo del ser humano. Esa es la ley real, [la característica] del mundo de los sueños. Las personas se imaginan que son pintores. Eso le resultaría agradable al interesado. Cada idea está sujeta a un estado de ánimo. Lo que prevalece en los sueños es nuestra propia voluntad, nuestro amor propio, ese es el principio determinante. En estado de vigilia, esta voluntad propia debe poder controlarse, [debe romperse. Todo nuestro organismo depende de cómo actúa nuestra voluntad en la vida exterior].

[Consideremos la fatiga.] La fatiga: ¿qué es, por qué se produce? No son los músculos ni los órganos los que se fatigan. Si el músculo cardíaco tuviera que descansar, el ser humano estaría en una situación grave. Estos no se fatigan, tampoco nos fatigamos cuando dejamos vagar nuestros pensamientos. [Todo lo que se deriva del organismo humano no se cansa.] Pero cuando pensamos en un problema matemático o algo por el estilo, nos cansamos; también cuando un músculo no es controlado desde el interior, sino por la voluntad consciente del ser humano. La voluntad inconsciente, la fuerza que activa el corazón, los pulmones, el diafragma, etc., no se cansa cuando el impulso proviene del interior; solo cuando actúan la voluntad propia, el amor propio y la vida propia, entonces interfieren de forma perturbadora en el organismo.  Estos tres libran una batalla constante contra el resto del mundo; deben someterse al orden universal y luchar contra él. La voluntad propia [el amor propio] nos impide conocernos a nosotros mismos, hay que romperla para descubrir lo que hay detrás. Si el ser humano pudiera mirar dentro de sí mismo, descubriría lo espiritual y lo anímico. Los sueños nos muestran cómo nos construimos a través de la voluntad propia. [En estado de vigilia estamos fusionados con el mundo exterior. Al someternos a la voluntad propia surge el cansancio] - El cansancio es una rebelión constante contra la actividad del organismo.

La relación entre el alma humana y el mundo exterior debe establecerse en otro lugar. [Una cita de Goethe dice:

Cuando la naturaleza sana del ser humano actúa como un todo, cuando se siente en el mundo como en un gran, bello, digno y valioso todo, cuando el armonioso bienestar le proporciona un puro y libre deleite, entonces el universo, si pudiera sentir por sí mismo, exultaría por haber alcanzado su objetivo y admiraría la cima de su propio devenir y esencia. Porque, ¿para qué sirve todo el esfuerzo de los soles y los planetas y las lunas, de las estrellas y las vías lácteas, de los cometas y las nebulosas, de los mundos creados y en formación, si al final no hay un ser humano feliz que disfrute inconscientemente de su existencia?]

 ¿Cómo se puede encontrar lo que vive en el interior si no se puede separar del mundo exterior? Es posible hacerlo cuando el ser humano trasciende lo habitual, cuando se eleva por encima de su entorno inmediato, cuando se entrega a la contemplación de cómo ha llegado a ser lo que es, cuando reflexiona sobre sí mismo, sobre el yo, lo permanente en medio del cambio. Pero hay que tener escrúpulos si se piensa que el yo se borra una y otra vez. Fichte, el filósofo del yo, quiere construir todo un mundo a partir del yo. ¿Deja de existir el mundo durante horas mientras dormimos? [Debemos tener claro que] durante el día no tenemos el yo, sino la imagen del yo, como una figura en el espejo. El reflejo en el espejo indica que hay algo que solo se percibe en el espejo. ¿Dónde está la eficacia del yo mismo? A medida que hemos crecido de época en época, nuestro desarrollo particular se debe al color especial que tiene el yo. Por consiguiente hay que superar la aniquilación del yo. Se aniquila la idea, pero no la actividad del yo. El núcleo del yo está presente tanto en la vigilia como cuando dormimos, [ahí se nos muestra en su realidad]. Debemos ascender hasta la comprensión real del yo; así crecerá y se enriquecerá nuestra vida anímica. El yo debe contemplarse como si fuera un proceso en un laboratorio químico. Debemos aprender a sentir. La tarea es difícil, pero al final puede conducir a la comprensión del yo. Es difícil superar la idea de obtener una impresión de nosotros mismos. Luego, lo segundo que debe guiarnos: recordamos hasta cierto punto; no podemos ir más allá del principio. Pero es absurdo creer que el yo no estaba allí [antes]. La vida, el carácter del alma, está predeterminado en el niño cuando viene al mundo (Schopenhauer). El niño repelerá, atacará; la esencia del niño permanece incluso más allá del punto en el que se recuerda. ¿Cómo se puede encontrar el yo tal y como era antes?

Con estas ideas llegamos a este punto. Pero hay que dar un salto más allá de esas ideas. Con nuestro estado de ánimo, con nuestra voluntad, vamos más allá de nuestra propia voluntad. Nos vemos inmersos en determinadas comunidades étnicas y lingüísticas. Hay que aceptarlo con serenidad, como si yo mismo no me hubiera puesto allí. No se basa en el conocimiento, sino en la decisión de la voluntad. Así, nuestra mirada retrospectiva nos lleva aún más atrás. Entonces ocurre algo curioso, como si tuviéramos dos vasos y echáramos agua de uno al otro, y el vaso del que se echa nunca se vaciara [o como gases que luego se convierten en agua]. Surge algo completamente nuevo. [El sentimiento y la voluntad se unen y dicen: ahí tienes, tú mismo has forjado tu destino].  Mediante una decisión voluntaria, se acepta con serenidad el destino «en el que me encuentro», una sensación de estar inmerso en el propio destino. Así se llega a la sensación de lo permanente, salimos de nosotros mismos y nos situamos detrás del mundo físico y sensorial, estamos impregnados, animados por nuestro propio yo. Así se derriba el muro. En el mundo de las ideas es como un muro, pero nuestro destino está construido por nuestro propio yo, desde el mundo suprasensible: hoy lo más importante no es contemplar el exterior, sino experimentar en uno mismo la sensación: «Tú eres».

[Mientras el ser humano se abandona a la voluntad en sus sueños, es guiado por un mundo de imágenes. Hay símbolos que actúan sobre el alma, no por voluntad propia, sino por ciertas necesidades:] La imaginación del amor es llenar un recipiente desde otro recipiente, sin que el que se utiliza para llenarlo se vacíe nunca. Así es el amor. Imaginarlo de forma abstracta no ayuda mucho. No es a través de definiciones, sino a través de ideas simbólicas y comprensibles [triángulo] como nuestra alma avanza. Si dejamos que esas imágenes surtan efecto en nosotros, llegamos a separarnos del mundo exterior. Así crecemos interiormente junto con el mundo suprasensible, tendemos un puente hacia él y obtenemos la seguridad de que «existe». Esto tiene un efecto inmediato en la vida.

Una reflexión más profunda lleva a la conclusión de que hay que aceptar como necesarias las vidas anteriores, en las que se sientan las bases para las vidas posteriores.

Las naturalezas heroicas se dirán: lo que conseguimos con nuestro esfuerzo lo legamos a nuestros descendientes. [Eso sería] lo más íntimo que podemos experimentar; [si lo legáramos] a las generaciones [futuras], se perdería [para nosotros].

Cuando lo físico disminuye, lo espiritual se fortalece y se percibe que algo crece dentro de nosotros que dará lugar a una nueva vida. El ser humano aprende a experimentar en su interior el núcleo espiritual y anímico. De este modo, el ser humano experimenta la eternidad. [Es como un] elixir de vida. De tales reflexiones brotan en él la fuerza vital y la confianza. El destino es la ley suprasensible del karma. El ser humano aprende a experimentar el mundo suprasensible y siente que se conecta interiormente con estos pensamientos y que luego será útil en una nueva vida que debe construir, por lo que no será un «espectador». Son fuerzas que impulsan al ser humano hacia adelante, como el vapor en la locomotora. Nuestros pensamientos son fuerzas vivas que tejen el universo. El alma, que se entiende a sí misma como parte del universo, siente su conexión con él.

Respuesta a una pregunta Pregunta: Sobre Nietzsche.

Rudolf Steiner: [No se deben] dejar influir los propios juicios cuando se quiere hablar de determinadas personalidades. Como fenómeno cultural, es especialmente interesante, se acerca a Schopenhauer, Wagner, [a] la cultura griega. Nietzsche no es un espíritu creativo. Cargó el destino cultural sobre su propia alma. Sufre el positivismo de la época. El destino del corazón hará que otros lo vean como algo más que [es decir, ¿algo más que una mera?] teoría. Darwinismo: ídem, aplicado a la vida de Nietzsche.

La vida imaginativa debe ser fecundada desde dentro. Nietzsche lo intenta; [él] no llega al camino del conocimiento, busca lo suprasensible en el ser humano, en la contemplación [?] de la voluntad. Resulta cautivador por la tragedia de su vida. Tal y como uno se posiciona ante la ciencia espiritual, —de forma objetiva—, así debería posicionarse ante Nietzsche.

Pregunta: [no transmitida].

Rudolf Steiner: La entrega a un ser superior sin egoísmo fomenta el desarrollo del alma. Lo mismo ocurre con la oración o la meditación; deben estar impregnadas del sentimiento primigenio: «No se haga mi voluntad, sino la tuya».

Juntar las manos: tiene un efecto estimulante si el pensamiento es serio. Es una especie de unión, acorde con la fisiología humana. La naturalidad, sin artificios, ya se consigue con el movimiento de las manos del orador.

GA069d Hamburgo, 28 de noviembre de 1910 - Vida y muerte

  Índice


MUERTE  E INMORTALIDAD

Rudolf Steiner

Vida y muerte

 Hamburgo, 28 de noviembre de 1910


Si las personas prestan atención a los intereses de su alma, entonces la cuestión a la que dedicaremos nuestra reflexión de hoy, —la cuestión de la vida y la muerte—, es sin duda importante y significativa, y la respuesta a esta cuestión debe satisfacer las profundas necesidades de la vida espiritual humana. Sin embargo, en nuestra época es difícil hablar de estas cosas, ya que es difícil tocar las fibras sensibles del alma, porque los conceptos, opiniones e ideas que nuestra época ha obtenido a partir de conceptos científicos aparentemente establecidos contradicen lo que debe decirse a partir de la investigación científica espiritual; y es difícil aplicar un enfoque imparcial frente a estos conceptos científicos.

Ahora bien, podría ser que a quienes hoy intentan responder a estas preguntas se les opusiera una perspectiva imparcial, pero basta con prestar atención a lo que nos ofrece la literatura [científica contemporánea] para darse cuenta de lo poco que hay de pensamiento sano, de conceptos sanos, y de lo poco que llegan al gran público.

El concepto de «vida»: tomemos la «fisiología» de uno de los mayores naturalistas de la era moderna, Huxley. Tenemos aquí un libro ejemplar en lo que respecta a la ciencia [contemporánea], y en él encontramos un análisis del concepto de vida. Primero habla del ser humano y dice que la vida en el ser humano depende del cerebro, los pulmones y el corazón, y que si uno de estos órganos no funciona correctamente, la vida corre peligro. Y luego se hace una curiosa transición. Se dice que si se pudiera privar a un ser humano de su cerebro, por así decirlo, pero se mantuvieran en funcionamiento los pulmones y el corazón de forma artificial, la vida continuaría. Desde cierto punto de vista, tan apreciado hoy en día, esto tiene, por supuesto, mucho sentido, pero desde el punto de vista de una visión del mundo que abarca al ser humano en su totalidad, no tiene el más mínimo sentido, ya que se agradecería una vida en la que no se tuviera conciencia de las cosas que se experimentan. La verdadera muerte se produce cuando cesa esta conciencia. Así, el mayor naturalista de la actualidad es incapaz de comprender correctamente el concepto de «vida».

El gran César, muerto y convertido en arcilla.
Tapa un agujero frente al áspero norte;
Oh, que la tierra, que hizo temblar al mundo,
se adhiera como un muro frente al viento y las inclemencias del tiempo.

Y Huxley señala a un [imaginario] «esclavo negro César» o a un «perro encadenado César» y dice: incluso en este esclavo o en este perro podrían estar los átomos del gran César. Así se persigue lo que es más indiferente para la vida humana, sin ser conscientes de que se debería perseguir lo que da forma a la materia para que se adapte a la humanidad. La física pronto abandonará estas fantasías sobre los átomos: la investigación sobre el radio ya ha demostrado que los átomos se desintegran en manos del hombre.

Como pueden ver, ni siquiera en las alturas del conocimiento se pueden formar conceptos correctos sobre lo que es la vida y la muerte. Pero la ciencia natural se encuentra hoy en un importante punto de inflexión, y quien no trabaja con eslóganes, sino que se enfrenta a los conocimientos y observaciones científicas, ve que la ciencia natural también está empezando a [laguna en la transcripción].

No puede comprender el concepto, y tal vez sea porque no dispone de un concepto adecuado de la vida. El biólogo Weismann dice: solo la experiencia de la muerte puede convencer de su existencia; no se puede comprender a partir de la vida misma. Se habla de la inmortalidad de los seres vivos unicelulares. Se dice que estos se dividen en dos, continúan viviendo como dos y así sucesivamente. Se habla de una multiplicación en número, y estos innumerables seres representan lo mismo que el primer ser. Por lo tanto, no se puede hablar de muerte. - Pero esto ha llevado a una calamidad, ya que Weismann ha buscado de esta manera una definición de la muerte que es característica de la concepción actual y que resulta extraña. Dice que lo esencial de la muerte es que haya un cadáver. - La investigación científica actual solo es capaz de hablar de la vida cuando ya no existe y quiere reconocer la relación entre la vida y la muerte en el muerto, en el cadáver. Verworn, discípulo de Haeckel, dice que los individuos vivos mueren, pero que la vida se conserva. Se ha recurrido a todo lo posible para resolver el enigma de la vida y la muerte, pero la confusión no ha hecho más que aumentar.

La ciencia espiritual no tiene la facilidad de poder mezclarlo todo [fin de la transcripción; continuación tras la segunda transcripción].

En primer lugar, hay que señalar que la muerte en las plantas y en los animales es algo muy diferente a la muerte en los seres humanos. En muchas plantas es característico que la planta muera cuando da lugar a un nuevo ser; en el momento en que se produce la fecundación, pasa a otra forma de existencia. Hasta ese momento, estaba impregnada por el cuerpo etérico. No es difícil burlarse de estas cosas, pero se ha demostrado una y otra vez que quien se dedica profundamente a la observación de los fenómenos de la vida no puede prescindir de la hipótesis del cuerpo etérico o vital. La muerte y el marchitamiento se deben a que la planta sigue las leyes físicas y químicas. A través del cuerpo etérico, la planta queda exenta de los efectos de las leyes físicas y químicas. ¿Dónde queda lo que se le quita a la planta? Pasa a la nueva planta; es la corriente de la vida que atraviesa los rangos de las plantas. En el animal vive algo más que el cuerpo etérico: para que pueda surgir en él la conciencia, se le dota de un cuerpo astral, que es el constructor de los órganos de la conciencia. En el ser humano se añade además el yo.

La diferencia entre los animales y los seres humanos es fácil de determinar; no hay que buscar diferencias donde no las hay. La necesidad de borrar por completo la diferencia, como hace ahora el monismo materialista, no existía en el siglo pasado. Sin embargo, se enfatizaba con patetismo la diferencia en la mandíbula inferior, según Kant. A Goethe no le gustaba este enfoque, porque él entendía cómo pensar espiritualmente. Estudió anatomía y fisiología en Jena y demostró que era un disparate afirmar esta diferencia. Demostró la existencia del pequeño hueso [el hueso intermaxilar] también en los seres humanos y mostró que solo estaba fusionado. En el librito sobre antroposofía que se publicará próximamente se tratan estos temas con más detalle.  Hay que buscar la diferencia en lo espiritual. En los animales, el alcance de sus capacidades está ligado a sus órganos y a lo que han heredado al nacer. En los seres humanos, hay diversas actividades que deben aprender a realizar. A los animales se les ha inculcado algo que los seres humanos deben adquirir mediante sus facultades espirituales. El mono tiene un equilibrio predeterminado; el ser humano primero debe aprender a caminar y a mantenerse erguido. El equilibrio no le es innato, sino que es el espíritu el que trabaja poco a poco para conseguirlo. Goethe dice:

Los animales aprenden a través de sus órganos, decían los antiguos; yo añado: los seres humanos también, pero tienen la ventaja de poder volver a enseñar a sus órganos.

Hoy en día se intenta atribuir todas las aptitudes del ser humano a la herencia y se recurre para ello a antepasados muy lejanos. Pero lo que nos interesa de cada persona, lo que determina su posición particular, su tarea en el mundo, no se puede explicar a partir de la línea de sus antepasados. El educador imparcial puede incluso reconocer con precisión una frontera entre las aptitudes heredadas y aquellas fuerzas internas del ser humano que provienen de vidas anteriores. El hecho de que también se pueda adiestrar a los animales no es una objeción válida para quien es capaz de ver lo esencial. Hay que distinguir entre ambas cosas: a los animales les atribuimos un alma de grupo, de especie o de género, pero lo cierto es que nos interesamos tanto por el individuo humano como por toda una especie animal. En los animales, la individualidad espiritual no se manifiesta en el ser individual, sino en toda la especie. Se pueden comparar los sentimientos individuales del ser humano con los de cada animal y al ser humano en su conjunto con la especie animal. El animal vive mientras el alma del grupo no haya perdido interés en el ejemplar individual. Weismann no puede encontrar la razón de la muerte en los animales porque pasa esto por alto. En el ser humano, con el nacimiento surge algo que no se encuentra ni en los animales ni en las plantas ni en los minerales.

Hay pensadores que han superado la opinión de que el ser humano está compuesto únicamente por fuerzas heredadas. Reconocen que la individualidad precede a la existencia física y la configura, pero no encuentran la solución en la suposición de vidas terrenales repetidas; véase Immanuel Hermann Fichte, «Antropología»: 

Los padres no son los creadores en sentido estricto: ellos proporcionan la materia orgánica, y no solo eso, sino también ese elemento intermedio, sensual y afectivo, que se manifiesta en el temperamento, en el carácter peculiar, en la especificación determinada de los instintos y similares, cuya fuente común ha resultado ser la «imaginación» en ese sentido más amplio que hemos demostrado. En todos estos elementos de la personalidad es inconfundible la mezcla y la peculiar combinación de las almas de los padres; por lo tanto, es totalmente justificado declarar que son un mero producto de la procreación, sobre todo si, como hemos tenido que decidir, se entiende la procreación como un proceso real del alma. Pero aquí falta precisamente el centro real y concluyente de la personalidad, pues una observación más profunda revela que incluso esas peculiaridades agradables no son más que una envoltura y un instrumento para captar las disposiciones espirituales e ideales del ser humano, aptas para fomentar su desarrollo o para eliminarlas, pero en modo alguno capaces de hacerlas surgir por sí mismas. [...] Cada uno preexiste según su forma espiritual básica, ya que, desde el punto de vista espiritual, ningún individuo se parece a otro, del mismo modo que ninguna especie animal se parece a otra.

Francesco Redi fue el primero en afirmar que lo vivo solo puede surgir de lo vivo. En épocas anteriores, solo una observación imprecisa podía llevar a creer que de los bueyes podridos surgían avispones, de los cadáveres de caballos, abejas, y de los asnos, avispas. Del mismo modo que la ciencia actual protesta contra tales supersticiones, el investigador espiritual debe protestar contra la idea de que lo espiritual y lo anímico puedan explicarse a través de la línea hereditaria. La individualidad humana se remonta a vidas terrenales anteriores.

Una objeción conocida a esto es: si el ser humano no recuerda, las experiencias anteriores no tienen ningún valor. Sin embargo, también hay un periodo entre el nacimiento y la muerte del que no se recuerda nada: los primeros años después del nacimiento; y, sin embargo, uno estaba allí; la conciencia del yo aún no era lo suficientemente fuerte. El momento en el que aparece por primera vez la conciencia del yo es también el límite de la memoria retrospectiva. Así pues, esta presencia del yo es lo que nos permite recordar. Cuando una persona aprende a recordar, entonces recordará. No es fácil comprender esto; solo a través de una forma de sentir muy concreta, de una ecuanimidad absoluta, de una serenidad, de una ausencia total de miedo al destino: así es como nuestro yo da un salto adelante. La teoría de la herencia ha dado lugar a extrañas conclusiones, como por ejemplo que un genio se encuentra al final de una línea hereditaria y no al principio. En realidad, esto no es más sorprendente que el hecho de que una persona que se ha caído al agua esté mojada cuando la sacan. Todos conocemos la broma de Goethe:

De mi padre heredé la complexión,
la seriedad en la vida,
de mi madre, el carácter alegre,
y la afición por fabular.
[...]
¿Qué hay entonces en todo este personaje
que pueda llamarse original?

Bueno, lo que se puede llamar «lo importante original» ya lo sabrá la humanidad. Nuestro cuerpo está construido a partir de las fuerzas que hemos adquirido en encarnaciones anteriores; pero lo que ahora adquirimos en esta encarnación en cuanto a capacidades espirituales nos crea las condiciones para la próxima vida. En este cuerpo se ha formado un alma que tiene mayores capacidades que en la vida anterior; y sentimos gratitud por el hecho de que este cuerpo muera, porque cuando los sentidos se embotan, el alma ya construye otro cuerpo y puede desprenderse de lo que no es adecuado para su desarrollo. La ciencia moderna ya se acerca mucho a esta hipótesis. Ya se ha descubierto que solo nos cansan las actividades relacionadas con nuestra conciencia; eso ya es algo. Un naturalista moderno, Thomson, dice: «El alma se relaciona con el cuerpo aproximadamente como el jinete con su caballo». Esa es la idea que expresaba el arte antiguo con los centauros. Sin embargo, hay quienes afirman que a los antiguos les parecían los pueblos salvajes del Este, que llegaban cabalgando a través de la niebla, como si estuvieran fusionados con sus caballos, y que eso estimuló su imaginación para crear la figura del centauro.

El investigador espiritual no mira el cadáver, sino lo que el cadáver deja atrás:

El ser humano más pequeño de la Tierra,
Un hijo de la eternidad,
Vencerá a la muerte
En una nueva vida. 

Traducido por J.Luelmo feb, 2026