CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA316 Dornach, 24 de abril de 1924 la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

Dornach, 24 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En un primer momento pensé que podríamos continuar con lo que habíamos empezado completando algunos de los puntos que planteé ayer desde otra perspectiva; quizá así se puedan formular adecuadamente las preguntas que usted ha planteado y de las que me ha hablado la Dra. Wegman.

Verán, ustedes se van incorporando, a través de su condición humana general, al ámbito de la medicina, a la profesión de sanador. Se encuentran ante una cierta corriente que impera hoy en día en la profesión médica y en la que, en realidad, se van integrando de tal manera que frente a ella sienten, con todo derecho, una oposición interna. Ahora bien, tengan en cuenta que esto suele tener razones objetivas, y estas se les revelarán a medida que comprendan cada vez mejor que la corriente médica actual es, en cierto sentido, incluso un elemento ajeno a gran parte de lo que conforma la civilización europea y occidental en su conjunto. Esta cuestión se comprende plenamente, solo cuando se sabe que nuestras ciencias naturales y gran parte de la aspiración en el desarrollo intelectual más reciente, han surgido gracias a que las personalidades más influyentes para el avance médico y científico de nuestra vida intelectual, fueron individualidades encarnadas procedentes de la cultura árabe-musulmana. Estos temas se han tratado mucho últimamente aquí, en el Goetheanum, y están relacionados, por otra parte, con lo que está ocurriendo actualmente en el movimiento antroposófico, pero también revisten una gran importancia para los médicos. Ya he dicho en diversas ocasiones que nos vemos obligados a dirigir nuestra mirada hacia aquel centro espiritual que floreció en la misma época en que, en Europa, bajo el reinado de Carlomagno, predominaba, por así decirlo, una vida espiritual primitiva. Allí, en Oriente, florecía la cultura espiritual, unida por Harún al-Rashid. De hecho, había reunido en su corte a muchos de los sabios de la época, entre los que se encontraban numerosos médicos de aquel tiempo. Y, como se darán cuenta, al analizar algo así, ya estamos tocando la época en la que el cristianismo ha actuado a lo largo de los siglos. Ahora bien, el cristianismo mismo se presentó en el mundo como algo que solo puede comprenderse de forma lenta y gradual, y resulta realmente muy curioso, desde un punto de vista externo —no interno—, que los aspectos más profundos del cristianismo no hayan sido comprendidos hasta ahora por las personas. El cristianismo llegó al mundo como un hecho objetivo, y las capacidades humanas, la capacidad de asimilación, no eran lo suficientemente fuertes como para desarrollar en todas sus facetas lo que realmente encierra el cristianismo. Por eso, lo que ocurre objetivamente es que el cristianismo vive en todas partes en el subconsciente, pero el ser humano lleva tres o cuatro siglos corrompiendo por completo este cristianismo. Los seres humanos han corrompido el cristianismo a través de lo que saben, de lo que reside en el intelecto, en la conciencia. Además, ahora contamos con las instituciones terriblemente diletantes que se han creado últimamente en torno a las universidades. Antiguamente existían tradicionalmente cuatro facultades: Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina. Lo que se ha añadido posteriormente se ha hecho, en realidad, solo sobre la base del malentendido más extremo y oscuro. Porque una facultad de Ciencias Políticas y una de Economía se derivan de ideas que ya no sabían nada de lo que realmente se trataba. Lo que no se ha comprendido, y cuya comprensión se ha oscurecido por completo hoy en día, es que Cristo envió en un primer momento a cuatro personas para anunciar el cristianismo al mundo: el teólogo Mateo, el jurista Marcos, el médico Lucas y el filósofo Juan. En este contexto, que es algo muy profundo, tiene sus raíces lo que algún día deberá surgir. Las cosas solo están presentes en estado embrionario; aún deben florecer y dar fruto. Lo que está profundamente arraigado en la vida espiritual es que los Evangelios no pueden coincidir en su letra, porque uno está escrito desde el punto de vista del teólogo, otro desde el del filósofo, un tercero desde el del jurista y un cuarto desde el del médico. Esto es algo que hay que comprender a la perfección; y como el Evangelio de Lucas aún no se ha tomado en realidad como una guía interior para la voluntad de sanar —no se ha comprendido la cuestión—, por eso ha sucedido que, en realidad, en nuestra forma de pensar actual no vive en absoluto una voluntad cristiana de sanar, sino aquella voluntad de sanar que se ha hundido en la cultura espiritual a través del arabismo, que, de hecho, ha abrazado al cristianismo como con unas tenazas. Es muy interesante, ¿verdad? El cristianismo, que surgió en Asia, se abre camino hacia Europa y se extiende por ella. Pero fíjense ahora en la corte de Harún al-Rashid, donde perduraba la medicina antigua; allí, en la concepción antropológica, vivía en realidad la antigua esencia de los misterios; esto aún estaba presente en la tradición. Allí vivían dos personas: el propio Harún al-Rashid, que organizaba todo el asunto, esa enorme academia intelectual que crecía bajo su influencia; y otro que, en tiempos pasados, había sido un iniciado; en aquella época, la iniciación no salió a la luz. Harun al-Rashid regresó como lord Bacon, Bacon de Verulam. Con una forma de pensar profundamente arraigada en el arabismo, renovó el pensamiento científico desde Occidente. Durante el tiempo transcurrido entre la muerte y el nuevo nacimiento, el alma siguió este camino (tal y como se representa en la lámina 14). Si estudiasen a Baco de Verulam, verían cuánto llegó a la medicina precisamente a través de él, y se quedarían asombrados. Por otro lado, el otro, el iniciado, se encarnó en el alma de Arnos Comenius. Vemos que en Comenio había una vida que aspiraba a lo espiritual, pero lo llevó todo según concepciones intelectuales. Así vemos también cómo el arabismo reaparece en otra personalidad, —que no vivió exactamente en la misma época que Harún al-Rashid, pero que desempeñó un papel en la batalla de Jerez de la Frontera—, esa personalidad renace como Darwin. Y así, todos los que se dedican a las ciencias naturales, y en especial a la medicina, son reencarnaciones de aquello que llegó a Europa en las antiguas concepciones, —pero excluyendo el cristianismo, no en el desarrollo posterior del cristianismo, sino excluyéndolo—, en ese abrazo que el arabismo le dio al cristianismo. Y así, precisamente la medicina se vive como algo que se ha incorporado en mayor medida de esta manera; mientras que ese impulso que el Evangelio de Lucas contiene para la medicina sigue estando ahí, de tal forma que hay que decir que aún debe ser asimilado. Para ello, deben tomarse con la mayor seriedad posible cuestiones como las que comenté ayer sobre la comprensión cósmica del ser humano, sobre la comprensión del ser humano desde el cosmos, y entonces se sentirán integrados de la manera correcta en la tarea que hoy les impone su karma. Porque, verán, la cuestión es la siguiente: consideremos, por ejemplo, la medicina tal y como se practicaba en la corte de Harún al-Rashid. En ella convivía, por un lado, lo bueno de la forma de pensar hipocrática. Quienes quizá hayan leído el primer curso de medicina que impartí aquí habrán visto que, en principio, abordé allí el hecho de que Hipócrates fue el último en curar basándose en los antiguos misterios. Ahora bien, al trasplantarse la medicina hipocrática a Asia, lo que era se integró en una fuerte corriente de la medicina mongola, procedente del noreste de Asia. En ello se han incorporado muchos elementos contra los que no solo se ha tenido que rebelar la forma de pensar en Europa, sino también la propia organización interior del ser humano, pues esta no encajaba con lo que allí se introdujo en el pensamiento médico como influencia mongol-tártara. Esto puede salir a la luz si se logra llegar a una forma de pensar cósmica original sobre el ser humano.

Ahora bien, por un lado, podrán recordar la visión de la evolución que encontrarán en mi «Ciencia Oculta en esbozo», donde se describe la corriente evolutiva a través de las etapas de Saturno, el Sol y la Luna, a las que sigue la evolución de la Tierra. En realidad, el ser humano ha pasado por todas estas etapas evolutivas; y, de lo que ya se ha dicho estos días, habrán podido deducir que en el ser humano se encuentra, en primer lugar, la corriente hereditaria, que actúa en el modelo, y la corriente individual, que proviene de vidas terrenales anteriores. Lo que actúa en la herencia se remonta a tiempos pasados, pero se ha quedado atrasado en lo ahrimánico, se ha marchitado. Esto es, pues, lo que subyace en la herencia. En el fondo, la medicina oficial actual trabaja únicamente con esto y no tiene en cuenta en absoluto lo que constituye la otra faceta, la que se desarrolla en la segunda etapa de la vida humana, entre el cambio de dientes y la madurez sexual, aquella época de la vida humana que ya puede considerarse estadísticamente como la más saludable, porque es entonces cuando el ser humano es menos propenso a enfermar; la capacidad de enfermar queda ahí inhabilitada. Se podría decir que la medicina actual es la que menos desea vincularse con la salud, sino que prefiere hurgar en la enfermedad. Es una afirmación radical, pero es así. Sin embargo, para relacionarlo con la salud, es necesario llevar realmente hasta el extremo esta comprensión del cosmos entero en el ser humano, hasta el punto de ver también el cosmos en el ser humano. Para ello se necesitan los detalles que puedan transmitir realmente esta percepción de la evolución cósmica en el ser humano. En el ser humano aún se encuentra la evolución del antiguo Saturno, evolución del antiguo Sol y la evolución de la antigua Luna. Y solo cuando se comprenden estas tres etapas previas a la evolución terrestre, solo entonces se entiende lo que realmente tenemos ante nosotros en el ser humano terrestre. Pero hoy en día tenemos tantas ciencias… no tenemos una verdadera ciencia de Saturno, una verdadera ciencia del Sol, una verdadera ciencia de la Luna, porque en la vida natural común ya no somos capaces de recordar lo que había en la sabiduría instintiva primigenia. Así pues, ya no podemos acercarnos a lo que Hipócrates vivió de la manera más intensa, porque se ha convertido en una frase hecha. Eso debe volver a cobrar vida. De este modo, tendrán una palabra importante que resuena desde tiempos antiguos, pero, en general, no le prestarán ninguna atención, y menos aún a su maravillosa capacidad orientadora, a cómo puede influir en la medicina. Se trata de lo siguiente.

Las fuerzas divinas del mundo han ordenado la vida según medida, número y peso. Lo encontráis en un versículo de la Biblia. Pero ¿quién presta hoy atención a esas palabras más allá de tomarlas como una frase general, como si en algún momento hubiera existido un antiguo arquitecto del mundo que lo hubiera ordenado todo según medida, número y peso? Para el médico, sin embargo, se trata de encontrar realmente la medida, el número y el peso en el ser humano. ¡Fijémonos en el ser de Saturno! Verán, el ser humano lleva en sí la evolución de Saturno, pero, naturalmente, no encontramos esta evolución de Saturno en el ser humano actual tal y como es, pues en él todas las etapas evolutivas están unidas sintéticamente, están conectadas, de modo que las individuales desaparecen en la unión, en la armonía. Pero la enfermedad provoca una u otra manifestación en su forma particular. Y ahora debe ocurrir que lo que he indicado en la «Ciencia Oculta» no se comprenda realmente solo con el entendimiento, sino que se comprenda tal y como se describe allí: que se sienta en todas partes cómo, durante la evolución de Saturno, actúa de manera penetrante un calor cósmico. Al estudiar la evolución de Saturno, hay que recurrir en todo momento al elemento calorífico, hay que conducir hacia el elemento calorífico. Saturno actúa en el ser humano, y lo que se ha descrito sobre la evolución de Saturno actúa en el ser humano, pero no se manifiesta en el ser humano terrenal cuando este armoniza en su interior todas estas cosas y las integra entre sí. Sin embargo, actúa cuando el ser humano está enfermo. Entonces se separan las cosas que, en otras circunstancias, se unen armoniosamente; entonces, el elemento de Saturno actúa por sí mismo y se manifiesta en la fiebre. Solo tendremos una ciencia de la fiebre cuando le demos un carácter cósmico, cuando podamos profundizar en cómo actúa el antiguo Saturno en el ser humano, de modo que se comprenda realmente cómo, en la manifestación de la fiebre, lo cósmico actúa a través de las fuerzas de Saturno, que hemos encontrado absorbidas espiritualmente en el interior de la Tierra. Cuando encontremos las fuerzas de Saturno en toda la superficie terrestre, —sobre todo en las fuerzas del plomo y distribuidas por todas partes—, alcanzaremos una comprensión íntima de la fiebre, y deberemos ver en ella aquello mediante lo cual el orden divino-espiritual de los mundos ordena el mundo según la medida. En la intensidad de la fiebre se expresa esa medida que vive en el orden del mundo, al fluir el calor hacia ese orden; esa medida que se funde con los demás y se armoniza con ellos. Pero, ante todo, debemos ver esa medida en los síntomas febriles. Por eso debemos dejarnos impresionar profundamente por:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

En realidad, es el espíritu del ser humano el que se manifiesta durante la fiebre, un espíritu que, por lo demás, permanece oculto entre los demás elementos. Durante la fiebre, el espíritu del ser humano, que se ha polarizado, se hace valer. El componente más antiguo de la naturaleza humana aparece durante la fiebre en la superficie de la existencia.

Ahora bien, como ven, tras la evolución de Saturno viene la evolución del Sol. En ella, por un lado, el mero elemento calorífico se condensa en aire, pero, por otro lado, se diluye en luz. La luz y el aire interactúan entre sí, van de la mano. Absorbemos el ritmo del aire al respirar, absorbemos la luz; y la luz, en sentido oculto, no es solo aquello que actúa en el ojo, sino que es una expresión general de lo que actúa a través del Sol. El ojo es simplemente el representante más destacado de lo que actúa a través del Sol. En la Edad Media se denominaba «tintura espiritual» a aquello que actúa en la luz. Llegamos ahora a la evolución solar; esta evolución solar también está presente en el ser humano actual y, de hecho, la percibimos de inmediato como algo que no actúa ahora en la Tierra, sino que es el efecto residual de la antigua acción solar, cuando colocamos los dedos sobre el pulso del ser humano, con la sensibilidad adecuada. El número de pulsaciones expresa la antigua evolución solar que hay en nosotros. Y por eso tenemos, en segundo lugar:

Siente, en el latido del pulso, 
la fuerza del alma del sol

No es indiferente, queridos amigos, que sigamos realmente este camino o no. Uno puede tomarse en serio o no algo así. Pero hay una diferencia enorme entre que reflexionen realmente, cuando se dedican a leer el termómetro, —solo hay que interiorizarlo en la práctica interior—, sobre qué imagen representa la evolución en la era de Saturno: Allí se os aparece el mundo entero, porque todo está sometido a la corriente de calor, como un don espiritual en el que, a través del calor, el amor fluye hacia cada cosa por separado. Y si reconocéis, en este estado de ánimo de entrega religiosa, cómo fluye el amor hacia el mundo a través de lo saturnal con la ayuda del calor; si reconocéis, en esta entrega agradecida a la creación cósmica cálida y amorosa, y en el momento en que examinan la fiebre, desde ese estado de ánimo, reconocen lo que está presente, entonces se les ilumina una intuición sobre lo que deben hacer en ese preciso instante.

Del mismo modo, no se debe tomar el pulso de la forma rudimentaria y chapucera en que se suele hacer, sino que, al tomar el pulso, se debe poder sumergirse realmente en aquello que emana del Sol como «ritmo cósmico». Al tomar el pulso, uno debería poder percibir cómo se encuentra el ser humano inmerso en la luz, que difunde luz y aire y que irradia por todo el mundo. Entonces, a su vez, todo el ser humano se ve involucrado en su voluntad de sanación. La voluntad de sanación no puede alcanzarse mediante un imperativo interno, sino que solo puede lograrse a través de una actitud de entrega del alma en el mundo.

Y siga adelante, así llegará a examinar ahora los demás síntomas, que consisten en observar en todas partes en qué medida aquello que actúa en el ser humano no adopta una forma humana, sino su propia forma. Tomemos, por ejemplo, la diabetes, los estados diabéticos. ¿En qué se basan? En el hecho de que [a diferencia de lo que ocurre] en el ser humano armonizado, donde el azúcar está plenamente humanizado, de modo que no actúa por su propia fuerza; sino que, hasta en su más íntima atomicidad, el ser humano se vuelve demasiado débil para impregnar por completo el azúcar. En la organización de su yo, el ser humano sigue a las fuerzas del azúcar, a las fuerzas extra-humanas. Fíjese en todas las fuerzas que se manifiestan en el ser humano en la cistitis azucarada, que aparecen en los residuos de la orina, que se depositan en el cuerpo en la migraña y en otros estados. Fíjese en todo lo que aparece en el cuerpo como sustancias que siguen sus propias leyes y no las leyes humanas; ahí podrá plantearse dos preguntas.

En primer lugar, ¿por qué es posible, en la naturaleza humana, que exista una tendencia a llevar la materia a su propia actividad dentro del ser humano? Si no fuera así, la evolución lunar nunca habría podido intervenir. Interviene precisamente cuando lo material que hay en el ser humano quiere seguir su propio curso. Entonces, las fuerzas lunares se apoderan de esas fuerzas materiales y, precisamente como fuerzas lunares, dan forma al ser humano. Todo lo que se manifiesta en el ser humano a través de la forma está impregnado de las fuerzas lunares. Así como Saturno es el que calienta, y el Sol el que imparte ritmo, la Luna es la que da forma al ser humano. Pues bien, como ven, así ocurre en todo el ser humano. Piensen solo por un momento en lo que siempre destaco. Nuestro cerebro no tiene peso propio. Si lo extraemos, pesa unos 1500 gramos; dentro del cuerpo, solo pesa unos 20 gramos, porque, según el principio de Arquímedes, todo cuerpo pierde tanto peso como pesa la masa de agua desplazada. Pues bien, el cerebro, al flotar en el líquido cefalorraquídeo, desplaza una parte de este líquido; experimenta una fuerza de empuje y ya solo ejerce una presión de unos 20 gramos sobre la superficie en la que se apoya. Así ocurre con todo. Se trata precisamente de que en el cosmos deben existir fuerzas que alivien el peso del ser humano en la medida necesaria para las sustancias que lleva en su interior. El peso debe regularse, y en el propio peso de la materia y en su regulación por parte del cosmos reside el tercero. Así pues, tanto si investiga lo que actúa en el metabolismo, como si se produce algún fenómeno material bajo la influencia de su propio peso, o si el peso se integra en el peso del cosmos, está investigando el orden del mundo divino-espiritual según el peso, y así llega a lo tercero:

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Eso es lo que debe impregnar de nuevo nuestro ser como un estado de ánimo. Cuando hablamos de reumatismo, gota, estreñimiento, diabetes, migraña y todas aquellas afecciones relacionadas de alguna manera con esos depósitos que hacen que las sustancias parezcan tener peso propio, debemos ser capaces de sentir cómo se introduce en nuestras sensaciones algo que se puede expresar con las palabras: «La gravedad terrestre se ha apoderado del ser humano». Hay mucho en palabras como esas. Imbujan sus investigaciones con esas sensaciones. Piensen solo en lo abstractas y superficiales que son hoy en día las investigaciones sobre estas cuestiones, ¡qué irreflexivas! Entonces obtendrán lo que hoy falta, lo que, a pesar de toda la maravillosa conservación de la antigua sabiduría, la antigua virtud y el antiguo saber en el arabismo, ha sido aniquilado precisamente por el hecho de que aquello que existía como Trinidad, —la Luna, el Sol y Saturno—, apareciera ocultada, enmascarada como Padre, Hijo y Espíritu, y que esta Trinidad haya desaparecido, y que el arabismo, en el mahometismo, simplemente lo haya rechazado todo con las palabras, —me refiero a la frase inicial que Mahoma no pronunció, pero que sí pronunció sin duda el ángel que le inspiró, que no era precisamente un ángel excelente, a pesar de ser muy sabio—: ¡Bah, qué Trinidad! - Solo hay un Dios, y Mahoma es quien debía anunciarlo. Se nos remite a ello, a la desaparición de todas las diferencias en el mundo. De este modo, las cosas que en realidad deberían saberse se han oscurecido y nuestra medicina se ha convertido, en realidad, en una medicina árabe-mahometana. La humanidad europea se había vuelto demasiado débil para encontrar lo correcto. Hoy en día es necesario conocer estas cosas; de lo contrario, la humanidad perecerá, por lo que ya deben decirse a sí mismos:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Verá, si se observa el mundo desde esta perspectiva, hay que tomar estas cosas con verdadera serenidad. Así se comprende que, en el transcurso de la vida humana aquí en la Tierra, se da una tendencia según la cual la individualidad, que proviene de vidas terrestres anteriores, asimila lo que, procedente de la corriente hereditaria, se presenta ahora como un modelo. Ya les he hablado de la lucha que existe entre lo que se forma según el modelo, —el segundo cuerpo humano—, y el primer cuerpo humano, que sirve de modelo. Si uno sabe que tiene ante sí a una persona que, en realidad, está abriéndose camino hacia la superficie, entonces sabe que en esa persona está actuando lo que proviene de encarnaciones anteriores. Y es realmente así: el ser humano que penetra estas cosas con su corazón, con su alma, es quien tiene más oportunidades de percibir en el enfermo aquello que proviene de encarnaciones anteriores, o al menos de intuirlo. Porque, ¿en qué se basa realmente lo que sale a la luz en la enfermedad? En el caso de la persona sana, ocurre lo siguiente: existe la organización de la cabeza, que, en su conformación, ya está separada externamente del resto de la organización. La cabeza es una cavidad ósea en la que está encerrado el cerebro. Lo que es la continuación de la cabeza también está encerrado en los huesos. Está ahí por sí mismo, y luego se une lo demás, lo que pertenece al ser humano. Pero en la organización más sutil del ser humano hay algo que separa estas dos partes entre sí. Verá, no es fácil demostrarlo a través de la anatomía externa ni de la fisiología externa, pero hay muchísimo que tener en cuenta en lo que consiste, por ejemplo, la transformación de los nutrientes, en el sentido de que estos nutrientes, en su estructura interna, no entran tal cual en la organización de la cabeza, ni siquiera en la organización nerviosa. Existe un límite claramente fijado que no puede traspasarse. ¿Quién no debe traspasarlo? Bueno, verá, en la organización de la cabeza, desde el inicio de la evolución del ser humano, lo que más influye es aquello que, procedente de vidas terrestres anteriores, ha conservado su fuerza a lo largo del tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento. De la cabeza emana lo que actúa como fuerza de individualidad del niño. Pero no debe descender sin ser filtrado al resto de la organización corporal. Debe haber un filtro, una capa intermedia. No es visible desde el exterior, pero está presente en la organización. Nada sin filtrar desciende. Ni el pulmón como órgano ni el hígado como órgano deben verse afectados directamente por las fuerzas procedentes de encarnaciones anteriores; estos órganos no lo soportan. Y, en realidad, surge algo terrible en el ser humano cuando uno tiene que admitir que la fuerza procedente de vidas terrenales anteriores llega directamente al hígado sin ningún tipo de filtrado. Lo que constituye la individualidad humana transforma, en el período que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento, las fuerzas que se encuentran en los pulmones y el hígado, en el sistema metabólico de las extremidades y, en parte, también en el sistema rítmico, para convertirlas en la organización de la cabeza. La organización metabólica de las extremidades solo vuelve a conectarse desde el exterior. La individualidad humana, que es eterna, solo puede volver a entrar cuando el ser humano ha atravesado la puerta de la muerte, cuando lo físico-material se desprende de ella y solo las fuerzas de los pulmones y el hígado han atravesado la puerta de la muerte, de modo que se producen daños en el ser humano durante la vida terrenal cuando la individualidad penetra en ciertos órganos a los que no debería acceder.

Por eso, ante ciertos estados patológicos, uno se dice con tal entrega interior: «Ah, como no existe una separación verdadera, la individualidad de la vida terrenal anterior influye en el órgano que ahora solo debería estar influenciado por esta vida terrenal». Por eso ven en la persona enferma la influencia de la individualidad de vidas terrenales anteriores. Esta individualidad, que solo debería manifestarse en lo moral y en lo relacionado con el destino, que debería limitarse a lo que el ser humano hace y experimenta, y que no debería afectar a la organización de la parte principalmente terrenal del ser humano, actúa en parte en su sistema metabólico y de las extremidades, en parte en su sistema rítmico y en parte en su sistema neuro-sensorial, porque la frontera se ha vuelto defectuosa. Verá, surge una actitud hacia el ser humano al saber que, en el pulmón enfermo, actúa la individualidad del ser humano. Cuando observo a un enfermo de tisis, siento una compasión muy concreta, debido a que nuestra época es tan materialista que distrae al ser humano en el mundo exterior de cómo debería vivir su karma según el destino, y lo empuja moralmente, con toda nuestra vida carente de espiritualidad, hacia su propia corporeidad. La individualidad, en lugar de fundirse con lo moral, es rechazada por nuestra época; se vuelve orgánica, se apodera de los órganos, y sobre todo de los pulmones, que son la parte del sistema metabólico orientada hacia el interior, mientras que este, por su parte, está orientado hacia el exterior. La corporalidad se apodera directamente de la individualidad que llega de encarnaciones anteriores. Estas cosas no son tan importantes por el hecho de que se teorice sobre ellas, sino porque uno puede sumergirse en ellas con todo su ser, y entonces surge precisamente lo que es la voluntad de sanar y lo que, de manera adecuada, se une entonces a la necesidad de sanación del ser humano. En realidad, según nuestra cultura materialista actual, el sanador está extraordinariamente separado del ser humano que busca la sanación. No se le acerca, porque se necesita algo más para acercarse, porque hay que tener sensibilidad hacia aquello que vive en el ser humano como algo eterno. Y a partir de esa sensibilidad se desarrolla la relación correcta entre el sanador y el que debe ser sanado, y entonces se comprende cómo hay que individualizar realmente; pues cada persona tiene su propio karma. Hay que individualizar en el proceso de sanación.

Esas son las cosas, verá, que debemos dejar que nos influyan sobre todo de forma íntima. Las cosas adquieren un carácter esotérico cuando se deja que nos influyan de forma íntima; y algo como el Evangelio de Lucas encierra todo el estado de ánimo que se necesita para avanzar en este sentimiento. Por eso es cierto que las cosas han surgido objetivamente, han surgido cuatro facultades: una facultad de Lucas, una de Mateo, una de Marcos y una de Juan, pero hoy en día no se percibe nada de ello, porque el arabismo sigue vivo, especialmente en la medicina. Se producirá una «cristianización» cuando las cosas se aborden de tal manera que se vuelva a lo cósmico. Para ello, hay que ser consciente de la propia posición cósmica como médico. Habrán podido comprobar, a partir de todo lo anterior, hasta qué punto influyen en la forma humana las fuerzas que dirigen desde la Luna. Si las fuerzas lunares que dirigen la forma humana actúan de manera demasiado irregular, entonces hay que poder dirigir la atención hacia ello, hay que tener claro que se cura eliminando esa parte de irregularidad que habita en el interior de la forma; y eso ocurre cuando se trata al enfermo de tal manera que la conciencia cósmica intervenga. Pero entonces, como ven, lo otro debe hacerse, en cierto modo, visible. Hay que adoptar un punto de vista. Hay que observar algo desde fuera. Al fin y al cabo, no se puede observar el ojo desde fuera. Aquello que nos permite observar todo desde fuera, lo que actúa desde ahí, es lo que, por otro lado, nos proporciona conceptos claros de todo, pero sin introducir de inmediato la abstracción en esos conceptos claros, sino dejando que nuestro corazón participe en el pensamiento. No debemos enredarnos en nuestros conceptos, pero tampoco debemos excluir al corazón de nuestro pensamiento abstracto. Debemos ser humanos precisamente porque somos personas íntegras, porque el corazón siempre participa en el pensamiento. Por eso debemos aspirar a no limitarnos a pensar sobre el mundo de forma abstracta, y eso es, en el fondo, lo que hace hoy en día todo pensamiento. Debemos tener claro que tenemos que sumergirnos con nuestro pensamiento; debemos llevar el corazón a todas las cosas. También debemos conocer aquello que se entrelaza con los pensamientos desde el corazón; debemos aprender de nuevo a manejar la vara de Mercurio, y no lo conseguiremos de otra manera que pasando de la Luna a Mercurio. A eso es a lo que me refería en las conferencias que también trataban sobre Rafael, pues Rafael es precisamente el Mercurio cristiano, a la vida cultural general de aquella época. Si se impregnan de esa conciencia, desarrollarán los sentimientos adecuados hacia aquello por lo que realmente deben trabajar, ahora que, como jóvenes, se adentran en el mundo de la medicina. En todo el mundo brota, en efecto, lo contrario de lo que en realidad debería suceder, y precisamente en lo que respecta a la esencia de la medicina ha surgido últimamente algo terrible, en el fondo. Se trata, —perdóneme por recurrir a algo tan cotidiano, pero así se ve cómo actúa lo contrario—, del sistema médico de los seguros de enfermedad. En él, el médico queda, ante todo, marginado. En Alemania hay una expresión para ello que pone de manifiesto la marginación de lo humano en el médico, que demuestra que se cree que aquí actúan las cosas abstractas y no el ser humano. En realidad, es el médico quien cura y no la ciencia médica. Pero se cree que la ciencia médica es algo que flota en el aire, al margen del ser humano. No se tiene en cuenta al ser humano; se le da, por así decirlo, una bofetada en toda la cara al karma. Porque el karma actúa de tal manera que no une ciegamente a las personas entre sí, sino que, de hecho, cuando existe la posibilidad, en la libre elección del médico sale a la luz un elemento kármico. Pero en la estructura puramente ahrimánica de los médicos de la Seguridad Social, el karma se elimina por completo, y el ser humano queda expuesto a las fuerzas ahrimánicas que combaten exclusivamente el karma. Cuando volvamos a reunirnos, les contaré cómo las fuerzas ahrimánicas se empeñan en aniquilar el karma del ser humano para alcanzar su objetivo. Pero eso es algo que se deriva directamente del sistema de seguros médicos y de la estructura que impide la libre elección del médico, y con ello solo se pone de manifiesto lo que, ¿no es así?, se ha expresado en el lenguaje al elegir la expresión «profesión médica». Creo que incluso figura en la ley sobre los seguros médicos. En ella se refleja todo el ambiente que se respira en torno al sistema de seguros médicos y a la concepción de la medicina como «negocio de la salud». Es algo tan propio de nuestra época que en ello se manifiesta de forma sintomática esa enfermedad cultural que hoy en día aparece en numerosas otras cosas y que atestigua cómo precisamente el médico debe contribuir de manera imprescindible a la curación de estas enfermedades culturales. Pero cuando él mismo se ve en la situación en la que está más expuesto a esta enfermedad cultural, entonces el médico queda completamente paralizado. Y piensen que este terrible hecho se manifiesta en la estructura de las aseguradoras médicas. Estas también tienen su lado positivo, al igual que todo lo que surge en el mundo y que, al tentar y querer desviar a las personas, se presenta de forma deslumbrante, sin que por ello resulte necesariamente desagradable. El diablo siempre adopta la forma de un ángel cuando se manifiesta. Quien ve al diablo con forma de diablo en una visión puede estar convencido de que no es el diablo, pues este se presenta con forma de ángel. Cuando el médico se ve expuesto al impulso más intenso de una enfermedad cultural, entonces, en el fondo, nuestra cultura debe transformarse en una cultura enferma. Por eso es necesario que presten atención a su karma, tal y como les presenta, para colaborar no solo en el ámbito de la medicina, sino también en la esencia enferma del organismo social.

Bueno, por favor, formulen sus preguntas en ese sentido. Mañana volveremos a reunirnos. También he oído que tienen cierta necesidad de que se analice cómo pueden integrarse en el movimiento juvenil general. Podremos complementar algunas de las cosas que acabo de decir hoy. Pero lo que he expuesto hoy ya quería exponerlo, porque pensé que podría ser necesario que lo supierais y lo asimilaseis.

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Traducido por J.Luelmo