RUDOLF STEINER
¡Queridos amigos!
Hoy me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones a raíz de las consideraciones que se han planteado y, a continuación, profundizar un poco en el tema general al que se refieren las preguntas que han formulado cada uno de ustedes. Me gustaría decir ahora algo que conviene considerar solo después de haber dado prioridad a las reflexiones que se han venido realizando en los últimos días. En concreto, es necesario no situar las verdades generales en primer plano, sino pasar a lo general solo después de haber vivido algunas experiencias, porque solo así lo general adquiere su matiz real y auténtico. Así pues, partamos de la base de que, de los cuatro miembros de la naturaleza humana —el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo—, cada uno de ellos tiene su estructura particular. El cuerpo físico y el cuerpo etérico tienen una estructura espacial-temporal, mientras que el cuerpo astral y el yo tienen una estructura puramente espiritual. Para hacerse una idea de una estructura puramente espiritual hay que decirse a uno mismo: la estructura espiritual no es espacial ni temporal. El espacio y el tiempo han desaparecido. —Pero si me imagino la cosa de este modo, puedo también visualizar la estructura espiritual y, de ese modo, representármela. Esto ocurre en la conciencia imaginativa. Ahora bien, han de tener presente que nos encontramos, por un lado, ante una estructura físico-etérica que, en el ser humano dormido, está completamente separada de la estructura espiritual-anímica y, por otro lado, ante una estructura espiritual-anímica.
Verán, cuando observamos a una persona que duerme, vemos una estructura físico-etérica muy marcada en esa persona dormida, que ha separado de sí misma su «yo» y su cuerpo astral, y tenemos, a su vez, la estructura anímico-espiritual, separada del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Son muy distintas entre sí. La estructura físico-etérica se caracteriza por diferenciarse en los distintos órganos, como un organismo que, en cierto sentido, ha expulsado los órganos individuales desde el centro de la vida. La estructura astral y la del yo se caracterizan más bien por ser impulsadas desde fuera hacia dentro, es decir, se forman más bien mediante una invaginación, de modo que lo esencial en este proceso es la eliminación del espacio y también la eliminación del tiempo mediante dicha invaginación. Lo esencial es que ambas estructuras —la físico-etérica y la anímico-espiritual— son fundamentalmente diferentes entre sí. Ahora bien, en el ser humano que se encuentra en estado de vigilia en el mundo físico, la estructura
Mientras que en las plantas suelen actuar los elementos físico y etérico, en la belladona actúa con gran intensidad desde el exterior lo cósmico-astral, y en todo aquello en lo que lo espiritual, —ya sea lo astral o aquello que en el cosmos corresponde a la organización del «yo»—, actúa sobre las plantas o los animales, surgen los venenos en contraposición a los dones espirituales. Pero son, sin duda, el correlato de lo espiritual, porque en las plantas y los animales son aquello que va más allá de lo vegetal y es de naturaleza cósmico-astral. Cuando canalizamos lo astral a través del hioscio, simplemente conducimos lo que vive en el manto térmico de la Tierra, —con el que limita la atmósfera—, hacia el plexo solar del ser humano, e incluso ya hacia su diafragma. Pero si tomamos la melisa, que no es propiamente un veneno, entonces obtenemos ese efecto sutil de lo espiritual, que solo se manifiesta en el aturdimiento. Se podría decir que, en el caso de la melisa, la formación del veneno se encuentra en su estatus nascendi. Esto nos lleva a la siguiente regla: la enfermedad física es la espiritualización excesiva del organismo físico o de sus partes. Ahora bien, puede ocurrir algo más. Puede suceder que, mientras el ser humano se encuentra en estado de vigilia, la estructura espiritual-anímica de su cuerpo astral o de su organización del «yo» se introduzca con demasiada intensidad en algún órgano físico y que, en lugar de imponer su estructura espiritual-anímica al organismo físico mediante su fuerza, sea, por el contrario, el organismo físico le impone la estructura física, de modo que, cuando el ser humano duerme, su cuerpo astral y su Yo se convierten en una réplica de su cuerpo físico y etérico, de tal forma que el ser humano incorpora la estructura física en su cuerpo astral y en su Yo. Verán, estos dos tipos de manifestaciones de irregularidades en el ser humano se diferencian entre sí de manera muy significativa, también en la observación. En una persona enferma, el órgano enfermo se espiritualiza de forma peculiar. Se vuelve más luminoso. Se manifiesta de tal manera, como si desde fuera, desde su superficie, fuera captado por lo espiritual. Una persona enferma, mucho antes de que se aprecien signos claros en el color de su piel y cosas por el estilo, se muestra transparente a la mirada oculta, diría yo, pero al penetrar en esa transparencia se percibe lo espiritual-anímico. En el caso de una persona en la que ocurre lo contrario, es decir, que la organización espiritual-anímica adopta la estructura de lo físico-etérico, esto se aprecia en la forma en que duerme, desde el punto de vista de su naturaleza espiritual-anímica: se convierte en un espectro, un espectro ligero y etéreo de su cuerpo físico. Se mantiene similar a su cuerpo físico. De hecho, se convierte en un espectro de su cuerpo físico. Y los experimentos burdos que realizan los espiritistas en las llamadas manifestaciones se basan todos en que, —de alguna manera oculta, ya ocurre lo que digo—, se debilita el aspecto espiritual-anímico de los médiums. Eso es evidente. Entonces, sin embargo, en la cámara oscura, —y así ocurre—, el cuerpo astral debilitado y el yo debilitado pueden adoptar las formas de los órganos hasta el punto de hacerse visibles en la cámara oscura, de modo que, aunque las manifestaciones son reales, son deshonestas. Ahora bien, todas las llamadas enfermedades mentales se basan en que lo espiritual-anímico, el cuerpo astral y la organización del yo, adoptan la estructura física y etérica. En ello se basan todas las enfermedades mentales, de modo que se puede decir: las enfermedades físicas se deben a la «espiritualización» del organismo físico o de sus partes; las enfermedades mentales se deben a la «materialización», en sentido físico o etérico, de lo astral, de la organización del yo o de una de sus partes. —Esta es una verdad general que resulta extraordinariamente orientadora para el conocimiento humano.
Esto, a su vez, es algo que también guarda relación con las preguntas que han planteado algunas personas sobre la relación entre la medicina y la pedagogía. Y es que en el organismo infantil se dan todos los grados intermedios entre estos dos extremos. En un niño, la organización astral y del yo tiende más a convertir el cuerpo físico y el cuerpo etérico en espirituales; en otro niño, la tendencia es más bien a dejarse moldear por lo físico y lo etérico; y entre ambos extremos existen todas las etapas intermedias posibles. Esta ley fundamental se manifiesta también en el temperamento. Cuando ocurre que el cuerpo astral y la organización del yo tienen una tendencia muy fuerte y vehemente, —aunque no tanto como en el caso de un demente, de modo que la persona aún puede desenvolverse—, pero tienen una tendencia vehemente a adoptar formas del cuerpo físico o etérico, entonces nos encontramos ante el temperamento melancólico. En el momento en que el cuerpo astral y la organización del yo tienden a imponer con fuerza su propia estructura al cuerpo físico o etérico, nos encontramos ante un temperamento colérico; y los temperamentos flemático y sanguíneo se sitúan entre ambos. En el caso del flemático, el cuerpo astral y la organización del yo no tienen una tendencia tan vehemente, pero, en cierto sentido, sí tienden a adoptar la estructura del cuerpo físico y, sobre todo, del cuerpo etérico; en el caso del sanguíneo, lo que en realidad ocurre es que el principio vital, que se encuentra en el cuerpo etérico, está fuertemente influenciado por el cuerpo astral. Esto también se manifiesta en los temperamentos. Y vemos cómo lo que, en los casos radicales, es la pauta para el médico, —reconocer cómo, en el ser humano despierto, lo anímico-espiritual se entrelaza con lo físico-etérico—, es también la regla para el pedagogo en los estados latentes, de modo que, en realidad, la pedagogía y la medicina son disciplinas que se prolongan la una en la otra. Se trata de que, en la contemplación del ser humano, busquen llegar a la imaginación con la mayor intensidad posible, queridos amigos. Precisamente en relación con esto, ahora me gustaría darles algunos puntos de referencia.
Conocen de forma muy gráfica, —o, al menos, pueden conocerla—; conocen de forma muy gráfica la figura del ser humano en estado embrionario. Hoy en día, en la medida de lo posible, nos hemos hecho una idea de cómo es el estado embrionario en sus primeras etapas y de cómo se desarrolla posteriormente, lo que les permite formarse una imagen coherente del ser humano durante el estado embrionario. Además, pueden formarse una imagen coherente del ser humano durante la etapa de la infancia. Deben intentar formarse la primera y la segunda imagen con la mayor intensidad posible, de modo que realmente palpen con el pensamiento, que les parezca realmente como si estuvieran palpando el embrión con el pensamiento, siguiendo interiormente sus formas. A continuación, amplíe el embrión hasta el tamaño [gesto con la mano], simplemente en su mente, hasta el tamaño que tiene el niño, al que también puede mirar y observar con la misma intensidad. Y luego deslice la imagen del embrión, transformándola interiormente, hacia la imagen del niño. Si procede de forma realista, tendrá algunas dificultades en su experiencia interior. Tendrá que decirse a sí mismo: si cojo la cabeza del embrión y la amplío hasta la etapa infantil, entonces se volverá muy grande. Entonces tendré que comprimirla. También tendré que dejar que aquello que en el embrión aún es acuoso y líquido, —y que pertenece en gran medida al ser líquido—, se cristalice y coagule interiormente, para que se integre en el cerebro del embrión. Pero luego tendrán que tomar el estado embrionario de las extremidades, tendrán que estirarlas, darles forma, tendrán que ejercer internamente una actividad plástica para introducir las extremidades no plásticas del embrión en las del niño. Se trata de una tarea interior extraordinariamente interesante: introducir al embrión, en la contemplación interior, en la etapa infantil.
Entonces puede continuar. Entonces puede coger al niño y al adulto y realizar el mismo experimento. Ahí se vuelve más difícil; las diferencias entre el embrión y el niño son muy grandes, por lo que tendrá que desarrollar una gran actividad interior para llevarlo a cabo. Pero si ahora compara la infancia con el estado de adulto en una persona madura, las diferencias no son tan grandes, y resulta algo difícil adaptar una cosa a la otra. Pero si logran hacerlo, si consiguen proceder de esta manera, entonces surgirá realmente en ustedes la imaginación del cuerpo etérico humano; la imaginación del cuerpo etérico humano surgirá con relativa rapidez. —Tengan en cuenta:
—la etapa embrionaria—
hacia la infancia,
y la infancia
hacia la juventud:
Te aparecerá condensada
la esencia etérica del ser humano
detrás del ser corporal —
el cuerpo físico en su estructura—
E ahí una regla que pueden utilizar tan bien como las demás que mencioné ayer y en la primera clase. Solo deben tener muy claro en todo momento que adquirir la conciencia imaginativa requiere esfuerzo. No es algo que se consiga por arte de magia, sino que hay que ganárselo mediante un trabajo intenso.
Ahora pueden ir aún más allá. Pueden intentar imaginarse a un anciano, un anciano con esclerosis. Los ancianos son, hasta cierto punto, escleróticos. Y si al hacerlo tienen la sensación de que también están palpando a ese anciano esclerótico, recibirán, en esa palpación mental a través de la esclerosis, la impresión de que el anciano es, en realidad, hueco. Así pues, no tienen la impresión de que un anciano «esclerotizado», al palparlo mentalmente, sea más denso, más duro, sino, por el contrario, de que no es más duro en absoluto, de que, en realidad, succiona. Al palparlo mentalmente, tienen la sensación de como si, en el plano físico, movieran durante un rato el dedo humedecido con saliva sobre la espuma del mar. Ya sabes que, cuando se desliza el dedo humedecido por la arcilla o la espuma del mar, se tiene la sensación de que succiona. Esa sensación de succión es la que tienes ante el anciano «esquierotizado». Debes desarrollar esa sensación táctil, esa experiencia sensorial frente a la contemplación. Esto no solo ocurre con la vista, al contemplar, sino que puede darse en cualquier sentido, incluso en el sentido de la vida. Ahora tienes la densidad de la edad, que es absorbente, si lo entiendes así. Ahora, del mismo modo que antes avanzasteis en el primer caso, —deslizando la etapa embrionaria hacia la infancia y luego hacia el ser humano maduro—, ahora retroceded. Imaginad al ser humano maduro que aún no se nutre, sino que se sitúa con toda su fuerza en el mundo, y deslizad allí lo que habéis percibido en el anciano. ¿No es cierto que, al trasladar la estructura embrionaria a la estructura infantil, se lleva a cabo una metamorfosis espacial? Ahora bien, si les parece que el anciano es un ser vacío que succiona continuamente, deben hacerlo como si se llenara de fuerza al trasladarlo hacia atrás, a la edad madura. Lo que ocurre es que, al hacer ese retroceso, uno se convierte en una persona madura. Mientras que antes, cuando uno es mirado con esa fuerza desbordante, siente una especie de leve parálisis, el anciano, cuando se le empuja así hacia atrás, recupera la fuerza en sus huesos y en toda la estructura de su organismo firme. Hay que prestar más atención a este entrelazamiento interno, y entonces también hay que hacer retroceder la vejez hacia la juventud. En realidad, ahí vuelve a ser fácil. Imaginemos a una persona que ya tiene el rostro arrugado y luego hagamos que se funda con un joven de mejillas regordetas; así se producirá un equilibrio. Si logramos esto, tendremos la impresión de que el cuerpo etérico se ondula y comienza a resonar y a emitir sonidos. De este modo, se percibe la presencia de lo astral en el ser humano.
Así tienes una regla que te guía para elevarte hacia la inspiración:
a la etapa de la madurez humana,
y la edad madura
a la vida juvenil.
En los sonidos del mundo resuena para ti
la actividad de las almas humanas
—es decir, el cuerpo astral—
procedente de la vida etérica.
Por lo que les estoy diciendo, también pueden ver que las instrucciones para la meditación no se dan como una orden, sino que se basan en aquello que uno puede comprender. A quien se le guía correctamente hacia la meditación no se le trata de forma tan autoritaria como ocurría antaño en el antiguo Oriente, donde tanto la educación y el desarrollo de los niños como el de los mayores se basaban en fundamentos muy distintos a los nuestros. Así pues, a quien aquí se le recomiendan prácticas de meditación, se le ofrecen de tal manera que comprenda lo que está haciendo consigo mismo. ¿No es cierto que, en Oriente, el niño contaba con la guía de su dada? Esto significaba que el niño era educado e instruido a través de la forma de vida de la persona en cuestión. No aprendía más de lo que, en cierto modo, observaba en su «dada». El adulto tenía a su gurú si quería avanzar. En ese caso, dependía de que el gurú no diera otra regla que esta: «Así es; simplemente hay que intentarlo». Esa es la diferencia. Lo que tenemos en nuestra civilización occidental es que en todas partes se apela a la libertad del ser humano, a que el ser humano sepa lo que hace. Y también se puede comprender cómo surge el conocimiento inspirado cuando, con sentido común, se ha comprendido cómo actúan la enfermedad física y la enfermedad mental, y cuando se tiene en cuenta todo lo que les he dicho hoy. Porque estas cosas se comprenden precisamente con el sentido común. Si se va más allá para comprender qué se debe hacer en la meditación interior, entonces se ha llegado, con el sentido común, hasta el límite de lo que este alcanza. El sentido común puede alcanzar todo lo que emana de la antroposofía. Cuando comienza aquello que ya no se puede alcanzar con el sentido común, este ha actuado correctamente hasta el límite, y es como si uno se encontrara frente a un lago. Allí hay un límite similar; uno sigue mirando desde la orilla del lago. En verdad, el sentido común conduce a todo eso. No deben caer en la calumnia de que difunden una visión del mundo mística y oscura, sino una que se puede alcanzar con el sentido común. Cuando dije esto una vez en Berlín, en un artículo que se escribió sobre esa conferencia me replicaron lo siguiente: «El sentido común que es sano no puede comprender en absoluto nada del mundo espiritual; y quien comprende algo del mundo espiritual, ese está enfermo, no está sano». Eso fue lo que me replicaron.
Ahora me gustaría añadir algunas cosas sobre el hecho de que, precisamente porque vuestros estudios de medicina os obligan a profundizar de forma muy íntima en toda la naturaleza y la esencia del ser humano, os encontráis, incluso siendo jóvenes, en una situación muy especial. ¿No es cierto que hay que tomarse muy en serio que el Kali Yuga ha llegado a su fin, que hemos entrado en una era de luz, aunque, debido a que lo antiguo sigue avanzando por inercia, la humanidad aún viva en la oscuridad? Desde el universo espiritual irradia una luz y nosotros, como seres humanos, nos adentramos en una era de luz; y las personas solo tienen que prepararse para acoger las intenciones de esa era de luz. Ahora bien, la juventud está absolutamente predestinada a integrarse en la era de luz; y si la juventud desarrolla con la seriedad necesaria una cierta conciencia de sí misma, al darse cuenta de que ha tenido la suerte de nacer precisamente al comienzo de la era luminosa, entonces esta juventud tendrá, en diversos grados, la posibilidad de adaptarse a lo que realmente exige el sentido del impulso evolutivo de la humanidad. Y esto exige precisamente hoy que, para explicar el mundo, se mire en todo hacia el ser humano, del mismo modo que antes se miraba hacia la naturaleza para componer al ser humano a partir de fuerzas y procesos naturales individuales. Poco a poco habrá que llegar a comprender al ser humano y a entender los distintos procesos naturales como especializaciones de lo que ocurre en el ser humano, como aspectos unilaterales de lo que ocurre en el ser humano. Cuando se llegue a ello, se establecerá también una cierta relación íntima en todo el sentir humano y en la actividad del alma, una relación que se ha buscado, pero que se ha buscado de una manera algo tumultuosa. Piensen, por ejemplo, en cómo la juventud comenzó, en cierto sentido, a idolatrar la naturaleza cuando surgió el movimiento juvenil de la «Era de la Luz». Eso era abstracto; por muy vital que se sintiera, era abstracto. En cambio, el camino de desarrollo espiritual del joven debe conducir hoy a tener sentimientos íntimos por su vínculo como ser humano con el mundo, sentimientos íntimos, y lo que asimile espiritualmente ya no debe ser ciencia para el intelecto. En ese proceso uno permanece frío, siempre se ha permanecido frío; sino que la ciencia debe configurarse de tal manera que, de hecho, ocurra algo, de modo que en cada paso que se da en la ciencia, uno se convierta también en el alma, en el sentimiento, en una persona diferente, y, por así decirlo, se familiarice con algo que había olvidado. De hecho, uno también ha conocido la naturaleza, por ejemplo, antes de descender al mundo físico. Pero entonces tenía un aspecto diferente. Hoy en día, se anula por completo en el joven lo que vivió en su existencia anterior, cuando se le remite a la visión exterior burda y robusta. Si volviéramos a abordar la percepción sensorial exterior como si en ella apareciera un viejo conocido, a quien conocemos de la vida preterrenal, entonces surgiría por doquier la sensación en el conocimiento, la sensación en el reconocimiento. Y esto debe ser, de hecho, como un torrente de sangre, debe fluir como un torrente espiritual de sangre a través de toda la vida científica y, en general, a través de todo el sistema educativo y de enseñanza del ser humano. Esta intimidad con lo real es lo que debemos alcanzar en la ciencia.
En este sentido, la época más reciente ha tenido realmente dificultades para comprenderlo. Verá, he intentado mostrar desde hace relativamente poco tiempo cómo el ser humano, cuando se enfrenta al mundo sensorial exterior, en realidad solo percibe la mitad de la realidad; cómo solo alcanza la realidad completa cuando une lo que surge en su interior con la realidad sensorial exterior. Y tuve que hacerlo así en un primer momento, porque aquella época era muy diferente a la actual. Porque las cosas, al fin y al cabo, primero deben prepararse. He tenido que exponerlo desde un punto de vista epistemológico. Pero si leen mi obra «Verdad y ciencia», verán que su objetivo es hacer resurgir en el alma humana lo espiritual que brota desde el interior. Con ello se da el primer paso hacia esta interiorización de lo científico, en particular hacia la recepción, llena de sensibilidad, de la esencia del mundo. El médico tiene precisamente esta posibilidad especial de conocer esta experiencia íntima de la realidad y, por eso, el mero hecho de ser médico le permitirá ser esa persona capaz de hacer más concreta y más cercana al corazón la abstracción del resto del movimiento juvenil, de aquellos que no son médicos por destino. De hecho, si hoy en día un joven que lleva la medicina en su interior se relaciona con otro que, por ejemplo, solo lleva el derecho en su interior y que es un pobre tipo porque solo tiene el derecho, puede profundizar en lo médico hasta el punto en que lo hacemos aquí; en el caso del jurista, eso es totalmente imposible. En la medicina aún quedaba algo de espíritu hasta principios del siglo XVIII; en el derecho, el espíritu ya había desaparecido en lo más profundo de la Edad Media, donde la gente ya ni siquiera intuye que haya espíritu en ello, sino solo notas sobre estatutos. Es muy posible que el médico, que es el primero en adentrarse en la vida concreta, pueda ejercer una influencia extraordinariamente enriquecedora sobre el resto de la juventud.
Por eso sería bueno que los distintos grupos que han surgido ahora, concretamente en el movimiento juvenil antroposófico, contaran precisamente con el apoyo de los médicos. Por supuesto, hay que tener en cuenta las circunstancias kármicas reales. Pero, ¿no es cierto que contamos con el prometedor grupo de Tubinga, que trabaja en el ámbito pedagógico y que, por ejemplo, podrá beneficiarse enormemente si cuenta entre sus filas con un médico que pueda aclarar algunas cuestiones desde el punto de vista médico? Ahora contamos aquí, aunque sea de forma provisional, con el Dr. Bockholt al frente del movimiento juvenil, y será muy positivo que el movimiento juvenil se vea enriquecido precisamente por lo que el médico experimente interiormente. Y así podremos hacer muchísimo en cada caso concreto. Pero, por otro lado, sería bueno que, de vez en cuando, si se presentara la oportunidad, se ocupara lo más posible también del trabajo pedagógico dentro del movimiento antroposófico. Si esto parte de una actitud seria, no hay ningún obstáculo para que se ocupe de ello, pero precisamente de manera seria. No se puede ofrecer a todo el mundo lo que se imparte en los seminarios de la escuela Waldorf. Pero si alguien demuestra que se toma el tema en serio, no debería haber ningún obstáculo para que conozca los cursos de los seminarios de la escuela Waldorf, siempre y cuando estas cuestiones se aborden realmente desde el punto de vista médico y se reflexione profundamente sobre lo estrechamente relacionadas que estaban, en la Antigüedad, la curación y la educación.
Tengan en cuenta que hoy en día nos hemos alejado por completo de la concepción del ser humano como un ser que entra en la vida terrenal cargado de pecados, porque la concepción moderna ya no sabe en absoluto lo que significa el pecado. ¿Qué es lo que se ha condensado en el concepto de pecado? Lo que les he mostrado aquí estos días como la ley de la herencia reside en el pecado, en el pecado original. Y también el pecado individual es, por tanto, algo que el ser humano debe superar en la segunda mitad de su vida. Debe superar de verdad el modelo pecaminoso que proviene de la herencia; también se podría decir, según los antiguos conceptos, del modelo enfermo. Pero si el ser humano conservara como propio ese cuerpo —lo que actúa en su modelo hasta el cambio de dientes—, si lo llevara consigo toda su vida, entonces a los nueve años sería una persona que… bueno, estaría cubierto de un eccema húmedo por toda la piel, si la organización siguiera así; le saldrían agujeros por todo el cuerpo, tendría el aspecto de un leproso y, a continuación, la carne se le desprendería de los huesos, si es que pudiera soportarlo. El ser humano nace enfermo en este mundo; y educar, es decir, reconocer y guiar aquello que funciona según el modelo, equivale a una curación silenciosa. En el movimiento juvenil deben actuar con esta conciencia: cuando describen la educación, deben considerarse terapeutas. Ustedes prescriben los remedios, que, por supuesto, permanecen en lo espiritual, pero que pueden pasar con fuerza a lo físico, dependiendo de hasta qué punto el niño caiga en lo patológico. En el fondo, eso es lo que tienen en la pedagogía, solo que en otro nivel, en otro plano: también un arte de curar. Y, por otro lado, cuando la persona enferma no encuentra ayuda en lo que se le puede ofrecer como guía para su propia conciencia subjetiva, para la percepción de su enfermedad, para el pesimismo u optimismo en su concepción de la vida, cuando no se puede actuar de forma pedagógica, resulta tremendamente difícil ayudarla en su proceso de curación. Si el enfermo —no quiero decir que deba tener una fe ciega en el remedio, eso sería exagerar demasiado—, pero si la individualidad del médico consigue que el enfermo perciba cómo este está impregnado de la voluntad de curar, eso provoca en el enfermo un reflejo que, a su vez, se impregna de la voluntad de recuperarse. Este choque entre la voluntad de curar y la voluntad de recuperarse desempeña un papel inmensamente importante en la terapia, hasta tal punto que se puede afirmar: hay en ello un reflejo de lo pedagógico, y en lo pedagógico, a su vez, un reflejo de la curación. Hoy en día es muy importante que las personas de todo el mundo se unan con la conciencia adecuada. Así pues, si los jóvenes estudiantes de medicina se unen al resto de la juventud con la conciencia adecuada, verán que los jóvenes estudiantes de medicina pueden ejercer una influencia extraordinariamente enriquecedora sobre los demás. Pero lo que resulta especialmente necesario es agudizar esa conciencia en ambos sentidos.
Verán, estas son las cosas que me hubiera gustado dejar grabadas en su alma y en su corazón, después de que, una vez más, hayan estado aquí de una manera tan gratificante. Espero que esto haya contribuido de nuevo a estrechar y fortalecer aún más los lazos entre sus almas y el Goetheanum, y que sientan que, precisamente en un ámbito tan concreto como el de la medicina, el Goetheanum encuentra personas que llevan al mundo lo que aquí se puede encontrar. Llegarán a tener plena conciencia de ello cuando, en su interior, se consideren parte del Goetheanum y dirijan con mayor frecuencia sus pensamientos hacia lo que, en realidad, el Goetheanum pretende hoy para el mundo y el desarrollo de la civilización. Y así, los lazos afectivos que puedan establecer con el Goetheanum serán algo que, precisamente como médicos, les ayudará de manera profunda a cumplir la tarea que en realidad se han propuesto. Con este sentimiento, he querido mantener precisamente estas conversaciones más íntimas que hemos mantenido aquí entre nosotros durante estas horas, y creo que podremos lograr muchas cosas si, ahora que hoy debemos celebrar la última sesión, llevan al mundo este sentimiento que también ha impregnado estas conversaciones. Y así es como mejor nos mantendremos unidos. El Goetheanum podrá así entenderse, en definitiva, como un centro que se ha fijado una tarea concreta. De este modo, el Goetheanum será verdaderamente el Goetheanum y ustedes serán auténticos goetheanos. Entonces serán, al mismo tiempo, los pilares fundamentales en el mundo exterior que el Goetheanum necesita, y desde este punto de vista hago un llamamiento a su alma para que se conviertan en auténticos y verdaderos goetheanos. Si lo hacemos así, todo saldrá bien.
a la edad del niño,
y la edad del niño
a la juventud:
te aparecerá, condensada,
la esencia etérica del ser humano
detrás del ser físico.
Traslada la densidad de la vejez
a la madurez humana,
y la edad madura
a la vida juvenil.
Te resonará, en los sonidos del mundo,
la acción del alma humana
procedente de la vida etérica.
Traducido por J.Luelmo