CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA211 Dornach, 31 de marzo de 1922. La naturaleza del hombre y su expresión en el arte griego

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RUDOLF STEINER


La naturaleza del hombre y su expresión en el arte griego

CONFERENCIA 5

Dornach, 31 de marzo de 1922.

Con el fin de comprender algunos aspectos cosmológicos, hoy visualizaremos las fuerzas que mantienen unido al ser humano durante su vida en la Tierra. Sabemos que el ser humano está constituido, -considerando lo que aquí en la vida terrena lo forman-, por el cuerpo físico, el cuerpo de fuerzas formativas, que también puede llamarse cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo. Imaginemos cómo podemos describir estos cuatro miembros del ser humano. El cuerpo físico es, después de todo, lo que le viene al ser humano como resultado de las fuerzas terrestres que actúan para él, por así decirlo. En el tiempo que el hombre pasa entre la muerte y un nuevo nacimiento, él no tiene que ver con este cuerpo físico. Por las observaciones que hice en las conferencias inmediatamente anteriores vimos que la entidad humana, cuando desciende de los reinos anímico-espirituales a una encarnación física, está hasta cierto punto espiritualmente muerta y debe recobrar su fuerza interior mediante la inmersión en el cuerpo físico. Sin embargo, esta misma corporeidad física nace hasta cierto punto, de las fuerzas de la tierra y se une con lo que desciende del mundo anímico-espiritual. Pero poco antes de que el ser humano llegue a la encarnación física en la tierra, aún no dispone de las fuerzas formativas o cuerpo etérico. El cual, al igual que el cuerpo físico, también está inicialmente conectado con el ser humano para la existencia terrenal. Sólo que todas estas fuerzas formativas o cuerpo etérico tienen una relación diferente con el universo que el cuerpo físico. 
Si buscamos en el cuerpo físico del ser humano con respecto a sus fuerzas, encontramos en él las fuerzas del propio planeta  Tierra. Pero cuando nos acercamos al cuerpo etérico o formativo del ser humano, encontramos en él más bien las fuerzas del cosmos, las fuerzas de todo el universo. Por otra parte, el cuerpo astral y el yo humanos contienen fuerzas, que no se encuentran realmente en el espacio exterior del universo, que, si se nos permite la expresión, no son del mundo al que pertenece la tierra. En realidad, la Tierra se esfuerza continuamente por reclamar para sí el cuerpo físico del hombre, por incorporarlo a su propio ser sustancial. El universo, por el contrario, tiene una tendencia constante a dispersar el cuerpo etérico del hombre por todo el universo. Cuando el ser humano está en el estado comprendido entre dormirse y despertarse, las fuerzas que actúan en lo que queda en la cama, en el cuerpo físico y en el cuerpo de fuerzas formativas, son en realidad tales que el cuerpo físico quiere constantemente conectar con la tierra, si puedo decirlo así. Quiere asemejarse a la tierra, quiere volverse completamente térreo. Las fuerzas formativas o cuerpo etérico quiere dispersarse en el universo. Y cuando nos despertamos por la mañana y nos encontramos de nuevo con nuestros cuerpos físico y etérico, ocurre que cuando entramos en el cuerpo físico, éste nos dice: «La tierra me ha sujetado durante toda la noche, la tierra quería moldearme hasta convertirme en polvo. Sólo porque me mantuviste unido ayer y los días anteriores en la tierra a través de tu yo y tu cuerpo astral, seguí siendo un cuerpo físico; las fuerzas de sujeción siguieron actuando en mí. Del mismo modo, las fuerzas formativas o cuerpo etérico dicen: «Precisamente porque he adoptado el hábito de ser como tú, (como el cuerpo físico), he mantenido la forma humana.  En realidad, las fuerzas del universo quisieron dispersarme a los cuatro vientos durante la noche mientras dormías, mientras estabas lejos de mí. 
Cada vez que nos despertamos, básicamente tenemos que hacer un esfuerzo para volver a tomar posesión de nuestro cuerpo físico. En realidad, desde el momento en que nos dormimos hasta que nos despertamos, él quiere estar perdido para nosotros. Esta toma de posesión la llevamos a cabo a través del yo. Si se le entrena para ello, el yo puede sentir realmente como si quisiera tomar posesión del cuerpo físico de nuevo cada mañana. El cuerpo astral puede sentir al despertar, que debe parecerse al cuerpo etérico. El cual ya tendía a adoptar una forma no humana. El cuerpo astral debe a su vez forzarlo a volver a la forma humana. Es como si dijéramos: Durante el sueño el cuerpo físico pierde la tendencia a dejarse poseer por el yo, y el cuerpo etérico pierde la tendencia a tener una forma parecida a la humana. Revolotea. De modo que, en realidad, la forma que tiene nuestro cuerpo físico no es más que el resultado del trabajo del yo en nuestra entidad humana. En el estado actual del alma, la gente no se conmueve mucho por algo así, que puede expresarse con las palabras: Cuando YO vuelva a mi cuerpo físico en el estado de vigilia, primero debo volver a tomar posesión de él. Él quería perderse, y el cuerpo etérico quería revolotear.
 Supongamos, sin embargo, que hubiera habido una época en la que las personas todavía tenían una clara sensación de esta batalla que tiene lugar entre el yo y el cuerpo astral, por un lado, y el cuerpo físico y el cuerpo etérico, por otro, cada vez que se despiertan. Entonces, precisamente porque tenían esta sensación clara, también habrían tenido la sensación de que debe ser algo muy especial si el ser humano tuviera que abandonar sus cuerpos físico y etérico de forma bastante repentina como consecuencia de algo. 
Cuando, en condiciones terrenales normales, una persona abandona sus cuerpos físico y etérico, esto sucede porque el cuerpo físico, ya sea por enfermedad o por vejez, se ha vuelto terrestre en un alto grado, de modo que quiere unirse con la tierra, o la persona ha llevado su cuerpo físico hasta el punto en que el yo ya no puede poseerlo, etcétera. Pero supongamos que ocurriera de repente que el yo y el cuerpo astral tuvieran que abandonar el cuerpo físico y el cuerpo etérico completamente sanos y sin lesiones, de modo que en el sentido más elevado tuvieran todavía la tendencia a ser poseídos por el yo y a ser semejantes al cuerpo astral, ¿Qué tendría que ocurrir entonces?
En una persona de edad avanzada podría haber surgido el siguiente pensamiento: Bien, entonces este cuerpo físico no podría descomponerse fácilmente. Sólo puede descomponerse si ya tiene la tendencia a descomponerse en sí mismo, como por enfermedad o envejecimiento o cosas por el estilo. Pero si el cuerpo astral y el yo tuvieran que abandonar repentinamente el organismo humano plenamente sano, en el que está presente el cuerpo formativo, entonces la forma humana tendría que permanecer, porque la tendencia a ser poseído por el yo y el cuerpo astral sigue estando plenamente presente. La forma humana tendría que permanecer. El ser humano tendría que volverse como una estatua. El cuerpo físico no podría desintegrarse, el cuerpo etérico no podría desdibujarse, porque la separación habría sido demasiado rápida. El hombre tendría que convertirse en una estatua. 
Niobe
Tal sentimiento parece haber existido realmente alguna vez. Todos conocen la leyenda griega de Niobe, que tuvo siete hijos y siete hijas sanos y que una vez, por abundancia de salud, se burló de la madre de Apolo y Artemisa porque a pesar de ser una diosa sólo tenía dos hijos: Apolo y Artemisa. Ella, Niobe, se negó a sacrificarse, y la venganza del dios o de los dioses cayó sobre ella. Vio morir repentinamente a sus siete hijas y siete hijos, muertos por las flechas de Apolo y Artemisa. Ella vio todo el campo de cadáveres de sus catorce retoños ante ella, y su yo y su cuerpo astral se unieron en el dolor con lo que veía a su alrededor. Ustedes ya conocen la doble vertiente de Niobe, que se convierte en estatua, a su alrededor los siete hijos, las siete hijas, a medida que van llegando a la muerte. Ella misma se convierte en una estatua. Sus cuerpos físico, y etérico deben separarse del yo y del cuerpo astral. Pero debido a que estaban tan llenos de vida desbordante que la propia Niobe llegó al punto de burlarse de la diosa con sus dos retoños, no podían perder la inclinación hacia el yo, ni el cuerpo etérico podía separarse del cuerpo astral. Niobe se convirtió en una estatua. Una obra de arte así surgió sin duda a raíz de un profundo sentido de la cosmovisión, de algo que se percibía como una verdad desde la cosmovisión de la época. Simplemente se sentía: Si Niobe no hubiera estado tan llena de vida que hubiera podido acudir a la redención de la diosa Latona, (madre de Apolo y Artemisa), entonces podría haber muerto de tal manera que su cuerpo físico se hubiera desintegrado. Pero estaba tan llena de vida que se rebeló contra los dioses, de modo que vivió plenamente dentro de este cuerpo físico. Y así vemos qué siente el genio griego: Debido a la rápida salida del yo y del cuerpo astral del cuerpo físico y etérico, Niobe se convierte en una estatua. 
Si echamos la vista atrás en la evolución de la humanidad, el arte siempre está estrechamente vinculado a los sentimientos asociados a la cosmovisión de una época determinada. Pero también podemos ver esto de muchas otras maneras. Volvamos una vez más nuestra atención a cómo el hombre debe tomar posesión de su cuerpo físico cuando despierta, ya que este cuerpo físico quiere asemejarse a la tierra. Si Niobe hubiera podido dormir siquiera una noche después de su dolorosa experiencia, entonces ya no podría haberse convertido en una estatua, pues entonces el cuerpo físico ya habría absorbido las fuerzas para asemejarse a la tierra, es decir, para desintegrarse. Es por eso, que la entidad humana debe volver a tomar posesión del cuerpo físico todas las mañanas, y el cuerpo astral debe, de manera similar, moldear el cuerpo etérico todas las mañanas, modelarlo plásticamente de nuevo para que adopte una forma semejante a la humana.
Durante el desarrollo griego, hubo una época en la que se percibía claramente que el hombre debía desarrollar fuerzas cada mañana para tomar posesión de su cuerpo físico. El griego tenía cierta satisfacción en la posesión de su cuerpo físico, y puesto que sabía que cada mañana debía volver a tomar posesión de él, sentía la necesidad de fortalecer las fuerzas que podían tomar posesión del cuerpo físico, y también las que hacen fuerte al cuerpo astral, a fin de que el cuerpo etérico volviera a ser semejante a él cada mañana.
Si una persona estuviera despierta y siguiera conscientemente todo el proceso que tiene lugar cuando se despierta, se diría cada mañana al despertarse: «¡Que no pierda mi cuerpo físico, que vuelva a entrar correctamente en este cuerpo físico!». El hombre tendría miedo de no poder entrar en el cuerpo físico correctamente. El griego de los tiempos antiguos sabía mucho acerca de este miedo, y sabía también que, el cuerpo etérico tiene una tendencia peculiar cada noche a revolotear en cuatro formas diferentes, a convertirse en algo que es como un ángel, que es como un león, que es como un águila y que es como un buey.  Cada mañana, desde el cuerpo astral, hay que esforzarse de nuevo por sintetizar estos cuatro miembros del cuerpo etérico, si se me permite la expresión, de tal manera que se conviertan en un verdadero ser humano. Pero a los griegos les gustaba la vida en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico. A menudo les he citado el dicho que nos llega de Grecia: «Mejor un mendigo en la tierra que un rey en el reino de las sombras», en el inframundo. El griego amaba esta existencia física. Por eso también quería fortalecerse en la posesión de su cuerpo físico, en la semejanza del cuerpo etérico con el ser humano. Y como ven, de esta tendencia surgió la tragedia. Y Aristóteles todavía da una definición de la tragedia, que indica claramente que básicamente los griegos no concebían la tragedia de la forma en que la concibe el hombre moderno. No sé si alguien tiene otra experiencia, pero la mayoría de las veces he comprobado que la gente de hoy cree que las tragedias existen por la razón de que cuando uno se ha pasado todo el día haciendo lo que conlleva el día, le gusta sentarse unas horas por la noche para experimentar de una forma más o menos emocionante algo que no es una experiencia real, sino sólo una imagen. 
Los griegos no pensaban así en la época en que la cultura griega estaba surgiendo gradualmente. Para los griegos, la vida era una cosa, y todo lo que ponían en la vida era algo que realmente pertenecía a la totalidad de esta vida. Y para él, la tragedia era el medio a través del cual el hombre podía poseer adecuadamente su cuerpo físico y moldear su cuerpo etérico. Y la tragedia se desarrollaba de tal manera que, al contemplarla, el hombre debería sentir miedo y piedad. ¿Por qué habría de sentir miedo el hombre ante la tragedia? Él debía experimentar miedo porque al experimentar este miedo se fortalece su poder para tomar posesión del cuerpo físico de la manera correcta cada mañana. Y debe sentir compasión, porque a través de esto su cuerpo astral se fortalece cada mañana para moldear el cuerpo etérico de la manera correcta. ¡Ponme tragedias delante!, decía el griego, entonces podré tomar posesión de mi cuerpo físico adecuadamente, construir mi cuerpo etérico adecuadamente, entonces podré ser un verdadero ser humano en el sentido más completo de la palabra. El griego quería ser un hombre de verdad en su existencia terrenal. Además de las otras cosas que introdujo en su cultura, la tragedia también debía servir a este propósito. Por supuesto, esto presupone que en aquellos tiempos más antiguos se sabía que lo anímico-espiritual, el yo y el cuerpo astral del hombre están conectados con lo físico y lo etérico del hombre. 
Aristóteles da una definición de la tragedia. Dice: La tragedia es la imitación de una acción mediante la cual se despiertan el miedo y la piedad, de modo que el hombre experimenta la catarsis, la crisis del miedo y la piedad, mediante la excitación del miedo y la piedad. Crisis, catarsis, son expresiones tomadas de la antigua medicina griega, el arte de curar, e incluso entonces, cuando Aristóteles ya había desarrollado el helenismo hasta la pedantería, la tragedia seguía siendo percibida por él como algo curativo, algo fortalecedor para el hombre.
Intentemos visualizar, en la vida ordinaria este término «catarsis», que también procede de los Misterios, -y a menudo hemos explicado lo que significa en los Misterios-.
Cuando una persona se enferma internamente, ¿Qué ocurre en realidad? En la persona se produce un sufrimiento y un dolor que normalmente no están presentes. Empieza a sentir su organismo, a sentirlo de alguna manera, a sentirlo de una forma que no siente en la vida normal, la digamos llamada vida sana. Inicialmente en la vida sana, no se percibe ningún dolor. Cuando se enferma, algo empieza a doler, a causar dolor. Pero esto no significa otra cosa que el yo y el cuerpo astral no están unidos al cuerpo físico y al cuerpo etérico de la manera correcta, -perdonen la expresión un tanto burda. Si ahora la persona es conducida de nuevo a la curación, a la recuperación, entonces el yo y el cuerpo astral reciben la fuerza para volver a unirse de la manera correcta. El yo y el cuerpo astral reciben mayor poder sobre el cuerpo físico en el proceso de curación que el que tenían antes de la curación.
Supongamos que una persona enferma de pulmón. Su yo y su cuerpo astral no están correctamente conectados con las partes etérica y física de los pulmones. Lo que tiene lugar durante el proceso de curación es de nuevo la conexión correcta. Y la crisis consiste precisamente en que fuera de la conexión correcta, el yo y el cuerpo astral reciben la fuerza para volver a conectarse correctamente después. Lo que ocurre de forma externa en la enfermedad, los griegos lo veían ocurrir continuamente de forma interna en el ser humano. 
El griego pensaba así: Si el hombre no hace nada por sí mismo, su yo y su cuerpo astral se vuelven cada vez más ajenos al cuerpo físico y etérico. Son cada vez menos capaces de tomar posesión del cuerpo físico y cada vez menos capaces de moldear el cuerpo etérico a su antojo. Hay que sacarlos para que puedan volver a entrar de la manera correcta. Hay que impregnar el cuerpo astral de sufrimiento, de compasión. Y el yo debe inundarse de miedo. Cuando el yo experimenta miedo, se fortalece. Y el yo sobrevive a este miedo porque sólo se presenta a través de la imagen. Así que el yo no perece bajo el miedo, sobrevive al miedo, atraviesa la crisis, la catarsis, y así tiene más fuerza para volver a tomar posesión del cuerpo físico cada mañana. Del mismo modo, mediante la compasión, mediante la contemplación del sufrimiento, el cuerpo astral se fortalece para parecerse cada vez más al cuerpo etérico. 
Así que esto puede mostrarles, que en Grecia, se percibía en el arte algo que, por un lado, está totalmente relacionado con el ser humano, como muestra la figura de Niobe, o lo que se supone que actúa en el proceso de convertirse en humano y en el proceso de la educación humana. La mirada griega siempre estuvo centrada en el ser humano concreto y se puede decir que desde la época griega se ha perdido realmente la propia esencia del hombre.
Esto es especialmente evidente cuando se observa al joven Goethe. Goethe en sus primeros años, aprendió mucho sobre el mundo, sobre el mundo que le rodeaba, sobre la forma de pensar y de sentir de la gente. E incluso aprendió mucho sobre la forma en que las personas, aparte de las de gran importancia y genio, intentan hacerse una idea del mundo. Pero para Goethe supone una lucha, -ya lo he comentado aquí-, crecer en su entorno cultural. Porque sabemos que en los últimos cuatro o cinco siglos, el mundo cultural se había intelectualizado y Goethe sentía ese intelectualismo que se había derramado sobre todo. Él lo expresó así en «Fausto»: La filosofía se ha intelectualizado, el derecho se ha intelectualizado, la medicina se ha intelectualizado, incluso la teología se ha intelectualizado. Fausto estudió todo esto. Pero el mero pensamiento que vive en todo esto es para él algo ajeno a la realidad. Quiere relacionar los fundamentos espirituales de la existencia consigo mismo. Ese es básicamente el sentimiento de Goethe. Esta intelectualización del hombre moderno, Goethe naturalmente tuvo que admitirla, porque ese era el desarrollo de los tiempos. El desarrollo de la humanidad acababa de llegar a este punto. Pero para él era una lucha, porque después de todo, el pensar no abarca intensamente todo lo humano. Él se sentía ajeno al mundo porque veía que el mundo que le rodeaba se desarrollaba como un mundo mental-intelectual.
Una de esas personas que, cuando Goethe era joven, tendía con cierta naturalidad y vigor hacia el intelectualismo, era Lessing. Goethe podría haber conocido a Lessing en Leipzig. Lo evitó porque Lessing era demasiado intelectualista para él. Herder, más tarde en Estrasburgo, no lo era. A pesar de su intelectualismo, Herder estaba lleno de sentimientos y emociones y había llegado a una visión global del mundo. Goethe podía acercarse a él. Lessing era algo inquietantemente inteligible para él. Lo evitaba.
A partir de este estado de ánimo, también se puede entender cómo Goethe, a cierta edad, ya no podía evitar salir de este mundo en el que se quiere pensar en todo. En cierta época de Weimar, a Goethe le habría encantado salirse de su pellejo, aunque le iba extraordinariamente bien; aunque era idolatrado en la corte de Weimar, no podía soportarlo. No podía soportar toda aquella situación. Tampoco podía soportar eso: Este Herder, estudiaba a Spinoza. Pero Spinoza es básicamente toda una maquinaria de pensamiento, maravillosa, pero cuando te enroscas en esta maquinaria de pensamiento te alejas del mundo.
Y por eso tuvo que irse a Italia, porque quería descubrir al hombre. Quería descubrir al ser humano en el sentimiento del arte griego, del arte antiguo, que se había vuelto ajeno al hombre moderno. Goethe tenía sed de descubrimiento, de la experiencia del hombre. Y en el fondo, toda la antroposofía no es otra cosa que una visión del mundo que surge del anhelo de encontrar al hombre en todo su ser, de responder a la pregunta: ¿Qué es este ser humano? ¿Cuál es su posición en la vida?
Por esto, sin embargo, las cosas que han sido colocadas en el desarrollo de la civilización a partir del sentimiento pleno del ser humano, como la tragedia, o una obra de arte como el grupo Niobe, gradualmente se vuelven más y más vívidas. Tomemos este grupo de Niobe. Niobe, en su alma, es decir, en su yo, en su cuerpo astral, vive completamente fuera; se proyectan completamente en la esfera de donde procede su dolor. El alma es arrancada por el dolor. El cuerpo sigue impregnado por las fuerzas del yo y del astral. La forma permanece, la forma se mantiene firmemente unida. Se convierte en estatua, la Niobe. 
Tomemos el caso contrario: no hay razón alguna para que el yo y el cuerpo astral sean expulsados del cuerpo físico y del cuerpo etérico, y sin embargo son expulsados porque el cuerpo físico y el cuerpo etérico son destruidos desde afuera, debido a que son sacados del yo y del cuerpo astral. Así que este yo y el cuerpo astral tienen que salir. Pero como el cuerpo físico y el cuerpo etérico son destruidos desde fuera, se les da una forma que, por un lado, sigue al poder destructor y, por otro, hace literalmente visible cómo son expulsados el yo y el cuerpo astral. Este no tiene por qué ser el caso de Niobe; allí es repentino. Pero supongamos que Niobe no se precipitara fuera de su cuerpo físico y etérico mirando el campo cadavérico de su vástago, sino que le sucediera algo a sus cuerpos físico y etérico, haciendo que el alma fuera expulsada. Entonces no se vería en el cuerpo físico y etérico cómo se convierten en una estatua, ni cómo se congelan, por así decirlo, en la materia, en la materia moldeada, sino que se vería que el yo sigue trabajando ahí dentro, que el cuerpo astral sigue esforzándose por formar el cuerpo etérico. Esto también se formó en Grecia: Ese es el Laocoonte. Se puede entender el Laocoonte si se penetra en el conocimiento de que es lo contrario de Niobe, de que el cuerpo físico y el cuerpo etérico son destruidos desde el exterior y de que el conjunto lucha con el Yo y con el cuerpo astral, que son forzados a salir. De modo que en cada moldeado, en el moldeado de la boca, en el moldeado de la cara, en la sujeción de los brazos, en las formas que asumen los dedos, ven ustedes en Laocoonte que se reproduce la situación de la que estoy hablando ahora. 
Laocoonte
Debemos llegar de nuevo a tales conocimientos, pues de lo contrario el intelectualismo, que en verdad está profundamente justificado para los tiempos modernos, alejará al hombre de una verdadera visión, de un verdadero conocimiento de la naturaleza, de la realidad.
Basta pensar en cómo Lessing se esforzó por explicar el grupo del Laocoonte. Básicamente lo explicó de forma bastante externa. Por supuesto, digo esto con el debido respeto por el gran Lessing. Pero si ustedes leen su explicación, dice: Cuando un poeta habla de Laocoonte, a Laocoonte se le permite gritar, porque no se ve cómo abre la boca cuando grita. Pero cuando el escultor lo esculpe, se le ve abrir la boca, lo que no está permitido. Eso es bastante externo: ¡el poeta debe hacerlo así, el escultor debe hacerlo de otra manera! Por supuesto, lo que Lessing consiguió es algo extraordinariamente significativo.  Se puede decir que estas cosas hay que tratarlas con el debido respeto, pero hay que darse cuenta de que el tratamiento que Lessing hace del grupo de Laocoonte no contiene nada que explique toda la figura de Laocoonte aparte de la situación. Para ello es necesario, como dije en la introducción a estas reflexiones, tener una visión adecuada de las fuerzas que mantienen unido al hombre en sus cuatro miembros.
En la era del intelectualismo se ha perdido por completo esta visión de conjunto. Esta era del intelectualismo básicamente ya no sabía qué hacer con lo que el hombre es. Y fue precisamente en la era del intelectualismo cuando perdimos la apreciación de todas las cosas. Eso es lo que Goethe sentía tan decididamente y lo que le llevó al punto de no soportar realmente que el intelectualismo se extendiera incluso al arte. El joven Goethe no podía soportar todo el tipo de arte de Corneille-Racine, porque allí el intelectualismo moldea lo dramático de un modo intelectualista.
Goethe, en cambio, recurre a Shakespeare, que partiendo de todas las contradicciones de la naturaleza, él crea. Goethe encuentra así que Shakespeare es algo así como el intérprete del espíritu del propio mundo. Goethe siente esto muy profundamente porque percibe esta irrupción del intelectualismo. No es cierto, he señalado a menudo que Hamlet puede ser visto como un discípulo de Fausto. Que Hamlet, -el Hamlet de Shakespeare, por supuesto, no el Hamlet de Saxo Grammatikus-, pudo haberse sentado como discípulo a los pies de Fausto en Wittenberg durante los diez años que Fausto llevó a sus alumnos de la mano, le quedó claro de inmediato a Goethe. Él por supuesto, no mencionó los detalles; pero la persona que ahora dijera: Ahora, gracias a Dios, he estudiado filosofía, jurisprudencia, medicina y, para mi salvación, teología, - naturalmente no podría sentir un íntimo placer cuando encuentra, digamos, al príncipe danés artísticamente formado ante él, pronunciando el monólogo: Ser o no ser-, y que habla de esa tierra de la que aún no ha regresado ningún viajero, aunque justo antes haya hablado el fantasma del mismísimo anciano Hamlet, ¡que por tanto debe de tener una memoria terriblemente corta si no puede recordar en el momento en que pronuncia el soliloquio que acaba de hablar con su padre, que ha regresado de esa tierra desconocida! 
Un intelectualista no haría eso, por supuesto. Y ya he conocido a intelectuales así. Han dicho: sí, Hamlet no fue escrito por un solo poeta, el soliloquio lo escribió otra persona, y luego se mezcló. ¡Eso es lo que hicieron con Homero! 
Es muy fácil demostrar que toda una serie de personas podrían haber escrito «Hamlet», porque esas contradicciones existen en todas partes, porque esas contradicciones existen en la realidad. Y Goethe sintió el lado más rico de la realidad frente al lado más pobre del intelectualismo. Y así es como hay que entenderle. 
Si quieren divertirse con todo lo que es espantoso en «Hamlet» y que demuestra que Shakespeare puede caer en una contradicción en cualquier momento, sólo tienen que leer al profesor Rümelin, el famoso Rümelin de Heidelberg, que ya señalaba todas estas cosas en detalle en su ensayo sobre Shakespeare. Pero hay una diferencia entre lo que Goethe consideraba arte, en cuanto llamaba al artista parlante intérprete del espíritu del mundo, y lo que -incluso en Heidelberg- se transmite como ciencia.
Y si comparan lo que Lessing dijo sobre el Laocoonte y las bellas observaciones de Goethe al respecto, por supuesto que no encontrarán aún en las observaciones de Goethe lo que conduce a una verdadera comprensión, porque Goethe no tenía aún la antroposofía, pero encontrarán un avance significativo sobre los argumentos de Lessing. 
En Goethe encontrarán por todas partes referencias a lo que acabo de decir. De modo que se puede decir, por ejemplo: «De lo que Goethe comentó sobre el grupo del Laocoonte, salta ya todo lo que he dicho sobre él». Y por eso ya se puede decir que el goetheanismo, en su correcta continuación, conduce absolutamente a la antroposofía, hasta en los detalles.
Traducido por J.Luelmo nov.2024

GA128 Praga, 27 de marzo de 1911 La vida consciente del ser humano

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La vida consciente del ser humano

RUDOLF STEINER

 
Praga, 27 de marzo de 1911

En el curso de estas conferencias hemos podido tener la impresión de que los diversos sistemas de órganos y partes estructurales del organismo humano, participan de las más diversas maneras en el proceso general de este organismo humano. En este sentido hemos podido señalar varias cosas, y en el curso de las conferencias anteriores, ya nos sentimos obligados a atribuir las actividades que actúan en los diversos sistemas de órganos, a los miembros superiores y suprasensibles de la organización humana por el momento. Por ejemplo, tuvimos que decir que la circulación sanguínea humana está íntimamente relacionada con lo que llamamos el yo humano, de modo que pudimos dirigirnos a la sangre como a un instrumento del yo humano. También pudimos atribuir al sistema nervioso lo que llamamos la vida de la conciencia. Pero también mostramos que una parte especial del sistema nervioso, -el sistema nervioso simpático-, tiene en cierto modo una tarea opuesta a la de la otra parte del sistema nervioso, tarea que consiste en retener, por así decirlo, todo lo que tiene lugar en las profundidades del organismo humano, que es causado por la actividad del sistema del universo interior, de modo que en estado físico normal no penetra hasta el horizonte del yo, es decir, hasta la conciencia diurna. Ayer también intentamos reconocer, al menos aproximadamente, que lo que más elude la vida consciente del ser humano es lo que se acumula en el esqueleto sólido; pero tuvimos que subrayar que incluso en este esqueleto sólido del ser humano debe estar activo un ser tal que, en última instancia, hace que el ser humano sea capaz de desarrollar el órgano de su vida yoica consciente, la circulación sanguínea. Así también podemos decir: la incorporación del sistema óseo humano significa para todo el organismo humano, el poder mantener plenamente una forma humana y que todo lo que ocurre dentro de los procesos que tienen lugar en el sistema óseo sólido, se mantiene por debajo del umbral de la conciencia. Siempre se trata de algo similar en la organización humana, a saber, -en este punto en particular queremos entendernos correctamente-, que lo que está dentro de esta organización humana está protegido, por así decirlo, de las influencias que tienen lugar en nuestro entorno y en el gran mundo del cosmos. Hemos dicho que los miembros del sistema de nuestro universo interior, es decir, esos siete órganos que, por así decirlo, reflejan en nosotros el sistema planetario exterior, -especialmente el bazo-, retienen las leyes exteriores a las cuales están sujetos todo cuanto tomamos como alimento, ellos nos liberan, por así decirlo, de estas leyes, haciendo que las sustancias alimenticias que se introducen en el organismo humano resulten filtradas, de modo que no entran en el organismo humano en forma tal que puedan actuar en él con sus propias reglas y las actividades que les son propias. Diríamos que, en el calor de la sangre, ya hemos proporcionado al hombre y a los animales superiores, a groso modo, esta protección de los procesos internos contra las influencias exteriores. Este calor de la sangre, que se encuentra dentro de estrechos rangos de temperatura, se mantiene por una ley interna y es independiente de los procesos de calor del macrocosmos, el gran mundo que tiene lugar a nuestro alrededor. He ahí pues muy vívidamente una especie de fenómeno básico en esta constancia del calor sanguíneo. Así que debemos señalar siempre que una parte esencial de la organización interna del hombre consiste en el hecho de que un ser limitado se cierra al macrocosmos y desarrolla su propia actividad.

Hoy, para acercarnos aún más al organismo humano, haremos bien en empezar un poco por el otro lado y echar un breve vistazo a la vida consciente. Ya sabemos por las conferencias anteriores que la vida consciente del hombre utiliza las herramientas de la sangre y del sistema nervioso, pero todavía no hemos podido entrar en los procesos más sutiles. Lo que voy a decir ahora es algo que probablemente chocará al mundo exterior, a la ciencia que se utiliza hoy en día, -seamos francos-, mayoritariamente. Pero cualquiera que esté verdaderamente en el terreno del ocultismo genuino y verdadero les dirá que la tendencia de la ciencia es que en el curso de unas pocas décadas también confirmará y reconocerá aquellas cosas que hoy tan sólo podemos decir basándonos en observaciones ocultas. Si en lugar de una serie tan corta de conferencias, les pudiera hablar de estas cosas aquí durante medio año, sería posible traer de los resultados de la ciencia actual todo lo que es adecuado para probar externamente lo que se va a decir en la conferencia de hoy. Pero debo dejar algunas cosas a la buena voluntad y capacidad de los honorables oyentes. En todas partes es posible buscar los caminos de la ciencia externa, la cual, si no parte de prejuicios teóricos sino de los hechos, ya hoy puede encontrar en todas partes la confirmación de lo que se dice en el campo del ocultismo. Pido que todas estas observaciones se tomen con este espíritu.

Si partimos de nuestra vida consciente, especialmente si consideramos la relación de nuestra vida anímica consciente con nuestro organismo, es necesario considerar primero todo lo que llamamos nuestra actividad pensante en el sentido más amplio. No necesitamos entrar en distinciones lógicas o psicológicas más minuciosas, sólo necesitamos poner ante nuestra alma que lo que estamos tratando está relacionado con la vida pensante, con la vida emocional y con la vida volitiva del hombre.

Ahora bien, entre los que se mantienen en el terreno del verdadero ocultismo, nunca encontrarán una contradicción cuando se dice que mediante todos estos procesos que tienen lugar en nuestra vida anímica, en la conciencia diurna despierta y que pertenecen a las categorías de lo mental, lo emocional o lo volitivo-impulsivo, se producen procesos realmente materiales, -animados o no-, en el organismo, de modo que en nuestro organismo podemos encontrar en todas partes, los correspondientes procesos materiales para todo lo que tiene lugar en nuestra alma. Esto es de sumo interés. Pues sólo en nuestra época será posible en las próximas décadas, a partir de ciertas tendencias que hoy sólo están presentes en la ciencia, averiguar realmente estas correspondencias entre los procesos del alma y los procesos fisiológicos en el organismo y confirmar lo que se ha obtenido del ocultismo.

Todo proceso mental corresponde a un proceso en nuestro organismo, del mismo modo todo proceso emocional y todo proceso que debe ser calificado con el término impulso de voluntad. Podríamos decir, por así decirlo, que cuando algo sucede en nuestra vida anímica, se produce una onda que se propaga hacia abajo, hacia el organismo físico. Tomemos en primer lugar el proceso del pensar. Aquí es mejor considerar tal proceso de pensar que, al igual que el pensar puramente matemático o un pensar objetivo similar, que no deja que le afecten nuestros sentimientos y voluntad. Consideremos primero tales procesos de pensar, que son procesos de pensar "en la cultura pura". ¿Qué ocurre en nuestro organismo cuando tienen lugar tales procesos de pensar en nuestra vida anímica? Cada vez que pensamos, cuando formamos pensamientos, en nuestro organismo tiene lugar un proceso que podemos comparar, -no lo digo como analogía, sino como hecho, la comparación debe llevarnos a hechos-, que podemos comparar con el proceso de cristalización. Si tenemos agua en un vaso que se ha calentado hasta un cierto grado, y hemos disuelto en ella algo de sal, sal gema por ejemplo, y a continuación hacemos que esta sal disuelta cristalice enfriando el agua, entonces tiene lugar el proceso contrario a la disolución. Cuando la sal está completamente disuelta, el agua es transparente. Pero cuando el agua se enfría de nuevo y en el agua tiene lugar el proceso contrario a la disolución, entonces la sal se cristaliza de nuevo fuera del agua; se produce una formación de sal, una deposición de sal en el agua. El proceso se presenta así de tal manera que vemos: En el agua previamente caliente, cuando la enfriamos, se forma un sólido; se deposita un sólido en el líquido, una deposición de sal. Como ya he dicho, he supuesto que aquellos que sólo pedantemente quieren admitir los hechos registrados por la ciencia en un sentido puramente filisteo, pueden escandalizarse al principio por las afirmaciones de resultados ocultos.

Un proceso muy similar a este, tiene lugar en nuestro organismo cuando pensamos. El proceso de pensar corresponde a un proceso de almacenamiento de sales que parte de un efecto de nuestra sangre y tiene un efecto irritante sobre nuestro sistema nervioso, un proceso orgánico que tiene lugar en el límite entre nuestra sangre y nuestro sistema nervioso. Y así como podemos observar la cristalización de la sal cuando miramos el agua en el vaso de agua, también podemos ver, cuando observamos a una persona que está en la posición satisfactoria de pensar, cómo tiene lugar realmente tal proceso, - muy precisa y suprasensiblemente perceptible para el ojo clarividente. De este modo hemos colocado ante nuestra alma la correlación física del proceso de pensar.

Preguntémonos ahora en el caso del sentir ¿Cuál es el equivalente? Cuando sentimos, no se trata del almacenamiento de sales que se vuelven sólidas, ni tampoco de un proceso inverso de disolución, sino de procesos sutiles que tienen lugar en nuestro organismo y que son similares a los que tienen lugar cuando un líquido se vuelve semisólido. Piénsenlo: un líquido se vuelve semisólido como la clara de huevo líquida, se coagula hasta adquirir la consistencia de la clara de huevo espesada; en otras palabras, un líquido se vuelve sólido. Mientras que en el proceso de pensar se trata de extraer de un líquido una sustancia sólida, parecida a la sal, que se deposita, en el proceso emocional se trata de la transición de ciertas partículas de la sangre de un estado más líquido a un estado más denso. La propia sustancia pasa a un estado más denso a través de una especie de coagulación. Para el clarividente, esto aparece como la formación de pequeños copos, tal como se puede ver en un vaso que contiene un determinado líquido a través de un proceso de formación interna de escamas, una separación de pequeñas gotitas hinchables de una sustancia líquida.

Si ahora pasamos a lo que podemos llamar nuestros impulsos de voluntad, la correlación física para esto es diferente nuevamente. Esto es ahora aún más fácil de comprender, porque llegamos al punto en que el asunto se hace algo más evidente. El proceso físico que corresponde a nuestros impulsos de voluntad es una especie de proceso de calentamiento que provoca un aumento de temperatura en el organismo, una especie de calentamiento del organismo en cierto sentido. Como este calentamiento está estrechamente relacionado con toda la pulsación sanguínea, podemos decir que los impulsos de la voluntad están relacionados con un aumento de la temperatura de la sangre. Esto no requiere mucho; con sólo que se tenga cierto sentido para las observaciones reales, ya se puede observar en el organismo animal que los impulsos de la voluntad tienen su paralelismo físico en el calentamiento de la sangre.

De este modo, podemos definir hasta cierto punto los paralelismos físicos que tienen lugar en los procesos anímicos internos. Lo que acabo de describirles no es, naturalmente, algo que tenga lugar de un modo muy tosco, sino procesos extraordinariamente sutiles y minuciosos, procesos de una sutileza de la que, por lo general, no se puede tener la menor idea. Pero con excepción de los procesos de calentamiento, estos procesos tienen lugar de tal manera que, en relación con todo lo que conocemos de procesos similares en el mundo físico exterior, ofrecen una tremenda delicadeza. Todos estos son procesos que el organismo lleva a cabo con todos sus poderes cuando el yo está activo, con la ayuda del instrumento de la sangre. Desde la deposición de sales hasta la licuefacción y el calentamiento, estos procesos tienen lugar de tal manera que todo el organismo se ve afectado o, por ejemplo en el proceso del pensar, principalmente una parte de nuestro organismo, el cerebro y el sistema de la médula espinal. Estos procesos se distribuyen en el organismo humano de las formas más variadas y son el resultado de la influencia de procesos anímicos. Cuando uno llega gradualmente a conocer estas cosas como hechos, llega a admitir que lo que uno llama pensamientos o sentimientos o impulsos de voluntad son fuerzas reales que tienen efectos reales dentro del organismo físico y se expresan en efectos reales. Partiendo de la observación oculta, debemos hablar puramente de un efecto real del alma sobre el organismo humano. Estos efectos reales en el organismo humano se revelarán gradualmente en las siguientes décadas de la ciencia. Estos procesos sutiles en el organismo se volverán accesibles a los métodos de investigación más esmerados y sutiles de la ciencia; y entonces la reticencia que hoy existe, -no por los hechos que la ciencia ha investigado, sino por ciertas teorías prejuiciosas que están ligadas a estos hechos-, cesará cada vez más por sí misma contra las afirmaciones que pueden hacerse a partir del conocimiento oculto.

También hemos señalado ahora que lo que entendemos como una actividad consciente del yo, en el fondo es sólo una parte del ser humano y que por debajo del umbral de lo que así penetra en nuestro horizonte de la conciencia, tienen lugar procesos que se encuentran por debajo de este horizonte y que son mantenidos alejados de nuestra conciencia, por así decirlo, por el sistema nervioso simpático. Hemos podido señalar desde diversos puntos de vista que lo que de este modo llevamos inconscientemente dentro de nosotros también está relacionado en cierto modo con nuestro yo. Respecto del inconsciente, de nuestro sistema óseo, hemos dicho que está organizado desde el principio de tal manera que puede proporcionar la base para las herramientas del yo consciente. De modo que desde el inconsciente crece una organización del yo inconsciente hacia la organización del yo consciente. Por así decirlo, para nosotros el ser humano está dividido en dos partes: La organización consciente del yo trabaja en el ser humano desde un lado y la organización inconsciente del yo desde el otro (ver dibujo ).


Hemos visto a este respecto que el sistema sanguíneo y el sistema óseo forman una cierta oposición, parecen polos opuestos. Mientras que la sangre, en su actividad interna, sigue la actividad del yo como un instrumento flexible, el otro polo, el sistema óseo, se aparta de la actividad del yo de tal manera que el yo no tiene conciencia de nada de lo que ocurre en el sistema óseo, es decir, todos los procesos que tienen lugar en el sistema óseo se desarrollan completamente bajo la superficie de los acontecimientos conscientes reales del yo. Son, en efecto, procesos que corresponden a nuestra actividad yoica, pero están tan muertos como vivos son nuestros procesos sanguíneos; son, pues, básicamente una parte de tales procesos que permanecen inconscientes para el yo, que sólo gradualmente se elevan de lo inconsciente a la conciencia.

Si observamos detenidamente el sistema óseo en su función global en el organismo humano, debemos darnos cuenta de que se aparta de toda vida consciente, y de hecho más fuertemente que todos los sistemas de órganos. Pero si ahora pasamos del sistema óseo a los sistemas de órganos que hemos llamado el sistema del universo interior del hombre, al sistema hígado-bilis-bazo, al sistema pulmón-corazón y demás, entonces debemos decir, conforme a lo que hemos dicho en las conferencias anteriores, que los procesos dentro de estos sistemas también escapan en gran medida a nuestra conciencia, pero no exactamente de la misma manera que los procesos de nuestro sistema óseo. En nuestro sistema óseo necesitamos mucho menos en qué pensar, a qué prestar atención, que a los órganos que acabamos de mencionar. Algunos de estos órganos incluso se manifiestan muy claramente en sus funciones como algo que sobresale por encima del inconsciente. Es como cuando un objeto que flota en el agua del mar sube parcialmente a la superficie y se hace visible como una isla sobre la superficie. Así es como, por ejemplo, algo de lo que ocurre en el corazón penetra en la conciencia. Ustedes saben por experiencia que, especialmente las naturalezas hipocondríacas sienten algo de lo que sucede en sus órganos internos, -en su detrimento, por supuesto- aunque se dan cuenta de manera muy diferente de lo que sucede en el interior, pero aun así lo sienten. No estoy hablando de lo que se siente cuando ya se ha producido un cierto grado de enfermedad en los órganos. Porque cuando uno se enferma se hace consciente de los órganos; pero hay una causa real, por la cual los efectos de los sistemas del universo interior suben a la conciencia; sino que me refiero al hecho de que durante mucho tiempo no es necesario llegar a este límite, que tiene una persona sana en relación con el hecho de estar enfermo. Por desgracia, este límite se desplaza a menudo. Lo que a menudo se denomina enfermedad puede considerarse ciertamente como un grado menor o mayor de penetración de procesos internos en la conciencia. Por lo tanto, debemos examinar siempre las causas de las distintas enfermedades de tal manera que nos preguntemos: ¿Las causas del dolor se encuentran en enfermedades de los órganos, o tenemos que buscarlas en otra parte? - Sabemos que estamos protegidos por el sistema nervioso simpático que impide que nos demos cuenta de lo que ocurre en el organismo.

Cuando vemos en el sistema óseo algo que construye al ser humano en cuanto a su forma, a su organización, de tal manera que el sistema sanguíneo puede servir de herramienta para su yo de la forma adecuada, entonces debemos ser conscientes, después de lo que se acaba de decir, de que los demás sistemas de órganos también crecen de una determinada manera hacia la vida consciente del ser humano, que en última instancia debe desplegarse como una flor. Debemos tenerlo claro, que todos estos órganos, aunque no estén impregnados de vida plenamente consciente, ya contienen aquello que crece hacia nuestra vida anímica consciente, del mismo modo que hemos visto que nuestro sistema óseo crece hacia la vida del yo.

Ahora debemos plantearnos la pregunta: ¿Hasta qué punto este sistema interior, que hemos descrito como un sistema del universo interior, crece hacia la vida anímica consciente del hombre? Si por un lado consideramos que en el sistema óseo tenemos el apoyo más firme de nuestro cuerpo físico, que proporciona al sistema sanguíneo su disposición para que trabaje en los lugares adecuados a fin de poder desplegarse como instrumento del yo, entonces por otro lado debemos decir también, que el sistema óseo apoya y mantiene en la posición correcta a aquellos órganos que hemos descrito anteriormente como sistemas del universo interior. Pues lo que ocurre con la sangre también beneficia a estos órganos. Si observan todos estos sistemas de órganos, se darán cuenta de que no pueden descubrir nada en su disposición que esté tan esencial e íntimamente relacionado con la forma exterior del ser humano como el sistema óseo. Es la base de la forma humana, y todo lo que se construye y se apoya en el sistema óseo sólo puede construirse y apoyarse en él de esta manera, debido a que el sistema óseo proporciona la forma básica. 

La piel, como límite exterior del cuerpo, también está preformada, por así decirlo, por toda la organización del sistema óseo. Goethe lo dijo maravillosamente, no sólo desde un punto de vista estético, sino también científico: "No hay nada en la piel que no esté en el hueso". En otras palabras, la estructura externa de la piel expresa lo que ya está preformado por el sistema óseo. No podemos decir lo mismo de nuestro sistema del universo interior. Por otra parte, sin embargo, el hecho de que los efectos del sistema del universo interior se desplacen hasta los grados inferiores de conciencia, muestra que este sistema del universo interior tiene algo que ver con nuestro cuerpo astral; pues el cuerpo astral es el portador de la conciencia. Por lo tanto, debemos decir que aunque este sistema del universo interior no puede aparecérsenos como una expresión del yo subconsciente, el yo formador de formas que yace en las profundidades subterráneas, puede aparecérsenos como aquello que se incorpora a nosotros a través de todo el proceso del mundo, como una expresión del medio ambiente de tal manera que tiene una relación similar con nuestro cuerpo astral, así como el sistema óseo proporciona la base para la forma humana que comprende el yo. Por lo tanto, podemos decir que ya hemos preformado el yo humano en el sistema óseo, en lo más profundo del subconsciente, y en lo que llamamos nuestro sistema del universo interior hemos preformado lo que llamamos nuestro cuerpo astral.

Ahora bien, este sistema del universo interior, en toda su organización, debido a que se halla justo debajo de la conciencia, no procede en absoluto de la vida anímica consciente, sino que se inserta en nuestro organismo desde el macrocosmos. Así que algo que podemos llamar lo astral cósmico está insertado en el ser humano de tal manera que se expresa como nuestro sistema del universo interior. Y en nuestro sistema óseo hemos recibido a su vez algo incorporado a nuestro organismo desde nuestro entorno, desde el gran sistema del cosmos, y como esto está conectado con toda la forma de nuestro organismo físico, debemos decir: Este sistema óseo es en realidad la base de nuestro yo en nuestro cuerpo físico, porque es un sistema macrocósmico o de hecho cósmico que nos convierte en este ser humano formado físicamente. Además de este sistema óseo, está incrustado en nosotros un sistema del universo astral macrocósmico como nuestro sistema del universo interior. En la medida en que nuestro yo aparece como un yo consciente, tiene como herramienta el sistema sanguíneo; en la medida en que nuestro yo está preformado como forma y figura, se basa en un sistema de fuerza cósmica que empuja hacia la formación sólida, que se expresa más densamente en nuestro sistema óseo.

Veamos el asunto desde otro punto de vista. Ahora sabemos que todo lo que hemos descrito como actividad pensante consciente, que es producida por el yo, se expresa a través de una especie de deposición de sal finísimo en la sangre. El pensamiento consciente se revela, pues, a través de una especie de deposición de sal interior. Por lo tanto, podemos esperar que donde nuestro sistema óseo está preformado a partir de lo cósmico, para que el organismo pueda formar el soporte material del ser humano como ser pensante, deberíamos encontrar también el proceso físico de una deposición de sal. Por lo tanto, deberíamos poder encontrar deposiciones de sal en el sistema óseo; y de hecho los huesos están formados en parte por ácido fosfórico y cal de ácido carbónico, es decir, por deposiciones de sales de cal.

También aquí tenemos los dos polos opuestos. En la medida en que el ser humano es activo como pensador, los procesos de pensar son los que nos convierten en un ser sólido interiormente. En cierto modo, nuestros pensamientos son nuestro esqueleto interior. El ser humano tiene pensamientos definidos, nítidamente definidos; nuestros sentimientos, en cambio, son indeterminados, fluctuantes, más o menos diferentes para cada persona. 

Los pensamientos forman inclusiones fijas en el sistema emocional. Mientras que estas inclusiones fijas en la vida consciente se expresan en la sangre a través de una especie de proceso vivo y móvil de deposición de sales, lo que prepara el yo se expresa en el sistema óseo de tal manera que el macrocosmos forma nuestro sistema óseo de tal manera que está compuesto en gran parte de deposiciones de sales. Éstas son ahora el elemento de reposo en nosotros, el otro, el polo opuesto a los procesos de actividad interior que tienen lugar en los procesos de deposición de sales en la sangre. De esta manera, nosotros, como seres humanos, nos convertimos en pensadores desde dos lados de nuestra organización: desde un lado, inconscientemente, construyendo nuestro sistema óseo; desde el otro lado, conscientemente, llevando a cabo los mismos procesos, -según el patrón de nuestro proceso de construcción ósea-, que se muestran en el organismo como tales procesos de deposición de sales, de los que podemos decir que son interiormente estimulantes. Las sales formadas durante el pensar deben ser disueltas de nuevo inmediatamente a través del dormir, eliminadas, de lo contrario provocarían algo así como procesos de descomposición, procesos de disolución en el organismo. En el pensar vemos, pues, un verdadero proceso de destrucción. Y a través del dormir beneficioso se ejerce un proceso de regresión, que hace que la sangre vuelva a estar libre de depósitos de sales, de modo que podamos desarrollar de nuevo pensamientos conscientes en la vida diurna de vigilia.

Pero no es aceptable decir simplemente que el pensar es un proceso de formación de sales - porque si la gente no entiende esto de la manera correcta, alguien bien podría decir que la ciencia espiritual afirma las cosas más estúpidas.

Vayamos ahora más lejos. Podemos imaginar que todos los demás procesos del organismo humano tienen lugar entre estos dos polos extremos de formación de sal, esencialmente aquellos a los que ya nos hemos referido. Así como tenemos procesos activos de formación de sal debido al pensar, que tienen su polo opuesto en el proceso de formación de sal en los huesos, el cual ha llegado a cierto grado de reposo, así también tenemos un polo opuesto a lo que hemos descrito como proceso de licuefacción interior, como coagulación, como proceso de formación de escamas, algo similar a inclusiones semejantes a proteínas, que surgen bajo la influencia de nuestra vida emocional, como expresión exterior de nuestra vida emocional. Este polo opuesto se muestra en lo que son procesos más internos de nuestro organismo, y participa en tales fuentes inconscientes, en una densificación de sustancias que se forman y almacenan como efecto del sistema astral macrocósmico. Es la cola ósea que participa en el proceso de formación de los huesos y que se inserta en las demás sustancias óseas. Este es el otro polo del proceso de licuefacción comparado con lo que surge como correlato físico a través de nuestro sentir.

Los impulsos de nuestra voluntad se expresan orgánicamente en un proceso de calor, en un proceso de calentamiento interior. Los compuestos que se forman y que podemos describir como resultados de procesos de combustión interior, como procesos de oxidación interior, se encuentran en todo nuestro organismo. Y en la medida en que discurren por debajo del umbral de la conciencia y no tienen nada que ver con la vida consciente, pertenecen al otro lado, al polo opuesto, que está cerrado a aquello de lo que la vida consciente puede recibir influencias. Así, el ser humano se caracteriza por una parte de su organismo protegida interiormente de las perturbaciones, de modo que en ella pueden tener lugar procesos de la mayor delicadeza, que son impulsados por la vida del alma. 

Tal como hemos comprobado, en nuestro organismo tienen lugar procesos fisiológicos como la formación de sales, la formación de licuefacción y la formación de calor, que siguen a nuestra vida consciente, y procesos que tienen lugar fuera de nuestra vida consciente de tal modo que proporcionan la base de lo que se prepara en el organismo humano para que la vida consciente pueda desarrollarse plenamente. Así, todo nuestro organismo es una confusión de procesos que tenemos que definir como pertenecientes a nuestra vida consciente y aquellos que son propios de nuestra vida inconsciente. Este es un hecho extraordinariamente significativo, que nuestro organismo representa realmente algo así como un entrelazamiento de dos polaridades: que procesos similares tienen lugar, por un lado, de tal manera que se proyectan en el organismo desde el macrocosmos y tienen lugar, por así decirlo, en lo más burdo, y, por otro lado, procesos tales que como consecuencia de la vida consciente del hombre pueden tener lugar en lo más sutil.

Ahora bien, en el organismo acabado de hoy en día la situación es tal que todos estos procesos interactúan entre sí y que realmente no podemos separarlos unos de otros en la forma en que el organismo se presenta ante nosotros, de tal manera que seamos capaces de designar ciertos límites en todas partes; un proceso interviene en el otro. Basta con observar el sistema sanguíneo, el elemento más activo y sutil. En la sangre vemos el agente causante de los procesos de deposición de sales, así como de los procesos de coagulación de una sustancia líquida y también de los procesos de calentamiento. Estos procesos también están estrechamente interrelacionados en otros sistemas orgánicos de forma similar. Por ejemplo, cuando tomamos alimentos del exterior en nuestro tracto digestivo, estos alimentos todavía tienen lo que he descrito como su actividad externa. Pasan por una primera etapa de tamizado al ser tomados por la boca y preparados para el proceso digestivo en el estómago mediante el proceso de masticación; en otra secuencia de etapas son procesados por los órganos que hemos descrito como el sistema del mundo interior, y finalmente son llevados hasta el punto en que pueden nutrir el instrumento más refinado del organismo humano, la sangre. Ahora que hemos indicado en cierto sentido una secuencia de etapas en el tamizado de las sustancias alimenticias a través de los sistemas de órganos internos, podemos imaginar fácilmente que, de hecho, el sistema más fino, el sistema sanguíneo, debe, por así decirlo, absorber los estímulos alimenticios más tamizados y que lo que llega a la sangre ya solo contiene la mínima parte de lo que las sustancias alimenticias tenían en sus propios estímulos cuando fueron absorbidas. Cuando las sustancias son absorbidas, tienen todavía una buena parte de su propia naturaleza y reglas. Han tenido que renunciar a ello en el estómago y en los demás sistemas de órganos por los que han pasado, y en la medida en que se encuentran en la sangre, se han convertido en algo completamente nuevo. Por eso la sangre es también el órgano más protegido contra las impresiones del mundo exterior, el órgano que lleva a cabo sus procesos con mayor independencia del mundo exterior. Ésa es una cara; pero ya hemos mostrado en detalle que la sangre se vuelve hacia dos caras, que está expuesta a las influencias tanto de un lado como del otro.

Por un lado, la sangre se dirige a aquellos órganos de las regiones más profundas del organismo humano donde todos los procesos que tienen lugar son retenidos e inhibidos por el sistema nervioso simpático para que no lleguen a la conciencia. Ahora la sangre debe dirigirse también hacia el otro lado, hacia las experiencias de la vida consciente del alma. No sólo debe absorber los procesos inconscientes, sino que el yo consciente también debe imprimirse en la sangre. Nuestras actividades anímicas conscientes deben poder transformarse hasta llegar a la sangre, de modo que se conviertan en una expresión en esta sangre de lo que tenemos a nuestro alrededor. ¿Qué tenemos a nuestro alrededor? El mundo físico-sensorial; pues lo que se incorpora al mundo vegetal, -el cuerpo etérico-, no está ahí para la conciencia normal. Para la conciencia luminosa del día, el hombre sólo pertenece al mundo físico; el mundo vital es invisible para nosotros.

Así nos enfrentamos al mundo físico-sensorial con el otro lado de la sangre. La vida entera del alma, cómo procede bajo las impresiones del mundo físico-sensorial, cómo se excita a pensamientos, cómo se inflama a sentimientos, cómo se estimula a impulsos de voluntad, todo esto tiene que poder encontrar su instrumento en el sistema sanguíneo, en la medida en que es vida del yo consciente. Todo esto debe poder pulsar en la sangre. ¿Qué significa eso? Esto no significa otra cosa que no sólo debemos tener en la sangre lo que procede de las sustancias alimenticias, después de haber sido filtradas en alto grado, desposeídas de su autorregulación, protegidas de todas las leyes macrocósmicas, sino que también debe encontrarse en la sangre algo que esté relacionado con lo físico-sensorial, con lo inanimado del mundo físico-sensorial. Lo que constituye la vida sólo puede ser reconocido por la conciencia ordinaria a través de una combinación de impresiones físico-sensoriales; sólo puede ser reconocido en su realidad a través del miembro suprasensible más bajo del ser humano, a través del cuerpo etérico.

Por tanto, la sangre debe estar relacionada con el mundo físico-sensorial, tal como es directamente. Ahora veremos que en la sangre se incorpora algo de lo que podemos decir: Esto no está en nuestra sangre como si estuviera determinado por los procesos que penetran hasta la sangre desde nuestro ser, desde las profundidades de nuestro organismo, cuya regularidad se adapta así a la nuestra, sino que es como si estuviera incorporado a nuestra sangre por efecto de regulaciones y actividades macrocósmicas externas. Debemos tener en nuestra sangre algo que se parezca y actúe como los procesos externos inmediatos, pero que tienen lugar internamente exactamente de la misma manera que externamente en el macrocosmos, es decir, que no pierden sus propias leyes. Los procesos físicos, químicos e inorgánicos deben, por tanto, desempeñar un papel en nuestra sangre; éstos son necesarios para que nuestro yo pueda participar en el mundo físico. Por lo tanto, tendremos que buscar sustancias en la sangre que puedan funcionar de tal manera que se conserve su carácter físico, su regla inherente. Esto es lo que encontramos en la sangre. En nuestros glóbulos rojos tenemos algo que muestra claramente que apenas está empezando a vivir y que se encuentra en el punto en el que pasa de la vida a la falta de vida. Por otro lado, hemos incorporado a la sangre un proceso de calentamiento continuo que puede compararse a un proceso de combustión externa, donde el proceso de oxidación vuelve a dar nuevas posibilidades de vida. Así pues, hemos incorporado a la sangre aquello que hace del ser humano un ser físico-sensorial.

Esto nos muestra, hasta en la organización de la sangre, cuán significativamente la investigación física, química, puede ser iluminada por lo que le pueda ser comunicado desde la observación oculta, y cómo ésta sólo hace comprensible lo que se presenta a la vista externa inmediata.

Así podemos decir: En el organismo humano, en la sangre, tenemos procesos que son estimulados por la influencia del mundo exterior, que son de naturaleza físico-sensorial; pero también tenemos procesos en la sangre que llegan desde el interior y que se basan en el almacenamiento de nutrientes que han sido filtrados y alterados en grado sumo. Si tenemos esto en cuenta, la sangre nos parecerá tanto más significativa como "un fluido muy especial", ya que, por un lado, vuelca su esencia hacia el reino más bajo, más bajo conocido por nosotros y se muestra como una materia capaz de llevar a cabo procesos químicos externos para poder ser una herramienta para el yo. Por otro lado, la sangre es la sustancia más protegida para llevar a cabo procesos internos que no pueden realizarse en ningún otro lugar, ya que todos los demás procesos orgánicos son necesarios como requisito previo para ello.

Los procesos más finos, más elevados, que son estimulados desde las profundidades de nuestro organismo, se combinan en nuestra sangre con procesos físico-químicos tal como los vemos en todas partes del mundo. El mundo material físico-sensorial no se encuentra en ninguna otra sustancia tan directamente con otro mundo interior, que presupone la existencia, la actividad de sistemas de poder suprasensibles, como en nuestra sustancia sanguínea. En ninguna otra sustancia es esto tan evidente como en la sangre que fluye por nuestro organismo. Esta sangre es, en efecto, algo en lo que lo más bajo que el hombre puede ver a su alrededor se combina con lo más alto que puede formarse orgánicamente en su naturaleza. Por lo tanto, nos quedará claro que en relación con estos complicados procesos que tienen lugar en la sangre tenemos ante nosotros algo que, si se vuelve algo irregular o si se producen perturbaciones, debe causar en gran medida irregularidades en nuestro organismo en su conjunto. Y cuando se producen tales irregularidades, debemos considerar siempre cómo han surgido. Será difícil distinguir si tenemos que atribuir estas irregularidades en casos individuales a procesos que siguen el patrón de los procesos físico-químicos, o si corresponden a otros procesos de la sangre. Si las irregularidades siguen el patrón de los procesos físico-químicos, entonces debemos darnos cuenta de que deben ser tratadas desde el lado de la conciencia, en el sentido de que la conciencia está conectada con el plano físico. Aquí se abre un campo terapéutico cuyo rasgo característico es observar si ciertas irregularidades están conectadas con tales procesos que podemos llamar físico-químicos. En esta condición es favorable intervenir mediante impresiones externas, mediante una regulación adecuada de las impresiones externas que pueden causar estos procesos físico-químicos. Esto se refiere no tanto a las impresiones mentales-espirituales como a todo lo que podemos provocar regulando el proceso respiratorio y controlando los procesos de interacción entre el organismo interior y el mundo exterior a través de la piel.

No obstante, también podemos observar los procesos orgánicos más finos en la sangre desde el otro lado, y debemos darnos cuenta de que tenemos que ver esto como la tercera etapa del refinamiento de nuestras sustancias alimenticias preprocesadas, por así decirlo. Si en el organismo sanguíneo esos finos procesos de formación de sal, licuefacción y calor son causados por procesos externos, es decir, están determinados desde fuera en su curso químico, entonces podemos preguntarnos por otro lado qué determina los procesos en la sangre desde el lado interno. Debemos distinguir entre la tarea que tiene la sangre y el hecho de que debe ser alimentada como cualquier otro órgano. Al mismo tiempo, debemos reconocer que es el órgano que se encuentra en el nivel más alto de la actividad orgánica. Se trata de lo que podemos llamar el soporte interior de la vida humana. Por encima de todo, la sangre debe ser protegida del mundo externo que actúa directamente en ella por medio de sustancias alimenticias, de lo contrario se impedirá su actividad como instrumento de nuestro pensar, se perturbará el proceso que hemos descrito anteriormente como proceso de deposición de sales. Esta protección debe emanar de la propia sangre; la cual debe ser capaz de construir un sistema óseo espiritual, por así decirlo, dirigido hacia el lado espiritual a través de los procesos de deposición de sales que se repiten diariamente. Esta es una tarea de la sangre que la distingue de otros órganos. Ella recibe el mínimo apoyo de los otros órganos del organismo humano. Los demás órganos participan mínimamente en este proceso de formación de sal en la sangre, de modo que la sangre es lo más interiorizado en relación con los procesos causados por el pensar, del mismo modo que nuestros pensamientos son, de hecho, lo más interiorizado que tenemos. Con nuestros sentimientos nos situamos en el límite entre el exterior y el interior, y con sus impulsos de voluntad el hombre fluye tan fuertemente hacia el exterior que puede no reconocerse en absoluto. El hombre siempre se reconocerá en su pensar. pero no en sus impulsos de voluntad. Se puede ver que no está tan claro cómo surgen los impulsos de la voluntad del hecho de que hay tanta controversia en el mundo sobre la libertad y la falta de libertad de la voluntad humana. En nuestro pensar, tenemos pues la parte más íntima de lo que la sangre tiene que desempeñar como instrumento del yo. Y como el proceso de deposición de sales es el más interiorizado y también debe ser el más protegido, las irregularidades o anormalidades de la sangre también son las que más pueden obstaculizar esta actividad de la sangre. Y cuando nos damos cuenta de que la sangre está tan obstaculizada que ya no muestra su actividad en este sentido, debemos ser conscientes de que debe ser estimulada a una actividad regular cuando su propia vida ha caído por debajo de un cierto límite.

Sin embargo, también puede darse el otro caso, en el cual la actividad interna de la sangre sobrepasa cierto nivel y esta vida propia se vuelve más turbulenta. Este es, con mucho, el caso más importante, porque se da con mucha más frecuencia en las enfermedades. En los casos más raros se trata de lo contrario. Normalmente nos encontramos con el hecho de que la actividad de los órganos internos, por lo demás protegidos, se estimula con demasiada fuerza y tiene el mismo efecto en el sistema sanguíneo. Si la sangre se muestra de tal manera que quiere desarrollarse excesivamente en la dirección de la actividad de la voluntad, entonces este impulso debe ser contrarrestado terapéuticamente. Podemos hacerlo suministrando sustancias que conduzcan a la formación normal de sal, a la deposición normal de sal en el sentido de los procesos mentales y espirituales. Esto nos lleva a darnos cuenta de que se puede introducir un cierto sistema en la manera de contrarrestar tales irregularidades en nuestro organismo. Por supuesto, sólo podemos señalar esto aquí, ya que una explicación más detallada iría más allá de los límites de este ciclo de conferencias.

Así como tuvimos que atribuir las enfermedades a la actividad excesiva del sistema sanguíneo, también podemos preguntarnos cómo podemos ayudar a los órganos de nuestro mundo astral interior, nuestro sistema del mundo interior, bazo, hígado, vesícula biliar y demás, si están demasiado activos en su actividad interior. Sobre todo, debemos tener en cuenta que estos órganos están destinados a tener efecto hasta la circulación sanguínea, que tienen que tomar las sustancias nutritivas tal como son suministradas por el canal digestivo, y que tienen que conducirlas en actividad transformada a la sangre, que son así los mediadores entre estos dos sistemas. Así como el sistema sanguíneo resulta ser el instrumento de la mayor actividad interior, de la vida mental consciente, también es estimulado a una actividad que se muestra relacionada con nuestra vida emocional, que ya hemos descrito como un proceso de condensación interior, de licuefacción interior. Aquí la sangre, -aparte de las influencias externas-, es estimulada por la actividad de los sistemas del mundo interior, que pueden irradiar sus efectos en la sangre de su manera característica. Nos hemos referido aquí a una actividad en la sangre que ya va más allá de la vida propia de la sangre, pero cuya causa pertenece al sistema del mundo interior. Ahora podemos plantear la pregunta: ¿No pueden estos órganos, -hígado, vesícula biliar, bazo, riñones, pulmones, corazón-, desarrollar también una actividad demasiado intensa, una vida desbordante y, por tanto, una influencia irregular sobre la sangre? Y si lo hacen, ¿Cómo podemos, -de forma similar a la sangre-, paralizar terapéuticamente la excesiva actividad de estos órganos? Puesto que estos órganos están directamente conectados con el sistema astral cósmico, debemos suministrar sustancias que desarrollen la actividad de la vida cósmica. Del mismo modo que podemos evitar la actividad exagerada interior de la sangre suministrando sustancias salinas, podemos amortiguar y contrarrestar la actividad patológica de los órganos internos suministrando sustancias cuya energía corresponda a la de los órganos en cuestión y que sean adecuadas para volver a ponerlos en armonía con la regla general.

Así que ahora nos surge la pregunta: ¿Cómo podemos influir en estos órganos? ¿Cómo podemos tratar las irregularidades de cada uno de los sistemas orgánicos y también del sistema digestivo? Esto plantea la pregunta: ¿Cómo se nos presenta un cuadro clínico en el sentido oculto-fisiológico y cómo se pueden curar los síntomas?  Tendremos que responder a esto mañana y también tomar en consideración el sistema muscular, por ejemplo. Nuestras consideraciones terminarán mostrando cómo aquello que se nos presenta como un admirable organismo definido y terminado se anuncia claramente como un organismo en devenir en la vida germinal. Entonces nos quedará claro con toda naturalidad cómo participan los miembros suprasensibles en la organización humana.

Traducido por J.Luelmo mar,2024

GA059 Berlín, 3 de marzo de 1910 Enfermedad y Curación - La importancia del dormir

   Índice 

CAMINOS DE LAS EXPERIENCIAS DEL ALMA

ENFERMEDAD Y CURACIÓN - LA IMPORTANCIA DEL DORMIR

RUDOLF STEINER


XIV conferencia

Berlín, 3 de marzo de 1910

Por las conferencias que pude dar aquí este invierno, los que han sido oyentes más o menos permanentes probablemente se hayan dado cuenta con claridad de que dicho ciclo de conferencias trataba una serie de incisivas cuestiones del alma. La exposición de hoy sobre la naturaleza de la enfermedad y la naturaleza de la curación, debe darse también desde el punto de vista de una cuestión del alma. 

Lo que se puede decir desde el punto de vista de la ciencia espiritual sobre los hechos correspondientes de la vida, en la medida en que no son más que manifestaciones físicas de causas espirituales, se ha tratado aquí en conferencias anteriores - por ejemplo en la conferencia "¿Cómo comprendemos la enfermedad y la muerte?", sobre la "falsa enfermedad" y la "febril búsqueda de la salud". Hoy trataremos cuestiones mucho más profundas en la comprensión de la enfermedad y la curación. 

La enfermedad, la curación o incluso el desenlace fatal de tal o cual enfermedad tienen un profundo efecto en la vida humana. Y si nos hemos preguntado repetidamente por todas las condiciones previas, por los fundamentos espirituales de las cosas en las que se basan nuestras observaciones aquí, entonces también podemos preguntar por las causas espirituales de estos incisivos hechos y experiencias de la existencia humana. En otras palabras, podemos plantear la pregunta:  ¿Qué tiene que decir la ciencia espiritual sobre estas experiencias? 

Sin embargo, aquí una vez más tendremos que profundizar en todo el significado del desarrollo de esta vida humana, para darnos cuenta de cómo pueden producirse en el transcurso normal del desarrollo humano, la enfermedad, la salud, la muerte y la curación.  Porque en el fondo vemos los fenómenos mencionados como si formaran parte del desarrollo normal del ser humano. ¿Aportan acaso algo a nuestro desarrollo? En otras palabras, ¿Nos hacen avanzar o retroceder en nuestro desarrollo? Sólo podemos llegar a un concepto claro de estos fenómenos si consideramos también la naturaleza global del ser humano. 

A menudo hemos descrito aquí esta naturaleza total, de tal manera que está compuesta por los cuatro miembros reales del ser humano: en primer lugar, el cuerpo físico, que el hombre tiene en común con todos los seres minerales de su entorno, los cuales tienen sus formas a partir de las fuerzas y leyes físicas y químicas que les son inherentes. Siempre hemos llamado al segundo miembro del ser humano cuerpo etérico o vital y podríamos decir que, tal como hablamos de él, el hombre lo tiene en común con todos los seres vivos, es decir, con las entidades vegetales y animales de su entorno. Después nos hemos referido al cuerpo astral, que el hombre tiene como tercer miembro de su ser; éste tercer miembro es el portador del placer y del sufrimiento, de la alegría y del dolor, de todas las sensaciones, ideas, pensamientos, etc., que suben y bajan en nuestro interior desde la mañana hasta la noche. El ser humano sólo tiene este cuerpo astral en común con el mundo animal que le rodea. Y luego hemos considerado siempre el miembro más elevado del ser humano, que hace de él la cumbre de la creación terrestre, el portador de su yo, de su autoconciencia. Cuando consideramos estos cuatro miembros, en primer lugar podemos decirnos: Nos parece, -incluso en la observación superficial-, que hay una cierta diferencia entre estos cuatro miembros.  Tenemos ante nosotros el cuerpo humano físico cuando miramos al ser humano, cuando nos miramos a nosotros mismos desde fuera. Los órganos de los sentidos físicos externos pueden percibir lo que llamamos el cuerpo humano físico. Con el pensar que está ligado a estos órganos físicos, es decir, con el pensar que está ligado al instrumento del cerebro, podemos comprender este cuerpo físico del hombre. Por tanto, él se nos muestra cuando lo miramos desde fuera.

La relación con el cuerpo astral humano es muy diferente. Ya habremos comprendido por las descripciones precedentes, que el cuerpo astral es, por así decirlo, un hecho exterior sólo para la verdadera conciencia clarividente; que sólo ésta, mediante el entrenamiento de la conciencia ya muchas veces caracterizado, puede ver el cuerpo astral en cierto modo igual que ve el cuerpo físico.  Para la vida normal, el cuerpo astral del hombre no es perceptible desde el exterior; el ojo sólo puede ver las manifestaciones de los impulsos, deseos, pasiones, pensamientos, sentimientos, etc., que suben y bajan dentro de él. En cambio, el propio hombre percibe estas experiencias de su cuerpo astral en su interior. Percibe lo que llamamos instintos, deseos, pasiones, alegría y dolor, placer y sufrimiento. Por tanto podemos decir que el cuerpo astral se relaciona con el cuerpo físico de tal manera, que en la vida humana normal miramos al primero desde dentro, pero al cuerpo físico desde fuera. 

Los otros dos miembros de la naturaleza humana, el cuerpo etérico y el portador del yo, se sitúan en cierta relación entre estos extremos exteriores. El cuerpo físico debe percibirse puramente externo, el cuerpo astral puramente interno. Pero el eslabón intermedio entre el cuerpo físico y el cuerpo astral es el cuerpo etérico. Éste no puede ser percibido desde el exterior, pero actúa exteriormente. En la vida ordinaria del hombre actúa exteriormente de tal manera que podemos decir: "Lo que el cuerpo astral desarrolla en facultades, en experiencias internas, debe transferirse primero al cuerpo etérico; sólo entonces puede intervenir en las herramientas físicas, en el cuerpo físico". Así pues, el cuerpo etérico actúa como eslabón intermedio entre el cuerpo astral y el cuerpo físico. Este cuerpo etérico o cuerpo vital conduce, pues, del exterior al interior. Ya no podemos verlo con los ojos físicos. Pero lo que podemos ver con los ojos físicos es sólo un instrumento del cuerpo astral porque el cuerpo etérico trabaja hacia fuera en el cuerpo físico. 

En cierto sentido, lo que llamamos el yo humano va de nuevo de dentro hacia fuera, mientras que el cuerpo etérico va de fuera hacia dentro, hacia el cuerpo astral. Porque a través del yo, y de lo que éste hace del cuerpo astral, el hombre se convierte en conocedor del mundo exterior, del medio físico del cual se toma el propio cuerpo físico. La vida animal procede sin individualidad, sin cognición personal, porque el animal no tiene este yo personal; porque el animal vive todas sus experiencias del cuerpo astral interiormente, pero no utiliza su placer ni su sufrimiento, simpatía o antipatía, para adquirir cognición del mundo exterior. Lo que llamamos placer y sufrimiento, alegría y dolor, simpatía o antipatía, son en verdad experiencias del cuerpo astral en el animal; pero el animal no utiliza su placer para exultar en la belleza del mundo, sino que permanece dentro de ese elemento que le proporciona placer. El animal vive directamente en su dolor; el dolor del hombre le conduce más allá de sí mismo a un mayor esclarecimiento sobre el mundo, porque el yo le lleva de nuevo fuera y le reúne con el mundo exterior. Así vemos cómo, por un lado, el cuerpo etérico apunta hacia dentro, hacia el cuerpo astral, en cambio el yo del hombre conduce hacia fuera, hacia el mundo exterior, hacia el mundo físico que nos rodea. 

Ahora bien, hemos subrayado a menudo que el hombre lleva una vida alternante. Podemos observar esta vida alternante todos los días. Desde que se despierta por la mañana, en el alma del hombre vemos, todas las experiencias del cuerpo astral que fluyen arriba y abajo, alegría y dolor, placer y sufrimiento, sensaciones, representaciones, etcétera. Vemos cómo estas experiencias se hunden por la noche en una oscuridad indefinida, vemos cómo el cuerpo astral y el yo pasan al estado de inconsciencia o, quizás mejor dicho, de subconsciencia. Ya hemos subrayado la razón de que el hombre pase cada día por estos estados alternos. Si consideramos al ser humano despierto tal como se presenta desde la mañana hasta la noche, el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo están entrelazados y son interdependientes en sus efectos. Cuando el ser humano se duerme por la noche, desde la consciencia del ocultista se apercibe que mientras el cuerpo físico y el cuerpo etérico permanecen acostados en la cama, en cambio el cuerpo astral y el yo, se desprenden de los cuerpos físico y etérico y entran en su verdadero hogar, el mundo espiritual. Es posible describir esto de una manera aún diferente que nos permitirá abordar el presente tema de la manera apropiada.

Podemos decir que lo que hemos llamado cuerpo físico, y que debíamos llamar aquello que sólo nos presenta su lado exterior, sale al mundo físico como el hombre exterior cuando duerme y se lleva consigo el cuerpo etérico, el mediador entre lo exterior y lo interior. Por lo tanto, en el ser humano dormido no puede haber mediación entre lo exterior y lo interior, porque el cuerpo etérico, el mediador, ha salido al mundo exterior. Por consiguiente, podemos decir en cierto sentido que en el ser humano durmiente el cuerpo físico y el cuerpo etérico sólo son el ser humano exterior; podemos, por así decirlo, describir el cuerpo físico y el cuerpo etérico como el "ser humano exterior", aunque el cuerpo etérico sea el mediador de lo exterior a lo interior. Por el contrario, para la persona dormida podemos describir el cuerpo astral y el yo como "el hombre interior". Y también podemos hacer esto con el ser humano despierto debido a que todas las experiencias del cuerpo astral se experimentan interiormente en el estado normal, y porque aquello que el yo puede reconocer del mundo exterior en la vida de vigilia también es absorbido por el ser humano interior para ser procesado allí como conocimiento. Mediante el yo lo exterior se convierte en interior. Todo esto muestra que podemos hablar de un ser humano "exterior" y un ser humano "interior"; el ser humano exterior consiste en el cuerpo físico y el cuerpo etérico, el ser humano interior consiste en el yo y el cuerpo astral. 

Ahora echemos un vistazo a la llamada vida humana normal en lo que respecta a su desarrollo. Preguntémonos: ¿Por qué un ser humano regresa cada noche con su cuerpo astral y su yo a un mundo espiritual? ¿Tiene esto algún sentido? ¿Tiene este recogerse al estado dormido un significado para el hombre? Estas cosas ya han sido insinuadas aquí, pero las necesitamos para nuestras exposiciones actuales. Debemos aprender sobre el desarrollo normal para que, mediante las leyes aparentemente anormales de la naturaleza, poder ver que es lo que se manifiesta tanto en la enfermedad como en la curación. ¿Por qué el hombre entra al estado de dormir cada noche? 

Esto podemos comprenderlo sólo cuando visualizamos toda la relación del cuerpo astral y del yo con lo que hemos llamado el "ser humano exterior". Hemos llamado al cuerpo astral el portador del placer y del sufrimiento, de la alegría y del dolor, del instinto, del deseo, de la pasión, de todos los vaivenes de concepciones, percepciones, representaciones y sensaciones. Pero puesto que el cuerpo astral es el portador de todo esto, ¿Cómo es que por la noche el hombre no tiene estas experiencias en absoluto, cuando el hombre interior real está unido de tal modo con su cuerpo astral y cuando los cuerpos físico y etérico no están presentes? Entonces ¿Cómo es que estas experiencias se hunden en una oscuridad indefinida? ¿Cuál es la razón? La razón es que el cuerpo astral y el yo, aunque son portadores de alegría y dolor, juicio, imaginación y demás, no pueden experimentar directamente todo aquello de lo que son portadores. En nuestra vida humana, el cuerpo astral y el yo, para tener sus propias experiencias, dependen de sumergirse en los cuerpos físico y etérico en estado normal, (de vigilia). Eso que tenemos ante nosotros como nuestra vida anímica no es algo que el cuerpo astral experimente directamente. Si así fuera, también tendríamos que experimentarlo por la noche, cuando estamos con nuestro yo junto al cuerpo astral. Eso es como un reflejo o imagen especular de lo que tenemos ante nosotros en la vida anímica diurna. Los cuerpos físico y etérico nos reflejan lo que experimentamos en el cuerpo astral, como a través de un espejo o a través de un eco. Todo lo que nuestra alma evoca en nosotros desde que nos despertamos hasta que nos dormimos, sólo nos lo puede evocar, gracias a ver sus propias experiencias reflejadas en ese espejo que está formado por el cuerpo físico y el cuerpo etérico o vital. En el momento en que salimos del cuerpo físico y del cuerpo etérico por la noche, tenemos todas las experiencias del cuerpo astral dentro de nosotros, pero no somos conscientes de ellas, porque nos falta el efecto espejo o eco del cuerpo físico y del cuerpo etérico que son causantes de la toma de conciencia, y sin ellos no hay conciencia. 

De modo que en toda nuestra vida, a medida que transcurre desde la mañana cuando nos despertamos hasta la noche cuando nos vamos a dormir, vemos una interacción entre el hombre interior y el exterior, o sea entre el yo y el cuerpo astral por un lado y el cuerpo físico y el cuerpo etérico por el otro. Las fuerzas que actúan en esta interacción son las fuerzas del cuerpo astral y del yo. Pues el cuerpo físico, como suma total de órganos físicos, nunca podría hacer surgir desde sí mismo nuestra vida anímica, ni tampoco el cuerpo etérico. Las fuerzas para provocar esta imagen especular proceden del cuerpo astral y del yo, igual que lo que vemos en el espejo no procede del espejo, sino de lo que se refleja en el espejo. Así pues, todas las fuerzas que hacen surgir nuestra vida anímica se hallan en el cuerpo astral y en el yo, en el hombre interior; y están activas en esa interacción entre los mundos exterior e interior. Vemos que estas fuerzas trabajan en nuestra vida anímica durante el día, interactuando, irradiando, por así decirlo, hacia el cuerpo físico y el cuerpo astral. Pero también las vemos entrar en un estado hacia el atardecer que llamamos "fatiga". Las vemos desgastarse, consumirse Y no podríamos continuar nuestras vidas si no fuéramos capaces de entrar cada noche en un mundo diferente de aquel en el que vivimos desde la mañana hasta la noche. En ese mundo podemos, por así decirlo, reconstruir la vida del alma. Esto podemos hacer con las fuerzas del cuerpo astral. Pero estas fuerzas también se gastan y no podemos reemplazarlas desde la vida cotidiana. Sólo podemos reemplazarlas desde el mundo espiritual; desde el mundo en el que entramos cada noche. Este es el significado del dormir. No podríamos vivir sin entrar en el mundo nocturno y extraer de allí la energía que consumimos durante el día. De modo que podemos decir que cada noche extraemos del mundo espiritual la energía que utilizamos desde la mañana hasta la noche. Esto responde a la pregunta: ¿Qué traemos al mundo físico cuando entramos en nuestros cuerpos etérico y físico? Así que ahora lo sabemos.  

Acaso ¿No llevamos nada del mundo físico al mundo al que vamos cuando dormimos? Esta es la otra pregunta, y es tan importante como la primera. 

Para responder a esta pregunta, sin embargo, tenemos que fijarnos en algunas cosas que ya son evidentes en la vida humana ordinaria. En la vida ordinaria tenemos las llamadas experiencias. Estas experiencias toman un extraño rumbo en nuestras vidas entre el nacimiento y la muerte. ¿Cómo se nos presenta este rumbo? Podemos verlo utilizando un ejemplo que se ha mencionado a menudo aquí: el ejemplo del aprendizaje de la escritura. Cuando ponemos la pluma sobre el papel para expresar nuestros pensamientos, estamos practicando el arte de escribir. Podemos escribir. ¿Pero qué presupone eso? Presupone haber tenido toda una serie de experiencias en un cierto período de existencia entre el nacimiento y la muerte. Recuerden cuanto tuvimos que pasar para poder expresar nuestros pensamientos poniendo el bolígrafo sobre el papel y simplemente "escribiendo". Piensen en lo que tuvieron que pasar cuando eran niños, desde el primer intento torpe de coger el bolígrafo y ponerlo en el papel, etcétera. A continuación podrían decir: menos mal que no tenemos que recordar todo eso, porque sería terrible que cada vez que escribiéramos tuviéramos que recordarlo todo, todos los intentos fallidos de hacer trazos, quizá también los castigos que conllevaron, etcétera, para desarrollar lo que llamamos el arte de escribir. ¿Qué ocurrió allí? Lo que llamamos, en un sentido eminente, un desarrollo en la vida humana entre el nacimiento y la muerte. Hemos pasado por toda una serie de experiencias. Estas experiencias duraron mucho tiempo; luego se aglutinaron, por así decirlo, y formaron un extracto, y este extracto es lo que llamamos la "habilidad" de escribir. Todo lo demás se ha hundido en una vaga oscuridad de olvido. Pero no necesitamos recordarlo, porque a partir de ello ha evolucionado una fase de desarrollo de nuestra alma. Así que nuestras experiencias se aglutinan en extractos, en esencias, que aparecen como nuestra capacidad, como nuestra eficiencia y nuestras habilidades en la vida.  Este es nuestro desarrollo en la existencia entre el nacimiento y la muerte. Las experiencias se transforman inicialmente en habilidades espirituales, que pueden, sin embargo, llevarse a cabo mediante herramientas físicas externas. Toda experiencia personal entre el nacimiento y la muerte tiene lugar de tal manera que las experiencias se transforman en habilidades o también en lo que llamamos sabiduría. 

Podemos visualizar cómo se produjo la transformación si observamos el periodo comprendido entre 1770 y 1815 (*). Durante este periodo, tuvo lugar un gran y poderoso acontecimiento en la historia del mundo. Un gran número de personas fueron contemporáneas de este acontecimiento. Preguntémonos cómo se sintieron estos contemporáneos al respecto. Para algunos de ellos, las experiencias pasaron desapercibidas. No transformaron las experiencias en conocimiento del mundo, en sabiduría del mundo. Otros se formaron una profunda sabiduría de la vida, es decir, un extracto de ella. 

¿Cómo se forman en el alma las capacidades y la sabiduría a partir de las experiencias? Tomando las experiencias, tal y como nos llegan por primera vez, noche tras noche en nuestro estado dormido; en esas regiones en las que el alma o el hombre interior habita entre la noche y la mañana. Allí él transforma en extractos, en esencias, lo que es experiencia durante un cierto período de tiempo. Quien puede observar la vida sabe que si ha de dominar una serie de experiencias y encadenarlas en un solo arte, entonces es necesario transformar estas experiencias en los correspondientes períodos durmiendo. Por ejemplo, la mejor manera de memorizar algo es aprenderlo, consultarlo con la almohada, aprenderlo de nuevo, consultarlo de nuevo con la almohada. Cuando él no puede sumergir las experiencias mientras duerme para dejarlas salir como habilidades o en forma de sabiduría o arte, entonces no es capaz de experimentar un desarrollo en estas experiencias. 

En este caso nos enfrentamos, en un nivel superior, a lo mismo que hace la planta por necesidad en un nivel inferior: la planta de este año no puede convertirse en la planta del año siguiente si no regresa a la indeterminación del vientre de la tierra y vuelve a crecer al año siguiente. La evolución en este caso consiste en una repetición. Allí donde lo hemos iluminado en el caso del hombre, se trata de un verdadero "desarrollo"; allí las experiencias se hunden en la matriz nocturna del inconsciente, y vuelven a salir, ciertamente en una repetición, pero para ser finalmente transformadas a tal punto, que puedan surgir como sabiduría, como capacidades, como experiencias vitales. 

Así se entendía la vida en tiempos en los que se podía ver más profundamente en los mundos espirituales de lo que hoy puede hacer la observación externa. Por eso cuando los guías culturales de la antigüedad nos quieren contar cosas especiales en imágenes, encontramos alusiones a principios tan extraños de la vida humana. Preguntémonos: ¿Qué tendría que hacer si alguien quisiera evitar que una serie de experiencias cotidianas prendieran en su alma y se transformaran en algún tipo de habilidad? Preguntémonos esto, por ejemplo, acerca de una experiencia muy significativa del alma, la experiencia que se desarrolla cuando alguien experimenta una determinada relación con otra personalidad durante un largo período de tiempo. En el caso de experiencias con otra personalidad, éstas se hunden en la conciencia nocturna y a partir de ella vuelven a nacer como lo que llamamos amor por la otra personalidad, que, cuando es sano, es como un extracto de las experiencias sucesivas. El sentimiento de amor por la otra personalidad ha surgido porque la suma de las experiencias se ha acumulado en un extracto, como cuando moldeamos las experiencias en una urdimbre. ¿Qué tendría que hacer alguien si quisiera impedir que una serie de experiencias se convirtiera en amor? Él tendría que aplicar un arte especial: Tendría que impedir el proceso natural en la noche, a causa del cual nuestras vivencias se transformen en la esencia, en el sentimiento de amor; disolviendo de nuevo en la noche lo que él ha entretejido de las vivencias diurnas. Si es capaz de hacer esto, entonces consigue que su alma pase sin dejar rastro, lo que es apto para transformar la experiencia de la otra personalidad en su alma en un sentimiento de amor. 

Homero quiso señalar estas profundidades del alma humana presentando la imagen de Penélope, que tiene la experiencia con la hueste de pretendientes: ella  ha prometido casarse con cada uno de ellos cuando haya terminado un determinado tejido; sólo que evita cumplir la promesa desenredando siempre de noche lo que ha tejido de día. Vemos inmensas profundidades de experiencia donde los videntes son también artistas. Hoy tenemos poca sensibilidad para esto y declararemos arbitrarias tales interpretaciones de poetas que también fueron videntes o incluso las interpretaremos como fantasías. Esto no afecta en nada a los antiguos poetas ni tampoco a la verdad, sino a lo sumo a nuestra época, a la que así se le impide adentrarse en las profundidades de la vida humana. 

Por la noche llevamos algo al alma, que también volvemos a sacar. En ella tomamos lo que el alma desarrolla entre el nacimiento y la muerte y la eleva a niveles cada vez más altos de capacidades. Pero ahora nos preguntamos: ¿Dónde está el límite de este desarrollo del ser humano? Podemos aprender a reconocer este límite si tenemos en cuenta que cuando el hombre se despierta por la mañana, siempre encuentra el mismo cuerpo físico y el mismo cuerpo etérico con sus capacidades y disposiciones, con la configuración interior con la que fueron dotados desde el nacimiento del hombre.  El hombre no puede cambiar nada en esta conformación, en estas configuraciones y formas internas del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Si él pudiera llevarse el cuerpo físico, o al menos el cuerpo etérico, consigo al estado de dormido, entonces podría cambiarlos. Se los encuentra por la mañana tal y como los dejó por la noche. Aquí tenemos un claro límite de lo que es capaz el desarrollo en la vida entre el nacimiento y la muerte. Este desarrollo entre el nacimiento y la muerte se limita esencialmente a la experiencia espiritual; no puede extenderse a la experiencia física. 

No tenemos más que darnos cuenta de que por muchas oportunidades que tenga una persona de someterse a experiencias externas que puedan enriquecerle musicalmente, que puedan desarrollar una profunda vida musical en su alma, no podría desarrollarla si no hubiera recibido un oído musical, si la formación tanto física como etérica de su oído no le permitiera establecer una armonía entre el hombre exterior y el interior. Pero debemos ser claros al respecto: Para que el hombre sea un todo, todas las partes individuales de su naturaleza deben formar una unidad, una armonía. Por eso podemos decirnos a nosotros mismos: "Todo lo que una persona, -sin aptitudes musicales-, tiene la oportunidad de recibir como experiencias en sí mismo, experiencias que pudieran elevarlo a un nivel superior de experiencia musical, debe permanecer restringido al interior del alma, debe resignarse; no puede salir, porque en lo que constituyen la forma y la figura de los órganos internos traídos consigo, se traza el límite cada mañana". Entenderemos tal cosa cuando nos demos cuenta de que no se trata simplemente de la forma más grosera del cuerpo etérico y del cuerpo físico, sino de configuraciones muy sutiles. Debemos darnos cuenta de que, en nuestra vida actual, cada facultad anímica del ser humano debe expresarse a través de un órgano; y si el órgano no está formado de la manera apropiada, ésta no puede expresarse. Lo que la fisiología y la anatomía no pueden probar, ese sutil moldeado plástico en los órganos, eso es precisamente lo esencial; éstos escapan naturalmente a la anatomía y a la fisiología; pero precisamente es imposible transformarlos entre el nacimiento y la muerte. 

¿Es pues el hombre completamente incapaz de trabajar en sus cuerpos físico y etérico lo que recibe como experiencias y vivencias en su cuerpo astral y en su yo? 

Cuando observamos al hombre sabemos que, hasta cierto punto, es capaz incluso de moldear su cuerpo físico. Basta con mirar a una persona que haya pasado diez años de su vida en un profundo trabajo de pensamiento interior; sus gestos y su fisonomía habrán cambiado. Pero todo esto está ligado a estrechos límites. ¿Siempre está ligado a límites tan estrechos? 

Sólo podemos comprender que no siempre se ciñe a los límites más estrechos si apelamos a una ley que se ha mencionado aquí a menudo, pero que hay que señalar una y otra vez porque está muy alejada de nuestra vida contemporánea. Una ley que se puede comparar con la otra ley que se conquistó para la humanidad en el siglo XVII en un nivel inferior. 

Hasta el siglo XVII, la gente creía que los animales inferiores, los insectos y demás podían crecer a partir del barro del río. Creían que era mera materia lo que permitía que lombrices e insectos crecieran de él. Esta no era sólo una creencia de los legos, sino también de los sabios. Si nos remontamos a épocas anteriores, podemos encontrar cómo todo estaba sistematizado de tal manera que, por ejemplo, se indicaba lo que había que hacer para que la vida surgiera puramente del entorno. Por ejemplo, en un libro del siglo VII d.C. se describe que bastaba con golpear el cadáver de un caballo para obtener abejas; se podían obtener avispones de los bueyes y avispas de los burros. En aquella época se creía que los seres vivos crecían a partir de la sustancia del entorno inmediato. Y fue en el siglo XVII cuando el gran naturalista Francesco Redi pronunció por primera vez la frase: ¡Los seres vivos sólo pueden proceder de seres vivos! Por esta verdad, que hoy se da por sentada, de modo que nadie puede entender que alguien creyera alguna vez otra cosa, Redi fue considerado todavía en el siglo XVII como un grave hereje, que se libró por los pelos del destino de Giordano Bruno. 

Así sucede con tales verdades: Al principio, quienes las proclamaban eran considerados herejes y estaban sujetos a la Inquisición. En aquellos días, eran quemados o amenazados con la hoguera. Hoy en día, este tipo de inquisición se ha abandonado. Ya no son quemados. Pero aquellos que se sientan en la poltrona de la ciencia hoy en día, consideran como tontos y soñadores a aquellas personas que comunican una nueva verdad a un nivel superior. Hoy consideran tontos y soñadores a los que defienden la proposición que Francesco Redi expuso para los vivos en el siglo XVII de una manera diferente. Así como Redi hizo ver que es una manera inexacta de ver las cosas, creer que lo viviente puede crecer directamente de lo inanimado, sino que hay que retrotraerse a un viviente semejante, al germen que extrae las sustancias y las fuerzas de su entorno para desarrollarse en su propio sentido. Así también, quien hoy se sitúa en el terreno de la ciencia espiritual tiene que demostrar que lo que llega a la existencia al nacer como un ser anímico-espiritual deriva de un ser anímico-espiritual del mismo tipo, y que no está compuesto meramente de características heredadas. Del mismo modo que el germen de la lombriz de tierra se nutre de las sustancias para desarrollarse, así también el germen anímico-espiritual debe nutrirse de las sustancias de su entorno para desarrollarse. En otras palabras, si retrocedemos hasta lo anímico-espiritual en el hombre, llegamos a algo anímico-espiritual anterior, que está ahí antes del nacimiento, y que no tiene nada que ver con la herencia. Lo que en última instancia se deduce de la frase: Lo anímico-espiritual sólo puede provenir de lo anímico-espiritual - esto conduce al principio de las vidas terrenales repetidas, del que pueden convencerse si se involucran más profundamente en la ciencia espiritual. Nuestra vida entre el nacimiento y la muerte conduce de vuelta a otras vidas por las que hemos pasado anteriormente. Lo anímico-espiritual proviene de lo anímico-espiritual, y en lo anímico-espiritual del pasado radican las causas de lo que ahora experimentamos entre el nacimiento y la muerte. Y cuando atravesamos la puerta de la muerte, nos llevamos con nosotros aquello que hemos absorbido en esta vida y desarrollado en capacidades a partir de causas. Lo que nos llevamos con nosotros cuando entramos en un mundo anímico-espiritual a través de la puerta de la muerte, lo traemos de vuelta cuando entramos en la existencia mediante un nuevo nacimiento en el futuro. 

En el periodo entre la muerte y el nuevo nacimiento nos encontramos en una situación diferente a cuando entramos en el mundo espiritual cada noche a través del estado durmiente, del que volvemos a despertar por la mañana. Cuando nos despertamos por la mañana, encontramos nuestros cuerpos etérico y físico tal como estaban por la noche. No podemos trabajar en ellos lo que nos ha pasado en la vida entre el nacimiento y la muerte. En el cuerpo etérico y el cuerpo físico ya terminados hemos encontrado un límite. Pero cuando atravesamos la puerta de la muerte hacia un mundo espiritual, desechamos el cuerpo físico y etérico y nos llevamos sólo la esencia del cuerpo etérico. Ya estamos en el mundo espiritual y no necesitamos tener en cuenta un cuerpo físico ni un cuerpo etérico existentes. En todo el tiempo desde la muerte hasta el nuevo nacimiento el hombre puede entonces trabajar con fuerzas puramente espirituales; porque allí trata con sustancias puramente espirituales. Él saca del mundo espiritual lo que necesita para formar un arquetipo de un nuevo cuerpo físico y etérico, en el que se trabajan ahora las cosas que no pudo trabajar en el cuerpo físico y etérico anterior. Así el hombre forma un prototipo de sus cuerpos físico y etérico hasta el nuevo nacimiento, un arquetipo puramente espiritual en el que se entretejen las experiencias en relación con las cuales el alma tuvo que resignarse entre el nacimiento y la muerte. Después llega el momento en que el arquetipo ha llegado a su conclusión, y en que el ser humano podrá formar en el cuerpo físico y etérico plástico aquello que ha absorbido en su arquetipo; es cuando el arquetipo espiritual coopera en ese estado dormido que el ser humano experimenta ahora. 

Si el hombre pudiera traer consigo el cuerpo físico y el cuerpo etérico cada mañana al despertar, entonces podría formarlo a partir del mundo espiritual; pero entonces también tendría que volver a moldearlo. Pero con el nacimiento el hombre despierta de un estado dormido; pues nacer significa despertar de un estado dormido que de hecho incluye el cuerpo físico y el cuerpo etérico en el estado prenatal. Aquí es donde el cuerpo astral y el yo descienden al mundo físico, al cuerpo físico y al cuerpo etérico, que ahora pueden formar plásticamente, y donde pueden moldear en el cuerpo terminado todo lo que no pudieron moldear en él en la vida anterior. Ahora, en una nueva vida, pueden expresar en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico aquello que pueden ascender como etapa superior de desarrollo, pero que no pudieron ascender en la vida anterior porque el cuerpo etérico y el cuerpo físico acabados se lo impidieron. 

Así vemos cómo el hombre efectivamente se despierta del mundo espiritual al nacer, pero de tal manera que ahora trae consigo otras fuerzas de las que traería por la mañana de este mismo mundo espiritual en los períodos en los que duerme. En la mañana sólo traemos con nosotros las fuerzas que pueden desarrollar nuestra vida anímica entre el nacimiento y la muerte. Aquí no somos capaces de influir en los otros miembros de nuestro ser. Pero cuando venimos a la existencia desde el mundo espiritual al nacer, traemos con nosotros las fuerzas que tienen un efecto remodelador plástico sobre el cuerpo físico y el cuerpo etérico, es decir, que aseguran un desarrollo en el que ahora si están incluidos el cuerpo físico y el cuerpo etérico.  

Si no se pudieran destruir los cuerpos físico y etérico, si el cuerpo físico no pudiera pasar por la muerte, entonces no podríamos incluir nuestras experiencias en el desarrollo. Aquí es donde debemos decir que por mucho que esperemos la muerte con miedo y horror y sintamos sufrimiento y dolor ante la muerte que nos ha de sobrevenir, sólo podemos decir esto si miramos el mundo desde un punto de vista más que personal: ¡Casi debemos desear la muerte! Pues sólo ella nos da la oportunidad de destruir este cuerpo para construir uno nuevo en la siguiente vida, de modo que podamos traer a la vida todos nuestros frutos terrenales. 

Así pues, en el curso normal de la evolución humana actúan conjuntamente dos corrientes: una interior y otra exterior. Estas dos corrientes se nos muestran lado a lado en el cuerpo físico y el cuerpo etérico por un lado y en el cuerpo astral y el yo por el otro. ¿Qué puede hacer el ser humano entre el nacimiento y la muerte en relación con el cuerpo físico y el cuerpo etérico? No sólo se desgasta el cuerpo astral por la vida del alma, sino que también se desgastan los órganos del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Ahora se hace evidente lo siguiente: Mientras el cuerpo astral está en un mundo espiritual durante la noche, también trabaja simultáneamente sobre el cuerpo físico y el cuerpo etérico para devolverlos al estado en que se encuentran normalmente. Sólo en el estado dormido por la noche, puede restaurarse en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico lo que ha sido destruido durante el día. Así vemos cómo el cuerpo físico y el cuerpo etérico también se crean a partir del mundo espiritual. Pero hay un límite: la constitución y configuración del cuerpo físico y del cuerpo etérico se dan al nacer y permanecen iguales dentro de estrechos límites.  Vemos, por así decirlo, dos corrientes trabajando juntas en el desarrollo del mundo, que no podemos armonizar fácilmente de forma abstracta. Quien tratara de pensar estas dos corrientes juntas con pensamientos abstractos, quien quisiera desarrollar una filosofía con un corazón ligero y decir: Bueno, sí, el hombre debe ser armonioso; por lo tanto las dos corrientes en el hombre deben estar en armonía - estaría muy equivocado. La vida no funciona según abstracciones; la vida funciona de tal manera que aquello con lo que soñamos en nuestras abstracciones sólo puede alcanzarse tras largos desarrollos. La vida funciona de tal manera que sólo produce estados de equilibrio, armonías, pasando por desarmonías. Así es el juego vivo en el hombre, que no ha de ser armonizado por el pensamiento sin más. Siempre significa pensar abstractamente y sobrio si queremos soñar armonía en una situación en la que la vida se desarrolla a través de la desarmonía hasta un estado de equilibrio. Pero este es el destino del desarrollo humano en general, que debemos tener la armonía en mente como meta, pero no la alcanzaremos si simplemente la soñamos en cualquier estado del desarrollo humano. 

Así que tal vez no nos resulte incomprensible que la ciencia espiritual diga que la vida es diferente, sin embargo, dependiendo de si la miramos desde el punto de vista del hombre interior o del exterior. Son dos puntos de vista diferentes. Quien quisiera unir estos dos puntos de vista con cualquier abstracción no tendría en cuenta que no existe un solo ideal, un solo criterio, sino tantos criterios como puntos de vista, y que es precisamente a través de la interacción de los diversos criterios como se puede encontrar la verdad. Podemos suponer, por tanto, que el punto de vista de la vida es quizá distinto en relación con el hombre interior que en relación con el hombre exterior. Podría tal vez aclararse por comparación que las verdades son bastante relativas, según se las mire desde aquí o desde allá. 

Sin duda es apropiado que un gigante con una mano tan grande como un niño pequeño hable de su dedo meñique Pero si el enano, que es igual de grande que un niño pequeño, puede hablar también del dedo meñique del gigante: eso es otra cuestión. Las cosas son necesariamente como verdades complementarias. No existe una verdad absoluta en relación con las cosas externas. Las cosas deben ser miradas desde diferentes puntos de vista, y la verdad debe ser encontrada a través de las verdades individuales que se iluminan mutuamente.

Por lo tanto, en la vida tal como se nos presenta, el hombre exterior, cuerpo físico y cuerpo etérico, y el hombre interior, cuerpo astral y yo, no tienen por qué estar en perfecta armonía en ninguna etapa del desarrollo de la vida. Si la armonía fuera perfecta, entonces sucedería que el hombre, al entrar en el mundo espiritual por la noche, se llevaría consigo las experiencias del día y las transformaría de un modo regular en las esencias de la capacidad, la sabiduría, etcétera. Sería entonces el caso que aplicaría las fuerzas que trae del mundo espiritual de la mañana al mundo físico en relación con la vida del alma; pero el límite que hemos caracterizado y que está trazado para el cuerpo físico nunca sería traspasado. Pero entonces tampoco habría desarrollo humano. El hombre debe aprender a observar él mismo estos límites; debe incluirlos en su juicio. Debe existir la posibilidad de que trascienda estos límites en la mayor medida posible. 

¡Y él los transgrede continuamente! En la vida real, los límites se transgreden constantemente, de modo que, por ejemplo, el cuerpo astral y el yo, cuando actúan sobre el cuerpo físico, no observan los límites. Así, sin embargo, transgreden las reglas implantadas en el cuerpo físico. Después lo que ha sucedido en tales transgresiones de los límites, las vemos en las irregularidades, en las desorganizaciones del cuerpo físico, en el surgimiento de lo que se presenta como las enfermedades que han sido provocadas desde el espíritu, desde el cuerpo astral y el yo. Hay otra forma en que se puede traspasar un límite, a saber, cuando el hombre interior no logra armonizarse con el mundo exterior, cuando no logra armonizarse completamente con el mundo exterior.  Podemos visualizarlo con un ejemplo drástico.

Cuando hace unos años se produjo la famosa erupción del Monte Pelé, en América Central, se encontraron después entre los escombros unos documentos muy curiosos e instructivos. Uno de ellos decía: Ya no debéis temer, pues los peligros han terminado; ¡no habrá más erupciones! Esto nos lo muestran las leyes que hemos reconocido como leyes naturales. -Estos documentos, en los que estaba escrito que más erupciones volcánicas serían imposibles según el conocimiento de la naturaleza, habían sido enterrados-, y con ellos los sabios que habían escrito estos documentos a partir del conocimiento ordinario de los sabios. Vemos aquí que tiene lugar un acontecimiento trágico. Pero es precisamente en esto donde podemos ver claramente la desarmonía del hombre con el mundo físico. Nadie puede dudar de que el intelecto de aquellos sabios que investigaron estas leyes de la naturaleza habría sido suficiente para encontrar la verdad con sólo haber recibido la formación adecuada. Porque no carecían de intelecto. Es de remarcar que el intelecto forme parte de ello, pero que por sí solo no pueda hacer nada. ¡Porque los animales que se enfrentan a tales catástrofes emigran! Este es un hecho bien conocido. Sólo los animales domésticos perecen con los humanos. Así que el llamado instinto animal es suficiente para desarrollar mucha más sabiduría ante tales acontecimientos venideros que la sabiduría humana actual. Lo que es "intelecto" no importa; nuestro intelecto actual también está suficientemente presente en aquellos que cometen las mayores locuras. Por lo tanto, nuestro intelecto es suficiente; pero las experiencias de las vivencias no son suficientes porque no han madurado.  En el momento en que el intelecto establece con experiencias estrechamente limitadas algo que le parece plausible, puede entrar en esta desarmonía con las experiencias exteriores reales, y entonces las experiencias exteriores se derrumban sobre él. Pues existe una relación entre el cuerpo físico y el mundo que el hombre reconocerá y comprenderá gradualmente con las facultades que ya tiene hoy; pero sólo entonces será capaz de hacerlo cuando haya recogido experiencia tras experiencia del mundo exterior y las haya procesado. Entonces ninguna otra mente salvo la actual habrá trabajado sobre lo que ha desarrollado a partir de estas experiencias para establecer una armonía completa; pues la mente acaba de alcanzar hoy una cierta altura. Lo que falta es la maduración de las experiencias. Si esta maduración de las experiencias no corresponde al mundo exterior, entonces el ser humano entra en desarmonía con el mundo exterior y puede ser roto por los acontecimientos del mundo exterior. Hemos visto un ejemplo drástico de cómo ha surgido la desarmonía entre el cuerpo físico de los sabios en cuestión y lo que han alcanzado dentro de sí mismos como su nivel de desarrollo del alma. Hemos utilizado este ejemplo para ilustrar nuestras observaciones. Esta desarmonía no tiene por qué producirse porque nos sobrevengan acontecimientos tremendos; pero tal desarmonía está en principio y esencialmente siempre presente cuando cualquier daño externo golpea nuestros cuerpos físico y etérico; cuando el daño externo golpea al hombre exterior de tal manera que es incapaz de contrarrestar este daño externo con sus poderes desde dentro, para desterrarlo de su vida. Lo mismo ocurre siempre cuando se nos acerca cualquier daño externo, tanto si es exteriormente visible como si se trata de un supuesto daño interno, que en realidad es externo; pues si se nos estropea el estómago, en esencia es lo mismo que si nos cae un ladrillo en la cabeza. Es el caso cuando el conflicto surge, o puede surgir, entre el hombre interior y aquello que se le acerca desde fuera; cuando el hombre interior no está a la altura de este hombre exterior. 

Y en el fondo toda enfermedad constituye una desarmonía de este tipo, una transgresión de las fronteras entre el ser humano interior y el exterior. Lo que primero debe lograrse como una armonía en un futuro lejano, lo que seguiría siendo un pensamiento abstracto si quisiéramos soñarlo en la vida, se crea por el hecho de que las fronteras en realidad se traspasan constantemente. El ser humano sólo aprende a ser cada vez más maduro con respecto a su vida interior, cuando gradualmente se da cuenta de que a través de lo que ya ha alcanzado, él no es igual a la vida exterior. Esto se refiere no sólo a las cosas que impregna el yo, sino también a las que impregna el cuerpo astral. Lo que impregna el yo es experimentado conscientemente por el hombre desde que se despierta hasta que se duerme; el modo de funcionar del cuerpo astral, o la manera de poder trascender sus límites y mostrarse impotente para establecer una armonía adecuada entre el hombre interior y el exterior, esto está más allá de la conciencia ordinaria del hombre, pero sin embargo está presente. En todas estas cosas hemos dado la esencia interior más profunda de la enfermedad. 

 ¿Cuáles son los dos posibles desenlaces de la enfermedad? O se produce la curación, o la enfermedad acaba en muerte. Si observamos el desarrollo de la vida normal, podemos situar la muerte en un lado y la curación en el otro. 

¿Qué significa la enfermedad para el desarrollo global del ser humano? Debemos tener claro lo que significa la enfermedad para el desarrollo integral del ser humano. 

La enfermedad representa una desarmonía entre el hombre interior y el exterior; el hombre interior no puede entrar en armonía con el exterior cuando hay enfermedad. En cierto modo, el hombre interior debe apartarse del hombre exterior. Podemos ver esto más fácilmente cuando nos cortamos el dedo. Sólo podemos cortar el cuerpo físico, no el cuerpo astral. Pero el cuerpo astral debe intervenir continuamente en el funcionamiento ordinario, y la consecuencia es que el cuerpo astral no encuentra en el dedo cortado lo que debería encontrar si quisiera penetrar en el dedo hasta sus partes más pequeñas. Siente un rechazo desde la parte física del dedo. Esta es la esencia de todo un conjunto de enfermedades, que el hombre interior se siente repelido del exterior, que no puede tomar parte en el hombre exterior porque está destruido, porque está arrancado de él por el daño. Ahora podemos llevar el asunto tan lejos que o bien producimos el hombre exterior a través de influencias externas, -o bien hacemos al hombre interior tan fuerte que él mismo produce el hombre exterior; es decir, puede producirse la curación. Entonces la conexión entre el hombre exterior y el interior volverá a estar ahí de un modo más débil o más fuerte después de la curación; es decir, el hombre interior puede ahora en cierto modo encontrar la posibilidad de seguir viviendo en el hombre exterior corregido; puede intervenir de nuevo. 

Este es un proceso que puede compararse con el de despertarse. Hubo un repliegue artificial del hombre interior. Ahora se le ha dado la oportunidad de experimentar en el hombre exterior lo que el hombre sólo puede experimentar en el mundo exterior. La curación da al hombre la oportunidad de volver y traer lo que no podría traer si no pudiera volver. Por lo tanto, lo que constituye el proceso de curación es absorbido en el ser humano interior y ahora forma un componente interno de este ser humano interior. La recuperación, la curación es lo que podemos mirar hacia atrás con satisfacción, con contento, porque podemos decirnos a nosotros mismos: Así como cuando nos dormimos nos llevamos algo con nosotros para el hombre interior, a través de lo cual lo llevamos más alto, así también a través de la curación nos llevamos algo con nosotros, a través de lo cual llevamos más alto al hombre interior. Aunque no sea inmediatamente visible, está ahí: Somos elevados en nuestro hombre interior, en nuestra experiencia espiritual bajo todas las circunstancias; experimentamos un aumento en nuestro hombre interior a través de la recuperación. Llevamos al mundo espiritual, que experimentamos durante el sueño, aquello que tenemos a través de la recuperación. La curación es, por tanto, algo que entra durante el estado dormido, algo que nos fortalece con respecto a los poderes que desarrollamos durante el estado dormido. Todo acerca de la misteriosa relación entre curación y dormir podría explicarse si tuviéramos tiempo para ampliar completamente estos pensamientos. De esto ya se puede ver cómo podemos equiparar la curación con lo que llevamos al mundo espiritual por la noche, y lo que promueve los procesos de desarrollo, en la medida en que pueden ser promovidos en absoluto entre el nacimiento y la muerte. Lo que extraemos hacia dentro de las experiencias exteriores en la vivencia normal debe salir como desarrollo superior en nuestra vida anímica entre el nacimiento y la muerte. Sin embargo, lo que absorbemos como curación no siempre tiene que salir; podemos muy bien llevarlo con nosotros a través de la puerta de la muerte, y sólo puede beneficiarnos en la próxima vida. Lo que la ciencia espiritual nos muestra, sin embargo, es que debemos estar agradecidos por cada curación, porque cada curación significa una elevación del hombre interior, que sólo podemos lograr con las fuerzas que se absorben en el interior. 

La otra pregunta es la siguiente: ¿Qué significado tiene para una persona una enfermedad que acaba en muerte? 

En cierto sentido significa lo contrario, que somos incapaces de restablecer la armonía destruida entre el hombre interior y el exterior: que no podemos cruzar la frontera en esta vida entre el hombre interior y el exterior; que este cruce de la frontera de la manera correcta nos es imposible en esta vida. Así como debemos permanecer inmóviles ante el cuerpo sano por la mañana al despertarnos, cuando una enfermedad termina en muerte debemos permanecer inmóviles ante el cuerpo dañado, no podemos volver a provocar un cambio en él. Así como el cuerpo sano permanece tal como es y nos recibe por la mañana, así el cuerpo dañado no nos recibe, es decir, debemos terminar con la muerte. Tenemos que dejar este cuerpo porque no somos capaces de restablecer la armonía. Pero ahora nos llevamos estas experiencias al mundo espiritual, al que entramos sin tener un cuerpo exterior a nuestra disposición. Lo que hemos tomado en nosotros como fruto, que un cuerpo dañado no nos vuelve a tomar, se convierte en un enriquecimiento de la vida que transcurre entre la muerte y un nuevo nacimiento. Así que también debemos estar agradecidos por una enfermedad que termina en muerte, porque nos ofrece la oportunidad de aumentar nuestra vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, para reunir los poderes y experiencias que sólo pueden madurar entre la muerte y un nuevo nacimiento. 

He ahí la consecuencia espiritual de una enfermedad que termina en muerte, y la consecuencia espiritual de una enfermedad que termina en curación. Los procesos de curación intervienen en toda la vida interior y nos hacen avanzar; las enfermedades que acaban en muerte intervienen en todo lo que significa desarrollo en el mundo exterior. Esto nos da dos puntos de vista: Podemos estar agradecidos a una enfermedad que acaba en curación, porque nos ha hecho más fuertes en nuestro interior; y podemos estar agradecidos a una enfermedad que acaba en muerte, porque sabemos: Cuando nos elevemos a un nivel superior en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento, la muerte tendrá una importancia infinita para nosotros, y habremos aprendido que nuestro cuerpo no debe ser así cuando lo reconstruyamos. Y evitaremos aquellos daños de los que hemos fallado. Por lo tanto, tenemos efectivamente la necesidad de enfocar dos puntos de vista. A nadie debería ocurrírsele decir, por ejemplo, desde la ciencia espiritual: ¡Si la muerte con la que termina una enfermedad es algo a lo que debemos estar agradecidos, si el desenlace fatal de una enfermedad es algo que nos eleva en la próxima vida, entonces debemos dejar que la enfermedad termine con la muerte y no curarla! Quien dijera esto no estaría hablando en el espíritu de la verdadera ciencia espiritual, pues tal ciencia no se ocupa de abstracciones, sino de aquellas verdades que se obtienen desde los más diversos puntos de vista. Tenemos el deber de asegurar la curación con todos los medios a nuestro alcance. Dentro de la conciencia humana se encuentra la tarea de curar tanto como se pueda. Pues el punto de vista de que también podemos estar agradecidos a la muerte cuando ésta se ha producido, no es algo que entre dentro de la conciencia humana ordinaria, sino algo que sólo puede obtenerse elevándose por encima de la conciencia humana ordinaria. Desde un "punto de vista de dios" está justificado dejar que tal o cual enfermedad acabe en muerte; desde un punto de vista humano sólo está justificado gastar todo lo que pueda provocar la curación. Una enfermedad que termina en muerte debe ser juzgada desde un punto de vista diferente. Al principio no hay unión entre estos dos puntos de vista; deben ir uno al lado del otro. Toda armonización abstracta es inútil aquí. La ciencia espiritual debe avanzar hasta el reconocimiento de aquellas verdades que representan la vida desde cierto lado, y otras verdades que la representan desde otro lado

La frase es correcta: ¡Curar es bueno! ¡Curar es un deber! Pero la otra frase también es correcta: ¡La muerte es buena cuando se produce como final de una enfermedad; la muerte es beneficiosa para el conjunto de la evolución humana! A pesar de que ambas frases se contradicen, ambas contienen verdades vivas para la cognición viva. Justo donde brillan dos corrientes semejantes en la vida humana, que primero deben armonizarse, vemos cómo no debemos estereotipar y sistematizar, sino que debemos contemplar la vida en su más amplio alcance. Debemos tener claro que las llamadas contradicciones, si sólo se basan en la experiencia, en la vivencia y en el conocimiento más profundo de la materia, no perjudican nuestro conocimiento, sino que nos conducen poco a poco a un conocimiento vital, porque la propia vida se desarrolla en armonía. 

El curso normal de la vida discurre de tal manera que a partir de las experiencias formamos capacidades, y de lo que no podemos procesar interiormente entre el nacimiento y la muerte tejemos lo que luego podemos procesar entre la muerte y un nuevo nacimiento. La curación y la enfermedad mortal se entrelazan en este curso normal de la vida humana de tal manera que cada curación es una contribución para elevar al ser humano a niveles superiores, y que cada enfermedad mortal conduce a su vez al ser humano a un nivel superior; la una en relación con el interior, la otra vez en relación con el ser humano exterior. De este modo el mundo progresa, avanzando no en una sino en dos corrientes encontradas. Tanto en la enfermedad como en la curación es donde se nos revela toda la complejidad de la vida humana. Si no fuera por la enfermedad y la curación, la vida normal sólo podría transcurrir de tal manera que el ser humano continuaría su vida en el hilo de la existencia, permanecería siempre en el límite y tendría, por así decirlo, que recibir la fuerza para reconstruir su organismo desde el mundo espiritual entre la muerte y un nuevo nacimiento. Entonces el hombre nunca podría desplegar los frutos de su propio trabajo en la evolución del mundo. El sólo puede desplegarlos dentro de los límites más restringidos de la vida si puede equivocarse; pues sólo conociendo lo que es el error se llega a la convicción de la verdad. Absorber la verdad de tal manera que pase a ser asunto propio del alma, que intervenga en el desarrollo, eso sólo puede hacerse si uno saca la verdad de la tierra madre del error. El hombre también podría tener salud si no interviniera en la vida con sus propias faltas e imperfecciones transgrediendo los límites. Una salud que se produce del mismo modo que la verdad interiormente reconocida, una salud que el hombre logra por sí mismo de encarnación en encarnación a través de su propia vida, tal salud se produce a través de los errores reales, a través de las enfermedades. Así, en la curación, por un lado, el hombre aprende a superar sus errores y equivocaciones reales y, por otro lado, en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, se enfrenta con aquellos errores que no pudo enmendar en una vida, para que aprenda a enmendarlos en la siguiente.

Podemos ahora volver a nuestro drástico ejemplo y decir: Las mentes de aquellos sabios que profetizaron tan erróneamente en aquella época no sólo se volverán cautelosas para no juzgar tan rápidamente, sino que dejarán madurar las experiencias para establecer gradualmente la armonía con la vida. 

Así vemos cómo la curación y la enfermedad intervienen en la vida humana y conducen a aquello sin lo cual el hombre nunca podría alcanzar su meta como algo propio. Cuando consideramos la enfermedad y la curación desde esta perspectiva, podemos ver cómo la intervención aparentemente anormal en nuestra evolución, -y esto incluye la enfermedad y la curación y el desenlace fatal de la enfermedad-, forma parte de la existencia humana, del mismo modo que si queremos reconocer la verdad, el error forma parte de ella. Podríamos decir de la enfermedad y la curación lo mismo que un gran poeta de una época importante dijo del error humano: "¡El hombre yerra durante su empeño!". Esto posiblemente podría parecer como si el poeta hubiera querido decir: ¡El hombre siempre yerra! Pero la frase es reversible, y podemos pronunciarla así: ¡Que el hombre se empeñe a pesar de errar! - El error engendra un nuevo empeño. La frase: "¡El hombre yerra durante su empeño!" no tiene por qué llenarnos de desesperación; pues todo error produce un nuevo empeño, y el hombre se esforzará hasta que haya superado el error. En otras palabras, ¡superando el propio error se llega a la verdad humana! Y del mismo modo podemos decir: ¡El hombre puede enfermar mientras se desarrolle! Al mismo tiempo, la enfermedad conduce a la salud. Así, en la curación, e incluso en la muerte, la enfermedad se supera a sí misma y produce la salud no como algo ajeno al ser humano, sino como una salud que ha surgido del propio ser humano y que le es propia. 

Todo lo que aparece en ámbitos tan extraños y trascendentales es muy adecuado para mostrarnos que el mundo entero en su sabiduría, está organizado de tal manera que el hombre en todos los momentos de desarrollo encuentra la oportunidad de crecer más allá de sí mismo, -muy en el sentido de aquella frase de Angelus Silesius con la que pudimos concluir la conferencia "¿Qué es la mística?". En aquella ocasión la aplicamos al desarrollo más íntimo; ahora podemos extenderla al amplio campo de la enfermedad y la curación y podemos decir que incluso allí se nos muestra verdaderamente: 

Cuando te elevas por encima de ti mismo y dejas que Dios gobierne: 

¡Entonces es cuando la ascensión se lleva a cabo en tu espíritu! 

Traducido por J.Luelmo feb,2024






nota *

Un período importante en la historia europea se extiende desde 1770 hasta 1815. Aquí hay algunos eventos importantes de este período de tiempo:

Guerras de Coalición (1792-1815): Francia estaba en guerra con las principales potencias europeas que querían revertir la Revolución Francesa. Estas guerras tuvieron efectos de gran alcance en Europa.

Guerras napoleónicas (1799-1815): bajo el liderazgo del general Napoleón Bonaparte, Francia expandió su dominio sobre Europa y difundió los ideales de la Revolución Francesa.

Congreso de Viena (1814/15): Después de la derrota de Napoleón, en el Congreso de Viena se decidió el nuevo orden de Europa y se restauraron los antiguos órdenes. La “Santa Alianza” fue fundada para evitar nuevas revoluciones.

Guerras de Liberación (1813-1815): Prusia, Austria, Rusia y otras coaliciones hicieron retroceder a las tropas de Napoleón a Francia. Muchos voluntarios también participaron en la batalla de Leipzig, lo que generó la conciencia nacional alemana.

Fundación de la Confederación Alemana (1815): Los estados alemanes se unieron en una confederación flexible de estados, la Confederación Alemana. Sin embargo, muchos exigieron un Estado alemán unificado.

Estos acontecimientos moldearon el panorama político, social y cultural de Europa durante este período.