CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 25

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GA202 Dornach, 10 de diciembre de 1920 La conexión de lo natural con lo moral-anímico - Abismo entre la ciencia natural y la religión

    Índice

RUDOLF STEINER

El puente entre la espiritualidad mundial y el ser humano físico.


La conexión de lo natural con lo moral-anímico - 
Abismo entre la ciencia natural y la religión

Dornach, 10 de diciembre de 1920

Nuestras anteriores charlas aquí versaron sobre la posibilidad de ver en el ámbito de lo natural, por un lado, aquello que está conectado en cierto modo con lo moral, con lo espiritual, y, por otro, de ver en lo espiritual aquello que está presente en lo natural. Es precisamente en este ámbito donde la humanidad actual se enfrenta a un enigma, podríamos decir, inquietante. No sólo existe lo que he planteado a menudo en conferencias públicas, es decir, que el hombre, por un lado, cuando aplica las leyes de la naturaleza al universo y mira al pasado, debe plantearse: "Todo lo que tenemos en nuestro entorno ha surgido de algún estado primordial nebuloso, es decir, de algo puramente material, que luego se diferenció y remodeló de alguna manera, y del cual surgieron los seres de los reinos mineral, vegetal y animal, y surgió también el hombre. Esto también volverá a estar ahí al final del universo en cierto modo, aunque en una forma diferente a la del principio, como lo puramente físico. Pero entonces lo que nace en nosotros como moral, como nuestros ideales, en el fondo se habrá desvanecido y olvidado y quedará el gran cementerio de lo físico, y dentro de este estado físico final, aquello que surgió en el ser humano como resultado de su evolución anímica no tendrá ninguna importancia, porque no era mas que una especie de burbuja de espuma. Lo único real será entonces lo que se desarrolle físicamente a partir de una nebulosa primordial hasta la diferenciación más acentuada de los diversos seres, para volver de nuevo al estado general del mundo semejante a la escoria."

Semejante punto de vista, al que deben llegar aquellos que honestamente, es decir, honestamente para consigo mismos, profesan la visión natural del mundo del presente, tal punto de vista nunca puede tender un puente entre lo físico y lo moral-anímico. Por consiguiente, una visión así, si no quiere ser completamente materialista y ver realmente en los procesos materiales lo único que existe en el mundo, necesita siempre una especie de segundo mundo, por así decirlo, sacado de la abstracción, que, si sólo se reconociera el primer mundo como dado para la ciencia, se entregaría entonces sólo a la fe. Y esta fe, por su parte, se expresa planteándose lo siguiente: "Lo que surge en el alma humana como bueno no puede quedarse en el mundo sin recibir una compensación; tiene que haber ciertos poderes que, -por más que filosóficamente se piense en ello, viene a ser lo mismo-, premien el bien y castiguen el mal, etcétera." En efecto, hay personas en nuestro tiempo que profesan ambas visiones, aunque estén una al lado de la otra sin puente alguno. Hay personas que, por un lado, aceptan que se les diga todo lo que ofrece la visión puramente científica del mundo, que están de acuerdo con la teoría de Kant-Laplace de la nebulosa primordial, que están de acuerdo con todo lo que se les propone como estado final de nuestra evolución, similar a la escoria, y que a su vez también profesan alguna visión religiosa del mundo, según la cual las buenas obras encuentran de algún modo su recompensa, los pecadores malvados son castigados y cosas por el estilo. El hecho de que en nuestro tiempo haya numerosas personas que permiten que se les ofrezca a sus almas tanto lo uno como lo otro, se debe a que en nuestro tiempo hay tan poca actividad real de las almas, pues si existiera esta actividad interior de las almas, no se podría simplemente asumir desde la propia alma, por un lado, un orden mundial que excluye la realidad de lo moral y, por otro lado, asumir además cualquier poder que recompense el bien y castigue el mal.

Comparen la visión moral y física del mundo con la que existe en la comodidad de pensamiento y sentimiento de muchas personas hoy en día sin puente alguno, compárenla con algo como lo que discutí aquí la última vez como resultado de la ciencia espiritual. Pude señalarles que primero vemos a nuestro alrededor el mundo de los fenómenos luminosos, que vemos en la naturaleza externa todo lo que se nos aparece a través de aquello a lo que nos dirigimos como luz. Pude señalarles que en todo lo que existe como luz a nuestro alrededor hay que ver lo que son pensamientos del mundo moribundo, es decir, pensamientos del mundo que una vez fueron en el pasado muy lejano pensamientos de ciertos seres, pensamientos a partir de los cuales los seres del mundo de entonces reconocían sus secretos del mundo de aquel entonces. Lo que entonces era pensamiento resplandece hoy hacia nosotros, en cuanto que es, por así decirlo, el cadáver del pensamiento, es sólo pensamiento del mundo que agoniza: resplandece hacia nosotros como luz. Sólo hay que abrir mi "Ciencia Oculta en Esquema" y leer las páginas pertinentes para saber que, al mirar hacia el pasado lejano, el hombre tal como hoy lo entendemos como ser no existía. Sólo existía una especie de autómata sensorial del hombre, por ejemplo, durante el período de Saturno. Pero también saben que en aquella época el universo estaba habitado, al igual que lo está ahora. Pero en aquella época otros seres, que habitaban este universo, ocupaban el lugar dentro de este universo que hoy ocupa el hombre. Sabemos que esos espíritus que llamamos Archai o Principados, (Principios Primordiales), que estos seres estaban en el nivel de la humanidad durante el período del antiguo Saturno. No eran seres humanos como lo son los seres humanos de hoy, pero estaban en el nivel humano. Con una constitución completamente diferente, seguían estando en el nivel humano. Los Arcángeles estuvieron en el nivel humano durante la antigua era solar y así sucesivamente.

Por lo tanto, miramos hacia el pasado lejano y nos decimos: Así como nosotros ahora caminamos por el mundo como seres pensantes, así estos seres entonces caminaban por el mundo como seres pensantes con características humanas. Pero aquello que entonces vivía en ellos se ha convertido en pensamiento del mundo exterior. Y eso que vivía en ellos en aquel tiempo mentalmente, de modo que desde el exterior habría sido visto sólo como su aura de luz, eso que es visto después en la circunferencia del mundo, aparece en los hechos de luz, de modo que en los hechos de luz tenemos que ver mundos de pensamiento moribundos. En estos hechos de luz luego interviene la oscuridad, y sin embargo, frente a la luz que vive en la oscuridad, vive lo que se puede llamar anímico-espiritualmente la voluntad, lo que también se puede llamar amor con un giro más oriental del asunto. De modo que cuando miramos al mundo, vemos por un lado el mundo luminoso, si se me permite decirlo así; pero si la oscuridad no se hiciera perceptible en él no veríamos este mundo luminoso, que sería siempre transparente a los sentidos. Y en lo que ahora impregna el mundo como oscuridad, tenemos que buscar en el primer nivel del alma lo que vive en nosotros como voluntad. Así como el mundo exterior puede verse como una armonía de oscuridad y luz, así nuestro propio ser interior, en la medida en que inicialmente se extiende en el espacio, también puede verse como luz y oscuridad. Sólo para nuestra propia conciencia el pensamiento, la representación es luz, la oscuridad dentro de nosotros se convierte en voluntad, se convierte en bondad, amor y así sucesivamente.

Como ven, obtenemos una visión del mundo en la que no es sólo espiritual lo que está en el alma, ni sólo natural lo que está fuera en la naturaleza, sino que obtenemos una visión del mundo en la que lo que está fuera en la naturaleza es el resultado de procesos morales anteriores, que son mundos de pensamiento moribundos. Pero de esto también se deduce para nosotros: Al llevar nuestros pensamientos dentro, que éstos también son inicialmente, -puesto que viven como pensamientos dentro de nosotros-, desencadenados por nuestro tiempo anterior en términos de fuerza. Pero continuamente, desde el resto de nuestro organismo, impregnamos nuestros pensamientos con nuestra voluntad. Pues precisamente lo que llamamos los pensamientos más puros son restos del pasado antiguo, impregnados por la voluntad. De modo que incluso el pensamiento puro, -lo he expresado muy vigorosamente en la nueva edición de mi "Filosofía de la Libertad"-, está impregnado de voluntad. Pero lo que llevamos dentro pasará a un futuro lejano, y en un futuro lejano lo que ahora está en nosotros como primer germen resplandecerá en los fenómenos exteriores. Entonces habrá seres que miren al mundo de la misma manera que nosotros ahora miramos al mundo desde la tierra, y estos seres dirán: "Una naturaleza brilla a nuestro alrededor. ¿Por qué brilla para nosotros como lo hace? Porque los hombres han realizado obras en la tierra de una determinada manera, pues lo que ahora vemos a nuestro alrededor es el resultado de lo que los hombres de la tierra portaban dentro de sí como una semilla." 

Nosotros ahora estamos ahí, mirando hacia la naturaleza exterior. Podemos quedarnos ahí como seres abstractos secos y sobrios, podemos analizar la luz y sus fenómenos a la manera de los físicos: analizaremos estos fenómenos interiormente con frialdad como personas de laboratorio; esto producirá algunas cosas muy bellas y espirituales, pero entonces no afrontaremos el mundo exterior como seres humanos plenos. Sólo lo afrontamos como seres humanos plenos si podemos sentir lo que nos ofrece un bello amanecer, lo que se nos aparece en el firmamento azul del cielo, lo que se nos aparece en la planta verde, si podemos sentir lo que percibimos en la ola ondulante, -pues la luz no sólo se refiere a la luz que puede ser percibida por el ojo, sino que empleo aquí el término luz para todas las percepciones sensoriales. ¿Qué vemos en lo que percibimos a nuestro alrededor? Vemos un mundo que, sin embargo, puede elevar nuestra alma, que en cierto modo se revela a nuestra alma como el que debemos tener para que podamos asomarnos a un mundo lleno de sentido. No somos plenamente humanos cuando nos enfrentamos a este mundo analizándolo secamente como físicos. Sólo nos enfrentamos a este mundo como seres humanos plenos cuando nos decimos a nosotros mismos: Lo que allí brilla, lo que allí suena, es en última instancia lo que otros seres formaron en sus almas hace mucho tiempo, en un pasado lejano; debemos estarles agradecidos. Entonces no nos asomamos al mundo como físicos secos, nos asomamos con sentimientos de gratitud hacia aquellos seres que vivieron durante tantos millones de años, digamos, durante el período de antiguo Saturno como seres humanos, tal como vivimos hoy como seres humanos, y que pensaron y sintieron de tal manera que hoy tenemos el maravilloso mundo que nos rodea. Este es un resultado significativo de una cosmovisión saturada de realidad, en el sentido de que nos lleva a asomarnos al mundo no sólo como una persona seca y sobria, sino llenos de gratitud hacia aquellos seres que, con sus pensamientos y actos en el pasado más gris, han hecho posible lo que para nosotros en nuestro entorno es el mundo que nos eleva. Imagínenlo con la intensidad necesaria, llénense de esta idea de estar obligado a agradecer a los lejanos antepasados porque ellos hicieron nuestro entorno para nosotros.

Llénense de este pensamiento, y luego expónganlo ante su alma para decirse a sí mismos: Debemos ordenar nuestros pensamientos y sentimientos de la manera apropiada, de una manera que tengamos en mente como ideal moral, para que aquellos seres que vengan después de nosotros puedan ver un entorno por el cual deben estarnos agradecidos tal como nosotros podemos estar agradecidos a nuestros antiguos antepasados que ahora nos rodean en el sentido literal con respecto a sus efectos como espíritus luminosos. Vemos hoy un mundo luminoso; hace millones de años era un mundo moral. Llevamos dentro de nosotros un mundo moral; cuando transcurran varios millones de años será un mundo luminoso.

Como se ve, una visión completa del mundo nos lleva a esta percepción del mundo. Una visión incompleta del mundo produce  todo tipo de ideas y conceptos,  todo tipo de interpretaciones sobre el mundo, pero no llena al ser humano completo, porque deja su percepción vacía. Esto, sin embargo, tiene su lado práctico, aunque el hombre de hoy apenas se da cuenta de su práctica. Pero el que es honesto acerca del mundo actual sabe que no debe dejarlo caer en la decadencia; le gustaría aspirar a una escuela y una universidad del futuro donde la gente no entre a las ocho de la mañana con cierta indiferencia despreocupada, y salga a las once o a las doce o a la una con la misma indiferencia despreocupada, a lo sumo con un poco de orgullo por haberse vuelto una vez más tan y tan inteligentes, -suponiendo que sea así. No, mas bien se ha de dirigir la mirada hacia una perspectiva futura en la que los que salgan allí a las once o a las doce o a la una, al mismo tiempo salgan de los centros de enseñanza con sentimientos hacia el mundo que se adentren en lo universal, sembrando en sus almas, junto a la inteligencia, el sentimiento hacia el mundo que se está haciendo, el sentimiento de gratitud hacia el pasado lejano, en el que han trabajado seres que han moldeado nuestra naturaleza circundante tal como es, y el sentimiento de la gran responsabilidad que tenemos, porque nuestros impulsos morales se convertirán en mundos que nos aparecerán más tarde. Por supuesto, sigue siendo un acto de fe pretender decir a la gente: Lo real es la nebulosa primigenia, lo real es la escoria futura, entre ambas los seres se hacen ilusiones morales que se les suben a la cabeza como espuma. La fe no dice esto último; debería decirlo si fuera honesta. No es algo esencialmente distinto cuando el hombre se dice a sí mismo: Sí, lo que es retribución existe, pues la propia naturaleza está dispuesta de tal modo que esta retribución se produce: sus pensamientos se convierten en luz resplandeciente. El orden moral del mundo se revela. Lo que es orden moral del mundo en un tiempo es orden físico del mundo en otro tiempo, y lo que es orden físico del mundo en un tiempo fue orden moral del mundo en otro tiempo. Todo lo moral está destinado a emerger en lo físico. ¿Aquella persona que mira la naturaleza espiritualmente todavía necesita una prueba extra de un orden mundial moral? Ciertamente no, la justificación del orden moral del mundo reside en la propia naturaleza espiritualmente entendida. Ascendemos a esta imagen cuando consideramos al hombre, diría yo, en su plena humanidad.

Partiremos de un fenómeno por el que todos pasamos cada día. Sabemos que dormirse y despertarse se basan en que el ser humano en su yo y su cuerpo astral se desprende de los cuerpos físico y etérico. ¿Qué significa esto realmente en relación con el cosmos? Imaginemos el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo conectados entre sí durante la vigilia. Ahora imaginémoslos separados para dormir:¿Cuál es la, digamos, diferencia cósmica entre ambos? Pues verán, cuando observan el estado dormido, experimentan en ese estado la luz. Al experimentar la luz, se experimenta el mundo de pensamiento que muere del pasado. Y al experimentar, por así decirlo, el mundo moribundo de los pensamientos del pasado, estarán más predispuestos a tener una receptividad a percibir lo espiritual a medida que se extiende hacia el futuro. El hecho de que el hombre de hoy sólo tenga una vaga percepción de ello no cambia la cuestión. Lo esencial para nosotros ahora es que seamos receptivos a la luz en este estado.

Luego cuando nos sumergimos en el cuerpo, ahora nos volvemos interiormente anímicos, -cuando digo interiormente anímicos, significa que somos almas y no básculas-, nos volvemos anímicamente receptivos al sumergirnos en el cuerpo, en contraste con la luz para la oscuridad. Pero este contraste con la luz para la oscuridad no es algo meramente negativo, sino que nos hacemos receptivos a algo más. Así como cuando dormíamos éramos receptivos a la luz, cuando despertamos nos volvemos receptivos a la gravedad. Dije que no somos básculas; pues no nos volvemos receptivos a la gravedad pesando nuestros cuerpos, sino que sumergiéndonos en ellos nos volvemos interiormente anímicamente receptivos a la gravedad. No se sorprendan de que esto inicialmente tenga algo de imprecisión cuando se dice. Para la experiencia real del alma, la conciencia ordinaria está tan adormecida en la vigilia como en el dormir. En el dormir el hombre actualmente no percibe en la conciencia normal cómo vive en la luz. En la vigilia no percibe cómo vive en la gravedad. Pero así es: la experiencia básica del durmiente es la vida en la luz. Mientras duerme no es anímicamente receptivo a la gravedad, al hecho de la gravedad. La gravedad es, por así decirlo, retirada de él. Él vive en la ligereza de la luz. No sabe nada de la gravedad. Primero aprende a reconocer la gravedad sólo interiormente, al principio inconscientemente. Pero esto es inmediatamente evidente para la imaginación: Aprende a reconocer la gravedad sumergiéndose en su cuerpo.

Para la investigación científico-espiritual, esto puede verse de la siguiente manera. Cuando se haya uno elevado al nivel cognitivo de la imaginación, entonces podrá observarse el cuerpo etérico de una planta. Al observarlo, tendrán la siguiente experiencia interna: Este cuerpo etérico de la planta está constantemente tirando hacia arriba, es ingrávido. Si, por el contrario, observan el cuerpo etérico de un ser humano, tiene pesadez/gravedad, incluso para la representación imaginativa. Simplemente tienen ustedes la sensación de que es pesado. Y a partir de ahí se dan cuenta de que, por ejemplo, el cuerpo etérico del ser humano es algo que, cuando el alma está en él, le transmite la pesadez. Pero es un fenómeno suprasensible primario. Durmiendo el alma vive en la luz, por lo tanto vive en la ligereza. Despertando, el alma vive en la pesadez. El cuerpo es pesado. Esta fuerza se transfiere al alma. El alma vive en la pesadez. Esto significa que ahora algo se transfiere a la conciencia. Piensen en el momento de despertar, ¿En qué consiste? Cuando se está dormido, -se está tumbado en la cama, no se mueve, la voluntad está paralizada. Sin embargo, las representaciones también están paralizadas, pero éstas sólo están paralizadas porque la voluntad lo está, porque la voluntad no se proyecta en su propio cuerpo, no hace uso de los sentidos, por ello las representaciones están paralizadas. El hecho básico es la parálisis de la voluntad. ¿Cómo se activa la voluntad? Debido a que el alma siente pesadez a través del cuerpo. Esta coexistencia con el alma da lugar al hecho de la voluntad en el hombre terrenal. Y la paralización de la voluntad del propio hombre se produce cuando el hombre está en la luz.

Con ello se han presentado las dos fuerzas cósmicas, la luz y la gravedad, como los grandes opuestos del cosmos. De hecho, la luz y la gravedad son opuestos cósmicos. Imaginemos el planeta: la gravedad tira hacia el centro, la luz se aleja del centro hacia el universo (flechas). Se piensa que la luz está en reposo. En realidad, se dirige hacia el exterior del planeta. Quien piensa en la gravedad como una fuerza de atracción, es decir, newtoniana, en realidad está pensando de una manera fuertemente materialista, porque piensa que en realidad hay algo como un demonio o algo parecido sentado dentro de la tierra, con una cuerda que no se ve, y que atrae a la piedra. Se habla de una fuerza de atracción que nadie puede probar en ningún otro lugar que no sea la imaginación. Sin embargo, hablamos de esta fuerza de atracción. Bueno, puede que la gente no sea capaz de visualizar esta cosa, pero sí de hablar de la fuerza de atracción en términos newtonianos. En la cultura occidental algún día se dará el caso de que todo lo que existe deberá ser imaginado sensorialmente de alguna manera. Así que alguien podría decir a la gente: Bien, podéis imaginaros la fuerza de atracción como una cuerda invisible; pero entonces debéis imaginaros al menos la luz como una oscilación, como una repulsión. Entonces tendrían que imaginarse la luz como una fuerza de repulsión. Para aquellos que quieren permanecer más en la realidad, es suficiente si pueden simplemente reconocer el contraste, el contraste cósmico de la luz y la gravedad.

Y ahora, como ven, hay muchas cosas basadas en lo que acabo de decir, especialmente con respecto al hombre. Cuando hemos examinado el hecho cotidiano de dormirse y despertarse, decimos: Al dormirse, el hombre sale del dominio de la gravedad para entrar en el dominio de la luz. Al vivir en el dominio de la luz, cuando ha vivido el tiempo suficiente sin gravedad, desarrolla de nuevo un vivo deseo de ser abrazado por la gravedad, y vuelve a ella, se despierta. Es un vaivén constante entre la vida en la luz y la vida en la gravedad, despertarse y dormirse. Si alguien desarrolla sus facultades sensoriales más finamente, podrá sentir esto directamente como una experiencia personal, el elevarse, por así decirlo, desde la gravedad a la luz, y el ser atrapado de nuevo por la gravedad al despertarse.

Pero ahora imaginen algo más, imagínense que el hombre como ser está atado a la tierra entre el nacimiento y la muerte. Atado a por el hecho de que en este estado entre el nacimiento y la muerte su alma, cuando ha vivido un tiempo en la luz, siempre vuelve a tener hambre de gravedad, regresa al estado de gravedad. Cuando, -hablaremos de esto más adelante-, ha surgido un estado a través del cual esta hambre de gravedad desaparece, entonces el hombre sigue cada vez más la luz. Esto lo hace hasta cierto límite (ver círculo, rojo). 

Sigue la luz hasta cierto límite, y cuando ha llegado a la periferia más exterior del universo, entonces ha agotado lo que la pesadez le ha dado entre el nacimiento y la muerte, entonces comienza un nuevo anhelo por la pesadez, y emprende de nuevo el camino de regreso (ver círculo, blanco) hacia una nueva encarnación. De modo que también en ese tiempo intermedio entre la muerte y un nuevo nacimiento, alrededor de la medianoche de la existencia, surge una especie de hambre de gravedad. Este es al principio el término más general para lo que el hombre experimenta como anhelo de volver a una nueva vida en la tierra. Pero ahora, mientras el hombre regresa a una nueva vida en la tierra, tendrá que pasar por la esfera de los vecinos, los otros cuerpos celestes. Ellos le afectan de las formas más variadas, y entonces él trae consigo el resultado de estos efectos a esta vida física al entrar en ella a través de la concepción. De ello se deduce que es significativo preguntar: ¿Qué lugar ocupan los astros en las esferas por las que el hombre vuelve a pasar? Pues a medida que el hombre atraviesa su esfera estelar, su anhelo por la gravedad de la tierra se forma de diferentes maneras. No sólo la tierra irradia cierta gravedad, por así decirlo, por la que el hombre anhela volver, sino que también los demás cuerpos celestes, cuya esfera atraviesa al avanzar hacia una nueva vida, le afectan con su gravedad. De modo que el ser humano, al regresar, puede, sin embargo, llegar a diferentes situaciones, que justifican, por ejemplo, que se exprese lo siguiente: El ser humano que regresa a la tierra anhela de nuevo vivir en la gravedad de la tierra. Pero primero pasa por la esfera de Júpiter. Júpiter también irradia una gravedad, pero adecuada para añadir cierta alegría al anhelo de la gravedad de la tierra. Así que no sólo vivirá en el alma el anhelo por la gravedad de la tierra, sino que este anhelo recibirá un matiz de ánimo alegre. El ser humano pasa por la esfera de Marte. Él anhela la gravedad de la tierra. Un estado de ánimo alegre ya está dentro de él. Marte también le afecta con su gravedad, le implanta, por así decirlo, le inocula al alma, que anhela alegremente la gravedad terrenal, la actividad de entrar en esta gravedad terrenal para aprovechar poderosamente la próxima vida física entre el nacimiento y la muerte. Ahora el alma ya está tan lejos que tiene el impulso en sus profundidades subconscientes de anhelar claramente la gravedad terrena y de utilizar poderosamente la encarnación terrena, de modo que la alegría anhelante, el anhelo gozoso se expresa con intensidad. El ser humano todavía pasa por la esfera de Venus. Este alegre anhelo tendente al poder se mezcla con una amorosa realización de las tareas de la vida.

Como ven, hablamos de diversas gravedades que emanan de los cuerpos del mundo y las relacionamos con lo que puede vivir en el alma. Una vez más, al mirar hacia el espacio del mundo, tratamos al mismo tiempo de abordar moralmente lo que se extiende espacial y físicamente. Si sabemos que la voluntad vive en la gravedad y si, por otra parte, sabemos que la luz se opone a la voluntad, podemos decir: la luz se irradia desde Marte, la luz se irradia desde Júpiter, la luz se irradia desde Venus; en las fuerzas de la gravedad vive al mismo tiempo la modificación producida por la luz. Sabemos que los pensamientos del mundo que muere viven en la luz, y que los mundos en devenir viven en las fuerzas gravitacionales a través de los gérmenes de la voluntad. Todo esto se irradia a través de las almas mientras se mueven por el espacio. Contemplamos el mundo físicamente, y a la vez lo contemplamos moralmente. Lo físico y lo moral no existen uno al lado del otro, sino que sólo en su estrechez el hombre se inclina a decir: De un lado está lo físico, del otro lo moral. No, estos son sólo puntos de vista diferentes, pues ambos están unificados en sí mismos. El mundo, que se desarrolla hacia la luz, se desarrolla al mismo tiempo hacia la retribución, hacia la retribución reveladora. El orden del mundo sensible se revela a partir del orden del mundo natural.

Hay que tener claro que no se llega a esa visión del mundo mediante una interpretación filosófica, sino que se crece en ella aprendiendo gradualmente a espiritualizar los conceptos físicos mediante la ciencia espiritual; de este modo se moraliza a sí misma. Y cuando uno aprende a ver a través de ella a través del mundo de lo físico hacia el mundo en el que lo físico ha cesado y lo espiritual está presente, entonces uno se da cuenta: ahí está la moral.
Verán, la gente de hoy podría, a partir de ciertas ideas realmente llegar a esta conclusión, -sólo quiero demostrárselo ahora al final, aunque esté fuera de la forma de pensar de la mayoría de ustedes-, me gustaría decirles, de forma bastante erudita, que visualicen lo que acabo de decir. Tienen entonces esta línea, que no es una elipse, sino que se diferencia de la elipse en que es más curva aquí (dibujo de la izquierda), -esta línea se ve a menudo en el edificio-, la elipse sería algo así (punteada). Pero esto es sólo una forma especial de esta línea; esta línea también puede adoptar esta forma (lemniscata) si cambian la ecuación matemática. Esta es la misma línea que la otra. Una vez doy la vuelta así y cierro aquí; pero ahora, bajo ciertas condiciones, no subo hasta arriba así, sino que doy la vuelta así y luego vuelvo y cierro abajo. Pero la misma línea tiene otra forma. Debo, si empiezo aquí, sólo parece cerrarse aquí también; ahora tengo que salir del plano, salir del espacio, tengo que venir aquí, volver aquí otra vez. Ahora tengo que volver a salir del espacio, tengo que continuar la línea aquí y cerrarla por abajo. Es sólo una línea ligeramente modificada. Esto no son dos líneas, esto es sólo una línea, también tiene sólo una ecuación matemática; esto es una sola línea, sólo que salgo del espacio.

Si uno continúa esta idea, entonces la otra también es posible: puedo simplemente tomar esta línea Esta idea debe ser desarrollada ciertamente, desde el otro lado del espacio. Entonces se llega a la idea de lo verdaderamente suprasensible, pero entonces se llega sobre todo a la idea de lo moral en su realidad. La moral en su realidad es tan difícil de representar en la visión actual del mundo porque la gente quiere representar todo lo que quiere representar en el espacio, determinarlo por la medida, el peso y el número, mientras que de hecho la realidad va más allá del espacio en cada punto, yo diría, en el espacio y vuelve de nuevo al espacio. Hay gente que se imagina un sistema solar, en el sistema solar cometas, dicen: El cometa aparece, luego pasa por una enorme elipse larga y luego vuelve después de mucho tiempo. Esto no es válido para muchos cometas. Resulta que los cometas aparecen, salen, desaparecen aquí, se detienen, pero vuelven a formarse desde el otro lado, vuelven a formarse desde aquí y vuelven desde allí, describen líneas, que no regresan en absoluto. ¿Por qué? Porque los cometas salen del espacio y regresan en un lugar completamente distinto. Es muy posible en el cosmos que los cometas de alguna manera desaparezcan del espacio y retornen a otro lugar del espacio.

Mañana, en la continuación de estas consideraciones, no les atormentaré más con las ideas que les he presentado en los últimos diez minutos, porque sé que se saldrían de la imaginación de un gran número de ustedes. Pero debo señalar a veces que esta ciencia espiritual, tal como se cultiva aquí, podría contar con las ideas científicas más desarrolladas si se diera la oportunidad, si, en otras palabras, existiera la posibilidad de impregnar realmente de espíritu lo que hoy se practica sin espíritu, especialmente en las llamadas ciencias exactas. Desgraciadamente, esta posibilidad no existe; en particular, cosas como las matemáticas, etc., se practican hoy mayoritariamente de la manera más descerebrada. Y por eso, como subrayé hace poco en la conferencia pública de Basilea, la ciencia espiritual depende por el momento de afirmarse ante laicos cultos, algo que muchos, que se las dan de eruditos le reprochan. Si los eruditos no fueran tan perezosos hacia las consideraciones espirituales, la ciencia espiritual no necesitaría afirmarse sólo ante los laicos cultos, porque puede contar con las ideas científicas más elevadas y también cuenta con estas ideas científicas más elevadas con toda exactitud, porque es consciente de su responsabilidad.

Sin embargo, los científicos se comportan de una manera muy peculiar con estas cosas. Pues verán, hay un caballero erudito -ya llamé la atención sobre él el otro día en la conferencia pública-, que evidentemente ha oído que aquí en Dornach se han impartido cursos universitarios. Él había oído anteriormente algo sobre la Escuela Waldorf y, al parecer, había leído mi discurso de apertura de la Escuela Waldorf y otro ensayo en los "Waldorf-Nachrichten". En el discurso inaugural mencioné a un pedagogo fuera de contexto, que es en muchos aspectos un alma gemela de ese erudito. En tal ocasión, los señores que tan a menudo acusan a la antroposofía de conducir a la sugestión o autosugestión, quedan inmediatamente hipnotizados porque oyen: Se mencionó a alguien que es colega mío en la ciencia. Entonces el caballero se puso muy atento. Ahora evidentemente se estaba poniendo un poco bochornoso por todo lo que se estaba haciendo en los cursos universitarios de Dornach. Por ello no pudo resistirse a escribir lo siguiente: "En los cursos universitarios antroposóficos de Dornach, cerca de Basilea, que tuvieron lugar en otoño de este año, se expresó la esperanza de que desde aquí grandes y fuertes ideas iniciaran un nuevo desarrollo de nuestro pueblo y le insuflaran nueva vida. Quienquiera que escudriñe los fundamentos éticos de este movimiento en busca de su verdadero valor no puede compartir esta esperanza a menos que estos fundamentos sean sometidos a un examen crítico, que las líneas anteriores pretenden fomentar."

Ahora bien, ¿Por qué se escriben realmente estas "líneas anteriores"? Eso significa que los cursos universitarios, sus fundamentos éticos deben ser examinados, sometidos a crítica, porque deben tener algo que ver con lo que tal caballero tiene ahora que declamar, lo que él llama la bajeza moral, porque comienza su ensayo, que ha titulado "Herejía ética": "En tiempos de bajeza moral, como probablemente no ha experimentado aún el pueblo alemán, es doblemente necesario defender los grandes hitos de la moral erigidos por Kant y Herbart y no permitir que sean desplazados en favor de inclinaciones relativistas. Las palabras del barón von Stein, de que una nación sólo puede permanecer fuerte manteniendo vivas las virtudes por las que se ha hecho grande, deben contarse hoy entre las primeras tareas en medio de la disolución de todos los conceptos morales."

A continuación, el hombre data la disolución de los conceptos morales tras la guerra y encuentra una cosa muy notable: "El hecho de que un escrito del líder de los antroposofistas en Alemania, el Dr. Rudolf Steiner, esté implicado en esta disolución debe deplorarse especialmente, puesto que no se puede negar el rasgo básico idealista de este movimiento, que aspira a una fuerte interiorización del ser humano individual" -pues esto lo ha sacado de algunos ensayos de las "Noticias Waldorf"- "y en su plan de la triple organización del cuerpo social, que se discutió en el nº 222, contiene ideas saludables que promueven el bienestar del pueblo. Pero en el documento (Berlín 1918) exagera su actitud individualista de una manera que conduce a la disolución de la comunidad social y por lo tanto debe ser combatido."

Para que vean: ¡en 1918, la "Filosofía de la Libertad" fue escrita como consecuencia de la bajeza moral resultante de la guerra! Desde hace decenios, claro está, que existía la "Filosofía de la Libertad", el buen hombre no le prestó ninguna atención, sólo leyó la última edición, es decir, la de 1918, con tanta atención que no se dio cuenta de lo antiguo que es este libro, que data sin duda de la época en que él hablaba de lo maravillosamente lejos que hemos llegado, hasta qué aclaración, cuando él estaba lejos de hablar de una bajeza moral: ¡Así pues! Hasta aquí ha llegado la conciencia de estos educadores de la juventud. El hombre no es sólo profesor de filosofía, sino sobre todo pedagogo. Él no sólo tiene que enseñar en las universidades, tiene que educar a los niños. Y él mismo es tan culto que le parece que el texto fue escrito en 1918, la "Filosofía de la Libertad". Por lo tanto, le resulta fácil informar sobre el propósito de este escrito. Consideremos la situación: la "Filosofía de la Libertad" se publicó en 1893. Las ideas nacieron entonces. Entonces, si suponemos que la "Filosofía de la Libertad" apareció en aquella época, qué sentido tienen las siguientes palabras, que prácticamente constituyen la culminación de todo el ensayo: "Pero estas personas libres del Dr. Steiner ya no son seres humanos. Ya han entrado en el mundo de los ángeles en la Tierra. La Antroposofía les ha ayudado a hacerlo".

Ahora yo les pregunto: En 1893 aparece la "Filosofía de la Libertad", publicada con la intención de proporcionar a las personas una ética a la que les ayude la antroposofía:"¿No debería ser una bendición indecible en medio de las múltiples confusiones de la vida terrenal el permitirse situarse en un entorno así? Suponiendo que un pequeño núcleo logre desprenderse de todo lo humano y entrar en una existencia más pura en la que a los verdaderamente libres se les permita vivir plenamente más allá del bien y del mal. ¿Qué queda para la amplia masa del pueblo, que está estrechamente entrelazada con las necesidades materiales y las preocupaciones de la vida?" 

Como ven, el asunto se presenta como si la "Filosofía de la Libertad" hubiera aparecido en Berlín en 1918, ¡y la Antroposofía estuviera allí para educar a las personas que se describen en la "Filosofía de la Libertad"!

Con este tacto escriben hoy nuestros sabios sobre las cosas. Es el mismo rigor con el que un doctor en teología escribe que aquí se construiría una estatua de Cristo de nueve metros de altura, con rasgos luciféricos en la parte superior y rasgos animales en la parte inferior, mientras que el hecho es que esta estatua de Cristo tiene un rostro ideal puramente humano en la parte superior y todavía es un bloque de madera en la parte inferior, es decir, todavía no existe en absoluto. Esto no sólo lo describe como si se lo hubiera comunicado alguien, sino que escribe como si hubiera constatado este hecho, como si él mismo hubiera estado allí. Aquí uno se acuerda de la anécdota que mencioné públicamente en la conferencia de Basilea, de cómo alguien afirma, cuando llega a casa por la noche, si está sobrio o borracho: te tumbas en la cama y pones un sombrero de copa sobre la manta delante de ti; si lo ves una vez, estás sobrio, si lo ves dos veces, estás borracho. Se necesita estar al menos en ese estado si ve lo que aquí se hace como estatua de Cristo de la forma en que lo vio ese doctor en teología.

Pero al margen de estos ataques, cabe plantearse en este caso la pregunta: ¿Qué clase de teólogos son? ¿Qué clase de cristianos son? ¿Qué clase de educadores juveniles son los que tienen tal relación con la verdad y la veracidad, y qué tipo de verdad transmite una ciencia dotada de semejante sentimiento por la verdad y la veracidad? Pero esa ciencia es realmente defendida hoy por la mayoría del  público en los púlpitos y en los libros; la humanidad vive de tal ciencia.

Entre todas las demás tareas que tiene, la ciencia espiritual tiene también la de purificar nuestra atmósfera espiritual de esos vapores de falsedad, de mentira, que no sólo prevalecen en la vida exterior, sino que pueden comprobarse hoy hasta las profundidades de las ciencias individuales. Y al mismo tiempo, es desde estas profundidades de donde emana lo que tiene un efecto tan devastador en la vida social. Hay que armarse de valor para iluminar con la luz adecuada estas cosas. Para esto, sin embargo, es necesario que uno pueda primero abrigar una visión del mundo que realmente construya el puente entre el orden moral del mundo y el orden físico del mundo, donde el sol brillante puede al mismo tiempo ser visto como la concentración de mundos de pensamiento que perecen, y aquello que burbujea desde las profundidades de la tierra puede al mismo tiempo ser visto como la preparación de aquello que vive en el futuro, como germen, como voluntad, impregnando el mundo como voluntad. Mañana seguiremos hablando de esto.

Traducido por J.Luelmo mar,2024

GA202 Dornach, 5 de diciembre de 1920 El pensar como metamorfosis de lo que vivió en la vida anterior en la tierra en las extremidades como voluntad

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RUDOLF STEINER

El puente entre la espiritualidad mundial y el ser humano físico.


El pensar como metamorfosis de lo que vivió en la vida anterior en la tierra en las extremidades como voluntad 

Dornach, 5 de diciembre de 1920

De las explicaciones de ayer habrán llegado a la conclusión de que uno ve el mundo de manera unilateral si lo mira como lo hace Hegel de una manera especialmente destacada, si lo mira como si estuviera impregnado de lo que se puede llamar el pensar cósmico. El mundo se ve igual de unilateralmente si se piensa en la estructura básica de naturaleza volitiva. Esta es la idea de Schopenhauer de pensar el mundo en términos de naturaleza volitiva. Hemos visto que esta tendencia particular, diría yo, a ver el mundo, a verlo como un efecto del pensar, apunta también a la naturaleza humana occidental, que tiende más hacia el lado del pensar. Hemos podido mostrar cómo la filosofía del pensar de Hegel tiene una forma distinta en las cosmovisiones occidentales, y cómo en los sentimientos de Schopenhauer vive la inclinación que en realidad es peculiar de los pueblos de Oriente, lo que se muestra por el hecho de que Schopenhauer tiene una preferencia especial por el budismo, por las cosmovisiones orientales en general.

Ahora bien, en el fondo, semejante forma de ver las cosas sólo puede juzgarse cuando se la puede ver desde el punto de vista que da la ciencia espiritual. Sin embargo, desde este punto de vista, tal recapitulación del mundo desde el punto de vista del pensar o desde el punto de vista de la voluntad parece algo abstracto, y es sobre todo el período más reciente del desarrollo humano el que, como hemos subrayado a menudo, todavía tiende a tales abstracciones. La ciencia espiritual debe hacer que la humanidad vuelva hacia una comprensión concreta, hacia una comprensión del mundo conforme a la realidad. Pero es precisamente a tal comprensión realista del mundo a la que se le aparecerán las razones internas por las que tal unilateralidad se afianza. Lo que ven personas como Hegel y Schopenhauer, que al fin y al cabo son espíritus grandes, importantes e ingeniosos, está por supuesto ciertamente presente en el mundo; sólo hay que verlo de la manera correcta.

Antes que nada hemos de darnos cuenta hoy de que experimentamos el pensar en nosotros mismos como seres humanos. Así pues, cuando el hombre habla de su experiencia del pensar, tiene esta experiencia del pensar directamente. Por supuesto, no podría tenerla si el mundo no estuviera impregnado de pensamientos. Pues, ¿Cómo podría el hombre, al percibir sensorialmente el mundo, obtener el pensamiento de su percepción sensorial si el pensar no estuviera presente en el mundo como tal?

Pues bien, como sabemos por otras observaciones, la organización de la cabeza humana está constituida de tal manera que es particularmente capaz de captar pensamientos del mundo. Está moldeada por el pensar, formada por el pensar. Pero al mismo tiempo la organización de la cabeza humana nos señala la vida anterior en la tierra. Sabemos que la cabeza humana es en realidad el resultado metamórfico de las vidas terrestres anteriores, mientras que la organización de las extremidades humanas apunta a las vidas terrestres futuras. Hablando en términos generales: Tenemos nuestra cabeza porque nuestras extremidades de la vida terrestre anterior se han metamorfoseado formando la cabeza. Nuestras extremidades, tal como las llevamos encima ahora, con todo lo que les es propio, se metamorfosearán en la cabeza que llevaremos encima en la siguiente vida terrestre. En la vida que transcurre entre el nacimiento y la muerte, los pensamientos actúan actualmente en nuestra cabeza. Tales pensamientos son, como también hemos visto, al mismo tiempo la transformación, la metamorfosis de aquello que actuó como voluntad en nuestros miembros en la vida terrena anterior. Y a su vez, aquello que obra como voluntad en nuestros miembros actuales, se transformará en pensar en la próxima vida terrena.

Cuando uno se da cuenta de ello, puede decirse a sí mismo: El pensar aparece en realidad como aquello que surge continuamente de la voluntad como una metamorfosis en la evolución de la humanidad. La voluntad aparece realmente como aquello que es, por así decirlo, el germen del pensar. De modo que podemos decir: La voluntad se desarrolla gradualmente en pensar. Lo que primero es voluntad más tarde se convierte en pensar. Cuando los seres humanos nos miramos a nosotros mismos, debemos, si nos consideramos seres dotados con una cabeza, volver la vista hacia nuestra prehistoria, en cuanto que en esta prehistoria teníamos el carácter de la voluntad. Cuando miramos hacia el futuro, debemos en el presente atribuirnos el carácter volitivo en nuestros miembros y debemos decir: En el futuro esto será lo que se forme en nuestra cabeza, el hombre pensante. Pero continuamente llevamos en nosotros a ambos. Somos, por así decirlo, resultado del universo por el hecho de que, en nosotros, el pensar del pasado se organiza conjuntamente con la voluntad que quiere entrar en el futuro.

Ahora bien, lo que así constituye hasta cierto punto la organización del hombre a partir de la confluencia del pensar y de la voluntad, cuya expresión es entonces la organización exterior, lo que hasta cierto punto organiza tan plenamente al hombre, se hace particularmente vívido cuando se contempla desde el punto de vista de la investigación científico-espiritual.

Aquel que puede desarrollarse hacia arriba hasta las consecuciones de la imaginación, la inspiración, la intuición, no ve en el hombre sólo la cabeza exteriormente visible, sino que por medio de la cabeza ve objetivamente lo que es el hombre-pensamiento. Él ve, por así decirlo, hasta el pensar. De modo que podemos decir: Con aquellas facultades que llegan al hombre como las inicialmente normales entre el nacimiento y la muerte, la cabeza se muestra en la configuración en la que está precisamente allí. A través del conocimiento desarrollado en la imaginación, la inspiración, la intuición, el vigor mental, que es la base del organismo de la cabeza, proveniente de encarnaciones anteriores, también se hace visible, si usamos esta expresión en un sentido figurado. ¿Cómo se hace visible? De modo que sólo podemos utilizar la expresión para este hacerse visible, para este hacerse comprensible anímica-espiritualmente diciendo: se vuelve como luminoso.

Es cierto que cuando aquellos que quieren atenerse al punto de vista del materialismo critican tales cosas, se ve inmediatamente cuán fuertemente la humanidad actual carece de la sensibilidad para captar lo que realmente se quiere decir con tales cosas. En mi libro "Teosofía" y en otros escritos he señalado con suficiente claridad que es cosa natural que no aparezca un nuevo mundo físico, por así decirlo una nueva edición del mundo físico, cuando la imaginación, la inspiración, la intuición miran lo que es el hombre pensamiento. Pero esta experiencia es exactamente la misma que se tiene hacia el mundo físico exterior en la luz. Sería más exacto decir que el hombre tiene una cierta experiencia de la luz exterior. La misma experiencia que el hombre tiene a través de la percepción sensorial de la luz en el mundo exterior, la tiene hacia los elementos de pensamiento de la cabeza para la imaginación. Para que se pueda decir: El elemento pensar, visto objetivamente, se ve como luz, o mejor dicho, se experimenta como luz. Vivimos en la luz porque somos personas pensantes. La luz exterior se ve con los sentidos físicos; la luz que se convierte en pensar no se ve porque uno vive en ella, porque uno mismo es ella como hombre pensante. Al principio no puedes ver aquello que tú mismo eres. Cuando uno sale de estos pensamientos, cuando entra en la imaginación, en la inspiración, entonces se enfrenta a ello, y entonces ve el elemento pensamiento como luz. De modo que cuando hablamos de la totalidad del mundo, podemos decir: Tenemos la luz dentro de nosotros; sólo que no se nos aparece como luz, porque vivimos en ella, y porque al hacer uso de la luz, al tener la luz, se convierte en pensar en nosotros. Ustedes toman posesión de la luz, por así decirlo; la luz que de otro modo les aparecería fuera, ustedes la absorben en sí mismos. La distinguen dentro de ustedes mismos. Ustedes trabajan dentro de ella. Eso es su pensar, esto es actuar en la luz. Ustedes son un ser de luz. No saben que son un ser de luz porque viven en la luz interior. Pero el pensar que desarrollan ustedes es vivir en la luz. Y cuando observan su pensar desde fuera, ciertamente ven luz.
Ahora piensen para ustedes mismos en el universo (dibujo de la izquierda). Se ve, -de día, por supuesto- inundado de luz, pero imagínense que están viendo este universo desde fuera. Y ahora hacemos lo inverso. Acabamos de tener la cabeza humana (dibujo de la derecha), que en su desarrollo interior tiene un pensamiento y en el exterior ve luz. En el universo tenemos luz que es visible para los sentidos. Cuando salimos del universo, miramos el universo desde fuera (flechas), ¿Cómo aparece? ¡Como una estructura de pensamientos! El universo, -interiormente luz, visto desde fuera como pensamientos. La cabeza humana, -pensamiento interior, vista desde el exterior como luz.

Esta es una forma de ver el cosmos que puede ser inmensamente útil e informativa si quieren utilizarla, si realmente se adentran en tales cosas. Su pensar, toda su vida anímica se volverá mucho más móvil de lo que es de otro modo si aprenden a elaborar representaciones: Si yo saliera de mí mismo, como ocurre constantemente cuando me duermo, y mirara hacia atrás, hacia mi cabeza, es decir, hacia mí mismo como persona de pensamiento, me vería resplandeciente. Si me saliera del mundo, del mundo iluminado, para ver el mundo desde fuera, lo vería como una formación de pensamientos. Percibiría el mundo como una entidad de pensamientos. Ya ven, la luz y el pensamiento van juntos, la luz y el pensamiento son lo mismo, sólo que visto desde lados diferentes.

Pero ahora el pensamiento que vive en nosotros es en realidad el que viene de tiempos prehistóricos, el que está más maduro en nosotros, el resultado de vidas terrenales anteriores. Lo que antes era voluntad se ha convertido en pensamiento, y el pensamiento aparece como luz. De esto podrán sentir: Donde hay luz, hay pensamiento, pero ¿Cómo? El pensamiento, en el que un mundo muere continuamente. Un premundo, un mundo prematuro muere en el pensamiento, o lo que es lo mismo, en la luz. Este es uno de los misterios del mundo. Miramos hacia el universo. Está inundado de luz. El pensamiento vive en la luz. Pero en esta luz impregnada de pensamiento vive un mundo moribundo. El mundo está muriendo constantemente en la luz.

Cuando un hombre como Hegel contempla el mundo, en realidad está contemplando la continua extinción del mundo. Esas personas que tienen una inclinación especial hacia el hundimiento, la muerte, la paralización del mundo, se convierten en personas especialmente pensantes. Y al morir el mundo se vuelve bello. Los griegos, que interiormente estaban realmente llenos de naturaleza humana viva, exteriormente se regocijaban cuando la belleza brillaba en la muerte del mundo. Porque en la luz en la que el mundo muere, la belleza del mundo brilla. El mundo no se vuelve bello si no puede morir, y al morir brilla, el mundo. Así que en realidad es la belleza la que aparece del destello de luz del mundo que muere continuamente. 
Así se ve el universo desde el punto de vista cualitativo. Los tiempos modernos, con Galileo y los demás, han comenzado a ver el mundo cuantitativamente, y hoy nos sentimos particularmente orgullosos de que, como ocurre en todas partes en nuestras ciencias donde es posible hacerlo, podamos comprender los fenómenos naturales a través de las matemáticas, es decir, a través de lo que está muerto. Hegel, sin embargo, para comprender el mundo utilizaba conceptos más sustantivos que los matemáticos; pero para él, lo particularmente atractivo era lo que había llegado a ser maduro, lo que había muerto primero. Podría decirse: Hegel se enfrentaba al mundo como quien se enfrenta a un árbol que acaba de estallar en flores. En el momento en que los frutos quieren desplegarse pero aún no lo han hecho, cuando las flores han alcanzado su plenitud, la fuerza de la luz actúa en el árbol, lo que actúa en el árbol es el pensamiento nacido de la luz. Así es como Hegel se posicionaba ante todos los fenómenos del mundo. Él contemplaba la flor más externa, la que se despliega completa y cabalmente en lo más concreto.

Schopenhauer se enfrentaba al mundo de otro modo. <Si queremos examinar el ímpetu de Schopenhauer, entonces debemos mirar a lo otro en el hombre, a aquello que comienza. Eso otro es el elemento de la voluntad que llevamos en nuestras extremidades. Sí, en realidad lo experimentamos del mismo modo, -lo he señalado a menudo-, que experimentamos el mundo en el dormir. El elemento voluntad lo experimentamos inconscientemente. ¿Podemos de algún modo mirar este elemento de la voluntad desde fuera del mismo modo que miramos el pensamiento desde fuera? Tomemos la voluntad, desplegándose de algún modo en una extremidad humana, y preguntémonos, si ahora viésemos la voluntad desde el otro lado, es decir, si viésemos la voluntad desde el punto de vista de la imaginación, de la inspiración, de la intuición: ¿Cuál es entonces el paralelismo al verla en comparación con el hecho de que vemos el pensamiento como luz? ¿Cómo vemos la voluntad cuando la miramos con el poder desarrollado de la visión, la clarividencia? Cuando miramos la voluntad con el poder desarrollado de la visión, de la clarividencia, entonces también se experimenta algo que vemos externamente. Cuando miramos el pensamiento con el poder de la clarividencia, se experimenta luz, se experimenta algo luminoso. Cuando miramos la voluntad con el poder de la clarividencia, esta se vuelve cada vez más espesa, y se convierte en materia. Si Schopenhauer hubiera sido clarividente, este ser de voluntad se habría presentado ante él como un autómata material, pues esto es lo exterior de la voluntad, lo material. Interiormente la sustancia es voluntad, al igual que la luz es interiormente pensamiento. Y externamente la voluntad es sustancia, así como el pensamiento es luz externamente. Por eso también pude señalar esto en reflexiones anteriores: Cuando el hombre se sumerge místicamente en su naturaleza volitiva, los que en realidad sólo tontean con el misticismo, pero en realidad se esfuerzan por el bienestar, por la experiencia del peor egoísmo, entonces tales introspeccionistas creen que encontrarían el espíritu. Pero si pudieran llegar lo suficientemente lejos con esta introspección, descubrirían la verdadera naturaleza material del ser interior del ser humano. Pues no es otra cosa que una inmersión en lo material. Cuando uno se sumerge en la naturaleza de la voluntad, se le revela la verdadera naturaleza de la sustancia. Los filósofos naturales de hoy sólo fantasean cuando dicen que la materia consiste en moléculas y átomos. La verdadera naturaleza de la materia se encuentra cuando uno se sumerge místicamente. Allí se halla el otro lado de la voluntad, y eso es la materia. Y en esta sustancia, es decir, en la voluntad, se revela básicamente aquello que está continuamente comenzando, un mundo germinal.

Ellos miran al mundo: están rodeados de luz. Un mundo prematuro muere en esa luz. Ellos pisan el duro material, -la fuerza del mundo los sostiene. En la luz, la belleza brilla mentalmente. En el resplandor de la belleza, el mundo prematuro muere. El mundo se levanta en su fuerza, en su poder, en su violencia, pero también en su oscuridad. En la oscuridad se alza el mundo futuro, en el elemento material-volitivo.

Cuando los físicos empiecen a hablar en serio, no se entregarán a las especulaciones que hoy hablan de átomos y moléculas, sino que dirán: El mundo exterior está formado por el pasado, y en su interior no hay moléculas ni átomos, sino el futuro. Y cuando un día digan: El pasado se nos aparece radiante en el presente, y el pasado envuelve al futuro por todas partes, entonces hablarán del mundo correctamente, pues en todas partes el presente no es mas que aquello que el pasado y el futuro realizan conjuntamente. El futuro no es más que lo que yace realmente en la fuerza de lo material. El pasado es lo que brilla en la belleza de la luz, por lo que la luz se utiliza para todo lo que se revela, pues naturalmente lo que aparece en tono, lo que aparece en calor, también se entiende aquí bajo el significado de luz.

Y por eso el hombre sólo puede comprenderse a sí mismo cuando se comprende como un núcleo futuro que está envuelto por lo que le llega del pasado, por el aura luminosa del pensamiento. Se puede decir: El hombre visto espiritualmente es pasado, donde él brilla en su aura de belleza, pero incorporado a esta aura del pasado está aquello que como oscuridad se mezcla con la luz que brilla desde el pasado y que arrastra hacia el futuro. La luz es lo que irradia del pasado, la oscuridad lo que apunta al futuro. La luz es de la naturaleza del pensamiento, la oscuridad es de la naturaleza de la voluntad. Hegel era proclive a la luz que se despliega en el proceso de crecimiento, en las flores más maduras. Schopenhauer, como observador del mundo, es como alguien que se encuentra ante un árbol y no disfruta realmente del esplendor de las flores, sino que tiene el impulso interior de esperar hasta que las semillas para el fruto broten de las flores por todas partes. Esto le hace feliz de que haya poder de crecimiento en su interior, esto le estimula, se le hace la boca agua cuando puede pensar en la flor del melocotón convirtiéndose en melocotones. Se vuelve hacia aquello que se apodera de él desde dentro, de naturaleza ligera como aquello que se despliega de la naturaleza ligera de la flor, se vuelve como aquello que puede fundirse materialmente en su lengua, como aquello que se desarrolla como fruto en el futuro. Esta es, en efecto, la naturaleza dual del mundo, y sólo se mira al mundo correctamente si se le mira en su naturaleza dual, pues entonces uno se da cuenta de que este mundo es concreto, mientras que de otro modo sólo se le mira en su abstracción. Cuando ustedes salen y miran los árboles en flor, en realidad están viviendo del pasado. Así que ustedes miran la naturaleza primaveral del mundo y pueden decirse a sí mismos: Lo que los dioses han trabajado en este mundo en tiempos pasados se revela en el esplendor floreciente de la primavera. Miran el mundo fructífero del otoño y pueden decirse: Aquí comienza una nueva obra de los dioses, pero aquello que es capaz de seguir desarrollándose, aquello que se desarrolla hacia el futuro, se desvanece.

Así que no se trata simplemente de adquirir una imagen del mundo mediante la especulación, sino de captar el mundo interiormente con la totalidad del ser humano. En la flor del ciruelo uno puede realmente, yo diría, captar el pasado, sentir el futuro en la ciruela. Aquello que brilla en los ojos de uno, está íntimamente relacionado con lo que uno ha llegado a ser a partir del pasado. Lo que se deshace en su lengua está íntimamente relacionado con aquello a partir de lo cual resurge, como el ave fénix de sus cenizas, hacia el futuro. Uno capta el mundo en la sensación. Y Goethe se esforzaba realmente por "captar el mundo en la sensación" en todo lo que quería ver y sentir en el mundo. Por ejemplo, miraba el mundo verde de las plantas. No tenía lo que hoy podemos tener como ciencia espiritual, pero al mirar el verdor del mundo vegetal, tenía en el verdor de la planta, que todavía no se había desplegado completamente en forma de flor, lo que se proyecta en el presente desde el pasado real de la planta; porque en la planta el pasado ya aparece en la flor; pero lo que todavía no es tan pasado es el verdor de la hoja.

Si se mira el verdor de la naturaleza, es en cierto sentido algo que todavía no ha muerto hasta ahora, algo que todavía no está tan apresado por el pasado (véase el dibujo verde). Pero lo que apunta al futuro es lo que sale de las tinieblas, de la oscuridad. Donde el verde se torna azulado, allí está lo que en la naturaleza demuestra ser el futuro (azul).
Por otra parte, allí donde nos dirigimos hacia el pasado, donde yace lo que madura, lo que hace florecer las cosas, allí está el calor (rojo), donde la luz no sólo ilumina, sino donde penetra interiormente con fuerza, donde ésta pasa al calor. Ahora habría que dibujar realmente el conjunto de tal manera que uno diga: uno tiene el verde, el mundo vegetal, -así lo sentiría Goethe, aunque todavía no lo haya traducido a ciencia espiritual o ciencia oculta- y luego la oscuridad, donde el verde se vuelve azulado. Pero aquello que brilla, aquello que está lleno de calor, eso conectaría a su vez con el lado superior. Pero ahí se está como ser humano, ahí se tiene interiormente como ser humano lo que se tiene exteriormente en el mundo vegetal verde, ahí se está interiormente como cuerpo etérico humano, como he dicho a menudo, de color flor de melocotón. Este es también el color que aparece aquí, cuando el azul se superpone al rojo. Pues uno mismo es de ese color. De modo que cuando miran hacia el mundo coloreado, en realidad pueden decir: Ustedes mismos están dentro de la flor de melocotón, frente al verde.

En el mundo vegetal esto se presenta entonces objetivamente. De un lado tienen lo azulado, oscuro, del otro lo claro, rojizo-amarillento. Pero puesto que están dentro de la flor del melocotonero, puesto que viven dentro de ella, no pueden percibirla al principio en la vida ordinaria, así como tampoco perciben el pensamiento como luz. Lo que uno experimenta, no lo percibe, por lo tanto uno deja fuera la flor de melocotón y mira sólo el rojo, que se expande por un lado, y el azul, que se expande por el otro lado; y así le aparece a uno tal espectro de arco iris. Pero esto no es mas que una ilusión. El verdadero espectro se obtendría si esta banda de colores se extendiera en círculo. De hecho, lo perciben recto porque como ser humano están dentro de la flor del melocotón, y por eso sólo ignoran el mundo coloreado del azul al rojo y del rojo al azul a través del verde. En el momento en que uno tuviera este aspecto, todo arco iris aparecería como un círculo, como un círculo curvo, en forma de rollo con sección circular.

Esto último lo he mencionado sólo para llamar su atención sobre el hecho de que algo como la visión de la naturaleza de Goethe es al mismo tiempo una visión del espíritu, algo que corresponde plenamente a la visión espiritual. Cuando uno se acerca a Goethe, el científico natural, uno puede decir que él no tiene todavía una ciencia espiritual, pero él ha visto la ciencia natural de tal manera que está completamente en el espíritu de la ciencia espiritual. Sin embargo, lo que hoy debe ser esencial para nosotros es que el mundo, incluido el hombre, es una organización transversal de pensamiento-luz, luz-pensamiento con voluntad-materia, materia-voluntad, y que lo que concretamente se nos presenta está construido o impregnado de contenido de las formas más diversas a partir de pensamiento-luz, luz-pensamiento, voluntad-materia, materia-voluntad.

Así que se debe mirar el cosmos cualitativamente, no sólo cuantitativamente, entonces se podrán reconciliar con este cosmos. Pero en este cosmos también existe un continuo morir, un morir del pasado en la luz, un surgir del futuro en la oscuridad. Los antiguos persas, por su clarividencia instintiva, llamaban Ahura Mazdao a lo que sentían como la muerte del pasado en la luz, Ahriman a lo que sentían como el futuro en la oscuridad.

Y ahora tienen estas dos entidades del mundo, la luz y la oscuridad: en la luz el pensamiento vivo, el pasado que muere; en la oscuridad la voluntad emergente, el futuro que viene. Cuando vamos tan allá que ya no consideramos el pensamiento meramente en su abstracción, sino como luz, ya no consideramos la voluntad en su abstracción, sino como oscuridad, de hecho en su naturaleza material, en que llegamos a ser capaces de considerar el contenido de calor, por ejemplo, del espectro luminoso como coincidiendo con el pasado, el lado material, el lado químico del espectro con el futuro, pasamos de lo meramente abstracto a lo concreto. Ya no somos pensadores tan resecos y pedantes que se limitan a funcionar con la cabeza, sino que sabemos que aquello que piensa dentro de nuestra cabeza es en realidad lo mismo que inunda nuestro alrededor como luz. Y ya no somos personas tan prejuiciosas que se limitan a complacerse en la luz, sino que lo sabemos: En la luz está la muerte, un mundo que muere. También podemos sentir la tragedia del mundo en la luz. Así que salimos de lo abstracto, de lo intelectual y entramos en la inundación del mundo. Y en lo que es oscuridad vemos la parte naciente del futuro. Incluso encontramos en ello lo que incita a naturalezas tan apasionadas como la de Schopenhauer. En resumen, penetramos de lo abstracto a lo concreto. Surgen ante nosotros formaciones del mundo en lugar de meros pensamientos o impulsos abstractos de la voluntad.

Eso es lo que buscábamos hoy. La próxima vez buscaremos el origen del bien y del mal en lo que hoy se ha vuelto extrañamente concreto para nosotros: el pensamiento hacia la luz, la voluntad hacia la oscuridad. Así que desde el mundo interior penetramos en el cosmos y buscamos de nuevo en el cosmos, no meramente en un mundo abstracto o religiosamente abstracto, las razones del bien y del mal, sino que queremos ver cómo nos abrimos paso hasta una comprensión del bien y del mal, después de haber hecho el comienzo captando el pensamiento en su luz, sintiendo la voluntad en su devenir oscuro. Continuaremos con esto la próxima vez.

Traducción realizada por J.Luelmo feb.2024

GA202 Dornach, 4 de diciembre de 1920 Occidente materialización del pensar, Oriente espiritualización de la voluntad

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RUDOLF STEINER

El puente entre la espiritualidad mundial y el ser humano físico.


Occidente materialización del pensar, Oriente espiritualización de la voluntad

Dornach, 4 de diciembre de 1920

Aquí, en un futuro próximo, me corresponderá presentarles algunos puntos de vista sobre la relación entre el hombre y el mundo cósmico, por una parte, y el hombre y el desarrollo histórico de la humanidad, por otra. Estas han de ser observaciones que pueden complementar mucho de lo que ya hemos dejado pasar ante nuestras almas. Hoy quisiera comentar las reflexiones de las siguientes horas con una especie de introducción, que a algunos les puede parecer algo lejana, pero cuya necesidad se reconocerá en las horas siguientes. Quiero llamar hoy su atención sobre el hecho de que en el desarrollo del pensar centroeuropeo-alemán de la primera mitad del siglo XIX, además de los hechos a los que ya nos hemos referido, hay otro extraordinariamente significativo. Hace poco señalé, (GA200), el contraste que surge cuando se consideran las Cartas estéticas de Schiller, por un lado, y el cuento de hadas de Goethe de la serpiente verde y el hermoso lirio, por otro. Hoy quisiera señalar un contraste similar que surgió en este desarrollo del pensamiento de la primera mitad del siglo XIX en Hegel por un lado y Schopenhauer por otro. En Goethe y Schiller nos encontramos con dos personalidades que, durante un determinado período de sus vidas, equilibraron en una íntima amistad aquello que, podría decirse, está presente como oposición permanente precisamente en el desarrollo centroeuropeo del pensar, pero que también pugna continuamente por equilibrarse en este desarrollo del pensar, después de que antes se hubieran repelido mutuamente.

También otras dos personalidades representan los dos polos opuestos, sin que pueda decirse que hayan logrado ningún tipo de equilibrio: Hegel por un lado, Schopenhauer por otro. Sólo hay que considerar lo que yo mismo he descrito en mis "Enigmas de la filosofía" y nos daremos cuenta del profundo contraste entre Schopenhauer y Hegel. También lo revela el hecho de que Schopenhauer realmente no escatimó invectivas para caracterizar a su homólogo Hegel de la manera que mejor le pareció. Al fin y al cabo, gran parte de la obra de Schopenhauer es el más salvaje desvarío contra Hegel, el hegelianismo y todo lo que de algún modo se relaciona con él. Hegel tenía menos motivos para regañar a Schopenhauer porque, antes de la muerte de Hegel, Schopenhauer había permanecido en realidad sin influencia, es decir, no figuraba en realidad entre los filósofos que hubieran llamado la atención. El contraste entre estas dos personalidades puede caracterizarse simplemente señalando cómo Hegel ve el origen del mundo y el desarrollo del mundo y todo lo que le pertenece, en el elemento real del pensar. Hegel considera la idea, el pensar, como aquello que subyace a todo. Y la filosofía de Hegel se divide en tres partes: Primero, la lógica, que no es la lógica humana subjetiva, sino el sistema de pensamientos que se supone subyace al mundo. Luego Hegel enumera la naturaleza como la segunda parte de su filosofía. Pero la naturaleza tampoco es para él otra cosa que idea, sólo la idea en su alteridad, como él dice: la idea en su ser fuera de sí. Entonces la naturaleza es también una idea, pero la idea en una forma distinta, en la forma en que uno puede mirarla, observarla con los sentidos, una idea en su alteridad. La idea, en cuanto que luego vuelve a sí misma, es para él el espíritu del hombre, que se desarrolla desde las más simples actividades humano-espirituales hasta la historia universal y hasta el surgimiento de este espíritu subjetivo humano en la religión, el arte y la ciencia. Por tanto, si se quiere estudiar la filosofía de Hegel, hay que dedicarse a desarrollar los pensamientos del mundo, tal como Hegel fue capaz de explicar por sí mismo estos pensamientos del mundo.

Schopenhauer es la antítesis. Mientras que para Hegel los pensamientos son los pensamientos del mundo, lo creador, es decir, lo real actual en las cosas, para Schopenhauer todo elemento del pensamiento es sólo algo subjetivo, e incluso como subjetivo sólo una imagen, sólo algo irreal, ya que para él lo único real es la voluntad. Y así como Hegel persigue el pensamiento en los reinos mineral, animal, vegetal y humano, Schopenhauer persigue la voluntad en todos estos reinos. Y el tratado más encantador de Schopenhauer es en realidad aquel "Sobre la voluntad en la naturaleza". De modo que se puede decir: Hegel es el filósofo del pensamiento, Schopenhauer es el filósofo de la voluntad.

Así pues, en estas dos personalidades se encuentran dos elementos opuestos. ¿Por qué hemos diferenciado realmente por un lado en el pensamiento, por otro lado en la voluntad? Antes de nada, dejaremos que esta oposición polar se presente ante nuestras almas como introducción a nuestra próxima conferencia, cuando la consideremos en el hombre. Ahora apartémonos por un momento de la filosofía de Hegel, de la filosofía de Schopenhauer, y miremos a la realidad del hombre. Ya sabemos que en el hombre hay ante todo un elemento intelectual destacado, es decir, un elemento de pensamiento, y luego un elemento de voluntad. El elemento pensamiento se asigna preferentemente a la cabeza humana, el elemento voluntad preferentemente al organismo de las extremidades humanas. Esto, sin embargo, ya indica que el elemento intelectual es en realidad aquello que partiendo de nuestra existencia prenatal de los mundos espirituales, que fluyen para nosotros entre la muerte y un nuevo nacimiento, se encarna y desde la vida prenatal vive esencialmente en esta vida terrena. El elemento de la voluntad, sin embargo, es lo que, digamos, es el elemento joven en el ser humano, lo que atraviesa la puerta de la muerte, luego entra en el mundo entre la muerte y un nuevo nacimiento, se transforma allí, se metamorfosea y forma el elemento intelectual de la próxima vida. En nuestra organización anímica tenemos nuestro elemento intelectual, nuestro elemento pensamiento, que se refiere al pasado; tenemos nuestro elemento voluntad, que se refiere al futuro. Así hemos considerado esta oposición polar entre pensamiento y voluntad en el ser humano.

Por supuesto, cuando nos acercamos a la realidad, nunca debemos mirar estas cosas de un modo esquemático. Desde luego, sería esquematizar que uno dijera: Todos los elementos mentales nos remiten a nuestro tiempo anterior, y todos los elementos volitivos nos remiten a nuestro tiempo posterior. Esto no es así; sino que yo decía que lo destacable en el hombre, es que el elemento pensar apunta al tiempo anterior, el elemento voluntad al tiempo posterior. Pero en el hombre, además del destacado elemento pensar que apunta hacia atrás, se organiza un elemento volitivo, y además de éste, a su vez, se organiza un elemento pensar que retumba en nuestro interior, el cual sale hacia el futuro a través de la muerte. Si queremos entrar en la realidad con nuestra cognición, nunca debemos esquematizar, nunca debemos colocar las ideas simplemente una al lado de la otra, sino que debemos tener claro que en la realidad sólo se puede ver todo de tal manera que en algún lugar algo aparece como lo más destacado, pero que los demás elementos de la realidad viven dentro de ello, y que en todas partes lo que de otro modo está en segundo plano es a su vez lo más destacado en otro lugar de la realidad y lo otro está en segundo plano.

Después cuando vienen los filósofos y miran a uno u otro desde su punto de vista particular, llegan a sus filosofías unilaterales. Por el contrario, lo que yo acabo de describirles como el elemento del pensar en el hombre, no sólo está presente en el hombre y ligado a la organización cefálica, sino que el pensar está realmente extendido por todo el cosmos. El cosmos entero está impregnado de pensamientos cósmicos. En la medida en que Hegel era un espíritu fuerte que, me gustaría decir, sentía el resultado de muchas vidas pasadas en la tierra, centró su atención particularmente en el pensar cósmico.

Schopenhauer sentía menos en sí mismo el resultado de vidas anteriores en la tierra, en cambio centraba más su atención en la voluntad cósmica. Pues del mismo modo que la voluntad y el pensar viven en el hombre, el pensar y la voluntad viven también en el cosmos. Pero, ¿Qué significa para el cosmos el pensar, en el que se centró especialmente Hegel, y qué significa para el cosmos la voluntad, en la que se centró especialmente Schopenhauer? Hegel no tenía en mente el pensar que se desarrolla en el hombre. El mundo entero era básicamente una revelación del pensar para él. Pues él tenía en mente el pensar cósmico. Si se observa la formación espiritual particular de Hegel, entonces hay que decir: Esta formación espiritual de Hegel apunta al oeste terrestre. Sólo que Hegel elevó a elemento del pensar aquello que se expresa en Occidente, por ejemplo en la teoría materialista del desarrollo de Occidente, en la física materialistamente concebida de Occidente. En Darwin encontramos una teoría de la evolución, en Hegel encontramos una teoría de la evolución. En Darwin se trata de una teoría materialista de la evolución, en la que todo tiene lugar como si para la evolución solo contaran sustancias naturales groseras que lo llevaran a cabo; en Hegel vemos cómo todo lo que está en evolución está pulsado por el pensar, pues es el pensar en sus configuraciones particulares, en sus formas concretas, lo que en realidad está evolucionando.

De modo que podemos decir: En Occidente los espíritus contemplan el mundo desde el punto de vista del pensar, pero materializan éste pensar. Hegel idealiza el pensar, y por eso llega al pensar cósmico.

Hegel habla del pensar en su filosofía y en realidad se refiere al pensar cósmico. Hegel dice: Cuando miramos a cualquier parte del mundo exterior, ya sea a una estrella en su órbita, a un animal, a una planta, a un mineral, en realidad vemos pensamientos por todas partes, sólo que este tipo de pensamiento está presente en el mundo exterior en una forma distinta de la forma pensamiento. No puede decirse que Hegel se esforzara por mantener esotérica esta doctrina de los pensamientos del mundo. Se ha mantenido esotérica, pues las obras de Hegel fueron poco leídas; pero la intención de Hegel no fue mantener esotérica la doctrina del contenido cósmico del mundo. Pero es extraordinariamente interesante que cuando uno llega a las sociedades secretas de Occidente, entonces se considera que el concepto que éstas tienen, de que el mundo está realmente formado de pensamientos, es en cierto sentido, como una doctrina del esoterismo más profundo. Lo que Hegel dijo tan ingenuamente sobre el mundo es considerado ahora por las sociedades secretas de Occidente, de la humanidad angloamericana, como el contenido de su doctrina secreta, y son de la opinión de que esta doctrina secreta no debe popularizarse realmente. Por grotesco que pueda parecer a primera vista, se podría decir que la filosofía de Hegel es en cierto modo el nervio básico de la doctrina secreta de Occidente.

Miren, ahí radica un problema importante. Cuando uno se familiariza con las enseñanzas más esotéricas de las sociedades secretas de la población angloamericana, en realidad apenas puede encontrar otra cosa que filosofía hegeliana en términos de contenido. Pero hay una diferencia que no radica en absoluto en el contenido, sino en el tratamiento. Estriba en el hecho de que Hegel considera el asunto como algo bastante revelador, y las sociedades secretas de Occidente vigilan cuidadosamente que lo que Hegel puso ante el mundo no llegue a ser de conocimiento general, que permanezca como una doctrina secreta esotérica.

¿Cuál es realmente el problema subyacente? Es un problema muy importante. Se basa en el hecho de que si uno considera cualquier contenido de este tipo, surgido del espíritu, como una posesión secreta, entonces confiere poder, mientras que si se populariza, ya no confiere este poder. Y realmente yo les pido que consideren esto muy cuidadosamente: Cualquier contenido que se posea como contenido de conocimiento se convierte en poder si uno lo mantiene en secreto. Por lo tanto, aquellos que quieren mantener en secreto ciertas enseñanzas se sienten muy incómodos cuando las cosas se popularizan. Esto es casi una ley del mundo, que lo que se populariza simplemente confiere conocimiento, cuando se mantiene en secreto confiere poder.

Les he hablado en varias ocasiones durante los últimos años sobre las fuerzas que emanaban de Occidente. El hecho de que estas fuerzas emanaran de Occidente no se debía a que hubiera conocimientos que no se conocieran en Europa Central; sino que estos conocimientos se trataban de forma diferente. ¡Piensen que extraña tragedia es esta! Incluso se podría haber frenado de manera significativa qué acontecimientos histórico-mundiales han surgido del poder de las sociedades secretas occidentales con sólo haber estudiado a los propios en Centroeuropa, con no haber hecho tanto en Centroeuropa, lo que realmente se podría afirmar muy concienzudamente: En los años ochenta del siglo XIX, -lo he mencionado varias veces-, Eduard von Hartmann hizo imprimir públicamente que sólo había dos filósofos en todas las facultades centroeuropeas que habían leído a Hegel.

Por supuesto, mucha gente había hablado de Hegel y dado conferencias, pero demostrablemente sólo había dos profesores de filosofía versados en Hegel. Y el que tenía alguna sensibilidad para tales cosas podía experimentar lo siguiente: ¡Cuando se hacía sacar un volumen de las obras de Hegel de alguna biblioteca, se podía realmente afirmar con bastante exactitud que no estaba muy leído! A veces era muy difícil separar una página de la otra, -lo sé por experiencia propia- ,porque el ejemplar era todavía muy nuevo. Y Hegel lleva muy poco tiempo en las "ediciones".

Ahora bien, no he expuesto esto ante ustedes porque quiera llamar especialmente la atención sobre estos hechos que he caracterizado en último lugar, sino porque quería mostrar cómo lo que vive idealistamente en Hegel apunta, sin embargo, a Occidente, en el sentido de que reaparece, por una parte, en los burdos pensamientos materialistas del darwinismo, el spencerismo, etc., y, por otra, en el esoterismo de las sociedades secretas.

Y ahora tomemos a Schopenhauer. Schopenhauer es, me gustaría decir, el idólatra de la voluntad. Y el hecho de que tiene en mente la voluntad cósmica es realmente evidente en cada página de las obras de Schopenhauer, especialmente en el encantador tratado "Sobre la voluntad en la naturaleza", donde presenta todo lo que vive y habita en la naturaleza como la voluntad subyacente, como la fuerza primordial de la naturaleza. De modo que podemos decir: Schopenhauer materializa virtualmente la voluntad cósmica.

Si la constitución anímica de Hegel apunta a Occidente, ¿Hacia dónde apunta entonces toda esta constitución anímica de Schopenhauer? Pueden ustedes comprobarlo por el propio Schopenhauer, pues muy pronto descubrirán, si lo estudian, la profunda inclinación que Schopenhauer siente por Oriente. Esta preferencia de Schopenhauer por el Nirvana y por todo lo oriental, esta inclinación hacia el indianismo, es irracional como toda su filosofía de la voluntad, en cierto modo surge de sus inclinaciones subjetivas. Pero hay en ello una cierta necesidad. Lo que Schopenhauer presenta como su filosofía es una filosofía de la voluntad. Sin embargo, presenta esta filosofía de la voluntad dialécticamente, como es propio de Centroeuropa, la presenta en el pensar, racionaliza la voluntad misma; en realidad habla en el pensar, pero habla de la voluntad. Pero mientras habla así de la voluntad, es decir, mientras materializa realmente la voluntad cósmica, desde las profundidades de su alma surge en su conciencia la inclinación hacia Oriente. Está casi enamorado de todo lo que es indio. Así como hemos visto que Hegel apunta más objetivamente hacia Occidente, así vemos cómo Schopenhauer apunta hacia Oriente. En Oriente, sin embargo, no encontramos que lo que es el elemento de la voluntad y lo que Schopenhauer siente realmente como el elemento real de Oriente se materialice y se plasme en el pensar, es decir, se intelectualice. Toda la forma de la representación de la voluntad cósmica, que es la base de la vida anímica oriental, no es una representación que aparezca al intelecto, es una representación que en parte es poética, en parte es expresión de la contemplación inmediata. Schopenhauer intelectualizó a la manera centroeuropea lo que Oriente habría dicho en forma pictórica; pero aquello a lo que apunta: la voluntad cósmica, ése es sin embargo el elemento del que Oriente tomó su visión anímica. Es el elemento en el que vivía la visión oriental del mundo. Si la cosmovisión oriental subraya particularmente el amor que todo lo penetra, entonces el elemento del amor no es tampoco otra cosa que un cierto aspecto de la voluntad cósmica, sólo que elevado a partir del intelecto. De modo que podemos decir: Aquí la voluntad se espiritualiza. Así como el pensar se materializa en Occidente, la voluntad se ha espiritualizado en Oriente.

En el elemento centroeuropeo vemos que en el pensar cósmico idealizado, en la voluntad cósmica materializada, que también es tratada de un modo semejante al pensar, estos dos mundos también interactúan de este modo. Que en la referencia del hegelianismo a las sociedades secretas de Occidente tenemos algo así como una profunda afinidad entre el sistema de pensar cósmico de Hegel y este Occidente. Que en la inclinación de Schopenhauer, en su inclinación subjetiva hacia Oriente, tenemos algo que expresa también algo así como un parentesco entre Schopenhauer y el esoterismo de Oriente.

Es extraño cuando uno permite que esta filosofía de schopenhauer haga efecto en uno, cómo tiene en realidad algo plano en relación con el elemento intelectual; la filosofía de schopenhauer  no es profunda, pero al mismo tiempo tiene algo embriagador, algo volitivo que late en ella. Schopenhauer es más atractivo y atrayente cuando realmente impregna los pensamientos superficiales con su elemento volitivo. Entonces el fuego de la voluntad chispea a través de sus frases, por así decirlo. Así fue como se convirtió también en el filósofo de salón para una época básicamente plana. Cuando pasó una época llena de pensamiento, como la primera mitad del siglo XIX, tras la cual la gente se empobreció de pensamiento, Schopenhauer se convirtió en el filósofo de salón. No se necesitaba pensar mucho, pero uno podía dejar que el cosquilleo de la voluntad pulsando a través de tus pensamientos hiciera efecto en ti, especialmente si leías algo como la "Parerga y Paralipómena", donde este cosquilleo de pensamientos trabaja con refinamiento.

Y así, precisamente en el contraste entre Hegel y Schopenhauer en el área media del desarrollo de nuestra civilización, se encuentran los dos polos opuestos, uno de los cuales recibió su formación particular en Occidente, el otro su formación particular en Oriente. En Europa Central se encuentran uno al lado del otro, promoviéndose mutuamente a un equilibrio, y han encontrado un equilibrio armonioso en la incomparable amistad entre Schiller y Goethe, y un equilibrio desarmónico en la yuxtaposición de Hegel y Schopenhauer. Después de todo, Schopenhauer se convirtió en profesor privado en la Universidad de Berlín al mismo tiempo que Hegel representaba brillantemente allí su filosofía. Schopenhauer apenas encontraba público, su auditorio permanecía vacío. Y probablemente, si a Hegel se le preguntaba algo sobre la filosofía de Schopenhauer, - él podía permitírselo en aquella época, porque era un filósofo impresionante y respetado-, entonces se encogía de hombros. Cuando alguien hablaba más desde este elemento de la voluntad y acentuaba especialmente este elemento de la voluntad como Schleiermacher, pero entonces quería decir algo además de Hegel, entonces Hegel también se sentía más incómodo. Y cuando Schleiermacher quiso explicar el cristianismo desde este elemento irreflexivo y dijo: El cristianismo no se captaría en un elemento de pensamiento si uno captara los pensamientos del universo, por así decirlo los pensamientos divinos, de otra manera que no fuera sintiéndose dependiente de Dios, desarrollando un sentimiento de dependencia del universo - Hegel replicó: ¡Entonces el perro es el mejor cristiano, porque conoce mejor el sentimiento de dependencia! Así que, por supuesto, Hegel también habría iluminado a Schopenhauer, como lo hizo con Schleiermacher, si hubiera valido la pena. Pues Hegel empujaba a parejas por doquier a cualquiera que no se elevara a la comprensión de la realidad del pensar. Para Schopenhauer, sin embargo, los pensamientos no eran más que burbujas de espuma que surgían de las olas de la voluntad cósmica del mundo. Y Schopenhauer, que, sin embargo, tenía más razones para hacerlo a partir de la situación que acabamos de describir, regaña a Hegel en sus obras como a una lavandera.

Vemos, pues, que la contradicción, que es prácticamente el enigma de la vida en plena civilización, no ha llegado a una conclusión armoniosa. Pero tanto a Schopenhauer como a Hegel les falta una cosa, les falta la comprensión real del hombre. Hegel vive en el pensamiento cósmico, y hay algo en el hecho de que viva en este pensamiento cósmico que hace que Hegel sea impopular. Después de todo, a la gente generalmente no le gusta ocuparse de pensamientos cósmicos. Tienen un cierto sentimiento al que les gusta entregarse por conveniencia, el sentimiento de: ¿Por qué debemos devanarnos los sesos con pensamientos cósmicos? Los dioses, o Dios, lo hacen por nosotros. - Si eres protestante, dices: Eso lo hace el Dios único. Si los dioses ya se esfuerzan por ocuparse de los pensamientos cósmicos, ¿por qué deberíamos hacer nosotros un esfuerzo especial? -Y realmente hay algo extraordinariamente impersonal en lo que surge en las revelaciones del pensar de Hegel. La historia, por ejemplo, tal como se nos presenta en Hegel, tiene algo completamente impersonal. Allí tenemos realmente el despliegue del pensar desde el comienzo del desarrollo terrenal hasta el final del desarrollo terrenal.

Si se quisiera representar esquemáticamente esta filosofía hegeliana de la historia, habría que decir: Los pensamientos ascienden, descienden, se enredan unos a otros y así atraviesan el desarrollo histórico, y los hombres están por todas partes atrapados en estas telas de araña del pensamiento, son arrastrados por los pensamientos. De modo que para Hegel el desarrollo histórico es en realidad estos pensamientos que fluyen, que se enredan, que atrapan al hombre como un autómata, que también debe desarrollarse con este sistema de pensamiento en estas telas de araña de los pensamientos histórico-mundiales. Para Schopenhauer, el pensar humano no es más que una burbuja de espuma. Él dirige su mirada a la voluntad cósmica, me gustaría llamarlo, a este mar cósmico de voluntad. En realidad, el hombre no es más que un depósito en el que se recoge un poco de esta voluntad cósmica. La filosofía de Schopenhauer no tiene nada de esta racionalidad en evolución o del pensar en evolución, sino que lo que fluye es lo irreflexivo, lo irracional, el elemento irracional de la voluntad. Y en él surgen los hombres, y en ellos se refleja, como si se tratara de la racionalidad, la irracionalidad en realidad en continuo desarrollo. Para Hegel, el mundo es la revelación de la más sabia racionalidad. Para Schopenhauer, sí, ¿qué es el mundo para Schopenhauer? Es algo extraño cuando uno quiere responder a la pregunta: ¿Qué es el mundo para Schopenhauer? - Esta cosa extraña se me hizo particularmente clara una vez que estaba escribiendo un ensayo sobre Eduard von Hartmann, en el que había que considerar y discutir a Schopenhauer, porque Eduard von Hartmann partía de Hegel por un lado y de Schopenhauer por otro, pero más de Schopenhauer. En este ensayo, que era un ensayo puramente filosófico sobre la filosofía de Eduard von Hartmann, quise dar a entender que para Schopenhauer la solución al enigma del mundo consistía en decir: El mundo es una gran estupidez de Dios. Yo escribí eso porque pensaba que era verdad. El editor de la revista que se publicaba en Austria me contestó que tendría que borrarlo porque toda su revista sería confiscada si se imprimía en una revista austriaca; sencillamente, no podía escribir que el mundo era una estupidez de Dios. Bueno, no me entretuve en ello, sino que escribí al que entonces era el editor de estas "Palabras Alemanas": "Borra lo de "estupidez de Dios"; pero te recuerdo otro caso: cuando yo editaba la "Deutsche Wochenschrift", tú no escribiste que el mundo es una estupidez de Dios, sino que el sistema escolar austriaco es una estupidez de la administración educativa, y yo lo dejé estar. Sin embargo, el semanario me fue confiscado en su momento. Al menos quise recordarle al hombre que le ocurrió algo parecido a lo que me ocurrió a mí, sólo que a mí con el buen Dios, a él con el ministro austriaco de Educación, el barón von Gautsch.

Si se contempla de este modo la parte más esencial del rompecabezas del mundo, se puede ver realmente cómo en Hegel y Schopenhauer están ahí los dos polos opuestos, y aparecen realmente en su grandeza, en su admirable grandeza. Sin embargo yo sé, que a algunas personas les parece extraño que si alguien es tan admirador de Hegel como yo, también pueda poner semejante dibujo, porque algunas personas no pueden imaginarse que también se pueda conservar el humor ante lo que uno percibe como grande, porque la gente se imagina que si uno percibe algo como grande, siempre le tiene que salir la cara larga, la conocida.

Estamos, pues, ante dos polos opuestos, que en este caso no han llegado a un equilibrio armónico como en el caso de Schiller y Goethe. Y podremos encontrar algo que explique esta desarmonía si vemos que para Hegel el hombre es justamente un ser que se desarrolla en la tela de araña de los conceptos de la historia del mundo, y que para Schopenhauer el hombre no es en realidad más que un pequeño recipiente en el que se vierte una parte de la voluntad del mundo, por tanto, en el fondo, sólo una sección de la voluntad cósmica del mundo. Así pues, ninguno de los dos puede examinar los aspectos individuales y personales del ser humano. Pero tampoco pueden observar la esencia real de lo que ven en el cosmos. 

Hegel examina el cosmos y ve esta tela de araña de conceptos en la historia. Schopenhauer examina el cosmos y no ve esta tela de araña de los conceptos, -que para él no es más que la imagen reflejada-, sino que ve el mar de la voluntad dominante, y en estos recipientes se introduce, por así decirlo, lo que flota como seres humanos en este mar irracional de la voluntad. Los seres humanos sólo son apelados en la medida en que la voluntad irracional se refleja en ellos como si fuera racionalidad, representación, pensar. Pero tenemos estos dos elementos en el cosmos. Lo que Hegel ve ya está en el cosmos. El pensar está en el cosmos. Hegel y Occidente miran el cosmos y ven los pensamientos del mundo. Schopenhauer y Oriente miran el cosmos y ven la voluntad del mundo. Ambos están dentro. Y en relación con el cosmos habría surgido una concepción del mundo útil si se hubiera podido dar la paradoja de que los desvaríos de Schopenhauer le hubieran llevado finalmente tan lejos que hubiera salido de su propia piel, y, aunque el alma de Hegel hubiera permanecido en Hegel, su alma, (la de Schopenhauer), hubiera entrado en Hegel, de modo que hubiera estado dentro de Hegel. ¡Entonces habría visto el mundo del pensar y el mundo de la voluntad que habrían crecido juntos a partir de Schopenhauer y a partir de Hegel! Eso es, en efecto, lo que hay en el mundo: pensar del mundo y voluntad del mundo. Y están presentes en formas muy diferentes.

¿Qué nos dice la verdadera investigación científico-espiritual en relación con esta cosmología? Nos dice: Si miramos al mundo para dejar que los pensamientos del mundo actúen sobre nosotros, ¿Qué vemos? Al dejar que los pensamientos del mundo actúen sobre nosotros, vemos los pensamientos del pasado, todo lo que ha actuado en el pasado hasta este momento presente. Al ver los pensamientos del mundo, esto es lo que vemos, pues cuando miramos hacia el mundo, el pensamiento del mundo se nos aparece en su estado marchito. De ahí la rigidez y la muerte de las leyes de la naturaleza, y el hecho de que cuando queremos examinar la naturaleza legítimamente casi sólo podemos recurrir a las matemáticas, que se ocupan de lo muerto. Pero en lo que habla a nuestros sentidos, en la luz que nos deleita, en el sonido que oímos, en lo que nos calienta, en todo lo que se nos acerca sensorialmente, actúa la voluntad del mundo. Esto es lo que surge del elemento muerto de los pensamientos del mundo, y lo que básicamente apunta al futuro. La voluntad del mundo tiene algo de, me gustaría decir, lo caótico, lo indiferenciado; pero vive en el momento presente del mundo como el germen de lo que va hacia el futuro. Pero si nos abandonamos a los elementos del pensar del mundo, tenemos lo que se reproduce desde la prehistoria más gris hasta el presente. Sólo en la cabeza humana es diferente. El pensar está en la cabeza humana, pero está separado del pensar del mundo exterior, y dentro de la personalidad humana está ligado a un elemento individual de la voluntad, que, por lo que a mí respecta, al principio sólo puede considerarse como el elemento cósmico de la voluntad aprovechado en un pequeño depósito. Pero lo que el hombre posee como intelectualidad señala hacia el pasado. Eso básicamente lo hemos desarrollado a partir del germen en la vida anterior en la tierra donde entonces era voluntad. Ahora se ha convertido en pensar, está ligado a nuestra organización cefálica, nace como una imagen posterior viva del cosmos en nuestra organización cefálica. Lo unimos a la voluntad, lo rejuvenecemos en la voluntad. Y al rejuvenecerlo en la voluntad, lo enviamos a nuestra siguiente vida en la tierra, a nuestra siguiente encarnación en la tierra.

Esta imagen del mundo, en realidad tendríamos que dibujarla de otra manera. Tendríamos que dibujarlo de tal manera que lo cósmico exterior en la antigüedad sea particularmente rico en elementos de pensamiento, que se vuelva cada vez más delgado a medida que entramos en el presente, que el pensamiento tal como es en el cosmos se extinga gradualmente. Primero debemos extraer finamente el elemento voluntad.

Primero debemos dibujar finamente el elemento voluntad. Cuanto más retrocedemos, más predomina el pensar en las imágenes akáshicas; cuanto más avanzamos, más denso se vuelve el elemento voluntad. Si quisiéramos ver a través de este desarrollo, tendríamos que contemplar un elemento pensamiento luminoso de la prehistoria más gris y el elemento voluntad irracional del futuro.


Pero no permanece así, porque el hombre lleva ahora a él los pensamientos que ha guardado en su cabeza. Los envía hacia el futuro. Y mientras los pensamientos cósmicos mueren cada vez más, los pensamientos humanos germinan; desde su fuente penetran en el elemento cósmico de la voluntad en el futuro.

Así que el hombre es el guardián del pensar cósmico, así que el hombre lleva el pensar cósmico desde sí mismo al mundo. En las desviaciones a través del hombre, el pensar cósmico se propaga desde los tiempos primitivos hacia el futuro. El hombre pertenece a lo que es cosmos, pero no del modo en que el materialista, por ejemplo, piensa que el hombre es también algo que se ha desarrollado a partir del cosmos y forma parte del cosmos, sino que el hombre pertenece también al elemento creador del cosmos. Él lleva el pensar del pasado hacia el futuro.

Ya lo ven, ahí es donde se entra en lo concreto. Cuando se comprende realmente al hombre, se entra en lo que Schopenhauer y Hegel aportaron unilateralmente. Y a partir de ahí se comprende cómo también en el elemento filosófico hay que recapitular lo tripartito a un nivel superior, cómo hay que captar al hombre en el cosmos.
Bueno, mañana veremos esta conexión del hombre con el cosmos de un modo más vívido. Quería darles esto hoy como introducción, como he dicho, de cuya necesidad se darán cuenta a medida que avancemos.

Traducido por J.Luelmo feb.2024