ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)
Rudolf Steiner
Tratamiento de las irregularidades en el desarrollo del «yo». -
El «yo» en las condiciones térmicas.
Dornach, 14 de abril de 1921
¡Muy estimados presentes!
Ayer dije que ciertos conjuntos de síntomas se resumen en los fenómenos de quedarse dormido y despertarse. En primer lugar, es importante, sobre todo, observar los síntomas que se resumen en el proceso de dormirse, y en este sentido hay que señalar lo siguiente: La dificultad para dormirse siempre indica que —voy a utilizar ahora, precisamente en esta ocasión, esta fórmula que todos ustedes conocen muy bien— el cuerpo astral se adhiere a los órganos físicos y etéricos, sobre todo a estos últimos, es decir, que está demasiado unido a ellos. Esta adherencia del cuerpo astral resulta evidente para el investigador esotérico por el hecho de que los órganos —tanto los físicos como los demás— siguen funcionando, tal y como lo hacen en estado de vigilia, en el momento en que debería dormirse, mientras que en una persona normal experimentan una clara ralentización.
Ahora bien, esto es, por supuesto, lo que ya mencioné ayer: que normalmente no es posible informarse adecuadamente sobre todo lo que implica esta dificultad para dormirse. Por eso es necesario adquirir, en cierto modo, una visión general de aquellos fenómenos que, en estado de vigilia, acompañan a la dificultad para quedarse dormido. Y hay que decir que todo aquello que, en cierta medida, apunte a un funcionamiento involuntario del organismo, constituye un síntoma de una dificultad para el dormir. Así pues, cada espasmo involuntario de los labios, cada parpadeo involuntario de los párpados, cada movimiento excesivo de los dedos y similares —especialmente aquellos que no son expresión de un proceso interno—, es decir, todo movimiento inquieto en el ser humano, es un síntoma que acompaña, en estado de vigilia, a la dificultad para quedarse dormido. Por supuesto, este proceso solo suele observarse cuando se manifiesta de forma muy evidente en el exterior. Cuando ese tipo de inquietud tiene lugar en relación con los órganos internos, se trata de que uno adquiera cierta perspicacia para detectar este tipo de cosas y de que comprenda cómo relacionar realmente ciertos fenómenos entre sí. Me gustaría señalar que, por ejemplo, en personas enfermas que padecen clorosis se pueden oír ciertos ruidos en las venas que se encuentran a izquierda y derecha del cuello y que luego descienden. Estos ruidos, que antes se denominaban «ruidos de monja» —no sé si ahora se siguen llamando así—, también se perciben en cualquier persona cuando gira la cabeza bruscamente hacia la izquierda y hacia la derecha, es decir, cuando provoca un despliegue muy intenso de la astralidad, que siempre se produce cuando un movimiento que, en otras circunstancias, solo se realizaría de forma voluntaria, se lleva a cabo de manera involuntaria. Así pues, cada vez que un movimiento que, en otras circunstancias, se realiza de forma voluntaria —es decir, un movimiento dependiente del yo— se lleva a cabo de forma involuntaria, es decir, cuando se experimenta ese «agitarse» en su interior, la astralidad se esfuerza en exceso, se utiliza en exceso y se ejerce una presión excesiva sobre el órgano. Y así, a través de este tipo de observaciones indirectas, se puede dirigir la atención hacia ese «agitarse» de los órganos internos.
Ahora bien, hay que decir que, en este caso de dificultad para quedarse dormido, siempre existe una irregularidad ajena a las influencias externas inmediatas, una irregularidad que dista mucho de todo lo que, por ejemplo, dije ayer sobre la luz y sobre los campos magnéticos y eléctricos. Todo lo que corresponde a la dificultad para dormir se encuentra algo más alejado de esas cosas. Se trata, pues, de que es necesario recurrir entonces a los remedios. Así pues, cuando existe un complejo de síntomas que puede resumirse bajo la fórmula de la dificultad para dormir, es necesario recurrir a los remedios, y concretamente a aquellos en los que primero deben provocarse ciertos procesos, sobre todo en el ámbito vegetal, es decir, la cocción, la combustión, etc. En este caso, cuando existe dificultad para dormirse y se trata de enfermedades en el interior de la caja torácica humana, desempeñará un papel importante todo aquello que pueda obtenerse como remedio mediante la decocción de raíces y mediante la incineración, porque también allí existe siempre una adhesión irregular del cuerpo astral a los órganos humanos. Todo aquello que aún se encuentra como fuerza en la decocción de raíces y en la ceniza vegetal es lo que debe desempeñar un papel especialmente importante. Por el contrario, todo lo que dije ayer desempeñará el papel más significativo en el despertar deficiente.
Un despertar deficiente siempre indica que el cuerpo astral interviene muy poco en los órganos. Cuando se trata de enfermedades del pecho, esta intervención deficiente del cuerpo astral tiene un significado distinto al que tiene cuando se trata de enfermedades generales del organismo humano. En este último caso, hay que intentar involucrar a todo el cuerpo astral. Entonces entra en vigor lo que dije hace unos días en relación con los efectos del arsénico. Estos, sin embargo, son eficaces cuando se trata de tratar el cuerpo astral ya impregnado por el «yo», mientras que, si se quiere tratar únicamente el cuerpo astral, es de especial importancia que se apliquen precisamente aquellas cosas de las que hablé ayer. En caso de un despertar deficiente, siempre se manifestará como fenómeno acompañante del estado de vigilia lo que se podría denominar «estado de benom», una tendencia a mantener la conciencia enturbiada en general. Se trata, en esencia, de fenómenos psíquicos que deben considerarse síntomas acompañantes del estado de vigilia en el caso de un despertar deficiente. Y por eso, también para aquellas personas que presentan alguna deficiencia en su organismo torácico y que, al mismo tiempo, manifiestan precisamente esos síntomas psíquicos acompañantes, reviste una importancia muy especial que estas curaciones se produzcan mediante el campo magnético o eléctrico; en este sentido, en respuesta a una pregunta que me hicieron ayer —responderé a todas las preguntas a lo largo de las conferencias, siempre que el tiempo lo permita, claro está—, sobre la pregunta que me plantearon ayer acerca de la diferencia entre el tratamiento con corriente continua y el tratamiento con corriente alterna —a eso se refería, en efecto, la pregunta—, me gustaría señalar lo siguiente: Cuando se trata de personas débiles, en las que es evidente que los trastornos —me gustaría decir— proceden de la parte inferior del ser humano medio, es decir, que se deben a deficiencias nutricionales y similares, entonces es mejor recurrir a la corriente alterna. Sin embargo, si es evidente que los trastornos proceden de la parte superior del ser humano, entonces es mejor recurrir a la corriente continua. No obstante, hay que señalar que la diferencia no es muy grande y que, si se aplica una u otra opción según el caso, tampoco pueden producirse errores demasiado graves precisamente en este aspecto.
Bueno, habrán podido comprobar a partir de esto que, precisamente en este ámbito de la salud y la enfermedad humanas, también se encuentran indicios importantes para la alimentación en general, porque existe una transición —diría yo— sutil entre los efectos de carácter más dinámico, que llegan al ser humano desde el exterior, y los efectos que surgen a raíz de las sustancias vegetales que el propio ser humano procesa y transforma. Pero comprenderán que, dado que nos encontramos en un ámbito en el que, en realidad, todo se basa en el ritmo, en el funcionamiento rítmico del organismo humano, también se pone de manifiesto algo a lo que, en el fondo, no se puede hacer suficiente hincapié a la hora de evaluar a la persona sana y a la enferma, y es que en este tratamiento debe estar ausente cualquier tipo de fanatismo. De hecho, en el arte médico debe estar ausente cualquier tipo de fanatismo. Y en cuanto a ese fanatismo que se manifiesta, por ejemplo, supongamos que en una aplicación fanática de la dieta crudívora —es decir, alimentos crudos, practicados fanáticamente como norma dietética—, fíjese en lo que hemos tenido que decir: La alimentación a base de alimentos crudos —es decir, no consumir nunca partes de las plantas que se encuentran más abajo, hacia la raíz— tiene una consecuencia muy concreta para todo el organismo humano; tiene como consecuencia que, poco a poco, se va contrarrestando en el organismo la salud del sistema respiratorio. Es cierto que, dado que el organismo humano no es tan fácil de destruir, ese fanatismo por la dieta crudívora puede tener, naturalmente, un efecto ruinoso en la persona sin que se note durante mucho tiempo; pero, con el tiempo, ese fanatismo por la dieta crudívora se manifestará sin más en una evidente falta de resistencia o algo similar.
Ahora bien, puede que alguien venga y diga: «Sí, pero yo he obtenido excelentes resultados con una dieta a base de fruta». Verá, en este caso hay que señalar lo siguiente: la fruta no es una raíz; la fruta está muy transformada por la acción del sol exterior. Allí se lleva a cabo un proceso casi extraterrenal, muy cercano a la cocción, cuando se aprovecha lo que hay de «dyna» en las frutas, de modo que, si, por ejemplo, se hace que ciertos enfermos no coman raíces, sino fruta fresca, se les causa menos daño, mucho menos que si se les hace comer raíces crudas. Así pues, no hay que caer en el fanatismo en ninguno de los dos sentidos, sino que, de hecho, hay que tratar cada caso de forma individualizada. Puede haber casos en los que haya que decirse: «Esta es una persona en la que se ve claramente que su irregularidad en el sistema torácico proviene de la circulación y no del ritmo respiratorio; puedo demostrar que se origina en la circulación, no en el ritmo respiratorio». En ese caso, me veré obligado a centrarme en aquello que se transmite precisamente de las funciones digestivas a las funciones circulatorias, y así podré subsanar adecuadamente lo que falta mediante una dieta a base de fruta cruda. Eso es totalmente cierto; que yo pueda hacerlo, de modo que este caso concreto podría apuntar sin duda alguna hacia la dieta a base de fruta cruda. Pero si tengo a una persona que tiende a mostrar en la respiración los orígenes del mal funcionamiento del pecho, entonces no lograré nada con un tratamiento de este tipo, sino que quizá solo pueda hacer daño, pues en ese caso tendré que recurrir a una dieta que le aporte tubérculos cocidos. Este sistema, tan inestable, pone de manifiesto lo perjudicial que resulta el fanatismo, ya sea en un sentido u otro.
Ahora bien, no podremos comprender este sistema en su totalidad y, por lo tanto, tendremos que volver sobre lo mismo si no, en primer lugar, me gustaría decir, en esta primera parte de nuestras reflexiones —que son más bien de carácter patológico-terapéutico, mientras que las siguientes serán de carácter terapéutico-patológico—, si no tenemos en cuenta en esta primera parte aquello que existe como un proceso en el organismo humano que, con mucha frecuencia, se sustrae por completo a la observación externa y que, por lo tanto, permanece sin ser observado, en detrimento de la salud humana. En las conferencias generales, cuando hablé de lingüística —no pude incluirlo en el capítulo dedicado a las ciencias naturales, aunque bien podría haberse tratado allí—, mencioné que los procesos peculiares que se manifiestan más hacia el exterior del organismo durante la madurez sexual y que se manifiestan hacia el interior en el periodo comprendido entre el nacimiento y la caída de los dientes de leche —es decir, cuando el ser humano aprende a hablar—, que esos procesos que tienen lugar entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico humano, así como el cuerpo físico, subyacen al aprendizaje del habla y a todos los cambios en el organismo humano relacionados con dicho aprendizaje. Estos son, pues, los procesos que deben observarse cuidadosamente en el niño. El aprendizaje del habla por parte del niño va siempre acompañado de un cambio en el resto del organismo. Y, como ya se ha dicho, también hay que observar el cambio en sentido inverso, desde el nacimiento; es decir, retroceder desde el cambio radical que supone el cambio de dentición hasta llegar al habla. Pero ahora se produce un cambio igualmente significativo, que se dirige únicamente hacia el interior, que no se manifiesta de forma tan evidente como, por ejemplo, el de la aparición de los dientes definitivos —eso lo puede observar cualquiera— o el aprendizaje del habla: eso también lo puede observar cualquiera, pues se manifiesta hacia el exterior. Pero también se produce un cambio, un cambio casi más importante para la salud y la enfermedad humanas que el otro, en el que, diría yo, en la educación ya se hace mucho de forma instintiva, porque las cosas salen a la luz. En realidad, subyace un significado mucho mayor a este otro proceso, que tiene lugar ahora en el periodo comprendido entre el cambio de dentición y la madurez sexual, el proceso que se sitúa directamente en el centro y que consiste en que el Yo propiamente dicho —que, en cierto sentido, nace, tal y como suelo explicar— me gustaría decir que, en lo exotérico, en lo completamente exotérico, no nace hasta alrededor de los veinte años, que este «yo» nace ahora también hacia el interior, del mismo modo que el cuerpo astral al hablar. Alcanza su punto álgido entre los nueve y los diez años.
Y ahora, por favor, deben tener en cuenta lo siguiente. Aquello que en realidad está innato en el ser humano en relación con su «yo», eso casi no se tiene en cuenta. El «yo», como parte intrínseca del organismo humano, realiza algo muy especial. Todo lo demás en el ser humano, lo físico —y más aún, ya volveremos sobre ello más adelante—, lo etérico y también lo astral en el ser humano —que, en realidad, solo está en contacto con el exterior directo del ser humano a través del cuerpo etérico—, son partes de la entidad humana que, en realidad, están muy fuertemente ligadas al interior humano. Mientras el organismo humano duerme, el «yo» se lleva casi exclusivamente el cuerpo astral. Este tiene una afinidad muy fuerte con el cuerpo físico y, en menor medida, con el cuerpo etérico. Pero en el caso del Yo no es así. Y es aquí, en la relación del Yo —concretamente en su relación con el mundo exterior—, donde se manifiesta de verdad la profunda diferencia entre el ser humano y el animal. Al alimentarnos, ingerimos sustancias que, en el mundo exterior, son precisamente eso: sustancias. Estas deben ser transformadas en el interior del ser humano. ¿Quién provoca esta transformación, esta transformación fundamental de las sustancias externas en el interior del ser humano? ¿Quién la provoca? En realidad, la provoca el «yo». Solo el «yo» tiene el poder —diría yo— de extender sus antenas hasta las fuerzas de las sustancias externas. Me gustaría decir que, si se tiene una sustancia exterior —representada esquemáticamente—, esta posee ciertas fuerzas que deben descomponerse si se quiere que se recombinen en el organismo humano. El cuerpo etérico y el cuerpo astral, en cierto modo, giran en torno a las sustancias; no tienen la fuerza necesaria para penetrar en el interior de las mismas, sino que simplemente giran a su alrededor. Es únicamente el «yo» el que realmente tiene que ver con la penetración, con la entrada en las propias sustancias. Así pues, cuando se introduce una sustancia alimenticia en el organismo humano, en un primer momento esta sustancia alimenticia se encuentra dentro de la persona. Pero el «yo» abarca todo el organismo humano y penetra directamente en la sustancia alimenticia. Se produce una interacción entre las fuerzas internas de la sustancia alimenticia y el «yo» del ser humano. Así, el mundo exterior, en lo que respecta a la química y la física, y el mundo interior del ser humano, en lo que respecta a la antroquímica y la antifísica, se superponen mutuamente. Eso es lo esencial.
Ahora bien, lo cierto es que, en el niño, hasta el momento en que comienzan a salir los dientes definitivos —es decir, hasta el momento en que se produce el cambio de dentición—, es desde la cabeza desde donde se regula esta intervención en la sustancialidad de las sustancias. El niño nace de tal manera que, a través de su cabeza, durante el desarrollo embrionario, se le dotan las fuerzas que actúan en el ser humano para transformar las sustancias desde dentro. Pero en el período comprendido entre el cambio de dentición y la madurez sexual —con su punto álgido entre los nueve y los diez años—, el «yo» que actúa desde el ser humano inferior, el «yo» inferior, debe encontrarse con el «yo» superior. En el niño es siempre el «yo» que actúa desde el ser humano superior el que sigue transformando las sustancias hasta el momento que acabo de describir. Me refiero, por supuesto, a los instrumentos del «yo». Al fin y al cabo, el «yo» es una unidad. Pero las herramientas del «yo», la polaridad del «yo», es decir, la parte inferior del «yo» que se encuentra con la parte superior, solo se establece en una relación correcta en el momento indicado. Así pues, en el ser humano, el «yo» debe incorporarse a la organización de la misma manera que, al aprender a hablar, el cuerpo astral debe intervenir en el organismo humano.
Ahora, partiendo de estas premisas, observen todos los fenómenos que se manifiestan en los niños desde los ocho o nueve años hasta los doce o trece, precisamente aquellos fenómenos que es tan necesario observar en la etapa de aprendizaje de la escuela primaria. Contemplen estos fenómenos desde este punto de vista. Encuentran su expresión externa en una búsqueda del organismo humano. Y esta búsqueda consiste precisamente en encontrar una concordancia, una armonía —que solo se establece a lo largo de la vida— entre las sustancias que se ingieren y la organización interna del ser humano. Observen con atención cómo, cuando la cabeza no es capaz de asimilar adecuadamente las fuerzas internas de las sustancias en esta etapa, cuando se resiste, esto se manifiesta en los dolores de cabeza infantiles que suelen aparecer alrededor de los nueve, diez u once años. Observen cómo aparecen entonces los síntomas asociados a las alteraciones del metabolismo —alteraciones relativamente muy externas del metabolismo—, en la secreción de ácido gástrico y así sucesivamente; observen todo eso y verán cómo hay niños que, por así decirlo, están continuamente enfermos debido a este ajuste deficiente del «yo» tanto desde abajo como desde arriba. Si se tienen en cuenta cuidadosamente estas cuestiones, se pueden tratar y, por regla general, desaparecen; van remitiendo tras la madurez sexual, cuando el cuerpo astral entra en acción y compensa lo que el «yo» no puede hacer. Esto va remitiendo poco a poco entre los catorce y los quince años, y entre los veinte y los veintiuno. Precisamente en este periodo, entre el cambio de dentición y la madurez sexual, los niños enfermizos pueden llegar a gozar posteriormente de una salud extraordinaria. Es algo muy instructivo de observar. Seguramente habrán comprobado a menudo cómo los niños enfermizos, sobre todo aquellos en los que la enfermedad se manifiesta externamente de forma muy marcada en los trastornos digestivos, en la digestión irregular, se convierten más tarde en personas completamente sanas si se les trata con esmero. Y en este tratamiento reviste una importancia muy especial el hecho de que ahora se proceda con sumo cuidado en lo que respecta a las normas dietéticas. En este sentido, se pueden lograr resultados magníficos si los padres o educadores de estos niños, que padecen este tipo de dolencias, no les ofrecen constantemente una alimentación abundante ni intentan convencerles sin cesar. De ese modo, la situación no hace más que empeorar. Más bien hay que intentar averiguar qué es lo que el niño digiere especialmente bien, qué le sienta especialmente bien, y dárselo entonces en raciones más pequeñas pero con mayor frecuencia, es decir, repartiendo la comida en un mayor número de comidas. Hay que prestar atención a esto, ya que así se puede hacer un gran bien a estos niños. Por el contrario, creer que se consigue algo mediante la sobrealimentación y prácticas similares es una idea totalmente errónea. Si, además, se vela por que esos niños no tengan demasiados deberes escolares —lo que empeoraría aún más su estado— y, por tanto, se les concede el descanso necesario, se contribuye a su vez a favorecer esa actividad digestiva, que es tan necesaria para su organismo, y que solo se logra con porciones más pequeñas de comida. Difícilmente se peca tanto contra algo como precisamente contra lo que se insinúa en las anteriores indicaciones. Porque se puede afirmar sin lugar a dudas que, si se incumple esto y no se vela por un desarrollo humano saludable en este sentido, entonces las afecciones sufridas a esta edad dejarán secuelas en forma de todo tipo de predisposiciones a la enfermedad que perdurarán durante toda la vida.
Bueno, la gente se queja con mucha facilidad de que en la escuela Waldorf somos extremadamente moderados con los deberes. Tenemos buenas razones para ello. Una pedagogía realista no se centra únicamente en los principios abstractos ni en las abstracciones en general, que hoy en día se aplican con frecuencia en la vida, sino que tiene en cuenta todo lo que hay que considerar en el desarrollo real del ser humano, y esto incluye, ante todo, no sobrecargar a los niños con deberes; pues los deberes son, en esencia, a veces las causas muy, muy ocultas de una mala digestión. Estas cosas siempre se manifiestan más tarde, pero son, sin duda, muy eficaces. Lo curioso es que, en lo que respecta al desarrollo humano, la percepción suprasensible del ser humano es, al mismo tiempo, un indicio de que lo que en una etapa temprana de la vida prepara el terreno para lo que vendrá después puede verse precisamente en sus primeros indicios en esa misma etapa temprana.
Pues bien, el peligro que entraña esta —si se me permite decirlo así— «incorporación» del yo en el organismo humano desde abajo, este peligro es, en realidad, extraordinariamente grande para casi todas las personas y, en particular, para los seres humanos cultos de nuestra época cuando son niños; por eso, en realidad, hay que tener en cuenta estas cuestiones en el caso de cualquier persona, salvo que sea de sangre campesina robusta. Existe aún una diferencia bastante marcada, precisamente en lo que respecta a estas cuestiones, entre la estirpe campesina y, se podría decir, el resto de la población mundial. Porque en este sentido hay que trazar la línea divisoria. El resto de la población mundial tiende en gran medida a los peligros que se derivan de esta integración deficiente del «yo» en el organismo —que queda profundamente deteriorado antes de que dicho «yo» pueda integrarse— y a los peligros que surgen precisamente al producirse dicha integración del «yo». Tanto desde el punto de vista del sistema respiratorio como del sistema craneal, el sexo femenino es precisamente el más receptivo a este peculiar y inestable equilibrio que existe. El sexo masculino, en lo que respecta a la estructura de su pecho, es algo —no más estable—, pero sí más robusto, es decir, menos sensible. Incluso pueden producirse allí los mismos daños, pero se manifiestan con menor intensidad. El sexo femenino es más sensible a todo lo que allí ocurre, y lo que he descrito —la búsqueda de la correcta integración del yo— desemboca, en las personas sanas, en la anemia o en la tisis. La palidez es la continuación directa de todo aquello que ocurre de manera anómala a partir de los siete años. La palidez no se manifiesta hasta más tarde, pero es precisamente la intensificación de todo aquello que, en esta dirección, aún pasa desapercibido en la vida anterior.
En este sentido, debemos señalar algo que es de suma importancia distinguir. Cuando observamos el sistema circulatorio, debemos diferenciar la circulación propiamente dicha —que es un conjunto de movimientos— de aquello que, a su vez, se integra íntimamente en dicha circulación, que, en cierto modo, se inserta en ella: se trata del metabolismo. En el sistema circulatorio existe precisamente un equilibrio entre el sistema metabólico y el sistema rítmico, mientras que en el organismo respiratorio existe un equilibrio entre el organismo rítmico y el organismo nervioso-sensorial. Así pues, si observan a este ser humano intermedio, este ser humano del pecho, deben tener muy en cuenta que está organizado de forma polar en dos direcciones. Está organizado hacia la cabeza a través de la respiración; está organizado hacia el sistema metabólico-motriz a través de la circulación. Todo aquello que forma parte del propio metabolismo o de lo que está íntimamente relacionado con él, en la movilidad del ser humano —lo cual reviste una gran importancia, especialmente en la primera mitad de la vida o en la fase ascendente—, todo ello se integra como fuerzas metabólicas en las fuerzas circulatorias. Y eso, es decir, ese desplazamiento hacia arriba, debe a su vez avanzar, de modo que, en realidad, en el proceso que he descrito, nos encontramos ante un avance de aquello que el «yo» provoca en el metabolismo y ya en la absorción de las sustancias, y luego en su contacto con las fuerzas internas de las mismas. Se trata de un ascenso a través de la circulación y la respiración hasta el sistema craneal, y esto debe organizarse adecuadamente en el periodo indicado, entre el cambio de dentición y la madurez sexual. El contacto del «yo» con las fuerzas de las sustancias externas debe ascender, a través de la circulación y la respiración, hasta la intervención adecuada en el sistema craneal. Este es precisamente ese proceso tan complicado con el que hay que lidiar, y este proceso complicado se puede estudiar realmente de tal manera que se intente captar ya su influencia, diría yo, en el tracto digestivo externo, allí donde las sustancias son aún muy similares a lo exterior, donde las sustancias apenas han sido captadas por el interior. Porque, ¿cuál es la primera percepción de las sustancias externas? ¿Qué hace el «yo» al percibir primero las sustancias externas?
La primera percepción de las fuerzas externas de las sustancias por parte del «yo» se produce acompañada de la sensación del gusto, del saborear, de la transformación de las sustancias externas, de modo que se manifiesta subjetivamente en el sabor. Esa es la primera percepción de las fuerzas internas. A continuación, el proceso continúa hacia el interior. Pero el sabor también se prolonga hacia el interior. El organismo digestivo interno, que se encuentra más allá del intestino y que luego traslada los nutrientes a la sangre, sigue siendo un «saborear» que se va atenuando. Y así se va ascendiendo, hasta que en el organismo de la cabeza se combate el «saborear». Allí se adormece el «saborear». Y en eso consiste la actividad de la cabeza frente al «saborear». La cabeza paraliza el sentido del gusto. Se opone al sentido del gusto. Este proceso debe ser ordenado. Entonces, naturalmente, al adentrarse más en las sustancias, el «yo» las aprehende con mayor intensidad de lo que ocurre meramente de forma externa y subjetiva en el sentido del gusto.
Lo que ocurre, por así decirlo, en el tracto digestivo externo, se ve fuertemente influenciado por lo que es salino-mineral. Pueden armonizar lo que voy a decir ahora con cada una de las partes de lo que dije en el curso anterior; verán que, en esencia, lo que expongo ahora es un complemento de lo dicho allí. La cuestión es la siguiente. Si nos preguntamos: ¿qué es, en realidad, un remedio procedente de los reinos externos de la naturaleza? ¿Qué es un remedio? —Esta pregunta de principio es, en realidad, una cuestión fundamental de la medicina, se podría decir. ¿Qué es un remedio?
Todo aquello que el organismo puede digerir en su estado sano no es un remedio. Eso no es un remedio. El remedio solo comienza cuando se le aporta al organismo algo que no puede digerir en su estado sano, es decir, algo que solo debe ser digerido por el organismo humano anormal. Desafiamos al organismo humano anormal a digerir algo que no se digiere en el organismo humano sano. La curación es, en realidad, una digestión continuada, pero precisamente una digestión que se traslada gradualmente al interior del organismo humano.
Entre los síntomas acompañantes de lo que, digamos, se manifiesta en la palidez con sus síntomas más evidentes, como se ha indicado anteriormente, se encuentran todos estos: cansancio, flojedad, dificultad para dormirse y despertares frecuentes. Cuando aparecen todos estos síntomas, que pueden manifestarse en la mayoría de los niños en la edad a la que nos hemos referido hoy, es necesario empezar por tratar el tracto digestivo externo. Para ello hay que aplicar remedios minerales, aún completamente minerales. Y se verá que se obtienen resultados. En un primer momento, estos efectos pueden observarse a través de los síntomas que se presentan. Se observará, por ejemplo, que aparecen síntomas intensos que apuntan todos a cómo el «yo» capta externamente las fuerzas de las sustancias externas y cómo se ve apoyado en este sentido por, digamos, el hierro carbónico. El hierro carbónico es algo que actúa como un apoyo frente a la parálisis, cuando el «yo» debe actuar externamente.
Si avanzamos un paso más y nos encontramos con una intervención deficiente del «yo» en el organismo circulatorio, se hará evidente cómo se puede reforzar esta intervención deficiente del «yo» en el organismo circulatorio, por ejemplo, mediante Ferrum muriaticum, es decir, mediante un remedio ya potenciado en el ámbito mineral puro.
Si pasamos a lo que ocurre entonces en el organismo respiratorio, es decir, si nuevamente ascendemos un nivel más, obtendremos un apoyo muy especial para el Yo a través de los ácidos vegetales y, si seguimos ascendiendo hacia el sistema craneal, a través de los metales puros, que, naturalmente, deben aplicarse allí donde no se trate de metales puros en sentido externo, pues en ese caso no tienen, en un primer momento, ninguna relación real con el organismo humano, sino en sus fuerzas más sutiles. Por eso dije el año pasado que, en el fondo, el organismo humano no se deja manipular de forma alopática en lo que respecta a los metales, sino que se homeopatiza por sí mismo, él mismo fragmenta los metales al pasar del sistema digestivo al organismo de la cabeza. Cuando se desarrolla la potenciación, se apoya a este organismo naturalmente.
Pero verán —y volveremos sobre esto desde otro punto de vista— que ya de por sí se puede deducir algo en relación con la potenciación. Porque hay que hacerse una idea del centro real de la carencia. Cuanto más profundo se encuentre el centro de la carencia, cuanto menos cercano esté a la organización de la cabeza, tanto menores serán las potenciaciones. Cuanto más se pueda constatar que está cerca de la organización de la cabeza, más se tratará de aplicar potenciaciones más elevadas. Por supuesto, se trata de que aquello que se acerca demasiado a la organización de la cabeza pueda manifestarse y expresarse de todas las formas posibles.
Si parten correctamente de ese punto de vista de la percepción del «yo» de lo exterior, entonces podrán, diría yo, comprender aquellas manifestaciones que se les presentan de forma sintomática. Verán, si se remiten a lo que he dicho estos días, y a lo que ya he subrayado en otras ocasiones: el organismo humano simplemente no es lo que dibujamos con líneas; eso no es más que lo sólido. El organismo humano es, en esencia, también líquido organizado, aire organizado, calor organizado. Y el yo debe intervenir también en estos distintos miembros de la organización. Y especialmente importante y sutil es también la intervención del yo en las condiciones térmicas del cuerpo. El yo debe intervenir en las condiciones térmicas del cuerpo de la siguiente manera.
En primer lugar, cuando el ser humano nace, tenemos la imagen del «yo». Ya he dicho que la imagen del «yo» está presente en la mente. Tenemos la imagen del «yo». Esta actúa durante la infancia. Para ello, el «yo» debe surgir desde abajo —me atrevería a decir que debe provenir del ser—; eso debe intervenir. Y esto se manifiesta en que esta imagen del «yo» que tenemos en la cabeza ejerce, en la infancia, un efecto que calienta profundamente el organismo. Esto tiene que ver con el calentamiento del organismo humano. Pero este calentamiento sigue una curva descendente. Este calentamiento alcanza su máxima intensidad precisamente al nacer, en la medida en que el calor emana de la cabeza, y luego sigue una curva descendente. Y nosotros, como seres humanos, nos vemos obligados, en edades más avanzadas, a mantener en su punto álgido lo que se desarrolla en esa curva de calor, desde abajo hacia arriba, mediante esta intervención del «yo» en estas condiciones térmicas. Más adelante debemos contraponer a esta curva otra que sea ascendente y que dependa, en esencia, de la captación de las fuerza de las sustancias ascendentes a través de la alimentación, de su transferencia a la circulación, a la respiración y, posteriormente, al sistema cefálico.
Ahora supongamos que esto no ocurre como es debido. Esa transferencia de las fuerza de las sustancias internas del mundo exterior al organismo humano es demasiado débil. Supongamos que es demasiado débil, que no se desarrolla con la intensidad necesaria; entonces, a través de la vía del «yo» —como debe ser—, no se aporta suficiente calor al organismo. La cabeza, que entonces solo traza la curva descendente, deja que el cuerpo se enfríe. Esto se manifiesta primero en las extremidades. Y, por favor, observen por eso cómo aquellas personas que padecen la prolongación de este estado de flacidez —que precisamente se deriva de todo lo que he descrito hoy— tienen las manos frías y los dedos de los pies helados. Ahí es palpable, porque se puede sentir cómo al proceso que se ha llevado a cabo desde arriba a través de la imagen del «yo» en la infancia, precisamente no se le opone lo necesario por parte del «yo» activo, por parte del «yo» que debe desarrollarse y que lleva el calor hasta la periferia más extrema de las extremidades. Esto es algo que les mostrará cómo, en cuanto uno se centra en la observación figurativa, en cuanto se tiene en cuenta cómo interactúan entre sí en el ser humano —hasta alcanzar la figuratividad— las diversas fuerzas superiores e inferiores, cómo entonces se dispone, de hecho, de lo que se manifiesta; diría que de imágenes. En el escalofrío de las manos, en el escalofrío de los pies, tienen imágenes de algo que ocurre en todo el organismo humano. Y ahí es donde surge que uno aprende a interpretar los síntomas de tal manera que de ellos se desprenda el conocimiento del ser humano en su totalidad. El hecho de que el yo no intervenga adecuadamente en la edad adulta, cuando el ser humano tiene las manos y los pies fríos, es revelador en el sentido más profundo. Porque, si se prestan atención a estas cosas, si tan solo se tiene en cuenta lo que la ciencia espiritual tiene que decir a partir de sus premisas, se establece una conexión con el organismo humano. Si no se presta atención a ello, se verá cómo, al ignorarlo, se pierde gradualmente la conexión con una comprensión real del organismo humano. Pero si se presta atención a lo que la ciencia espiritual puede ofrecer, se establece una conexión con el organismo humano. Uno va integrándose en él.
Tomemos, por ejemplo, lo siguiente. Esta ciencia espiritual insiste continuamente en lo siguiente: en la fuerza para erguirse del ser humano hay algo, pero esta fuerza de erguirse está, a su vez, relacionada con el desarrollo del «yo» de abajo hacia arriba. Lo que ocurre primero, en un primer momento, es una fuerza para erguirse que, en cierto sentido, solo se manifiesta externamente. Está respaldada por lo que fluye de arriba hacia abajo. Una vez finalizada la dentición, cuando esta fuerza para erguirse se ha aprovechado adecuadamente, se pone fin a esta fuerza de erguirse elemental; entonces, la fuerza para erguirse pasa directamente al interior, y es allí donde debe crearse el equilibrio, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Y entonces entran en oposición las fuerzas que van de arriba hacia abajo y las que van de abajo hacia arriba. Y estas se encuentran. En este encuentro —me atrevería a decir que unidimensional— entre las fuerzas de arriba y las de abajo, se puede observar especialmente lo que ocurre en esta etapa de la vida. Y ahora fíjense en qué situaciones —digamos, en personas con tendencia a la clorosis— se cansan especialmente. Por lo general, no se cansan tanto cuando caminan en horizontal, sino cuando suben escaleras. Esto apunta directamente a estos fenómenos. Precisamente subir escaleras supone una carga especial para las personas propensas a la palidez, de modo que, aunque los síntomas se manifiesten de forma viva y en constante evolución, es posible captar lo que, espiritualmente, subyace detrás del ser humano. Entonces se puede llegar a la conclusión de que, se podría decir que basta con deducir de lo que se obtiene de este modo a través de la patología diagnóstica, para saber qué medidas hay que tomar frente a los fenómenos anormales. Mañana seguiremos con este tema.
Traducido por J.Luelmo
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