CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA313 Dornach, 11 de abril de 1921- efectos de las sustancias sobre el cuerpo físico en la enfermedad y la curación

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

efectos de las sustancias sobre el cuerpo físico en la enfermedad y la curación


Dornach, 11 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Es de esperar que este curso, complementario al del año pasado, pueda aportar a su vez algunos elementos que puedan entenderse, en sentido estricto, como un complemento y que, sobre todo cuando nos acerquemos al final del curso, se cristalicen en una serie de perspectivas terapéuticas. En este curso me esforzaré por abordar desde otra perspectiva los temas que ya constituyeron el objeto de nuestra reflexión en el curso anterior: los aspectos relacionados con el ser humano enfermo y con aquel que debe ser sanado. Pero al considerar el tema desde otra perspectiva, no solo llegaremos a puntos de vista diferentes, sino que también ampliaremos el contenido que hemos analizado. De hecho, esta vez me gustaría mostrar cómo actúa, aquello que todos ustedes como antropósofos, conocen en cierto modo, al enfermar y al curarse, —la estructura del ser humano en cuerpo físico, cuerpo etérico, etc.—. Mientras que la última vez tuve que limitarme más bien a describir en primer lugar la manifestación exterior del ser interior, esta vez intentaré mostrar cómo se ven influidos estos distintos miembros del ser humano, por aquello que son las sustancias ajenas al ser humano, es decir, aquellas sustancias que pueden utilizarse como remedios, y lo que puede actuar como remedio al influir en el organismo humano de una manera que va más allá de lo meramente material. Sin embargo, debo establecer de inmediato una premisa introductoria.

La última vez que hablamos aquí sobre el mismo tema, pudimos referirnos en muchos aspectos a lo material y, en general, a lo físico como remedio. En el momento en que tengamos que pasar a los elementos superiores de la naturaleza humana, a los elementos suprasensoriales de la naturaleza humana, ya no podremos hablar del mismo tipo de materias. Es cierto que lo haremos —diría yo— para disponer de abreviaturas, para poder expresarnos de forma concisa, pero tendremos que ser conscientes de un hecho fundamental a lo largo de toda esta exposición. Tendremos que ser conscientes, en efecto, de que no se puede partir de lo material, tal y como se hace habitualmente hoy en día en la ciencia convencional, si se quiere comprender realmente la relación del ser humano con su entorno, así como su comportamiento en estado de salud y de enfermedad. Lo que hay que tomar como punto de partida no son, en realidad, las materias, sino los procesos; no es algo acabado, sino un acontecimiento. Y cuando hablamos de materia, debemos imaginar, en realidad, que en la materia —en aquello que nos aparece como tal en la apariencia sensorial exterior— no tenemos ante nosotros más que un proceso, un proceso que ha llegado a su reposo.

Si tenemos ante nosotros, por ejemplo, sílice, en un primer momento nos referimos a ella como una sustancia. Pero cuando incorporamos a nuestro concepto el llamado «cuerpo», que tiene unos límites determinados, no habremos captado lo esencial. Solo hemos captado lo esencial cuando abarcamos con la mirada del alma ese proceso tan amplio que existe como un único proceso en todo el universo y que, en cierto modo, puede cristalizarse como proceso, puede alcanzar la quietud, puede llegar a una especie de equilibrio y que, una vez que ha alcanzado la quietud, se manifiesta en lo que contemplamos como sílice. Es fundamental tener en cuenta la interacción entre los procesos que tienen lugar en el interior del ser humano y los que se desarrollan en el exterior, en el universo, con el cual, tanto el ser humano sano como el enfermo, se encuentra en una interacción continua.

Para que mañana podamos comenzar con el tema propiamente dicho, me gustaría exponerles hoy, a modo de introducción, aquello que realmente puede llevarnos a formarnos una idea sobre esta interacción. Para ello, debemos intentar comprender verdaderamente la esencia del ser humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual antroposófica. En un primer momento me expresaré, digamos que de forma esquemática, al querer examinar hoy aquí, en su concentración en el ser humano espacial, aquello que a menudo he expuesto como la estructura tripartita del ser humano. Al diferenciar la parte neuro-sensorial, sabemos que esta se concentra principalmente en la cabeza, pero que no solo está allí sino que se extiende por todo el ser humano, está presente en todo él; que el ser humano, por así decirlo, es sobre todo un ser neuro-sensorial, en la cabeza, pero por otro lado, no obstante todo el ser humano es cabeza, aunque en los otros dos miembros en menor medida que en la cabeza. Así pues, podemos imaginar que lo que llamamos «ser neuro-sensorial» se localiza principalmente en la cabeza. Pero entonces, para poder aprovechar esta división del ser humano con fines actuales, debemos concebir al ser humano rítmico, —que abarcaría todo lo que constituye el organismo respiratorio y circulatorio—, en realidad como un ser de dos partes: una que tiende más hacia el sistema respiratorio y otra que tiende más hacia el sistema circulatorio. Y en este sistema circulatorio se integra entonces todo aquello que constituye la relación entre el ser humano de las extremidades y el ser humano material.

Cuando se estudia la cabeza humana, se está estudiando, en cierto sentido, la parte del organismo humano que es, en mayor medida, el ser neuro-sensorial. La organización de la cabeza humana se diferencia de manera muy significativa de la organización de las demás partes del ser humano, incluso en lo que se refiere a la forma superior de este ser humano. En efecto, si contemplamos la cabeza del ser humano desde el punto de vista de la ciencia espiritual, esta cabeza es una especie de impronta, se podría incluso decir que es una especie de precipitado del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Y luego hay que tener en cuenta también el cuerpo físico de la cabeza. Pero este cuerpo físico está presente en la cabeza, en cierto modo, de una manera diferente a la del elemento físico que constituye la huella del «yo», del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Creo que también aquí puedo, —incluso diría que debo—, destacar lo más elevado de este asunto, señalando que la cabeza humana, tal y como se encuentra inicialmente en el embrión humano, no se forma únicamente a partir de las fuerzas del organismo parental, sino que en ella actúan fuerzas cósmicas; es decir, que tales fuerzas actúan directamente en el ser humano. Mientras que en lo que llamamos fuerzas etéricas, sigue actuando en gran medida el organismo parental, pero ya en el plano etérico actúan fuerzas cósmicas procedentes de la vida anímico-espiritual anterior al nacimiento, o mejor dicho, anterior a la concepción. Y en lo astral y en el yo siguen actuando, sobre todo, aquellas vivencias habidas en el mundo espiritual, justo antes de la concepción. Cuyos efectos actúan de tal manera que dan forma a la cabeza humana. El yo crea su huella en la cabeza humana, el cuerpo astral crea su huella física y el cuerpo etérico crea su huella física. Solo el cuerpo físico, que, como ya se ha dicho, se forma aquí, en la Tierra física, es, por así decirlo, un agente primario; no es una huella, sino un agente primario. De modo que puedo decir, si lo represento esquemáticamente, que la formación de la cabeza humana es tal que constituye una huella del «yo». Esto se organiza en su interior, —ya hablaremos más a menudo de esta organización—, se organiza de una determinada manera. Se organiza principalmente, en un primer momento, diferenciando en sí mismo las condiciones térmicas de la cabeza. Además, en su interior se diferencia el cuerpo astral, que se encuentra contenido de manera organizadora, sobre todo, en aquello que impregna la cabeza como procesos gaseosos y aéreos (véase el dibujo de la lámina 1). Entonces, el cuerpo etérico se separa, y lo que para la cabeza es el cuerpo físico es un proceso físico, un proceso verdaderamente físico (véase el dibujo de la lámina 1, sombreado en blanco). Lo ilustraré señalando, de manera un tanto esquemática en el dibujo, aquella parte de la cabeza que es la nuca ósea, como si allí se encontraran los ojos. (Se dibuja.) Pero lo que aquí se concentra en forma de fuerzas físicas se extiende, a su vez, por toda la cabeza. En esta parte física de la formación de la cabeza humana hay un proceso físico primario real. No es la expresión de nada más, sino que allí está presente aquello que lleva a cabo su propio proceso. Pero en este proceso físico principal de la cabeza, en realidad encontramos una dualidad, una interacción de dos procesos. Lo que ocurre allí es una interacción entre dos procesos que, en realidad, solo pueden entenderse si se analizan desde el punto de vista de la investigación espiritual junto con otros procesos que tienen lugar en el universo.

lámina 1
Si observan ahí fuera, en el universo, en las montañas primigenias, ese proceso que se manifiesta en la formación de la pizarra, concretamente en todo aquello que, partiendo de la sílice, conduce a la formación de la pizarra, entonces en las fuerzas que actúan allí, encontrarán en ese proceso, —el proceso de formación de la pizarra que parte de la sílice—, el proceso polarmente opuesto al que tiene lugar aquí, por un lado, en la formación física de la cabeza. Se trata de una relación importante entre el ser humano y su entorno. En primer lugar, en la cabeza humana se encuentra a su vez este proceso que tiene lugar en el exterior en la mineralización. Hoy en día, diría que ya está casi claro para la geología, —aunque todavía no del todo—, que todo lo que constituye el proceso de formación de pizarra, es decir, el proceso de toda aquella mineralización en la que participa la tierra de diatomeas (silicio), está relacionado con lo que se podría llamar «desvegetalización». En la formación de la pizarra, debemos buscar, en cierto sentido, el mundo vegetal convertido en mineral y al tratar de comprender esta «desvegetabilización» —que es sinónimo de la formación de la pizarra en la Tierra—, captamos aquel proceso que, de otra manera, se desarrolla en su polo opuesto aquí, en la cabeza humana. Pero hay otro proceso que interactúa con él. Y este otro proceso, que interactúa con el anterior, debemos buscarlo a su vez en el mundo exterior. Debemos buscarlo allí donde, por ejemplo, se forman las montañas calcáreas. Y hoy en día ya lo tenemos, casi como una verdad geológica para la ciencia exterior, que las montañas calcáreas se basan esencialmente en un proceso de formación de la Tierra que podemos denominar «proceso de desanimalización». Es el proceso opuesto al de convertirse en animal. Y, de nuevo, aquí se desarrolla el proceso polarmente opuesto. Así pues, si atribuimos al silicio y al calcio, —que son procesos que han llegado a su reposo— una participación en la formación física craneal del ser humano, debemos tener claro que, de este modo, interviene en dicha formación algo que, al menos en toda la naturaleza de nuestra Tierra, desempeña un papel muy importante. Al mismo tiempo, ya podemos orientarnos de antemano en este sentido: si, por un lado, observamos la tierra de diatomeas, el silicio, vemos que este tiene una relación esencial con lo que ocurre precisamente en la cabeza física; cuando hablo de silicio, me refiero precisamente al proceso que ha llegado a su reposo. Por su parte, lo que constituye el proceso de formación de la cal, lo que se estabiliza en el calcio, tiene que ver con todo aquello que es el polo opuesto, lo que interactúa polarmente con la otra fuerza en la cabeza física humana. Estos procesos, que aún hoy podemos observar a nuestro alrededor, están relacionados, en la cabeza humana, con aquellos procesos que no encontramos en la Tierra, sino que solo están presentes en forma de huella, ya que la cabeza es precisamente la huella del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del Yo.
En lo que respecta a estos miembros de la naturaleza humana, acabamos de analizar procesos que no son procesos terrestres inmediatos. Solo aquello que les he explicado sobre la cabeza física propiamente dicha es, en el ser humano, un proceso terrestre propiamente dicho. Los demás procesos no son procesos terrestres propiamente dichos, aunque, como veremos, los encontramos relacionados con procesos terrestres.

Para que podamos tener una visión general, quiero decir desde el principio que, al pasar ahora a la segunda parte del organismo humano, —llamémosla, a grandes rasgos y por su ubicación, la parte torácica—. Es aquel miembro del organismo humano que, en esencia, abarca al ser humano rítmico, y vamos a dividirlo de inmediato, de forma esquemática, en todo aquello que comprende el ritmo respiratorio y en todo aquello que comprende el ritmo circulatorio. Si queremos considerar ahora este segundo miembro del ser humano en su conjunto, debemos decir lo siguiente. Todo aquello que aquí (véase el dibujo de la lámina 2) he denominado «organización del ritmo respiratorio» en el sentido más amplio, es, en primer lugar, una impronta del Yo y del cuerpo astral. Así como la cabeza es una impronta del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico, lo que aquí se denomina ritmo respiratorio es una impronta del yo y del cuerpo astral, y tiene un componente que actúa de forma primaria por sí mismo (véase el dibujo, sombreado), en el que, sin embargo, interactúan el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En la cabeza humana, solo el cuerpo físico actúa de manera primaria por sí mismo.

lámina 2
El cuerpo etérico es, en efecto, también una impronta. Sin embargo, en el sistema del ritmo respiratorio actúa principalmente una interacción entre el cuerpo físico y el etérico, y la impronta es solo el «yo» y el cuerpo astral. En esencia, esto también sigue presente en la organización del ritmo circulatorio, pero de forma más débil, porque todo el organismo metabólico se integra en el sistema circulatorio. Pero ahí es donde comienza ya aquello que luego también es válido para el ser humano metabólico de las extremidades. Allí nos encontramos con que las extremidades, con todo lo que se proyecta en ellas como metabolismo, —a excepción de la circulación propiamente dicha, es decir, del movimiento que allí se produce—, son, en esencia, una impronta del Yo y una interacción entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral (véase el dibujo), de modo que podemos decir: Si nos fijamos en el ser torácico, en él solo encontramos, en cuanto a organización de impronta, aquello que se refiere al yo y al cuerpo astral, y en él actúa una organización primaria que no es meramente física, sino que hace que lo físico aparezca articulado por lo etérico. Esto se da con mayor intensidad en el ritmo respiratorio, y en el organismo circulatorio ocurre que ya interviene también el sistema metabólico.

lámina 3
Esto se observa en la interacción de diversa índole entre los distintos miembros del ser humano. En estos distintos miembros físicos, —que denominamos sistema de la cabeza, sistema del pecho y sistema de las extremidades—, interactúan de diversas maneras aquellos elementos que, en la ciencia espiritual, solemos llamar cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y «yo». La cabeza del ser humano, tal y como se presenta como proceso, es en esencia el cuerpo físico, pues lo que no es cuerpo físico es una impronta del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Lo que constituye al ser humano medio es, en esencia, una interacción entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Aquello que no es cuerpo físico ni cuerpo etérico es una impronta del yo y del cuerpo astral. El ser humano del metabolismo de las extremidades, —aunque en los dos últimos casos se entremezclan— es, en realidad, una interacción entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral, —esto solo se traslada a las otras partes del cuerpo, tal y como les he explicado— y una impronta del «yo» (véase lámina 3).

Ahora bien, se trata de que, en primer lugar, consideremos lo que podemos encontrar en el ser humano medio en relación con lo que, por ejemplo, aquí debemos entender como la parte de ese proceso en lo físico, en la organización física de la cabeza, que debemos considerar que ha alcanzado su estado de reposo en la sílice. Lo peculiar es que, en el ser humano medio, el proceso de formación de la tierra de diatomeas actúa con mayor intensidad y de forma más extendida. En la cabeza, actúa de manera más sutil. En el ser humano medio, actúa con mayor intensidad, de forma más extendida y, en cierto modo, más diferenciada. Y es en el ser humano del metabolismo de las extremidades donde actúa con mayor intensidad. Así pues, si consideramos aquel proceso que hemos entendido como vinculado a la sílice, debemos decir: este proceso actúa con mayor intensidad allí donde debe venir en ayuda del yo —veremos entonces la interacción con otros procesos— en relación con la acción del yo autónomo, que solo deja su huella en el ser humano del metabolismo físico. Este proceso generador de sílice actúa con mayor intensidad allí donde debe ayudar al «yo», para que este «yo» influya en el ser metabólico de las extremidades. Este proceso, que puede caracterizarse por la sílice, actúa con algo menos de intensidad allí donde solo tiene que ayudar al cuerpo astral, y actúa con menor intensidad allí donde solo tiene que ayudar al cuerpo etérico, en la cabeza.

Esto también podría expresarse a la inversa: en relación con lo que debemos considerar como el proceso que llega a su reposo en la sílice, debemos decir que, en la organización de la cabeza humana, este proceso actúa sobre todo a nivel material. En lo que respecta a lo dinámico, es donde actúa con menor intensidad como fuerza. Pero allí donde actúa con menor intensidad como fuerza, es donde actúa con mayor intensidad cuando se aproxima al punto en el que finalmente se estabiliza en la materia. De modo que, si consideramos la sílice como la sustancia que tenemos ante nosotros, debemos decir: su eficacia es mayor en la cabeza. Si la consideramos como el signo externo de un proceso, entonces debemos decir: su efecto más débil se da en la cabeza. Allí donde se da el efecto material más fuerte, se da el efecto dinámico más débil. En la zona media del ser humano, precisamente en lo que respecta a la tierra de diatomeas, el efecto material y el efecto de fuerza se mantienen más o menos en equilibrio. Y en lo que respecta a la materia de las extremidades del ser humano, el efecto de fuerza es, en esencia, tal que prevalece. Ahí se da el efecto más débil de la sustancia y el efecto más fuerte de la fuerza, de modo que lo que constituye el proceso generador de sílice organiza, en realidad, a todo el ser humano. Si nos hemos preguntado cómo se presenta la interrelación entre lo que constituye la organización física de la cabeza y el entorno exterior con el que el ser humano interactúa, entonces también podemos preguntarnos cómo es la interacción del ser humano en su aspecto medio —en la medida en que posee la organización del ritmo respiratorio— con el entorno exterior.

Si se quiere estudiar y comprender la cabeza humana desde el punto de vista de las ciencias espirituales, hay que fijarse en los dos procesos que tienen lugar en la formación de la Tierra: el proceso de formación de la cal y el proceso de formación de la sílice —o, si se quiere, del ácido silícico—. Podremos profundizar en ello más adelante. Ahora bien, aquello que se encuentra menos hacia el exterior, menos en la periferia, y más hacia el interior del ser humano —la organización del sistema respiratorio rítmico—, nos ofrece, al ser una interacción, principalmente una interacción entre lo físico y lo etérico, en la que se entrelazan las huellas del yo y de lo astral, en un primer momento no hay nada en el entorno que se presente directamente como un proceso, que se presente de forma inmediata en la naturaleza tal y como la encontramos como un proceso. Al menos, por lo general, no es así. Si queremos encontrar un proceso característico para lo que allí ocurre a través de esta peculiar interacción entre el yo, el cuerpo astral —que son más o menos libres, porque se han creado huellas— y lo que es, en primer lugar, una interacción entre lo físico y lo etérico; si queremos buscar algún proceso en el mundo exterior que corresponda a toda esta interacción, entonces, para que sea adecuado, en realidad primero debemos crearlo nosotros mismos. Cuando quemamos materia vegetal y obtenemos cenizas vegetales, lo que se manifiesta allí como proceso, —en la combustión, en la formación de las cenizas y en el posterior reposo de estas—, —hablaremos de las distintas cenizas—, lo que se manifiesta en el proceso del fuego y en el proceso de formación de cenizas, está relacionado de manera similar con el proceso respiratorio, del mismo modo que el proceso de la sílice está relacionado con el proceso que tiene lugar físicamente en la cabeza. Y si queremos hacer eficaz aquello que, en este proceso de formación de cenizas, tiene su correlato en el proceso del ritmo respiratorio, entonces, naturalmente, no podemos introducirlo en la respiración, —nunca podremos hacerlo en el organismo humano—, sino que debemos introducirlo en aquello que, en cierto modo, es el otro polo del proceso en cuestión. Si destaco esto aquí (véase lámina 4), tenemos aquí el proceso del ritmo respiratorio y el proceso del ritmo circulatorio: en el proceso del ritmo respiratorio, las cenizas vegetales son lo que caracteriza a los procesos activos. Pero debemos hacer que estos procesos de las cenizas vegetales surtan efecto de forma indirecta, a través del metabolismo, en el otro polo, en el organismo del ritmo circulatorio (véase lámina 4). Debemos incorporar estas cenizas vegetales —es decir, las fuerzas— al ritmo circulatorio, para que luego provoquen su efecto polar opuesto en el proceso del ritmo respiratorio.

lámina 4
Estas relaciones se presentan de tal manera a simple vista que se aprecia que son de suma importancia para la comprensión del organismo humano. Porque ahora comprendemos —tal y como nos hemos dicho— que lo que se nos presenta en el proceso de formación de la sílice tiene que ver con el ser humano en su totalidad; así, al aplicar esto ahora al proceso de incineración de las plantas, obtenemos una idea de este ser humano intermedio, que a su vez, al tener un ritmo respiratorio y circulatorio, se divide, en cierto modo, en dos partes. Nos hacemos una idea al decirnos: si nos fijamos en primer lugar en la parte superior, el ritmo respiratorio, la estructura de estos órganos viene determinada esencialmente por un proceso que es polarmente opuesto al proceso que se nos presenta cuando quemamos materia vegetal y obtenemos cenizas. Se trata, en cierto modo, de una lucha en el proceso del ritmo respiratorio, una lucha continua contra la formación de cenizas vegetales, pero una lucha que no tiene lugar sin que lo que es su contrario penetre realmente en el organismo, desafiando a este proceso. Nosotros, como seres humanos, estamos situados en la Tierra, donde existen procesos de sílice y procesos de caliza. No seríamos seres humanos si estos procesos nos dominaran. Somos personas porque llevamos en nuestro interior procesos polarmente opuestos; es decir, porque podemos contrarrestar el proceso de formación de sílice al llevar en nuestro interior el polo opuesto, y porque contrarrestamos el proceso de formación de cal al llevar en nuestro interior el polo opuesto. Llevamos estos polos en nuestro interior a través de la formación de nuestra cabeza y, en todo el ser humano, en el grado que he descrito. A través de nuestro ritmo respiratorio, llevamos en nuestro interior la lucha contra el proceso de incineración vegetal. Llevamos en nuestro interior el polo opuesto al proceso de incineración vegetal. Si se tienen en cuenta estas cosas, no resultará sorprendente que, en cierto sentido —por decirlo de manera un tanto simplista—, una fuerza provoque una reacción contraria. Está muy claro que, si intensifico en consecuencia el proceso de formación de sílice en el organismo, la reacción contraria se modifica; y está igualmente claro que, si introduzco el producto del proceso de combustión en el organismo, se genera la reacción contraria, y surge la gran pregunta: ¿cómo podemos controlar esta acción y reacción? - Eso es precisamente lo que, cuando lo describo de forma abstracta, siempre expreso diciendo que lo importante es, en primer lugar, reconocer cuáles son los procesos —pero hasta el nivel del yo— que tienen lugar en el organismo humano, y cuáles son los procesos externos, fuera del organismo humano. Estos procesos se diferencian entre el interior y el exterior. Pero, en el interior y en el exterior, son polarmente opuestos entre sí. Y en el momento en que algo que, por su propia naturaleza, debería encontrarse fuera de mi piel, se encuentra dentro de ella, o en el momento en que algo —aunque sea solo mediante una leve presión corporal— actúa desde el exterior hacia el interior, lo que en realidad no debería ser un efecto del exterior hacia el interior, surge la reacción interna, y en ese momento tengo la tarea de generar dicha reacción interna frente a algo. Si, por ejemplo, constato que en el ser humano, en lugar del proceso normal de contrarrestar la tierra con sílice, existe una inclinación excesiva, demasiado intensa, hacia este proceso, debo regularlo desde el exterior aportando la sustancia correspondiente y provocando la reacción contraria; esta surge por sí sola.

Eso es precisamente lo que nos lleva a comprender poco a poco esta interacción entre el ser humano y su entorno exterior. Si realmente llega a comprender cómo lo que más favorece al «yo» como acción de fuerza es precisamente lo que subyace en el proceso de formación de la sílice, cuando el «yo» quiere actuar a través de los miembros y el metabolismo, y si, además, sabe que lo que constituye la acción de la materia en el proceso de formación de la sílice actúa con mayor intensidad en la cabeza humana, y si entonces pueden decirse a sí mismos que lo que es efecto de fuerza debe acudir en ayuda del «yo» en la cabeza humana con una intensidad reducida, entonces tendrán la oportunidad de comprender cómo actúa este «yo» de forma gradual en el ser humano. Ahora bien, si se considera la relación del «yo» del ser humano con el sistema de medidas de los miembros y el metabolismo, en realidad es en esta relación donde se encuentra el origen del egoísmo humano. A este sistema del egoísmo humano pertenece también el sistema sexual. Y el «yo» es precisamente el que, de forma indirecta a través del sistema sexual, impregna en mayor medida al ser humano con egoísmo.

Si lo comprenden, dirán: entonces existe una cierta contradicción entre la forma en que el «yo» de la tierra de sílice se sirve de ella para actuar sobre el ser humano a partir del sistema de las extremidades, y la [forma] en que este «yo» actúa desde la cabeza humana a través de la tierra de sílice. En este caso, actúa, por así decirlo, libre de egoísmo. Y si se investiga esto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, se ve que actúa de forma diferenciadora.

Si tuviera que representar esquemáticamente este curioso efecto, diría lo siguiente: Lo que el «yo» —es decir, ahora como elemento organizador real—, hace en el ser humano a través de la tierra de sílice (véase el dibujo, en rojo) partiendo del sistema de las extremidades, es, en esencia, sintetizar al ser humano, uniendo, en cierto modo, todos los fluidos que hay en él en una unidad indiferenciada, de modo que constituye un todo indiferenciado y unificado.

lámina 5
Todo aquello que constituye el mismo proceso, pero con una formación de sílice lo menos intensa posible en cuanto a su fuerza, actúa en sentido contrario (véase lámina 5, en amarillo); actúa de forma diferenciadora y radiante. Desde abajo hacia arriba, el ser humano es sintetizado y homogeneizado por la sílice; desde arriba hacia abajo, es diferenciado y desagregado. Pero esto significa, en lo que respecta al ser humano, que las fuerzas presentes en el organismo principal se diferencian para ejercer su efecto sobre los distintos órganos. En cierto modo, el peculiar proceso de la tierra de sílice en el organismo principal las estimula para que actúen adecuadamente en sus órganos, distribuyéndose correctamente entre el corazón, el hígado y así sucesivamente.

Nos encontramos ante aquel proceso que, cuando actúa de abajo hacia arriba, lo trastoca todo en el ser humano; cuando actúa de arriba hacia abajo, lo desglosa todo de forma plástica, dominando, por así decirlo, la organización y poniendo orden a través de los distintos órganos. Si, por otro lado, nos hacemos una idea de lo que ocurre en el ser humano, por un lado, a causa de esta mezcla caótica, y, por otro, a causa de esta dispersión hacia los distintos órganos —es decir, la organización diferenciadora en contraposición a la organización sintetizadora—, y de cómo esto puede ser irregular en cada persona, entonces aprenderemos poco a poco a tratar al ser humano según esta orientación cuando algo no vaya bien en él. Lo veremos en las siguientes conferencias. Solo que debemos ser extremadamente cautelosos en lo que respecta a los estudios en esta dirección. Porque, ¿qué hace, digamos, la ciencia externa cuando examina el organismo humano? Esta ciencia externa dice, por ejemplo: en el organismo humano hay sílice, en el organismo humano hay flúor, en el organismo humano hay magnesio, en el organismo humano hay calcio. Así pues, la ciencia externa dice que la sílice se encuentra en el cabello, en la sangre y en la orina. Bien, tomemos estos dos ejemplos: la sílice está en el cabello y está en la orina.

Para la ciencia materialista, lo único que hay es esto: que, al examinar el cabello, se encuentra tierra de sílice en él, y al examinar la orina, se encuentra tierra de sílice en ella. Pero lo esencial no es en absoluto que se encuentre alguna sustancia en algún lugar. De hecho, eso no es lo esencial, pues la tierra de sílice del cabello está ahí para actuar desde allí. De hecho, no tenemos el cabello en vano, sino que desde él también se dirigen fuerzas hacia el organismo; y se trata, precisamente, de fuerzas muy sutiles: fuerzas muy sutiles que parten del cabello y vuelven al organismo. En la orina tenemos la tierra de sílice porque está presente como algo que, de otro modo, sería un exceso. Allí se elimina aquello que no se necesita. Da igual que esté ahí dentro, allí no actúa; lo que se expulsa es aquello que no debe actuar, lo que sobra. Justo ahí está presente la sílice que no debe estar en el organismo, la que, por tanto, no tiene la más mínima importancia para él. Así ocurre cuando analizamos cualquier sustancia concreta, supongamos que el magnesio. Si no hubiera magnesio en los dientes, estos no podrían existir, pues en el proceso del magnesio residen aquellas fuerzas que participan, en el sentido más eminente, en la formación de los dientes. Ya lo han oído en la conferencia del profesor Römer. Pero el magnesio, según la ciencia materialista, también se encuentra en la leche. Sin embargo, en la leche el magnesio no tiene ninguna importancia. La leche debe a su propia naturaleza el hecho de ser lo suficientemente potente como para eliminar el magnesio que contiene; en la leche, el magnesio, como tal, no tiene cabida. Por supuesto, podemos analizarlo, pero en el proceso de formación de la leche ocurre que este puede tener lugar precisamente porque es capaz de repeler las fuerzas del magnesio. Solo así llegamos a comprender esta peculiar oposición que existe entre el proceso de formación de los dientes y el de la leche, al saber que el magnesio es algo esencial en el proceso de formación de los dientes, algo que pertenece dinámicamente a él. En el proceso de formación de la leche, es lo que queda excluido, como si fuera la quinta rueda del carro. Y algo similar ocurre, por ejemplo, con el flúor, que es un elemento esencial en el esmalte de los dientes, sin el cual no podríamos comprender todo el proceso de evolución dental. También está presente en la orina, pero solo como parte del proceso de excreción, sin que ello tenga ninguna importancia. El flúor que hay en la orina es precisamente el que el organismo es capaz de eliminar, ya que no lo necesita.

El mero examen físico de si hay algo en algún lugar no determina en realidad lo esencial; más bien hay que saber en cada caso si algo se encuentra en ese lugar por derecho propio, como elemento activo, o si está allí porque ha sido expulsado. Eso es lo que decide. Y eso es lo esencial: que nos familiaricemos con esos conceptos para comprender a las personas y, por cierto, también a los demás seres orgánicos, tanto en sus estados de salud como de enfermedad. Sin embargo, cuando se habla de forma más popular, uno se ve obligado a no recurrir a todas estas herramientas, porque en nuestra época hay muy poca cultura general sobre conceptos más sutiles, y entonces hay que hablar más en términos abstractos, con lo que en realidad no se resulta comprensible. Al combatir el materialismo, muy a menudo no se resulta comprensible. Pero si uno desciende —y se podría descender aún a regiones muy diferentes— a lo característico de aquellos ámbitos que, en realidad, el científico debería conocer y para los que dispone de datos que puede examinar, entonces es precisamente a través de la ciencia espiritual como se llega a esos puntos en los que se puede demostrar que una idea sobre cualquier cosa que se analice como materia, que se haya examinado con la ciencia físico-química, sobre la que se pueda decir: «aquí hay esto y allí hay aquello», cómo una concepción de este tipo no conduce a nada más que, en realidad, a errores. 

Esto es lo que quería ofrecer hoy a modo de introducción. Mañana continuaremos hablando de ello.

Traducido por J.Luelmo