CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 27

GA313 Dornach, 12 de abril de 1921 - Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí


Dornach, 12 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Como dije ayer, vamos a considerar al ser humano en relación con su esencia suprasensible, para abordar esta vez, desde este punto de vista, los fenómenos patológicos y terapéuticos. Ayer tuvimos que caracterizar el cuerpo físico diciendo que, en el fondo, una acción propiamente física en el ser humano solo se da en la cabeza. Si queremos contemplar correctamente este cuerpo físico, entonces, naturalmente, también debemos elevarnos para contemplar de forma concreta y correcta el cuerpo etérico. Porque, si se analiza al ser humano en profundidad, se descubre que una acción independiente del cuerpo físico solo existe en la cabeza. En el resto de los miembros del organismo humano existe una interacción más indiferenciada del cuerpo físico con los miembros superiores, con los miembros suprasensibles del ser. Por eso, en la cabeza, los miembros suprasensibles del ser pueden funcionar como tales en el pensar, el sentir y la voluntad o a través de ellos, porque es en la cabeza donde primero tienen sus huellas, me refiero a su huella etérica, su huella astral y también la huella del yo. Estas están ahí. Están presentes como huellas, en cierto modo como imágenes de los miembros suprasensibles. Solo el cuerpo físico aún no tiene ninguna huella en la cabeza; se la crea a lo largo de la vida. Por eso, el cuerpo físico tiene, diría yo, una acción puramente física en la cabeza. En los demás miembros no existe, dentro de la naturaleza humana, ninguna acción puramente física. Pues bien, ayer algunos de ustedes no entendieron que dije que el «yo» se crea una huella. El «yo» se crea una huella: esa es una frase que se entenderá correctamente si no se interpreta de forma demasiado física, en el sentido habitual. Ciertamente, lo que el yo crea como huella, cuando aún es libre, como ocurre en el ser humano metabólico y de las extremidades, no se puede examinar, por ejemplo, comparándolo con un molde de yeso, sino que la huella que crea el yo es muy móvil. De hecho, se percibe mejor cuando caminan que cuando están de pie. La huella que crea el «yo» es una huella en un sistema de fuerzas que se manifiesta al caminar, en un conjunto completo de fuerzas, incluido el acto de mantenerse erguido. Ahí reside la huella física del «yo». Por lo tanto, no deben buscar la huella del «yo» en algo que se pueda comparar con un molde de yeso, sino que se trata de una huella en un sistema de fuerzas. Y eso es, en definitiva, lo que ocurre también en la cabeza humana, solo que en un sistema de fuerzas diferente. Ayer incluso señalé que el «yo» deja su huella en las condiciones térmicas de la cabeza, es decir, en la forma en que la cabeza se calienta de manera diferenciada en sus distintos órganos. Esa es la huella del «yo». Esta huella del «yo» es también una huella en un sistema de fuerzas, solo que en un sistema de fuerzas térmicas. Así pues, el «yo» se crea esas huellas de las formas más diversas. Allí donde aún no intervienen otras fuerzas en el organismo humano, se crea una huella de fuerzas pura, diría yo, mecánica. Se trata de una huella de fuerzas de equilibrio y dinámicas que el «yo» se crea en relación con la materia de las extremidades de los seres humanos. Pero hay que tener esto en cuenta, pues el ser humano es, de hecho, también una persona diferente según cómo se mantenga de pie, según cómo camine o, por ejemplo, según cómo nade. Lamentablemente, esto se tiene muy poco en cuenta. Y de algunas cosas, de las que se ve que se tienen muy poco en cuenta desde el punto de vista de las ciencias espirituales, hay que decir simplemente: En las barreras que establece la ciencia actual se aprecia muy claramente hasta dónde no puede llegar, aunque sigan existiendo hechos. —Por ejemplo, en este sentido me ha interesado algo que ahora solo quiero insinuar, que quiero plantear ante ustedes, en cierto modo, como una pregunta, pero que, a lo largo de las conferencias se resolverá. He seguido un poco la literatura habitual en este tema, y resulta muy curioso cómo en casi todas partes se afirma que la cantidad de monóxido de carbono inhalado y exhalado no difiere especialmente entre sí. Esta afirmación se puede encontrar en casi todas partes. Sin embargo, no es cierta. Las cifras indicadas demuestran de inmediato que no es cierto que se exhale más nitrógeno del que se inhala. Y como el materialismo no sabe qué hacer con esta diferencia, la elimina. La pasa por alto con un simple gesto de la mano. Y cosas así se pueden encontrar en abundancia en el ámbito científico actual. Como ya he dicho, por ahora quiero plantear esto como una pregunta; volveré sobre el tema más adelante.

Ahora quiero centrarme precisamente en aquello que se encuentra en el ser humano como cuerpo etérico. Bueno, es muy natural que una ciencia meramente física no contemple este cuerpo etérico en su diferenciación. Sin embargo, si logran convencerse de que este cuerpo etérico existe, entonces también tendrán que decirse: Sí, ¿qué pasaría si se considerara el cuerpo físico de tal manera que se dijera: «Bah, el estómago, el corazón, el hígado, todo eso es lo mismo, todo es una masa difusa en sí misma»? ¿Qué sería eso? Pero así es como se actúa también con respecto al cuerpo etérico, cuando se lo presenta simplemente como una nube de niebla general, un poco diferenciada. Hay que estudiarlo de verdad, y hoy veremos cómo su estudio está relacionado con una noción muy esencial que ya hemos abordado en el último curso desde otro punto de vista, pero a la que hoy queremos aludir desde esta perspectiva más propia de las ciencias espirituales.

Si consideramos el éter en general —del que, por cierto, el cuerpo etérico humano forma parte, es decir, es una secreción especial—, tal y como ya saben por la literatura general sobre ciencia espiritual, no se presenta como algo indiferenciado, sino que, en primer lugar, se manifiesta como compuesto por cuatro tipos de éter: el éter térmico, el éter lumínico, el éter químico y el éter vital. «Éter lumínico» es un término que, naturalmente, se ha acuñado desde el punto de vista de quienes ven. Lo que está relacionado con la luz es precisamente el efecto más destacado de este éter para quienes ven, pero hay otros efectos que simplemente dejamos de lado porque, en su mayoría, somos personas videntes. Si la mayoría de la humanidad fuera ciega, naturalmente tendría que dar a este éter otro nombre, porque las demás entidades se harían más evidentes; y así ocurre también en el caso de los ciegos.

El tercer tipo de éter es, pues, el éter químico. El éter químico es aquel que actúa preferentemente en la denominada parte química del espectro, y cuando hablamos del éter químico, no debemos pensar en las fuerzas que actúan en las síntesis químicas, sino en aquellas fuerzas que son polarmente opuestas a ellas en su interior. Las fuerzas etéricas son siempre polarmente opuestas a las que actúan en las sustancias físicas. Así pues, cuando se produce una síntesis química, las fuerzas etéricas actúan de forma analítica. Es decir, en todas las fuerzas sintetizadoras hay fuerzas analíticas. Y cuando llevamos a cabo un análisis químico, para el observador espiritual la situación es siempre la siguiente: Realizamos un análisis químico —voy a representarlo ahora esquemáticamente—, es decir, descomponemos químicamente una sustancia; entonces nos queda algo aún más denso, al sintetizarse las fuerzas etéricas, nos queda el cuerpo etérico, del mismo modo que, cuando el ser humano muere, queda lo anímico-espiritual. A quien, si se me permite decirlo así, realiza un análisis químico con mirada espiritual, se le aparece entonces, tras haber separado las sustancias, en una forma cada vez más densa y condensada, un espectro de la sustancia química que queda. Bueno, esto lo digo solo para llevarles a comprender que, entre las fuerzas etéricas químicas, no deben tener en cuenta únicamente las fuerzas químicas —las fuerzas sintetizadoras y analizadoras—, sino siempre su polo opuesto. Y luego hay que considerar como un tipo especial de éter el éter vital, que es el elemento propiamente vivificante en todas las entidades orgánicas.

Ahora bien, este éter es una entidad presente de forma generalizada en el universo y, como tal, naturalmente no es accesible a la percepción física directa. En este sentido, la ciencia se ha vuelto hoy algo más honesta de lo que era antes, porque se ha dado cuenta de que, al fin y al cabo, las teorías sobre el éter no pueden formularse partiendo únicamente de la observación física. Tras haber formulado innumerables teorías al respecto, ha llegado, en el marco del relativismo, a afirmar: «No existe ningún éter; hay que explicar el mundo sin él». Es decir, se ha vuelto honesta y ha reconocido, siguiendo a Einstein, que a partir de las observaciones físicas no se llega a ningún éter, pero tampoco a otro método de análisis. Dado que el éter se ha perdido de vista, simplemente se le ha descartado.

Ahora bien, se trata de que, cuando algo suprasensible ha dejado una huella en lo físico-sensorial, aquello que ha aparecido allí como huella se vuelve permeable a lo suprasensible en cuestión. Así pues, como ven, el éter, el éter general, deja una huella en el miembro acuoso de la cabeza humana. Lo que debemos considerar como el contenido acuoso del cerebro no debe verse como agua indiferenciada, sino que está tan organizado internamente como lo están los miembros sólidos. De hecho, es una forma muy peculiar de contemplar al ser humano el hecho de que, en realidad, se le mire tal y como se le representa. Cuando lo representamos con el hígado y el estómago, ese dibujo no es en realidad más que una silueta de lo que está firmemente entretejido en las partes líquidas y en las partes gaseosas, y, en realidad, solo dibujamos siempre aquello que se encuentra allí en forma de pequeños gránulos. Eso no llega ni al diez por ciento del ser humano en su totalidad. En realidad, desde el punto de vista físico, el ser humano es, por supuesto, un conjunto de agua, aire y calor. El agua —me refiero a la líquida— está, por supuesto, tan bien organizada en su interior como la parte sólida. Eso nunca lo dibujamos cuando realizamos dibujos anatómicos o fisiológicos. Pero lo que es sustancial, naturalmente, es el contenido acuoso del ser humano, de tal manera que se encuentra en un proceso continuo de disolución y renovación. Por así decirlo, solo se mantiene en forma durante un instante, pero está configurado. En esta parte acuosa de la cabeza humana encontramos precisamente la huella de lo etérico, de modo que, si dibujara esquemáticamente, tendría que representar, por ejemplo, la acción física que se manifiesta de manera muy especial en la parte posterior de la cabeza (véase el dibujo, en color claro).

Todo está organizado, minuciosamente organizado, de modo que esta sustancia acuosa es una impresión de aquello que es de naturaleza etérica. Ahora bien, aquello que es una impronta siempre se vuelve permeable de esta manera. Puesto que el ojo, en el sentido verdaderamente goethiano y considerado en su esencia, es una creación de la luz, por eso es permeable a la luz. Esto no es solo una imagen, sino una profunda sabiduría: que el ojo ha surgido de la luz. De hecho, también se puede observar embriológicamente que el ojo se organiza, en realidad, desde el exterior hacia el interior, y es precisamente porque está organizado a partir de la luz por lo que es permeable a ella. Pero, en general, gracias a su organización acuosa, la cabeza del ser humano es permeable a lo etérico, ya que es una impronta procedente del éter, de modo que se puede decir: Aquí, lo etérico puede atravesar la cabeza (véase el dibujo de la pág. 31, flecha roja), sin que nada lo detenga, sin que nada perturbe su paso, y puede penetrar en el resto del organismo humano.

Esto es precisamente lo que también se observa claramente en las ciencias humanas. Pero hay que introducir aquí una matización. Y es que esta parte de la cabeza humana solo es permeable, en realidad, al éter térmico y al éter luminoso. Por lo tanto, desde el exterior solo el éter térmico y el éter luminoso pueden actuar sobre la cabeza humana. El éter térmico no actúa mediante una radiación directa de calor, sino que actúa sobre la cabeza humana por el hecho de que nos encontramos en un determinado territorio climático. Por lo tanto, el efecto del éter térmico sobre la cabeza humana no hay que buscarlo en si se suda o no, sino en función de si se vive en la zona ecuatorial, en la zona templada o en la zona fría. Por lo tanto, existe una relación mucho más profunda entre el éter térmico y la cabeza humana que la meramente externa de recibir irradiación desde el exterior. De manera similar, si nos ceñimos a la fisiología —en psicología sería diferente, pero eso no nos incumbe ahora—, hay que considerar la influencia del éter luminoso sobre el organismo humano, pero mucho más duradera que la del mero efecto de la luz, de modo que el efecto de este éter luminoso atraviesa la huella etérica de la cabeza humana y organiza todo el ser humano. Pues bien, como ya he dicho, la organización principal de la cabeza humana es permeable al éter térmico y al éter luminoso. No es del todo correcto, pero sí aproximadamente correcto, decir que la cabeza humana es algo permeable al éter químico y al éter vital. Pero podemos pasar esto por alto, porque, de todos modos, el resultado es el que voy a indicar ahora mismo. Ahora bien, lo que se da como éter químico y éter vital es tal que, como pueden deducir de lo que acabo de indicar, es rechazado por la organización craneal. Es rechazado. En cambio, atraviesa el organismo humano. Por el mero hecho de que el ser humano, como tal, viva en la Tierra, se llena interiormente de lo que es el éter vital y el éter químico.

Así pues, si se me permite decirlo así: el efecto del éter térmico y del éter lumínico irradia desde todos los lados (véase el dibujo, flechas desde arriba). El efecto del éter químico y del éter vital se irradia a través del sistema metabólico y de los miembros hacia el éter térmico y el éter lumínico que inciden sobre él (véase el dibujo, flechas desde abajo). Del mismo modo que la cabeza del ser humano está organizada —diría yo, con cierto temor— para dejar entrar, en la medida de lo posible, solo trazas de éter vital y de éter químico, así también el organismo metabólico de las extremidades absorbe, por así decirlo, el éter vital y el éter químico directamente de los elementos de la Tierra. Estos dos tipos de éter se encuentran en el ser humano, y este está organizado de tal manera que su estructura culmina en una separación ordenada de estos dos tipos de éter: el éter vital y el éter químico, por un lado, que fluyen de abajo hacia arriba; y el éter térmico y el éter luminoso, por otro lado, que fluyen de arriba hacia abajo.

Es propio del organismo humano que aquello que irradia desde arriba —el éter de la luz y el éter del calor— no sea, por así decirlo, incorporado orgánicamente en la organización inferior, sino que simplemente fluya hacia ella por esa vía. Y tampoco debe fluir de ninguna manera desde abajo hacia otra cosa. Así pues, desde el exterior deben fluir el éter de la luz y el éter del calor; desde abajo, el éter de la vida y el éter químico; y estos dos son impulsados a interactuar en el ser humano por la organización, que debe mantenerse absolutamente intacta para que el ser humano pueda permanecer en su organización normal. Llegamos a comprender cómo es esta interacción cuando, por un lado, nos sumergimos en la observación de personas claramente desnutridas. Cuando nos sumergimos en la observación de personas claramente desnutridas, se nos presenta la situación de tal manera que recibimos una impresión, una impresión totalmente imaginativa, a la que, sin embargo, el ser humano puede elevarse fácilmente si tan solo se le ha hecho notar, aunque sea muy sutilmente, que existe algo llamado imaginación. Porque nada despierta tan fácilmente la imaginación como los estados patológicos del ser humano cuando se observan. Ahora bien, cuando uno tiene ante sí a una persona desnutrida, ve que su organización metabólica —es decir, lo que ocurre en el interior del metabolismo— retiene el éter, no lo deja escapar. Si observamos, por ejemplo, el estómago o el hígado de una persona desnutrida, vemos que retienen el éter vital y el éter químico; los fijan a sí mismos, no los dejan escapar, de modo que en la persona desnutrida existe una carencia de éter vital y éter químico ascendentes. Como consecuencia, el éter de luz y el éter de calor ejercen presión sobre él desde arriba, y el resultado es que su organismo adquiere una forma similar a la que antes provocaban el éter de luz y el éter de calor en la cabeza. Transforman todo el organismo de tal manera que, en cierto sentido, se asemeja demasiado a la organización de la cabeza. El ser humano se convierte casi por completo en cabeza debido a la desnutrición. Por así decirlo, solo se convierte en un ser «de cabeza» al sufrir desnutrición, y eso es precisamente lo que reviste especial importancia al estudiar la desnutrición. Se puede observar a una persona que padece lo contrario de la desnutrición. Estas cosas solo salen a la luz en circunstancias muy concretas; hay que saber observarlas siempre con precisión. Naturalmente, se preguntarán: ¿qué es lo contrario de la desnutrición? Pues bien, para el investigador de lo espiritual, lo contrario de la desnutrición es, en un caso por ejemplo, lo que se denomina «reblandecimiento cerebral». Del mismo modo que la desnutrición se debe a que el ser humano, en realidad, se impregna de lo que solo debería tener en la cabeza, de lo que solo llega al organismo superior, así, en el caso de la atrofia cerebral, se impregna en la cabeza de lo que solo debería tener en el estómago, de lo que no pertenece al cerebro, de lo que solo pertenece al estómago, de lo que solo allí ejerce una acción organizadora. Por lo tanto, el organismo procesa con demasiada intensidad aquello que absorbe en el proceso digestivo. Lo procesa en exceso, no lo retiene lo suficiente antes de que atraviese la puerta por la que penetra en la cabeza. La consecuencia de ello es, naturalmente, que, al verterse, por así decirlo, demasiado en la cabeza, el organismo humano en cuestión acaba comiendo también en exceso. Estas cosas también se pueden observar con toda claridad en su desarrollo. Porque eso es precisamente lo importante: que, para llegar a alguna conclusión en el ámbito del que estamos hablando ahora, hay que hacerse una idea de cómo se desarrollan esos procesos. ¿Qué ocurre entonces cuando estos procesos —que, en realidad, en sus puntos de partida son procesos totalmente normales, como comer, digerir, procesar en el abdomen, expulsar hacia la cabeza, etcétera— continúan, cuando se desbordan más allá del objetivo que les asigna normalmente la organización? Entonces, precisamente en el ser humano desnutrido, debido a la irregularidad que se produce ahí abajo, se genera una interacción anómala entre estos dos tipos de éter; o también en el ser humano sobrealimentado, debido a las irregularidades de arriba; los tipos de éter no interactúan como deben hacerlo en el organismo humano. Y al interactuar de forma errónea el éter que actúa desde el exterior con el éter que asciende desde el interior, se produce lo siguiente:

Cualquier éter que actúe desde el exterior y no se detenga en el lugar adecuado, sino que penetre en el ser humano con mayor intensidad de la que debería, es un veneno para el organismo humano, tiene un efecto tóxico, de modo que se puede decir que, si no se detiene en el lugar adecuado, el éter es un veneno para la organización humana. Debe unirse de la manera adecuada con el éter que asciende desde el interior.

Y, de nuevo, si se considera el éter interior, ese otro tipo de éter que actúa desde dentro, la acción de este éter, que va más allá de lo normal, tiene en general un efecto ablandador sobre el ser humano; mientras que, por el contrario, el efecto tóxico consiste en que el ser humano se solidifica, por así decirlo, de forma etérica, y se desintegra debido a ese otro efecto. Se derrama sobre él demasiada vida y demasiada polaridad química. Entonces no puede resistir. Se ablanda. Se trata también de dos efectos polares: el efecto tóxico y el efecto de ablandamiento. Cuando se observa al ser humano de este modo, uno se pregunta: ¿qué es, en realidad, este ser humano? —En la medida en que es un ser humano físico, es un ser orgánico que distingue correctamente los dos tipos de éter y, a su vez, permite que interactúen de la manera adecuada. Toda el organismo humano está, en realidad, predispuesto para permitir que los dos tipos de éter interactúen en su interior de la manera adecuada.

Ahora nos acercamos más a lo que dije: el ser humano está completamente organizado. Es evidente que también está diferenciado internamente en lo que respecta al agua, al aire y al calor, es decir, que está organizado. Pero también está diferenciado en lo que respecta al éter. Solo que esta diferenciación es fluctuante. Se trata de un proceso continuo, una interacción constante en su interior entre el éter de la luz y el calor, por un lado —que empuja de arriba hacia abajo y de forma periférica—, y el éter vital y el éter químico, por otro —que empujan de abajo hacia arriba, en cierto modo de forma centrífuga y hacia el exterior—. Y de ahí surge entonces esta estructura etérica que es el ser humano, que en realidad es una transformación del vórtice, el cual se forma precisamente por el choque de los dos tipos de éter. La figura que se presenta ante ustedes debe entenderse precisamente a través de la interacción de los dos tipos de éter. Es de cierta importancia formarse una idea de lo que es una persona enferma y lo que es una persona sana precisamente a partir de los procesos menos evidentes, como son la desnutrición y la sobrealimentación. Pero la sobrealimentación orgánica —uno aún no está sobrealimentado por el mero hecho de atiborrarse; si además se ha adquirido una digestión excesivamente buena, se necesita mucho menos para llegar a la sobrealimentación que si se ha alterado el proceso digestivo y los alimentos no se procesan adecuadamente—. Por lo tanto, hay que intentar partir de lo que se nos presenta al observar estos procesos iniciales, que aún forman parte de lo normal en el ser humano. También hay que decir lo siguiente: si no pudiéramos enfermarnos, no podríamos ser humanos en absoluto, pues la enfermedad no es más que la prolongación, más allá de su medida, de procesos que necesitamos, que debemos tener sin falta. La salud es, en realidad, aquel estado del ser humano en el que los procesos que provocan la enfermedad y los procesos curativos se encuentran en un equilibrio adecuado. Y es que el ser humano no solo corre peligro cuando se manifiestan los procesos patógenos, sino también cuando los procesos curativos van más allá de sus objetivos. En ese caso, el ser humano también se ve amenazado. Por eso es importante no actuar con demasiada intensidad al iniciar el proceso curativo; de lo contrario, se sobrepasa el otro objetivo, se expulsa la enfermedad y, cuando esta llega a su punto cero, da un salto en la otra dirección.

Esto resulta especialmente evidente cuando uno ve que en las antiguas concepciones humanas aún existían concepciones terapéuticas instintivas. Creo que cualquiera que se haya ocupado del tema admitirá que en las culturas antiguas existían, surgidas de los instintos humanos, maravillosas concepciones terapéuticas que, aunque no podían ser comprendidas por la conciencia, estaban sin duda presentes y que, incluso cuando se nos presentan en su estado de decadencia —como ocurre con los pueblos primitivos actuales—, en el fondo siguen siendo impresionantes. Hace no mucho tiempo, el indagar de forma un tanto diletante en este asunto por parte de señores que, en otros ámbitos, en su especialidad, eran extraordinariamente eruditos, causó cierto revuelo. Verá, cuando estalló la controversia entre los eruditos de Jena y los de Berlín sobre el Pithecanthropus erectus, como es sabido, Virchow le objetó a Haeckel que el Pithecanthropus, descubierto por Dubois, presentaba claras señales de cicatrización ósea, que el médico moderno puede interpretar como que se había inducido artificialmente un proceso de curación. Era una de las principales objeciones de Virchow, y por eso concluyó que este Pithecanthropus erectus había sido curado por un médico, es decir, que ya en aquella época debía de haber médicos, como Virchow en la universidad, ¿no es así?, que iniciaron el tratamiento externo, y que el Pithecanthropus no debía de ser un eslabón intermedio, porque el ser humano aún no existía; simplemente debía de ser un ser humano. También podría ser que un médico de verdad hubiera podido curar a un simio, pero eso no se aceptó. La otra parte, que en el fondo también ha hurgado en el asunto de forma igual de diletante, porque solo expresaba una sensación general, decía: «Bueno, en los animales también se producen curaciones naturales, sin que intervenga el ser humano, que se parecen a la curación que se produjo en el Pithecanthropus».

Bueno, solo quiero señalar lo confusos que son hoy en día los conceptos. Sobre este asunto se escribió y publicó mucho a principios de la década de los noventa del siglo XIX, de modo que, a partir de una controversia académica como esta, se puede ver cómo pueden darse este tipo de cosas hoy en día.

Así pues, ya en las concepciones instintivas de una humanidad más primitiva encontramos sin duda aquello que también se podría denominar una terapia instintiva. Y esta terapia instintiva ha dado lugar a una frase muy significativa: «No se debe revelar el arte de curar a cualquier persona poco fiable, porque al hacerlo se le estaría revelando al mismo tiempo el arte de causar enfermedades». Se trata de una máxima de la medicina ancestral, que se ha respetado con gran rigor moral, y una de las que explican por qué en los centros de enseñanza se ha mantenido cierto secretismo al respecto.

Se trata, pues, de que en los procesos patológicos no hacemos más que continuar lo que, en una persona sana, es absolutamente imprescindible. Si no pudiéramos enfermar, no podríamos pensar ni sentir. Todo aquello que, en última instancia, se manifiesta psíquicamente en el pensamiento y el sentimiento es, desde el punto de vista orgánico, un sistema de fuerzas que, cuando se excede de su medida, resulta patógeno. Y lo otro es que un proceso propiamente físico solo tiene lugar en una parte de la cabeza humana. Este proceso físico, que tiene lugar en la cabeza humana, es un fenómeno acompañante necesario de la experiencia del «yo» humano. Si este proceso se ve alterado, es decir, si un proceso vital se impone sobre este proceso físico puro en el ser humano, entonces el «yo» queda, en cierta medida, paralizado también en la conciencia. Y todo desequilibrio del ser humano, todo caso en el que las personas se vuelven débiles mentales o similares, se basa en parte en ello y debe entenderse a partir de lo que ha tenido lugar en el ser humano como procesos puramente físicos. Por supuesto, también pueden existir otras causas orgánicas.

Así pues, aquello que se inicia en la cabeza del ser humano y se irradia desde allí a todo el organismo es el proceso puramente físico que, en el momento en que se produce la muerte, se derrama por todo el organismo. Ese momento está siempre presente en la cabeza humana, o al menos parte de ella de forma centralizada. Solo queda paralizado por el proceso de vitalización procedente del resto del organismo. De hecho, el ser humano lleva continuamente en su interior las fuerzas que también le llevan a la muerte, y no sería un «yo» si no llevara en sí las fuerzas de la muerte. El ser humano solo podría desear ser inmortal, como ser humano que camina físicamente por la Tierra, como ser humano físico, si renunciara a tener una conciencia del «yo». Quiero señalar que es necesario adquirir ciertas habilidades de observación íntima para la verificación externa de este asunto, pero que, no obstante, resultará muy fructífero que se escriban numerosas tesis sobre el efecto que tienen las curas de rejuvenecimiento —que, por tanto, actúan en sentido contrario— en el estado mental y anímico de una persona; sin que, por supuesto, se quiera decir nada en contra de tales curas de rejuvenecimiento, pues el ser humano puede seguir considerándolas satisfactorias para su anhelo si consigue retrasar su vejez unos cuantos años, aunque ello se produzca a costa de intercambiar un poco de cordura por ello. Pero estas cuestiones, que de hecho existen y que se pasan por alto al igual que, por ejemplo, la mayor cantidad de nitrógeno que se exhala en comparación con la que se inhala, deben tenerse muy en cuenta por quien quiera abordar adecuadamente los procesos de enfermedad y curación. Porque, en la medida en que se profundiza en estas sutilezas de la organización humana, es cuando uno se acerca al conocimiento de aquellos procesos que se manifiestan como procesos patológicos, los cuales no son más que una transformación de estos procesos más sutiles en otros más burdos. Lo que he dicho no es más que una transformación en procesos más burdos de estos procesos más sutiles. Pero hay que decir que a aquello que actúa en el ser humano como proceso físico, a lo que lo impregna como proceso físico, se le opone, mientras sea posible, el «yo», que, sin embargo, está ligado a esa oposición, a ese efecto reactivo. Se le opone resistencia mientras este proceso físico no se vuelva demasiado intenso. Este proceso físico es lo que la muerte siempre conlleva en el organismo humano, lo que, en última instancia, constituye la muerte. En efecto, cuando el proceso físico se hipertrofia, por así decirlo, de tal manera que el yo ya no puede controlarlo, entonces el yo debe separarse del cuerpo físico, lo cual, naturalmente, también puede producirse cuando surge un efecto físico excesivo en cualquier parte del cuerpo y arrastra consigo a las demás partes de edades anteriores, de modo que se puede decir: Lo que constituye el yo humano está íntimamente relacionado con lo que es la muerte:

YO - MUERTE

Y la mejor forma de llegar al estudio más acertado del yo es estudiar la muerte, pero no de esa manera tan vaga y general con la que se suele imaginar la muerte, lo cual, de hecho, permite pensar en cosas muy diversas. ¿No es cierto que, tal y como la gente se imagina hoy en día la muerte, también puede imaginarse la destrucción de una máquina, ya que, al hablar de la muerte, solo se imaginan que algo deja de existir? No se imaginan el proceso real. Por eso, la gente también se imagina la destrucción de una máquina cuando piensa en la muerte. Pero eso no significa nada, imaginarse las cosas así; hay que llegar a los hechos concretos. El cese de la vida no es la muerte; para el ser humano, la muerte es lo que acabo de exponer aquí, y para el animal, la muerte es algo completamente distinto. Aquellas personas que consideran la muerte en el ser humano y en el animal como algo totalmente equivalente son las mismas que, al encontrar una navaja de afeitar —y como «cuchillo es cuchillo»—, empiezan a cortarse la carne con la navaja de afeitar, porque «cuchillo es cuchillo». Para los demás, la muerte es la muerte. La muerte es, precisamente, algo muy distinto en el ser humano que en el animal, como acabo de demostrar. En el caso de los animales, en los que no se trata en absoluto de un «yo», sino únicamente de un cuerpo astral, la muerte es algo completamente diferente; allí, la muerte se basa en un efecto del cuerpo astral, que es de naturaleza totalmente distinta.

Aquello en lo que las fuerzas mortíferas se ven debilitadas, paralizadas, por así decirlo, en el organismo normal, eso es la enfermedad. Del mismo modo que la muerte está unida al «yo», la enfermedad está unida al cuerpo astral del ser humano:

CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD

En realidad, en el cuerpo astral se encuentra lo que tiene que ver con los procesos de la enfermedad. Y lo que el cuerpo astral provoca se refleja, a su vez, en el cuerpo etérico. Por eso, la enfermedad aparece entonces en su huella real en el cuerpo etérico. Pero el cuerpo etérico no es lo que tiene que ver directamente con la enfermedad.

Hace un momento les he descrito la imagen de esta interrelación irregular, de esta interacción entre los dos tipos de éter. Pero lo que allí ocurre de forma irregular no es más que, a su vez, una acción del cuerpo astral que se plasma en el cuerpo etérico. Si lo observamos más de cerca, entramos precisamente en el cuerpo astral. Vamos a profundizar aún más en esto. Pero entonces tenemos aquello que contrarresta a la enfermedad desde el punto de vista polar, y eso es la salud:

CUERPO ETÉRICO  -  SALUD

En cuanto a la salud, preferimos no definirla por el momento, pero ya a partir de la analogía pueden ver aquí lo que también resulta cada vez más claro para la investigación espiritual: que la salud está tan ligada al cuerpo etérico como la enfermedad al cuerpo astral, y como la muerte al yo, de modo que curar, recuperar la salud significa: tener la posibilidad de generar en el cuerpo etérico las reacciones contrarias a los efectos patógenos que emanan del cuerpo astral. Hay que actuar desde el cuerpo etérico para paralizar las fuerzas del cuerpo astral, que son precisamente los procesos que provocan la enfermedad.

Luego hay una cuarta. Es aquella que, en cierto modo, es polar opuesta a la muerte. Ahora bien, debo decir en primer lugar que, desde un punto de vista concreto, la muerte del ser humano se produce cuando toda su organización interna ha pasado al plano físico de tal manera que ya no puede iniciarse ningún proceso de nutrición, ningún proceso de nutrición profundo. Esa es la muerte por vejez. La muerte por vejez es, en realidad, la incapacidad de asimilar las sustancias en el organismo. En el fondo, este fenómeno —que apenas se puede observar porque, por lo general, el ser humano muere antes debido a otras causas, antes de que el marasmo propiamente dicho alcance su pleno apogeo o, mejor dicho, su falta de apogeo— aún no se ha observado del todo. Pero se trata, de hecho, de un fallo de la nutrición. El cuerpo ya no puede llevar a cabo plenamente la nutrición; se ha vuelto demasiado físico para ello, de modo que el polo opuesto de la muerte es la nutrición, y en el ser humano la nutrición está precisamente asignada al cuerpo físico:

CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Las cosas, a su vez, tienen un efecto inverso. La alimentación, que tiene lugar en el cuerpo físico, repercute en el cuerpo etérico y, por lo tanto, también tiene que ver con el efecto curativo. Y esto es, de nuevo, algo que reacciona y repercute en aquello que emana del cuerpo astral.

Si, en cierto sentido, se observa en la vida cotidiana lo que acabo de exponer, también se puede verificar desde el otro lado. Si se toma lo que se conoce desde hace tiempo en nuestra ciencia espiritual, habrá que trazar aquí una línea:

YO - MUERTE
   CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD
CUERPO ETÉRICO  -  SALUD
     CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Porque, en parte —al menos en lo que respecta a la organización mental y respiratoria—, el «yo» y el cuerpo astral se separan por completo del cuerpo físico y del cuerpo etérico durante el sueño; no ocurre lo mismo con el ser metabólico y el ser circulatorio, que permanecen en el interior. No es del todo exacto decir que el «yo» y el cuerpo astral «salen». En realidad, es correcto expresarlo así —y, de hecho, ya lo he insinuado muchas veces anteriormente, hace ya muchos años—: se dice que, durante el sueño, en lo que respecta a la organización de la cabeza, el «yo» y el cuerpo astral salen del cuerpo físico y del cuerpo etérico, pero en la organización del metabolismo y la circulación, por el contrario, los impregnan mucho más. Se trata, de hecho, de una redistribución. Es el fenómeno paralelo a lo que ocurre cuando en la Tierra se alternan el día y la noche. En ese caso tampoco es que en toda la Tierra sea de día y en toda la Tierra sea de noche, sino que el día y la noche se reordenan según las circunstancias. Exactamente lo mismo ocurre con la réplica realmente precisa del día y la noche en el sueño y la vigilia del ser humano. Durante la vigilia, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo de la cabeza y la respiración están íntimamente unidos al yo y al cuerpo astral; y durante el sueño, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo del metabolismo y la circulación están unidos al yo y al cuerpo astral de una manera mucho más íntima que durante la vigilia. Se trata de una reorganización, un proceso verdaderamente rítmico que tiene lugar con el dormir y el estar despierto.

Ahora bien, se puede decir que, al dormir, lo que ocurre —al menos en lo que respecta a la organización superior del ser humano— es que el cuerpo astral junto con el «yo» salen del cuerpo. Ahora bien, puede ocurrir que se observe que, en una persona, en lo que respecta a la organización craneal o, muy fácilmente, también a la organización respiratoria, el cuerpo astral y el «yo» se apoderen con demasiada fuerza de la organización craneal y de la respiratoria. Si se apoderan de ellas con demasiada fuerza, si las atacan con demasiada intensidad, entonces el cuerpo astral actúa precisamente a partir de sus fuerzas patógenas. Y entonces uno puede verse en la situación de tener que trabajar con la persona de tal manera que ese cuerpo astral sea expulsado de nuevo de la organización de la cabeza y de la organización respiratoria, de modo que se separen entre sí de cierta manera, para que se restablezca la relación normal. Y que esto puede suceder se observa con la administración de cantidades muy pequeñas de fósforo y también de azufre. Las pequeñas cantidades de fósforo y azufre tienen, en realidad, el efecto de expulsar el cuerpo astral que se ha anidado con demasiada fuerza en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico; el azufre actúa más sobre el cuerpo astral, mientras que el fósforo actúa más sobre el «yo», que, sin embargo, al organizar por completo el cuerpo astral, actúa en realidad en unidad con él. Así se puede ver directamente cómo es el ser humano cuando se presenta con un estado patológico que, además, se caracteriza por el síntoma de que la persona se ve impulsada con demasiada fuerza hacia el sueño. Así pues, si simplemente se padece un complejo patológico que, entre otros síntomas, presenta también este: que la persona se ve abocada a estados de semisueño, entonces se da la necesidad de trabajar, tal y como he dicho, con fósforo y azufre.

Si se presenta el otro estado, que tiene su origen en el organismo metabólico y circulatorio y que consiste en que el cuerpo astral, junto con el yo, no interviene lo suficiente en el cuerpo físico, de modo que hay que decirles: «Por favor, adentraos más, señores, debéis ser más activos, más participativos en el ser humano»; entonces se trata de que no se necesiten efectos de arsénico demasiado diluidos. En ese caso se actúa precisamente para atraer al cuerpo astral hacia el organismo físico.

Y ahora les voy a explicar esto de una manera que se deriva precisamente de la visión concreta del ser humano. Así pues, si el cuerpo astral se vuelve demasiado activo interiormente, de modo que actúa con demasiada fuerza sobre el cuerpo físico, se interviene con azufre y fósforo; si, por el contrario, actúa demasiado poco, es decir, si se vuelve demasiado inerte, de modo que el cuerpo etérico predomina —predomina porque no tiene suficiente resistencia frente a lo que actúa desde abajo—, entonces se puede intervenir con arsénico.

Ahora bien, se dan, por así decirlo, dos polos opuestos en la acción del fósforo y el azufre, y en la del arsénico. Así pues, uno puede llegar a encontrarse en la situación de tener que decirse: Sí, no basta con regular simplemente desde uno u otro polo, pues una irregularidad en una parte del ser humano tiene inmediatamente un efecto contrario y se prolonga en una irregularidad opuesta en la otra parte; la irregularidad en el ser humano superior se manifiesta también muy pronto en una irregularidad en el ser humano inferior. Y esta resonancia entre ambas irregularidades es algo que —perdóneme, no es ahora una expresión de la vida, sino una expresión de lo que, me gustaría decir, es una visión clínica—, es una de las cosas más fascinantes: esta resonancia irregular, en la que ambas actividades no llegan a converger y una fuerza demasiado débil en la parte superior provoca una demasiado fuerte en la inferior, o una demasiado fuerte en la inferior provoca una demasiado débil en la superior. Las cosas no solo son polarmente opuestas en cuanto a ubicación y dirección, sino también, naturalmente, en cuanto a intensidad. Lo más complejo del ser humano es precisamente esta interacción. Y, cuando se comprende a fondo, esto lleva a reconocer la necesidad de restablecer el equilibrio, de recurrir, en cierto modo, a las fuerzas que posee el ser humano para crear un equilibrio entre ambas. Y a ello se llega mediante la acción antimonial. Los efectos del antimonio, que en realidad hoy en día, creo yo, son más o menos ignorados por la medicina externa convencional, pero que —como se sabía en épocas pasadas— actúan de una forma que hoy en día ya no resulta del todo comprensible para el ser humano, se basan esencialmente en que trasladan sus efectos de manera muy intensa al interior del ser humano y crean una especie de punto de equilibrio. De hecho, resulta extraordinariamente interesante observar el comportamiento opuesto del fósforo, el arsénico y el antimonio en relación con lo que estos provocan en el ser humano. También aquello que en el mundo exterior alcanza una cierta quietud en la materia manifiesta su verdadera naturaleza cuando se activa en el ser humano. Porque es ahí donde realmente se ve por primera vez lo que aún vive, mientras que desde fuera solo se ve aquello que, por así decirlo, se ha acumulado a partir del proceso de formación. Cuando se ve externamente el arsénico, en realidad se ve el final de un proceso en el mundo exterior, del que se ve el comienzo en el interior del ser humano, de modo que, en realidad, nunca se reconoce como materia algo que se observa en el mundo exterior si no se sabe al mismo tiempo qué efecto tiene en el interior del organismo humano. - Y es que existe una «química», pero también existe una «antiquímica». Y por «química» se entiende únicamente aquello que supone observar un ser que tiene un «delante» y un «detrás» solo desde un lado, desde atrás. Hay que observar también desde delante a un ser que tiene un «detrás»; solo entonces, al unir estos dos aspectos, se obtiene una impresión del ser en su totalidad. Si primero se ha observado desde atrás aquello que vive en una sustancia, al haber visto la sustancia, entonces también hay que observarlo desde delante, para ver cómo actúa en el organismo humano. No solo hay que practicar la química, sino también la «antroquímica». Y solo de la interacción entre la química y la «antroquímica» surge el conocimiento de aquello que realmente subyace. Bueno, mañana seguiremos hablando de esto.

Traducido por J.Luelmo