CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA313 Dornach, 15 de abril de 1921 Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos


Dornach, 15 de abril de 1921

La intención es que éstas reflexiones culminen en la descripción de la esencia, de aquellos remedios que hemos recopilado y que en nuestra opinión, deben difundirse. Sin embargo, no será posible hablar adecuadamente de lo que hay que saber y dominar, en cierto sentido, en relación con estos remedios, si no contamos con la preparación general necesaria para ello. Primero debe crearse esta preparación. Por eso, hoy queremos volver a examinar algunos aspectos que nos puedan introducir en todo el entramado del ser humano, que se configura allí mediante la interacción del yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. Ya se ha mencionado que, mediante un cierto efecto del arsénico, se consigue que el cuerpo astral, —que digamos arrastra consigo al yo—, penetre en los órganos más de lo que lo hace de forma natural en las personas en cuestión.

Pues bien, al integrar más el cuerpo astral en los órganos, se intensifica el proceso de mineralización de estos, de modo que también se puede decir lo siguiente: si se observa que los órganos, como tales, se vitalizan en exceso, que desarrollan en su interior fuerzas vitales demasiado intensas y, en cierto modo, proliferan de forma etérica, entonces el remedio que puede tener un efecto curativo será el aporte de arsénico. Pero también se puede, si se quiere, designar lo que ocurre internamente en el ser humano mediante un proceso externo que, en cierto modo, guarda una afinidad electiva con el proceso humano. Si se quiere expresar esta afinidad del cuerpo astral con el cuerpo etérico —y, por ende, con el cuerpo físico—, se puede denominar sin duda «arsenización». En el ser humano tiene lugar continuamente una leve «arsenización», que se manifiesta con especial intensidad en el momento del despertar. Debemos tener muy claro que el organismo humano contiene en sí mismo, como sistema de fuerzas, aquello que se encuentra en el metal. Existe, sin duda, esta afinidad electiva entre el ser humano y su entorno terrenal y cósmico, de tal manera que ciertos procesos que tienen lugar en el exterior —y que, por ejemplo, culminan en los metales— también se desarrollan en el propio ser humano. Por lo tanto, cuando se habla de la «arsenización» del ser humano, no hay que pensar que el arsénico actúe directamente, sino que el propio ser humano actúa en su interior de la misma manera que lo hace el arsénico en el exterior. Y así se llegará a comprender cómo hay que ayudar a que se produzcan tales efectos en el ser humano. Así pues, si se tiene en cuenta esta arsenización —también podría decirse «astralización»— del organismo humano, se podrá observar que, cuando su efecto es demasiado intenso, esto se manifiesta mediante un cierto calentamiento de la zona del estómago, que también se manifiesta en que incluso surgen ciertas facilidades digestivas, de modo que la alimentación y la digestión se vuelven más fáciles; pero, si se vuelve demasiado fácil, resulta en cierto sentido preocupante, porque entonces todas esas facilidades en el ser humano van seguidas a su vez de reacciones y dificultades; pues todo ello está relacionado con una cierta mineralización del ser humano. Y por ejemplo, existe sin duda una línea de investigación que debería explorarse. Solo hay que llevarla a cabo de la manera adecuada, es decir, teniendo en cuenta todos los demás factores, de modo que en el caso de las personas que se astralizan en gran medida —es decir, que presentan arsenización en sus procesos orgánicos y físicos—, los cadáveres tarden más en descomponerse que en el caso de aquellas personas, que por el contrario, conectan de forma demasiado débil el cuerpo astral con los órganos. Esto sin duda, es algo que habría que observar. De hecho, se aprecia en su forma más extrema en la tendencia que tienen los cadáveres intoxicados con arsénico a momificarse. Se momifican, se conservan con facilidad y se descomponen muy lentamente.

Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿cómo se puede hacer frente a ello cuando este proceso de «arsenización» o «astralización» actúa con demasiada intensidad en el ser humano, es decir, cuando el ser humano, por así decirlo, se auto-momifica? Hay que asociar una observación, una mirada, a algo así. Si el ser humano se momifica en exceso, ¿cómo se puede hacer frente a ello, cómo se le puede contrarrestar? Y aquí me gustaría decir, por expresarme de forma radical: hay que convertir temporalmente al ser humano entero en un diente. Al fin y al cabo, será algo que pueda llevarnos a descubrir algunas pistas sobre la misteriosa actuación del organismo humano. Conviertan al ser humano en su totalidad en un diente. Intenten, de alguna manera —teniendo en cuenta el organismo en su conjunto—, aportarle la fuerza radiante del magnesio, administrándole magnesio en algún tipo de preparado. Esto es lo que se expresa de tal manera que la fuerza radiante del magnesio descrita por el profesor Römer se provoque entonces en todo el organismo, y esto es lo que, me gustaría decir, realmente nos adentra de forma bastante profunda, por un lado, en una relación que existe entre el cuerpo astral, que por tanto, incluye en sí mismo el yo, y por otro, los cuerpos etérico y físico.

Ahora intentemos pasar a lo contrario, a aquel estado en el ser humano en el que el cuerpo astral y el «yo» tienen poca inclinación a impregnar los órganos, en el que los órganos, en la medida en que reciben los efectos físicos y etéricos, comienzan a quedar abandonados a su suerte. Se trata de un estado que se manifiesta, por así decirlo, en la ausencia de una conexión adecuada entre lo que debería ser una interacción —la interacción nutritiva del ser humano con su entorno— y los procesos orgánicos internos. Los procesos orgánicos internos comienzan a desarrollar con energía su fuerza vital. No reciben ninguna influencia del exterior; la penetración que ejercen las fuerzas del «yo» en los nutrientes, disminuye. De este modo, el cuerpo astral también queda comprometido en una de las dos direcciones. No puede pasar adecuadamente al cuerpo etérico. Se produce —me atrevería a decir— una proliferación de la actividad física y etérica, lo que se manifiesta en un primer momento por la aparición de diarreas, que, en esencia, están relacionadas con fenómenos tales como la presencia de sangre en las heces, hasta el punto de que la actividad vital interna se intensifica tanto que se desprenden pequeños fragmentos de tejido orgánico de las paredes intestinales y aparecen en las heces, hasta el punto de que las heces presentan un líquido similar al agua de lavado de carne, lo que indica claramente que la fuerza vital está proliferando en su interior sin que la fuerza de astralización la obstaculice. Estas son las cosas. Por último, también se absorbe y se excreta la proteína sin que se procese de la manera adecuada. Estos son los estados que se provocan. Y en esencia, aquello que debe actuar en el ser físico y etérico del ser humano, para que se lleven a cabo estos movimientos semiconscientes —que, por supuesto, son necesarios en el organismo humano—, es precisamente el cuerpo astral y el Yo. Y así, imagínense ahora que el cuerpo astral y el Yo no intervienen aquí de la manera adecuada, y que el cuerpo etérico y las funciones físicas permanecen aislados; entonces surge precisamente la deposición nervioso-compulsiva, que es característica de tales fenómenos. Y cuanto más describan el asunto, cuanto más avancen desde los estados habituales de diarrea hasta la disentería y demás, es decir, cuanto más profundicen en la descripción de este cuadro clínico, más se darán cuenta de que deben describirlo de tal manera que, en todos estos fenómenos, evoquen la imagen opuesta a la arsenización o la astralización. En todas partes está presente la imagen opuesta a la astralización o la arsenización. Y dado que el cuerpo astral está muy implicado en ello, ahora se verán llevados, diría yo, de forma natural a la conclusión de que, como antídoto, hay que utilizar todo aquello que proviene del arsénico, es decir, que hay que contrarrestar estos estados precisamente mediante la arsenización.

Creo que en lo que respecta a estas cuestiones, puede enriquecerse e intensificarse la imaginación del ser humano extraordinariamente, si uno se da cuenta de que en el fondo, para todo lo que ocurre en el interior del ser humano, existen también procesos correspondientes fuera de él, en el mundo exterior. Y naturalmente, aunque para quien haya pasado por el sistema educativo actual,, esto deba sonar terriblemente chocante, no quiero evitar utilizar aquí ciertas expresiones que, para la ciencia espiritual, tienen un sentido muy serio y que, si se interpretan correctamente, pueden conducirnos a una comprensión muy profunda de las cosas.

Lo que se observa en el ser humano durante el proceso de arsenización, durante la astralización —eso que yo llamaría «desmoronamiento», la mumificación del organismo físico—, en el fondo, es exactamente el mismo proceso que tiene lugar cuando la tierra se vuelve rocosa. Allí donde la Tierra se presenta con características rocosas, está envenenada, en cierto sentido, por el arsénico o en los primeros estadios de ese envenenamiento. Por el contrario, imaginen ahora que la astralidad exterior —que, como ya insinué en el último ciclo de conferencias, rodea la Tierra por todas partes— logra, en cierto modo, eludir la superficie terrestre, eludiendo aquello que la astralidad exterior tiene que realizar en la producción de las flores, de las plantas, en la salida de las plantas de la tierra hacia el mundo superior; es decir, si la astralidad exterior lograra, en cierto modo, penetrar bajo el suelo, eludir la Tierra y adherirse al agua, entonces, en tales zonas, la Tierra contraería la disentería. Cuando la astralidad cósmica exterior actúa o puede actuar sobre las aguas subterráneas, en tales casos la Tierra contrae la disentería. Y, de hecho, el proceso que describo aquí tiene fundamentos reales, fundamentos muy reales, y es algo que se debería tener en cuenta. Porque arroja luz sobre la relación entre lo que ocurre bajo tierra y fenómenos como, por ejemplo, la disentería, que, en realidad, a menudo hay que estudiar de tal manera que se pueda observar en ella una especie de efecto de lo subterráneo —concretamente, de lo que se encuentra en el agua— sobre el ser humano. Lo esencial será ahora tener en cuenta que el cuerpo astral está muy implicado en el proceso y que, por lo tanto, será necesario aplicar dosis moderadas y potenciaciones moderadas en la curación, ya que el cuerpo astral depende para su eficacia, precisamente, del miembro medio del organismo humano.

Pues bien, los síntomas que se manifiestan de forma similar a la difteria son especialmente capaces de aportar información significativa sobre ciertos aspectos —me atrevería a decir que íntimos— del organismo humano. Y estos síntomas, que se manifiestan de forma similar a la difteria, deberían estudiarse con mayor detenimiento, aunque solo sea para buscar métodos terapéuticos. En mi opinión, sigue existiendo hoy en día una idea, derivada en gran medida de la visión materialista, de que la difteria debe tratarse de la forma más localizada posible, de que hay que abordar la difteria centrándose en su localización, aunque naturalmente, precisamente a este respecto, han surgido numerosas opiniones contrarias.

Pues bien, lo importante en el origen de la difteria y de todo lo relacionado con ella es que debemos añadir algunas precisiones a lo que hemos visto en el curso anterior, ya que entonces no pudimos profundizar con tanta exactitud en esta interacción entre los cuatro miembros espirituales del organismo humano. Ya he señalado en otro contexto que el aprendizaje del habla por parte del niño va acompañado de todo tipo de procesos orgánicos. El niño aprende a hablar. Mientras aprende a hablar, es decir, mientras tiene lugar algo especial en su organismo respiratorio, ocurre también algo totalmente opuesto en su organismo circulatorio, que, como es sabido, alberga los procesos del metabolismo.

Ahora bien, en un contexto totalmente distinto, he señalado que aquello que se manifiesta en la relación del ser humano con el mundo exterior, al alcanzar la madurez sexual, tiene lugar internamente durante el aprendizaje del habla; es decir, que en cierto modo, este impulso del cuerpo astral —que, al alcanzar la madurez sexual, se dirige desde el interior hacia el exterior— se produce de abajo hacia arriba en el proceso de astralización; pues la capacidad de aprender a hablar se desarrolla precisamente en la dirección de abajo hacia arriba. Así pues, también en este caso nos encontramos ante un proceso de astralización, y podremos ver claramente que, cuando tenemos aquí, en cierto sentido, el límite entre el sistema respiratorio y el sistema circulatorio, (véase lámina 1), se produce una interrelación entre lo que asciende de abajo hacia arriba como astralización (amarillo), y los órganos que, desde arriba, acuden al encuentro de esta astralización y se fortalecen precisamente en su capacidad del habla. Lo que debe interesarnos especialmente es entonces lo que ocurre simultáneamente en la parte inferior. Porque lo que ocurre al mismo tiempo ahí abajo tiene la tendencia a subir hacia arriba. Todo el proceso es de abajo hacia arriba. El conjunto tiene la tendencia a ir de abajo hacia arriba (flechas amarillas).

lámina 1

Si ahora el proceso, que discurre de abajo hacia arriba, se extiende con demasiada intensidad hacia arriba, si durante el aprendizaje del habla de los niños se produce una ascensión excesiva de la astralidad, entonces en esa ascensión excesiva de la astralidad reside la predisposición a desarrollar algo parecido a los síntomas diftéricos. De este modo se originan, pues, los síntomas diftéricos. Y es muy importante que se tenga debidamente en cuenta esta relación.

Ahora consideremos también el proceso externo de la Tierra, que guarda cierta afinidad con el proceso que acabo de describirles. Supongamos que esto es la superficie terrestre (véase lámina 2). En una planta que, digamos, se comporta de forma adecuada ante el cosmos, ocurre que la tierra participa en la formación de sus raíces, que luego la influencia terrestre va disminuyendo y la influencia extraterrena se hace cada vez más fuerte, pero esta influencia extraterrena se manifiesta especialmente en la flor (en rojo). Lo que se desarrolla aquí en la flor es, en realidad, una especie de astralización externa de la flor, que es lo que luego lleva a la formación del fruto. Cuando lo que aquí, (véase el dibujo de la lámina 2, en rojo arriba), debe suceder en el curso normal de los procesos cósmicos sucede precisamente ahí abajo, solo puede depositarse en el agua, y entonces tenemos lo que acabo de mencionar: la disentería de la Tierra.

lámina 2
Pero lo que realmente sucede allí —lo que, como se ha dicho, cuando la planta se desarrolla hasta convertirse en una planta normal, siempre tiene lugar un poco por encima de la superficie del suelo, donde se abre la flor— también puede desarrollarse precisamente allí donde se encuentra la superficie del suelo (véase el dibujo inferior de la lámina 2, en rojo abajo), y es entonces cuando surgen las setas. Esa es la razón de la formación de hongos.

Ahora bien, seguramente no le costará mucho pensar lo siguiente: si los hongos surgen a raíz de una astralización tan peculiar, entonces ese mismo proceso —y así es, de hecho— debe tener lugar de abajo hacia arriba, cuando esta extraña astralización se produce en el interior, en dirección a la cabeza, como ocurre en la difteria. Y de ahí que haya una tendencia a la formación de hongos en la difteria. Esta tendencia a la formación de hongos en la difteria es algo que hay que tener muy en cuenta. Esto también les indicará que, en el fondo, se produce un proceso verdaderamente oculto —todo lo externo no es, en realidad, más que un indicio de que en el interior del ser humano predominan corrientes astrales irregulares—, le dará una indicación de que, con una patología que solo se ocupe de los síntomas externos, solo se puede tener la manifestación externa de todo el proceso, que se considera local porque solo se observa lo externo, y que esa presión que viene desde dentro queda precisamente sin tener en cuenta en un caso así. Toda la actitud escéptica que se tiene ante este proceso resulta perfectamente explicable si se vuelve sobre estas cuestiones que acabamos de examinar.

Ahora bien, es cierto que, en el caso de los síntomas diftéricos, el riesgo de contagio es elevado. ¿Por qué es elevado? Lo es porque los síntomas diftéricos aparecen en estrecha relación con el aprendizaje del habla; por eso se manifiestan con mayor frecuencia en niños de entre dos y cuatro años. La probabilidad de que se presenten vuelve entonces a disminuir. Pero cualquier proceso en el organismo humano que, en un momento dado, se produzca en cierto modo de forma normal, también puede manifestarse de forma anómala. Así pues, este proceso, que es simplemente un proceso infantil, también puede presentarse en otra etapa de la vida, aunque sea con cierta modificación o metamorfosis. Cuando la difteria se presenta en una edad más avanzada, sigue siendo algo en lo que lo infantil actúa en el ser humano. Y el carácter fundamental de lo infantil es, como ustedes saben —en la exposición externa de los hechos de las ciencias espirituales solo es necesario hablar más de lo psíquico—, el proceso externo de lo infantil es la imitación, sin más que la imitación. Y se busca esa imitación. El propio organismo se ve impulsado a convertirse en imitador cuando contrae la difteria. Por eso, en realidad, el contagio se basa en este «convertirse en imitador» del ser humano. Ya en esta imitación hay algo de una suave sensibilidad. Se puede percibir sin duda una ligera sensibilidad en esta imitación. Si se analiza el asunto desde el punto de vista de la ciencia espiritual, se descubre que el «yo» desempeña, al fin y al cabo, un cierto papel en este contagio por difteria. Y por eso mismo, lo que se desarrolla como una especie de hongo, lo parasitario, resulta más contagioso en la difteria que en otras enfermedades, porque el organismo humano, debido a su instinto de imitación, se presta a ello. En cuanto —por decirlo de manera un tanto simplista— percibe de alguna forma la toxina de la difteria, se muestra receptivo a ella, imitándola. Por eso, una orientación psíquica —si es posible, cuando el estado está a punto de manifestarse— o un refuerzo mediante la disposición anímica tendrán, en cualquier caso, un efecto favorable.

Sin embargo, es evidente que, ante procesos que afectan tan profundamente al organismo, se podrá lograr mucho menos que si se intentara —por así decirlo— buscar el remedio específico que contrarreste el proceso que se está desarrollando. En este caso, al menos yo no tengo constancia de que se haya hecho ningún intento, ni siquiera de forma empírica y experimental, de buscar un remedio específico precisamente contra los síntomas diftéricos. Hay que buscarlo, por ejemplo, en el cinabrio potenciado hasta un grado medio. El cinabrio es aquello cuyos efectos habrá que buscar como antídotos para todos los síntomas que acabo de mencionar. El cinabrio, ya por su aspecto exterior, expresa el efecto antídoto. Pero una apariencia externa solo explica algo cuando se complementa con una visión interna. La antigua doctrina de las signaturas se basaba en la existencia de una visión interna instintiva; en realidad, esta doctrina ha desaparecido simplemente porque hoy en día las personas no tienen la capacidad de observación necesaria para algo así, ya que dicha capacidad se ha perdido. Pero es importante que uno pueda, en última instancia, percibir esa acción interior que, en el fondo, se manifiesta también en todas las manifestaciones externas del mundo. Y así, aquel que —¿verdad?— no se queda estancado en lo místico y luego introduce todo tipo de elementos místicos en el asunto, sino que mantiene su sentido común ante tales cosas, tendrá que decirse a sí mismo: El rojo cinabrio es algo que, en cierto modo, ya expresa su efecto contrario a la formación de hongos; lo que carece de color puede enmohecerse. Si en la formación de hongos interviene una astralización demasiado fuerte de la superficie terrestre, en el caso del cinabrio se produce precisamente un efecto de retroceso, una acción contraria a esa astralización, y de ahí el enrojecimiento. En todos los casos en que se produce un enrojecimiento en los procesos naturales, existe una fuerte acción contraria a la astralización. Me gustaría decir que, si se expresara esto en una fórmula moral, sería así: al enrojecerse, la rosa intenta defenderse contra la astralización. Se trata, pues, de ámbitos de la observación patológico-terapéutica que están claramente relacionados entre sí en un cierto contexto, y que nos conducen a este comportamiento peculiar del «yo» y del cuerpo astral respecto a los demás órganos: a la toma de control de los demás órganos, a la desconexión de los demás órganos o, por el contrario, a la manifestación de influencias astral en un flujo de abajo hacia arriba.

De esta manera, por así decirlo, se puede ir comprendiendo poco a poco todo el cuerpo humano. Se puede comprender si, a partir de estas reflexiones, se pasa a algo más. Y ahí tendrán que fijarse de nuevo en algo que ahora me gustaría añadir como complemento a lo que expuse el año pasado.

Es muy peculiar cómo el «yo» humano —si lo consideramos ahora como algo que actúa en el ser humano a nivel espiritual, psíquico, orgánico y también mineralizador— es una especie de, me atrevería a decir, portador de fósforo. Y este «yo» desarrolla su función de transportar fósforo de tal manera que llega con este transporte hasta la periferia del ser humano orgánico. El transporte de fósforo, la fosforización del organismo humano, es una actividad del «yo». Este transporte de fósforo hasta el límite más extremo, hasta la periferia del ser humano orgánico, se lleva a cabo, me gustaría decir que el «Yo» la lleva a cabo de una manera extraordinariamente ingeniosa, ya que, hasta un cierto límite —que, sin embargo, es necesario respetar—, el «Yo» solo puede transportar el fósforo a través del organismo uniéndolo a otras sustancias, combinándolo químicamente con ellas, y, en esencia, impide, durante este transporte del fósforo a través del organismo, que el fósforo se libere químicamente. Una de las funciones del «yo» es impedir esa liberación química del fósforo, hasta el punto de mantener solo las trazas de fósforo que son necesarias para que se produzca aquello que ocurriría a gran escala si el «yo» no lograra impedir que el fósforo introducido se liberara. Así pues, si el fósforo se liberara, por así decirlo, y provocara un efecto intenso en el organismo humano, se produciría entonces un proceso muy especial. A lo largo de estas conferencias les he dicho, que cuando el ser humano entra en el mundo —es decir, cuando aquello que antes solo existía en él a nivel anímico-espiritual, se encarna—, se crean en primer lugar las imágenes del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del yo. También les he dicho que todo aquello que es imagen del «yo», se encuentra en realidad, en sistemas dinámicos, en sistemas de movimiento que alcanzan el equilibrio. Esto es algo que hay que tener muy en cuenta, especialmente en este punto de nuestras reflexiones. Debido a que el «yo» en el desarrollo de equilibrios a partir de desequilibrios, de situaciones de equilibrio alteradas, —y cuando doy un paso, la situación de equilibrio se altera, tengo que restablecerla, pero lo mismo ocurre también a través de procesos internos—, al trabajar así, el «yo» necesita el fósforo. Este trabajo se lleva a cabo esencialmente con el fósforo.

Si el «yo» no actúa de tal manera que agote su fosforización al convertir en estática la dinámica humana, entonces se acerca con el fósforo a aquello que, desde el principio, es una imagen del «yo»: esa conversión de lo dinámico en estático. Ahora bien, ya he señalado que también debemos tener en cuenta al ser humano líquido, al ser humano gaseoso y al ser humano térmico. Imagínese por un momento que tiene que ver con el ser humano líquido y con aquello que, desde la imagen del yo —el cuerpo astral, en el que a su vez se imprime el yo—, se adentra en el cuerpo etérico; se trata, pues, de que también en este cuerpo etérico deba producirse una transición continua de lo dinámico, de un desequilibrio hacia el equilibrio.

Ahora bien, lo que aquí entra en juego son efectos extraordinariamente sutiles, efectos realmente muy sutiles. Y estos efectos sutiles se regulan gracias a que en el cuerpo humano hay unas esferas que, en cierto modo, flotan libremente y, sin embargo, están relacionadas con todo el movimiento del organismo, incluido el movimiento interno. Se trata, en efecto, de los glóbulos sanguíneos. Lo que hace el «yo», al intervenir en la movilidad —por ejemplo, también en la movilidad térmica interna—, debe incidir sobre estas partículas sanguíneas. Estas partículas sanguíneas, estos glóbulos, no son, por tanto, simples esferas, sino que son de tal naturaleza que ya en su forma muestran que están diseñados para llevar los movimientos al equilibrio. Me gustaría decir: aquello que hace el «yo» al intervenir en la capacidad de movimiento del organismo humano, llega precisamente a su límite en los glóbulos sanguíneos; y ahí debe ser detenido, ahí debe tener lugar esa —me atrevería a decir— interacción más íntima entre el «yo» humano y todo el organismo humano. Y ahí es donde tiene lugar lo que yo llamaría la lucha más oculta entre la fosforización continua del ser humano y lo que subyace en los procesos formativos de la sangre. Y es que, cuando el fósforo se introduce libremente en el ser humano, los glóbulos sanguíneos se destruyen a causa de la fosforización. Esto es lo que nos permite adentrarnos de forma figurada en esta peculiar interacción del «yo», que es, sin duda, algo espiritual, algo espiritual hasta la médula, pero que, a través de los glóbulos sanguíneos, se encuentra en constante interacción con lo físico. La sangre es también, en este sentido, un fluido muy especial; como dice no Goethe, sino un antiguo refrán: la sangre es un fluido muy especial; es aquello en lo que lo físico externo del ser humano entra en interacción con lo más espiritual que lleva en sí mismo, con el «yo», y donde puede producirse lo más destructivo cuando precisamente el «yo» entra de manera errónea en esta interacción. Por eso, bajo una interacción errónea de este tipo, se puede arruinar tanto en lo físico: desintegración del epitelio, degeneración grasa que llega hasta las fibras musculares, especialmente en las fibras musculares estriadas, porque son aquellas sobre las que el «yo» ejerce una influencia especial; desintegración de los glóbulos sanguíneos, etcétera. Sí, este proceso de degradación puede llegar incluso hasta los huesos en el plano físico, si los efectos del fósforo no funcionan correctamente.

Me parece que, en esta interacción del «yo», —que queda muy claro, naturalmente, que el yo arrastra consigo al cuerpo astral—, y la interacción del cuerpo físico, que a su vez arrastra al cuerpo etérico, se pone de manifiesto con toda claridad cómo tiene lugar, diría yo, una búsqueda de lo normal y lo anormal, una normalización continua hasta alcanzar una cierta culminación, tras la cual se produce un reflujo, y cómo se manifiesta esto cuando nos enfrentamos, por ejemplo, a una intoxicación por fósforo. Cuando se trata de una intoxicación por fósforo, se observa que, en un primer momento, tanto el cuerpo astral como el cuerpo etérico se defienden de aquello que se impone en el cuerpo físico y en el «yo». Se defienden; y lo hacen con todas sus fuerzas, con la fuerza más poderosa de que dispone el cuerpo etérico. Quiere hacer frente a aquello que se manifiesta en el «yo» con una intensidad excesiva, quiere oponerse a ello y, para ello, refuerza sus propias fuerzas. Por eso, el proceso en la fase inicial de una intoxicación por fósforo guarda tanta similitud interna con otro proceso, a saber, con la aparición de una cierta retrospectiva del ser humano tras la muerte, que, como saben, puede durar varios días: un día y medio, dos días, tres días. En esta retrospectiva se produce una retención del cuerpo etérico en el cuerpo astral. Ambos se mantienen unidos, por así decirlo. Esto es lo que ocurre inicialmente también en el cuerpo humano cuando se produce una intoxicación por fósforo. Se desarrolla todo aquello que puede desarrollarse mediante la interacción entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico, y lo que precisamente tiene lugar cuando se produce esta retrospectiva a través del cuerpo etérico tras la muerte. Por lo tanto, debido a esta fuerza empleada, en un primer momento se producirá una mejoría tras un periodo tan prolongado como el que duraría tal retrospectiva, seguida de un debilitamiento y un agotamiento. Luego, una vez que se haya producido este agotamiento, el efecto anómalo del «yo» se reanudará con mayor intensidad. Una verdadera intoxicación por fósforo es, en efecto, algo extraordinariamente difícil de combatir, algo que probablemente solo podría combatirse si se intentara, de la manera más enérgica, influir en todo el organismo de tal forma que en él se produjera una fuerte interacción entre lo astral y lo etérico, lo cual probablemente se lograría si se contrarrestara la intoxicación por fósforo, por ejemplo, mediante la aplicación intensiva de emplastos muy potentes en distintos puntos del cuerpo humano y medidas similares. Sin duda se obtendrían resultados. Hay que tener claro, entonces, que es necesario tener tacto para saber hasta dónde hay que llegar en un caso así.

Como ven, cuando el «yo» interviene en el organismo físico, este se ve profundamente involucrado en lo que podríamos llamar la «fosforización» del ser humano. Pero entonces, cuando el «yo» interviene con fuerza, es decir, cuando interviene de forma destructiva en el organismo físico, necesariamente tiene que producirse también el polo opuesto; entonces, aquello que el «yo» provocaría normalmente en el organismo humano, si no interviniera con demasiada fuerza, también tiene que sufrir. Por eso, en caso de una fosforización excesiva, se producirán estados de insomnio que se deben simplemente a que tiene lugar una tendencia demasiado fuerte por parte del cuerpo astral y del yo. Esto se deduce de todo lo que he dicho: encontrarán dolores de cabeza, delirios, necesidad de dormir. Y en la intoxicación por fósforo se producen todos estos síntomas y también —por lo general antes de la parálisis— estados anémicos, que surgen naturalmente según lo que he dicho sobre la interacción con la sangre. Y lo que ahora se encuentra en el centro, es decir, lo que ocurre durante la fosforización cuando, podría decir que este ataque a los glóbulos sanguíneos que parte del «yo» tiene lugar, y que a su vez se ve repelido cuando se produce ese vaivén, se manifiesta en síntomas similares a los de la ictericia; de hecho, en lo que son los síntomas de la ictericia hay que ver, en general, una interacción entre lo psíquico y lo físico.

De lo que les he expuesto se desprende que, en esencia, el proceso del ser humano consiste en realidad en una interacción del «yo» y del cuerpo astral con las fuerzas del mundo exterior, dentro del espacio que delimita la piel humana. Se trata de una interacción de este tipo, y hay que ser capaz de comprender correctamente cómo se puede regular esta interacción, cómo se puede llegar, en cierto modo, a una especie de dominio de la misma.

Bueno, me gustaría decir que, en un plano muy trivial, si se tiene esta perspectiva en mente, ciertas normas dietéticas surgen por sí solas, ya que se sabe que, cuando el «yo» del ser humano actúa con demasiada fuerza, se producen irregularidades en el estómago precisamente como consecuencia de ello, pero, al mismo tiempo, se produce una sobrevitalización que se manifiesta en diarreas anormales y fenómenos similares, es necesario, ¿no es así?, contrarrestar esto de manera adecuada mediante la dieta. Y es precisamente así: el proceso propiamente dicho del «yo» y el proceso del cuerpo astral en el ser humano constituyen una especie de análisis, una descomposición de aquello que en el mundo exterior se presenta de forma sintética. Mientras que, diría yo, tenemos una síntesis primaria en los fundamentos físicos y etéricos del organismo humano, tenemos un proceso de análisis en la actividad del yo y en la actividad astral, y este análisis forma parte sin duda de las actividades normales del ser humano y se expresa, precisamente por su peculiaridad, con tal intensidad que es necesario mantener un equilibrio adecuado en este proceso de análisis. Si el «yo» se convierte en un analizador demasiado intenso frente a las sales de fósforo, entonces analiza las sales de fósforo hasta llegar al fósforo mismo, y entonces el análisis comienza a causar estragos en el organismo humano. Es el punto en el que el análisis puede surtir mayor efecto, uno al que ya me referí en las conferencias del año pasado, en las que se analiza hasta el hierro.

Este análisis hasta llegar al hierro, que está relacionado con el contenido de hierro en la sangre, es lo que, en muchos aspectos, constituye el polo opuesto en lo que respecta al análisis de otros metales, en cuyo caso siempre hay que detenerse, en cierto sentido, a la hora de analizar.

Así pues, hoy quería mostrarles, en cierto modo, cómo en las manifestaciones externas se reflejan imágenes de lo que se desarrolla desde lo espiritual interior. Y por eso, la observación externa del ser humano, tanto en estado de salud como de enfermedad, deberá complementarse con lo que se puede saber sobre el ser humano interior, sobre el ser humano espiritual.

Partiendo de esta base, podremos formarnos una opinión sobre nuestros remedios y establecer las condiciones previas para responder a algunas de las preguntas que se han planteado. Todo ello se tratará, en la medida de lo posible, en las tres conferencias que tenemos por delante.

Traducido por J.Luelmo


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