ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)
Rudolf Steiner
Relación de las plantas con el organismo humano
Dornach, 17 de abril de 1921
Ahora que voy a pasar a la parte dedicada a los remedios, me gustaría señalar que, teniendo en cuenta también aquello que ya hemos intentado introducir en cuanto a remedios, esto también debe ser tratado; además, en concreto, como es natural, quiero señalar que no me interesa exponer cómo se forman en mí las ideas de que una u otra cosa puede ser un remedio, sino que ustedes, en cierto modo, lleguen a comprender el uso de cualquier sustancia como remedio. Así pues, me gustaría, en cierto modo, que la visión que debe desarrollarse sobre una determinada sustancia pueda tener lugar en la propia alma, si es que esa sustancia ha de tener valor como remedio. Por eso, hoy me gustaría, por así decirlo, estructurar el debate de tal manera que, en primer lugar, realicemos, en cierto modo, unas reflexiones preliminares sobre cómo se llega a la idea de que algo puede ser un remedio. Por supuesto, hay que señalar de antemano que una base para ello es conocer los principios fundamentales de la antropología antroposófica. Porque solo así surgirá la interpretación correcta del remedio, cuando uno se sienta, por así decirlo, impulsado desde abajo a realizar toda la reflexión en el sentido antroposófico. Por eso verán también que lo que he dicho en los últimos días se integra en lo que hoy, en cierto modo, vamos a plantear como algunas reflexiones preliminares.
Partamos de la base de que en las plantas es donde precisamente se puede observar cómo se da la interacción entre el entorno del ser humano y el propio ser humano. Precisamente al asimilar primero los procesos que tienen lugar en el mundo vegetal, se podrá obtener una visión correcta de cómo continúan los procesos de mineralización en el interior del ser humano. Si se hace esta reflexión —y, por supuesto, esto se desprende de todo lo que hemos analizado también en los últimos días—, hay que tener claro que en todo el proceso de formación de las plantas, en el proceso de configuración de raíces, hojas, flores, semillas, etc., hay algo que se configura a partir de todo el cosmos, y que este proceso, que tiende especialmente a la configuración de la planta —también a su configuración interna—, no puede sustituirse simplemente por una síntesis artificial, es decir, por una síntesis química artificial. Como mucho, solo en muy contadas ocasiones puede sustituirse de esta manera. Hay que tener claro, por ejemplo, lo siguiente. Cuando se trata de la raíz de la planta, se trata de aquello que, en el proceso de formación de la planta, está vinculado a las fuerzas superficiales más o menos internas de la Tierra. Ahora bien, en cuanto a lo anímico-espiritual, el ser humano es un ser que crece, al igual que las plantas, de arriba hacia abajo. Su cabeza alberga muchas de las fuerzas que interactúan con las propias fuerzas de la Tierra, y existe un profundo parentesco entre lo que se configura en la planta a modo de raíz y todas aquellas fuerzas que caracterizan a la cabeza humana. Por lo tanto, siempre que se quiera comprender el proceso que tiene lugar en la raíz de la planta, habrá que tener en cuenta que dicho proceso está en relación recíproca con la cabeza humana. Sin embargo, analicemos ahora las consideraciones en detalle, para que vean cómo hay que llevarlas a cabo.
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| Genciana |
Consideremos, por ejemplo, la raíz de la genciana, Gentiana lutea, y pensemos lo siguiente: la genciana es una planta que, exteriormente, se manifiesta con un aspecto muy floral. Por lo tanto, en la raíz encontraremos fuerzas que ya se inclinan muy marcadamente hacia lo floral; en otras palabras: estas fuerzas de la raíz son algo débiles. La genciana destina gran parte de su energía a lo floral y a las hojas. Sin embargo, la forma completa de la flor muestra que lo radicular sigue estando muy presente. Por lo tanto, no podremos contar necesariamente con que la genciana ejerza un efecto fuerte sobre aquello que, en la organización humana, emana de la cabeza como algo inmediatamente propio de la cabeza, es decir, como efectos físicos externos; sino que deberemos esperar de ella que actúe preferentemente sobre aquello que, partiendo de la cabeza, favorece la respiración. Y dado que en el organismo siempre se actúa de forma polar, debemos imaginar que, al utilizar las raíces de la genciana, serán preferentemente los propios órganos digestivos los que alcancen una respiración más intensa, en el sentido que se ha explicado ayer. Así pues, estimulamos el estómago y el intestino para que desarrollen una actividad respiratoria intensa, pero ahora debemos tener en cuenta lo que hemos aprendido en estas conferencias: que, para estimular esta actividad respiratoria, la sustancia vegetal debe someterse a un procesamiento adicional, es decir, debemos hervir las raíces. Tenemos que utilizar la decocción de las raíces. Como ven, se puede analizar todo esto a fondo. Ahora bien, en primer lugar nos centraremos un poco en lo exterior. Nos decimos a nosotros mismos que la raíz de genciana tiene un sabor amargo y un olor intenso, por lo que es algo que actúa con mucha fuerza sobre el plano astral. Nos encontramos, pues, ante un efecto sobre la entidad astral en las zonas digestivas del ser humano. Pero la raíz de genciana contiene azúcar. Recordarán que he señalado en repetidas ocasiones y en diversos contextos que el proceso de transformación del azúcar en el proceso organizativo humano supone una fuerte estimulación de la actividad del «yo». Esto también se puede estudiar externamente, desde un punto de vista estadístico —dije—, observando, por ejemplo, que los pueblos que tienen poca actividad del «yo», como los de Europa del Este o los rusos, en los que el «yo» pasa a un segundo plano, presentan un consumo anual de azúcar muy reducido como pueblo, mientras que entre los ingleses, en los que el «yo» desarrolla una actividad extraordinariamente intensa —es decir, cuanto más nos desplazamos hacia el oeste— mayor es el consumo de azúcar que se refleja en las estadísticas. Por lo tanto, hay que tener en cuenta este tipo de cosas si se quiere llegar a algún tipo de conocimiento sobre el mundo.
Pero, por otra parte, la raíz de genciana es rica en aceites grasos. El aceite graso es lo que, a su vez —diría yo—, cuando pasa al sistema digestivo, actúa intensamente sobre la respiración inferior, ya que el aceite graso refuerza la movilidad, la movilidad interna de los órganos del estómago y del intestino. Así pues, ya ven cómo se puede describir con precisión lo que ocurre en el organismo humano, y se nota enseguida que se estimula la actividad astral, es decir, que se estimula la movilidad respiratoria del estómago y del intestino, de modo que se puede decir: el intestino desarrolla una actividad más intensa, el estómago se fortalece. Todo ello actúa de tal manera que se produce lo que, en general, ocurre cuando se fortalece el cuerpo astral. Da la impresión de que los procesos de mineralización solo se producen en el ser humano hasta el punto en que fortalecen los propios órganos y, por lo tanto, los hacen más fuertes. Esa es la suave influencia del «yo» a través del azúcar que interviene en este proceso. Así pues, se podría decir que, al utilizar la decocción de la raíz de genciana, se estimula la actividad del cuerpo astral y, gracias al contenido de azúcar de la raíz, se permite que el «yo» eche una mano. Sin embargo, precisamente porque el «yo» echa una mano, surge un peligro. Porque cuando el «Yo» actúa desde abajo como un azote, se produce a su vez una reacción polar en la cabeza, y se puede observar que, como efecto secundario, estos pacientes sufrirán dolores de cabeza. Pero hay algo más que actúa sin duda en todas estas direcciones que he mencionado. Así pues, nos encontramos ante una actividad intestinal esencialmente estimulante e impulsora, por lo que utilizaremos este remedio, ya sea por sí solo o en alguna combinación, cuando observemos que los síntomas de la enfermedad están relacionados con la falta de apetito, la dispepsia, por ejemplo, pero sobre todo cuando hay estancamientos en la zona abdominal. También podemos comprender cómo esta actividad del estómago y el intestino estimula el metabolismo en general, de modo que este se activa internamente en cierta medida y se vuelve más activo, lo que nos permite actuar sobre las tendencias a la gota y al reumatismo. Además, en la raíz de genciana habremos utilizado adecuadamente algo que, aunque no en un grado muy intenso, resulta, no obstante, antipirético. Y es que, al verse mermada la actividad intestinal, se provoca una reacción en la parte superior del ser humano, y de ahí emana entonces la actividad febril. Así pues, si fortalecemos al ser humano inferior, creando un contrapeso al ser humano superior, le habremos aportado algo que combate la fiebre.
Esta es una de esas reflexiones que hay que hacer si se quiere llegar a comprender las relaciones concretas entre el mundo exterior y el interior del ser humano. Se trata de que es totalmente cierto cuando se señala que desde el exterior se ejercen influencias sobre el ser humano. En este sentido, alguien como Rosenbach ha realizado un trabajo preparatorio extraordinariamente bueno. Pero si solo se habla en términos abstractos de corrientes, en primer lugar no se tiene conciencia de que aquello que actúa desde el exterior procede, en realidad, de cosas concretas. Proviene de que existen tales relaciones entre lo radicular del mundo vegetal, las fuerzas que actúan en lo radicular y que, a su vez, penetran en el ser humano. Así es como se llegan a comprender realmente estas cosas, que de otro modo solo se caracterizan de forma abstracta como corrientes; se tienen, por así decirlo, al alcance de la mano. Y de eso se trata la ciencia espiritual: de que elabore lo realmente concreto, lo realmente material y procesual.
Desde este punto de vista, analicemos una planta extraordinariamente instructiva, la raíz de clavel, Geum urbanum, y centrémonos de nuevo en la raíz. Preparemos, pues, una decocción de la raíz. Resulta sumamente interesante que, al reflexionar sobre la raíz de clavel, recuerden lo que acabamos de decir sobre la raíz de genciana. Por supuesto, hay que partir de la base de que, al tratarse de la raíz, existe una interacción con las fuerzas de la cabeza. Ahora bien, la raíz de clavelina tiene un sabor amargo. El sabor es extraordinariamente amargo. En la raíz de clavo encontramos aceites esenciales, es decir, un aceite del que, de nuevo, debemos suponer desde el principio que actúa sobre aquellas partes del organismo que aún no están tan próximas al intestino ni tan introducidas en él como aquellas de las que hemos hablado en el caso de la raíz de genciana; por lo tanto, tenemos que ver más bien con aquello que aún se encuentra en el estómago, quizá solo en el esófago, y así sucesivamente. Pero entonces debemos tener en cuenta lo más importante: que en la raíz de clavo tenemos almidón, es decir, que, en cierto modo, nos dirigimos a aquellas fuerzas que procesan de forma más intensa de lo que se requiere con el azúcar, ya que, para procesar el almidón, hay que reducir la intensidad de la acción. Al fin y al cabo, primero hay que extraer el azúcar. Como ven, hay que seguir de cerca los procesos. Pero además, en la raíz del clavo hay tanino; y hay que tenerlo siempre en cuenta cuando se quiere comprobar el efecto curativo de cualquier sustancia. Los taninos significan que, de hecho, de una manera que todavía se inclina fuertemente hacia lo físico, se procesa aquello que se opone precisamente a los taninos, de modo que, en el caso de la raíz de clavo, debemos desplazar toda la acción más hacia el «yo» que hacia el cuerpo astral. Aquí se produce un refuerzo de la estimulación del Yo. Y por eso, al tener un refuerzo de la estimulación del Yo, nos enfrentamos a lo que ocurre en el organismo humano inferior. Se trata, pues, de un efecto completamente polar opuesto a la estimulación de la cabeza que se produce a través del Yo. Nos enfrentamos a lo que me gustaría llamar la «digestión externa», es decir, la acción sobre las sustancias aún en el estómago, incluso antes de que hayan pasado a la actividad intestinal. Se estimula, si se me permite decirlo así, lo que aún queda del aparato nervioso y sensorial en el intestino —pues todo está extendido por todo el organismo humano—; se estimula el aparato nervioso y sensorial precisamente en los órganos digestivos, y por lo tanto nos encontramos aquí ante la acción predominante del «yo».
¿Cuál será la consecuencia? En primer lugar, que la raíz de clavo posee un potente efecto antipirético. En segundo lugar, la consecuencia será que podremos influir desde la digestión anterior hacia la digestión posterior, al no exigir ya tanto a esta última, es decir, a la actividad intestinal propiamente dicha. Así pues, tendremos que combatir especialmente las diarreas y los flujos mucosos del intestino, si tenemos en cuenta que precisamente estas afecciones se deben a que se exige demasiado a aquello que se encuentra más cerca de la actividad digestiva interna. Como ven, todas estas consideraciones nos llevan a observar cómo las fuerzas externas penetran en lo que hay en el interior del ser humano.
Dado que este análisis de las raíces reviste una importancia muy especial, consideremos otra raíz y tomemos como ejemplo la Iris germanica, el lirio de agua. Preparemos también en este caso una decocción de la raíz. Pues bien, en el caso del iris nos encontramos ante algo que, ya solo por su aspecto exterior, demuestra que ejerce un fuerte efecto sobre el yo. El olor repugnante y el sabor amargo son algo que delata de inmediato que estamos ante algo en lo que el yo entra en una intensa interacción física con el mundo exterior. Pero en la raíz del iris también tenemos algo que estimula mucho esta actividad física: el ácido tánico. A su vez, encontramos en ella algo que actúa sobre la actividad del yo: el almidón. Y, por último, tenemos algo que, gracias a su efecto físico, actúa en cualquier lugar al que llega, cuando se le estimula: tenemos resinas en la raíz de la iris. Todo ello pone al «yo» en una actividad especialmente intensa. Y esta actividad intensa del «yo», este impulso del «yo», se puede observar en que se produce actividad urinaria y un cierto efecto purgativo. Estas son las manifestaciones externas de lo que es la actividad del «yo». Y aquello a lo que podemos hacer frente se pone de manifiesto simplemente cuando nos preguntamos: ¿A qué está expuesto el organismo humano cuando todo esto no funciona correctamente? Entonces aparecen la hidropesía y fenómenos similares, y por eso, en el decocción de raíz de iris, tenemos algo con lo que debemos intentar combatir los estados similares a la hidropesía y también la hidropesía en sí misma.
Como ven, este es el tipo de reflexiones que hay que hacer. Ahora, a medida que ascendemos un poco en la planta, fíjense, por ejemplo, en la hierba, «herba», de las plantas, y tomemos una planta característica como, por ejemplo, la Majorana hortensis, la mejorana. Pero seamos claros: cuando pasamos a la hierba, es ya la propia naturaleza la que lleva a cabo ciertos procesos que nosotros primero debemos realizar en la raíz. Por lo tanto, cuando tomamos la hierba, no es bueno hacer directamente una decocción, sino que necesitamos las fuerzas más sutiles de la hierba, y estas las obtenemos preparando una infusión. Las fuerzas que realmente necesitamos pasan de la hierba a la infusión. Y ahora pueden, por así decirlo, percibir con los sentidos lo que tenemos aquí. En esta infusión tienen ese sabor peculiar que podríamos llamar «sabor calentador». Este sabor tiene, al mismo tiempo, cierta amargura. Pero luego tienen aquello que demuestra claramente cómo actúa algo hacia el exterior: el aroma, los aceites esenciales. Y luego tienen algo que solo tiene que añadirse para potenciar aún más todo esto, algo cuyo efecto físico no se manifiesta tan pronto como el de otros productos, sino que se manifiesta cuando ha pasado del estómago al intestino. A saber, en la hierba hay todo tipo de sales, precisamente en la mejorana. Y por eso se puede decir —y las cosas que uno puede decir así, al fin y al cabo, también se dan en la realidad—: esta infusión de hierbas actúa especialmente sobre la actividad respiratoria de los órganos internos. Provoca una cierta actividad respiratoria de los órganos internos. Esto se manifiesta en que esta infusión tiene un efecto sudorífico, es decir, que estimula la actividad orgánica interna en forma de respiración. Tiene un efecto sudorífico y, por lo tanto, refuerza la actividad de los órganos internos. Con la infusión de mejorana se pueden combatir los resfriados catarrales, pero también, por otro lado, la debilidad uterina.
Todo esto quedará aún más claro cuando pasemos a analizar el efecto de la flor. El efecto de la flor: observémoslo allí donde se manifiesta de forma especialmente evidente en la planta exterior; observémoslo, por ejemplo, allí donde muchas flores pequeñas se despliegan formando una inflorescencia, como en el saúco o la lila, Sambucus nigra. Y tengamos claro que son precisamente esas fuerzas las que fluyen hacia la planta, las que tienen mucho que ver con el entorno de la Tierra, las que contienen en sí mismas las influencias cósmicas, las corrientes cósmicas. Lo notamos en el hecho de que la flor de saúco también contiene aceites esenciales. Pero, sobre todo, lo notamos en que las flores de saúco contienen azufre, de modo que en ellas encontramos, procedente del reino mineral, aquello que nos resulta especialmente eficaz cuando queremos estimular la respiración, pero, por otro lado, la estimulamos en el ámbito de la organización respiratoria propiamente dicha, mientras que antes hemos hablado de la estimulación de la respiración en los órganos digestivos y en lo que se une a ellos, antes de que la respiración de los órganos respiratorios propiamente dichos se haga cargo de ellos. De modo que, en el caso de la flor de saúco, cuando la utilizamos como infusión —lo cual es casi obvio—, se estimula especialmente la actividad etérica del organismo humano y, solo a través de este camino indirecto, mediante la actividad etérica, la actividad del cuerpo astral; de modo que se estimula especialmente la respiración en los órganos superiores posteriores, no tanto en los órganos de la cabeza como en aquellos que pertenecen a la respiración propiamente dicha. Por supuesto, esto provoca reacciones por todas partes, y en estas reacciones nos encontramos, como es lógico, con que, en este ejemplo, se producen secreciones y sudoración. Pero ahora se estimulan los órganos respiratorios. Se estimula la actividad respiratoria normal propiamente dicha y, como consecuencia de ello —puesto que la estimulación de la actividad respiratoria normal debe producir un efecto sobre la sangre—, se produce también una estimulación, es decir, una estimulación procedente del interior del ser humano sobre la circulación sanguínea, y es se deduce de todo ello que con un remedio de este tipo se puede combatir el catarro, se puede combatir la sudoración retenida, se puede aplicar con buenos resultados en casos de ronquera y tos, y que, dado que el efecto que antes se producía directamente ahora se manifiesta de forma polar, también se puede utilizar en afecciones de tipo reumático.
Verán, en todos los casos se trata de deducir, a partir del modo de acción de los remedios, cuál es el poder curativo que pueden contener. Ahora pensemos por un momento en cómo puede llegar a ser necesario actuar especialmente sobre la organización de la cabeza. ¿De qué depende, pues, la organización de la cabeza?
De la organización de la cabeza depende, en efecto, su polo opuesto, la digestión; y, concretamente, de la organización de la cabeza depende la digestión más burda, esa digestión más burda que es la causa de tantas enfermedades muy graves. Por lo tanto, debemos tener claro que podemos influir de manera esencial en la cabeza a partir de la digestión más burda, y que, si mediante algo que introducimos en el interior del ser humano —es decir, que actúa sobre la digestión— logramos que las cosas, en cierta medida, irradien hasta la cabeza, de modo que realmente desplieguen un efecto partiendo de la cabeza, entonces, naturalmente, debemos tener en cuenta todo lo que contribuya a que, a pesar de que queramos introducir inicialmente lo vegetal en el interior, lo configuremos de tal manera que actúe sobre la cabeza. Y esto habrá que tenerlo especialmente en cuenta cuando queramos utilizar semillas. Las semillas, por su propia naturaleza, son muy adecuadas para actuar sobre la digestión más burda. Y al actuar directamente sobre la digestión más burda, actúan, al provocar reacciones, sobre la cabeza. Pero resulta muy difícil hacer llegar el efecto desde la digestión hasta la cabeza. Por eso es recomendable, en el caso de las semillas, preparar una decocción —y, de hecho, muy concentrada—, siempre que el paciente la tolere. Esto se puede estudiar especialmente si se tienen en cuenta los efectos de las semillas de comino en los ojos, es decir, si se prepara una decocción de estas semillas y se aplica en los ojos. En esta decocción se encuentran, en primer lugar, aceites esenciales, es decir, efectos fundamentales sobre el yo; además, contiene algo que actúa con gran intensidad a nivel físico: cera y resinas, que también despliegan efectos muy potentes en el plano físico. Estos efectos intensos se manifiestan, de hecho, en el olor especiado. Pero además, en este decocto también hay glucosaminas.
Si ustedes relacionan todo esto con las reflexiones que hemos realizado estos últimos días, verán que todo ello tiene un efecto extraordinariamente fortalecedor sobre la actividad del «yo». Se trata de una acción directa sobre la actividad nerviosa sensorial que se encuentra oculta en los órganos digestivos. Esta actividad nerviosa sensorial, que se encuentra oculta en los órganos digestivos —difundida en una metamorfosis que se manifiesta de forma muy débil—, es objeto de una acción especial. En realidad, cabría decir que, en lo que respecta a la parte inferior del ser humano, esta decocción provoca algo que se asemeja a una metamorfosis subconsciente de nuestra percepción sensorial exterior. Nos vemos estimulados, diría yo, a percibir sensorialmente, a través del sistema digestivo, aquello que allí se desarrolla como proceso. Y por eso, precisamente este remedio es muy adecuado para los enemas. Cuando se utiliza este remedio para enemas, lo que se hace, en realidad, es provocar un proceso que debe actuar sobre la actividad de los nervios sensoriales, ya que supone, en efecto, un aporte externo de las fuerzas más sutiles presentes en las semillas de comino y, con ello, se provoca una especie de percepción subconsciente en los órganos digestivos. De este modo se estimula de manera especial el líquido tisular letárgico; así pues, al provocar una especie de proceso que fortalece los nervios sensoriales, la percepción se dirige con gran intensidad hacia el interior del ser humano. El ser humano se convierte en un ser perceptivo a través de sus órganos digestivos, y eso es precisamente lo que contrarresta todo aquello que —me atrevería a decir— se opone, como un polo opuesto, a cuando comienza una actividad interna que ahora también puede percibirse, pero que consiste esencialmente en una percepción interna; es decir, cuando nuestro organismo empieza a manifestarse de forma realmente explosiva. El hecho de que podamos percibirlo nosotros mismos con gran intensidad cuando desarrolla tal actividad orgánica —de modo que, en realidad, nos percibimos a nosotros mismos— tiene entonces un efecto atenuante, es decir, tiene un efecto curativo sobre dicha actividad, que constituye una percepción desde dentro, aquello que se desarrolla como una actividad sensorial-nerviosa que, en realidad, se vuelve metamórficamente similar a la percepción externa, de modo que, cuando se producen espasmos estomacales, estados colicosos o flatulencias, podremos actuar de manera fructífera con este remedio de la forma adecuada.
Hay otro proceso que resulta sumamente interesante de observar. Se trata del siguiente. Imagínese con gran viveza qué tipo de actividad subconsciente se desarrolla allí, en el fondo. Esta actividad subconsciente es extraordinariamente similar a la actividad perceptiva externa. Solo que, en cierto modo, se sitúa en el interior. Piense que la actividad perceptiva externa y la actividad refleja guardan cierta relación entre sí. Las percepciones, cuando se producen de forma subconsciente, pueden provocar inmediatamente movimientos de defensa. Observen esta interacción entre la actividad perceptiva y la actividad de defensa y aplíquenla ahora a la actividad interna del líquido tisular. Allí llevan a cabo, flotando, por así decirlo, en el aire, esta actividad perceptiva externa. Si tuviera que dibujarlo esquemáticamente, diría lo siguiente: si nos imaginamos aquí (véase el dibujo, en color claro) el aire en el que nos encontramos, impregnado de luz y demás, tenemos la percepción externa (en rojo) desarrollándose en esta dirección, y la reacción interna desarrollándose en esta otra dirección (en azul). En cada órgano sensorial se produce, en efecto, una interacción entre la acción externa y la reacción interna. Esto debe entenderse de tal manera que, si se quiere recurrir a una imagen abstracta externa, no se debe, en ningún caso, adoptar la visión que ha elegido la concepción materialista más reciente, según la cual se ejercería una actividad nerviosa centrípeta y otra centrífuga. Porque esta interpretación no es más acertada que decir que, al presionar una pelota elástica, esta recupera su forma original gracias a una fuerza distinta de la propia fuerza de presión, que es su contrario, es decir, su retorno. No es más sensato hablar de nervios motores que intentar explicar la elasticidad de una pelota situando en su interior algún tipo de centro que empuje hacia fuera cuando se le ha empujado hacia dentro. En esencia, no es más que el restablecimiento de la forma original; es el efecto que se produce y para el que no se necesitan nervios especiales, porque el conjunto —efecto y contraefecto— está integrado en la astralidad y en la esencia del yo.Ahora bien, imagínese todo este proceso de tal manera que se desarrolle de forma indirecta a través de la actividad etérica en el líquido tisular (véase el dibujo, en amarillo). Por supuesto, en condiciones normales, un proceso sensorial no tiene lugar en el líquido tisular, pero puede ser provocado por algo como lo que acabo de indicar. Entonces surge una especie de tendencia a la contracción, a actuar sobre el organismo, que quiero indicar de la misma manera que aquí la acción en la percepción. Pero este (en rojo) es un proceso que, en cierto modo, se precipita contra la fuerza dirigida hacia el exterior (en violeta) en el líquido tisular. Esta se impone y actúa en sentido contrario. Así pues, se introduce un proceso sensorial, una metamorfosis del proceso sensorial, en el líquido tisular. Es extraordinariamente interesante observar cómo se introduce allí, en el líquido tisular, una metamorfosis del proceso sensorial externo. Ahora hay que fijarse en aquellos casos de la vida cotidiana en los que ocurre algo así, es decir, en los que se produce una especie de metamorfosis del proceso sensorial en el interior del ser humano, en cierto modo un proceso sensorial condensado en el líquido tisular. Y esto se produce mediante la secreción de leche en la mujer. Allí se tiene, de hecho, una metamorfosis condensada y trasladada hacia el interior del proceso sensorial externo: la secreción de leche de la mujer. Ahora bien, supongamos que, si existiera, fuera insuficiente; entonces tendríamos todos los motivos para llevar a cabo este proceso sensorial situado en el interior, condensado en el líquido tisular. Y precisamente en la decocción de las semillas de comino encontramos aquello que nos provoca un proceso de este tipo, que favorece la secreción de leche.
Acabo de citar estos ejemplos para ilustrar cómo se puede comprender el funcionamiento y la interacción de este organismo humano y su relación con lo que hay en el mundo exterior. Reflexionen tan solo un momento sobre lo que les he mostrado aquí. Contempladlo, diría yo, precisamente diciéndoos a vosotros mismos: en el decocido de la semilla de comino hay resina, hay cera, es decir, algo que, por su consistencia, provoca efectos físicos especialmente intensos. De este modo, esta resina, esta cera, se vuelve extraordinariamente similar —solo que condensada hacia el interior— a lo que me causa una impresión desde el exterior a través de los sentidos.
Y, a su vez, en esta semilla hay aceite esencial y glucosamina. Eso es algo que estimula la reactividad del «yo». He ahí reunido todo lo que hay en el proceso sensorial: el efecto desde el exterior, la reacción que llega hasta el «yo» desde el interior. Ahora bien, si transforman este proceso sensorial, no realizando una percepción sensorial, sino trasladando esta interacción hacia el interior, al sistema de fuerzas del líquido tisular, entonces obtendrán aquello que les provoca un proceso sensorial interno. Porque tal es el proceso de secreción de leche. Verán cómo, de esta manera, se comprende toda la organización.
Estas son las reflexiones que hay que hacer si se quiere llegar a tener en cuenta lo exterior en su efecto material en el interior. Supongamos, pues, que se prueba con remedios minerales y metálicos. Entonces se podrá comprender con especial facilidad lo que ya se ha aprendido sobre el efecto de los remedios vegetales. Pero aún se podrá decir algo más. Podremos decirnos: ha ocurrido algo con lo mineral, en la medida en que lo mineral ya se ha integrado en el proceso vegetal. Y lo que ha tenido lugar allí, en la mineralización y la «vegetabilización», es una transformación de las fuerzas minerales. Por lo tanto, algo en el proceso de curación se basa en la transformación de las fuerzas minerales. Supongamos, pues, que creamos un centro de curación, lo rodeamos de terreno y, en cierto modo, abonamos la tierra con diversos elementos minerales, y dejamos que actúe un suelo del que, a nuestro conocimiento, sabemos claramente lo que contiene; cultivamos allí diversas plantas, de las que nos decimos: que utilizaremos la raíz, la hierba, el fruto, etc., entonces tendremos en nuestras propias manos el proceso que tiene lugar en su interior, consistente en que la planta transforma el mineral en un remedio. Esto se puede potenciar, a su vez, cultivando ese tipo de plantas; ya como tales, se pueden tratar tal y como acabamos de comentar. Eso es lo que queremos hacer, por un lado, en nuestro instituto de Stuttgart; por lo tanto, así es como debe estar organizado. Pero se puede ir aún más allá. Lo que ya se ha obtenido de la propia planta como remedio se puede utilizar a su vez como una especie de abono y así potenciar aún más su fuerza. Se obtendrá así algo que hace que la trituración física habitual sea considerablemente más eficaz, es decir, que la transforma en algo que resulta considerablemente eficaz, al transferir, por así decirlo, la configuración, la preparación de la propia naturaleza y las fuerzas que actúan en ella. Naturalmente, habrá que tener también claro lo siguiente. Por ejemplo, uno se dirá: si un remedio mineral-metálico debe actuar, ¿cómo debe hacerlo? —Las sales, que por cierto también son remedios minerales, producen ya un efecto más bien en el interior del ser humano. Sin embargo, las actividades más periféricas se ven influidas precisamente por las sustancias minerales y metálicas, que son, por así decirlo, las más consistentes. En este sentido tendremos que hacer una reflexión, pero siempre, como ya se ha dicho, partiendo de los fundamentos de los conocimientos de las ciencias espirituales; de lo contrario, los pensamientos se dispersarán por todo tipo de caminos erróneos. Los pensamientos de las ciencias espirituales son los que orientan ese razonamiento en la dirección correcta. Podemos, digamos, tener un metal cualquiera; sabemos que dicho metal es muy poco susceptible de ser atacado desde el interior del organismo humano. Para ello es necesario estimular mucho la actividad del «yo», pues es el «yo» el que, en cierto modo, se adentra, penetra en el interior de la sustancia, ordena el interior de la sustancia según su finalidad y, a continuación, convoca en el organismo precisamente a la actividad del «yo», de modo que —puesto que el «yo» puede reforzarse en esta actividad a través del cuerpo astral—, cuando utilizamos metales o minerales, siempre debemos velar por estimular la actividad del «yo» o la actividad astral —que a su vez repercute de nuevo en el «yo»—, o bien la interacción entre la actividad astral y la actividad del «yo». Dicha estimulación puede producirse, por ejemplo, de la siguiente manera: preparamos un ungüento metálico y lo aplicamos. La aplicamos, por ejemplo, en caso de erupción cutánea. Con ello estimulamos de forma periférica la actividad del «yo». Esta actividad del «yo» se estimula también mediante una reacción en el interior del ser humano; en un primer momento se produce en el interior del ser humano una actividad nerviosa y sensorial intensificada en algún órgano y, a partir de ahí, una actividad respiratoria intensificada, al pasar esto al plano astral. Y conseguimos que se manifiesten en el exterior aquellas fuerzas internas que contrarrestan la erupción cutánea. Movilizamos a todo el cuerpo para contrarrestar la erupción cutánea.
Ahora bien, se puede decir que, a partir de ahí, es posible estudiar las distintas sustancias metálicas y minerales en general. Por ejemplo, el plomo contiene algo que actúa de manera extraordinariamente intensa sobre la actividad nerviosa y sensorial y, a su vez, en función de ello, sobre la actividad respiratoria interna, pero también sobre aquella actividad respiratoria interna que tiene lugar, por ejemplo, en los órganos periféricos externos. Así pues, si utilizamos plomo, podemos lograr mucho cuando sea necesario provocar algo como lo que se acaba de describir, ya sea utilizando el plomo en forma de ungüento o administrándolo por vía oral. Pero, por supuesto, debemos tener claro que, al administrarlo, actuamos de tal manera que, mediante la actividad de los órganos digestivos —que se estimulan—, provocamos la reacción del ser humano superior. Si utilizamos en el propio ser humano superior algún ungüento de plomo cuidadosamente preparado, actuamos directamente sobre este sistema superior. Y precisamente cuando se trata de personas que padecen de algún modo una debilidad mental —es decir, en las que el ser superior no desarrolla una actividad nerviosa y sensorial adecuada ni una respiración correcta—, con tales curas de plomo, siempre que las llevemos a cabo solo hasta el punto de que no puedan provocar ninguna intoxicación, podemos lograr mucho. En todas estas cuestiones, que en cierto modo podemos deducir de lo que nos han aportado los últimos días y también el curso anterior, se trata de que tengamos claro lo siguiente.
Hay, ante todo, un gran contraste. Todo aquello que se inclina más hacia la plata se comporta, en cierto sentido, como un metal polarmente opuesto a todo aquello que se inclina más hacia el plomo. Ahora bien, es evidente que, en lo que respecta a estas cuestiones, disponemos de sistemas minerales extraordinariamente deficientes. Nuestros sistemas minerales son, en el fondo, extraordinariamente deficientes, pues en un sistema mineral natural habría que tener en cuenta estas relaciones de afinidad entre los metales, y veríamos que, en un sistema así, en un polo se encontrarían, por así decirlo, los compuestos de plomo y el propio plomo; en el otro polo, la plata; en el centro, por ejemplo, el aurum, el oro; y los demás estarían dispuestos en consecuencia. La plata y el plomo son polares, digo yo, porque la plata actúa directamente sobre el metabolismo de las extremidades, y precisamente de forma bastante periférica, sobre aquello que se encuentra situado en el exterior del organismo metabólico de las extremidades; del mismo modo, el plomo actúa sobre todo aquello que se encuentra situado en el exterior del organismo de la cabeza. Así pues, la plata ejerce un efecto estimulante sobre la actividad nerviosa y sensorial del sistema metabólico y de las extremidades y, a partir de ahí, favorece la actividad que impregna todo el cuerpo y que constituye un estímulo para la respiración en todo lo que ayer denominé «metamorfosis del órgano cardíaco central».
Por el contrario, todo lo que emana del plomo actúa sobre la actividad nerviosa y sensorial de la cabeza, sobre la actividad respiratoria, que se estimula a partir de ahí. De este modo, ejerce un efecto estimulante sobre todo aquello que constituye precisamente la otra metamorfosis: la configuración de la cabeza, la configuración de los pulmones, la configuración del hígado, es decir, aquellos órganos que, en cierto sentido, envuelven la otra organización del ser humano, del mismo modo que los pulmones envuelven el corazón, y que, con ello, revelan en realidad la forma primigenia de lo que, en cierta relación, constituye al ser humano en su totalidad como «ser de la circulación». Tenemos los pulmones, que envuelven al corazón; tenemos, en cierto sentido, los pulmones que, con el sistema respiratorio, abarcan y rodean el sistema circulatorio. Pero del mismo modo, si observamos al ser humano en lo que respecta a la estructura de su cerebro, de sus pulmones y de su hígado —es decir, si observamos toda la parte superior y posterior del ser humano—, encontramos una respiración más amplia, que abarca todo lo que son los vasos circulatorios junto con el corazón. De este modo, hemos englobado en el ser humano superior y posterior lo que constituye la organización digestiva y también la organización sexual. La organización es tal que el ser humano superior y posterior, en realidad, envuelve al ser humano inferior y anterior. Si se comprende esto a fondo y se observa la convivencia, la relación recíproca entre la parte superior y posterior del ser humano y la parte inferior y anterior —lo cual se manifiesta principalmente en la interacción entre el corazón y los pulmones—, si lo contemplamos detenidamente y estudiamos en esa convivencia lo rítmico, y luego estudiamos la actividad nerviosa y sensorial en aquello lo que se encuentra arriba y atrás —que, naturalmente, tiene su otro polo en el ser humano inferior y anterior—, y si observamos los procesos metabólicos y de las extremidades en el ser humano inferior y anterior y, a su vez, los estudiamos en su otra manifestación en el ser humano superior y posterior, entonces tendremos ante nosotros al ser humano en su totalidad y, de este modo, podremos dominarlo adecuadamente también en sus demás procesos.
Partiendo de ahí, mañana pasaremos a tratar específicamente nuestros propios remedios y, al hacerlo, tendremos en cuenta algunas de las preguntas que se han planteado, según surjan de forma natural.
Traducido por J.Luelmo



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