CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA313 Dornach, 11 de abril de 1921- efectos de las sustancias sobre el cuerpo físico en la enfermedad y la curación

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

efectos de las sustancias sobre el cuerpo físico en la enfermedad y la curación


Dornach, 11 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Es de esperar que este curso, complementario al del año pasado, pueda aportar a su vez algunos elementos que puedan entenderse, en sentido estricto, como un complemento y que, sobre todo cuando nos acerquemos al final del curso, se cristalicen en una serie de perspectivas terapéuticas. En este curso me esforzaré por abordar desde otra perspectiva los temas que ya constituyeron el objeto de nuestra reflexión en el curso anterior: los aspectos relacionados con el ser humano enfermo y con aquel que debe ser sanado. Pero al considerar el tema desde otra perspectiva, no solo llegaremos a puntos de vista diferentes, sino que también ampliaremos el contenido que hemos analizado. De hecho, esta vez me gustaría mostrar cómo actúa, aquello que todos ustedes como antropósofos, conocen en cierto modo, al enfermar y al curarse, —la estructura del ser humano en cuerpo físico, cuerpo etérico, etc.—. Mientras que la última vez tuve que limitarme más bien a describir en primer lugar la manifestación exterior del ser interior, esta vez intentaré mostrar cómo se ven influidos estos distintos miembros del ser humano, por aquello que son las sustancias ajenas al ser humano, es decir, aquellas sustancias que pueden utilizarse como remedios, y lo que puede actuar como remedio al influir en el organismo humano de una manera que va más allá de lo meramente material. Sin embargo, debo establecer de inmediato una premisa introductoria.

La última vez que hablamos aquí sobre el mismo tema, pudimos referirnos en muchos aspectos a lo material y, en general, a lo físico como remedio. En el momento en que tengamos que pasar a los elementos superiores de la naturaleza humana, a los elementos suprasensoriales de la naturaleza humana, ya no podremos hablar del mismo tipo de materias. Es cierto que lo haremos —diría yo— para disponer de abreviaturas, para poder expresarnos de forma concisa, pero tendremos que ser conscientes de un hecho fundamental a lo largo de toda esta exposición. Tendremos que ser conscientes, en efecto, de que no se puede partir de lo material, tal y como se hace habitualmente hoy en día en la ciencia convencional, si se quiere comprender realmente la relación del ser humano con su entorno, así como su comportamiento en estado de salud y de enfermedad. Lo que hay que tomar como punto de partida no son, en realidad, las materias, sino los procesos; no es algo acabado, sino un acontecimiento. Y cuando hablamos de materia, debemos imaginar, en realidad, que en la materia —en aquello que nos aparece como tal en la apariencia sensorial exterior— no tenemos ante nosotros más que un proceso, un proceso que ha llegado a su reposo.

Si tenemos ante nosotros, por ejemplo, sílice, en un primer momento nos referimos a ella como una sustancia. Pero cuando incorporamos a nuestro concepto el llamado «cuerpo», que tiene unos límites determinados, no habremos captado lo esencial. Solo hemos captado lo esencial cuando abarcamos con la mirada del alma ese proceso tan amplio que existe como un único proceso en todo el universo y que, en cierto modo, puede cristalizarse como proceso, puede alcanzar la quietud, puede llegar a una especie de equilibrio y que, una vez que ha alcanzado la quietud, se manifiesta en lo que contemplamos como sílice. Es fundamental tener en cuenta la interacción entre los procesos que tienen lugar en el interior del ser humano y los que se desarrollan en el exterior, en el universo, con el cual, tanto el ser humano sano como el enfermo, se encuentra en una interacción continua.

Para que mañana podamos comenzar con el tema propiamente dicho, me gustaría exponerles hoy, a modo de introducción, aquello que realmente puede llevarnos a formarnos una idea sobre esta interacción. Para ello, debemos intentar comprender verdaderamente la esencia del ser humano desde la perspectiva de la ciencia espiritual antroposófica. En un primer momento me expresaré, digamos que de forma esquemática, al querer examinar hoy aquí, en su concentración en el ser humano espacial, aquello que a menudo he expuesto como la estructura tripartita del ser humano. Al diferenciar la parte neuro-sensorial, sabemos que esta se concentra principalmente en la cabeza, pero que no solo está allí sino que se extiende por todo el ser humano, está presente en todo él; que el ser humano, por así decirlo, es sobre todo un ser neuro-sensorial, en la cabeza, pero por otro lado, no obstante todo el ser humano es cabeza, aunque en los otros dos miembros en menor medida que en la cabeza. Así pues, podemos imaginar que lo que llamamos «ser neuro-sensorial» se localiza principalmente en la cabeza. Pero entonces, para poder aprovechar esta división del ser humano con fines actuales, debemos concebir al ser humano rítmico, —que abarcaría todo lo que constituye el organismo respiratorio y circulatorio—, en realidad como un ser de dos partes: una que tiende más hacia el sistema respiratorio y otra que tiende más hacia el sistema circulatorio. Y en este sistema circulatorio se integra entonces todo aquello que constituye la relación entre el ser humano de las extremidades y el ser humano material.

Cuando se estudia la cabeza humana, se está estudiando, en cierto sentido, la parte del organismo humano que es, en mayor medida, el ser neuro-sensorial. La organización de la cabeza humana se diferencia de manera muy significativa de la organización de las demás partes del ser humano, incluso en lo que se refiere a la forma superior de este ser humano. En efecto, si contemplamos la cabeza del ser humano desde el punto de vista de la ciencia espiritual, esta cabeza es una especie de impronta, se podría incluso decir que es una especie de precipitado del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Y luego hay que tener en cuenta también el cuerpo físico de la cabeza. Pero este cuerpo físico está presente en la cabeza, en cierto modo, de una manera diferente a la del elemento físico que constituye la huella del «yo», del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Creo que también aquí puedo, —incluso diría que debo—, destacar lo más elevado de este asunto, señalando que la cabeza humana, tal y como se encuentra inicialmente en el embrión humano, no se forma únicamente a partir de las fuerzas del organismo parental, sino que en ella actúan fuerzas cósmicas; es decir, que tales fuerzas actúan directamente en el ser humano. Mientras que en lo que llamamos fuerzas etéricas, sigue actuando en gran medida el organismo parental, pero ya en el plano etérico actúan fuerzas cósmicas procedentes de la vida anímico-espiritual anterior al nacimiento, o mejor dicho, anterior a la concepción. Y en lo astral y en el yo siguen actuando, sobre todo, aquellas vivencias habidas en el mundo espiritual, justo antes de la concepción. Cuyos efectos actúan de tal manera que dan forma a la cabeza humana. El yo crea su huella en la cabeza humana, el cuerpo astral crea su huella física y el cuerpo etérico crea su huella física. Solo el cuerpo físico, que, como ya se ha dicho, se forma aquí, en la Tierra física, es, por así decirlo, un agente primario; no es una huella, sino un agente primario. De modo que puedo decir, si lo represento esquemáticamente, que la formación de la cabeza humana es tal que constituye una huella del «yo». Esto se organiza en su interior, —ya hablaremos más a menudo de esta organización—, se organiza de una determinada manera. Se organiza principalmente, en un primer momento, diferenciando en sí mismo las condiciones térmicas de la cabeza. Además, en su interior se diferencia el cuerpo astral, que se encuentra contenido de manera organizadora, sobre todo, en aquello que impregna la cabeza como procesos gaseosos y aéreos (véase el dibujo de la lámina 1). Entonces, el cuerpo etérico se separa, y lo que para la cabeza es el cuerpo físico es un proceso físico, un proceso verdaderamente físico (véase el dibujo de la lámina 1, sombreado en blanco). Lo ilustraré señalando, de manera un tanto esquemática en el dibujo, aquella parte de la cabeza que es la nuca ósea, como si allí se encontraran los ojos. (Se dibuja.) Pero lo que aquí se concentra en forma de fuerzas físicas se extiende, a su vez, por toda la cabeza. En esta parte física de la formación de la cabeza humana hay un proceso físico primario real. No es la expresión de nada más, sino que allí está presente aquello que lleva a cabo su propio proceso. Pero en este proceso físico principal de la cabeza, en realidad encontramos una dualidad, una interacción de dos procesos. Lo que ocurre allí es una interacción entre dos procesos que, en realidad, solo pueden entenderse si se analizan desde el punto de vista de la investigación espiritual junto con otros procesos que tienen lugar en el universo.

lámina 1
Si observan ahí fuera, en el universo, en las montañas primigenias, ese proceso que se manifiesta en la formación de la pizarra, concretamente en todo aquello que, partiendo de la sílice, conduce a la formación de la pizarra, entonces en las fuerzas que actúan allí, encontrarán en ese proceso, —el proceso de formación de la pizarra que parte de la sílice—, el proceso polarmente opuesto al que tiene lugar aquí, por un lado, en la formación física de la cabeza. Se trata de una relación importante entre el ser humano y su entorno. En primer lugar, en la cabeza humana se encuentra a su vez este proceso que tiene lugar en el exterior en la mineralización. Hoy en día, diría que ya está casi claro para la geología, —aunque todavía no del todo—, que todo lo que constituye el proceso de formación de pizarra, es decir, el proceso de toda aquella mineralización en la que participa la tierra de diatomeas (silicio), está relacionado con lo que se podría llamar «desvegetalización». En la formación de la pizarra, debemos buscar, en cierto sentido, el mundo vegetal convertido en mineral y al tratar de comprender esta «desvegetabilización» —que es sinónimo de la formación de la pizarra en la Tierra—, captamos aquel proceso que, de otra manera, se desarrolla en su polo opuesto aquí, en la cabeza humana. Pero hay otro proceso que interactúa con él. Y este otro proceso, que interactúa con el anterior, debemos buscarlo a su vez en el mundo exterior. Debemos buscarlo allí donde, por ejemplo, se forman las montañas calcáreas. Y hoy en día ya lo tenemos, casi como una verdad geológica para la ciencia exterior, que las montañas calcáreas se basan esencialmente en un proceso de formación de la Tierra que podemos denominar «proceso de desanimalización». Es el proceso opuesto al de convertirse en animal. Y, de nuevo, aquí se desarrolla el proceso polarmente opuesto. Así pues, si atribuimos al silicio y al calcio, —que son procesos que han llegado a su reposo— una participación en la formación física craneal del ser humano, debemos tener claro que, de este modo, interviene en dicha formación algo que, al menos en toda la naturaleza de nuestra Tierra, desempeña un papel muy importante. Al mismo tiempo, ya podemos orientarnos de antemano en este sentido: si, por un lado, observamos la tierra de diatomeas, el silicio, vemos que este tiene una relación esencial con lo que ocurre precisamente en la cabeza física; cuando hablo de silicio, me refiero precisamente al proceso que ha llegado a su reposo. Por su parte, lo que constituye el proceso de formación de la cal, lo que se estabiliza en el calcio, tiene que ver con todo aquello que es el polo opuesto, lo que interactúa polarmente con la otra fuerza en la cabeza física humana. Estos procesos, que aún hoy podemos observar a nuestro alrededor, están relacionados, en la cabeza humana, con aquellos procesos que no encontramos en la Tierra, sino que solo están presentes en forma de huella, ya que la cabeza es precisamente la huella del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del Yo.
En lo que respecta a estos miembros de la naturaleza humana, acabamos de analizar procesos que no son procesos terrestres inmediatos. Solo aquello que les he explicado sobre la cabeza física propiamente dicha es, en el ser humano, un proceso terrestre propiamente dicho. Los demás procesos no son procesos terrestres propiamente dichos, aunque, como veremos, los encontramos relacionados con procesos terrestres.

Para que podamos tener una visión general, quiero decir desde el principio que, al pasar ahora a la segunda parte del organismo humano, —llamémosla, a grandes rasgos y por su ubicación, la parte torácica—. Es aquel miembro del organismo humano que, en esencia, abarca al ser humano rítmico, y vamos a dividirlo de inmediato, de forma esquemática, en todo aquello que comprende el ritmo respiratorio y en todo aquello que comprende el ritmo circulatorio. Si queremos considerar ahora este segundo miembro del ser humano en su conjunto, debemos decir lo siguiente. Todo aquello que aquí (véase el dibujo de la lámina 2) he denominado «organización del ritmo respiratorio» en el sentido más amplio, es, en primer lugar, una impronta del Yo y del cuerpo astral. Así como la cabeza es una impronta del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico, lo que aquí se denomina ritmo respiratorio es una impronta del yo y del cuerpo astral, y tiene un componente que actúa de forma primaria por sí mismo (véase el dibujo, sombreado), en el que, sin embargo, interactúan el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En la cabeza humana, solo el cuerpo físico actúa de manera primaria por sí mismo.

lámina 2
El cuerpo etérico es, en efecto, también una impronta. Sin embargo, en el sistema del ritmo respiratorio actúa principalmente una interacción entre el cuerpo físico y el etérico, y la impronta es solo el «yo» y el cuerpo astral. En esencia, esto también sigue presente en la organización del ritmo circulatorio, pero de forma más débil, porque todo el organismo metabólico se integra en el sistema circulatorio. Pero ahí es donde comienza ya aquello que luego también es válido para el ser humano metabólico de las extremidades. Allí nos encontramos con que las extremidades, con todo lo que se proyecta en ellas como metabolismo, —a excepción de la circulación propiamente dicha, es decir, del movimiento que allí se produce—, son, en esencia, una impronta del Yo y una interacción entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral (véase el dibujo), de modo que podemos decir: Si nos fijamos en el ser torácico, en él solo encontramos, en cuanto a organización de impronta, aquello que se refiere al yo y al cuerpo astral, y en él actúa una organización primaria que no es meramente física, sino que hace que lo físico aparezca articulado por lo etérico. Esto se da con mayor intensidad en el ritmo respiratorio, y en el organismo circulatorio ocurre que ya interviene también el sistema metabólico.

lámina 3
Esto se observa en la interacción de diversa índole entre los distintos miembros del ser humano. En estos distintos miembros físicos, —que denominamos sistema de la cabeza, sistema del pecho y sistema de las extremidades—, interactúan de diversas maneras aquellos elementos que, en la ciencia espiritual, solemos llamar cuerpo físico, cuerpo etérico, cuerpo astral y «yo». La cabeza del ser humano, tal y como se presenta como proceso, es en esencia el cuerpo físico, pues lo que no es cuerpo físico es una impronta del yo, del cuerpo astral y del cuerpo etérico. Lo que constituye al ser humano medio es, en esencia, una interacción entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico. Aquello que no es cuerpo físico ni cuerpo etérico es una impronta del yo y del cuerpo astral. El ser humano del metabolismo de las extremidades, —aunque en los dos últimos casos se entremezclan— es, en realidad, una interacción entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico y el cuerpo astral, —esto solo se traslada a las otras partes del cuerpo, tal y como les he explicado— y una impronta del «yo» (véase lámina 3).

Ahora bien, se trata de que, en primer lugar, consideremos lo que podemos encontrar en el ser humano medio en relación con lo que, por ejemplo, aquí debemos entender como la parte de ese proceso en lo físico, en la organización física de la cabeza, que debemos considerar que ha alcanzado su estado de reposo en la sílice. Lo peculiar es que, en el ser humano medio, el proceso de formación de la tierra de diatomeas actúa con mayor intensidad y de forma más extendida. En la cabeza, actúa de manera más sutil. En el ser humano medio, actúa con mayor intensidad, de forma más extendida y, en cierto modo, más diferenciada. Y es en el ser humano del metabolismo de las extremidades donde actúa con mayor intensidad. Así pues, si consideramos aquel proceso que hemos entendido como vinculado a la sílice, debemos decir: este proceso actúa con mayor intensidad allí donde debe venir en ayuda del yo —veremos entonces la interacción con otros procesos— en relación con la acción del yo autónomo, que solo deja su huella en el ser humano del metabolismo físico. Este proceso generador de sílice actúa con mayor intensidad allí donde debe ayudar al «yo», para que este «yo» influya en el ser metabólico de las extremidades. Este proceso, que puede caracterizarse por la sílice, actúa con algo menos de intensidad allí donde solo tiene que ayudar al cuerpo astral, y actúa con menor intensidad allí donde solo tiene que ayudar al cuerpo etérico, en la cabeza.

Esto también podría expresarse a la inversa: en relación con lo que debemos considerar como el proceso que llega a su reposo en la sílice, debemos decir que, en la organización de la cabeza humana, este proceso actúa sobre todo a nivel material. En lo que respecta a lo dinámico, es donde actúa con menor intensidad como fuerza. Pero allí donde actúa con menor intensidad como fuerza, es donde actúa con mayor intensidad cuando se aproxima al punto en el que finalmente se estabiliza en la materia. De modo que, si consideramos la sílice como la sustancia que tenemos ante nosotros, debemos decir: su eficacia es mayor en la cabeza. Si la consideramos como el signo externo de un proceso, entonces debemos decir: su efecto más débil se da en la cabeza. Allí donde se da el efecto material más fuerte, se da el efecto dinámico más débil. En la zona media del ser humano, precisamente en lo que respecta a la tierra de diatomeas, el efecto material y el efecto de fuerza se mantienen más o menos en equilibrio. Y en lo que respecta a la materia de las extremidades del ser humano, el efecto de fuerza es, en esencia, tal que prevalece. Ahí se da el efecto más débil de la sustancia y el efecto más fuerte de la fuerza, de modo que lo que constituye el proceso generador de sílice organiza, en realidad, a todo el ser humano. Si nos hemos preguntado cómo se presenta la interrelación entre lo que constituye la organización física de la cabeza y el entorno exterior con el que el ser humano interactúa, entonces también podemos preguntarnos cómo es la interacción del ser humano en su aspecto medio —en la medida en que posee la organización del ritmo respiratorio— con el entorno exterior.

Si se quiere estudiar y comprender la cabeza humana desde el punto de vista de las ciencias espirituales, hay que fijarse en los dos procesos que tienen lugar en la formación de la Tierra: el proceso de formación de la cal y el proceso de formación de la sílice —o, si se quiere, del ácido silícico—. Podremos profundizar en ello más adelante. Ahora bien, aquello que se encuentra menos hacia el exterior, menos en la periferia, y más hacia el interior del ser humano —la organización del sistema respiratorio rítmico—, nos ofrece, al ser una interacción, principalmente una interacción entre lo físico y lo etérico, en la que se entrelazan las huellas del yo y de lo astral, en un primer momento no hay nada en el entorno que se presente directamente como un proceso, que se presente de forma inmediata en la naturaleza tal y como la encontramos como un proceso. Al menos, por lo general, no es así. Si queremos encontrar un proceso característico para lo que allí ocurre a través de esta peculiar interacción entre el yo, el cuerpo astral —que son más o menos libres, porque se han creado huellas— y lo que es, en primer lugar, una interacción entre lo físico y lo etérico; si queremos buscar algún proceso en el mundo exterior que corresponda a toda esta interacción, entonces, para que sea adecuado, en realidad primero debemos crearlo nosotros mismos. Cuando quemamos materia vegetal y obtenemos cenizas vegetales, lo que se manifiesta allí como proceso, —en la combustión, en la formación de las cenizas y en el posterior reposo de estas—, —hablaremos de las distintas cenizas—, lo que se manifiesta en el proceso del fuego y en el proceso de formación de cenizas, está relacionado de manera similar con el proceso respiratorio, del mismo modo que el proceso de la sílice está relacionado con el proceso que tiene lugar físicamente en la cabeza. Y si queremos hacer eficaz aquello que, en este proceso de formación de cenizas, tiene su correlato en el proceso del ritmo respiratorio, entonces, naturalmente, no podemos introducirlo en la respiración, —nunca podremos hacerlo en el organismo humano—, sino que debemos introducirlo en aquello que, en cierto modo, es el otro polo del proceso en cuestión. Si destaco esto aquí (véase lámina 4), tenemos aquí el proceso del ritmo respiratorio y el proceso del ritmo circulatorio: en el proceso del ritmo respiratorio, las cenizas vegetales son lo que caracteriza a los procesos activos. Pero debemos hacer que estos procesos de las cenizas vegetales surtan efecto de forma indirecta, a través del metabolismo, en el otro polo, en el organismo del ritmo circulatorio (véase lámina 4). Debemos incorporar estas cenizas vegetales —es decir, las fuerzas— al ritmo circulatorio, para que luego provoquen su efecto polar opuesto en el proceso del ritmo respiratorio.

lámina 4
Estas relaciones se presentan de tal manera a simple vista que se aprecia que son de suma importancia para la comprensión del organismo humano. Porque ahora comprendemos —tal y como nos hemos dicho— que lo que se nos presenta en el proceso de formación de la sílice tiene que ver con el ser humano en su totalidad; así, al aplicar esto ahora al proceso de incineración de las plantas, obtenemos una idea de este ser humano intermedio, que a su vez, al tener un ritmo respiratorio y circulatorio, se divide, en cierto modo, en dos partes. Nos hacemos una idea al decirnos: si nos fijamos en primer lugar en la parte superior, el ritmo respiratorio, la estructura de estos órganos viene determinada esencialmente por un proceso que es polarmente opuesto al proceso que se nos presenta cuando quemamos materia vegetal y obtenemos cenizas. Se trata, en cierto modo, de una lucha en el proceso del ritmo respiratorio, una lucha continua contra la formación de cenizas vegetales, pero una lucha que no tiene lugar sin que lo que es su contrario penetre realmente en el organismo, desafiando a este proceso. Nosotros, como seres humanos, estamos situados en la Tierra, donde existen procesos de sílice y procesos de caliza. No seríamos seres humanos si estos procesos nos dominaran. Somos personas porque llevamos en nuestro interior procesos polarmente opuestos; es decir, porque podemos contrarrestar el proceso de formación de sílice al llevar en nuestro interior el polo opuesto, y porque contrarrestamos el proceso de formación de cal al llevar en nuestro interior el polo opuesto. Llevamos estos polos en nuestro interior a través de la formación de nuestra cabeza y, en todo el ser humano, en el grado que he descrito. A través de nuestro ritmo respiratorio, llevamos en nuestro interior la lucha contra el proceso de incineración vegetal. Llevamos en nuestro interior el polo opuesto al proceso de incineración vegetal. Si se tienen en cuenta estas cosas, no resultará sorprendente que, en cierto sentido —por decirlo de manera un tanto simplista—, una fuerza provoque una reacción contraria. Está muy claro que, si intensifico en consecuencia el proceso de formación de sílice en el organismo, la reacción contraria se modifica; y está igualmente claro que, si introduzco el producto del proceso de combustión en el organismo, se genera la reacción contraria, y surge la gran pregunta: ¿cómo podemos controlar esta acción y reacción? - Eso es precisamente lo que, cuando lo describo de forma abstracta, siempre expreso diciendo que lo importante es, en primer lugar, reconocer cuáles son los procesos —pero hasta el nivel del yo— que tienen lugar en el organismo humano, y cuáles son los procesos externos, fuera del organismo humano. Estos procesos se diferencian entre el interior y el exterior. Pero, en el interior y en el exterior, son polarmente opuestos entre sí. Y en el momento en que algo que, por su propia naturaleza, debería encontrarse fuera de mi piel, se encuentra dentro de ella, o en el momento en que algo —aunque sea solo mediante una leve presión corporal— actúa desde el exterior hacia el interior, lo que en realidad no debería ser un efecto del exterior hacia el interior, surge la reacción interna, y en ese momento tengo la tarea de generar dicha reacción interna frente a algo. Si, por ejemplo, constato que en el ser humano, en lugar del proceso normal de contrarrestar la tierra con sílice, existe una inclinación excesiva, demasiado intensa, hacia este proceso, debo regularlo desde el exterior aportando la sustancia correspondiente y provocando la reacción contraria; esta surge por sí sola.

Eso es precisamente lo que nos lleva a comprender poco a poco esta interacción entre el ser humano y su entorno exterior. Si realmente llega a comprender cómo lo que más favorece al «yo» como acción de fuerza es precisamente lo que subyace en el proceso de formación de la sílice, cuando el «yo» quiere actuar a través de los miembros y el metabolismo, y si, además, sabe que lo que constituye la acción de la materia en el proceso de formación de la sílice actúa con mayor intensidad en la cabeza humana, y si entonces pueden decirse a sí mismos que lo que es efecto de fuerza debe acudir en ayuda del «yo» en la cabeza humana con una intensidad reducida, entonces tendrán la oportunidad de comprender cómo actúa este «yo» de forma gradual en el ser humano. Ahora bien, si se considera la relación del «yo» del ser humano con el sistema de medidas de los miembros y el metabolismo, en realidad es en esta relación donde se encuentra el origen del egoísmo humano. A este sistema del egoísmo humano pertenece también el sistema sexual. Y el «yo» es precisamente el que, de forma indirecta a través del sistema sexual, impregna en mayor medida al ser humano con egoísmo.

Si lo comprenden, dirán: entonces existe una cierta contradicción entre la forma en que el «yo» de la tierra de sílice se sirve de ella para actuar sobre el ser humano a partir del sistema de las extremidades, y la [forma] en que este «yo» actúa desde la cabeza humana a través de la tierra de sílice. En este caso, actúa, por así decirlo, libre de egoísmo. Y si se investiga esto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, se ve que actúa de forma diferenciadora.

Si tuviera que representar esquemáticamente este curioso efecto, diría lo siguiente: Lo que el «yo» —es decir, ahora como elemento organizador real—, hace en el ser humano a través de la tierra de sílice (véase el dibujo, en rojo) partiendo del sistema de las extremidades, es, en esencia, sintetizar al ser humano, uniendo, en cierto modo, todos los fluidos que hay en él en una unidad indiferenciada, de modo que constituye un todo indiferenciado y unificado.

lámina 5
Todo aquello que constituye el mismo proceso, pero con una formación de sílice lo menos intensa posible en cuanto a su fuerza, actúa en sentido contrario (véase lámina 5, en amarillo); actúa de forma diferenciadora y radiante. Desde abajo hacia arriba, el ser humano es sintetizado y homogeneizado por la sílice; desde arriba hacia abajo, es diferenciado y desagregado. Pero esto significa, en lo que respecta al ser humano, que las fuerzas presentes en el organismo principal se diferencian para ejercer su efecto sobre los distintos órganos. En cierto modo, el peculiar proceso de la tierra de sílice en el organismo principal las estimula para que actúen adecuadamente en sus órganos, distribuyéndose correctamente entre el corazón, el hígado y así sucesivamente.

Nos encontramos ante aquel proceso que, cuando actúa de abajo hacia arriba, lo trastoca todo en el ser humano; cuando actúa de arriba hacia abajo, lo desglosa todo de forma plástica, dominando, por así decirlo, la organización y poniendo orden a través de los distintos órganos. Si, por otro lado, nos hacemos una idea de lo que ocurre en el ser humano, por un lado, a causa de esta mezcla caótica, y, por otro, a causa de esta dispersión hacia los distintos órganos —es decir, la organización diferenciadora en contraposición a la organización sintetizadora—, y de cómo esto puede ser irregular en cada persona, entonces aprenderemos poco a poco a tratar al ser humano según esta orientación cuando algo no vaya bien en él. Lo veremos en las siguientes conferencias. Solo que debemos ser extremadamente cautelosos en lo que respecta a los estudios en esta dirección. Porque, ¿qué hace, digamos, la ciencia externa cuando examina el organismo humano? Esta ciencia externa dice, por ejemplo: en el organismo humano hay sílice, en el organismo humano hay flúor, en el organismo humano hay magnesio, en el organismo humano hay calcio. Así pues, la ciencia externa dice que la sílice se encuentra en el cabello, en la sangre y en la orina. Bien, tomemos estos dos ejemplos: la sílice está en el cabello y está en la orina.

Para la ciencia materialista, lo único que hay es esto: que, al examinar el cabello, se encuentra tierra de sílice en él, y al examinar la orina, se encuentra tierra de sílice en ella. Pero lo esencial no es en absoluto que se encuentre alguna sustancia en algún lugar. De hecho, eso no es lo esencial, pues la tierra de sílice del cabello está ahí para actuar desde allí. De hecho, no tenemos el cabello en vano, sino que desde él también se dirigen fuerzas hacia el organismo; y se trata, precisamente, de fuerzas muy sutiles: fuerzas muy sutiles que parten del cabello y vuelven al organismo. En la orina tenemos la tierra de sílice porque está presente como algo que, de otro modo, sería un exceso. Allí se elimina aquello que no se necesita. Da igual que esté ahí dentro, allí no actúa; lo que se expulsa es aquello que no debe actuar, lo que sobra. Justo ahí está presente la sílice que no debe estar en el organismo, la que, por tanto, no tiene la más mínima importancia para él. Así ocurre cuando analizamos cualquier sustancia concreta, supongamos que el magnesio. Si no hubiera magnesio en los dientes, estos no podrían existir, pues en el proceso del magnesio residen aquellas fuerzas que participan, en el sentido más eminente, en la formación de los dientes. Ya lo han oído en la conferencia del profesor Römer. Pero el magnesio, según la ciencia materialista, también se encuentra en la leche. Sin embargo, en la leche el magnesio no tiene ninguna importancia. La leche debe a su propia naturaleza el hecho de ser lo suficientemente potente como para eliminar el magnesio que contiene; en la leche, el magnesio, como tal, no tiene cabida. Por supuesto, podemos analizarlo, pero en el proceso de formación de la leche ocurre que este puede tener lugar precisamente porque es capaz de repeler las fuerzas del magnesio. Solo así llegamos a comprender esta peculiar oposición que existe entre el proceso de formación de los dientes y el de la leche, al saber que el magnesio es algo esencial en el proceso de formación de los dientes, algo que pertenece dinámicamente a él. En el proceso de formación de la leche, es lo que queda excluido, como si fuera la quinta rueda del carro. Y algo similar ocurre, por ejemplo, con el flúor, que es un elemento esencial en el esmalte de los dientes, sin el cual no podríamos comprender todo el proceso de evolución dental. También está presente en la orina, pero solo como parte del proceso de excreción, sin que ello tenga ninguna importancia. El flúor que hay en la orina es precisamente el que el organismo es capaz de eliminar, ya que no lo necesita.

El mero examen físico de si hay algo en algún lugar no determina en realidad lo esencial; más bien hay que saber en cada caso si algo se encuentra en ese lugar por derecho propio, como elemento activo, o si está allí porque ha sido expulsado. Eso es lo que decide. Y eso es lo esencial: que nos familiaricemos con esos conceptos para comprender a las personas y, por cierto, también a los demás seres orgánicos, tanto en sus estados de salud como de enfermedad. Sin embargo, cuando se habla de forma más popular, uno se ve obligado a no recurrir a todas estas herramientas, porque en nuestra época hay muy poca cultura general sobre conceptos más sutiles, y entonces hay que hablar más en términos abstractos, con lo que en realidad no se resulta comprensible. Al combatir el materialismo, muy a menudo no se resulta comprensible. Pero si uno desciende —y se podría descender aún a regiones muy diferentes— a lo característico de aquellos ámbitos que, en realidad, el científico debería conocer y para los que dispone de datos que puede examinar, entonces es precisamente a través de la ciencia espiritual como se llega a esos puntos en los que se puede demostrar que una idea sobre cualquier cosa que se analice como materia, que se haya examinado con la ciencia físico-química, sobre la que se pueda decir: «aquí hay esto y allí hay aquello», cómo una concepción de este tipo no conduce a nada más que, en realidad, a errores. 

Esto es lo que quería ofrecer hoy a modo de introducción. Mañana continuaremos hablando de ello.

Traducido por J.Luelmo

  

GA316 Dornach, 9 de enero de 1924 -La orientación del médico según el karma: la voluntad kármica y la voluntad curativa

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

La orientación del médico según el karma: la voluntad kármica y la voluntad curativa

Dornach, 9 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Por supuesto, aquí solo es posible insinuar algunas cosas de forma aforística, lo cual, con el paso del tiempo, deberá llegar a ustedes de manera detallada de una forma u otra, si lo que ha tenido lugar aquí  encuentra para ustedes una continuación adecuada en su relación con el movimiento médico del Goetheanum.

Ante todo hay que destacar que, como es lógico, no se puede curar en contra del karma. El hecho de que no se pueda curar en contra del karma debe ser, en esencia, la actitud del médico. De hecho, la actitud del médico debe orientarse en dos direcciones, ya desde la primera cuestión sobre la voluntad de curar. Una de ellas es la voluntad de karma invencible. El médico necesita esta voluntad de karma, ante todo, para sí mismo, pues, como habéis visto, queridos amigos, aquello que aplica a sus pacientes pierde, en cierta medida, su efecto sobre él mismo. Ciertamente, puede transformarse de nuevo en un efecto para él. Pero, por el momento, basta con lo que he dicho al respecto. Por supuesto, también el médico, en lo que respecta a su salud y a su enfermedad, sigue estando sometido al karma. Pero precisamente cuando existe esa actitud de la que he hablado, cuando el conocimiento terapéutico penetra tan profundamente en el alma humana como he dicho, entonces se puede afirmar que la conciencia del karma se va transformando cada vez más en la pura revelación del karma. El karma tiene sus dos caras. En primer lugar, debéis considerar el karma de tal manera que lo que se presenta ante vuestro destino, lo relacionéis con lo inmediatamente anterior en la sucesión de vidas terrenales. En este sentido, el karma es la expresión de lo que han aportado las vidas terrenales anteriores. Pero hay algo que se presenta de forma directa: también debéis tener en cuenta el karma en la quinta y sexta vidas terrenales siguientes, es decir, en la vida terrenal que, tras la actual, es la quinta y la sexta. Entonces, lo que ocurre ahora será un acontecimiento, y al final obtendréis el resultado. Si lleváis esta idea hasta sus últimas consecuencias, os daréis cuenta de que el karma también es algo en devenir, de que lo que ocurre ahora añade una cosa u otra al karma. Se puede decir que, en cierto modo, el karma se orienta en una u otra dirección a través de nuestras acciones. Quien comprende el karma nunca puede convertirse en fatalista.

Una de las direcciones es la del karma. Aporta firmeza y seguridad en la vida, proporciona un punto de vista firme. La otra dirección, sin embargo, es que debe existir sin falta la voluntad de curar. Esta voluntad nunca debe verse mermada. Debe actuar terapéuticamente sin reservas, hasta tal punto que se pueda decir: se hace todo lo posible, aunque se piense que el enfermo es incurable. —Debéis reprimir esa opinión, debéis hacer todo lo posible por su curación. Esto solo se insinúa de forma aforística.

Hoy lo más importante es, que en cierto sentido, consideremos desde una perspectiva esotérica aquello que puede influir en el despertar de las fuerzas del alma para los estudios de medicina. Y debéis tener en cuenta que, de hecho, para el médico, el contenido de lo esotérico también debe adoptar una actividad específica, una forma particular. El médico no se limitará, sencillamente, a contemplar las cosas tal y como se contemplan en la vida cotidiana y como se hace hoy en día también en la ciencia convencional. La ciencia no recurre a fuerzas anímicas especiales que el ser humano no posea en la vida cotidiana, sino que, por el contrario, concede gran importancia a no recurrir en absoluto a tales fuerzas anímicas. Pero con las concepciones generales no se llega a comprender que alguna sustancia o proceso del mundo revele los poderes curativos. Los poderes curativos solo se revelan a través de las cosas cuando uno se acerca a ellas con ciertas facultades del alma despiertas. Ahora dependerá de vosotros despertar, paso a paso, estas facultades del alma, para que las cosas os hablen a su manera, de modo que a través de vosotros y de vuestra labor médica, puedan ayudar a las personas. Pero para ello es fundamental que aquello de lo que he hablado estos días sobre la actitud del médico se arraigue aún mucho, mucho más profundamente en vuestra alma.

Para empezar, quiero hacer una simple reflexión, tal y como debería hacerse en los estudios de medicina. Aquí la cuestión parece un aforismo, pero cuando se tenga tiempo para profundizar en ella, no parecerá un aforismo, sino que se revelará como algo evidente ante el espíritu del estudiante de medicina.


Fíjense en lo que se les revela, en cuanto a la forma, en la bóveda craneal ósea. Podemos dibujar esquemáticamente esta bóveda craneal ósea. Fíjense en lo que se revela en cuanto a su forma en la bóveda craneal ósea y compárenlo con lo que se les revela cuando observan un hueso tubular, por ejemplo, el fémur, —que voy a esbozar esquemáticamente de amarillo—. Ahora bien, estas cosas no están aisladas, sino que la bóveda craneal ósea tiene las múltiples fuerzas físicas que la rodean. Del mismo modo, el hueso tubular tiene las múltiples fuerzas que lo rodean; pero cuando ustedes miran este hueso tubular, nunca les revelará su esencia de otra manera que no sea al contemplarlo en relación con el universo entero. Ahora imaginen: aquí está el hueso tubular; sus fuerzas son tales que atraviesan toda su longitud y, en realidad, cuando el ser humano alcanza la posición terrenal que le corresponde, se dirigen hacia el centro de la Tierra. Pero eso no es lo esencial. Lo esencial es que él integra estas fuerzas en la conexión entre el centro de la Tierra y la Luna. Así pues, aquello que se encuentra en la misma posición que el hueso tubular del muslo o del brazo, así como un músculo que ocupa una posición análoga, está en realidad integrado en las fuerzas que conectan la Tierra con la Luna. Y podéis imaginaros esto así: aquí tenéis la Tierra, desde la cual se elevan fuerzas hacia la Luna, y en estas fuerzas está integrado todo aquello que tiene la posición, digamos, del fémur cuando el ser humano está erguido o camina. 

Por el contrario, todo aquello que tiene una posición similar a la de la bóveda craneal está integrado con el movimiento de Saturno. En ella reinan las fuerzas de rotación de Saturno, de modo que se puede decir: el ser humano se forma de abajo hacia arriba a través de la relación entre la Tierra y la Luna, y se completa mediante lo que reside en la fuerza de rotación de Saturno, pero ambos tipos de fuerzas son opuestas entre sí. Si observáis las primeras fuerzas, aquellas que se encuentran en la relación entre la Tierra y la Luna, veréis que en ellas reside todo aquello que da al ser humano su forma plástica, lo que lo construye plásticamente. Se podría decir que en estas fuerzas hay un escultor secreto que construye al ser humano de forma plástica, mientras que en las otras fuerzas, que actúan de ese modo, hay una desintegración continua. Allí se desintegra continuamente, lo material que construye al ser humano de forma plástica. Así pues, cuando os cortáis una uña, con las tijeras os adentráis en las fuerzas de Saturno. Cuando coméis, el componente, —la dirección que se aleja de la Tierra aporta este componente—, va en dirección a la Luna. Todas las fuerzas se construyen en la dirección de la Luna. Todas las fuerzas en la dirección de Saturno desintegran al ser humano, y en esta interacción entre la desintegración y la construcción plástica reside el alma del ser humano, reside su espíritu. En ello se revelan.

Ahora bien, lo que está en el exterior y lo que el ser humano tiene en su interior, lo que está vinculado al cuerpo etérico, está relacionado con estas fuerzas periféricas. La plata se muestra, en cierto sentido, vinculada a las fuerzas constructivas, de modo que, si observáis en el ser humano que las fuerzas constructivas se ven abrumadas por las fuerzas destructivas, por lo general podéis corregir esta situación con algún medicamento derivado de la plata. Pero si observáis que las fuerzas constructivas proliferan, que mantienen unida la forma del ser humano, impidiendo, por así decirlo, su desintegración, veréis siempre que hay que recurrir a los remedios que provienen de Saturno, a los remedios que provienen del plomo, de modo que, al reconocer cómo está constituido el ser humano, se obtiene una idea de cómo hay que actuar.

Ahora se trata de adentrarse en esa forma de ver las cosas. Veréis, queridos amigos míos, el mundo verdadero, el mundo del espíritu, se encuentra, en realidad, de tal manera que siempre se ha dicho con razón, que está más allá de un umbral, mientras que el ser humano se encuentra a este lado del umbral. Para alcanzar el verdadero conocimiento, para llegar a la verdadera comprensión de la constitución del mundo, es imprescindible que el ser humano cruce ese umbral. Ahora bien, en general para el ser humano resulta peligroso cruzar ese umbral sin más. Porque cuando el ser humano entremezcla con sus pensamientos la percepción sensorial habitual que tiene en la vida cotidiana y la lleva consigo al mundo espiritual más allá del umbral, entonces, al juzgar las cosas más allá del umbral tal y como se contemplan y juzgan aquí, provoca ante su ojo espiritual una ilusión, una auténtica ilusión. Y por eso existe esa entidad espiritual en el umbral, de la que podemos aprender que cuando cruzamos el umbral necesitamos conceptos totalmente diferentes, que precisamente esa ilusión nos paraliza para la vida cuando nos adentramos en el mundo espiritual con nuestros conceptos habituales, extraídos del mundo sensorial. Este guardián del umbral es, en realidad, quien nos advierte de que primero debemos adquirir las ideas que necesitamos en el mundo espiritual. Por lo general, no se cree que los conceptos que sirven de algo en el mundo espiritual sean, de hecho, extraordinariamente diferentes de los conceptos que sirven de algo aquí, en el mundo físico. En el mundo físico, por ejemplo, la parte es siempre menor que el todo. Esto se considera un axioma. En el mundo espiritual no es así. Allí, la parte es siempre mayor que el todo. Esto se puede aprender con el ejemplo del ser humano. Si se toma una fuerza que posee el ser humano, —por ejemplo, cuando construye su cuerpo a partir de elementos minerales—, y se considera la combinación de fuerzas que posee una parte de él, entonces, en relación con el cosmos, aquello que da forma a los órganos, es decir, la parte del ser humano, es esencialmente mayor que el ser humano en su totalidad. No podéis imaginaros fácilmente la frase «la parte es mayor que el todo», porque estáis acostumbrados al mundo sensorial, pero en relación con el mundo suprasensorial es así sin lugar a dudas. Por eso hay que llegar a comprender la posibilidad de que, en el mundo espiritual, la parte pueda ser mayor que el todo. Toda nuestra mecánica y física no se aplica al mundo suprasensible, sino precisamente a lo contrario. Aquí, en el mundo sensible, la línea recta es el camino más corto entre dos puntos. En el mundo espiritual es el más largo, porque, si se avanza en línea recta, hay que superar la mayor cantidad de obstáculos. Cualquier otra dirección es más corta que la línea recta. Hay que tener muy claro que, si se quiere entrar en el mundo espiritual, se necesitan conceptos opuestos a los que son habituales en el mundo físico, para no caer en la confusión al adentrarse en el mundo espiritual. Para ello se necesita valor. Hay que tener el valor de cruzar el umbral espiritual, de atravesar, por así decirlo, el abismo. Si se atraviesa todo este proceso, —este paso al mundo espiritual, este encuentro con el guardián del umbral y esta llegada al otro lado—, si se atraviesa conscientemente con el alma y el espíritu, con el cuerpo astral y el yo, entonces todo irá bien. Pero si no se atraviesa este proceso de forma pura, tanto en el yo como en el cuerpo astral, surge una ilusión; y cuando esta ilusión se vuelve contra el ser humano, se convierte en enfermedad. Y siempre que el ser humano padece alguna enfermedad, en realidad tiene en su interior al guardián del umbral, solo que en una especie de imagen demoníaca.

Vuelvo aquí a lo demoníaco, de lo que ya he tenido que hablar. ¿Y en qué se basa eso? Se basa en lo siguiente: cuando se observa al ser humano con puntos de vista comunes, todo se confunde entre sí. Por un lado está el «yo» y el cuerpo astral del ser humano; por otro, el cuerpo etérico y el cuerpo físico; y todo ello se entremezcla de forma confusa cuando se observa al ser humano de este modo. Y, sobre todo, lo importante es aprender a distinguir lo que hay de anímico en el ser humano de lo que hay de físico en él. Cuando el alma está en el cuerpo y observáis al ser humano, el alma no se manifiesta como lo que es en realidad. El alma es, en realidad, luz. Y tendréis que daros cuenta cada vez más de cómo el alma humana, cuando se la contempla separada del cuerpo, es luz. Entre las cosas que la rodean como elemento, como elemento etérico, pertenece precisamente a la luz. El alma humana pertenece sin duda al reino de la luz. Se ve correctamente cuando se la contempla dentro de la luz.

Por el contrario, el cuerpo pertenece a la gravedad. Ahora bien, he explicado cómo se supera la gravedad, cómo el cerebro se vuelve terriblemente más ligero de lo que se percibe desde fuera. Pero el cuerpo físico, en su forma tal y como lo percibimos en su esencia, pertenece a la gravedad. Del mismo modo que, mediante un análisis químico, se extraen del agua el hidrógeno y el oxígeno, si queréis contemplar al ser humano según su esencia, debéis dividirlo en el alma, con su fuerza luminosa, y en el cuerpo, con su fuerza gravitatoria.

Estas dos entidades, —el alma con su fuerza luminosa y el cuerpo con su fuerza gravitatoria—, se entremezclan de forma confusa cuando se observan con visión ordinaria. Debido a que están entremezclados de forma confusa, no se puede deducir por el aspecto del cuerpo, —ni, en general, por el aspecto de la persona—, en qué consiste la esencia de la enfermedad. Si preparáis vuestra alma de tal manera que pueda observar al ser humano de forma que la esencia de la enfermedad pueda revelarse, y si gracias a ello llegáis a comprender cómo puede revelarse la esencia de la enfermedad, entonces, poco a poco, al observar el plomo, al observar la plata, os daréis cuenta de qué poderes curativos contienen estas cosas. Pero debéis tomaros la vida médica con enorme seriedad y configurar la vida meditativa en vuestra alma con tal fuerza que, a través de ella, aprendáis a ver de otra manera, a percibir el mundo de otra forma. Y por eso quiero transmitiros aquí ahora aquello que, meditado correctamente, queridos amigos míos, sumado a lo demás, os llevará también a adquirir, respecto a sustancias específicas, la misma relación que estas sustancias tienen a su vez con el ser humano sano y enfermo. Solo tenéis que contemplar lo que ahora escribo con palabras en la pizarra como algo que despierta vuestra alma, de tal manera que lo que veis del ser humano en la vida cotidiana no sea la realidad, sino lo que veréis cuando animéis vuestra alma con lo que encierran estas palabras; entonces veréis la verdad del ser humano en su relación de uno con otro.

Hasta ahora he hablado de tal manera que podáis comprender al ser humano en general en su relación con el cosmos. Hoy quisiera grabar en vuestras almas aquello que os permite tomar un pequeño trozo de oro y contemplarlo meditativamente. Lo convierto en una lámina delgada y, al mirarlo así, percibo un tono verdoso. Tiene un aspecto verdoso. Al presentar ese aspecto verdoso, despierta, —no solo mediante una analogía confusa, sino precisamente cuando me acerco a esa laminita de oro con las fuerzas más profundas del alma—, la misma experiencia interior que despierta el prado verde, el manto vegetal verde de la Tierra. Pero al sumergirme profundamente con mis fuerzas anímicas en esa pequeña lámina de oro que brilla a través de ella, se despierta también la fuerza anímica opuesta. Y al tener aquí esta plaquita de oro con un brillo verdoso, cuando miro a mi alrededor, cuando dirijo la mirada hacia cualquier parte, cuando aparto la vista, tengo, —no como dice el físico fisiológico, solo un efecto de contraste, sino que en todo ello, en el efecto de contraste, se encuentra todo un mundo—, la impresión de todo un mundo que brilla en sí mismo, todo un mundo que brilla en sí mismo, que resplandece a mi alrededor y por todas partes como en una luz rojiza mate, rojiza azulada. Y sé que, en ese instante, en ese trocito de oro, que es tan pequeño, se encuentra allí todo el mundo. Y este pequeño trocito de oro que tengo en la mano, que brilla aquí con un tono verdoso, es en realidad una esfera completa. En este pequeño trocito atomístico, ahí es donde se condensa. No puedo tener un trocito de oro sin que sea una esfera completa, sin que sea un punto de unión de una esfera, de una esfera completa, de modo que, en cierto sentido, aprendo a vivir en el azul-rojo, en el azul-violeta de una esfera. Y cuando conozcáis otras propiedades del oro, entonces podréis relacionar de forma viva esas otras propiedades del oro con lo que recibís en una especie de visión espiritual. Por ejemplo, la propiedad que ya conocéis de que el oro no tolera la unión con el oxígeno, la experimentaréis de una manera profunda, fundamental y de principio, pues os diréis: El ser humano vive gracias al oxígeno. Vive gracias al oxígeno, gracias a que lo procesa continuamente. —En el cuerpo etérico—, como habéis visto, todo es diferente; está relacionado con aquello que no está anclado en el cuerpo físico. El oro está relacionado con el cuerpo etérico en el sentido de que no admite en sí mismo una unión con el oxígeno, de modo que, precisamente por esta propiedad suya, el oro actúa en el cuerpo etérico de forma curativa sobre todo aquello que el oxígeno puede causar, por ejemplo, en el cuerpo físico. Por eso, el oro es, en cierto sentido, un remedio que puede actuar correctamente desde el centro del ser humano. A través de esta impresión luminosa en una luz azul mate y roja, captáis en realidad la verdad interior de la frase: «El oro es sol. Es todo sol». —Pues bien, ahí tenéis este nudo que simplemente indica que, en el espacio cósmico, el oro es sol y que el oro-sol está relacionado con el cuerpo etérico.

Veréis, a través de estas reflexiones llegáis a aquellas propiedades de una sustancia que son necesarias para la terapia. Pero solo llegaréis a ellas si queréis tomarlas en serio, no como una palabra externa, sino como una invocación interior constante del alma:

Observa en tu alma
La fuerza de la luz
Siente en tu cuerpo
La fuerza de la gravedad

Pero eso hay que practicarlo de verdad. Debéis practicar como si vuestra alma se convirtiera en algo que fluye realmente hacia la inmensidad, luz que fluye, fuerza luminosa, y como si vuestro cuerpo pudiera convertirse en algo que, a través de su propio anhelo interior de gravedad, se uniera con el interior de la Tierra. Debéis experimentar realmente en vuestro interior este enorme contraste; entonces separaréis el alma y el cuerpo, que deben separarse. Entonces se sigue adelante

En la fuerza luminosa
Resplandece el yo espiritual

Solo así comprenderéis el todo. Porque el yo humano se funde en el alma como experiencia interior. Por eso debéis comprender también la imagen de que, en el alma que irradia hacia el universo, en el alma que resplandece hacia el exterior, el yo crece resplandeciente. Lo otro es ahora aquello que debéis añadir:

En la fuerza de la gravedad
actúa el Espíritu de Dios.

En verdad, no solo como una imagen trivial, queridos amigos míos, sino como algo que se corresponde profundamente con la verdad, los hombres de épocas pasadas siempre han hablado de que el ser humano, el cuerpo humano, es un templo de la divinidad. Y tan cierto como que en el alma el «yo» es lo que domina, cuando el alma está consciente, también es cierto que en el cuerpo la divinidad es la que domina. No debéis referiros a vuestro cuerpo como si fuera vuestro, pues el cuerpo no pertenece al hombre, sino a Dios. Es cierto que el cuerpo del hombre surge de las fuerzas divinas, pero lo único que le pertenece es el alma que se encuentra en él, de modo que debéis ver realmente en vuestros instrumentos corporales el templo de Dios.

Y es de una importancia enorme saber esto:

En la fuerza luminosa —el alma—
resplandece el «yo» espiritual;
en la fuerza de la gravedad
actúa el Espíritu de Dios.

- actúa en el cuerpo humano de la misma manera que el «yo» en el alma humana.

Pero ahora viene lo importante:

Sin embargo, no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza de gravedad

Cuando el ser humano duerme, os resultará evidente que ha separado lo anímico de lo físico-corporal. Los ha separado. En ese momento, el alma no se apodera del cuerpo. Pero incluso cuando el ser humano está despierto, debe darse el caso de que, si bien el «yo» y el cuerpo astral se sumergen en el cuerpo físico y el cuerpo etérico, exista, no obstante, una separación interna, una distinción interna entre la fuerza luminosa y la fuerza de gravedad. No debe darse el caso de que, químicamente, se forme un componente a partir de la fuerza luminosa y la fuerza de gravedad; estas deben estar separadas interiormente. Mecánicamente, no deben mezclarse entre sí ni, mucho menos, unirse interiormente. Deben actuar una junto a otra en el mismo espacio: la fuerza de gravedad del cuerpo hacia abajo, la fuerza luminosa del alma hacia arriba. Por eso es importante la frase:

Pero no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza de gravedad
ni tampoco
la fuerza de gravedad
penetrar
la fuerza luminosa

Eso es solo la antítesis. Así pues, en la realidad, queridos amigos, debe existir en el ser humano —y de forma separada— aquello que nuestro conocimiento sensorial externo mezcla continuamente. Si observáis al ser humano desde fuera, a través del conocimiento sensorial, todo está revuelto. Y si el ser humano fuera tal y como lo ve la percepción habitual, estaría siempre enfermo. El ser humano puede estar sano, pero nuestra percepción, nuestra percepción sensorial del ser humano, es siempre la enfermedad. Siempre se ve al ser humano enfermo, pero eso es, naturalmente, siempre maya, ilusión. Porque, en su verdadera esencia, el ser humano nunca debe ser tal y como se le ve. En su verdadera esencia, la fuerza luminosa y la fuerza pesada no deben estar mezcladas. Deben estar separadas internamente la una de la otra. Por lo tanto, no debe ser como en el caso del agua, donde el hidrógeno y el oxígeno forman un compuesto químico entre sí y, en realidad, desaparecen por sí mismos. En el ser humano, eso lo hace únicamente la percepción sensorial; esta ha dado lugar a la insensatez de incorporar en sí misma ideas químicas y de contemplar al ser humano como si fuera una unión de fuerza luminosa y fuerza pesada —que están separadas y deben permanecer separadas—, como si el agua fuera así, como si el hidrógeno y el oxígeno permanecieran siempre separados en ella, a pesar de que están entre sí.

Dado que la fuerza luminosa
abarca la fuerza gravitatoria ,

es decir, la fuerza luminosa se funde realmente con la fuerza gravitatoria.

Dado que la fuerza luminosa
abarca la fuerza gravitatoria,
y la fuerza gravitatoria
se adentra en la fuerza luminosa,
así, en l
a confusión del mundo,
el alma y el cuerpo
se unen en la descomposición,
la descomposición es la enfermedad
.

Como ya he dicho, debéis tomaros algo así con toda seriedad, pero con tal seriedad que se convierta en parte de vuestro ser, de modo que podáis observar realmente a las personas según su fuerza luminosa y su fuerza pesada, y que tengáis la sensación de que, cuando se tocan entre sí, son enemigas. En la enfermedad se tocan entre sí. Y cuando la fuerza luminosa se apodera de la fuerza pesada, surgen las enfermedades del cuerpo; cuando la fuerza pesada penetra en la fuerza luminosa, surgen las llamadas enfermedades del alma. Porque pensad en lo que hay ahí. Pensad que en el cuerpo vive el Espíritu de Dios. Ahora bien, cuando la fuerza luminosa se apodera de la fuerza pesada, el ser humano se apropia ilegítimamente de Dios, de Dios en sí mismo.

Pues bien, conocer todas estas cosas con el impulso moral necesario, sentirlas en lo más profundo y, a partir de lo que hayáis sentido, querer, es así como poco a poco aprenderéis realmente a contemplar las cosas y los procesos del mundo de tal manera que lleguéis a comprender cómo, cuando la fuerza luminosa se ha apoderado de la fuerza de la gravedad, se puede apartar la fuerza luminosa de la fuerza de la gravedad mediante algo que sostenga el cuerpo etérico desde el cuerpo astral, ya sea a través de alguna sustancia externa o de un proceso que tenga lugar en el ser humano. Veréis, si sentís algo así profundamente en vuestra alma, entonces también podréis percibir el poder curativo de la euritmia terapéutica. Porque el poder curativo de la euritmia terapéutica es, en el fondo, diría yo, aquello que, en la curación, cuenta especialmente con las fuerzas cósmicas. Cuando realizáis ejercicios de euritmia terapéutica consonánticos, os adentráis en las fuerzas lunares. Cuando desarrolláis fuerzas de euritmia terapéutica vocálicas, os adentráis en las fuerzas saturninas. Y, al practicar la euritmia terapéutica, el ser humano se integra directamente en el cosmos a través de estos dos tipos de fuerzas. Y ocurre, por ejemplo, lo siguiente: Supongamos que se pudiera constatar —pues lo esencial en la medicina es, por supuesto, la terapia, pero no existe terapia alguna si no se dispone de un diagnóstico absolutamente válido—, supongamos que se pudiera constatar que en el ser humano existe una formación excesiva, es decir, que en su interior tiene, digamos, la formación de sales o hidratos de carbono que no puede superar; hay demasiada «gestalt» (forma) en su interior. Si se tienen en cuenta realmente los efectos más sutiles sobre el organismo —los síntomas pueden manifestarse solo de forma leve—, la euritmia vocal terapéutica, que contrarresta lo formado, podrá tener un efecto extraordinariamente beneficioso. O supongamos, por ejemplo, que un niño pequeño muestra una leve tendencia a tartamudear. Bueno, ¿verdad? No quiero, desde luego, hablar de manera diletante sobre si el tartamudeo es esto o aquello; naturalmente, pueden existir las más diversas alteraciones. Pero, en cualquier caso, estas alteraciones en la tartamudez actúan de tal manera que existe una fuerza formadora predominante, y precisamente por eso, en la tartamudez, se realizarán ejercicios de euritmia terapéutica vocal, y precisamente en el orden en que lo vocal se manifiesta de forma natural en el ser humano, me gustaría decir, a su correcta manifestación humana, y aplicarlos precisamente de tal forma que, de hecho, en el caso de los niños con predisposición a la tartamudez, se pueda lograr muchísimo con la euritmia terapéutica, simplemente utilizando la secuencia vocal habitual a, e, i, o, u, siempre que se tenga la perseverancia y el amor necesarios.

Si pensáis en todo esto, queridos amigos míos, entonces podréis decir que precisamente eso debe ser importante para vosotros: que consideréis los fundamentos esotéricos que os he proporcionado hace unos días y ahora como una especie de moraleja de los estudios de medicina. Por «moraleja» entiendo el sentirse comprometido con una obligación, el sentirse realmente capaz de llevar el alma, mediante esas fuerzas meditativas, al estado de ánimo necesario y duradero para afrontar el mundo de la manera correcta. ¿No es así? Si se os pudiera dar una conferencia de un año de duración, se podría decir ya mucho sobre aspectos concretos que luego os servirían de ayuda práctica. Pero dado que en estas conferencias solo hemos podido, en cierto modo, sentar las bases, queridos amigos, es de especial importancia hablar, en primer lugar, del desarrollo de las fuerzas médicas en el ser humano, para daros precisamente estas orientaciones médicas. Porque si ahora abordáis vuestros estudios de medicina con estas ideas esotéricas, veréis que será diferente. Sin embargo, quizá incluso resulte más difícil. Si una persona de hoy en día con una mente algo embotada —a los hombres ya se les embota el pensamiento hoy en día en la escuela primaria, y aún más en el instituto—, y llega a la universidad; si una persona así, con el pensamiento embotado, se matricula en la carrera de Medicina, superará el primer y el segundo curso con cierta rebeldía interior, sobre todo si, por proceder de cualquier entorno social, siente a sus espaldas algún tipo de látigo moral. Pero no se convertirá en médico. Se convertirá en alguien a quien la sociedad contrata para que haga de médico, pero no será médico. Ahora bien, naturalmente obtendréis una fuerza anímica más refinada al permitir que tales cosas actúen sobre vuestras fuerzas anímicas. Y a veces la forma en que la psicología, la fisiología y la ciencia patológica —en las que se basa la ciencia médica— actúan sobre vosotros mismos os causará cierto dolor. Será realmente como si a veces os dieran piedras en lugar de pan. Pero vosotros mismos podréis sacar algo de estas piedras que hay ahí. Y lo que se os ofrezca os resultará, en cierta medida, útil para alcanzar vuestros objetivos. Podréis aprender algo en un camino que no es fácil. Y así tiene que ser, ¿no? Por el momento, el mundo, con su materialismo, sigue siendo poderoso, y primero tenemos que integrarnos en él de alguna manera. Tenemos que salir de la situación en la que nos encontramos al integrarnos en él.

Y así, tal y como exige el mundo, debéis convertiros en médicos e impregnar vuestros estudios de medicina con aquello que podáis obtener aquí. Y por eso quiero repetir una vez más: vosotros, queridos amigos míos, tenéis sin duda la oportunidad de uniros aquí de la manera correcta, de uniros tal y como os he dicho. Debéis tener plena confianza en la forma en que la Dra. Wegman y yo gestionamos el departamento médico del Goetheanum. Precisamente esta medicina, tal y como se puede investigar aquí, puede mostraros cómo se puede experimentar aquí —perdonad la palabra paradójica— realmente en la vida humana. Podréis recibirla y, por eso, hacedlo de tal manera que, cuando volváis a estar fuera, en el mundo, cuando se os presente una u otra situación, escribáis vuestros deseos, las necesidades de vuestro corazón. Y aquello que cada uno escriba recibirá entonces una respuesta, que se comunicará a todos en el boletín mensual. De esta manera, tal y como solo podemos hacerlo por el momento, el estudio externo de la medicina podrá impregnarse de aquello que precisamente hoy se puede ofrecer.

Porque, veréis, en el fondo son aún muy pocas personas —en realidad, solo pueden ser jóvenes—, solo unas pocas personas las que pueden tender un puente entre lo que se persigue espiritualmente en Dornach y aquello que, ahí fuera, en el mundo, ejerce el poder de forma materialista. Por el momento solo pueden ser unas pocas personas, y en realidad solo aquellas que se encuentran inmersas en sus estudios. ¿Por qué? Lo que se oye inicialmente sobre Dornach en los ámbitos más diversos, si fuera cierto, sería una locura. Una vez, cuando tuve que dar una conferencia ante un grupo de estudiantes sobre un capítulo concreto de la terapia, los estudiantes procedían de toda la facultad y había incluso un profesor, un auténtico profesor. Sí, vean ustedes, queridos amigos, pude darme cuenta por la mirada de aquel hombre que entró en la sala de la conferencia, porque quería confirmar lo que creía: que allí solo se estaba exponiendo una charla totalmente trivial, como las que suelen dar los diletantes de la medicina. Y ahí pude realmente estudiar la metamorfosis, ya que, por un lado, se sentía cada vez más reacio interiormente y, por otro, se llevaba una sorpresa. Y es que tuvo que llegar a creer que no se trataba de simples habladurías, pero, naturalmente, no podía dar su consentimiento, pues eso contradecía por completo lo que ya llevaba décadas considerando como lo verdadero y lo correcto. ¿No es así? Lo máximo que se le podía exigir a este señor era —hablé con él después y así resultó ser— que se dijera a sí mismo: «¡Prefiero mantenerme al margen de esto!» ¿No es así? No habría tenido que mantenerse al margen si hubiera comprendido que era una tontería. Entonces habría podido dar fácilmente las patadas de siempre. Él también creía que podría hacerlo fácilmente, pero no pudo, y ahí estaba lo máximo que se le puede exigir por parte de un profesor: que se dijera a sí mismo: «Prefiero mantenerme al margen de esto». - No se puede exigir nada más de ellos. Pero el joven debe adoptar una actitud muy diferente al respecto. Él aún no tiene antecedentes. Por lo tanto, puede asimilar las cosas realmente en beneficio de la humanidad. Y cuando eso suceda, queridos amigos, se llegará a que, poco a poco —quizá más rápido de lo que se piensa—, la espiritualidad de Goethe se introduzca en la medicina.

Pero, por supuesto, lo primero es que esto continúe con toda seriedad, tal y como —como ha dicho la Dra. Wegman— lo habéis abordado, para iniciar realmente, con plena confianza, la conexión con lo que en realidad debería ser un estudio de medicina, que debe integrarse en la medicina materialista general de hoy en día. Podéis hacer mucho por vosotros mismos en este sentido, pero también mucho por el mundo y por la humanidad enferma, si no consideráis lo que acabáis de escuchar como algo meramente pasajero, sino como punto de partida para aquello en lo que, de hecho, habéis tenido un comienzo extraordinariamente bueno.

En este sentido, queridos amigos, permanezcamos unidos, permanezcamos tan unidos que conservéis aquí, en Dornach, en el Goethe, vuestro centro y os aferréis verdaderamente a él, de modo que este centro pueda manifestarse en el mundo a través de vosotros. Esto es lo que, como una especie de advertencia, diría yo, quiero dejaros; entonces todo irá bien, y muchas cosas se sumarán a lo que hemos debatido y vivido aquí, de lo que podéis tener un ideal emocional tan hermoso, pero que puede convertirse en una verdadera forma de vida.

Pues bien, queridos amigos, hagámoslo así.

Mira en tu alma
la fuerza luminosa
Siente en tu cuerpo
la fuerza gravitatoria
En la fuerza luminosa
resplandece el yo espiritual
En la fuerza gravitatoria
actúa el Espíritu de Dios
Pero no debe
la fuerza luminosa
apoderarse
de la fuerza gravitatoria
Ni tampoco
la fuerza gravitatoria
penetrar
en la fuerza luminosa
Porque si se apodera la fuerza luminosa
de la fuerza gravitatoria,
y si la fuerza gravitatoria
penetra en la fuerza luminosa,
entonces, en la confusión del mundo,
el alma y el cuerpo
se atarán en la perdición.
Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 7 de enero de 1924 Conocimiento a través del pensar, a través de la imaginación, a través de la inspiración

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Conocimiento a través del pensar,  a través de la imaginación, a través de la inspiración
Dornach, 7 de enero de 1924

¡Queridos amigos!

Por motivos que no voy a explicar ahora, la clase de carácter más esotérico que tenía previsto impartir hoy, la impartiré al final de este curso.

Hoy me gustaría hablarles de otra cosa. Si recordamos lo que se dijo ayer, quizá nos sorprenda un poco descubrir que, detrás de las manifestaciones de lo sólido y terrenal, hay algo conceptual; que, por ejemplo, si queremos acercarnos a las realidades, hay que ver más allá de la valentía, que es algo etéreo.

Ahora bien, de hecho también reviste cierta importancia, me refiero desde el punto de vista de la historia de la medicina, que se preste la debida atención a cómo se debe relacionar el pensar, —lo abstracto—, precisamente con lo sólido, lo terrenal, es decir, con aquello que se presenta ante nuestra percepción con contornos definidos; pues así se llega inmediatamente a decirse a uno mismo: El pensar no debe vincularse a lo líquido —es decir, a lo que se manifiesta en el organismo humano como circulación de fluidos u otras formas de circulación—, ni debe verse el pensar como la fuerza que hay detrás de ello; lo mismo ocurre con lo aéreo y con lo térmico. Ya hemos visto cómo hay que considerar lo aéreo y lo térmico en el cosmos. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial. En el ser humano ocurre que, en realidad, solo aquello que se presenta con contornos —es decir, lo que, aunque sea suave, digamos burdo o trivial, tiene, no obstante, por su contorneado, el carácter de lo sólido; solo eso puede penetrar realmente en el pensar, y lo fluido, del cual hemos hablado de tal manera que, en un primer momento, cuando uno se enfrenta simplemente al plano físico habitual y quiere captar lo espiritual que hay detrás de él, debe tener claro que, detrás de lo fluido, debe ver algo sensorial. Pero en el ser humano todo, absolutamente todo, está presente a su vez de una manera especial.

Así pues, hay que considerar de manera especial lo «sensorial» en el organismo humano, pues, por lo general, cuando se habla de lo «sensorial», se hace referencia a la sensación subjetiva que el ser humano tiene debido a su constitución psíquico-física. Pero en el ser humano la sensación no es solo aquello que se experimenta de forma inmediata, sino que en él la sensación tiene un carácter constructivo; y dado que el cuerpo líquido, como manifestación del fluido cósmico general, contiene ya en su propia esencia lo sensorial, hay que tener claro que esto que actúa en el cuerpo líquido, ese impulso etérico, también debe ser aprehendido por medio del conocimiento; pero no puede ser aprehendido de la misma manera que se aprehende cualquier cosa ajena al ser humano, porque en el organismo humano todo lo que se nos presenta como sustancias o procesos se transforma de manera diferente respecto al entorno del ser humano. Así pues, se trata de reconocer que, en el momento en que comienza el organismo líquido, —es decir, cuando se trata de una parte de la organización humana que se encuentra en circulación líquida, aunque en el curso de esta circulación estén integrados órganos vasculares o cualquier otro elemento—, todas las facultades cognitivas que se aplican a lo que existe fuera del ser humano en el mundo físico ya no sirven para conocer la realidad.

Por eso ha sucedido que la medicina, como último eslabón de la organización humana, ha perdido, como pueden ver, al «hombre de los fluidos». Se podría decir, sin más, que hasta mediados de la década de 1840, en medicina se tenía al menos una vaga idea del «hombre de los fluidos». Se hablaba de los humores, de la circulación de los jugos, de la mezcla y separación de los jugos. No solo se disponía de una fisiología y una patología celular, sino que se tenía realmente una visión de la mezcla y separación de los jugos. Solo que, en el siglo XIX, todo eso era, naturalmente, tradición. Pero esta tradición se remontaba a épocas anteriores al siglo XVI y al siglo XV, en las que no solo se contaba con la tradición, sino también con el conocimiento, un conocimiento del tipo que hoy, en la antroposofía, debemos alcanzar y recuperar a través de la imaginación. Aquella época tenía un carácter imaginativo, pero se trataba de imaginaciones instintivas. Y se sabía que el organismo humano no puede conocerse simplemente mediante la mera observación sensorial y pensando racionalmente. Los pensamientos y la observación sensorial solo revelan las partes del organismo con contornos definidos; todo lo que se encuentra en la circulación de los fluidos, en el ser humano líquido, debe conocerse a través de la imaginación. Por lo tanto, no es de extrañar en absoluto que se haya perdido la visión de este ser humano líquido, pues la antigua imaginación instintiva se ha perdido. Esta visión solo volverá a estar presente cuando se alcancen de nuevo imaginaciones de manera plenamente consciente. Recapitulemos pues, lo que hemos comentado y lo que debe vislumbrarse para el conocimiento.

Verán, al formarse el esqueleto óseo a partir del conjunto del organismo humano —me gustaría decir que, al cristalizarse el ser humano en el esqueleto, (no es una buena expresión, pero la entenderán)—, los pensamientos del cosmos se entretejieron en él. Y los órganos estrictamente delimitados también lo están únicamente en la medida en que, —pronto conoceremos sus fuerzas propias—, se someten a las mismas fuerzas a las que se somete la estructura ósea, de modo que se puede decir: solo la estructura ósea es de naturaleza mental en sentido físico, y los demás órganos, que tienen límites fijos, están construidos mentalmente a partir de lo etérico. Pero, al tener contornos fijos, están construidos de forma «pensada», y lo que hoy se conoce en fisiología y patología en relación con la forma del organismo humano está sometido a lo «pensado». Pero eso no es más que un eslabón de la organización humana, y debe quedar fuera de ella si no se asciende a la imaginación. La imaginación nos conduce entonces hacia el ser humano líquido y hacia la forma en que, a partir del líquido, se forma el músculo y el ser humano se proyecta en él. Esta peculiar unión entre el músculo, que parece sólido —aunque solo lo parezca—, y la sangre; ahí ya se pasa de lo óseo a lo sanguíneo, y ahí hay que recurrir a la imaginación para reconocer al ser humano, de modo que se puede decir: El pensar, que naturalmente se apoya en la percepción sensorial, en realidad solo llega hasta el sistema óseo, y todo lo demás que se pueda decir sobre el ser humano mediante el pensar, aparte del sistema óseo, es fantasía. Hay que ascender del pensar a la imaginación. Y cuando se asciende a la imaginación, se llega al ser humano líquido y a cómo este, en realidad, se proyecta hacia el sistema muscular. Y comprender los músculos en su esencia solo es posible mediante la imaginación. ¿Por qué?

Sí, verán, cuando se aplican los conceptos, también hay que aplicar las leyes en las que se basa ese concepto; esa es la ley mecánica. Hay que aplicar la estática y la dinámica. Y eso solo se puede hacer con el sistema óseo. Pero traten de aplicar la estática y la dinámica al sistema muscular; intenten calcular, partiendo de cualquier principio estático, por qué es capaz de masticar un hueso de cereza o incluso uno de melocotón. Intenten calcularlo. Intenten realizar el experimento para averiguar cuánta presión es necesaria, —simplemente colocando un peso sobre un hueso de cereza—, para aplastarlo. Lo muerdes; quizá no todos podamos hacerlo, pero hay quienes incluso son capaces de morder huesos de melocotón. Calculen si, según las leyes mecánicas, resulta que un músculo es capaz de aplastar huesos de cereza. Con lo que ofrece el pensar, nunca llegarán a comprender el sistema muscular. No se puede. La mecánica se convierte en un sinsentido en el momento en que se aborda el músculo, y hay que ser capaz de pasar ahora a un conocimiento que deje atrás las leyes mecánicas, por tanto, que capte la imagen completa del músculo mediante la imaginación, en la que la gravedad habitual no existe en absoluto. Porque en el momento en que se adentra en el medio líquido, se enfrenta exclusivamente a fuerzas de empuje, y realiza las acciones que lleva a cabo con su cuerpo etérico no en función de las relaciones de peso, sino de aquello que, en gran medida, supera dichas relaciones, de modo que ya a partir de esto comprenderán: En el momento en que se aborda el sistema muscular, hay que aplicar un tipo de conocimiento completamente diferente, que es la imaginación, de modo que se puede decir, —solo a título representativo, pues hay transiciones por todas partes—, que el sistema muscular se comprende mediante la imaginación, (vean lámina 6). Y nadie comprende en absoluto el sistema muscular sin concebirlo, en cierto modo, como la imagen que no ha surgido por la misma via que el sistema óseo, sino que se ha formado, en cierto modo, mediante la coagulación de la sangre. Por supuesto, es una expresión tan poco acertada como si dijera «se cristaliza en el sistema óseo», pero, comparativamente, es correcta. Ahora piensen lo siguiente: si tienen cualquier hueso, por ejemplo, el cúbito, el radio o el húmero, y le aplican las leyes de la palanca: sí, los huesos lo soportan con toda paciencia. Pero consideren lo siguiente: aunque puedan comprender bastante bien, gracias a las leyes de la palanca y otras leyes mecánicas, lo que ocurre con el radio o el húmero, piénsese si también podrán comprender lo que ocurre con cualquier músculo. En ese caso, las imágenes deben adoptar una estructura flexible, deben transformarse. Esa es precisamente la esencia de la imaginación: que puede adaptarse a todo y que abarca aquello que, a través de su metamorfosis, constituye su esencia. Eso es lo que tiene el músculo: el músculo vive en su metamorfosis. El hueso se somete pacientemente a las leyes mecánicas, el músculo no. Es tan móvil como las imágenes metamórficas, —imágenes, no pensamientos—, que tenemos en la imaginación para seguirlas en lo que se mueve interiormente. Y fíjense, con esto nos situamos, en el caso del ser humano sólido, en el sistema óseo; en el ser humano sólido, terrenal. Nos situamos, en el ser humano fluido, en el sistema muscular; el ser humano acuoso.

Pero si ahora ascendemos de la imaginación a la inspiración, llegamos ya al ser humano de naturaleza etérea, a aquello que es de naturaleza etérea en el ser humano. Y al acercarnos a la inspiración, llegamos a una forma de percepción muy similar a la de escuchar tonos musicales, armonías y melodías; muy similar a la audición musical. La inspiración ya no tiene nada que ver con algo conceptual, sino con algo que, en su percepción, es también una especie de elemento musical. Lo musical no tiene por qué escucharse siempre; al ser espiritual, también se le puede percibir. Pero, en el fondo, toda inspiración tiene algo de musical. Ahora bien, lo peculiar aquí es que la forma de los órganos internos humanos, —esos órganos que, en realidad, se encargan durante la vida del organismo en desarrollo, en lo referente a la alimentación, la respiración, etc., es decir, los órganos que constituyen la base—, es que todas estas formas orgánicas no pueden explicarse, por ejemplo, a partir de ninguna ley mecánica. Pero tampoco pueden explicarse mediante la imaginación. Es sencillamente absurdo, una tontería, intentar explicar la forma del pulmón o del hígado, por ejemplo, basándose únicamente en la disposición de las células o en las relaciones de peso. Intenten ustedes de investigar si alguien ha logrado ya explicar la forma del hígado o del pulmón como tal. Nadie lo ha conseguido. Porque estos órganos, que nutren la vida en gestación durante su existencia terrenal, están presentes en sus esbozos desde muy temprano, aunque estén muy transformados. Todos ellos proceden de las fuerzas formadoras de lo etéreo. El científico actual dice: el aire es oxígeno, nitrógeno y algunas otras sustancias; y se trata de una sustancia aérea más o menos homogénea, diferenciada únicamente por el movimiento mecánico interno que se manifiesta en el viento. Pero ese aire, tal y como lo describe hoy el físico, no existe; solo existe el aire concreto que rodea nuestra Tierra. Pero, queridos amigos, el aire que rodea nuestra Tierra está impregnado por doquier de puras fuerzas formadoras. Estas fuerzas formadoras las inhalamos junto con la sustancia física del aire. Cuando nuestros órganos están formados, cuando tenemos un pulmón completamente desarrollado, ocurre que las fuerzas formadoras que inhalamos junto con la sustancia del aire, por así decirlo, se fusionan con la forma del pulmón, de modo que, una vez que nacemos, ya no tienen gran importancia, salvo para el crecimiento. Pero durante la etapa embrionaria, mientras se produce la separación física del aire exterior, las fuerzas formadoras del aire actúan en primer lugar a través del cuerpo materno. Estas construyen los pulmones, al igual que se construyen a partir de ellas todos los órganos del ser humano, con excepción de los músculos y los huesos. Todos los órganos internos que sustentan la vida en formación están construidos a partir de las fuerzas formadoras del aire. 

Lo que ocurre allí puede compararse, —aunque se trate de una comparación aproximada—, con la formación de las figuras sonoras de Chladni. Es decir, se fijan unas placas cubiertas de polvo en un punto y se rozan con el arco del violín de una manera determinada; entonces, ese polvo adopta ciertas formas, dependiendo de cómo se aplique el arco. Las figuras de polvo se forman a partir de las fuerzas formadoras que se provocan en el aire. Del mismo modo, los órganos internos del ser humano se forman a partir de las fuerzas formadoras generales del aire. Se forman a partir de las fuerzas configuradoras del aire. De hecho, los pulmones se forman a partir de las fuerzas respiratorias, pero lo mismo ocurre con los demás órganos. Solo que, en el caso de los demás órganos, esto ocurre de forma más o menos indirecta, mientras que los pulmones se forman directamente. Pero este hecho, —que los órganos del ser humano se formen a partir de las oscilaciones del aire en proceso de configuración—, solo puede comprenderse mediante la inspiración. Aquello que se forma a partir de lo aéreo, aquello que acaba tomando forma, es conceptualmente, similar a lo musical, del mismo modo que las figuras sonoras también tienen un fundamento musical.

En la fisiología actual hay tantas cosas fundamentalmente erróneas, que a veces uno se avergüenza de decir lo correcto, cuando difiere de forma tan grotesca de lo que afirma la fisiología. Cuando el ser humano oye, todos sus órganos vibran al unísono con las vibraciones del aire, no solo los órganos auditivos internos. Todo el ser humano vibra con ellas, aunque sea de forma suave, y el oído no es un órgano auditivo porque vibre, sino porque, gracias a su organización interna, lleva a la conciencia lo que ocurre en el resto del organismo. Hay una gran diferencia, aunque sutil, entre decir que el ser humano oye a través del oído y decir que el ser humano lleva a la conciencia, a través del oído, lo que ha oído. Porque el ser humano está construido a partir del sonido, —aunque no del sonido audible—, de modo que hay que decir: la inspiración se apodera de los órganos internos del ser humano. La organización de los órganos internos del ser humano, del ser humano gaseoso, debe conocerse a través de la inspiración. Verán, no es de extrañar que ya en la Antigüedad se perdiera la verdadera comprensión de los órganos humanos, porque se perdió la inspiración, ya que la inspiración es la única vía a través de la cual se pueden comprender los órganos internos; de lo contrario, solo se pueden dibujar a partir de un cadáver, pero no se pueden comprender.

Bueno, como ven, en realidad todo el organismo humano vive en el trasfondo del mundo físico. Cuando hablamos como lo he hecho en mi libro «¿Cómo se adquieren conocimientos de los mundos superiores?», la gente siempre tiene la idea de que aquí está el mundo físico y, detrás de él, se encuentran los mundos espirituales de forma escalonada. Se accede al mundo espiritual más cercano a través de la imaginación, a otro mundo espiritual más allá mediante la inspiración, y a otro más allá mediante la intuición. Pero la gente no se imagina que, de todo lo que hay en el ser humano, solo el sistema óseo es construido por los espíritus elementales, mientras que el sistema muscular es construido por entidades espirituales de una jerarquía superior. Esto hay que reconocerlo ahora. Hay que poder dirigirse a estas entidades mediante la imaginación si se quiere comprender el sistema muscular. Del mismo modo, hay que dirigirse mediante la inspiración a entidades espirituales aún más elevadas si se quieren comprender los órganos internos. Al erigir un esqueleto, solo parece que se ha adaptado a las formas. Sin embargo, un esqueleto, en cuanto a su estructura interna, solo puede explorarse por la vía inspirativa.

Lo que quiero decir es que hay que verlo así: ¿no es cierto que el pensador de la naturaleza, el naturalista de hoy en día, estudia una planta analizando aquello que tiene frente a sí, aquello que puede alcanzar como elemento sustancial, y la examina, en general, según los métodos habituales de los que se dispone hoy en día? Pero fíjense, eso no es en absoluto la planta. La planta está constituida tal y como dije ayer. Está construida a partir del cosmos, y solo la raíz está formada por fuerzas terrestres. Toda la forma de la planta es realidad espiritual, es realidad suprasensible; solo que lo suprasensible está relleno de materia. Y quien se limita a examinar esta materia física de la planta… pues bien, es como si una persona que tiene ante sí un escrito mojado, que ha cubierto con arena suelta, y que luego cree que la arena suelta es lo esencial del escrito. Hoy en día, al examinar la planta, se procede de la misma manera que quien tiene ante sí un escrito, lo cubre con arena porque aún está demasiado húmedo. La arena lo cubre todo; él la raspa y dice: «Examino la arena, leo lo que está escrito a partir de la arena». . - Así es más o menos como se suele explicar qué es una planta, cuando en realidad se trata de un ser espiritual que simplemente está relleno de sustancia física dentro de su espacio. Y así ocurre que también los sistemas de órganos humanos solo están rellenos de sustancias físicas. En realidad, lo físico es únicamente el sistema óseo, lo etérico, el sistema muscular, y lo astral, el sistema de órganos.

Y si ascendemos hacia la verdadera intuición, llegamos al ser térmico , a la organización que, en su interior, es un espacio de calor diferenciado. He dicho que, en el calor, uno realmente se experimenta a sí mismo desde dentro, que no se enfrenta al calor como se hace con el carbono o el nitrógeno, sino que el calor está ahí, el calor está en uno, y al experimentarlo uno está en el calor. Es precisamente lo que se experimenta con mayor intensidad. Por eso, el ser humano actual no puede negar que experimenta el calor, mientras que no tiene ni idea de que experimenta el aire, el agua o la tierra. No tiene ni idea de ello porque ha crecido alejado de ello. Pero la experiencia del calor es precisamente la aplicación inmediata de la intuición al organismo humano; solo que ahora no hay que experimentar el calor de forma aproximada, como es necesario para el uso cotidiano, sino de manera diferenciada, ya que está muy finamente diferenciado en las formas de los propios órganos. Cuando, mediante la intuición, se puede contemplar este organismo térmico a lo largo de todo el cuerpo, se llega, a través de este tipo de conocimiento, a comprender no los órganos internos, sino la actividad de los órganos internos. 

Toda la actividad de los órganos internos debe comprenderse a través de la comprensión de su organización en el éter térmico. Todo lo demás es totalmente inadecuado para comprender la actividad de los órganos. La percepción, o mejor dicho, la percepción intuitiva de la actividad del éter térmico, es decir, del calor humano, es lo que debe reconocerse mediante la intuición. En otras palabras, no basta con tener simplemente la opinión de que existe un mundo físico; hay que dotarse de imaginación, inspiración e intuición para acceder a otros mundos. Los otros mundos están ahí. El mundo etérico existe porque el ser humano tiene un sistema muscular; el mundo astral existe porque el ser humano tiene un sistema de órganos; y el mundo devachánico, el mundo espiritual, existe porque el ser humano térmico está ahí. Lo espiritual se mueve continuamente entre nosotros. Está ahí. El ser humano es, en realidad, un espíritu; este espíritu está simplemente lleno de sustancia física. Por eso nos entregamos a la ilusión de que el ser humano es un ser físico. El ser humano es, incluso, espíritu en sí mismo, que, gracias a su organización térmica, llega incluso hasta el mundo más elevado al que aún se puede acceder. Por eso resulta tan extraño que entre ocho y diez espiritistas se sienten alrededor de una mesa y invoquen a espíritus que son mucho, mucho más inferiores que los ocho o diez que están sentados alrededor de la mesa, lo cuales simplemente no saben que ellos mismos son espíritus. Eso es lo que hay que grabar muy, muy profundamente, queridos amigos, en el corazón; solo así se puede ascender.

lámina 6

Verán, si mediante la intuición se ha comprendido la actividad, —esa maravillosa actividad—, que se desarrolla en todo el organismo humano, de órgano a órgano, y que tiene lugar en el éter térmico, se llega en realidad a dos tipos de calor. Y es que el éter térmico es un elemento muy especial. Si se produce cualquier proceso que provoque un cambio en el éter térmico, siempre surge una reacción contraria. Las corrientes de calor siempre fluyen, en realidad, en sentido contrario: acción y reacción. El éter térmico está diferenciado en sí mismo. Siempre hay una sustancia etérica más burda a la que se opone una sustancia etérica más fina. Pero solo así es posible que se produzcan esos fenómenos que, en un primer momento, podemos comprender a partir de una manifestación burda. Imagínense que se hallan, en un primer momento, en una habitación a una temperatura agradable, que está bien calentita; resulta placentera. La calientan tanto que ya no pueden soportarlo. No se trata solo de un estado físico, sino también de un estado anímico. Ese calor, el calor más sutil, lo experimenta especialmente el alma. En realidad, siempre experimentamos el calor de dos maneras: el calor que experimentamos anímicamente y el calor en el que vivimos, que está fuera de nuestra alma; el calor que hay en nuestro organismo térmico y el calor que hay en el exterior. Podemos decir que hay un calor físico y un calor anímico.

Pero si nos centramos en los órganos internos, en el ser humano de naturaleza aérea, que se reconoce a través de la inspiración, ahí encontramos en primer lugar lo aéreo en su forma principal. Pero en este ser etéreo actúa, —no como el calor más sutil sigue actuando en el propio calor—, en la forma etérea actúa la luz, de modo que se puede decir: para la intuición, el calor se hace evidente en el calor; el calor sigue siendo calor al diferenciarse en su propio elemento. Pero no es así en el caso del aire. El aire real no es el aire fantasioso de los físicos, que rodea nuestra Tierra como si fuera otra piel; eso no existe. El aire real no es concebible sin algún estado de luz, —pues la oscuridad es también un estado de luz—, de modo que el aire y la luz son una diferenciación que va de la mano, es decir, que en todo organismo aéreo la luz participa en su organización. Ahora se adentra aún más en lo anímico. No solo existe la luz exterior, sino también una luz interior metamorfoseada que impregna a todo el ser humano, que vive en él. Junto con el aire, la luz vive en él.

Y del mismo modo, junto con el agua, con el elemento líquido, vive en vosotros el quimismo. Ahí residen las fuerzas químicas. Concebir el agua como agua física, es decir, el agua de los físicos, es una fantasía. En el momento en que el agua aparece en algún lugar de forma organizada, no lo hace sin el quimismo. Imaginar lo líquido en el ser humano sin la química equivale a imaginar un organismo humano sin cabeza. Se puede incluso dibujarlo, se puede incluso eliminar todo lo anímico, pero ya no hay realidad alguna. Si le cortan la cabeza a su cuerpo, este ya no puede vivir; deja de ser un organismo. Del mismo modo, el líquido del ser humano no es aquello que el físico describe fantásticamente como agua, sino que, al igual que el organismo humano forma un todo con la cabeza de principio a fin, este líquido está ligado al quimismo, el quimismo está presente en todas partes.

Y lo sólido o terrenal en el organismo humano solo está presente, en general, en estatus nascendi, del mismo modo que el agua solo está presente en el ser humano de esa manera; se transforma de inmediato. Lo terrenal solo está presente en el ser humano en la medida en que está vinculado al mismo tiempo a la vida.

Y ahora fíjense: tracen aquí una línea, —vertical—; así tendrán aquí el cuerpo físico y aquí el cuerpo etérico correspondiente. Pero ambos forman un todo, son, en cierto sentido, uno solo, visto desde dos perspectivas. Tienen los estados etéricos que son: éter térmico, éter lumínico, éter químico y éter de vida, y tienen los estados físicos de calor, aire, agua y tierra. Ahora bien, si describiéramos de forma abstracta los estados etéricos, nos fijaríamos en primer lugar en el éter térmico, —si partimos de lo líquido, lo sólido, etc.— como el éter más bajo; el éter más elevado sería el éter vital. Pero cuando describimos al ser humano, debemos proceder de tal manera que la intuición conozca al ser humano térmico, la actividad interna de los órganos. Al descender hacia lo más burdo, desde el calor hasta lo terrenal en el organismo físico, ascendemos en el cuerpo etérico desde el calor hacia la vida. ¿Qué significa esto? Piensen solo en lo que esto implica: el ser humano invierte, en realidad, las cualidades del ser humano. Aplica el éter térmico únicamente al organismo térmico, el éter lumínico al organismo aéreo, el éter químico al organismo líquido y el éter vital a su organización sólida. Si realmente comprenden algo así, entonces no pueden pensar como se suele pensar. Si quieren quedarse en esa forma de pensar habitual, en realidad solo podrán comprender al hombre de hueso, al hombre terrenal. Necesitan pasar del pensamiento habitual a una forma de comprender el mundo que les conmueva verdaderamente en su interior, como ya he dicho en otra ocasión.

Y verán, queridos amigos, esto está relacionado con el hecho de que, en última instancia, el conocimiento médico tiene ya cierta peculiaridad. ¿No es cierto que en los antiguos misterios, donde se tenían ciertas ideas sobre el tratamiento del ser humano, el conocimiento médico era un elemento destacado del sistema de los misterios? De hecho, los médicos se formaban en los misterios y no eran solo médicos, sino también, al mismo tiempo, sabios que se ocupaban de los cultos religiosos. Por eso resultaba relativamente natural que el médico mantuviera en secreto, en cierto sentido, su conocimiento, al igual que el conocimiento de los misterios en general. Porque, verán, si uno quiere saber algo, debe revestir ese conocimiento de pensamientos; de lo contrario, se quedaría flotando en lo indefinido. Por lo tanto, también hay que revestir de pensamientos el conocimiento de imágenes en la imaginación, tanto el que se ha captado mentalmente como el que se ha vislumbrado intuitivamente. Ahora bien, los pensamientos, al igual que los de la antroposofía actual, son tales que la gente dice que uno se expresa con mal estilo. - La gente tenía claro que hay que transformar el conocimiento médico en pensamientos. Al transformar el conocimiento médico en pensamientos, cuando este se convierte en conocimiento terapéutico, se le resta parte de su eficacia. Con esto abordo algo que está relacionado con cuestiones profundas. No se puede negar que el conocimiento de los remedios les resta, en cierto sentido, su poder, y que es necesario que el médico que se tome en serio su profesión renuncie, en realidad para sí mismo, en mayor o menor medida, a la eficacia de aquellos medios terapéuticos que aplica a sus pacientes y observe para sí mismo otros tipos de curación. Por favor, reflexionen sobre lo que se quiere decir con esta frase; así llegarán a la conclusión de que, en un sentido aún mucho más profundo de lo que se ha dicho hasta ahora, el médico debe desarrollar una actitud personal de ayuda. En lo que respecta a los remedios que aplica a sus pacientes, debe, en realidad, renunciar a los poderes curativos en sí mismo. Si uno atribuye de forma simplista la eficacia de los remedios a las fuerzas químicas, si cree que los remedios actúan como el vapor en una locomotora, entonces no está sujeto a tales leyes espirituales. Pero si se observa cómo se adentra el ser humano en lo espiritual, no se dudará ni por un momento de que las leyes espirituales son la base de lo que, en los distintos medicamentos, es específico para el ser humano. La medicina, en su máxima expresión, cuando se comprende en su verdadera esencia, es el medio más maravilloso para la educación en el altruismo. Por eso, en cierto sentido, es un malentendido grave, colosalmente grave, que hoy en día se exija siempre que toda la terapia se enseñe como si fuera mecánica o algo por el estilo. Al fin y al cabo, en el caso de la mecánica también es cierto que podemos aplicarla al ser humano, pero eso se refiere entonces a toda la humanidad. En el caso del médico, todo es individual, y si se dispone de un conocimiento realmente profundo de cualquier remedio, existe, en gran medida, la necesidad de que el médico renuncie a curarse a sí mismo con ese remedio. Esa es la gran enseñanza del altruismo. Más adelante daré algunas pistas sobre cómo el médico puede, a pesar de todo, ayudarse a sí mismo. Pero lo que subyace a tales hechos debería calar en vuestro corazón. Si os tomáis en serio cosas como las que he mencionado al final de mi intervención de hoy, entonces, simplemente por las leyes del mundo, surge la necesidad de introducir en la medicina no el egoísmo, sino el altruismo. Ya está presente en su esencia; y el altruismo, la abnegación, es el elemento fundamental de la medicina. La ética médica no es algo meramente inventado, sino que se deriva de las leyes más propias del cielo, de leyes que el cosmos ha creado para dar forma a los remedios a partir de su propia regularidad.

Cuanto más seria sea una comunicación de este tipo, más podrá contribuir a captar la esencia misma de los remedios en general.

Traducido por J.Luelmo