CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA101 Köln, 26 de diciembre de 1907 - La posición del ser humano en relación con su entorno

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RUDOLF STEINER

 - La posición del ser humano en relación con su entorno  -

XII conferencia
Köln, 26 de diciembre de 1907

En estas conferencias se abordarán algunos de los signos y símbolos ocultos, de tal manera que el sentido y el significado de dichos símbolos y signos no solo lleguen a la razón, sino también a los sentimientos y al corazón.

Todos ustedes saben que en el ocultismo y en la teosofía se utilizan los más diversos símbolos y signos, y también saben que a veces se dedica mucha perspicacia y especulación a interpretar dichos signos y símbolos. Estas conferencias nos mostrarán ahora que gran parte de ese ingenio y de esa especulación están mal aplicados, y que, en general, la especulación y el ingenio no son en absoluto las capacidades mediante las cuales se llega al verdadero significado de los signos y símbolos ocultistas. Para el ocultista, los signos y símbolos no son en absoluto solo aquellos que se citan como tales en los manuales y escritos habituales, sino que encontramos signos y símbolos ocultos con mayor frecuencia precisamente allí donde, por lo general, quizá menos los sospechamos: en los mitos y relatos arraigados en el pueblo se esconden profundas verdades ocultas. El error que se comete habitualmente al interpretar tales mitos y leyendas es, sencillamente, que también en este ámbito se recurre a un exceso de perspicacia y de especulación; casi se podría decir que se busca un sentido profundo de una manera demasiado intelectual, demasiado racional. Ahora bien, una serie de cuatro conferencias no puede agotar este tema, sino solo abordarlo de forma aforística. No obstante, lo que tratemos debe exponerse de tal manera que podamos formarnos una idea de la relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores, concretamente lo que se denomina el mundo astral y el mundo devachánico o espiritual.

Como saben, también en el lenguaje común se recurre con mucha frecuencia a ciertas parábolas figurativas cuando se quiere aludir a algo superior. Por ejemplo, cuando se quiere utilizar una imagen para referirse al conocimiento o a la comprensión, se dice «luz» o también «luz del conocimiento». Detrás de estas sencillas expresiones de nuestro lenguaje se esconde a veces algo extraordinariamente profundo. Quienes utilizan tales expresiones a menudo no son conscientes en absoluto de su origen y, por lo tanto, no tienen ni idea de cómo, por ejemplo, la imagen de la luz se relaciona con el conocimiento o la perspicacia. La consideran una imagen, del mismo modo que hoy en día los poetas utilizan imágenes. Cometeríamos un grave error si, en el ocultismo, solo pensáramos en ese significado figurativo. Las cosas son mucho, mucho más profundas. Lo que en el lenguaje actual se denomina «simbólico», «figurativo» o, tal vez, «alegoría», suele ser engañoso. Es fácil pensar que un signo se ha elegido de forma arbitraria para representar algo. En el ocultismo, un signo nunca se elige de forma arbitraria. Cuando en el ocultismo se utiliza un símbolo para representar algo, siempre existe una relación más profunda.

Sin embargo, no podremos comprender realmente esta relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores si no profundizamos un poco en cómo debe situarse el ser humano frente a su entorno desde el punto de vista del ocultismo. Cuando el ocultismo —o esa parte elemental del ocultismo que hoy se proclama como teosofía— llegue a cumplir su misión en el mundo en un sentido más profundo —pues, de hecho, apenas se ha dado el primer paso—, cuando llegue el momento en que las distintas ramas de nuestra vida y nuestra cultura estén impregnadas de las verdades y los impulsos del ocultismo, entonces toda la vida emocional y sensorial del ser humano, toda su relación con el entorno, cambiará de manera esencial. Si queremos describir cómo se relaciona el ser humano actual con el entorno, debemos decir: desde hace varios siglos, el ser humano ha ido desarrollando cada vez más una relación con el entorno que es muy abstracta, muy intelectual y materialista. El ser humano que hoy recorre los campos, ya sea en primavera, en verano o en otoño, ve por lo general lo que se presenta a sus ojos, lo que los sentidos pueden captar, lo que la razón puede combinar a partir de las percepciones sensoriales. Si el ser humano tiene inclinaciones estéticas, si posee una sensibilidad poética, impregna las percepciones con sensaciones y sentimientos; ante un fenómeno natural siente tristeza y dolor, y ante otro, exaltación, alegría y placer.

Pero en el hombre actual, incluso allí donde la percepción sensorial, árida y sobria, da paso a la sensibilidad poética y artística, eso no es más que un comienzo de lo que el ocultismo debe ofrecer, no a la razón, ni al entendimiento, ni a las mentes, sino a las almas y a los corazones. La teosofía solo se convertirá en un factor significativo en la vida cuando no se limite a ofrecernos una síntesis intelectual de todo tipo de acontecimientos de los planos físico, astral y devachánico, sino cuando se integre en nuestras almas de tal manera que estas aprendan a percibir, sentir y querer de otra forma. Debemos tener muy claro, en particular, que, gracias a la teosofía y al ocultismo, se irá produciendo cada vez más aquello que ya destacamos en nuestra conferencia festiva de ayer: La humanidad aprenderá a ver, en lo que se manifiesta en el mundo exterior tal y como se presenta a los sentidos —la fisonomía, los gestos, la mímica—, aquello que revela lo anímico y lo espiritual que se esconde tras las cosas. Aprenderemos también a ver, en lo que ocurre allá fuera, en el entorno de la Tierra, en los movimientos de los astros, una expresión de lo espiritual y lo anímico, del mismo modo que, por ejemplo, vemos en los movimientos de las manos o en la mirada de una persona la expresión de algo anímico. Y así aprenderemos, por ejemplo, a ver en el aire que se aclara una manifestación externa de los procesos internos de las entidades espirituales que realmente impregnan el aire, el agua y la Tierra.

Intentemos imaginar cómo se nos presenta la naturaleza que nos rodea cuando nos elevamos a una comprensión de lo anímico y lo espiritual que vive a nuestro alrededor. Una vez que nos adentramos en esta perspectiva ideal, debemos preguntarnos: ¿qué ocurre con las almas de los seres que viven a nuestro alrededor en el plano físico, las almas de los animales, las plantas y los minerales? ¿Qué hay en estos tres reinos de la naturaleza, aparte de lo que se nos presenta físicamente a través de nuestros sentidos? Si observamos el reino animal, este se diferencia de manera muy significativa, en lo anímico y espiritual, del ser humano. Lo que en cada ser humano está encerrado dentro de los límites de su piel, no lo tenemos de la misma manera en cada animal. Cada animal se puede comparar más bien con un miembro concreto del ser humano. Podemos comparar a todos los animales de forma formalmente idéntica —por ejemplo, todos los leones, todos los tigres, todos los lucios, todas las moscas, etcétera, todo lo que tiene la misma forma en el reino animal— con un miembro del ser humano, por ejemplo, con los dedos de la mano. Si tomamos los diez dedos del ser humano, no nos sentiremos tentados a atribuir a cada uno de los diez dedos un alma dotada de un «yo». Sabemos que los diez dedos pertenecen a un solo ser humano. A cada persona le atribuimos un alma del «yo». Del mismo modo que atribuimos un alma del «yo» a cada persona, atribuimos un alma del «yo» a toda una especie animal; da igual si la llaman alma de grupo o alma de especie. Lo que importa es que comprendamos las cosas como algo que fluye y fluctúa entre sí. Así, en el caso de un grupo de animales de la misma forma, debemos suponer que en su base se encuentra lo mismo que en el ser humano individual: el alma del yo. Sin embargo, no debemos buscar esta alma de los grupos de animales donde buscamos el alma del yo del ser humano. El lugar donde se encuentra esta alma del «yo» del ser humano entre el nacimiento y la muerte es el plano físico. Esto no significa que, por su naturaleza y esencia, esta alma del «yo» pertenezca únicamente al plano físico, pero el alma del «yo» del ser humano vive en el plano físico. No ocurre lo mismo con los «yos» grupales de los animales. En el caso de estos «yos» grupales de los animales, a los que pertenecen los animales individuales de la misma especie, no importa el lugar en el que se encuentren los animales individuales: da igual que un león esté en África y otro aquí, en un zoológico. Todos y cada uno de los animales pertenecen al mismo «yo» grupal, y ese «yo» grupal se encuentra en el plano astral. Por lo tanto, si queremos encontrar el «yo» de un grupo de animales de la misma especie, debemos acudir al plano astral mediante la clarividencia; y en el plano astral, el «yo» grupal de los animales en cuestión es una personalidad tan completa como la del ser humano aquí, en el plano físico. Si una persona extiende sus diez dedos y usted levanta aquí una pared, y la persona pasa sus diez dedos a través de diez agujeros en la pared, alguien que se encuentre fuera de la pared solo verá los diez dedos; si quiere buscar el «yo» de esos diez dedos, tendrá que ir detrás de la pared. Así debe imaginarse que, en cada león individual, debemos ver un miembro del «yo» grupal de todos los leones. Si se adentra en el plano astral, encontrará allí una individualidad o personalidad del género de los leones, común a todos ellos, del mismo modo que detrás de la pared encuentra la individualidad de los diez dedos de la persona. Lo mismo se aplica a las demás especies animales de forma similar. Y si «pasea» por el plano astral, encontrará este plano poblado por estos «yos» grupales de los animales, con los que se encontrará allí de la misma manera que aquí, en el plano físico, se encuentra con los seres humanos individuales, solo que estos «yos» grupales se extienden, según el plano físico, a los seres animales individuales separados, del mismo modo que usted extiende a través de la pared los diez dedos individuales.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre la esencia, la naturaleza intrínseca de los «yos» grupales de los animales, y lo que constituye la naturaleza intrínseca del ser humano individual. Esta diferencia les parecerá muy paradójica, pero existe. Y es que se da un hecho peculiar: si se compara la inteligencia y la sabiduría de los «yos» grupales de los animales en el plano astral con la inteligencia y la sabiduría de los seres humanos aquí, en el plano físico, se comprobará que los «yos» grupales de los animales son considerablemente más inteligentes. Todo lo que tienen que hacer lo realizan con la mayor naturalidad. El ser humano, en el transcurso de su evolución, debe primero llevar a su yo a alcanzar esa sabiduría que los «yos» grupales de los animales ya poseen en el plano astral. Sin embargo, a estos «yos» grupales de los animales les falta algo que el ser humano debe desarrollar aquí, en el plano físico, a lo largo de toda la evolución terrestre. Este elemento específico no se encuentra en absoluto en los «yos» grupales de los animales. Se trata del elemento del amor, todo lo que es amor: desde la forma más sencilla del amor de sangre entre los seres emparentados, hasta el amor ideal más elevado de una hermandad humana universal. Este elemento es precisamente el que la humanidad desarrolla a lo largo de la evolución terrestre. Los «yos» grupales animales también tienen sentimientos, sensaciones e impulsos de voluntad. Desarrollar el amor es precisamente la misión del ser humano aquí en la Tierra; eso es lo que les falta a los animales. El elemento fundamental del «yo» grupal de los animales es la sabiduría, del mismo modo que el elemento fundamental del «yo» humano es el amor.

Si ahora queremos comprender cómo debemos percibir, dentro de la naturaleza que nos rodea, las manifestaciones de estos «yos» grupales animales, solo tenemos que recordar que todo lo que nos rodea son manifestaciones de acontecimientos espirituales y de entidades espirituales. Quien no esté dotado de capacidades clarividentes no puede, por supuesto, dar ningún «paseo» por el plano astral, en el que se encontrara allí con la población de «yos» grupales animales, del mismo modo que aquí, en el planeta Tierra, se encuentra con los «yos» humanos físicos. Pero incluso quien no es clarividente puede percibir aquí, en el plano físico, los efectos y las acciones de lo que hacen los «yos» grupales. Puede percibir cómo, cada año, al acercarse el otoño, las aves vuelan en dirección noreste-suroeste hacia las regiones más cálidas, y cómo, a su vez, regresan siguiendo rutas muy concretas cuando se acerca el verano. Si se comparan las trayectorias individuales en función de su altura y dirección para cada especie de ave, uno empieza a intuir que en todo ello hay sabiduría, una profunda sabiduría. ¿Quién dirige todo esto? Lo dirigen los «yos» grupales de los animales. Todo lo que realizan las distintas especies animales aquí, en nuestro planeta, es un efecto, es una acción del «yo» grupal animal. Y si observan estas acciones del «yo» grupal animal, descubrirán, en esencia, que estos «yos» grupales animales abarcan la circunferencia de la Tierra, que se despliegan como fuerzas a lo largo de ella. La Tierra está rodeada de fuerzas de lo más variado, de fuerzas que recorren la Tierra siguiendo los más diversos trazados, en líneas rectas, curvas y serpenteantes. El ser humano solo puede percibir estas fuerzas aquí a través de sus efectos, de sus manifestaciones. Cuando capta estas manifestaciones, puede intuir lo que, mediante la capacidad clarividente, le acerca a los «yos» grupales de los animales. Así podemos aprender a adentrarnos en la sabiduría que se manifiesta en nuestro reino animal. Lo que hacen los géneros y las especies nos revela algo de las acciones de los «yos» grupales de los animales.

La situación es diferente en el caso del mundo vegetal. También en el mundo vegetal se le presenta al observador ocultista una serie de «yos», pero el número de «yos» existentes en el mundo vegetal es mucho menor que en el mundo animal; su número es más limitado. A su vez, hay grupos enteros de plantas que pertenecen a un «yo» común, y estos se encuentran, cuando los buscamos, en un mundo aún más elevado. Mientras que los «yoes» grupales de los animales se encuentran en el plano astral y se manifiestan en la astralidad que envuelve y rodea nuestro círculo terrestre, los «yoes» grupales de las plantas se encuentran en las partes inferiores del plano del Devachán, en lo que, según la teosofía, solemos denominar las partes de Rupá del plano del Devachán. Allí viven como personalidades independientes; al igual que aquí los seres humanos, allí se mueven los «yos» grupales de las plantas. Junto a otros seres que ni siquiera tienen un cuerpo físico, los «yos» de las plantas se encuentran allí y conforman la población del plano inferior del Devachán.

¿Cómo puede el ser humano adentrarse en la percepción de los «yos» colectivos vegetales? La percepción en sí misma está, en última instancia, ligada al desarrollo de las capacidades clarividentes. Pero este desarrollo avanza desde los niveles inferiores hacia arriba, cada vez más y más alto. Lo primero que hay que desarrollar para poder ascender siquiera a estas capacidades es el sentimiento y la sensibilidad hacia el tema. Las verdaderas capacidades clarividentes se basan siempre, en primer lugar, en el desarrollo de sentimientos y sensaciones, pero no de los sentimientos triviales y egoístas, no; sino de sentimientos más profundos y abnegados. Eso es algo completamente distinto.

Al observar la planta, hay que prestar atención, sobre todo, a que la planta desarrolle sus raíces en el suelo, a que su tallo crezca hacia arriba, a que despliegue las hojas hacia arriba y a que estas se transformen gradualmente en sépalos y en corola, en la que luego se forma el fruto. Es importante que no podamos comparar la planta con el ser humano de esta manera. No se debe comparar al ser humano con la planta de tal manera que equiparemos la cabeza del ser humano con la corola de la planta y sus pies con la raíz. Eso es totalmente erróneo. En las escuelas ocultistas siempre se ha señalado y se ha dicho: «Debéis comparar la planta y el ser humano». Pero debéis compararlos de tal manera que equiparéis la cabeza del ser humano con la raíz de la planta. - Así como la planta orienta su raíz hacia el centro de la Tierra, el ser humano orienta su cabeza hacia el espacio cósmico; y así como la planta orienta castamente su flor y sus órganos reproductores hacia el sol, el ser humano orienta pudorosamente sus órganos reproductores precisamente hacia donde la planta orienta su raíz, hacia abajo. Por eso se dice en el ocultismo: «El ser humano es la planta invertida». - La planta parece un ser humano puesto boca abajo; el animal se sitúa en un punto intermedio.

En lo que normalmente se denomina «planta» solo están presentes el cuerpo físico y el cuerpo etérico de la planta. Pero la planta también tiene su cuerpo astral y su yo. ¿Dónde se encuentra, pues, el cuerpo astral y dónde el yo de la planta? Podemos preguntarnos por su ubicación, pues se trata solo de una definición general del asunto cuando se dice que el yo grupal de las plantas se encuentra en el plano inferior del Devachan. Podemos indicar con total precisión dónde se encuentra el cuerpo astral de las plantas y dónde está su Yo. El cuerpo astral de las plantas —y, concretamente, el cuerpo astral de todas las plantas que existen en nuestro planeta— es el mismo que el cuerpo astral de la propia Tierra, de modo que la planta está inmersa en el cuerpo astral de la Tierra. En cuanto a su ubicación, los Yos de las plantas se encuentran en el centro de la Tierra. Desde el punto de vista oculto, podemos concebir la Tierra como un gran organismo, como un ser vivo que tiene su cuerpo astral; y las plantas individuales que hay en nuestra Tierra son sus miembros. Estas solo han desarrollado, de forma individual y por separado, el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En cada planta, en cada lirio, en cada tulipán y así sucesivamente, no hay conciencia; la Tierra tiene su propia conciencia, su cuerpo astral y su «yo». Pero no solo hay «yos» vegetales; además, también hay otras entidades espirituales. No debe plantearse la cuestión de si todas caben. Están entrelazadas y allí conviven muy bien. Por lo tanto, si se observa una planta individual, solo se le pueden atribuir las características de un cuerpo físico y de un cuerpo vital, pero no una conciencia como ser individual. Sin embargo, las plantas tienen conciencia, y esta está vinculada a la conciencia de la Tierra; forma parte de la conciencia de la Tierra. Así como nosotros, los seres humanos, tenemos una conciencia que abarca lo alegre y lo triste, y ambas se interpenetran mutuamente, así también los cuerpos astrales individuales de las plantas interpenetran el cuerpo astral de la Tierra, y los «yo» de las plantas interpenetran el centro de la Tierra. La planta viva ocupa en el organismo de nuestra Tierra la misma posición que la leche en el organismo animal. Hay fuerzas astrales similares que subyacen tanto cuando la planta brota de la tierra, reverdece y florece, como cuando la vaca da leche. Si arranca una planta con la flor, eso no supone una sensación desagradable para la Tierra. La Tierra tiene su cuerpo astral y en él tiene sus sensaciones, y cuando arranca una planta, siente lo mismo que siente la vaca cuando el ternero succiona la leche: experimenta una especie de bienestar. Si retira lo que ha crecido del suelo, la Tierra ya no tiene esa planta concreta —y, por tanto, ese bienestar—. En cambio, si arranca la planta de raíz, para la tierra es como si le arrancara la carne a un animal: siente una especie de dolor.

Si nos adentramos en ello, pero no solo en términos abstractos de «yo» colectivo, sino de tal manera que transformemos esos conceptos abstractos y vacíos en sentimientos y sensaciones, entonces aprenderemos a convivir con los procesos de la naturaleza; nuestra observación de la naturaleza se convertirá en una sensación viva. Cuando luego, en otoño, paseamos por los campos y vemos al hombre con la guadaña segando el cereal, intuiamos que, en la misma medida en que la guadaña recorre las briznas y las corta, algo así como vientos espirituales soplan sobre el campo, infundiendo una sensación de bienestar. Así es. Lo que el clarividente ve en el cuerpo astral de la Tierra es el fundamento espiritual de lo que acabamos de describir. Para quien penetra en estas cosas, la siega del cereal no es un proceso indiferente. Del mismo modo que en una persona, ante una u otra experiencia, se siente y se ve que surgen formaciones astrales de un tipo muy concreto, así también se ven en otoño, barriendo los campos, estas expresiones astrales del bienestar de la Tierra. Es diferente cuando el arado traza surcos en la tierra y remueve las raíces de las plantas. Arar la tierra con el arado le causa dolor; vemos cómo brotan de ella signos de dolor. Frente a lo que se acaba de decir, se podría objetar muy fácilmente que, en determinadas circunstancias, sería mejor arrancar las plantas de raíz y trasplantarlas, en lugar de recorrer un prado y arrancar sin motivo todas las flores posibles. Una objeción así puede ser totalmente válida desde un punto de vista moral, pero aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Es posible que, en determinadas circunstancias, para una persona que empieza a tener canas, sea mejor arrancarse las primeras canas si lo considera adecuado por razones estéticas, pero eso no le deja de doler. Son puntos de vista totalmente distintos cuando decimos: «Arrancar las flores beneficia a la tierra», y cuando decimos: «Desenterrar la planta de raíz le hace daño a la tierra». [Laguna en las notas.] La vida, en general, llega al mundo a través del dolor. El niño que nace causa dolor a la madre que da a luz. Este es un ejemplo de cómo debemos aprender no solo a reconocer el entorno, sino también a empatizar con la naturaleza. Esto se extiende hasta el reino mineral. Los minerales también tienen su «yo», solo que el «yo» de los minerales se encuentra a un nivel aún más elevado; está situado en las partes superiores del plano del Devachán, que la literatura teosófica suele denominar «Arupa-Devachán». Estos «yos» grupales de los minerales son seres parcialmente autónomos, al igual que lo son los «yos» humanos en el plano físico, los «yos» grupales de las plantas en el plano inferior del Devachán y los «yos» grupales de los animales en el plano astral. En el plano físico, los minerales solo tienen un cuerpo físico, pero también cuentan con un cuerpo astral y un cuerpo etérico. El vidente percibe las conexiones vivas; sabe que, cuando sale a una cantera y ve allí a los trabajadores extrayendo piedras, allí se percibe algo similar a lo que se siente al intervenir en la carne de un organismo. Y mientras los trabajadores están allí trabajando, fluyen corrientes astrales a través del reino mineral. Lo que pertenece al mineral como cuerpo astral se encuentra en las partes inferiores del plano del Devachán, y el «yo» de los minerales se encuentra en las partes superiores del plano del Devachán. El «yo» grupal de las piedras siente dolor y placer. Cuando se rompen piedras, el «yo» grupal mineral siente placer, satisfacción. A primera vista, esto parece paradójico, y sin embargo es así. Quien solo piense en analogías podría creer que, al romper una piedra, a esta le duele tanto como si se le hiciera daño a un ser vivo. Pero cuanto más rompa la piedra, mayor será la sensación de bienestar del yo mineral. Ahora pueden preguntarse: ¿cuándo siente dolor el yo mineral? Puede percibirse el dolor del yo mineral con el siguiente ejemplo. Tomen un vaso de agua en el que se haya disuelto sal de cocina. A continuación enfríen el agua del vaso hasta que la sal se precipite en forma de cristales sólidos, de modo que la sustancia mineral vuelva a solidificarse. En este proceso de precipitación de la sustancia sólida surge el dolor. Del mismo modo, surgiría dolor si volviera a unir todos los trozos en los que ha partido una piedra para formar una piedra entera. En el «yo» grupal de los minerales surge siempre una sensación de placer cuando el mineral se disuelve, y una sensación de dolor cuando se solidifica. Se produce una sensación de bienestar al disolver sal en agua caliente, y una sensación de dolor cuando, al enfriar el agua, se produce la cristalización de la sal.

Si nos lo imaginamos en un contexto más amplio, en un contexto cósmico, podremos descubrir cómo la formación de nuestra Tierra y la de nuestros minerales están relacionadas con un proceso de este tipo. Si remontamos la formación de nuestra Tierra muy atrás en el tiempo, nos encontramos con temperaturas cada vez más elevadas, con un calor cada vez mayor en nuestro planeta; y en la época lemúrica nos encontramos con un estado de la Tierra en el que las rocas estaban disueltas, en el que incluso los minerales que ahora se han cristalizado de forma totalmente sólida fluían, como hoy en día fluye el hierro en las fundiciones cuando se funde. Todos nuestros minerales han pasado por un proceso como el que tienen ante ustedes a pequeña escala, cuando, al enfriarse el agua en un vaso, la sal disuelta se deposita. Así es como todo en la Tierra se fue solidificando y compactando. Esta solidificación se produjo de tal manera que mediante dicha contracción, gradualmente se fueron incrustando en la Tierra líquida cristales sólidos. Solo gracias a esta solidificación pudo la Tierra convertirse en el lugar donde habita la humanidad física actual.

Sin embargo, este endurecimiento debe entenderse en el sentido de que alcanzó su punto álgido en un momento determinado. En cierta medida, ese punto álgido ya se ha superado; hoy en día ya se observa, en parte, un proceso de desintegración. Cuando la Tierra haya alcanzado su meta, cuando los seres humanos se hayan purificado y espiritualizado hasta tal punto que ya no puedan extraer nada más de la Tierra, entonces la propia Tierra también se espiritualizará a su vez. Entonces, todos sus incrustaciones minerales se habrán vuelto finas y etéreas, de modo que la Tierra pueda pasar a un estado astral, el mismo que tenía antes de volverse física. El proceso de disolución física es un estado de transición hacia ello.

Si observamos la Tierra, en el momento en que se preparaba para convertirse en el escenario firme, el sustrato sólido sobre el que caminamos en nuestra etapa actual de desarrollo, vemos que se trata de un proceso continuo de sufrimiento de la Tierra. A medida que se va volviendo cada vez más sólida, sufre y «gime de dolor». Nuestra existencia se ha ido forjando por medio de su dolor. Y encontramos una intensificación de este dolor hasta la primera parte de la denominada era atlante. A partir del momento en que el ser humano logra gradualmente su propia purificación, la Tierra también alcanza a su vez, la liberación del dolor y el sufrimiento. Este proceso aún no ha avanzado mucho. La mayor parte del suelo firme que se encuentra bajo nuestros pies sigue sufriendo hoy en día, y cuando dirigimos hacia él nuestra mirada clarividente, lo sólido se nos revela como un suspiro del ser terrestre. Quien estudie estos hechos desde la perspectiva de lo oculto y luego los encuentre reflejados en las grandes escrituras religiosas, comprenderá desde qué profundidades del mundo espiritual se escribieron dichos textos. Así nos invade cada vez más un sentimiento de veneración hacia estos documentos religiosos. Gracias a nuestra experiencia, al observar los hechos del mundo exterior, podemos reconocer empíricamente cuáles son los fundamentos reales que subyacen a la afirmación de Pablo: «Toda la naturaleza gime con dolores, esperando la adopción como hijos». Traten ustedes de interpretar esta frase de Pablo: todo proceso de formación en la Tierra es un devenir entre dolores, una contracción hacia lo firme entre dolores, para que después pueda llevarse a cabo, en sus seres, la «adopción como hijos», la espiritualización.

En lo que se denomina «formación esotérica auténtica», debemos partir de aquellas imágenes de nuestro entorno que, al contemplarlas, despiertan sentimientos en nuestro interior. En primer lugar, se empieza por transmitir al alumno que desea seguir una formación aquellas ideas y conceptos que le capaciten para no limitarse a contemplar lo que ocurre en la naturaleza como un mero proceso externo, sino para sentirlo con toda su alma como una experiencia interior: cómo se forma nuestra Tierra, cómo se consolida, cómo actúa el dolor. Esta imagen del dolor representa un hecho espiritual real. En el verdadero ocultismo, las imágenes no son inventadas, sino que se deducen de hechos espirituales reales. Ni la filosofía, ni la especulación, ni siquiera la mayor perspicacia pueden desentrañar una imagen así; solo el conocimiento de los hechos de los mundos superiores conduce a su comprensión. En el ocultismo, todas las imágenes son expresión de hechos espirituales.

Hoy solo quería señalarles cómo aquello que asimilamos en la teosofía elemental como ideas, conceptos e imaginaciones nos conduce gradualmente a las experiencias; y cada imagen en el ocultismo se extrae únicamente de las experiencias. Si toman ustedes, por ejemplo, la conocida imagen de la esvástica, podrán encontrar en los distintos escritos las interpretaciones más perspicaces sobre esta imagen. ¿Cómo llegó originalmente al ocultismo? Esta imagen no es más que el reflejo de lo que llamamos órganos sensoriales astrales. Mediante un determinado procedimiento, mediante el entrenamiento, el ser humano puede desarrollar órganos sensoriales astrales. Estas dos líneas (se dibujan) son, en realidad, movimientos en el cuerpo astral, que el clarividente percibe como ruedas de fuego o como flores. Se denominan flores de loto.

Para estas ruedas o flores de loto, —de las cuales, por ejemplo, la de dos pétalos se encuentra en la zona de los ojos y la de dieciséis pétalos, en la zona de la laringe—, para estos órganos sensoriales astrales, que se manifiestan como fenómenos luminosos en el mundo astral, el símbolo, la imagen, es la esvástica. O tomemos otro símbolo, el llamado pentagrama. No es mediante la especulación ni mediante la filosofía como se puede descubrir el significado original del pentagrama. El pentagrama es una realidad; es una imagen que representa la acción de corrientes, de corrientes de fuerzas, que se encuentran en el cuerpo etérico del ser humano. En el ser humano discurre una cierta corriente de fuerza que asciende desde el pie izquierdo hasta un punto determinado de la cabeza, desde allí al pie derecho, de ahí a la mano izquierda, de ahí a través del cuerpo, pasando por el corazón hasta la mano derecha, y desde allí de vuelta al pie izquierdo, de modo que se puede trazar en el ser humano —en su cabeza, sus brazos, manos, piernas y pies— el pentagrama.

Deben imaginárselo como una acción de fuerzas, no simplemente como una figura geométrica. En el cuerpo etérico del ser humano se encuentra el pentagrama. Las acciones de las fuerzas siguen exactamente estas líneas del pentagrama. Las líneas pueden adoptar las más variadas deformaciones, pero siempre permanecen trazadas en el cuerpo humano como un pentagrama. El pentagrama es una realidad etérica, no un símbolo, sino un hecho.

Así, cada símbolo en el ocultismo es una imagen de un hecho del mundo espiritual. Solo entonces se comprende su significado, cuando se puede hacer referencia al mundo en el que ese hecho tiene su origen. Por eso, ni siquiera la mayor perspicacia puede conducir a la interpretación de los signos ocultos. Solo a partir de la experiencia [de los mundos espirituales] se puede descubrir el significado de los signos y símbolos ocultos, y solo al comprender su significado puede el ser humano empezar a... Por eso no es en absoluto inútil que se le comunique y se le cuente algo que, en un primer momento, se haya descubierto gracias a la capacidad clarividente. Y, a partir del hecho investigado, el ser humano puede, a su vez, ser conducido de vuelta a las causas de ese mismo hecho.

Lo mismo ocurre con los signos y símbolos que con las antiguas leyendas y mitos. Es una teoría teórica de los eruditos que sostiene que las leyendas y los mitos fueron inventados por la poesía popular. El pueblo no compone poesía. Todas las leyendas y mitos son vestigios de una época en la que el ser humano aún poseía, hasta cierto punto, dotes clarividentes. Lo que se nos cuenta en las leyendas y mitos europeos son registros de hechos que los seres humanos contemplaron en el pasado. Todo lo que aparece en estas leyendas, cuentos y mitos fue percibido originalmente de forma clarividente y constituye el relato posterior de experiencias clarividentes originales. Eso es, en definitiva, la mitología: el relato posterior de experiencias clarividentes.

Aún hoy podemos seguir en el plano astral todos los acontecimientos que se narran en la mitología. Las hazañas de Wotan u Odín son hechos reales. Debemos buscar la realidad más allá de los signos ocultos, los símbolos y las visiones. Y cuanto menos nos dejemos llevar por la tentación de interpretar estos signos a partir de especulaciones, mejor.

Así pues, este ciclo de conferencias nos introducirá en el sentido factual del ocultismo. Ningún signo es inventado ni imaginado, sino que es la representación o reproducción de un acontecimiento real en el mundo espiritual. Y todos los relatos que encontramos en las mitologías son una reproducción de lo que los seres humanos vieron cuando una gran parte de la humanidad aún poseía dotes clarividentes.

Traducido por J.Luelmo