CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA101 Köln, 27 de diciembre de 1907 - Yo grupal y yo individual -

  Índice

 

RUDOLF STEINER

 - Yo grupal y yo individual  -

XIII conferencia
Köln, 27 de diciembre de 1907

Tras la introducción de ayer, hoy vamos a entrar directamente en materia y analizar algunos signos y símbolos muy característicos.

Ayer destacamos que solo el ser humano, tal y como vive aquí en el plano físico, tiene un alma individual, un «yo», y que los animales que nos rodean tienen un «yo» grupal, un alma grupal, que vive en el plano astral y se encuentra allí como una entidad independiente. Así pues, si los contemplamos espiritualmente, el reino animal y el reino humano se contraponen como alma grupal o «yo» grupal y como «yo» individual. Ahora bien, no debemos imaginarnos que en el universo no existan en absoluto transiciones entre las distintas entidades. Es cierto que la afirmación de que «la naturaleza no da saltos» no es en absoluto cierta para el ocultista, pero las transiciones se encuentran por todas partes. Y así, también se encuentra una transición entre las almas grupo del reino animal y el alma individual del ser humano. Sería erróneo imaginar que el ser humano, nada más entrar en la existencia terrenal, hubiera tenido un alma individual perfecta, y que esta se encarnara ahora de la misma manera una y otra vez aquí en la Tierra. Más bien ocurre que el ser humano actual se encuentra en una transición gradual que partió de un alma grupal, que poseía en tiempos inmemoriales, hacia el alma individual perfecta, que aún hoy no posee. Se encuentra todavía en el camino hacia la integración completa de su alma individual en su cuerpo físico. Solo poseerá esta alma individual perfecta cuando la existencia terrenal esté más o menos completada. Para la gran mayoría de las personas, hoy en día su «yo» es un producto intermedio entre un «yo» grupal y un «yo» individual. Cuanto más nos remontamos al pasado, más se asemeja el «yo» humano a un «yo» grupal. En los inicios de la existencia terrenal, cuando las almas acababan de descender de los mundos divinos a nuestro plano físico, las almas humanas eran aún «yos» grupales. Varias personas formaban parte de un grupo que tenía un alma común, un «yo» grupal.

Por un lado, queremos dejar esto claro. Por otro lado, vamos a examinar ahora más de cerca los miembros de la naturaleza humana. Como ya saben de sobra, pues se ha repetido una y otra vez, el ser humano tiene, en primer lugar, cuatro miembros de su ser: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral y el «yo». Y este «yo», si lo observamos con más detenimiento, nos parece a su vez dividido en tres partes, que conocemos con los nombres de: alma sensible, alma racional o emocional y alma consciente. Es en el alma sensible y en el alma racional o emocional cuando comienza a surgir el «yo» autónomo, y solo en el alma consciente encontramos el primer indicio del «yo» auto consciente. Es entonces cuando también comienza a manifestarse gradualmente en el ser humano lo que se denomina el quinto miembro de su ser: el yo espiritual o Manas. Así pues, en el ser humano actual tenemos la siguiente estructura: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral; luego, íntimamente unida al cuerpo astral, el alma sensible, que parece estar incrustada en él; a continuación, el alma racional y el alma consciente; y, a su vez, integrado en el alma consciente, —que es el verdadero yo—, el yo espiritual o Manas. Así es, más o menos, como deberíamos imaginarnos al ser humano actual.

Ahora debemos tener claro cuál de estos miembros humanos es el más desarrollado, el más perfecto. Algunos de ustedes ya me habrán oído decir que, —tal y como está desarrollado el ser humano hoy en día—, el cuerpo físico es el miembro más desarrollado, el más perfectamente desarrollado. Pero no hay que confundir «más desarrollado y más perfecto» con «de naturaleza superior». Ciertamente, el cuerpo etérico y el cuerpo astral son, en cuanto a su grado, de naturaleza superior al cuerpo físico, pero el cuerpo etérico y el cuerpo astral solo alcanzarán la perfección de su desarrollo en el futuro. En su género, el cuerpo físico es hoy el miembro más perfecto del ser humano. Quien estudie el cuerpo físico, no solo desde el punto de vista anatómico y fisiológico, sino penetrando en su alma y en su corazón, se quedará maravillado ante la inmensa sabiduría que está incorporada en el cuerpo físico. Nuestro cuerpo físico nos muestra, incluso en cada una de sus partes más pequeñas, una estructura perfecta y sabia. Si, por ejemplo, tomamos de este cuerpo físico solo un trozo del fémur, —la parte superior del fémur—, veremos que no se trata de una masa compacta, sino de una estructura sabia, maravillosamente ensamblada a partir de pequeñas vigas. Si observa cómo se unen esas delicadas vigas, descubrirán que todo está construido de tal manera que, con el mínimo gasto de material, se genera la mayor cantidad de fuerza posible, de modo que el torso pueda sostenerse gracias a estas dos columnas que son los fémures. Ni siquiera la ingeniería más avanzada es capaz hoy en día de construir un puente o cualquier estructura con tal sabiduría, en la que se desarrolle un grado tan elevado de fuerza con un gasto tan reducido de material. La sabiduría humana se queda muy, muy atrás respecto a la sabiduría con la que está construido el cuerpo físico humano. Lo mismo ocurre con todas las partes del cuerpo físico. Si se observa el cerebro junto con el sistema nervioso, es una obra maestra. Y si se observa el corazón humano, que apenas se encuentra en el camino hacia su perfección y que alcanzará grados mucho, mucho más elevados de perfección, ¡es algo maravilloso! Si se compara esta perfección del cuerpo físico con el cuerpo astral, con sus impulsos, instintos y pasiones, debemos decir: Aunque algún día estará por encima del cuerpo físico, hoy en día se encuentra todavía en un nivel relativamente inferior. En todo lo que el ser humano desarrolla hoy en día en forma de deseos de placeres, inflige cientos y cientos de ataques al cuerpo físico. Todo lo que el ser humano desea y satisface mediante los placeres que se procura, como el alcohol y todo tipo de cosas, son, en el fondo, auténticos venenos para el corazón, con los que ataca continuamente la estructura de sabiduría y maravilla de su cuerpo físico. Se necesitará mucho tiempo de evolución hasta que el cuerpo astral alcance el nivel de perfección que el cuerpo físico ya posee hoy en día.

Según la teoría de la evolución que nos ofrece nuestra cosmología teosófica, ustedes saben que el cuerpo físico ya estaba preestablecido en el antiguo Saturno y que fue pasando por sucesivos grados de perfeccionamiento a lo largo de la evolución del Sol, la Luna y la Tierra. Saben que en la segunda etapa, en el antiguo Sol, se añadió el cuerpo etérico, que, por lo tanto, se encuentra hoy en un grado inferior de evolución que el cuerpo físico. Saben que en la antigua Luna se añadió el cuerpo astral; este solo ha atravesado la evolución lunar y la parte de la evolución terrestre que hemos recorrido hasta ahora. El «yo» no se ha incorporado hasta la Tierra; es el «bebé» entre los cuatro miembros de la naturaleza humana. En realidad, esa sabiduría de la que hablamos ayer, la que impregna las almas grupo de los animales, está grabada en el cuerpo físico del ser humano; se ha trasladado al cuerpo físico individual del ser humano, que está construido con sabiduría. El cuerpo etérico del ser humano se encuentra aún en camino hacia su plenitud; a lo largo de su evolución terrenal, absorberá en sí mismo todo lo que necesite para alcanzar su plenitud.

Cuando la Tierra haya alcanzado su objetivo, pasará al estado astral y, posteriormente, a estados aún más elevados, para transformarse más tarde en un planeta que sustituirá a la Tierra y al que denominamos Júpiter. Entonces, el cuerpo etérico del ser humano habrá alcanzado su plenitud, del mismo modo que en la Tierra el cuerpo físico del ser humano ha alcanzado su plenitud. En la siguiente encarnación de la Tierra, a la que solemos denominar el futuro Venus, el cuerpo astral del ser humano habrá alcanzado su plenitud; se encontrará entonces en el nivel en el que hoy se encuentra el cuerpo físico y en el que, en el siguiente estado planetario, se encontrará el cuerpo etérico. Y, por último, cuando la Tierra haya alcanzado el estado de vulcano, nuestro «yo» habrá alcanzado su plenitud. De modo que, en realidad, podemos decir: en la Tierra, solo es humano el cuerpo físico del ser humano; en el próximo estado planetario de nuestra Tierra, el cuerpo etérico del ser humano será humano; entonces estará impregnado de lo que la Tierra es capaz de dar al ser humano: el amor.

Lo que hoy en día el cuerpo físico del ser humano posee como características propias, se lo debe a la antigua Luna. En el ocultismo, a la antigua Luna se la denomina el cosmos de la sabiduría. En aquella época, en la antigua Luna, se fue preparando poco a poco aquello que ahora se encuentra en el cuerpo físico del ser humano. Y así como lo que constituye nuestro cuerpo físico se impregnó de sabiduría en la Luna, así también el cosmos del amor prepara lo que encontrarán en el posterior estado de Júpiter de la Tierra: el cuerpo etérico completamente impregnado del elemento del amor. Y así como hoy admiramos un fragmento de hueso del cuerpo físico por su sabiduría, así, —si se nos permite hablar en términos comparativos—, los seres de Júpiter admirarán el cuerpo etérico, porque está impregnado de amor del mismo modo que el cuerpo físico en la Tierra está moldeado por la sabiduría.

Si se tiene esto en cuenta, se llega a la conclusión, al reconocimiento del hecho de que solo el cuerpo físico del ser humano es, en realidad, el verdadero ser humano, el que se encuentra realmente en el nivel de humanidad. El cuerpo etérico humano aún no se encuentra en el nivel de humanidad, sino que aún está en el nivel de la animalidad, y el cuerpo astral humano se encuentra todavía en el nivel de la vegetalidad. Cuando duerme por la noche y su cuerpo astral se separa, el cuerpo físico y el cuerpo etérico se sumergen en un dormir sin sueños; ese es el estado en el que se encuentra constantemente lo vegetal. El cuerpo astral del ser humano, en lo que respecta a su estado de conciencia, se encuentra en el nivel vegetal. El «yo» se sitúa, por su parte, en el nivel del reino mineral. El estado de conciencia del ser humano como «yo» se encuentra sin duda alguna en el nivel del reino mineral. Traten ustedes de auto  examinarse de acuerdo con esta verdad para ver de qué conocimientos pueden disponer; traten de reconocerlo correctamente. ¿Qué puede comprender el ser humano? Puede comprender las leyes físicas del reino mineral, según las cuales puede construir máquinas y fábricas, erigir edificios, etcétera. Todo esto ocurre según las leyes físicas del reino mineral. Ya en el caso de los vegetales, el ser humano afirma con razón que con el intelecto no alcanza a comprender la vida en sí misma. Llegará un día en que el ser humano comprenderá las plantas del mismo modo que hoy comprende los minerales; entonces también podrá construir las plantas, del mismo modo que hoy construye sus catedrales, sus casas y sus máquinas según las leyes del reino mineral. Son todas leyes del reino mineral las que impregnan el yo.

La ciencia espera que se cumpla su ideal de crear algún día seres vivos en el laboratorio. No podrá hacerlo mientras la humanidad no haya alcanzado un cierto nivel necesario de desarrollo moral. Sería terrible que la humanidad ya fuera capaz de hacerlo hoy en día. Del mismo modo que hoy se fabrica un reloj según leyes minerales, o se construye una casa, en el futuro el ser humano creará lo vivo según las leyes de lo vivo. Pero entonces tendrá que ser capaz de infundir la propia vida a lo vivo. Quien se encuentre entonces ante la mesa del laboratorio deberá, a partir sí mismo, ser capaz de transmitir esas, —llamémoslas—, vibraciones que hay en su propio cuerpo etérico a aquello que debe ser animado. Si es una buena persona, transmitirá el bien; si es una mala persona, transmitirá el mal. Pero hay una máxima en el ocultismo: el conocimiento de la Logia Blanca, que se denomina el secreto de la creación de la vida, no se revelará a la humanidad hasta que el ser humano haya aprendido el secreto del sacramentalismo.

El «sacramentalismo» es una expresión que indica que la acción humana debe estar impregnada de perfección moral, de santidad. Solo cuando la mesa de laboratorio en la que el hombre realiza su trabajo se convierta para él en un altar, y su acción sea sagrada, estará preparado para que se le revele este conocimiento. Pensemos en la gente de hoy, con todo su materialismo: ¡cuán lejos está hoy su mesa de laboratorio de un altar!

Vean cómo se eleva la conciencia del ser humano, pasando de la conciencia mineral a la conciencia vegetal. De nuevo, se trata de una máxima oculta: el ser humano solo alcanzará el estado de la conciencia vegetal cuando ya no sea capaz de separar su propio bien del bien de todos los demás seres humanos. Mientras el individuo busque su propio bien a costa de otros, no se habrá alcanzado el estado en el que la conciencia pueda elevarse un peldaño más.

Así pues, solo con el cuerpo físico nos situamos en el nivel del ser humano propiamente dicho; con el cuerpo etérico, aún en el nivel de lo animal; con el cuerpo astral, en el nivel de lo vegetal; y con el «yo», en el nivel de lo mineral. De estas verdades, retengamos una: con nuestro cuerpo etérico nos situamos en el nivel de lo animal. - El cuerpo etérico se transforma cada vez más, a lo largo de la existencia terrenal, hacia el nivel del ser humano. Se impregna cada vez más de ese amor que ya no puede separar el bien del individuo del bien de los demás. Del mismo modo que primero desarrollamos el cuerpo físico y lo elevamos hasta el nivel humano, ahora el cuerpo etérico —y más tarde también el cuerpo astral y el «yo»— se elevarán hasta el nivel humano. El «yo» se encuentra todavía en el nivel mineral; no se ha integrado en el ser humano hasta su llegada a la Tierra.

Veamos ahora la relación que existe entre nuestra alma, —es decir, nuestra alma sensible, nuestra alma racional, nuestra alma consciente y el yo espiritual o Manas, incluido en el alma consciente—, y nuestro cuerpo etérico. Nuestro cuerpo etérico se sitúa, de hecho, al nivel del animal. Debajo (se escribe en la pizarra —véase el esquema: de abajo hacia arriba—), al nivel del ser humano, tenemos el cuerpo físico. De momento dejamos de lado el cuerpo etérico (véanse los puntos del esquema). Nuestro cuerpo astral, en el que está encerrada el alma sensible, —que es el primer eslabón de nuestra alma—, se sitúa al nivel de la planta; luego tenemos el alma racional. Todo ello se sitúa en el nivel de la planta. Más arriba tenemos entonces el «yo» o el alma consciente, en la que está incluido el yo espiritual o Manas, en la medida en que ya se puede encontrar en el ser humano actual.

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

...

Humano

Cuerpo físico


En un primer momento, hemos omitido el cuerpo etérico en el nivel del animal. Ahora debemos tener claro que, de cierta manera en cada miembro del ser humano, se expresan los demás miembros. Así, el cuerpo físico del ser humano expresa en primer lugar en sí mismo la manifestación del propio cuerpo físico. Encontramos el principio físico expresado en el cuerpo físico cuando observamos los órganos sensoriales. Así, en el ojo hay una especie de cámara fotográfica, y en el oído, una especie de piano. En resumen, en los órganos sensoriales se expresa el propio principio físico. Si observamos las glándulas humanas, encontramos en ellas la expresión del cuerpo etérico; en el sistema nervioso tenemos la expresión del cuerpo astral, y en la sangre tenemos la expresión del «yo». «¡La sangre es un fluido muy especial!». Quien tiene la sangre, tiene el yo del ser humano. Si el diablo tiene la sangre del ser humano, tiene el yo.

Así, en el cuerpo físico del ser humano se manifiesta cada uno de los demás miembros, en la medida en que se adentra en él. La sangre late de forma inconsciente, porque el «yo», en la medida en que actúa en ella, es inconsciente de sus procesos físicos. Del mismo modo que en el cuerpo físico se manifiesta la esencia de sus miembros, también en el cuerpo etérico se manifiesta la esencia de los demás miembros, solo que allí no se manifiesta de forma «humana», sino «animal», y concretamente en la forma de ciertos animales, en una forma que guarda cierta semejanza con nuestras formas animales externas. Así, lo que se encuentra debajo del cuerpo etérico, el cuerpo físico, se manifiesta como una sombra; a esta parte del cuerpo etérico, en la que se expresa el miembro físico del ser humano, se la denomina «hombre» (se escribe en la pizarra). Al cuerpo astral, el alma sensible que se expresa en el cuerpo etérico, se le llama «león» debido a la semejanza de su forma etérica; al alma racional, que se expresa en el cuerpo etérico, se la denomina «Tauro» o «vaca», y al alma consciente, junto con el yo espiritual, debido a la semejanza que presenta en su forma etérica para la mirada clarividente, se la denomina «águila».

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

Animal

cuerpo etérico

hombre

león

toro

águila

Humano

Cuerpo físico


Así, aquí (esquema) tienen los cuatro signos del Apocalipsis —el hombre, el león, el toro y el águila— como las cuatro manifestaciones de los miembros esenciales del cuerpo etérico humano. De ello se desprende que aquellos de nuestros antepasados que concibieron estos símbolos profundos, estas imágenes de gran significado para la entidad humana, no los crearon a partir de su imaginación, de la filosofía o de la especulación, ni tampoco a partir de ningún tipo de perspicacia, sino a partir del mundo de los hechos, del mundo oculto de los hechos.

Ahora bien, debemos tener claro que estas cuatro manifestaciones no se manifiestan de la misma forma en todas las personas; en unas predomina una de ellas, en otras, otra. No obstante, debemos considerar a toda la humanidad en su evolución. Si ustedes observan dónde se manifiesta con mayor intensidad el propio cuerpo físico, encontraran la expresión más marcada en la raza en declive, la raza roja, en los indígenas americanos, en la configuración particular del sistema óseo que aquí predomina. Si quieren ver dónde se expresa físicamente de manera especial el cuerpo etérico, deben buscarlo en otra raza humana: en la raza negra, en la formación de las glándulas. En la secreción de carbono encontrarán una expresión de la naturaleza vegetal. [Las notas al pie están incompletas en este punto.] A las personas en las que el sistema nervioso se manifiesta con especial intensidad en el plano físico, —y, con ello, también lo sensorial—, las encontrará en la raza malaya; y la raza en la que se manifiesta especialmente el sistema sanguíneo es la raza mongola. La parte de los seres humanos que comienza a desarrollar el principio del manas se encuentra en la raza caucásica. Así se ha elaborado la clasificación de las razas humanas a partir de las verdades ocultas; de este modo, lo que se encuentra en el ser humano actual se distribuye entre toda la humanidad, de tal forma que lo uno o lo otro predomina o pasa a un segundo plano en cada grupo humano.

Estas diferencias también se observan en el cuerpo etérico de los seres humanos. Cuando la mirada clarividente observa el cuerpo etérico, del mismo modo que la mirada física observa el cuerpo físico, encuentra a los seres humanos divididos en seres humanos-hombre, seres humanos-león, seres humanos-tauro y seres humanos-águila. Su «yo» grupal es de naturaleza astral. El clarividente descubre que, en el plano astral, entre el «yo» grupal animal y el «yo» individual humano, se sitúa el «yo» grupal humano. Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más observamos que, en lo que respecta a su cuerpo etérico, los seres humanos adoptan una de estas cuatro formas, y atribuimos a cada uno de estos cuatro grupos de almas un alma grupal humana: a uno, un alma grupal humana; a otro, un alma grupal de león; al tercero, un alma grupal de toro; y al cuarto, un alma grupal de águila. Solo se harían una idea errónea si le dieran demasiada importancia a estos nombres, que se han tomado de formas animales físicas. El cuerpo etérico de los hombres-león se parece mucho más al alma grupal de los leones que al león individual aquí, en el plano físico. El cristianismo ha interpretado, a partir de los evangelistas, que sus almas no son como las almas humanas comunes, sino que abarcan grupos enteros de personas, y, según el carácter interior de sus almas, ha comparado a Mateo con el hombre, a Marcos con el león, a Lucas con el toro y a Juan con el águila. Esto se debe a aquella similitud que el esoterismo cristiano atribuía a las almas de cada uno de los evangelistas. Lo entenderemos con mayor precisión cuando veamos, que el ser humano, se encuentra en un proceso de descenso por un lado, y por otro, en uno de ascenso. Aquí en la Tierra, en el punto más profundo del materialismo, el ser humano adquiere la predisposición hacia el alma individual. El ser humano ha descendido desde los tiempos antiguos, en los que se distinguían con mayor precisión las distintas almas grupo: el hombre-hombre, el hombre-león, el hombre-tauro y el hombre-águila. Cuando los seres humanos vuelvan a ascender en el futuro, conservarán su alma individual y, en un nivel superior y con una conciencia más elevada, volverán a desarrollar lo que antes solo tenían en una conciencia difusa: las cuatro almas grupo. Por eso, en el cristianismo se atribuyen estas cualidades a los evangelistas.

Mantengamos por un momento este concepto de las almas grupales de los seres humanos. Estas almas grupales se manifestaban mucho más en el tiempo, en una sucesión, que en el espacio, en una coexistencia. Si observamos las almas grupales de los animales, por ejemplo, si tomamos un grupo de leones o un grupo de ballenas, vemos que tienen su alma grupal común en el plano astral, en una coexistencia. Sin embargo, cuando observamos las almas grupales humanas, debemos centrarnos más en el tiempo. Una alma grupal humana nace, por así decirlo, en el plano etérico, en la frontera entre los planos físico y astral, en un momento determinado, y en otro momento determinado se transforma de nuevo. Estos cuatro tipos de almas grupales que hemos comentado son solo los cuatro tipos principales, pero existen innumerables etapas intermedias. Solo hemos indicado las formas más características, —el ser humano, el león, el toro y el águila—, que pueden presentarse en todas las combinaciones posibles.

Consideremos un grupo de personas, por ejemplo, una tribu; tomemos cualquiera de las antiguas tribus de Europa Central, por ejemplo, la tribu de los queruscos. Una tribu así surge en algún momento y luego desaparece. El materialista ve en lo que es la tribu de los queruscos, en realidad, solo algo abstracto, un concepto que los mantiene unidos. Pero eso es algo irreal. El ocultista ve en la tribu de los cheruscos un alma grupal que surge, «nace», en el momento en que la tribu de los cheruscos entra en la historia; crece a medida que crece el poder de los cheruscos, y «muere» cuando los cheruscos desaparecen de la historia. Detrás de la tribu de los cheruscos en desarrollo, el ocultista ve una entidad etérica en desarrollo. Ahora bien, existe una diferencia entre una entidad etérica y una entidad física aquí en la Tierra. Una entidad física nace en el plano físico, crece, alcanza su apogeo vital y, a su vez, muere. El nacimiento y la muerte son las características de las entidades del plano físico. No ocurre lo mismo con las entidades que viven en los planos superiores. Si seguimos a las almas grupales de los animales en el plano astral a lo largo de milenios, su surgimiento y su desaparición no pueden expresarse en absoluto con las palabras «nacimiento» y «muerte». Hay algo muy diferente detrás de todo esto. Se trata de una transformación, de una metamorfosis. Si hoy, gracias a sus facultades clarividentes, se encuentra en el plano astral con un alma grupal animal y recuerda una de sus encarnaciones anteriores, tal y como era ese alma grupal animal hace 1.500 años, no se le aparecerá igual que si estuviera observando a una persona más joven. Sin embargo, también verá al alma grupal pasar por la juventud, la madurez y la vejez, pero en la vejez no renuncia a su conciencia, no muere. Se transforma continuamente, sin pasar por la muerte. Pueden remontarse hasta tiempos inmemoriales para seguir el rastro de la alma grupal animal: solo encontrarán metamorfosis, no nacimienton ni muertes.

Algo similar ocurre con las almas grupo, como es el caso de la de la tribu de los cheruscos. Cuando la tribu de los cheruscos aparece en el plano físico como un conjunto de seres humanos físicos, el alma cherusca se acaba de formar; pero no ha nacido, sino que se ha transformado a partir de otra época. Crece con el poder de los cheruscos, alcanza su apogeo cuando la tribu de los cheruscos alcanza el suyo, y cuando la tribu de los cheruscos degenera y desaparece en la historia en el plano físico, el alma de los cheruscos renace en su juventud para convertirse en el alma de otra tribu; se metamorfosea. No existen el nacimiento ni la muerte físicos si consideramos las almas en los planos superiores. El nacimiento y la muerte, tal y como los conocemos, solo existen en el plano físico, no en los planos superiores. La sabiduría oculta lo ha expresado con claridad y, al hacerlo, ha prestado gran atención a las cifras. Se ha intentado establecer una cifra media que indique cuándo surge un alma grupal, —como la que pertenece a una determinada comunidad humana—, cuándo se metamorfosea a partir de otra, cuándo crece y alcanza su apogeo, para luego pasar por una evolución descendente y transformarse en otra alma grupal. Si se establece la esperanza de vida del ser humano en una media de 75 años, —considerando esta cifra como años lunares— y se multiplica por 7, se obtiene la duración de la vida de un alma grupal humana en sus cuatro tipos, hasta su siguiente transformación. Por «7» se entiende aquí «generaciones». Si tenemos en cuenta que se trata de años lunares, llegamos a unos 500 años. Y así se decía en el ocultismo: la vida de un alma grupal dura 500 años; tras 500 años se convierte en otra, renace de sí misma sin perder su conciencia.

Si observamos el «yo» de un alma grupal de este tipo y buscamos un medio de expresión externo para ese «yo» en el plano físico, ese medio es, precisamente, la sangre. Para el ocultista, la sangre es la expresión del fuego, una sustancia abrasada por el fuego. Así como el cuerpo físico humano es la expresión de la tierra, el cuerpo etérico la expresión del agua y el cuerpo astral la expresión del aire, el «yo», que aún no está encadenado al egoísmo, es la expresión del fuego. Por eso decimos, —lo comentaremos mañana—, que la sangre ha encontrado la muerte a causa del egoísmo. El «Yo» del ser humano «se consume en su propio fuego», por sí mismo. Esa es una expresión ocultista. Solo cuando el ser humano supera el egoísmo alcanza la inmortalidad. El «Yo» grupal humano se consume en su propio fuego. Cuando han transcurrido 500 años, se quema y crea a partir de sí mismo una nueva forma. En el ocultismo se representaba esto de tal manera que el yo grupal vive, por lo general, 500 años, luego se quema y vuelve a cobrar vida a partir de su propio fuego, y a esto se le llamaba el «ave Fénix». La hermosa leyenda del ave Fénix tiene aquí su trasfondo real. El fénix es el Yo grupal con las características de los cuatro tipos, que se consume y se renueva tras siete generaciones —una generación calculada con una edad de 75 años lunares—.

Este es el trasfondo real de la leyenda del fénix. He aquí una nueva prueba de que leyendas antiguas como la del fénix se han forjado a partir de los hechos ocultos más profundos. No se trata aquí de especular, sino de mostrar lo que se ha enseñado a lo largo de los siglos en las escuelas ocultistas, y lo que constituye una experiencia real y efectiva, de la que son expresión los signos y sellos ocultistas.

Una y otra vez, cuando escuchamos esas expresiones de verdades ocultas y las comparamos con lo que la humanidad nos ha transmitido a través de sus signos y símbolos, nos damos cuenta de cuánto había creado ya la conciencia humana antes de que se convirtiera en una conciencia intelectual. Al ser humano le gusta tanto creer que hoy en día ya hemos llegado muy lejos. Pero su razón va a la zaga de la conciencia creadora del mundo antiguo, que, sin embargo, solo poseían los iniciados, y estos la ocultaron en las leyendas. Los símbolos de los cuatro animales no son fruto de la imaginación; el punto de partida, el origen de los mismos, no es el pensamiento, sino la visión.

Cuando digo: «El alma grupal se encuentra en el plano etérico, en la frontera entre el plano físico y el astral», no deben imaginarse una línea divisoria. Si partimos del plano físico, aquí tenemos (se dibuja) siete subdivisiones del plano físico; a continuación vendrían siete subdivisiones del plano astral. De estas, las tres más bajas coinciden con las tres más altas del plano físico. Debemos considerar el plano astral y el plano físico tan superpuestos que las tres partes superiores del plano físico sean al mismo tiempo las tres partes inferiores del plano astral. Podemos hablar de una zona limítrofe, que es aquella de la que nuestras almas no pueden salir tras la muerte si aún están atadas a la Tierra por los deseos. Se la llama Kamaloka.

Así pues, en los signos, símbolos y sellos ocultos que hemos elegido aquí como primeros ejemplos, podemos ver sin duda algo obtenido de lo más profundo de los hechos ocultos, y se equivocarían por completo si subestimaran la profunda sabiduría de la antigüedad en las escuelas ocultistas o si consideraran de alguna manera que nuestra sabiduría moderna la ha superado. Cuando la sabiduría de las enseñanzas ocultas se le presenta en forma de signos o símbolos, siempre se manifiesta de tal manera que queda confirmada por la contemplación oculta directa. Un ejemplo de cómo ha actuado la doctrina del ocultismo en tiempos relativamente recientes es que se han infundido significados simbólicos en nombres y palabras, pero de tal manera que estos se basaban en un significado real: hechos del mundo superior. No vamos a remontarnos al origen de la formación de las palabras en el sentido filológico; lo que voy a decir ahora no es algo que puedan comprobar mediante la filología. Aunque la filología lo considerara erróneo, el simbolismo de las palabras seguiría siendo correcto.

Cuanto más se eleva uno desde el plano físico, a través del mundo astral, hacia el mundo del devacán, más se le presenta todo como un reflejo del plano físico, que primero debe aprender a interpretar. Para el alumno, la forma más fácil de aprender esto es a través de los números. Supongamos que aquí, en el plano físico, tienes el número 543; en el plano astral, este número debe leerse como su imagen refleja, es decir, 345. Del mismo modo, todas las demás cosas y acontecimientos deben interpretarse como reflejos. Voy a poner un ejemplo muy claro: aquí, en el plano físico, observan cómo la gallina vieja pone el huevo y de él nace el pollito. Si contemplan el mismo acontecimiento en el plano astral, deben ir hacia atrás: allí tienen primero al pollito, que se va haciendo cada vez más pequeño y, al final, entra en el huevo. El tiempo también discurre hacia atrás. Ya ven lo tremendamente desconcertante que debe de resultar esto para el alumno a primera vista. Las pasiones que emanan del ser humano se ven como en un cuadro; irradian desde el punto central. Las pasiones reflejadas parecen como si una multitud de animales se abalanzara sobre ustedes. El ser humano percibe las pasiones inferiores como todo tipo de animales salvajes a su alrededor: ratones, ratas y demás. Si el alumno no ha aprendido esto y tiene su primera experiencia al ver cómo sus propias pasiones se abalanzan sobre él en forma de ratones y ratas, pueden surgir fácilmente estados patológicos como el delirio de persecución y similares.

Lo que acabo de exponerles como un hecho sobre la relación entre los mundos superiores y los inferiores se intentó expresar simbólicamente en la teoría de la evolución mediante un juego de palabras. Cuando los seres humanos comenzaron su existencia en la Tierra, pasaron de un estado espiritual a un estado sensorial, —a través de Eva—. En Eva se veía aquel estado en el que la humanidad espiritual se hizo física y, por lo tanto, también pecadora. Si ahora la humanidad debe ser conducida de nuevo hacia lo espiritual, y si se quiere expresar la oposición a la mujer que trajo lo mortal al mundo, entonces aquello que debe devolver lo inmortal a la humanidad debe expresarse a la inversa; el nombre debe invertirse. Por eso, el ángel de Dios se dirige a María con las palabras «¡Ave, María!» —«Eva» se convierte en «Ave»; esta inversión tiene carácter simbólico. No importa lo que diga al respecto una filosofía más o menos errónea. Lo que importa es mostrar cómo, en el ocultismo, lo simbólico puede actuar a través de la construcción de las palabras. Con esta combinación de palabras se pretendía lograr que el ser humano, al pronunciarlas, tomara conciencia del hecho oculto de que los mundos físico y espiritual tienen corrientes en direcciones opuestas.

Esto tiene un significado muy profundo. No vean en ello nada arbitrario. Lo mejor que pueden ver en ello es que se guiaba a las personas para que reconocieran las leyes ocultas en su propio lenguaje. Al hacer que las personas realicen esos ejercicios para reconocer las leyes ocultas en el lenguaje, estas trabajan, consciente o inconscientemente, en su formación oculta. El principio del simbolismo es, al mismo tiempo, un principio de formación.

Traducido por J.Luelmo