CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA313 Dornach, 14 de abril de 1921 Tratamiento de las irregularidades en el desarrollo del «yo». - El «yo» en las condiciones térmicas.

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Tratamiento de las irregularidades en el desarrollo del «yo». - 

El «yo» en las condiciones térmicas.


Dornach, 14 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Ayer dije que ciertos conjuntos de síntomas se resumen en los fenómenos de quedarse dormido y despertarse. En primer lugar, es importante, sobre todo, observar los síntomas que se resumen en el proceso de dormirse, y en este sentido hay que señalar lo siguiente: La dificultad para dormirse siempre indica que —voy a utilizar ahora, precisamente en esta ocasión, esta fórmula que todos ustedes conocen muy bien— el cuerpo astral se adhiere a los órganos físicos y etéricos, sobre todo a estos últimos, es decir, que está demasiado unido a ellos. Esta adherencia del cuerpo astral resulta evidente para el investigador esotérico por el hecho de que los órganos —tanto los físicos como los demás— siguen funcionando, tal y como lo hacen en estado de vigilia, en el momento en que debería dormirse, mientras que en una persona normal experimentan una clara ralentización.

Ahora bien, esto es, por supuesto, lo que ya mencioné ayer: que normalmente no es posible informarse adecuadamente sobre todo lo que implica esta dificultad para dormirse. Por eso es necesario adquirir, en cierto modo, una visión general de aquellos fenómenos que, en estado de vigilia, acompañan a la dificultad para quedarse dormido. Y hay que decir que todo aquello que, en cierta medida, apunte a un funcionamiento involuntario del organismo, constituye un síntoma de una dificultad para el dormir. Así pues, cada espasmo involuntario de los labios, cada parpadeo involuntario de los párpados, cada movimiento excesivo de los dedos y similares —especialmente aquellos que no son expresión de un proceso interno—, es decir, todo movimiento inquieto en el ser humano, es un síntoma que acompaña, en estado de vigilia, a la dificultad para quedarse dormido. Por supuesto, este proceso solo suele observarse cuando se manifiesta de forma muy evidente en el exterior. Cuando ese tipo de inquietud tiene lugar en relación con los órganos internos, se trata de que uno adquiera cierta perspicacia para detectar este tipo de cosas y de que comprenda cómo relacionar realmente ciertos fenómenos entre sí. Me gustaría señalar que, por ejemplo, en personas enfermas que padecen clorosis se pueden oír ciertos ruidos en las venas que se encuentran a izquierda y derecha del cuello y que luego descienden. Estos ruidos, que antes se denominaban «ruidos de monja» —no sé si ahora se siguen llamando así—, también se perciben en cualquier persona cuando gira la cabeza bruscamente hacia la izquierda y hacia la derecha, es decir, cuando provoca un despliegue muy intenso de la astralidad, que siempre se produce cuando un movimiento que, en otras circunstancias, solo se realizaría de forma voluntaria, se lleva a cabo de manera involuntaria. Así pues, cada vez que un movimiento que, en otras circunstancias, se realiza de forma voluntaria —es decir, un movimiento dependiente del yo— se lleva a cabo de forma involuntaria, es decir, cuando se experimenta ese «agitarse» en su interior, la astralidad se esfuerza en exceso, se utiliza en exceso y se ejerce una presión excesiva sobre el órgano. Y así, a través de este tipo de observaciones indirectas, se puede dirigir la atención hacia ese «agitarse» de los órganos internos.

Ahora bien, hay que decir que, en este caso de dificultad para quedarse dormido, siempre existe una irregularidad ajena a las influencias externas inmediatas, una irregularidad que dista mucho de todo lo que, por ejemplo, dije ayer sobre la luz y sobre los campos magnéticos y eléctricos. Todo lo que corresponde a la dificultad para dormir se encuentra algo más alejado de esas cosas. Se trata, pues, de que es necesario recurrir entonces a los remedios. Así pues, cuando existe un complejo de síntomas que puede resumirse bajo la fórmula de la dificultad para dormir, es necesario recurrir a los remedios, y concretamente a aquellos en los que primero deben provocarse ciertos procesos, sobre todo en el ámbito vegetal, es decir, la cocción, la combustión, etc. En este caso, cuando existe dificultad para dormirse y se trata de enfermedades en el interior de la caja torácica humana, desempeñará un papel importante todo aquello que pueda obtenerse como remedio mediante la decocción de raíces y mediante la incineración, porque también allí existe siempre una adhesión irregular del cuerpo astral a los órganos humanos. Todo aquello que aún se encuentra como fuerza en la decocción de raíces y en la ceniza vegetal es lo que debe desempeñar un papel especialmente importante. Por el contrario, todo lo que dije ayer desempeñará el papel más significativo en el despertar deficiente.

Un despertar deficiente siempre indica que el cuerpo astral interviene muy poco en los órganos. Cuando se trata de enfermedades del pecho, esta intervención deficiente del cuerpo astral tiene un significado distinto al que tiene cuando se trata de enfermedades generales del organismo humano. En este último caso, hay que intentar involucrar a todo el cuerpo astral. Entonces entra en vigor lo que dije hace unos días en relación con los efectos del arsénico. Estos, sin embargo, son eficaces cuando se trata de tratar el cuerpo astral ya impregnado por el «yo», mientras que, si se quiere tratar únicamente el cuerpo astral, es de especial importancia que se apliquen precisamente aquellas cosas de las que hablé ayer. En caso de un despertar deficiente, siempre se manifestará como fenómeno acompañante del estado de vigilia lo que se podría denominar «estado de benom», una tendencia a mantener la conciencia enturbiada en general. Se trata, en esencia, de fenómenos psíquicos que deben considerarse síntomas acompañantes del estado de vigilia en el caso de un despertar deficiente. Y por eso, también para aquellas personas que presentan alguna deficiencia en su organismo torácico y que, al mismo tiempo, manifiestan precisamente esos síntomas psíquicos acompañantes, reviste una importancia muy especial que estas curaciones se produzcan mediante el campo magnético o eléctrico; en este sentido, en respuesta a una pregunta que me hicieron ayer —responderé a todas las preguntas a lo largo de las conferencias, siempre que el tiempo lo permita, claro está—, sobre la pregunta que me plantearon ayer acerca de la diferencia entre el tratamiento con corriente continua y el tratamiento con corriente alterna —a eso se refería, en efecto, la pregunta—, me gustaría señalar lo siguiente: Cuando se trata de personas débiles, en las que es evidente que los trastornos —me gustaría decir— proceden de la parte inferior del ser humano medio, es decir, que se deben a deficiencias nutricionales y similares, entonces es mejor recurrir a la corriente alterna. Sin embargo, si es evidente que los trastornos proceden de la parte superior del ser humano, entonces es mejor recurrir a la corriente continua. No obstante, hay que señalar que la diferencia no es muy grande y que, si se aplica una u otra opción según el caso, tampoco pueden producirse errores demasiado graves precisamente en este aspecto.

Bueno, habrán podido comprobar a partir de esto que, precisamente en este ámbito de la salud y la enfermedad humanas, también se encuentran indicios importantes para la alimentación en general, porque existe una transición —diría yo— sutil entre los efectos de carácter más dinámico, que llegan al ser humano desde el exterior, y los efectos que surgen a raíz de las sustancias vegetales que el propio ser humano procesa y transforma. Pero comprenderán que, dado que nos encontramos en un ámbito en el que, en realidad, todo se basa en el ritmo, en el funcionamiento rítmico del organismo humano, también se pone de manifiesto algo a lo que, en el fondo, no se puede hacer suficiente hincapié a la hora de evaluar a la persona sana y a la enferma, y es que en este tratamiento debe estar ausente cualquier tipo de fanatismo. De hecho, en el arte médico debe estar ausente cualquier tipo de fanatismo. Y en cuanto a ese fanatismo que se manifiesta, por ejemplo, supongamos que en una aplicación fanática de la dieta crudívora —es decir, alimentos crudos, practicados fanáticamente como norma dietética—, fíjese en lo que hemos tenido que decir: La alimentación a base de alimentos crudos —es decir, no consumir nunca partes de las plantas que se encuentran más abajo, hacia la raíz— tiene una consecuencia muy concreta para todo el organismo humano; tiene como consecuencia que, poco a poco, se va contrarrestando en el organismo la salud del sistema respiratorio. Es cierto que, dado que el organismo humano no es tan fácil de destruir, ese fanatismo por la dieta crudívora puede tener, naturalmente, un efecto ruinoso en la persona sin que se note durante mucho tiempo; pero, con el tiempo, ese fanatismo por la dieta crudívora se manifestará sin más en una evidente falta de resistencia o algo similar.

Ahora bien, puede que alguien venga y diga: «Sí, pero yo he obtenido excelentes resultados con una dieta a base de fruta». Verá, en este caso hay que señalar lo siguiente: la fruta no es una raíz; la fruta está muy transformada por la acción del sol exterior. Allí se lleva a cabo un proceso casi extraterrenal, muy cercano a la cocción, cuando se aprovecha lo que hay de «dyna» en las frutas, de modo que, si, por ejemplo, se hace que ciertos enfermos no coman raíces, sino fruta fresca, se les causa menos daño, mucho menos que si se les hace comer raíces crudas. Así pues, no hay que caer en el fanatismo en ninguno de los dos sentidos, sino que, de hecho, hay que tratar cada caso de forma individualizada. Puede haber casos en los que haya que decirse: «Esta es una persona en la que se ve claramente que su irregularidad en el sistema torácico proviene de la circulación y no del ritmo respiratorio; puedo demostrar que se origina en la circulación, no en el ritmo respiratorio». En ese caso, me veré obligado a centrarme en aquello que se transmite precisamente de las funciones digestivas a las funciones circulatorias, y así podré subsanar adecuadamente lo que falta mediante una dieta a base de fruta cruda. Eso es totalmente cierto; que yo pueda hacerlo, de modo que este caso concreto podría apuntar sin duda alguna hacia la dieta a base de fruta cruda. Pero si tengo a una persona que tiende a mostrar en la respiración los orígenes del mal funcionamiento del pecho, entonces no lograré nada con un tratamiento de este tipo, sino que quizá solo pueda hacer daño, pues en ese caso tendré que recurrir a una dieta que le aporte tubérculos cocidos. Este sistema, tan inestable, pone de manifiesto lo perjudicial que resulta el fanatismo, ya sea en un sentido u otro.

Ahora bien, no podremos comprender este sistema en su totalidad y, por lo tanto, tendremos que volver sobre lo mismo si no, en primer lugar, me gustaría decir, en esta primera parte de nuestras reflexiones —que son más bien de carácter patológico-terapéutico, mientras que las siguientes serán de carácter terapéutico-patológico—, si no tenemos en cuenta en esta primera parte aquello que existe como un proceso en el organismo humano que, con mucha frecuencia, se sustrae por completo a la observación externa y que, por lo tanto, permanece sin ser observado, en detrimento de la salud humana. En las conferencias generales, cuando hablé de lingüística —no pude incluirlo en el capítulo dedicado a las ciencias naturales, aunque bien podría haberse tratado allí—, mencioné que los procesos peculiares que se manifiestan más hacia el exterior del organismo durante la madurez sexual y que se manifiestan hacia el interior en el periodo comprendido entre el nacimiento y la caída de los dientes de leche —es decir, cuando el ser humano aprende a hablar—, que esos procesos que tienen lugar entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico humano, así como el cuerpo físico, subyacen al aprendizaje del habla y a todos los cambios en el organismo humano relacionados con dicho aprendizaje. Estos son, pues, los procesos que deben observarse cuidadosamente en el niño. El aprendizaje del habla por parte del niño va siempre acompañado de un cambio en el resto del organismo. Y, como ya se ha dicho, también hay que observar el cambio en sentido inverso, desde el nacimiento; es decir, retroceder desde el cambio radical que supone el cambio de dentición hasta llegar al habla. Pero ahora se produce un cambio igualmente significativo, que se dirige únicamente hacia el interior, que no se manifiesta de forma tan evidente como, por ejemplo, el de la aparición de los dientes definitivos —eso lo puede observar cualquiera— o el aprendizaje del habla: eso también lo puede observar cualquiera, pues se manifiesta hacia el exterior. Pero también se produce un cambio, un cambio casi más importante para la salud y la enfermedad humanas que el otro, en el que, diría yo, en la educación ya se hace mucho de forma instintiva, porque las cosas salen a la luz. En realidad, subyace un significado mucho mayor a este otro proceso, que tiene lugar ahora en el periodo comprendido entre el cambio de dentición y la madurez sexual, el proceso que se sitúa directamente en el centro y que consiste en que el Yo propiamente dicho —que, en cierto sentido, nace, tal y como suelo explicar— me gustaría decir que, en lo exotérico, en lo completamente exotérico, no nace hasta alrededor de los veinte años, que este «yo» nace ahora también hacia el interior, del mismo modo que el cuerpo astral al hablar. Alcanza su punto álgido entre los nueve y los diez años.

Y ahora, por favor, deben tener en cuenta lo siguiente. Aquello que en realidad está innato en el ser humano en relación con su «yo», eso casi no se tiene en cuenta. El «yo», como parte intrínseca del organismo humano, realiza algo muy especial. Todo lo demás en el ser humano, lo físico —y más aún, ya volveremos sobre ello más adelante—, lo etérico y también lo astral en el ser humano —que, en realidad, solo está en contacto con el exterior directo del ser humano a través del cuerpo etérico—, son partes de la entidad humana que, en realidad, están muy fuertemente ligadas al interior humano. Mientras el organismo humano duerme, el «yo» se lleva casi exclusivamente el cuerpo astral. Este tiene una afinidad muy fuerte con el cuerpo físico y, en menor medida, con el cuerpo etérico. Pero en el caso del Yo no es así. Y es aquí, en la relación del Yo —concretamente en su relación con el mundo exterior—, donde se manifiesta de verdad la profunda diferencia entre el ser humano y el animal. Al alimentarnos, ingerimos sustancias que, en el mundo exterior, son precisamente eso: sustancias. Estas deben ser transformadas en el interior del ser humano. ¿Quién provoca esta transformación, esta transformación fundamental de las sustancias externas en el interior del ser humano? ¿Quién la provoca? En realidad, la provoca el «yo». Solo el «yo» tiene el poder —diría yo— de extender sus antenas hasta las fuerzas de las sustancias externas. Me gustaría decir que, si se tiene una sustancia exterior —representada esquemáticamente—, esta posee ciertas fuerzas que deben descomponerse si se quiere que se recombinen en el organismo humano. El cuerpo etérico y el cuerpo astral, en cierto modo, giran en torno a las sustancias; no tienen la fuerza necesaria para penetrar en el interior de las mismas, sino que simplemente giran a su alrededor. Es únicamente el «yo» el que realmente tiene que ver con la penetración, con la entrada en las propias sustancias. Así pues, cuando se introduce una sustancia alimenticia en el organismo humano, en un primer momento esta sustancia alimenticia se encuentra dentro de la persona. Pero el «yo» abarca todo el organismo humano y penetra directamente en la sustancia alimenticia. Se produce una interacción entre las fuerzas internas de la sustancia alimenticia y el «yo» del ser humano. Así, el mundo exterior, en lo que respecta a la química y la física, y el mundo interior del ser humano, en lo que respecta a la antroquímica y la antifísica, se superponen mutuamente. Eso es lo esencial.

Ahora bien, lo cierto es que, en el niño, hasta el momento en que comienzan a salir los dientes definitivos —es decir, hasta el momento en que se produce el cambio de dentición—, es desde la cabeza desde donde se regula esta intervención en la sustancialidad de las sustancias. El niño nace de tal manera que, a través de su cabeza, durante el desarrollo embrionario, se le dotan las fuerzas que actúan en el ser humano para transformar las sustancias desde dentro. Pero en el período comprendido entre el cambio de dentición y la madurez sexual —con su punto álgido entre los nueve y los diez años—, el «yo» que actúa desde el ser humano inferior, el «yo» inferior, debe encontrarse con el «yo» superior. En el niño es siempre el «yo» que actúa desde el ser humano superior el que sigue transformando las sustancias hasta el momento que acabo de describir. Me refiero, por supuesto, a los instrumentos del «yo». Al fin y al cabo, el «yo» es una unidad. Pero las herramientas del «yo», la polaridad del «yo», es decir, la parte inferior del «yo» que se encuentra con la parte superior, solo se establece en una relación correcta en el momento indicado. Así pues, en el ser humano, el «yo» debe incorporarse a la organización de la misma manera que, al aprender a hablar, el cuerpo astral debe intervenir en el organismo humano.

Ahora, partiendo de estas premisas, observen todos los fenómenos que se manifiestan en los niños desde los ocho o nueve años hasta los doce o trece, precisamente aquellos fenómenos que es tan necesario observar en la etapa de aprendizaje de la escuela primaria. Contemplen estos fenómenos desde este punto de vista. Encuentran su expresión externa en una búsqueda del organismo humano. Y esta búsqueda consiste precisamente en encontrar una concordancia, una armonía —que solo se establece a lo largo de la vida— entre las sustancias que se ingieren y la organización interna del ser humano. Observen con atención cómo, cuando la cabeza no es capaz de asimilar adecuadamente las fuerzas internas de las sustancias en esta etapa, cuando se resiste, esto se manifiesta en los dolores de cabeza infantiles que suelen aparecer alrededor de los nueve, diez u once años. Observen cómo aparecen entonces los síntomas asociados a las alteraciones del metabolismo —alteraciones relativamente muy externas del metabolismo—, en la secreción de ácido gástrico y así sucesivamente; observen todo eso y verán cómo hay niños que, por así decirlo, están continuamente enfermos debido a este ajuste deficiente del «yo» tanto desde abajo como desde arriba. Si se tienen en cuenta cuidadosamente estas cuestiones, se pueden tratar y, por regla general, desaparecen; van remitiendo tras la madurez sexual, cuando el cuerpo astral entra en acción y compensa lo que el «yo» no puede hacer. Esto va remitiendo poco a poco entre los catorce y los quince años, y entre los veinte y los veintiuno. Precisamente en este periodo, entre el cambio de dentición y la madurez sexual, los niños enfermizos pueden llegar a gozar posteriormente de una salud extraordinaria. Es algo muy instructivo de observar. Seguramente habrán comprobado a menudo cómo los niños enfermizos, sobre todo aquellos en los que la enfermedad se manifiesta externamente de forma muy marcada en los trastornos digestivos, en la digestión irregular, se convierten más tarde en personas completamente sanas si se les trata con esmero. Y en este tratamiento reviste una importancia muy especial el hecho de que ahora se proceda con sumo cuidado en lo que respecta a las normas dietéticas. En este sentido, se pueden lograr resultados magníficos si los padres o educadores de estos niños, que padecen este tipo de dolencias, no les ofrecen constantemente una alimentación abundante ni intentan convencerles sin cesar. De ese modo, la situación no hace más que empeorar. Más bien hay que intentar averiguar qué es lo que el niño digiere especialmente bien, qué le sienta especialmente bien, y dárselo entonces en raciones más pequeñas pero con mayor frecuencia, es decir, repartiendo la comida en un mayor número de comidas. Hay que prestar atención a esto, ya que así se puede hacer un gran bien a estos niños. Por el contrario, creer que se consigue algo mediante la sobrealimentación y prácticas similares es una idea totalmente errónea. Si, además, se vela por que esos niños no tengan demasiados deberes escolares —lo que empeoraría aún más su estado— y, por tanto, se les concede el descanso necesario, se contribuye a su vez a favorecer esa actividad digestiva, que es tan necesaria para su organismo, y que solo se logra con porciones más pequeñas de comida. Difícilmente se peca tanto contra algo como precisamente contra lo que se insinúa en las anteriores indicaciones. Porque se puede afirmar sin lugar a dudas que, si se incumple esto y no se vela por un desarrollo humano saludable en este sentido, entonces las afecciones sufridas a esta edad dejarán secuelas en forma de todo tipo de predisposiciones a la enfermedad que perdurarán durante toda la vida.

Bueno, la gente se queja con mucha facilidad de que en la escuela Waldorf somos extremadamente moderados con los deberes. Tenemos buenas razones para ello. Una pedagogía realista no se centra únicamente en los principios abstractos ni en las abstracciones en general, que hoy en día se aplican con frecuencia en la vida, sino que tiene en cuenta todo lo que hay que considerar en el desarrollo real del ser humano, y esto incluye, ante todo, no sobrecargar a los niños con deberes; pues los deberes son, en esencia, a veces las causas muy, muy ocultas de una mala digestión. Estas cosas siempre se manifiestan más tarde, pero son, sin duda, muy eficaces. Lo curioso es que, en lo que respecta al desarrollo humano, la percepción suprasensible del ser humano es, al mismo tiempo, un indicio de que lo que en una etapa temprana de la vida prepara el terreno para lo que vendrá después puede verse precisamente en sus primeros indicios en esa misma etapa temprana.

Pues bien, el peligro que entraña esta —si se me permite decirlo así— «incorporación» del yo en el organismo humano desde abajo, este peligro es, en realidad, extraordinariamente grande para casi todas las personas y, en particular, para los seres humanos cultos de nuestra época cuando son niños; por eso, en realidad, hay que tener en cuenta estas cuestiones en el caso de cualquier persona, salvo que sea de sangre campesina robusta. Existe aún una diferencia bastante marcada, precisamente en lo que respecta a estas cuestiones, entre la estirpe campesina y, se podría decir, el resto de la población mundial. Porque en este sentido hay que trazar la línea divisoria. El resto de la población mundial tiende en gran medida a los peligros que se derivan de esta integración deficiente del «yo» en el organismo —que queda profundamente deteriorado antes de que dicho «yo» pueda integrarse— y a los peligros que surgen precisamente al producirse dicha integración del «yo». Tanto desde el punto de vista del sistema respiratorio como del sistema craneal, el sexo femenino es precisamente el más receptivo a este peculiar y inestable equilibrio que existe. El sexo masculino, en lo que respecta a la estructura de su pecho, es algo —no más estable—, pero sí más robusto, es decir, menos sensible. Incluso pueden producirse allí los mismos daños, pero se manifiestan con menor intensidad. El sexo femenino es más sensible a todo lo que allí ocurre, y lo que he descrito —la búsqueda de la correcta integración del yo— desemboca, en las personas sanas, en la anemia o en la tisis. La palidez es la continuación directa de todo aquello que ocurre de manera anómala a partir de los siete años. La palidez no se manifiesta hasta más tarde, pero es precisamente la intensificación de todo aquello que, en esta dirección, aún pasa desapercibido en la vida anterior.

En este sentido, debemos señalar algo que es de suma importancia distinguir. Cuando observamos el sistema circulatorio, debemos diferenciar la circulación propiamente dicha —que es un conjunto de movimientos— de aquello que, a su vez, se integra íntimamente en dicha circulación, que, en cierto modo, se inserta en ella: se trata del metabolismo. En el sistema circulatorio existe precisamente un equilibrio entre el sistema metabólico y el sistema rítmico, mientras que en el organismo respiratorio existe un equilibrio entre el organismo rítmico y el organismo nervioso-sensorial. Así pues, si observan a este ser humano intermedio, este ser humano del pecho, deben tener muy en cuenta que está organizado de forma polar en dos direcciones. Está organizado hacia la cabeza a través de la respiración; está organizado hacia el sistema metabólico-motriz a través de la circulación. Todo aquello que forma parte del propio metabolismo o de lo que está íntimamente relacionado con él, en la movilidad del ser humano —lo cual reviste una gran importancia, especialmente en la primera mitad de la vida o en la fase ascendente—, todo ello se integra como fuerzas metabólicas en las fuerzas circulatorias. Y eso, es decir, ese desplazamiento hacia arriba, debe a su vez avanzar, de modo que, en realidad, en el proceso que he descrito, nos encontramos ante un avance de aquello que el «yo» provoca en el metabolismo y ya en la absorción de las sustancias, y luego en su contacto con las fuerzas internas de las mismas. Se trata de un ascenso a través de la circulación y la respiración hasta el sistema craneal, y esto debe organizarse adecuadamente en el periodo indicado, entre el cambio de dentición y la madurez sexual. El contacto del «yo» con las fuerzas de las sustancias externas debe ascender, a través de la circulación y la respiración, hasta la intervención adecuada en el sistema craneal. Este es precisamente ese proceso tan complicado con el que hay que lidiar, y este proceso complicado se puede estudiar realmente de tal manera que se intente captar ya su influencia, diría yo, en el tracto digestivo externo, allí donde las sustancias son aún muy similares a lo exterior, donde las sustancias apenas han sido captadas por el interior. Porque, ¿cuál es la primera percepción de las sustancias externas? ¿Qué hace el «yo» al percibir primero las sustancias externas?

La primera percepción de las fuerzas externas de las sustancias por parte del «yo» se produce acompañada de la sensación del gusto, del saborear, de la transformación de las sustancias externas, de modo que se manifiesta subjetivamente en el sabor. Esa es la primera percepción de las fuerzas internas. A continuación, el proceso continúa hacia el interior. Pero el sabor también se prolonga hacia el interior. El organismo digestivo interno, que se encuentra más allá del intestino y que luego traslada los nutrientes a la sangre, sigue siendo un «saborear» que se va atenuando. Y así se va ascendiendo, hasta que en el organismo de la cabeza se combate el «saborear». Allí se adormece el «saborear». Y en eso consiste la actividad de la cabeza frente al «saborear». La cabeza paraliza el sentido del gusto. Se opone al sentido del gusto. Este proceso debe ser ordenado. Entonces, naturalmente, al adentrarse más en las sustancias, el «yo» las aprehende con mayor intensidad de lo que ocurre meramente de forma externa y subjetiva en el sentido del gusto.

Lo que ocurre, por así decirlo, en el tracto digestivo externo, se ve fuertemente influenciado por lo que es salino-mineral. Pueden armonizar lo que voy a decir ahora con cada una de las partes de lo que dije en el curso anterior; verán que, en esencia, lo que expongo ahora es un complemento de lo dicho allí. La cuestión es la siguiente. Si nos preguntamos: ¿qué es, en realidad, un remedio procedente de los reinos externos de la naturaleza? ¿Qué es un remedio? —Esta pregunta de principio es, en realidad, una cuestión fundamental de la medicina, se podría decir. ¿Qué es un remedio?

Todo aquello que el organismo puede digerir en su estado sano no es un remedio. Eso no es un remedio. El remedio solo comienza cuando se le aporta al organismo algo que no puede digerir en su estado sano, es decir, algo que solo debe ser digerido por el organismo humano anormal. Desafiamos al organismo humano anormal a digerir algo que no se digiere en el organismo humano sano. La curación es, en realidad, una digestión continuada, pero precisamente una digestión que se traslada gradualmente al interior del organismo humano.

Entre los síntomas acompañantes de lo que, digamos, se manifiesta en la palidez con sus síntomas más evidentes, como se ha indicado anteriormente, se encuentran todos estos: cansancio, flojedad, dificultad para dormirse y despertares frecuentes. Cuando aparecen todos estos síntomas, que pueden manifestarse en la mayoría de los niños en la edad a la que nos hemos referido hoy, es necesario empezar por tratar el tracto digestivo externo. Para ello hay que aplicar remedios minerales, aún completamente minerales. Y se verá que se obtienen resultados. En un primer momento, estos efectos pueden observarse a través de los síntomas que se presentan. Se observará, por ejemplo, que aparecen síntomas intensos que apuntan todos a cómo el «yo» capta externamente las fuerzas de las sustancias externas y cómo se ve apoyado en este sentido por, digamos, el hierro carbónico. El hierro carbónico es algo que actúa como un apoyo frente a la parálisis, cuando el «yo» debe actuar externamente.

Si avanzamos un paso más y nos encontramos con una intervención deficiente del «yo» en el organismo circulatorio, se hará evidente cómo se puede reforzar esta intervención deficiente del «yo» en el organismo circulatorio, por ejemplo, mediante Ferrum muriaticum, es decir, mediante un remedio ya potenciado en el ámbito mineral puro.

Si pasamos a lo que ocurre entonces en el organismo respiratorio, es decir, si nuevamente ascendemos un nivel más, obtendremos un apoyo muy especial para el Yo a través de los ácidos vegetales y, si seguimos ascendiendo hacia el sistema craneal, a través de los metales puros, que, naturalmente, deben aplicarse allí donde no se trate de metales puros en sentido externo, pues en ese caso no tienen, en un primer momento, ninguna relación real con el organismo humano, sino en sus fuerzas más sutiles. Por eso dije el año pasado que, en el fondo, el organismo humano no se deja manipular de forma alopática en lo que respecta a los metales, sino que se homeopatiza por sí mismo, él mismo fragmenta los metales al pasar del sistema digestivo al organismo de la cabeza. Cuando se desarrolla la potenciación, se apoya a este organismo naturalmente.

Pero verán —y volveremos sobre esto desde otro punto de vista— que ya de por sí se puede deducir algo en relación con la potenciación. Porque hay que hacerse una idea del centro real de la carencia. Cuanto más profundo se encuentre el centro de la carencia, cuanto menos cercano esté a la organización de la cabeza, tanto menores serán las potenciaciones. Cuanto más se pueda constatar que está cerca de la organización de la cabeza, más se tratará de aplicar potenciaciones más elevadas. Por supuesto, se trata de que aquello que se acerca demasiado a la organización de la cabeza pueda manifestarse y expresarse de todas las formas posibles.

Si parten correctamente de ese punto de vista de la percepción del «yo» de lo exterior, entonces podrán, diría yo, comprender aquellas manifestaciones que se les presentan de forma sintomática. Verán, si se remiten a lo que he dicho estos días, y a lo que ya he subrayado en otras ocasiones: el organismo humano simplemente no es lo que dibujamos con líneas; eso no es más que lo sólido. El organismo humano es, en esencia, también líquido organizado, aire organizado, calor organizado. Y el yo debe intervenir también en estos distintos miembros de la organización. Y especialmente importante y sutil es también la intervención del yo en las condiciones térmicas del cuerpo. El yo debe intervenir en las condiciones térmicas del cuerpo de la siguiente manera.

En primer lugar, cuando el ser humano nace, tenemos la imagen del «yo». Ya he dicho que la imagen del «yo» está presente en la mente. Tenemos la imagen del «yo». Esta actúa durante la infancia. Para ello, el «yo» debe surgir desde abajo —me atrevería a decir que debe provenir del ser—; eso debe intervenir. Y esto se manifiesta en que esta imagen del «yo» que tenemos en la cabeza ejerce, en la infancia, un efecto que calienta profundamente el organismo. Esto tiene que ver con el calentamiento del organismo humano. Pero este calentamiento sigue una curva descendente. Este calentamiento alcanza su máxima intensidad precisamente al nacer, en la medida en que el calor emana de la cabeza, y luego sigue una curva descendente. Y nosotros, como seres humanos, nos vemos obligados, en edades más avanzadas, a mantener en su punto álgido lo que se desarrolla en esa curva de calor, desde abajo hacia arriba, mediante esta intervención del «yo» en estas condiciones térmicas. Más adelante debemos contraponer a esta curva otra que sea ascendente y que dependa, en esencia, de la captación de las fuerza de las sustancias ascendentes a través de la alimentación, de su transferencia a la circulación, a la respiración y, posteriormente, al sistema cefálico.

Ahora supongamos que esto no ocurre como es debido. Esa transferencia de las fuerza de las sustancias internas del mundo exterior al organismo humano es demasiado débil. Supongamos que es demasiado débil, que no se desarrolla con la intensidad necesaria; entonces, a través de la vía del «yo» —como debe ser—, no se aporta suficiente calor al organismo. La cabeza, que entonces solo traza la curva descendente, deja que el cuerpo se enfríe. Esto se manifiesta primero en las extremidades. Y, por favor, observen por eso cómo aquellas personas que padecen la prolongación de este estado de flacidez —que precisamente se deriva de todo lo que he descrito hoy— tienen las manos frías y los dedos de los pies helados. Ahí es palpable, porque se puede sentir cómo al proceso que se ha llevado a cabo desde arriba a través de la imagen del «yo» en la infancia, precisamente no se le opone lo necesario por parte del «yo» activo, por parte del «yo» que debe desarrollarse y que lleva el calor hasta la periferia más extrema de las extremidades. Esto es algo que les mostrará cómo, en cuanto uno se centra en la observación figurativa, en cuanto se tiene en cuenta cómo interactúan entre sí en el ser humano —hasta alcanzar la figuratividad— las diversas fuerzas superiores e inferiores, cómo entonces se dispone, de hecho, de lo que se manifiesta; diría que de imágenes. En el escalofrío de las manos, en el escalofrío de los pies, tienen imágenes de algo que ocurre en todo el organismo humano. Y ahí es donde surge que uno aprende a interpretar los síntomas de tal manera que de ellos se desprenda el conocimiento del ser humano en su totalidad. El hecho de que el yo no intervenga adecuadamente en la edad adulta, cuando el ser humano tiene las manos y los pies fríos, es revelador en el sentido más profundo. Porque, si se prestan atención a estas cosas, si tan solo se tiene en cuenta lo que la ciencia espiritual tiene que decir a partir de sus premisas, se establece una conexión con el organismo humano. Si no se presta atención a ello, se verá cómo, al ignorarlo, se pierde gradualmente la conexión con una comprensión real del organismo humano. Pero si se presta atención a lo que la ciencia espiritual puede ofrecer, se establece una conexión con el organismo humano. Uno va integrándose en él.

Tomemos, por ejemplo, lo siguiente. Esta ciencia espiritual insiste continuamente en lo siguiente: en la fuerza para erguirse del ser humano hay algo, pero esta fuerza de erguirse está, a su vez, relacionada con el desarrollo del «yo» de abajo hacia arriba. Lo que ocurre primero, en un primer momento, es una fuerza para erguirse que, en cierto sentido, solo se manifiesta externamente. Está respaldada por lo que fluye de arriba hacia abajo. Una vez finalizada la dentición, cuando esta fuerza para erguirse se ha aprovechado adecuadamente, se pone fin a esta fuerza de erguirse elemental; entonces, la fuerza para erguirse pasa directamente al interior, y es allí donde debe crearse el equilibrio, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo. Y entonces entran en oposición las fuerzas que van de arriba hacia abajo y las que van de abajo hacia arriba. Y estas se encuentran. En este encuentro —me atrevería a decir que unidimensional— entre las fuerzas de arriba y las de abajo, se puede observar especialmente lo que ocurre en esta etapa de la vida. Y ahora fíjense en qué situaciones —digamos, en personas con tendencia a la clorosis— se cansan especialmente. Por lo general, no se cansan tanto cuando caminan en horizontal, sino cuando suben escaleras. Esto apunta directamente a estos fenómenos. Precisamente subir escaleras supone una carga especial para las personas propensas a la palidez, de modo que, aunque los síntomas se manifiesten de forma viva y en constante evolución, es posible captar lo que, espiritualmente, subyace detrás del ser humano. Entonces se puede llegar a la conclusión de que, se podría decir que basta con deducir de lo que se obtiene de este modo a través de la patología diagnóstica, para saber qué medidas hay que tomar frente a los fenómenos anormales. Mañana seguiremos con este tema.

Traducido por J.Luelmo


GA316 Dornach, 24 de abril de 1924 la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

la Trinidad cósmica —Saturno, Sol y Luna— actuando en el ser humano sano y enfermo

Dornach, 24 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

En un primer momento pensé que podríamos continuar con lo que habíamos empezado completando algunos de los puntos que planteé ayer desde otra perspectiva; quizá así se puedan formular adecuadamente las preguntas que usted ha planteado y de las que me ha hablado la Dra. Wegman.

Verán, ustedes se van incorporando, a través de su condición humana general, al ámbito de la medicina, a la profesión de sanador. Se encuentran ante una cierta corriente que impera hoy en día en la profesión médica y en la que, en realidad, se van integrando de tal manera que frente a ella sienten, con todo derecho, una oposición interna. Ahora bien, tengan en cuenta que esto suele tener razones objetivas, y estas se les revelarán a medida que comprendan cada vez mejor que la corriente médica actual es, en cierto sentido, incluso un elemento ajeno a gran parte de lo que conforma la civilización europea y occidental en su conjunto. Esta cuestión se comprende plenamente, solo cuando se sabe que nuestras ciencias naturales y gran parte de la aspiración en el desarrollo intelectual más reciente, han surgido gracias a que las personalidades más influyentes para el avance médico y científico de nuestra vida intelectual, fueron individualidades encarnadas procedentes de la cultura árabe-musulmana. Estos temas se han tratado mucho últimamente aquí, en el Goetheanum, y están relacionados, por otra parte, con lo que está ocurriendo actualmente en el movimiento antroposófico, pero también revisten una gran importancia para los médicos. Ya he dicho en diversas ocasiones que nos vemos obligados a dirigir nuestra mirada hacia aquel centro espiritual que floreció en la misma época en que, en Europa, bajo el reinado de Carlomagno, predominaba, por así decirlo, una vida espiritual primitiva. Allí, en Oriente, florecía la cultura espiritual, unida por Harún al-Rashid. De hecho, había reunido en su corte a muchos de los sabios de la época, entre los que se encontraban numerosos médicos de aquel tiempo. Y, como se darán cuenta, al analizar algo así, ya estamos tocando la época en la que el cristianismo ha actuado a lo largo de los siglos. Ahora bien, el cristianismo mismo se presentó en el mundo como algo que solo puede comprenderse de forma lenta y gradual, y resulta realmente muy curioso, desde un punto de vista externo —no interno—, que los aspectos más profundos del cristianismo no hayan sido comprendidos hasta ahora por las personas. El cristianismo llegó al mundo como un hecho objetivo, y las capacidades humanas, la capacidad de asimilación, no eran lo suficientemente fuertes como para desarrollar en todas sus facetas lo que realmente encierra el cristianismo. Por eso, lo que ocurre objetivamente es que el cristianismo vive en todas partes en el subconsciente, pero el ser humano lleva tres o cuatro siglos corrompiendo por completo este cristianismo. Los seres humanos han corrompido el cristianismo a través de lo que saben, de lo que reside en el intelecto, en la conciencia. Además, ahora contamos con las instituciones terriblemente diletantes que se han creado últimamente en torno a las universidades. Antiguamente existían tradicionalmente cuatro facultades: Filosofía, Teología, Jurisprudencia y Medicina. Lo que se ha añadido posteriormente se ha hecho, en realidad, solo sobre la base del malentendido más extremo y oscuro. Porque una facultad de Ciencias Políticas y una de Economía se derivan de ideas que ya no sabían nada de lo que realmente se trataba. Lo que no se ha comprendido, y cuya comprensión se ha oscurecido por completo hoy en día, es que Cristo envió en un primer momento a cuatro personas para anunciar el cristianismo al mundo: el teólogo Mateo, el jurista Marcos, el médico Lucas y el filósofo Juan. En este contexto, que es algo muy profundo, tiene sus raíces lo que algún día deberá surgir. Las cosas solo están presentes en estado embrionario; aún deben florecer y dar fruto. Lo que está profundamente arraigado en la vida espiritual es que los Evangelios no pueden coincidir en su letra, porque uno está escrito desde el punto de vista del teólogo, otro desde el del filósofo, un tercero desde el del jurista y un cuarto desde el del médico. Esto es algo que hay que comprender a la perfección; y como el Evangelio de Lucas aún no se ha tomado en realidad como una guía interior para la voluntad de sanar —no se ha comprendido la cuestión—, por eso ha sucedido que, en realidad, en nuestra forma de pensar actual no vive en absoluto una voluntad cristiana de sanar, sino aquella voluntad de sanar que se ha hundido en la cultura espiritual a través del arabismo, que, de hecho, ha abrazado al cristianismo como con unas tenazas. Es muy interesante, ¿verdad? El cristianismo, que surgió en Asia, se abre camino hacia Europa y se extiende por ella. Pero fíjense ahora en la corte de Harún al-Rashid, donde perduraba la medicina antigua; allí, en la concepción antropológica, vivía en realidad la antigua esencia de los misterios; esto aún estaba presente en la tradición. Allí vivían dos personas: el propio Harún al-Rashid, que organizaba todo el asunto, esa enorme academia intelectual que crecía bajo su influencia; y otro que, en tiempos pasados, había sido un iniciado; en aquella época, la iniciación no salió a la luz. Harun al-Rashid regresó como lord Bacon, Bacon de Verulam. Con una forma de pensar profundamente arraigada en el arabismo, renovó el pensamiento científico desde Occidente. Durante el tiempo transcurrido entre la muerte y el nuevo nacimiento, el alma siguió este camino (tal y como se representa en la lámina 14). Si estudiasen a Baco de Verulam, verían cuánto llegó a la medicina precisamente a través de él, y se quedarían asombrados. Por otro lado, el otro, el iniciado, se encarnó en el alma de Arnos Comenius. Vemos que en Comenio había una vida que aspiraba a lo espiritual, pero lo llevó todo según concepciones intelectuales. Así vemos también cómo el arabismo reaparece en otra personalidad, —que no vivió exactamente en la misma época que Harún al-Rashid, pero que desempeñó un papel en la batalla de Jerez de la Frontera—, esa personalidad renace como Darwin. Y así, todos los que se dedican a las ciencias naturales, y en especial a la medicina, son reencarnaciones de aquello que llegó a Europa en las antiguas concepciones, —pero excluyendo el cristianismo, no en el desarrollo posterior del cristianismo, sino excluyéndolo—, en ese abrazo que el arabismo le dio al cristianismo. Y así, precisamente la medicina se vive como algo que se ha incorporado en mayor medida de esta manera; mientras que ese impulso que el Evangelio de Lucas contiene para la medicina sigue estando ahí, de tal forma que hay que decir que aún debe ser asimilado. Para ello, deben tomarse con la mayor seriedad posible cuestiones como las que comenté ayer sobre la comprensión cósmica del ser humano, sobre la comprensión del ser humano desde el cosmos, y entonces se sentirán integrados de la manera correcta en la tarea que hoy les impone su karma. Porque, verán, la cuestión es la siguiente: consideremos, por ejemplo, la medicina tal y como se practicaba en la corte de Harún al-Rashid. En ella convivía, por un lado, lo bueno de la forma de pensar hipocrática. Quienes quizá hayan leído el primer curso de medicina que impartí aquí habrán visto que, en principio, abordé allí el hecho de que Hipócrates fue el último en curar basándose en los antiguos misterios. Ahora bien, al trasplantarse la medicina hipocrática a Asia, lo que era se integró en una fuerte corriente de la medicina mongola, procedente del noreste de Asia. En ello se han incorporado muchos elementos contra los que no solo se ha tenido que rebelar la forma de pensar en Europa, sino también la propia organización interior del ser humano, pues esta no encajaba con lo que allí se introdujo en el pensamiento médico como influencia mongol-tártara. Esto puede salir a la luz si se logra llegar a una forma de pensar cósmica original sobre el ser humano.

Ahora bien, por un lado, podrán recordar la visión de la evolución que encontrarán en mi «Ciencia Oculta en esbozo», donde se describe la corriente evolutiva a través de las etapas de Saturno, el Sol y la Luna, a las que sigue la evolución de la Tierra. En realidad, el ser humano ha pasado por todas estas etapas evolutivas; y, de lo que ya se ha dicho estos días, habrán podido deducir que en el ser humano se encuentra, en primer lugar, la corriente hereditaria, que actúa en el modelo, y la corriente individual, que proviene de vidas terrenales anteriores. Lo que actúa en la herencia se remonta a tiempos pasados, pero se ha quedado atrasado en lo ahrimánico, se ha marchitado. Esto es, pues, lo que subyace en la herencia. En el fondo, la medicina oficial actual trabaja únicamente con esto y no tiene en cuenta en absoluto lo que constituye la otra faceta, la que se desarrolla en la segunda etapa de la vida humana, entre el cambio de dientes y la madurez sexual, aquella época de la vida humana que ya puede considerarse estadísticamente como la más saludable, porque es entonces cuando el ser humano es menos propenso a enfermar; la capacidad de enfermar queda ahí inhabilitada. Se podría decir que la medicina actual es la que menos desea vincularse con la salud, sino que prefiere hurgar en la enfermedad. Es una afirmación radical, pero es así. Sin embargo, para relacionarlo con la salud, es necesario llevar realmente hasta el extremo esta comprensión del cosmos entero en el ser humano, hasta el punto de ver también el cosmos en el ser humano. Para ello se necesitan los detalles que puedan transmitir realmente esta percepción de la evolución cósmica en el ser humano. En el ser humano aún se encuentra la evolución del antiguo Saturno, evolución del antiguo Sol y la evolución de la antigua Luna. Y solo cuando se comprenden estas tres etapas previas a la evolución terrestre, solo entonces se entiende lo que realmente tenemos ante nosotros en el ser humano terrestre. Pero hoy en día tenemos tantas ciencias… no tenemos una verdadera ciencia de Saturno, una verdadera ciencia del Sol, una verdadera ciencia de la Luna, porque en la vida natural común ya no somos capaces de recordar lo que había en la sabiduría instintiva primigenia. Así pues, ya no podemos acercarnos a lo que Hipócrates vivió de la manera más intensa, porque se ha convertido en una frase hecha. Eso debe volver a cobrar vida. De este modo, tendrán una palabra importante que resuena desde tiempos antiguos, pero, en general, no le prestarán ninguna atención, y menos aún a su maravillosa capacidad orientadora, a cómo puede influir en la medicina. Se trata de lo siguiente.

Las fuerzas divinas del mundo han ordenado la vida según medida, número y peso. Lo encontráis en un versículo de la Biblia. Pero ¿quién presta hoy atención a esas palabras más allá de tomarlas como una frase general, como si en algún momento hubiera existido un antiguo arquitecto del mundo que lo hubiera ordenado todo según medida, número y peso? Para el médico, sin embargo, se trata de encontrar realmente la medida, el número y el peso en el ser humano. ¡Fijémonos en el ser de Saturno! Verán, el ser humano lleva en sí la evolución de Saturno, pero, naturalmente, no encontramos esta evolución de Saturno en el ser humano actual tal y como es, pues en él todas las etapas evolutivas están unidas sintéticamente, están conectadas, de modo que las individuales desaparecen en la unión, en la armonía. Pero la enfermedad provoca una u otra manifestación en su forma particular. Y ahora debe ocurrir que lo que he indicado en la «Ciencia Oculta» no se comprenda realmente solo con el entendimiento, sino que se comprenda tal y como se describe allí: que se sienta en todas partes cómo, durante la evolución de Saturno, actúa de manera penetrante un calor cósmico. Al estudiar la evolución de Saturno, hay que recurrir en todo momento al elemento calorífico, hay que conducir hacia el elemento calorífico. Saturno actúa en el ser humano, y lo que se ha descrito sobre la evolución de Saturno actúa en el ser humano, pero no se manifiesta en el ser humano terrenal cuando este armoniza en su interior todas estas cosas y las integra entre sí. Sin embargo, actúa cuando el ser humano está enfermo. Entonces se separan las cosas que, en otras circunstancias, se unen armoniosamente; entonces, el elemento de Saturno actúa por sí mismo y se manifiesta en la fiebre. Solo tendremos una ciencia de la fiebre cuando le demos un carácter cósmico, cuando podamos profundizar en cómo actúa el antiguo Saturno en el ser humano, de modo que se comprenda realmente cómo, en la manifestación de la fiebre, lo cósmico actúa a través de las fuerzas de Saturno, que hemos encontrado absorbidas espiritualmente en el interior de la Tierra. Cuando encontremos las fuerzas de Saturno en toda la superficie terrestre, —sobre todo en las fuerzas del plomo y distribuidas por todas partes—, alcanzaremos una comprensión íntima de la fiebre, y deberemos ver en ella aquello mediante lo cual el orden divino-espiritual de los mundos ordena el mundo según la medida. En la intensidad de la fiebre se expresa esa medida que vive en el orden del mundo, al fluir el calor hacia ese orden; esa medida que se funde con los demás y se armoniza con ellos. Pero, ante todo, debemos ver esa medida en los síntomas febriles. Por eso debemos dejarnos impresionar profundamente por:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

En realidad, es el espíritu del ser humano el que se manifiesta durante la fiebre, un espíritu que, por lo demás, permanece oculto entre los demás elementos. Durante la fiebre, el espíritu del ser humano, que se ha polarizado, se hace valer. El componente más antiguo de la naturaleza humana aparece durante la fiebre en la superficie de la existencia.

Ahora bien, como ven, tras la evolución de Saturno viene la evolución del Sol. En ella, por un lado, el mero elemento calorífico se condensa en aire, pero, por otro lado, se diluye en luz. La luz y el aire interactúan entre sí, van de la mano. Absorbemos el ritmo del aire al respirar, absorbemos la luz; y la luz, en sentido oculto, no es solo aquello que actúa en el ojo, sino que es una expresión general de lo que actúa a través del Sol. El ojo es simplemente el representante más destacado de lo que actúa a través del Sol. En la Edad Media se denominaba «tintura espiritual» a aquello que actúa en la luz. Llegamos ahora a la evolución solar; esta evolución solar también está presente en el ser humano actual y, de hecho, la percibimos de inmediato como algo que no actúa ahora en la Tierra, sino que es el efecto residual de la antigua acción solar, cuando colocamos los dedos sobre el pulso del ser humano, con la sensibilidad adecuada. El número de pulsaciones expresa la antigua evolución solar que hay en nosotros. Y por eso tenemos, en segundo lugar:

Siente, en el latido del pulso, 
la fuerza del alma del sol

No es indiferente, queridos amigos, que sigamos realmente este camino o no. Uno puede tomarse en serio o no algo así. Pero hay una diferencia enorme entre que reflexionen realmente, cuando se dedican a leer el termómetro, —solo hay que interiorizarlo en la práctica interior—, sobre qué imagen representa la evolución en la era de Saturno: Allí se os aparece el mundo entero, porque todo está sometido a la corriente de calor, como un don espiritual en el que, a través del calor, el amor fluye hacia cada cosa por separado. Y si reconocéis, en este estado de ánimo de entrega religiosa, cómo fluye el amor hacia el mundo a través de lo saturnal con la ayuda del calor; si reconocéis, en esta entrega agradecida a la creación cósmica cálida y amorosa, y en el momento en que examinan la fiebre, desde ese estado de ánimo, reconocen lo que está presente, entonces se les ilumina una intuición sobre lo que deben hacer en ese preciso instante.

Del mismo modo, no se debe tomar el pulso de la forma rudimentaria y chapucera en que se suele hacer, sino que, al tomar el pulso, se debe poder sumergirse realmente en aquello que emana del Sol como «ritmo cósmico». Al tomar el pulso, uno debería poder percibir cómo se encuentra el ser humano inmerso en la luz, que difunde luz y aire y que irradia por todo el mundo. Entonces, a su vez, todo el ser humano se ve involucrado en su voluntad de sanación. La voluntad de sanación no puede alcanzarse mediante un imperativo interno, sino que solo puede lograrse a través de una actitud de entrega del alma en el mundo.

Y siga adelante, así llegará a examinar ahora los demás síntomas, que consisten en observar en todas partes en qué medida aquello que actúa en el ser humano no adopta una forma humana, sino su propia forma. Tomemos, por ejemplo, la diabetes, los estados diabéticos. ¿En qué se basan? En el hecho de que [a diferencia de lo que ocurre] en el ser humano armonizado, donde el azúcar está plenamente humanizado, de modo que no actúa por su propia fuerza; sino que, hasta en su más íntima atomicidad, el ser humano se vuelve demasiado débil para impregnar por completo el azúcar. En la organización de su yo, el ser humano sigue a las fuerzas del azúcar, a las fuerzas extra-humanas. Fíjese en todas las fuerzas que se manifiestan en el ser humano en la cistitis azucarada, que aparecen en los residuos de la orina, que se depositan en el cuerpo en la migraña y en otros estados. Fíjese en todo lo que aparece en el cuerpo como sustancias que siguen sus propias leyes y no las leyes humanas; ahí podrá plantearse dos preguntas.

En primer lugar, ¿por qué es posible, en la naturaleza humana, que exista una tendencia a llevar la materia a su propia actividad dentro del ser humano? Si no fuera así, la evolución lunar nunca habría podido intervenir. Interviene precisamente cuando lo material que hay en el ser humano quiere seguir su propio curso. Entonces, las fuerzas lunares se apoderan de esas fuerzas materiales y, precisamente como fuerzas lunares, dan forma al ser humano. Todo lo que se manifiesta en el ser humano a través de la forma está impregnado de las fuerzas lunares. Así como Saturno es el que calienta, y el Sol el que imparte ritmo, la Luna es la que da forma al ser humano. Pues bien, como ven, así ocurre en todo el ser humano. Piensen solo por un momento en lo que siempre destaco. Nuestro cerebro no tiene peso propio. Si lo extraemos, pesa unos 1500 gramos; dentro del cuerpo, solo pesa unos 20 gramos, porque, según el principio de Arquímedes, todo cuerpo pierde tanto peso como pesa la masa de agua desplazada. Pues bien, el cerebro, al flotar en el líquido cefalorraquídeo, desplaza una parte de este líquido; experimenta una fuerza de empuje y ya solo ejerce una presión de unos 20 gramos sobre la superficie en la que se apoya. Así ocurre con todo. Se trata precisamente de que en el cosmos deben existir fuerzas que alivien el peso del ser humano en la medida necesaria para las sustancias que lleva en su interior. El peso debe regularse, y en el propio peso de la materia y en su regulación por parte del cosmos reside el tercero. Así pues, tanto si investiga lo que actúa en el metabolismo, como si se produce algún fenómeno material bajo la influencia de su propio peso, o si el peso se integra en el peso del cosmos, está investigando el orden del mundo divino-espiritual según el peso, y así llega a lo tercero:

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Eso es lo que debe impregnar de nuevo nuestro ser como un estado de ánimo. Cuando hablamos de reumatismo, gota, estreñimiento, diabetes, migraña y todas aquellas afecciones relacionadas de alguna manera con esos depósitos que hacen que las sustancias parezcan tener peso propio, debemos ser capaces de sentir cómo se introduce en nuestras sensaciones algo que se puede expresar con las palabras: «La gravedad terrestre se ha apoderado del ser humano». Hay mucho en palabras como esas. Imbujan sus investigaciones con esas sensaciones. Piensen solo en lo abstractas y superficiales que son hoy en día las investigaciones sobre estas cuestiones, ¡qué irreflexivas! Entonces obtendrán lo que hoy falta, lo que, a pesar de toda la maravillosa conservación de la antigua sabiduría, la antigua virtud y el antiguo saber en el arabismo, ha sido aniquilado precisamente por el hecho de que aquello que existía como Trinidad, —la Luna, el Sol y Saturno—, apareciera ocultada, enmascarada como Padre, Hijo y Espíritu, y que esta Trinidad haya desaparecido, y que el arabismo, en el mahometismo, simplemente lo haya rechazado todo con las palabras, —me refiero a la frase inicial que Mahoma no pronunció, pero que sí pronunció sin duda el ángel que le inspiró, que no era precisamente un ángel excelente, a pesar de ser muy sabio—: ¡Bah, qué Trinidad! - Solo hay un Dios, y Mahoma es quien debía anunciarlo. Se nos remite a ello, a la desaparición de todas las diferencias en el mundo. De este modo, las cosas que en realidad deberían saberse se han oscurecido y nuestra medicina se ha convertido, en realidad, en una medicina árabe-mahometana. La humanidad europea se había vuelto demasiado débil para encontrar lo correcto. Hoy en día es necesario conocer estas cosas; de lo contrario, la humanidad perecerá, por lo que ya deben decirse a sí mismos:

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Verá, si se observa el mundo desde esta perspectiva, hay que tomar estas cosas con verdadera serenidad. Así se comprende que, en el transcurso de la vida humana aquí en la Tierra, se da una tendencia según la cual la individualidad, que proviene de vidas terrestres anteriores, asimila lo que, procedente de la corriente hereditaria, se presenta ahora como un modelo. Ya les he hablado de la lucha que existe entre lo que se forma según el modelo, —el segundo cuerpo humano—, y el primer cuerpo humano, que sirve de modelo. Si uno sabe que tiene ante sí a una persona que, en realidad, está abriéndose camino hacia la superficie, entonces sabe que en esa persona está actuando lo que proviene de encarnaciones anteriores. Y es realmente así: el ser humano que penetra estas cosas con su corazón, con su alma, es quien tiene más oportunidades de percibir en el enfermo aquello que proviene de encarnaciones anteriores, o al menos de intuirlo. Porque, ¿en qué se basa realmente lo que sale a la luz en la enfermedad? En el caso de la persona sana, ocurre lo siguiente: existe la organización de la cabeza, que, en su conformación, ya está separada externamente del resto de la organización. La cabeza es una cavidad ósea en la que está encerrado el cerebro. Lo que es la continuación de la cabeza también está encerrado en los huesos. Está ahí por sí mismo, y luego se une lo demás, lo que pertenece al ser humano. Pero en la organización más sutil del ser humano hay algo que separa estas dos partes entre sí. Verá, no es fácil demostrarlo a través de la anatomía externa ni de la fisiología externa, pero hay muchísimo que tener en cuenta en lo que consiste, por ejemplo, la transformación de los nutrientes, en el sentido de que estos nutrientes, en su estructura interna, no entran tal cual en la organización de la cabeza, ni siquiera en la organización nerviosa. Existe un límite claramente fijado que no puede traspasarse. ¿Quién no debe traspasarlo? Bueno, verá, en la organización de la cabeza, desde el inicio de la evolución del ser humano, lo que más influye es aquello que, procedente de vidas terrestres anteriores, ha conservado su fuerza a lo largo del tiempo entre la muerte y el nuevo nacimiento. De la cabeza emana lo que actúa como fuerza de individualidad del niño. Pero no debe descender sin ser filtrado al resto de la organización corporal. Debe haber un filtro, una capa intermedia. No es visible desde el exterior, pero está presente en la organización. Nada sin filtrar desciende. Ni el pulmón como órgano ni el hígado como órgano deben verse afectados directamente por las fuerzas procedentes de encarnaciones anteriores; estos órganos no lo soportan. Y, en realidad, surge algo terrible en el ser humano cuando uno tiene que admitir que la fuerza procedente de vidas terrenales anteriores llega directamente al hígado sin ningún tipo de filtrado. Lo que constituye la individualidad humana transforma, en el período que transcurre entre la muerte y el nuevo nacimiento, las fuerzas que se encuentran en los pulmones y el hígado, en el sistema metabólico de las extremidades y, en parte, también en el sistema rítmico, para convertirlas en la organización de la cabeza. La organización metabólica de las extremidades solo vuelve a conectarse desde el exterior. La individualidad humana, que es eterna, solo puede volver a entrar cuando el ser humano ha atravesado la puerta de la muerte, cuando lo físico-material se desprende de ella y solo las fuerzas de los pulmones y el hígado han atravesado la puerta de la muerte, de modo que se producen daños en el ser humano durante la vida terrenal cuando la individualidad penetra en ciertos órganos a los que no debería acceder.

Por eso, ante ciertos estados patológicos, uno se dice con tal entrega interior: «Ah, como no existe una separación verdadera, la individualidad de la vida terrenal anterior influye en el órgano que ahora solo debería estar influenciado por esta vida terrenal». Por eso ven en la persona enferma la influencia de la individualidad de vidas terrenales anteriores. Esta individualidad, que solo debería manifestarse en lo moral y en lo relacionado con el destino, que debería limitarse a lo que el ser humano hace y experimenta, y que no debería afectar a la organización de la parte principalmente terrenal del ser humano, actúa en parte en su sistema metabólico y de las extremidades, en parte en su sistema rítmico y en parte en su sistema neuro-sensorial, porque la frontera se ha vuelto defectuosa. Verá, surge una actitud hacia el ser humano al saber que, en el pulmón enfermo, actúa la individualidad del ser humano. Cuando observo a un enfermo de tisis, siento una compasión muy concreta, debido a que nuestra época es tan materialista que distrae al ser humano en el mundo exterior de cómo debería vivir su karma según el destino, y lo empuja moralmente, con toda nuestra vida carente de espiritualidad, hacia su propia corporeidad. La individualidad, en lugar de fundirse con lo moral, es rechazada por nuestra época; se vuelve orgánica, se apodera de los órganos, y sobre todo de los pulmones, que son la parte del sistema metabólico orientada hacia el interior, mientras que este, por su parte, está orientado hacia el exterior. La corporalidad se apodera directamente de la individualidad que llega de encarnaciones anteriores. Estas cosas no son tan importantes por el hecho de que se teorice sobre ellas, sino porque uno puede sumergirse en ellas con todo su ser, y entonces surge precisamente lo que es la voluntad de sanar y lo que, de manera adecuada, se une entonces a la necesidad de sanación del ser humano. En realidad, según nuestra cultura materialista actual, el sanador está extraordinariamente separado del ser humano que busca la sanación. No se le acerca, porque se necesita algo más para acercarse, porque hay que tener sensibilidad hacia aquello que vive en el ser humano como algo eterno. Y a partir de esa sensibilidad se desarrolla la relación correcta entre el sanador y el que debe ser sanado, y entonces se comprende cómo hay que individualizar realmente; pues cada persona tiene su propio karma. Hay que individualizar en el proceso de sanación.

Esas son las cosas, verá, que debemos dejar que nos influyan sobre todo de forma íntima. Las cosas adquieren un carácter esotérico cuando se deja que nos influyan de forma íntima; y algo como el Evangelio de Lucas encierra todo el estado de ánimo que se necesita para avanzar en este sentimiento. Por eso es cierto que las cosas han surgido objetivamente, han surgido cuatro facultades: una facultad de Lucas, una de Mateo, una de Marcos y una de Juan, pero hoy en día no se percibe nada de ello, porque el arabismo sigue vivo, especialmente en la medicina. Se producirá una «cristianización» cuando las cosas se aborden de tal manera que se vuelva a lo cósmico. Para ello, hay que ser consciente de la propia posición cósmica como médico. Habrán podido comprobar, a partir de todo lo anterior, hasta qué punto influyen en la forma humana las fuerzas que dirigen desde la Luna. Si las fuerzas lunares que dirigen la forma humana actúan de manera demasiado irregular, entonces hay que poder dirigir la atención hacia ello, hay que tener claro que se cura eliminando esa parte de irregularidad que habita en el interior de la forma; y eso ocurre cuando se trata al enfermo de tal manera que la conciencia cósmica intervenga. Pero entonces, como ven, lo otro debe hacerse, en cierto modo, visible. Hay que adoptar un punto de vista. Hay que observar algo desde fuera. Al fin y al cabo, no se puede observar el ojo desde fuera. Aquello que nos permite observar todo desde fuera, lo que actúa desde ahí, es lo que, por otro lado, nos proporciona conceptos claros de todo, pero sin introducir de inmediato la abstracción en esos conceptos claros, sino dejando que nuestro corazón participe en el pensamiento. No debemos enredarnos en nuestros conceptos, pero tampoco debemos excluir al corazón de nuestro pensamiento abstracto. Debemos ser humanos precisamente porque somos personas íntegras, porque el corazón siempre participa en el pensamiento. Por eso debemos aspirar a no limitarnos a pensar sobre el mundo de forma abstracta, y eso es, en el fondo, lo que hace hoy en día todo pensamiento. Debemos tener claro que tenemos que sumergirnos con nuestro pensamiento; debemos llevar el corazón a todas las cosas. También debemos conocer aquello que se entrelaza con los pensamientos desde el corazón; debemos aprender de nuevo a manejar la vara de Mercurio, y no lo conseguiremos de otra manera que pasando de la Luna a Mercurio. A eso es a lo que me refería en las conferencias que también trataban sobre Rafael, pues Rafael es precisamente el Mercurio cristiano, a la vida cultural general de aquella época. Si se impregnan de esa conciencia, desarrollarán los sentimientos adecuados hacia aquello por lo que realmente deben trabajar, ahora que, como jóvenes, se adentran en el mundo de la medicina. En todo el mundo brota, en efecto, lo contrario de lo que en realidad debería suceder, y precisamente en lo que respecta a la esencia de la medicina ha surgido últimamente algo terrible, en el fondo. Se trata, —perdóneme por recurrir a algo tan cotidiano, pero así se ve cómo actúa lo contrario—, del sistema médico de los seguros de enfermedad. En él, el médico queda, ante todo, marginado. En Alemania hay una expresión para ello que pone de manifiesto la marginación de lo humano en el médico, que demuestra que se cree que aquí actúan las cosas abstractas y no el ser humano. En realidad, es el médico quien cura y no la ciencia médica. Pero se cree que la ciencia médica es algo que flota en el aire, al margen del ser humano. No se tiene en cuenta al ser humano; se le da, por así decirlo, una bofetada en toda la cara al karma. Porque el karma actúa de tal manera que no une ciegamente a las personas entre sí, sino que, de hecho, cuando existe la posibilidad, en la libre elección del médico sale a la luz un elemento kármico. Pero en la estructura puramente ahrimánica de los médicos de la Seguridad Social, el karma se elimina por completo, y el ser humano queda expuesto a las fuerzas ahrimánicas que combaten exclusivamente el karma. Cuando volvamos a reunirnos, les contaré cómo las fuerzas ahrimánicas se empeñan en aniquilar el karma del ser humano para alcanzar su objetivo. Pero eso es algo que se deriva directamente del sistema de seguros médicos y de la estructura que impide la libre elección del médico, y con ello solo se pone de manifiesto lo que, ¿no es así?, se ha expresado en el lenguaje al elegir la expresión «profesión médica». Creo que incluso figura en la ley sobre los seguros médicos. En ella se refleja todo el ambiente que se respira en torno al sistema de seguros médicos y a la concepción de la medicina como «negocio de la salud». Es algo tan propio de nuestra época que en ello se manifiesta de forma sintomática esa enfermedad cultural que hoy en día aparece en numerosas otras cosas y que atestigua cómo precisamente el médico debe contribuir de manera imprescindible a la curación de estas enfermedades culturales. Pero cuando él mismo se ve en la situación en la que está más expuesto a esta enfermedad cultural, entonces el médico queda completamente paralizado. Y piensen que este terrible hecho se manifiesta en la estructura de las aseguradoras médicas. Estas también tienen su lado positivo, al igual que todo lo que surge en el mundo y que, al tentar y querer desviar a las personas, se presenta de forma deslumbrante, sin que por ello resulte necesariamente desagradable. El diablo siempre adopta la forma de un ángel cuando se manifiesta. Quien ve al diablo con forma de diablo en una visión puede estar convencido de que no es el diablo, pues este se presenta con forma de ángel. Cuando el médico se ve expuesto al impulso más intenso de una enfermedad cultural, entonces, en el fondo, nuestra cultura debe transformarse en una cultura enferma. Por eso es necesario que presten atención a su karma, tal y como les presenta, para colaborar no solo en el ámbito de la medicina, sino también en la esencia enferma del organismo social.

Bueno, por favor, formulen sus preguntas en ese sentido. Mañana volveremos a reunirnos. También he oído que tienen cierta necesidad de que se analice cómo pueden integrarse en el movimiento juvenil general. Podremos complementar algunas de las cosas que acabo de decir hoy. Pero lo que he expuesto hoy ya quería exponerlo, porque pensé que podría ser necesario que lo supierais y lo asimilaseis.

Siente, en los grados de la fiebre,
el don espiritual de Saturno

Siente, en el latir del pulso, 
la fuerza del alma del sol

Siente en la pesadez de la materia
El poder de la luna para dar forma:

Entonces, en tu voluntad sanadora,
ves también las necesidades de sanación del ser humano terrenal.

Traducido por J.Luelmo


GA313 Dornach, 15 de abril de 1921 Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Patología de los efectos del «yo» y su manifestación en la desintegración epitelial y otros fenómenos


Dornach, 15 de abril de 1921

La intención es que éstas reflexiones culminen en la descripción de la esencia, de aquellos remedios que hemos recopilado y que en nuestra opinión, deben difundirse. Sin embargo, no será posible hablar adecuadamente de lo que hay que saber y dominar, en cierto sentido, en relación con estos remedios, si no contamos con la preparación general necesaria para ello. Primero debe crearse esta preparación. Por eso, hoy queremos volver a examinar algunos aspectos que nos puedan introducir en todo el entramado del ser humano, que se configura allí mediante la interacción del yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. Ya se ha mencionado que, mediante un cierto efecto del arsénico, se consigue que el cuerpo astral, —que digamos arrastra consigo al yo—, penetre en los órganos más de lo que lo hace de forma natural en las personas en cuestión.

Pues bien, al integrar más el cuerpo astral en los órganos, se intensifica el proceso de mineralización de estos, de modo que también se puede decir lo siguiente: si se observa que los órganos, como tales, se vitalizan en exceso, que desarrollan en su interior fuerzas vitales demasiado intensas y, en cierto modo, proliferan de forma etérica, entonces el remedio que puede tener un efecto curativo será el aporte de arsénico. Pero también se puede, si se quiere, designar lo que ocurre internamente en el ser humano mediante un proceso externo que, en cierto modo, guarda una afinidad electiva con el proceso humano. Si se quiere expresar esta afinidad del cuerpo astral con el cuerpo etérico —y, por ende, con el cuerpo físico—, se puede denominar sin duda «arsenización». En el ser humano tiene lugar continuamente una leve «arsenización», que se manifiesta con especial intensidad en el momento del despertar. Debemos tener muy claro que el organismo humano contiene en sí mismo, como sistema de fuerzas, aquello que se encuentra en el metal. Existe, sin duda, esta afinidad electiva entre el ser humano y su entorno terrenal y cósmico, de tal manera que ciertos procesos que tienen lugar en el exterior —y que, por ejemplo, culminan en los metales— también se desarrollan en el propio ser humano. Por lo tanto, cuando se habla de la «arsenización» del ser humano, no hay que pensar que el arsénico actúe directamente, sino que el propio ser humano actúa en su interior de la misma manera que lo hace el arsénico en el exterior. Y así se llegará a comprender cómo hay que ayudar a que se produzcan tales efectos en el ser humano. Así pues, si se tiene en cuenta esta arsenización —también podría decirse «astralización»— del organismo humano, se podrá observar que, cuando su efecto es demasiado intenso, esto se manifiesta mediante un cierto calentamiento de la zona del estómago, que también se manifiesta en que incluso surgen ciertas facilidades digestivas, de modo que la alimentación y la digestión se vuelven más fáciles; pero, si se vuelve demasiado fácil, resulta en cierto sentido preocupante, porque entonces todas esas facilidades en el ser humano van seguidas a su vez de reacciones y dificultades; pues todo ello está relacionado con una cierta mineralización del ser humano. Y por ejemplo, existe sin duda una línea de investigación que debería explorarse. Solo hay que llevarla a cabo de la manera adecuada, es decir, teniendo en cuenta todos los demás factores, de modo que en el caso de las personas que se astralizan en gran medida —es decir, que presentan arsenización en sus procesos orgánicos y físicos—, los cadáveres tarden más en descomponerse que en el caso de aquellas personas, que por el contrario, conectan de forma demasiado débil el cuerpo astral con los órganos. Esto sin duda, es algo que habría que observar. De hecho, se aprecia en su forma más extrema en la tendencia que tienen los cadáveres intoxicados con arsénico a momificarse. Se momifican, se conservan con facilidad y se descomponen muy lentamente.

Ahora bien, la cuestión es la siguiente: ¿cómo se puede hacer frente a ello cuando este proceso de «arsenización» o «astralización» actúa con demasiada intensidad en el ser humano, es decir, cuando el ser humano, por así decirlo, se auto-momifica? Hay que asociar una observación, una mirada, a algo así. Si el ser humano se momifica en exceso, ¿cómo se puede hacer frente a ello, cómo se le puede contrarrestar? Y aquí me gustaría decir, por expresarme de forma radical: hay que convertir temporalmente al ser humano entero en un diente. Al fin y al cabo, será algo que pueda llevarnos a descubrir algunas pistas sobre la misteriosa actuación del organismo humano. Conviertan al ser humano en su totalidad en un diente. Intenten, de alguna manera —teniendo en cuenta el organismo en su conjunto—, aportarle la fuerza radiante del magnesio, administrándole magnesio en algún tipo de preparado. Esto es lo que se expresa de tal manera que la fuerza radiante del magnesio descrita por el profesor Römer se provoque entonces en todo el organismo, y esto es lo que, me gustaría decir, realmente nos adentra de forma bastante profunda, por un lado, en una relación que existe entre el cuerpo astral, que por tanto, incluye en sí mismo el yo, y por otro, los cuerpos etérico y físico.

Ahora intentemos pasar a lo contrario, a aquel estado en el ser humano en el que el cuerpo astral y el «yo» tienen poca inclinación a impregnar los órganos, en el que los órganos, en la medida en que reciben los efectos físicos y etéricos, comienzan a quedar abandonados a su suerte. Se trata de un estado que se manifiesta, por así decirlo, en la ausencia de una conexión adecuada entre lo que debería ser una interacción —la interacción nutritiva del ser humano con su entorno— y los procesos orgánicos internos. Los procesos orgánicos internos comienzan a desarrollar con energía su fuerza vital. No reciben ninguna influencia del exterior; la penetración que ejercen las fuerzas del «yo» en los nutrientes, disminuye. De este modo, el cuerpo astral también queda comprometido en una de las dos direcciones. No puede pasar adecuadamente al cuerpo etérico. Se produce —me atrevería a decir— una proliferación de la actividad física y etérica, lo que se manifiesta en un primer momento por la aparición de diarreas, que, en esencia, están relacionadas con fenómenos tales como la presencia de sangre en las heces, hasta el punto de que la actividad vital interna se intensifica tanto que se desprenden pequeños fragmentos de tejido orgánico de las paredes intestinales y aparecen en las heces, hasta el punto de que las heces presentan un líquido similar al agua de lavado de carne, lo que indica claramente que la fuerza vital está proliferando en su interior sin que la fuerza de astralización la obstaculice. Estas son las cosas. Por último, también se absorbe y se excreta la proteína sin que se procese de la manera adecuada. Estos son los estados que se provocan. Y en esencia, aquello que debe actuar en el ser físico y etérico del ser humano, para que se lleven a cabo estos movimientos semiconscientes —que, por supuesto, son necesarios en el organismo humano—, es precisamente el cuerpo astral y el Yo. Y así, imagínense ahora que el cuerpo astral y el Yo no intervienen aquí de la manera adecuada, y que el cuerpo etérico y las funciones físicas permanecen aislados; entonces surge precisamente la deposición nervioso-compulsiva, que es característica de tales fenómenos. Y cuanto más describan el asunto, cuanto más avancen desde los estados habituales de diarrea hasta la disentería y demás, es decir, cuanto más profundicen en la descripción de este cuadro clínico, más se darán cuenta de que deben describirlo de tal manera que, en todos estos fenómenos, evoquen la imagen opuesta a la arsenización o la astralización. En todas partes está presente la imagen opuesta a la astralización o la arsenización. Y dado que el cuerpo astral está muy implicado en ello, ahora se verán llevados, diría yo, de forma natural a la conclusión de que, como antídoto, hay que utilizar todo aquello que proviene del arsénico, es decir, que hay que contrarrestar estos estados precisamente mediante la arsenización.

Creo que en lo que respecta a estas cuestiones, puede enriquecerse e intensificarse la imaginación del ser humano extraordinariamente, si uno se da cuenta de que en el fondo, para todo lo que ocurre en el interior del ser humano, existen también procesos correspondientes fuera de él, en el mundo exterior. Y naturalmente, aunque para quien haya pasado por el sistema educativo actual,, esto deba sonar terriblemente chocante, no quiero evitar utilizar aquí ciertas expresiones que, para la ciencia espiritual, tienen un sentido muy serio y que, si se interpretan correctamente, pueden conducirnos a una comprensión muy profunda de las cosas.

Lo que se observa en el ser humano durante el proceso de arsenización, durante la astralización —eso que yo llamaría «desmoronamiento», la mumificación del organismo físico—, en el fondo, es exactamente el mismo proceso que tiene lugar cuando la tierra se vuelve rocosa. Allí donde la Tierra se presenta con características rocosas, está envenenada, en cierto sentido, por el arsénico o en los primeros estadios de ese envenenamiento. Por el contrario, imaginen ahora que la astralidad exterior —que, como ya insinué en el último ciclo de conferencias, rodea la Tierra por todas partes— logra, en cierto modo, eludir la superficie terrestre, eludiendo aquello que la astralidad exterior tiene que realizar en la producción de las flores, de las plantas, en la salida de las plantas de la tierra hacia el mundo superior; es decir, si la astralidad exterior lograra, en cierto modo, penetrar bajo el suelo, eludir la Tierra y adherirse al agua, entonces, en tales zonas, la Tierra contraería la disentería. Cuando la astralidad cósmica exterior actúa o puede actuar sobre las aguas subterráneas, en tales casos la Tierra contrae la disentería. Y, de hecho, el proceso que describo aquí tiene fundamentos reales, fundamentos muy reales, y es algo que se debería tener en cuenta. Porque arroja luz sobre la relación entre lo que ocurre bajo tierra y fenómenos como, por ejemplo, la disentería, que, en realidad, a menudo hay que estudiar de tal manera que se pueda observar en ella una especie de efecto de lo subterráneo —concretamente, de lo que se encuentra en el agua— sobre el ser humano. Lo esencial será ahora tener en cuenta que el cuerpo astral está muy implicado en el proceso y que, por lo tanto, será necesario aplicar dosis moderadas y potenciaciones moderadas en la curación, ya que el cuerpo astral depende para su eficacia, precisamente, del miembro medio del organismo humano.

Pues bien, los síntomas que se manifiestan de forma similar a la difteria son especialmente capaces de aportar información significativa sobre ciertos aspectos —me atrevería a decir que íntimos— del organismo humano. Y estos síntomas, que se manifiestan de forma similar a la difteria, deberían estudiarse con mayor detenimiento, aunque solo sea para buscar métodos terapéuticos. En mi opinión, sigue existiendo hoy en día una idea, derivada en gran medida de la visión materialista, de que la difteria debe tratarse de la forma más localizada posible, de que hay que abordar la difteria centrándose en su localización, aunque naturalmente, precisamente a este respecto, han surgido numerosas opiniones contrarias.

Pues bien, lo importante en el origen de la difteria y de todo lo relacionado con ella es que debemos añadir algunas precisiones a lo que hemos visto en el curso anterior, ya que entonces no pudimos profundizar con tanta exactitud en esta interacción entre los cuatro miembros espirituales del organismo humano. Ya he señalado en otro contexto que el aprendizaje del habla por parte del niño va acompañado de todo tipo de procesos orgánicos. El niño aprende a hablar. Mientras aprende a hablar, es decir, mientras tiene lugar algo especial en su organismo respiratorio, ocurre también algo totalmente opuesto en su organismo circulatorio, que, como es sabido, alberga los procesos del metabolismo.

Ahora bien, en un contexto totalmente distinto, he señalado que aquello que se manifiesta en la relación del ser humano con el mundo exterior, al alcanzar la madurez sexual, tiene lugar internamente durante el aprendizaje del habla; es decir, que en cierto modo, este impulso del cuerpo astral —que, al alcanzar la madurez sexual, se dirige desde el interior hacia el exterior— se produce de abajo hacia arriba en el proceso de astralización; pues la capacidad de aprender a hablar se desarrolla precisamente en la dirección de abajo hacia arriba. Así pues, también en este caso nos encontramos ante un proceso de astralización, y podremos ver claramente que, cuando tenemos aquí, en cierto sentido, el límite entre el sistema respiratorio y el sistema circulatorio, (véase lámina 1), se produce una interrelación entre lo que asciende de abajo hacia arriba como astralización (amarillo), y los órganos que, desde arriba, acuden al encuentro de esta astralización y se fortalecen precisamente en su capacidad del habla. Lo que debe interesarnos especialmente es entonces lo que ocurre simultáneamente en la parte inferior. Porque lo que ocurre al mismo tiempo ahí abajo tiene la tendencia a subir hacia arriba. Todo el proceso es de abajo hacia arriba. El conjunto tiene la tendencia a ir de abajo hacia arriba (flechas amarillas).

lámina 1

Si ahora el proceso, que discurre de abajo hacia arriba, se extiende con demasiada intensidad hacia arriba, si durante el aprendizaje del habla de los niños se produce una ascensión excesiva de la astralidad, entonces en esa ascensión excesiva de la astralidad reside la predisposición a desarrollar algo parecido a los síntomas diftéricos. De este modo se originan, pues, los síntomas diftéricos. Y es muy importante que se tenga debidamente en cuenta esta relación.

Ahora consideremos también el proceso externo de la Tierra, que guarda cierta afinidad con el proceso que acabo de describirles. Supongamos que esto es la superficie terrestre (véase lámina 2). En una planta que, digamos, se comporta de forma adecuada ante el cosmos, ocurre que la tierra participa en la formación de sus raíces, que luego la influencia terrestre va disminuyendo y la influencia extraterrena se hace cada vez más fuerte, pero esta influencia extraterrena se manifiesta especialmente en la flor (en rojo). Lo que se desarrolla aquí en la flor es, en realidad, una especie de astralización externa de la flor, que es lo que luego lleva a la formación del fruto. Cuando lo que aquí, (véase el dibujo de la lámina 2, en rojo arriba), debe suceder en el curso normal de los procesos cósmicos sucede precisamente ahí abajo, solo puede depositarse en el agua, y entonces tenemos lo que acabo de mencionar: la disentería de la Tierra.

lámina 2
Pero lo que realmente sucede allí —lo que, como se ha dicho, cuando la planta se desarrolla hasta convertirse en una planta normal, siempre tiene lugar un poco por encima de la superficie del suelo, donde se abre la flor— también puede desarrollarse precisamente allí donde se encuentra la superficie del suelo (véase el dibujo inferior de la lámina 2, en rojo abajo), y es entonces cuando surgen las setas. Esa es la razón de la formación de hongos.

Ahora bien, seguramente no le costará mucho pensar lo siguiente: si los hongos surgen a raíz de una astralización tan peculiar, entonces ese mismo proceso —y así es, de hecho— debe tener lugar de abajo hacia arriba, cuando esta extraña astralización se produce en el interior, en dirección a la cabeza, como ocurre en la difteria. Y de ahí que haya una tendencia a la formación de hongos en la difteria. Esta tendencia a la formación de hongos en la difteria es algo que hay que tener muy en cuenta. Esto también les indicará que, en el fondo, se produce un proceso verdaderamente oculto —todo lo externo no es, en realidad, más que un indicio de que en el interior del ser humano predominan corrientes astrales irregulares—, le dará una indicación de que, con una patología que solo se ocupe de los síntomas externos, solo se puede tener la manifestación externa de todo el proceso, que se considera local porque solo se observa lo externo, y que esa presión que viene desde dentro queda precisamente sin tener en cuenta en un caso así. Toda la actitud escéptica que se tiene ante este proceso resulta perfectamente explicable si se vuelve sobre estas cuestiones que acabamos de examinar.

Ahora bien, es cierto que, en el caso de los síntomas diftéricos, el riesgo de contagio es elevado. ¿Por qué es elevado? Lo es porque los síntomas diftéricos aparecen en estrecha relación con el aprendizaje del habla; por eso se manifiestan con mayor frecuencia en niños de entre dos y cuatro años. La probabilidad de que se presenten vuelve entonces a disminuir. Pero cualquier proceso en el organismo humano que, en un momento dado, se produzca en cierto modo de forma normal, también puede manifestarse de forma anómala. Así pues, este proceso, que es simplemente un proceso infantil, también puede presentarse en otra etapa de la vida, aunque sea con cierta modificación o metamorfosis. Cuando la difteria se presenta en una edad más avanzada, sigue siendo algo en lo que lo infantil actúa en el ser humano. Y el carácter fundamental de lo infantil es, como ustedes saben —en la exposición externa de los hechos de las ciencias espirituales solo es necesario hablar más de lo psíquico—, el proceso externo de lo infantil es la imitación, sin más que la imitación. Y se busca esa imitación. El propio organismo se ve impulsado a convertirse en imitador cuando contrae la difteria. Por eso, en realidad, el contagio se basa en este «convertirse en imitador» del ser humano. Ya en esta imitación hay algo de una suave sensibilidad. Se puede percibir sin duda una ligera sensibilidad en esta imitación. Si se analiza el asunto desde el punto de vista de la ciencia espiritual, se descubre que el «yo» desempeña, al fin y al cabo, un cierto papel en este contagio por difteria. Y por eso mismo, lo que se desarrolla como una especie de hongo, lo parasitario, resulta más contagioso en la difteria que en otras enfermedades, porque el organismo humano, debido a su instinto de imitación, se presta a ello. En cuanto —por decirlo de manera un tanto simplista— percibe de alguna forma la toxina de la difteria, se muestra receptivo a ella, imitándola. Por eso, una orientación psíquica —si es posible, cuando el estado está a punto de manifestarse— o un refuerzo mediante la disposición anímica tendrán, en cualquier caso, un efecto favorable.

Sin embargo, es evidente que, ante procesos que afectan tan profundamente al organismo, se podrá lograr mucho menos que si se intentara —por así decirlo— buscar el remedio específico que contrarreste el proceso que se está desarrollando. En este caso, al menos yo no tengo constancia de que se haya hecho ningún intento, ni siquiera de forma empírica y experimental, de buscar un remedio específico precisamente contra los síntomas diftéricos. Hay que buscarlo, por ejemplo, en el cinabrio potenciado hasta un grado medio. El cinabrio es aquello cuyos efectos habrá que buscar como antídotos para todos los síntomas que acabo de mencionar. El cinabrio, ya por su aspecto exterior, expresa el efecto antídoto. Pero una apariencia externa solo explica algo cuando se complementa con una visión interna. La antigua doctrina de las signaturas se basaba en la existencia de una visión interna instintiva; en realidad, esta doctrina ha desaparecido simplemente porque hoy en día las personas no tienen la capacidad de observación necesaria para algo así, ya que dicha capacidad se ha perdido. Pero es importante que uno pueda, en última instancia, percibir esa acción interior que, en el fondo, se manifiesta también en todas las manifestaciones externas del mundo. Y así, aquel que —¿verdad?— no se queda estancado en lo místico y luego introduce todo tipo de elementos místicos en el asunto, sino que mantiene su sentido común ante tales cosas, tendrá que decirse a sí mismo: El rojo cinabrio es algo que, en cierto modo, ya expresa su efecto contrario a la formación de hongos; lo que carece de color puede enmohecerse. Si en la formación de hongos interviene una astralización demasiado fuerte de la superficie terrestre, en el caso del cinabrio se produce precisamente un efecto de retroceso, una acción contraria a esa astralización, y de ahí el enrojecimiento. En todos los casos en que se produce un enrojecimiento en los procesos naturales, existe una fuerte acción contraria a la astralización. Me gustaría decir que, si se expresara esto en una fórmula moral, sería así: al enrojecerse, la rosa intenta defenderse contra la astralización. Se trata, pues, de ámbitos de la observación patológico-terapéutica que están claramente relacionados entre sí en un cierto contexto, y que nos conducen a este comportamiento peculiar del «yo» y del cuerpo astral respecto a los demás órganos: a la toma de control de los demás órganos, a la desconexión de los demás órganos o, por el contrario, a la manifestación de influencias astral en un flujo de abajo hacia arriba.

De esta manera, por así decirlo, se puede ir comprendiendo poco a poco todo el cuerpo humano. Se puede comprender si, a partir de estas reflexiones, se pasa a algo más. Y ahí tendrán que fijarse de nuevo en algo que ahora me gustaría añadir como complemento a lo que expuse el año pasado.

Es muy peculiar cómo el «yo» humano —si lo consideramos ahora como algo que actúa en el ser humano a nivel espiritual, psíquico, orgánico y también mineralizador— es una especie de, me atrevería a decir, portador de fósforo. Y este «yo» desarrolla su función de transportar fósforo de tal manera que llega con este transporte hasta la periferia del ser humano orgánico. El transporte de fósforo, la fosforización del organismo humano, es una actividad del «yo». Este transporte de fósforo hasta el límite más extremo, hasta la periferia del ser humano orgánico, se lleva a cabo, me gustaría decir que el «Yo» la lleva a cabo de una manera extraordinariamente ingeniosa, ya que, hasta un cierto límite —que, sin embargo, es necesario respetar—, el «Yo» solo puede transportar el fósforo a través del organismo uniéndolo a otras sustancias, combinándolo químicamente con ellas, y, en esencia, impide, durante este transporte del fósforo a través del organismo, que el fósforo se libere químicamente. Una de las funciones del «yo» es impedir esa liberación química del fósforo, hasta el punto de mantener solo las trazas de fósforo que son necesarias para que se produzca aquello que ocurriría a gran escala si el «yo» no lograra impedir que el fósforo introducido se liberara. Así pues, si el fósforo se liberara, por así decirlo, y provocara un efecto intenso en el organismo humano, se produciría entonces un proceso muy especial. A lo largo de estas conferencias les he dicho, que cuando el ser humano entra en el mundo —es decir, cuando aquello que antes solo existía en él a nivel anímico-espiritual, se encarna—, se crean en primer lugar las imágenes del cuerpo etérico, del cuerpo astral y del yo. También les he dicho que todo aquello que es imagen del «yo», se encuentra en realidad, en sistemas dinámicos, en sistemas de movimiento que alcanzan el equilibrio. Esto es algo que hay que tener muy en cuenta, especialmente en este punto de nuestras reflexiones. Debido a que el «yo» en el desarrollo de equilibrios a partir de desequilibrios, de situaciones de equilibrio alteradas, —y cuando doy un paso, la situación de equilibrio se altera, tengo que restablecerla, pero lo mismo ocurre también a través de procesos internos—, al trabajar así, el «yo» necesita el fósforo. Este trabajo se lleva a cabo esencialmente con el fósforo.

Si el «yo» no actúa de tal manera que agote su fosforización al convertir en estática la dinámica humana, entonces se acerca con el fósforo a aquello que, desde el principio, es una imagen del «yo»: esa conversión de lo dinámico en estático. Ahora bien, ya he señalado que también debemos tener en cuenta al ser humano líquido, al ser humano gaseoso y al ser humano térmico. Imagínese por un momento que tiene que ver con el ser humano líquido y con aquello que, desde la imagen del yo —el cuerpo astral, en el que a su vez se imprime el yo—, se adentra en el cuerpo etérico; se trata, pues, de que también en este cuerpo etérico deba producirse una transición continua de lo dinámico, de un desequilibrio hacia el equilibrio.

Ahora bien, lo que aquí entra en juego son efectos extraordinariamente sutiles, efectos realmente muy sutiles. Y estos efectos sutiles se regulan gracias a que en el cuerpo humano hay unas esferas que, en cierto modo, flotan libremente y, sin embargo, están relacionadas con todo el movimiento del organismo, incluido el movimiento interno. Se trata, en efecto, de los glóbulos sanguíneos. Lo que hace el «yo», al intervenir en la movilidad —por ejemplo, también en la movilidad térmica interna—, debe incidir sobre estas partículas sanguíneas. Estas partículas sanguíneas, estos glóbulos, no son, por tanto, simples esferas, sino que son de tal naturaleza que ya en su forma muestran que están diseñados para llevar los movimientos al equilibrio. Me gustaría decir: aquello que hace el «yo» al intervenir en la capacidad de movimiento del organismo humano, llega precisamente a su límite en los glóbulos sanguíneos; y ahí debe ser detenido, ahí debe tener lugar esa —me atrevería a decir— interacción más íntima entre el «yo» humano y todo el organismo humano. Y ahí es donde tiene lugar lo que yo llamaría la lucha más oculta entre la fosforización continua del ser humano y lo que subyace en los procesos formativos de la sangre. Y es que, cuando el fósforo se introduce libremente en el ser humano, los glóbulos sanguíneos se destruyen a causa de la fosforización. Esto es lo que nos permite adentrarnos de forma figurada en esta peculiar interacción del «yo», que es, sin duda, algo espiritual, algo espiritual hasta la médula, pero que, a través de los glóbulos sanguíneos, se encuentra en constante interacción con lo físico. La sangre es también, en este sentido, un fluido muy especial; como dice no Goethe, sino un antiguo refrán: la sangre es un fluido muy especial; es aquello en lo que lo físico externo del ser humano entra en interacción con lo más espiritual que lleva en sí mismo, con el «yo», y donde puede producirse lo más destructivo cuando precisamente el «yo» entra de manera errónea en esta interacción. Por eso, bajo una interacción errónea de este tipo, se puede arruinar tanto en lo físico: desintegración del epitelio, degeneración grasa que llega hasta las fibras musculares, especialmente en las fibras musculares estriadas, porque son aquellas sobre las que el «yo» ejerce una influencia especial; desintegración de los glóbulos sanguíneos, etcétera. Sí, este proceso de degradación puede llegar incluso hasta los huesos en el plano físico, si los efectos del fósforo no funcionan correctamente.

Me parece que, en esta interacción del «yo», —que queda muy claro, naturalmente, que el yo arrastra consigo al cuerpo astral—, y la interacción del cuerpo físico, que a su vez arrastra al cuerpo etérico, se pone de manifiesto con toda claridad cómo tiene lugar, diría yo, una búsqueda de lo normal y lo anormal, una normalización continua hasta alcanzar una cierta culminación, tras la cual se produce un reflujo, y cómo se manifiesta esto cuando nos enfrentamos, por ejemplo, a una intoxicación por fósforo. Cuando se trata de una intoxicación por fósforo, se observa que, en un primer momento, tanto el cuerpo astral como el cuerpo etérico se defienden de aquello que se impone en el cuerpo físico y en el «yo». Se defienden; y lo hacen con todas sus fuerzas, con la fuerza más poderosa de que dispone el cuerpo etérico. Quiere hacer frente a aquello que se manifiesta en el «yo» con una intensidad excesiva, quiere oponerse a ello y, para ello, refuerza sus propias fuerzas. Por eso, el proceso en la fase inicial de una intoxicación por fósforo guarda tanta similitud interna con otro proceso, a saber, con la aparición de una cierta retrospectiva del ser humano tras la muerte, que, como saben, puede durar varios días: un día y medio, dos días, tres días. En esta retrospectiva se produce una retención del cuerpo etérico en el cuerpo astral. Ambos se mantienen unidos, por así decirlo. Esto es lo que ocurre inicialmente también en el cuerpo humano cuando se produce una intoxicación por fósforo. Se desarrolla todo aquello que puede desarrollarse mediante la interacción entre el cuerpo astral y el cuerpo etérico, y lo que precisamente tiene lugar cuando se produce esta retrospectiva a través del cuerpo etérico tras la muerte. Por lo tanto, debido a esta fuerza empleada, en un primer momento se producirá una mejoría tras un periodo tan prolongado como el que duraría tal retrospectiva, seguida de un debilitamiento y un agotamiento. Luego, una vez que se haya producido este agotamiento, el efecto anómalo del «yo» se reanudará con mayor intensidad. Una verdadera intoxicación por fósforo es, en efecto, algo extraordinariamente difícil de combatir, algo que probablemente solo podría combatirse si se intentara, de la manera más enérgica, influir en todo el organismo de tal forma que en él se produjera una fuerte interacción entre lo astral y lo etérico, lo cual probablemente se lograría si se contrarrestara la intoxicación por fósforo, por ejemplo, mediante la aplicación intensiva de emplastos muy potentes en distintos puntos del cuerpo humano y medidas similares. Sin duda se obtendrían resultados. Hay que tener claro, entonces, que es necesario tener tacto para saber hasta dónde hay que llegar en un caso así.

Como ven, cuando el «yo» interviene en el organismo físico, este se ve profundamente involucrado en lo que podríamos llamar la «fosforización» del ser humano. Pero entonces, cuando el «yo» interviene con fuerza, es decir, cuando interviene de forma destructiva en el organismo físico, necesariamente tiene que producirse también el polo opuesto; entonces, aquello que el «yo» provocaría normalmente en el organismo humano, si no interviniera con demasiada fuerza, también tiene que sufrir. Por eso, en caso de una fosforización excesiva, se producirán estados de insomnio que se deben simplemente a que tiene lugar una tendencia demasiado fuerte por parte del cuerpo astral y del yo. Esto se deduce de todo lo que he dicho: encontrarán dolores de cabeza, delirios, necesidad de dormir. Y en la intoxicación por fósforo se producen todos estos síntomas y también —por lo general antes de la parálisis— estados anémicos, que surgen naturalmente según lo que he dicho sobre la interacción con la sangre. Y lo que ahora se encuentra en el centro, es decir, lo que ocurre durante la fosforización cuando, podría decir que este ataque a los glóbulos sanguíneos que parte del «yo» tiene lugar, y que a su vez se ve repelido cuando se produce ese vaivén, se manifiesta en síntomas similares a los de la ictericia; de hecho, en lo que son los síntomas de la ictericia hay que ver, en general, una interacción entre lo psíquico y lo físico.

De lo que les he expuesto se desprende que, en esencia, el proceso del ser humano consiste en realidad en una interacción del «yo» y del cuerpo astral con las fuerzas del mundo exterior, dentro del espacio que delimita la piel humana. Se trata de una interacción de este tipo, y hay que ser capaz de comprender correctamente cómo se puede regular esta interacción, cómo se puede llegar, en cierto modo, a una especie de dominio de la misma.

Bueno, me gustaría decir que, en un plano muy trivial, si se tiene esta perspectiva en mente, ciertas normas dietéticas surgen por sí solas, ya que se sabe que, cuando el «yo» del ser humano actúa con demasiada fuerza, se producen irregularidades en el estómago precisamente como consecuencia de ello, pero, al mismo tiempo, se produce una sobrevitalización que se manifiesta en diarreas anormales y fenómenos similares, es necesario, ¿no es así?, contrarrestar esto de manera adecuada mediante la dieta. Y es precisamente así: el proceso propiamente dicho del «yo» y el proceso del cuerpo astral en el ser humano constituyen una especie de análisis, una descomposición de aquello que en el mundo exterior se presenta de forma sintética. Mientras que, diría yo, tenemos una síntesis primaria en los fundamentos físicos y etéricos del organismo humano, tenemos un proceso de análisis en la actividad del yo y en la actividad astral, y este análisis forma parte sin duda de las actividades normales del ser humano y se expresa, precisamente por su peculiaridad, con tal intensidad que es necesario mantener un equilibrio adecuado en este proceso de análisis. Si el «yo» se convierte en un analizador demasiado intenso frente a las sales de fósforo, entonces analiza las sales de fósforo hasta llegar al fósforo mismo, y entonces el análisis comienza a causar estragos en el organismo humano. Es el punto en el que el análisis puede surtir mayor efecto, uno al que ya me referí en las conferencias del año pasado, en las que se analiza hasta el hierro.

Este análisis hasta llegar al hierro, que está relacionado con el contenido de hierro en la sangre, es lo que, en muchos aspectos, constituye el polo opuesto en lo que respecta al análisis de otros metales, en cuyo caso siempre hay que detenerse, en cierto sentido, a la hora de analizar.

Así pues, hoy quería mostrarles, en cierto modo, cómo en las manifestaciones externas se reflejan imágenes de lo que se desarrolla desde lo espiritual interior. Y por eso, la observación externa del ser humano, tanto en estado de salud como de enfermedad, deberá complementarse con lo que se puede saber sobre el ser humano interior, sobre el ser humano espiritual.

Partiendo de esta base, podremos formarnos una opinión sobre nuestros remedios y establecer las condiciones previas para responder a algunas de las preguntas que se han planteado. Todo ello se tratará, en la medida de lo posible, en las tres conferencias que tenemos por delante.

Traducido por J.Luelmo