RUDOLF STEINER
Reuniones médicas (discursos y debates)
Los miembros superiores del ser son desconocidos en la medicina actual
Dornach, 21 de abril de 1924
Creo que el tema principal que vamos a tratar debe abordarse a partir de las preguntas concretas que ustedes planteen. Solo quiero hacer algunas observaciones preliminares, diría que de carácter general. A lo largo del desarrollo de la humanidad, se han perdido muchos valores reales debido a que, el conocimiento de lo espiritual, se ha ido perdiendo poco a poco, «que, sin embargo, también está presente en todo lo físico». Pero entre las cosas que más han perdido se encuentra, sin duda, la medicina, y ello se debe a que, al limitarse únicamente al conocimiento de la naturaleza, se pierde toda comprensión del ser humano y de su vida en general. Porque una y otra vez hay que subrayar que todos los procesos que tienen lugar en la naturaleza son procesos que no pueden desarrollarse de la misma manera dentro del organismo humano.
Dejemos de lado los organismos animales y vegetales. Hoy en día prevalece la creencia de que un proceso que se observa externamente en la naturaleza puede existir también, de alguna manera, en el interior del organismo humano. Se habla de combustión y de todo tipo de procesos físicos en el interior del organismo humano. En realidad, estos no existen tal cual, y del mismo modo que, frente a lo extranatural, nos encontramos ante un organismo humano cerrado en sí mismo, que a simple vista es algo distinto de un objeto natural extrahumano del exterior, así también cada proceso individual en el organismo humano es algo totalmente diferente. Todos los procesos que tienen lugar fuera del ser humano, en la naturaleza, actúan sobre él en el sentido de la descomposición y la construcción. Y, en realidad, si queremos comprender al ser humano, debemos reconocer en él una triple descomposición.
El primer deterioro o desgaste, es aquel que, en cierto sentido, se produce desde dentro a través de todo aquello que actúa sobre el ser humano desde la Tierra. Las fuerzas terrestres actúan de tal manera que deterioran al ser humano desde dentro. Las fuerzas que actúan desde el aire, —principalmente a través de la respiración—, y que se transmiten al ser humano, actúan de forma destructiva desde la órbita terrestre. Y las fuerzas de la luz actúan sobre el ser humano desde el cosmos con un efecto destructivo. De modo que las fuerzas extrahumanas del cosmos actúan sobre el ser humano de forma destructiva de tres maneras, y cuando la organización del Yo y el cuerpo astral no colaboran con el organismo humano, se produce inmediatamente la destrucción. En el ser humano se contrarrestan los principios destructivos, gracias a la intervención del cuerpo astral y la organización del Yo. Por lo tanto, la degradación provocada por las fuerzas extrahumanas debe producirse en el momento en que el «yo» y el cuerpo astral dejan de actuar en el ser humano. Pero al mismo tiempo esto nos demuestra, que no podemos llegar a un conocimiento del ser humano sin adquirir cada vez más una comprensión real de los miembros superiores de la naturaleza humana, incluso cuando nos centramos en la medicina.
La medicina solo ha llegado a limitarse a probar y experimentar, precisamente debido a que en los últimos tiempos, ya no se ha atrevido a tener en cuenta los aspectos superiores de la naturaleza humana, lo suprasensorial. Ahora bien, el proceso de la enfermedad no puede comprenderse si no se considera en relación con los aspectos superiores de la naturaleza humana. Y tampoco puede comprenderse el proceso de recuperación, el proceso de curación, sin situarlo en ese contexto de relación con los aspectos superiores de la naturaleza humana. Porque, fíjense en lo siguiente: en la cabeza humana se producen, en esencia, procesos de degradación del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Estos procesos de degradación que tienen lugar son precisamente los que hacen posible que, en la cabeza humana, el cuerpo astral y el yo actúen autónomamente. Por el contrario, en la organización metabólica y de las extremidades, en todo lo relacionado con el sistema metabólico y motor, nos encontramos ante procesos constructivos del organismo humano, tanto del cuerpo etérico como del cuerpo físico. En estos procesos constructivos del sistema metabólico-motor, solo intervienen, en el sentido más eminente, el Yo y el cuerpo astral. En todo lo que ocurre en el metabolismo, intervienen el cuerpo astral y el Yo. En todo lo que es movimiento, interviene la organización del Yo. De modo que en el sistema metabólico-motriz tenemos al Yo y al cuerpo astral comprometidos. En la cabeza humana, por el contrario, en cierto sentido, están liberados, allí el Yo y la organización astral son totalmente libres. De modo que, si quisiéramos representarlo esquemáticamente, podríamos dibujar: cabeza física, cabeza etérica, pero ahora el cuerpo astral y el Yo están libres, no implicados en lo físico ni en lo etérico. Por el contrario —si dejamos de lado por ahora al ser humano intermedio, el ser rítmico, el ser sanguíneo—, si consideramos al ser humano metabólico-motriz, en primer lugar el cuerpo etérico está completamente activo en él. También lo está en la cabeza, pero además aquí, —el cuerpo astral y la organización del Yo están activos—,sin estar liberados interiormente, sino provocando los procesos.
Ahora bien, cuando observamos al niño, vemos una conexión completa entre todo aquello que es libre en la cabeza, —como el cuerpo astral y la organización del yo—, y aquello que está vinculado a la organización física, como en el cuerpo, mientras que en el adulto no existe tal conexión interna y, por lo tanto, el cuerpo en su conjunto no depende tanto de lo que ocurre en la cabeza como en el caso del niño. En el niño, todo el cuerpo depende, sin lugar a dudas, de lo que ocurre en toda la cabeza.
Es totalmente imposible adquirir un conocimiento de la naturaleza humana sin tener realmente en cuenta los aspectos superiores de la naturaleza humana. Porque nadie puede comprender realmente lo que ocurre en el sistema motor y metabólico del ser humano si no recurre a lo espiritual y lo anímico. A lo sumo, se puede recurrir a la organización de la cabeza, que se asemeja mucho, en su estructura física interna, al funcionamiento de las leyes extrahumanas. La organización de la cabeza está impregnada por un cuerpo etérico y, aunque se diferencia de las organizaciones extrahumanas, es la que más se asemeja a ellas.
En realidad, ¿Qué significa comprender la enfermedad? Supongamos que se trata de algún órgano del metabolismo: hay que partir de la premisa de que entre lo físico y lo etérico existe una relación muy concreta, y de cómo el cuerpo astral y la organización del yo intervienen en ese órgano, digamos, en el hígado. El cuerpo astral y la organización del yo deben intervenir de una manera muy concreta. En el momento en que el Yo y el cuerpo astral se alejan un poco de este órgano, en ese mismo instante dicho órgano se asemeja al órgano de la cabeza, y hay que tener siempre presente que, cuando algún órgano metabólico, —y también aquello que está relacionado con el metabolismo—, muestra una irregularidad, es porque el cuerpo astral y la organización del Yo participan muy poco en la organización de ese órgano; y en la cabeza ocurre lo contrario. Cuando el cuerpo astral y el «yo» intervienen con demasiada fuerza, se produce un estado patológico en la cabeza humana; de modo que, en realidad, la cabeza humana es la parte que presenta una predisposición interna más marcada hacia lo vegetal y lo mineral, mientras que los órganos motores y metabólicos son los que presentan una predisposición más marcada hacia lo animal y lo humano. En realidad, solo se percibe lo contrario. Se cree que precisamente la organización de la cabeza es la más espiritual de todas. Pero cuando la organización de la cabeza se vuelve más espiritual, la conciencia se nubla. En el momento en que procesos vegetativos demasiado intensos intervienen en la organización de la cabeza, en ese mismo momento se produce la enfermedad a partir de la cabeza. En el momento en que en el organismo metabólico-motriz intervienen muy pocos procesos que provengan del yo o del cuerpo astral, es el momento en que el sistema metabólico-motriz se asemeja al sistema de la cabeza, este sistema enferma.
La perspectiva del médico debe, por tanto, centrarse en preguntarse: cuando veo que una enfermedad está relacionada con una alteración de la conciencia, ¿cómo consigo evitar que esto ocurra? Debo impedir la intervención excesiva del «yo» y del cuerpo astral. — O bien: ¿cómo consigo que el cuerpo astral intervenga con mayor intensidad cuando su intervención es demasiado débil? — Y verán, aquí es donde realmente surgen los aspectos que nos indican que precisamente en la medicina, la forma de pensar, la manera de razonar, desempeña un papel extraordinariamente importante. Porque, sin duda, hay que conocer los principios activos, los remedios. Pero, naturalmente, se preguntarán con razón: ¿cómo se llega a conocer los remedios? Y no se pueden conocer si no se experimenta primero en lo espiritual, lo que está realmente ocurriendo en el ser humano. Ahora bien, para experimentar lo que realmente ocurre en el ser humano, es necesaria una determinada forma de pensar. Y eso es lo que quería decir, en principio, a modo de introducción: que el médico debe imbuirse de una determinada forma de pensar. En primer lugar, por ejemplo, me gustaría decir que hay que partir de lo más externo y natural. El médico debe tener claro, ante todo, que todo aquello que podemos llamar calor, luz, etc., está presente en realidad de dos maneras. — Verán, en primer lugar, cuando es verano, la luz y el calor del sol descienden a la Tierra; entonces, la luz y el calor solares actúan sobre lo que brota y crece en la Tierra, llevándolo a la floración y a la fructificación. Y de esa floración y esa fructificación, lo que nos interesa en realidad, es esencialmente que son las portadoras de la luz y el calor del sol.
Pero, ¿Qué ocurre en invierno? En verano, la luz y el calor del sol penetran en el suelo; permanecen allí y siguen actuando a lo largo del invierno. Así pues, la luz y el sol intervienen desde dos perspectivas.
Pero si observamos lo que provocan el Sol y, en general, la órbita terrestre, —lo cósmico—, en la Tierra desde esa órbita, llegamos a la conclusión de que todo ello tiene un efecto sobre el sistema metabólico y el sistema de las extremidades del ser humano. Todo el sistema metabólico y el sistema de las extremidades ya se ven influidos por lo que llega desde el cosmos. Todo lo que hay en la cabeza está influenciado por lo que ya estaba conservado en la Tierra procedente de las fuerzas cósmicas. En este sentido, el ser humano se sitúa en el extremo opuesto. Su sistema metabólico y de extremidades está influenciado por lo extraterrestre y lo cósmico. Pero esto se puede extender a cada sustancia individual. Tomemos, por ejemplo, el plomo, ya que el plomo es precisamente un remedio muy eficaz para ciertas afecciones. El plomo, tal y como se encuentra en la naturaleza extrahumana, lo encontramos tal y como lo crearon las fuerzas cósmicas en su totalidad; así es como actúa en el sentido más eminente cuando está presente a través de las fuerzas cósmicas; así actúa, en el sentido más eminente, a través del sistema metabólico de las extremidades hasta llegar a la cabeza. Si fundimos el plomo, es decir, si aplicamos un proceso terrestre y, por tanto, lo sometemos de esta manera a un proceso terrestre, entonces actúa directamente sobre el sistema craneal. De ahí que exista esta gran diferencia.
Entre nuestros medicamentos contamos con un remedio esencial: el antimonio, el «brillo gris de la lanza». Si lo tomamos tal y como se encuentra en la naturaleza, en forma de mineral fibroso —esa estructura en forma de lanza se ha formado a partir del cosmos—, entonces el antimonio nos ofrece un medio para actuar sobre el metabolismo. Si sometemos el antimonio a un proceso terrenal, de modo que se convierta en antimonio en forma de espejo, entonces actuamos, en un sentido específico, sobre la cabeza humana.
Y verá, se trata de aplicar esta forma de pensar en todos los ámbitos, no solo a la sustancia, sino también a los procesos, a lo que ocurre. No es correcto decir que el plomo es un remedio para esto o aquello. Se trata de saber cómo se ha desarrollado el proceso, si tenemos un remedio en bruto o si hemos sometido la sustancia a algún proceso. La forma de tratar las sustancias es, en el fondo, lo esencial. Y habría que dejar de pensar que el remedio se encuentra en la sustancia como tal. Habría que decirse cada vez más: si hay una enfermedad, hay un proceso que no abarca la totalidad del organismo humano. Si se quiere un remedio, hay que fortalecerlo; hay que someter a la persona a procesos que se comprendan con exactitud. Eso es lo que importa.
Ahora me gustaría decirles algo hacia lo que se dirige toda esta introducción, algo que quizá les parezca un poco paradójico al principio, pero que es necesario comprender realmente en toda la práctica médica. Se trata de que, al estudiar todos aquellos procesos que hay que estudiar en el universo, hay que determinar si son procesos cósmicos o telúricos, o si son procesos que se entrelazan a partir de ambos. No tenemos ninguna posibilidad de acercarnos realmente a estos procesos si no somos capaces de comprender cómo se articula lo anímico, a su vez en tres regiones diferentes, en este ser humano tripartito. Sin la comprensión de lo anímico, es en realidad imposible acercarse verdaderamente al ser humano.
Y aquí hay que tener en cuenta lo siguiente: en el ser humano adulto, lo psíquico constituye, en realidad, una unidad mucho más sólida que el organismo físico. El organismo físico está claramente estructurado en tres partes: el sistema nervioso-sensorial, el sistema rítmico y el sistema metabólico-motriz. Hay que distinguirlos entre sí. Pero lo anímico «llena» tanto el sistema cefálico, es decir, el sistema nervioso-sensorial, como el sistema rítmico y el sistema metabólico-motriz. En el sistema inferior se encuentra muy adormecido, en estado onírico, pero impregna a todo el ser humano a través de sus tres miembros. Ahora bien, cuando el ser humano debe desarrollar un sistema en particular, es decir, cuando lo anímico debe verter su actividad especialmente en un sistema, ¿qué ocurre realmente? Es cierto que el ser humano puede ocuparse en pensar, puede ocuparse en caminar, puede ocuparse en trabajar con las manos y las piernas; en esos casos, debemos hablar del sistema medio por separado. Pero, ¿qué ocurre con lo anímico cuando el ser humano se ocupa de forma activa, cuando está ocupado caminando? Cuando el ser humano camina o trabaja con las manos, es cierto que esa misma fuerza se manifiesta en todo aquello que en el mundo se denomina amor, que permanece en los brazos y las manos, en las piernas y los pies (laguna en el texto). El ser humano debe llegar hasta el límite de su piel cuando se pone en movimiento, y eso, cuando se desborda más allá del ser humano, se despliega como amor.
Pero, ¿qué significa objetivamente que el ser humano camine? Significa que anima con amor, desde el interior de su piel, el organismo humano; es decir, que ejercita su organización astral o del «yo» de la forma correspondiente. Y cuando camina, ejercita su organización del «yo» de tal manera que la extrae, hasta cierto punto, del organismo físico y etérico. Cuando el ser humano piensa, la activa de tal manera que la vierte en el organismo físico y etérico. Cuando el ser humano camina retrae sus cuerpos astrales y el yo; mientras estira las piernas, al caminar retrae el cuerpo astral y el yo. Cuando piensa, los irradia hacia dentro, naturalmente solo hasta la piel. Y si se tiene esto en cuenta, se puede decir que el inicio de la enfermedad radica simplemente en la actividad del organismo. Porque cuando, sin que el ser humano llene con amor su organismo, el cuerpo astral y la organización del «yo» se retiran del sistema de miembros metabólicos, surgen entonces estados patológicos. Cuando en la cabeza se llenan el cuerpo etérico y el cuerpo físico sin que ello se produzca de forma voluntaria, vuelven a aparecer estados patológicos. De modo que lo que el ser humano hace de forma voluntaria se corrige inmediatamente después. La vida cotidiana en el pensar y el moverse: es un continuo proceso de enfermarse. Solo que el organismo humano puede recuperarse inmediatamente.
Y comprender estas cosas depende precisamente de que uno sea capaz de sentir tanto amor por lo que ocurre en caso de enfermedad, hasta el punto de poder contemplarlo como aquello que, en realidad, nos muestra de forma física lo que es el espíritu en el ser humano. Verán, cuando el ser humano enferma del hígado —digamos que presenta alguna anomalía en el hígado—, su cuerpo astral no está suficientemente ocupado en el hígado. ¿Cuál es la actividad espiritual correspondiente cuando ocurre algo similar? Se produce cuando me intereso interiormente de forma especialmente intensa por algo externo. En el instante en que alguien contempla algo con gran atención, en realidad está enfermo del hígado en ese momento. En ese instante, el cuerpo astral se retira del hígado, pero la situación se equilibra de nuevo inmediatamente. Y, al analizar los distintos procesos patológicos del organismo humano, siempre se puede estudiar lo que ocurre en el ser humano sano a través de su voluntad, a través de su vida voluntaria. Si los procesos de arbitrariedad no se compensaran continuamente, el ser humano se enfermaría constantemente a causa de ellos. Así pues, se puede aprender cómo es lo anímico y lo espiritual si se aceptan de buen grado los procesos de enfermedad como procesos de estudio, si realmente se aman.
Y este amor por las enfermedades debe ir, naturalmente, acompañado de otra cosa. Al fin y al cabo, no se trata solo de estudiar la enfermedad; eso es lo menos importante. Pero si se puede curar, ¿qué se obtiene entonces? Entonces se obtiene una visión de la forma en que, a partir de las más diversas actividades espirituales y entidades, ha surgido el mundo divino, de cómo se ha creado el mundo. Y ese es el punto de partida en la práctica médica: en primer lugar, decirse a uno mismo que los procesos de enfermedad conducen al conocimiento del ser humano. Son auténticos procesos de conocimiento. Sin embargo, los procesos de curación solo pueden comprenderse con una actitud religiosa. Actuar de verdad ante el mundo con una actitud religiosa: eso es lo que debe impregnar toda la práctica médica. Sin ello, tampoco se alcanzará jamás el conocimiento en lo particular.
Por supuesto, siempre se podrá decir: «Bueno, ahí están los remedios, ahí viene también la antroposofía y propone remedios, ¡pero no se puede comprender todo esto!». — Se puede comprender si se tienen en cuenta aspectos como los que se acaban de caracterizar, si se es capaz de penetrar en un verdadero proceso de conocimiento con el diagnóstico y en un verdadero proceso con la terapia. Estas cuestiones deben tomarse muy en serio. Partiendo de esta actitud hay que comprender lo que siempre se ha planteado como la aportación de la antroposofía a la medicina. Los detalles son, por supuesto, lo que se puede aplicar en la práctica. Pero es necesario, con esta actitud de la que hemos hablado, penetrar en todo lo que se desarrolla en la actividad médica.
Ahora me gustaría que plantearan alguna que otra pregunta, para que mañana podamos avanzar hacia consideraciones más concretas. Solo quería abordar el aspecto cualitativo.
PREGUNTAS
Primera pregunta: hoy en día, como médico, a veces uno se ve obligado a utilizar medios que no le gusta emplear, y algunos de ellos son, sin duda, de tal naturaleza que no deberían utilizarse. ¿No se podría decir algo sobre los medios que no deberían utilizarse?
Dr. Steiner: Sobre esta cuestión, me gustaría decir lo siguiente, a título de principio: hay una gran diferencia entre poder afirmar, respecto a un remedio, que comprendo cómo actúa en el organismo humano, o no comprenderlo. Esa es una gran diferencia. Ciertamente, esta diferencia es, en un primer momento, relativa para la práctica clínica, mientras no dispongamos de facultades de medicina en las que se imparta un plan de estudios como el que puede ofrecer la antroposofía. Mientras eso no ocurra, siempre sucederá que el médico clínico tome nota también de lo que recomienda la antroposofía: «Este es un remedio para esto o aquello». A nosotros, por supuesto, nos encantaría poder empezar por impartir conocimientos sobre la naturaleza humana, de modo que, al observar una cebolla, se pudiera comprender cómo actúa el proceso de la cebolla en el organismo humano en determinadas circunstancias. Eso sería, sin duda, lo que más nos gustaría. Pero, en primer lugar, eso es algo relativo, y por el momento solo puede ser así: que se prescriba un remedio para esto o aquello. Sin embargo, desde aquí apenas se prescribe ningún remedio sin que se conozca su efecto interno en la naturaleza humana. Por ejemplo, no se dice que se tome ácido silícico de Equisetum sin saber con exactitud que con ello se provoca un proceso renal. La irritación del riñón se reduce en su hipersensibilidad. Por lo tanto, la hipersensibilidad del riñón se reduce cuando se le administra ácido silícico de Equisetum. Esto se comprende, y habría que saber (laguna en el texto). Pero ahora les pregunto con toda franqueza: ¿cómo se llevan a cabo los estudios? — Se realizan de forma totalmente superficial con ayuda de las estadísticas; consisten en administrar el medicamento a tal o cual número de pacientes. En realidad, no se sabe en absoluto lo que está ocurriendo, y, sobre todo, la gran diferencia entre un remedio auténtico y uno que no lo es radica en que, en el caso del remedio auténtico, se comprende el proceso y se sabe cómo actúa sobre la vida humana en su conjunto. Si hoy se cura algo con cualquier remedio, no puede saber qué pasará dentro de cinco años. Pero si comprende el proceso en su totalidad, no necesitará, ante todo, estadísticas. En el caso de nuestros remedios, nunca se trata de una cuestión de estadísticas. Verá en el libro que se publicará próximamente que el que un remedio surta efecto o no no depende de las estadísticas, sino del estudio de cada caso concreto. Si tiene una caja de cerillas y enciende una, no quemará todas las cerillas, sino que, al haber encendido una, sabrá que todas pueden arder. Del mismo modo, ustedes saben que cada proceso debe desarrollarse tal y como lo conocen. Por lo tanto, no se trata de estadística, sino de comprender cada caso concreto. Por eso siempre tendremos grandes dificultades cuando se diga: «¡Entregad vuestros remedios, hay que probarlos!» — Pero con eso no se consigue nada, eso no genera confianza en los remedios. Ciertamente, estadísticamente se obtendrá un resultado extraordinariamente favorable con nuestros remedios, pero los casos habituales o bien no están diagnosticados correctamente, o bien son casos en los que aún deben intervenir otros remedios. Ahora bien, creo que lo esencial, de lo que se trata, es que, en el caso de aquellos remedios que curan sin que se comprenda su mecanismo de acción, hay que comprender, ante todo, cómo se desarrollan realmente las cosas. Verá, es curioso que el mero hecho de probarlos dé lugar a todo tipo de cosas interesantes. Hoy en día aparecen todo tipo de remedios contra la sífilis. En todos ellos, el arsénico desempeña un papel importante. ¿Por qué? Según nosotros, el arsénico es algo que estimula al cuerpo astral —cuando este se muestra inerte en su intervención en el cuerpo físico— para que intervenga en mayor medida en él. Este cuerpo astral se activa al introducir arsénico en el ser humano. En este efecto sobre el cuerpo astral se basan, en realidad, aquellos remedios descubiertos mediante la experimentación. Por supuesto, también se puede ver cómo uno se engaña, cómo se producen a raíz de una ilusión. Se confía en el efecto penetrante del arsénico en aquellos casos en los que el cuerpo astral realmente puede fortalecerse tanto gracias a él. Y, en el caso de la sífilis, en realidad solo el arsénico cura. Por eso, con todos estos remedios hay que ver siempre más allá de la eficacia del remedio. Habría que esforzarse por ver siempre más allá de la eficacia de un remedio. Por eso, nuestra forma de pensar debe darse a conocer cada vez más, y eso es precisamente lo que queremos lograr con este libro: introducir precisamente en la forma de pensar médica que aquí se cultiva, y no centrarnos tanto en los remedios. También será importante señalar la forma de pensar respecto a los remedios que no indicamos nosotros. Al fin y al cabo, también hay buenos remedios fuera de nuestro ámbito, y cuando es necesario, se administra uno u otro.
Segunda pregunta: La última vez que estuvimos aquí, hablamos del asma bronquial. Usted indicó como remedio que hay que meditar sobre la respiración. ¿Estamos autorizados a proponer una meditación en casos como este? No se me ocurrió otra cosa, así que encontré una frase de Goethe:
Inhalar el aire, exhalarlo,
Lo primero oprime, lo segundo refresca;
Así de maravillosa es la mezcla de la vida.
Da gracias a Dios cuando te oprime,
Y dale las gracias cuando te libera de nuevo.
Yo desconocía si eso era correcto.
Dr. Steiner: Miren ustedes, en este tipo de cuestiones hay que aceptar que, dado que ustedes, por mi parte, se inclinan hacia lo «medio espiritual» o lo «tres cuartos espiritual», también habrá algo de espiritual en la respuesta, si se da la actitud de la que he hablado hoy. Esta forma de estar del ser humano en lo terrenal y, a través de la cabeza, en lo cósmico; cuando el médico ha aprendido a pensar y sentir espiritualmente, y a comportarse así ante el enfermo, entonces se puede asumir la responsabilidad de algo así. Pero si se aborda al enfermo con la actitud que hoy en día impera en gran medida debido a la visión materialista del mundo, si se le trata con esa indiferencia hacia él, con algo que no tiene nada que ver directamente con lo anímico, entonces, en la mayoría de los casos, con tales cosas se puede lograr lo contrario de lo que en realidad se pretende. Verán, realmente hay muchas personas que acuden una y otra vez —y hoy en día tampoco se descarta del todo entre los médicos— que trabajan con este tipo de cosas. A veces lograrán un alivio, aunque no una curación. Si esto fortalece al enfermo, entonces ese alivio puede conducirlo realmente a la curación. Pero si la gente pregunta si realmente se puede llegar a algo así, debo decir que, si amáis de verdad al enfermo, será posible. Sin embargo, si os enfrentáis al paciente con indiferencia, no servirá de nada.
Hay que tener realmente el valor de curar. Por eso, en nuestro instituto, donde esto es así, siempre he mencionado el valor de curar. Lo peor que se puede hacer es pensar en la muerte cuando se trata de cualquier enfermo, por muy grave que esté, y se le pretenda curar. Como médico, uno debería prohibirse por completo pensar en la muerte del paciente como una posibilidad. Y es que los imponderables tienen un efecto tan fuerte. Es una fuerza enormemente fortalecedora cuando, en cualquier circunstancia y hasta el final —¡hasta el final!—, se aleja el pensamiento de la muerte y solo se piensa en qué se puede hacer para salvar la fuerza vital que aún se pueda salvar. Cuando se cultiva esa actitud, se salva a muchas más personas que cuando se cultiva la actitud contraria, la que de alguna manera pronostica la muerte a partir de tal o cual circunstancia. Eso no se debe hacer nunca. Y hay que tener muy en cuenta este tipo de cosas. Solo así se tiene derecho a tener el valor de curar.
Pregunta: Cuando se trabaja como asistente en un hospital y hay que recetar morfina y otros medicamentos a un enfermo, ¿puede algo más —precisamente la actitud hacia el enfermo— contrarrestar de alguna manera los efectos negativos que se le están causando?
Dr. Steiner: Se puede lograr mucho simplemente con la actitud. Pero cuando sea necesario intervenir con sustancias físicas, estas deberían obtenerse, a ser posible, directamente del reino vegetal, y no mediante preparados derivados; según se considere necesario, es decir, por mi parte, utilizar directamente el jugo de la planta de amapola. Y no con la conciencia del proceso interno, sino todo lo contrario, centrándose en la forma externa de la planta, en «lo agradable de la planta». En estos asuntos es difícil dar reglas, porque, incluso cuando uno se ve obligado a administrar el remedio, la actitud tiene una gran importancia a la hora de captar lo que se manifiesta en el enfermo. Hay que prestar atención al estado de ánimo que se produce en el enfermo a raíz del remedio; entonces se puede intervenir. El enfermo se ha vuelto más transparente en lo que respecta a la ayuda que le brinda el remedio. Mañana continuaremos, y les ruego que pregunten todo lo que tengan en el corazón.
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