CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA069e München, 8 de enero de 1912 -¿Cómo se refuta la teosofía?-

    ver ciclo

 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

¿Cómo se refuta la teosofía? 

München, 8 de enero de 1912

De las conferencias que he tenido la oportunidad de dar aquí a lo largo de muchos años, habrá quedado claro que aquella cosmovisión de la que se nutre el contenido de estas charlas, tiene una actitud muy concreta detrás, o que con esa cosmovisión se asocia al menos una actitud de este tipo, que se puede definir más claramente diciendo: No es posible dar una conferencia adecuada dentro de la teosofía o la ciencia espiritual, si el alma no está impregnada de una cierta tolerancia hacia cualquier sistema de cosmovisión, una tolerancia interna que pueda ofrecer a cada tipo de cosmovisión una comprensión devota. Porque la verdadera orientación del pensamiento que se considera dentro de la ciencia espiritual, solo tiene sentido si se mantiene alejada de todo lo que podría llamarse fanatismo y sectarismo. Algo así está tan extendido en nuestros tiempos que, si alguien mira el mundo desde su propio punto de vista, llega a pensar que todo el que tenga otra forma de pensar debe ser un tonto, un estúpido, o al menos le falta un sentido serio de la verdad o la capacidad de conocimiento y la conciencia. Sería malo ,ncluso por razones externas, que la teosofía rindiera homenaje a tales posturas fanáticas, porque hay que admitir que para profundizar se necesita mucha paciencia y tiempo para captar la cosmovisión teosófica de manera completa y minuciosa, de modo que una gran parte de aquellos de nuestros contemporáneos que obtienen su convicción de la ciencia espiritual o la teosofía, no lo hacen necesariamente a partir de un conocimiento exhaustivo de todos los principios de verdad subyacentes, sino comprensiblemente forman su convicción a partir de ciertos intereses emocionales y sensibles. ¡A estos últimos tampoco se les debe negar su legitimidad! Por supuesto, cada uno tiene un derecho personal al respecto, pero también es igualmente evidente que es imposible defender a fondo la cosmovisión de la ciencia espiritual si la convicción se ha formado solo de esa manera. Además, como la inmersión en la ciencia espiritual desde sus fundamentos solo es posible mediante un trabajo difícil y arduo, se entiende que una parte de nuestros contemporáneos se sienta repelida por la teosofía, y generalmente no son las personas con el peor sentido de la verdad.

Tal como están las cosas ahora, es comprensible que tengamos que aceptar que aquellos de nuestros contemporáneos que basan su convicción en la ciencia y la cultura, encontrarán dificultades tras dificultades para acercarse a la Teosofía; justamente para esas personas se acumulan refutaciones y contradicciones en gran cantidad frente a lo que se les presenta como Teosofía. Pero hablar de mala voluntad sería contrario a la tolerancia que la Teosofía siempre debe practicar. Por eso, la tarea de esta noche será dar una idea acerca de qué dudas puede afrontar el buscador honesto de la verdad al acercarse a la Teosofía, y luego en la charla de pasado mañana - «¿Cómo se justifica la Teosofía?» - cómo se pueden superar esas dudas.

Aunque la conferencia de hoy aparentemente tenga un carácter extraño, esto se debe precisamente a que está destinada a posicionarse en el punto de vista del oponente y a presentar sus dudas y refutaciones justificadas en líneas generales. De esta manera se logrará de la mejor manera lo que se quiere demostrar, es decir, que los argumentos del oponente deben tomarse tan en serio como sea posible. No quiero expresar mi opinión, sino hacer un intento serio de posicionarme completamente en el lugar del oponente, sin recurrir a esos argumentos superficiales que ya se resuelven diciendo que el oponente debería intentar conocer mejor la teosofía. Así que no me dirigiré a la inmadurez, sino a esas preocupaciones que realmente se imponen a todos los que, a partir de la cultura actual, quieren conocer la visión del mundo teosófica y luego no pueden seguir la teosofía, porque de lo contrario tendrían que romper con todo lo que surge de la cultura contemporánea, una cultura cuyos fundamentos aparentemente no pueden ser refutados, que más bien plantea objeciones legítimas y justificadas que la teosofía en sí debe reconocer, aunque no pueda refutarlas del mismo modo.

Por eso, primero me gustaría presentar un extracto de la cosmovisión teosófica ante sus almas, de la manera en que ya ha sido razonada lo más a fondo posible en otras conferencias.

Primero, en la teosofía encontrarán la suposición de un mundo suprasensible detrás del mundo de los sentidos y de la razón; luego, la teosofía se basa en ciertos métodos de investigación, diferentes a lo que en nuestra época enseñan los métodos de investigación y de pensamiento. Se dice que el mundo de los sentidos enseña que se explica por sí mismo y que, para este propósito, no necesita buscar un mundo suprasensible detrás. O se expresa la opinión de otros, de que detrás del mundo sensorial sí debe suponerse un mundo suprasensible, pero al cual el ser humano no puede acceder; por lo tanto, deben asumirse límites al conocimiento.

La teosofía enfatiza que el ser humano, con su conciencia habitual, depende del mundo externo de la razón y, además de este, de la observación interna del alma, pero también que es posible llevar la vida interior del alma a un alto desarrollo. Cuando esto se logra mediante ciertos ejercicios internos, aquel que practica de manera correcta y con suficiente constancia al desarrollar sus órganos espirituales del alma, se enfrenta desde lo profundo de la vida del alma a un alto mundo suprasensorial, de modo que el investigador suficientemente avanzado en el campo del mundo espiritual puede reconocer hechos de tipo suprasensorial. Entonces, una persona que se haya desarrollado de esa manera, será capaz de pensar sobre la esencia del ser humano de forma diferente a lo que la conciencia común puede, la cual solo puede reconocer la parte perceptible sensorialmente en el entorno.

Ahora bien, la teosofía habla de que, con la conciencia elevada, en el ser humano todavía se pueden reconocer tres partes suprasensoriales. Es decir, que en el cuerpo físico del ser humano aún actúa el «cuerpo etérico» como el verdadero animador y formador del cuerpo físico, que también se encuentra en los animales e incluso en las plantas, y trabaja para que las sustancias que componen el cuerpo externo no sigan las fuerzas y leyes que les son propias mientras estén bajo la influencia del cuerpo etérico, sino solo después de la muerte, cuando son dejadas a su suerte. Un tercer elemento de la naturaleza humana, según la teosofía o ciencia oculta, es el llamado cuerpo astral; todo ser vivo que desarrolla conciencia lo hace a través de las fuerzas del cuerpo astral, que atraviesa los cuerpo físico y etérico, que encontramos en humanos y animales, pero no en las plantas. La naturaleza humana tiene además un cuarto elemento, el llamado Yo, que eleva al ser humano por encima de la animalidad, situándolo así como la cúspide de la creación terrenal.

A través de una mayor investigación y una profundización en el conocimiento del ser humano, se desprende que el hombre se diferencia esencialmente entre el estado despierto y el dormido; la ciencia espiritual enseña que, en este último caso, el cuerpo astral junto con el yo, se separan de los cuerpos físico y etérico para irse al mundo espiritual. Pero desde que se duerme hasta que se despierta, cuando esos dos cuerpos están en ese mundo, se encuentran rodeados de oscuridad ya que para el ser humano normalmente desarrollado, sin sus herramientas físico-etéricas y sin la herramienta de su entendimiento, nada es perceptible, y con ellas solo algo lo es en el mundo físico, porque todavía no posee órganos para conocer el mundo espiritual.

En esta concepción del despertar, la ciencia espiritual señala que todo lo que el ser humano ha experimentado en su mente a través de sus sentidos, lo que le ha ocurrido como felicidad o desgracia, se ha depositado en su alma, la cual cuando atraviesa la puerta de la muerte lo lleva a los miembros espirituales superiores del ser humano. Estos miembros permanecen de cierta forma con la persona, es decir como yo, cuerpo astral y como extracto del cuerpo etérico. Después de la muerte el ser humano, ya en el mundo espiritual, experimenta con estos tres miembros del ser, donde luego reúne fuerzas de todo y las procesa de manera peculiar, para poder luego, después de un tiempo más largo o más corto, volver a habitar un cuerpo físico que se le proporciona dentro de la línea de herencia. Así recibe ciertas características de los padres, pero las habilidades esenciales se forman en él, es decir, en su cuerpo físico y en los miembros superiores, a partir de su propio núcleo espiritual-alma, que durante su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, osea en el mundo puramente espiritual, bajo condiciones distintas a las físicas y terrenales, tuvo más experiencias que lo llevaron a desarrollar fuerzas que lo hicieron apto para una nueva vida en la Tierra. Todo lo que la persona ha vivido en pensamientos importantes, impulsos y sensaciones influye en una nueva vida, de manera que esta, en su singularidad, es en parte consecuencia de sus vidas pasadas.

Los diferentes miembros de la naturaleza humana pertenecen a varios mundos; lo espiritual-anímico es de origen más antiguo que la parte físico-etérica, de modo que podemos decir que al mundo al físico le precedió el mundo espiritual-anímico, que es como una encarnación anterior de nuestro planeta Tierra. Para hacernos una idea del fundamento de la ciencia teosófica, debemos dirigir nuestra atención a esto y a muchas otras cosas, así como a las futuras formaciones del mismo.

Ahora bien, si un ser humano con un sentido científico serio se acerca a tales ideas, tendrá la impresión de que aquí todo está al revés de lo que la cultura intelectual y la ciencia de los últimos siglos han investigado, por ejemplo, el hecho del que habla la teosofía de que el cuerpo físico está impregnado en todos sus órganos por un cuerpo etérico, considerado como portador de la vida. ¿No tendría que decir entonces cualquiera que se haya sumergido en la ciencia, especialmente la de los siglos pasado y antepasado, que la teosofía se coloca con tal visión en un punto de vista amateur que no está fundamentado en nada? Porque, ¿qué es este cuerpo etérico sino la reaparición de la fuerza vital, que ya se había descartado desde el siglo XVIII? ¡Las combinaciones químicas, mezclas y separaciones se explican por las fuerzas que se pueden reconocer en la química y la física! Además de estas, todavía se observan ciertas combinaciones de sustancias que solo se ven formarse en organismos vivos, no en la naturaleza externa inorgánica; de ahí que antes se dijera que en los organismos vivos existe una fuerza vital que atraviesa sus órganos de manera peculiar.

En el siglo XIX se produjo un avance de la ciencia con Liebig y Wöhler, avance consistente en que estos dos investigadores lograron producir en sus laboratorios combinaciones de sustancias que aparentemente solo podían formarse en el organismo vivo, sin recurrir a la supuesta fuerza vital del organismo. ¿Qué era más natural que creer que, una vez que tales combinaciones de sustancias se habían producido fuera del organismo, también podrían haberse formado dentro del organismo vivo sin la participación de la supuesta fuerza vital? Si la ciencia estuviera suficientemente desarrollada, nada impediría ya la suposición de que en el futuro se podrían crear aún más sustancias complejas, y de hecho en el laboratorio, sin aplicar la llamada fuerza vital.

Si se continuara con esta línea de pensamiento, entonces debía arraigar finalmente la convicción de que el organismo vivo solo contiene aquellas fuerzas que también se encuentran en la naturaleza exterior, de modo que, con suficiente progreso científico, incluso los seres vivos inicialmente simples podrían representarse. Debe admitirse sin problemas que esto no es un rechazo de la posibilidad futura de tales esperanzas, aunque actualmente (1912), esa posibilidad no existe. Entonces, ¿Qué es el cuerpo etérico de la teosofía sino una adopción de la fuerza vital que la ciencia ya ha rechazado, qué demuestra, si no, que la teosofía no conoce la importancia de los descubrimientos científicos mencionados anteriormente ni las perspectivas justificadas que de ellos se derivan? La suposición de un cuerpo etérico o vital, no es nada más que puro amateurismo, solo afición.

Esta objeción está completamente justificada desde nuestra cultura intelectual, y un científico serio no puede pasar por alto este argumento a la ligera.

Pero si ahora nos ocupamos de lo que hemos descrito como el cuerpo astral, el portador de la conciencia, nos damos cuenta de que estas manifestaciones de la conciencia se presentan como experiencias suprasensoriales, y todo lo que conocemos como pensamientos, sensaciones, sentimientos, impulsos de voluntad pertenece al mundo suprasensorial. Hasta aquí han llegado también los científicos naturales del siglo XIX; solo hace falta recordar el famoso discurso que en 1872 Du Bois-Reymond dio en Leipzig sobre los límites del conocimiento natural. Según la concepción dominante de entonces, si se pensaba que el cerebro estaba compuesto por átomos, no se podía llegar a comprender cómo de la disposición constante o cambiante de esos átomos deberían surgir las manifestaciones de la conciencia. Esta diferencia radical con las apariencias externas ya había llamado seriamente la atención de los científicos, al considerar las sustancias y las experiencias del alma suprasensoriales. Estas últimas se consideraban como fenómenos acompañantes constantes de las primeras. Por ejemplo, la vida de la imaginación cambia por un mayor o menor flujo de sangre hacia el cerebro, de modo que las manifestaciones de la conciencia están así vinculadas a procesos materiales, y el científico no encuentra diferencia entre tales fenómenos y, por ejemplo, la gravedad, que también es suprasensorial y solo puede percibirse en sus efectos, no directamente, igual de suprasensorial que la conciencia. Está vinculada a la materia, que se atrae en relación inversa al cuadrado de las distancias y en proporción directa a las masas [...].

Por ejemplo, según dice Benedicto en su «Psicología de las almas»: Las manifestaciones de la conciencia dentro de nuestra vida mental no son otra cosa que manifestaciones ligadas a la materia de nuestro cuerpo, al igual que la gravedad, el magnetismo, [la electricidad] y cosas por el estilo; ¿por qué no podrían surgir fuerzas similares de nuestro cerebro como aquellas fuerzas que acompañan los procesos materiales? Desde un pensamiento científico riguroso, la frase de que las manifestaciones del alma son algo diferente a las manifestaciones de la materia no se sostiene, y debemos admitir: el principio de Benedicto es tal que una persona desde el punto de vista de la cultura actual no puede aceptarlo fácilmente, sino que tendría que asumir que las fuerzas del alma del ser humano se liberan en la muerte, y de igual manera la gravedad tendría que poder liberarse en la destrucción de la materia, para pasar mientras tanto a un reino especial, una especie de reino de la gravedad [cielo de la gravedad], hasta encontrar la oportunidad de encarnarse nuevamente en una nueva materia. Ese es un argumento lógico que una conciencia científica no puede aceptar fácilmente.

Pasemos a lo que la teosofía dice sobre las condiciones del dormir y del despertar; frente a esto, el científico de hoy cree que la explicación queda completamente en el aire si se dice que una parte suprasensible del ser sale del durmiente. Por lo tanto, vamos a intentar explicar el dormir y el despertar, partiendo de la suposición de que los procesos del alma están ligados a los materiales del cuerpo, tal como la gravedad lo está a cualquier material físico. Por eso asumimos que la actividad de vigilia, debido a su desgaste, lleva al organismo humano a un punto en que los órganos individuales ya no pueden mantener la conciencia de vigilia, es decir, de tal manera que se generan y acumulan ciertas toxinas que finalmente hacen que la persona se quede dormida. Así, al extinguirse la conciencia mientras se está dormido, entra en acción la actividad puramente [animal], o mejor dicho, [vegetativa] del ser humano, que elimina nuevamente las toxinas de fatiga, permitiéndole regenerarse y volver a entrar en la conciencia de la vigilia.

Así tendríamos, en consecuencia, en el ser humano un autorregulador en el dormir y el estar despierto a lo largo de toda la vida. Esa es una explicación que está totalmente en línea con nuestra manera materialista de pensar. Hipótesis de este tipo pueden, individualmente, aunque sean erróneas, estar justificadas gracias al materialismo; lo importante aquí es si pueden pensarse lógicamente sin asumir que al quedarse dormido algo sale del ser humano y vuelve a él al despertar. Por lo tanto, desde su perspectiva, el pensamiento científico debe rechazar la explicación de la teosofía sobre dormir y estar despierto.

En la enseñanza sobre las vidas terrenales repetidas nos encontramos, bajo las condiciones mencionadas, en un terreno totalmente incierto, mientras que el pensamiento de la ciencia espiritual solo puede imaginar la vida presente como el resultado de vidas pasadas. Pero también hay modelos en el pensamiento científico que apuntan a esto, de modo que, por ejemplo, según la llamada ley biogenética fundamental, durante el estado de germen todos los animales y humanos deben pasar por todas las etapas de desarrollo de sus antepasados, de modo que, por ejemplo, el embrión humano a los 21 días de la fecundación muestra formas de pez, indicando así que en tiempos lejanos sus antepasados corporales eran similares a peces; por lo tanto, en el proceso de desarrollo presente existe una cierta indicación de estados corporales anteriores. Así se podrían caracterizar antiguos estados de desarrollo. Sin embargo, uno pronto se da cuenta de que no es posible explicar todas las características de una persona a partir de sus antepasados, sino solo bajo la suposición de un núcleo esencial espiritual y psíquico, señalando, por ejemplo, que los hijos de la misma pareja de padres en realidad deberían parecerse mucho más a cada uno que los gemelos ordinarios.

Pero todo eso no será suficiente para el pensamiento científico, que parte de la idea de que cada persona debe surgir de la mezcla de las características del padre y la madre en su interacción mutua, de modo que, según esto, los hijos de diferentes edades de los padres deberían ser diferentes, ya que habrían surgido de las mezclas más diversas. Además, con el estado actual de la investigación avanzada, o precisamente a pesar de ello, el pensamiento científico no puede decir: ¿Quién podría ser capaz de evaluar las finas estructuras del germen mixto?

Además, al pensador moderno y materialista le parece imprudente querer atribuir las distintas características a vidas anteriores; porque antes habría que eliminar todo lo que ocurrió en la primera infancia. Así, por ejemplo, uno podría sentirse tentado a atribuir un talento excepcional de un escultor a una vida anterior, mientras que también podría explicarse por el hecho de que esa persona en su juventud estuvo en contacto numerosas veces con obras de escultura y con artistas. [Ya ni siquiera hace falta saber esto, pero influye en el subconsciente.] Nunca se puede recoger con suficiente cuidado todo, traer a la conciencia todo lo relevante, para así lograr la aclaración adecuada y correcta.

En la ciencia se encuentra algo que se llama una hipótesis de trabajo útil. Por ejemplo, anteriormente se consideraba la luz del sol como la radiación de una sustancia luminosa fina, que viajaba desde el sol hasta los planetas, incluido nuestra Tierra. Pero como no se podían explicar todos los fenómenos de la luz a partir de eso, se asumió la hipótesis o teoría del éter cósmico, aunque nadie puede demostrar directamente si una sustancia fluye o si el éter se mueve en forma de ondas. Pero si la teoría de las ondulaciones es correcta, se pueden explicar los fenómenos de la luz y los colores con su ayuda y preverlos bajo ciertas condiciones. Incluso si los procesos resultan ser diferentes, esta teoría sigue siendo útil. Algo similar ocurre con la teoría de Darwin, que como eslabón intermedio en la evolución hasta el hombre, señala a los peces; de todos modos, es posible, por ejemplo, considerar las aletas de los peces como el origen de los órganos de movimiento de los animales superiores y así sucesivamente, y conectar a los animales inferiores a través de esta hipótesis explicativa con los humanos en diferentes campos orgánicos.

La suposición de vidas terrestres repetidas podría resultar fructífera [como hipótesis de trabajo] para explicar condiciones de vida físicas y sociales felices o infelices. Pero en serio, no se puede tratar la reencarnación y el karma como lo hace el científico con sus hipótesis de trabajo, porque en la ciencia natural solo tenemos una explicación para muchos fenómenos; reducimos muchos fenómenos a un solo principio. Así, como ya se ha mencionado, los animales superiores se remontan a antepasados parecidos a peces, una suposición que se puede elevar a ley y reducir a un principio mediante una infinitud de casos. En cambio, con cada ser humano, bajo la suposición de muchas vidas anteriores, tendríamos que formular una hipótesis de nuevo; si un científico intentara eso en su campo, sería considerado absolutamente inadecuado, ya que él, por el contrario, se esfuerza por encontrar una explicación común para un gran número de eventos individuales. Que todos los seres humanos vivan según el «karma» es solo un concepto abstracto, porque cada persona debe ser referida a su propia vida anterior. De este modo, se podrían plantear dificultades justificadas de muchas maneras desde un pensamiento concienzudo y levantar innumerables objeciones desde el punto de vista científico.

Pero surgen objeciones especiales para el pensador materialista-científico cuando observa cómo el investigador espiritual se apoya en una visión más elevada, espiritual, de la cual este le dice que solo puede formarse a través de fuerzas superiores del alma, lo que hace que este método de investigación espiritual sea diametralmente opuesto a la exigencia materialista-científica de que en cualquier lugar, en cualquier momento y para cualquier persona, siempre que se cumplan las condiciones esenciales, se pueda verificar la afirmación establecida, completamente independiente de los procesos internos de su alma. Estos son completamente irrelevantes para el investigador científico al aplicar su método de investigación; más bien, el segundo y el tercer investigador deberían poder establecer lo mismo que el primero. Esta exigencia fundamental es contraria al método espiritual, según el cual algo puede ser investigado mediante el desarrollo de fuerzas subjetivas del alma; pero eso es inaceptable para el investigador científico; los resultados de tal método de investigación son incomprobables para él. Por lo tanto, solo puede clasificarlos en el área de la mera fe, en la cual cada uno puede ubicarse según su propio criterio. Así, todo esto parece inaceptable para el pensador materialista, y en general para cualquiera que se acerque de manera distante, aplicando sus propios métodos a la teosofía y luego descubra qué y cómo investiga y enseña.

Numerosas otras objeciones surgen en los ámbitos moral, religioso y espiritual de la vida. Se argumenta que, según la visión teosófica, lo que experimentamos es consecuencia de vidas pasadas, y que el pensar y actuar de la vida presente es la causa de las manifestaciones de la vida futura; se argumenta que tal enfoque conduciría a una moral y manera de vivir egoísta, si el mal tuviera que producir algo que debería ser compensado por dolor y demás, mientras que el bien traería felicidad y alegría. Se pregunta entonces si no debería desarrollarse una moral egoísta, dado que por las razones mencionadas uno evitaría el mal y practicaría el bien. Frente a una visión moral tan egoísta, lo que nos presenta la perspectiva materialista sobre la moral parece heroísmo, que asume que con la muerte se extinguen las manifestaciones de la conciencia como una llama cuyo combustible se ha consumido; una perspectiva que sostiene que los actos del individuo no le benefician directamente, sino que sus consecuencias, buenas y malas, solo continúan en el proceso general del mundo. Aunque esto pueda refutarse teóricamente, esto depende de la realidad externa, no de razones lógicas, sino del efecto que tal teoría ejerce en la vida.

En los espíritus nobles de Occidente encontramos las concepciones de moral materialista descritas, como por ejemplo en el muniqués Frohschammer, quien presentó una objeción moral muy destacable al decir: ¿A qué conduce la constante recurrencia de un núcleo anímico-espiritual? A la idea de que justamente aquello que consideramos aquí en la vida como una de las relaciones más nobles, es decir, el amor entre los sexos, da la causa para encerrar una y otra vez, sin fin, un alma tras otra en un cuerpo físico; por eso considero la reencarnación pura como moralmente reprobable. Quien se dedica a las reflexiones del mundo suprasensible, llega a apartarse de la vida exterior, cayendo en una extrañeza hacia ella mediante una ascetismo hostil a la vida, no demostrará con tal efecto que la reencarnación sea una enseñanza ética o moral. La experiencia personal del investigador espiritual puede y probablemente encontrará contradicciones de esta manera, y ¿dónde está la garantía de que esto puramente subjetivo no sea solo una ilusión?

Una visión así también se puede refutar teóricamente, pero para quien debe decidir si ir a la teosofía o no, tales dudas pesarán mucho en el alma, especialmente cuando, por ejemplo, se le recuerda a Kepler, de quien sabemos que también practicaba astrología, una extraña astronomía con altas concepciones del espíritu. Entonces aprendemos de él cómo a menudo se vio obligado a hacer horóscopos para personalidades importantes, y se preguntaba preocupado si debía revelar completamente lo que iba a pasar o si sería mejor comunicarlo de manera oculta. Por lo tanto, se puede señalar que incluso en el gran Kepler surge algo, a pesar de su conciencia científica, que roza la charlatanería. Se abren allí abismos propios al pasar de una ciencia antigua a una nueva, en cuya frontera se encuentra la figura de alguien como Kepler. Si un hombre tan significativo, según la opinión, no siempre está protegido de oscurecimientos dudosos, ¿cómo puede entonces una persona común desarrollar cualidades firmes cuando alcanza visiones suprasensibles en un estado no libre y a menudo inmaduro, para ser bajo cualquier circunstancia portador de un sentido de verdad inamovible?

Por eso surge la preocupación de que las cualidades clarividentes, al penetrar en mundos espirituales superiores, puedan llevar como efecto secundario a la falsedad, y los opositores de la teosofía dicen por ello: incluso el método es moralmente cuestionable, no solo el desarrollo mismo que debería llevar a ver mundos superiores. Así vemos, por ejemplo, cómo Fausto es acompañado por el portador de los poderes mágicos, Mefistófeles; lo cerca que esto le afecta se puede sentir cuando Goethe lo hace decir:

Si pudiera alejar la magia de mi camino, ¡olvidar por completo los hechizos...

Lo que no es fácil para el ser humano viene así desde afuera como una tentación hacia la inmoralidad.

En relación religiosa, es una de las concepciones más nobles, o quizá la más noble, del ser humano, el hecho de que se enfrenta a un ser divino que lo ha creado y lo ha redimido. ¿Qué hace entonces la teosofía con este ser supremo? Considera que el propio núcleo espiritual-anímico del ser humano es en sí mismo una chispa del ser total de lo divino; el yo del ser humano hace el bien y el mal, lleva la redención dentro de sí mismo y no mira hacia el Dios de la justicia equilibrante, que en cambio se traslada a la propia alma y puede llevar al ser humano a una ilusión de valoración injustificada. El núcleo emocional y sensible de la religión, el sentimiento de inocencia, corre por lo tanto el riesgo de convertirse en una adoración de la autojusticia.

Así que hemos visto cómo la argumentación teosófica y la concepción general del mundo y de la vida, y demás, son incompatibles con las de otros pensadores. Por ejemplo, la conciencia humana no puede comprenderse desde afuera, pero como dice, —compárese el libro sobre la conciencia del Dr. Paul Ree—, el pensador científico natural, la conciencia es el último resultado del desarrollo humano. Frente a esta opinión, las ciencias del espíritu deben desarrollar una tolerancia interna y no llamar al oponente tonto o incluso malintencionado, sino que deben atender sus objeciones, siempre que su peso las haga dignas de consideración. Los científicos de hoy exigen caminos completamente diferentes para demostrar las verdades más allá de lo sensible de los mundos superiores, por ejemplo, de la manera en que Ludwig Deinhard lo mostró en su libro «El misterio del hombre», concretamente en la primera mitad, donde conduce a la suposición de la vida después de la muerte y a la comprensión de la continuación de la misma individualidad, que es idéntica a la del vida físico-terrestre. En el mismo terreno, este camino ha sido intentado frecuentemente por eruditos sinceramente esforzados, y podemos observar que todos ellos, a partir de los mismos fenómenos establecidos, son llevados a la misma hipótesis de que el hombre existe como espíritu después de la muerte.

Por ejemplo, podía causar una impresión significativa en los investigadores que se ocupan de este campo lo que se conoce como correspondencia cruzada, en la que dos o más personas, impulsadas desde lo más profundo de su alma, escriben lo mismo, lo cual luego apunta de manera conjunta a una personalidad que falleció hace poco, quien había sido líder o participante entusiasta de un movimiento dedicado a investigar tales relaciones, y esto roza la meticulosidad en la prueba o la exhaustividad de la misma, como la que un naturalista exige de los fenómenos en su campo, cuando en una correspondencia cruzada una dama en India envía a una persona en Londres las comunicaciones que le llegan del mundo espiritual usando sus capacidades ocultas, bajo una dirección que le fue revelada por el mismo canal oculto, y viceversa. Ahora hay dos tipos: por un lado, personas que se convencen de la existencia de un mundo sobrenatural mediante tales fenómenos que tocan métodos científicos, como por ejemplo Weber y Zöllner; por otro lado, personas como el filósofo Wundt, quien pensaba que los mencionados investigadores no tenían derecho a sacar conclusiones de tanto peso a partir de los fenómenos observados, que el académico era demasiado confiado y naïf para la observación y valoración, y que, en realidad, era el ilusionista quien resultaba el evaluador más adecuado. Hace referencia a los sucesos en una reunión en la que se realizaron demostraciones de telepatía sobresaliente por parte de un médium, a quien se le vendaban ambos ojos cuidadosamente, y en la que se le escribía al empresario lo que debía transmitir en papelitos. El empresario aparentemente luego transmitía energéticamente al médium lo escrito y le preguntaba qué decía el papel. El médium lo decía con gran certeza. Se habían excluido signos de comunicación acordados mediante observación cuidadosa, y aun así el médium reproducía las anotaciones más extrañas y complejas. La explicación de este fenómeno vino de un ilusionista, que reconoció al empresario como un ventrílocuo, cuyo médium, al transmitir los mensajes, solo movía los labios sin hablar. El profesor Weber, quien como ya se menciona, se interesaba vivamente en la investigación de fenómenos ocultos y mundos sobrenaturales, se convenció de su realidad mediante sus experimentos; [él] una vez vio en Leipzig a un ilusionista operar con un billete, haciéndolo crecer frente a los ojos del público hasta un tamaño enorme, sin usar fuerzas cuatridimensionales, sino solamente aplicando sus habilidades de ilusionista. Weber quedó profundamente impactado al ver esto. Por lo tanto, puede comprenderse la aparición de escepticismo cuando hay control por parte de eruditos.

En el primer experimento mencionado de la correspondencia cruzada ni siquiera hace falta plantear la objeción de que alguien en la India haya leído alguna vez la dirección de una dama en Londres sin recordarlo, y que inconscientemente pudiera recordarse de ese hecho; se podría incluso repetir todo el experimento para eliminar tales dudas. Pero aparte de eso, si uno intenta probar algo mediante experimentos con tales anotaciones, especialmente que una personalidad fallecida como individualidad aún vive en un mundo espiritual, se corre fácilmente la tentación de querer probar demasiado, ya que hay que admitir la posibilidad de que el efecto, incluso de un difunto, sobre personas todavía vivas pueda convertirse en un movimiento espiritual que continúa después de su muerte, y por eso se ha cuestionado la prueba prematura de identidad. Así como las ondas eléctricas pueden propagarse por todo el mundo sin cables gracias a la telegrafía, también sería concebible que incluso años después de la muerte de una persona, su actividad y pensamiento pudieran seguir actuando sin medios mecánicos, sin que fuera necesario suponer la supervivencia de la individualidad humana tras la muerte en sí.

Como hemos escuchado ya en el corto tiempo de esta conferencia, se encuentran objeciones sobre objeciones, sin que estas mismas hayan sido elegidas como simples reparos, de manera que uno tendría que tomar la postura de que la teosofía no se puede reconciliar con la ciencia actual. En la próxima conferencia se intentará mostrar si esta prueba se puede hacer de alguna otra manera.

Para ilustrar esto de antemano, recordemos cómo en 1867, cuando apareció «Filosofía del inconsciente» de Hartmann, en la que, entre otras cosas, se mostraba lo inadecuado de la visión puramente materialista, por ejemplo la de Darwin, se desató una tormenta de descontento entre los naturalistas, quienes calificaron las explicaciones del trabajo de Hartmann de amateurismo. Aparecieron muchas publicaciones de respuesta, entre ellas una: «El inconsciente desde el punto de vista de la descendencia...». En ella se recopilaba todo lo que de alguna manera se podía decir contra la «Filosofía del inconsciente». Este escrito apareció como el mejor contra las arrogancias de Hartmann, y Ernst Haeckel dijo que él mismo no podía escribir nada mejor que el autor anónimo de este excelente escrito de refutación. - Entonces Eduard von Hartmann se presentó a sí mismo como autor, la avalancha de aprobación se detuvo de inmediato, ya no se quería reconocerlo como un representante del pensamiento materialista, después de que demostró que podía decirse a sí mismo todo lo que podría presentar la parte contraria si adoptara el punto de vista de esos oponentes.

Pero, ¿es realmente el caso que tales objeciones puedan sostenerse o no, o hay en el primer caso alguna posibilidad para la Teosofía de fundamentar su causa y refutar las objeciones? Por lo tanto, debemos intentar encontrar un punto de vista dentro de la ciencia del espíritu desde el cual se pueda fundamentar la Teosofía. Si esto es posible, se verá si las razones presentadas de esta manera son apreciadas por los oponentes de la Teosofía, si realmente puede refutar las objeciones de estos leales oponentes y mostrar lo que aún tiene que decir en sí misma.

Traducido por J.Luelmo

GA069e Stuttgart, 27 de noviembre de 1911 -¿Cómo se refuta la teosofía?-

   ver ciclo

 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

¿Cómo se refuta la teosofía? *

Stuttgart,  27 de noviembre de 1911

El tema de nuestra conferencia de hoy puede sorprender al principio. Pero la teosofía no pretende únicamente traer comunicaciones de la investigación suprasensible, sino que quiere aportar al vida humana fuerza y alegría para vivir. Quiere ser una especie de arte de vivir, aunque bajo ciertas condiciones. No es algo que busque imponerse rápidamente, sino que la teosofía se nutre de fuentes de conocimiento profundo. Por eso no puede intentar ganar a muchas personas, no es una enseñanza que busque fanáticamente difundirse en amplios círculos. [Una corriente así debe mantenerse alejada del fanatismo.] El rasgo más importante del teósofo debe ser lo opuesto al fanatismo - [la comprensión de las personas debe ser su rasgo característico.] Debe poder penetrar [en otras almas], en el alma de los oponentes [y ganar comprensión de las objeciones justificadas].

¿Y quién negaría que hay mucho donde criticar de la Teosofía, de manera profundamente justificada? La Teosofía o ciencia espiritual habla de los asuntos más sagrados y dignos, y lo hace más para el corazón que para la razón. Y el corazón se inclina fácilmente a entregarse a cosas que prometen elevar la fuerza vital. Para profundizar en lo que significa la Teosofía se necesita un camino largo, que ciertamente aquellos que aceptan la vida teosófica desde el corazón, no todos recorren.

Si alguien se acerca hoy en día a la teosofía, debe admitirse que ha de afrontar grandes dificultades. Se acumulan preocupaciones sobre preocupaciones. Por eso, a alguien con educación científica no le resulta fácil manejarse, si tiene un verdadero sentido de la verdad. Además, hoy en día se llama teosofía a cosas con las que poco se puede hacer. Por eso, antes de pasar a las preocupaciones, primero se deben señalar los rasgos elementales de lo que queremos llamar teosofía.

Primero debemos tener claro la estructura del ser humano. El ser humano no se compone solo del cuerpo físico, ni únicamente de lo que podemos percibir con nuestra mente vinculada al cerebro, sino que se debe afirmar que al cuerpo físico se le integran una serie de miembros superiores, sobrenaturales, es decir, primero el cuerpo etérico o cuerpo vital, del cual el cuerpo físico está completamente impregnado: El cuerpo etérico hace que el cuerpo físico no se someta a las fuerzas del mundo físico externo. Él solo sigue estas fuerzas cuando la muerte lo separa del cuerpo etérico. Entonces, las fuerzas físicas actúan sobre los componentes del cuerpo humano y los llevan a la descomposición y disolución. La existencia de este cuerpo etérico puede comprobarse mediante la investigación clarividente. Pero también se puede entender que es necesario, ya que necesitamos un luchador contra la inevitable descomposición física. Otros seres vivos también poseen un cuerpo etérico mientras sean seres vivos. Incluso las plantas lo tienen.

El ser humano tiene además un alma consciente o un cuerpo astral. Esto lo compartimos con el reino animal. Este miembro es el portador de todo lo que tenemos en nuestra vida en cuanto a instintos, pasiones y deseos. Lo que ya no compartimos con los animales es aquello que llamamos nuestra conciencia del yo humano. El hecho de que uno pueda decirse a sí mismo «yo» hace al ser humano la corona de la creación. Desde el momento en que el niño puede decirse «yo», comienza nuestra conciencia de la humanidad, nuestra memoria. Por lo tanto, distinguimos entre un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y el yo.

Pero no solo por eso se diferencia la teosofía de la concepción común, sino además porque considera el núcleo esencial interior del ser humano, el yo, de manera que no se limita a una única existencia terrenal entre el nacimiento y la muerte. La teosofía quiere mostrar que no todo lo que se expresa en la persona a través del yo, se ha dispuesto solo en una vida. Este núcleo esencial del ser humano proviene, más bien, de etapas de existencia anteriores. El ser humano forma de cierta manera su cuerpo por sí mismo antes de que su conciencia del yo se integre por completo en él. Luego, la teosofía afirma además: después de la muerte, la persona solo se desprende de sus envolturas corporales, pero el núcleo esencial sigue viviendo después de la muerte física, para luego entrar en otra vida física.

El destino cambiante de los seres humanos solo se entiende comprendiendo las vidas repetidas del mismo ser humano en la Tierra. A un ser humano lo vemos miserable e infeliz en la vida, a otro feliz. La ciencia debe preguntarse por las causas de esta extraordinaria desigualdad en los destinos de vida. La ciencia espiritual afirma que la persona se ha forjado su propio destino en vidas anteriores; de acuerdo a cómo viva ahora, así se desarrollará su destino en la vida futura.

Que esto pueda ser así ya se puede ver, hasta cierto punto, en el curso de su destino vital actual. Por ejemplo, si alguien emigra a América, su destino se formará esencialmente según lo que haya sido antes en Europa. Lo que haya aprendido allí será muy determinante para su progreso y para cómo desarrollará su vida allá. Si alguien, por ejemplo, aquí era zapatero o banquero, eso influirá de manera muy significativa en la manera en que se desarrollará su vida al comenzar una nueva en América. Pero luego, cuando haya estado un tiempo en América, habrá aprendido cosas nuevas y se habrá transformado. Para que una persona madure, se necesitan diferentes destinos; es imposible que todo eso ocurra en una sola vida entre el nacimiento y la muerte. Los frutos de las vidas anteriores maduran hacia nosotros en la vida presente, y lo que aprendemos ahora beneficia nuestra vida futura.

La teosofía, por lo tanto, enseña la inmortalidad del núcleo esencial del ser humano. Entre la muerte y un nuevo nacimiento, el alma atraviesa estados completamente distintos, puramente espirituales y de duración más prolongada.

La teosofía dice sobre el estado dormido que en ese estado, mientras la persona esta acostada en la cama, el cuerpo astral y el yo,se desprenden de los cuerpos físico y etérico; es decir, que aquello que es portador de la conciencia, sale junto con el cuerpo astral, y viven una existencia en mundos suprasensoriales.

Todo esto aparece como un sistema cerrado. Veremos, de cierta manera, de qué fuentes obtiene la teosofía el conocimiento de este sistema. Este conocimiento se obtiene mediante la investigación clarividente. ¿Cómo se obtiene esta habilidad? Se puede decir que estas facultades clarividentes pueden despertarse en la persona mediante la meditación. De esta forma, el alma puede convertirse en un instrumento de investigación en lo espiritual, y de manera tan exacta y metódica como, por ejemplo, el químico o el físico utiliza medios físicos para investigar la materia. Así se despiertan fuerzas que están dormidas en el interior del ser humano. Recordemos aquí la frase de Goethe sobre los ojos y oídos del espíritu, que pueden abrirse en la persona.

Después de haber adelantado esto, nos dirigiremos hacia las objeciones contra la Teosofía. Por supuesto, no podemos argumentar todas las objeciones contra la Teosofía. Solo se tomarán algunas que puedan presentar dificultades serias y grandes para una convicción honesta. Quien esté completamente bajo el hechizo de la ciencia moderna puede, al ocuparse primero de la Teosofía, llegar a lo siguiente; puede [con razón] decir: Sí, creo que las mujeres que no son críticas [que no se enfrentan críticamente con la ciencia, sino que siguen el impulso del corazón] y que no han aprendido a pensar lógicamente, pueden dejarse resolver sus enigmas del mundo por esta ciencia espiritual. También, por mí, algunos hombres que simplemente no conocen la ciencia. Solo presten atención a una cosa: Creen necesario tener un cuerpo etérico como portador de las fuerzas vitales en el cuerpo. ¿No saben acaso que con esto retroceden de manera amateur a la época en que se asumía que las sustancias formadas orgánicamente no podían producirse en el laboratorio, sino solo en el organismo vivo? Por eso, en aquel entonces se tenía que suponer que en todo lo vivo estaban activas fuerzas vitales especiales. Pero la investigación avanzada ha mostrado [en el siglo XIX] que en el laboratorio se pueden producir puramente químicamente, igual que en el organismo vivo, las sustancias más simples de este tipo. Con ello, la antigua doctrina de la fuerza vital - vis vitalis - o éter de la vida queda descartada, pues se demuestra, aunque al principio solo con los organismos más simples, que la estructura orgánica de la naturaleza se construye igual que lo inorgánico, lo no vivo. Es totalmente serio y digno pensar que, una vez que se haya comenzado con la producción química de lo orgánico, se podrá concluir [que se producirán seres vivos en el laboratorio], aunque por ahora aún sean pocas las sustancias que se puedan crear de esta manera. Con esto se ha dado experimentalmente la prueba de que las mismas leyes actúan en lo inanimado y en lo vivo. Por lo tanto, es ignorancia si la teosofía todavía dice que la vida en un cuerpo solo puede explicarse mediante un cuerpo vital. - Tal investigador puede decir: lo que la investigación sutil debía aclarar poco a poco, ustedes los teósofos quieren simplificarlo con su fantasioso cuerpo vital. Ustedes afirman que es visible para la capacidad de conocimiento suprasensible, pero por lo dicho arriba queda probado que no se necesita en absoluto, no es necesario. Sin embargo, debe ser un requisito serio inicial para un conocimiento serio no hacer suposiciones innecesarias. - Quien sopese las cosas como deberían hacer los teósofos, debería sentir que hay mucho seriedad y dignidad en tal objeción.

Pero sigamos. La teosofía afirma que, para explicar los fenómenos de la conciencia, se necesita un cuerpo astral y un yo. Se puede admitir lo que incluso investigadores estrictos como Du Bois-Reymond dicen: que aquello que experimentamos como vida interna dentro de nosotros, no es posible que se deban solo a procesos materiales en el cerebro. Supongamos, entonces, que primero debemos prescindir de una explicación y escribir debajo el famoso «Ignorabimus». Pero, ¿es correcto decir que si de la materia surge algo diferente, algo suprasensible, eso es algo independiente? Así podría decir un oponente de la teosofía con cierto derecho. Podría referirse a las fuerzas magnéticas, que, de hecho, emanan de lo inorgánico, del imán, y están ligadas a este imán. Así que a partir de algo material se produce una fuerza tan sobrenatural como el magnetismo. Además, con el desarrollo de otras fuerzas no es diferente, por ejemplo con la gravedad, que está vinculada a los planetas. ¿Por qué no habría de ser igual con lo que conocemos científicamente como estados de excitación del cerebro, y que se manifiesta en la conciencia y en la vida interior del ser humano? No hay ninguna obligación de explicar los fenómenos de la conciencia de otra manera. Incluso lo que aún no se ha investigado se podrá explicar así. En cualquier caso, asumir apresuradamente la existencia de un cuerpo astral para explicar estos procesos es amateur. Incluso cuando todavía estamos forzados a un 'Ignorabimus', debemos esperar tranquilamente a ver qué dirá la investigación seria sobre el tema.

Lo que antes en la ciencia era el terror de los terrores, la llamada teoría de las facultades [en psicología], ha quedado atrás. Allí se había construido un sistema que decía: el alma puede pensar, por lo tanto tiene la facultad de pensar. Puede sentir, por lo tanto tiene la facultad de sentir. Así que el alma era un sistema de conceptos de facultades todos encajonados, sin que se entendiera que con eso no se explicaba nada, sino que solo se habían puesto palabras en lugar de algo que no se había explicado en absoluto. Ahora, el adversario puede decir: ¿no es vuestro cuerpo astral y etérico también algo encajonado, incomprendido, como lo era la antigua teoría de las facultades? Esto puede ser objetado con razón.

Entonces, la teosofía no es para alguien que se basa en conocimientos científicos modernos. Para tal persona, la teosofía parece algo amateur comparado con las exigencias de una investigación rigurosa. Además, la teosofía dice: mientras dormimos, el cuerpo astral y el yo con la conciencia dejan el cuerpo humano. Dado que no están presentes en lo que queda en la cama, deben encontrarse en algún lugar, en algún sitio. ¿Dónde más podrían estar sino en un mundo espiritual? Por otro lado, la ciencia seria pregunta: ¿es necesario invocar una explicación especial, sobrenatural, para este estado dormido, si las explicaciones científicas disponibles son suficientes? Es completamente posible explicar el dormir de manera sencilla. El método científico aplicado interpreta el asunto de manera muy distinta, dice: cuando estamos despiertos, el organismo se desgasta. A través de la actividad que ejerce el cerebro excitado en estado de vigilia, se forman toxinas. Si se acumulan tantas toxinas, éstas matan la conciencia por acción mecánica o química, es decir, se produce el estado dormido. Ahora no actúan los órganos que normalmente producen la conciencia, sino otros órganos en la persona que destruyen las toxinas en el cuerpo, las cuales generaron la actividad de los órganos de la conciencia, y así sucesivamente. Una hipótesis de autorregulación de este tipo es completamente posible. Pero si esto es posible para explicar la alternancia entre estar dormido y despierto, entonces no es apropiado decir algo distinto al respecto. La teoría teosófica es, como mínimo, una suposición arriesgada. La verdadera situación solo podrá explicarse poco a poco, y mientras tanto, uno debe aferrarse a lo más cercano y a la explicación más sencilla de estos fenómenos.

¿Cómo sigue ahora la afirmación de la teosofía sobre la repetición de las vidas en la Tierra? La teosofía muestra cómo se desarrolla el ser humano desde niño; eso no podría explicarse únicamente por la herencia. Los hijos de los mismos padres pueden ser completamente distintos, y así sucesivamente. Por lo tanto, debería intervenir algo que no se herede, que ya esté presente en la semilla de vida del ser humano recién nacido, es decir, algo que solo se puede explicar mediante vidas repetidas en la Tierra. Por ejemplo, los gemelos podrían ser diferentes a pesar de la herencia simultánea.

La objeción científica contra esto es la siguiente: Lo que constituye la esencia del ser humano no es algo que se haya heredado solo de un padre o madre, sino de una cadena de ancestros mezclados durante mucho tiempo. Si la teosofía dice además: Si lo atribuís todo a la herencia, ¿por qué hay algo individual en el desarrollo de cada persona? Entonces la objeción es: Las personas deben ser diferentes porque tantas influencias distintas actúan sobre cada individuo en la vida, [lo cual moldea al ser humano desde la infancia temprana]. El genio es un ejemplo particularmente bueno de esto. Aparece con características especiales, que, sin embargo, ya podemos ver en varios antepasados. En el genio, estas características se combinan como una gran suma total. Brentano explica el trabajo del alma en el genio diciendo que es capaz de juntar pensamientos rápidamente, es decir, solo en cierto aumento respecto a la actividad mental humana ordinaria. Pero esta mayor capacidad de movimiento en las moléculas cerebrales solo puede ser heredada. Por otro lado, el investigador del espíritu dice: Eso no tiene mucho sentido. El genio está al final de una línea de herencia; debería estar al principio de la misma si se tratara de transmitirlo a los descendientes. La objeción [en contra] de la mayor excitabilidad del cerebro del genio debe ser aceptada, y por lo tanto se puede concluir desde el punto de vista científico: Por esta mayor excitabilidad el cerebro se desgasta más, ¿es sorprendente entonces que en el organismo genial, debido a este mayor desgaste, la reproducción se vea afectada? Esa es una objeción válida. Pero la ciencia moderna es particularmente escéptica respecto a lo que se llama talento clarividente. Que existen experiencias suprasensoriales, sin embargo, debe ser reconocido. Ese tipo de percepciones se diferencian de la percepción natural. También aparece patológicamente en todo lo que normalmente se llama alucinaciones, por ejemplo. Por lo tanto, no es de extrañar que el científico diga: ¿Dónde está la posibilidad de reconocer la verdad y establecer hechos objetivos? ¿Cómo sabemos que no son simplemente experiencias subjetivas? El investigador riguroso se esfuerza por llamar científicamente solo a lo que se puede verificar objetivamente. Pero los métodos estrictamente científicos de la teoría del conocimiento no son aplicables a los resultados de la formación en ciencias humanas. Lo que supuestamente se muestra al clarividente no es más que un mundo de imágenes. Incluso en los estados patológicos, solo se trata de reminiscencias de lo real. Por ejemplo, se muestra que los clarividentes solo pueden ver un tren desde que existen. En los libros sobre experiencias clarividentes, siempre encontramos solo lo que realmente existía en ese momento, solo que un poco combinado de manera diferente. Al final, se combina esto a partir del calor y frío, luz y sombra de la vida real. Por ejemplo, se dice que el cuerpo astral es azul, rojo, amarillo, y así sucesivamente, es decir, igual que los conocidos colores de pintura física. Son colores de pintura como los físicos, que supuestamente se ven, así que no hay nada nuevo. Tales apariciones tienen un trasfondo patológico, son solo alucinaciones y realmente no aportan nada nuevo a nuestro conocimiento. La mera capacidad de combinar propiedades externas es suficiente para explicarlo por completo.

Tales objeciones deben ser comprensibles para los teósofos como surgidas de una meditación profunda y seria de los contemporáneos más serios. Quien ha envejecido en concepciones científicas no se dejará convencer fácilmente por objeciones teosóficas.

Pero la teosofía también viene con sentimientos y impulsos religiosos, morales y éticos. ¿Puede eso mantenerse?

Aquí surge primero una objeción: Si la teosofía entiende la vida de tal manera que considera la vida presente como el resultado de experiencias pasadas, entonces el interés por la vida disminuye. Una visión así conduce, por tanto, a una educación hacia el fatalismo. Es una parálisis de la vida cuando uno puede pensar: Tengo tiempo, muchos vidas me esperan. - La objeción es en realidad trivial, pero aun así es prácticamente correcta, ya que los humanos son, de por sí, naturalmente despreocupados.

¿Y la perspectiva de un mundo sobrenatural, cómo se manifiesta éticamente? Es necesario que sea de tal manera que disminuya el interés por la vida práctica. Se puede ver esto, por ejemplo, en el artista, que no quiere dedicarse con gusto a lo práctico. Tal concepción de la vida hace que uno sea ascético, hostil a la vida y paralizante en lugar de estimulante. También se ve a menudo entre los teósofos gente maravillosa que vive en una especie de paraíso imaginario. Especialmente las mujeres se vuelven fácilmente soñadoras y alejadas de la vida real. Esto no se puede refutar lógicamente, solo a través de la vida misma.

Además se podría decir: Ustedes han hecho de la ética un resultado del egoísmo. Según su visión, quien hace el bien, espera una recompensa en el equilibrio kármico. Quien hace el mal, o pretende hacerlo, lo evita por miedo al mal correspondiente en la próxima vida. Entonces, ¿la doctrina del karma es realmente una enseñanza de educación? ¡Un egoísmo más alto! Lo que el hombre siembra, debe cosecharlo: en última instancia, este es un principio de vida egoísta. Por lo tanto, la teosofía también es ética y moralmente peligrosa para la vida.

Además, trasladan la justicia divina del mundo al propio ser humano al hacer que él mismo cumpla su destino en varias vidas terrenales. Así, trasladan al ser humano aquello que de otra manera reside en la divinidad fuera de nosotros, como un Dios que castiga o recompensa. El ser humano mismo se diviniza de esta manera. ¿Dónde queda entonces un amor libre hacia Dios, si lo divino se traslada al propio interior? ¿Al interior del ser humano? — El oponente podría decir: Esto está en contradicción con una verdadera visión religiosa del mundo, si se traslada el sacrificio de Dios, la salvación del ser humano por gracia divina, al interior del propio ser humano.

Tales objeciones podrían multiplicarse mucho. La entrega a un Dios externo es una condición básica de la ética y la religión, y eso no se fundamenta en la teosofía. — Así se puede hablar; y los teósofos debemos aprender a entender esto por completo, solo así podemos mantenernos libres del fanatismo. Aquí solo se pudieron dar las directrices más importantes. Deben enseñarnos tolerancia incluso hacia el oponente. No debemos buscar refutar sus razones, sino principalmente esforzarnos por entenderlas.

Ahora se quiere mostrar con un ejemplo cómo se debe entender esto. El filósofo Eduard von Hartmann escribió en 1868 un libro titulado «La filosofía de lo inconsciente». Aunque algunas cosas en él sean poco metódicas y deficientes y no nos sirvan, se basa en ciertos fundamentos intelectuales y toca problemas profundos de la existencia. Este libro causó mucho revuelo cuando apareció. Era la época de la dominación del materialismo más extremo. Curiosamente, este libro afectó a los materialistas fanáticos como, por ejemplo, Haeckel y otros darwinistas. Ellos encontraron el libro extraordinariamente amateur. Aparecieron muchas contrascritos contra el libro. Pero un contraescrito anónimo llamó especialmente la atención. Presentaba de manera particularmente perspicaz todo lo que se podía objetar al libro de Eduard von Hartmann, tan metódica y completamente que, por ejemplo, Óscar Schmidt dijo: "Es una pena que el autor desconocido no se haya dado a conocer". — Haeckel mismo opinó: "Que se nombre, y lo consideraremos como uno de los nuestros". Pronto fue necesaria la segunda edición de esta obra. Entonces este anónimo se reveló: ¡era Eduard von Hartmann! Esta segunda edición ya no tuvo tanto éxito entre los opositores de Hartmann — [las alabanzas pronto se silenciaron.]

Este es un buen ejemplo de que uno puede tener una mejor perspectiva del oponente y juzgar más correctamente la intención del adversario que él mismo.

Se podrían presentar muchas más cosas, pero debemos conformarnos hoy con lo dicho. No hace falta que sean los peores quienes vean surgir cosas malas de la teosofía. Por eso debemos esforzarnos especialmente en aprender a comprender a nuestros oponentes.

He intentado mostrar cómo se puede refutar la teosofía. Pasado mañana se verá si la refutación es definitiva o si aún pueden presentarse razones que, a pesar de que, como hemos visto, esta lucha puede llevarse a cabo con cierto derecho, aún serán válidas.

* ver también Praga, 19 de marzo de 1911 

Traducido por J.Luelmo

GA314 Dornach, 2 de enero de 1924 -Fantasma del yo y del cuerpo astral por efecto del ácido silícico

  volver al índice

 RUDOLF STEINER

Fundamentos antroposóficos para la terapia

Fantasma del yo y del cuerpo astral por efecto del ácido silícico

conferencia 2

Dornach, 2 de enero de 1924

Ahora me gustaría abordar algunas de las preguntas que se me han planteado, y me parece que hay algunas que siguen siendo especialmente importantes para ustedes. La primera cuestión es la de la gonorrea: para comprender qué hay que hacer realmente, es necesario estudiar la esencia del asunto. Me parece que, precisamente en este ámbito, nos conformamos con demasiada facilidad limitándonos a decir: infección, infección y otra vez infección. Eso es, en realidad, lo que se suele decir. Ciertamente, en estas y otras enfermedades similares existe una posibilidad de contagio realmente extraordinaria y muy elevada; pero del conocimiento del contagio no se deduce, en realidad, en absoluto, el conocimiento de los medios curativos. No sirve de mucho saber simplemente que la enfermedad es contagiosa. Lo único que se obtiene de ello es que, naturalmente, se toman precauciones para reducir los riesgos de contagio. Eso es algo que resulta totalmente evidente. Pero es bueno, precisamente en estos casos, profundizar en lo que realmente está en juego.

Pues bien, hay que tener claro que el organismo humano es realmente un sistema cerrado en sí mismo y que todo lo que se encuentra fuera de él, en mayor o menor medida, resulta tóxico para el organismo humano. Así pues, en realidad, todo lo que se encuentra fuera del organismo humano es tóxico. Sin embargo, existen ciertas adaptaciones en las que, por así decirlo, se aísla el efecto que, en otras circunstancias, sería tóxico. Y este aislamiento de un efecto que, de otro modo, sería tóxico, se produce cuando se unen el semen femenino y el masculino, precisamente para la realización de los impulsos etéricos y astrales. También se da en numerosos casos, pero especialmente cuando se unen el semen femenino y el masculino. El efecto es eminentemente tóxico cuando se unen las dos sustancias de polaridad opuesta. Así pues, el efecto es eminentemente tóxico, pero se aísla y, en ese aislamiento, se expone a las fuerzas del cosmos, que incluso se pueden describir en detalle. Son las fuerzas concentradas del Sol y de la Luna a las que se expone entonces aquello que surge de la unión.

Esta exposición solo es posible si realmente se produce únicamente una interacción entre el semen masculino y el femenino. Con cualquier sustancia ajena al semen femenino, —es decir, generada en órganos que no sean los órganos sexuales femeninos—, el semen masculino libera un veneno inservible tanto en todo el organismo humano como en el mundo exterior. Por el contrario, la semilla femenina, con cada sustancia, —excepto aquella que es secretada por el órgano sexual masculino—, libera un veneno que no puede ser metabolizado. Este veneno es, en el fondo y tras una metamorfosis, en unos casos el veneno de la sífilis y en otros el de la gonorrea. Y con ello nos encontramos ante enfermedades que representan algo esencialmente diferente de las enfermedades sifilíticas que hemos comentado. Nos encontramos ante la generación de toxinas que no soportan ninguna exposición, ni en el organismo humano ni más allá de él.

Pues bien, estas sustancias son, en esencia, también agentes contagiosos tremendamente potentes. Son, en realidad, portadoras de parásitos minúsculos, de organismos hipermicroscópicos. Y nos encontramos ante un efecto de este tipo, es decir, ante una interacción entre la organización astral-etérica en lo masculino y lo femenino, que, al descender hacia lo físico, genera estas toxinas correspondientes. Eso es lo esencial. El riesgo de contagio es secundario. Siempre está presente, precisamente porque de esta manera se generan las toxinas más potentes que existen para el órgano.

Creo que es extraordinariamente importante que se comprendan estas cosas, para que no se sigan contemplando, —diría yo—, los fenómenos correspondientes de la misma manera en que antaño se contemplaba toda la reproducción de la raza humana, al atribuir a los ovarios de Eva el origen de toda la raza humana en todo el futuro de la Tierra. Por supuesto, se trata de una visión muy simplista. Del mismo modo, se simplifica demasiado cuando se dice: «Esta enfermedad es contagiosa; la persona contagiosa vuelve a contagiarse», y, naturalmente, se vuelve a caer en lo indefinido, sin llegar a ningún conocimiento real. Pero si se llega a un conocimiento como el que acabo de esbozar, entonces, naturalmente, uno se pregunta lo siguiente. Entonces se dice: ¿Cómo se puede hacer frente a la acción que se produce en el organismo humano bajo la influencia de este veneno?

Por lo tanto, hay que crear algo a lo que se pueda exponer este veneno, del mismo modo que, por ejemplo, se puede exponer el óvulo fecundado al universo. Hay que crear, por así decirlo, una atmósfera, crear en el organismo astral-etérico una atmósfera que tenga cierta capacidad de absorción, no para el veneno, —que luego se elimina—, sino para que se absorban las fuerzas generadoras de veneno en los planos astral y etérico.

Y ahora bien, precisamente en casos como este suele ocurrir con frecuencia que se deja que las fuerzas curativas actúen conjuntamente desde dos frentes, y en tal caso se podrá producir un resultado realmente positivo si se administra internamente un preparado, por ejemplo, algún carbonato alcalino, y luego se realiza un tratamiento local con compresas, aplicándose localmente compresas fuertes y oleosas de eucalipto, pero dejando que ambas cosas actúen conjuntamente. Esto conducirá sin duda a una curación, quizá lenta, pero a cambio profunda. Porque los carbonatos alcalinos actúan esencialmente de tal manera que, en cierto sentido, crean un cuerpo etérico especial a partir del cuerpo etérico total del ser humano; y el extracto de eucalipto actúa de tal manera que fluye a través de este tracto etérico creado, como si fuera astral. De este modo, se crea efectivamente alrededor del tracto genital una atmósfera que absorbe las fuerzas generadoras de toxinas. Eso es lo que se puede tener en cuenta en este contexto.

¿Hay alguien que quiera decir algo al respecto? En realidad, todas estas cosas no están aquí para debatirlas, sino para probarlas. Demostrarán su eficacia.

Ahora me gustaría abordar concretamente una pregunta que he encontrado aquí, y es la siguiente:

¿Es posible desintoxicar con éxito a un paciente que se ha convertido en adicto a la morfina debido a un asma grave, incluso de la morfina, mediante el tratamiento aplicado por el Instituto Clínico-Terapéutico de Stuttgart, a base de ácido cítrico, Prunus spinosa y Nicotiana tabacum?

El asma es, en efecto, un caso difícil, porque se basa esencialmente en el hecho de que la exhalación, el flujo exhalatorio, encuentra resistencias al pasar por las vías respiratorias. Se atasca, por así decirlo. Esto es algo que se aprecia con gran claridad en el organismo astral.


Por supuesto, siempre resulta un poco problemático registrar estas cosas, pero todos ustedes son antroposofos y, por lo tanto, dan por sentado que las cosas son tal y como se entienden. Así pues, frente a la corriente de aire que emana, se observa efectivamente que desde el plano astral del ser humano sobresalen unas especie de ganchos en los que este se engancha (véase el dibujo). Ese es el hallazgo. Y esto demuestra precisamente que el asma es, en realidad, la forma de enfermedad que se sitúa justo en el límite de las enfermedades puramente psíquicas, con el término psíquico no me refiero a las llamadas enfermedades mentales, sino a aquellas enfermedades que están relacionadas con la vida psíquica. Las enfermedades mentales no tienen por qué estar relacionadas con la vida psíquica, sino que pueden ser simplemente enfermedades físicas, en las que lo psíquico es únicamente un síntoma. Así pues, las llamadas enfermedades mentales no deberían denominarse así en la mayoría de los casos, ya que casi siempre se trata de una verdadera enfermedad orgánica que encuentra su reflejo psíquico, simplemente una sombra, y eso no es más que un síntoma. La mejor forma de curar las llamadas enfermedades mentales es reconocer, a partir de los hallazgos físicos como complejo de síntomas, si se trata de una enfermedad renal, hepática o de una enfermedad cerebral verdaderamente orgánica. Sin embargo, por enfermedades psíquicas entiendo aquellas en las que, por ejemplo, subyacen efectos realmente psíquicos, como los efectos del shock o de la ansiedad y similares, es decir, aquellas en las que existen causas psíquicas. Y en el caso del asma, de hecho ocurre que a menudo hay que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar las causas psíquicas.

Cuando se ha llegado a la edad que yo tengo, uno se ha encontrado con casos de asma de lo más variado, y debo decir que, a menudo, cuando se analizan los casos de asma y se busca la causa de su origen, —es decir, aparte de la causa kármica—, hay que remontarse incluso a la vida embrionaria. Y, de hecho, las causas externas suelen encontrarse realmente en la vida embrionaria. Residen en que la madre haya sufrido conmociones o aflicciones que se hayan repetido de forma irregular una y otra vez durante el embarazo. Este tipo de situaciones ejercen un efecto extraordinariamente fuerte sobre todo el sistema de membranas mucosas de las vías respiratorias, y de ahí surgen ya, durante la etapa embrionaria, las causas de lo que más tarde se manifestará en los síntomas asmáticos.

Ahora bien, en lo que respecta a los síntomas asmáticos, lo siguiente reviste una importancia muy especial: el asma se manifiesta de formas muy diversas, dependiendo de la individualidad de cada persona, y depende en gran medida de que se puedan combatir de forma realmente adecuada las demás secuelas del asma presentes en el organismo. De este modo, se fortalece el organismo lo suficiente como para que, más adelante, pueda actuar por sí mismo para combatir el asma. Y así, me gustaría indicar ahora las posibilidades de cómo abordar precisamente estos problemas, ya que se trata, en realidad, de un movimiento irregular de la vida astral en la zona bronquial y pulmonar.

En el fondo hay algo, diría yo, muy sutil, al igual que el asma es, en general, una enfermedad sutil. Si se examina a un asmático con lo que, si se me permite decirlo así, es una visión oculta, se descubre que, ante todo, lo que está inactivo en él es lo que yo llamaría el «apetito interno» del organismo.

Aclaremos primero este concepto de «apetito interno» del organismo. En realidad, solo se llega a este concepto del apetito interno del organismo cuando se observa a niños muy pequeños. Estos, en realidad, no saborean únicamente con la lengua. Siempre se lo he dicho a los pedagogos: los niños pequeños no saborean únicamente con la lengua, sino que, en realidad, saborean con todo el organismo. Todo el organismo es, en cierto modo, un delicado órgano del gusto. Solo que, más adelante, esta percepción del sabor se localiza, por así decirlo, en torno al paladar, la lengua y demás. Sin embargo, esta diferenciación, que se produce relativamente pronto, es solo parcial. En esferas subconscientes, el ser humano saborea y, por tanto, genera esa experiencia interna del apetito a través de todo su organismo. Sencillamente, todo el organismo posee esa fuerza impulsora que se denomina apetito.

Pues bien, al igual que se experimenta una falta de apetito en el extracto principal aislado, también existe, —y esto ocurre en gran medida precisamente en el caso de los asmáticos—, una falta de apetito de todo el organismo. Y en el asmático esto se manifiesta en que no tiene ningún deseo de asimilar los nutrientes ingeridos, precisamente en aquellas partes que pasan a la circulación general. Incluso siente aversión, aunque no es consciente de ello porque es inconsciente a nivel interno, sobre todo hacia los alimentos cocinados. Esto se puede observar bastante bien a partir de los síntomas externos que aparecen en su vida. Hay que abordar esto en primer lugar. Primero hay que devolverle al organismo el apetito.

Es muy bueno saber cómo tratar a un organismo en el que se cree percibir falta de apetito, es decir, en el que se ha interrumpido la conexión adecuada entre el organismo etérico y el astral, pues eso significa carecer de apetito. Ahora bien, es bueno saber qué es lo que le hace bien. Y siempre es bueno aportar al organismo, en la dosis adecuada, lo que se puede obtener en forma de ácido tánico, por ejemplo, de las hojas de salvia, de las hojas de nogal, de la corteza de roble o de sauce; en resumen, quiero decir, cuando se le aporta al organismo humano la cantidad de ácido tánico que quizá equivalga a la primera décima, solo que en porcentaje. Eso es lo que resulta especialmente importante para el cuerpo astral en un caso así. Este se ve estimulado a extender su actividad al cuerpo etérico cuando se le aporta este ácido tánico. Sin embargo, el cuerpo etérico no reacciona a ello. De modo que solo se provoca un desequilibrio si se aporta ácido tánico de forma unilateral. Por otro lado, también hay que actuar sobre el cuerpo etérico. Y esto se consigue, por ejemplo, preparando un extracto de hojas de Veronica officinalis, de esta verónica, y extrayendo de él, concretamente, las sustancias amargas, esas sustancias amargas que se encuentran en este tipo de plantas, —también se pueden obtener de otras plantas, siempre que contengan estas sustancias extractivas amargas—, y luego se administran alternativamente, —por ejemplo, por la mañana una cosa y por la noche la otra—, con lo que se puede regular el ritmo entre el cuerpo astral y el etérico e iniciar así la curación. Si luego se da al enfermo la indicación de que, con mucha paciencia, durante semanas no se acueste en la cama en absoluto, sino que duerma en una silla, y que, cuando intente conciliar el sueño, medite mentalmente sobre la respiración, es decir, que vea o sienta en su mente: inspiración, expansión del aire, espiración, —respirar de forma totalmente consciente mientras se duerme; cuando se despierte, que vuelva a empezar inmediatamente a respirar conscientemente durante unos minutos. Si se fortalecen de esta manera las fuerzas morales aplicándolas al propio organismo, concretamente a la respiración, pero de tal forma que pueda aplicarlas sin vacilar, —en cualquier otra postura que no sea la de dormir en una silla, sobre todo en posición tumbada, es totalmente imposible que el paciente lleve a cabo el ejercicio—, y si se utiliza esto como tercer acto del tratamiento, cabe esperar que se pueda combatir el asma incluso en estadios muy avanzados de su desarrollo. El morfinismo no es, al fin y al cabo, más que una manifestación secundaria, que se podrá eliminar. Hay que intentar combatir el morfinismo.

Ahora bien, otro caso interesante que se me ha presentado. Pero quiero subrayar expresamente que, naturalmente, se trata de cuestiones más o menos problemáticas cuando no se ve al paciente en cuestión. Se trata simplemente, me gustaría decir, de que el caso también se podría construir de forma ideal, pero vamos a exponer brevemente lo que nos ocupa en el caso de este secretario de correos de cuarenta y cinco años que, a raíz de algo, sufrió una crisis nerviosa y, al parecer, empezó a perder el sueño y entró en un estado en el que el enfermo ya no se controla a sí mismo, en el que solo piensa la mente, es decir, actúa de forma automática. Esa fue, al parecer, la primera fase. Luego, esta fase parece haber dado paso a otra, en la que, al cabo de dos años, empezó a sufrir temblores en las extremidades y, al parecer, también convulsiones en las mismas.

En un caso así, lo más importante será saber, ante todo, que toda esta situación no radica en otros órganos que no sean aquellos que, desde la organización del yo y desde la organización astral, ejercen una influencia directiva sobre el sistema volitivo del ser humano. Lo que hay que tener en cuenta es el sistema volitivo. Y lo irregular y anormal de dicho sistema ya se manifiesta en esta peculiar entrega al automatismo del pensamiento. Esto no tiene nada que ver con los pensamientos, sino con la voluntad que subyace al desarrollo del pensamiento. Pero todo ello tiene como objetivo actuar en lo más profundo del subconsciente, para formar la voluntad propiamente dicha en el mero metabolismo del organismo de las extremidades, separándola del organismo rítmico, separándola del organismo nervioso-sensorial. Existe, pues, una tendencia al traslado de todos los órganos de la voluntad físicos y etéricos hacia el organismo inferior.

Seguramente habría podido percibir claramente lo que digo, incluso a través de los síntomas externos, en un caso así, si hubiera tenido la oportunidad de observar, digamos, a este secretario de correos en algún momento y, de nuevo, dos años después; así se daría cuenta de que, en esos dos años, la relación recíproca entre el labio inferior y el labio superior ha cambiado. Hace dos años le habría parecido que tal vez se daba una relación determinada, no del todo armoniosa, en el movimiento del labio superior respecto al inferior, que daba la sensación de que no encajaban tan bien como en las personas normales, y al cabo de dos años eso se habrá acentuado. El labio inferior habrá continuado con sus movimientos descontrolados más que el labio superior. Podrá observar este tipo de cosas. También podrá observar una relación similar entre las piernas y los brazos en lo que respecta a movimientos que no concuerdan.

Ahora bien, lo importante es que, en un caso así, se debería combinar un tratamiento farmacológico y un tratamiento físico, digamos, con un tratamiento psíquico mediante euritmia terapéutica. Estas dos cosas deben combinarse aquí, y este caso es incluso típico de ello.

En un caso así, aplique baños de equiseto con una concentración bastante elevada de equiseto, con lo que se aprovechará el ácido silícico. El equiseto tiene, como es sabido, un porcentaje muy elevado de ácido silícico, así que utilice baños de equiseto y, gracias a ellos, podrá provocar un refuerzo sustancial de la organización del yo. Pero esto se debe precisamente a la influencia del baño. Existe constantemente el peligro de que, al poco tiempo, vuelva a desaparecer. Se tiende a que se convierta en algo duradero si, una vez finalizado el baño, se realiza vocalización curativa a través de la euritmia, —simplemente vocalizar—, durante una hora. De este modo, se estimula aquello que al principio solo se había iniciado en el baño de equiseto. Y entonces puede esperar, de esta manera, combatir el problema sobre todo desde la periferia, desde el organismo de las extremidades. Hay que intentar encontrar en todas partes el punto desde el que se puedan combatir las cosas.

Ahora bien, me ha llamado la atención este otro caso, que es muy interesante; solo que no se describe con total claridad. Aquí se dice:

Crecimiento de tipo lúpico, cada vez más extenso, de la mucosa del paladar, que provoca dificultades para tragar, en una paciente de treinta y siete años que padeció tuberculosis pulmonar hace siete años, de segundo y tercer grado, pero que ya está bastante curada. Se le operó de cálculos biliares que no existían.

¡Me hubiera gustado saber qué ocurrió inmediatamente después de la operación de cálculos biliares que no existían!

Padece trastornos del tracto digestivo y flatulencias, que se alivian con el ejercicio S de euritmia terapéutica y que últimamente son mínimas; lleva años sufriendo una gran angustia. ¿Podría haber provocado la enfermedad lúpica un ejercicio I realizado con éxito? ¿Qué se debería hacer?

¿Cree usted que realmente se trata de algo parecido al lupus?

También podría ser escorbuto; solo lo parece.

No hay por qué darlo por sentado. En realidad, solo puede tratarse de que la fuerza plástica del organismo etérico simplemente no actúa lo suficiente en las vías periféricas. No puede tratarse de otra cosa. Y habría que remediarlo simplemente inyectando veneno de abeja, quizá en una dilución de la sexta décima, y haciendo que el proceso sea total, lo cual se consigue porque el veneno de abeja estimula muy intensamente el cuerpo etérico para que absorba las fuerzas astrales dirigidas realmente hacia todo el organismo humano.

El veneno de abeja es una sustancia muy interesante. Lo que subyace al veneno de las abejas es, en realidad, un sistema de fuerzas que, al mismo tiempo, constituye la base de toda la estructura del organismo humano. Lo que ocurre en la colmena, —entre la producción del veneno de abeja a partir de la alimentación de las abejas y todo lo que estas ingieren, y lo que luego son las celdas de cera de los panales—, no es algo que afecte a la abeja individual, sino que, para toda la colmena, presenta un parecido asombroso con los procesos orgánicos del organismo humano. Es decir, si se sigue a las abejas desde el momento en que se posan en las flores hasta que regresan a la colmena, secretan los productos que traen consigo y luego construyen las celdas, se observa una actividad de la colmena que, en lo íntimo, en el plano astral, etericamente muy similar a lo que ocurre entre los procesos que tienen lugar internamente en el cerebro cuando un ser humano percibe algo, incorpora sustancias en las facultades de percepción y llega hasta la configuración, hasta esa curiosa configuración de las células óseas. En los panales de abejas se observa algo que ha permanecido blando, algo que se ha conservado de otra forma, a diferencia de lo que se ha convertido en células óseas, y en el hecho de que la abeja se pose sobre la flor se percibe la percepción humana. De modo que, de hecho, todo el organismo humano, en su actividad, está incluido en lo que ocurre entre la succión de las abejas en la flor y la formación de las celdas de cera.

Todo ello se basa, a su vez, en el veneno de abeja como principio organizador procedente de lo espiritual. De modo que, cuando se trata de que pueda observar que, en cierto sentido, el efecto orgánico se interrumpe en la periferia, —no quiere penetrar en ella—, siempre puede obtener muy buenos resultados con el veneno de abeja o de avispa, y luego reforzar desde dentro el efecto de la inyección preparando una papilla líquida de miel y leche, y administrándola como complemento alimenticio diario.

Es algo que realmente se manifiesta de tal forma que se ve el organismo, que se ha contraído sobre sí mismo y que presenta tales manifestaciones anormales en diversas zonas periféricas, vuelve a extender su efecto, por un lado, bajo la influencia del veneno del insecto, que penetra en el sistema circulatorio, y, por otro lado, bajo la influencia de aquello que, en esencia, está relacionado con la leche y la miel, y que se desarrolla y se extiende en el organismo. Esto es lo que, en mi opinión, ya se puede recomendar en un caso así.

Ahora me gustaría hablar de la cuestión que, al parecer, también les preocupa. Se trata de las enfermedades neurológicas, las enfermedades de la médula espinal, etc.

De todas las enfermedades nerviosas, las de la médula espinal son, naturalmente, las más difíciles de tratar. Las demás enfermedades nerviosas son mucho más fáciles de combatir. Pero se podrían tratar mucho mejor las llamadas enfermedades nerviosas si se tuviera en cuenta que en el nervio, en el haz nervioso, en el sistema nervioso en general, existe una sustancia que tiende constantemente a desintegrarse en partes de dos. En el nervio no hay nada, como en otras partes del organismo, de fuerzas constructivas, de fuerzas de brote, de fuerzas de crecimiento, sino que en el nervio está presente por doquier aquello que tiende hacia la organización del yo, en el sentido de que, en realidad, siempre quiere separarse y desmoronarse. Solo hay que impedir continuamente que se desmorone. En el momento en que la organización del yo no es lo suficientemente fuerte como para impedir que los nervios se desmoronen, surgen entonces los fenómenos más diversos. Dependiendo de si es la organización del yo o la organización astral la que no es lo suficientemente fuerte, surgen o bien las enfermedades nerviosas propiamente dichas, —cuando la organización astral no es lo suficientemente fuerte— o, si la organización del yo no lo es, surgen las diversas neuralgias o los distintos estados con síntomas semipsíquicos, etcétera.

Ahora bien, hay que tener claro cómo se puede actuar sobre el sistema nervioso de tal manera que en él surja, por así decirlo, una especie de fantasma del organismo astral y del yo. Esto ocurre realmente cuando se intenta, —en el caso de una enfermedad nerviosa ya grave, no de una parcial—, introducir el efecto del ácido silícico en todo el sistema nervioso. Se trata, por así decirlo, de una especie de postulado: introducir el ácido silícico en la organización nerviosa.

Ahora bien, si no existen obstáculos ni inhibiciones especiales, el ácido silícico llega al sistema nervioso gracias a que existe realmente una afinidad extraordinariamente fuerte entre la estructura del sistema nervioso humano y la sustancia del árnica. Esa afinidad es ya de por sí muy grande. Y si se administran inyecciones de árnica, —por supuesto, en potencias elevadas, como la decimoquinta, la vigésimo quinta o incluso la trigésima—, se observará en la mayoría de los casos que la inyección de árnica surte tal efecto que el enfermo siente por sí mismo el impulso y la necesidad de hacer algo para combatir sus trastornos nerviosos. Porque siempre hay que conseguir que el enfermo se dé cuenta de repente de que: «Lo que hay en los nervios me lo quita algún remedio, y ahora puedo utilizar mi organización del yo, mi organismo astral». En este caso, se trata de una eliminación. En una persona con una enfermedad nerviosa, el organismo del yo y el organismo astral están intensamente ocupados con el proceso nervioso. Hay que introducir en el proceso nervioso algo que imite la organización del yo y la organización astral. Y eso es precisamente lo que hace esa curiosa configuración que se encuentra en el árnica, que, de hecho, es un mixtum compositum de todo lo imaginable, realmente también una especie de imitación microcósmica de todo lo macrocosmico. La sustancia del árnica lo hace de una manera muy especial.

Piense en todo lo que ocurre ahí. En primer lugar está el ácido silícico que contiene el Árnica montana. Esa es la sustancia fundamental. Es tremendamente sensible, un reactivo de gran importancia para todo tipo de influencias cósmicas. Para todo lo que actúa sobre la Tierra, el ácido silícico es un reactivo de una delicadeza extraordinaria. Además, en el Árnica montana existe siempre la tendencia a transmitir estas delicadas percepciones del cosmos, —por así decirlo—, y a plasmarlas de forma plástica en las sales de potasio y también en las sales de calcio, que en el Árnica montana se distribuyen de una manera maravillosa.

Ahora todo el efecto que acabo de describir, imagínenselo en relación con el ácido tánico; ese efecto sobre el organismo astral también está presente en la árnica. De modo que lo que ahora llega desde el cosmos, y que el ácido silícico imprime, por así decirlo, de forma plástica en las sales de potasio y calcio, se introduce directamente en el organismo a través del contenido de ácido tánico del árnica. Entonces, la sustancia del árnica desarrolla, como por arte de magia, un sedante simultáneo, de modo que el ser humano no percibe la inquietud que provoca la intrusión de una sustancia extraña en el correlato físico del cuerpo astral. Y es que en la sustancia del árnica hay algo similar al alcanfor. Así pues, contiene su propio sedante. Además, la sustancia del árnica, maravillosamente incrustada en goma y sustancias similares, contiene proteínas, lo que le confiere afinidad con el cuerpo etérico. Y luego tenemos en su interior componentes fosforosos, concretamente aceites esenciales, gracias a los cuales todo se estructura de tal manera que se convierte directamente en un fantasma del organismo del yo humano.

Por lo tanto, si administra al organismo, —mediante inyección, ya que las demás sustancias no surten un efecto tan potente por vía inyectable—, una sustancia de Árnica montana en la dosis adecuada, observará, por regla general, que, al menos al principio, se produce una fuerte influencia sobre el sistema nervioso. El proceso será el adecuado cuando pueda observar cómo el enfermo se siente ahora con más fuerzas, cómo cree que podrá superar la situación por sí mismo. Hay que provocar esta sensación. Si no se produce, recurra, alternando con el Árnica montana, a aquello que le ayude a potenciar el efecto del Árnica montana también desde el punto de vista respiratorio; es decir, alterne con una inyección de ácido fórmico de concentración bastante elevada. Verá que entonces el proceso podrá desarrollarse.

Por lo tanto, si introducen ustedes en el organismo, —en la dosis adecuada, pero mediante inyección, ya que los demás remedios no surten un efecto tan potente por vía inyectable—, una sustancia de Árnica montana, observarán, por regla general, que, al menos al principio, se produce una fuerte influencia sobre el sistema nervioso. El proceso será el adecuado cuando pueda observar cómo ahora el enfermo se siente con más fuerzas, cómo cree que podrá superar la situación por sí mismo. Hay que provocar esta sensación. Si no se produce, recurran, alternando con el Árnica montana, a aquello que le ayude a potenciar el efecto del Árnica montana también desde el punto de vista respiratorio; es decir, alterne con una inyección de ácido fórmico de concentración bastante elevada. Verá que entonces el proceso podrá desarrollarse.

Si no se consigue esto, es necesario, por supuesto, extraer de la parte en la que se pueda determinar el origen real de la enfermedad, —ya sea en el cerebro o en la médula espinal—, un extracto de la parte correspondiente del sistema nervioso de un animal en alta potencia, y inyectarlo en lugar del ácido fórmico, alternándolo con el árnica. Así pues, si, por ejemplo, sospecha que la enfermedad nerviosa se origina, digamos, en el área visual, tome precisamente la secreción de la sustancia de los cuatro montículos o de una sustancia similar de un animal, extraiga el extracto, utilícelo en una potencia bastante elevada e inyéctelo como complemento de la Árnica montana. Deje que el apoyo llegue precisamente allí donde sea necesario. Estas son cosas que hay que observar siempre.

Sin embargo, precisamente en los tratamientos exitosos con Arnica montana se produce un leve efecto tóxico, —de hecho, debería producirse—, que se puede percibir de alguna manera. Pero siempre verá que este leve efecto tóxico puede neutralizarse tomando por vía oral algún compuesto que contenga potasio. Creo que en lo que acabo de describir hay, de hecho, algo muy esencial para lo que se debería hacer en caso de enfermedades nerviosas, incluso en las de la médula espinal, que solo podían diagnosticarse en la fase adecuada, y en las que habría que abandonar esa mala práctica médica que, sobre todo en Europa occidental, está tan extendida, hasta el punto de que casi todas las enfermedades de tabes dorsal se atribuyen a causas lúeticas de algún tipo. Es una completa tontería. Y si uno se obstaculiza así la visión clara desde el principio, naturalmente no podrá llegar a una conclusión acertada. La mayoría de las enfermedades de la médula espinal no se deben en absoluto a ningún origen sifilítico, sino que tienen su origen en resfriados, —que a la mayoría de las personas les parecen inofensivos—, en el tracto gástrico u otras partes del abdomen, es decir, en general en las regiones abdominales, o bien en el hecho de que la columna vertebral, como tal, haya estado expuesta en alguna ocasión a un resfriado. Lo que ocurre es que, bueno, dadas las conocidas condiciones sociales de las últimas décadas, era muy frecuente que se diera una complicación puramente externa en la que se combinaban la sífilis y la enfermedad de la médula espinal, lo que desviaba la atención y se dejaba de hacer lo correcto, es decir, combatir por separado las secuelas de la sífilis y las de las enfermedades de la médula espinal mediante algo como lo que acabo de describir. En realidad, siempre debería considerarse y tratarse como una enfermedad nerviosa, tal y como acabo de describir.

Ahora bien, lo interesante es que, cuando las enfermedades nerviosas se localizan todavía en el tracto digestivo o incluso en el tracto gástrico y no se extienden más allá de los órganos digestivos, se puede lograr lo mismo, —y esto es realmente extraordinario—, si en lugar de Árnica montana, se utiliza Camomilla y se trata igualmente mediante inyección, manteniendo el resto de los parámetros iguales. Y esto es interesante porque de ello se deduce, —puesto que el Camomilla carece casi por completo de ácido silícico—, que el ácido silícico solo es necesario cuando los nervios se extienden más allá del tracto digestivo. Carece de ácido silícico. En cambio, contiene azufre, que resulta esencialmente muy beneficioso cuando se trata de estimular el cuerpo etérico en el sistema digestivo.

Ahora han surgido algunas preguntas más, pero ya no nos queda tiempo para tratar los temas en profundidad: «¿Cuál es la esencia de la miopía y la hipermetropía?»

¿No es así? ¿Opina usted que se podría influir en estas cosas desde el punto de vista terapéutico? Las causas son evidentes, y a eso no se le pregunta en estos asuntos. ¿Se refiere a cómo se podría influir en ellas desde el punto de vista terapéutico, si se pueden curar únicamente con remedios médicos? Se podrán curar, tanto la miopía como la hipermetropía, y así también prevenirlas, porque tiene toda la razón: es evidente que el glaucoma está estrechamente relacionado con la hipermetropía. Las personas que no son hipermétropes no suelen padecer glaucoma. Pero un tratamiento farmacológico, que sin embargo es posible, solo tendrá éxito si se inicia, tal vez incluso antes de los tres años de edad. Por lo tanto, hay que detectar muy pronto en el niño la predisposición a la miopía o la hipermetropía. En ese caso, se podrá lograr mucho con Belladonna en potencias elevadas. Pero, en realidad, hay que detectarlo antes de que el niño haya aprendido completamente a hablar y a andar. Una vez que el organismo ha alcanzado su estructura física básica, tal y como la ha alcanzado, una vez que ha aprendido a caminar, a mantenerse de pie y a hablar, ya existe toda la tendencia a la formación del cristalino y del cuerpo vítreo, que son la base de la hipermetropía y la miopía. Y entonces, al tratarse de algo puramente mecánico y formal, resulta difícil hacer algo al respecto. En cambio, mientras aún pueda actuar sobre el ojo aquello que está sin formar en los movimientos inquietos, en los movimientos de los brazos aún no orientados y demás en el niño, y que proviene de algo muy íntimo, de una cierta percepción, de una cierta sensación a través de una experiencia provocada por la belladona altamente potenciada, se podría pensar que ahí sí se puede hacer algo. Pero probablemente no será fácil realizar esas observaciones. Esto es lo que hay que decir al respecto.

Lamentablemente, ahora debemos dar por concluidas estas reflexiones. Espero que podamos retomarlas en el momento oportuno. Siempre nos proporcionará una satisfacción muy especial poder integrar, por así decirlo, en la actividad universitaria médica anunciada, el hecho de poder aportar algo a los médicos cuando acudan a este tipo de reuniones. Espero que, en el futuro, esto pueda volver a hacerse realidad de una u otra manera. Pero, en esencia, también será posible que aquellos amigos que se mantengan en contacto con la Escuela Superior de Dornach puedan recibir, de vez en cuando, —nos encargaremos de que se haga de la manera adecuada—, información sobre tal o cual tema cuando lo soliciten. De modo que, si envía preguntas a la dirección, señora Dra. Wegman, daremos respuestas conjuntas, aunque, por supuesto, no en el suplemento de «Goetheanum», sino de una forma que solo pueda llegar a los médicos. Pero creo que debemos organizar el sistema de tal manera que, cuando alguien plantee una pregunta, la respuesta llegue siempre a nuestros médicos antroposóficos, ya que, en realidad, siempre resulta interesante para todos y así es como mejor avanzaremos. Intentaremos también establecer de esta forma la comunicación con los médicos desde aquí, desde Dornach, de la manera adecuada.

Dr. Palmer: Estimado Dr. Steiner, permítame expresarle, en nombre de mis colegas, nuestro más sincero agradecimiento por haber encontrado tiempo para dedicarnos unas horas, a pesar de la gran carga de trabajo que ha tenido durante las fiestas navideñas. Nosotros mismos, que trabajamos en el Instituto Clínico-Terapéutico de Stuttgart, sabemos lo mucho que necesitamos estas lecciones, y nos gustaría pedirle que siga apoyándonos con sus consejos y prestándonos su ayuda.

Lo único que habría deseado es que hubiera habido más horas. Pero, por mucho que lo hayamos pensado junto con la Dra. Wegman, no hemos podido disponer de más de estas tres horas. Como ya he dicho, me hubiera gustado que hubiera habido más horas; ¡pero espero que sea en otra ocasión!
Traducido por J.Luelmo