RUDOLF STEINER
De las conferencias que he tenido la oportunidad de dar aquí a lo largo de muchos años, habrá quedado claro que aquella cosmovisión de la que se nutre el contenido de estas charlas, tiene una actitud muy concreta detrás, o que con esa cosmovisión se asocia al menos una actitud de este tipo, que se puede definir más claramente diciendo: No es posible dar una conferencia adecuada dentro de la teosofía o la ciencia espiritual, si el alma no está impregnada de una cierta tolerancia hacia cualquier sistema de cosmovisión, una tolerancia interna que pueda ofrecer a cada tipo de cosmovisión una comprensión devota. Porque la verdadera orientación del pensamiento que se considera dentro de la ciencia espiritual, solo tiene sentido si se mantiene alejada de todo lo que podría llamarse fanatismo y sectarismo. Algo así está tan extendido en nuestros tiempos que, si alguien mira el mundo desde su propio punto de vista, llega a pensar que todo el que tenga otra forma de pensar debe ser un tonto, un estúpido, o al menos le falta un sentido serio de la verdad o la capacidad de conocimiento y la conciencia. Sería malo ,ncluso por razones externas, que la teosofía rindiera homenaje a tales posturas fanáticas, porque hay que admitir que para profundizar se necesita mucha paciencia y tiempo para captar la cosmovisión teosófica de manera completa y minuciosa, de modo que una gran parte de aquellos de nuestros contemporáneos que obtienen su convicción de la ciencia espiritual o la teosofía, no lo hacen necesariamente a partir de un conocimiento exhaustivo de todos los principios de verdad subyacentes, sino comprensiblemente forman su convicción a partir de ciertos intereses emocionales y sensibles. ¡A estos últimos tampoco se les debe negar su legitimidad! Por supuesto, cada uno tiene un derecho personal al respecto, pero también es igualmente evidente que es imposible defender a fondo la cosmovisión de la ciencia espiritual si la convicción se ha formado solo de esa manera. Además, como la inmersión en la ciencia espiritual desde sus fundamentos solo es posible mediante un trabajo difícil y arduo, se entiende que una parte de nuestros contemporáneos se sienta repelida por la teosofía, y generalmente no son las personas con el peor sentido de la verdad.
Tal como están las cosas ahora, es comprensible que tengamos que aceptar que aquellos de nuestros contemporáneos que basan su convicción en la ciencia y la cultura, encontrarán dificultades tras dificultades para acercarse a la Teosofía; justamente para esas personas se acumulan refutaciones y contradicciones en gran cantidad frente a lo que se les presenta como Teosofía. Pero hablar de mala voluntad sería contrario a la tolerancia que la Teosofía siempre debe practicar. Por eso, la tarea de esta noche será dar una idea acerca de qué dudas puede afrontar el buscador honesto de la verdad al acercarse a la Teosofía, y luego en la charla de pasado mañana - «¿Cómo se justifica la Teosofía?» - cómo se pueden superar esas dudas.
Aunque la conferencia de hoy aparentemente tenga un carácter extraño, esto se debe precisamente a que está destinada a posicionarse en el punto de vista del oponente y a presentar sus dudas y refutaciones justificadas en líneas generales. De esta manera se logrará de la mejor manera lo que se quiere demostrar, es decir, que los argumentos del oponente deben tomarse tan en serio como sea posible. No quiero expresar mi opinión, sino hacer un intento serio de posicionarme completamente en el lugar del oponente, sin recurrir a esos argumentos superficiales que ya se resuelven diciendo que el oponente debería intentar conocer mejor la teosofía. Así que no me dirigiré a la inmadurez, sino a esas preocupaciones que realmente se imponen a todos los que, a partir de la cultura actual, quieren conocer la visión del mundo teosófica y luego no pueden seguir la teosofía, porque de lo contrario tendrían que romper con todo lo que surge de la cultura contemporánea, una cultura cuyos fundamentos aparentemente no pueden ser refutados, que más bien plantea objeciones legítimas y justificadas que la teosofía en sí debe reconocer, aunque no pueda refutarlas del mismo modo.
Por eso, primero me gustaría presentar un extracto de la cosmovisión teosófica ante sus almas, de la manera en que ya ha sido razonada lo más a fondo posible en otras conferencias.
Primero, en la teosofía encontrarán la suposición de un mundo suprasensible detrás del mundo de los sentidos y de la razón; luego, la teosofía se basa en ciertos métodos de investigación, diferentes a lo que en nuestra época enseñan los métodos de investigación y de pensamiento. Se dice que el mundo de los sentidos enseña que se explica por sí mismo y que, para este propósito, no necesita buscar un mundo suprasensible detrás. O se expresa la opinión de otros, de que detrás del mundo sensorial sí debe suponerse un mundo suprasensible, pero al cual el ser humano no puede acceder; por lo tanto, deben asumirse límites al conocimiento.
La teosofía enfatiza que el ser humano, con su conciencia habitual, depende del mundo externo de la razón y, además de este, de la observación interna del alma, pero también que es posible llevar la vida interior del alma a un alto desarrollo. Cuando esto se logra mediante ciertos ejercicios internos, aquel que practica de manera correcta y con suficiente constancia al desarrollar sus órganos espirituales del alma, se enfrenta desde lo profundo de la vida del alma a un alto mundo suprasensorial, de modo que el investigador suficientemente avanzado en el campo del mundo espiritual puede reconocer hechos de tipo suprasensorial. Entonces, una persona que se haya desarrollado de esa manera, será capaz de pensar sobre la esencia del ser humano de forma diferente a lo que la conciencia común puede, la cual solo puede reconocer la parte perceptible sensorialmente en el entorno.
Ahora bien, la teosofía habla de que, con la conciencia elevada, en el ser humano todavía se pueden reconocer tres partes suprasensoriales. Es decir, que en el cuerpo físico del ser humano aún actúa el «cuerpo etérico» como el verdadero animador y formador del cuerpo físico, que también se encuentra en los animales e incluso en las plantas, y trabaja para que las sustancias que componen el cuerpo externo no sigan las fuerzas y leyes que les son propias mientras estén bajo la influencia del cuerpo etérico, sino solo después de la muerte, cuando son dejadas a su suerte. Un tercer elemento de la naturaleza humana, según la teosofía o ciencia oculta, es el llamado cuerpo astral; todo ser vivo que desarrolla conciencia lo hace a través de las fuerzas del cuerpo astral, que atraviesa los cuerpo físico y etérico, que encontramos en humanos y animales, pero no en las plantas. La naturaleza humana tiene además un cuarto elemento, el llamado Yo, que eleva al ser humano por encima de la animalidad, situándolo así como la cúspide de la creación terrenal.
A través de una mayor investigación y una profundización en el conocimiento del ser humano, se desprende que el hombre se diferencia esencialmente entre el estado despierto y el dormido; la ciencia espiritual enseña que, en este último caso, el cuerpo astral junto con el yo, se separan de los cuerpos físico y etérico para irse al mundo espiritual. Pero desde que se duerme hasta que se despierta, cuando esos dos cuerpos están en ese mundo, se encuentran rodeados de oscuridad ya que para el ser humano normalmente desarrollado, sin sus herramientas físico-etéricas y sin la herramienta de su entendimiento, nada es perceptible, y con ellas solo algo lo es en el mundo físico, porque todavía no posee órganos para conocer el mundo espiritual.
En esta concepción del despertar, la ciencia espiritual señala que todo lo que el ser humano ha experimentado en su mente a través de sus sentidos, lo que le ha ocurrido como felicidad o desgracia, se ha depositado en su alma, la cual cuando atraviesa la puerta de la muerte lo lleva a los miembros espirituales superiores del ser humano. Estos miembros permanecen de cierta forma con la persona, es decir como yo, cuerpo astral y como extracto del cuerpo etérico. Después de la muerte el ser humano, ya en el mundo espiritual, experimenta con estos tres miembros del ser, donde luego reúne fuerzas de todo y las procesa de manera peculiar, para poder luego, después de un tiempo más largo o más corto, volver a habitar un cuerpo físico que se le proporciona dentro de la línea de herencia. Así recibe ciertas características de los padres, pero las habilidades esenciales se forman en él, es decir, en su cuerpo físico y en los miembros superiores, a partir de su propio núcleo espiritual-alma, que durante su vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, osea en el mundo puramente espiritual, bajo condiciones distintas a las físicas y terrenales, tuvo más experiencias que lo llevaron a desarrollar fuerzas que lo hicieron apto para una nueva vida en la Tierra. Todo lo que la persona ha vivido en pensamientos importantes, impulsos y sensaciones influye en una nueva vida, de manera que esta, en su singularidad, es en parte consecuencia de sus vidas pasadas.
Los diferentes miembros de la naturaleza humana pertenecen a varios mundos; lo espiritual-anímico es de origen más antiguo que la parte físico-etérica, de modo que podemos decir que al mundo al físico le precedió el mundo espiritual-anímico, que es como una encarnación anterior de nuestro planeta Tierra. Para hacernos una idea del fundamento de la ciencia teosófica, debemos dirigir nuestra atención a esto y a muchas otras cosas, así como a las futuras formaciones del mismo.
Ahora bien, si un ser humano con un sentido científico serio se acerca a tales ideas, tendrá la impresión de que aquí todo está al revés de lo que la cultura intelectual y la ciencia de los últimos siglos han investigado, por ejemplo, el hecho del que habla la teosofía de que el cuerpo físico está impregnado en todos sus órganos por un cuerpo etérico, considerado como portador de la vida. ¿No tendría que decir entonces cualquiera que se haya sumergido en la ciencia, especialmente la de los siglos pasado y antepasado, que la teosofía se coloca con tal visión en un punto de vista amateur que no está fundamentado en nada? Porque, ¿qué es este cuerpo etérico sino la reaparición de la fuerza vital, que ya se había descartado desde el siglo XVIII? ¡Las combinaciones químicas, mezclas y separaciones se explican por las fuerzas que se pueden reconocer en la química y la física! Además de estas, todavía se observan ciertas combinaciones de sustancias que solo se ven formarse en organismos vivos, no en la naturaleza externa inorgánica; de ahí que antes se dijera que en los organismos vivos existe una fuerza vital que atraviesa sus órganos de manera peculiar.
En el siglo XIX se produjo un avance de la ciencia con Liebig y Wöhler, avance consistente en que estos dos investigadores lograron producir en sus laboratorios combinaciones de sustancias que aparentemente solo podían formarse en el organismo vivo, sin recurrir a la supuesta fuerza vital del organismo. ¿Qué era más natural que creer que, una vez que tales combinaciones de sustancias se habían producido fuera del organismo, también podrían haberse formado dentro del organismo vivo sin la participación de la supuesta fuerza vital? Si la ciencia estuviera suficientemente desarrollada, nada impediría ya la suposición de que en el futuro se podrían crear aún más sustancias complejas, y de hecho en el laboratorio, sin aplicar la llamada fuerza vital.
Si se continuara con esta línea de pensamiento, entonces debía arraigar finalmente la convicción de que el organismo vivo solo contiene aquellas fuerzas que también se encuentran en la naturaleza exterior, de modo que, con suficiente progreso científico, incluso los seres vivos inicialmente simples podrían representarse. Debe admitirse sin problemas que esto no es un rechazo de la posibilidad futura de tales esperanzas, aunque actualmente (1912), esa posibilidad no existe. Entonces, ¿Qué es el cuerpo etérico de la teosofía sino una adopción de la fuerza vital que la ciencia ya ha rechazado, qué demuestra, si no, que la teosofía no conoce la importancia de los descubrimientos científicos mencionados anteriormente ni las perspectivas justificadas que de ellos se derivan? La suposición de un cuerpo etérico o vital, no es nada más que puro amateurismo, solo afición.
Esta objeción está completamente justificada desde nuestra cultura intelectual, y un científico serio no puede pasar por alto este argumento a la ligera.
Pero si ahora nos ocupamos de lo que hemos descrito como el cuerpo astral, el portador de la conciencia, nos damos cuenta de que estas manifestaciones de la conciencia se presentan como experiencias suprasensoriales, y todo lo que conocemos como pensamientos, sensaciones, sentimientos, impulsos de voluntad pertenece al mundo suprasensorial. Hasta aquí han llegado también los científicos naturales del siglo XIX; solo hace falta recordar el famoso discurso que en 1872 Du Bois-Reymond dio en Leipzig sobre los límites del conocimiento natural. Según la concepción dominante de entonces, si se pensaba que el cerebro estaba compuesto por átomos, no se podía llegar a comprender cómo de la disposición constante o cambiante de esos átomos deberían surgir las manifestaciones de la conciencia. Esta diferencia radical con las apariencias externas ya había llamado seriamente la atención de los científicos, al considerar las sustancias y las experiencias del alma suprasensoriales. Estas últimas se consideraban como fenómenos acompañantes constantes de las primeras. Por ejemplo, la vida de la imaginación cambia por un mayor o menor flujo de sangre hacia el cerebro, de modo que las manifestaciones de la conciencia están así vinculadas a procesos materiales, y el científico no encuentra diferencia entre tales fenómenos y, por ejemplo, la gravedad, que también es suprasensorial y solo puede percibirse en sus efectos, no directamente, igual de suprasensorial que la conciencia. Está vinculada a la materia, que se atrae en relación inversa al cuadrado de las distancias y en proporción directa a las masas [...].
Por ejemplo, según dice Benedicto en su «Psicología de las almas»: Las manifestaciones de la conciencia dentro de nuestra vida mental no son otra cosa que manifestaciones ligadas a la materia de nuestro cuerpo, al igual que la gravedad, el magnetismo, [la electricidad] y cosas por el estilo; ¿por qué no podrían surgir fuerzas similares de nuestro cerebro como aquellas fuerzas que acompañan los procesos materiales? Desde un pensamiento científico riguroso, la frase de que las manifestaciones del alma son algo diferente a las manifestaciones de la materia no se sostiene, y debemos admitir: el principio de Benedicto es tal que una persona desde el punto de vista de la cultura actual no puede aceptarlo fácilmente, sino que tendría que asumir que las fuerzas del alma del ser humano se liberan en la muerte, y de igual manera la gravedad tendría que poder liberarse en la destrucción de la materia, para pasar mientras tanto a un reino especial, una especie de reino de la gravedad [cielo de la gravedad], hasta encontrar la oportunidad de encarnarse nuevamente en una nueva materia. Ese es un argumento lógico que una conciencia científica no puede aceptar fácilmente.
Pasemos a lo que la teosofía dice sobre las condiciones del dormir y del despertar; frente a esto, el científico de hoy cree que la explicación queda completamente en el aire si se dice que una parte suprasensible del ser sale del durmiente. Por lo tanto, vamos a intentar explicar el dormir y el despertar, partiendo de la suposición de que los procesos del alma están ligados a los materiales del cuerpo, tal como la gravedad lo está a cualquier material físico. Por eso asumimos que la actividad de vigilia, debido a su desgaste, lleva al organismo humano a un punto en que los órganos individuales ya no pueden mantener la conciencia de vigilia, es decir, de tal manera que se generan y acumulan ciertas toxinas que finalmente hacen que la persona se quede dormida. Así, al extinguirse la conciencia mientras se está dormido, entra en acción la actividad puramente [animal], o mejor dicho, [vegetativa] del ser humano, que elimina nuevamente las toxinas de fatiga, permitiéndole regenerarse y volver a entrar en la conciencia de la vigilia.
Así tendríamos, en consecuencia, en el ser humano un autorregulador en el dormir y el estar despierto a lo largo de toda la vida. Esa es una explicación que está totalmente en línea con nuestra manera materialista de pensar. Hipótesis de este tipo pueden, individualmente, aunque sean erróneas, estar justificadas gracias al materialismo; lo importante aquí es si pueden pensarse lógicamente sin asumir que al quedarse dormido algo sale del ser humano y vuelve a él al despertar. Por lo tanto, desde su perspectiva, el pensamiento científico debe rechazar la explicación de la teosofía sobre dormir y estar despierto.
En la enseñanza sobre las vidas terrenales repetidas nos encontramos, bajo las condiciones mencionadas, en un terreno totalmente incierto, mientras que el pensamiento de la ciencia espiritual solo puede imaginar la vida presente como el resultado de vidas pasadas. Pero también hay modelos en el pensamiento científico que apuntan a esto, de modo que, por ejemplo, según la llamada ley biogenética fundamental, durante el estado de germen todos los animales y humanos deben pasar por todas las etapas de desarrollo de sus antepasados, de modo que, por ejemplo, el embrión humano a los 21 días de la fecundación muestra formas de pez, indicando así que en tiempos lejanos sus antepasados corporales eran similares a peces; por lo tanto, en el proceso de desarrollo presente existe una cierta indicación de estados corporales anteriores. Así se podrían caracterizar antiguos estados de desarrollo. Sin embargo, uno pronto se da cuenta de que no es posible explicar todas las características de una persona a partir de sus antepasados, sino solo bajo la suposición de un núcleo esencial espiritual y psíquico, señalando, por ejemplo, que los hijos de la misma pareja de padres en realidad deberían parecerse mucho más a cada uno que los gemelos ordinarios.
Pero todo eso no será suficiente para el pensamiento científico, que parte de la idea de que cada persona debe surgir de la mezcla de las características del padre y la madre en su interacción mutua, de modo que, según esto, los hijos de diferentes edades de los padres deberían ser diferentes, ya que habrían surgido de las mezclas más diversas. Además, con el estado actual de la investigación avanzada, o precisamente a pesar de ello, el pensamiento científico no puede decir: ¿Quién podría ser capaz de evaluar las finas estructuras del germen mixto?
Además, al pensador moderno y materialista le parece imprudente querer atribuir las distintas características a vidas anteriores; porque antes habría que eliminar todo lo que ocurrió en la primera infancia. Así, por ejemplo, uno podría sentirse tentado a atribuir un talento excepcional de un escultor a una vida anterior, mientras que también podría explicarse por el hecho de que esa persona en su juventud estuvo en contacto numerosas veces con obras de escultura y con artistas. [Ya ni siquiera hace falta saber esto, pero influye en el subconsciente.] Nunca se puede recoger con suficiente cuidado todo, traer a la conciencia todo lo relevante, para así lograr la aclaración adecuada y correcta.
En la ciencia se encuentra algo que se llama una hipótesis de trabajo útil. Por ejemplo, anteriormente se consideraba la luz del sol como la radiación de una sustancia luminosa fina, que viajaba desde el sol hasta los planetas, incluido nuestra Tierra. Pero como no se podían explicar todos los fenómenos de la luz a partir de eso, se asumió la hipótesis o teoría del éter cósmico, aunque nadie puede demostrar directamente si una sustancia fluye o si el éter se mueve en forma de ondas. Pero si la teoría de las ondulaciones es correcta, se pueden explicar los fenómenos de la luz y los colores con su ayuda y preverlos bajo ciertas condiciones. Incluso si los procesos resultan ser diferentes, esta teoría sigue siendo útil. Algo similar ocurre con la teoría de Darwin, que como eslabón intermedio en la evolución hasta el hombre, señala a los peces; de todos modos, es posible, por ejemplo, considerar las aletas de los peces como el origen de los órganos de movimiento de los animales superiores y así sucesivamente, y conectar a los animales inferiores a través de esta hipótesis explicativa con los humanos en diferentes campos orgánicos.
La suposición de vidas terrestres repetidas podría resultar fructífera [como hipótesis de trabajo] para explicar condiciones de vida físicas y sociales felices o infelices. Pero en serio, no se puede tratar la reencarnación y el karma como lo hace el científico con sus hipótesis de trabajo, porque en la ciencia natural solo tenemos una explicación para muchos fenómenos; reducimos muchos fenómenos a un solo principio. Así, como ya se ha mencionado, los animales superiores se remontan a antepasados parecidos a peces, una suposición que se puede elevar a ley y reducir a un principio mediante una infinitud de casos. En cambio, con cada ser humano, bajo la suposición de muchas vidas anteriores, tendríamos que formular una hipótesis de nuevo; si un científico intentara eso en su campo, sería considerado absolutamente inadecuado, ya que él, por el contrario, se esfuerza por encontrar una explicación común para un gran número de eventos individuales. Que todos los seres humanos vivan según el «karma» es solo un concepto abstracto, porque cada persona debe ser referida a su propia vida anterior. De este modo, se podrían plantear dificultades justificadas de muchas maneras desde un pensamiento concienzudo y levantar innumerables objeciones desde el punto de vista científico.
Pero surgen objeciones especiales para el pensador materialista-científico cuando observa cómo el investigador espiritual se apoya en una visión más elevada, espiritual, de la cual este le dice que solo puede formarse a través de fuerzas superiores del alma, lo que hace que este método de investigación espiritual sea diametralmente opuesto a la exigencia materialista-científica de que en cualquier lugar, en cualquier momento y para cualquier persona, siempre que se cumplan las condiciones esenciales, se pueda verificar la afirmación establecida, completamente independiente de los procesos internos de su alma. Estos son completamente irrelevantes para el investigador científico al aplicar su método de investigación; más bien, el segundo y el tercer investigador deberían poder establecer lo mismo que el primero. Esta exigencia fundamental es contraria al método espiritual, según el cual algo puede ser investigado mediante el desarrollo de fuerzas subjetivas del alma; pero eso es inaceptable para el investigador científico; los resultados de tal método de investigación son incomprobables para él. Por lo tanto, solo puede clasificarlos en el área de la mera fe, en la cual cada uno puede ubicarse según su propio criterio. Así, todo esto parece inaceptable para el pensador materialista, y en general para cualquiera que se acerque de manera distante, aplicando sus propios métodos a la teosofía y luego descubra qué y cómo investiga y enseña.
Numerosas otras objeciones surgen en los ámbitos moral, religioso y espiritual de la vida. Se argumenta que, según la visión teosófica, lo que experimentamos es consecuencia de vidas pasadas, y que el pensar y actuar de la vida presente es la causa de las manifestaciones de la vida futura; se argumenta que tal enfoque conduciría a una moral y manera de vivir egoísta, si el mal tuviera que producir algo que debería ser compensado por dolor y demás, mientras que el bien traería felicidad y alegría. Se pregunta entonces si no debería desarrollarse una moral egoísta, dado que por las razones mencionadas uno evitaría el mal y practicaría el bien. Frente a una visión moral tan egoísta, lo que nos presenta la perspectiva materialista sobre la moral parece heroísmo, que asume que con la muerte se extinguen las manifestaciones de la conciencia como una llama cuyo combustible se ha consumido; una perspectiva que sostiene que los actos del individuo no le benefician directamente, sino que sus consecuencias, buenas y malas, solo continúan en el proceso general del mundo. Aunque esto pueda refutarse teóricamente, esto depende de la realidad externa, no de razones lógicas, sino del efecto que tal teoría ejerce en la vida.
En los espíritus nobles de Occidente encontramos las concepciones de moral materialista descritas, como por ejemplo en el muniqués Frohschammer, quien presentó una objeción moral muy destacable al decir: ¿A qué conduce la constante recurrencia de un núcleo anímico-espiritual? A la idea de que justamente aquello que consideramos aquí en la vida como una de las relaciones más nobles, es decir, el amor entre los sexos, da la causa para encerrar una y otra vez, sin fin, un alma tras otra en un cuerpo físico; por eso considero la reencarnación pura como moralmente reprobable. Quien se dedica a las reflexiones del mundo suprasensible, llega a apartarse de la vida exterior, cayendo en una extrañeza hacia ella mediante una ascetismo hostil a la vida, no demostrará con tal efecto que la reencarnación sea una enseñanza ética o moral. La experiencia personal del investigador espiritual puede y probablemente encontrará contradicciones de esta manera, y ¿dónde está la garantía de que esto puramente subjetivo no sea solo una ilusión?
Una visión así también se puede refutar teóricamente, pero para quien debe decidir si ir a la teosofía o no, tales dudas pesarán mucho en el alma, especialmente cuando, por ejemplo, se le recuerda a Kepler, de quien sabemos que también practicaba astrología, una extraña astronomía con altas concepciones del espíritu. Entonces aprendemos de él cómo a menudo se vio obligado a hacer horóscopos para personalidades importantes, y se preguntaba preocupado si debía revelar completamente lo que iba a pasar o si sería mejor comunicarlo de manera oculta. Por lo tanto, se puede señalar que incluso en el gran Kepler surge algo, a pesar de su conciencia científica, que roza la charlatanería. Se abren allí abismos propios al pasar de una ciencia antigua a una nueva, en cuya frontera se encuentra la figura de alguien como Kepler. Si un hombre tan significativo, según la opinión, no siempre está protegido de oscurecimientos dudosos, ¿cómo puede entonces una persona común desarrollar cualidades firmes cuando alcanza visiones suprasensibles en un estado no libre y a menudo inmaduro, para ser bajo cualquier circunstancia portador de un sentido de verdad inamovible?
Por eso surge la preocupación de que las cualidades clarividentes, al penetrar en mundos espirituales superiores, puedan llevar como efecto secundario a la falsedad, y los opositores de la teosofía dicen por ello: incluso el método es moralmente cuestionable, no solo el desarrollo mismo que debería llevar a ver mundos superiores. Así vemos, por ejemplo, cómo Fausto es acompañado por el portador de los poderes mágicos, Mefistófeles; lo cerca que esto le afecta se puede sentir cuando Goethe lo hace decir:
Si pudiera alejar la magia de mi camino, ¡olvidar por completo los hechizos...
Lo que no es fácil para el ser humano viene así desde afuera como una tentación hacia la inmoralidad.
En relación religiosa, es una de las concepciones más nobles, o quizá la más noble, del ser humano, el hecho de que se enfrenta a un ser divino que lo ha creado y lo ha redimido. ¿Qué hace entonces la teosofía con este ser supremo? Considera que el propio núcleo espiritual-anímico del ser humano es en sí mismo una chispa del ser total de lo divino; el yo del ser humano hace el bien y el mal, lleva la redención dentro de sí mismo y no mira hacia el Dios de la justicia equilibrante, que en cambio se traslada a la propia alma y puede llevar al ser humano a una ilusión de valoración injustificada. El núcleo emocional y sensible de la religión, el sentimiento de inocencia, corre por lo tanto el riesgo de convertirse en una adoración de la autojusticia.
Así que hemos visto cómo la argumentación teosófica y la concepción general del mundo y de la vida, y demás, son incompatibles con las de otros pensadores. Por ejemplo, la conciencia humana no puede comprenderse desde afuera, pero como dice, —compárese el libro sobre la conciencia del Dr. Paul Ree—, el pensador científico natural, la conciencia es el último resultado del desarrollo humano. Frente a esta opinión, las ciencias del espíritu deben desarrollar una tolerancia interna y no llamar al oponente tonto o incluso malintencionado, sino que deben atender sus objeciones, siempre que su peso las haga dignas de consideración. Los científicos de hoy exigen caminos completamente diferentes para demostrar las verdades más allá de lo sensible de los mundos superiores, por ejemplo, de la manera en que Ludwig Deinhard lo mostró en su libro «El misterio del hombre», concretamente en la primera mitad, donde conduce a la suposición de la vida después de la muerte y a la comprensión de la continuación de la misma individualidad, que es idéntica a la del vida físico-terrestre. En el mismo terreno, este camino ha sido intentado frecuentemente por eruditos sinceramente esforzados, y podemos observar que todos ellos, a partir de los mismos fenómenos establecidos, son llevados a la misma hipótesis de que el hombre existe como espíritu después de la muerte.
Por ejemplo, podía causar una impresión significativa en los investigadores que se ocupan de este campo lo que se conoce como correspondencia cruzada, en la que dos o más personas, impulsadas desde lo más profundo de su alma, escriben lo mismo, lo cual luego apunta de manera conjunta a una personalidad que falleció hace poco, quien había sido líder o participante entusiasta de un movimiento dedicado a investigar tales relaciones, y esto roza la meticulosidad en la prueba o la exhaustividad de la misma, como la que un naturalista exige de los fenómenos en su campo, cuando en una correspondencia cruzada una dama en India envía a una persona en Londres las comunicaciones que le llegan del mundo espiritual usando sus capacidades ocultas, bajo una dirección que le fue revelada por el mismo canal oculto, y viceversa. Ahora hay dos tipos: por un lado, personas que se convencen de la existencia de un mundo sobrenatural mediante tales fenómenos que tocan métodos científicos, como por ejemplo Weber y Zöllner; por otro lado, personas como el filósofo Wundt, quien pensaba que los mencionados investigadores no tenían derecho a sacar conclusiones de tanto peso a partir de los fenómenos observados, que el académico era demasiado confiado y naïf para la observación y valoración, y que, en realidad, era el ilusionista quien resultaba el evaluador más adecuado. Hace referencia a los sucesos en una reunión en la que se realizaron demostraciones de telepatía sobresaliente por parte de un médium, a quien se le vendaban ambos ojos cuidadosamente, y en la que se le escribía al empresario lo que debía transmitir en papelitos. El empresario aparentemente luego transmitía energéticamente al médium lo escrito y le preguntaba qué decía el papel. El médium lo decía con gran certeza. Se habían excluido signos de comunicación acordados mediante observación cuidadosa, y aun así el médium reproducía las anotaciones más extrañas y complejas. La explicación de este fenómeno vino de un ilusionista, que reconoció al empresario como un ventrílocuo, cuyo médium, al transmitir los mensajes, solo movía los labios sin hablar. El profesor Weber, quien como ya se menciona, se interesaba vivamente en la investigación de fenómenos ocultos y mundos sobrenaturales, se convenció de su realidad mediante sus experimentos; [él] una vez vio en Leipzig a un ilusionista operar con un billete, haciéndolo crecer frente a los ojos del público hasta un tamaño enorme, sin usar fuerzas cuatridimensionales, sino solamente aplicando sus habilidades de ilusionista. Weber quedó profundamente impactado al ver esto. Por lo tanto, puede comprenderse la aparición de escepticismo cuando hay control por parte de eruditos.
En el primer experimento mencionado de la correspondencia cruzada ni siquiera hace falta plantear la objeción de que alguien en la India haya leído alguna vez la dirección de una dama en Londres sin recordarlo, y que inconscientemente pudiera recordarse de ese hecho; se podría incluso repetir todo el experimento para eliminar tales dudas. Pero aparte de eso, si uno intenta probar algo mediante experimentos con tales anotaciones, especialmente que una personalidad fallecida como individualidad aún vive en un mundo espiritual, se corre fácilmente la tentación de querer probar demasiado, ya que hay que admitir la posibilidad de que el efecto, incluso de un difunto, sobre personas todavía vivas pueda convertirse en un movimiento espiritual que continúa después de su muerte, y por eso se ha cuestionado la prueba prematura de identidad. Así como las ondas eléctricas pueden propagarse por todo el mundo sin cables gracias a la telegrafía, también sería concebible que incluso años después de la muerte de una persona, su actividad y pensamiento pudieran seguir actuando sin medios mecánicos, sin que fuera necesario suponer la supervivencia de la individualidad humana tras la muerte en sí.
Como hemos escuchado ya en el corto tiempo de esta conferencia, se encuentran objeciones sobre objeciones, sin que estas mismas hayan sido elegidas como simples reparos, de manera que uno tendría que tomar la postura de que la teosofía no se puede reconciliar con la ciencia actual. En la próxima conferencia se intentará mostrar si esta prueba se puede hacer de alguna otra manera.
Para ilustrar esto de antemano, recordemos cómo en 1867, cuando apareció «Filosofía del inconsciente» de Hartmann, en la que, entre otras cosas, se mostraba lo inadecuado de la visión puramente materialista, por ejemplo la de Darwin, se desató una tormenta de descontento entre los naturalistas, quienes calificaron las explicaciones del trabajo de Hartmann de amateurismo. Aparecieron muchas publicaciones de respuesta, entre ellas una: «El inconsciente desde el punto de vista de la descendencia...». En ella se recopilaba todo lo que de alguna manera se podía decir contra la «Filosofía del inconsciente». Este escrito apareció como el mejor contra las arrogancias de Hartmann, y Ernst Haeckel dijo que él mismo no podía escribir nada mejor que el autor anónimo de este excelente escrito de refutación. - Entonces Eduard von Hartmann se presentó a sí mismo como autor, la avalancha de aprobación se detuvo de inmediato, ya no se quería reconocerlo como un representante del pensamiento materialista, después de que demostró que podía decirse a sí mismo todo lo que podría presentar la parte contraria si adoptara el punto de vista de esos oponentes.