CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA101 Köln, 27 de diciembre de 1907 - Yo grupal y yo individual -

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RUDOLF STEINER

 - Yo grupal y yo individual  -

XIII conferencia
Köln, 27 de diciembre de 1907

Tras la introducción de ayer, hoy vamos a entrar directamente en materia y analizar algunos signos y símbolos muy característicos.

Ayer destacamos que solo el ser humano, tal y como vive aquí en el plano físico, tiene un alma individual, un «yo», y que los animales que nos rodean tienen un «yo» grupal, un alma grupal, que vive en el plano astral y se encuentra allí como una entidad independiente. Así pues, si los contemplamos espiritualmente, el reino animal y el reino humano se contraponen como alma grupal o «yo» grupal y como «yo» individual. Ahora bien, no debemos imaginarnos que en el universo no existan en absoluto transiciones entre las distintas entidades. Es cierto que la afirmación de que «la naturaleza no da saltos» no es en absoluto cierta para el ocultista, pero las transiciones se encuentran por todas partes. Y así, también se encuentra una transición entre las almas grupo del reino animal y el alma individual del ser humano. Sería erróneo imaginar que el ser humano, nada más entrar en la existencia terrenal, hubiera tenido un alma individual perfecta, y que esta se encarnara ahora de la misma manera una y otra vez aquí en la Tierra. Más bien ocurre que el ser humano actual se encuentra en una transición gradual que partió de un alma grupal, que poseía en tiempos inmemoriales, hacia el alma individual perfecta, que aún hoy no posee. Se encuentra todavía en el camino hacia la integración completa de su alma individual en su cuerpo físico. Solo poseerá esta alma individual perfecta cuando la existencia terrenal esté más o menos completada. Para la gran mayoría de las personas, hoy en día su «yo» es un producto intermedio entre un «yo» grupal y un «yo» individual. Cuanto más nos remontamos al pasado, más se asemeja el «yo» humano a un «yo» grupal. En los inicios de la existencia terrenal, cuando las almas acababan de descender de los mundos divinos a nuestro plano físico, las almas humanas eran aún «yos» grupales. Varias personas formaban parte de un grupo que tenía un alma común, un «yo» grupal.

Por un lado, queremos dejar esto claro. Por otro lado, vamos a examinar ahora más de cerca los miembros de la naturaleza humana. Como ya saben de sobra, pues se ha repetido una y otra vez, el ser humano tiene, en primer lugar, cuatro miembros de su ser: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral y el «yo». Y este «yo», si lo observamos con más detenimiento, nos parece a su vez dividido en tres partes, que conocemos con los nombres de: alma sensible, alma racional o emocional y alma consciente. Es en el alma sensible y en el alma racional o emocional cuando comienza a surgir el «yo» autónomo, y solo en el alma consciente encontramos el primer indicio del «yo» auto consciente. Es entonces cuando también comienza a manifestarse gradualmente en el ser humano lo que se denomina el quinto miembro de su ser: el yo espiritual o Manas. Así pues, en el ser humano actual tenemos la siguiente estructura: el cuerpo físico, el cuerpo etérico o vital, el cuerpo astral; luego, íntimamente unida al cuerpo astral, el alma sensible, que parece estar incrustada en él; a continuación, el alma racional y el alma consciente; y, a su vez, integrado en el alma consciente, —que es el verdadero yo—, el yo espiritual o Manas. Así es, más o menos, como deberíamos imaginarnos al ser humano actual.

Ahora debemos tener claro cuál de estos miembros humanos es el más desarrollado, el más perfecto. Algunos de ustedes ya me habrán oído decir que, —tal y como está desarrollado el ser humano hoy en día—, el cuerpo físico es el miembro más desarrollado, el más perfectamente desarrollado. Pero no hay que confundir «más desarrollado y más perfecto» con «de naturaleza superior». Ciertamente, el cuerpo etérico y el cuerpo astral son, en cuanto a su grado, de naturaleza superior al cuerpo físico, pero el cuerpo etérico y el cuerpo astral solo alcanzarán la perfección de su desarrollo en el futuro. En su género, el cuerpo físico es hoy el miembro más perfecto del ser humano. Quien estudie el cuerpo físico, no solo desde el punto de vista anatómico y fisiológico, sino penetrando en su alma y en su corazón, se quedará maravillado ante la inmensa sabiduría que está incorporada en el cuerpo físico. Nuestro cuerpo físico nos muestra, incluso en cada una de sus partes más pequeñas, una estructura perfecta y sabia. Si, por ejemplo, tomamos de este cuerpo físico solo un trozo del fémur, —la parte superior del fémur—, veremos que no se trata de una masa compacta, sino de una estructura sabia, maravillosamente ensamblada a partir de pequeñas vigas. Si observa cómo se unen esas delicadas vigas, descubrirán que todo está construido de tal manera que, con el mínimo gasto de material, se genera la mayor cantidad de fuerza posible, de modo que el torso pueda sostenerse gracias a estas dos columnas que son los fémures. Ni siquiera la ingeniería más avanzada es capaz hoy en día de construir un puente o cualquier estructura con tal sabiduría, en la que se desarrolle un grado tan elevado de fuerza con un gasto tan reducido de material. La sabiduría humana se queda muy, muy atrás respecto a la sabiduría con la que está construido el cuerpo físico humano. Lo mismo ocurre con todas las partes del cuerpo físico. Si se observa el cerebro junto con el sistema nervioso, es una obra maestra. Y si se observa el corazón humano, que apenas se encuentra en el camino hacia su perfección y que alcanzará grados mucho, mucho más elevados de perfección, ¡es algo maravilloso! Si se compara esta perfección del cuerpo físico con el cuerpo astral, con sus impulsos, instintos y pasiones, debemos decir: Aunque algún día estará por encima del cuerpo físico, hoy en día se encuentra todavía en un nivel relativamente inferior. En todo lo que el ser humano desarrolla hoy en día en forma de deseos de placeres, inflige cientos y cientos de ataques al cuerpo físico. Todo lo que el ser humano desea y satisface mediante los placeres que se procura, como el alcohol y todo tipo de cosas, son, en el fondo, auténticos venenos para el corazón, con los que ataca continuamente la estructura de sabiduría y maravilla de su cuerpo físico. Se necesitará mucho tiempo de evolución hasta que el cuerpo astral alcance el nivel de perfección que el cuerpo físico ya posee hoy en día.

Según la teoría de la evolución que nos ofrece nuestra cosmología teosófica, ustedes saben que el cuerpo físico ya estaba preestablecido en el antiguo Saturno y que fue pasando por sucesivos grados de perfeccionamiento a lo largo de la evolución del Sol, la Luna y la Tierra. Saben que en la segunda etapa, en el antiguo Sol, se añadió el cuerpo etérico, que, por lo tanto, se encuentra hoy en un grado inferior de evolución que el cuerpo físico. Saben que en la antigua Luna se añadió el cuerpo astral; este solo ha atravesado la evolución lunar y la parte de la evolución terrestre que hemos recorrido hasta ahora. El «yo» no se ha incorporado hasta la Tierra; es el «bebé» entre los cuatro miembros de la naturaleza humana. En realidad, esa sabiduría de la que hablamos ayer, la que impregna las almas grupo de los animales, está grabada en el cuerpo físico del ser humano; se ha trasladado al cuerpo físico individual del ser humano, que está construido con sabiduría. El cuerpo etérico del ser humano se encuentra aún en camino hacia su plenitud; a lo largo de su evolución terrenal, absorberá en sí mismo todo lo que necesite para alcanzar su plenitud.

Cuando la Tierra haya alcanzado su objetivo, pasará al estado astral y, posteriormente, a estados aún más elevados, para transformarse más tarde en un planeta que sustituirá a la Tierra y al que denominamos Júpiter. Entonces, el cuerpo etérico del ser humano habrá alcanzado su plenitud, del mismo modo que en la Tierra el cuerpo físico del ser humano ha alcanzado su plenitud. En la siguiente encarnación de la Tierra, a la que solemos denominar el futuro Venus, el cuerpo astral del ser humano habrá alcanzado su plenitud; se encontrará entonces en el nivel en el que hoy se encuentra el cuerpo físico y en el que, en el siguiente estado planetario, se encontrará el cuerpo etérico. Y, por último, cuando la Tierra haya alcanzado el estado de vulcano, nuestro «yo» habrá alcanzado su plenitud. De modo que, en realidad, podemos decir: en la Tierra, solo es humano el cuerpo físico del ser humano; en el próximo estado planetario de nuestra Tierra, el cuerpo etérico del ser humano será humano; entonces estará impregnado de lo que la Tierra es capaz de dar al ser humano: el amor.

Lo que hoy en día el cuerpo físico del ser humano posee como características propias, se lo debe a la antigua Luna. En el ocultismo, a la antigua Luna se la denomina el cosmos de la sabiduría. En aquella época, en la antigua Luna, se fue preparando poco a poco aquello que ahora se encuentra en el cuerpo físico del ser humano. Y así como lo que constituye nuestro cuerpo físico se impregnó de sabiduría en la Luna, así también el cosmos del amor prepara lo que encontrarán en el posterior estado de Júpiter de la Tierra: el cuerpo etérico completamente impregnado del elemento del amor. Y así como hoy admiramos un fragmento de hueso del cuerpo físico por su sabiduría, así, —si se nos permite hablar en términos comparativos—, los seres de Júpiter admirarán el cuerpo etérico, porque está impregnado de amor del mismo modo que el cuerpo físico en la Tierra está moldeado por la sabiduría.

Si se tiene esto en cuenta, se llega a la conclusión, al reconocimiento del hecho de que solo el cuerpo físico del ser humano es, en realidad, el verdadero ser humano, el que se encuentra realmente en el nivel de humanidad. El cuerpo etérico humano aún no se encuentra en el nivel de humanidad, sino que aún está en el nivel de la animalidad, y el cuerpo astral humano se encuentra todavía en el nivel de la vegetalidad. Cuando duerme por la noche y su cuerpo astral se separa, el cuerpo físico y el cuerpo etérico se sumergen en un dormir sin sueños; ese es el estado en el que se encuentra constantemente lo vegetal. El cuerpo astral del ser humano, en lo que respecta a su estado de conciencia, se encuentra en el nivel vegetal. El «yo» se sitúa, por su parte, en el nivel del reino mineral. El estado de conciencia del ser humano como «yo» se encuentra sin duda alguna en el nivel del reino mineral. Traten ustedes de auto  examinarse de acuerdo con esta verdad para ver de qué conocimientos pueden disponer; traten de reconocerlo correctamente. ¿Qué puede comprender el ser humano? Puede comprender las leyes físicas del reino mineral, según las cuales puede construir máquinas y fábricas, erigir edificios, etcétera. Todo esto ocurre según las leyes físicas del reino mineral. Ya en el caso de los vegetales, el ser humano afirma con razón que con el intelecto no alcanza a comprender la vida en sí misma. Llegará un día en que el ser humano comprenderá las plantas del mismo modo que hoy comprende los minerales; entonces también podrá construir las plantas, del mismo modo que hoy construye sus catedrales, sus casas y sus máquinas según las leyes del reino mineral. Son todas leyes del reino mineral las que impregnan el yo.

La ciencia espera que se cumpla su ideal de crear algún día seres vivos en el laboratorio. No podrá hacerlo mientras la humanidad no haya alcanzado un cierto nivel necesario de desarrollo moral. Sería terrible que la humanidad ya fuera capaz de hacerlo hoy en día. Del mismo modo que hoy se fabrica un reloj según leyes minerales, o se construye una casa, en el futuro el ser humano creará lo vivo según las leyes de lo vivo. Pero entonces tendrá que ser capaz de infundir la propia vida a lo vivo. Quien se encuentre entonces ante la mesa del laboratorio deberá, a partir sí mismo, ser capaz de transmitir esas, —llamémoslas—, vibraciones que hay en su propio cuerpo etérico a aquello que debe ser animado. Si es una buena persona, transmitirá el bien; si es una mala persona, transmitirá el mal. Pero hay una máxima en el ocultismo: el conocimiento de la Logia Blanca, que se denomina el secreto de la creación de la vida, no se revelará a la humanidad hasta que el ser humano haya aprendido el secreto del sacramentalismo.

El «sacramentalismo» es una expresión que indica que la acción humana debe estar impregnada de perfección moral, de santidad. Solo cuando la mesa de laboratorio en la que el hombre realiza su trabajo se convierta para él en un altar, y su acción sea sagrada, estará preparado para que se le revele este conocimiento. Pensemos en la gente de hoy, con todo su materialismo: ¡cuán lejos está hoy su mesa de laboratorio de un altar!

Vean cómo se eleva la conciencia del ser humano, pasando de la conciencia mineral a la conciencia vegetal. De nuevo, se trata de una máxima oculta: el ser humano solo alcanzará el estado de la conciencia vegetal cuando ya no sea capaz de separar su propio bien del bien de todos los demás seres humanos. Mientras el individuo busque su propio bien a costa de otros, no se habrá alcanzado el estado en el que la conciencia pueda elevarse un peldaño más.

Así pues, solo con el cuerpo físico nos situamos en el nivel del ser humano propiamente dicho; con el cuerpo etérico, aún en el nivel de lo animal; con el cuerpo astral, en el nivel de lo vegetal; y con el «yo», en el nivel de lo mineral. De estas verdades, retengamos una: con nuestro cuerpo etérico nos situamos en el nivel de lo animal. - El cuerpo etérico se transforma cada vez más, a lo largo de la existencia terrenal, hacia el nivel del ser humano. Se impregna cada vez más de ese amor que ya no puede separar el bien del individuo del bien de los demás. Del mismo modo que primero desarrollamos el cuerpo físico y lo elevamos hasta el nivel humano, ahora el cuerpo etérico —y más tarde también el cuerpo astral y el «yo»— se elevarán hasta el nivel humano. El «yo» se encuentra todavía en el nivel mineral; no se ha integrado en el ser humano hasta su llegada a la Tierra.

Veamos ahora la relación que existe entre nuestra alma, —es decir, nuestra alma sensible, nuestra alma racional, nuestra alma consciente y el yo espiritual o Manas, incluido en el alma consciente—, y nuestro cuerpo etérico. Nuestro cuerpo etérico se sitúa, de hecho, al nivel del animal. Debajo (se escribe en la pizarra —véase el esquema: de abajo hacia arriba—), al nivel del ser humano, tenemos el cuerpo físico. De momento dejamos de lado el cuerpo etérico (véanse los puntos del esquema). Nuestro cuerpo astral, en el que está encerrada el alma sensible, —que es el primer eslabón de nuestra alma—, se sitúa al nivel de la planta; luego tenemos el alma racional. Todo ello se sitúa en el nivel de la planta. Más arriba tenemos entonces el «yo» o el alma consciente, en la que está incluido el yo espiritual o Manas, en la medida en que ya se puede encontrar en el ser humano actual.

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

...

Humano

Cuerpo físico


En un primer momento, hemos omitido el cuerpo etérico en el nivel del animal. Ahora debemos tener claro que, de cierta manera en cada miembro del ser humano, se expresan los demás miembros. Así, el cuerpo físico del ser humano expresa en primer lugar en sí mismo la manifestación del propio cuerpo físico. Encontramos el principio físico expresado en el cuerpo físico cuando observamos los órganos sensoriales. Así, en el ojo hay una especie de cámara fotográfica, y en el oído, una especie de piano. En resumen, en los órganos sensoriales se expresa el propio principio físico. Si observamos las glándulas humanas, encontramos en ellas la expresión del cuerpo etérico; en el sistema nervioso tenemos la expresión del cuerpo astral, y en la sangre tenemos la expresión del «yo». «¡La sangre es un fluido muy especial!». Quien tiene la sangre, tiene el yo del ser humano. Si el diablo tiene la sangre del ser humano, tiene el yo.

Así, en el cuerpo físico del ser humano se manifiesta cada uno de los demás miembros, en la medida en que se adentra en él. La sangre late de forma inconsciente, porque el «yo», en la medida en que actúa en ella, es inconsciente de sus procesos físicos. Del mismo modo que en el cuerpo físico se manifiesta la esencia de sus miembros, también en el cuerpo etérico se manifiesta la esencia de los demás miembros, solo que allí no se manifiesta de forma «humana», sino «animal», y concretamente en la forma de ciertos animales, en una forma que guarda cierta semejanza con nuestras formas animales externas. Así, lo que se encuentra debajo del cuerpo etérico, el cuerpo físico, se manifiesta como una sombra; a esta parte del cuerpo etérico, en la que se expresa el miembro físico del ser humano, se la denomina «hombre» (se escribe en la pizarra). Al cuerpo astral, el alma sensible que se expresa en el cuerpo etérico, se le llama «león» debido a la semejanza de su forma etérica; al alma racional, que se expresa en el cuerpo etérico, se la denomina «Tauro» o «vaca», y al alma consciente, junto con el yo espiritual, debido a la semejanza que presenta en su forma etérica para la mirada clarividente, se la denomina «águila».

Mineral

Alma consciente//Yo/

Yo espiritual o Manas

Alma racional

Vegetal

Cuerpo astral /alma sensible

Animal

cuerpo etérico

hombre

león

toro

águila

Humano

Cuerpo físico


Así, aquí (esquema) tienen los cuatro signos del Apocalipsis —el hombre, el león, el toro y el águila— como las cuatro manifestaciones de los miembros esenciales del cuerpo etérico humano. De ello se desprende que aquellos de nuestros antepasados que concibieron estos símbolos profundos, estas imágenes de gran significado para la entidad humana, no los crearon a partir de su imaginación, de la filosofía o de la especulación, ni tampoco a partir de ningún tipo de perspicacia, sino a partir del mundo de los hechos, del mundo oculto de los hechos.

Ahora bien, debemos tener claro que estas cuatro manifestaciones no se manifiestan de la misma forma en todas las personas; en unas predomina una de ellas, en otras, otra. No obstante, debemos considerar a toda la humanidad en su evolución. Si ustedes observan dónde se manifiesta con mayor intensidad el propio cuerpo físico, encontraran la expresión más marcada en la raza en declive, la raza roja, en los indígenas americanos, en la configuración particular del sistema óseo que aquí predomina. Si quieren ver dónde se expresa físicamente de manera especial el cuerpo etérico, deben buscarlo en otra raza humana: en la raza negra, en la formación de las glándulas. En la secreción de carbono encontrarán una expresión de la naturaleza vegetal. [Las notas al pie están incompletas en este punto.] A las personas en las que el sistema nervioso se manifiesta con especial intensidad en el plano físico, —y, con ello, también lo sensorial—, las encontrará en la raza malaya; y la raza en la que se manifiesta especialmente el sistema sanguíneo es la raza mongola. La parte de los seres humanos que comienza a desarrollar el principio del manas se encuentra en la raza caucásica. Así se ha elaborado la clasificación de las razas humanas a partir de las verdades ocultas; de este modo, lo que se encuentra en el ser humano actual se distribuye entre toda la humanidad, de tal forma que lo uno o lo otro predomina o pasa a un segundo plano en cada grupo humano.

Estas diferencias también se observan en el cuerpo etérico de los seres humanos. Cuando la mirada clarividente observa el cuerpo etérico, del mismo modo que la mirada física observa el cuerpo físico, encuentra a los seres humanos divididos en seres humanos-hombre, seres humanos-león, seres humanos-tauro y seres humanos-águila. Su «yo» grupal es de naturaleza astral. El clarividente descubre que, en el plano astral, entre el «yo» grupal animal y el «yo» individual humano, se sitúa el «yo» grupal humano. Cuanto más retrocedemos en el tiempo, más observamos que, en lo que respecta a su cuerpo etérico, los seres humanos adoptan una de estas cuatro formas, y atribuimos a cada uno de estos cuatro grupos de almas un alma grupal humana: a uno, un alma grupal humana; a otro, un alma grupal de león; al tercero, un alma grupal de toro; y al cuarto, un alma grupal de águila. Solo se harían una idea errónea si le dieran demasiada importancia a estos nombres, que se han tomado de formas animales físicas. El cuerpo etérico de los hombres-león se parece mucho más al alma grupal de los leones que al león individual aquí, en el plano físico. El cristianismo ha interpretado, a partir de los evangelistas, que sus almas no son como las almas humanas comunes, sino que abarcan grupos enteros de personas, y, según el carácter interior de sus almas, ha comparado a Mateo con el hombre, a Marcos con el león, a Lucas con el toro y a Juan con el águila. Esto se debe a aquella similitud que el esoterismo cristiano atribuía a las almas de cada uno de los evangelistas. Lo entenderemos con mayor precisión cuando veamos, que el ser humano, se encuentra en un proceso de descenso por un lado, y por otro, en uno de ascenso. Aquí en la Tierra, en el punto más profundo del materialismo, el ser humano adquiere la predisposición hacia el alma individual. El ser humano ha descendido desde los tiempos antiguos, en los que se distinguían con mayor precisión las distintas almas grupo: el hombre-hombre, el hombre-león, el hombre-tauro y el hombre-águila. Cuando los seres humanos vuelvan a ascender en el futuro, conservarán su alma individual y, en un nivel superior y con una conciencia más elevada, volverán a desarrollar lo que antes solo tenían en una conciencia difusa: las cuatro almas grupo. Por eso, en el cristianismo se atribuyen estas cualidades a los evangelistas.

Mantengamos por un momento este concepto de las almas grupales de los seres humanos. Estas almas grupales se manifestaban mucho más en el tiempo, en una sucesión, que en el espacio, en una coexistencia. Si observamos las almas grupales de los animales, por ejemplo, si tomamos un grupo de leones o un grupo de ballenas, vemos que tienen su alma grupal común en el plano astral, en una coexistencia. Sin embargo, cuando observamos las almas grupales humanas, debemos centrarnos más en el tiempo. Una alma grupal humana nace, por así decirlo, en el plano etérico, en la frontera entre los planos físico y astral, en un momento determinado, y en otro momento determinado se transforma de nuevo. Estos cuatro tipos de almas grupales que hemos comentado son solo los cuatro tipos principales, pero existen innumerables etapas intermedias. Solo hemos indicado las formas más características, —el ser humano, el león, el toro y el águila—, que pueden presentarse en todas las combinaciones posibles.

Consideremos un grupo de personas, por ejemplo, una tribu; tomemos cualquiera de las antiguas tribus de Europa Central, por ejemplo, la tribu de los queruscos. Una tribu así surge en algún momento y luego desaparece. El materialista ve en lo que es la tribu de los queruscos, en realidad, solo algo abstracto, un concepto que los mantiene unidos. Pero eso es algo irreal. El ocultista ve en la tribu de los cheruscos un alma grupal que surge, «nace», en el momento en que la tribu de los cheruscos entra en la historia; crece a medida que crece el poder de los cheruscos, y «muere» cuando los cheruscos desaparecen de la historia. Detrás de la tribu de los cheruscos en desarrollo, el ocultista ve una entidad etérica en desarrollo. Ahora bien, existe una diferencia entre una entidad etérica y una entidad física aquí en la Tierra. Una entidad física nace en el plano físico, crece, alcanza su apogeo vital y, a su vez, muere. El nacimiento y la muerte son las características de las entidades del plano físico. No ocurre lo mismo con las entidades que viven en los planos superiores. Si seguimos a las almas grupales de los animales en el plano astral a lo largo de milenios, su surgimiento y su desaparición no pueden expresarse en absoluto con las palabras «nacimiento» y «muerte». Hay algo muy diferente detrás de todo esto. Se trata de una transformación, de una metamorfosis. Si hoy, gracias a sus facultades clarividentes, se encuentra en el plano astral con un alma grupal animal y recuerda una de sus encarnaciones anteriores, tal y como era ese alma grupal animal hace 1.500 años, no se le aparecerá igual que si estuviera observando a una persona más joven. Sin embargo, también verá al alma grupal pasar por la juventud, la madurez y la vejez, pero en la vejez no renuncia a su conciencia, no muere. Se transforma continuamente, sin pasar por la muerte. Pueden remontarse hasta tiempos inmemoriales para seguir el rastro de la alma grupal animal: solo encontrarán metamorfosis, no nacimienton ni muertes.

Algo similar ocurre con las almas grupo, como es el caso de la de la tribu de los cheruscos. Cuando la tribu de los cheruscos aparece en el plano físico como un conjunto de seres humanos físicos, el alma cherusca se acaba de formar; pero no ha nacido, sino que se ha transformado a partir de otra época. Crece con el poder de los cheruscos, alcanza su apogeo cuando la tribu de los cheruscos alcanza el suyo, y cuando la tribu de los cheruscos degenera y desaparece en la historia en el plano físico, el alma de los cheruscos renace en su juventud para convertirse en el alma de otra tribu; se metamorfosea. No existen el nacimiento ni la muerte físicos si consideramos las almas en los planos superiores. El nacimiento y la muerte, tal y como los conocemos, solo existen en el plano físico, no en los planos superiores. La sabiduría oculta lo ha expresado con claridad y, al hacerlo, ha prestado gran atención a las cifras. Se ha intentado establecer una cifra media que indique cuándo surge un alma grupal, —como la que pertenece a una determinada comunidad humana—, cuándo se metamorfosea a partir de otra, cuándo crece y alcanza su apogeo, para luego pasar por una evolución descendente y transformarse en otra alma grupal. Si se establece la esperanza de vida del ser humano en una media de 75 años, —considerando esta cifra como años lunares— y se multiplica por 7, se obtiene la duración de la vida de un alma grupal humana en sus cuatro tipos, hasta su siguiente transformación. Por «7» se entiende aquí «generaciones». Si tenemos en cuenta que se trata de años lunares, llegamos a unos 500 años. Y así se decía en el ocultismo: la vida de un alma grupal dura 500 años; tras 500 años se convierte en otra, renace de sí misma sin perder su conciencia.

Si observamos el «yo» de un alma grupal de este tipo y buscamos un medio de expresión externo para ese «yo» en el plano físico, ese medio es, precisamente, la sangre. Para el ocultista, la sangre es la expresión del fuego, una sustancia abrasada por el fuego. Así como el cuerpo físico humano es la expresión de la tierra, el cuerpo etérico la expresión del agua y el cuerpo astral la expresión del aire, el «yo», que aún no está encadenado al egoísmo, es la expresión del fuego. Por eso decimos, —lo comentaremos mañana—, que la sangre ha encontrado la muerte a causa del egoísmo. El «Yo» del ser humano «se consume en su propio fuego», por sí mismo. Esa es una expresión ocultista. Solo cuando el ser humano supera el egoísmo alcanza la inmortalidad. El «Yo» grupal humano se consume en su propio fuego. Cuando han transcurrido 500 años, se quema y crea a partir de sí mismo una nueva forma. En el ocultismo se representaba esto de tal manera que el yo grupal vive, por lo general, 500 años, luego se quema y vuelve a cobrar vida a partir de su propio fuego, y a esto se le llamaba el «ave Fénix». La hermosa leyenda del ave Fénix tiene aquí su trasfondo real. El fénix es el Yo grupal con las características de los cuatro tipos, que se consume y se renueva tras siete generaciones —una generación calculada con una edad de 75 años lunares—.

Este es el trasfondo real de la leyenda del fénix. He aquí una nueva prueba de que leyendas antiguas como la del fénix se han forjado a partir de los hechos ocultos más profundos. No se trata aquí de especular, sino de mostrar lo que se ha enseñado a lo largo de los siglos en las escuelas ocultistas, y lo que constituye una experiencia real y efectiva, de la que son expresión los signos y sellos ocultistas.

Una y otra vez, cuando escuchamos esas expresiones de verdades ocultas y las comparamos con lo que la humanidad nos ha transmitido a través de sus signos y símbolos, nos damos cuenta de cuánto había creado ya la conciencia humana antes de que se convirtiera en una conciencia intelectual. Al ser humano le gusta tanto creer que hoy en día ya hemos llegado muy lejos. Pero su razón va a la zaga de la conciencia creadora del mundo antiguo, que, sin embargo, solo poseían los iniciados, y estos la ocultaron en las leyendas. Los símbolos de los cuatro animales no son fruto de la imaginación; el punto de partida, el origen de los mismos, no es el pensamiento, sino la visión.

Cuando digo: «El alma grupal se encuentra en el plano etérico, en la frontera entre el plano físico y el astral», no deben imaginarse una línea divisoria. Si partimos del plano físico, aquí tenemos (se dibuja) siete subdivisiones del plano físico; a continuación vendrían siete subdivisiones del plano astral. De estas, las tres más bajas coinciden con las tres más altas del plano físico. Debemos considerar el plano astral y el plano físico tan superpuestos que las tres partes superiores del plano físico sean al mismo tiempo las tres partes inferiores del plano astral. Podemos hablar de una zona limítrofe, que es aquella de la que nuestras almas no pueden salir tras la muerte si aún están atadas a la Tierra por los deseos. Se la llama Kamaloka.

Así pues, en los signos, símbolos y sellos ocultos que hemos elegido aquí como primeros ejemplos, podemos ver sin duda algo obtenido de lo más profundo de los hechos ocultos, y se equivocarían por completo si subestimaran la profunda sabiduría de la antigüedad en las escuelas ocultistas o si consideraran de alguna manera que nuestra sabiduría moderna la ha superado. Cuando la sabiduría de las enseñanzas ocultas se le presenta en forma de signos o símbolos, siempre se manifiesta de tal manera que queda confirmada por la contemplación oculta directa. Un ejemplo de cómo ha actuado la doctrina del ocultismo en tiempos relativamente recientes es que se han infundido significados simbólicos en nombres y palabras, pero de tal manera que estos se basaban en un significado real: hechos del mundo superior. No vamos a remontarnos al origen de la formación de las palabras en el sentido filológico; lo que voy a decir ahora no es algo que puedan comprobar mediante la filología. Aunque la filología lo considerara erróneo, el simbolismo de las palabras seguiría siendo correcto.

Cuanto más se eleva uno desde el plano físico, a través del mundo astral, hacia el mundo del devacán, más se le presenta todo como un reflejo del plano físico, que primero debe aprender a interpretar. Para el alumno, la forma más fácil de aprender esto es a través de los números. Supongamos que aquí, en el plano físico, tienes el número 543; en el plano astral, este número debe leerse como su imagen refleja, es decir, 345. Del mismo modo, todas las demás cosas y acontecimientos deben interpretarse como reflejos. Voy a poner un ejemplo muy claro: aquí, en el plano físico, observan cómo la gallina vieja pone el huevo y de él nace el pollito. Si contemplan el mismo acontecimiento en el plano astral, deben ir hacia atrás: allí tienen primero al pollito, que se va haciendo cada vez más pequeño y, al final, entra en el huevo. El tiempo también discurre hacia atrás. Ya ven lo tremendamente desconcertante que debe de resultar esto para el alumno a primera vista. Las pasiones que emanan del ser humano se ven como en un cuadro; irradian desde el punto central. Las pasiones reflejadas parecen como si una multitud de animales se abalanzara sobre ustedes. El ser humano percibe las pasiones inferiores como todo tipo de animales salvajes a su alrededor: ratones, ratas y demás. Si el alumno no ha aprendido esto y tiene su primera experiencia al ver cómo sus propias pasiones se abalanzan sobre él en forma de ratones y ratas, pueden surgir fácilmente estados patológicos como el delirio de persecución y similares.

Lo que acabo de exponerles como un hecho sobre la relación entre los mundos superiores y los inferiores se intentó expresar simbólicamente en la teoría de la evolución mediante un juego de palabras. Cuando los seres humanos comenzaron su existencia en la Tierra, pasaron de un estado espiritual a un estado sensorial, —a través de Eva—. En Eva se veía aquel estado en el que la humanidad espiritual se hizo física y, por lo tanto, también pecadora. Si ahora la humanidad debe ser conducida de nuevo hacia lo espiritual, y si se quiere expresar la oposición a la mujer que trajo lo mortal al mundo, entonces aquello que debe devolver lo inmortal a la humanidad debe expresarse a la inversa; el nombre debe invertirse. Por eso, el ángel de Dios se dirige a María con las palabras «¡Ave, María!» —«Eva» se convierte en «Ave»; esta inversión tiene carácter simbólico. No importa lo que diga al respecto una filosofía más o menos errónea. Lo que importa es mostrar cómo, en el ocultismo, lo simbólico puede actuar a través de la construcción de las palabras. Con esta combinación de palabras se pretendía lograr que el ser humano, al pronunciarlas, tomara conciencia del hecho oculto de que los mundos físico y espiritual tienen corrientes en direcciones opuestas.

Esto tiene un significado muy profundo. No vean en ello nada arbitrario. Lo mejor que pueden ver en ello es que se guiaba a las personas para que reconocieran las leyes ocultas en su propio lenguaje. Al hacer que las personas realicen esos ejercicios para reconocer las leyes ocultas en el lenguaje, estas trabajan, consciente o inconscientemente, en su formación oculta. El principio del simbolismo es, al mismo tiempo, un principio de formación.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 26 de diciembre de 1907 - La posición del ser humano en relación con su entorno

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RUDOLF STEINER

 - La posición del ser humano en relación con su entorno  -

XII conferencia
Köln, 26 de diciembre de 1907

En estas conferencias se abordarán algunos de los signos y símbolos ocultos, de tal manera que el sentido y el significado de dichos símbolos y signos no solo lleguen a la razón, sino también a los sentimientos y al corazón.

Todos ustedes saben que en el ocultismo y en la teosofía se utilizan los más diversos símbolos y signos, y también saben que a veces se dedica mucha perspicacia y especulación a interpretar dichos signos y símbolos. Estas conferencias nos mostrarán ahora que gran parte de ese ingenio y de esa especulación están mal aplicados, y que, en general, la especulación y el ingenio no son en absoluto las capacidades mediante las cuales se llega al verdadero significado de los signos y símbolos ocultistas. Para el ocultista, los signos y símbolos no son en absoluto solo aquellos que se citan como tales en los manuales y escritos habituales, sino que encontramos signos y símbolos ocultos con mayor frecuencia precisamente allí donde, por lo general, quizá menos los sospechamos: en los mitos y relatos arraigados en el pueblo se esconden profundas verdades ocultas. El error que se comete habitualmente al interpretar tales mitos y leyendas es, sencillamente, que también en este ámbito se recurre a un exceso de perspicacia y de especulación; casi se podría decir que se busca un sentido profundo de una manera demasiado intelectual, demasiado racional. Ahora bien, una serie de cuatro conferencias no puede agotar este tema, sino solo abordarlo de forma aforística. No obstante, lo que tratemos debe exponerse de tal manera que podamos formarnos una idea de la relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores, concretamente lo que se denomina el mundo astral y el mundo devachánico o espiritual.

Como saben, también en el lenguaje común se recurre con mucha frecuencia a ciertas parábolas figurativas cuando se quiere aludir a algo superior. Por ejemplo, cuando se quiere utilizar una imagen para referirse al conocimiento o a la comprensión, se dice «luz» o también «luz del conocimiento». Detrás de estas sencillas expresiones de nuestro lenguaje se esconde a veces algo extraordinariamente profundo. Quienes utilizan tales expresiones a menudo no son conscientes en absoluto de su origen y, por lo tanto, no tienen ni idea de cómo, por ejemplo, la imagen de la luz se relaciona con el conocimiento o la perspicacia. La consideran una imagen, del mismo modo que hoy en día los poetas utilizan imágenes. Cometeríamos un grave error si, en el ocultismo, solo pensáramos en ese significado figurativo. Las cosas son mucho, mucho más profundas. Lo que en el lenguaje actual se denomina «simbólico», «figurativo» o, tal vez, «alegoría», suele ser engañoso. Es fácil pensar que un signo se ha elegido de forma arbitraria para representar algo. En el ocultismo, un signo nunca se elige de forma arbitraria. Cuando en el ocultismo se utiliza un símbolo para representar algo, siempre existe una relación más profunda.

Sin embargo, no podremos comprender realmente esta relación entre los signos y símbolos ocultos y los mundos superiores si no profundizamos un poco en cómo debe situarse el ser humano frente a su entorno desde el punto de vista del ocultismo. Cuando el ocultismo —o esa parte elemental del ocultismo que hoy se proclama como teosofía— llegue a cumplir su misión en el mundo en un sentido más profundo —pues, de hecho, apenas se ha dado el primer paso—, cuando llegue el momento en que las distintas ramas de nuestra vida y nuestra cultura estén impregnadas de las verdades y los impulsos del ocultismo, entonces toda la vida emocional y sensorial del ser humano, toda su relación con el entorno, cambiará de manera esencial. Si queremos describir cómo se relaciona el ser humano actual con el entorno, debemos decir: desde hace varios siglos, el ser humano ha ido desarrollando cada vez más una relación con el entorno que es muy abstracta, muy intelectual y materialista. El ser humano que hoy recorre los campos, ya sea en primavera, en verano o en otoño, ve por lo general lo que se presenta a sus ojos, lo que los sentidos pueden captar, lo que la razón puede combinar a partir de las percepciones sensoriales. Si el ser humano tiene inclinaciones estéticas, si posee una sensibilidad poética, impregna las percepciones con sensaciones y sentimientos; ante un fenómeno natural siente tristeza y dolor, y ante otro, exaltación, alegría y placer.

Pero en el hombre actual, incluso allí donde la percepción sensorial, árida y sobria, da paso a la sensibilidad poética y artística, eso no es más que un comienzo de lo que el ocultismo debe ofrecer, no a la razón, ni al entendimiento, ni a las mentes, sino a las almas y a los corazones. La teosofía solo se convertirá en un factor significativo en la vida cuando no se limite a ofrecernos una síntesis intelectual de todo tipo de acontecimientos de los planos físico, astral y devachánico, sino cuando se integre en nuestras almas de tal manera que estas aprendan a percibir, sentir y querer de otra forma. Debemos tener muy claro, en particular, que, gracias a la teosofía y al ocultismo, se irá produciendo cada vez más aquello que ya destacamos en nuestra conferencia festiva de ayer: La humanidad aprenderá a ver, en lo que se manifiesta en el mundo exterior tal y como se presenta a los sentidos —la fisonomía, los gestos, la mímica—, aquello que revela lo anímico y lo espiritual que se esconde tras las cosas. Aprenderemos también a ver, en lo que ocurre allá fuera, en el entorno de la Tierra, en los movimientos de los astros, una expresión de lo espiritual y lo anímico, del mismo modo que, por ejemplo, vemos en los movimientos de las manos o en la mirada de una persona la expresión de algo anímico. Y así aprenderemos, por ejemplo, a ver en el aire que se aclara una manifestación externa de los procesos internos de las entidades espirituales que realmente impregnan el aire, el agua y la Tierra.

Intentemos imaginar cómo se nos presenta la naturaleza que nos rodea cuando nos elevamos a una comprensión de lo anímico y lo espiritual que vive a nuestro alrededor. Una vez que nos adentramos en esta perspectiva ideal, debemos preguntarnos: ¿qué ocurre con las almas de los seres que viven a nuestro alrededor en el plano físico, las almas de los animales, las plantas y los minerales? ¿Qué hay en estos tres reinos de la naturaleza, aparte de lo que se nos presenta físicamente a través de nuestros sentidos? Si observamos el reino animal, este se diferencia de manera muy significativa, en lo anímico y espiritual, del ser humano. Lo que en cada ser humano está encerrado dentro de los límites de su piel, no lo tenemos de la misma manera en cada animal. Cada animal se puede comparar más bien con un miembro concreto del ser humano. Podemos comparar a todos los animales de forma formalmente idéntica —por ejemplo, todos los leones, todos los tigres, todos los lucios, todas las moscas, etcétera, todo lo que tiene la misma forma en el reino animal— con un miembro del ser humano, por ejemplo, con los dedos de la mano. Si tomamos los diez dedos del ser humano, no nos sentiremos tentados a atribuir a cada uno de los diez dedos un alma dotada de un «yo». Sabemos que los diez dedos pertenecen a un solo ser humano. A cada persona le atribuimos un alma del «yo». Del mismo modo que atribuimos un alma del «yo» a cada persona, atribuimos un alma del «yo» a toda una especie animal; da igual si la llaman alma de grupo o alma de especie. Lo que importa es que comprendamos las cosas como algo que fluye y fluctúa entre sí. Así, en el caso de un grupo de animales de la misma forma, debemos suponer que en su base se encuentra lo mismo que en el ser humano individual: el alma del yo. Sin embargo, no debemos buscar esta alma de los grupos de animales donde buscamos el alma del yo del ser humano. El lugar donde se encuentra esta alma del «yo» del ser humano entre el nacimiento y la muerte es el plano físico. Esto no significa que, por su naturaleza y esencia, esta alma del «yo» pertenezca únicamente al plano físico, pero el alma del «yo» del ser humano vive en el plano físico. No ocurre lo mismo con los «yos» grupales de los animales. En el caso de estos «yos» grupales de los animales, a los que pertenecen los animales individuales de la misma especie, no importa el lugar en el que se encuentren los animales individuales: da igual que un león esté en África y otro aquí, en un zoológico. Todos y cada uno de los animales pertenecen al mismo «yo» grupal, y ese «yo» grupal se encuentra en el plano astral. Por lo tanto, si queremos encontrar el «yo» de un grupo de animales de la misma especie, debemos acudir al plano astral mediante la clarividencia; y en el plano astral, el «yo» grupal de los animales en cuestión es una personalidad tan completa como la del ser humano aquí, en el plano físico. Si una persona extiende sus diez dedos y usted levanta aquí una pared, y la persona pasa sus diez dedos a través de diez agujeros en la pared, alguien que se encuentre fuera de la pared solo verá los diez dedos; si quiere buscar el «yo» de esos diez dedos, tendrá que ir detrás de la pared. Así debe imaginarse que, en cada león individual, debemos ver un miembro del «yo» grupal de todos los leones. Si se adentra en el plano astral, encontrará allí una individualidad o personalidad del género de los leones, común a todos ellos, del mismo modo que detrás de la pared encuentra la individualidad de los diez dedos de la persona. Lo mismo se aplica a las demás especies animales de forma similar. Y si «pasea» por el plano astral, encontrará este plano poblado por estos «yos» grupales de los animales, con los que se encontrará allí de la misma manera que aquí, en el plano físico, se encuentra con los seres humanos individuales, solo que estos «yos» grupales se extienden, según el plano físico, a los seres animales individuales separados, del mismo modo que usted extiende a través de la pared los diez dedos individuales.

Sin embargo, existe una enorme diferencia entre la esencia, la naturaleza intrínseca de los «yos» grupales de los animales, y lo que constituye la naturaleza intrínseca del ser humano individual. Esta diferencia les parecerá muy paradójica, pero existe. Y es que se da un hecho peculiar: si se compara la inteligencia y la sabiduría de los «yos» grupales de los animales en el plano astral con la inteligencia y la sabiduría de los seres humanos aquí, en el plano físico, se comprobará que los «yos» grupales de los animales son considerablemente más inteligentes. Todo lo que tienen que hacer lo realizan con la mayor naturalidad. El ser humano, en el transcurso de su evolución, debe primero llevar a su yo a alcanzar esa sabiduría que los «yos» grupales de los animales ya poseen en el plano astral. Sin embargo, a estos «yos» grupales de los animales les falta algo que el ser humano debe desarrollar aquí, en el plano físico, a lo largo de toda la evolución terrestre. Este elemento específico no se encuentra en absoluto en los «yos» grupales de los animales. Se trata del elemento del amor, todo lo que es amor: desde la forma más sencilla del amor de sangre entre los seres emparentados, hasta el amor ideal más elevado de una hermandad humana universal. Este elemento es precisamente el que la humanidad desarrolla a lo largo de la evolución terrestre. Los «yos» grupales animales también tienen sentimientos, sensaciones e impulsos de voluntad. Desarrollar el amor es precisamente la misión del ser humano aquí en la Tierra; eso es lo que les falta a los animales. El elemento fundamental del «yo» grupal de los animales es la sabiduría, del mismo modo que el elemento fundamental del «yo» humano es el amor.

Si ahora queremos comprender cómo debemos percibir, dentro de la naturaleza que nos rodea, las manifestaciones de estos «yos» grupales animales, solo tenemos que recordar que todo lo que nos rodea son manifestaciones de acontecimientos espirituales y de entidades espirituales. Quien no esté dotado de capacidades clarividentes no puede, por supuesto, dar ningún «paseo» por el plano astral, en el que se encontrara allí con la población de «yos» grupales animales, del mismo modo que aquí, en el planeta Tierra, se encuentra con los «yos» humanos físicos. Pero incluso quien no es clarividente puede percibir aquí, en el plano físico, los efectos y las acciones de lo que hacen los «yos» grupales. Puede percibir cómo, cada año, al acercarse el otoño, las aves vuelan en dirección noreste-suroeste hacia las regiones más cálidas, y cómo, a su vez, regresan siguiendo rutas muy concretas cuando se acerca el verano. Si se comparan las trayectorias individuales en función de su altura y dirección para cada especie de ave, uno empieza a intuir que en todo ello hay sabiduría, una profunda sabiduría. ¿Quién dirige todo esto? Lo dirigen los «yos» grupales de los animales. Todo lo que realizan las distintas especies animales aquí, en nuestro planeta, es un efecto, es una acción del «yo» grupal animal. Y si observan estas acciones del «yo» grupal animal, descubrirán, en esencia, que estos «yos» grupales animales abarcan la circunferencia de la Tierra, que se despliegan como fuerzas a lo largo de ella. La Tierra está rodeada de fuerzas de lo más variado, de fuerzas que recorren la Tierra siguiendo los más diversos trazados, en líneas rectas, curvas y serpenteantes. El ser humano solo puede percibir estas fuerzas aquí a través de sus efectos, de sus manifestaciones. Cuando capta estas manifestaciones, puede intuir lo que, mediante la capacidad clarividente, le acerca a los «yos» grupales de los animales. Así podemos aprender a adentrarnos en la sabiduría que se manifiesta en nuestro reino animal. Lo que hacen los géneros y las especies nos revela algo de las acciones de los «yos» grupales de los animales.

La situación es diferente en el caso del mundo vegetal. También en el mundo vegetal se le presenta al observador ocultista una serie de «yos», pero el número de «yos» existentes en el mundo vegetal es mucho menor que en el mundo animal; su número es más limitado. A su vez, hay grupos enteros de plantas que pertenecen a un «yo» común, y estos se encuentran, cuando los buscamos, en un mundo aún más elevado. Mientras que los «yoes» grupales de los animales se encuentran en el plano astral y se manifiestan en la astralidad que envuelve y rodea nuestro círculo terrestre, los «yoes» grupales de las plantas se encuentran en las partes inferiores del plano del Devachán, en lo que, según la teosofía, solemos denominar las partes de Rupá del plano del Devachán. Allí viven como personalidades independientes; al igual que aquí los seres humanos, allí se mueven los «yos» grupales de las plantas. Junto a otros seres que ni siquiera tienen un cuerpo físico, los «yos» de las plantas se encuentran allí y conforman la población del plano inferior del Devachán.

¿Cómo puede el ser humano adentrarse en la percepción de los «yos» colectivos vegetales? La percepción en sí misma está, en última instancia, ligada al desarrollo de las capacidades clarividentes. Pero este desarrollo avanza desde los niveles inferiores hacia arriba, cada vez más y más alto. Lo primero que hay que desarrollar para poder ascender siquiera a estas capacidades es el sentimiento y la sensibilidad hacia el tema. Las verdaderas capacidades clarividentes se basan siempre, en primer lugar, en el desarrollo de sentimientos y sensaciones, pero no de los sentimientos triviales y egoístas, no; sino de sentimientos más profundos y abnegados. Eso es algo completamente distinto.

Al observar la planta, hay que prestar atención, sobre todo, a que la planta desarrolle sus raíces en el suelo, a que su tallo crezca hacia arriba, a que despliegue las hojas hacia arriba y a que estas se transformen gradualmente en sépalos y en corola, en la que luego se forma el fruto. Es importante que no podamos comparar la planta con el ser humano de esta manera. No se debe comparar al ser humano con la planta de tal manera que equiparemos la cabeza del ser humano con la corola de la planta y sus pies con la raíz. Eso es totalmente erróneo. En las escuelas ocultistas siempre se ha señalado y se ha dicho: «Debéis comparar la planta y el ser humano». Pero debéis compararlos de tal manera que equiparéis la cabeza del ser humano con la raíz de la planta. - Así como la planta orienta su raíz hacia el centro de la Tierra, el ser humano orienta su cabeza hacia el espacio cósmico; y así como la planta orienta castamente su flor y sus órganos reproductores hacia el sol, el ser humano orienta pudorosamente sus órganos reproductores precisamente hacia donde la planta orienta su raíz, hacia abajo. Por eso se dice en el ocultismo: «El ser humano es la planta invertida». - La planta parece un ser humano puesto boca abajo; el animal se sitúa en un punto intermedio.

En lo que normalmente se denomina «planta» solo están presentes el cuerpo físico y el cuerpo etérico de la planta. Pero la planta también tiene su cuerpo astral y su yo. ¿Dónde se encuentra, pues, el cuerpo astral y dónde el yo de la planta? Podemos preguntarnos por su ubicación, pues se trata solo de una definición general del asunto cuando se dice que el yo grupal de las plantas se encuentra en el plano inferior del Devachan. Podemos indicar con total precisión dónde se encuentra el cuerpo astral de las plantas y dónde está su Yo. El cuerpo astral de las plantas —y, concretamente, el cuerpo astral de todas las plantas que existen en nuestro planeta— es el mismo que el cuerpo astral de la propia Tierra, de modo que la planta está inmersa en el cuerpo astral de la Tierra. En cuanto a su ubicación, los Yos de las plantas se encuentran en el centro de la Tierra. Desde el punto de vista oculto, podemos concebir la Tierra como un gran organismo, como un ser vivo que tiene su cuerpo astral; y las plantas individuales que hay en nuestra Tierra son sus miembros. Estas solo han desarrollado, de forma individual y por separado, el cuerpo físico y el cuerpo etérico. En cada planta, en cada lirio, en cada tulipán y así sucesivamente, no hay conciencia; la Tierra tiene su propia conciencia, su cuerpo astral y su «yo». Pero no solo hay «yos» vegetales; además, también hay otras entidades espirituales. No debe plantearse la cuestión de si todas caben. Están entrelazadas y allí conviven muy bien. Por lo tanto, si se observa una planta individual, solo se le pueden atribuir las características de un cuerpo físico y de un cuerpo vital, pero no una conciencia como ser individual. Sin embargo, las plantas tienen conciencia, y esta está vinculada a la conciencia de la Tierra; forma parte de la conciencia de la Tierra. Así como nosotros, los seres humanos, tenemos una conciencia que abarca lo alegre y lo triste, y ambas se interpenetran mutuamente, así también los cuerpos astrales individuales de las plantas interpenetran el cuerpo astral de la Tierra, y los «yo» de las plantas interpenetran el centro de la Tierra. La planta viva ocupa en el organismo de nuestra Tierra la misma posición que la leche en el organismo animal. Hay fuerzas astrales similares que subyacen tanto cuando la planta brota de la tierra, reverdece y florece, como cuando la vaca da leche. Si arranca una planta con la flor, eso no supone una sensación desagradable para la Tierra. La Tierra tiene su cuerpo astral y en él tiene sus sensaciones, y cuando arranca una planta, siente lo mismo que siente la vaca cuando el ternero succiona la leche: experimenta una especie de bienestar. Si retira lo que ha crecido del suelo, la Tierra ya no tiene esa planta concreta —y, por tanto, ese bienestar—. En cambio, si arranca la planta de raíz, para la tierra es como si le arrancara la carne a un animal: siente una especie de dolor.

Si nos adentramos en ello, pero no solo en términos abstractos de «yo» colectivo, sino de tal manera que transformemos esos conceptos abstractos y vacíos en sentimientos y sensaciones, entonces aprenderemos a convivir con los procesos de la naturaleza; nuestra observación de la naturaleza se convertirá en una sensación viva. Cuando luego, en otoño, paseamos por los campos y vemos al hombre con la guadaña segando el cereal, intuiamos que, en la misma medida en que la guadaña recorre las briznas y las corta, algo así como vientos espirituales soplan sobre el campo, infundiendo una sensación de bienestar. Así es. Lo que el clarividente ve en el cuerpo astral de la Tierra es el fundamento espiritual de lo que acabamos de describir. Para quien penetra en estas cosas, la siega del cereal no es un proceso indiferente. Del mismo modo que en una persona, ante una u otra experiencia, se siente y se ve que surgen formaciones astrales de un tipo muy concreto, así también se ven en otoño, barriendo los campos, estas expresiones astrales del bienestar de la Tierra. Es diferente cuando el arado traza surcos en la tierra y remueve las raíces de las plantas. Arar la tierra con el arado le causa dolor; vemos cómo brotan de ella signos de dolor. Frente a lo que se acaba de decir, se podría objetar muy fácilmente que, en determinadas circunstancias, sería mejor arrancar las plantas de raíz y trasplantarlas, en lugar de recorrer un prado y arrancar sin motivo todas las flores posibles. Una objeción así puede ser totalmente válida desde un punto de vista moral, pero aquí se trata de un punto de vista completamente diferente. Es posible que, en determinadas circunstancias, para una persona que empieza a tener canas, sea mejor arrancarse las primeras canas si lo considera adecuado por razones estéticas, pero eso no le deja de doler. Son puntos de vista totalmente distintos cuando decimos: «Arrancar las flores beneficia a la tierra», y cuando decimos: «Desenterrar la planta de raíz le hace daño a la tierra». [Laguna en las notas.] La vida, en general, llega al mundo a través del dolor. El niño que nace causa dolor a la madre que da a luz. Este es un ejemplo de cómo debemos aprender no solo a reconocer el entorno, sino también a empatizar con la naturaleza. Esto se extiende hasta el reino mineral. Los minerales también tienen su «yo», solo que el «yo» de los minerales se encuentra a un nivel aún más elevado; está situado en las partes superiores del plano del Devachán, que la literatura teosófica suele denominar «Arupa-Devachán». Estos «yos» grupales de los minerales son seres parcialmente autónomos, al igual que lo son los «yos» humanos en el plano físico, los «yos» grupales de las plantas en el plano inferior del Devachán y los «yos» grupales de los animales en el plano astral. En el plano físico, los minerales solo tienen un cuerpo físico, pero también cuentan con un cuerpo astral y un cuerpo etérico. El vidente percibe las conexiones vivas; sabe que, cuando sale a una cantera y ve allí a los trabajadores extrayendo piedras, allí se percibe algo similar a lo que se siente al intervenir en la carne de un organismo. Y mientras los trabajadores están allí trabajando, fluyen corrientes astrales a través del reino mineral. Lo que pertenece al mineral como cuerpo astral se encuentra en las partes inferiores del plano del Devachán, y el «yo» de los minerales se encuentra en las partes superiores del plano del Devachán. El «yo» grupal de las piedras siente dolor y placer. Cuando se rompen piedras, el «yo» grupal mineral siente placer, satisfacción. A primera vista, esto parece paradójico, y sin embargo es así. Quien solo piense en analogías podría creer que, al romper una piedra, a esta le duele tanto como si se le hiciera daño a un ser vivo. Pero cuanto más rompa la piedra, mayor será la sensación de bienestar del yo mineral. Ahora pueden preguntarse: ¿cuándo siente dolor el yo mineral? Puede percibirse el dolor del yo mineral con el siguiente ejemplo. Tomen un vaso de agua en el que se haya disuelto sal de cocina. A continuación enfríen el agua del vaso hasta que la sal se precipite en forma de cristales sólidos, de modo que la sustancia mineral vuelva a solidificarse. En este proceso de precipitación de la sustancia sólida surge el dolor. Del mismo modo, surgiría dolor si volviera a unir todos los trozos en los que ha partido una piedra para formar una piedra entera. En el «yo» grupal de los minerales surge siempre una sensación de placer cuando el mineral se disuelve, y una sensación de dolor cuando se solidifica. Se produce una sensación de bienestar al disolver sal en agua caliente, y una sensación de dolor cuando, al enfriar el agua, se produce la cristalización de la sal.

Si nos lo imaginamos en un contexto más amplio, en un contexto cósmico, podremos descubrir cómo la formación de nuestra Tierra y la de nuestros minerales están relacionadas con un proceso de este tipo. Si remontamos la formación de nuestra Tierra muy atrás en el tiempo, nos encontramos con temperaturas cada vez más elevadas, con un calor cada vez mayor en nuestro planeta; y en la época lemúrica nos encontramos con un estado de la Tierra en el que las rocas estaban disueltas, en el que incluso los minerales que ahora se han cristalizado de forma totalmente sólida fluían, como hoy en día fluye el hierro en las fundiciones cuando se funde. Todos nuestros minerales han pasado por un proceso como el que tienen ante ustedes a pequeña escala, cuando, al enfriarse el agua en un vaso, la sal disuelta se deposita. Así es como todo en la Tierra se fue solidificando y compactando. Esta solidificación se produjo de tal manera que mediante dicha contracción, gradualmente se fueron incrustando en la Tierra líquida cristales sólidos. Solo gracias a esta solidificación pudo la Tierra convertirse en el lugar donde habita la humanidad física actual.

Sin embargo, este endurecimiento debe entenderse en el sentido de que alcanzó su punto álgido en un momento determinado. En cierta medida, ese punto álgido ya se ha superado; hoy en día ya se observa, en parte, un proceso de desintegración. Cuando la Tierra haya alcanzado su meta, cuando los seres humanos se hayan purificado y espiritualizado hasta tal punto que ya no puedan extraer nada más de la Tierra, entonces la propia Tierra también se espiritualizará a su vez. Entonces, todos sus incrustaciones minerales se habrán vuelto finas y etéreas, de modo que la Tierra pueda pasar a un estado astral, el mismo que tenía antes de volverse física. El proceso de disolución física es un estado de transición hacia ello.

Si observamos la Tierra, en el momento en que se preparaba para convertirse en el escenario firme, el sustrato sólido sobre el que caminamos en nuestra etapa actual de desarrollo, vemos que se trata de un proceso continuo de sufrimiento de la Tierra. A medida que se va volviendo cada vez más sólida, sufre y «gime de dolor». Nuestra existencia se ha ido forjando por medio de su dolor. Y encontramos una intensificación de este dolor hasta la primera parte de la denominada era atlante. A partir del momento en que el ser humano logra gradualmente su propia purificación, la Tierra también alcanza a su vez, la liberación del dolor y el sufrimiento. Este proceso aún no ha avanzado mucho. La mayor parte del suelo firme que se encuentra bajo nuestros pies sigue sufriendo hoy en día, y cuando dirigimos hacia él nuestra mirada clarividente, lo sólido se nos revela como un suspiro del ser terrestre. Quien estudie estos hechos desde la perspectiva de lo oculto y luego los encuentre reflejados en las grandes escrituras religiosas, comprenderá desde qué profundidades del mundo espiritual se escribieron dichos textos. Así nos invade cada vez más un sentimiento de veneración hacia estos documentos religiosos. Gracias a nuestra experiencia, al observar los hechos del mundo exterior, podemos reconocer empíricamente cuáles son los fundamentos reales que subyacen a la afirmación de Pablo: «Toda la naturaleza gime con dolores, esperando la adopción como hijos». Traten ustedes de interpretar esta frase de Pablo: todo proceso de formación en la Tierra es un devenir entre dolores, una contracción hacia lo firme entre dolores, para que después pueda llevarse a cabo, en sus seres, la «adopción como hijos», la espiritualización.

En lo que se denomina «formación esotérica auténtica», debemos partir de aquellas imágenes de nuestro entorno que, al contemplarlas, despiertan sentimientos en nuestro interior. En primer lugar, se empieza por transmitir al alumno que desea seguir una formación aquellas ideas y conceptos que le capaciten para no limitarse a contemplar lo que ocurre en la naturaleza como un mero proceso externo, sino para sentirlo con toda su alma como una experiencia interior: cómo se forma nuestra Tierra, cómo se consolida, cómo actúa el dolor. Esta imagen del dolor representa un hecho espiritual real. En el verdadero ocultismo, las imágenes no son inventadas, sino que se deducen de hechos espirituales reales. Ni la filosofía, ni la especulación, ni siquiera la mayor perspicacia pueden desentrañar una imagen así; solo el conocimiento de los hechos de los mundos superiores conduce a su comprensión. En el ocultismo, todas las imágenes son expresión de hechos espirituales.

Hoy solo quería señalarles cómo aquello que asimilamos en la teosofía elemental como ideas, conceptos e imaginaciones nos conduce gradualmente a las experiencias; y cada imagen en el ocultismo se extrae únicamente de las experiencias. Si toman ustedes, por ejemplo, la conocida imagen de la esvástica, podrán encontrar en los distintos escritos las interpretaciones más perspicaces sobre esta imagen. ¿Cómo llegó originalmente al ocultismo? Esta imagen no es más que el reflejo de lo que llamamos órganos sensoriales astrales. Mediante un determinado procedimiento, mediante el entrenamiento, el ser humano puede desarrollar órganos sensoriales astrales. Estas dos líneas (se dibujan) son, en realidad, movimientos en el cuerpo astral, que el clarividente percibe como ruedas de fuego o como flores. Se denominan flores de loto.

Para estas ruedas o flores de loto, —de las cuales, por ejemplo, la de dos pétalos se encuentra en la zona de los ojos y la de dieciséis pétalos, en la zona de la laringe—, para estos órganos sensoriales astrales, que se manifiestan como fenómenos luminosos en el mundo astral, el símbolo, la imagen, es la esvástica. O tomemos otro símbolo, el llamado pentagrama. No es mediante la especulación ni mediante la filosofía como se puede descubrir el significado original del pentagrama. El pentagrama es una realidad; es una imagen que representa la acción de corrientes, de corrientes de fuerzas, que se encuentran en el cuerpo etérico del ser humano. En el ser humano discurre una cierta corriente de fuerza que asciende desde el pie izquierdo hasta un punto determinado de la cabeza, desde allí al pie derecho, de ahí a la mano izquierda, de ahí a través del cuerpo, pasando por el corazón hasta la mano derecha, y desde allí de vuelta al pie izquierdo, de modo que se puede trazar en el ser humano —en su cabeza, sus brazos, manos, piernas y pies— el pentagrama.

Deben imaginárselo como una acción de fuerzas, no simplemente como una figura geométrica. En el cuerpo etérico del ser humano se encuentra el pentagrama. Las acciones de las fuerzas siguen exactamente estas líneas del pentagrama. Las líneas pueden adoptar las más variadas deformaciones, pero siempre permanecen trazadas en el cuerpo humano como un pentagrama. El pentagrama es una realidad etérica, no un símbolo, sino un hecho.

Así, cada símbolo en el ocultismo es una imagen de un hecho del mundo espiritual. Solo entonces se comprende su significado, cuando se puede hacer referencia al mundo en el que ese hecho tiene su origen. Por eso, ni siquiera la mayor perspicacia puede conducir a la interpretación de los signos ocultos. Solo a partir de la experiencia [de los mundos espirituales] se puede descubrir el significado de los signos y símbolos ocultos, y solo al comprender su significado puede el ser humano empezar a... Por eso no es en absoluto inútil que se le comunique y se le cuente algo que, en un primer momento, se haya descubierto gracias a la capacidad clarividente. Y, a partir del hecho investigado, el ser humano puede, a su vez, ser conducido de vuelta a las causas de ese mismo hecho.

Lo mismo ocurre con los signos y símbolos que con las antiguas leyendas y mitos. Es una teoría teórica de los eruditos que sostiene que las leyendas y los mitos fueron inventados por la poesía popular. El pueblo no compone poesía. Todas las leyendas y mitos son vestigios de una época en la que el ser humano aún poseía, hasta cierto punto, dotes clarividentes. Lo que se nos cuenta en las leyendas y mitos europeos son registros de hechos que los seres humanos contemplaron en el pasado. Todo lo que aparece en estas leyendas, cuentos y mitos fue percibido originalmente de forma clarividente y constituye el relato posterior de experiencias clarividentes originales. Eso es, en definitiva, la mitología: el relato posterior de experiencias clarividentes.

Aún hoy podemos seguir en el plano astral todos los acontecimientos que se narran en la mitología. Las hazañas de Wotan u Odín son hechos reales. Debemos buscar la realidad más allá de los signos ocultos, los símbolos y las visiones. Y cuanto menos nos dejemos llevar por la tentación de interpretar estos signos a partir de especulaciones, mejor.

Así pues, este ciclo de conferencias nos introducirá en el sentido factual del ocultismo. Ningún signo es inventado ni imaginado, sino que es la representación o reproducción de un acontecimiento real en el mundo espiritual. Y todos los relatos que encontramos en las mitologías son una reproducción de lo que los seres humanos vieron cuando una gran parte de la humanidad aún poseía dotes clarividentes.

Traducido por J.Luelmo

GA313 Dornach, 12 de abril de 1921 - Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Los cuatro tipos de éter y su relación con el organismo humano y entre sí


Dornach, 12 de abril de 1921

¡Muy estimados presentes!

Como dije ayer, vamos a considerar al ser humano en relación con su esencia suprasensible, para abordar esta vez, desde este punto de vista, los fenómenos patológicos y terapéuticos. Ayer tuvimos que caracterizar el cuerpo físico diciendo que, en el fondo, una acción propiamente física en el ser humano solo se da en la cabeza. Si queremos contemplar correctamente este cuerpo físico, entonces, naturalmente, también debemos elevarnos para contemplar de forma concreta y correcta el cuerpo etérico. Porque, si se analiza al ser humano en profundidad, se descubre que una acción independiente del cuerpo físico solo existe en la cabeza. En el resto de los miembros del organismo humano existe una interacción más indiferenciada del cuerpo físico con los miembros superiores, con los miembros suprasensibles del ser. Por eso, en la cabeza, los miembros suprasensibles del ser pueden funcionar como tales en el pensar, el sentir y la voluntad o a través de ellos, porque es en la cabeza donde primero tienen sus huellas, me refiero a su huella etérica, su huella astral y también la huella del yo. Estas están ahí. Están presentes como huellas, en cierto modo como imágenes de los miembros suprasensibles. Solo el cuerpo físico aún no tiene ninguna huella en la cabeza; se la crea a lo largo de la vida. Por eso, el cuerpo físico tiene, diría yo, una acción puramente física en la cabeza. En los demás miembros no existe, dentro de la naturaleza humana, ninguna acción puramente física. Pues bien, ayer algunos de ustedes no entendieron que dije que el «yo» se crea una huella. El «yo» se crea una huella: esa es una frase que se entenderá correctamente si no se interpreta de forma demasiado física, en el sentido habitual. Ciertamente, lo que el yo crea como huella, cuando aún es libre, como ocurre en el ser humano metabólico y de las extremidades, no se puede examinar, por ejemplo, comparándolo con un molde de yeso, sino que la huella que crea el yo es muy móvil. De hecho, se percibe mejor cuando caminan que cuando están de pie. La huella que crea el «yo» es una huella en un sistema de fuerzas que se manifiesta al caminar, en un conjunto completo de fuerzas, incluido el acto de mantenerse erguido. Ahí reside la huella física del «yo». Por lo tanto, no deben buscar la huella del «yo» en algo que se pueda comparar con un molde de yeso, sino que se trata de una huella en un sistema de fuerzas. Y eso es, en definitiva, lo que ocurre también en la cabeza humana, solo que en un sistema de fuerzas diferente. Ayer incluso señalé que el «yo» deja su huella en las condiciones térmicas de la cabeza, es decir, en la forma en que la cabeza se calienta de manera diferenciada en sus distintos órganos. Esa es la huella del «yo». Esta huella del «yo» es también una huella en un sistema de fuerzas, solo que en un sistema de fuerzas térmicas. Así pues, el «yo» se crea esas huellas de las formas más diversas. Allí donde aún no intervienen otras fuerzas en el organismo humano, se crea una huella de fuerzas pura, diría yo, mecánica. Se trata de una huella de fuerzas de equilibrio y dinámicas que el «yo» se crea en relación con la materia de las extremidades de los seres humanos. Pero hay que tener esto en cuenta, pues el ser humano es, de hecho, también una persona diferente según cómo se mantenga de pie, según cómo camine o, por ejemplo, según cómo nade. Lamentablemente, esto se tiene muy poco en cuenta. Y de algunas cosas, de las que se ve que se tienen muy poco en cuenta desde el punto de vista de las ciencias espirituales, hay que decir simplemente: En las barreras que establece la ciencia actual se aprecia muy claramente hasta dónde no puede llegar, aunque sigan existiendo hechos. —Por ejemplo, en este sentido me ha interesado algo que ahora solo quiero insinuar, que quiero plantear ante ustedes, en cierto modo, como una pregunta, pero que, a lo largo de las conferencias se resolverá. He seguido un poco la literatura habitual en este tema, y resulta muy curioso cómo en casi todas partes se afirma que la cantidad de monóxido de carbono inhalado y exhalado no difiere especialmente entre sí. Esta afirmación se puede encontrar en casi todas partes. Sin embargo, no es cierta. Las cifras indicadas demuestran de inmediato que no es cierto que se exhale más nitrógeno del que se inhala. Y como el materialismo no sabe qué hacer con esta diferencia, la elimina. La pasa por alto con un simple gesto de la mano. Y cosas así se pueden encontrar en abundancia en el ámbito científico actual. Como ya he dicho, por ahora quiero plantear esto como una pregunta; volveré sobre el tema más adelante.

Ahora quiero centrarme precisamente en aquello que se encuentra en el ser humano como cuerpo etérico. Bueno, es muy natural que una ciencia meramente física no contemple este cuerpo etérico en su diferenciación. Sin embargo, si logran convencerse de que este cuerpo etérico existe, entonces también tendrán que decirse: Sí, ¿qué pasaría si se considerara el cuerpo físico de tal manera que se dijera: «Bah, el estómago, el corazón, el hígado, todo eso es lo mismo, todo es una masa difusa en sí misma»? ¿Qué sería eso? Pero así es como se actúa también con respecto al cuerpo etérico, cuando se lo presenta simplemente como una nube de niebla general, un poco diferenciada. Hay que estudiarlo de verdad, y hoy veremos cómo su estudio está relacionado con una noción muy esencial que ya hemos abordado en el último curso desde otro punto de vista, pero a la que hoy queremos aludir desde esta perspectiva más propia de las ciencias espirituales.

Si consideramos el éter en general —del que, por cierto, el cuerpo etérico humano forma parte, es decir, es una secreción especial—, tal y como ya saben por la literatura general sobre ciencia espiritual, no se presenta como algo indiferenciado, sino que, en primer lugar, se manifiesta como compuesto por cuatro tipos de éter: el éter térmico, el éter lumínico, el éter químico y el éter vital. «Éter lumínico» es un término que, naturalmente, se ha acuñado desde el punto de vista de quienes ven. Lo que está relacionado con la luz es precisamente el efecto más destacado de este éter para quienes ven, pero hay otros efectos que simplemente dejamos de lado porque, en su mayoría, somos personas videntes. Si la mayoría de la humanidad fuera ciega, naturalmente tendría que dar a este éter otro nombre, porque las demás entidades se harían más evidentes; y así ocurre también en el caso de los ciegos.

El tercer tipo de éter es, pues, el éter químico. El éter químico es aquel que actúa preferentemente en la denominada parte química del espectro, y cuando hablamos del éter químico, no debemos pensar en las fuerzas que actúan en las síntesis químicas, sino en aquellas fuerzas que son polarmente opuestas a ellas en su interior. Las fuerzas etéricas son siempre polarmente opuestas a las que actúan en las sustancias físicas. Así pues, cuando se produce una síntesis química, las fuerzas etéricas actúan de forma analítica. Es decir, en todas las fuerzas sintetizadoras hay fuerzas analíticas. Y cuando llevamos a cabo un análisis químico, para el observador espiritual la situación es siempre la siguiente: Realizamos un análisis químico —voy a representarlo ahora esquemáticamente—, es decir, descomponemos químicamente una sustancia; entonces nos queda algo aún más denso, al sintetizarse las fuerzas etéricas, nos queda el cuerpo etérico, del mismo modo que, cuando el ser humano muere, queda lo anímico-espiritual. A quien, si se me permite decirlo así, realiza un análisis químico con mirada espiritual, se le aparece entonces, tras haber separado las sustancias, en una forma cada vez más densa y condensada, un espectro de la sustancia química que queda. Bueno, esto lo digo solo para llevarles a comprender que, entre las fuerzas etéricas químicas, no deben tener en cuenta únicamente las fuerzas químicas —las fuerzas sintetizadoras y analizadoras—, sino siempre su polo opuesto. Y luego hay que considerar como un tipo especial de éter el éter vital, que es el elemento propiamente vivificante en todas las entidades orgánicas.

Ahora bien, este éter es una entidad presente de forma generalizada en el universo y, como tal, naturalmente no es accesible a la percepción física directa. En este sentido, la ciencia se ha vuelto hoy algo más honesta de lo que era antes, porque se ha dado cuenta de que, al fin y al cabo, las teorías sobre el éter no pueden formularse partiendo únicamente de la observación física. Tras haber formulado innumerables teorías al respecto, ha llegado, en el marco del relativismo, a afirmar: «No existe ningún éter; hay que explicar el mundo sin él». Es decir, se ha vuelto honesta y ha reconocido, siguiendo a Einstein, que a partir de las observaciones físicas no se llega a ningún éter, pero tampoco a otro método de análisis. Dado que el éter se ha perdido de vista, simplemente se le ha descartado.

Ahora bien, se trata de que, cuando algo suprasensible ha dejado una huella en lo físico-sensorial, aquello que ha aparecido allí como huella se vuelve permeable a lo suprasensible en cuestión. Así pues, como ven, el éter, el éter general, deja una huella en el miembro acuoso de la cabeza humana. Lo que debemos considerar como el contenido acuoso del cerebro no debe verse como agua indiferenciada, sino que está organizado internamente, tanto como lo puedan estar los miembros sólidos. De hecho, una forma muy peculiar de contemplar al ser humano, consiste en que, en realidad, se le mire tal y como se le representa. Cuando lo representamos con el hígado y el estómago, ese dibujo no es en realidad más que una silueta de lo que está firmemente entretejido en las partes líquidas y en las partes gaseosas, y, en realidad, solo dibujamos siempre aquello que se encuentra allí en forma de pequeños gránulos. Eso no llega ni al diez por ciento del ser humano en su totalidad. En realidad, desde el punto de vista físico, el ser humano es, por supuesto, un conjunto de agua, aire y calor. El agua, —me refiero a lo líquido—, está, por supuesto, tan bien organizada en su interior como la parte sólida. Eso nunca lo dibujamos cuando realizamos dibujos anatómicos o fisiológicos. Pero lo que es sustancial, naturalmente, es el contenido acuoso del ser humano, de tal manera que se encuentra en un proceso continuo de disolución y renovación. Por así decirlo, solo se mantiene en forma durante un instante, pero está configurado. En esta parte acuosa de la cabeza humana encontramos precisamente la huella de lo etérico, de modo que, si dibujara esquemáticamente, tendría que representar, por ejemplo, la acción física que se manifiesta de manera muy especial en la parte posterior de la cabeza (véase el dibujo, en color claro).

Todo está organizado, minuciosamente organizado, de modo que esta sustancia acuosa es una impresión de aquello que es de naturaleza etérica. Ahora bien, aquello que es una impronta siempre se vuelve permeable de esta manera. Puesto que el ojo, en el sentido verdaderamente goethiano y considerado en su esencia, es una creación de la luz, eso es lo que lo hace permeable a la luz. Esto no es solo una imagen, sino una profunda sabiduría: que el ojo ha surgido de la luz. De hecho, también se puede observar embriológicamente que el ojo se organiza, en realidad, desde el exterior hacia el interior, y precisamente porque está organizado a partir de la luz es por lo que es permeable a ella. Pero, en general, gracias a su organización acuosa, la cabeza del ser humano es permeable a lo etérico, ya que es una impronta procedente del éter, de modo que se puede decir: Aquí, lo etérico puede atravesar la cabeza (véase el dibujo, flecha roja), sin que nada lo detenga, sin que nada perturbe su paso, y puede penetrar en el resto del organismo humano.

Esto es precisamente lo que también se observa claramente en la ciencia espiritual. Pero hay que introducir aquí una matización. Y es que esta parte de la cabeza humana solo es permeable, en realidad, al éter térmico y al éter lumínico. Por lo tanto, desde el exterior solo el éter térmico y el éter lumínico pueden actuar sobre la cabeza humana. El éter térmico no actúa mediante una radiación directa de calor, sino que actúa sobre la cabeza humana debido a que nos encontramos en un determinado territorio climático. Por lo tanto, el efecto del éter térmico sobre la cabeza humana no hay que buscarlo en si se suda o no, sino en función de si se vive en la zona ecuatorial, en la zona templada o en la zona fría. Por lo tanto, existe una relación mucho más profunda entre el éter térmico y la cabeza humana que la meramente externa de recibir irradiación desde el exterior. De manera similar, si nos ceñimos a la fisiología, —en psicología sería diferente, pero eso no nos incumbe ahora—, hay que considerar la influencia del éter lumínico sobre el organismo humano, pero mucho más duradera que la del mero efecto de la luz, de modo que el efecto de este éter lumínico atraviesa la huella etérica de la cabeza humana y organiza todo el ser humano. Pues bien, como ya he dicho, la organización principal de la cabeza humana es permeable al éter térmico y al éter luminoso. Decir que la cabeza humana es algo permeable al éter químico y al éter vital, no es del todo correcto, sino solo aproximadamente correcto,. Pero podemos pasar esto por alto, porque, de todos modos, el resultado es el que voy a indicar ahora mismo. Ahora bien, lo que se da como éter químico y éter vital es tal que, como pueden deducir de lo que acabo de indicar, es rechazado por la organización craneal. Es rechazado. En cambio, atraviesa el organismo humano. Por el mero hecho de que el ser humano, como tal, viva en la Tierra, se llena interiormente de lo que es el éter vital y el éter químico.

Así pues, si se me permite decirlo así: el efecto del éter térmico y del éter lumínico irradia desde todos los lados (véase el dibujo, flechas desde arriba). El efecto del éter químico y del éter vital se irradia a través del sistema metabólico y de los miembros hacia el éter térmico y el éter lumínico que inciden sobre él (véase el dibujo, flechas desde abajo). Del mismo modo que la cabeza del ser humano está organizada, —diría yo, con cierto temor—, para dejar entrar, en la medida de lo posible, solo trazas de éter vital y de éter químico, así también el organismo metabólico de las extremidades absorbe, por así decirlo, el éter vital y el éter químico directamente de los elementos de la Tierra. Estos dos tipos de éter se encuentran dentro del ser humano, y este está organizado de tal manera que su estructura culmina en una separación ordenada de estos dos tipos de éter: el éter vital y el éter químico, por un lado, que fluyen de abajo hacia arriba; y el éter térmico y el éter luminoso, por otro lado, que fluyen de arriba hacia abajo.

Es propio del organismo humano que aquello que irradia desde arriba, —el éter lumínico y el éter térmico—, no sea, por así decirlo, incorporado orgánicamente en la organización inferior, sino que simplemente fluya hacia ella por esa vía. Y tampoco debe fluir de ninguna manera desde abajo hacia otra cosa. Así pues, desde el exterior deben fluir el éter lumínico y el éter térmico; desde abajo, el éter vital y el éter químico; y estos dos son impulsados a interactuar en el ser humano por la organización, que debe mantenerse absolutamente intacta para que el ser humano pueda permanecer en su organización normal. Esta interacción se nos hace comprensible, cuando, por un lado, nos sumergimos en la observación de personas claramente desnutridas. Cuando nos sumergimos en tal observación, se nos presenta la situación de tal manera que recibimos una impresión, una impresión totalmente imaginativa, a la que, sin embargo, el ser humano puede elevarse fácilmente si tan solo se le ha hecho notar, aunque sea muy sutilmente, que existe algo llamado imaginación. Porque nada despierta tan fácilmente la imaginación como los estados patológicos del ser humano cuando se observan. Ahora bien, cuando uno tiene ante sí a una persona desnutrida, ve que su organización metabólica, —es decir, lo que ocurre en el interior del metabolismo—, retiene el éter, no lo deja escapar. Si observamos, por ejemplo, el estómago o el hígado de una persona desnutrida, vemos que retienen el éter vital y el éter químico; los fijan a sí mismos, no los dejan escapar, de modo que en la persona desnutrida existe una carencia de éter vital y éter químico ascendentes. Como consecuencia, el éter lumínico y el éter térmico ejercen presión sobre él desde arriba, y el resultado es que su organismo adquiere una forma similar a la que antes provocaban el éter lumínico y el éter térmico en la cabeza. Transforman todo el organismo de tal manera que, en cierto sentido, se asemeja demasiado a la organización de la cabeza. El ser humano se convierte casi por completo en cabeza debido a la desnutrición. Por así decirlo, solo se convierte en un ser «de cabeza» al sufrir desnutrición, y eso es precisamente lo que reviste especial importancia al estudiar la desnutrición. Se puede observar a una persona que padece lo contrario de la desnutrición. Estas cosas solo salen a la luz en circunstancias muy concretas; hay que saber observarlas siempre con precisión. Naturalmente, se preguntarán: ¿qué es lo contrario de la desnutrición? Pues bien, para el investigador de lo espiritual, lo contrario de la desnutrición es, en un caso por ejemplo, lo que se denomina «reblandecimiento cerebral». Del mismo modo que la desnutrición se debe a que el ser humano, en realidad, se impregna de lo que solo debería tener en la cabeza, de lo que solo llega al organismo superior, así, en el caso de la atrofia cerebral, se impregna en la cabeza de lo que solo debería tener en el estómago, de lo que no pertenece al cerebro, de lo que solo pertenece al estómago, de lo que solo allí ejerce una acción organizadora. Por lo tanto, el organismo procesa con demasiada intensidad aquello que absorbe en el proceso digestivo. Lo procesa en exceso, no lo retiene lo suficiente antes de que atraviese la puerta por la que penetra en la cabeza. La consecuencia de ello es, naturalmente, que, al verterse, por así decirlo, demasiado en la cabeza, el organismo humano en cuestión acaba comiendo también en exceso. Estas cosas también se pueden observar con toda claridad en su desarrollo. Porque eso es precisamente lo importante: que, para llegar a alguna conclusión en el ámbito del que estamos hablando ahora, hay que hacerse una idea de cómo se desarrollan esos procesos. ¿Qué ocurre entonces cuando estos procesos, —que, en realidad, en sus puntos de partida son procesos totalmente normales, como comer, digerir, procesar en el abdomen, expulsar hacia la cabeza, etcétera—, continúan, cuando se desbordan más allá del objetivo que les asigna normalmente la organización? Entonces, precisamente en el ser humano desnutrido, debido a la irregularidad que se produce ahí abajo, se genera una interacción anómala entre estos dos tipos de éter; o también en el ser humano sobrealimentado, debido a las irregularidades de arriba; los tipos de éter no interactúan como deben hacerlo en el organismo humano. Y al interactuar de forma errónea el éter que actúa desde el exterior con el éter que asciende desde el interior, se produce lo siguiente:

Cualquier éter que actúe desde el exterior y no se detenga en el lugar adecuado, sino que penetre en el ser humano con mayor intensidad de la que debería, es un veneno para el organismo humano, tiene un efecto tóxico, de modo que se puede decir que, si no se detiene en el lugar adecuado, el éter es un veneno para el organismo humano. Debe unirse de la manera adecuada con el éter que asciende desde el interior.

Y a su vez, si se considera el éter interior, ese otro tipo de éter que actúa desde dentro, la acción de este éter, que va más allá de lo normal, tiene en general un efecto ablandador sobre el ser humano; mientras que, por el contrario, el efecto tóxico consiste en que el ser humano se solidifica, por así decirlo, de forma etérica, y se desintegra debido a ese otro efecto. Se derrama sobre él demasiada vida y demasiada polaridad química. Entonces no puede resistir. Se ablanda. Se trata también de dos efectos polares: el efecto tóxico y el efecto de ablandamiento. Cuando se observa al ser humano de este modo, uno se pregunta: ¿qué es, en realidad, este ser humano? —En la medida en que es un ser humano físico, es un ser orgánico que distingue correctamente los dos tipos de éter y, a su vez, permite que interactúen de la manera adecuada. Toda el organismo humano está, en realidad, predispuesto para permitir que los dos tipos de éter interactúen en su interior de la manera adecuada.

Ahora nos acercamos más a lo que dije: el ser humano está completamente organizado. Es evidente que también está diferenciado internamente en lo que respecta al agua, al aire y al calor, es decir, que está organizado. Pero también está diferenciado en lo que respecta al éter. Solo que esta diferenciación es fluctuante. Se trata de un proceso continuo, una interacción constante en su interior entre el éter lumínico y el térmico, por un lado, —que empuja de arriba hacia abajo y de forma periférica—, y el éter vital y el éter químico, por otro, —que empujan de abajo hacia arriba, en cierto modo de forma centrífuga y hacia el exterior—. Y de ahí surge entonces esta estructura etérica que es el ser humano, que en realidad es una transformación del vórtice, el cual se forma precisamente por el choque de los dos tipos de éter. La figura que se presenta ante ustedes debe entenderse precisamente a través de la interacción de los dos tipos de éter. Es de cierta importancia formarse una idea de lo que es una persona enferma y lo que es una persona sana precisamente a partir de los procesos menos evidentes, como son la desnutrición y la sobrealimentación. Pero la sobrealimentación orgánica, —uno aún no está sobrealimentado por el mero hecho de atiborrarse; si además se ha adquirido una digestión excesivamente buena, se necesita mucho menos para llegar a la sobrealimentación que si se ha alterado el proceso digestivo y los alimentos no se procesan adecuadamente—. Por lo tanto, hay que intentar partir de lo que se nos presenta al observar estos procesos iniciales, que aún forman parte de lo normal en el ser humano. También hay que decir lo siguiente: si no pudiéramos enfermarnos, no podríamos ser humanos en absoluto, pues la enfermedad no es más que la prolongación, más allá de su medida, de procesos que necesitamos, que debemos tener sin falta. La salud es, en realidad, aquel estado del ser humano en el que los procesos que provocan la enfermedad y los procesos curativos se encuentran en un equilibrio adecuado. Y es que el ser humano no solo corre peligro cuando se manifiestan los procesos patógenos, sino también cuando los procesos curativos van más allá de sus objetivos. En ese caso, el ser humano también se ve amenazado. Por eso es importante no actuar con demasiada intensidad al iniciar el proceso curativo; de lo contrario, se sobrepasa el otro objetivo, se expulsa la enfermedad y, cuando esta llega a su punto cero, da un salto en la otra dirección.

Esto resulta especialmente evidente cuando uno ve que en las antiguas concepciones humanas aún existían concepciones terapéuticas instintivas. Creo que cualquiera que se haya ocupado del tema admitirá que en las culturas antiguas existían, surgidas de los instintos humanos, maravillosas concepciones terapéuticas que, aunque no podían ser comprendidas por la conciencia, estaban sin duda presentes y que, incluso cuando se nos presentan en su estado de decadencia, —como ocurre con los pueblos primitivos actuales—, en el fondo siguen siendo impresionantes. Hace no mucho tiempo, el indagar de forma un tanto diletante en este asunto por parte de señores que, en otros ámbitos, en su especialidad, eran extraordinariamente eruditos, causó cierto revuelo. Verán, cuando estalló la controversia entre los eruditos de Jena y los de Berlín sobre el Pithecanthropus erectus, como es sabido, Virchow le objetó a Haeckel que el Pithecanthropus, descubierto por Dubois, presentaba claras señales de cicatrización ósea, que el médico moderno puede interpretar como que se había inducido artificialmente un proceso de curación. Era una de las principales objeciones de Virchow, y por eso concluyó que este Pithecanthropus erectus había sido curado por un médico, es decir, que ya en aquella época debía de haber médicos, como Virchow en la universidad, ¿no es así?, que iniciaron el tratamiento externo, y que el Pithecanthropus no debía de ser un eslabón intermedio, porque el ser humano aún no existía; simplemente debía de ser un ser humano. También podría ser que un médico de verdad hubiera podido curar a un simio, pero eso no se aceptó. La otra parte, que en el fondo también ha hurgado en el asunto de forma igual de diletante, porque solo expresaba una sensación general, decía: «Bueno, en los animales también se producen curaciones naturales, sin que intervenga el ser humano, que se parecen a la curación que se produjo en el Pithecanthropus».

Bueno, solo quiero señalar lo confusos que son hoy en día los conceptos. Sobre este asunto se escribió y publicó mucho a principios de la década de los noventa del siglo XIX, de modo que, a partir de una controversia académica como esta, se puede ver cómo pueden darse este tipo de cosas hoy en día.

Así pues, ya en las concepciones instintivas de una humanidad más primitiva encontramos sin duda aquello que también se podría denominar una terapia instintiva. Y esta terapia instintiva ha dado lugar a una frase muy significativa: «No se debe revelar el arte de curar a cualquier persona poco fiable, porque al hacerlo se le estaría revelando al mismo tiempo el arte de causar enfermedades». Se trata de una máxima de la medicina ancestral, que se ha respetado con gran rigor moral, y una de las que explican por qué en los centros de enseñanza se ha mantenido cierto secretismo al respecto.

Se trata, pues, de que en los procesos patológicos no hacemos más que continuar lo que, en una persona sana, es absolutamente imprescindible. Si no pudiéramos enfermar, no podríamos pensar ni sentir. Todo aquello que, en última instancia, se manifiesta psíquicamente en el pensar y el sentir es, desde el punto de vista orgánico, un sistema de fuerzas que, cuando se excede de su medida, resulta patógeno. Y lo otro es que un proceso propiamente físico solo tiene lugar en una parte de la cabeza humana. Este proceso físico, que tiene lugar en la cabeza humana, es un fenómeno acompañante necesario de la experiencia del «yo» humano. Si este proceso se ve alterado, es decir, si un proceso vital se impone sobre este proceso físico puro en el ser humano, entonces el «yo» queda, en cierta medida, paralizado también en la conciencia. Y todo desequilibrio del ser humano, todo caso en el que las personas se vuelven débiles mentales o similares, se basa en parte en ello y debe entenderse a partir de lo que ha tenido lugar en el ser humano como procesos puramente físicos. Por supuesto, también pueden existir otras causas orgánicas.

Así pues, aquello que se inicia en la cabeza del ser humano y se irradia desde allí a todo el organismo es el proceso puramente físico que, en el momento en que se produce la muerte, se derrama por todo el organismo. Ese momento está siempre presente en la cabeza humana, o al menos parte de ella de forma centralizada. Solo queda paralizado por el proceso de vitalización procedente del resto del organismo. De hecho, el ser humano lleva continuamente en su interior las fuerzas que también le llevan a la muerte, y no sería un «yo» si no llevara en sí las fuerzas de la muerte. El ser humano solo podría desear ser inmortal, como ser humano que camina físicamente por la Tierra, como ser humano físico, si renunciara a tener una conciencia del «yo». Quiero señalar que es necesario adquirir ciertas habilidades de observación íntima para la verificación externa de este asunto, pero que, no obstante, resultará muy fructífero que se escriban numerosas tesis sobre el efecto que tienen las curas de rejuvenecimiento —que, por tanto, actúan en sentido contrario—, en el estado mental y anímico de una persona; sin que, por supuesto, se quiera decir nada en contra de tales curas de rejuvenecimiento, pues el ser humano puede seguir considerándolas satisfactorias para su anhelo si consigue retrasar su vejez unos cuantos años, aunque ello se produzca a costa de intercambiar un poco de cordura por ello. Pero estas cuestiones, que de hecho existen y que se pasan por alto al igual que, por ejemplo, la mayor cantidad de nitrógeno que se exhala en comparación con la que se inhala, deben tenerse muy en cuenta por quien quiera abordar adecuadamente los procesos de enfermedad y curación. Porque, en la medida en que se profundiza en estas sutilezas de la organización humana, es cuando uno se acerca al conocimiento de aquellos procesos que se manifiestan como procesos patológicos, los cuales no son más que una transformación de estos procesos más sutiles en otros más burdos. Lo que he dicho no es más que una transformación en procesos más burdos de estos procesos más sutiles. Pero hay que decir que a aquello que actúa en el ser humano como proceso físico, a lo que lo impregna como proceso físico, se le opone, mientras sea posible, el «yo», que, sin embargo, está ligado a esa oposición, a ese efecto reactivo. Se le opone resistencia mientras este proceso físico no se vuelva demasiado intenso. Este proceso físico es lo que la muerte siempre conlleva en el organismo humano, lo que, en última instancia, constituye la muerte. En efecto, cuando el proceso físico se hipertrofia, por así decirlo, de tal manera que el yo ya no puede controlarlo, entonces el yo debe separarse del cuerpo físico, lo cual, naturalmente, también puede producirse cuando surge un efecto físico excesivo en cualquier parte del cuerpo y arrastra consigo a las demás partes de edades anteriores, de modo que se puede decir: Lo que constituye el yo humano está íntimamente relacionado con lo que es la muerte:

YO - MUERTE

Y la mejor forma de llegar al estudio más acertado del yo es estudiar la muerte, pero no de esa manera tan vaga y general con la que se suele imaginar la muerte, lo cual, de hecho, permite pensar en cosas muy diversas. ¿No es cierto que, tal y como la gente se imagina hoy en día la muerte, también puede imaginarse la destrucción de una máquina, ya que, al hablar de la muerte, solo se imaginan que algo deja de existir? No se imaginan el proceso real. Por eso, la gente también se imagina la destrucción de una máquina cuando piensa en la muerte. Pero eso no significa nada, imaginarse las cosas así; hay que llegar a los hechos concretos. El cese de la vida no es la muerte; para el ser humano, la muerte es lo que acabo de exponer aquí, y para el animal, la muerte es algo completamente distinto. Aquellas personas que consideran la muerte en el ser humano y en el animal como algo totalmente equivalente son las mismas que, al encontrar una navaja de afeitar, —y como «cuchillo es cuchillo»—, empiezan a cortarse la carne con la navaja de afeitar, porque «cuchillo es cuchillo». Para los demás, la muerte es la muerte. La muerte es, precisamente, algo muy distinto en el ser humano que en el animal, como acabo de demostrar. En el caso de los animales, en los que no se trata en absoluto de un «yo», sino únicamente de un cuerpo astral, la muerte es algo completamente diferente; allí, la muerte se basa en un efecto del cuerpo astral, que es de naturaleza totalmente distinta.

Aquello en lo que las fuerzas mortíferas se ven debilitadas, paralizadas, por así decirlo, en el organismo normal, eso es la enfermedad. Del mismo modo que la muerte está unida al «yo», la enfermedad está unida al cuerpo astral del ser humano:

CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD

En realidad, en el cuerpo astral se encuentra lo que tiene que ver con los procesos de la enfermedad. Y lo que el cuerpo astral provoca se refleja, a su vez, en el cuerpo etérico. Por eso, la enfermedad aparece entonces en su huella real en el cuerpo etérico. Pero el cuerpo etérico no es lo que tiene que ver directamente con la enfermedad.

Hace un momento les he descrito la imagen de esta interrelación irregular, de esta interacción entre los dos tipos de éter. Pero lo que allí ocurre de forma irregular no es más que, a su vez, una acción del cuerpo astral que se plasma en el cuerpo etérico. Si lo observamos más de cerca, entramos precisamente en el cuerpo astral. Vamos a profundizar aún más en esto. Pero entonces tenemos aquello que contrarresta a la enfermedad desde el punto de vista polar, y eso es la salud:

CUERPO ETÉRICO  -  SALUD

En cuanto a la salud, preferimos no definirla por el momento, pero ya a partir de la analogía pueden ver aquí lo que también resulta cada vez más claro para la investigación espiritual: que la salud está tan ligada al cuerpo etérico como la enfermedad al cuerpo astral, y como la muerte al yo, de modo que curar, recuperar la salud significa: tener la posibilidad de generar en el cuerpo etérico las reacciones contrarias a los efectos patógenos que emanan del cuerpo astral. Hay que actuar desde el cuerpo etérico para paralizar las fuerzas del cuerpo astral, que son precisamente los procesos que provocan la enfermedad.

Luego hay una cuarta. Es aquella que, en cierto modo, es diametralmente opuesta a la muerte. Ahora bien, debo decir en primer lugar que, desde un punto de vista concreto, la muerte del ser humano se produce cuando toda su organización interna ha pasado al plano físico de tal manera que ya no puede iniciarse ningún proceso de nutrición, ningún proceso de nutrición profundo. Esa es la muerte por vejez. La muerte por vejez es, en realidad, la incapacidad de asimilar las sustancias en el organismo. En el fondo, este fenómeno, —que apenas se puede observar porque, por lo general, el ser humano muere antes debido a otras causas, antes de que el marasmo propiamente dicho alcance su pleno apogeo o, mejor dicho, su falta de apogeo—, aún no se ha observado del todo. Pero se trata, de hecho, de un fallo de la nutrición. El cuerpo ya no puede llevar a cabo plenamente la nutrición; se ha vuelto demasiado físico para ello, de modo que el polo opuesto de la muerte es la nutrición, y en el ser humano la nutrición está precisamente asignada al cuerpo físico:

CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Las cosas, a su vez, tienen un efecto inverso. La alimentación, que tiene lugar en el cuerpo físico, repercute en el cuerpo etérico y, por lo tanto, también tiene que ver con el efecto curativo. Y esto es, a su vez, algo que reacciona y repercute en aquello que emana del cuerpo astral.

Si, en cierto sentido, se observa en la vida cotidiana lo que acabo de exponer, también se puede verificar desde el otro lado. Si se toma lo que se conoce desde hace tiempo en nuestra ciencia espiritual, habrá que trazar aquí una línea:

YO - MUERTE
   CUERPO ASTRAL  -  ENFERMEDAD
CUERPO ETÉRICO  -  SALUD
     CUERPO FÍSICO  -  NUTRICIÓN

Porque, en parte, —al menos en lo que respecta a la organización mental y respiratoria—, el «yo» y el cuerpo astral se separan por completo del cuerpo físico y del cuerpo etérico cuando duerme; no ocurre lo mismo con el ser metabólico y el ser circulatorio, que permanecen en el interior. No es del todo exacto decir que el «yo» y el cuerpo astral «salen». En realidad, es correcto expresarlo así, —y, de hecho, ya lo he insinuado muchas veces anteriormente, hace ya muchos años—: se dice que, durante el período dormido, en lo que respecta a la organización de la cabeza, el «yo» y el cuerpo astral salen de los cuerpos físico y etérico, pero en el organismo metabólico y circulatorio, por el contrario, los impregnan mucho más. Se trata, de hecho, de una redistribución. Es el fenómeno paralelo a lo que ocurre cuando en la Tierra se alternan el día y la noche. En ese caso tampoco es que en toda la Tierra sea de día ni en toda la Tierra sea de noche, sino que el día y la noche se reordenan según las circunstancias. Exactamente lo mismo ocurre con la réplica realmente precisa del día y la noche en el dormir y despertar del ser humano. Durante la vigilia, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo de la cabeza y la respiración están íntimamente unidos al yo y al cuerpo astral; y durante el período en que está dormido, el cuerpo físico y el cuerpo etérico del organismo metabólico y circulatorio están unidos al yo y al cuerpo astral de una manera mucho más íntima que durante la vigilia. Se trata de una reorganización, un proceso verdaderamente rítmico que tiene lugar con el dormir y el estar despierto.

Ahora bien, se puede decir que, al dormir, lo que ocurre, —al menos en lo que respecta a la organización superior del ser humano—, es que el cuerpo astral junto con el «yo» salen del cuerpo. Ahora bien, puede ocurrir que se observe que, en una persona, en lo que respecta a la organización craneal o, muy fácilmente, también a la organización respiratoria, el cuerpo astral y el «yo» se apoderen con demasiada fuerza de la organización craneal y de la respiratoria. Si se apoderan de ellas con demasiada fuerza, si las atacan con demasiada intensidad, entonces el cuerpo astral actúa precisamente a partir de sus fuerzas patógenas. Y entonces uno puede verse en la situación de tener que trabajar con la persona de tal manera que ese cuerpo astral sea a su vez expulsado de la organización de la cabeza y de la organización respiratoria, de modo que se separen entre sí de cierta manera, para que se restablezca la relación normal. Y que esto puede suceder se observa con la administración de cantidades muy pequeñas de fósforo y también de azufre. Las pequeñas cantidades de fósforo y azufre tienen, en realidad, el efecto de expulsar el cuerpo astral que se ha anidado con demasiada fuerza en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico; el azufre actúa más sobre el cuerpo astral, mientras que el fósforo actúa más sobre el «yo», que, sin embargo, al organizar por completo el cuerpo astral, actúa en realidad en unidad con él. Así se puede ver directamente cómo es el ser humano cuando se presenta con un estado patológico que, además, se caracteriza por el síntoma de que la persona se ve impulsada con demasiada fuerza hacia el sueño. Así pues, si simplemente se padece un complejo patológico que, entre otros síntomas, presenta también este: que la persona se ve abocada a estados de semisueño, entonces se da la necesidad de trabajar, tal y como he dicho, con fósforo y azufre.

Si se presenta el otro estado, que tiene su origen en el organismo metabólico y circulatorio y que consiste en que el cuerpo astral, junto con el yo, no interviene lo suficiente en el cuerpo físico, de modo que hay que decirles: «Por favor, adentraos más, señores, debéis ser más activos, más participativos en el ser humano»; entonces se trata de que no se necesiten efectos de arsénico demasiado diluidos. En ese caso se actúa precisamente para atraer al cuerpo astral hacia el organismo físico.

Y ahora les voy a explicar esto de una manera que se deriva precisamente de la visión concreta del ser humano. Así pues, si el cuerpo astral se vuelve demasiado activo interiormente, de modo que actúa con demasiada fuerza sobre el cuerpo físico, se interviene con azufre y fósforo; si, por el contrario, actúa demasiado poco, es decir, si se vuelve demasiado inerte, de modo que el cuerpo etérico predomina, —predomina porque no tiene suficiente resistencia frente a lo que actúa desde abajo—, entonces se puede intervenir con arsénico.

Ahora bien, en la acción del fósforo y el azufre se dan, por así decirlo, dos polos opuestos, y en la del arsénico. Así pues, uno puede llegar a encontrarse en la situación de tener que decirse: Sí, no basta con regular simplemente desde uno u otro polo, pues una irregularidad en una parte del ser humano tiene inmediatamente un efecto contrario y se prolonga en una irregularidad opuesta en la otra parte; la irregularidad en el ser humano superior se manifiesta también muy pronto en una irregularidad en el ser humano inferior. Y esta resonancia entre ambas irregularidades es algo que, —perdóneme, no es ahora una expresión de la vida, sino una expresión de lo que, me gustaría decir, es una visión clínica—, es una de las cosas más fascinantes: esta resonancia irregular, en la que ambas actividades no llegan a converger y una fuerza demasiado débil en la parte superior provoca una demasiado fuerte en la inferior, o una demasiado fuerte en la inferior provoca una demasiado débil en la superior. Las cosas no solo son polarmente opuestas en cuanto a ubicación y dirección, sino también, naturalmente, en cuanto a intensidad. Lo más complejo del ser humano es precisamente esta interacción. Y, cuando se comprende a fondo, esto lleva a reconocer la necesidad de restablecer el equilibrio, de recurrir, en cierto modo, a las fuerzas que posee el ser humano para crear un equilibrio entre ambas. Y a ello se llega mediante la acción del antimonio. Los efectos del antimonio, que en realidad hoy en día, creo yo, son más o menos ignorados por la medicina externa convencional, pero que, —como se sabía en épocas pasadas—, actúan de una forma que hoy en día ya no resulta del todo comprensible para el ser humano, se basan esencialmente en que trasladan sus efectos de manera muy intensa al interior del ser humano y crean una especie de punto de equilibrio. De hecho, resulta extraordinariamente interesante observar el comportamiento opuesto del fósforo, el arsénico y el antimonio en relación con lo que estos provocan en el ser humano. También aquello que en el mundo exterior alcanza una cierta quietud en la materia, manifiesta su verdadera naturaleza cuando se activa en el ser humano. Porque es ahí donde realmente se ve por primera vez lo que aún vive, mientras que desde fuera solo se ve aquello que, por así decirlo, se ha acumulado a partir del proceso de formación. Cuando se ve externamente el arsénico, en realidad se ve el final de un proceso en el mundo exterior, del que se ve el comienzo en el interior del ser humano, de modo que, en realidad, nunca se reconoce como materia algo que se observa en el mundo exterior si no se sabe al mismo tiempo qué efecto tiene en el interior del organismo humano. - Y es que existe una «química», pero también existe una «antiquímica». Y por «química» se entiende únicamente aquello que supone observar un ser que tiene un «delante» y un «detrás» solo desde un lado, desde atrás. Hay que observar también desde delante a un ser que tiene un «detrás»; solo entonces, al unir estos dos aspectos, se obtiene una impresión del ser en su totalidad. Si primero se ha observado desde atrás aquello que vive en una sustancia, al haber visto la sustancia, entonces también hay que observarlo desde delante, para ver cómo actúa en el organismo humano. No solo hay que practicar la química, sino también la «antroquímica». Y solo de la interacción entre la química y la «antroquímica» surge el conocimiento de aquello que realmente subyace. Bueno, mañana seguiremos hablando de esto.

Traducido por J.Luelmo