CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 29

GA313 Dornach, 18 de abril de 1921 Sobre la terapia con metales - Efecto radiante de los metales. Plomo, magnesio, estaño, hierro, cobre, oro, mercurio, plata

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ASPECTOS DE LA TERAPIA (desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)

Rudolf Steiner

Sobre la terapia con metales - 

Efecto radiante de los metales. Plomo, magnesio, estaño, hierro, cobre, oro, mercurio, plata


Dornach, 18 de abril de 1921

Hoy será una mezcla variada de temas, a lo que me gustaría añadir algunas consideraciones más, teniendo en cuenta lo que ya se ha dicho sobre nuestros remedios. Para empezar, me gustaría partir de la base de que, de manera similar a como lo intentamos ayer con respecto al mundo vegetal, se pueden interpretar los procesos que actúan sobre el ser humano en relación con lo mineral. Las perspectivas que hay que formarse se complican por el hecho de que, en cuanto se pasa al mundo mineral, no se trata, —como ocurre con las plantas y el ser humano— de entidades cerradas y, en cierto modo, opuestas entre sí, sino de algo en lo que una cosa se funde más directamente con la otra, por lo que las distinciones resultan difíciles. Ahora bien, en la elaboración de los remedios, —y esto es algo que deberán tener muy en cuenta, especialmente en el caso de nuestros remedios—, no se trata simplemente de utilizar cualquier sustancia, sino de introducir, por así decirlo, el proceso en el que la sustancia está viva en su interior en otro proceso, de modo que, cuando conozcan el efecto de algún remedio, a menudo se trata de contener ese efecto, que, en cierto modo, se provoca en un lado, en el otro. Por ejemplo, en el caso del remedio que elaboramos a partir de plomo y de una determinada preparación con miel, —como podrán comprobar en la descripción detallada—, se observa cómo el efecto del plomo, por un lado, debe ser controlado de cierta manera por el efecto de la miel. Lo que ocurre es que, en esencia, el efecto del plomo influye de manera tremendamente intensa en todos aquellos procesos formativos del ser humano que parten del yo.

Verán, hemos tenido que decir que en la formación de la cabeza del ser humano, —o, mejor dicho, partiendo de la formación de la cabeza en el ser humano—, existe una acción física, pero también una imagen etérica, una imagen astral y una imagen del «yo». El «yo» se refleja esencialmente en el sistema de movimiento, como hemos dicho. Pues bien, sobre esta imagen del «yo» y en relación con la imagen astral actúa de manera muy especial lo que se conoce como «efecto del plomo». En el caso del efecto del plomo, nos encontramos esencialmente ante una fuerza de la naturaleza extraordinariamente oculta, y para la observación oculta, la experiencia de los efectos del plomo reviste una importancia extraordinariamente profunda. Y es que los efectos del plomo son extraordinariamente importantes para el ser humano antes incluso de que este se disponga a descender a la vida física. Es ahí donde los efectos del plomo cobran especial relevancia. El plomo no solo tiene los efectos que conocemos, sino que, en esencia, también tiene efectos polarmente opuestos. Y estos efectos polarmente opuestos, que en cierto modo irradian desde el cosmos, mientras que los efectos que conocemos irradian desde la Tierra hacia el cosmos, de modo que se podrían representar esquemáticamente así:
Si esa es la superficie terrestre, los efectos del plomo que conocemos se propagan desde la Tierra hacia el exterior (lámina 1, flechas);

lámina 1
Aquellos efectos que son polarmente opuestos, los que fluyen desde todos los lados, no tienen un centro desde el que irradien, no son fuerzas centrípetas, sino fuerzas que actúan desde la periferia (rojo). Estas fuerzas periféricas están especialmente relacionadas con la formación de lo espiritual-anímico en el ser humano, y su ámbito debe quedar, en realidad, abandonado, —abandonado en lo esencial—, cuando el ser humano se dispone a descender a la esfera terrenal. Por eso, en la esfera terrenal, el plomo es llamado a sus fuerzas opuestas, que son entonces las fuerzas envenenadoras. Y este es, en general, un misterio universal al que no se puede prestar suficiente atención: todo aquello que está espacialmente relacionado con lo anímico-espiritual del ser humano, —de lo que, por tanto, se puede hablar en relación con el espacio—, es veneno en el organismo humano, de modo que el significado del concepto de «veneno» debe extraerse, en realidad, de ahí. Por lo tanto, nos encontramos ante un fuerte estímulo, una excitación, incluso una agitación de estas fuerzas que reflejan el «yo» en la naturaleza humana. Y todo lo que se produce en los casos de intoxicación por plomo tiende, en realidad, a destruir por completo la estructura del ser humano, en la medida en que este es un «yo», a deshumanizarlo. Lo que ocurre es que, de hecho, todos los síntomas posibles, —que, en definitiva, conducen a que físicamente se desvanezca uno poco a poco, (por supuesto, la muerte se produce antes), desde la pérdida de la voz y demás, hasta los desmayos, el entumecimiento y demás—, atestiguan que las fuerzas formativas innatas del ser humano están siendo destruidas por completo. Ahora bien, por otra parte, —como ven, lo que se destruye partiendo del ser humano superior es precisamente lo que constituye la formación humana—, este ser humano superior es polarmente opuesto al ser humano inferior. Aquella sustancia que en el ser humano superior actúa de forma destructiva en grandes cantidades, actúa de forma constructiva en pequeñas cantidades, en diluciones, partiendo del ser humano inferior.

En este punto, me gustaría intervenir para decir que creo que la interminable controversia entre la homeopatía y la alopatía solo se resolverá cuando se pueda abordar la estructura del ser humano tal y como la presenta la ciencia espiritual. Porque, si bien, por un lado, el principio de la homeopatía no debe ponerse en duda, —o al menos no debería—, a la luz de la abundante experiencia acumulada, por otro lado está el hecho de que, entre las personas que ahora están acostumbradas a no guiarse únicamente por la experiencia, —los homeópatas son siempre mucho más fenomenalistas que los alópatas, que siempre mezclan en su razonamiento terapéutico todo tipo de prejuicios—, precisamente cuando uno se sitúa en ese bando, en el que se quiere mezclar todo tipo de consideraciones y prejuicios sobre el organismo humano, no resulta fácil comprender la formulación de que aquello que, en grandes cantidades, tiene un efecto patógeno, en pequeñas cantidades tiene un efecto curativo. Porque los hechos no quedan plenamente reflejados en esta formulación. Los hechos quedan reflejados cuando se dice: aquello que, en grandes cantidades, tiene un efecto patógeno en el «hombre inferior», tiene un efecto curativo en pequeñas cantidades cuando se hace actuar desde el «hombre superior», y viceversa. Así pues, esta reformulación de la regla homeopática es lo único que podrá ser adecuado para zanjar la controversia.

Si ahora, tras esta digresión, vuelvo a un remedio de este tipo, en el que se busca lograr algo mediante un determinado proceso de transformación del plomo y la miel, podrán ver cómo, partiendo de la base y mediante una fuerte dilución a través del plomo, se contrarresta la fuerza destructiva que actúa contra la forma humana. Esto reside, pues, en el efecto del plomo. Pero ahora se intenta fortalecer esta fuerza del ser humano que da forma al «yo». Verán, entonces se traslada la actividad del «yo» al organismo físico y, de este modo, aunque por un lado se consiga que la persona recupere la salud física, por otro lado se la debilita anímicamente en todo aquello que, a su vez, debe actuar desde abajo hacia arriba, y que también debe actuar a nivel orgánico. Y este debilitamiento puede llegar tan lejos que, al llevar al ser humano, por así decirlo, de vuelta a la formación humana, —cuando, precisamente a través de ciertos procesos patológicos que nos desafían a ello debido a la falta de procesos formativos, se aplica el efecto del plomo—, pueda resultar muy fácil, al llevar al ser humano a desarrollar de nuevo sus procesos formativos, que se socaven sus fuerzas que emanan del yo y del cuerpo astral, en concreto las fuerzas que emanan del yo. Se podría decir que se cura aquello que el ser humano ha adquirido, —o, mejor dicho, ha adquirido de forma deficiente— al entrar en la vida, pero se le debilita en lo que respecta a aquello que debería trabajar de forma orgánica por sí mismo mientras se encuentra en la vida. Sin embargo, lo que se añade como «energía de la miel» contrarresta esto último, es decir, fortalece las fuerzas que irradia el yo. Como ven, por lo tanto, a la hora de elaborar un remedio de este tipo se trata, en esencia, de comprender lo que realmente le ocurre al ser humano.

Ahora bien, si se quiere comprender los efectos de lo mineral en el ser humano, es necesario fijarse en el efecto general de lo mineral en la Tierra. Para ello, es imprescindible familiarizarse primero con el significado que tienen las sales en la evolución de la Tierra. En la evolución de la Tierra, las sales representan, en realidad, aquello que la Tierra crea. Lo que la Tierra crea reside en la acción de las sales. Al desarrollar sales, la Tierra, en realidad, se construye a sí misma. Y cuando pasamos de las sales a los ácidos, es decir, cuando nos fijamos, por ejemplo, en lo que hay de ácido en el ámbito terrestre, en el ámbito acuoso y líquido de la Tierra, encontramos aquello que, en el ámbito terrestre, pero que, por su polaridad opuesta, se corresponde con lo que se produce en el ser humano en el proceso digestivo interno, es decir, en el proceso digestivo más allá del estómago.

Si observamos entonces todos estos procesos en la formación de la Tierra, en la medida en que representan una relación entre ácidos y sales, —es decir, lo que hoy observamos externamente en la química, al ver cómo se desarrolla el proceso, partiendo de las bases, pasando por los ácidos, hasta llegar a las sales—, si nos fijamos en ello, tenemos en esta secuencia, si lo expresamos así: bases, ácidos, sales, el proceso concebido de tal manera que coincide con el proceso de formación de la Tierra. Y este proceso es, en esencia, un proceso eléctrico negativo. Es decir, más concretamente, si se expresa la dimensión espacial externa de este proceso, lo que se traslada de lo espiritual a lo físico, este proceso que se traslada de lo espiritual a lo físico, entonces debe representarse esquemáticamente de tal manera que habría que decir: Partiendo de las bases, pasando por los ácidos hasta llegar a las sales, se produce en realidad un efecto que, en el fondo, solo se insinúa en cuanto a su dirección (véase el dibujo de la lámina 2, flecha roja), pero que, expresado esquemáticamente, es en realidad un proceso de sedimentación. Y si ahora expresamos el proceso de tal manera que seguimos el orden: sales, ácidos, bases; es decir, si expresamos este proceso en sentido inverso, entonces tendríamos que eliminar siempre esta línea de deposición. Actuarían como una fuerza de compresión, y surgirían los rayos opuestos, que irían irradiando hacia fuera (lámina 2, dibujo de la derecha, flechas).

lámina 2
Y entonces nos encontramos ante un proceso eléctrico positivo. Y creo que, si observan lo que aquí se ha dibujado como un esquema real, difícilmente podrán tener ya ninguna duda de que este esquema lo ha dibujado la propia naturaleza. Fíjense en los ánodos y los cátodos: es simplemente la imagen que la propia naturaleza ha dibujado.

Cuando llegamos al proceso propiamente dicho de los metales, es decir, cuando nos acercamos a los metales en sí, encontramos en ellos aquello por lo que la Tierra, en mayor medida, —si se me permite utilizar ahora una expresión que hace tiempo que ya no se emplea en la lengua alemana, pero que se corresponde con una realidad—, se des-convierte, se des-convierte. Y los metales no tienden, por ejemplo, a conservarse o consolidarse cada vez más en el ámbito de la Tierra, sino que tienden a fragmentarse, a separarse. Así pues, son en realidad lo que representa el «des-ser» de la Tierra, y por eso desarrollan también un efecto radiante oculto a la observación externa. Tienen ese efecto radiante en todas partes. Observar esto reviste ahora una importancia muy especial allí donde se entra en lo metálico para interpretar la naturaleza, en la medida en que esta proporciona remedios.

Ahora bien, resulta especialmente interesante analizar los distintos metales desde este punto de vista, y de este análisis se derivan precisamente aquellos aspectos que figuran en esta tabla como válidos para nuestros remedios minerales. La cuestión es que hay que decir lo siguiente: habría que tomar en cuenta todo lo que se deriva de una interpretación correcta de la observación para llegar a estas conclusiones, y estas serán fiables, porque solo se llega, en un primer momento, a aquello que se basa en una interpretación exhaustiva de la observación. Ahora bien, aquí también podemos recurrir a la interpretación. Porque, en realidad, no se trata de que les repita esta tabla de ninguna manera; lo que aún haya que completar en ella podrá hacerse, en su momento —pues es algo que, al fin y al cabo, debe hacerse—, en una exposición escrita del tema. No se trata tanto de repetir esta tabla, sino de orientar su pensamiento en la dirección que da lugar precisamente a algo como esta tabla.

Si ahora consideramos los metales —o mejor dicho, la «meta-realidad»— desde este punto de vista, si consideramos la «meta-realidad» desde este punto de vista, nos encontramos de nuevo con aquello que acabo de caracterizarles como radiación, presente en las formas más diversas. Podemos encontrarla en la forma emanante de lo que irradia, de lo que destruye lo terrenal y lo proyecta hacia el espacio cósmico. Esto se manifiesta de manera muy especial en el efecto del plomo. Se podría decir que, a través del efecto del plomo, se implantan en el ser humano, como organismo, aquellas fuerzas que simplemente quieren dispersarlo hacia el mundo. Es precisamente esto lo que ocurre en el interior, a través del efecto del plomo: esa voluntad de dispersarse hacia el mundo, de modo que, sin duda, lo mejor es considerar este efecto del plomo como una radiación. Y esos efectos radiantes se manifiestan de otra manera en otros metales, por ejemplo, en el magnesio. Esto se aprecia muy claramente, y en ello se basa precisamente lo que el magnesio hace en los dientes. Ahora bien, debe llegar hasta el efecto metálico a través del organismo humano. Y así ocurre. Se trata, entonces, de que la radiación también pueda metamorfosearse de nuevo. Y cuando la radiación se metamorfosea en un primer momento, se convierte en lo que me gustaría llamar: el rayo es ya solo dirección, pero lo que ocurre en realidad es un balanceo alrededor de esa dirección, una oscilación.

Hay que observar estos efectos tanto en personas sanas como en personas enfermas. En las personas sanas están presentes estos efectos radiantes; diría que son como los residuos del ser prenatal, del ser preexistente, en las radiaciones de los órganos sensoriales. Siempre están ahí. Lo que irradia en los órganos sensoriales son, en el fondo, efectos residuales del plomo, para los que el plomo ya no está presente. Y, en toda actividad sensorial que atraviesa todo el organismo, se producen, en el fondo, estas radiaciones. La actividad nerviosa, es decir, la función de los nervios, se basa esencialmente en un debilitamiento de la actividad sensorial en esta dirección, es decir, en un rayo más débil.

De ello se desprende por qué, en mi libro «Von Seelen rätseln», afirmé que lo que en realidad es la actividad sensorial de los nervios resulta difícil de explicar, ya que habría sido necesario exponer previamente todo lo que ahora se ha planteado en este debate.

Pero cuando se da ese movimiento oscilante, ese vaivén, cuando, por así decirlo, la radiación solo se mantiene fija en cuanto a la dirección, entonces nos encontramos ante aquello que, como elemento funcional del organismo humano, subyace a toda respiración y, en general, a toda actividad rítmica. La actividad rítmica se basa en ese carácter pendular del movimiento, en un movimiento más consolidado en sí mismo en comparación con el movimiento radiante. Y un movimiento de este tipo lo presenta, en el ámbito de los metales o de la metalidad, esencialmente, por ejemplo, el estaño. Y en ello se basa entonces el efecto beneficioso del estaño en potenciación elevada, en una potenciación bastante elevada, sobre todo lo que concierne al sistema rítmico. Pero este movimiento oscilante y radiante puede modificarse aún más. Esta tercera modificación, que reviste ahora una importancia muy especial, mantiene tanto la dirección como la oscilación solo de manera latente, por así decirlo. Por el contrario, consiste en una formación y desformación continuas de esferas que, de algún modo, surgen y desaparecen en la dirección de la radiación.

En realidad, en estas fuerzas se basa aquello que actúa en el metabolismo del ser humano. Y, entre los metales, es el hierro el que desarrolla estas fuerzas de manera especialmente notable. Por eso, el hierro se opone en la sangre a la acción metabólica como tercera metamorfosis de la acción radiante. Cuando se trata de la primera metamorfosis, el efecto se dirige especialmente a todo aquello que afecta orgánicamente al «yo»; cuando se trata de la segunda metamorfosis, el efecto se dirige orgánicamente a todo aquello que tiene que ver con el cuerpo astral, y cuando se trata de la tercera metamorfosis, el efecto se dirige orgánicamente a todo aquello que se refiere al cuerpo etérico (véase lámina 3).

lámina 3
Pero sigamos adelante. Aquello que se desarrolla allí como una especie de radiación esférica continua —si se me permite llamarla así—, debe ser recibida continuamente, ya que, en cierto sentido, actúa desde el ser humano superior hacia el inferior. ¡Solo llega hasta lo etérico; solo llega hasta lo etérico! Ahora bien, también debe ser recibida por lo físico mediante una fuerza de acción polar, pues una formación esférica de este tipo requiere que, desde el exterior, haya algo que la envuelva. La esfera debe ser captada, envuelta (véase el dibujo de la lámina 4).
lámina 4
Ahora bien, puede darse el caso de que este elemento envolvente y el que forma la esfera se mantengan más o menos en equilibrio. En el ser humano normal, esto ocurre naturalmente porque todo aquello que actúa desde el ser humano superior hacia abajo se equilibra mediante la acción del ser humano inferior hacia el superior. Y este equilibrio tiene lugar especialmente en la congestión cardíaca. Pero cuando precisamente este equilibrio se ve alterado, el metal compensador es el Aurum. Este, a su vez, restablece el equilibrio entre lo que envuelve y lo que se encuentra en el centro. Se tratará, pues, de aplicar el Aurum cuando, en cierto sentido, la situación en el ser humano sea tal que se observen trastornos circulatorios y respiratorios para los que no exista en el ser humano ningún otro complemento que ponga de manifiesto lo que surge como consecuencias. Cuando las causas no se encuentren en otro organismo, se aplicará el Aurum. Sin embargo, si se observa que las causas provienen de otra parte que no es, por así decirlo, la frontera entre el ser humano inferior y el superior, entonces hay que decirse: es cierto que, frente a esos procesos materiales envolventes, el ser humano no ofrece una respuesta suficiente frente a los procesos más etéricos y espirituales que tienen lugar allí. Y si la actividad que allí se encuentra y que, en la digestión, se sitúa hacia el interior, más allá de las paredes intestinales —y hay que dejarlo muy claro: más allá de las paredes intestinales—, entonces ese proceso de envoltura, que hay que favorecer, se encuentra en el cobre. Esto nos lleva a la aplicación, al modo de aplicación del cobre, que, como sabrá, también se encuentra entre nuestros remedios, y que allí se indica para la desnutrición, la cual se manifiesta de manera muy particular en los trastornos circulatorios que la acompañan como consecuencia de la desnutrición. Si se trata de trastornos circulatorios que no pueden considerarse consecuencia de la desnutrición: Aurum; si se trata de trastornos circulatorios que deben considerarse consecuencia de la desnutrición, entonces se trata de Cuprum.

Ahora bien, es evidente que también deben existir procesos opuestos para los demás fenómenos de la radiación: procesos materiales que se contrapongan a los procesos etéricos y espirituales. El proceso que ahora debemos considerar como un proceso interno, el que provoca este vaivén, esta oscilación, cuando se vuelve anómalo, cuando se intensifica en exceso, se manifiesta esencialmente de tal manera que puede observarse en todo aquello que, en la digestión, en la transformación de lo ingerido por el intestino —y que, por tanto, se dirige hacia el exterior—, se encuentra en este lado. Así pues, también todo aquello que tiene lugar, por ejemplo, en la sexualidad, son radiaciones que emanan del ser humano y que discurren de esta manera (véase lámina 3); me gustaría decir que discurren a modo de varilla de mercurio. De ahí la varilla de mercurio. Esto influyó en la creación de los antiguos símbolos. A lo que allí actúa hay que oponerle —si no se quiere que degenere— aquellas fuerzas formativas materiales que lo mantienen a raya, que no permiten que degenere, y estas residen esencialmente en Mercurio, de modo que aquí nos referimos sin duda a un ámbito en el que es extraordinariamente importante combinar lo que dije en el curso anterior con aquello que ahora vamos conociendo al adentrarnos más en el interior. Si relacionan estas dos cosas entre sí, comprenderán entonces el proceso en su totalidad. Esto es algo que se adentra por completo en el plano astral, algo que surge a partir de esos movimientos oscilantes de los rayos y de la correspondiente reacción contraria. Se adentra por completo en el plano astral (véase el dibujo de la lámina 3).

Ahora bien, también podemos estar ante el proceso de radiación propiamente dicho, que, como es sabido, está presente de las formas más diversas en el organismo humano. Por un lado, lo encontramos en todo aquello que irradia hacia el exterior a través de la piel, lo cual también conlleva esta radiación direccional; pero también encontramos este proceso en todo aquello que tiene efecto diurético o depurativo en el ser humano. Del mismo modo que en la, si se me permite llamarla así, formación del gastrulo, en la que lo exterior se vuelve hacia el interior en el proceso embrionario, también tenemos que ver aquí, en esta radiación, con algo que actúa igualmente a través de la piel hacia el exterior y que, en cierto modo, también se invierte, de modo que en el proceso diurético, en el proceso de vaciamiento, adopta, por así decirlo, una dirección opuesta. Mientras que, por lo general, en lo polar se trata de aquello que se manifiesta en dirección opuesta, aquí nos encontramos por una vez ante algo que, en cierto modo, es opuesto y, sin embargo, también es similar. No se debe esquematizar nada del mundo. Porque, en cuanto se parte de teorías, siempre surgen errores. No hay forma de partir de una teoría y no caer en el error. Así pues, si alguien se dice a sí mismo que en el mundo actúa la polaridad —y a partir de ahí construye un esquema, una fórmula para la polaridad, y afirma que la polaridad debe actuar de tal o cual manera—, podrá abarcar una serie de hechos, pero ante otros fenómenos se saldrá de su esquema, y allí las cosas serán diferentes. ¡Si tan solo se pudiera ver más allá de esta terrible tiranía que supone, en realidad, la elaboración de teorías en la ciencia! Porque hay que tener la voluntad de elaborar teorías. Ya que, si no se pudieran elaborar teorías, no se podría abarcar en absoluto ningún ámbito de fenómenos. Pero también hay que tener la voluntad de abandonar siempre la teoría en el momento adecuado y adentrarse en aquello donde la teoría ya no es válida. Esto también hay que tenerlo en cuenta en las ciencias naturales. Si se quiere aplicar la teoría de la evolución en un sentido externo, hay que hacerlo ateniéndose a la teoría de la evolución externa, simplemente adaptándola en consecuencia, y así sucesivamente. Si se quiere comprender al ser humano desde dentro, hay que atenerse a lo que ofrece la antroposofía. Ni una teoría antroposófica ni una teoría antropológica pueden manejarse de otra manera que no sea abandonándolas en el punto adecuado y adentrándose en el otro ámbito. Solo que, naturalmente, en lo que aquí llamamos antroposofía, se entra en el ámbito espiritual y anímico y, desde allí, se vuelve de nuevo a las manifestaciones sensoriales y externas. Pueden observar este camino, tal y como yo lo he seguido de forma totalmente natural en mis primeros escritos, en mis segundos escritos y cómo ahora intento abarcar también lo demás. Los necios, como es lógico, solo encuentran allí contradicciones y, a partir de ahí, construyen sus estúpidos ataques. Y, ¿no es así?, las revistas alemanas, que las leen personas que no tienen criterio alguno, acaban interpretando una paliza estúpida, una paliza ridícula, ¿no es así?, como si fuera algo que se supone que es un debate serio sobre la antroposofía. No sé si saben que quien ha lanzado un ataque tan ridículo, realmente ridículo, en la revista «Tat» de Diederichs se llama Hauer. - Se trata ahora de fijarse en aquello que puede describirse como una radiación, tal y como acabo de hacer. Y a eso hay que contrarrestarlo a su vez. Se contrarresta recurriendo a todo aquello que, por ejemplo, en la plata actúa con una radiación opuesta, si bien hay que tener claro que la plata debe utilizarse en forma de ungüento cuando se quiere contrarrestar aquella radiación que se manifiesta de algún modo a través de la piel, y que debe inyectarse de alguna forma cuando se trata de la otra actividad, que sigue de algún modo la dirección que siguen las secreciones. Ahí tiene, diría yo, una regla orientativa sobre la forma específica en que deben tratarse estas cuestiones, pues en el tratamiento de las mismas reside, en el fondo, tanto como en la calidad del remedio.

Ahora me gustaría ampliar esta reflexión, partiendo de los remedios, con algunas aportaciones adicionales que voy a añadir a continuación en relación con cuestiones que se han planteado. Si en esta ocasión no he podido ser del todo exhaustivo, les ruego que lo comprendan debido precisamente a la brevedad del tiempo. Sin embargo, creo que si tienen en cuenta el método de respuesta a las preguntas que voy a exponer ahora muy brevemente, verán que he intentado organizar las conferencias de los últimos días de tal manera que conduzcan a esta respuesta a las preguntas. Por eso quiero destacar una pregunta muy característica que alguien ha planteado y que se basa en algo real. Alguien ha preguntado, en efecto, qué hay de cierto en la creencia popular tan extendida —pero se basa realmente en algo muy real, que simplemente no se observa lo suficiente y, por eso, muy a menudo se pasa por alto— de que las mujeres que tienen la menstruación irradian una especie de fuerza que hace marchitar las flores que hay a su alrededor, es decir, que actúan de tal manera que las flores se marchitan en su proximidad, sobre todo cuando las tocan. - Pues bien, basta con que adopte la visión del ser humano tal y como la hemos desarrollado aquí, y descubrirá la causa interna de este fenómeno. Piensen solo por un momento que lo que actúa en la flor y la impulsa a florecer se eleva desde la tierra, de abajo hacia arriba. Aquello que en el ser humano sigue la fuerza de estas flores se eleva de arriba hacia abajo. Se trata, sin duda, de una polaridad cosmológica y orgánica. Así pues, solo tienen que imaginarse que esta ascensión normal, que se manifiesta en la floración de las plantas, se contrapone a lo que en el ser humano se dirige de arriba hacia abajo (véase el dibujo (5).

5
Debe haber un equilibrio, y ese equilibrio se da en el ser humano normal. Imaginen ahora que las fuerzas de arriba hacia abajo se intensifican, lo que se manifiesta precisamente en la llegada de la menstruación; entonces habrán intensificado en el ser humano las fuerzas que contrarrestan las fuerzas de floración de la planta. Así pues, si comprenden la relación entre los hechos, verán esta curiosa conexión que existe y que se comprende precisamente al proceder de esta manera, pero que se manifiesta precisamente en aquello que, de las antiguas concepciones instintivas, se ha conservado en la creencia popular.

Ahora bien, otra pregunta que me han planteado es la siguiente: cuando se trata de un asma provocada por una contracción (lámina 7) y que, en su conjunto de síntomas, presenta un exceso de sangre en la parte superior y una falta de sangre en la parte inferior, ¿cómo se puede abordar un asma de este tipo? —¿De qué se trata, en realidad, en un asma así? En este tipo de asma, lo que ocurre es que el proceso nervioso sensorial se ha deslizado hacia el proceso respiratorio. No es más que una sobreexcitación en el proceso respiratorio, y concretamente una sobreexcitación tal que el proceso sensorial se ha introducido en él. Ahora bien, hay que contrarrestarla de forma polar. Hay que actuar desde el otro lado. Es decir, a lo que ya ha pasado de fuera a dentro por acción de la naturaleza, deben contrarrestarlo con fuerzas que tengan la dirección opuesta, y esas fuerzas las obtienen al introducir ahora a través de la piel el proceso ácido, es decir, al utilizar, por ejemplo, baños de ácido carbónico u otros ácidos. Y esto tendrá un efecto especialmente beneficioso para los enfermos asmáticos de este tipo. Se utilizarán aún otras cosas relacionadas con esto, a las que se verá guiado cuando considere el otro aspecto del que he hablado.

Ahora bien, se ha planteado la pregunta de cómo se explica lo que —y así se señala también en la pregunta— ha provocado un asombro y una alegría tan enormes en los hospitales, a saber, la inyección de leche para tratar la blenorrea. Pues bien, que esto está relacionado, en un gran número de casos, con la secreción de leche, lo pueden deducir de lo que he expuesto estos últimos días sobre la secreción de leche. Solo tienen que imaginarse lo que hemos expuesto sobre la secreción de leche, que también es un proceso sensorial, pero que se ha hundido más profundamente. Todo lo que ha ocurrido allí en cuanto a anomalías —lo he analizado— y, naturalmente, en el producto secretado permanecen fuerzas reguladoras. En el fondo, se trata de un proceso en el que continúa lo que ha tenido lugar dentro del organismo. Si ahora se realiza la inyección, se puede contrarrestar, por supuesto, un proceso basado en elementos bastante similares. Así pues, se trata de algo en lo que el azar empírico ha actuado, de hecho, con extraordinaria ingeniosidad, pues la cuestión solo ha salido a la luz gracias al azar empírico, es decir, mediante la experimentación. En general, esta observación de las metamorfosis de los procesos reviste una importancia extraordinaria. Si el ser humano no es capaz de observar cómo se transforman los procesos, entonces, en el fondo, no podrá evaluar correctamente ni siquiera las cosas más sencillas.

Ha surgido la pregunta de a qué se deben realmente los resfriados, ese conjunto de síntomas que se agrupan bajo el término, en realidad bastante difuso, de «resfriados». —Pero lo cierto es que, también en este caso, la actividad sensorial se desplaza hacia la actividad respiratoria, aunque de una manera diferente a la explicada anteriormente. Las secreciones que aparecen entonces no son más que una reacción a ello. Es algo que ocurre en el organismo, más cerca de la superficie, algo que tiene lugar continuamente en el interior del organismo debido a la interacción entre la actividad nerviosa y sensorial y la actividad metabólica. Ocurre continuamente en el interior. Una vez más, no debe sorprenderle que se pueda hacer frente a estos trastornos mediante cosas muy sencillas, como aplicar compresas y similares, con lo que se introduce desde el exterior una especie de actividad nerviosa sensorial allí donde, de otro modo, no existiría. Todo eso de hacer compresas y cosas por el estilo consiste en introducir en el organismo una actividad nerviosa y sensorial que es semiconsciente, pero que, de otro modo, no existiría.

Ahora bien, también se me ha preguntado sobre la relación entre las fuerzas musculares y las fuerzas óseas. —En cuanto a lo que se me ha preguntado en relación con la homeopatía, me gustaría creer que lo que he expuesto conduce, en esencia, a una respuesta a las preguntas planteadas. Sin embargo, se me han formulado otras preguntas diversas sobre las que debo detenerme un poco. - Las fuerzas musculares y las fuerzas óseas se relacionan de tal manera que se puede caracterizar esta relación diciendo lo siguiente: en las fuerzas musculares están en pleno movimiento aquellos efectos que en las fuerzas óseas han llegado al reposo y a la extinción, pues los huesos son —no en sentido genético, sino ideal— músculos transformados, no genéticamente, pero sí idealmente transformados por completo. Buscar una relación genética entre los huesos y los músculos, o incluso una relación genética entre los cartílagos y los huesos, es en realidad un disparate, y con razón algunas personas han señalado la dificultad que surge cuando se intenta establecer una relación genética en este ámbito. Bunge, por ejemplo, ha señalado la dificultad que surge cuando se quiere examinar la relación genética entre los cartílagos y los huesos, pero, naturalmente, no ha señalado de dónde proviene esa relación, esa dificultad. Se debe a que, efectivamente, existe una metamorfosis. Pero tenga en cuenta que, en el momento en que toda la formación muscular aún no se ha materializado en algo visible desde el punto de vista orgánico (véase el dibujo 6, en rojo) —y así es en esencia, aunque muy atenuado, también en la formación del cartílago—, en el que la formación muscular y ósea aún no están diferenciadas (claro), si en este estado de indiferenciación, al diferenciarse, estos procesos se ven afectados al mismo tiempo por la polaridad, entonces, naturalmente, resulta extremadamente difícil constatar la metamorfosis. Solo se puede constatar una metamorfosis genéticamente externa si, en la transición de una cosa a otra durante la diferenciación, la polaridad aún no actúa de manera esencial, sino que se mantiene la dirección. Pero si la polaridad interviene inmediatamente durante la diferenciación, surge naturalmente una estructura completamente diferente, que ya no se parece en nada a la primera.

Algunas de las preguntas se responderán en la clase que tendrá lugar a continuación. Sin embargo, hay una pregunta que les ruego que consideren como una de aquellas que nos adentra en un terreno en el que la confusión empieza a ser grande, donde se debería evitar establecer analogías; esa pregunta es cómo se podría construir, por ejemplo, el espectro del sabor a partir de lo dulce, amargor, acidez, alcalinidad y salado; si se podría construir tal espectro gustativo y, tal vez, también un espectro olfativo. En lo que respecta a estas cuestiones, lo cierto es que disponemos de muy pocos datos objetivados, precisamente en lo que se refiere al gusto y al olfato, como para que resulte especialmente útil buscar analogías en este ámbito. Estas cuestiones tienen una importancia menor en la aplicación práctica, pues al pasar del ámbito de la vista y el oído al de la degustación y el olfato, se entra inmediatamente en un terreno completamente distinto, ya que en la percepción visual se trata, en realidad, de aquello que se revela íntegramente a partir de lo etérico, mientras que en los procesos del olfato y el gusto se trata de algo que está muy fuertemente condicionado por los procesos materiales, por los efectos de la materia y las interacciones materiales, de modo que, al pasar a esta actividad sensorial, uno puede aferrarse precisamente a lo más robusto, que luego se manifiesta en el metabolismo.

Ahora me gustaría referirme brevemente a una pregunta que se ha planteado —otras preguntas relacionadas con esta se tratarán mejor en la sesión siguiente—, una pregunta que tiene cierta importancia de principio: ¿Puede el ser humano producir, sin ingerirlos, a partir de sí mismo, bromo, morfina, yodo, quinina, arsénico y otros remedios? Verán, esta es una pregunta que nos lleva a los fundamentos más profundos de toda la organización humana. Y es que, aunque no se pueden producir las sustancias en sí, sí se pueden producir los procesos. Pues bien, se puede afirmar sin duda que, por ejemplo, uno es, naturalmente, totalmente incapaz de producir el plomo en su interior, pero que sí es perfectamente capaz de producir el proceso del plomo en su interior a partir de lo etérico y, a continuación, irradiarlo hacia el cuerpo físico. Y ahí se puede decir: Sí, ¿no es posible llevar la homeopatía tan lejos que se llegue a decir: «Quiero intentar, a través de este proceso, actuar hasta en el cuerpo etérico, de modo que se provoque ese proceso de autometalización, ese proceso de autoirradiación, que corresponde a un proceso de irradiación metálica»? —En cierto sentido, eso también puede suceder perfectamente. Pero se trata precisamente de que nos acerquemos realmente a los procesos de radiación que emanan de la metalidad. Si, por supuesto, se queda estancado en el pensamiento alopático, naturalmente no se acercará a estas cosas. Pero si, por ejemplo, se plantean las siguientes consideraciones: en el proceso de formación de los dientes intervienen las fuerzas de los rayos de magnesio. Se trata, pues, de fuerzas que tienen importancia en todo el organismo humano, ya que los dientes, al fin y al cabo, surgen del conjunto del ser humano. Ahora bien, si utiliza una sal de magnesio, cualquier sal de magnesio, concretamente, digamos, sulfato de magnesio, y la utiliza de tal manera que se aleje de todo lo alopático, es decir, que provoque una dilución especialmente fuerte —aquí llegamos a la necesidad de diluciones fuertes, es decir, extremadamente fuertes—, entonces se encontrará ante una doble situación: En primer lugar, tienen el efecto del magnesio, que, en realidad, se detiene básicamente donde se encuentran los dientes. En una persona normal, las fuerzas del magnesio no traspasan esa región. Por lo tanto, hay que darles, por así decirlo, un impulso potenciador para que sigan actuando y irradien a todo el ser humano. Y esto se consigue utilizando precisamente la sal, en concreto la sal de ácido sulfúrico, ya que esta transporta la radiación del magnesio hasta las facultades de la cabeza. Desde allí, deje que se irradien de vuelta. Y ahí se desencadena, de hecho, este proceso, ese proceso que parte de lo etérico y permanece homeopático hasta lo etérico, en el que solo se dispone de las fuerzas, sin tener la sustancia en sí, partiendo de una sustancia completamente diferente. Ya saben que, incluso en este ámbito, se ha utilizado empíricamente el sulfato de magnesio, pero solo se podrá emplear de forma racional si se tiene en cuenta esta relación, pues entonces se observará de inmediato que, por ejemplo, solo se debe utilizar la mitad del sulfato, no la totalidad. Hay que ceñirse al magnesio con la otra mitad, de modo que quien crea que también se puede utilizar otra sal de ácido sulfúrico no está en lo cierto. Eso es precisamente lo que se cree cuando se parte de aquellas consideraciones que solo se obtienen con la ayuda del método del mundo sensorial exterior y del entendimiento combinatorio.

Ahora solo quiero señalar muy brevemente que todas estas cuestiones que se han expuesto aquí deben considerarse de tal manera que uno se diga: para llegar al fondo de los efectos que hay que observar, hay que destacar aspectos concretos. Pero, a su vez, también hay que considerarlo todo en su conjunto. En concreto, en estas conferencias les he planteado, en cierto modo, el reto de que consideren las cosas en su conjunto. Y ahora me gustaría señalarles cómo se puede llevar a cabo esta visión de conjunto. Por ejemplo, me han preguntado sobre la enfermedad de Basedow. En este caso, pueden incluso remitirse a lo que expuse en la primera clase de euritmia, donde señalé que la glándula tiroides es, en cierto modo, un cerebro que no ha llegado a completarse. Así pues, si se dice a sí mismo que la glándula tiroides es un cerebro inacabado, si es consciente de que las fuerzas que actúan de forma anómala en la enfermedad de Basedow tienden hacia la tiroides y, al hacerlo, provocan todas las demás manifestaciones que luego se presentan en el complejo de síntomas de la enfermedad de Basedow, entonces se dará cuenta de cómo debe contrarrestarlas mediante aquello que, me atrevería a decir, contrarresta esa excesiva «cabeza» del ser humano. Y esto nos lleva de nuevo a lo que guiará la próxima hora; nos lleva a comprender que se puede contrarrestar de forma realmente muy beneficiosa este tipo de cosas mediante el movimiento significativo, concretamente mediante el movimiento consonántico significativo. Y obtendrán buenos resultados si, ante la aparición de la enfermedad de Basedow, aplican de forma radical lo que acabamos de comentar en el departamento de euritmia. Así es como se establece la relación.

No queremos dar por concluidos estos temas ahora, sino, con suerte, retomarlos en otra ocasión, pero, salvo la próxima hora que aún nos queda, tenemos que dar por terminado el tema.

Tras una breve pausa, continuaremos, centrándonos más en la euritmia.

Traducido por J.Luelmo




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