CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 29

GA101 Köln, 28 de diciembre de 1907 - Formas y números en su significado espiritual

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RUDOLF STEINER

 - Formas y números en su significado espiritual  -

XIV conferencia
Köln, 28 de diciembre de 1907

Lo que aquí se puede ofrecer son, en esencia, solo ejemplos de entre la gran variedad de símbolos y signos ocultos. No se trata tanto de ofrecer un tratado exhaustivo que explique tal o cual signo oculto, sino más bien de desarrollar el significado de los signos ocultos en general y su relación con el mundo astral y espiritual. Si tales signos no fueran más que una especie de ilustración esquemática, su objetivo y su significado no serían, en verdad, muy importantes, y más de uno podría creer que se trata únicamente de una forma de simbolizar ciertos hechos de los mundos superiores. Pero no es así. Esos símbolos y signos, tomados de la cosmovisión oculta, tienen una gran importancia para el desarrollo del ser humano, para su perfeccionamiento; es más, se puede decir que los signos y sellos ocultos, si los entendemos en el sentido más amplio de la palabra, han desempeñado un papel fundamental en la educación y el desarrollo de toda la humanidad. Solo hay que tener claro que los pensamientos, las sensaciones y las ideas que el ser humano concibe constituyen una fuerza real que actúa sobre él transformándolo, configurándolo y cambiándolo.

Basta con que tengamos muy presente el hecho de que lo físico y lo etérico del ser humano, tal y como se nos presenta hoy, son condensaciones de lo astral. El ser humano era antes un ser meramente astral, antes de convertirse en un ser etérico y en un ser físico. En realidad, todas las sustancias más densas —es decir, la sustancia etérica y la sustancia física— se separan de la sustancia astral, del mismo modo que el hielo se separa del agua. Así como el agua se condensa y se convierte en hielo, la sustancia astral se condensa para convertirse en sustancia etérica y, posteriormente, en sustancia física. En la época en que el ser humano era aún un ser como el que ustedes son hoy, cuando duermen y se encuentran fuera de sus cuerpos físico y etérico, las fuerzas que conformaban su sustancia astral eran puras fuerzas de sensación e imaginación. La sustancia astral actúa, en efecto, de manera muy diferente a la etérica o a la física. La sustancia astral está en continuo movimiento. Cada pasión, cada instinto, cada deseo se manifiesta inmediatamente en la sustancia astral, de modo que al instante siguiente adopta una forma completamente diferente cuando es la expresión de otra pasión. Hoy en día, lo mental ya no influye con tanta facilidad en el cuerpo físico denso del ser humano. No obstante, también hoy en día lo mental y lo sensorial siguen ejerciendo su efecto sobre el cuerpo físico humano. Basta con observar que, cuando el ser humano se asusta o siente miedo de algo, palidece. Esto no significa otra cosa que el hecho de que toda su masa sanguínea realiza movimientos en el cuerpo distintos a los que realiza en estado normal. Empuja la masa sanguínea desde el exterior hacia el interior. O tomemos como ejemplo el rubor provocado por la vergüenza: en ese caso, la sangre es impulsada desde el interior hacia la periferia, hacia el exterior. Estos son solo efectos insignificantes que lo anímico sigue ejerciendo hoy en día sobre lo físico. Pero si se tienen en cuenta períodos de tiempo prolongados, se observan efectos mucho más significativos de lo anímico y lo mental sobre lo físico. Si pudiera seguir la evolución de la forma humana a lo largo de milenios, vería que la figura, toda la fisonomía, todo en el ser humano cambia. Esto ocurre de tal manera que, en primer lugar, están los procesos anímicos y espirituales. El ser humano tiene ciertas ideas, y según cómo las forma, así se va configurando, a lo largo de milenios, su forma corporal y su fisonomía, aunque esto no sea perceptible de inmediato desde un punto de vista biológico externo. Todo se forma de dentro hacia fuera. Nuestra ciencia materialista exterior aún está muy lejos de comprender cómo se relacionan entre sí estos efectos a lo largo de milenios. Pero están ahí.
Para comprender cómo son esas relaciones, recordemos por un momento la primera aparición del estilo arquitectónico gótico, cuando ciertos procesos del desarrollo de la humanidad se expresaron por primera vez en las formas arquitectónicas del gótico. Aquellas personas que se entregaban a la contemplación en espacios construidos según el estilo arquitectónico gótico experimentaban los pensamientos que inspiraron las obras arquitectónicas góticas. Estos pensamientos, que actuaban en el alma de las personas, moldeaban las almas y las fuerzas internas del ser humano hasta llegar al cuerpo etérico, y transformaban las fuerzas del ser humano. Y, tras siglos, como consecuencia de esas impresiones que habían captado los sentidos y de las ideas que se formaron a partir de ellas, surgió aquel movimiento místico que encontramos en Meister Eckhart, Johannes Tauler y otros. En lo que ellos concibieron, encontramos las repercusiones de lo que sus antepasados habían recibido como impresiones a través de las construcciones góticas. Y aquellas individualidades superiores que van por delante de la humanidad en su evolución dirigen conscientemente este devenir de la evolución humana. Contemplan conscientemente los siglos y milenios por venir, y en un momento determinado se le concede a la humanidad algo que debe desarrollar en tal o cual cualidad. Así vemos cómo, a lo largo de unos cuantos siglos, a través de la contemplación de las formas externas del estilo arquitectónico gótico, el estilo del arco apuntado, se expresa esa mística que se eleva hacia el cielo en Maestro Eckhart, Tauler y otros. Si consideráramos milenios en lugar de siglos, veríamos cómo incluso las formas corporales humanas se configuran según los pensamientos, las sensaciones y las ideas que tenían las personas hace milenios; y los grandes guías de la humanidad proporcionan a las personas, en el momento adecuado de su evolución, las ideas correctas para que incluso la forma humana se transforme.

Ahora trasladémonos a la época de la transición de la era atlante a la era postatlante. Sabemos que nuestros antepasados, e incluso nuestras propias almas en otros cuerpos, vivieron en la antigua Atlántida. En los últimos tiempos de la Atlántida, este continente, —y en especial sus zonas septentrionales—, estaba cubierto en gran parte por masas de niebla, y todo lo que vivía en la Tierra, en este continente, estaba envuelto en densas nieblas. Y si retrocedemos aún más en el tiempo, nos encontramos con épocas en las que no solo había masas de niebla, sino que, donde hoy se encuentra nuestra atmósfera, había masas de agua que caían en forma de llovizna. El primer ser humano atlante era aún más un ser acuático. Solo poco a poco, durante la época atlante, se fue transformando en un ser aéreo. En aquella época, el ser humano tenía una distribución completamente diferente de su cuerpo etérico y su cuerpo físico. Hoy en día, el cuerpo etérico y el cuerpo físico están distribuidos de tal manera que, en las partes superiores, son casi iguales entre sí en forma y tamaño. Esto no ocurre en absoluto en otros seres. Si observaran el cuerpo etérico de un caballo, verían que la cabeza etérica del animal resplandece muy por encima de la cabeza física. También en el ser humano, antiguamente, el cuerpo etérico de la cabeza se elevaba mucho por encima de la cabeza física, y no fue hasta finales de la era atlante cuando ambas partes se fusionaron. Un punto que hoy se encuentra dentro de la cabeza, antes estaba fuera de ella y fue entrando poco a poco. Estos dos puntos se fueron acercando cada vez más, y en el último tercio de la época atlante se fusionaron. Esa fue la época en la que, desde el noreste de la Atlántida, de la zona de la actual Irlanda, descendió la raza semítica primitiva. En aquel entonces, el ser humano adquirió la capacidad gracias a la cual ambos puntos se fusionaron y llegaron a coincidir. Debido a que el cuerpo etérico de su cabeza se encontraba en el exterior, el ser humano atlante poseía una especie de clarividencia nebulosa. El ser humano atlante no sabía calcular ni contar, ni desarrollar ningún tipo de lógica en el pensamiento. Eso es solo un resultado de la época postatlante. Pero poseía una especie de clarividencia primitiva, porque con la parte etérica de la cabeza se encontraba mucho más fuera de ella que dentro. En aquella época, cuando esta parte etérica de la cabeza se encontraba fuera de la cabeza física, los pensamientos y las sensaciones del cuerpo astral también ejercían una influencia mucho mayor sobre esta parte del cuerpo etérico y, por tanto, sobre la formación del cuerpo físico. Aquello que en un principio vivía en el cuerpo astral en forma de sentimientos, sensaciones e ideas, se prolongó como un proceso de movimiento en el cuerpo etérico confiriendo al cuerpo físico su forma actual.

¿De dónde proceden, en realidad, la longitud, la anchura y la altura actuales del cuerpo físico? 

Son el resultado de lo que existía inicialmente en el cuerpo astral y en el cuerpo etérico. Al principio estaban los pensamientos, las imágenes, las sensaciones, etcétera. Podrán comprenderlo mejor si recuerdan el proceso que tiene lugar inmediatamente después de la muerte física; en ese momento, el cuerpo físico es abandonado primero por el cuerpo etérico y luego por el cuerpo astral. Durante el período en que duerme, en cambio, solo se alejan el yo y el cuerpo astral, mientras que el cuerpo etérico y el cuerpo físico permanecen en la cama. La muerte se diferencia del sueño en que también el cuerpo etérico se aleja junto con el cuerpo astral y el «yo». Entonces se produce un fenómeno peculiar, algo que se podría describir como una sensación, pero que está vinculada a una cierta idea. El ser humano siente como si estuviera creciendo, como si se expandiera en todas las direcciones; adquiere dimensiones en todas las direcciones. Esta ampliación del cuerpo etérico, que adquiere inmediatamente después de la muerte, esta visión del cuerpo etérico en grandes dimensiones, es una idea muy importante. En el antiguo ser atlante era necesario despertar esta idea, cuando el cuerpo etérico aún no estaba tan estrechamente unido al cuerpo físico como lo está hoy en día. El hecho de que se despertara, el hecho de que al ser humano se le presentara esa grandeza que hoy percibe cuando crece tras la muerte, fue lo que dio lugar a la causa, a la forma-pensamiento, para dar al cuerpo físico la forma que tiene hoy. Al presentarse al ser humano, en aquella época, —cuando el cuerpo físico y el cuerpo etérico aún estaban más separados—, esas formas y esas proporciones, se estimuló al cuerpo físico a adoptar la forma que tiene hoy. Y esas formas fueron inspiradas por aquellos que son los guías de la evolución de la humanidad. En las diversas leyendas del diluvio, sobre todo en la leyenda bíblica del diluvio, se encuentran indicios de datos precisos al respecto. Si se imaginan al ser humano rodeado por aquellas formas que debe tener su cuerpo etérico para que la forma del cuerpo físico se configure de manera correcta, entonces tendrán la dimensión del arca de Noé. 

¿Por qué en la Biblia se indican las dimensiones del arca de Noé como 50 codos de ancho, 30 codos de alto y 300 codos de largo? Porque esta es la proporción de medidas que el ser humano debe tener a su alrededor en la transición de la era atlante a la era postatlante, ya que con ella se forma la forma de pensamiento correcta, que es la causa de que el cuerpo del ser humano postatlante se haya formado de manera adecuada en cuanto a longitud, altura y anchura. En el arca de Noé tienen un símbolo de las proporciones de su cuerpo actual. Estas medidas son el resultado de aquellas formas de pensamiento que Noé experimentó y que hizo incorporar en el arca de tal manera que, al contemplarlas, surgiera el mundo de pensamientos según el cual debía construirse el organismo del ser humano postatlante. La humanidad fue educada mediante símbolos eficaces. Hoy en día, en las medidas de su cuerpo físico, llevan en su interior las medidas del Arca de Noé. Cuando el ser humano extiende las manos hacia arriba, en las medidas del Arca de Noé se encuentran las medidas del cuerpo humano actual.

Así, el ser humano pasó de la época atlante a la postatlante. En la época que seguirá a la nuestra, en la sexta época cultural, el cuerpo humano volverá a tener una configuración totalmente diferente. También hoy, el ser humano debe experimentar aquellas formas de pensamiento que puedan sentar las bases para que el cuerpo humano adquiera las proporciones adecuadas en la próxima época cultural; esto debe mostrársele al ser humano. Hoy en día, el ser humano está formado según las proporciones de 50 : 30 : 300. En el futuro, su constitución será muy diferente. ¿Cómo se le transmite hoy al ser humano la forma de pensamiento a través de la cual se configurará la forma futura del ser humano en la próxima raza? Ya se ha dicho que esto se encuentra en las proporciones del Templo de Salomón. En las proporciones del Templo de Salomón se representa, con un profundo simbolismo, toda la organización de la forma del ser humano tal y como será en la próxima raza, la sexta.

Todo lo que influye en la humanidad surge desde dentro, no desde fuera. Lo que en un momento dado es pensamiento y sensación, se convierte en forma exterior en el momento siguiente. Y las individualidades que dirigen el desarrollo de la humanidad deben implantar en ella, muchos milenios antes, las formas de pensamiento que posteriormente se convertirán en realidad física exterior. Ahí tienen la función de las formas de pensamiento, que se ven estimuladas por imágenes simbólicas como el Arca de Noé, el Templo de Salomón, hasta llegar a las cuatro figuras apocalípticas: el hombre, el león, el toro y el águila. Tienen un significado muy real. Con ello hemos expuesto algunas ideas sobre las imágenes que guían al ser humano cuando se entrega a ellas. También fueron imágenes las que mencionamos ayer en las cuatro figuras: el hombre, el león, el toro y el águila; y son imágenes de las que hablamos hoy. Las imágenes conducen al ser humano a participar en el mundo que linda directamente con el suyo.

Cuando ascendemos a un mundo aún más elevado, ya no nos enfrentamos a meras imágenes, sino a las relaciones internas de las cosas, a lo que se denomina con las palabras «sonido de las esferas», «música de las esferas» o «mundo de los sonidos». Cuando recorremos el plano astral, nos encontramos esencialmente con un mundo de imágenes que son los arquetipos de nuestras cosas aquí. Cuanto más nos elevamos, más nos adentramos en un mundo de sonidos y tonos, aunque no deben imaginarse que el mundo de los tonos sea un mundo sonoro en el sentido externo. El mundo del Devacán no se oye con el oído externo. La esencia del mundo espiritual sonoro, no es equiparable con nuestros tonos físicos, que no son más que una manifestación externa del mundo sonoro del Devacán. Los sonidos espirituales son sustancias del mundo del Devacán, el mundo espiritual que comienza allí donde el mundo de las imágenes da paso al mundo de los sonidos. Estos mundos se entrelazan por completo. 

Aquí, alrededor del mundo físico, se encuentran al mismo tiempo el mundo astral y el mundo del Devacán; uno impregna al otro. Es como si llevaran a un ciego de nacimiento a esta habitación iluminada; a su alrededor están los colores y las velas encendidas, pero él no puede percibirlos; solo cuando, gracias a una afortunada operación, recupera la vista, puede percibir lo que ya estaba a su alrededor desde antes. Así, el mundo astral y el mundo espiritual que nos rodea solo se perciben cuando los sentidos se abren a ellos; entonces también se percibe que estos mundos no son contiguos, sino que se interpenetran. Todo lo que hay en un mundo se puede percibir en los demás mundos.

Lo que en el mundo del Devacán es música espiritual, se refleja en el mundo astral expresándose por medio de números y figuras. Lo que se denomina «música de las esferas pitagórica» suele ser considerado por los filósofos abstractos como una imagen. Sin embargo, es una realidad verdadera y auténtica. El sonido de las esferas está ahí, y aquel que entrena su oído, —la expresión no es del todo correcta, pero debemos utilizarla—, para percibir en los mundos superiores, no solo percibe a su alrededor las imágenes y los colores del mundo astral, sino también los sonidos y las armonías del mundo espiritual. Del mismo modo que las cosas que nos rodean en el plano físico son manifestaciones del mundo astral, también son manifestaciones del mundo espiritual, que se expresan en lo físico a través de lo astral. El mundo espiritual se expresa en todas nuestras cosas físicas, y cuanto más elevadas y significativas son las cosas sensoriales, más claras, bellas y grandiosas se muestran también como expresión del mundo espiritual. Si tomamos una cosa insignificante de nuestro plano físico, por lo general resulta muy difícil remontarse a su arquetipo espiritual. Por el contrario, los arquetipos espirituales se manifiestan con gran belleza cuando dirigimos nuestra mirada hacia los aspectos más significativos y elevadores del mundo físico. Así, por ejemplo, hemos plasmado una expresión del mundo espiritual en la interacción de los planetas de nuestro sistema solar. Lo que existe en nuestro sistema solar de las formas más diversas puede atribuirse, para quien es capaz de percibir estas cosas, a lo que se denomina «armonía de las esferas». Los movimientos de nuestros planetas son tales que quien es capaz de percibirlos en el mundo espiritual «oye» las relaciones recíprocas entre los movimientos de nuestros planetas. Por ejemplo, desde el punto de vista de los mundos superiores, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter. Este movimiento de Saturno se percibe en el mundo espiritual como un tono correspondientemente más agudo, «con los oídos del espíritu», como dice Goethe.

Intentemos representarnos las relaciones entre los movimientos de los planetas en nuestro sistema solar. Si tomamos la velocidad de movimiento de Saturno respecto a Júpiter, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter, es decir, en una proporción de 2,5:1, y la velocidad de movimiento de Júpiter respecto a Marte es de 5:1. Por lo tanto, para el oído espiritual, el movimiento de Júpiter, en comparación con el de Marte, se percibe como un tono mucho más agudo. Si tomamos la velocidad de los movimientos del Sol, Mercurio y Venus, que es aproximadamente la misma, esta guarda una relación de 2:1 con respecto al movimiento de Marte; es decir, es exactamente el doble. Si se compara el movimiento del Sol, Mercurio y Venus con respecto a la Luna, esta relación es de 12:1, por lo que la velocidad es doce veces mayor. Quien contemple, desde un punto de vista espiritual, el movimiento de todas las estrellas visibles para nosotros en relación con su fondo, verá que el cielo estrellado avanza un grado en un siglo. Y la velocidad del movimiento de Saturno respecto al cielo estrellado es de 1200 a 1.

Así pues, tenemos:

Saturno : Júpiter                          =    2 1/2    :   1
Júpiter : Marte                             =    5          :   1
Sol, Mercurio, Venus : Marte      =    2           :    1
Sol, Mercurio, Venus : Luna       =    12         :    1
Saturno : cielo estrellado           =    1200     :    1

Estas proporciones se expresan, en la percepción espiritual, mediante sonidos que, en el mundo espiritual, son perceptibles para los oídos espirituales. Estos son los fundamentos reales de lo que se denomina «música de las esferas». De hecho, estas cifras indican armonías que existen realmente en el mundo espiritual. Así pues, del mismo modo que el clarividente ve imágenes y colores en el mundo astral, el clariaudiente oye en el mundo espiritual o devacán las armonías espirituales de las cosas. Para aquel cuyo oído espiritual está entrenado para ello, todo lo que se manifiesta aquí en el mundo físico se traduce en sonidos como trasfondo espiritual. Así, para el ocultista, los cuatro elementos, —tierra, agua, aire y fuego—, dan lugar a diversas relaciones tonales que están completamente fuera del alcance de la percepción del ser humano común. Los iniciados han reproducido en el mundo físico las relaciones tonales que podían oír en el trasfondo espiritual de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Y el resultado de estas vibraciones sonoras ha quedado plasmado en la afinación original de un instrumento musical, la lira. En la lira, la relación de vibración de sus cuerdas reproduce los sonidos que los iniciados asociaban a los cuatro elementos.

Correspondía

la cuerda del bajo     a la tierra
la cuerda Re             al agua
la cuerda La             al aire
la cuerda Sol            al fuego.

Así, podríamos investigar muchas cosas si pudiéramos remontarnos a épocas muy lejanas, y entonces podríamos ver cómo muchas de las cosas que hoy al ser humano le parecen evidentes en el ámbito cultural se han desarrollado a partir de las observaciones realizadas en el mundo espiritual. Los sonidos físicos de la lira imitan lo que inicialmente existía en el plano espiritual como la relación entre los cuatro elementos.

Esto se basa en una gran idea, según la cual, todo lo que ocurre en el ser humano, en el microcosmos, debe ser un reflejo de lo que vive en el macrocosmos. Si en el microcosmos que es el ser humano, todo  resuena con lo que ocurre espiritualmente en el macrocosmos, entonces el mundo y el ser humano están en armonía; y, al no existir ninguna desarmonía, el ser humano puede unirse verdaderamente a la evolución del mundo y sentirse uno con él. Pero si el ser humano se aleja de esta armonía, si no se une a los sonidos del mundo, entonces su estado exterior también se vuelve desarmónico, y le resulta imposible seguir avanzando al compás del mundo.

Todo esto pretende darnos una idea de cómo, desde los mundos superiores, se crearon los símbolos que allí son realidades. Muchas de las cosas de nuestra cultura son símbolos, símbolos que deben hacerse realidad, a través de los cuales se garantiza que el ser humano pueda prepararse para plasmar en el futuro, aquí en el plano físico, aquello que hoy solo existe en los planos superiores. El devenir de la evolución hace que todo lo que hoy se encuentra en los mundos superiores descienda al mundo físico; puesto que el ser humano está llamado a participar en la creación del mundo exterior, debe descender al mundo físico con su pensar. Él configura el mundo que le rodea, y también configura lo que hay en su propia corporeidad. Precisamente a través de la teosofía, el ser humano debe adquirir la conciencia de que todo lo que hace, siente y piensa en un momento dado tendrá repercusiones en otro momento, en el futuro. Cuando el ser humano construye templos, obras de belleza, o cuando crea obras de arte político para la convivencia social de los seres humanos, todas estas son cosas que tienen importancia para el futuro. Lo que el ser humano construye hoy con la ayuda de las fuerzas de la naturaleza, con ello da forma a los productos naturales del futuro. Cuando el ser humano construye, por ejemplo, una catedral gótica, la erige siguiendo leyes minerales. Es cierto que la sustancia, la materia, los ladrillos y las piedras con los que está compuesta la catedral, se desintegran. Pero el hecho de que la forma haya existido alguna vez no carece de significado. La forma que los seres humanos han imprimido en la materia permanece; se integra en el éter y en el cuerpo astral de la Tierra y sigue desarrollándose como una fuerza junto con ella. Y cuando la Tierra haya atravesado la etapa actual de desarrollo y el pralaya, y vuelva a aparecer como Júpiter, entonces esta forma brotará de la Tierra como una especie de ser vegetal. Hoy en día creamos obras de arte y belleza, y damos forma a las obras de la sabiduría en nuestra Tierra, y no lo hacemos en vano. Las creamos para que más adelante broten como productos naturales de la Tierra. Y así como hoy construimos cúpulas y edificios cuyas formas son perdurables, que se entrelazan con la Tierra y que en el futuro resurgirán como una especie de plantas, del mismo modo nuestras plantas y cristales actuales se han moldeado según lo que los dioses y espíritus que nos precedieron habían erigido en el mundo anterior. Todo lo que el ser humano incorpora a la Tierra desde el punto de vista del conocimiento, la sabiduría, la belleza y la verdadera vida social; todo lo que proyecta en forma de símbolos al mundo exterior, aunque solo lo cree en sus pensamientos, se convierte en una gran fuerza progresista y gratificante para el desarrollo de la Tierra; serán fuerzas y formas reales del futuro. Sin embargo, nuestras máquinas y nuestras fábricas, todo aquello que hacemos únicamente para satisfacer la utilidad exterior, el principio de utilidad, será un elemento nocivo en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Si imprimimos en la materia símbolos que sean expresión de mundos superiores, estos tendrán un efecto progresista; nuestras máquinas y fábricas, en cambio, que solo sirven a la utilidad exterior, se convertirán en una especie de fuerza demoníaca y corruptora en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Así pues, nosotros mismos moldeamos nuestras propias fuerzas positivas y, del mismo modo, las fuerzas demoníacas para la próxima era de la humanidad.

Hoy, en la quinta época cultural postatlante, nos encontramos sumidos en lo más profundo de la materia y estamos creando para la próxima época las peores fuerzas demoníacas. Cuando transformamos lo sagrado ancestral en cosas físico-mecánicas, estamos actuando por debajo del plano físico. El inframundo será lo que el ser humano cree de este modo. Hay que tener claro que también las fuerzas malignas deben integrarse en la evolución de la Tierra. En el momento en que haya que superarlas, el ser humano tendrá que emplear una fuerza colosal para transformar de nuevo lo malo y lo demoníaco en lo bueno. Pero su fuerza crecerá gracias a ello, pues lo malo está ahí para templar la fuerza del ser humano mediante su superación. Todo lo malo debe ser fundido de nuevo en lo bueno, y está precisamente en los designios de la Providencia desarrollar en el ser humano efectos fuertes y enérgicos, mucho más elevados que si nunca tuviera que transformar lo malo en bueno.

Todas las cosas que concebimos en el mundo físico con nuestra mente tienen un trasfondo espiritual, y podemos verlas en el mundo espiritual. Me gustaría poner ahora un ejemplo de cómo algo que se concibe en el plano físico se expresa en el plano espiritual como una figura: el caduceo, el bastón de Mercurio.

La conciencia que tenemos hoy en día es la denominada «conciencia diurna lúcida», en la que percibimos a través de los sentidos y combinamos las percepciones mediante el entendimiento. Esta conciencia diurna solo ha alcanzado ahora su nivel actual. La precedió otra conciencia, una conciencia onírica basada en imágenes. Al comienzo de la época atlante, el ser humano aún percibía el mundo y sus entidades espirituales y anímicas de forma clarividente, a través de imágenes astrales y etéricas. El sueño actual es aún un último vestigio de esa conciencia atávica basada en imágenes. Anotémoslo. En primer lugar, tenemos la conciencia diurna lúcida. A esta le precedió la conciencia que hoy en día solo tienen las plantas, y que en el ser humano podemos denominar «conciencia del sueño». Luego existe una conciencia aún más turbia, como la que tienen hoy en día nuestros minerales físicos; podemos llamarla «conciencia de trance profundo». (Durante estas explicaciones se escribió en la pizarra, de abajo hacia arriba: conciencia diurna, conciencia de imágenes, conciencia del sueño, conciencia de trance profundo. Véase el dibujo siguiente.) Podemos unir estos cuatro tipos de conciencia mediante una línea (se dibuja: una línea recta de arriba abajo). Sin embargo, el ser humano no se desarrolla siguiendo esta línea. Si el ser humano se desarrollara siguiendo el trazado de la línea recta, partiría de una conciencia de trance profundo, descendería luego a la conciencia del sueño, después a la conciencia de imágenes y, por último, a la conciencia diurna actual. Pero al ser humano no se le pone tan fácil; más bien, debe atravesar diversas etapas intermedias. El ser humano tuvo una conciencia de trance profundo en su primera encarnación terrestre que podemos rastrear, en Saturno; allí desarrolló esta conciencia en distintos grados. Lo representamos aquí de tal manera que dejamos que la conciencia se desarrolle a lo largo de esta línea.

El ser humano se separa de la línea recta y vuelve a unirse a ella en el Sol, donde atraviesa la conciencia del sueño; a continuación, sigue su camino, tal y como muestra esta línea en espiral, para alcanzar en la Luna la conciencia de las imágenes. Y hoy, tras diversas transformaciones, el ser humano se encuentra en el nivel de la conciencia diurna lúcida. El ser humano conserva ahora esta conciencia diurna lúcida para siempre y va conquistando conscientemente aquellos estados de conciencia que en etapas anteriores había tenido de forma atenuada. Así, vuelve a alcanzar la conciencia de imágenes en el estado de Júpiter de la Tierra; esto le permitirá percibir lo anímico que le rodea. Pero este desarrollo se produce de tal manera que su conciencia diurna luminosa no se debilita ni se vuelve opaca, sino que, en el estado de Júpiter, tendrá la conciencia de imágenes además de su conciencia diurna. Se podría decir: la conciencia diurna se ilumina hasta convertirse en conciencia de imágenes (véase el dibujo: línea discontinua). Luego, en el estado de venus de la Tierra, recupera la conciencia del sueño que tenía en el Sol; esto le permitirá penetrar profundamente en los seres, como hoy solo puede hacerlo el iniciado. El iniciado recorre el camino recto, se desarrolla en línea recta, mientras que el desarrollo normal del ser humano es aquel que discurre en espiral. Y, al ascender por vulcano, el ser humano recupera también la primera conciencia, la conciencia de trance, aunque conserva todos los demás estados de conciencia. Así, el ser humano recorre una evolución en línea descendente y otra en línea ascendente. Esta línea se puede observar una y otra vez. Este camino de descenso y ascenso es una línea real que ha encontrado su expresión en el caduceo, el bastón de Mercurio.

[El siguiente fragmento aparece solo de forma incompleta en todas las transcripciones.] Así vemos cómo los símbolos que obtenemos de esta manera están profundamente arraigados en la esencia misma de lo que ocurre en nuestro mundo. Y una figura como el caduceo tiene también un significado educativo para el ser humano cuando se entrega a ella de forma meditativa. Nadie puede asimilar esta figura sin que ejerza sobre él un profundo efecto educativo interior. El vidente ha extraído esta línea de los mundos espirituales para otorgar a las personas algo que las convierta en futuros videntes. Lo que hay que desarrollar al meditar sobre esta línea son ciertas sensaciones. Al principio percibirá una oscuridad densa. Fije la mirada en esa oscuridad; poco a poco, esta comenzará a aclararse y adquirirá un color violeta, luego índigo, azul, verde, amarillo, naranja, rojo, y ahora de vuelta, produciéndose un cierto reflejo de la evolución, hasta que haya ascendido de nuevo al violeta. Al seguir esta línea matizada, sus sensaciones pasarán de lo cualitativo de los matices de color a sensaciones morales. Si no percibe esta línea simplemente como una línea de tiza o de lápiz, sino que, al mirar en el negro, intenta evocar lo sombrío en su alma; al ver el violeta, imagina lo abnegado; y así sucesivamente a lo largo de los demás colores —el azul, el verde, amarillo, naranja, y luego, ante el rojo, evocar en tu alma lo alegre, entonces tu alma atravesará toda una gama de sensaciones que, en un primer momento, son sensaciones de color y luego se convierten en sensaciones morales. Al reflejarse en el alma la forma del bastón de Mercurio en forma de sensaciones, se imprime en ella algo que la capacita para desarrollar los órganos superiores. A través del símbolo real, se transforma de tal manera que puede acoger en su interior los órganos superiores.

Así como en su día la acción de la luz exterior hizo surgir los ojos a partir de órganos indiferenciados, del mismo modo la entrega a los símbolos del mundo espiritual hace surgir los órganos para el mundo espiritual. Es totalmente imposible decir: «Aún no veo lo que va a surgir». Eso sería como si una persona que aún no tuviera ojos dijera: «No quiero dejar que la luz actúe sobre mí». Primero debemos aprender qué es lo que puede conducir al desarrollo de los órganos internos; solo entonces podremos percibir los misterios del mundo espiritual que nos rodea.

Traducido por J.Luelmo