CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 29

GA101 Berlín, 13 de diciembre de 1907 - NAVIDAD UNA REFLEXIÓN DESDE LA SABIDURÍA DE LA VIDA (VITAESOFÍA)

  Índice

 

RUDOLF STEINER

   NAVIDAD   UNA REFLEXIÓN DESDE LA SABIDURÍA DE LA VIDA   (VITAESOFÍA)

XVI  ª conferencia
Berlín, 13 de diciembre de 1907

Cuando las ciencias espirituales, sean comprendidas de forma correcta y con la suficiente profundidad, volverán a conducir al ser humano, cada vez más, hacia la vida inmediata, hacia la cual no se acerca, —como se suele creer—, mediante una forma de pensar materialista, sino que precisamente se aleja de ella por culpa de ese modo de pensar.

Esta frase se ha pronunciado a menudo, aquí y allá, en tal o cual ocasión, para describir la misión de nuestro movimiento. Sin embargo, a la gente de hoy le parecerá superflua, pues muchos de nuestros contemporáneos opinan que la auténtica vida, —lo que ellos llaman «vida»—, hay que buscarla en un lugar muy distinto de lo que la ciencia espiritual puede ofrecer; y es probable que hasta algunos también piensen que el conocimiento espiritual es lo menos indicado para guiar al ser humano hacia una práctica vital auténtica. ¡Pero lo hará; lo hará tanto en lo más pequeño, como en lo más grande! La ciencia espiritual será capaz de resolver, siempre que quienes se ocupan de asuntos públicos o de otro tipo se dejan impregnar por ella, todas las grandes cuestiones del presente de la manera en que deben resolverse, para que la humanidad pueda llevar una vida plena. Todas las múltiples confusiones, todas las situaciones insalubres de nuestro tiempo, todo lo que se denomina «cuestiones de actualidad», lo que hoy se intenta resolver de manera diletante desde uno u otro punto de vista, solo podrá abordarse de forma provechosa si nuestros contemporáneos se dignan imbuirse de la verdad de la ciencia espiritual. Pero eso no debe ocuparnos hoy en profundidad, solo hay que mencionarlo de pasada.

Hoy debemos centrarnos más en el aspecto emocional, en la dimensión sensorial del conocimiento espiritual. Debemos tener presente que, ante una concepción más profunda y emocional de la vida, nuestra existencia debe de parecerle al ser humano, precisamente en una época como la actual, algo abstracto, árido, racional y conceptual. Vemos que, en una época así, cuando se acerca una de las grandes festividades, —la Navidad, la Pascua o Pentecostés—, se mantienen las formas externas y ciertas medidas externas propias de esas fiestas. Sin embargo, queda muy, muy poco de lo que nuestros antepasados sentían vívidamente en su alma en momentos como este: ese profundo impulso emocional que impregna el alma, propio de nuestros antepasados en lo que respecta a la relación del ser humano con el cosmos entero y su fundamento divino. Este impulso cobraba especial vida en esas épocas festivas. Porque esas épocas festivas eran algo real para el alma. En esos momentos, el alma sentía de manera diferente a como lo hacía durante el resto del año.

El hombre actual no tiene ni idea de lo que se sentía en el alma en tiempos antiguos, cuando, a medida que los días se acortaban cada vez más y se acercaba el final del año, se celebraba el nacimiento de Cristo Jesús, o cuando se acercaba la resurrección de Cristo Jesús, cuando el manto de nieve se desvanecía poco a poco de la tierra y lo que esta había ocultado bajo ella volvía a salir a la superficie. Aparentemente, nuestra vida es concreta. En realidad, los sentimientos de nuestros contemporáneos se han vuelto abstractos, racionales y vacíos. La gente camina por las calles y, por lo general, apenas percibe de la Navidad más que el hecho de que es una fiesta de regalos. Y lo que sienten por lo demás tiene muy poco que ver con aquellas profundas sensaciones que embargaban a nuestros antepasados en aquella época. El ser humano ha perdido precisamente el vínculo con la vida. Recuperar ese vínculo a nivel emocional es algo que forma parte de la misión de la ciencia espiritual.

Quien se limite a ocuparse únicamente de los conceptos e ideas de lo que habitualmente se denomina la cosmovisión de la ciencia espiritual, habrá comprendido muy poco de la ciencia espiritual. Solo la habrá comprendido quien sepa que todo el mundo de los sentimientos y las sensaciones del ser humano debe transformarse cuando el conocimiento espiritual se arraigue en los corazones y en las almas. Y lo que durante un tiempo se volvió abstracto, lo que durante un tiempo se olvidó en su significado, —el sentido profundo de nuestras fiestas—, volverá a cobrar vida ante el alma cuando esta relación íntima con todo el mundo que nos rodea vuelva a envolver al ser humano, tal y como puede hacerlo a través de una visión espiritual.

En esta ocasión, nos hemos detenido a menudo en el significado más profundo de la fiesta de la Nochebuena. Hoy lo abordaremos desde otra perspectiva. Hoy lo haremos aclarándonos, en primer lugar, cómo actúan los pensamientos e ideas antroposóficos sobre nuestro mundo sensorial, cómo, de hecho, transformarán al ser humano en algo completamente distinto de lo que es ahora, algo gracias a lo cual volverá a saber lo que significa sentir directamente el latido de la vida espiritual en la naturaleza, sentir realmente el calor que recorre el mundo como ese calor que anima a todos los seres. Hoy en día, cuando el ser humano contempla el cielo estrellado, la astronomía abstracta lo llena de esferas cósmicas abstractas y materiales. Estas esferas cósmicas se le aparecerán, a su vez, como cuerpos de alma y espíritu. El espacio volverá a estar, para él, impregnado de espíritu y de alma. Percibirá todo el cosmos cálido, tal y como lo siente en el regazo de un amigo; solo que, naturalmente, percibirá el espíritu del cosmos como algo más majestuoso y grandioso.

Sabemos que una alma como la que conocemos en el ser humano, —un alma individual que habita en un cuerpo particular—, solo la podemos encontrar en el ser humano. En los demás seres que nos rodean, debemos buscar el alma de otra manera y en otra forma. Los animales que viven a nuestro alrededor también tienen alma, pero será en vano buscarla aquí, en el plano físico. El «yo» animal, al que llamamos «yo grupal», hay que buscarlo en el plano astral, y todo un grupo de animales emparentados —por ejemplo, el grupo de los leones, el de los tigres, todos los felinos—; todos los grupos individuales de formas emparentadas tienen un alma común, un «yo» común. La separación espacial aquí en la Tierra no tiene ninguna importancia. Da igual que un león esté aquí en una colección de animales y otro en África; todos los leones pertenecen juntos al mismo «yo», que el investigador esotérico puede encontrar en el plano astral. Estos «yos» grupales son allí personalidades completas; y al igual que su personalidad aquí, en el plano físico, es una personalidad completa, así también el «yo» grupal es una personalidad completa en el plano astral. Al igual que los dedos de las manos forman parte la persona individual, todos los leones pertenecen al «yo» grupal del león. Y si pudiéramos conocer a cada uno de los «yos» grupales en el plano astral, descubriríamos que la cualidad más destacada de los «yos» grupales es la sabiduría, por muy poco sabios que nos puedan parecer los animales individuales aquí en la Tierra. Nadie debe deducir de las características de los animales individuales las características del «yo» grupal, la personalidad animal en el plano astral. Del mismo modo que los dedos de sus manos no muestran las características de un «yo» individual, tampoco el animal individual muestra las características del «yo» grupal.

Estos «yos» grupales actúan con sabiduría, y estas almas animales individuales son más sabias de lo que usted pueda imaginar; lo que usted conoce aquí como las actividades de los animales es obra de los «yos» grupales. Viven en nuestra atmósfera, en los alrededores de nuestra Tierra; se encuentran a nuestro alrededor. Si observan el vuelo de las aves, cómo, al acercarse el otoño, emigran del noreste al suroeste, y al acercarse la primavera regresan a su hogar, volando del suroeste al noreste, y si se pregunta: «¿Quién dirige sabiamente este vuelo de las aves?», entonces, como investigador ocultista, al buscar a los organizadores y gobernantes individuales, llegará a los «yos» grupales de cada género o especie. En toda la población animal vive el «yo» astral, que para el plano astral es un «yo» tanto como lo es aquí el «yo» humano, solo que un «yo» mucho, mucho más sabio. En el plano astral, las personalidades grupales cerradas, —que tienen los miembros individuales aquí en el plano físico—, son «yos» mucho más inteligentes que los de los seres humanos físicos de aquí, y todo lo que está sabiamente organizado en los animales individuales es sabiduría revelada de los «yos» grupales de los animales. Recorremos el mundo de otra manera cuando sabemos que, a cada paso que damos, nos movemos entre seres cuyas acciones podemos ver.

Si contemplamos el reino vegetal, vemos que el «yo» de este mundo vegetal se encuentra en un mundo aún más elevado que los «yos» grupales de los animales. En el mundo espiritual, o en el Devacán, se encuentran los «yos» de las plantas y, en el fondo, son muy pocos; pues todos estos «yos» de las plantas abarcan muchas plantas individuales que hay aquí en la Tierra, muchas especies. Y si buscáramos el lugar donde se encuentran espacialmente estos «yos» vegetales, llegaríamos al centro de la Tierra. Todos los «yos» vegetales están reunidos en el centro de la Tierra.

Sería una concepción primitiva del espíritu de los «yos» preguntarse si todos esos «yos» distintos cabrían realmente. En lo espiritual, todo se interpenetra. Quien no comprenda esto llega a la visión que ahora se recoge en un libro, especialmente recomendado a los teósofos, que, aunque habla de mundos espirituales, lo hace de tal manera que surge la pregunta: Si a lo largo de un milenio hubieran vivido treinta mil millones de personas cuyas almas se supone que ahora se encuentran en la órbita de la Tierra, tendría que haber tal cantidad de almas que habría poco espacio para todas ellas en la órbita de la Tierra. —Este libro tiene buenas intenciones, pero es tremendamente trivial.

En el centro de la Tierra debemos buscar el «yo» vegetal, porque la propia Tierra, como planeta, es un organismo completo; y del mismo modo que el pelo forma parte de vuestro organismo, las plantas son partes del organismo de nuestra Tierra, y las plantas, que son partes del organismo de nuestra Tierra, no son seres independientes en sí mismas, sino miembros del organismo terrestre. El dolor y el placer de las plantas son el dolor y el placer del organismo terrestre.

Solo tenemos que recordar lo que ya se dijo hace unas semanas sobre el dolor y el placer en el mundo vegetal. Quien sea capaz de observar estas cosas sabe que, cuando se daña una planta, —en lo que respecta a sus partes superiores—, esa lesión no va acompañada de una sensación de dolor para nuestro organismo terrestre. A la Tierra le produce una sensación de bienestar. Es como cuando el ternero mama de la vaca, lo cual también va acompañado de una sensación de placer. Porque lo que brota de la Tierra a través de las plantas, aunque sea sólido, ese verdor que brota de la Tierra es comparable, para el organismo terrestre, a la leche del organismo animal. Y cuando en otoño el segador corta los tallos con la guadaña, esto para quien sabe profundizar en las ideas de la ciencia espiritual hasta convertirlas en sensaciones del alma, no es solo un proceso abstracto, sino que el corte de la guadaña supone un soplo de placer que se extiende por el campo, y toda la siega del cereal salpica el campo de sensaciones de placer.

Así aprendemos a sentir con el organismo de la Tierra, igual que sentimos en el regazo de un amigo. Y aprendemos a comprender el dolor de la Tierra cuando sabemos que ella siente dolor en cuanto arrancamos las plantas de raíz. Para la Tierra es un dolor que arranquemos la planta de raíz. No se puede objetar aquí que, en determinadas circunstancias, podría ser mejor trasplantar una planta con sus raíces que arrancar la flor. Esas circunstancias no tienen aquí ninguna importancia. Cuando a una persona le empiezan a salir canas y, para seguir luciendo más guapa, se arranca las primeras canas, eso le duele de todos modos.

Así aprendemos a sentir en sintonía con la naturaleza que nos rodea, y la naturaleza se convierte cada vez más en nuestra alma y nuestro espíritu. Y cuando salimos a una cantera, y vemos a los canteros desprendiendo las piedras, si profundizamos en las ideas de la ciencia espiritual, eso no se convierte en algo abstracto para nosotros, sino en sentimientos del alma. Entonces no nos limitamos a ver cómo las piedras salen disparadas de la roca. Sí, ni siquiera cuando se dinamita una roca nos resulta algo abstracto, sino que aprendemos a sentir lo que siente ahí fuera la naturaleza, impregnada de alma y espíritu. Y cuando nos encontramos ante un vaso de agua y echamos un poco de sal o un trozo de azúcar en el agua y vemos cómo se disuelven, entonces se percibe algo: hay un alma ahí dentro. Y si queremos saber qué tipo de alma hay ahí dentro, no debemos recurrir a analogías habituales. Porque fácilmente se podría creer que, cuando el cantero separa las piedras a martillazos, eso causa dolor a la naturaleza; pero ocurre precisamente lo contrario. Lo que en el reino de las piedras se denomina «desmenuzamiento» provoca en la naturaleza la mayor alegría, una sensación de bienestar interior; y esa misma sensación de bienestar interior se produce también cuando disolvemos un trozo de azúcar o de sal en el agua. A través de ella fluyen las sensaciones de bienestar de los cuerpos minerales que se disuelven. En otras ocasiones ocurre de forma diferente.

Recordemos los tiempos primigenios de la Tierra, aquella época en la que era un cuerpo líquido y ardiente y en la que todos los metales y minerales de nuestra Tierra se encontraban disueltos. La Tierra no podía permanecer así, pues debía convertirse en el escenario en el que vivimos, el escenario sólido sobre el que podemos caminar. Los metales y los minerales tuvieron que solidificarse a partir del elemento líquido; tenían que volverse sólidos, tenían que compactarse. Lo que estaba disuelto en el elemento líquido tuvo que aglutinarse, cristalizarse; es decir, un proceso similar al que se produce en un vaso de agua en el que se ha disuelto sal. Si dejan que el agua se enfrie, verán cómo los cristales de sal se desprenden de la masa de agua como cuerpos sólidos. Si observan las sensaciones que intervienen en este proceso, verán que son sensaciones de dolor en el reino de las rocas, aparentemente inerte. Toda aparente destrucción y fragmentación del reino de las rocas es una sensación de placer para la Tierra. Toda consolidación, todo endurecimiento, toda cristalización se produce con dolor, y es con dolor como se han formado todas las rocas, todos los minerales sólidos del lugar en el que vivimos y por el que caminamos. Esto es, más o menos, lo que ocurrió durante el endurecimiento de la corte terrestre.

Si miramos hacia el futuro de la evolución de la Tierra, debemos imaginárnoslo de tal manera que lo sólido se vaya volviendo cada vez más líquido, hasta disolverse. La Tierra se transforma, en última instancia, en lo que llamamos la «Tierra astral», hasta que la materia terrestre se haya vuelto cada vez más sutil. De modo que, en la primera mitad de nuestro proceso de formación terrestre, debemos considerar los componentes minerales como aquello que, entre dolor y sufrimiento, se convierte en el escenario sólido de nuestra vida; y, hacia el final, una sensación de bienestar cada vez más dichosa impregna el proceso de formación de la Tierra, y toda la Tierra estará inmersa en una sensación de bienestar cuando se transforme en un planeta celestial que existirá astralmente en el mundo.

Los iniciados, cuando hablan de estas cosas, siempre revelan profundos misterios en sus frases. Revelan misterios tales que sus frases pueden interpretarse incluso de múltiples maneras, porque encierran un gran significado. Pablo, que era un iniciado, pronunció frases de este tipo, en las que siempre hay un significado múltiple. Cuanto más avancemos en la comprensión del cosmos y de los mundos espirituales, más profundo nos parecerá siempre una afirmación como esa de Pablo. Pablo sabía que los cuerpos terrestres se han solidificado entre dolores y suspiran por su disolución, por su transformación en algo espiritual y celestial: «¡Y toda la naturaleza suspira entre dolores, esperando su adopción como hijos!» Esos dolores, bajo los cuales se han formado los minerales sólidos que constituyen el suelo sobre el que pisamos y caminamos, son a los que se refiere el iniciado Pablo con estas profundas palabras.

No llegaremos a comprender realmente la ciencia espiritual mientras para nosotros no sea más que un sistema de pensamiento. Pero lo peculiar es que las ideas se transforman en sentimientos, y que nos convertimos en otras personas, ¡porque a cada paso aprendemos a sentir y percibir todo lo que vemos a nuestro alrededor! Eso es lo que pensaban aquellos que realmente sabían algo de la doctrina esotérica del cristianismo. Hasta bien entrado el siglo XVIII se puede seguir la estela de los escritores cristianos que aún tenían una sensibilidad hacia lo vivo en la naturaleza, hacia todo lo que es gozo y dolor. Por eso nos dicen en sus escritos palabras que hoy en día, para el ser humano, no son más que meras palabras o, como mucho, alegorías e imágenes, mientras que deben entenderse como algo real: «No debéis limitaros a pensar en la naturaleza, ¡deberéis sentirla, saborearla y percibirla!». Eso es lo que querían decir cuando la Parca segaba las briznas de hierba: que saboreáramos eso, que sintiéramos las emociones que se extendían por el campo. Y cuando vemos cómo el hombre en la cantera astilla las piedras, que entonces compartamos la sensación de bienestar que nos transmite la naturaleza. Y cuando vemos cómo, allí donde un río desemboca en el mar, se deposita la tierra, que aprendamos a sentir cómo, junto con la tierra que se deposita, se depositan al mismo tiempo sentimientos de dolor.

De este modo, la naturaleza nos impregna por completo. Así es como el alma del ser humano se libera de la estrechez. El sentimiento fluye hacia el entorno. De esta forma, nos unimos a toda la naturaleza que nos rodea. Y cuando, poco a poco, nos vamos uniendo así a toda la naturaleza que nos rodea, entonces también percibimos los acontecimientos más importantes en su dimensión espiritual, en su carácter anímico. Entonces sentimos, cuando en primavera los días se alargan cada vez más, cuando cada vez más y más luz inunda nuestra Tierra, cuando del misterioso interior de la Tierra brotan las plantas que estaban en sus brotes dentro de la tierra, y cuando todo se cubre de nuevo de verde, sentimos que de ahí brota no solo lo que vemos —ese verde resplandeciente—, sentimos que también está ocurriendo algo a nivel anímico.

Y cuando, al acercarse el invierno, los días se acortan, llega cada vez menos luz a nuestra Tierra, las plantas vuelven a retraerse y el verdor cambia, entonces sentimos algo parecido a lo que sentimos nosotros mismos cuando, cansados, nos disponemos a dormir por la noche. Y sentimos algo similar en primavera, cuando la naturaleza despierta: que entonces esa expresión no es para nosotros una mera alegoría, sino una verdadera realidad. Sentimos el cambio de la naturaleza, el cambio del alma y del espíritu de la naturaleza. Sentimos cómo, a partir de mediados del verano, todo va decayendo, cómo el alma de nuestra Tierra se inclina hacia su estado de sueño. —Pero entonces, cuando por la noche el ser humano se inclina hacia su estado dormido, nos encontramos ante ese proceso vivo que a menudo hemos descrito: Poco a poco, el cuerpo astral se separa junto con el yo del ser humano, se libera y flota, por así decirlo, en su propio mundo, su mundo más íntimo. Y si el ser humano, en el estado de desarrollo actual de la humanidad, pudiera hacer lo que algún día será capaz de hacer, entonces, cuando el cuerpo astral se separara del cuerpo etérico y físico, se encendería una conciencia espiritual; el trabajo espiritual y el mundo espiritual rodearían el cuerpo. El ser humano simplemente saldría de su cuerpo físico, entrando en otra forma de existencia. De hecho, eso es lo que hace, solo que, en su estado actual de desarrollo, no es consciente de ello.

Esto también ocurre en nuestra Tierra. El cuerpo astral de nuestro planeta sufre transformaciones a lo largo del año. Estas transformaciones son diferentes en cada uno de los dos hemisferios de la Tierra; pero eso no nos concierne hoy. El cuerpo astral de nuestra Tierra se ocupa de la existencia natural de nuestro planeta en aquella época en la que las plantas y la vida en general brotaban de la tierra. Se encarga de que las plantas crezcan; se ocupa de todo lo que ocurre en la Tierra en lo que respecta al verdor y al crecimiento. Y en otoño, cuando una especie de estado de letargo se apodera de la Tierra, este cuerpo astral de la Tierra pasa a dedicarse a su labor espiritual.

Aquellos que perciben vivamente este proceso de la Tierra, que saben que, de manera directa, durante el apogeo del sol, —desde la primavera hasta bien entrado el otoño—, deben ver en todo lo que brota y florece en el exterior la manifestación externa del espíritu de la Tierra. Pero luego, cuando se acerca el otoño, se enfrentan directamente al cuerpo astral terrestre, que se ha vuelto más libre; y cuando los días son más cortos, es decir, cuando la vida física exterior se acerca más al sueño, entonces despierta la vida espiritual. ¿Y qué es esta vida espiritual de la Tierra? ¿Quién es el espíritu de la Tierra?

Este «Espíritu de la Tierra» se ha autodenominado así, ya que, cuando dijo: «Quien come mi pan, me pisotea», y cuando se refirió a lo que la tierra produce como alimento sólido para los seres humanos, y dijo: «Este es mi cuerpo», y cuando se refirió a lo que, en forma de jugos, fluye por lo vivo y dijo: «Esta es mi sangre». En aquel momento, con estas dos afirmaciones, designó a la propia Tierra como su organismo.

Todo esto era diferente en la época precristiana, y así es también en la época cristiana. Porque tal y como es en la época cristiana, así se hizo por primera vez en un momento concreto de la evolución de la Tierra. En los tiempos de los días cortos, cuando se celebraban los sagrados misterios de la Antigüedad, los iniciados se volvían con todo su ser anímico hacia el sol; y aproximadamente en la profunda medianoche del día que conocemos como el día de Navidad, se hacía que los iniciandos en los sagrados misterios pudieran ver el sol a la hora de la medianoche. Pues en ese momento se les conducía a la clarividencia. El ser humano actual no puede ver el sol a medianoche, pues este se encuentra más allá de la Tierra. Sin embargo, para el que ve, la Tierra física no supone un obstáculo para contemplar el sol. Él ve el sol en su esencia espiritual. Y cuando los videntes de los misterios sagrados veían el sol a medianoche, veían al regente del sol, al Cristo. Pues, en aquel entonces, para aquellos que debían entrar en contacto con él, aún se encontraba plenamente en el sol.

Cuando en el Gólgota brotó la sangre de las heridas, fue un acontecimiento trascendental para toda la evolución de la Tierra. Nadie comprende este acontecimiento si no es capaz de entender que el cristianismo se basa en un hecho místico. Si alguien, con una visión clarividente, hubiera podido observar desde un planeta lejano la evolución de la Tierra a lo largo de milenios, habría visto no solo el cuerpo físico de la Tierra, sino también su cuerpo astral; y este cuerpo astral de la Tierra habría mostrado, a lo largo de milenios, determinadas luces, determinados colores y determinadas formas. En un instante, todo eso cambió. Aparecieron otras formas, brillaron otras luces y otros colores, y ese fue el momento en que, en el Gólgota, la sangre brotó de las heridas del Redentor. No se trató solo de un acontecimiento humano, sino de uno cósmico. De este modo, el Yo de Cristo, que hasta entonces solo podía buscarse en el Sol, se trasladó a la Tierra. Se unió a la Tierra, y en el espíritu de la Tierra encontramos el Yo de Cristo, el Yo solar. Y el iniciado es capaz de ver ahora, en esta nueva era, al espíritu solar, —que en los sagrados misterios de la Antigüedad buscaba en el sol en la medianoche de Navidad—, en el propio Cristo, como el espíritu central de la Tierra.

La conciencia cristiana reside en el sentirse vivo y unido al Espíritu de Cristo; no solo la conciencia del cristiano común, sino la conciencia del iniciado cristiano.

Este es el proceso que tiene lugar cada año, cuando los días se acortan y la Tierra natural entra en su letargo. Entonces, el proceso consiste en que podamos entrar en conexión directa con el espíritu de la Tierra. Por eso, el hecho de situar el nacimiento del Salvador en la época de los días más cortos y las noches más largas no es fruto de la arbitrariedad, sino del principio de la iniciación. Y vemos algo de un significado espiritual infinito vinculado al acortamiento de los días y al alargamiento de las noches, y sentimos también que en este acontecimiento hay un alma, y precisamente el alma más elevada que podemos percibir en la evolución de la Tierra.

Cuando los primeros cristianos pronunciaban el nombre de Cristo, no percibían una doctrina ni un conjunto de ideas. Les habría parecido totalmente imposible que se llamara «cristiano» a alguien basándose únicamente en las frases que Cristo Jesús pronunció como doctrina cristiana. A nadie se le habría ocurrido negar que esas frases también se encuentran en otras confesiones religiosas, y a nadie se le habría ocurrido considerar esto como algo especial. Solo hoy en día, precisamente en los círculos cultos, se concede especial importancia a que la doctrina de Cristo Jesús coincida con otras confesiones religiosas. Es cierto: difícilmente se podrá encontrar un principio doctrinal que no se haya enseñado ya anteriormente, pero eso no es lo importante. El cristiano no está unido a Cristo únicamente a través de la doctrina. No es cristiano quien cree en las palabras, sino quien cree en el espíritu de Cristo. Ser cristiano implica sentirse unido al Cristo que realmente caminó sobre la Tierra. Limitarse a reconocer la doctrina de Cristo no significa predicar el cristianismo. Predicar el cristianismo significa ver en Cristo el Espíritu que acabamos de caracterizar como el regente del Sol, quien, en el momento en que la sangre brotó de las heridas en el Gólgota, trasladó su obra a la Tierra y, con ello, incorporó a la Tierra a la obra del Sol.

Por eso, incluso aquellos que anunciaron el cristianismo por primera vez no se sintieron en absoluto obligados a limitarse a proclamar las palabras; sino que dieron la mayor importancia a anunciar la persona de Cristo Jesús: «Le hemos visto cuando estaba con nosotros en el Monte Santo». Que Él estuviera allí, que le hubieran visto, eso era lo que les importaba. «Hemos puesto nuestras manos en sus llagas». Daban importancia al hecho de haberlo tocado. De este acontecimiento histórico parte todo el desarrollo futuro de la humanidad en nuestra Tierra. Así se percibía en aquel entonces. Por eso dijeron los discípulos: «Damos gran importancia al hecho de que estuviéramos con Él en el monte; pero también consideramos algo grandioso que la palabra de los profetas se haya cumplido en Él, ¡esa palabra que procedía de la propia Verdad y Sabiduría!». Y se ha cumplido lo que los profetas habían previsto. En aquella época, por «profetas» se entendía a los iniciados, que podían predecir la venida de Cristo porque lo habían visto en los antiguos misterios sagrados, en la medianoche de Navidad. Los primeros discípulos de Cristo presentan el acontecimiento del Gólgota como el cumplimiento de lo que siempre se había sabido, y se produce un gran cambio en los sentimientos de los iniciados.

Si echamos la vista atrás a la época precristiana, y nos adentramos cada vez más en esos tiempos, vemos cada vez con mayor claridad cómo todo amor está ligado a los lazos de sangre. Incluso en el pueblo judío, del que procedía el propio Cristo, vemos que el amor se limita exclusivamente a los vínculos de sangre. Vemos que se aman aquellos en quienes corre la misma sangre, y también antes siempre fue así: el amor se basaba en el fundamento natural de la sangre común. El amor espiritual, que es independiente de la sangre y la carne, no llegó a la Tierra hasta con Cristo. Y en el futuro dependerá de que se cumpla la frase: «Quien no deje a su padre y a su madre, a su hermano y a su hermana, a su mujer y a sus hijos, no puede ser mi discípulo». Quien haga que el amor dependa de la base natural, de la sangre, no es, en este sentido, un cristiano. El amor espiritual, que atravesará a la humanidad como un gran vínculo fraternal, es el resultado del cristianismo.

A cambio, el ser humano aprende también, a través del cristianismo, la mayor libertad y la mayor coherencia interior. Ya el salmista decía: «Me acuerdo de los días antiguos y medito en los tiempos remotos». Esa era una sensación constante en la antigüedad: mirar hacia los antepasados. Se sentía que la sangre de los antepasados aún corría por las propias venas, y se sentía el «yo» unido al «yo» de los antepasados. Si se quería sentir eso de verdad, incluso en el antiguo pueblo judío, se pronunciaba el nombre de Abraham; pues uno se sentía inmerso en esa corriente de sangre común que descendía de Abraham. El judío decía, cuando quería expresar lo más elevado: «Soy uno con Abraham». —Y su alma, —esto tiene un trasfondo muy profundo—, tras la muerte del cuerpo, regresaba al seno de Abraham. Todavía no existía aquella independencia que, a través de Cristo Jesús, se ha introducido en la conciencia del ser humano. A través de Cristo Jesús, el reconocimiento consciente del «Yo soy» se introdujo en el ser humano.

Pero había algo que entonces aún no se percibía: la plenitud de la divinidad del ser divino más íntimo del ser humano. Sentían el «Yo soy», pero lo relacionaban con los antepasados; lo sentían en la sangre común que fluía desde los tiempos de Abraham. Entonces llegó Cristo Jesús y trajo la conciencia de que en el ser humano hay algo mucho más antiguo, algo mucho más permanente: que el «Yo soy» no es solo aquello que contiene lo que vive como algo común en un pueblo, sino lo que hay en cada persona, por lo que el amor también debe buscarse a su vez en cada persona, desde dentro de ella misma.

El «yo» que hoy está encerrado en vosotros, aislado del exterior, busca el amor espiritual en el exterior. Este «yo» no se siente uno con el Padre que estaba en Abraham, sino con el Padre espiritual del mundo: «Yo y el Padre somos uno». Y una afirmación aún más profunda que esta, —aunque esta sea la más trascendental, porque abre más el camino a la comprensión—, es aquella en la que Cristo dejó claro a los hombres que eso no es lo más profundo cuando dicen: «Yo ya estaba en Abraham». Les dejó claro que el «Yo soy» es más antiguo, surgido de Dios mismo: «Antes de Abraham estaba <Yo soy>». Así reza la frase en el texto original, que suele aparecer de tal forma que nadie puede entenderla: no dice «Antes de que existiera Abraham, yo soy», sino: «Antes de Abraham estaba <Yo soy>», el ser espiritual más íntimo que cada uno lleva en su interior.

Quien comprenda esta frase penetra profundamente en la esencia de la visión cristiana y de la vida cristiana, y comprende por qué Cristo también señala lo siguiente: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Y por eso debemos también sentir el significado correctamente interpretado de la antífona de Navidad, que nos recuerda una y otra vez, en la noche de la consagración cristiana, el misterio eterno de la atemporalidad del «Yo soy». En el canto navideño no se dice a modo de recuerdo: «Hoy conmemoramos que Cristo nació», sino que cada vez se dice: «¡Hoy nos ha nacido Cristo!». Porque el acontecimiento es atemporal; y lo que ocurrió en su día en Palestina, para quien es capaz de convertir la doctrina en sentimientos y sensaciones, ocurre una y otra vez en cada Nochebuena.

Una visión espiritual del mundo volverá a guiar al ser humano para que vuelva a sentir de forma viva lo que significa una fiesta como esta. Su misión no es ser una doctrina abstracta, una teoría abstracta, sino introducir al ser humano de lleno en la vida, hacer que le parezca no algo abstracto, sino algo impregnado por doquier de alma. Y sentimos el alma cuando salimos a la cantera y vemos cómo se parte la piedra; sentimos el alma cuando contemplamos la migración de las aves, cuando vemos cómo la guadaña recorre los campos, cuando sale y se pone el sol; y sentimos una conexión cada vez más profunda con el alma cuanto más profundos son los acontecimientos que contemplamos. En los grandes momentos de cambio del año sentimos los acontecimientos espirituales más importantes, y debemos volver a aprender a sentir lo que para nosotros es lo más importante en esos grandes momentos de cambio del año, que están marcados en nuestras fiestas.

Así, nuestras fiestas volverán a ser algo que, como un soplo de vida, impregne las almas de las personas, y el ser humano volverá a integrarse, en esos momentos festivos, en toda la actividad y el tejido de la naturaleza espiritual y anímica en su plenitud. El antroposofo debe, en primer lugar, intuir, como un pionero, en qué pueden convertirse las fiestas cuando la humanidad vuelva a comprender el espíritu, cuando vuelva a experimentar lo que significa volver a comprender el espíritu en las fiestas. Formará parte de las fuerzas que vuelvan a conducir al ser humano hacia el mundo el hecho de que, ya hoy, en estos días festivos, sintamos y percibamos algo de lo que la naturaleza siente y percibe, y recordemos, en estos momentos tan importantes, lo que el conocimiento del espíritu, en esta doctrina de la vida, vuelve a aportar al ser humano. Entonces, la ciencia espiritual se convertirá en una realidad viva del alma, será Vitaesophia. Y podrá serlo mejor que nunca en los tiempos en que el alma del mundo se incline especialmente hacia nosotros y se una a nosotros de manera particularmente íntima.

Traducido por J.Luelmo