CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 29

GA101 Köln, 29 de diciembre de 1907 - El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

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RUDOLF STEINER

  El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

XVª conferencia
Köln, 29 de diciembre de 1907

Hoy me gustaría comentar algunos símbolos y signos característicos, para que tengamos cada vez más claro cuál es el tema fundamental de nuestras conferencias, que consiste precisamente en mostrar cómo se relacionan los signos y los símbolos con el mundo astral y el mundo espiritual, también conocido como el mundo devacánico.

Hemos visto que los símbolos y las imágenes, así como las relaciones numéricas y formales extraídas realmente de la naturaleza y la esencia de los mundos superiores, una vez que el alma las ha asimilado, suscitan en ella auténticas fuerzas anímicas en forma de representaciones, pensamientos, ideas y sensaciones que tienen un efecto configurador. Sí, incluso hemos podido ver que el Arca de Noé tuvo un efecto formador sobre el cuerpo físico actual del ser humano, y que el Templo de Salomón, cuando sus formas actúen sobre los seres humanos de la actualidad, tendrá una gran importancia para la formación del ser humano en la sexta raza. A partir de estos datos ya pueden ver que, a través de los guías de la humanidad, que actúan continuamente en el proceso de evolución de la humanidad, se sigue en realidad un camino similar al que sigue cada persona en las escuelas ocultas elementales. También en ese caso nos encontramos ante una concentración de sensaciones, pensamientos, ideas, etc., —a lo que se suman muchas otras cosas—, que resultan eficaces y formativas para el ser humano.

En las diversas corrientes ocultistas actuales prevalece, en muchos casos, la opinión de que en nuestra época también podría darse un ascenso a los mundos superiores por otros medios distintos al uso de representaciones imaginativas y simbólicas. Y entre la gente de hoy en día existe cierto temor, incluso aversión, a ascender al mundo astral con la ayuda de signos simbólicos u otros medios de formación ocultista. Si nos planteamos la pregunta: «¿Están justificados esos temores?», podemos responder: «Sí y no». - En cierto sentido, están justificados; en otro sentido, no tienen ningún sentido, porque nadie puede ascender realmente a los mundos superiores sin atravesar el mundo astral. Es una suposición errónea pensar que se puede atravesar el mundo astral con los ojos vendados. Solo hay que tener claro que el mundo espiritual, como tal, tiene diferentes ámbitos. El ser humano descendió al mundo físico a través del mundo astral, y debe ascender de nuevo al mundo espiritual a través del mundo astral. Lo que hay que evitar es que el ser humano, en su evolución, retroceda a estados anteriores. El ser humano nunca debe retroceder a estados anteriores. Todo estado mediúmico supone un retroceso a un estado anterior, mientras que la verdadera formación esotérica es un ascenso hacia estados superiores. El ser humano debe ascender a través del mundo astral con plena y lúcida conciencia diurna para llegar a los ámbitos superiores del mundo espiritual. Todo lo que el ser humano actual lleva en su interior en forma de deseos, pasiones e instintos está anclado en el cuerpo astral; es el cuerpo astral el que los alberga. Sin embargo, si el ser humano quiere ascender a mundos superiores, debe trabajar de nuevo con sensaciones y sentimientos; no hay otro camino. Pero se trata de que nunca intente ascender a los mundos superiores sin mantener plenamente los logros de nuestro mundo físico, es decir, nunca atenuando la conciencia. Cuando observamos a los médiums, siempre constatamos que se ven arrojados a un estado de conciencia anterior. Su lúcida conciencia diurna se atenúa, se debilita, y se evoca un estado de conciencia anterior que el ser humano ya ha superado. Quien quiera convertirse en clarividente en el sentido moderno del término debe conservar y llevar consigo su actual conciencia diurna lúcida. Solo puede hacerlo atravesando el punto del «pensar libre de sensorialidad», y nunca puede suceder nada cuando el ser humano atraviesa el pensar libre de sensorialidad. Aclaremos bien qué significa esto.

El pensar y el imaginar llenos de sensorialidad es todo aquello que parte de la percepción sensorial de los objetos que nos rodean. Si ustedes forman sus ideas de tal manera que, en primer lugar, observan un objeto, lo perciben y luego lo retienen en la memoria, y su vida mental discurre de tal forma que se sienten estimulados por tales ideas, entonces tienen un pensar lleno de sensorialidad. Esto constituye, con mucho, la mayor parte de las experiencias espirituales del ser humano actual. Y cuando el ser humano se pregunta cuánto le queda si expulsa de su alma todas las ideas provocadas por la percepción sensorial, entonces se da cuenta por primera vez del contenido que aún queda en su alma. Cuando se han eliminado las ideas estimuladas por lo exterior, entonces comprende lo que quiso decir el filósofo griego Platón cuando escribió en la puerta de su escuela: «Que no entre quien no conozca la geometría». Lo que esto significa es que no debe entrar quien no haya sido capaz de elevarse a un pensar libre de lo sensorial. No exigía geometría común. Tampoco se exige eso hoy en día a quienes desean ascender a mundos superiores. Tampoco hoy sería necesario por razones objetivas internas. Pero a partir de las representaciones geométricas uno puede formarse una idea de lo que es el pensar libre de lo sensorial. Si colocan aquí tres judías, añaden otras tres y luego otras tres más, entonces pueden aprender, a partir de esta impresión sensorial, que 3 por 3 es igual a 9. El niño o el hombre primitivo lo aprende con los dedos. Eso es un pensar lleno de sensorialidad. Cuando ya no se necesitan los dedos ni las judías, sino que se aprende lo mismo a través de una contemplación puramente intelectual, entonces se trata de un pensar libre de sensorialidad. En su proceso de aprendizaje, el niño parte, de un punto de apoyo [judías o dedos], y solo más adelante alcanza un pensar libre de la experiencia sensorial. Cuando dibujamos un círculo en la pizarra, en realidad no se forma ningún círculo; lo que dibujamos allí es una acumulación de pequeños montículos de tiza. Con la percepción sensorial por sí sola no se puede comprender qué es un círculo real. Solo cuando el círculo es contemplado mentalmente y construido en nuestro propio interior es cuando está libre de sensorialidad.

Hoy en día, el mejor medio para que un grupo más amplio de personas alcance un pensar libre de sensorialidad, es la teosofía, siempre que se entienda de tal manera que el ser humano aprenda a separar las ideas, de la sensorialidad. Especialmente en los ámbitos que van un poco más allá de lo más elemental, la teosofía conduce al ser humano hacia un pensar libre de sensorialidad. Por ejemplo, si se quiere comprender claramente qué es el cuerpo etérico o qué es el cuerpo astral, es evidente que no pueden verlos externamente. Precisamente eso es lo que le aporta la teosofía: que describe cosas que no pueden verse externamente. O cuando en la teosofía describimos la antigua Luna, esbozamos una imagen de ella, —incluso lo más drástica posible—, en la que combinamos representaciones sensoriales y suprasensoriales, de modo que una persona de mentalidad materialista diría: «Ahí está pintando algo que no es en absoluto posible». - Sí, en la teosofía hay que enseñar algo que, para los estándares actuales, resulta prácticamente imposible, y describir la antigua Luna de tal manera que en ella no hubiera rocas, minerales ni piedras como las que hay hoy en nuestra Tierra. Toda la antigua Luna estaba compuesta por una sustancia viva, cuya densidad podría compararse con la de una especie de puré de espinacas o ensalada cocida; es decir, un cuerpo a medio camino entre los minerales y las plantas, un cuerpo mitad vegetal, mitad mineral. En la antigua Luna encontramos algo parecido a una vida semivegetal. En aquella época aún no existían minerales como los actuales. Si observaran las turberas actuales, donde también hay una especie de sustancia semivegetal, obtendrían una imagen exterior similar a la que tenía la sustancia de la antigua Luna. En lugar de rocas y montañas, en la antigua Luna habría encontrado, como mucho, algo parecido a lo que hoy es la corteza de nuestros árboles. Ahora bien, cualquier naturalista le objetará hoy que algo así no podría existir como planeta. —Pero eso es precisamente lo importante, —y es una necesidad para comprender otras épocas evolutivas—: que el ser humano libere su pensar de lo que hoy se adhiere a las representaciones del pensar y la percepción sensoriales habituales, y llegue a un pensar libre de sensorialidad. El pensar libre de sensorialidad no es un pensar abstracto, sino un pensar muy, muy real. Si nos imaginamos la antigua Luna como una especie de gran lechuga con su corteza encerrada y demás, eso es pensar de forma «sensorial-suprasensorial», como dice Goethe. Al separar el color y la forma de lo sensorial y proyectarlos libremente en el espacio, habrán adquirido representaciones gracias al pensar libre de lo sensorial. Quien considere esto como una base sólida, nunca tropezará al ascender a mundos superiores.

Hagamos un esquema. Hay cosas que se vuelven confusas cuando se representan con símbolos incorrectos.

Así pues, aunque para comprender ciertas relaciones basta con dibujar el plano físico, el plano astral y el plano devacánico superpuestos, es más correcto imaginar el mundo físico como una esfera cerrada en sí misma, rodeada por el plano astral y, a su vez, rodeada por el plano devacánico. En lugar de dibujar capas horizontales, es recomendable representarlo así (véase el dibujo), ya que esto permite distinguir entre dos zonas del plano astral.

Si observamos dos zonas muy concretas del plano astral, que aquí señalamos con la flecha 1, vemos que en el mundo astral existen, para lo que aquí en la Tierra llamamos lo masculino y lo femenino, los dos opuestos «forma» y «vida». La forma y la vida son opuestos en el plano astral. Ahora bien, si quisiéramos encontrar la forma y la vida en el plano astral, solo las encontraríamos si fuéramos en esta dirección (desde el centro hacia arriba, véase la flecha 2). Si nos dirigimos hacia el otro lado (del centro hacia abajo, véase la flecha 3), no nos encontramos en absoluto con el opuesto beneficioso de «forma» y «vida», sino con el opuesto «descomposición» y «enfermedad». Así pues, si partimos del mundo físico, en el plano astral, al dirigirnos hacia arriba, nos encontramos con el opuesto «forma» y «vida»; a lo que corresponde, en el mundo astral hacia abajo —es decir, descendiendo, por así decirlo, por debajo de lo físico—, la oposición entre «descomposición» y «enfermedad». Siempre que nos dirigimos hacia un lado, donde observamos cualidades beneficiosas para el mundo físico, a estas les corresponden, en el otro lado, influencias destructivas y nocivas para el mundo físico. Ahora tenemos la posibilidad de distinguir entre las distintas partes del plano astral. De hecho, sobre el alma humana actúan dos ámbitos del plano astral totalmente diferentes entre sí.

Si queremos hacernos una idea de cómo actúan estas dos esferas tan diferentes sobre el alma, debemos pensar que en el ser humano tenemos: el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral; y, según su desarrollo, —que ya se ha descrito en numerosas ocasiones—: Manas o yo espiritual, Budhi o espíritu vital, y Atma o hombre espíritu; y en medio de todo ello, impregnado por el yo, se encuentra lo anímico. De modo que, en cierta medida, podemos distinguir entre: el cuerpo, —que en realidad abarca los tres cuerpos—, el alma y el espíritu. Ahora bien, en el alma se reflejan los tres miembros inferiores: el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En la medida en que los cuerpos físico, etérico y astral se reflejan en su forma original, infunden en el alma del ser humano cualidades inferiores y depresivas. Pero en el ser humano también se refleja lo que es superior: Manas, Budhi, Atma, y gracias a ello contamos en el alma con elementos igualmente elevadores y purificadores. En el cristianismo estricto también se conocía esta doble forma de reflejo en el alma humana. Se observaba que en el alma se refleja la naturaleza humana superior, o bien se refleja la naturaleza inferior. Algunos lo intuían, aunque no fueran esoteristas. Por eso se decía: cuando el ser humano llega a la muerte, percibe el reflejo del mundo espiritual como el conjunto de leyes de Moisés; y cuando lo inferior se refleja en el alma, el diablo le lee a esta, en la muerte, el registro de los pecados.

Esto significa que ante los ojos del alma se le presentan todas las cualidades que le son propias: lo que se refleja desde lo alto se le muestra como las tablas de la ley de Moisés; y lo inferior, que se refleja en el alma, se ha descrito diciendo: «El diablo le lee al alma el registro de los pecados». Si el alma no toma el camino correcto, puede, sin embargo, hundirse en sus pasiones más bajas; eso puede suceder. Pero eso no debe presentarse ante las personas como un elemento disuasorio.

Todas las representaciones que se orientan hacia la imaginación y lo figurativo educan al ser humano para llevarlo gradualmente a ese punto del desarrollo vital en el que aprende a contemplar cada vez más los mundos superiores. Las representaciones figurativas, como por ejemplo la idea de la antigua luna, son un poderoso medio educativo en esta dirección. A través de tales representaciones se transmite al ser humano la idea de la evolución de una manera esotérica correcta. Si ante el ser humano solo se le presentan conceptos áridos y abstractos, su pensar permanece en el plano físico, pues el pensar ordinario, como tal, nunca se aleja del plano físico. Es cierto que se trata de un reflejo del plano del Devachán; pero el pensar que el ser humano alberga dentro, es algo que pertenece al plano físico, no es más que una sombra de los procesos superiores. Por muy sutiles que sean las ideas que se formen sobre cómo se desarrolla el proceso, sobre cómo se diferencia, desciende y se envuelve un ser en el primer nivel de la existencia, todo ello no son más que ideas que le proporcionan conceptos del plano físico, pero que no le hacen avanzar en su desarrollo. Solo las ideas y los conceptos sensorial-suprasensoriales pueden hacernos avanzar realmente, poco a poco, un nivel más allá. En primer lugar, hay que transformar los conceptos en imágenes, en imaginaciones, y repetir este proceso una y otra vez.

Si se plasmara este procedimiento —que, por ejemplo, se enseñaba en las escuelas rosacruces— en un diálogo entre maestro y alumno, se podría expresar así: - En realidad, un diálogo así nunca tuvo lugar tal cual, pero podemos representarlo de esta manera para mostrar lo que el alumno tuvo que ir experimentando poco a poco a lo largo de una experiencia muy, muy prolongada. - El profesor le decía al alumno: Fíjate en la planta, en cómo clava su raíz en la tierra, cómo crece hacia el sol con el tallo y la flor, y cómo desarrolla sus órganos reproductores. Y ahora imagina, por el contrario, al ser humano. —El ser humano queda mal comparado con la planta si se compara su cabeza con la flor y sus órganos reproductores con la raíz de la planta. Incluso Darwin, el gran naturalista, utilizó correctamente esta comparación al comparar la cabeza del ser humano con la raíz de la planta, de modo que, incluso para Darwin, la planta es el ser humano puesto boca abajo. Lo que la planta ofrece castamente al rayo de sol —sus órganos reproductores—, el ser humano lo dirige hacia el centro de la Tierra, de modo que debemos concebir al ser humano como una inversión de la planta, en la que todas las fuerzas que en la planta se dirigen hacia el centro de la Tierra, él las orienta libremente hacia el cosmos inundado de sol, y aquellos órganos que la planta extiende castamente hacia el rayo de sol, él los dirige tímidamente hacia la Tierra. El animal se encuentra en medio de todo ello.

Por lo tanto, si queremos representar las direcciones reales de las fuerzas que existen en el mundo, podemos hacerlo así:

El verdadero significado esotérico del signo de la cruz es una suma de fuerzas. Una de estas fuerzas se dirige hacia abajo: el ser vegetal está guiado por esta fuerza. En el ser humano, se dirige hacia el lado opuesto. El animal tiene la columna vertebral orientada horizontalmente; en él, la fuerza se manifiesta horizontalmente, rodeando la Tierra. El principio anímico asciende desde la existencia vegetal hacia la existencia animal y, de ahí, hacia la existencia humana. Y Platón, que tan a menudo expresó ideas procedentes de la iniciación, pronunció esta hermosa frase: «El alma del mundo está crucificada en el cuerpo del mundo». - Es decir, el alma del mundo atraviesa la planta, el animal y el ser humano; está crucificada en las fuerzas de los tres reinos: el reino vegetal, el reino animal y el reino humano. Y si inscribimos así la cruz en los tres reinos de la naturaleza, la cruz se convierte para nosotros en un signo de la dirección del desarrollo. 

Después, el maestro le decía al alumno: «Debes imaginar cómo extiende la planta su cáliz hacia el rayo de sol, cómo maduran los órganos reproductores cuando la planta es besada por el rayo de sol». —El proceso de desarrollo que va hacia el ser humano, se produce cuando la sustancia vegetal, pura y casta, se ve impregnada de deseos, instintos y pasiones. De este modo, el ser humano conquista su conciencia; de este modo se convierte en ser humano, al atravesar la naturaleza animal. Debido a que el ser humano ha introducido  la naturaleza inferior de los deseos, en la naturaleza vegetal pura, ha ascendido, por otro lado, de la conciencia vegetativa, más bien torpe, a la conciencia diurna, más luminosa.

Desde esta etapa del ser humano actual, el maestro señalaba al alumno una etapa superior. Del mismo modo que el ser humano ha evolucionado desde un estado similar al de la planta, también purificará sus instintos y deseos para alcanzar una etapa superior y casta. El maestro mostraba al alumno las aptitudes presentes en el cuerpo físico del ser humano, gracias a las cuales se pueden alcanzar los niveles superiores de conciencia y la sustancia humana puede transformarse a su vez en una sustancia similar a la de las plantas. Todo ser debe utilizar un cuerpo físico si quiere manifestarse en la Tierra. Pero, en el futuro, el cuerpo del ser humano se irá transformando cada vez más. 

En lo que respecta a los órganos humanos, hemos de distinguir entre una evolución descendente y otra ascendente. Una parte de los órganos humanos se encuentra en evolución descendente; con el paso del tiempo —que, sin embargo, se cuenta en milenios—, el ser humano se despojará de ellos. Otros órganos están en proceso de formación y, en el futuro, alcanzarán un mayor grado de desarrollo; por ejemplo, la laringe humana, que se encuentra aún en los inicios de su evolución. El corazón humano experimentará otro tipo de evolución superior y, en el futuro, se convertirá en un órgano completamente diferente. Mientras que otros órganos ya han superado su punto álgido, se están separando de la naturaleza humana y se están marchitando, en el corazón tenemos un órgano que apenas se encuentra en los inicios de su evolución.

En los músculos humanos podemos distinguir entre los estriados transversalmente y los estriados longitudinalmente; se trata de los músculos voluntarios e involuntarios. Los músculos voluntarios de la mano, por ejemplo, son estriados transversalmente. Los músculos de los intestinos, en cambio, que impulsan el alimento de forma involuntaria, son estriados longitudinalmente. El corazón constituye una excepción en este sentido, y eso supone un punto crucial para los científicos actuales especializados en fisiología y anatomía. Aunque el corazón pertenece a los músculos involuntarios, su musculatura es estriada. Por eso, nuestros anatomistas tampoco logran comprender el corazón. Y es que consideran que todos los órganos son iguales. Si se contemplan los órganos desde un punto de vista espiritual, pueden estar compuestos químicamente por los mismos elementos, pero, aun así, uno puede encontrarse en una evolución descendente y el otro en una ascendente. El corazón está en camino de convertirse en el futuro en un músculo voluntario; ya presenta en su estructura anatómica los rasgos característicos de ello. Hoy en día apenas se nota nada de ello. Hoy contribuye a que las experiencias anímicas actúen sobre la sangre. Podéis observar cómo, cuando os invade un sentimiento de miedo, la masa sanguínea se retira de la periferia del cuerpo hacia el interior, o cómo, al surgir un sentimiento de vergüenza, la sangre es impulsada desde el interior del cuerpo hacia la periferia. En el futuro, además de la transformación del corazón, también se producirá una transformación de nuestra laringe. Hoy en día, la laringe sirve para convertir mis pensamientos en palabras, haciendo vibrar el aire. Podéis captar y escuchar mis palabras con vuestros oídos; esto se debe a las vibraciones del aire. La laringe humana actual es capaz de traducir en vibraciones de aire lo que ocurre en el alma. El cuerpo humano del futuro transformará su laringe en un órgano reproductor, y la palabra, que él hoy solo crea en el aire, en el futuro creará a nuestro alrededor. La reproducción se llevará a cabo entonces a través de la laringe, que creará la raza del futuro.

Del mismo modo que el maestro señalaba al alumno el cáliz casto de la planta, y cómo señalaba al ser humano que, en su descenso, ha impregnado su sustancia vegetal con la naturaleza inferior de las pasiones, los deseos y los instintos, a cambio de lo cual ha adquirido su actual y luminosa conciencia diurna; así, el maestro mostraba cómo el ser humano actual ascenderá a estados de conciencia superiores, y cómo el ser humano del futuro transformará a su vez la sustancia llena de deseos en órganos puros y castos. Al alumno se le señalaba el pasado, el presente y el futuro. Así como el cáliz de la planta se extiende castamente hacia el sol y sus órganos reproductores crecen hacia él, esto volverá a darse en un nivel superior, donde el ser humano ofrecerá su laringe como cáliz al rayo del sol espiritual. A este cáliz espiritual que es el órgano del habla transformado, se le llamaba el Santo Grial. Se trata de un ideal real. Principio, medio y fin de la evolución de la humanidad: aquí ven ustedes la idea de la evolución de la humanidad transformada en una imagen.

A través de las sensaciones que nos despiertan estas imágenes, nos llegan las fuerzas que realmente nos abren el acceso a los mundos superiores. Todo ocurre sin magia alguna. Las imágenes despiertan las sensaciones que conducen al ser humano hacia los mundos superiores. Los sentimientos y las sensaciones conducen al ser humano al mundo astral, del mismo modo que la voluntad lo conduce al mundo devacánico o espiritual. El pensar corresponde al mundo físico, el sentir al mundo astral y la voluntad purificada al mundo del devacán.
Si observamos la planta en su sustancia original y pura, encontramos el verde como color en la vida de la planta. La planta, en aquellas partes en las que el cuerpo etérico está vivo y activo, está impregnada del verde de las hojas, de lo que se denomina clorofila. El cuerpo etérico tiene una ley fundamental: la ley de la repetición. Si en la planta solo actuara el cuerpo etérico, se repetiría una y otra vez la misma forma; brotaría hoja tras hoja. Pero cuando el cuerpo astral de la Tierra comienza a influir en la planta, esta concluye su crecimiento y da lugar a la floración. El efecto del cuerpo etérico se manifiesta en la repetición. Este principio también se hace valer en el crecimiento humano. El cuerpo etérico muestra su influencia en la formación de las vértebras, que, sin embargo, llega a su fin allí donde el cuerpo astral comienza a actuar arqueando la bóveda craneal. Por lo tanto, solo podemos influir en el cuerpo etérico a través del principio de la repetición. Cuando ustedes piensan y comprenden, el efecto de dicha acción se limita al cuerpo astral. Pero cuando ustedes rezan o meditan, por ejemplo, y repiten a diario la misma oración o la misma meditación, su acción llega hasta el cuerpo etérico. En el cosmos las cosas son de la siguiente manera: el principio de la repetición primero se manifiesta en las acciones del cuerpo etérico, y después el principio de la conclusión a través del cuerpo astral. Allí donde el cuerpo astral se retira, reaparece de forma natural el principio de la repetición. Ahí está la causa de que crezcan el pelo y las uñas, porque el cuerpo astral se ha retirado de allí. De hecho, tampoco les duele cuando se cortan el pelo, ya que el dolor es una manifestación del cuerpo astral. En un primer momento tenemos la sustancia vegetal pura y casta, en la que la planta, sometida únicamente a la ley del cuerpo etérico, desarrolla hoja tras hoja. Ahora bien, esta sustancia vegetal pura y casta impregna cada vez más aquello que en teosofía se denomina «kama»: lo instintivo y lo sensorial, lo rico en deseos, hasta llegar a las representaciones mentales. Y ahora, en el ser humano, debe superarse a su vez aquello que se ha desarrollado en él desde que tenía una naturaleza vegetal. A medida que el ser humano se ha ido desarrollando, ha incorporado en sí mismo la sangre roja. La sangre roja es la que provoca en el ser humano aquello que le hace consciente de sí mismo. La clorofila de la planta, impregnada de sustancia astral y del «yo», es la que se ha transformado en sangre roja. Si ustedes pudieran impregnar la sustancia verde de la planta con el «yo» y la sustancia astral, obtendrían la sangre roja. Piensen ahora en la imagen de la cruz. En la imagen de la cruz también hay algo que apunta hacia el futuro del ser humano. ¿Dónde está el futuro del ser humano? Él debe recuperar la naturaleza vegetal, pero unida al nivel superior de conciencia que el ser humano actual ya ha alcanzado. Las rosas rojas de la Rosa Cruz simbolizan lo que se ha alcanzado a través de la sangre, pero también lo que él tenía como naturaleza vegetal y debe volver a recuperar. Esto se refleja en la rosa. Ella tiene naturaleza vegetal y también tiene el color rojo de la sangre. En las hojas verdes actúa el cuerpo etérico; en la flor roja, que es el punto culminante, actúa el cuerpo astral; la flor de la rosa debe su color rojo a las influencias más intensas del cuerpo astral de la Tierra.

En el futuro el cuerpo astral del ser humano se liberará y actuará conscientemente desde fuera, desde fuera del cuerpo físico, al igual que ahora lo hace el cuerpo astral de la Tierra sobre la rosa. Entonces, lo que ahora existe como rosa vegetal en un nivel inferior aparecerá en un nivel superior como la rosa humana. Así, en la corona de rosas que rodea la madera negra de la cruz tenemos, de hecho, un símbolo de la evolución del ser humano. En la madera negra contemplamos lo que muere; es una imagen de lo que también morirá en el ser humano. Y en la rosa roja contemplamos aquello que seguirá desarrollándose hasta alcanzar ese cáliz que, —al igual que el cáliz vegetal del Sol—, se yergue para recibir los rayos espirituales del Sol. Y la Cruz de las Rosas, donde las rosas rojas rodean la cruz negra, nos representa este proceso de forma figurada.

Lo esencial de los símbolos es que no nos limitemos a pensarlos, sino que los sintamos y los experimentemos. Porque solo cuando sentimos que la rosa roja nos dice: «Esto es lo que seréis algún día, esto es lo que representa para vosotros la meta de la evolución humana», y cuando al hacerlo se nos abre el corazón y nuestros sentimientos se purifican, entonces se activan en nuestro interior las fuerzas que nos elevan hacia un mundo superior. Así, estos símbolos son artífices de nuestra alma. Impregnan y penetran nuestra alma; son los educadores más grandes y eficaces de nuestra especie humana.

Del mismo modo que aquí presentamos imágenes e ideas ante el alma, en ámbitos aún más elevados se presentan ante el ser humano las fuerzas internas de los números. El ser humano debe aprender a percibir las relaciones internas de los números como una música espiritual. Se pueden describir las relaciones entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, si se intenta ofrecer imágenes que ilustren cómo se relacionan entre sí estos cuatro miembros de la naturaleza humana. De este modo, el ser humano experimenta una especie de imaginación. Así, se puede describir la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico diciendo: El cuerpo físico surge porque todas las fuerzas y sustancias que abundan en el mineral están unidas por el cuerpo etérico, el cual se desintegraría si el cuerpo etérico no lo impregnara; el cuerpo etérico es un luchador interno contra la desintegración del cuerpo físico. De esta manera, vamos avanzando hacia una concepción del cuerpo etérico.

Y si intentamos formarnos una visualización del cuerpo astral, nos lo imaginamos saliendo por la noche y actuando desde fuera sobre los cuerpos etérico y físico, eliminando las sustancias que provocan el cansancio. Aclaremos esto visualmente. Ahora bien, existe una forma aún más elevada de imaginar esta relación; para ello hay que tener en cuenta el valor intrínseco de ciertos números. Hay que reconocer que la relación de 1:3 es algo completamente distinto a la relación de 1:7. Esto no es indiferente. En el caso de la relación de 1:3, hay que imaginar que el 3 está diferenciado en sí mismo, y hay que imaginar las interrelaciones de cada una de las magnitudes con respecto a las demás.

Pero lo que importa es la relación 1 : 3 : 7 : 12. Si ustedes interpretan la relación entre estos números como una relación tonal, imaginando que un sonido realiza tres oscilaciones en un tiempo determinado, otro realiza siete oscilaciones en el mismo tiempo y otro más realiza doce oscilaciones, entonces habrán expresado en estos números aquella relación que, en la música espiritual, indica la relación entre el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico.

Yo                        =         1
Cuerpo astral     =         3
Cuerpo etérico   =         7
Cuerpo físico      =       12

Esto tiene su razón de ser en la existencia cósmica. Si siguiéramos la evolución desde la existencia de antiguo Saturno hasta la actual existencia terrestre, pronto podríamos descubrir cómo se fundamenta esto en la existencia humana. La Tierra, en su primera encarnación, la de Saturno, estaba rodeada por los doce signos del zodíaco. Estos le proporcionaron la primera semilla del cuerpo físico. Mediante la influencia de los signos correspondientes sobre el cuerpo, surgió esta relación del número doce con cada uno de los miembros del cuerpo físico. Los siete planetas actuaban sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra era un sol, los demás planetas giraban a su alrededor, y así el número siete actuaba sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra se encontraba en su encarnación lunar, actuaba sobre ella, en un primer momento, el Sol. Pero luego, al separarse primero el Sol y después la Luna de la Tierra, de un cuerpo surgieron tres, y de ahí que el número tres actuara en la formación del cuerpo astral. Y cuando el «yo» descendió de los mundos superiores, esto se expresó en el número uno. La relación de 1:3 les indica la relación del «yo» con el cuerpo astral; la de 7, la relación con el cuerpo etérico; y la de 12, la relación con el cuerpo físico.

1 : 3 : 7 : 12 indica, por tanto, la proporción entre los cuatro elementos constitutivos del ser humano, que deben ustedes sentir en su interior. No es fácil despertar la sensación de que hay que imaginarse el cuerpo físico como la más perfecta de las cuatro partes, el cuerpo etérico como la menos perfecta, el cuerpo astral como aún menos perfecta, y el «yo» como el «bebé» entre los cuatro elementos de la naturaleza humana. Hay que considerar el cuerpo físico doce veces más perfecto que el «yo», el cuerpo etérico siete veces más perfecto y el cuerpo astral tres veces más perfecto. Estos números indican los grados de perfección de los cuatro elementos de la naturaleza humana. Así pues, estos números nos ofrecen símbolos profundos de las relaciones reales.

En las escuelas ocultistas existían instrucciones para ir conociendo poco a poco los valores numéricos. Así, se enseñaba el significado del número tres diciendo: «Imaginemos el desarrollo de una planta; en él hay tres aspectos que debemos tener en cuenta. Empecemos, en primer lugar, por la semilla. Tenemos una semilla pequeña y discreta, de la que se desarrolla poco a poco la planta». Podemos representarlo gráficamente haciendo que el germen de la planta se expanda en forma de rayos hasta convertirse en hojas, flores y frutos. Ahora, la semilla se ha convertido en planta y, a su vez, la planta se ha transformado de nuevo en semilla. Todo lo que en la planta se ha desplegado para convertirse en hojas, flores y frutos, todo eso está enrollado en la semilla; por así decirlo, se ha deslizado dentro de ella. En una planta desarrollada, todo se manifiesta en lo sensible. Entonces, lo sensible se introduce en algo muy pequeño: una semilla. Así, en la semilla tenemos lo sensible lo más pequeño posible y lo espiritual lo más grande posible.

Pero ocurre aún una tercera cosa. Mientras se forma la semilla a partir de la planta y de ella surge a su vez la nueva planta, las fuerzas elementales del entorno actúan continuamente sobre la planta desde el exterior. El germen está ahí, el que surgió de la planta, y de él surge a su vez la nueva planta; pero el tercer elemento proviene de todo el mundo que la rodea; y es este tercer elemento el que vuelve a transformar ligeramente cada planta. Cuanto más elevado es un ser, mayor es el efecto transformador de la influencia de este tercer elemento.

Volvamos ahora a considerar el alma humana, tal y como vive entre el nacimiento y la muerte. Allí ha desplegado lo que trajo consigo como frutos de una encarnación anterior. Del mismo modo que la vida vegetal inconsciente se ve afectada por influencias externas, el ser humano experimenta conscientemente, en la vida entre el nacimiento y la muerte, las más variadas influencias del exterior. Y todo lo que experimenta allí no estaba aún predispuesto en su germen; es algo completamente nuevo, un enriquecimiento cuyos frutos el ser humano se lleva consigo a una vida posterior, a una encarnación siguiente. Lo que estaba predispuesto en la planta antigua sigue actuando en la nueva; pero en la configuración de la nueva planta se manifiesta algo más que no estaba presente en la antigua.

Así pues, en todo proceso de formación debemos tener en cuenta tres aspectos: en primer lugar, el desarrollo a partir de un estado, por así decirlo, «envuelto»; a esto lo llamamos desarrollo o evolución. A continuación, lo que se encuentra en estado embrionario debe surgir mediante el proceso inverso, la «envuelta» o involución. Sin embargo, estos dos procesos por sí solos aún no suponen ningún progreso. Solo y exclusivamente gracias a que un ser es capaz de asimilar influencias del exterior y transformarlas en experiencias internas puede surgir algo nuevo, un progreso en el mundo. Eso es lo tercero; se denomina creación de la nada. Ustedes están continuamente desarrollando lo que llevan dentro desde tiempos remotos; continuamente están asimilando algo del propio entorno que ustedes transforman en experiencias, y eso lo llevan luego a una nueva encarnación. En toda la vida actúa la trinidad de evolución, involución y creación de la nada. En el ser humano, esta creación de la nada se manifiesta en el trabajo de su conciencia. Él vive los procesos de su entorno y los transforma en ideas, pensamientos y conceptos. Las predisposiciones provienen de encarnaciones anteriores, pero todo progreso en la vida se basa en la producción de nuevos pensamientos y nuevas ideas. Las circunstancias del entorno se «consumen», y las experiencias internas dan lugar a nuevos pensamientos e ideas. Por eso, el tres es el número de la vida; se le llama el número de la creación o de la acción.

Por el contrario, a otro número se le denomina el número de la revelación. Es fácil imaginar qué número se designa como el de la revelación. Cuando observamos cualquier cosa en el mundo, esta siempre debe manifestarse en una dualidad. Del mismo modo que no podemos percibir la luz sin la oscuridad, ante cada concepto real se nos presenta siempre algo atenuado u opuesto. Luz y oscuridad, bien y mal, y así sucesivamente. En todo el mundo manifestado reina la dualidad. Por eso, el dos es el número de la revelación. Los opuestos solo se unen en el ámbito de lo oculto, que subyace a lo manifestado. Por eso, el número uno es el número de la unidad. La evolución y la involución no son opuestos, porque siempre se desarrollarían de la misma manera sin el tercero: del germen a la planta y de la planta al germen. Solo en conexión con el tercero, la creación de la nada, surge lo nuevo, que se expresa mediante el número tres.

Así pues, en los tres primeros números tienen símbolos importantes del mundo espiritual. Se les debería explicar, mediante ejemplos concretos, cómo se relaciona lo que se denomina «símbolos» con los mundos superiores y cómo, por ejemplo, símbolos como el Santo Grial o la Rosa Cruz expresan en la imagen el desarrollo superior.

Tienen otro bonito símbolo en la imagen del espejo. A menudo se dice que lo que nos rodea es un espejo de lo espiritual, porque, en realidad, nada de lo exterior nos muestra otra cosa que no sea el reflejo del ser espiritual. Ustedes mismos pueden observarlo en la vida física. Cuando perciben un objeto físico, ¿qué es lo que ve su ojo? Su ojo no vería el objeto en absoluto si los rayos del sol no incidieran sobre él y fueran reflejados desde el objeto hacia su ojo. En realidad, su ojo no ve los objetos comunes, sino la luz solar reflejada por los objetos, y por eso le parece que hay un objeto con una forma determinada. En realidad, tampoco se ve a sí mismo cuando se mira en el espejo, pues su parte espiritual se encuentra fuera de su entidad física. Lo que ven en el espejo es el reflejo de los rayos que les llegan desde el mundo espiritual. Lo que ven refleja la luz espiritual del mismo modo que los objetos comunes reflejan la luz del sol. El cuerpo exterior del ser humano es, de hecho, el espejo en el que se refleja su verdadera esencia.

En la era atlante, el ser humano no veía en absoluto los objetos del exterior. Sabía que se encontraba inmerso en una sustancia espiritual y, por eso, podía ver lo espiritual en su interior. No fue hasta aproximadamente el último tercio de la era atlante cuando se le apagó la luz espiritual, y el ser humano solo veía ya los rayos reflejados de esa luz. Imagínense que miran a través de un cristal y se conciencian de sus propias cualidades espirituales. Ahora, alguien aplica una sustancia reflectante en la parte posterior del cristal; de este modo, ya no ve en el cristal su propio ser, sino solo la imagen reflejada por el espejo. El ser humano ve ahora su imagen; y entonces surge en él la ilusión de que lo que ve allí es su yo. Esta ilusión queda maravillosamente expresada en la Biblia. El ser humano perdió el paraíso cuando quedó tan absorto en la sensorialidad que se vio a sí mismo. Antes, Adán y Eva no habían «visto»; ahora «se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos». Y como en realidad se produjo aquí un engaño, la leyenda atribuye el hecho de que los objetos se hicieran visibles exteriormente al principio luciférico.

En Europa del Este hay una leyenda popular que cuenta lo siguiente: Érase una vez un monje que quería comprobar si se basaba en la verdad la siguiente frase bíblica: «Los que buscan, encontrarán, y a los que piden, se les dará». —Quería comprobar si eso era realmente cierto, así que rezó por lo que deseaba obtener. No quería nada más ni nada menos que a la propia princesa. Le pidió la mano a la princesa. Esta le dijo: sí, se convertiría en su esposa con una condición: él debía traerle un instrumento en el que pudiera verse de pies a cabeza. Era una época en la que aún no existían los espejos. Así que se puso a buscar; en su camino se encontró con el diablo, quien le reveló el secreto del principio del espejo. Cuando regresó con él, la princesa le dio su consentimiento; sin embargo, él renunció a ella más tarde. Para conseguir el espejo, tuvo que recurrir al diablo.

En los múltiples signos y símbolos con los que nos hemos encontrado en estas conferencias, hemos podido ver el significado real de estas imágenes. La percepción sensorial es el contenido del mundo físico. Las imágenes y las imaginaciones son la expresión del mundo astral. La armonía de las esferas, el sonido de las esferas, es la expresión del mundo espiritual. Quien asciende a este mundo espiritual percibe su riqueza sonora interior, que penetra en su ser. La inspiración es el elemento vital del mundo espiritual, del mismo modo que la imaginación es el elemento vital del mundo astral. Un mundo verdaderamente inspirado se crea a partir del espíritu.

Traducido por J.Luelmo

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