CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA314 Dornach, 31 de diciembre de 1923 -Efecto del cuerpo etérico en el sistema metabólico-motor

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 RUDOLF STEINER

Fundamentos antroposóficos para la terapia

Efecto del cuerpo etérico en el sistema metabólico-motor
conferencia 1

Dornach, 31 de diciembre de 1923

Es muy gratificante que los deseos que deban tenerse en cuenta en primer lugar, —y que, de hecho, ustedes ya han expresado—, sean precisamente esos, y hoy mismo comenzaremos abordando algunos de ellos. Espero que podamos resolverlo todo en las tres horas de que disponemos. Me gustaría dirigirme a ustedes en estas breves sesiones tal y como se desprende de la antroposofía, de modo que no tengamos en cuenta cuál es hoy en día la terminología utilizada en otros ámbitos para referirse a estos temas, sino que, precisamente en relación con los deseos que se han expresado, abordemos el asunto tal y como puede hacerse desde la antroposofía.

La primera cuestión que se ha planteado, —y que, al menos en principio, permitirá resolver al mismo tiempo muchas otras—, es la de las enfermedades venéreas. Las enfermedades de transmisión sexual, de las que hasta ahora hemos hablado muy poco, son aquellas que, en primer lugar, deben diferenciarse cuidadosamente de todo tipo de secuelas, manifestaciones asociadas y demás, y que, en realidad, indican de manera muy clara, cómo se comporta el organismo en general cuando se encuentra enfermo. Los fenómenos lúéticos constituyen, por tanto, una cuestión médico-terapéutica tan importante porque, sin lugar a dudas, —hablemos sin prejuicios; ya verán que no queremos quedarnos en los prejuicios—, existe un remedio específico para ellos que es, la cura con mercurio. Pero precisamente el análisis de la cura con mercurio nos llevará a comprender cómo abordar de una manera más adecuada el mal que se presenta en este caso.

En realidad, toda enfermedad se debe, en el fondo, a que no existe una interacción armoniosa entre los tres sistemas del organismo humano, —cuya consideración es mucho más importante de lo que se cree actualmente, incluso en círculos médicos—, me refiero el sistema neurosensorial, el sistema rítmico y el sistema metabólico motriz. Solo hay que tener en cuenta en qué se basa esta interacción armónica. En el sistema metabólico-motriz tenemos una actividad del organismo humano que se produce con la participación predominante del cuerpo etérico. Pero en cada sistema también intervienen los demás miembros del organismo humano. Por lo tanto, no se puede decir que, en el sistema metabólico-motor, actúen conjuntamente los dos miembros del organismo, el organismo físico y el etérico, sino solo que lo hacen conjuntamente de forma predominante.. Los demás, el cuerpo astral y la organización del yo, también intervienen. Mientras que, por ejemplo, en la organización de la cabeza, —es decir, en toda la organización neurosensorial—, lo que ocurre es que intervienen predominantemente la organización del yo y la organización astral, y luego, de manera más subordinada, la organización etérica y la organización física. Hay que tener claro, ante todo, que la diferencia entre el estado de vigilia y el estado dormido radica en que, durante el estado dormido, las actividades que emanan del cuerpo astral y de la organización del yo, —y que durante el estado de vigilia se producen directamente—, continúan, en cierto modo, gracias a una especie de capacidad de persistencia del organismo. En el estado dormido, estas actividades resuenan sin que estén presentes el cuerpo astral ni la organización del yo. ¿Se puede entender esto? Siguen oscilando, igual que cuando lanzo una bola y esta sigue rodando aunque ya no la empuje; del mismo modo, las actividades del cuerpo astral y de la organización del «yo» continúan oscilando durante el estado dormido. Por eso, cuando algo se deriva de la organización del «yo» o de la organización astral, no se puede decir que, por ello, no pueda estar presente durante el estado dormido. El estado dormido solo debe interrumpirse cuando exista el peligro de que cesen los efectos residuales astrales o los del yo. En ese momento, el dormir debe a su vez interrumpirse y producirse el estado de vigilia.

Así pues, estas cuestiones no pueden tomarse de forma tan esquemática como a veces es necesario presentarlas en la antroposofía para que las personas sin conocimientos especializados puedan comprenderlas.

Ahora bien, se trata realmente de presentar los hechos de forma correcta. Todas esas preguntas sobre las causas no deben referirse, en esencia, a cómo se organiza internamente el organismo, sino únicamente  más bien, a los factores externos que provocan los acontecimientos. Las causas siempre hay que conocerlas. El diagnóstico siempre debe elaborarse de tal forma que constituya una historia clínica completa. Pero especular sobre las causas en el organismo no conduce, en realidad, a determinar los remedios de la manera correcta.

En este sentido, si planteo ahora la pregunta debo decir: ¿En qué consiste realmente la sífilis? Distingamos, pues, la sífilis de todo aquello que, en determinadas circunstancias, también puede considerarse una enfermedad de transmisión sexual, de todas las enfermedades causadas por la gonorrea, de todas las manifestaciones de chancro y así sucesivamente; es decir, de todo aquello que, en el fondo, —y lo trataremos más adelante por separado—, no forma parte de la sífilis propiamente dicha, sino que, en esencia, es otra enfermedad. La enfermedad sifilítica propiamente dicha se basa esencialmente en que el sistema de extremidades, y por tanto, sobre todo, el sistema metabólico, se ve sometido a una carga excesiva por parte de la organización del «yo» del ser humano. En cierto modo, la organización del «yo» del ser humano se desliza hacia la parte inferior del abdomen. Y todos los síntomas de la enfermedad que aparecen se deben precisamente a que la organización del «yo» se desliza con demasiada intensidad hacia la zona abdominal. De ahí surgen precisamente esos procesos que se manifiestan a través de los síntomas que ustedes conocen, esos procesos que provocan un predominio de la organización del «yo» sobre la organización etérica, algo que no debería darse en este tracto del organismo humano. Simplemente hay una organización del «yo» demasiado fuerte en el tracto sexual. Ese es el hecho. En primer lugar hay que fijarse en este hecho, y no tanto en la infección y demás; hay que fijarse en este hecho, porque está ahí. Y, en realidad, la curación debe partir de este hecho.

Veamos ahora el efecto de la cura con mercurio sobre este cuadro clínico. ¿Qué ocurre realmente en el organismo humano con cada tratamiento con mercurio? El tratamiento con mercurio es, como saben, muy antiguo y, en ocasiones, resulta extraordinariamente beneficioso no solo para las enfermedades lúeticas, sino también para otras afecciones. Pero, ¿Qué ocurre durante el tratamiento con mercurio?

El mercurio es, en efecto, uno de esos remedios que, en épocas en las que se practicaba una medicina instintiva de amplio alcance, se consideraba eficaz gracias a un cierto conocimiento instintivo del organismo humano. Pero, ¿Qué es lo que cura realmente cuando hay que someterse a un tratamiento con mercurio contra la sífilis? Cura exactamente lo mismo que se introduce en la sangre en la dosis adecuada del preparado de mercurio. Cura exactamente lo mismo. Ahora piensen en las consecuencias que esto tiene. En primer lugar, por lo que yo sé, no es muy habitual inyectar mercurio en las enfermedades lúeticas. En los últimos años se ha pasado a ello porque, como veremos enseguida, las antiguas curas con ungüentos ya no surten efecto, o lo hacen en exceso; pero, en general, este cambio parcial también se ha producido de forma empírica, porque se observó que en la cura con ungüentos había algo que conducía a la ruina.

¿Y qué ocurre entonces? Si se aplica el tratamiento tópico, este provoca, en el fondo, una infección parcial, incluso generalizada. Está pensado precisamente para que todo pase a la circulación sanguínea. Para eso está pensado. Pero si se aplica el tratamiento tópico, existen otras vías por las que circula el impulso de mercurio en el organismo humano. Lo que tiene un efecto curativo es, esencialmente, aquello que llega a la sangre; mientras que aquello que no llega a la sangre, sino que circula por vías etéricas, —arrastrado por vías etéricas que discurren, por ejemplo, a lo largo del sistema nervioso y de los haces nerviosos—, es todo mal. Todo ello, por así decirlo, difunde la organización del «yo» por todo el organismo, y, en el fondo, lo que ocurre es que el mal se propaga por todo el organismo en otra forma, con lo que, tras años de persistencia de los procesos preparatorios internos, acaba manifestándose precisamente todos aquellos síntomas que se presentan como secuelas de la cura con mercurio.

Por lo tanto, se puede decir que, precisamente en el tratamiento con mercurio de las enfermedades lúeticas, se pone de manifiesto el efecto curativo del mercurio. ¿En qué se basa? En realidad, ya hoy se pueden exponer de manera muy general los aspectos que entran en juego, tal y como los expuse ayer en la conferencia general. Sencillamente, a partir de un determinado momento, las sustancias orgánicas ya no se encuentran bajo la influencia de las fuerzas terrestres, sino bajo la influencia de las fuerzas cósmicas que actúan de forma periférica, desde la periferia hacia el centro de la Tierra. Y, a partir de un momento determinado, todo aquello que llega al organismo a través de la digestión habitual, una vez que ha atravesado el intestino, queda bajo la influencia de fuerzas cósmicas, fuerzas cósmicas compensatorias, auténticas fuerzas cósmicas complementarias.

Pues bien, en estas fuerzas complementarias del cosmos es donde vive preferentemente la organización del yo. Si interviene con demasiada fuerza en el sistema metabólico, la organización del yo tiende simplemente a atomizarse, a aislar y organizar los distintos elementos del organismo humano, en lugar de organizar todo el cuerpo de acuerdo con su forma. Y todas las manifestaciones de la sífilis, todos los síntomas de la sífilis, son consecuencia de esta atomización parcial, de esta organización atomista. Así pues, la organización del «yo» interviene en sistemas realmente muy pequeños del organismo humano, mientras que estos pequeños sistemas deberían reservarse precisamente para la organización del propio cuerpo etérico, que solo está sometido a las fuerzas cósmicas periféricas por sí mismo, sin pasar por la organización del «yo».

Ahora bien, cuando se introduce el mercurio en el organismo humano, tiene la particularidad de que, en las condiciones terrenales, es la sustancia que, por sí misma, imita de la forma más fuerte e intensa la forma exterior del cosmos. En el momento en que se inyecta el mercurio directamente en la circulación sanguínea, surge la tendencia a que esta organización parcial, esta pequeña organización atomística, se desprenda del mercurio, y la organización del «yo» queda de nuevo libre, actúa a través de todo el organismo y, de este modo, es capaz de restablecer el estado de salud mediante una reacción.

Pero todo esto depende de que el paciente nunca ingiera más mercurio del estrictamente necesario. Se trata de un problema que, en realidad, nunca se puede resolver. Y es que, durante el tratamiento con mercurio, nunca debe exponerse al riesgo de administrar una cantidad de mercurio ligeramente superior a la necesaria. Debe administrar exactamente la cantidad que pueda absorberse en el torrente sanguíneo según el cuadro clínico concreto, ya que todo lo demás se queda como residuo y provoca precisamente esas secuelas que luego aparecen y que ustedes saben.

Por lo tanto, al aplicar el tratamiento con mercurio siempre resultará que se cura, pero que el enfermo, en determinadas circunstancias, tendrá que pagar muy, muy caro esa curación con unas terribles secuelas que, aunque parezcan similares a las de la sífilis, en realidad acabarán por destruir el organismo poco a poco y de forma irremediable. Precisamente en la curación segura que proporciona el mercurio se aprecia que su uso es extraordinariamente problemático.

No siempre fue problemático. Verán, el mercurio siempre se utilizó pero no precisamente para la sífilis, sino para algunas otras enfermedades; quizá podamos hablar de ello en los próximos días. De hecho, el mercurio provocaba una reacción emocional muy concreta en los enfermos dotados de un gran instinto. El enfermo sabía cuándo había tenido suficiente. Estaba «saciado» de mercurio. Hoy en día, los instintos se han degenerado. El enfermo ya no puede servir de referencia para lo que le ocurre a causa del mercurio. Ya no se «sacia» con el mercurio, sino que se «sobresatura». Eso es lo que suele ocurrir hoy en día: El enfermo se sobresatura de mercurio y entonces aparecen las conocidas secuelas de forma muy devastadora, de modo que, al igual que se puede observar claramente el efecto del azufre y del fósforo en el organismo, y también se puede ver claramente lo que ocurre en el organismo con la disolución de la sal, —aunque siempre hay que prestar mucha atención a la dosificación—, lo mismo ocurre con el mercurio. Simplemente se sabe en qué se basa el efecto del mercurio.

Ahora bien, la cuestión es si sería posible llevar a cabo un tratamiento de este tipo que resultara inocuo, incluso aunque se administrara una dosis excesiva, ya que, en caso de sobredosis, simplemente se produciría una excreción hacia el exterior. Y es que el mercurio tiene la particularidad de que, cuando se administra en exceso al organismo, no se excreta hacia el exterior, sino hacia el interior. En este sentido, en mi juventud me pareció extraordinariamente importante cómo Hyrtl, durante la autopsia de personas tratadas con mercurio, extraía los huesos, los rompía y cómo luego se podían observar al microscopio las pequeñas gotitas de mercurio en el interior de los huesos. Así pues, todo el sistema óseo estaba mercurizado. Esa es la peculiaridad del mercurio: no se elimina hacia el exterior, sino que el organismo lo absorbe, y toda la organización del yo de una persona tratada con mercurio se ve constantemente ocupada en la reorganización de estas minúsculas gotitas de mercurio, átomos de mercurio, que se encuentran por todo el organismo, especialmente en las partes calcificadas.

Y así, ya se puede decir: hay que intentar encontrar en la naturaleza algo que, al aplicarlo, sea absorbido por el organismo de la misma manera que el mercurio, de modo que sustituya a la organización del «yo» en el organismo, es decir, que la alivie y la libere. Pero que si se ingiriese en exceso, —lo cual es inevitable—, entonces no debe ir hacia el interior, sino ser expulsado al exterior, como cualquier otra cosa que se digiera.

Se trata, pues, de dar con algo que, en la naturaleza exterior, corresponda a la organización del yo y que, en determinadas circunstancias, pueda prepararse de tal manera que pase realmente a la circulación sanguínea y provoque, por así decirlo, un fantasma de la organización del yo en la circulación sanguínea. Es necesario introducir un yo artificial en la circulación sanguínea.

Y precisamente nuestros médicos deberían realizar los experimentos correspondientes, y sin duda verán que obtienen resultados que, sin lugar a dudas, serán sorprendentes. Tomen lo que puedan obtener de aquellas partes de la planta que están extraordinariamente endurecidas, que, por tanto, han transmitido el proceso radicular de la planta al resto de la misma. En el proceso radicular de la planta se encierra una imitación extraordinariamente fuerte de la organización del «yo». La flor de la planta es organización etérica. En lo que se encuentra por debajo de la flor, la planta rodea la organización astral; allí donde la planta echa raíces en el suelo, interviene la organización del «yo». En cada raíz fuertemente leñosa que aún permanece unida a la planta, que aún no ha pasado a lo inorgánico al estar separada de la planta viva, encontramos impulsos de la organización del «yo».

Ahora bien, si se tomaran directamente las raíces de las plantas y se extrayeran sustancias de ellas para inyectarlas, sería casi imposible lograrlo, debido a que, aunque la raíz de la planta contiene en gran medida la organización del yo, —en cierto sentido, es un fantasma de la organización del yo—, pero lo que vive en ella en forma de impulsos se limita al sistema nervioso y sensorial y no influye de manera significativa en el resto del organismo. Por lo tanto, se puede afirmar que, si la organización de la raíz solo se toma de la raíz, difícilmente se podrá obtener un preparado adecuado para el fin mencionado. Por el contrario, hay plantas en las que la organización radicular ejerce una influencia muy fuerte sobre el conjunto de la planta. Y una de esas plantas, en la que la organización radicular impregna realmente toda la planta hasta el fruto, es el Astragalus exscapus, la raíz de tragacanto, lo que se conoce como «espino de cabra». Tiene frutos que parecen vainas, pero son duros como piedras, y en su interior hay semillas. Me refiero precisamente a aquello que está, por así decirlo, completamente cornificado. O tomemos ciertas maderas, que de todos modos ya se utilizan, y cuya eficacia se basa en lo que acabo de decir.

Pero entonces se trata de tomar los granos de una planta de este tipo, —digamos, concretamente, de la raíz de tragacanto o de la espina de cabra—, triturarlos finamente y, a continuación, tratarlos con el jugo de la propia planta, es decir, con el jugo de las flores y las hojas de la propia planta. De esta manera se obtiene un preparado que quizá se pueda llevar hasta la tercera décima. En la tercera décima, si se inyecta, introducirá efectivamente este fantasma del «yo» en la circulación sanguínea, y entonces, bajo la influencia de este preparado, en el caso de una verdadera enfermedad sifilítica, —que, por lo tanto, ya es una enfermedad de toda la sangre—, se presenta exactamente el mismo cuadro que con el tratamiento con mercurio, y habrá que procurar entonces que el exceso se elimine mediante baños muy calientes. De modo que habrá que combinar estas dos cosas: por un lado, la inyección de un preparado como el indicado, y por otro, eliminar el exceso mediante baños muy calientes.

Pero además sale algo más. Sale aquello que se encuentra en la sangre del enfermo de sífilis como sustancias nocivas. Eso también debe salir a través de la secreción sudorípara. De modo que hay que decir: lo que hay que expulsar es aquello que debe expulsarse, y sin falta solo a través de la secreción sudorípara. Pero primero hay que retenerlo. Y se puede retener gracias a este efecto estabilizador de los impulsos que se encuentran en los granos de espino de cabra. Ahora bien, verá, solo se puede hacer frente a estas cuestiones si se combinan íntimamente el diagnóstico y la terapia.

En medicina es imposible prescindir de la individualización, y se puede observar muy bien que, precisamente en el caso de las enfermedades sifilíticas, el cuadro clínico en una persona obesa es completamente diferente al de una persona delgada. En una persona obesa resulta extraordinariamente difícil eliminar la toxina de la sífilis. No sé si hay aquí amigos que tengan experiencia en esto. Es más difícil eliminar la toxina de la sífilis de una persona obesa que de una delgada. Una persona delgada la elimina con relativa facilidad. En el caso de una persona delgada, es posible que obtengan buenos resultados si proceden tal y como he descrito. Pero deben asegurarse de que se produzca una reacción, es decir, de que haya realmente una fuerte sudoración; de lo contrario, naturalmente, sufrirán todo tipo de enfermedades internas como consecuencia, ya que el proceso patológico no se llevará a cabo. La reacción debe estar presente. Sin embargo, podría ser que, para lograr el efecto también, por así decirlo, en personas obesas, haya que recurrir a otros medios. Y en ese caso será muy conveniente recurrir a aquello que ya ha surgido en mayor medida en la naturaleza, incluso en el proceso astral. En ciertos casos, cuando se observe que no se consigue ninguna reacción con la planta habitual, será muy recomendable tomar nueces de bilis. Las mencioné ayer en otro contexto.

En las agallas ya han invocado la redondez etérea; la agalla les muestra ya la naturaleza mercurial en el reino vegetal. Si ahora trata la agalla de tal manera que la tritura por un lado y, por el otro, extrae el veneno de la avispa que la ha producido y lo mezcla en una dosis muy pequeña, obtendrá un preparado de efecto considerable que provocará una reacción incluso allí donde, por lo general, es difícil que se produzca.

La verdad es que, en nuestro caso, tenemos muy pocos casos de enfermedad que podamos observar paso a paso. Me imagino que, para nuestros colegas que son médicos tratantes, no es precisamente lo ideal ingresar a los enfermos de sífilis en los institutos. Pero este tipo de cosas arrojan luz precisamente sobre el tratamiento en su conjunto. Precisamente de un tratamiento así se aprende algo realmente útil para toda la terapia, y estoy convencido de que, si alguien viera cómo un enfermo, después de haber sido inyectado de esta manera y de salir del baño, presenta un aspecto diferente en la piel al que tenía antes, antes del baño; cómo su piel presenta un aspecto tal que, para la mirada más atenta, —quizá se pueda observar con el microscopio—, está salpicada por todas partes de pequeños agujeritos, casi como si tuviera pequeñas viruelas, entonces ya se aprenderá cómo el organismo se ve afectado por algo así». Así pues, creo que este es el camino que hay que seguir en lo que respecta al tratamiento de la sífilis.

Porque, verá, precisamente en el caso de esta enfermedad es necesario no solo ocuparse de aliviar los síntomas y dar de alta al enfermo, sino que también hay que asegurarse de que el enfermo pueda seguir con el tratamiento en su vida posterior. Y aquí llego a una pregunta que se ha planteado al mismo tiempo y que resultará de gran interés para la mayoría de ustedes: la meditación como complemento del tratamiento farmacológico, ¿hay algún tipo de consejo específico al respecto?

Bueno, menciono la sífilis previa precisamente en relación con esta cuestión porque, de hecho, es precisamente en el caso de la sífilis donde quizá se pueda responder a esta pregunta de la forma más exhaustiva. De hecho, dependerá de que el enfermo de sífilis aparentemente curado, —y todo enfermo de sífilis está, en un primer momento, solo aparentemente curado, ya que todo depende de si la enfermedad puede reaparecer por cualquier causa posterior, y cualquier sífilis aparentemente curada puede, en determinadas circunstancias, reaparecer más adelante—, haya transformado su organismo en algo distinto al de una persona que no padece sífilis. Tiene una constitución diferente, y hay que partir de la base de que esta constitución diferente se mantenga realmente a lo largo de su vida futura; de lo contrario, simplemente se revelará demasiado débil frente a ciertas agresiones de la vida cotidiana, y la sífilis podrá reaparecer.

Ahora bien, es evidente que solo abordaremos la cuestión del tratamiento meditativo en términos generales, pero precisamente ahí es donde se puede establecer el vínculo. Lo que ocurre en el caso de la sífilis es una cierta autonomización de la organización del yo, que de otro modo no se da en una persona normal. El enfermo de sífilis ha creado, en cierto modo, este fantasma a partir de su propio organismo, que precisamente ha surgido a raíz de la inyección, y, por ello, su organización del «yo» para toda su vida terrenal posterior es más autónoma que la de quien nunca ha padecido sífilis. La tiene más autónoma, y hay que tenerlo en cuenta. Por lo tanto, si quieren curar de forma duradera a un enfermo de sífilis, deben asegurarse de que empiece a interesarse profundamente por darle vueltas una y otra vez en su mente a pensamientos muy abstractos, de forma meditativa. Por lo tanto, deben recomendarle, por ejemplo, que reflexione sobre problemas geométricos o matemáticos de forma meditativa, es decir, mediante una repetición rítmica y constante, de modo que nunca deje de mantener realmente esta abstracción artificial de su organización del yo. Deben acostumbrar su pensamiento a alcanzar una cierta constitución interior. Por eso le harás un gran favor si le aconsejas lo siguiente: cada mañana, nada más despertarte, piensa en cómo se comporta un triángulo pequeño que se parece a uno grande. Tienen los mismos ángulos, pero lados diferentes. Piénsalo primero muy despacio: ángulos iguales, lados diferentes. Luego piénsalo un poco más rápido, después aún más rápido, y finalmente piénsalo de tal manera que casi ya no puedas fijarte en él. Después, vuelve a empezar a pensar más despacio.

Así pues, ese pensamiento de ritmos variables, provocado por la propia voluntad, le llevará a cuidar adecuadamente de esa organización del «yo» que ha adquirido autonomía. Ese es un tipo de meditación. Sin embargo, siempre que observe que, debido a algún proceso de curación, la organización del yo se ha vuelto más autónoma, puede intentar, mediante este tipo de meditación, —que debe aplicarse con especial intensidad precisamente en el caso de los enfermos de sífilis—, facilitarle el camino que le queda por recorrer en la vida. En realidad, hay que animar al enfermo de sífilis a que nutra constantemente su organización del «yo», que ya es autónoma, mediante una meditación de este tipo, que se desarrolla a un ritmo variable. ¿Se entiende?

Sin embargo, estas cuestiones nos llevan a analizar otras preguntas que se han planteado. Al final, siempre acabamos volviendo a todo ello; solo quiero establecer una relación lógica que la situación exige.

Pregunta sobre la raíz de tragacanto.

Son vainas. Se abren las vainas y dentro están las semillas muy duras como piedras, que hay que convertir en un polvo muy fino.

Ahora bien, otra pregunta que se ha planteado, y que aparentemente no tiene relación con esto, —aunque, en el fondo, las cosas están relacionadas—, es la relativa a la aparición del glaucoma. Hoy en día, creo que el glaucoma apenas se trata de otra forma que no sea quirúrgicamente, como mucho por parte de los homeópatas; pero la homeopatía aún no es racional. Ahora bien, se trata de comprender en qué se basa precisamente un fenómeno como el glaucoma. El glaucoma, desde un punto de vista orgánico, en cierto sentido, según los cuatro miembros de la naturaleza humana, —el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo—, es en realidad, la manifestación opuesta, surgida del proceso global del organismo, de todas las posibles otitis. Ambas cosas se comportan casi como polos opuestos. Las otitis se sitúan, por un lado, y los fenómenos similares al glaucoma, por el otro. Si nos limitamos a considerar el hecho en sí, la realidad es la siguiente: en el glaucoma se produce una intensa actividad que se infiltra en el cuerpo vítreo del ojo y lo constituye sustancialmente. El cuerpo vítreo se vuelve internamente demasiado intenso en relación con su propia sustancia. Esto provoca una hipertrofia de la actividad del cuerpo vítreo, y en esta hipertrofia de la actividad del cuerpo vítreo se basa, en realidad, la enfermedad del glaucoma. Pero, ¿qué ocurre entonces?

Un órgano sensorial como el ojo se encuentra precisamente en ese punto en el que, según la constitución general del cuerpo, es lo suficientemente autónomo y está lo suficientemente separado de forma objetiva del organismo en su conjunto. Si se separa un poco más del organismo en su conjunto de lo que ocurre en la visión normal, entonces está tan enfermo que el organismo en su conjunto ya no puede extender su actividad más allá de este órgano.

Precisamente en el caso del glaucoma resulta sumamente interesante observar cómo el cuerpo etérico, —que es de vital importancia, sobre todo en el ojo—, impregna el globo ocular, hasta tal punto que la sustancia física del cuerpo vítreo actúa de manera bastante marcada como una sustancia física. Si traspasa este límite, actúa con demasiada intensidad como sustancia física. El cuerpo etérico ya no puede acercarse a ella, ya no puede infiltrarse en ella. Por lo tanto, hay que velar por que el cuerpo etérico vuelva a entrar en acción o, mejor dicho, por que se modere la actividad física en el ojo. Es, por supuesto, una obviedad, pero no por ello menos cierto, decir que, cuando ocurre algo así, toda la actividad orgánica en ese tracto del organismo humano es simplemente demasiado débil, parcialmente paralizada. Es demasiado débil, hay que estimularla. Solo pueden estimularla haciendo que la exhalación del organismo humano sea más intensa de lo que es en la persona afectada por el glaucoma durante el periodo de su enfermedad o a lo largo de su evolución. Por lo tanto, si logra detectar los síntomas del glaucoma en el momento adecuado, —aunque, en lo que respecta a este tipo de enfermedades parciales, el organismo es capaz a veces de realizar esfuerzos extraordinarios—, observará una mejoría espontánea de los mismos gracias a todo aquello que le enseñe al organismo para fomentar precisamente la actividad exhalatoria y, de este modo, estimularlo a intensificar la actividad dentro de la cabeza, y así conseguirá que contrarreste la actividad que da lugar a la formación del glaucoma. Y esto se puede lograr proporcionando al organismo humano cal carbonatada procedente de tierra de huesos y mezclándola con raíces aéreas de cualquier planta. De este modo se obtiene un preparado que, de hecho, regula la actividad respiratoria tal y como se necesita en este caso.

Lo que quiero decir es lo siguiente: se trata de que, cuando extraemos cal carbónica de la tierra ósea y la introducimos en el organismo humano, obtenemos un estímulo correspondientemente fuerte para la exhalación. Pero para que el propio organismo se implique, debemos añadir a toda esta actividad, —para que no transcurra de forma inerte, por así decirlo, al margen del organismo—, a esta cal carbónica algunos impulsos que se encuentran precisamente en aquellas raíces que proceden de árboles o plantas que trepan por las rocas, raíces que viven al aire libre, y donde aquello que normalmente crece en el suelo como raíces se transporta al aire. De este modo, estas raíces se transforman de tal manera que, de hecho, sus impulsos se asemejan más a la actividad respiratoria y, gracias a ello, se tiene la posibilidad de incorporar la actividad respiratoria en uno mismo. Entonces se percibe. La actividad respiratoria se estimula de forma totalmente involuntaria gracias a la cal carbónica. Pero si mezcla la cal carbónica con el jugo de esas raíces aéreas, lo que ocurre es que, además, siente el impulso de respirar así, y de ese impulso de respirar surge entonces ese fortalecimiento de toda la organización humana que necesita para compensar, a su vez, lo que se le ha arrebatado con la formación del glaucoma.

Precisamente en un caso como este se ve cómo es imprescindible tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Pero el cuerpo físico nunca es el cuerpo completo. El cuerpo físico es siempre solo una parte; el cuerpo físico es el hígado, el estómago, etc., y las distintas partes están conectadas entre sí. El cuerpo etérico ya representa, en gran medida, al ser humano en su totalidad. Y, en un sentido muy amplio, el ser humano en su totalidad es el cuerpo astral. Solo que este cuerpo astral tiene una estructura muy peculiar. Se podría decir que lo que constituye el cuerpo astral del ser humano hasta el diafragma, —delimitado, más o menos, externamente—, es algo completamente distinto de lo que constituye el cuerpo astral por debajo del diafragma. Lo que allí actúa como cuerpo astral hacia la cabeza, hacia la organización nerviosa y sensorial, es, en su funcionamiento, polarmente opuesto a lo que actúa en el sistema metabólico-motor. Y consideren el metabolismo en general, que, en esencia, se desarrolla bajo la influencia del cuerpo astral. Lo que solemos llamar «metabolismo» es, en realidad, una actividad del organismo humano en la que lo único que importa es la actividad en sí. En el metabolismo, lo único que importa es, en realidad, la absorción y la eliminación de sustancias. Se podría decir que al metabolismo, la comida como tal, en su esencia no le interesa en absoluto, sino la superación de la forma sustancial externa de los alimentos y la metamorfosis, no lo que el organismo necesita. Pero la eliminación comienza ya en el propio metabolismo. En realidad, se pasa directamente de la ingesta a la excreción. Solo se segrega una pequeña parte. Y eso llega hasta la organización nerviosa y sensorial. La organización nerviosa y sensorial es, desde el punto de vista sustancial, extraordinariamente importante, pues la sustancia nerviosa es sustancia metabólica llevada hasta su extremo.

Por muy grotesco que parezca, la realidad es que el contenido intestinal no es más que sustancia nerviosa que se ha quedado a medio camino. La sustancia nerviosa, sobre todo la de la cabeza, es el contenido intestinal procesado hasta el final, el contenido intestinal transformado por el organismo humano, concretamente por la organización del yo. El contenido intestinal se ha quedado a medio camino y se elimina a medio camino. El contenido de la sustancia nerviosa se ha llevado hasta el final y, al estar completamente consumido, debe ser procesado por el organismo. De modo que el organismo astral ejerce, en el metabolismo propiamente dicho, una actividad totalmente diferente a la del organismo astral en el sistema nervioso central. Son realmente opuestos desde el punto de vista polar. Es decir, uno se detiene a mitad de camino, el otro se lleva a término, y entre ambos se encuentra precisamente un punto cero. De hecho, se produce allí una polaridad completa. Si se dibujara el cuerpo etérico, se le daría una forma ovalada; en cambio, el cuerpo astral ya no se puede dibujar con forma ovalada, sino que hay que dibujarlo en dos partes, superior e inferior, que en su modo de actuar son, en realidad, completamente diferentes entre sí. Y sin comprender esto, no se puede entender realmente al ser humano ni en su estado de salud ni en su estado de enfermedad. Hay que tener claro que en el metabolismo se da una actividad totalmente diferente a la que se da en la actividad nerviosa, en el sistema nervioso. Y solo a partir de esta comprensión surge la posibilidad de actuar de forma adecuada sobre el organismo humano. Si, por ejemplo, se administran internamente al ser humano preparados obtenidos de las flores de las plantas, —digamos, en forma de aceites esenciales—, estos no pasan de la parte inferior del organismo astral a la parte superior, y solo pueden utilizarse para provocar determinados procesos en la parte inferior, en el tracto metabólico propiamente dicho. En el momento en que se utiliza algo obtenido de la raíz de la planta, esto se manifiesta a través del tracto inferior hacia el superior del cuerpo astral, y se tiene ahí dentro porque, a su vez, actúa desde la cabeza hacia el organismo. Se tiene ahí dentro, en todo el organismo.

Porque hay que entender que la visión habitual de la composición del organismo humano es, en realidad, tremendamente diletante. ¿No es así? Pongamos que se imaginan, que cuando en alguna parte del organismo humano, tras un determinado período de vida, ha aparecido una nueva sustancia, esta ha debido llegar a través del metabolismo habitual; es decir, que la sustancia antigua se ha eliminado y la nueva ha aparecido a través del metabolismo habitual. Así es como uno se lo imagina. No creo que quien hoy en día haya estudiado medicina de alguna manera se lo imagine de otra forma que no sea que, a través del metabolismo habitual, se hayan sustituido en el ser humano ciertas sustancias, —que, en definitiva, son otras tras un determinado período de vida—, de otra forma que no sea mediante el metabolismo.

Pero ese no es el caso. Si, tras un determinado período de la vida, se encuentra una sustancia diferente en cualquier parte del organismo humano, esta nunca ha sido eliminada por el metabolismo habitual. El metabolismo habitual solo aporta, en esencia, el sistema nervioso, solo la estructura interna del sistema nervioso, solo los componentes básicos del sistema nervioso. A través de la actividad del sistema nervioso-sensorial, en relación con la respiración, se absorben entonces del entorno cósmico las sustancias en un estado extraordinariamente fino, que son integradas en el organismo por la organización nerviosa-sensorial y sustituyen sustancialmente todo lo que se pierde. Porque las pérdidas son mucho más lentas de lo que se cree. Así pues, el cuerpo humano nunca se construye a partir de la alimentación. La alimentación solo proporciona la actividad necesaria para organizar el sistema nervioso. La reconstrucción, la reconstrucción sustancial, no se produce en absoluto a través de la alimentación, —eso es solo una quimera—, sino que, en realidad, proviene del cosmos. Así pues, cuando se corta una uña, que vuelve a crecer, la sustancia que vuelve a crecer no procede de la alimentación, —que, por su parte, no tiene otra función que la de reconstruir el sistema nervioso—, sino que lo que vuelve a crecer, lo que realmente reconstituye sustancialmente la sustancia orgánica del ser humano, se absorbe del cosmos.

Esto ofrece, por supuesto, una imagen totalmente diferente de la constitución del ser humano que la que se tiene cuando se cree que el ser humano es una especie de tubo: por un lado entra la comida, luego se produce un intercambio y, mientras tanto, se expulsa lo que no sirve. Pero el ser humano no es ese tubo. Lo que allí ocurre con forma de tubo se lleva a cabo íntegramente en el interior del propio organismo humano. Aquello por lo que el ser humano se reconstruye de nuevo tras un determinado período de vida entra en el organismo humano a través de la respiración e incluso mediante sutiles absorciones del mundo exterior a través de los sentidos. En este sentido, los oídos constituyen órganos receptores de extraordinaria importancia, así como todo el sistema sensorial que se extiende por el cuerpo. De modo que, si se observa al ser humano correctamente, habrá que afirmar desde el principio que el metabolismo es un proceso interno del organismo humano. En la reconstrucción del ser humano también participan el sistema rítmico y el sistema neuro-sensorial.

Bueno, pues mañana retomaremos este tema e iremos abordando poco a poco el resto de cuestiones que se han planteado. No duden en decirme si desean que sigamos con otro punto, ya que disponemos de muy pocas horas. Creo que ya llegaremos a tratar cada uno de los problemas que se han planteado. Si alguien tiene alguna otra cuestión, le ruego que me la plantee mañana.

Traducido por J.Luelmo

GA069c Bremen, 10 de enero de 1914 - El Cristo del siglo XX -

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CRISTO EN EL SIGLO XX

Rudolf Steiner

 El Cristo del siglo XX

Bremen, 10 de enero de 1914


¡Estimados presentes!

Dado que en esta ocasión también he tenido la oportunidad de hablar en varias ocasiones sobre las ciencias espirituales y sus resultados, permítanme esta noche abordar un tema concreto que, sin duda, a muchas almas les resultará infinitamente cercano: la cuestión de Cristo, no solo porque en amplios círculos de nuestra época existe una necesidad cada vez mayor de acercarse a esta cuestión, sino también porque precisamente la ciencia espiritual tiene algo que decir al respecto, sobre cómo debe plantearse la cuestión de Cristo en nuestra cultura. La ciencia espiritual no pretende ser la semilla de ninguna nueva religión, sino mostrar el camino para adentrarse en ámbitos que no son accesibles a los sentidos ordinarios ni a las ciencias modernas. No podríamos hablar de lo que nos ocupa, sin antes hacer una breve referencia a los numerosos cambios que han experimentado los corazones humanos en relación con esta cuestión. Para ello es necesario echar una breve mirada retrospectiva.

Si nos limitamos a imaginar el surgimiento del cristianismo en el mundo, en primer lugar podremos afirmar que, al comienzo de nuestra era tuvo lugar algo que dio un nuevo impulso, un giro ascendente, a toda la evolución de la humanidad. Incluso el no creyente tendrá que admitir, aunque solo sea por razones históricas, que el impulso que trajo consigo el cristianismo fue poderoso. En la época en que el impulso de Cristo se hizo presente en el mundo, el alma humana se encontraba en un estado muy diferente al actual, y en el futuro se producirá un cambio en ese estado simplemente porque despertarán en el alma humana nuevas fuerzas de conocimiento. Hay un hecho de gran importancia histórica que se nos presenta: los espíritus más ilustrados de Occidente, dotados del conocimiento más profundo, tuvieron que reconocer, —tras una máxima tensión de sus facultades cognitivas y empleando toda la agudeza intelectual de que eran capaces—, que algo grandioso había irrumpido en la vida de la humanidad a través del impulso de Cristo. Consideremos en primer lugar la concepción de los gnósticos, a quienes los eruditos más destacados y eminentes de la actualidad denominan «genios religiosos». No queremos hablar del valor cognitivo de la gnosis, sino que queremos preguntarnos: ¿Qué pensaban los gnósticos sobre Cristo? —Intentaremos caracterizar la actitud gnóstica hacia Cristo. La gnosis es una teoría de la evolución que a la gente de hoy en día debe parecerle fantástica. Cuando hoy se habla de la evolución [humana], se pregunta: ¿Cómo se ha desarrollado el cuerpo humano a lo largo de las distintas etapas? - El gnóstico, en cambio, decía: cuando se piensa con imparcialidad, no se llega a un origen material, sino a uno espiritual; si se contempla el momento en que el ser humano descendió de lo espiritual a la materia, se descubre que en las alturas puramente espirituales quedó algo preservado, para que pudiera penetrar más tarde en la evolución de la humanidad. Solo así pudo el ser humano [en un primer momento] progresar, enredándose cada vez más en la materia. Si no lo hubiera hecho, nunca habría llegado al desarrollo de la libertad: tuvo que alejarse de lo espiritual para encontrar en la materia su posibilidad de libertad. Fue después, en el momento en que el ser humano se encontraba más profundamente enredado en lo material, cuando tuvo que derramarse en la evolución de la Tierra aquello que anteriormente se había retenido en el mundo espiritual en los orígenes de la humanidad, para salvar al ser humano de hundirse por completo en lo material. Aquello que fluyó entonces desde los mundos espirituales está, desde entonces, unido a la Tierra, y Cristo sigue viviendo desde entonces junto con la evolución de la humanidad.

Si recurrimos a los medios de la ciencia espiritual, y nos preguntamos, cómo llegaron los gnósticos a tales ideas, al examinarlo detenidamente vemos que estas ideas, que los gnósticos extrajeron de la tensión de las fuerzas espirituales más profundas, proceden de una época en la que aún existía una visión directa, pues en tiempos anteriores el alma humana tenía una disposición muy diferente. De este conocimiento originario se desarrollaron ideas como las gnósticas. La gnosis actúa como una herencia de un antiguo conocimiento. Aquí se nos presenta un concepto elevado de Cristo, algo que incluso quien considere que la gnosis es fantasiosa, debe reconocer: la idea gnóstica es audaz y grandiosa. Podemos pasar rápidamente por alto a los primeros Padres de la Iglesia, que trabajaron en la consolidación de los dogmas [cristianos]. Más tarde, la humanidad se alejó por completo de lo que los Padres se atrevían a afirmar en aquella época. A mediados de la Edad Media, esta concepción se abandonó por completo. Entonces se decía: el conocimiento humano no alcanza las alturas en las que podría revelarse la entrada de Cristo en la esfera terrenal. En lugar del conocimiento real, se impuso la fe. Así vemos cómo la concepción de Cristo cambia a lo largo de los siglos, al igual que el carácter de las épocas cambia con la cultura.

En el siglo XVI entramos en la era de los grandes avances en las ciencias naturales. Para ello era necesario que surgiera un [nuevo] conocimiento: una [nueva] forma de conocer que se centrara, sobre todo, en comprender el mundo material y sus leyes. Este conocimiento surgió como un importante factor de desarrollo que transformó por completo la vida comercial e industrial [externa]. La humanidad medieval aún se entregaba plenamente a la fe; la Edad Media creía lo que los gnósticos habían reconocido en su día. El mundo exterior, que es nuestro entorno físico, marcó el carácter de la nueva época. Así se transformó toda la concepción de Cristo: si los gnósticos podían hablar de un ser divino que simplemente había morado en un ser humano, en la época más reciente se hizo cada vez más imposible imaginar a un Dios encarnado. Sería interesante mostrar cómo, en las distintas fases, la concepción anterior fue cediendo terreno cada vez más en favor de un Cristo [externamente] tangible. Debido a su estado interior, las personas se vieron obligadas a dejar de lado al Dios que había descendido a la carne y en lugar de ver a Cristo-Dios, ver cada vez más al ser humano, aunque fuera un ser humano de la más destacada naturaleza. Hoy en día se busca en un alma humana, en el hombre de Nazaret, el punto de partida del cristianismo, en lugar de ver en este ser humano únicamente la puerta por la que Cristo entró [en la esfera humana].

Mentes ilustradas han luchado, al margen de toda teología, por encontrar una respuesta a la pregunta: ¿Cómo puede el ser humano moderno hacer frente al acontecimiento Crístico? —Al menos resulta interesante que estas tres personalidades, nacidas todas en el mismo año hace algo más de cien años, se esforzaran por abordar este acontecimiento de Cristo. Otto Ludwig, (alrededor de 1814), se enfrentó a este tema para convertirlo en una obra dramática; Friedrich Hebbel, (1813), anotó el guion de un drama sobre Cristo. En lo que ambos escribieron se aprecia que no lograron resolver el problema, que les resultaba demasiado grande. También sabemos que Richard Wagner trabajó, (1813), en esta tarea y no logró llevarla a buen término.

En cuanto a esta visión materialista del sencillo ser humano Jesús, hay que decir que no ha sido infructuosa; la teología de Jesús también ha dado frutos hermosos. Basta con mencionar el pequeño librito «Jesús», de Rittelmeyer: es una obra capaz de conmover profundamente el corazón y el alma. La teología moderna ha dado lugar a muchas obras de este tipo. Un poeta contemporáneo muy apreciado, y con razón, Peter Rosegger, se ha inventado a su propio Jesús. Si imaginamos al propio Rosegger, idealizado al máximo con todas sus hermosas y simpáticas cualidades, obtendremos su idea del Jesús de Nazaret.

A pesar de todos los grandes logros que ha alcanzado la teología en los últimos tiempos, se ha hecho un descubrimiento curioso: que, si se contemplan los Evangelios con imparcialidad, Jesucristo [en realidad] no pudo haber sido un ser humano. Así, Benjamin Smith afirmó que todas las interpretaciones de Cristo como el sencillo hombre de Nazaret contradecían abiertamente cualquier rigor científico, que eso no era posible, que era incompatible con toda la tradición querer ver en Cristo solo a un ser humano, por muy ideal que fuera; por lo tanto, se comprende que Jesucristo debe de ser un dios. Esta constatación surge en plena época en la que la humanidad ya no puede tener la más mínima idea de lo que es un dios. Y ahora se saca la conclusión: dado que en la Tierra solo puede haber seres humanos, pero Cristo debe ser un dios, no puede haber existido en la Tierra. — En tales circunstancias, partiendo de tales premisas, se ha producido lo que lleva años causando tanto revuelo: la negación total de la personalidad de Jesús de Nazaret.

Con esto queda esbozado a grandes rasgos la evolución de la concepción de Cristo a lo largo de los siglos. ¿Cuál es, pues, la relación de la ciencia espiritual con el acontecimiento Crístico? ¿Cómo puede abordar el problema más importante del desarrollo de la humanidad? La ciencia espiritual parte de la premisa de que el ser humano no solo posee el conocimiento basado en la observación del mundo exterior, sino que, mediante el desarrollo de fuerzas latentes, también puede ascender a un conocimiento superior.

Al igual que el químico, al separar el hidrógeno y el oxígeno, crea algo completamente nuevo a partir del agua, extrayendo de ella una sustancia con propiedades totalmente diferentes, así también el ser humano puede convertirse en algo completamente nuevo mediante métodos adecuados. Del mismo modo que no podemos deducir por el aspecto del agua lo que hay en su interior, tampoco podemos deducir por el aspecto del ser humano qué fuerzas encierra en su interior. Mediante una especie de química espiritual, a través de ejercicios que se detallan en mis libros, se puede desarrollar algo nuevo en el ser humano; el alma puede actuar más allá del cuerpo y tomar conciencia de sí misma en el mundo espiritual. Esto sigue siendo algo totalmente desconocido para amplios círculos y solo se irá imponiendo poco a poco. Hoy, en el punto de partida de una época en la que este conocimiento se irá convirtiendo poco a poco en patrimonio común, es posible conocer el mundo espiritual, [tal y como ocurrió en su día con la] cosmovisión copernicana, que al principio también fue objeto de burlas, pero que, sin embargo, acabó imponiéndose. Hoy en día ya no se quema a los herejes que hablan de una percepción del alma independiente del cuerpo, pero se les ridiculiza y se les hace burla.

Si nos acercamos a la gnosis desde este punto de vista, surge algo que no es solo un desarrollo o un repaso de la gnosis: se descubre, en efecto, que el alma humana traslada a las [vidas] posteriores aquello que se ha logrado en épocas anteriores. Si se asimila la doctrina de las vidas terrenales repetidas, se llega a una caracterización más precisa de las propias épocas terrestres. El curso de la historia debe observarse con medios propios de las ciencias espirituales. Entonces se pone de manifiesto que el ser humano, del mismo modo que [de forma natural] experimenta el hambre y la sed, en tiempos antiguos llegaba a reconocer, a partir de su propia organización, los misterios internos de la existencia a través de imágenes y visiones. Posteriormente, el alma humana perdió esta capacidad; el ser humano tuvo que evolucionar para generar conceptos por sí mismo. Esta capacidad surgió [más tarde], a partir de representaciones [de carácter pictórico y visionario]. Solo desde la miopía se puede negar que también el reconocimiento conceptual haya tenido que desarrollarse primero.

La época en la que el alma humana experimentó esta transformación fue el tiempo en que Cristo entró en la evolución; de este modo, el alma humana se convirtió en algo distinto de lo que era antes del acontecimiento crístico. En tiempos antiguos, el ser humano percibía a través de imágenes aquello que se ocultaba tras la existencia sensible. Lo característico de la antigua cosmovisión es que el ser humano alcanzaba, en forma de imágenes, el conocimiento de cómo estaba vinculado al cosmos y a los dioses. Esta es aún la visión de la época hebrea antigua, en la que, por así decirlo, a través de los profetas y videntes existía una conexión entre el mundo espiritual y el mundo sensible. Sin embargo, esta conexión se percibía cada vez con menos intensidad a medida que se acercaba el momento del Misterio del Gólgota. Si en aquella época no se hubiera producido un impulso especial en la evolución de la Tierra, el alma humana se habría sentido cada vez más aislada, pues, a partir de ese momento, el ser humano quedó abandonado a su suerte, pero al mismo tiempo también aislado. 

Decir que nos dirigimos hacia la era del individualismo, no es una simple frase. Pero con ello surgió la posibilidad de descubrir algo nuevo que las almas aún no habían podido encontrar en la época precristiana: la presencia de Cristo. Desde los orígenes del cristianismo, lo que antes se encontraba en la naturaleza se puede encontrar ahora en el espíritu. [Antes del acontecimiento de Cristo] el ser humano ya no podía recuperar la conexión con las fuerzas divinas que había tenido en la antigüedad. La evolución del cristianismo hasta ahora no es más que una preparación [para el cristianismo del futuro]; los seres humanos verán que, ya al cabo de un tiempo [relativamente] breve, la situación mundial cambiará por completo.

Puede que haya muchos que se den por satisfechos con lo que les ofrecen la Biblia y la tradición; ese es un punto de vista egoísta. Las almas evolucionarán a una velocidad tan vertiginosa que ya no podrán acercarse a Cristo como lo hacían antes. El ser humano se sentirá cada vez más solo con los conceptos e ideas [tradicionales]. Antiguamente, el ser humano se sentía un espíritu entre espíritus; el hombre moderno solo puede sentirse como un cuerpo entre cuerpos. Sin embargo, las almas que anhelan llegar a lo inexplicable en su interior se preguntarán: ¿Cómo estoy yo, cómo está mi yo, relacionado con un mundo espiritual? Si contemplamos estos procesos con sensibilidad y comprensión, se nos impone una comparación: cuando ciertos animales se preparan para algo especial, suelen ayunar. De este modo, se producen en su interior procesos tales que las fuerzas del organismo [que quedan así liberadas] fluyen hacia otro lado. [Y si observamos] a los seres humanos [vemos que] se han ido adquiriendo cada vez más conceptos sobre la materia y sus leyes, pero espiritualmente han pasado hambre en lo que respecta al conocimiento del alma. Al mismo tiempo, se ha ido preparando la percepción directa de Cristo en el mundo espiritual. Durante siglos el alma humana se ha privado del alimento espiritual y, de este modo, mediante el ayuno, ha desarrollado aquellos órganos que se desplegarán en el futuro.

Los seres humanos avanzan hacia un objetivo evolutivo en el que encontrarán a Cristo, del mismo modo que [hoy] encuentran una ley de la naturaleza. Pero no lo encontrarán como una ley muerta, sino como una entidad [viva], y sabrán que, desde el Misterio del Gólgota, ha [entrado] en la evolución de la Tierra una entidad que antes no existía. - Las leyes no pueden consolar ni aliviar el dolor, pero sí puede hacerlo la unión con Cristo, que se sentirá en el alma como una fuerza. No se podrá encontrar a Cristo por vías dogmáticas, sino de una manera totalmente diferente; de una manera totalmente diferente se encontrará la verdad de la palabra: «Estaré con vosotros hasta el fin de los días de la Tierra». Llegará un tiempo en el que, desde el punto de vista de las ciencias naturales, no se considerará imposible que, desde el Misterio del Gólgota, el espíritu de Cristo viva en la Tierra, en el desarrollo terrenal de la humanidad. Hasta ahora solo se ha reconocido como cristiano a quien sabe tal o cual cosa sobre Cristo. En el futuro se sabrá que Cristo no solo vino a la vida terrenal para traer una enseñanza, sino para realizar una obra. Entonces también se podrá encontrar [en los no cristianos], en los hindúes, en los japoneses y en los musulmanes, la semilla de Cristo.

Soy plenamente consciente de que no hablo desde un punto de vista medieval, sino desde uno que reconoce plenamente todo lo que la ciencia ha logrado. Pero del mismo modo que se comprenden las leyes de la electricidad, la radiactividad, etc., se comprenderá que el misterio del Gólgota es una cuestión suprafísica. Para que los seres humanos pudieran encontrar a Cristo, este tuvo que pasar por el nacimiento, el bautismo y la muerte, y al vencer a la muerte, se ha derramado en la evolución de la Tierra.

Hemos atravesado una época preparatoria en la que el cristianismo se consideraba [meramente] una doctrina. Llegará un tiempo en el que Cristo podrá ser encontrado por aquellas almas que lo busquen, porque está en la Tierra. Él ha actuado [siempre] a lo largo de su existencia, y se descubrirá que su existencia es algo que puede volver a unir a la humanidad, pues él será el Único [para todos los seres humanos], para cada [uno de] los seres humanos, ya que los seres humanos se individualizan cada vez más. Esa es la idea de Cristo [en una época en la que] el ser humano se encamina hacia un futuro aún mucho más desdivinizado de lo que el monismo pueda siquiera imaginar.

Del mismo modo que nos relacionamos con los elementos externos a través de la alimentación física, así, a través de nuestra vida anímica, lo hacemos con el espíritu de Cristo. Un gran espíritu, un pensador destacado de la actualidad, Eliot, ha dicho que la antigua religión es triste y dolorosa; en el futuro surgirá una religión que traiga alegría. Es innegable que el dolor y la muerte están presentes en el mundo, y, dado que estos se ciernen sobre el ser humano, este necesita un impulso fuerte para superarlos: [el impulso de Cristo]. La filosofía moderna adolece precisamente de no encontrar un equilibrio frente al dolor y la muerte. Y la humanidad avanzará desde el Cristo erudito, el Cristo como maestro del mundo, hacia el Cristo contemplado. Desde el ámbito de la ciencia espiritual, no se temerá ser tildado de [dámico]; no es monista quien niega el espíritu, sino quien reconoce al espíritu como el origen del ser, quien encuentra lo [monon] en el espíritu.

El ser humano es inmortal en lo espiritual y lo anímico. En la época precristiana, se consideraba que el alma aún estaba en conexión con los dioses de la naturaleza. No será hasta el siglo XX cuando se tomará conciencia de la conexión espiritual del alma con el mundo espiritual, con Cristo. Es totalmente cierto lo que dice Angelus Silesius:

Aunque Cristo nazca mil veces en Belén y no en ti, seguirás perdido para siempre.

Sin embargo, el Cristo místico, [del que habla Angelus Silesius], solo ha sido posible gracias al Cristo histórico. [Tal y como dice Goethe:] «Si el ojo no fuera como el sol, ¿cómo podríamos ver la luz?», [así que se puede decir:] «Si Cristo no estuviera ahí para nuestras almas, ¿cómo podríamos elevarnos hacia él, cómo podría surgir en nuestra alma el sentido de Cristo?». —Tan real es el Cristo Jesús histórico como lo es el sol en el universo. Sin menospreciar las tradiciones [bíblicas], no se puede pasar por alto que Cristo es un Dios. En cambio, según la teoría de la evolución de los darwinistas, el ser humano no es más que un eslabón en la cadena evolutiva de los seres vivos. Sin embargo, los darwinistas tienen un gran adversario, el propio Darwin, quien escribe que es innegable que un Dios infundió la vida a los seres en el principio. De hecho, escribe:

Considero que todos los seres orgánicos que han vivido alguna vez en esta Tierra descienden de una forma primigenia a la que el Creador insufló la vida.

Esto es algo que al darwinista moderno le gustaría negar; de hecho, esta frase no aparece en las traducciones al alemán. Pero quien afirmó esto no es otro que Charles Darwin.

Si se reflexiona sobre estas cuestiones, se puede llegar a una conclusión sorprendente: la filosofía monista de la naturaleza tenía que negar, en realidad, la existencia del espíritu, porque [según ella] todo depende de las leyes de la naturaleza. Pero entonces, en el fondo, la distinción entre el bien y el mal deja de existir. En realidad, esa debería ser la conclusión lógica, pero no se saca. Pero, independientemente de lo que se piense sobre el gran símbolo [de la escena de la tentación] del Génesis, donde Lucifer le dice al hombre: «Seréis como Dios y sabréis lo que es el bien y el mal», lo cierto es que con esas palabras se expresa algo significativo. No importa si calificamos nuestra época como una época de transición; lo importante es reconocer en qué sentido lo es. Si la humanidad no llegara a la comprensión de que Cristo es la fuerza más significativa de la evolución de la Tierra, acabaría creyendo que las experiencias del alma humana no son más que fuerzas anímicas animales elevadas al máximo grado. Con ello, si se fuera hasta el final, la capacidad del alma para distinguir entre el bien y el mal dejaría de existir. Hay otro tentador que habla en nuestra época, pero no se tiene el valor de escuchar su susurro: «Seréis como los animales y ya no distinguiréis entre el bien y el mal».

Sin embargo, existe algo así como el impulso crístico, que vive para mostrarnos que procedemos del mundo espiritual y que estamos en conexión con los seres espirituales, que nuestro orden moral está íntimamente ligado a Cristo, ya que con él llegó a la Tierra el principio del amor. Y su voz dice: «No seréis como los animales, estaréis conmigo, y conmigo distinguiréis el bien del mal».

Se percibirá de forma efectiva la filiación. Que el Hijo provenga del Padre tiene su fundamento en las ciencias naturales. Pero el Padre no necesita [necesariamente] tener al Hijo. El mundo moral se relaciona con [el orden natural] como el Hijo con el Padre. Así como el Padre no tiene por qué tener al Hijo, tampoco [se deduce por sí sola la moralidad del dominio de las leyes naturales]. Precisamente con el concepto de «Hijo» queda patente de manera maravillosa [la transformación del orden natural en un orden moral a través de Cristo].

Las Ciencias del Espíritu se sienten en sintonía con lo que ha inspirado a las mentes más brillantes y destacadas de la humanidad. Schiller, a quien hoy en día ya no se aprecia tanto como antes, pero a quien se volverá a apreciar, dijo una vez:

Entonces cayó la sorda barrera de la bestialidad,
¡y la humanidad se alzó sobre la frente despejada!
Y el sublime forastero, el pensar,
surgió del cerebro asombrado.

El pensar encontrará el camino hacia aquel a quien [aquí] se alude: hacia el Cristo del siglo XX.

Traducido por J.Luelmo 

GA314 Votum Dornach, 26 de marzo de 1920 -Sobre la psiquiatría -diferenciar entre lo psicológicamente normal y lo anormal

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 RUDOLF STEINER

Sobre la psiquiatría

diferenciar entre lo psicológicamente normal y lo anormal

Dornach, 26 de marzo de 1920

Hoy en día, es por supuesto imposible abordar este tema de otra manera, que no sea como mucho con algunas alusiones, —de hecho, requeriría un tratamiento exhaustivo si se quisiera tratarlo en profundidad—, ya que, precisamente en nuestra época, los estudios de psiquiatría requieren sin duda alguna, las reformas más radicales. Basta con fijarse en lo imposible que resulta hoy en día plantear correctamente las cuestiones que deben figurar en la psiquiatría, para darse cuenta de lo necesaria que es una reforma de este tipo en los estudios psiquiátricos. Sin embargo, tal reforma no podrá llevarse a cabo, —pues eso me pareció desprenderse ya de la propia conferencia del Dr. Husemann—, si antes las ciencias espirituales no fecundan realmente a las distintas disciplinas específicas. Porque esa evolución, —que hoy ha descrito tan bien el Dr. Husemann—, que se inició más o menos en la época de Galileo y que culminó en el siglo XIX, esa evolución científica ha dividido, en realidad, toda la vida intelectual humana en dos corrientes de pensamiento diametralmente opuestas. Por un lado están las concepciones que se tienen sobre lo material y sus procesos; por otro lado está la propia vida mental, que, me atrevería a decir, ha ido adquiriendo cada vez más un carácter puramente abstracto. De modo que, dado que las abstracciones no pueden ser fuerzas del mundo, —y por lo tanto tampoco pueden ser fuerzas en el ser humano que provoquen algo—, tampoco existe para el ser humano la posibilidad de comprender lo material, lo físico, a partir de lo anímico, ni de tender ningún puente desde lo psíquico hacia lo material.

Hoy en día, cuando el ser humano habla de lo anímico, lo único que tiene es, como mucho, una idea de una suma de abstracciones o de sensaciones abstractas y cosas por el estilo. Esta suma de abstracciones, evidentemente, no puede poner en movimiento un organismo, ni puede tender de ningún modo un puente hacia el organismo. Por eso tampoco se puede afirmar que, por ejemplo, al actuar sobre la vida anímica, —que como ya se ha dicho, no es más que un conjunto de abstracciones—, se pueda influir de algún modo en el organismo físico externo y real. Por otro lado, está lo que se ha obtenido a través de la ciencia sobre el organismo físico; pues se ha inventado que los fenómenos anímicos no son más que fenómenos paralelos o incluso efectos del organismo físico. Las ideas concretas que se han desarrollado sobre este organismo físico no sirven para extraer nada de ellas en relación con lo psíquico.

Y así, hoy en día conviven, en realidad, una concepción de la vida anímica —independientemente de si uno es más o menos materialista— que solo se centra en las abstracciones, y una concepción de la vida material, incluida la vida orgánica, de la que no se puede extraer de ningún modo nada espiritual.

Por eso resulta bastante evidente que, precisamente en el ámbito de la psiquiatría, no sea fácil encontrar un método que sea siquiera digno de consideración. De ahí que, en los últimos tiempos, se haya dejado de hablar por completo de la relación entre lo físico-orgánico en el ser humano y lo psíquico, que se desarrolla en la conciencia como un proceso.

Y dado que, en realidad, al encontrarnos entre dos aguas —entre lo físico-material y lo psíquico-abstracto—, corremos constantemente el peligro de caer al suelo, es necesario inventar un mundo totalmente inconsciente, un mundo extraño e inconsciente. Y eso es precisamente lo que se ha hecho en abundancia en el psicoanálisis, en la psicología analítica, un objeto científico que, en realidad, resulta extraordinariamente interesante. Y es que, una vez que se haya llevado a cabo una reforma de la psiquiatría, de modo que volvamos a tener una psiquiatría adecuada, este objeto científico deberá ser examinado minuciosamente, sobre todo desde este nuevo punto de vista psiquiátrico, ya que en realidad, es un objeto propio de la psiquiatría.

Así pues, para no quedarse a medio camino entre estas dos posturas, se ha intentado imaginar un mundo inconsciente. No tengo nada en contra del mundo inconsciente, por supuesto, pero este debe investigarse; debe conocerse realmente a través de lo que la ciencia espiritual introduce como visión; no puede ser objeto de fantasías tal y como lo imaginan los freudianos o personas similares.

Las ciencias espirituales aportarán a la reforma de la psiquiatría el hecho de que esta volverá a pasar de los conceptos meramente abstractos, que carecen de vida interior, a conceptos acordes con la realidad, a aquellos conceptos que ya viven en el mundo como tales y que se obtienen al sumergirse en la realidad con sus métodos. Entonces, al elevarse a esos métodos espirituales —que, a su vez, proporcionan conceptos acordes con la realidad—, a partir de esos conceptos que ya no son meras abstracciones, se encontrará la transición hacia lo que es la realidad. Es decir, se podrá tender un puente entre lo psíquico y lo físico en el ser humano. Si se quiere llevar en serio la psiquiatría, lo psíquico y lo físico deben presentarse de otra manera en la concepción de lo que es, distinta de cómo se presentan hoy en día.

La suma actual de abstracciones, incluida aquella que engloba las leyes abstractas de la naturaleza —que, al fin y al cabo, son cada vez más filtradas y filtradas de esas mismas leyes de la naturaleza—, esa suma de abstracciones no es capaz de sumergirse en un proceso real.

Imagínense por un momento cómo sería, poder encontrar a partir de las abstracciones que figuran hoy en día en las ciencias, algo así como los dos importantes, me gustaría decir hechos, —pues son hechos—, que mencioné en la primera conferencia de esta serie: la ciencia del corazón fundamentada en las ciencias espirituales y la doctrina de la ley biogenética inversa, también fundamentada en las ciencias espirituales, para el desarrollo histórico de los acontecimientos terrestres.

En ejemplos como estos se puede observar que los métodos de las ciencias espirituales, son capaces de encontrar realmente el camino que partiendo de la vida interior del alma, va hacia el mundo de los hechos, tendiendo un puente entre lo que se denomina «psíquico» y lo que se denomina «físico».

Pero esto es necesario sobre todo para la psiquiatría, pues en este campo solo se alcanzará el éxito cuando se sea capaz de observar correctamente los hechos pertinentes. Y los hechos de la psiquiatría son, en el fondo, aún más difíciles de observar, porque exigen una mayor imparcialidad que los hechos de las leyes físicas. Y es que, en la vida humana, en el fondo, en cuanto se pasa de lo que se denomina «sano» —o relativamente sano— a lo «relativamente enfermo», casi no hay posibilidad de aislar completamente al ser humano. El ser humano se desarrolla, sin duda, hacia una individualidad plena, hacia una vida aislada. Lo hace precisamente a través de su psique, pero a través de aquello que, en lo psíquico, se desvía del desarrollo lineal. Lo que en lo físico se desvía del desarrollo lineal, el llamado desarrollo «normal», no es así. Por supuesto, solo puedo insinuarlo; de lo contrario, habría que dedicarle horas de explicación si se quisiera demostrarlo en detalle. No es que se pueda considerar de forma aislada; el ser humano es, incluso en un sentido más profundo, un ser social mucho más de lo que se suele pensar. Y, en particular, las enfermedades psíquicas solo pueden evaluarse, en los casos más excepcionales, basándose, digamos, en la biografía del individuo aislado. Eso es casi totalmente imposible.

Prefiero ilustrarles lo que realmente quiero decir mediante un ejemplo hipotético, en lugar de recurrir a teorías. Verán, es posible, por ejemplo, que en cualquier comunidad —ya sea familiar o de cualquier otro tipo— convivan dos personas. Una de ellas tiene, al cabo de un tiempo, la desgracia de sufrir un ataque, que se clasifica, por tanto, en el ámbito de la psiquiatría. Por supuesto, se puede tratar a esta persona de forma aislada. Pero si se hace así, sobre todo si se forma una opinión a partir de la observación aislada de esta persona, en muchos casos uno acabará siendo víctima de una mera máscara mental. Porque puede darse el caso —y de hecho ocurre así en numerosos casos— de que otra persona que convive con el enfermo, es decir, con quien ha desarrollado una enfermedad mental, digamos, en el seno de la familia o en cualquier otra comunidad, posea en realidad en su interior ese —digamos— complejo de fuerzas que ha provocado la enfermedad mental en su prójimo. Partimos, pues, de estas dos personas: la persona A sufre —desde el punto de vista psiquiátrico— un episodio; la persona B tiene en su interior un complejo de fuerzas, de naturaleza psíquico-orgánica, que tal vez, si se considerara por sí solo, mostrara en un grado mucho mayor aquello que en el individuo A se denomina la causa de su enfermedad. Es decir, la persona B, que no padece ninguna enfermedad mental, tiene en realidad esta causa de la enfermedad mental en sí misma en un grado mucho mayor que la persona A, a la que hubo que ingresar en un sanatorio.

Esto es algo que se encuentra sin duda en el ámbito de la realidad, y no solo en el de la posibilidad. Y es que se debe a que la persona A, al margen del complejo de fuerzas que se considera la causa de su enfermedad psíquica, tiene una constitución débil y no soporta dicho complejo de fuerzas. El otro, B, que también tiene en su interior ese complejo de fuerzas, quizá incluso con mayor intensidad, tiene, al margen de dicho complejo, una constitución mucho más fuerte que la del otro; a él no le hace daño. B lo soporta, A no. Sin embargo, A ni siquiera habría contraído la enfermedad si no fuera por la influencia de la persona B, que vive a su lado y que, en este caso, puede ser extraordinariamente considerable, ya que B es más robusto que A, si no estuviera sometido a la influencia psíquica constante de la persona B.

He aquí un ejemplo que, en numerosos casos, constituye una realidad, y del que se desprende lo importante que es el enfoque psiquiátrico cuando pretende abordar seriamente las realidades, cuando no se limita a simular, como suele ocurrir hoy en día en este ámbito. Se trata, en realidad, de no considerar al ser humano de forma aislada, sino de considerarlo en todo su entorno social.

De todos modos, lo que quiero decir aquí deberá plantearse desde una perspectiva bastante amplia. Porque, al fin y al cabo, lo mismo ocurre con el resto de las enfermedades: hay una gran diferencia entre que un complejo afecte a un individuo débil o a uno fuerte y robusto. Supongamos que dos personas viven juntas a partir de cierta edad y tienen relación entre sí. Sin embargo, una de ellas conserva, por su juventud y su ascendencia, una naturaleza rústica y robusta, mientras que la otra desciende, desde hace tres generaciones, de gente exclusivamente urbana. En ese caso, aquel que posee esa naturaleza campesina sana y es capaz de soportar ciertos daños internos puede, en determinadas circunstancias, albergar en su interior un complejo de mucha mayor intensidad, pero lo soporta y no enferma. El otro, que en realidad solo lo tiene por contagio psíquico, por imitación, por aquello que siempre existe de persona a persona, no soporta ni siquiera el efecto.

Aquí puede verse todo lo que hay que tener en cuenta si se quiere hablar de psiquiatría, no partiendo de la teoría ni de los programas, sino de la realidad; como, de hecho, hoy en día se tiene en cuenta que ya se está prestando atención a la gravedad que se deriva de la comprensión de la manera, en que se han encasillado nuestros científicos, en el fondo precisamente desde la época de Galileo, y de lo necesario que es asimilar de forma fructífera lo nuevo en todos los ámbitos. De lo contrario, el conocimiento humano, especialmente en aquellos ámbitos que deben conducir a la práctica, a la práctica de la vida, caerá por completo en la decadencia.

Así que podría decir: en el fondo, en psiquiatría se aplica lo mismo que decimos, cuando hablamos de la escuela Waldorf, sobre el arte pedagógico, es decir, que no basta con aportar nuevas formulaciones de carácter teórico, sino que hay que llevar la ciencia espiritual viva en sí misma a este ámbito. Lo que hay que decir al respecto en el ámbito pedagógico, también hay que decirlo en el ámbito psiquiátrico. Nunca se podrá partir de manera unilateral de la premisa de que hay que mejorar esto o aquello en el ámbito de la psiquiatría. Más bien, habrá que familiarizarse con la idea de que: O bien se adopta en el ámbito del conocimiento, en general, el fundamento de la ciencia espiritual; en ese caso, este fundamento ya transformará la psiquiatría y la convertirá en algo muy especial, algo que hoy en día anhelan numerosas personas, pero que no puede existir en absoluto mediante los métodos más recientes de las ciencias naturales, que, como ya se les ha explicado suficientemente ayer y hoy.

Verá, lo que, en definitiva, debe surgir por encima de todo de una —permítame utilizar esta palabra trivial— popularización de la ciencia espiritual, es un conocimiento del ser humano mucho, mucho mejor que el que se puede encontrar hoy en día. Hoy en día, las personas se enfrentan unas a otras de tal manera que ni siquiera se puede hablar de un conocimiento del ser humano. Las personas se cruzan sin verse, cada uno vive encerrado en sí mismo. La ciencia espiritual abrirá a las personas unas a otras. Y entonces, sobre todo, gran parte de lo que hoy quizá aún se cree que pertenece al ámbito de la patología psíquica pasará, precisamente por ello, al ámbito de la higiene psíquica. Porque las cosas son precisamente así: me atrevería a decir que, en todas partes, se pueden trazar líneas rectas desde los complejos de síntomas de la vida psíquica alterada hasta las ideas que hoy en día son muy comunes en la vida pública, las cuales no se consideran en absoluto patológicas, sino que simplemente se aceptan de forma generalizada. Y si se analizaran algunos conceptos muy ampliamente aceptados, se descubriría que, aunque de forma más lenta, se ha seguido finalmente el mismo camino que se observa al rastrear un complejo de síntomas psíquicamente anómalos, el cual, sin embargo, se desarrolla con rapidez en el caso de alguien a quien hoy en día se considera psíquicamente anómalo.

Todo esto demuestra que, al fin y al cabo, hablar de detalles sobre las reformas de las distintas ciencias, no conduce a gran cosa, pero que si uno se decide —aunque hoy en día las mentes, muchas mentes están demasiado adormecidas—, buscar una revitalización de la vida científica en el sentido de la ciencia espiritual, entonces los ámbitos más diversos de la ciencia, pero en especial aquel que se ocupa de las diversas desviaciones de la vida psíquica normal, la medicina psiquiátrica, experimentarán una reforma necesaria, diría incluso que evidente. Incluso si estos casos llegan hasta la rebelión extrema, la locura, la demencia y demás: solo entonces se descubrirá lo qué realmente significan estas desviaciones psíquicas de la vida normal en el conjunto del desarrollo normal. Y en muchos aspectos se descubrirá, que a medida que nuestra visión del mundo se vaya sanando cada vez más, gran parte de lo sano que emana del error generalizado se reflejará en los desvíos patológicos de los enfermos mentales.

Porque, en efecto, resulta bastante curioso lo difícil que es trazar una frontera clara entre la llamada vida normal y la vida psíquicamente anómala. Por ejemplo, es difícil determinar si existe normalidad psíquica, digamos, en el caso que tuvo lugar no muy lejos de aquí, hace no mucho tiempo en Basilea, donde un hombre destinó en su testamento una gran suma de dinero a que alguien se encerrara en completa soledad hasta que lograra demostrar realmente la inmortalidad del alma. Esto lo dispuso en su testamento un hombre de Basilea, y no sé cuál fue el desenlace de la cuestión. Creo que los herederos presentaron una objeción al respecto e intentaron resolver entonces, —aunque no desde un punto de vista psiquiátrico, sino jurídico—, en qué medida el asunto entraba en el ámbito psiquiátrico o no. Pero si ahora, cada uno de ustedes, se propone realmente investigar si se trata de algo que debe evaluarse desde el punto de vista psiquiátrico, si es una locura, si es realmente una religiosidad desmesurada o lo que sea, difícilmente lograrán llegar a una conclusión con total exactitud.

Sin duda se trata, de que nuestros conceptos se han ido debilitando poco a poco frente a la realidad; deben recuperar su fuerza. Pero solo la ciencia del espíritu les permitirá recuperar esa fuerza. Y esto lo notará, entre otras muchas cosas, la psiquiatría.

Traducido por J.Luelmo