RUDOLF STEINER
Sobre la psiquiatría
diferenciar entre lo psicológicamente normal y lo anormal
Dornach, 26 de marzo de 1920
Hoy en día, es por supuesto imposible abordar este tema
Hoy en día, cuando el ser humano habla de lo anímico, lo único que tiene es, como mucho, una idea de una suma de abstracciones o de sensaciones abstractas y cosas por el estilo. Esta suma de abstracciones, evidentemente, no puede poner en movimiento un organismo, ni puede tender de ningún modo un puente hacia el organismo. Por eso tampoco se puede afirmar que, por ejemplo, al actuar sobre la vida
Y así, hoy en día conviven, en realidad, una concepción de la vida anímica —independientemente de si uno es más o menos materialista— que solo se centra en las abstracciones, y una concepción de la vida material, incluida la vida orgánica, de la que no se puede extraer de ningún modo nada espiritual.
Por eso resulta bastante evidente que, precisamente en el ámbito de la psiquiatría, no sea fácil encontrar un método que sea siquiera digno de consideración. De ahí que, en los últimos tiempos, se haya dejado de hablar por completo de la relación entre lo físico-orgánico en el ser humano y lo psíquico, que se desarrolla en la conciencia como un proceso.
Y dado que, en realidad, al encontrarnos entre dos aguas —entre lo físico-material y lo psíquico-abstracto—, corremos constantemente el peligro de caer al suelo, es necesario inventar un mundo totalmente inconsciente, un mundo extraño e inconsciente. Y eso es precisamente lo que se ha hecho en abundancia en el psicoanálisis, en la psicología analítica, un objeto científico que, en realidad, resulta extraordinariamente interesante. Y es que, una vez que se haya llevado a cabo una reforma de la psiquiatría, de modo que volvamos a tener una psiquiatría adecuada, este objeto científico deberá ser examinado minuciosamente, sobre todo desde este nuevo punto de vista psiquiátrico, ya que en realidad, es un objeto propio de la psiquiatría.
Así pues, para no quedarse a medio camino entre estas dos posturas, se ha intentado imaginar un mundo inconsciente. No tengo nada en contra del mundo inconsciente, por supuesto, pero este debe investigarse; debe conocerse realmente a través de lo que la ciencia espiritual introduce como visión; no puede ser objeto de fantasías tal y como lo imaginan los freudianos o personas similares.
Las ciencias espirituales aportarán a la reforma de la psiquiatría el hecho de que esta volverá a pasar de los conceptos meramente abstractos, que carecen de vida interior, a conceptos acordes con la realidad, a aquellos conceptos que ya viven en el mundo como tales y que se obtienen al sumergirse en la realidad con sus métodos. Entonces, al elevarse a esos métodos espirituales —que, a su vez, proporcionan conceptos acordes con la realidad—, a partir de esos conceptos que ya no son meras abstracciones, se encontrará la transición hacia lo que es la realidad. Es decir, se podrá tender un puente entre lo psíquico y lo físico en el ser humano. Si se quiere llevar en serio la psiquiatría, lo psíquico y lo físico deben presentarse de otra manera en la concepción de lo que es, distinta de cómo se presentan hoy en día.
La suma actual de abstracciones, incluida aquella que engloba las leyes abstractas de la naturaleza —que, al fin y al cabo, son cada vez más filtradas y filtradas de esas mismas leyes de la naturaleza—, esa suma de abstracciones no es capaz de sumergirse en un proceso real.
En ejemplos como estos se puede observar que los métodos de las ciencias espirituales, son capaces de encontrar realmente el camino que partiendo de la vida interior del alma, va hacia el mundo de los hechos, tendiendo un puente entre lo que se denomina «psíquico» y lo que se denomina «físico».
Pero esto es necesario sobre todo para la psiquiatría, pues en este campo solo se alcanzará el éxito cuando se sea capaz de observar correctamente los hechos pertinentes. Y los hechos de la psiquiatría son, en el fondo, aún más difíciles de observar, porque exigen una mayor imparcialidad que los hechos de las leyes físicas. Y es que, en la vida humana, en el fondo, en cuanto se pasa de lo que se denomina «sano» —o relativamente sano— a lo «relativamente enfermo», casi no hay posibilidad de aislar completamente al ser humano. El ser humano se desarrolla, sin duda, hacia una individualidad plena, hacia una vida aislada. Lo hace precisamente a través de su psique, pero a través de aquello que, en lo psíquico, se desvía del desarrollo lineal. Lo que en lo físico se desvía del desarrollo lineal, el llamado desarrollo «normal», no es así. Por supuesto, solo puedo insinuarlo; de lo contrario, habría que dedicarle horas de explicación si se quisiera demostrarlo en detalle. No es que se pueda considerar de forma aislada; el ser humano es, incluso en un sentido más profundo, un ser social mucho más de lo que se suele pensar. Y, en particular, las enfermedades psíquicas solo pueden evaluarse, en los casos más excepcionales, basándose, digamos, en la biografía del individuo aislado. Eso es casi totalmente imposible.
Prefiero ilustrarles lo que realmente quiero decir mediante un ejemplo hipotético, en lugar de recurrir a teorías. Verán, es posible, por ejemplo, que en cualquier comunidad —ya sea familiar o de cualquier otro tipo— convivan dos personas. Una de ellas tiene, al cabo de un tiempo, la desgracia de sufrir un ataque, que se clasifica, por tanto, en el ámbito de la psiquiatría. Por supuesto, se puede tratar a esta persona de forma aislada. Pero si se hace así, sobre todo si se forma una opinión a partir de la observación aislada de esta persona, en muchos casos uno acabará siendo víctima de una mera máscara mental. Porque puede darse el caso —y de hecho ocurre así en numerosos casos— de que otra persona que convive con el enfermo, es decir, con quien ha desarrollado una enfermedad mental, digamos, en el seno de la familia o en cualquier otra comunidad, posea en realidad en su interior ese —digamos— complejo de fuerzas que ha provocado la enfermedad mental en su prójimo. Partimos, pues, de estas dos personas: la persona A sufre —desde el punto de vista psiquiátrico— un episodio; la persona B tiene en su interior un complejo de fuerzas, de naturaleza psíquico-orgánica, que tal vez, si se considerara por sí solo, mostrara en un grado mucho mayor aquello que en el individuo A se denomina la causa de su enfermedad. Es decir, la persona B, que no padece ninguna enfermedad mental, tiene en realidad esta causa de la enfermedad mental en sí misma en un grado mucho mayor que la persona A, a la que hubo que ingresar en un sanatorio.
Esto es algo que se encuentra sin duda en el ámbito de la realidad, y no solo en el de la posibilidad. Y es que se debe a que la persona A, al margen del complejo de fuerzas que se considera la causa de su enfermedad psíquica, tiene una constitución débil y no soporta dicho complejo de fuerzas. El otro, B, que también tiene en su interior ese complejo de fuerzas, quizá incluso con mayor intensidad, tiene, al margen de dicho complejo, una constitución mucho más fuerte que la del otro; a él no le hace daño. B lo soporta, A no. Sin embargo, A ni siquiera habría contraído la enfermedad si no fuera por la influencia de la persona B, que vive a su lado y que, en este caso, puede ser extraordinariamente considerable, ya que B es más robusto que A, si no estuviera sometido a la influencia psíquica constante de la persona B.
He aquí un ejemplo que, en numerosos casos, constituye una realidad, y del que se desprende lo importante que es el enfoque psiquiátrico cuando pretende abordar seriamente las realidades, cuando no se limita a simular, como suele ocurrir hoy en día en este ámbito. Se trata, en realidad, de no considerar al ser humano de forma aislada, sino de considerarlo en todo su entorno social.
De todos modos, lo que quiero decir aquí deberá plantearse desde una perspectiva bastante amplia. Porque, al fin y al cabo, lo mismo ocurre con el resto de las enfermedades: hay una gran diferencia entre que un complejo afecte a un individuo débil o a uno fuerte y robusto. Supongamos que dos personas viven juntas a partir de cierta edad y tienen relación entre sí. Sin embargo, una de ellas conserva, por su juventud y su ascendencia, una naturaleza rústica y robusta, mientras que la otra desciende, desde hace tres generaciones, de gente exclusivamente urbana. En ese caso, aquel que posee esa naturaleza campesina sana y es capaz de soportar ciertos daños internos puede, en determinadas circunstancias, albergar en su interior un complejo de mucha mayor intensidad, pero lo soporta y no enferma. El otro, que en realidad solo lo tiene por contagio psíquico, por imitación, por aquello que siempre existe de persona a persona, no soporta ni siquiera el efecto.
Aquí puede verse todo lo que hay que tener en cuenta si se quiere hablar de psiquiatría, no partiendo de la teoría ni de los programas, sino de la realidad; como, de hecho, hoy en día se tiene en cuenta que ya se está prestando atención a la gravedad que se deriva de la comprensión de la manera, en que se han encasillado nuestros científicos, en el fondo precisamente desde la época de Galileo, y de lo necesario que es asimilar de forma fructífera lo nuevo en todos los ámbitos. De lo contrario, el conocimiento humano, especialmente en aquellos ámbitos que deben conducir a la práctica, a la práctica
Así que podría decir: en el fondo, en psiquiatría se aplica lo mismo que decimos, cuando hablamos de la escuela Waldorf, sobre el arte pedagógico, es decir, que no basta con aportar nuevas formulaciones de carácter teórico, sino que hay que llevar la ciencia espiritual viva en sí misma a este ámbito. Lo que hay que decir al respecto en el ámbito pedagógico, también hay que decirlo en el ámbito psiquiátrico. Nunca se podrá partir de manera unilateral de la premisa de que hay que mejorar esto o aquello en el ámbito de la psiquiatría. Más bien, habrá que familiarizarse con la idea de que: O bien se adopta en el ámbito del conocimiento, en general, el fundamento de la ciencia espiritual; en ese caso, este fundamento ya transformará la psiquiatría y la convertirá en algo muy especial, algo que hoy en día anhelan numerosas personas, pero que no puede existir en absoluto mediante los métodos más recientes de las ciencias naturales, que, como ya se les ha explicado suficientemente ayer y hoy.
Verá, lo que, en definitiva, debe surgir por encima de todo de una —permítame utilizar esta palabra trivial— popularización de la ciencia espiritual, es un conocimiento del ser humano mucho, mucho mejor que el que se puede encontrar hoy en día. Hoy en día, las personas se enfrentan unas a otras de tal manera que ni siquiera se puede hablar de un conocimiento del ser humano. Las personas se cruzan sin verse, cada uno vive encerrado en sí mismo. La ciencia espiritual abrirá a las personas unas a otras. Y entonces, sobre todo, gran parte de lo que hoy quizá aún se cree que pertenece al ámbito de la patología psíquica pasará, precisamente por ello, al ámbito de la higiene psíquica. Porque las cosas son precisamente así: me atrevería a decir que, en todas partes, se pueden trazar líneas rectas desde los complejos de síntomas de la vida psíquica alterada hasta las ideas que hoy en día son muy comunes en la vida pública, las cuales no se consideran en absoluto patológicas, sino que simplemente se aceptan de forma generalizada. Y si se analizaran algunos conceptos muy ampliamente aceptados, se descubriría que, aunque de forma más lenta, se ha seguido finalmente el mismo camino que se observa al rastrear un complejo de síntomas psíquicamente anómalos, el cual, sin embargo, se desarrolla con rapidez en el caso de alguien a quien hoy en día se considera psíquicamente anómalo.
Todo esto demuestra que, al fin y al cabo, hablar de detalles sobre las reformas de las distintas ciencias, no conduce a gran cosa, pero que si uno se decide —aunque hoy en día las mentes, muchas mentes
Porque, en efecto, resulta bastante curioso lo difícil que es trazar una frontera clara entre la llamada vida normal y la vida psíquicamente anómala. Por ejemplo, es difícil determinar si existe normalidad psíquica, digamos, en el caso que tuvo lugar no muy lejos de aquí, hace no mucho tiempo en Basilea, donde un hombre destinó en su testamento una gran suma de dinero a que alguien se encerrara en completa soledad hasta que lograra demostrar realmente la inmortalidad del alma. Esto lo dispuso en su testamento un hombre de Basilea, y no sé cuál fue el desenlace de la cuestión. Creo que los herederos presentaron una objeción al respecto e intentaron resolver entonces, —aunque no desde un punto de vista psiquiátrico, sino jurídico—, en qué medida el asunto entraba en el ámbito psiquiátrico o no. Pero si ahora, cada uno de ustedes, se propone realmente investigar si se trata de algo que debe evaluarse desde el punto de vista psiquiátrico, si es una locura, si es realmente una religiosidad desmesurada o lo que sea, difícilmente lograrán llegar a una conclusión con total exactitud.
Traducido por J.Luelmo
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