CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

GA314 Dornach, 31 de diciembre de 1923 -Efecto del cuerpo etérico en el sistema metabólico-motor

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 RUDOLF STEINER

Fundamentos antroposóficos para la terapia

Efecto del cuerpo etérico en el sistema metabólico-motor
conferencia 1

Dornach, 31 de diciembre de 1923

Es muy gratificante que los deseos que deban tenerse en cuenta en primer lugar, —y que, de hecho, ustedes ya han expresado—, sean precisamente esos, y hoy mismo comenzaremos abordando algunos de ellos. Espero que podamos resolverlo todo en las tres horas de que disponemos. Me gustaría dirigirme a ustedes en estas breves sesiones tal y como se desprende de la antroposofía, de modo que no tengamos en cuenta cuál es hoy en día la terminología utilizada en otros ámbitos para referirse a estos temas, sino que, precisamente en relación con los deseos que se han expresado, abordemos el asunto tal y como puede hacerse desde la antroposofía.

La primera cuestión que se ha planteado, —y que, al menos en principio, permitirá resolver al mismo tiempo muchas otras—, es la de las enfermedades venéreas. Las enfermedades de transmisión sexual, de las que hasta ahora hemos hablado muy poco, son aquellas que, en primer lugar, deben diferenciarse cuidadosamente de todo tipo de secuelas, manifestaciones asociadas y demás, y que, en realidad, indican de manera muy clara, cómo se comporta el organismo en general cuando se encuentra enfermo. Los fenómenos lúéticos constituyen, por tanto, una cuestión médico-terapéutica tan importante porque, sin lugar a dudas, —hablemos sin prejuicios; ya verán que no queremos quedarnos en los prejuicios—, existe un remedio específico para ellos que es, la cura con mercurio. Pero precisamente el análisis de la cura con mercurio nos llevará a comprender cómo abordar de una manera más adecuada el mal que se presenta en este caso.

En realidad, toda enfermedad se debe, en el fondo, a que no existe una interacción armoniosa entre los tres sistemas del organismo humano, —cuya consideración es mucho más importante de lo que se cree actualmente, incluso en círculos médicos—, me refiero el sistema neurosensorial, el sistema rítmico y el sistema metabólico motriz. Solo hay que tener en cuenta en qué se basa esta interacción armónica. En el sistema metabólico-motriz tenemos una actividad del organismo humano que se produce con la participación predominante del cuerpo etérico. Pero en cada sistema también intervienen los demás miembros del organismo humano. Por lo tanto, no se puede decir que, en el sistema metabólico-motor, actúen conjuntamente los dos miembros del organismo, el organismo físico y el etérico, sino solo que lo hacen conjuntamente de forma predominante.. Los demás, el cuerpo astral y la organización del yo, también intervienen. Mientras que, por ejemplo, en la organización de la cabeza, —es decir, en toda la organización neurosensorial—, lo que ocurre es que intervienen predominantemente la organización del yo y la organización astral, y luego, de manera más subordinada, la organización etérica y la organización física. Hay que tener claro, ante todo, que la diferencia entre el estado de vigilia y el estado dormido radica en que, durante el estado dormido, las actividades que emanan del cuerpo astral y de la organización del yo, —y que durante el estado de vigilia se producen directamente—, continúan, en cierto modo, gracias a una especie de capacidad de persistencia del organismo. En el estado dormido, estas actividades resuenan sin que estén presentes el cuerpo astral ni la organización del yo. ¿Se puede entender esto? Siguen oscilando, igual que cuando lanzo una bola y esta sigue rodando aunque ya no la empuje; del mismo modo, las actividades del cuerpo astral y de la organización del «yo» continúan oscilando durante el estado dormido. Por eso, cuando algo se deriva de la organización del «yo» o de la organización astral, no se puede decir que, por ello, no pueda estar presente durante el estado dormido. El estado dormido solo debe interrumpirse cuando exista el peligro de que cesen los efectos residuales astrales o los del yo. En ese momento, el dormir debe a su vez interrumpirse y producirse el estado de vigilia.

Así pues, estas cuestiones no pueden tomarse de forma tan esquemática como a veces es necesario presentarlas en la antroposofía para que las personas sin conocimientos especializados puedan comprenderlas.

Ahora bien, se trata realmente de presentar los hechos de forma correcta. Todas esas preguntas sobre las causas no deben referirse, en esencia, a cómo se organiza internamente el organismo, sino únicamente  más bien, a los factores externos que provocan los acontecimientos. Las causas siempre hay que conocerlas. El diagnóstico siempre debe elaborarse de tal forma que constituya una historia clínica completa. Pero especular sobre las causas en el organismo no conduce, en realidad, a determinar los remedios de la manera correcta.

En este sentido, si planteo ahora la pregunta debo decir: ¿En qué consiste realmente la sífilis? Distingamos, pues, la sífilis de todo aquello que, en determinadas circunstancias, también puede considerarse una enfermedad de transmisión sexual, de todas las enfermedades causadas por la gonorrea, de todas las manifestaciones de chancro y así sucesivamente; es decir, de todo aquello que, en el fondo, —y lo trataremos más adelante por separado—, no forma parte de la sífilis propiamente dicha, sino que, en esencia, es otra enfermedad. La enfermedad sifilítica propiamente dicha se basa esencialmente en que el sistema de extremidades, y por tanto, sobre todo, el sistema metabólico, se ve sometido a una carga excesiva por parte de la organización del «yo» del ser humano. En cierto modo, la organización del «yo» del ser humano se desliza hacia la parte inferior del abdomen. Y todos los síntomas de la enfermedad que aparecen se deben precisamente a que la organización del «yo» se desliza con demasiada intensidad hacia la zona abdominal. De ahí surgen precisamente esos procesos que se manifiestan a través de los síntomas que ustedes conocen, esos procesos que provocan un predominio de la organización del «yo» sobre la organización etérica, algo que no debería darse en este tracto del organismo humano. Simplemente hay una organización del «yo» demasiado fuerte en el tracto sexual. Ese es el hecho. En primer lugar hay que fijarse en este hecho, y no tanto en la infección y demás; hay que fijarse en este hecho, porque está ahí. Y, en realidad, la curación debe partir de este hecho.

Veamos ahora el efecto de la cura con mercurio sobre este cuadro clínico. ¿Qué ocurre realmente en el organismo humano con cada tratamiento con mercurio? El tratamiento con mercurio es, como saben, muy antiguo y, en ocasiones, resulta extraordinariamente beneficioso no solo para las enfermedades lúeticas, sino también para otras afecciones. Pero, ¿Qué ocurre durante el tratamiento con mercurio?

El mercurio es, en efecto, uno de esos remedios que, en épocas en las que se practicaba una medicina instintiva de amplio alcance, se consideraba eficaz gracias a un cierto conocimiento instintivo del organismo humano. Pero, ¿Qué es lo que cura realmente cuando hay que someterse a un tratamiento con mercurio contra la sífilis? Cura exactamente lo mismo que se introduce en la sangre en la dosis adecuada del preparado de mercurio. Cura exactamente lo mismo. Ahora piensen en las consecuencias que esto tiene. En primer lugar, por lo que yo sé, no es muy habitual inyectar mercurio en las enfermedades lúeticas. En los últimos años se ha pasado a ello porque, como veremos enseguida, las antiguas curas con ungüentos ya no surten efecto, o lo hacen en exceso; pero, en general, este cambio parcial también se ha producido de forma empírica, porque se observó que en la cura con ungüentos había algo que conducía a la ruina.

¿Y qué ocurre entonces? Si se aplica el tratamiento tópico, este provoca, en el fondo, una infección parcial, incluso generalizada. Está pensado precisamente para que todo pase a la circulación sanguínea. Para eso está pensado. Pero si se aplica el tratamiento tópico, existen otras vías por las que circula el impulso de mercurio en el organismo humano. Lo que tiene un efecto curativo es, esencialmente, aquello que llega a la sangre; mientras que aquello que no llega a la sangre, sino que circula por vías etéricas, —arrastrado por vías etéricas que discurren, por ejemplo, a lo largo del sistema nervioso y de los haces nerviosos—, es todo mal. Todo ello, por así decirlo, difunde la organización del «yo» por todo el organismo, y, en el fondo, lo que ocurre es que el mal se propaga por todo el organismo en otra forma, con lo que, tras años de persistencia de los procesos preparatorios internos, acaba manifestándose precisamente todos aquellos síntomas que se presentan como secuelas de la cura con mercurio.

Por lo tanto, se puede decir que, precisamente en el tratamiento con mercurio de las enfermedades lúeticas, se pone de manifiesto el efecto curativo del mercurio. ¿En qué se basa? En realidad, ya hoy se pueden exponer de manera muy general los aspectos que entran en juego, tal y como los expuse ayer en la conferencia general. Sencillamente, a partir de un determinado momento, las sustancias orgánicas ya no se encuentran bajo la influencia de las fuerzas terrestres, sino bajo la influencia de las fuerzas cósmicas que actúan de forma periférica, desde la periferia hacia el centro de la Tierra. Y, a partir de un momento determinado, todo aquello que llega al organismo a través de la digestión habitual, una vez que ha atravesado el intestino, queda bajo la influencia de fuerzas cósmicas, fuerzas cósmicas compensatorias, auténticas fuerzas cósmicas complementarias.

Pues bien, en estas fuerzas complementarias del cosmos es donde vive preferentemente la organización del yo. Si interviene con demasiada fuerza en el sistema metabólico, la organización del yo tiende simplemente a atomizarse, a aislar y organizar los distintos elementos del organismo humano, en lugar de organizar todo el cuerpo de acuerdo con su forma. Y todas las manifestaciones de la sífilis, todos los síntomas de la sífilis, son consecuencia de esta atomización parcial, de esta organización atomista. Así pues, la organización del «yo» interviene en sistemas realmente muy pequeños del organismo humano, mientras que estos pequeños sistemas deberían reservarse precisamente para la organización del propio cuerpo etérico, que solo está sometido a las fuerzas cósmicas periféricas por sí mismo, sin pasar por la organización del «yo».

Ahora bien, cuando se introduce el mercurio en el organismo humano, tiene la particularidad de que, en las condiciones terrenales, es la sustancia que, por sí misma, imita de la forma más fuerte e intensa la forma exterior del cosmos. En el momento en que se inyecta el mercurio directamente en la circulación sanguínea, surge la tendencia a que esta organización parcial, esta pequeña organización atomística, se desprenda del mercurio, y la organización del «yo» queda de nuevo libre, actúa a través de todo el organismo y, de este modo, es capaz de restablecer el estado de salud mediante una reacción.

Pero todo esto depende de que el paciente nunca ingiera más mercurio del estrictamente necesario. Se trata de un problema que, en realidad, nunca se puede resolver. Y es que, durante el tratamiento con mercurio, nunca debe exponerse al riesgo de administrar una cantidad de mercurio ligeramente superior a la necesaria. Debe administrar exactamente la cantidad que pueda absorberse en el torrente sanguíneo según el cuadro clínico concreto, ya que todo lo demás se queda como residuo y provoca precisamente esas secuelas que luego aparecen y que ustedes saben.

Por lo tanto, al aplicar el tratamiento con mercurio siempre resultará que se cura, pero que el enfermo, en determinadas circunstancias, tendrá que pagar muy, muy caro esa curación con unas terribles secuelas que, aunque parezcan similares a las de la sífilis, en realidad acabarán por destruir el organismo poco a poco y de forma irremediable. Precisamente en la curación segura que proporciona el mercurio se aprecia que su uso es extraordinariamente problemático.

No siempre fue problemático. Verán, el mercurio siempre se utilizó pero no precisamente para la sífilis, sino para algunas otras enfermedades; quizá podamos hablar de ello en los próximos días. De hecho, el mercurio provocaba una reacción emocional muy concreta en los enfermos dotados de un gran instinto. El enfermo sabía cuándo había tenido suficiente. Estaba «saciado» de mercurio. Hoy en día, los instintos se han degenerado. El enfermo ya no puede servir de referencia para lo que le ocurre a causa del mercurio. Ya no se «sacia» con el mercurio, sino que se «sobresatura». Eso es lo que suele ocurrir hoy en día: El enfermo se sobresatura de mercurio y entonces aparecen las conocidas secuelas de forma muy devastadora, de modo que, al igual que se puede observar claramente el efecto del azufre y del fósforo en el organismo, y también se puede ver claramente lo que ocurre en el organismo con la disolución de la sal, —aunque siempre hay que prestar mucha atención a la dosificación—, lo mismo ocurre con el mercurio. Simplemente se sabe en qué se basa el efecto del mercurio.

Ahora bien, la cuestión es si sería posible llevar a cabo un tratamiento de este tipo que resultara inocuo, incluso aunque se administrara una dosis excesiva, ya que, en caso de sobredosis, simplemente se produciría una excreción hacia el exterior. Y es que el mercurio tiene la particularidad de que, cuando se administra en exceso al organismo, no se excreta hacia el exterior, sino hacia el interior. En este sentido, en mi juventud me pareció extraordinariamente importante cómo Hyrtl, durante la autopsia de personas tratadas con mercurio, extraía los huesos, los rompía y cómo luego se podían observar al microscopio las pequeñas gotitas de mercurio en el interior de los huesos. Así pues, todo el sistema óseo estaba mercurizado. Esa es la peculiaridad del mercurio: no se elimina hacia el exterior, sino que el organismo lo absorbe, y toda la organización del yo de una persona tratada con mercurio se ve constantemente ocupada en la reorganización de estas minúsculas gotitas de mercurio, átomos de mercurio, que se encuentran por todo el organismo, especialmente en las partes calcificadas.

Y así, ya se puede decir: hay que intentar encontrar en la naturaleza algo que, al aplicarlo, sea absorbido por el organismo de la misma manera que el mercurio, de modo que sustituya a la organización del «yo» en el organismo, es decir, que la alivie y la libere. Pero que si se ingiriese en exceso, —lo cual es inevitable—, entonces no debe ir hacia el interior, sino ser expulsado al exterior, como cualquier otra cosa que se digiera.

Se trata, pues, de dar con algo que, en la naturaleza exterior, corresponda a la organización del yo y que, en determinadas circunstancias, pueda prepararse de tal manera que pase realmente a la circulación sanguínea y provoque, por así decirlo, un fantasma de la organización del yo en la circulación sanguínea. Es necesario introducir un yo artificial en la circulación sanguínea.

Y precisamente nuestros médicos deberían realizar los experimentos correspondientes, y sin duda verán que obtienen resultados que, sin lugar a dudas, serán sorprendentes. Tomen lo que puedan obtener de aquellas partes de la planta que están extraordinariamente endurecidas, que, por tanto, han transmitido el proceso radicular de la planta al resto de la misma. En el proceso radicular de la planta se encierra una imitación extraordinariamente fuerte de la organización del «yo». La flor de la planta es organización etérica. En lo que se encuentra por debajo de la flor, la planta rodea la organización astral; allí donde la planta echa raíces en el suelo, interviene la organización del «yo». En cada raíz fuertemente leñosa que aún permanece unida a la planta, que aún no ha pasado a lo inorgánico al estar separada de la planta viva, encontramos impulsos de la organización del «yo».

Ahora bien, si se tomaran directamente las raíces de las plantas y se extrayeran sustancias de ellas para inyectarlas, sería casi imposible lograrlo, debido a que, aunque la raíz de la planta contiene en gran medida la organización del yo, —en cierto sentido, es un fantasma de la organización del yo—, pero lo que vive en ella en forma de impulsos se limita al sistema nervioso y sensorial y no influye de manera significativa en el resto del organismo. Por lo tanto, se puede afirmar que, si la organización de la raíz solo se toma de la raíz, difícilmente se podrá obtener un preparado adecuado para el fin mencionado. Por el contrario, hay plantas en las que la organización radicular ejerce una influencia muy fuerte sobre el conjunto de la planta. Y una de esas plantas, en la que la organización radicular impregna realmente toda la planta hasta el fruto, es el Astragalus exscapus, la raíz de tragacanto, lo que se conoce como «espino de cabra». Tiene frutos que parecen vainas, pero son duros como piedras, y en su interior hay semillas. Me refiero precisamente a aquello que está, por así decirlo, completamente cornificado. O tomemos ciertas maderas, que de todos modos ya se utilizan, y cuya eficacia se basa en lo que acabo de decir.

Pero entonces se trata de tomar los granos de una planta de este tipo, —digamos, concretamente, de la raíz de tragacanto o de la espina de cabra—, triturarlos finamente y, a continuación, tratarlos con el jugo de la propia planta, es decir, con el jugo de las flores y las hojas de la propia planta. De esta manera se obtiene un preparado que quizá se pueda llevar hasta la tercera décima. En la tercera décima, si se inyecta, introducirá efectivamente este fantasma del «yo» en la circulación sanguínea, y entonces, bajo la influencia de este preparado, en el caso de una verdadera enfermedad sifilítica, —que, por lo tanto, ya es una enfermedad de toda la sangre—, se presenta exactamente el mismo cuadro que con el tratamiento con mercurio, y habrá que procurar entonces que el exceso se elimine mediante baños muy calientes. De modo que habrá que combinar estas dos cosas: por un lado, la inyección de un preparado como el indicado, y por otro, eliminar el exceso mediante baños muy calientes.

Pero además sale algo más. Sale aquello que se encuentra en la sangre del enfermo de sífilis como sustancias nocivas. Eso también debe salir a través de la secreción sudorípara. De modo que hay que decir: lo que hay que expulsar es aquello que debe expulsarse, y sin falta solo a través de la secreción sudorípara. Pero primero hay que retenerlo. Y se puede retener gracias a este efecto estabilizador de los impulsos que se encuentran en los granos de espino de cabra. Ahora bien, verá, solo se puede hacer frente a estas cuestiones si se combinan íntimamente el diagnóstico y la terapia.

En medicina es imposible prescindir de la individualización, y se puede observar muy bien que, precisamente en el caso de las enfermedades sifilíticas, el cuadro clínico en una persona obesa es completamente diferente al de una persona delgada. En una persona obesa resulta extraordinariamente difícil eliminar la toxina de la sífilis. No sé si hay aquí amigos que tengan experiencia en esto. Es más difícil eliminar la toxina de la sífilis de una persona obesa que de una delgada. Una persona delgada la elimina con relativa facilidad. En el caso de una persona delgada, es posible que obtengan buenos resultados si proceden tal y como he descrito. Pero deben asegurarse de que se produzca una reacción, es decir, de que haya realmente una fuerte sudoración; de lo contrario, naturalmente, sufrirán todo tipo de enfermedades internas como consecuencia, ya que el proceso patológico no se llevará a cabo. La reacción debe estar presente. Sin embargo, podría ser que, para lograr el efecto también, por así decirlo, en personas obesas, haya que recurrir a otros medios. Y en ese caso será muy conveniente recurrir a aquello que ya ha surgido en mayor medida en la naturaleza, incluso en el proceso astral. En ciertos casos, cuando se observe que no se consigue ninguna reacción con la planta habitual, será muy recomendable tomar nueces de bilis. Las mencioné ayer en otro contexto.

En las agallas ya han invocado la redondez etérea; la agalla les muestra ya la naturaleza mercurial en el reino vegetal. Si ahora trata la agalla de tal manera que la tritura por un lado y, por el otro, extrae el veneno de la avispa que la ha producido y lo mezcla en una dosis muy pequeña, obtendrá un preparado de efecto considerable que provocará una reacción incluso allí donde, por lo general, es difícil que se produzca.

La verdad es que, en nuestro caso, tenemos muy pocos casos de enfermedad que podamos observar paso a paso. Me imagino que, para nuestros colegas que son médicos tratantes, no es precisamente lo ideal ingresar a los enfermos de sífilis en los institutos. Pero este tipo de cosas arrojan luz precisamente sobre el tratamiento en su conjunto. Precisamente de un tratamiento así se aprende algo realmente útil para toda la terapia, y estoy convencido de que, si alguien viera cómo un enfermo, después de haber sido inyectado de esta manera y de salir del baño, presenta un aspecto diferente en la piel al que tenía antes, antes del baño; cómo su piel presenta un aspecto tal que, para la mirada más atenta, —quizá se pueda observar con el microscopio—, está salpicada por todas partes de pequeños agujeritos, casi como si tuviera pequeñas viruelas, entonces ya se aprenderá cómo el organismo se ve afectado por algo así». Así pues, creo que este es el camino que hay que seguir en lo que respecta al tratamiento de la sífilis.

Porque, verá, precisamente en el caso de esta enfermedad es necesario no solo ocuparse de aliviar los síntomas y dar de alta al enfermo, sino que también hay que asegurarse de que el enfermo pueda seguir con el tratamiento en su vida posterior. Y aquí llego a una pregunta que se ha planteado al mismo tiempo y que resultará de gran interés para la mayoría de ustedes: la meditación como complemento del tratamiento farmacológico, ¿hay algún tipo de consejo específico al respecto?

Bueno, menciono la sífilis previa precisamente en relación con esta cuestión porque, de hecho, es precisamente en el caso de la sífilis donde quizá se pueda responder a esta pregunta de la forma más exhaustiva. De hecho, dependerá de que el enfermo de sífilis aparentemente curado, —y todo enfermo de sífilis está, en un primer momento, solo aparentemente curado, ya que todo depende de si la enfermedad puede reaparecer por cualquier causa posterior, y cualquier sífilis aparentemente curada puede, en determinadas circunstancias, reaparecer más adelante—, haya transformado su organismo en algo distinto al de una persona que no padece sífilis. Tiene una constitución diferente, y hay que partir de la base de que esta constitución diferente se mantenga realmente a lo largo de su vida futura; de lo contrario, simplemente se revelará demasiado débil frente a ciertas agresiones de la vida cotidiana, y la sífilis podrá reaparecer.

Ahora bien, es evidente que solo abordaremos la cuestión del tratamiento meditativo en términos generales, pero precisamente ahí es donde se puede establecer el vínculo. Lo que ocurre en el caso de la sífilis es una cierta autonomización de la organización del yo, que de otro modo no se da en una persona normal. El enfermo de sífilis ha creado, en cierto modo, este fantasma a partir de su propio organismo, que precisamente ha surgido a raíz de la inyección, y, por ello, su organización del «yo» para toda su vida terrenal posterior es más autónoma que la de quien nunca ha padecido sífilis. La tiene más autónoma, y hay que tenerlo en cuenta. Por lo tanto, si quieren curar de forma duradera a un enfermo de sífilis, deben asegurarse de que empiece a interesarse profundamente por darle vueltas una y otra vez en su mente a pensamientos muy abstractos, de forma meditativa. Por lo tanto, deben recomendarle, por ejemplo, que reflexione sobre problemas geométricos o matemáticos de forma meditativa, es decir, mediante una repetición rítmica y constante, de modo que nunca deje de mantener realmente esta abstracción artificial de su organización del yo. Deben acostumbrar su pensamiento a alcanzar una cierta constitución interior. Por eso le harás un gran favor si le aconsejas lo siguiente: cada mañana, nada más despertarte, piensa en cómo se comporta un triángulo pequeño que se parece a uno grande. Tienen los mismos ángulos, pero lados diferentes. Piénsalo primero muy despacio: ángulos iguales, lados diferentes. Luego piénsalo un poco más rápido, después aún más rápido, y finalmente piénsalo de tal manera que casi ya no puedas fijarte en él. Después, vuelve a empezar a pensar más despacio.

Así pues, ese pensamiento de ritmos variables, provocado por la propia voluntad, le llevará a cuidar adecuadamente de esa organización del «yo» que ha adquirido autonomía. Ese es un tipo de meditación. Sin embargo, siempre que observe que, debido a algún proceso de curación, la organización del yo se ha vuelto más autónoma, puede intentar, mediante este tipo de meditación, —que debe aplicarse con especial intensidad precisamente en el caso de los enfermos de sífilis—, facilitarle el camino que le queda por recorrer en la vida. En realidad, hay que animar al enfermo de sífilis a que nutra constantemente su organización del «yo», que ya es autónoma, mediante una meditación de este tipo, que se desarrolla a un ritmo variable. ¿Se entiende?

Sin embargo, estas cuestiones nos llevan a analizar otras preguntas que se han planteado. Al final, siempre acabamos volviendo a todo ello; solo quiero establecer una relación lógica que la situación exige.

Pregunta sobre la raíz de tragacanto.

Son vainas. Se abren las vainas y dentro están las semillas muy duras como piedras, que hay que convertir en un polvo muy fino.

Ahora bien, otra pregunta que se ha planteado, y que aparentemente no tiene relación con esto, —aunque, en el fondo, las cosas están relacionadas—, es la relativa a la aparición del glaucoma. Hoy en día, creo que el glaucoma apenas se trata de otra forma que no sea quirúrgicamente, como mucho por parte de los homeópatas; pero la homeopatía aún no es racional. Ahora bien, se trata de comprender en qué se basa precisamente un fenómeno como el glaucoma. El glaucoma, desde un punto de vista orgánico, en cierto sentido, según los cuatro miembros de la naturaleza humana, —el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo—, es en realidad, la manifestación opuesta, surgida del proceso global del organismo, de todas las posibles otitis. Ambas cosas se comportan casi como polos opuestos. Las otitis se sitúan, por un lado, y los fenómenos similares al glaucoma, por el otro. Si nos limitamos a considerar el hecho en sí, la realidad es la siguiente: en el glaucoma se produce una intensa actividad que se infiltra en el cuerpo vítreo del ojo y lo constituye sustancialmente. El cuerpo vítreo se vuelve internamente demasiado intenso en relación con su propia sustancia. Esto provoca una hipertrofia de la actividad del cuerpo vítreo, y en esta hipertrofia de la actividad del cuerpo vítreo se basa, en realidad, la enfermedad del glaucoma. Pero, ¿qué ocurre entonces?

Un órgano sensorial como el ojo se encuentra precisamente en ese punto en el que, según la constitución general del cuerpo, es lo suficientemente autónomo y está lo suficientemente separado de forma objetiva del organismo en su conjunto. Si se separa un poco más del organismo en su conjunto de lo que ocurre en la visión normal, entonces está tan enfermo que el organismo en su conjunto ya no puede extender su actividad más allá de este órgano.

Precisamente en el caso del glaucoma resulta sumamente interesante observar cómo el cuerpo etérico, —que es de vital importancia, sobre todo en el ojo—, impregna el globo ocular, hasta tal punto que la sustancia física del cuerpo vítreo actúa de manera bastante marcada como una sustancia física. Si traspasa este límite, actúa con demasiada intensidad como sustancia física. El cuerpo etérico ya no puede acercarse a ella, ya no puede infiltrarse en ella. Por lo tanto, hay que velar por que el cuerpo etérico vuelva a entrar en acción o, mejor dicho, por que se modere la actividad física en el ojo. Es, por supuesto, una obviedad, pero no por ello menos cierto, decir que, cuando ocurre algo así, toda la actividad orgánica en ese tracto del organismo humano es simplemente demasiado débil, parcialmente paralizada. Es demasiado débil, hay que estimularla. Solo pueden estimularla haciendo que la exhalación del organismo humano sea más intensa de lo que es en la persona afectada por el glaucoma durante el periodo de su enfermedad o a lo largo de su evolución. Por lo tanto, si logra detectar los síntomas del glaucoma en el momento adecuado, —aunque, en lo que respecta a este tipo de enfermedades parciales, el organismo es capaz a veces de realizar esfuerzos extraordinarios—, observará una mejoría espontánea de los mismos gracias a todo aquello que le enseñe al organismo para fomentar precisamente la actividad exhalatoria y, de este modo, estimularlo a intensificar la actividad dentro de la cabeza, y así conseguirá que contrarreste la actividad que da lugar a la formación del glaucoma. Y esto se puede lograr proporcionando al organismo humano cal carbonatada procedente de tierra de huesos y mezclándola con raíces aéreas de cualquier planta. De este modo se obtiene un preparado que, de hecho, regula la actividad respiratoria tal y como se necesita en este caso.

Lo que quiero decir es lo siguiente: se trata de que, cuando extraemos cal carbónica de la tierra ósea y la introducimos en el organismo humano, obtenemos un estímulo correspondientemente fuerte para la exhalación. Pero para que el propio organismo se implique, debemos añadir a toda esta actividad, —para que no transcurra de forma inerte, por así decirlo, al margen del organismo—, a esta cal carbónica algunos impulsos que se encuentran precisamente en aquellas raíces que proceden de árboles o plantas que trepan por las rocas, raíces que viven al aire libre, y donde aquello que normalmente crece en el suelo como raíces se transporta al aire. De este modo, estas raíces se transforman de tal manera que, de hecho, sus impulsos se asemejan más a la actividad respiratoria y, gracias a ello, se tiene la posibilidad de incorporar la actividad respiratoria en uno mismo. Entonces se percibe. La actividad respiratoria se estimula de forma totalmente involuntaria gracias a la cal carbónica. Pero si mezcla la cal carbónica con el jugo de esas raíces aéreas, lo que ocurre es que, además, siente el impulso de respirar así, y de ese impulso de respirar surge entonces ese fortalecimiento de toda la organización humana que necesita para compensar, a su vez, lo que se le ha arrebatado con la formación del glaucoma.

Precisamente en un caso como este se ve cómo es imprescindible tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Pero el cuerpo físico nunca es el cuerpo completo. El cuerpo físico es siempre solo una parte; el cuerpo físico es el hígado, el estómago, etc., y las distintas partes están conectadas entre sí. El cuerpo etérico ya representa, en gran medida, al ser humano en su totalidad. Y, en un sentido muy amplio, el ser humano en su totalidad es el cuerpo astral. Solo que este cuerpo astral tiene una estructura muy peculiar. Se podría decir que lo que constituye el cuerpo astral del ser humano hasta el diafragma, —delimitado, más o menos, externamente—, es algo completamente distinto de lo que constituye el cuerpo astral por debajo del diafragma. Lo que allí actúa como cuerpo astral hacia la cabeza, hacia la organización nerviosa y sensorial, es, en su funcionamiento, polarmente opuesto a lo que actúa en el sistema metabólico-motor. Y consideren el metabolismo en general, que, en esencia, se desarrolla bajo la influencia del cuerpo astral. Lo que solemos llamar «metabolismo» es, en realidad, una actividad del organismo humano en la que lo único que importa es la actividad en sí. En el metabolismo, lo único que importa es, en realidad, la absorción y la eliminación de sustancias. Se podría decir que al metabolismo, la comida como tal, en su esencia no le interesa en absoluto, sino la superación de la forma sustancial externa de los alimentos y la metamorfosis, no lo que el organismo necesita. Pero la eliminación comienza ya en el propio metabolismo. En realidad, se pasa directamente de la ingesta a la excreción. Solo se segrega una pequeña parte. Y eso llega hasta la organización nerviosa y sensorial. La organización nerviosa y sensorial es, desde el punto de vista sustancial, extraordinariamente importante, pues la sustancia nerviosa es sustancia metabólica llevada hasta su extremo.

Por muy grotesco que parezca, la realidad es que el contenido intestinal no es más que sustancia nerviosa que se ha quedado a medio camino. La sustancia nerviosa, sobre todo la de la cabeza, es el contenido intestinal procesado hasta el final, el contenido intestinal transformado por el organismo humano, concretamente por la organización del yo. El contenido intestinal se ha quedado a medio camino y se elimina a medio camino. El contenido de la sustancia nerviosa se ha llevado hasta el final y, al estar completamente consumido, debe ser procesado por el organismo. De modo que el organismo astral ejerce, en el metabolismo propiamente dicho, una actividad totalmente diferente a la del organismo astral en el sistema nervioso central. Son realmente opuestos desde el punto de vista polar. Es decir, uno se detiene a mitad de camino, el otro se lleva a término, y entre ambos se encuentra precisamente un punto cero. De hecho, se produce allí una polaridad completa. Si se dibujara el cuerpo etérico, se le daría una forma ovalada; en cambio, el cuerpo astral ya no se puede dibujar con forma ovalada, sino que hay que dibujarlo en dos partes, superior e inferior, que en su modo de actuar son, en realidad, completamente diferentes entre sí. Y sin comprender esto, no se puede entender realmente al ser humano ni en su estado de salud ni en su estado de enfermedad. Hay que tener claro que en el metabolismo se da una actividad totalmente diferente a la que se da en la actividad nerviosa, en el sistema nervioso. Y solo a partir de esta comprensión surge la posibilidad de actuar de forma adecuada sobre el organismo humano. Si, por ejemplo, se administran internamente al ser humano preparados obtenidos de las flores de las plantas, —digamos, en forma de aceites esenciales—, estos no pasan de la parte inferior del organismo astral a la parte superior, y solo pueden utilizarse para provocar determinados procesos en la parte inferior, en el tracto metabólico propiamente dicho. En el momento en que se utiliza algo obtenido de la raíz de la planta, esto se manifiesta a través del tracto inferior hacia el superior del cuerpo astral, y se tiene ahí dentro porque, a su vez, actúa desde la cabeza hacia el organismo. Se tiene ahí dentro, en todo el organismo.

Porque hay que entender que la visión habitual de la composición del organismo humano es, en realidad, tremendamente diletante. ¿No es así? Pongamos que se imaginan, que cuando en alguna parte del organismo humano, tras un determinado período de vida, ha aparecido una nueva sustancia, esta ha debido llegar a través del metabolismo habitual; es decir, que la sustancia antigua se ha eliminado y la nueva ha aparecido a través del metabolismo habitual. Así es como uno se lo imagina. No creo que quien hoy en día haya estudiado medicina de alguna manera se lo imagine de otra forma que no sea que, a través del metabolismo habitual, se hayan sustituido en el ser humano ciertas sustancias, —que, en definitiva, son otras tras un determinado período de vida—, de otra forma que no sea mediante el metabolismo.

Pero ese no es el caso. Si, tras un determinado período de la vida, se encuentra una sustancia diferente en cualquier parte del organismo humano, esta nunca ha sido eliminada por el metabolismo habitual. El metabolismo habitual solo aporta, en esencia, el sistema nervioso, solo la estructura interna del sistema nervioso, solo los componentes básicos del sistema nervioso. A través de la actividad del sistema nervioso-sensorial, en relación con la respiración, se absorben entonces del entorno cósmico las sustancias en un estado extraordinariamente fino, que son integradas en el organismo por la organización nerviosa-sensorial y sustituyen sustancialmente todo lo que se pierde. Porque las pérdidas son mucho más lentas de lo que se cree. Así pues, el cuerpo humano nunca se construye a partir de la alimentación. La alimentación solo proporciona la actividad necesaria para organizar el sistema nervioso. La reconstrucción, la reconstrucción sustancial, no se produce en absoluto a través de la alimentación, —eso es solo una quimera—, sino que, en realidad, proviene del cosmos. Así pues, cuando se corta una uña, que vuelve a crecer, la sustancia que vuelve a crecer no procede de la alimentación, —que, por su parte, no tiene otra función que la de reconstruir el sistema nervioso—, sino que lo que vuelve a crecer, lo que realmente reconstituye sustancialmente la sustancia orgánica del ser humano, se absorbe del cosmos.

Esto ofrece, por supuesto, una imagen totalmente diferente de la constitución del ser humano que la que se tiene cuando se cree que el ser humano es una especie de tubo: por un lado entra la comida, luego se produce un intercambio y, mientras tanto, se expulsa lo que no sirve. Pero el ser humano no es ese tubo. Lo que allí ocurre con forma de tubo se lleva a cabo íntegramente en el interior del propio organismo humano. Aquello por lo que el ser humano se reconstruye de nuevo tras un determinado período de vida entra en el organismo humano a través de la respiración e incluso mediante sutiles absorciones del mundo exterior a través de los sentidos. En este sentido, los oídos constituyen órganos receptores de extraordinaria importancia, así como todo el sistema sensorial que se extiende por el cuerpo. De modo que, si se observa al ser humano correctamente, habrá que afirmar desde el principio que el metabolismo es un proceso interno del organismo humano. En la reconstrucción del ser humano también participan el sistema rítmico y el sistema neuro-sensorial.

Bueno, pues mañana retomaremos este tema e iremos abordando poco a poco el resto de cuestiones que se han planteado. No duden en decirme si desean que sigamos con otro punto, ya que disponemos de muy pocas horas. Creo que ya llegaremos a tratar cada uno de los problemas que se han planteado. Si alguien tiene alguna otra cuestión, le ruego que me la plantee mañana.

Traducido por J.Luelmo

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