CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA069e München, 10 de enero de 1912 ¿Cómo se fundamenta la teosofía?

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

¿Cómo se fundamenta la teosofía?

München, 10 de enero de 1912

Si anteayer intentamos, por así decirlo, ponernos a modo de prueba en el punto de vista de los detractores de nuestra cosmovisión teosófica o de las ciencias espirituales, y si hoy se les va a presentar esta última visión del mundo y de la vida en sus formas fundamentales y bien fundamentadas, les ruego que no interpreten mi tarea como si hoy se fuera a intentar desmontar, pieza a pieza, lo que se construyó anteayer, es decir, como si se tratara de una especie de juego con conceptos; pues eso me parecería, al fin y al cabo, frívolo. Ya se ha subrayado que no se trataba de enumerar de cualquier manera aquellas objeciones superficiales contra la teosofía que plantean aquellas personas que carecen de buena voluntad para familiarizarse más a fondo con el contenido y la esencia de estas cosmovisiones, sino que se ha destacado que solo debían plantearse aquellas razones que deban considerarse objeciones serias y de peso, y que dificultan a las personas cultas de hoy en día acercarse a la teosofía con su convicción más íntima, a pesar de su buena disposición.

Sin embargo, dado que aquellos que ya han asistido en varias ocasiones a mis conferencias de carácter teosófico pueden dar por sentado que mi intención no ha sido refutar la teosofía, todo lo que hoy exponga constituirá, en su conjunto, una especie de refutación de lo dicho anteayer, y les ruego que tengan en cuenta que, para ello, debo adoptar un tono diferente al de otras conferencias destinadas a fundamentar las verdades teosóficas. En otras ocasiones se han presentado pruebas fácticas para corroborar las verdades teosóficas; lo que se dirá hoy pretende, más bien, oponerse de manera lógica y crítica a lo expuesto anteayer, desde un punto de vista más abstracto, que resultará del todo comprensible teniendo en cuenta las objeciones que, dentro de ciertos límites, se han planteado como justificadas.

En sí mismo, resulta llamativo intentar esgrimir ahora razones a favor de una causa de la que se afirma que se integrará y debe integrarse en nuestra corriente cultural; llamativo porque de ello podría fácilmente deducirse que la convicción que para una persona está bien fundada, para otros le es imposible de aceptar. La decisión es bastante difícil, por lo que, en primer lugar, hay que llamar la atención sobre cuál es el valor probatorio de la razón humana a favor o en contra de una cuestión. Solo entonces es posible preguntarse si realmente depende tanto del valor probatorio de la razón humana por sí sola, si es que esta puede decidir por sí sola, con sus argumentos, a favor o en contra de una cuestión, o si esto no ocurre de manera tan directa.

Todo el mundo sabe que se puede defender una idea, con gran habilidad, hasta que uno se da cuenta de que las pruebas, que al principio parecían tan convincentes, ya no son suficientes cuando se amplía el horizonte. Por eso surge la pregunta de si son solo las pruebas las que llevan al ser humano a decidir si debe aceptar o rechazar algo. A primera vista, podría parecer fácil juzgar que algo es cierto si las pruebas lo respaldan, y erróneo si las pruebas lo refutan; sin embargo, la historia de la cultura nos enseña que, a lo largo de los tiempos, las pruebas que pudieran presentarse a favor o en contra de una cuestión, no han sido en absoluto decisivas sino que lo que importaba, —y sigue importando hoy en día—, son aspectos que, a la hora de considerar algo como verdadero, son más determinantes que las pruebas de la razón humana.

Esto se puede explicar con el siguiente ejemplo: este año se publicó por primera vez el llamado «calendario de los librepensadores», en el que también aparece un debate de un autor cuyo amor por la verdad debe reconocerse sin reservas; este afirma que no se debería enseñar a los hijos nada que se base en ideas sobre lo divino o cualquier otro asunto sobrenatural. El autor del artículo en cuestión defiende un punto de vista monista y materialista y cree que debe pronunciarse en contra de las concepciones de carácter sobrenatural, como, por ejemplo, la existencia del alma, de Dios, etcétera. Para ello se basa en algo que, sin duda, tiene gran importancia para muchas personas reflexivas, a saber, que no se debería enseñar a los niños nada más que aquello que pueda desarrollarse a partir de su naturaleza humana; por el contrario, introducir en su desarrollo algo de mundos sobrenaturales sería algo ajeno, ya que, si se les dejara a su aire, llegarían por sí mismos al mundo sensible. Esto resulta lógico para quienes se rigen por la pedagogía moderna, que no ven al niño como un saco que se pueda llenar indiscriminadamente con ideas y demás.

Estas opiniones podrían parecerle a cualquiera bastante naturales y adecuadas, y tal exposición le parecerá también al lector del calendario una prueba absolutamente irrefutable. Pero, por muy difícil que resulte refutar al autor con todos los argumentos de su punto de vista, el juicio adquiere un cariz diferente cuando se amplía el horizonte. Si, por ejemplo, el niño se criara en una isla desierta, donde se pudiera impedir que aprendiera el lenguaje de los seres humanos, surgiría una pregunta bastante lógica: si se mantuviera el principio antes expuesto y no se le ofreciera al niño nada más que lo que su naturaleza ya le proporciona por sí misma, eso significaría, sencillamente, impedir que dicho niño aprendiera a hablar. De ello se desprende que, al razonar, también deben tenerse en cuenta todos los factores determinantes.

Las personas destacadas siempre han reconocido como principio el afán de mantener su pensamiento libre e independiente en esta dirección, y de concebir sus ideas con un horizonte lo más amplio posible. Es fácil citar, a partir de la experiencia, numerosos ejemplos que pongan de manifiesto que la superstición humana es más fuerte y a quienes las mentes más ilustradas de la actualidad están acostumbradas a reconocer como propias, es fácil citar, a partir de la experiencia, una gran cantidad de ejemplos de los que se desprende que la superstición humana se aferra a algunas cosas que, aunque existen realmente, solo se perciben de forma errónea; así, muchas personas creen en los espíritus independientes del cuerpo físico. A algunos, en cambio, les parece evidente que hay que carecer por completo de ilustración si no se duda de la existencia de tales espíritus incorpóreos. Muchos de los que acusan a estas personas creyentes de una superstición flagrante se remiten a Lessing como pionero del pensamiento moderno; podemos estar totalmente de acuerdo con esta valoración, en el sentido de que él derivaba su forma de pensar de un amplio horizonte. Él dice:

¿Ya no creemos en los fantasmas? ¿Quién dice eso? O mejor dicho, ¿qué significa eso? ¿Significa eso que, por fin, hemos avanzado tanto en nuestro conocimiento que podemos demostrar su imposibilidad? Ciertas verdades irrefutables, que contradicen la creencia en los fantasmas, se han hecho tan conocidas, y están tan presentes, de forma constante y permanente, incluso para el hombre más sencillo, que todo lo que las contradiga le resulta necesariamente ridículo y de mal gusto. Eso no puede tener ese significado. Que ahora no creamos en los fantasmas solo puede significar lo siguiente: en este asunto, sobre el que se pueden esgrimir argumentos a favor y en contra casi en igual medida, que no está zanjado y no puede zanjarse, la forma de pensar que prevalece actualmente ha dado más peso a los argumentos en contra; son pocos los que tienen esta forma de pensar, y muchos parecen querer tenerla; estos son los que arman jaleo y marcan la pauta; la mayoría guarda silencio y se muestra indiferente, y piensa unas veces de una manera y otras de otra, escucha con gusto las burlas sobre los fantasmas a plena luz del día y habla de ellos con horror en la oscuridad de la noche. ¿Es esto lo que debemos decir ante una leyenda del pensamiento moderno así descrita? ¿Acaso es una superstición flagrante querer admitir otras perspectivas y ámbitos de conocimiento además de los razonamientos lógicos, al expresar la opinión de que estos adquieren o pierden peso según [si] se amplía o se estrecha el horizonte? En el primer caso, surgen inmediatamente posibilidades completamente nuevas. No ha sido el peso de las pruebas lo que ha decidido en las mentes de las personas que no existen los espíritus, sino el hábito de pensamiento que se centra en hechos que restan peso a las pruebas de su existencia. También hay que tratar de explicar qué es lo que lleva a las personas a otorgar a sus opiniones un poder probatorio, un peso.

Todo depende de los hábitos de pensamiento, y en este sentido podremos constatar que, al parecer, debería haber razones de peso, —y de hecho las hay—, para no rechazar el cuerpo etérico tal y como lo enseña la teosofía.

La ciencia espiritual nos dice que este cuerpo etérico impregna el cuerpo físico, y a las propias sustancias que componen ese cuerpo, y las que ha absorbido, las trata de tal manera que el organismo pueda mantener su vida. Se ha planteado la objeción de que la ciencia química es capaz de producir en el laboratorio ciertos compuestos químicos fuera del organismo vivo y, a partir de ello, se deduce que todos estos procesos y compuestos que se observan en el organismo vivo serían provocados también por las mismas fuerzas externas, y que se albergara la esperanza de poder crear algún día en el laboratorio, al menos, a los seres vivos de organización más simple. A partir de estos hechos y consideraciones, se considera, por tanto, que el concepto de «cuerpo etérico» carece de base científica; pues nadie tiene derecho a dudar de que la ciencia no pueda llegar a generar, en el futuro, fenómenos vitales y seres vivos.

Todo esto no se basa en razones ni en pruebas, sino en hábitos de pensamiento. Esto se puede demostrar históricamente. Antiguamente, nadie dudaba del origen sobrenatural de la vida, pues los alquimistas, por ejemplo, y el resto de los eruditos de siglos pasados creían poder crear en el laboratorio un «homúnculo» completo a partir de las sustancias necesarias; ¡un fenómeno singular! ¿Qué ha sido necesario, pues, para ese tipo de pensadores, —a quienes no debemos considerar sin más como necios, ya solo por el hecho de que en el futuro no se nos pueda considerar a nosotros como necios aún mayores, por haber sido lo suficientemente miopes como para considerarlos así?—, qué es lo que se requiere para que dejemos de percibir una contradicción irresoluble?  Debemos asimilar la idea de que la vida está en todas partes, no solo limitada a los organismos vivos y a sus posibilidades hereditarias, sino que puede surgir en cualquier materia adecuadamente combinada, en la que basta con suponer que la vida está presente, —siempre que se le dé la oportunidad de desarrollarse de una forma u otra—. Cuando surge algo vivo, no hay que suponer que solo surja aquello para lo que todo está ya presente en un lugar determinado, del mismo modo que las moscas no surgen sin más de la suciedad, aunque en poco tiempo aparezcan sobre ella. Si reunimos en el laboratorio las sustancias necesarias en las condiciones adecuadas, lo único que podemos hacer es ofrecer así la oportunidad de que la vida se acerque a ellas. Sin embargo, no debemos limitar los conceptos de la vida a los seres vivos que, por así decirlo, se han cristalizado en las sustancias presentes, ya que la vida lo abarca todo, se encuentra en todas partes y aprovecha cualquier oportunidad para manifestarse, por ejemplo, como germen en sustancias correctamente combinadas.

Esta visión puede resultar extraña para nuestra época, pero no hay motivos lógicos para rechazarla. En cierto modo, resulta difícil llegar directamente a una concepción global de la vida a través de los métodos de la teosofía; para ayudarles, me gustaría partir de un punto que se planteó anteayer, con el fin de guiarles hacia el concepto y la aceptación del cuerpo etérico.

Se ha dicho que existe una forma de explicar el estar despierto y el dormir, distinta a la que ofrece la teosofía, según la cual el cuerpo físico, que permanece unido al cuerpo etérico, se separa del cuerpo astral y del «yo», y que estos dos últimos elementos del ser permanecen unidos en el mundo espiritual mientras él duerme. Por el contrario, resulta totalmente lógico concebir el fenómeno del dormir de tal manera que, mientras el ser humano está despierto en el mundo sensorial, a través de su actividad intelectual y muscular acumule en sus órganos las denominadas «sustancias de fatiga», que le impiden seguir desarrollando las fuerzas necesarias para continuar con la vida en estado de vigilia. Las fuerzas contrarias del organismo se imponen entonces, la conciencia de vigilia se extingue y esas fuerzas restablecen el organismo mientras está dormido, de modo que este sea capaz de volver a funcionar con plena energía en todos sus órganos, etc., etc. Muchos naturalistas [también] opinan que la alternancia entre el estar dormido y el estar despierto se basa en una autorregulación del organismo sano, de modo que, para explicar el dormir, no es necesario suponer que una parte espiritual se separe del cuerpo físico-etérico, se aleje de él y que dichas partes desarrollen una actividad regeneradora, —actividad que se desarrollaría sin una autoconciencia propiamente dicha—.

Una objeción de este tipo puede suponer un escollo para quien desee acercarse a la teosofía, por lo que no debe subestimarse en el caso de una persona concienzuda. Pero aunque se admita como cierto que el organismo se autorregula en lo que respecta al dormir y al estar despierto, —es decir, que tras el cansancio, la alteración provocada en los órganos se compensa mediante la recuperación de las fuerzas vitales—, hay que plantear la pregunta, y precisamente como una cuestión de principio, fundamental: ¿Qué puede hacer el organismo con respecto a sus órganos cuando duerme? Debe tratarse, sin duda, de una actividad vital peculiar, el hecho de que los ojos, los oídos, el cerebro, el sistema nervioso y demás órganos internos se vean dotados de nuevas fuerzas vitales mientras dormimos. Pero, ¿De qué «tipo» es esta restauración de la actividad orgánica? ¿Acaso es similar a la que se da en el resto del organismo, como, por ejemplo, la de los pulmones humanos, siempre activos, que se encargan de la respiración, ya que, al fin y al cabo, también deben ser alimentados y dotados de fuerzas orgánicas por la vida orgánica interna? Esta actividad orgánica interna, que nutre a los pulmones, no puede ser por sí sola la causa del movimiento; y la absorción del oxígeno del aire por parte de los propios pulmones no puede sustituirse por esa nutrición interna, ya que no tiene nada que ver con ella. Lo mismo ocurre con el cerebro y el sistema nervioso, que también reciben un suministro orgánico interno y se nutren de él. Pero tampoco la recuperación interna del cerebro y del sistema nervioso que tiene lugar mientras dormimos tiene nada que ver con lo que nos llega a través de nuestros sentidos en forma de sensaciones y percepciones, ni con los pensamientos que fluyen por nuestro cerebro.

Así pues, la actividad orgánica interna no puede aportar nada que convierta a los sentidos y al cerebro en órganos capaces de pensar y sentir; de lo contrario, a través del ser humano dormido se podría obtener alguna información relativa a su alma, que sería lo mismo que si se quisiera determinar algo sobre la naturaleza interna del oxígeno a través de la nutrición orgánica interna de los pulmones. Por eso podemos afirmar con razón: el hecho de que nuestro organismo abastezca a sus órganos con fuerza orgánica interna no significa que haya aportado nada capaz de llenarlos con las representaciones que les son propias, ni siquiera a los pulmones lo más mínimo para suministrarles oxígeno una y otra vez. Así pues, lo que constituye la sensación y el contenido de su alma llega al ser humano desde un ámbito completamente distinto.

Por lo tanto, está indiscutiblemente justificado afirmar que en la persona despierta hay algo absolutamente distinto de lo que hay en la persona dormida, del mismo modo que el agua (H₂O) es distinta de sus partes separadas, el hidrógeno (H) y el oxígeno (O); no se puede formar agua si solo se dispone de hidrógeno (H) sin oxígeno (O). Del mismo modo, a la persona que duerme, que yace privada de contenido espiritual, hay que aportarle algo más es decir, algo procedente del exterior que la complemente para convertirla en alguien despierto.

Ahora bien, debemos tener claro que ni siquiera los pensadores positivistas, como por ejemplo [Hume], afirman que aquello que llamamos «yo» pueda localizarse en algún tipo de actividad orgánica. En sí mismo él solo encuentra calor, frío, placer, sufrimiento, alegría, dolor, afecto, aversión, etcétera. De ello vive, pues, el yo y está ligado a tales actividades, que al despertar debe incorporar tales actividades al organismo, por así decirlo, del mismo modo que hay que aportar oxígeno al hidrógeno (O + 2H = H,O) para formar agua.

Con este tipo de reflexiones se mantiene la coherencia con las concepciones y los métodos de las ciencias naturales; otras visiones del mundo que no actúan así entran en contradicción con sus propios hechos, con los observados correctamente por las ciencias naturales y con los métodos de estas, contra los que, de hecho, pecan. La teosofía no profesa el dualismo, del mismo modo que no se tildará de dualista a quien, al observar el agua, no vea en ella una unidad absoluta, sino una sustancia formada por hidrógeno y oxígeno o que puede descomponerse en estos dos elementos. No existe contradicción entre la teosofía y las ciencias naturales; ambas se asientan sobre el terreno firme de los hechos, aunque lo que importa es cómo se interpreten.

Desde este punto de vista, estamos legitimados para afirmar que todo lo que tiene en sí una existencia inmediata debe permitir que se examine su propia naturaleza, al margen del organismo en sí mismo, de modo que debemos acercarnos al contenido espiritual humano, separado de su organismo físico.

Esto nos lleva a la legitimidad de lo que se presenta como el método esotérico de la teosofía, el cual, sin embargo, debido a su naturaleza peculiar, debe romper en cierta medida con la exigencia de la ciencia natural, según la cual, la vida espiritual pueda ser observada en todo momento y por cualquier persona. No queda más remedio que contemplar esto según su propia ley; el investigador espiritual debe provocar en su propia vida espiritual un proceso libre de influencias externas, incorporando a su observación, mediante la meditación, la concentración y su voluntad, determinadas ideas que parecen adecuadas únicamente para la investigación esotérica. Él separa su alma de su relación con el cuerpo, extrayendo, por así decirlo, lo anímico de forma libre y convirtiendo así la vida anímica interior en un proceso manejable, que incluso puede limitarse a ser simbólico. [Por lo demás, el ser humano se ve estimulado por procesos externos, pero para liberar lo anímico de lo físico, él hace que mediante su propia voluntad, durante la meditación sitúa en el centro de la actividad anímica, una idea, —a ser posible simbólica—.] La única diferencia con respecto a un conocimiento externo es que, en cuanto a su contenido, [no] se tienen en cuenta las relaciones de la actividad anímica con otra cosa. Por ejemplo, en la meditación, los pensamientos no tienen por qué representar algo que exista realmente, como esta cruz negra, rodeada de siete rosas rojas, la llamada «Rosacruz», que no tiene por qué serlo; sino que solo nos preguntamos: ¿qué hace una idea así en el alma, en qué contribuye a fomentar nuestra evolución? Lo que importa es lo que los pensamientos logran en nuestra alma.

Cuando nos dejamos llevar por este tipo de experiencias, llegamos a conocer la actividad del alma en el mundo espiritual. El alma entra en un estado similar a cuando dormimos, aunque sin que se apague la conciencia; el contenido de ese estado se le revela como algo suprassensorial, lo que permite al investigador reconocer el mundo suprassensorial en su realidad. Se podría objetar que se trata únicamente de un proceso subjetivo del alma, pero para quien realmente conoce tales procesos, esta objeción no es válida: para él, son exactamente como el conocimiento de las verdades matemáticas, como, por ejemplo, que la suma de los tres ángulos de un triángulo plano es siempre igual a 2 R = 180°, una verdad que se reconoce puramente en el interior del alma; el hecho de que otros la consideren cierta o no no contribuye en nada al conocimiento de esta verdad matemática; se demuestra a sí misma. Es igual de absurdo afirmar que, cuando alguien llega a procesos anímicos mediante ciertos ejercicios, se trata únicamente de una certeza subjetiva de su propia alma, de esa única alma.

Cuando alguien comienza con ejercicios de carácter espiritual, al principio se encuentra con todo tipo de escollos, errores y autoengaños; pero estos son meramente subjetivos. Además, tras haber avanzado lo suficiente, surge la certeza de que uno tiene ante sí algo objetivo, o más bien de que lo experimenta en su interior. Entonces ya no se trata de convicciones subjetivas. Eso sería una objeción similar a decir que no se debería estudiar matemáticas porque eso causa dificultades de carácter subjetivo; sin embargo, al final del camino se puede demostrar algo objetivo.

Pero alguien podría plantear otra objeción más, a saber, que no se debe comparar el camino hacia los conocimientos suprasensoriales con el de los conocimientos matemáticos, ya que estos solo tendrían un valor formal. El hecho de que se demuestre que 3 × 3 = 9 no prueba que haya 3 × 3 cosas = 9 cosas en el mundo, ni que la suma de los tres ángulos de un triángulo plano sea igual a 180°; si esto no existiera realmente de esa manera, por tanto los procesos internos del alma tampoco tendrían que corresponder a hechos suprasensoriales. ¿Existen tales hechos o no?

Habría que demostrar que no solo nosotros, los seres humanos, pensamos las matemáticas, sino que las matemáticas también funcionan por sí mismas al margen de nosotros, tal y como dice, por ejemplo, Platón: «¡Dios practica la geometría!». Si reconocemos esto, las leyes matemáticas son reales y existen en el mundo. Por lo tanto, los procesos del alma percibidos correctamente también deben existir fuera de nosotros como cosas reales. Así, por ejemplo, solo encontramos en nuestro interior aquello a lo que, en su desarrollo interno, llamamos «yo» y que coincide con el contenido de nuestra alma en cuanto a pensamientos, sentimientos, voluntad, etc. ¿Acaso no es solo algo subjetivo? ¿Qué nos garantiza su objetividad? ¿Actúa y se entreteje también en el mundo exterior? El ser humano se desarrolla, entre el nacimiento y la muerte, de tal manera que recuerda hasta un momento determinado de su infancia. Su memoria no llega más allá de ese momento, aunque nadie podría afirmar por ello que haya nacido a los cuatro o cinco años de edad, pues ya llevaba varios años vivo antes de eso. La conciencia humana debe configurarse a partir de ese punto, de tal manera que debió surgir justo entonces.

Pero, ¿Qué había antes en el ser humano como contenido del «yo»? Podemos responder lo siguiente: en los primeros años de la infancia, el ser humano desarrolla las circunvoluciones de su cerebro, y solo cuando se ha completado este trabajo, —es decir, cuando la individualidad ha esculpido la herramienta del intelecto—, es cuando surge la conciencia del «yo» para el propio ser humano; esta se corresponde con la herramienta ahora disponible, y esta, a su vez, con el «yo» en formación. Así, la teosofía muestra que todo lo que más tarde se experimenta de forma puramente interior, nuestro cerebro lo había elaborado previamente. La primera vida del niño muestra que su cerebro se «yoiza»; aquello que más tarde se convertirá en contenido del alma, antes ya estaba presente de forma creadora en el ser humano, en los primeros años como aura exterior y más tarde como aura interior.

En estos procesos se cumple lo que necesitamos demostrar, es decir, exteriorizar lo que antes estaba en el interior. El siguiente experimento lo aclarará: Si el investigador del alma se aplica a sí mismo todos sus ejercicios y somete su alma a la influencia de los mismos, acabará por darse cuenta de que, estando despierto, sale con su alma de las envolturas físicas y etéricas del cuerpo, —un proceso que, de otro modo, solo era posible al dormirse—. Al alcanzar así la independencia de su organismo corporal, el investigador del espíritu vive, en una primera etapa; sabe entonces que experimenta en su interior algo así: «Percibo un contenido independiente de los órganos de mi cuerpo, pero no puedo expresarlo en conceptos, ya que estos están ligados al cerebro, y esto me provoca un estado interior de angustia que se traslada también a la conciencia corporal habitual». El ser humano presenta entonces algo de «idiotismo» en lo que respecta a la expresión de sus experiencias espirituales superiores.

Si los ejercicios necesarios se prosiguen con energía inquebrantable, aquello que se ha liberado en el alma, cada vez más autónoma, en forma de experiencias suprasensoriales, se transmite como efectos de fuerza hasta el cuerpo físico y [esto] permite expresar con palabras lo que antes solo se vivía espiritualmente, sin la intervención del cerebro, del mismo modo que el niño desarrolla gradualmente su cerebro para expresar lo que más tarde quiere contar como algo que ha vivido. - Así se procede paso a paso. - El núcleo anímico-espiritual debe, pues, haber estado presente ya desde la primera formación embrionaria del cuerpo, ya que debe trabajar en su desarrollo posterior desde el mundo espiritual; y así actúa en la organización física con sus fuerzas, que extrae del acervo almacenado y elaborado de las vidas terrenales anteriores.

Así pues, vemos que quien quiera llegar al concepto del «yo» debe, necesariamente, abordar las objeciones de los escépticos para reconocer su verdadero alcance, y se ve obligado a buscar perspectivas más amplias. Sin embargo, nadie debería juzgar a la ligera a aquellos que no pueden acercarse a la teosofía.

Además, anteayer se expusieron importantes objeciones de carácter ético, moral y religioso; se argumentó que la creencia en el karma, con su recompensa y su castigo, podría convertir a las personas en egoístas, y hay que admitir que este tipo de concepciones estrechas pueden conducir, en cierta medida, al egoísmo. Sin embargo, me gustaría remitirme de inmediato a Schopenhauer, cuando dice: «¡Predicar la moral es fácil, fundamentarla es difícil!».

Esto último significa plantear aquellas cuestiones que dan lugar a una conducta moral. Si esto fuera posible para la teosofía, los ajenos a ella podrían decir que el karma daría lugar a personas egoístas, si tenemos en cuenta que este no tiene por qué ser más que un estado transitorio, con la conciencia de una justicia compensatoria a lo largo de diversas vidas terrenales. Así, por ejemplo, los padres quieren educar a sus hijos de forma adecuada para que estos puedan mantenerlos y cuidarlos en la vejez. Aunque esto es egoísta, hace que esos hijos se conviertan en personas de bien, que los padres vean cumplidas sus esperanzas y disfruten de la capacidad de sus hijos; de este modo, su egoísmo se transforma en una predisposición a la alegría desinteresada por el buen progreso y el desarrollo personal de sus hijos.

Así, por ejemplo, en una forma algo burda de ilustrar el karma, se dice: las buenas acciones del ser humano acarrean recompensa, mientras que las malas tienen como consecuencia el dolor y el sufrimiento. Si el ser humano actúa en consecuencia, aunque se encuentre bajo la influencia del egoísmo, el bien repercute en él y, poco a poco, se convierte en una persona altruista.

La moral solo puede fundamentarse partiendo de la verdadera naturaleza egoísta del ser humano y teniendo en cuenta el karma; este transforma entonces, poco a poco, al ser humano egoísta en uno moral y altruista.

Si alguien quisiera plantear otras objeciones morales, a saber, que algunos padres aman a sus hijos como parte de sí mismos, como herederos de sus propias cualidades, y que no sería razonable esperar eso de ellos, —ni siquiera sería posible—, teniendo en cuenta la conciencia de que un núcleo anímico-espiritual , ajeno a ellos, descendiera de los mundos espirituales para, en cierto modo, oponerse a los padres biológicos, podríamos responder que existía un vínculo profundamente íntimo que condujo al niño precisamente hacia esa pareja de padres, como consecuencia de relaciones amorosas de un orden superior que ya existían antes del nacimiento y que desarrollaron las fuerzas que capacitaron a la parte  anímico-espiritual de su ser para llegar precisamente a sus padres, —fuerzas que se desarrollaron a partir de vidas terrenales anteriores y que le permiten, además, un desarrollo posterior favorable únicamente con el cuerpo que le han transmitido sus padres.

Si se llega a afirmar que, en la reencarnación, el ser humano se atribuye una especie de autosuficiencia sin hacer hincapié en su condición de hijo de Dios, y que se opone al Dios justo, entonces, desde una perspectiva más amplia, se puede decir lo siguiente: Si el ser humano siente que en su interior actúa la fuerza divina, resultaría realmente incomprensible que no se atribuyera también un núcleo divino en su esencia, que debe y puede desarrollarse cada vez más en cada vida; pues, de lo contrario, comete un pecado en cuanto cree que debe negar la chispa divina que hay en sí mismo, cuando, en lugar de desarrollarla, la deforma hasta convertirla en una caricatura. Por lo tanto, acercarse lo más posible al ideal divino es un deber religioso sagrado del teósofo.

Estamos dispuestos a tener en cuenta todas las objeciones de los detractores, pero también queremos señalar, al sopesar los pros y los contras, que esto no se resuelve sin más mediante pruebas y argumentos en contra, sino mediante la ampliación de nuestro horizonte en nuestra vida anímica más allá de todo lo estrecho de nuestra cultura. Eso es lo que la teosofía o ciencia espiritual debe aportar a las personas de nuestra cultura y, a partir de ahí, la elevación más allá del mero mundo físico-sensorial.

Si alguien, en el marco de un desarrollo posterior y siguiendo de cerca los métodos de laboratorio, intentara aplicar el mundo sobrenatural a sus resultados y conocimientos, podría aplicar con éxito algunos aspectos concretos y fracasar en otros; pero eso sería lo mismo que si surgieran dudas sobre unos u otros hechos científicos y uno se diera cuenta de que, en su interpretación y aplicación, hay aspectos concretos que no cuadran; sin embargo, la visión así obtenida puede, al encadenar los distintos hechos, consolidarse en una hipótesis fundamentada que se va modificando, se desarrolla cada vez mejor y, en su conjunto, respaldada por confirmaciones cada vez más frecuentes, acaba convirtiéndose en una teoría. Entonces debemos decir que la objeción que plantean algunos, según la cual tales hipótesis sobre mundos sobrenaturales contradirían todas las concepciones anteriores, tiene el mismo peso que la de una famosa Academia de Ciencias [de París], que, al informar sobre el caso de las piedras de Meteora, quiso negar su existencia, incluso si se le presentaran las propias piedras.

Así pues, tanto en este caso ya pasado como en el actual, no son los hechos lo que hay que corregir, sino las concepciones; es decir, el horizonte de las personas debe ampliarse, bajo la influencia de las ciencias espirituales, tanto en su investigación como en sus convicciones. - Nos encontramos ante algo espiritual que tiene sus propias leyes, distintas de las de lo material, pues estas últimas solo muestran el surgimiento y la desaparición. Si hacemos hincapié en lo que parece secundario, al señalar que los procesos anímicos en el cerebro actúan, en cierto sentido, como la gravedad en las masas de materia, entonces también podemos admitir que esta gravedad, si la Tierra pudiera dormir, se manifestaría por sí misma, y además suponer con razón que, como fuerza independiente, perdurará más allá de la materia. También podemos expresar esas verdades de la siguiente manera:

En la inmensidad del espacio, 
existen cosas que le hablan al alma humana; 
¡el alma puede conservarlas a lo largo del tiempo! 
Pero el alma humana vive en el conocimiento, 
sin las límitaciones del espacio, 
ni las limitaciones del tiempo, 
en el reino de la eternidad, 
es allí en el ámbito espiritual, 
donde encuentra el fundamento 
más profundo de su propio ser.

Traducido por J.Luelmo

meditación de la piedra de fundación