CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA069e Basilea, 25 de septiembre de 1912 -Tareas de la investigación espiritual para el futuro

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

Tareas de la investigación espiritual para el futuro

Basilea, 25 de septiembre de 1912

Cuando hoy se habla de «ciencias espirituales» en el sentido en que [se] entiende aquí, a menudo se observa que las personas no solo expresan tal o cual opinión conceptual contraria, sino que se oponen a ellas de forma casi apasionada, como si se tratara de algo que surgiera de la arbitrariedad de tal o cual persona y que solo se hubiera puesto en el mundo por esa arbitrariedad. Quien contemple un poco la vida espiritual, tal y como se ha ido configurando hasta nuestros días y tal y como se ha ido preparando a lo largo de largos períodos de tiempo, podrá darse cuenta muy pronto de que esta ciencia espiritual o investigación espiritual no es solo algo que tenga que surgir meramente de las intenciones arbitrarias de cualquier mente, sino algo que pretende responder al impulso, el anhelo de la época. Y quien sea capaz de profundizar un poco más en esa necesidad, en ese anhelo de la época, podrá darse cuenta, con un poco de atención, de que esos impulsos que conducen, de forma indeterminada y hoy todavía casi instintiva, hacia una investigación espiritual de este tipo, que esos impulsos deberán volverse en el futuro cada vez más definidos, cada vez más significativos, cada vez más intensos; de modo que la investigación espiritual, tal y como aquí se entiende, responde a una exigencia de la época. Exponer esto será el objetivo de la conferencia de hoy y de la de mañana, que tengo el honor de impartir ante ustedes.

Es igual de fácil burlarse, así como construir aparentes refutaciones a partir de conceptos populares contra tal conocimiento; y si a esto se suma además que la investigación en ciencias espirituales, con sus métodos, pretende explorar las condiciones de vida y de existencia de la naturaleza humana, pretende demostrar que quiere ir más allá del nacimiento y la muerte, más allá de lo que los sentidos y la ciencia convencional pueden investigar, entonces una afirmación así parece contradecir todo lo que hoy en día estamos acostumbrados a leer u oír.

Y, sin embargo, a través de esta investigación espiritual hay que prestar atención a lo que ya Lessing introdujo, de forma más o menos superficial, en nuestra vida espiritual; y esto debe ser revitalizado por la investigación espiritual.

Esta investigación espiritual debe mostrar al ser humano que en sus miembros suprasensoriales se encuentran fuerzas que trascienden esta vida terrenal; de modo que no se habla solo de una, sino de repetidas vidas terrenales, de modo que el ser humano, a lo largo de toda su existencia, debe poder, gracias a la ciencia espiritual comprender su esencia: hacia adelante, más allá del nacimiento, en primer lugar hacia su existencia espiritual; luego, hacia vidas terrenales anteriores, y también hacia el futuro, hacia vidas terrenales posteriores.

Para la ciencia espiritual, la existencia completa del ser humano se divide en vidas terrenales sucesivas, separadas entre sí por lo que se encuentra entre la muerte y un nuevo nacimiento: una existencia puramente espiritual en mundos suprasensoriales.

En un primer momento, esta incursión en el mundo espiritual le parece al ser humano moderno algo contra lo que tiene muchas objeciones; le parece algo totalmente fantástico. Y precisamente quien conoce las condiciones y los fundamentos de la ciencia espiritual comprenderá que, en un primer momento, pueda surgir mucha resistencia en el alma moderna frente a tales afirmaciones. Y entre las objeciones se encuentra, en primer lugar, la afirmación: «Supervisamos la existencia, y lo que se extiende ante nuestros sentidos nos muestra que, en la existencia sensorial, estamos ante un mundo cerrado que podemos conocer a partir de nosotros mismos».

Ese fue, precisamente, el empeño de varios grandes y serios pensadores de la segunda mitad del siglo XIX: ¡esforzarse con todas las fuerzas del pensar para explicar, a partir de sí mismo, aquello que se extiende ante el intelecto humano! A lo largo del siglo XIX se hizo mucho por fundamentar tal cosmovisión, para dotarla de pilares y objetivos morales, y también para que sirviera de consuelo para el alma humana. Y no son precisamente las peores almas las que han aspirado a una cosmovisión materialista y positivista.

Este tipo de resistencia es con el que uno se encuentra cuando se habla de investigación espiritual o de ciencias espirituales.

Lo segundo es algo que se encuentra en personas que tienen una convicción diferente, a saber, que detrás de este mundo sensible existe un mundo suprasensible; personas que reconocen la existencia de ese mundo suprasensible, pero que no pueden admitir que las facultades cognitivas del ser humano, que sus posibilidades de investigación, sean adecuadas para penetrar en la realidad suprasensible.

Ya se trate de dudas o de objeciones de carácter filosófico, muy estimados asistentes, en el fondo, hace muchos años, hace un siglo, el gran filósofo Johann Gottlieb Fichte ya dijo todo lo necesario, cuando, tal y como se podía expresar en aquella época, impartió conferencias en los años 1811 y 1813 en la recién fundada Universidad de Berlín y plasmó en palabras lo que se puede contemplar sobre el espíritu. Justo al principio, Johann Gottlieb Fichte dijo a sus oyentes: «Imaginad un grupo de personas que hubieran nacido ciegas y siguieran siendo ciegas, y que entre ellas hubiera una que, al ver, hablara de la luz y los colores. Entonces, esas personas dirían: “Habla de algo fantástico que no existe en absoluto”».

Desde su punto de vista tienen razón, pues lo que se puede saber de un mundo depende de que el ser humano posea el órgano necesario para percibirlo. Un mundo suprasensible solo puede ser reconocido por aquel que —como lo llamaba Goethe— tiene el «ojo del espíritu» para tener ese mundo ante sí como una realidad.

Ahora bien, tal y como se presenta esta ciencia espiritual o investigación espiritual en la literatura más reciente, no solo ofrece resultados, no solo aquello que se acaba de esbozar en pocas palabras; la literatura no solo recoge los resultados de la investigación, sino que, por ejemplo, en mi obra «¿Cómo se alcanzan los conocimientos de los mundos superiores?», también en la segunda parte de mi obra «La ciencia esotérica en líneas generales», cómo el alma humana llega a desarrollar realmente en su interior el órgano necesario para asomarse al mundo espiritual. Y lo que ocurre con este órgano es que está al alcance de todos, siempre que se siga el camino correcto.

Si alguien nace ciego, se puede decir que quizá se le niegue para siempre el conocimiento de la luz y los colores. En cuanto al ojo espiritual, este puede despertarse en cualquier persona; en cada uno de nosotros existen fuerzas que yacen latentes.

Puesto que hoy vamos a hablar de la «tarea de la ciencia espiritual para el futuro», solo podemos esbozar brevemente cuáles son los objetivos y la esencia de esta ciencia espiritual en sí misma. Algo de lo que impulsa esta ciencia espiritual se encuentra, por así decirlo, en todas partes, allá donde se mire, precisamente en las mentes más brillantes de la nueva era que se avecina, del futuro espiritual que se perfila.

Entre las muchas cosas que podrían recordarse, basta con mencionar esa frase tan conocida de Goethe, en la que, basándose, por así decirlo, en una larga experiencia vital y a través de una contemplación profunda de la realidad de la existencia, —pueden encontrar el pasaje en las «Conversaciones con Eckermann»—, dijo: «Por muchas cosas que uno haya pasado en la vida, por muchas formas diferentes que haya afrontado la existencia, en la vejez uno se convertirá en místico».

Y como Goethe compartía esta opinión, hizo que su Fausto terminara, al final de la segunda parte de «Fausto», como un místico, a pesar de que al mismo tiempo lo había presentado como un alma práctica.

¿Qué quiere decir realmente Goethe cuando afirma que, al llegar a la vejez, uno se convierte en místico? En el fondo, cualquier persona puede experimentarlo si compara, mediante una fiel introspección, todo el estado de ánimo, toda la disposición de la vida anímica en la juventud y, luego, al alcanzar cierta edad: uno ha atravesado la vida, se ha formado una cierta visión, ciertas concepciones internas, con respecto a las cuales adquiere una relación muy concreta, una postura anímica y sentimental.

En la juventud, los [objetivos e] ideales, las visiones del mundo pueden brotar con fuerza —las visiones sobre el mundo brotan con fuerza—; uno puede tener la sensación de que están ahí, surgidas de uno mismo. Y cuando uno echa la vista atrás, especialmente a la infancia, puede ver cómo allí aún no se puede hablar de que la vivacidad y la capacidad de expresión provengan del alma y lo demás, del cuerpo. Que, desde los fondos indefinidos de la vida anímica, brota aquello que el ser humano puede observar en sí mismo en la juventud.

Más adelante se puede ver que lo que el ser humano logra brota de su alma. Pero luego llega el momento en que, cada vez más, lo que se extiende en el mundo que le rodea se refleja conscientemente en el alma, y uno sabe: ahora, en tu alma, se condensa interiormente aquello que has experimentado, de tal manera que puede arrojar luz sobre otras cosas. Uno se enriquece interiormente.

La frescura interior con la que uno se siente en la vejez da una idea de las concepciones que uno proyectó desde su interior en la juventud. En la vejez, uno se vuelve mucho más independiente de lo físico. Se vive una experiencia interior que todo ser humano puede experimentar, incluso sin conocer la ciencia espiritual: la experiencia de la independencia anímica respecto a uno mismo, a lo físico, a lo corporal, a lo personal. Y esta dimensión interior es lo que Goethe percibió cuando dijo que, en la vejez, uno se convierte en místico. Lo que quería decir es que uno posee una forma espiritual desde la que puede arrojar luz sobre el mundo exterior.

Y cuando se analiza, digamos, la intención de esta alma de Goethe, precisamente en este punto, se puede afirmar: él lo sintió, tal y como ocurre en la juventud, por así decirlo, en las primeras etapas de la vida humana, en las que se vive en armonía con lo que uno es también exteriormente, físicamente. El cuerpo crece, se vuelve cada vez más fuerte; todas y cada una de sus funciones se fortalecen. Esto ocurre en toda vida. A cada persona le llega lo que podríamos llamar un momento álgido de la vida, y a cada persona le llega también algo así como un declive. Todos sentimos el declive de la vida. Pero precisamente durante el declive de la vida física sentimos cada vez más ese interior que se ha enriquecido, que podemos atribuirnos un juicio más interno sobre el mundo; sentimos que el interior se vuelve independiente del declive exterior.

Si nos hemos desarrollado de forma sana, sentimos que nos volvemos más plenos y ricos en contenido interior a medida que describimos el declive de la vida. De ahí surge, independientemente de todas las demás cosas, la pregunta: ¿qué viene después de la muerte, una vez que hayamos atravesado la puerta de la muerte —una vez que hayamos salido por la puerta de la muerte hacia el mundo espiritual?

Lo objetivo, lo independiente de lo personal, es precisamente que uno se dice a sí mismo: a lo largo de toda tu vida vas acumulando una riqueza que no deja de crecer. Y cuando la vida se ha vuelto cada vez más rica, cada vez más plena, entonces pierde el cuerpo. ¿Acaso lo que uno ha acumulado a lo largo de toda la vida se desvanece en la nada? Esa es la pregunta, —no cuando la pregunta surge del miedo a la muerte o de cualquier sensación subjetiva—, sino que, cuando esas fuerzas se generan cada vez con mayor riqueza, surge la pregunta: ¿deben desaparecer en la nada cuando el ser humano cruza la puerta de la muerte? No, pues podemos percibir en nosotros mismos que, en el fondo, a lo largo de toda la vida hay algo que actúa en nosotros, —ese algo constituye el núcleo interior de nuestra alma—, y que influye en nuestra existencia exterior y corporal. Podemos reconocerlo mejor si observamos, —siempre que se haya establecido una comparación con la muerte— los estados cambiantes entre el despertar y el dormir, y nos preguntamos qué ocurre allí.

A esto no puede responder una ciencia experimental externa. Pero, ¿cómo responde la ciencia espiritual? Observamos que el ser humano se adentra en el sueño y, al hacerlo, siente cómo se va alejando cada vez más de las fuerzas mediante las cuales mueve sus miembros; siente que se aleja de lo terrenal y lo físico. Pero en el momento en que eso ocurre, la conciencia se apaga. La investigación espiritual afirma ahora: allí ocurre algo muy especial: en la cama permanecen el cuerpo físico y el cuerpo etérico; pero, desde el momento en que nos dormimos hasta que nos despertamos, se retira aquello que llamamos cuerpo astral y portador del yo. Solo que las fuerzas internas de este no están despiertas; de ahí que la oscuridad de la inconsciencia se extienda entonces alrededor del ser humano.

La investigación espiritual demuestra, —pueden leer más detalles al respecto en mis escritos—, que las fuerzas que en la vida cotidiana son tan débiles en este cuerpo astral y en este portador del yo del ser humano, que este no puede ser consciente de ellas cuando duerme, pero que no obstante pueden avivarse.

Esto se consigue mediante los auténticos métodos de las ciencias espirituales. Se consigue mediante lo que se denomina meditación y concentración. Si el ser humano es capaz de convertirse en un instrumento para las verdades del mundo espiritual, puede lograrlo mediante la meditación y la concentración.

Para ello se necesitan muchas cosas. Solo citaré aquí un ejemplo. Que alguien se imagine que tiene un vaso de agua vacío y otro lleno hasta un cuarto de su capacidad, y que vierta el agua de este último en el vaso vacío, y que ahora se imagine que, al hacerlo, no ocurra lo que suele suceder, —que el vaso del que vierte se vacíe—, sino que, al verter el agua en el otro vaso, el vaso del que vierte se llene cada vez más. ¡Gracias al exceso que vierte, el vaso del que vierte se llenaría cada vez más y más!

Es necesario formarse este tipo de representaciones simbólicas, que no pretenden en absoluto ser algo real. Porque si el ser humano se mantiene siempre fiel a su razón y es consciente de que su representación es simbólica, puede experimentar una cierta sensación al hacerlo. Esto puede expresar entonces una verdad superior, por ejemplo, sobre el amor entre las personas.

El amor es un concepto en el que resulta prácticamente imposible penetrar. Pero se pueden expresar algunas de sus características mediante símbolos.

Quien derrame las suaves fuerzas de su amor en un corazón que necesita amor, se dará cuenta de que no pierde nada de su fuerza amorosa, sino que, al compartirla, su fuerza se hace cada vez mayor. Podrá utilizar como símbolo de este amor el vaso que, al verter su contenido en otro, no se vacía, sino que se llena aún más.

Y cuando el ser humano reúna todos sus pensamientos, concentrándolos en un símbolo así; cuando tenga la paciencia de concentrar una y otra vez sus fuerzas anímicas en una vida interior de pensamientos como esa, entonces despertará las fuerzas latentes de su alma y alcanzará un estado en el que se convertirá en un verdadero instrumento para la contemplación del mundo más allá de lo sensible.

El ser humano llega entonces a experimentar realmente, fuera de su cuerpo, ese estado, esa esencia en la que, por lo general, solo se encuentra mientras duerme; y puede provocar estados que, aunque no sean dormir, se asemejan a él en el sentido de que está fuera de sí, se ha separado de sí mismo con el cuerpo astral y el «yo». Entonces se encuentra en el mundo espiritual. El mundo espiritual se le revela entonces. La autoexperimentación es pues, también una prueba de que vive en la realidad suprasensible. Y entonces el ser humano toma conciencia de que él es aquello que no depende del instrumento que es el cuerpo, sino que es él mismo quien da forma a esa figura corporal.

Y cuando se le abre este ojo espiritual, percibe, cuando el niño viene al mundo al nacer, esa labor y esa configuración suprasensibles que tienen lugar en el ser humano.

Solo entonces se aclaran aquellas cosas que la investigación externa pone de manifiesto, cuando somos capaces de percibir cómo, a partir de la fisonomía indefinida del niño, se va configurando una más definida y cada vez más precisa, cómo se desarrolla el lenguaje, cómo se forma cada vez más el cerebro y cómo consigue erguirse.

Ahí es donde el investigador de la ciencia espiritual muestra quién es, en realidad, el verdadero artífice de toda la configuración del ser humano.

Lo espiritual no se configura a partir de lo físico, [ni a partir de un único germen] en el momento del nacimiento o la concepción, sino que el investigador de la ciencia espiritual puede observar cómo lo espiritual emerge del mundo espiritual y cómo se crea primero el cuerpo físico.

Así se sigue el rastro del ser humano más allá de la vida, tal y como se hace en la naturaleza, tal y como se hace con las plantas, donde se sigue el germen de un año a otro; se sigue el final y se lo vincula con el principio. Se sigue el germen, que no solo brota en la planta. El investigador espiritual no solo sigue lo suprasensible-humano en su vida entre el nacimiento y la muerte, sino que lo sigue más allá de la puerta de la muerte. Lo que Goethe llama «lo místico», eso es lo que persigue el ser humano que sabe que lo que se reproduce es lo espiritual. Y ve cómo se vuelve cada vez más independiente a medida que el cuerpo se va deteriorando.

Del mismo modo que la semilla, cuando todo lo demás se marchita, permanece y luego se desarrolla hasta convertirse en una nueva planta, así ocurre con el espíritu. Y mientras que con la vejez se va desvaneciendo cada vez más lo que constituye nuestro envoltorio corporal, lo espiritual se vuelve cada vez más fuerte, hasta tal punto que se ha enriquecido, se ha formado a través de todas sus experiencias y, por ello, es ahora capaz de hacer aquello que al comienzo de la vida aún no podía.

Al comienzo de la vida, se ha construido un cuerpo [determinado]. A lo largo de la vida, uno descubre que ya no podrá utilizarlo tras la muerte. Pero en lo más profundo del alma se encuentran las semillas para la construcción de una nueva vida. Y al cruzar la puerta de la muerte, podemos ver cómo las fuerzas para construir una nueva vida se han fortalecido.

Y así, gracias a la investigación espiritual, podemos ver cómo el ser humano madura para construir un nuevo cuerpo, reuniendo entre el nacimiento y la muerte las fuerzas necesarias para creárselo.

El investigador espiritual aplica exactamente los mismos métodos con los que nos hemos acostumbrado a observar la naturaleza desde fuera; solo que los aplica de tal manera que quien quiera utilizarlos debe desarrollar los órganos necesarios para la visión suprasensible. Entonces, lo que explica resulta comprensible incluso para quien aún no puede penetrar en el mundo espiritual, comprensible a partir de todo aquello que está en armonía con los fenómenos de la vida exterior.

Así se hace comprensible esta enseñanza, que en un primer momento puede parecer fantástica, sobre el «yo interior» del ser humano, sobre el alma creadora que vive en él y que no está limitada por el nacimiento, ni por la muerte. Entonces, el ser humano de hoy llega a un cierto punto en su visión del mundo, a ese punto que es como el amanecer en el que se situó Giordano Bruno.

¿Cómo se plantó allí —Giordano Bruno— cuando independizó su conocimiento de la ciencia natural? Si hoy en día la ciencia natural tiene que basarse en aquello que se fundamenta en lo externo, basta con decir: incluso antes de Copérnico, antes de Kepler, antes de Galileo, los seres humanos dirigían su mirada hacia el espacio cósmico y encontraban allí la ley del universo tal y como se manifestaba ante sus sentidos externos; y él —Giordano Bruno— sustituye la ley exterior por su visión interior. [Los hombres anteriores a Copérnico] se quedaron en la contemplación sensorial, observando la extensión de las amplias esferas celestes y viendo la bóveda celeste azul como si descansara sobre un disco.

¿Qué dijo Giordano Bruno en contra de esta visión? Dijo: Lo que vosotros consideráis como la bóveda celeste azul no es más que una limitación de vuestro ojo. ¡Desde cualquier punto, el ojo contempla un mundo infinito! Esto lo dijo basándose en Copérnico. Y Copérnico no había elaborado un sistema basándose en la experiencia sensorial, sino que lo que Copérnico aportó en su sistema lo había obtenido a través del pensar, a través de la fuerza interior de la vida anímica humana.

Así pues, el alma no debe confiar en lo que la ciencia natural considera conocimiento. Y, basándose en las fuerzas internas, Giordano Bruno pudo decir: «Lo que percibís con los sentidos, esa bóveda celeste exterior, ¡no es más que el límite de vuestra visión!».

Del mismo modo, el investigador espiritual afirma: «El límite entre el nacimiento y la muerte, y el hecho de que se crea que el ser humano está encerrado dentro de esos límites, es perfectamente comparable a los “límites” del espacio celeste que, antes de la cosmovisión copernicana, se suponían basándose en la percepción sensorial». Y al igual que Giordano Bruno, la ciencia espiritual nos lleva hacia la infinita amplitud de la vida anímica humana. Y así como la bóveda celeste azul se debe a que la visión sensorial no alcanza más allá, la creencia de que la vida está limitada por la muerte se debe a que una visión limitada no ve más allá de la muerte física.

Hoy en día, muchos se encuentran con las ciencias espirituales en el mismo punto en el que se encontraban las ciencias naturales hace tres siglos; y frente a estos procesos se impone el anhelo de la época actual, de nuestra época. Quien siga la evolución intelectual de los últimos tiempos, verá cómo las ciencias naturales y el pensamiento han avanzado de triunfo en triunfo —ese pensamiento vinculado a las ciencias naturales y a la percepción exterior—. Quien siga esta trayectoria será, sin duda, un admirador de las ciencias naturales en lo que respecta a la configuración de lo científico, y en ningún caso las ciencias espirituales suponen una lucha contra los maravillosos logros de las ciencias naturales. Pero cuando estas ciencias naturales se presentan ante el alma, entonces surge ante el ser humano algo más que se contrapone a la vida humana.

No quiero teorizar aquí; consideremos un caso concreto. —Fue en febrero de 1901 cuando, de repente, una estrella brilló en lo alto del cielo y desapareció ya al día siguiente: tras aparecer antes con un brillo intenso, al día siguiente apenas emitía una luz perceptible.

Por mucho que la hipótesis científica pueda tener más o menos razón, ¿cómo se enfrenta el espíritu científico a esta estrella? Se inclina a creer que se trata de un sistema estelar doble, que una de las estrellas choca contra la otra, se desintegra y se disuelve en una nebulosa. Un destello brillante provocado por la colisión, seguido de un resplandor y un atenuarse progresivo debido a la desintegración.

¿Y cómo aborda ahora el pensamiento científico este curioso misterio? Pensemos siguiendo la corriente de pensamiento que se ha entretejido a través de Giordano Bruno y Copérnico: allí chocan dos cuerpos celestes. Giordano Bruno describe la visión de las infinitas extensiones, el Sol con sus planetas, en los que viven seres. Allí chocan los mundos. Quizá millones de seres perezcan en una colisión de este tipo. En lo que es un destello y en la dispersión se fundamenta y se destruye toda esta vida. ¿Qué nos puede contar la ciencia, en su caso, sobre lo que ocurre allá arriba en esa colisión mecánica exterior? Allí, los cuerpos celestes se desintegran en una nebulosa, y de esa nebulosa se formará un nuevo sistema solar; surgirán plantas, más tarde animales y formas humanas, hasta que vuelva a producirse una colisión semejante.

El pensar vinculado a las ciencias naturales sabe algo así. —No hay nada que objetar a la grandeza de este pensar. ¿Cómo no admirar este pensar, aquel que en el siglo XIX se logró gracias al análisis espectral y a los avances de la biología? Pero, además de esto que acabamos de presentar ante nuestra alma, actúa otra cosa que nos puede mostrar cuán impotente es todo pensamiento que se ha formado precisamente a partir de este acontecimiento estelar que destella y se desintegra.

Cuando vemos a una madre criar a su hijo, la vemos ser testigo de cómo se va forjando lo que es el alma del niño; la vemos unida a los primeros pasos hacia la madurez, a los intentos de hablar y caminar; la vemos unida al niño por el amor; y luego la vemos junto al lecho de muerte, viendo cómo el niño se va apagando. Vemos el duelo de la madre y sentimos que surge en nuestro interior la pregunta: ¿Por qué ha nacido? ¿Y qué ha sido de la alma que entró en el nacimiento, en la que encontré mi más íntima alegría y que ahora se ha desvanecido en la nada?

Ahí tenemos la cuestión de la vida. Y sabemos, estimados presentes, que a cada paso nos encontramos con preguntas de este tipo, que no se pueden responder desde la percepción sensorial exterior, sino que se pueden vislumbrar en un rincón del alma.

Y ahora miramos más allá de lo que la ciencia natural puede ofrecernos sobre todo un sistema cósmico, y sentimos la impotencia de todo ello frente a las preguntas que conmueven al alma humana. Estas cosas no se pueden superar con una mirada indiferente; la vida nos las presenta una y otra vez ante el alma.

Cuando millones de seres vivos mueren, perecen a causa de una colisión… lo que la ciencia natural puede decirnos sobre todo este proceso de desaparición y surgimiento de seres y seres no se acerca ni remotamente a lo que se pregunta el corazón humano cuando se sienta junto al lecho de muerte de un ser querido y reflexiona sobre el destino de la vida.

Si observamos el pensamiento y el ajetreo de la época actual ante estas cuestiones, se nos presenta ante los ojos un gran cambio con respecto al pasado. Basta con remontarnos a la época de Goethe para ver cómo incluso los investigadores más ilustrados —salvo los moralistas franceses— afirmaban algo similar a la historia de la Creación y decían: «Era precisamente la vida de lo que hoy se presenta como conocimiento». ¿Qué había, pues, en la historia de la Creación mosaica?

El ser humano se encuentra en el mundo espiritual, y a ello se añade, en primer lugar, lo material. Esta visión del mundo proporcionó al ser humano una imagen del universo en la que él ya estaba incluido, y lo hizo de tal manera que le decía a su alma: «Lo que entra de forma tan maravillosa en la vida pertenece a la primera sustancia de la Tierra, y tú mismo formas parte de ella».

Y, en su lugar, se va configurando cada vez más una visión del mundo que solo percibe los acontecimientos mecánicos del universo. Se ve cómo se desintegra una constelación y se imagina que se está formando un nuevo mundo, del mismo modo que se imagina que se forma un nuevo sistema solar. Ya he utilizado en otras ocasiones la imagen de lo que ocurre cuando se toma una determinada sustancia, una sustancia aceitosa que forma gotas, se corta una hoja de papel y, como si fuera el plano ecuatorial, se la introduce en la gota grande clavando una aguja en la hoja, se empieza a girar y entonces se ve cómo, efectivamente, se separan pequeñas gotas. Y de esta manera se ve, de hecho, cómo se despliega a pequeña escala algo parecido a un sistema cósmico, tal y como se despliega a gran escala ahí fuera. Y además: ¿quién no creería en ello?

Solo tiene un fallo: cuando se muestra algo, no se deben olvidar los aspectos más importantes; no hay que olvidar que nada surgiría si el profesor no estuviera ahí y no dirigiera. De modo que no se representa el todo si se olvida el factor principal: ¡la fuerza motriz! Así pues, ya desde el punto de vista teórico, este «sistema mundial» tiene una laguna.

Pero entonces resulta totalmente inexplicable cómo puede esta alma del mundo vincularse a lo que allí se desarrolla, para que, en algún momento, salga de su nada y entre en este escenario.

Y cada vez se ha ido afianzando más la idea de que solo se recurre a lo mecánico para explicar el mundo. Desde tiempos antiguos hasta nuestros días, se ha ido forjando cada vez más una especie de creencia de que todos los fenómenos solo deben explicarse de forma mecánica. La vida humana en su conjunto se ha vuelto, poco a poco, mecánica.

Y así ha sucedido que ha llegado el momento en que el alma, con sus preguntas, se enfrenta sin comprender a lo que, según el pensamiento moderno, es capaz de observar en el exterior, y no sabe encontrar ningún puente hacia lo que dice la ciencia. Y mientras el alma se pregunta… ¡la ciencia espiritual tiene una respuesta para ello!

Hubo una época en el siglo XIX en la que se creía firmemente que los pensamientos surgían del cerebro, en la que se hablaba de los pensamientos como si fueran oscilaciones cerebrales. ¿De dónde pudo surgir, en primer lugar, la idea de que se pudieran establecer relaciones directas entre los movimientos del cerebro y los pensamientos? ¿De dónde pudo surgir, en realidad, toda esta ciencia mecánica?

De ahí que, en los tiempos modernos, debido a las condiciones impuestas por la época, se haya perdido la capacidad que tenía la antigüedad para penetrar en lo espiritual. No se reconocía la esencia de los pensamientos; no se sabía cómo contemplar un pensamiento. Y así se llegó a creer que la esencia del ser humano residía únicamente en el cuerpo físico, donde se encuentra alojada el alma. Pero aunque se intente refutar la existencia de esta alma, ella sigue ahí y se inserta en el progreso moderno del mundo. —Por eso, con el paso del tiempo, se había impuesto la necesidad de recurrir a otra esencia activa además de la mera acción mecánica.

¿Cómo afrontaba la vida, en su época, un destacado historiador y experto en arte como Herman Grimm? Él aún no sabía nada de las ciencias espirituales, pero se había propuesto una gran tarea, que compartía con quienes quisieran escucharle. Una vez me explicó este plan; todo lo que nos proporcionó en detalle no debía ser más que partes de un gran proyecto. Quería trabajar en una gran obra en la que expusiera que lo que actúa en toda la existencia del mundo no son fuerzas mecánicas, sino la «imaginación creadora». Lo que es la imaginación creadora en el ser humano, eso, en el exterior, es la fuerza creadora —así lo decía él.

Y hubo un filósofo en el siglo XIX: Jakob Frohschammer, en Múnich, que trató de presentar esta imaginación humana como lo más esencial. Cuando muestra que en el embrión no solo se forman aquellas fuerzas en las que hoy cree el microscopista, sino que supone que la imaginación creadora es una fuerza formadora, esto se corresponde, en aquella época, con el impulso de encontrar también algo espiritual, de dirigir la mirada, en medio de los triunfos de las ciencias naturales, hacia el espíritu conocedor y creador, que se manifiesta como algo que trasciende el surgir y el perecer. Porque el surgir y el perecer están ligados a la manifestación de la naturaleza, mientras que el espíritu creador es lo perdurable.

Y en nuestra época vemos que las personas serias sienten que, aunque es cierto que, cuando se habla de fenómenos naturales, hay que proceder según los criterios de la ciencia actual, el alma no puede evitar elevarse hacia lo espiritual que impregna y atraviesa el mundo.

Hoy en día se puede observar un fenómeno interesante. En todas las librerías de las estaciones de tren se puede adquirir ahora un libro curioso: este libro, a pesar de que contiene algunas ideas erróneas, es una obra significativa de nuestra época; se titula: «Zur Kritik der Zeit» (Crítica de la época), de Walter Rathenau. Este libro lo ha escrito un «práctico de la vida», que percibe a simple vista todo ese carácter mecánico de la vida científica e intelectual y que, precisamente en los primeros capítulos de esta obra, describe magníficamente que los conceptos humanos se han vuelto mecánicos y que la vida social se ha vuelto mecánica.

Todo ello lo describe con la pluma del hombre sensato, del hombre que mira a la realidad. Pero precisamente ese hombre de la vida, cautivado por la esencia viva del alma, nos muestra el impulso y el anhelo por lo espiritual en nuestra época. Allí encontrarán, por ejemplo, pasajes significativos. El alma clama por lo que es lo espiritual:

Anhela un sentido que trascienda lo demostrable [...]. El tiempo busca [...] su alma.

El tiempo busca su alma —así lo cree él— y la encontrará; aunque sea en contra de la voluntad de la mecanización. A esta época

—la nuestra—

no le importaba desarrollar lo espiritual en el ser humano; su objetivo era hacer que el mundo fuera útil y, por tanto, racional, desplazar los límites de lo maravilloso y ocultar lo sobrenatural —

comprender las verdades.

Sin embargo, seguimos, como siempre, rodeados de misterio. Brota a la luz bajo cada superficie lisa del pensamiento, y desde cada experiencia cotidiana basta un solo paso,

para adentrarse en él

hasta el centro del mundo. La mecanización no pudo arrebatarle al individuo las tres emanaciones del alma: el amor a la criatura, a la naturaleza y a la divinidad; pero, para la vida en su conjunto, estas se desvanecieron hasta perder todo significado. El amor al prójimo se redujo a una fría compasión y al deber de asistencia, y, sin embargo, sigue representando la cúspide ética de toda la época; el amor a la naturaleza se convirtió en un pasatiempo sentimental de domingo; el amor a Dios, oculto tras la maquinaria de rituales mitológico-dogmáticos, se puso al servicio de intereses de este mundo y del más allá, y así no solo fue objeto de sospecha por parte de naturalezas poco nobles.

Probablemente no existe ni un solo camino en el que al ser humano no le sea posible encontrar su alma […]. Pero la humanidad no tomará atajos. No vendrán profetas ni fundadores de religiones, […]. Ningún arte unificador del mundo le aportará su alma, pues el arte es [ya] un espejo […] del alma, no su creadora.

Así habla, pues, un «practicante de la vida» sobre el impulso y el anhelo del alma. — Hay muchas cosas erróneas en ese libro; pero una cosa es cierta: quien siente así, siente que ya no se habla de lo auténtico del alma en nuestra época. Se rechaza a los fundadores de religiones. Siente que ya nadie quiere aceptar ni siquiera una doctrina exotérica.

Pero la propia aspiración de la época tiende a volver a vincular el alma con lo espiritual.

Y a este anhelo responde lo que la ciencia espiritual tiene que ofrecer; la investigación espiritual demuestra que el ser humano puede encontrar en su interior un desarrollo tal de las fuerzas que yacen latentes en su alma, de modo que pueda sumergirse directamente en lo que nos rodea de forma suprasensible. Y entonces, la mirada que se adentra en esas inmensidades conquista lo material.

Miramos hacia fuera y sentimos no solo el cuerpo humano integrado en la existencia física, sino, a través de él, el alma integrada en la existencia espiritual; [nosotros] ampliamos la mirada más allá del nacimiento y la muerte.

Del mismo modo que la ciencia natural ha ampliado la mirada más allá de la bóveda azul del cielo —tal y como afirma la ciencia natural: «Este límite que el ser humano se ha impuesto a sí mismo debe ampliarse», así dice la ciencia espiritual: Lo que la ciencia mecánica, lo que la cosmovisión mecánica cree acerca del límite impuesto a la vida temporal del ser humano —que proviene únicamente del propio conocimiento humano limitado—, ese conocimiento humano ampliado irá más allá, traspasará ese límite, al igual que la ciencia natural traspasó el límite de la bóveda celeste azul.

Tal y como se presenta la ciencia espiritual en nuestra época, con su impulso y su anhelo por su alma, tal y como «la época busca su alma», así seguirá desarrollando la vida de esa alma y aspirará a un mayor perfeccionamiento de la misma.

Una cosmovisión basada en la imaginación no puede perdurar; este problema de Herman Grimm nunca habría podido resolverse. Pero vemos cómo, en aquellos que han conservado la frescura de este anhelo del alma, se despierta el deseo de mirar hacia lo espiritual y anímico que se encuentra ahí fuera, en el mundo. Y sabemos que formamos parte de ello, del mismo modo que nuestro cuerpo forma parte de lo material.

La ciencia espiritual quiere dar al ser humano aquello que el alma anhela. Y si nos preguntamos: ¿qué papel desempeñará la ciencia espiritual en el futuro? Cuando todas aquellas personas que sienten en su interior el anhelo por el origen y el destino del alma se lo pregunten, entonces no señalaremos conceptos abstractos, sino a las almas hambrientas, y trataremos de dar a esas almas hambrientas aquello que ellas mismas muestran claramente que anhelan.

La ciencia espiritual no quiere hablar de un amor fraternal indefinido, sino situarse ante las personas de tal manera que quiera darles lo que el alma humana anhela. Entonces, aunque se escuchen objeciones de uno u otro tipo, burlas y cosas peores, precisamente como investigador espiritual lo encontrará comprensible; podrá comprender a aquellas personas que, desde su punto de vista, hoy en día no pueden actuar de otra manera que como lo hicieron los adversarios de las ciencias naturales hace siglos: celebrar juicios de herejía. Es cierto que ya no se levantan hogueras, pero se actúa según la moda de la época: se trata a las personas que buscan la verdad como si fueran fantasmas y se intenta denigrarlas mediante la burla y la blasfemia.

Pero eso no afecta en nada a esas personas; pues para ellas lo único que importa de la verdad es que —la verdad— se revele al alma como justificada por su propia esencia, y que, de hecho, impulse, fecunde y eleve esta vida, y pueda resistir a la prueba de la vida.

Demostrar que esto último puede suceder será el objetivo de la conferencia de mañana, que, en cierto modo, constituirá la continuación de la de hoy.

En lo que respecta a la verdad, se puede decir lo siguiente: quien plantea la verdad tal y como se acaba de comentar, puede decirse a sí mismo: sin duda, todo esfuerzo humano está siempre sujeto al error, y muchas cosas podrán colarse fácilmente, incluso para el investigador espiritual, como un error en aquello que busca. Es muy consciente de que el error puede colarse aún más fácilmente que en el mundo sensorial exterior. Pero da igual: si existe la voluntad de buscar la verdad, entonces incluso lo más insignificante que ocurra en este ámbito puede compararse con lo grandioso que se ha logrado al servicio de la ciencia. Que se ridiculice la verdad o no, eso no importa. Porque solo hay dos posibilidades: o bien lo que se difunde es un error —en cuyo caso ya será erradicado por el espíritu que se esfuerza por buscar la verdad, por el espíritu humano que busca la verdad—, pues el alma humana que busca la verdad no tolera el error—, o bien es verdad; en ese caso, ni la burla, ni las objeciones personales injustificadas, ni nada en absoluto podrá detener el poder victorioso que esta verdad encierra en sí misma.

En la historia del mundo ocurre, pues, que [a veces sucede que] las cosas [y] los seres pueden ser revelados. Pero en lo que respecta a la verdad, cabe decir: por mucho que se le haya dado la espalda, por mucho que la gente se resista aquí o allá, y por muy enterrada que esté la verdad en los pozos más profundos, ¡todo eso será superado! Porque, en todas partes, la verdad ha encontrado el camino para volver a abrirse paso entre la humanidad, para ser útil y beneficiosa, y para mantener su marcha triunfal a través del desarrollo del espíritu humano.

Traducido por J.Luelmo 

meditación de la piedra de fundación