CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 28

Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta educación. Mostrar todas las entradas

GA181 Berlín, 26 de marzo de 1918 - Disposiciones del alma que nos permiten tender un puente hacia los difuntos:

   Indice


RUDOLF STEINER

DISPOSICIONES DEL ALMA QUE NOS PERMITEN TENDER

UN PUENTE HACIA LOS MUERTOS


Berlín, 26 de marzo de 1918

Queremos retomar, con unas pocas palabras lo que se expuso aquí hace ocho días, para mantener la coherencia,. Les decía que cuando se trata de contemplar la relación entre las almas humanas encarnadas en el cuerpo y las almas humanas desencarnadas que viven entre la muerte y el nuevo nacimiento, es importante dirigir la mirada espiritual, por así decirlo, hacia el «aire espiritual» que debe conectar a los vivos con los llamados muertos, para que pueda existir una relación entre ambos. Y descubrimos en primer lugar, que ciertas disposiciones del alma, que deben estar presentes en los vivos, tienden en cierto modo un puente hacia los reinos en los que se encuentran los llamados muertos. Las disposiciones anímicas siempre significan también la presencia de un cierto elemento anímico, y se podría decir que, precisamente cuando este elemento anímico está presente, cuando muestra su presencia a través de los sentimientos correspondientes de los vivos, entonces se da la posibilidad de tal relación.

Tuvimos que señalar entonces que esa posibilidad, es decir, en cierto modo la conexión espiritual con el aire, o atmosfera, se crea mediante dos corrientes emocionales en los seres vivos. Una de esas corrientes emocionales es lo que podríamos llamar el sentimiento universal de gratitud hacia todas las experiencias de la vida. Les decía que la forma general en que el alma del ser humano se relaciona con su entorno se divide en una parte subconsciente y otra consciente. Todos conocemos la parte consciente; consiste en que el ser humano persigue con simpatías y antipatías y con sus percepciones habituales lo que le afecta en la vida. La parte subconsciente, sin embargo, consiste en que, justo por debajo del umbral de la conciencia, desarrollamos un sentimiento que es mejor, más elevado que los sentimientos que podemos desarrollar en la conciencia habitual, un sentimiento que no puede describirse de otra manera que diciendo que en nuestra subconsciencia siempre sabemos que tenemos que estar agradecidos por cada experiencia de la vida, incluso por la más pequeña que se nos presenta. Que nos enfrentemos a experiencias vitales difíciles puede hacernos sentir dolor por el momento; pero, desde una perspectiva más amplia de la existencia, incluso las experiencias dolorosas pueden verse de tal manera que, aunque no en el alma superior, sí en el alma inferior, podemos estar agradecidos por ellas, agradecidos porque el universo nos proporciona continuamente dones en nuestra vida. Esto es algo que existe en el alma humana como un sentimiento realmente subconsciente. Lo otro es que conectamos nuestro propio yo con cada ser con el cual hemos tenido algo que ver de alguna manera en la vida. Nuestras acciones se extienden a tal o cual ser de la vida, incluso pueden ser seres inanimados. Pero donde hemos hecho algo, donde nuestra esencia se ha conectado con otra esencia, queda algo atrás, y lo que queda atrás establece una relación duradera de nuestra esencia con todo aquello con lo que nos hemos conectado alguna vez. Les decía que este sentimiento de afinidad es la base de un sentimiento más profundo, que suele permanecer desconocido para el alma superior, de comunión con el mundo que nos rodea, un sentimiento de comunión.

El ser humano puede experimentar cada vez más conscientemente estos dos sentimientos, el sentimiento de gratitud y el sentimiento de comunión con el entorno con el que estaba conectado de alguna manera kármicamente. En cierto modo, lo que vive en estos sentimientos y sensaciones puede elevarlo al alma; y en la medida en que eleva precisamente estas dos sensaciones al alma, se hace apto para tender un puente hacia aquellas almas que pasan su vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Porque los pensamientos de estas almas solo pueden llegar hasta nosotros si realmente pueden atravesar el ámbito del sentimiento de gratitud que hemos desarrollado; y solo podemos encontrar el camino hacia ellas si nuestra alma se ha acostumbrado, al menos en cierta medida, a cultivar una verdadera comunión. El hecho de que seamos capaces de sentir gratitud hacia el universo hace que, a veces, cuando queremos entrar en contacto con los muertos, un sentimiento de gratitud se apodere de nuestra alma, y el hecho de que hayamos practicado ese sentimiento de gratitud, de que seamos capaces de sentirlo, allana el camino para que los pensamientos de los muertos lleguen hasta nosotros.  Y que podamos sentir que nuestro ser vive en una comunidad orgánica de la que forma parte, al igual que nuestros dedos forman parte de nuestro cuerpo, nos hace maduros para sentir también hacia los muertos, cuando ya no están presentes en el cuerpo físico, una gratitud tal que nos lleva a acercarnos a ellos con nuestros pensamientos. Cuando uno ha adquirido en un ámbito algo como un sentimiento de gratitud, la sensación de comunidad, solo entonces tiene la posibilidad de aplicarlo en el caso concreto.

Ahora bien, estos sentimientos no son los únicos, sino que existen muchos otros sentimientos subconscientes y estados de ánimo subconscientes. Todo lo que desarrollamos en nuestras almas allana el camino hacia el mundo en el que se encuentran los muertos entre la muerte y el nuevo nacimiento. De este modo, una sensación muy concreta, que siempre está presente en el subconsciente, pero que puede ser traída gradualmente a la conciencia, se une a la gratitud, una sensación que el ser humano pierde cuanto más se inclina hacia el materialismo. Pero en el subconsciente siempre está presente hasta cierto punto y, en realidad, ni siquiera el materialismo más fuerte puede erradicarla. Sin embargo, el enriquecimiento, la elevación y el ennoblecimiento de la vida dependen de que se saquen esas cosas del subconsciente y se traigan a la conciencia. La sensación a la que me refiero es lo que se podría describir como la confianza general en la vida que fluye a través de nosotros y nos rodea, ¡la confianza en la vida! Dentro de una concepción materialista de la vida, es extremadamente difícil encontrar un sentimiento de confianza en la vida. Es similar a la gratitud hacia la vida, pero es una sensación diferente que se suma a esta gratitud. Porque la confianza en la vida consiste en que haya un estado de ánimo inquebrantable en el alma, en que sea cual sea la forma en que se nos presente, la vida tenga algo que ofrecernos en todas las circunstancias, en que nunca podamos caer en la idea de que la vida no tiene nada que ofrecernos a través de esto o aquello que nos depara. Ciertamente, pasamos por experiencias vitales difíciles, experiencias vitales dolorosas, pero en un contexto vital más amplio, son precisamente las experiencias vitales dolorosas y difíciles las que más nos enriquecen y nos fortalecen para la vida. Se trata de elevar un poco hacia el alma superior ese estado de ánimo persistente que vuelve a estar presente en el alma inferior, ese estado de ánimo: «Tú, vida, tú me elevas y me sostienes, tú te encargas de que avance». 

Si se hiciera algo en el sistema educativo para fomentar este tipo de actitud, se ganaría mucho. Orientar la educación y la enseñanza hacia mostrar, con ejemplos concretos, cómo la vida, precisamente por ser a menudo difícil de comprender, merece confianza, significaría mucho si esta actitud se trasladara al sistema educativo y de enseñanza. Porque al considerar la vida desde este punto de vista: «¿Mereces confianza, oh vida?», se descubre que hay muchas cosas que de otro modo no se encontrarían en la vida. No hay que considerar este estado de ánimo de forma superficial. No debe llevarnos a pensar que todo en la vida es maravilloso y bueno. Al contrario, en casos concretos, precisamente esta confianza en la vida puede llevar a una crítica aguda de cosas malas y absurdas. Y precisamente cuando no se tiene confianza en la vida, a menudo se evita criticar lo malo y lo absurdo, porque se quiere pasar por alto aquello en lo que no se confía. No se trata de tener confianza en cada cosa individualmente, eso pertenece a otro ámbito. Se tiene confianza en una cosa y en otra no, dependiendo de cómo se presenten las cosas y los seres. Sino que lo que importa es confiar en la vida en su conjunto, en la cohesión global de la vida. Porque si se puede sacar algo de la confianza en la vida que siempre está presente en el subconsciente, se abre el camino para observar realmente lo espiritual, la sabia providencia y guía en la vida. Quien se dice a sí mismo, no de forma teórica, sino sintiéndolo, una y otra vez: Tal y como se suceden los acontecimientos de la vida, significan algo para mí, ya que me acogen y tienen que ver conmigo, en lo que puedo confiar, se está preparando precisamente para percibir poco a poco lo que vive y se mueve espiritualmente en las cosas. Quien no tiene esta confianza, se cierra a lo que vive y se mueve espiritualmente en las cosas.

 Ahora apliquemos esto a la relación entre los vivos y los muertos. Al desarrollar este sentimiento de confianza, hacemos posible que los muertos encuentren el camino hacia nosotros con sus pensamientos; porque, en este clima de confianza, los pensamientos pueden, por así decirlo, navegar desde ellos hacia nosotros. Si tenemos confianza en la vida en general, fe en la vida, podremos poner el alma en un estado tal que en ella puedan aparecer esas inspiraciones que son los pensamientos enviados por los muertos. La gratitud hacia la vida y la confianza en la vida en la forma descrita están relacionadas de alguna manera. Si no tenemos esta confianza general en el mundo, no podemos llegar a tener una confianza tan fuerte en una persona que trascienda la muerte; de lo contrario, es un recuerdo de la confianza. Hemos de imaginarnos que los sentimientos, cuando se dirigen a los muertos que ya no están encarnados en un cuerpo físico, deben ser diferentes de los sentimientos que se dirigen a las personas que están presentes en un cuerpo físico. Sin duda, podemos tener confianza en una persona que está presente en un cuerpo físico, y esta confianza también será útil para el estado después de la muerte. Pero es necesario que esta confianza se vea reforzada por la confianza universal, por la confianza general, porque el difunto vive después de la muerte en otras circunstancias, porque no solo necesitamos recordar la confianza que ya teníamos en él en vida, sino porque también necesitamos suscitar una confianza siempre renovada en un ser que ya no inspira confianza por su presencia física. Para ello es necesario que, en cierto modo, irradiemos al mundo algo que no tiene nada que ver con las cosas físicas. Y la confianza universal en la vida que se ha descrito no tiene nada que ver con las cosas físicas.

Al igual que la confianza se sitúa junto a la gratitud, junto al sentimiento de comunidad se sitúa algo que siempre está presente en el alma inferior, pero que también puede ser elevado al alma superior. Esto es algo que también debería tenerse más en cuenta de lo que se hace. Y esto se puede hacer si el elemento del que voy a hablar ahora se tuviera en cuenta en nuestro sistema educativo y de enseñanza en esta época materialista. De ello depende muchísimo. Para que el ser humano se sitúe de la manera correcta en el mundo en el ciclo temporal actual, es necesario que desarrolle algo, o podría decir también, que saque a la superficie algo del alma inferior, algo que en épocas anteriores, en las que existía la clarividencia atávica, surgía por sí solo, que no necesitaba cultivarse y del que aún quedan escasos restos, pero que poco a poco va desapareciendo, como desaparece todo lo que proviene de los tiempos antiguos, pero que hoy debe cultivarse, y debe cultivarse a partir del conocimiento del mundo espiritual, no a partir de instintos indeterminados.  Lo que el ser humano necesita en este sentido es la posibilidad de rejuvenecer y renovar una y otra vez sus sentimientos hacia lo que le afecta en la vida, a través de la propia vida. Podemos pasar la vida sintiéndonos más o menos cansados a partir de cierta edad, porque perdemos la participación viva en la vida, porque ya no podemos aportar lo suficiente a la vida para que sus manifestaciones nos den alegría. Basta con comparar los extremos opuestos: la forma de vivir y aceptar las experiencias en la juventud temprana y la forma cansada de aceptar las manifestaciones de la vida en la vejez. Piense en cuántas decepciones están relacionadas con este tipo de cosas. Hay una diferencia entre que el ser humano sea capaz de hacer que la fuerza de su alma participe, por así decirlo, de una resurrección continua, de modo que cada mañana sea nueva para la experiencia espiritual, y que, por así decirlo, se canse de las manifestaciones a lo largo de la vida.

Tener esto en cuenta es extremadamente importante en nuestra época, porque es significativo que también influya en el sistema educativo. Precisamente en relación con estas cuestiones, nos encaminamos hacia un giro significativo en el desarrollo de la humanidad. La valoración de las épocas anteriores de la humanidad se realiza, bajo la influencia de nuestra historia, que es una fábula convenida, de una manera realmente muy sesgada. No se sabe cómo los últimos siglos han llevado a los seres humanos a organizar cada vez más la educación y, en particular, la enseñanza, de tal manera que el ser humano no obtiene en su vida posterior lo que realmente debería obtener de la educación y la enseñanza. Lo máximo que podemos aportar en la vejez, bajo la influencia de las circunstancias actuales, de lo que hemos invertido en nuestra educación durante la juventud es un recuerdo. Recordamos lo que hemos aprendido, lo que nos han dicho, y por lo general nos sentimos satisfechos al recordarlo. Sin embargo, no tenemos en cuenta en absoluto que la vida humana, aunque está llena de misterios, está sujeta a un misterio significativo en relación con estas cosas. En una reflexión anterior, ya hice alusión a este misterio desde otro punto de vista.

El ser humano es un ser multifacético. En primer lugar, lo consideramos en la medida en que es un ser dual. La dualidad, —como decía en una reflexión anterior—, se expresa ya en la forma exterior del cuerpo. Esta nos muestra al ser humano como cabeza y como resto del ser humano. Separemos primero al ser humano en la cabeza y el resto del ser humano. Si solo se tuviera en cuenta esta diferencia en toda la estructura del ser humano, se podrían hacer descubrimientos muy importantes desde el punto de vista científico. Si se considera la estructura de la cabeza desde un punto de vista puramente fisiológico y anatómico, resulta que es precisamente la cabeza lo que se puede aplicar a la teoría de la evolución más materialista, lo que hoy se conoce como la teoría darwiniana. En lo que respecta a su cabeza, el ser humano se encuentra, en cierto modo, inmerso en esta corriente evolutiva, pero solo en lo que respecta a su cabeza, no al resto de su organismo.  Para comprender este origen del ser humano, deben imaginarse, sin tener en cuenta las proporciones, la cabeza humana y la otra parte crecida a partir de ella. Imaginen que la evolución se desarrollara de tal manera que el ser humano evolucionara hacia el futuro y adquiriera algún tipo de órganos adicionales especiales. La evolución, la transformación, podría continuar. Pero así fue en el pasado: en otros tiempos, el ser humano existía únicamente como un ser con cabeza, y esta cabeza siguió desarrollándose cada vez más hasta convertirse en lo que es hoy. Y lo que está unido a la cabeza, aunque sea físicamente más grande, se ha añadido más tarde. Es una formación más reciente. En lo que respecta a la cabeza, el ser humano desciende de los organismos más antiguos, y lo demás, aparte de la cabeza, se ha añadido más tarde. Por eso la cabeza es siempre tan importante para el ser humano actual, porque recuerda la encarnación anterior. El resto del organismo, —como ya he señalado—, es por el contrario, la condición previa para la encarnación posterior. En este sentido, el ser humano es un ser muy contradictorio. La cabeza tiene una constitución muy diferente al resto del organismo. La cabeza es un órgano osificado. Si el ser humano no tuviera el resto del organismo, sería muy espiritualizado, pero sería un animal espiritualizado. La cabeza nunca puede sentirse como un ser humano si no se le inspira a ello. Se remonta a la antigua era de Saturno, el Sol y la Luna. El resto del organismo se remonta solo hasta la época lunar, concretamente a la última etapa de la misma; ha crecido unido a la cabeza y, en este sentido, es realmente algo así como un parásito de la cabeza. Se lo pueden imaginar bien: la cabeza fue en su día el ser humano completo, tenía órganos de excreción y secreción hacia abajo, a través de los cuales se alimentaba. Era un ser muy peculiar. Pero a medida que se desarrollaba, las aberturas inferiores evolucionaron de tal manera que ya no se abrían al entorno y, por lo tanto, ya no podían servir para la alimentación ni conectar la cabeza con las influencias que irradiaban del entorno, y así la cabeza se osificó hacia arriba, por lo que el resto del organismo se volvió necesario. Este organismo restante solo se hizo necesario entonces. Esta parte del organismo físico solo surgió en un momento en el que ya no era posible que surgiera el resto de la animalidad. Dirán: algo como lo que acabo de describir es difícil de imaginar. Pero yo solo puedo responder una y otra vez: hay que esforzarse por pensar algo así, porque el mundo no es tan simple como a la gente le gustaría, para no tener que pensar mucho sobre él para comprenderlo. En este sentido, se experimenta la mayor variedad de exigencias que la gente plantea para que el mundo sea lo más fácil de comprender posible. En este sentido, la gente tiene opiniones muy curiosas. Existe una rica literatura sobre Kant escrita por todas aquellas personas que lo consideran un filósofo extraordinario en todos los sentidos. Pero esto se debe únicamente a que la gente no entiende a otros filósofos y ya tiene que emplear tanta capacidad intelectual para comprender a Kant. Y como él sigue siendo un gran filósofo, —a menudo uno se considera a sí mismo el más genial—, no comprenden a los demás. Y solo porque les cuesta tanto comprender a Kant, para ellos es un gran filósofo. Esto también tiene que ver con el hecho de que uno se resiste a aceptar que el mundo es complicado y que hay que esforzarse para comprenderlo. Ya hemos hablado de estas cosas desde los puntos de vista más diversos. Y cuando se publiquen mis conferencias sobre «Fisiología oculta», se podrá leer también en detalle cómo se puede demostrar embriológicamente que es una tontería decir que el cerebro se desarrolla a partir de la médula espinal. Es al revés: el cerebro es una médula espinal transformada de antaño, y la médula espinal actual se ha unido al cerebro actual como un apéndice. Solo hay que comprender que lo que en el ser humano es más simple se desarrolló más tarde que lo que parece más complejo; lo que es más primitivo se encuentra en un nivel inferior y se desarrolló más tarde. He hecho esta digresión sobre la ambivalencia del ser humano únicamente para que comprendan la otra consecuencia que se deriva de dicha ambivalencia. Y la consecuencia es que, con nuestra vida anímica, que se desarrolla en las condiciones de la corporeidad, también nos encontramos inmersos en esta ambivalencia. No solo tenemos el desarrollo orgánico de la cabeza y el resto del organismo, sino que también tenemos dos ritmos diferentes, dos velocidades diferentes en nuestro desarrollo anímico. Nuestro desarrollo cefálico es relativamente rápido, y el desarrollo que forma el resto del organismo, —lo llamaré desarrollo del corazón—, es relativamente más lento, unas tres o cuatro veces más lento. Lo que depende de la cabeza suele completarse con su desarrollo a los veinte años; en lo que respecta a la cabeza, a los veinte años ya somos todos ancianos. Y solo gracias al continuo rejuvenecimiento del resto del organismo, que se desarrolla tres o cuatro veces más lentamente, seguimos viviendo de forma aceptable. Nuestro desarrollo cefálico es rápido; el desarrollo de nuestro corazón, que es el desarrollo del resto del organismo, es tres o cuatro veces más lento. Y en esta contradicción nos encontramos con nuestra experiencia interior. El desarrollo de nuestra cabeza puede absorber mucho, especialmente durante nuestra infancia y juventud. Por eso aprendemos durante la infancia y la juventud. Pero lo que se absorbe allí debe renovarse y refrescarse continuamente, debe estar continuamente enmarcado por el ritmo más lento del desarrollo del resto del organismo, por el desarrollo del corazón.

Ahora piensen que si la educación es como la de nuestra época, en la que la educación y la enseñanza solo tienen en cuenta el desarrollo intelectual, es así porque en la enseñanza y la educación solo dejamos que la cabeza se desarrolle adecuadamente, la consecuencia es que la cabeza, como un organismo muerto, se integra en el ritmo más lento del resto del desarrollo, lo retrasa y hace que las personas envejezcan prematuramente a nivel espiritual. Este fenómeno, que las personas de la época actual envejecen prematuramente a nivel espiritual, está relacionado esencialmente con el sistema educativo y de enseñanza. Por supuesto, no deben pensar que ahora se puede plantear la pregunta: ¿cómo se debe organizar la enseñanza para que no sea así? Se trata de una cuestión muy importante a la que no se puede responder con dos palabras. Porque casi todo en la enseñanza debe organizarse de otra manera, para que no sea solo algo para la memoria, algo que se recuerda, sino algo a través de lo cual uno se refresca, se renueva. Uno se pregunta cuántas personas hoy en día, cuando recuerdan una actividad de su infancia, son capaces de pensar en todo lo que vivieron, en lo que les dijeron los maestros y las tías, de tal manera que no solo recuerden: «Debes hacer esto y aquello», sino que se sumerjan una y otra vez en lo que vivieron en su juventud, mirando con cariño cada gesto, cada comentario, el tono de voz, la intensidad emocional de lo que se les ofreció en la infancia, y sintiéndolo como una fuente de rejuvenecimiento que nos renueva constantemente. Esto está relacionado con los ritmos que experimentamos en nuestro interior: que el ser humano debe seguir el desarrollo más rápido de su cabeza, que se completa a los veinte años, y el ritmo más lento del desarrollo del corazón, el desarrollo del resto del ser humano, que debe alimentarse durante toda la vida. No debemos dar a la cabeza solo aquello que está destinado a ella, sino que también debemos darle aquello de lo que el resto del organismo pueda extraer fuerzas renovadoras una y otra vez a lo largo de toda la vida. Para ello es necesario, por ejemplo, que todas las ramas de la enseñanza estén impregnadas de un cierto elemento artístico. Hoy en día, cuando se huye del elemento artístico porque se cree que, al cultivar la vida imaginativa, —y la imaginación es algo que trasciende la mera realidad cotidiana—, se podría introducir lo fantástico en la enseñanza, no existe ninguna inclinación a tener en cuenta ese misterio de la vida. Basta con ver en algunos ámbitos lo que quiero decir, —por supuesto, todavía existe aquí y allá—, para darse cuenta de que algo así ya se puede lograr, pero se puede lograr especialmente si los seres humanos vuelven a ser seres humanos. Para ello se necesitan muchas cosas. Me gustaría llamar la atención sobre una de ellas.

Hoy en día se examina a quienes quieren ser profesores para ver si saben esto y aquello. Pero, ¿qué se descubre con ello? Por lo general, solo que que el interesado ha acumulado en su cabeza, en el tiempo que tiene para realizar el examen, algo que, si es medianamente hábil, podría leer en tal o cual libro para cada una de las clases, algo que se podría aprender día a día para la enseñanza, algo que no es necesario aprender de la forma en que se hace actualmente. Pero lo que sería necesario ante todo en un examen de este tipo es saber si el interesado tiene corazón y sentido, si tiene la sangre necesaria para establecer gradualmente una relación con los niños. No se debería examinar el conocimiento, sino reconocer la fuerza y la capacidad del interesado. Sé que plantear tales exigencias en los tiempos actuales solo puede significar dos cosas para el presente. O bien se dice: «Quien exige algo así está completamente loco, ¡esa persona no vive en el mundo real!». O bien, si no se quiere dar esa respuesta, se dice: «Eso ocurre constantemente, es lo que todos queremos». La gente cree que, con lo que ocurre, las cosas ya se cumplen, porque solo entienden de las cosas lo que ellos mismos aportan.

 He expuesto esto, por supuesto, en primer lugar para arrojar luz sobre la vida desde un determinado punto de vista, pero también para poner de relieve precisamente aquello que el alma inferior del ser humano siempre siente y que es tan difícil de elevar al alma superior, especialmente en los tiempos actuales, pero que el alma del ser humano anhela y seguirá anhelando cada vez más en el futuro, para ponerlo en perspectiva, para que comprendamos que necesitamos algo en el alma del poder que renueve constantemente las fuerzas de este alma, para que no nos cansemos con el paso de la vida, sino que siempre estemos esperanzados y digamos: cada nuevo día será para nosotros como el primero que vivimos conscientemente. Para ello, sin embargo, no debemos envejecer de cierta manera; es urgente y necesario que no envejezcamos. Cuando hoy vemos cómo personas relativamente jóvenes, hombres y mujeres, son en realidad tan terriblemente viejos espiritualmente, tan poco dispuestos a sentir cada día la vida como algo que se les da como a un niño recién nacido, entonces sabemos lo que hay que lograr, lo que hay que dar en este ámbito mediante una cultura espiritual de la época. Y, en última instancia, es precisamente el sentimiento al que me refiero aquí, este sentimiento de esperanza vital que nunca, nunca, nunca se debilita, el que nos permite sentir la relación correcta entre los vivos y los llamados muertos. De lo contrario, lo que debe fundamentar la relación con un difunto permanece demasiado presente en la memoria. Uno puede recordar lo que vivió durante su vida con el difunto. Pero si, una vez que el difunto se ha ido físicamente, no se tiene la posibilidad de experimentar una y otra vez lo que se vivió con él durante su vida, no se puede sentir con la intensidad necesaria en esta nueva relación: el difunto solo está presente como ser espiritual y debe actuar como tal. Si uno se ha vuelto tan insensible que ya nada puede refrescar sus esperanzas de vida, entonces ya no puede sentir que se ha producido una transformación completa. Antes, uno podía ayudarse a sí mismo con el encuentro con el ser humano en la vida; pero ahora solo el espíritu puede ayudarle. Sin embargo, cuando uno desarrolla este sentimiento de renovación perpetua de las fuerzas vitales, con el fin de mantener frescas las esperanzas de la vida, entonces uno se encuentra con él.

Me gustaría hacer aquí una observación que quizá les resulte extraña. Una vida sana, especialmente según las pautas que se han desarrollado aquí, nunca lleva, si no se produce un enturbiamiento de la conciencia, a considerar la vida como algo de lo que uno se cansa; sino que una vida totalmente sana lleva, cuando se ha envejecido, a querer empezar cada día de nuevo, con frescura. Lo saludable no es que, al llegar a la vejez, uno piense: «¡Gracias a Dios que ya he dejado atrás la vida!», sino que pueda decirse: «Ahora que tengo cuarenta o cincuenta años, me gustaría volver atrás y volver a vivirlo todo otra vez». Y lo saludable es aprender a consolarse con la sabiduría de que no se puede llevar a cabo en esta vida, sino de una manera corregida en otra vida. Lo saludable es no querer perder nada de todo lo que se ha vivido y, si para ello se necesita sabiduría, no querer tenerlo en esta vida, sino poder esperar a la siguiente. Esa es la confianza que se basa en una confianza verdadera en la vida y en las esperanzas de vida que se mantienen vivas.

Con ello tenemos los sentimientos que animan la vida de la manera correcta y que, al mismo tiempo, crean un puente entre los vivos aquí y los vivos allá: gratitud hacia la vida que se nos presenta, confianza en las experiencias de esta vida, íntimo sentimiento de comunidad, la capacidad de avivar las esperanzas de la vida mediante fuerzas vitales siempre renovadas. Estos son impulsos internos y éticos que, si se sienten de la manera correcta, también pueden proporcionar la mejor ética social externa, porque lo ético, al igual que lo histórico, solo puede comprenderse si se capta en el subconsciente, como yo mismo he demostrado en una conferencia pública.

Otro aspecto que me gustaría destacar en relación con la relación entre los vivos y los muertos es una pregunta que puede surgir una y otra vez: ¿en qué consiste realmente la diferencia entre la relación entre seres humanos, en la medida en que ambos están encarnados en un cuerpo físico, y la relación entre seres humanos, en la medida en que uno está encarnado en un cuerpo físico y el otro no, o ninguno de los dos está encarnado en un cuerpo físico? - En relación con un punto de vista, me gustaría señalar algo especial.

Si consideramos al ser humano desde el punto de vista de las ciencias espirituales en relación con su yo y con su vida anímica propiamente dicha, que también se puede llamar cuerpo astral, en relación con el yo he dicho a menudo que es el más joven, el bebé entre los miembros de la organización humana, mientras que el cuerpo astral es algo mayor, pero solo desde la antigua evolución lunar, hay que decir, en relación con estos dos miembros superiores del ser humano, que aún no están tan desarrollados como para que el ser humano, si se apoyara solo en ellos, tuviera el poder de mantenerse independiente frente a los demás seres humanos. Si estuviéramos aquí juntos, cada uno solo como yo y cuerpo astral, sin vivir también en nuestros cuerpos etérico y físico, estaríamos todos juntos como en una especie de masa primigenia. Nuestros seres se confundirían; no estaríamos separados unos de otros, ni sabríamos distinguirnos unos de otros.  No se podría hablar en absoluto de que alguien supiera, —las cosas serían entonces muy diferentes y no se podrían comparar fácilmente las circunstancias entre sí—, qué es su mano o su pierna, o qué es la mano y la pierna del otro. Pero ni siquiera se podrían reconocer correctamente sus sentimientos como propios. El hecho de que nosotros, como seres humanos, nos sintamos separados se debe a que cada uno de nosotros ha sido arrancado en forma de gota de la masa líquida total que debemos imaginar para un determinado período anterior. Pero para que las almas individuales no vuelvan a fusionarse, debemos pensar que cada gota de alma ha entrado en una especie de esponja, para así mantenerse separadas. Esto es lo que realmente ha sucedido. Solo por el hecho de estar encerrados en cuerpos físicos y etéricos estamos separados unos de otros, realmente separados. Cuando dormimos, solo estamos separados unos de otros por el fuerte deseo que sentimos por nuestro cuerpo físico. Este deseo, que se dirige con fervor hacia nuestro cuerpo físico, nos separa mientras dormimos, ya que de lo contrario nos veríamos envueltos en una gran confusión durante la noche, y probablemente a las mentes sensibles les resultaría muy desagradable saber hasta qué punto están conectadas con la esencia de los seres que les rodean. Pero eso no es especialmente grave en comparación con lo que ocurriría si esta relación de deseo ardiente con el cuerpo físico no existiera mientras el ser humano está encarnado.

Ahora planteémonos la pregunta: ¿qué separa nuestras almas entre la muerte y el nuevo nacimiento? Así como entre el nacimiento y la muerte pertenecemos con nuestro yo y nuestro cuerpo astral a un cuerpo físico y a un cuerpo etérico, después de la muerte, es decir, entre la muerte y el nuevo nacimiento, pertenecemos con nuestro yo y nuestro cuerpo astral a una región estelar muy concreta, no todos a la misma, sino cada uno a una región estelar muy concreta. Por este instinto se habla de la «estrella del ser humano». Comprenderán que el área estelar, si tomamos primero su proyección física, es periféricamente esférica, y esto se puede distribuir de las formas más diversas. Las áreas se superponen, pero cada una pertenece a otra. También se puede decir, si se quiere expresar espiritualmente: cada uno pertenece a una serie diferente de arcángeles y ángeles. Así como las personas aquí se unen a través de sus almas, allá entre la muerte y el nuevo nacimiento cada uno pertenece a una constelación especial, a una serie especial de ángeles y arcángeles, y luego se reúnen aquí con sus almas. Solo que es así, pero solo aparentemente, —no quiero entrar ahora en este misterio—, que en la Tierra cada uno tiene su propio cuerpo físico. Digo «aparentemente», y se sorprenderán, pero está completamente investigado cómo cada uno tiene su propia constelación, pero cómo estas se superponen. Imaginen un determinado grupo de Ángeles y Arcángeles. A una alma pertenecen miles de Arcángeles y Ángeles en la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. Imaginen que de esos miles solo falta uno, entonces ese uno puede ser sustituido en cierto modo: entonces ese es el ámbito de la siguiente alma. En este dibujo, dos almas tienen lo mismo, con la excepción de una estrella que tienen de otra región, pero ninguna de las dos almas tiene exactamente la misma región estelar. De este modo, los seres humanos se individualizan entre la muerte y el nuevo nacimiento, ya que cada uno tiene su propia región estelar. A partir de esto se puede ver en qué se basa la separación entre las almas entre la muerte y el nuevo nacimiento. Aquí, en el mundo físico, la separación actúa tal y como la conocemos a través del cuerpo físico: el ser humano tiene, en cierto modo, su cuerpo físico como envoltura, desde él contempla el mundo, y todo debe acercarse a este cuerpo físico. Todo lo que entra en el alma del ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento está relacionado con una zona estelar de manera similar a la relación entre su cuerpo astral y su yo, tal y como aquí el alma y el yo están relacionados con el cuerpo físico. La pregunta, pues: ¿por qué se produce la separación? — se responde de la manera que acabo de indicar.

Ahora, a partir de estas consideraciones, han podido ver hoy cómo podemos influir en nuestra alma en la formación de ciertos sentimientos y sensaciones, para que se establezca el puente de conexión entre los llamados muertos y los vivos. Lo último que he dicho también es adecuado para atraer hacia nosotros pensamientos, puedo decir, pensamientos sensibles o sensaciones mentales, que a su vez pueden participar en la creación de este puente. Esto ocurre cuando intentamos desarrollar cada vez más, en relación con un difunto concreto, ese tipo de sentimiento que, cuando se experimenta algo, hace que surja en el alma el impulso de preguntarse: ¿cómo viviría el difunto lo que tú estás viviendo en este momento? Para ello, hay que crear la imaginación como si el difunto estuviera a nuestro lado participando en la experiencia; y hacerlo de forma muy viva, entonces se imita en cierta relación la forma en que el difunto se relaciona con los vivos o con los difuntos, relacionando lo que le dan las diferentes regiones estelares con la relación de su alma o entre sí. Aquí ya se imita lo que ocurre de alma a alma a través de la asignación a las regiones estelares. Si, en cierto modo, nos concentramos en un interés inmediato a través de la presencia del difunto, si de esta manera sentimos al difunto inmediatamente vivo a nuestro lado, entonces, a partir de las cosas que he discutido hoy, crecerá cada vez más la conciencia de que el difunto realmente se acerca a nosotros.  El alma también desarrollará conciencia de ello. En este sentido, hay que tener confianza en la existencia, en que las cosas sucederán. Porque si en lugar de confianza, lo que se tiene es impaciencia por la vida, entonces se aplica la otra verdad: lo que aporta la confianza, la impaciencia lo ahuyenta; lo que se reconocería a través de la confianza, la impaciencia lo oscurece. No hay nada peor que crear una niebla ante el alma por culpa de la impaciencia.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA060-8 Berlín, 12 de enero de 1911 -Disposición, aptitud y educación del ser humano

 

Índice

DISPOSICIÓN, APTITUD Y EDUCACIÓN

DEL SER HUMANO

Conferencia del Dr. Rudolf Steiner


Berlín, 12 de enero de 1911


Si dirigimos nuestra mirada a lo que ha discurrido a lo largo de las conferencias de este ciclo de invierno como una especie de leitmotiv, si miramos a esa esencia viva en el hombre que observamos no sólo una vez entre el nacimiento y la muerte, sino que presuponemos que existe en repetidas vidas terrenas, entonces la cuestión de lo que subyace al desarrollo de un hombre en su única vida, en una encarnación terrena, se nos presentará como algo bastante esencial, especialmente en nuestra época actual.  Porque el ser humano de hoy en día ciertamente se interroga e indaga sobre el aspecto peculiar de la disposición, el talento y la educación del ser humano. Pero como está poco inclinado a apartar su mirada de lo que se nos aparece como tomando forma en una vida, y a dirigir esta mirada hacia el constructor real, el creador real en el hombre, las preguntas de este hombre de hoy llevarán ya fácilmente el carácter de indeterminación. Pues si se parte de la base de que hay algo en la naturaleza humana que, como lo realmente animador interior, recorre muchas vidas, entonces sólo se estará ante la naturaleza bastante misteriosa, bastante cuestionable de este ser humano. Y las cuestiones de las disposiciones, de la aptitud y de la educación se querrán contemplar bajo una luz nueva, bajo una luz muy distinta de la que se pueden contemplar cuando sólo se tiene presente lo que la actualidad pone tan a menudo de relieve: la herencia, las cualidades heredadas de los antepasados.  No porque la ciencia espiritual quiera apartar su mirada de lo que se expresa en tales disposiciones heredadas, como si prescindiera de las cuidadosas observaciones de todo lo que pueden decir los sentidos externos y el intelecto dirigido hacia ellos; Pero la Ciencia Espiritual sabe que todo esto se relaciona con la esencia misma del ser humano como algo que es utilizado por éste, es absorbido en sí mismo de la misma manera que la materia externa es absorbida en la vida física por el pequeño germen de un ser vivo, que determina su forma a partir de sí mismo, pero se apropia de su entorno aquello que ha de posibilitarle vivir esta forma en la vida externa - lo sustancial, lo material. Así pues, tendremos que reconocer, en conjunto, en la forma de vida del ser humano, una confluencia de lo que nace al nacer y de aquello en lo que está insertado el "ser y la individualidad del ser humano y de lo que se nutre su alma espiritual". 

Cuando, por ejemplo, como educadores nos enfrentamos a las tareas de un alma humana que viene a la existencia en la cual, de hora en hora, de semana en semana, desarrolla cada vez más sus facultades interiores, cuando nos enfrentamos a un ser humano que crece como un enigma sagrado que tenemos que resolver, que ha venido a nosotros desde el infinito, para que le demos las posibilidades de desplegarse y desarrollarse, entonces surgirá toda una suma de nuevas tareas, nuevos puntos de vista, nuevas posibilidades en general para todo lo que es humano en la existencia. Así pues, vemos que el ser humano nace y suponemos que, en cierto modo, con su nacimiento se crea el núcleo de su ser. La ciencia externa también nos muestra, si no nos fijamos en eslóganes y teorías sino en hechos, cómo este núcleo del alma espiritual del ser humano sigue actuando en el niño después del nacimiento, cómo lo que se nos presenta como una organización física cambia, se forma plásticamente bajo la influencia del alma espiritual. También la ciencia externa puede mostrarnos, por ejemplo, cómo aquello en lo que primero tenemos que ver el instrumento para las actividades externas, cómo el cerebro es una materia todavía indeterminada, completamente todavía formable plásticamente en el hombre cuando llega a la existencia a través del nacimiento, y cómo entonces aquello que él se esfuerza por absorber del bagaje espiritual de su entorno penetra y actúa sobre la masa plástica de nuestro cerebro, modelándolo y formándolo como un artista. Si partimos del supuesto -que es un hecho y se ha mencionado a menudo en otros contextos- de que un ser humano, si fuera trasladado indefenso a una isla desierta después de nacer, no podría adquirir la facultad del lenguaje, entonces debemos decir: El contenido anímico-espiritual que nos llega revestido de lenguaje desde el nacimiento no es algo que penetre desde dentro del ser humano, que se aferre meramente a su disposición, que el ser humano reciba, por así decirlo, sin las influencias de su entorno anímico-espiritual, del mismo modo que recibe su segunda dentadura hacia el séptimo año por disposición interna, sino que el lenguaje es algo que actúa sobre el ser humano.

Es realmente como un escultor que, por así decirlo, da forma al cerebro. En las primeras fases, incluso durante años, podemos seguir científicamente este modelado del cerebro, incluso externamente. Si entonces se demuestra anatómica y fisiológicamente que la capacidad del hombre para el habla, la memoria para ciertas ideas del habla, está ligada a tal o cual órgano, que cada palabra está, por así decirlo, almacenada como un libro en la biblioteca, entonces podemos preguntar por otro lado: ¿Qué ha formado el cerebro para este propósito en primer lugar? Y podemos responder: Aquello que estaba allí en la esencia anímico- espiritual en el vocabulario lingüístico del entorno del hombre.

Esto nos muestra que debemos diferenciar en el hombre, en relación con todo su desarrollo anímico, todo lo que experimenta en sus pensamientos, ideas y sensaciones -también en sus impulsos volitivos y sentimientos, que sigue siendo, por así decirlo, mera experiencia interior- de aquello otro que sigue siendo dicha experiencia interior que interviene en la organización física exterior, la moldea plásticamente y sólo la convierte en un instrumento para futuras capacidades espirituales o futura vida anímico-espiritual. Esto lo podemos ver más claramente si seguimos una capacidad del hombre a lo largo de su vida que muestra lados muy diferentes, aunque estos lados diferentes hayan sido unidos varias veces por la ciencia exterior del alma: si seguimos nuestra memoria. 

Cuando nos apropiamos de algo a través de la memoria, cuando memorizamos, nos lo apropiamos a través de los medios, uno de los principales de los cuales es la repetición. Entonces lo hemos hecho nuestro, podemos darlo de nosotros. Ahora bien, todo el mundo conoce algo problemático: el olvido. Porque las cosas vuelven a olvidarse, se desvanecen de nuestra memoria de tal manera que somos incapaces de reproducirlas de nuevo en otro momento. ¿O acaso no recuerdan ustedes cuánto tuvieron que aprender y recitar de memoria en su juventud, y cuánto de ello ya no pueden recitar de memoria ahora? Pero, ¿desaparece realmente todo lo que hemos memorizado? 

Ahora sólo queremos considerar aquello de lo que el hombre dice más tarde: lo he olvidado, aquello que, por tanto, ya no puede traer a la memoria para reproducirlo. ¿Ya no existe? Está ahí de manera similar a algo que ya hemos mencionado, que siempre se olvida en la vida humana normal: cómo se olvidan las maravillosas y ricas primeras experiencias de los años de la infancia. Hasta cierto punto en la vida humana normal sólo recordamos hacia atrás. Antes de ese momento, sin embargo, hemos tenido infinidad de impresiones. Quién no admitiría esto si realmente observara con imparcialidad el desarrollo de un niño en los primeros años de vida. Pero está olvidado en el sentido en que solemos hablar de olvido. Pero, ¿ya no existe? ¿Ya no desempeña ningún papel en el alma humana? 

Sí, desempeña un papel importante en el alma humana. Pues lo que son las primeras impresiones de la infancia, si experimentamos alegría o tristeza, amor o indiferencia, éstas o aquellas impresiones exteriores, depende infinitamente más de lo que el hombre es capaz de hacer en la vida posterior, del estado de ánimo general y de toda la constitución de su alma, de lo que se suele suponer.  Es más importante lo que uno ha olvidado en los primeros años, lo que nos forma y moldea en el ser anímico, de lo que suele admitirse. Es lo mismo con lo que aprendemos más tarde, olvidamos la formulación, el pensamiento, pero permanece en nosotros como un cierto estado de ánimo del alma. Si, por ejemplo, a cierta edad un hombre ha aprendido baladas u otros poemas de grandes héroes con tareas muy definidas, cualidades muy definidas, puede que olvide los pensamientos, los incidentes, etc., de modo que no pueda reproducirlos de nuevo; pero lo que ha aprendido permanece detrás, en la estructura de su propio carácter, tal vez como una fuerza del alma, como una forma de enfrentarse a la vida y dejar que el placer y el sufrimiento se acerquen a él. Lo que olvidamos se convierte en estados de ánimo, valores emocionales, incluso impulsos de la voluntad, lo que reposa más o menos inconscientemente en nuestra vida anímica, pero que crea y forma en nosotros. Sólo a veces se hace evidente a través de procesos muy definidos en la vida posterior, que algo tan olvidado no está del todo olvidado después de todo, que cuando se hacen los procedimientos adecuados y se trae ante el alma algo relacionado, el ser humano entonces recuerda algo olvidado después de todo, de modo que se puede probar que sólo se ha deslizado algo sobre ello como una manta en las capas subconscientes de su vida anímica, pero que sin embargo está presente en él. De este modo podemos ver literalmente cómo lo que olvidamos, lo que se desvanece de nuestra memoria, forma y moldea nuestra alma y luego se manifiesta en nuestro estado de ánimo ante el placer y el sufrimiento, en nuestro coraje, en nuestra valentía o cobardía a menudo, o también en nuestro miedo y ansiedad ante la vida. Lo que vemos así, por así decirlo, descendiendo del depósito de la memoria al subconsciente, se convierte entonces en creativo en nuestra propia alma. En el fondo, nosotros mismos somos lo que las cosas que hemos olvidado han hecho de nosotros. Pues, ¿Qué es el hombre en concreto sino la forma en que puede alegrarse, ser valiente, etc.? Si no consideramos al ser humano en abstracto, sino en concreto, debemos decir: Él es el armonioso entretejido e interacción de sus cualidades, de modo que el propio ser humano está condicionado por aquello que fluye hacia las capas más profundas de su conciencia. Esto lo vemos durante la vida.

De todo lo que se ha considerado hasta ahora y de lo que queda por mencionar se desprende que lo que así se hunde espiritualmente en capas más profundas, se hunde aún más cuando el ser humano atraviesa la puerta de la muerte. Pues cada vez que el ser humano quiere formar su organismo físico exterior en la vida a través de lo que absorbe, ya encuentra un determinado organismo en esta vida. Es de un tipo u otro, y entra en la vida con estas o aquellas disposiciones. Contra esto, debe precipitarse lo que es creador en nuestra alma. Supongamos que una cualidad de valentía pudiera formarse en nosotros a través de lo que asumimos en nosotros mismos. Pero si tenemos un organismo que es más adecuado para ser una pata de conejo que para ser una persona valiente, debemos más o menos arremeter contra algo que tenemos en la vida de nuestro organismo. Y cuando pasamos por el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento, la parte esencial de este desarrollo humano es que forjamos para nosotros mismos el arquetipo, la forma original de nuestro nuevo cuerpo físico, nuestro nuevo organismo físico terrenal. Allí no tenemos los límites y las resistencias que se presentan a nuestra organización en la vida entre el nacimiento y la muerte; allí construimos plásticamente, con lo que hemos adquirido en la vida, los cimientos, las fuerzas básicas para una nueva fisicalidad dentro de límites más amplios que entre el nacimiento y la muerte. Por lo tanto podemos decir: Aquello que actúa en nuestra alma en forma de ideas olvidadas durante la vida entre el nacimiento y la muerte, cuando atravesamos la puerta de la muerte, sigue actuando, hasta el momento de la reencarnación, en la conformación de nuestro próxima organismo; de modo que atravesamos el nacimiento con tales disposiciones para la nueva existencia que descienden a capas aún más profundas de nuestro ser que las ideas olvidadas en la vida entre el nacimiento y la muerte.

De todo esto se comprenderá perfectamente <que el ser humano, por haber obtenido del entorno inmediato, de la vida, las causas para la organización de una nueva corporeidad, de hecho también necesita de nuevo las mismas condiciones en cierto modo. Es diferente con el animal, que ha determinado su organismo en la línea hereditaria, como hemos visto en las observaciones sobre "alma humana y alma animal" y "espíritu humano y espíritu animal". Allí el animal aparece con tendencias bastante definidas que quieren formarse plásticamente, porque las tendencias no son tomadas del ambiente del animal. Consideremos lo poco que el animal se apropia y toma del mundo exterior mediante la educación, mediante el adiestramiento, lo poco que necesita, por tanto, un escenario que se encuentre en el mundo exterior para sacar de nuevo lo que se ha tomado como principios de la educación. Pero el hombre necesita tal escenario. De ahí que entre en el mundo torpemente, que entre en el mundo de tal manera que allí también sólo tengamos que poner nuestra última mano en la configuración más minuciosa de su organismo. De ahí la vida y el entretejimiento de la individualidad del hombre, su ser básico real, ¡en los primeros años de su existencia! Por eso su órgano espiritual, el cerebro, nace de tal manera que es plásticamente determinable y maleable, y por eso, en el fondo, sólo después del nacimiento se le proporcionan las últimas vías, líneas y direcciones decisivas sobre cómo han de desarrollarse las predisposiciones. 

De ello se desprende que lo que es importante en el desarrollo debe considerarse como procedente de estadios anteriores de la existencia y que, por lo tanto, será menos importante tener determinados y obstinados principios de educación que considerar a cada ser humano individual, a cada individualidad, como un problema, como un enigma sagrado que hay que resolver, y que a nosotros nos corresponde crear las oportunidades para que este enigma pueda resolverse de la mejor manera posible. Una educación que no puede establecer ningún principio fijo, sino que debe apelar a un principio en el educador similar al artístico, con el fin de observar lo que surge del ser humano, es más incómoda que cuando se dice de forma regimentada: de esta o aquella manera deben expresarse estas o aquellas habilidades. Pero sólo entonces tendremos la actitud correcta hacia el ser humano en crecimiento, si lo consideramos en cada caso como una individualidad, como algo especial en sí mismo. Sin embargo, si uno quiere tomarse las cosas con bastante trivialidad -algunas personas ya tienen el talento de tomárselo todo con trivialidad- puede decir: la individualidad no sólo se muestra en los humanos, sino también en todos los animales. Desde luego que sí. Y nadie que hable desde los fundamentos de la ciencia espiritual lo negará. A menudo he dicho que cuando uno habla de individualidad en este sentido, debe ser más específico, debe ser consciente de que si uno quiere tomar las cosas trivialmente, también puede hablar de la biografía y la individualidad de la pluma. Conocí a un hombre que -como en su época todavía se cortaban plumas de ganso- ya era capaz de distinguir entre las plumas, porque como cada uno cortaba su propia pluma, ésta siempre tenía una relación personal con él, y como el hombre en cuestión tenía una imaginación excelente, podría muy bien haber escrito una biografía de cada pluma individual con todos los detalles. En el caso del hombre, sin embargo, no se trata de aplicar la norma de la trivialidad, sino la norma que se extrae de las profundidades del conocimiento.

Ahora bien, como precisamente a través de tales observaciones podemos ver el modo en que el ser humano, modelando y formando su ser actual, forma su apariencia exterior, su organización exterior, y en ella vive su "ser" actual, podemos ver a su vez, a partir de esta apariencia exterior cómo sucede en los primeros años y cómo, con el desarrollo del ser humano, se remodela y utiliza lo que puede absorber del entorno. En los primeros años de la vida del ser humano nos parece de muy especial importancia que preservemos, por así decirlo, sus capacidades de intervenir plásticamente, pictóricamente, en su organismo corporal o anímico-corporal, y que no le obstruyamos la posibilidad de intervenir plásticamente. Obstruimos esta posibilidad sobre todo si le injertamos demasiado pronto conceptos e ideas que sólo se refieren a una sensorialidad exterior y que tienen los contornos más estrictos, o si le encasillamos en una actividad teóricamente confinada a formas muy definidas. No hay variabilidad, no hay modificación, no hay posibilidad de desarrollar las facultades espirituales-psíquicas, ya que el alma está activa de día en día, de hora en hora. Supongamos que un padre es una persona terriblemente obstinada que se ha convertido en un principio: Mi hijo debe llegar a ser ¡como yo fui! Toda mi vida he hecho zapatos así para mis clientes, ¡y mi hijo debe hacer sus zapatos así también! Como yo pienso, así debe pensar mi hijo. -En el entorno de este niño se introduce una estructura anímico-espiritual que actúa sobre su organización anímico-espiritual del mismo modo que ha actuado sobre el padre, y de este modo se fuerza al niño a adoptar formas bastante definidas, mientras que debería tratarse de investigar la individualidad que llega a la existencia, para formar la organización anímico-espiritual de acuerdo con el conocimiento obtenido de ella.

El instinto educador de la humanidad ya ha creado, a través de la conciencia general, un medio maravilloso por el cual se capacita al ser humano en los primeros años para trabajar sobre lo cambiante, modificable, móvil del alma-espiritual, de modo que se deja un margen libre para la conformación del ser humano. Esa es también la mejor manera de ocupar a un niño, no dándole conceptos atados a contornos fijos, sino aquellos que dejan al pensamiento margen de maniobra, para que pueda desviarse aquí o allá. Sólo entonces encontraremos el curso del pensamiento predeterminado por su estructura interna. Si cuento un cuento de tal manera que estimule la actividad mental del niño, que los conceptos no se formen en determinados contornos, sino que deje móviles los contornos de los conceptos, entonces el niño trabaja de la misma manera que trabaja alguien que intenta e intenta averiguar lo que es correcto. El niño trabaja para averiguar cómo debe moverse su espiritualidad, de modo que pueda formar su organización de la mejor manera posible, tal como está preformada interiormente. Y lo mismo ocurre con el juego. El juego se diferencia de la actividad configurada en formas fijas en que, hasta cierto punto, uno puede hacer lo que quiera cuando juega, en que uno no tiene contornos definidos en los pensamientos y movimientos de los órganos de antemano. Esto también tiene un efecto libre y determinable en la organización espiritual-emocional del ser humano. El juego y la actividad espiritual-emocional que acabamos de describir para el niño en los primeros años surgen de una profunda conciencia de lo que es realmente la naturaleza y la esencia del ser humano. Quien quiera convertirse en un verdadero educador tendrá también la conciencia para los años posteriores de que, efectivamente, cada capacidad individual debe ser primero estudiada, reconocida y determinada, por así decirlo, en el ser humano en desarrollo. Pero aún existe la posibilidad de observar ciertos grandes principios. Tales principios sólo nos conducen a la forma en que el núcleo del ser humano, que va de nacimiento en nacimiento, utiliza, por así decirlo, las cosas externas que se encuentran en la línea de la herencia.

Es de sumo interés dirigir nuestra mirada hacia la forma en que el núcleo del alma espiritual del ser humano utiliza las características, cualidades, virtudes, etc. del padre y de la madre, de los antepasados paternos y maternos, de maneras muy diferentes para construir algo nuevo. Y en efecto: las cualidades paternas y maternas no son utilizadas de la misma manera por el núcleo individual del ser humano, sino que hay una ley bastante definida subyacente. Precisamente esta ley es infinitamente instructiva. Si tratamos de captarla en su totalidad, para comprenderla, debemos observar cómo se afirman dos cosas en el alma humana. Una es la intelectualidad, a la que ahora queremos añadir también la capacidad de pensar más rápida o más lentamente, más inteligente o más estúpidamente en imágenes, en ideas. La otra es la dirección general de la voluntad y el sentimiento, los afectos, el interés que ponemos en lo que nos rodea. Todo el modo en que somos capaces de actuar depende de si tenemos una mente móvil o lenta, una mente embotada o penetrante, si somos perceptivos o no. Lo que el hombre puede lograr para sus semejantes y cómo lo logramos depende de si sabemos conectar nuestros intereses en el sentido correcto con lo que ocurre en nuestro entorno. Algunas personas tienen buenas condiciones previas, pero tienen poco interés por sus semejantes y por el medio ambiente. El hecho es que el interés no suscita las capacidades. Por tanto, es necesario que el interés en nosotros se tenga en cuenta tanto como si la flexibilidad de nuestra intelectualidad nos permite hacer esto o aquello por nuestros semejantes.

Ahora para el tipo entero de preferencias, en relación con las cuales también podemos pensar que está vinculado el modo en que se forman los deseos del hombre, el manejo exterior de toda la vida, el modo en que el hombre se desarrolla hábil o inhábilmente, en resumen, todo el modo de vida del alma, que está vinculado con nuestro manejo del mundo exterior, con nuestro mayor o menor interés y con nuestra habilidad para el mundo exterior - pues este hombre toma los elementos más importantes en herencia del padre, de modo que las preferencias y lo que de las preferencias nos hace hábiles, capaces de usar nuestros órganos, todo nuestro hombre, es por regla general propiedad hereditaria del padre. 

El alma toma, pues, del padre los elementos correspondientes, para que pueda formar en sí esas cualidades. "Lo que, por otra parte, es la movilidad intelectual, que entonces también está relacionada con la actividad imaginativa, la imaginación pictórica, el talento inventivo, nuestra individualidad, que viene a la existencia a través del nacimiento, toma como herencia de las cualidades maternas. Schopenhauer ya insinuó en cierto modo este capítulo extraordinariamente interesante; lo intuía, pero no estaba en condiciones de señalar las cosas más profundas al respecto.

Pero, por otra parte, podemos decir otra cosa. Lo que vive en el padre como el modo de relacionarse con las cosas, qué interés tiene, qué deseos tiene hacia las cosas, cómo exige, desea, quiere, si es un hombre que interviene valientemente en las condiciones de la vida o que se retira mansamente, si es pedante o magnánimo, en otras palabras, las cualidades relacionadas con los impulsos de la voluntad, las encontramos prestadas en cierto modo del padre. En cambio, todo lo que es movilidad del alma, intelectualidad, lo encontramos traspasado de la madre. - Ahora, sin embargo, se hace evidente una diferencia interesante, que sólo puede observarse si se observa el ámbito completo de la vida. Entonces también se encontrarán pruebas de ello en todas partes. Concretamente, con respecto al género, se hace evidente una enorme diferencia. Se puede decir que para un hijo la relación con el padre y la madre se describe básicamente de forma bastante maravillosa en las palabras de Goethe: "Del padre obtuve la estatura, la conducta seria de la vida", es decir, todo lo que se refiere a la relación del ser humano con el mundo exterior - "de la madre la naturaleza alegre, el deseo de fabular", es decir, todo el camino de la vida espiritual. Pero si ahora miramos a la hija, vemos de una manera bastante extraña que las cualidades paternas aparecen en la hija de tal manera que ahora se elevan un peldaño más arriba de la naturaleza de los impulsos de la voluntad, de la naturaleza que se expresa más en la relación con el entorno - en el alma. Por lo tanto, se puede encontrar en un padre - y esto, por supuesto, sólo se aplica en las mismas circunstancias - que capta valientemente en todas partes, que tiene un vivo interés en esto o aquello y por lo tanto vive una cierta seriedad en su relación con su entorno, que estas cualidades son tomadas por la individualidad de la hija de tal manera que se elevan en el alma, que hay una hija con una vida espiritual seria, con la vida de carácter del padre incorporada al alma, que hace más móvil lo que tal vez es difícil de mover en el padre, de modo que las cualidades más importantes, que encontramos más externamente en el padre, se muestran más interiorizadas en la hija.

Por eso podemos decir: Los rasgos de carácter del padre perviven en el alma de la hija, los rasgos del alma de la madre, la agilidad del espíritu así como los talentos y capacidades que se pueden desarrollar perviven en el hijo. La madre de Goethe, la vieja señora Rat, era una mujer que sabía fabular, en la que la imaginación funcionaba de la manera más maravillosa. Esto descendió un escalón con el hijo, en él se convirtió en una disposición, en una organización, de modo que el hijo Goethe tuvo la capacidad de dar a la humanidad lo que vivía en la madre. Así vemos cómo las cualidades maternas se rebajan un peldaño en los hijos, de modo que se convierten en capacidades orgánicas, mientras que las cualidades paternas son elevadas un peldaño por las hijas, de modo que nos lleguen a nosotros interiorizadas, espiritualizadas. Tal vez nada sea más característico de esto que el bello contraste de Goethe con su hermana Cornelia, que ya era completamente la vieja Rata, que era una naturaleza tranquila y seria, interiorizada, espiritualizada, y que, por tanto, ya podía ser lo que el poeta necesitaba en la infancia: una camarada extraordinariamente buena.  Ahora tengan esto en cuenta y consideren cómo Goethe, según su descripción, no pudo conseguir una relación favorable con su padre. Ello se debía a que las cualidades paternales estaban enajenadas en el viejo consejero. Lo que Goethe necesitaba eran estas cualidades, pero no podía comprenderlas tal como estaban presentes en su padre. Allí estaban bien. En su hermana se habían convertido en anímicas, por lo que podía ser una buena camarada para él.

Recorran conmigo la historia y verán cómo a cada paso se confirma lo dicho, y cómo, dondequiera que se tengan indicios, se puede dar confirmación histórica de tal cosa. La confirmación más hermosa a este respecto la tenemos de la madre de los Macabeos, que, con una grandeza heroica, hace que sus hijos se enfrenten a la muerte por lo que ella cree y por lo que creyeron sus padres, con las grandes y hermosas palabras: "¡Yo os he dado lo físico exterior; pero Aquel que hizo el mundo y al hombre os ha dado lo que yo no pude daros, y Él se encargará de que lo recuperéis si lo perdéis por causa de vuestra fe!". Cuántas veces se nos presenta el elemento maternal en la historia: desde la madre de Alejandro y la madre de los Grachi hasta nuestros días, cuando vemos cómo aparecen cualidades en el ser humano, que este ser humano es capaz de tener un efecto en el entorno, al disponer de los talentos y del organismo anímico-corporal para ello.

Podríamos buscar en la historia de los hombres importantes donde quisiéramos: en todas partes encontraremos las cualidades maternas traducidas de tal manera que han descendido un peldaño más, que se han convertido en capacidades que se han puesto en práctica en la vida. Tomemos el ejemplo de la madre de Bürger y de su padre, de quien también había heredado el rasgo de la fuerza de voluntad. Básicamente, tenía poco en común con su padre; el padre era feliz cuando no tenía que preocuparse por el desarrollo del pequeño; la madre, sin embargo, tenía una mente maravillosamente ágil, era ella quien poseía la expresión gramatical y estilística adecuada. Esto era a su vez necesario para el poeta; él tomó estas cualidades de su madre, y surgieron precisamente porque pertenecía a la siguiente generación. O pensemos en Hebbel, en cómo se relacionaba con su padre. Cualquiera que conozca más de cerca al poeta Hebbel sentirá ya un eco de la herencia de su padre en toda la dura idiosincrasia y terquedad de sus intereses. El viejo maestro albañil Hebbel ya había transmitido mucho en este sentido a su hijo. Pero el hijo y la madre se entendían, y fue la madre quien protegió al hijo para que no se convirtiera en maestro albañil en su lugar de nacimiento, en lugar de entregar más tarde sus dramas a la humanidad. Es conmovedor leer cómo el propio Hebbel relata en sus maravillosos diarios lo que le unía a su madre. 

Estos ejemplos podrían multiplicarse hasta el infinito. Pero de ningún modo debemos -porque creamos observar en la vida que aquí o allá nos encontramos con otro- sacar de ello la conclusión de que las cosas están mal. Eso sería como si alguien dijera: Los físicos nos demuestran la ley de la caída de los cuerpos; ¡yo les demostraré ahora, acoplándoles todo tipo de artilugios, que la ley puede ser interferida! - Pero las leyes no están para que tengamos en cuenta todas las circunstancias, sino para que tengamos presente lo que está en cuestión. Tal como debemos hacerlo en la ciencia natural, así debemos hacerlo en la ciencia espiritual. Pero la ciencia espiritual aún no ha avanzado lo suficiente como para proceder del mismo modo. Si tenemos esto en cuenta, podremos encontrar confirmada en todas partes la mencionada ley de la herencia paterna y materna. Pero cuando miramos a la totalidad del ser humano, debemos tener claro que lo que llamamos alma humana, y lo que vive en el conjunto, también organismo anímico-corporal del ser humano, no es nada simple. Se puede tener de nuevo sin reservas la voluntad de trivializar y decir: ¿Por qué tenéis los antropósofos la rareza de distinguir tres miembros anímicos en el alma y muchos miembros en la naturaleza humana? Habláis de un alma sensible, un alma intelectual y un alma consciente. Sería mucho más sencillo hablar del alma como una entidad unificada en la que tienen lugar el pensar, el sentir y la voluntad -es ciertamente más simple, más cómodo- y también trivial. Pero al mismo tiempo esto es también algo que la contemplación científica del hombre no puede en verdad promover. Pues no es del anhelo de dividir y hacer muchas palabras de donde surge la división del alma humana en alma sensible, es decir, en aquella parte que primero entra en contacto con el entorno y recibe las percepciones y sensaciones del exterior, en la que también se desarrollan los deseos y los instintos, y que luego ha de separarse de aquella parte en la que lo adquirido ya ha sido procesado en cierto sentido. Ponemos en actividad nuestra alma sensible <enfrentándonos al mundo exterior, recibiendo de él impresiones de color y sonido, pero también dejando aflorar lo que como seres humanos normales no tenemos a mano en un primer momento: nuestros impulsos, deseos y pasiones. "Pero cuando nos retraemos y procesamos en nuestro interior lo que hemos captado a través de las percepciones y demás, de modo que lo que estimula en nosotros el mundo exterior se transforma en sentimientos, entonces vivimos en el segundo miembro del alma, en el intelecto o alma racional. Y en la medida en que dirigimos y guiamos nuestros pensamientos y no nos dejamos llevar por la corriente, vivimos en el alma consciente. 

En la "Ciencia Oculta" o en la "Teosofía" verán que los tres miembros del alma tienen muchas más relaciones, -de distinto tipo-, con lo que hay en el mundo exterior, no porque nos satisfaga la división, sino porque lo que llamamos alma sensible está asignada al cosmos de una "manera" muy diferente a lo que llamamos alma consciente.

El alma consciente es la que aísla al ser humano, la que le hace sentirse como un ser encerrado en sí mismo. Lo que llamamos alma racional le pone en relación con su entorno y con todo el cosmos, a través del cual es un ser que aparece como un extracto, como una confluencia de todo el mundo. A través del alma consciente, el hombre vive en sí mismo, se aísla. Lo más importante que se experimenta en el alma consciente es lo que se desarrolla más tarde en la vida: la capacidad de pensar lógicamente, de tener opiniones, pensamientos, etc. Eso radica en el alma consciente. Con respecto a estas cualidades, el núcleo individual del ser humano, que viene a la existencia a través del nacimiento, está de hecho más predispuesto al aislamiento. Este núcleo más íntimo del ser se desarrolla más tardíamente en el hombre. Mientras que su envoltura, su organización corporal, surge más pronto, su individualidad real surge más tarde. Pero tal como es el hombre en la actualidad, -era diferente en el pasado y será diferente en el futuro-, desarrolla efectivamente sus opiniones, conceptos, ideas en la parte más aislada de su ser. Por tanto, son los que menos influyen en el conjunto de la estructura y formación de su personalidad total y sólo emergen como anexo cuando la personalidad total está firmemente establecida, plásticamente formada. 

Allí vemos cómo los dones del ser humano se desarrollan en un cierto orden. En el alma sensible o impulsiva lo primero que vemos es lo que vive en el elemento menos aislado y separado del ser humano. Pero ésta tiene también el mayor poder para intervenir en toda la organización humana. Por eso tenemos que tratar de acercarnos lo menos posible al niño con opiniones, teorías, ideas, cuando esta alma sensible está formándose más intensamente desde dentro. Sólo podemos acercarnos al niño si permitimos que su alma sensible actúe, tal como se describe en mi trabajo "La educación del niño desde el punto de vista de la ciencia espiritual", y especialmente en los primeros años de vida debemos procurar que no se desarrollen teorías ni enseñanzas, sino que se anime al niño a imitar, que se le muestre lo que debe imitar. Esto es de infinita importancia, porque este instinto de imitar es una de las primeras disposiciones sobre las que se puede actuar. Las exhortaciones y las enseñanzas tienen el menor efecto en este momento. Lo que el niño ve, lo imita, porque se forma a sí mismo de la manera en que debe formarse de conformidad con su interconexión con el mundo exterior. En los siete primeros años sentamos las primeras bases de todo el ser personal del niño cuando le modelamos lo que puede imitar, cuando adivinamos cómo debemos comportarnos en su entorno. Este es, sin embargo, un principio educativo de lo más extraño para muchos. La mayoría de la gente pregunta cómo debe comportarse el niño, y encima, ahora viene la ciencia espiritual con sus exigencias: la gente debe aprender del niño cómo debe comportarse en su entorno, ¡hasta las palabras, las actitudes y los pensamientos! Porque el niño es mucho más receptivo en su alma de lo que se suele creer, sobre todo más receptivo que el ser humano adulto. Hay personas con cierta sensibilidad que se dan cuenta inmediatamente, por ejemplo, cuando entra una persona que echa a perder el buen humor. Esto ocurre en gran medida con los niños, a pesar de que hoy en día se les presta poca atención. Y depende mucho menos de lo que uno haga en detalle que del tipo de persona que uno intente ser, del tipo de pensamientos e ideas que uno abrigue.  No basta con que uno se lo oculte a los niños y se permita pensamientos que no deberían ser para el niño, sino que nuestros pensamientos deben vivirse de tal manera que tengamos la sensación: esto puede vivir en el niño y debería vivir. - Eso es incómodo, pero sin embargo ¡correcto! 

A continuación, cuando se ha producido el cambio de dientes, entra en consideración lo que podemos llamar: construir basándose, -ahora no en lo que el ser humano hace, sino en lo que el ser humano alberga en sí mismo como personalidad-, construir basándose en la autoridad. Eso es lo más importante, que el niño en los primeros años de vida pueda vivir lo que hablamos, hacemos y pensamos, y que en la segunda época sienta en nosotros a una persona sobre la que pueda construir, para que pueda decir: ¡Es bueno lo que hace! No es que a partir del séptimo hasta el decimocuarto o decimosexto año de vida amonestamos al niño sobre el principio de desarrollar una teoría moral, haciéndole ver: esto debe hacerse, esto debe omitirse, - sino que le damos al niño el mejor tesoro cuando, con el alma mental o racional puede sentir: Es bueno lo que hace el que está a mi lado; ¡debo abstenerme de lo que él se abstiene! - Esto tiene una importancia infinita. 

Hasta los catorce o dieciséis años no comienza para el hombre la posibilidad de construir sobre la parte más aislada de su ser, sobre el alma consciente, es decir, sobre lo que se forma en el alma consciente: sobre sus opiniones, conceptos e ideas. Pero éstos deben tener primero una base firme, y ésta debe ser creada. Si no la creamos brindando la oportunidad mediante la educación, tal como la individualidad nos permite reconocerla, si no creamos así un camino libre para el desarrollo, entonces el hombre será apresado por otro elemento: por la solidez de su naturaleza envolvente. Entonces se aliena; entonces no interviene su individualidad, que va de vida en vida, sino que se convierte en esclavo de su organización corporal, que subyuga al hombre desde fuera. El hombre lo demuestra por el hecho de que no es dueño en su parte anímico-espiritual, sino que depende por completo de su organización anímico-corporal, la cual muestra cualidades rígidas que son inmutables. En cambio, una persona en la que hemos procurado, que sus disposiciones salgan a la luz en la medida de lo posible, conserva una cierta movilidad a lo largo de toda su vida, y aún puede abrirse camino en situaciones nuevas más adelante. Con la otra, por el contrario, la organización se exterioriza, adquiere formas rígidas, y el ser humano las conserva durante toda la vida. Vivimos en una época en la que se valora poco la individualidad del ser humano y en la que, por lo tanto, hay pocas oportunidades de convencerse de que la individualidad sigue siendo móvil y activa en etapas posteriores de la vida y puede abrirse camino en nuevas situaciones y verdades. Aquí llegamos a un capítulo en el que podemos ver cómo algunas personas simplemente tienen que enfrentarse a la vida. 

Cuántos se esfuerzan, -cuando han analizado una visión del mundo de tal modo que están convencidos de ella-, por convencer también a los demás de la misma. Ellos creen que es un esfuerzo muy loable cuando dicen: Puesto que yo lo veo tan claro, ¡debería ser capaz de llevar a todo el mundo a esta convicción! Pero eso es una ingenuidad. Nuestras opiniones no dependen en absoluto de que algo se nos demuestre lógicamente. Eso solo es posible en muy pocos casos. Porque las opiniones y convicciones del hombre se forman a partir de fundamentos muy diferentes de su alma: de su naturaleza volitiva, de su naturaleza mental y de sus sentimientos, de modo que un hombre puede comprender muy bien tus argumentos lógicos, puede captar tus sagaces conclusiones, y después no las asume en absoluto por la sencilla razón de que lo que un hombre cree y profesa no fluye de su lógica o de su entendimiento, sino que proviene del conjunto de su personalidad, es decir, de aquellos miembros en los que surgen la voluntad y la mente. Nuestros pensamientos, sin embargo, son esa parte de nosotros que emerge a más tardar de todas nuestras disposiciones, cuando la organización corporal hace tiempo que se ha completado. Este es el campo más aislado. Aquí encontramos la parte menos accesible a los demás. Podemos conseguir más si llegamos a ellos en las partes que están más profundas: en la mente, en la voluntad. Ahí seguimos interviniendo en la organización. Sin embargo, si un ser humano ha crecido en una esfera muy materialista, digamos donde sólo se acepta la materia, lo material, entonces durante el tiempo de su crecimiento se forma una suma de impulsos de la mente y la voluntad que da forma a su físico y también a su cerebro. Más tarde puede adquirir un pensar lógico bastante bueno, pero éste ya no interviene en la modelación de su cerebro. Los pensamientos lógicos son lo más poderoso del alma humana. Por eso depende especialmente de que encontremos acceso a otras personas en el alma, no sólo en la lógica. Si alguien ya ha formado su cerebro de una determinada manera, entonces este cerebro, que sólo refleja las viejas ideas una y otra vez porque se ha vuelto físico, ya no remodela la lógica. Por lo tanto, para tales visiones del mundo que están construidas sobre la lógica más pura, más aguda, como la ciencia espiritual, no se puede esperar trabajar en la forma de ir de una persona a otra para convencerla. Si alguien que comprende el impulso científico-espiritual quiere creer que podría convencer a la gente mediante la persuasión o la lógica, si alguien quiere creer que el científico espiritual se entrega a esta ilusión, ¡está muy equivocado! Pues en nuestra época hay un gran número de tales personas que, en virtud de su personalidad total, de su naturaleza volitiva y mental, no ven en qué consiste el mundo espiritual y la investigación espiritual. De la gran masa de los que viven a nuestro alrededor, se seleccionarán aquellos que se sientan atraídos por la ciencia espiritual, que acudirán a aquello que oscuramente sospechan, que ya tienen en su alma. Una selección, una elección, sólo puede tener lugar en relación con una visión del mundo que se construye sobre lo que la lógica pura, la conciencia humana, puede abarcar. Por eso el científico espiritual se acerca a la gente y sabe distinguir: Hay alguien a quien puedes predicar durante años, pero no será capaz de responder a tus pensamientos. Primero debes llevarlo a su conciencia; puedes hablarle a su alma, pero él mismo no puede reflejarlo a partir de todo su instrumento anímico, fuera de su cerebro. El otro está construido de tal manera que tiene la posibilidad de responder a lo que la ciencia espiritual muestra en su forma lógicamente desarrollada, y por lo tanto también encuentra su camino hacia lo que básicamente ya vive en su alma.

Así es como debemos abordar las grandes tareas culturales del presente o del futuro. Sólo cuando reconozcamos cómo la personalidad total del hombre se relaciona con lo que el hombre puede absorber gradualmente en el curso de su desarrollo y educación de nuevas verdades, de tales cosas que ahora deben unirse realmente con su personalidad, - cuando uno se haya dado cuenta, a su vez, de cuán básicamente lo espiritual anímico es el modelador, el escultor, el artista para lo que es anímico-corporal, entonces se concederá también mayor importancia al desarrollo de lo anímico-espiritual, en el hombre, de tal modo que éste -especialmente en los años en que es accesible a la educación- lo ponga poderosamente en sus manos en relación con el modo en que puede trabajar lo anímico-corporal. Debemos tener claro que se puede pecar mucho en este sentido.  Vemos en nuestras representaciones cómo las preferencias humanas y demás contribuyen mucho más a la formación de opiniones que la pura lógica. La lógica pura sólo podría hablar cuando los deseos y los instintos callan por completo. Antes de eso, debe quedar claro que si creemos haber formado unilateralmente las disposiciones de un ser humano en un campo determinado, entonces aquello que hemos dejado de lado saldrá a la luz de una "manera" extraña. 

Supongamos que educamos a una persona de tal manera que sólo expresamos las disposiciones abstractas, como se hace a menudo en la escuela.  Entonces los conceptos puros y las ideas abstractas no pueden intervenir en el conjunto de la mente y de la vida emocional. Esta queda entonces sin desarrollar, sin formar, y aflora después en todo tipo de formas triviales de vida. Entonces, a menudo se hacen visibles dos naturalezas más tarde en la vida. Incluso en personas de alta posición, si no han sido capaces de desarrollar en sí mismas lo que subyace en las profundidades de la personalidad, la preferencia, la inclinación, la simpatía, que yace más profundamente, se hace sentir de un modo diferente. ¡Qué alumno no habrá experimentado, frente a un examinador, por muy inteligente que sea, que es capaz de sondear mucho en su ciencia, cómo esta unilateralidad se expresa por el hecho de que tiene preferencia por la forma en que quiere oír las respuestas! Y ¡ay de muchos de ellos si no saben poner en palabras lo que el examinador quiere que digan!

En un libro de psicología de Moriz Benedikt se dicen muchas cosas correctas sobre los errores de la educación humana en este sentido. También lo que es una verdad: que una vez dos aspirantes fueron examinados por dos examinadores, y resultó ser un percance que uno de los aspirantes diera las respuestas al examinador A. como si el examinador B. hubiera hecho las preguntas.  Si se le hubiera permitido dar las respuestas a este último, habría aprobado el examen brillantemente. Y el otro de los candidatos se encontraba en el caso contrario. Por lo tanto, ¡ambos suspendieron! 

Esto puede mostrarnos cómo revestir muy bien de formas lógicas lo que es incontestable. Pero en cuanto no estamos en condiciones de sumergir nuestros conceptos en la educación del pensar durante la educación, no se puede encontrar un campo adecuado desde el que educar sobre el ser humano. ¿Cómo debemos relacionarnos entonces con el ser humano? Debemos comportarnos de tal manera que en el momento en que el hombre aún debe ser educado preferentemente de forma plástica y cuando los conceptos y las ideas abstractas son menos eficaces, nos acerquemos a él lo menos posible con conceptos e ideas abstractas, sino con ideas lo más pictóricas posible. Por eso he insistido en que se incluya en los conceptos lo pictórico, lo vívido, lo que se desvíe lo menos posible de lo que tiene imagen, forma, contorno. Pues lo que se recibe así como imagen, como forma o como forma de la imaginación, tiene un gran poder para intervenir en nuestra organización corporal. Que lo pictórico, que se nos presenta en la forma, interviene en la organización corporal, podéis deducirlo ya del hecho de que veis lo poco que ayuda si persuadís a un enfermo que se encuentra en una situación determinada:  Debes hacer esto, no debes hacer aquello.  Eso ayuda muy poco. Pero si se monta un aparato parecido a una máquina de descargas eléctricas, de modo que el enfermo pueda hacerse esta imagen, se le dan dos asas en la mano, sin dejar pasar corriente alguna, -¡teniendo sólo ante sí la imagen, entonces siente la corriente, y entonces ayuda! Pero allí donde se declama tan bellamente que la imaginación desempeña un gran papel, debemos tener claro que no se trata de toda imaginación, sino sólo de la figurada.

Vivimos en una época en la que poco a poco se ha hecho costumbre que se rinda muy poco homenaje al principio de la ciencia espiritual, según el cual el hombre llega a ser capaz de formar conceptos e ideas sólo de los catorce, dieciséis años a los veintiuno, veintidós años, que uno toma allí conceptos que sólo se formarán más tarde; pero hoy el hombre llega a estar maduro incluso antes de la expiración de esta edad, para escribir artículos periodísticos sobre y bajo la línea, que se imprimen y luego son aceptados por el pueblo. Resulta entonces difícil alejar los conceptos abstractos de la edad caracterizada y poner ante los ojos del hombre lo pictórico, lo vívido. Pues lo pictórico tiene el poder de intervenir en la organización anímico-corporal.

Lo que digo ahora siempre se puede encontrar confirmado, sólo que la gente no siempre le presta atención. Moriz Benedikt, por ejemplo, se queja de que muchos alumnos de instituto suelen ser tan torpes en la edad adulta. ¿A qué se debe? Se debe a que toda la educación es tan poco específica, se preocupa tan poco de lo visual y sólo se atiene a conceptos abstractos, incluso en la enseñanza de idiomas. En cambio, podemos sentir cosas pictóricas, que vienen a nosotros porque los propios objetos vienen a nosotros en imágenes, directamente a nuestras manos. Se podría decir: si quieres imaginar un objeto, debes moverte de tal manera que sientas con la mano en un círculo o en una elipse que crece junto con el objeto en imágenes. No sólo la imitación en la destreza manual, sino sentir y aprender a amar las cosas nos muestra cómo la imaginación pictórica y vívida tensa nuestros miembros, los hace flexibles y móviles. Hoy en día podemos encontrar a muchas personas que, cuando se les arranca un botón, no saben coser uno nuevo. Eso es una gran desventaja. Lo importante es que podamos intervenir en el mundo exterior con todo lo que tengamos. Por supuesto, no podemos aprenderlo todo. Pero podemos aprender cómo lo anímico-espiritual se desliza desde lo espiritual a lo anímico-corporal y cómo flexibilizar así nuestros miembros. Y nadie a quien hayamos instruido en la juventud a sentir por aquello que está fuera de él, será una persona torpe más tarde en la vida. Porque lo que ya está por debajo del umbral de nuestra conciencia, puede actuar esencialmente en nuestra organización. Lo mismo ocurre con la lengua. Se aprende mejor una lengua en el momento en que aún no se es capaz de comprenderla gramaticalmente, pues allí se aprende con la parte del ser anímico que pertenece a capas más profundas. 

Así es como se ha desarrollado la humanidad, y así es como debe desarrollarse el ser humano individual. Ya he señalado en otro lugar cómo Laurenz Müllner, en un discurso ante el Rectorado, llamó la atención sobre la Iglesia de San Pedro en Roma, lo magníficamente que se alza allí, cómo las leyes del espacio se ocultan en la mecánica de la cúpula, de modo que uno ve la mecánica del espacio expresada de la manera más maravillosa.  Pero ahora señalaba que las leyes que Miguel Ángel había expresado en ella fueron luego encontradas por Galileo a través de su espíritu elevado y así nos dio la ciencia mecánica en primer lugar. También señalé que el día de la muerte de Miguel Ángel casi coincide con el día del nacimiento de Galileo, de modo que las leyes abstractas de la mecánica, -lo que vive en el alma consciente del hombre-, aparecieron más tarde que lo que Miguel Ángel construyó en el espacio a partir de los miembros más profundos del alma. Así como los miembros superiores del alma se desarrollan sobre la base de los inferiores, así como debemos formar nuestros miembros sobre la base de las disposiciones para luego volver la vista atrás y tener un concepto de ellos, así sucede también en la vida individual. También en la vida individual el hombre debe estar rodeado de la sociedad humana, debe situarse en aquello que le sumerge como en una atmósfera, en el alma espiritual de nuestro entorno.  Entonces se moldea y se forma lo que el ser humano trae a la existencia. Pero el ser humano no sólo trae lo que le es dado por línea hereditaria, sino que esto está determinado de la manera más múltiple por una tercera, por la individualidad eterna del ser humano.  Esta individualidad del hombre necesita las cualidades heredadas, debe adquirirlas y desarrollarlas. Esto también es superior a lo que viene a la existencia con nuestra individualidad. 

Nosotros venimos a la existencia al nacer, donde una espiritualidad creadora, productiva, en la que aún no podemos formar conceptos, se apropia del material plástico de la línea hereditaria. Sólo más tarde se añade el alma consciente. Así vemos un individuo en la naturaleza humana que forma plásticamente las capacidades y talentos. Cuando nos convertimos en educadores, nuestra tarea es que lo que consideramos un enigma espiritual debe resolverse a su vez en cada ser humano.

Todo esto nos remite a un estado de ánimo. Cuando Goethe excavó los huesos de Schiller y encontró su cráneo. cráne y vio cómo se pronunciaban las formas, cómo la individualidad humana había trabajado en él, cuando vio que el espíritu fluido de Schiller tuvo que amoldarse a esta forma para que pudiera convertirse en lo que se convirtió. Goethe fue capaz de expresar esto con los pensamientos:

¿Qué más puede ganar el hombre en la vida,
que la naturaleza de Dios se le revele,
Cómo convierte lo sólido en espíritu,
¡Cómo preserva firmemente lo que es generado por el espíritu!
Tal afirmación de Goethe debe entenderse a partir de la situación. Quien la tome sin mirar lo que se expresa como generado por el espíritu en la forma sólida, la entiende erróneamente. Pero tampoco la entiende quien no sabe cuán profundamente Goethe tuvo penetración en el eterno tejer de una individualidad que va de nacimiento en nacimiento y se encarna de nuevo una y otra vez y es el verdadero arquitecto del ser humano. Cómo hemos recibido del espíritu los órganos que a su vez son órganos del espíritu, esto se puede decir básicamente de forma sencilla mediante una comparación infantil: el reloj nos muestra la hora, pero no podríamos necesitarlo si el espíritu humano no lo hubiera formado primero. -Necesitamos nuestro cerebro para pensar en el mundo físico, pero no podríamos necesitarlo para pensar si el espíritu del mundo no lo hubiera formado. Y no lo habríamos formado con tanta individualidad si nuestra individualidad no se hubiera vertido como algo generado por el espíritu en nuestro cerebro, formado así a partir de la especie humana.

Entonces comprendemos más profundamente lo que hoy hemos podido expresar, y lo que Goethe quiso decir al señalar aquello que en el hombre, en su esencia, es decisivo para todos sus talentos y capacidades, como si los astros se percibieran como cualquier situación en el mundo, y cómo aquello que se desenvuelve en el ser interior del hombre como algo eterno sólo atraviesa la puerta de la muerte para avanzar hacia nuevas formas de desarrollo. En resumen, podemos resumir lo que hemos considerado hoy en el estado de ánimo del pensamiento de Goethe, que expresa en las "Palabras primordiales órficas":

Como en el día que te dio al mundo,
El sol se levantó para saludar a los planetas,
Has florecido inmediatamente y para siempre
Según la ley por la que empezaste.
Así es como debes ser, no puedes escapar de ello,
Así lo dijeron las sibilas, así lo dijeron los profetas;
Y no hay tiempo ni poder que pueda desmembrar
¡La forma que evoluciona viva!
Traducido por J.Luelmo feb2023