CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 30

GA316 Dornach, 25 de abril de 1924 Sobre la naturaleza de los elementos constituyentes del ser y sus relaciones recíprocas.

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Sobre la naturaleza de los elementos constituyentes del ser y sus relaciones recíprocas.

Dornach, 25 de abril de 1924

¡Queridos amigos!

Hoy me gustaría compartir con ustedes algunas reflexiones a raíz de las consideraciones que se han planteado y, a continuación, profundizar un poco en el tema general al que se refieren las preguntas que han formulado cada uno de ustedes. Me gustaría decir ahora algo que conviene considerar solo después de haber dado prioridad a las reflexiones que se han venido realizando en los últimos días. En concreto, es necesario no situar las verdades generales en primer plano, sino pasar a lo general solo después de haber vivido algunas experiencias, porque solo así lo general adquiere su matiz real y auténtico. Así pues, partamos de la base de que, de los cuatro miembros de la naturaleza humana —el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo—, cada uno de ellos tiene su estructura particular. El cuerpo físico y el cuerpo etérico tienen una estructura espacial-temporal, mientras que el cuerpo astral y el yo tienen una estructura puramente espiritual. Para hacerse una idea de una estructura puramente espiritual hay que decirse a uno mismo: la estructura espiritual no es espacial ni temporal. El espacio y el tiempo han desaparecido. —Pero si me imagino la cosa de este modo, puedo también visualizar la estructura espiritual y, de ese modo, representármela. Esto ocurre en la conciencia imaginativa. Ahora bien, han de tener presente que nos encontramos, por un lado, ante una estructura físico-etérica que, en el ser humano dormido, está completamente separada de la estructura espiritual-anímica y, por otro lado, ante una estructura espiritual-anímica.

Verán, cuando observamos a una persona que duerme, vemos una estructura físico-etérica muy marcada en esa persona dormida, que ha separado de sí misma su «yo» y su cuerpo astral, y tenemos, a su vez, la estructura anímico-espiritual, separada del cuerpo físico y del cuerpo etérico. Son muy distintas entre sí. La estructura físico-etérica se caracteriza por diferenciarse en los distintos órganos, como un organismo que, en cierto sentido, ha expulsado los órganos individuales desde el centro de la vida. La estructura astral y la del yo se caracterizan más bien por ser impulsadas desde fuera hacia dentro, es decir, se forman más bien mediante una invaginación, de modo que lo esencial en este proceso es la eliminación del espacio y también la eliminación del tiempo mediante dicha invaginación. Lo esencial es que ambas estructuras —la físico-etérica y la anímico-espiritual— son fundamentalmente diferentes entre sí. Ahora bien, en el ser humano que se encuentra en estado de vigilia en el mundo físico, la estructura espiritual-anímica, osea, la organización astral y la del yo, están integradas, —por utilizar una expresión que no es del todo correcta, pero que puede ilustrar la cuestión—, en la organización físico-etérica. Se interpenetran entre sí en un grado determinado. Así pues, en cada órgano físico —que, como es sabido, está impregnado de calor y luz por su cuerpo etérico, y en el que también se manifiesta la vida, ya que el cosmos actúa a través del cuerpo etérico—, en cada órgano físico observamos, en el ser humano despierto, la intervención tanto de la organización del «yo» como de la organización astral. Ahora imagínese simplemente lo siguiente: la organización del «yo» y la organización astral imponen su propia estructura a algún órgano o sistema orgánico; es decir, en otras palabras: algo que debería tener una estructura física y etérica adquiere una estructura espiritual, se convierte en un reflejo de la organización astral y del «yo». En el fondo, esta es, de manera universal, la causa de las enfermedades físicas. En términos generales, la causa de la enfermedad física es que, en algún punto o en su conjunto el cuerpo del ser humano se vuelve demasiado espiritual. Por eso, la observación adecuada y dedicada del enfermo resulta tan enormemente esclarecedora, —como se tenía muy en cuenta sobre todo en la antigüedad—, para el conocimiento del ser humano espiritual. Piénsenlo: en la antigüedad, cuando se tenía una percepción de la naturaleza humana totalmente diferente a la actual, —no digo esto para que surja de algún modo el deseo de que se retome y se convierta en el método actual—, pero en la antigüedad, cuando se tenían concepciones más sólidas sobre el ser humano, estas se manifestaban también a través de fenómenos como este: Cuando se consideraba necesario para la salvación del alma de una persona que tenía opiniones heréticas, se la quemaba. Los quemaban, al menos supuestamente por el bien de sus almas, a los herejes, para que se liberaran de aquello que, tras su muerte, les habría condenado a terribles tormentos. Antes era una especie de espectáculo que más tarde se volvió brutal. Se tenían concepciones más rígidas sobre el ser humano, y así sucedió que, por ejemplo, a una persona a la que se consideraba sana, se le administraba, digamos, melisa en un preparado concreto. Cuando se le administraba melisa de una forma determinada, su conciencia se veía impregnada de un ligero matiz onírico. Se volvía más soñador de lo que era antes de la administración de la melisa, pero a cambio se iban alojando en su conciencia sutiles imágenes imaginativas. Si se le trataba, por ejemplo, con hioscio de una manera determinada, entonces desarrollaba una predisposición muy fuerte a las inspiraciones. A través de tales investigaciones se descubrió, por ejemplo, lo siguiente: se comprobó que, al estimular el plexo solar con hioscio, este se impregnaba de energía. Se descubrió que, en ese momento, el cuerpo astral y la organización del yo intervenían fuertemente en el plexo solar, o se observó que todo el riego sanguíneo del cerebro se intensificaba en un grado mínimo, —pero muy significativo—, cuando se le administraba al sujeto jugo de melisa, ya que la organización del yo interviene fuertemente a través del cerebro. Y así se exploró al ser humano en su totalidad, cómo podía alcanzar un nivel espiritual y cómo se podía observar en cada uno de los órganos cómo estos podían volverse más espirituales. Es un prejuicio pensar que pensamos con la cabeza. Eso no es cierto en absoluto. Pensamos con las piernas y con los brazos; y lo que ocurre en los brazos y las piernas, la cabeza lo observa y lo capta en las imágenes de los pensamientos. Nunca conocerían, —ya se lo dije en el curso de Navidad—, la ley del ángulo si no caminaran. Nunca llegarían a conocer las leyes mecánicas del equilibrio si no las aprendieran a través de su propio centro de gravedad, que desplaza en el subconsciente. En cuanto se desciende al cuerpo astral, que procesa todo esto en el subconsciente, el ser humano, aunque a veces sea completamente insensato en el mundo físico, extraordinariamente sabio, porque todo lo que allí se desarrolla, por ejemplo en geometría, al caminar, al sentirse a uno mismo, porque todo eso, si se me permite recurrir a la paradoja, se conoce perfectamente en el subconsciente y luego es contemplado por el cerebro. Bueno, verá,, cuando la organización espiritual-anímica interfiere demasiado en la organización físico-etérica, surge la enfermedad física, y antiguamente se examinaba simplemente el espíritu a través de los órganos físicos, porque todo aquello de lo que se puede decir que es un don de lo alto es, precisamente, espiritual, es decir, espiritual-anímico. Ahora bien, hay que distinguir entre aquello que el ser humano recibió como don de lo alto por vía puramente espiritual. Eso siguió llamándose simplemente «don». Pero, tomemos un ejemplo: la belladona.

Mientras que en las plantas suelen actuar los elementos físico y etérico, en la belladona actúa con gran intensidad desde el exterior lo cósmico-astral, y en todo aquello en lo que lo espiritual, —ya sea lo astral o aquello que en el cosmos corresponde a la organización del «yo»—, actúa sobre las plantas o los animales, surgen los venenos en contraposición a los dones espirituales. Pero son, sin duda, el correlato de lo espiritual, porque en las plantas y los animales son aquello que va más allá de lo vegetal y es de naturaleza cósmico-astral. Cuando canalizamos lo astral a través del hioscio, simplemente conducimos lo que vive en el manto térmico de la Tierra, —con el que limita la atmósfera—, hacia el plexo solar del ser humano, e incluso ya hacia su diafragma. Pero si tomamos la melisa, que no es propiamente un veneno, entonces obtenemos ese efecto sutil de lo espiritual, que solo se manifiesta en el aturdimiento. Se podría decir que, en el caso de la melisa, la formación del veneno se encuentra en su estatus nascendi. Esto nos lleva a la siguiente regla: la enfermedad física es la espiritualización excesiva del organismo físico o de sus partes. Ahora bien, puede ocurrir algo más. Puede suceder que, mientras el ser humano se encuentra en estado de vigilia, la estructura espiritual-anímica de su cuerpo astral o de su organización del «yo» se introduzca con demasiada intensidad en algún órgano físico y que, en lugar de imponer su estructura espiritual-anímica al organismo físico mediante su fuerza, sea, por el contrario, el organismo físico le impone la estructura física, de modo que, cuando el ser humano duerme, su cuerpo astral y su Yo se convierten en una réplica de su cuerpo físico y etérico, de tal forma que el ser humano incorpora la estructura física en su cuerpo astral y en su Yo. Verán, estos dos tipos de manifestaciones de irregularidades en el ser humano se diferencian entre sí de manera muy significativa, también en la observación. En una persona enferma, el órgano enfermo se espiritualiza de forma peculiar. Se vuelve más luminoso. Se manifiesta de tal manera, como si desde fuera, desde su superficie, fuera captado por lo espiritual. Una persona enferma, mucho antes de que se aprecien signos claros en el color de su piel y cosas por el estilo, se muestra transparente a la mirada oculta, diría yo, pero al penetrar en esa transparencia se percibe lo espiritual-anímico. En el caso de una persona en la que ocurre lo contrario, es decir, que la organización espiritual-anímica adopta la estructura de lo físico-etérico, esto se aprecia en la forma en que duerme, desde el punto de vista de su naturaleza espiritual-anímica: se convierte en un espectro, un espectro ligero y etéreo de su cuerpo físico. Se mantiene similar a su cuerpo físico. De hecho, se convierte en un espectro de su cuerpo físico. Y los experimentos burdos que realizan los espiritistas en las llamadas manifestaciones se basan todos en que, —de alguna manera oculta, ya ocurre lo que digo—, se debilita el aspecto espiritual-anímico de los médiums. Eso es evidente. Entonces, sin embargo, en la cámara oscura, —y así ocurre—, el cuerpo astral debilitado y el yo debilitado pueden adoptar las formas de los órganos hasta el punto de hacerse visibles en la cámara oscura, de modo que, aunque las manifestaciones son reales, son deshonestas. Ahora bien, todas las llamadas enfermedades mentales se basan en que lo espiritual-anímico, el cuerpo astral y la organización del yo, adoptan la estructura física y etérica. En ello se basan todas las enfermedades mentales, de modo que se puede decir: las enfermedades físicas se deben a la «espiritualización» del organismo físico o de sus partes; las enfermedades mentales se deben a la «materialización», en sentido físico o etérico, de lo astral, de la organización del yo o de una de sus partes. —Esta es una verdad general que resulta extraordinariamente orientadora para el conocimiento humano.

Esto, a su vez, es algo que también guarda relación con las preguntas que han planteado algunas personas sobre la relación entre la medicina y la pedagogía. Y es que en el organismo infantil se dan todos los grados intermedios entre estos dos extremos. En un niño, la organización astral y del yo tiende más a convertir el cuerpo físico y el cuerpo etérico en espirituales; en otro niño, la tendencia es más bien a dejarse moldear por lo físico y lo etérico; y entre ambos extremos existen todas las etapas intermedias posibles. Esta ley fundamental se manifiesta también en el temperamento. Cuando ocurre que el cuerpo astral y la organización del yo tienen una tendencia muy fuerte y vehemente, —aunque no tanto como en el caso de un demente, de modo que la persona aún puede desenvolverse—, pero tienen una tendencia vehemente a adoptar formas del cuerpo físico o etérico, entonces nos encontramos ante el temperamento melancólico. En el momento en que el cuerpo astral y la organización del yo tienden a imponer con fuerza su propia estructura al cuerpo físico o etérico, nos encontramos ante un temperamento colérico; y los temperamentos flemático y sanguíneo se sitúan entre ambos. En el caso del flemático, el cuerpo astral y la organización del yo no tienen una tendencia tan vehemente, pero, en cierto sentido, sí tienden a adoptar la estructura del cuerpo físico y, sobre todo, del cuerpo etérico; en el caso del sanguíneo, lo que en realidad ocurre es que el principio vital, que se encuentra en el cuerpo etérico, está fuertemente influenciado por el cuerpo astral. Esto también se manifiesta en los temperamentos. Y vemos cómo lo que, en los casos radicales, es la pauta para el médico, —reconocer cómo, en el ser humano despierto, lo anímico-espiritual se entrelaza con lo físico-etérico—, es también la regla para el pedagogo en los estados latentes, de modo que, en realidad, la pedagogía y la medicina son disciplinas que se prolongan la una en la otra. Se trata de que, en la contemplación del ser humano, busquen llegar a la imaginación con la mayor intensidad posible, queridos amigos. Precisamente en relación con esto, ahora me gustaría darles algunos puntos de referencia.

Conocen de forma muy gráfica, —o, al menos, pueden conocerla—; conocen de forma muy gráfica la figura del ser humano en estado embrionario. Hoy en día, en la medida de lo posible, nos hemos hecho una idea de cómo es el estado embrionario en sus primeras etapas y de cómo se desarrolla posteriormente, lo que les permite formarse una imagen coherente del ser humano durante el estado embrionario. Además, pueden formarse una imagen coherente del ser humano durante la etapa de la infancia. Deben intentar formarse la primera y la segunda imagen con la mayor intensidad posible, de modo que realmente palpen con el pensamiento, que les parezca realmente como si estuvieran palpando el embrión con el pensamiento, siguiendo interiormente sus formas. A continuación, amplíe el embrión hasta el tamaño [gesto con la mano], simplemente en su mente, hasta el tamaño que tiene el niño, al que también puede mirar y observar con la misma intensidad. Y luego deslice la imagen del embrión, transformándola interiormente, hacia la imagen del niño. Si procede de forma realista, tendrá algunas dificultades en su experiencia interior. Tendrá que decirse a sí mismo: si cojo la cabeza del embrión y la amplío hasta la etapa infantil, entonces se volverá muy grande. Entonces tendré que comprimirla. También tendré que dejar que aquello que en el embrión aún es acuoso y líquido, —y que pertenece en gran medida al ser líquido—, se cristalice y coagule interiormente, para que se integre en el cerebro del embrión. Pero luego tendrán que tomar el estado embrionario de las extremidades, tendrán que estirarlas, darles forma, tendrán que ejercer internamente una actividad plástica para introducir las extremidades no plásticas del embrión en las del niño. Se trata de una tarea interior extraordinariamente interesante: introducir al embrión, en la contemplación interior, en la etapa infantil.

Entonces puede continuar. Entonces puede coger al niño y al adulto y realizar el mismo experimento. Ahí se vuelve más difícil; las diferencias entre el embrión y el niño son muy grandes, por lo que tendrá que desarrollar una gran actividad interior para llevarlo a cabo. Pero si ahora compara la infancia con el estado de adulto en una persona madura, las diferencias no son tan grandes, y resulta algo difícil adaptar una cosa a la otra. Pero si logran hacerlo, si consiguen proceder de esta manera, entonces surgirá realmente en ustedes la imaginación del cuerpo etérico humano; la imaginación del cuerpo etérico humano surgirá con relativa rapidez. —Tengan en cuenta:

Haz avanzar la primera etapa
—la etapa embrionaria—
hacia la infancia,
y la infancia
hacia la juventud:
Te aparecerá condensada
la esencia etérica del ser humano
detrás del ser corporal —
el cuerpo físico en su estructura—

E ahí una regla que pueden utilizar tan bien como las demás que mencioné ayer y en la primera clase. Solo deben tener muy claro en todo momento que adquirir la conciencia imaginativa requiere esfuerzo. No es algo que se consiga por arte de magia, sino que hay que ganárselo mediante un trabajo intenso.

Ahora pueden ir aún más allá. Pueden intentar imaginarse a un anciano, un anciano con esclerosis. Los ancianos son, hasta cierto punto, escleróticos. Y si al hacerlo tienen la sensación de que también están palpando a ese anciano esclerótico, recibirán, en esa palpación mental a través de la esclerosis, la impresión de que el anciano es, en realidad, hueco. Así pues, no tienen la impresión de que un anciano «esclerotizado», al palparlo mentalmente, sea más denso, más duro, sino, por el contrario, de que no es más duro en absoluto, de que, en realidad, succiona. Al palparlo mentalmente, tienen la sensación de como si, en el plano físico, movieran durante un rato el dedo humedecido con saliva sobre la espuma del mar. Ya sabes que, cuando se desliza el dedo humedecido por la arcilla o la espuma del mar, se tiene la sensación de que succiona. Esa sensación de succión es la que tienes ante el anciano «esquierotizado». Debes desarrollar esa sensación táctil, esa experiencia sensorial frente a la contemplación. Esto no solo ocurre con la vista, al contemplar, sino que puede darse en cualquier sentido, incluso en el sentido de la vida. Ahora tienes la densidad de la edad, que es absorbente, si lo entiendes así. Ahora, del mismo modo que antes avanzasteis en el primer caso, —deslizando la etapa embrionaria hacia la infancia y luego hacia el ser humano maduro—, ahora retroceded. Imaginad al ser humano maduro que aún no se nutre, sino que se sitúa con toda su fuerza en el mundo, y deslizad allí lo que habéis percibido en el anciano. ¿No es cierto que, al trasladar la estructura embrionaria a la estructura infantil, se lleva a cabo una metamorfosis espacial? Ahora bien, si les parece que el anciano es un ser vacío que succiona continuamente, deben hacerlo como si se llenara de fuerza al trasladarlo hacia atrás, a la edad madura. Lo que ocurre es que, al hacer ese retroceso, uno se convierte en una persona madura. Mientras que antes, cuando uno es mirado con esa fuerza desbordante, siente una especie de leve parálisis, el anciano, cuando se le empuja así hacia atrás, recupera la fuerza en sus huesos y en toda la estructura de su organismo firme. Hay que prestar más atención a este entrelazamiento interno, y entonces también hay que hacer retroceder la vejez hacia la juventud. En realidad, ahí vuelve a ser fácil. Imaginemos a una persona que ya tiene el rostro arrugado y luego hagamos que se funda con un joven de mejillas regordetas; así se producirá un equilibrio. Si logramos esto, tendremos la impresión de que el cuerpo etérico se ondula y comienza a resonar y a emitir sonidos. De este modo, se percibe la presencia de lo astral en el ser humano.

Así tienes una regla que te guía para elevarte hacia la inspiración:

Traslada la densidad de la vejez
a la etapa de la madurez humana,
y la edad madura
a la vida juvenil.
En los sonidos del mundo resuena para ti
la actividad de las almas humanas 
—es decir, el cuerpo astral—
procedente de la vida etérica.

Por lo que les estoy diciendo, también pueden ver que las instrucciones para la meditación no se dan como una orden, sino que se basan en aquello que uno puede comprender. A quien se le guía correctamente hacia la meditación no se le trata de forma tan autoritaria como ocurría antaño en el antiguo Oriente, donde tanto la educación y el desarrollo de los niños como el de los mayores se basaban en fundamentos muy distintos a los nuestros. Así pues, a quien aquí se le recomiendan prácticas de meditación, se le ofrecen de tal manera que comprenda lo que está haciendo consigo mismo. ¿No es cierto que, en Oriente, el niño contaba con la guía de su dada? Esto significaba que el niño era educado e instruido a través de la forma de vida de la persona en cuestión. No aprendía más de lo que, en cierto modo, observaba en su «dada». El adulto tenía a su gurú si quería avanzar. En ese caso, dependía de que el gurú no diera otra regla que esta: «Así es; simplemente hay que intentarlo». Esa es la diferencia. Lo que tenemos en nuestra civilización occidental es que en todas partes se apela a la libertad del ser humano, a que el ser humano sepa lo que hace. Y también se puede comprender cómo surge el conocimiento inspirado cuando, con sentido común, se ha comprendido cómo actúan la enfermedad física y la enfermedad mental, y cuando se tiene en cuenta todo lo que les he dicho hoy. Porque estas cosas se comprenden precisamente con el sentido común. Si se va más allá para comprender qué se debe hacer en la meditación interior, entonces se ha llegado, con el sentido común, hasta el límite de lo que este alcanza. El sentido común puede alcanzar todo lo que emana de la antroposofía. Cuando comienza aquello que ya no se puede alcanzar con el sentido común, este ha actuado correctamente hasta el límite, y es como si uno se encontrara frente a un lago. Allí hay un límite similar; uno sigue mirando desde la orilla del lago. En verdad, el sentido común conduce a todo eso. No deben caer en la calumnia de que difunden una visión del mundo mística y oscura, sino una que se puede alcanzar con el sentido común. Cuando dije esto una vez en Berlín, en un artículo que se escribió sobre esa conferencia me replicaron lo siguiente: «El sentido común que es sano no puede comprender en absoluto nada del mundo espiritual; y quien comprende algo del mundo espiritual, ese está enfermo, no está sano». Eso fue lo que me replicaron.

Ahora me gustaría añadir algunas cosas sobre el hecho de que, precisamente porque vuestros estudios de medicina os obligan a profundizar de forma muy íntima en toda la naturaleza y la esencia del ser humano, os encontráis, incluso siendo jóvenes, en una situación muy especial. ¿No es cierto que hay que tomarse muy en serio que el Kali Yuga ha llegado a su fin, que hemos entrado en una era de luz, aunque, debido a que lo antiguo sigue avanzando por inercia, la humanidad aún viva en la oscuridad? Desde el universo espiritual irradia una luz y nosotros, como seres humanos, nos adentramos en una era de luz; y las personas solo tienen que prepararse para acoger las intenciones de esa era de luz. Ahora bien, la juventud está absolutamente predestinada a integrarse en la era de luz; y si la juventud desarrolla con la seriedad necesaria una cierta conciencia de sí misma, al darse cuenta de que ha tenido la suerte de nacer precisamente al comienzo de la era luminosa, entonces esta juventud tendrá, en diversos grados, la posibilidad de adaptarse a lo que realmente exige el sentido del impulso evolutivo de la humanidad. Y esto exige precisamente hoy que, para explicar el mundo, se mire en todo hacia el ser humano, del mismo modo que antes se miraba hacia la naturaleza para componer al ser humano a partir de fuerzas y procesos naturales individuales. Poco a poco habrá que llegar a comprender al ser humano y a entender los distintos procesos naturales como especializaciones de lo que ocurre en el ser humano, como aspectos unilaterales de lo que ocurre en el ser humano. Cuando se llegue a ello, se establecerá también una cierta relación íntima en todo el sentir humano y en la actividad del alma, una relación que se ha buscado, pero que se ha buscado de una manera algo tumultuosa. Piensen, por ejemplo, en cómo la juventud comenzó, en cierto sentido, a idolatrar la naturaleza cuando surgió el movimiento juvenil de la «Era de la Luz». Eso era abstracto; por muy vital que se sintiera, era abstracto. En cambio, el camino de desarrollo espiritual del joven debe conducir hoy a tener sentimientos íntimos por su vínculo como ser humano con el mundo, sentimientos íntimos, y lo que asimile espiritualmente ya no debe ser ciencia para el intelecto. En ese proceso uno permanece frío, siempre se ha permanecido frío; sino que la ciencia debe configurarse de tal manera que, de hecho, ocurra algo, de modo que en cada paso que se da en la ciencia, uno se convierta también en el alma, en el sentimiento, en una persona diferente, y, por así decirlo, se familiarice con algo que había olvidado. De hecho, uno también ha conocido la naturaleza, por ejemplo, antes de descender al mundo físico. Pero entonces tenía un aspecto diferente. Hoy en día, se anula por completo en el joven lo que vivió en su existencia anterior, cuando se le remite a la visión exterior burda y robusta. Si volviéramos a abordar la percepción sensorial exterior como si en ella apareciera un viejo conocido, a quien conocemos de la vida preterrenal, entonces surgiría por doquier la sensación en el conocimiento, la sensación en el reconocimiento. Y esto debe ser, de hecho, como un torrente de sangre, debe fluir como un torrente espiritual de sangre a través de toda la vida científica y, en general, a través de todo el sistema educativo y de enseñanza del ser humano. Esta intimidad con lo real es lo que debemos alcanzar en la ciencia.

En este sentido, la época más reciente ha tenido realmente dificultades para comprenderlo. Verá, he intentado mostrar desde hace relativamente poco tiempo cómo el ser humano, cuando se enfrenta al mundo sensorial exterior, en realidad solo percibe la mitad de la realidad; cómo solo alcanza la realidad completa cuando une lo que surge en su interior con la realidad sensorial exterior. Y tuve que hacerlo así en un primer momento, porque aquella época era muy diferente a la actual. Porque las cosas, al fin y al cabo, primero deben prepararse. He tenido que exponerlo desde un punto de vista epistemológico. Pero si leen mi obra «Verdad y ciencia», verán que su objetivo es hacer resurgir en el alma humana lo espiritual que brota desde el interior. Con ello se da el primer paso hacia esta interiorización de lo científico, en particular hacia la recepción, llena de sensibilidad, de la esencia del mundo. El médico tiene precisamente esta posibilidad especial de conocer esta experiencia íntima de la realidad y, por eso, el mero hecho de ser médico le permitirá ser esa persona capaz de hacer más concreta y más cercana al corazón la abstracción del resto del movimiento juvenil, de aquellos que no son médicos por destino. De hecho, si hoy en día un joven que lleva la medicina en su interior se relaciona con otro que, por ejemplo, solo lleva el derecho en su interior y que es un pobre tipo porque solo tiene el derecho, puede profundizar en lo médico hasta el punto en que lo hacemos aquí; en el caso del jurista, eso es totalmente imposible. En la medicina aún quedaba algo de espíritu hasta principios del siglo XVIII; en el derecho, el espíritu ya había desaparecido en lo más profundo de la Edad Media, donde la gente ya ni siquiera intuye que haya espíritu en ello, sino solo notas sobre estatutos. Es muy posible que el médico, que es el primero en adentrarse en la vida concreta, pueda ejercer una influencia extraordinariamente enriquecedora sobre el resto de la juventud.

Por eso sería bueno que los distintos grupos que han surgido ahora, concretamente en el movimiento juvenil antroposófico, contaran precisamente con el apoyo de los médicos. Por supuesto, hay que tener en cuenta las circunstancias kármicas reales. Pero, ¿no es cierto que contamos con el prometedor grupo de Tubinga, que trabaja en el ámbito pedagógico y que, por ejemplo, podrá beneficiarse enormemente si cuenta entre sus filas con un médico que pueda aclarar algunas cuestiones desde el punto de vista médico? Ahora contamos aquí, aunque sea de forma provisional, con el Dr. Bockholt al frente del movimiento juvenil, y será muy positivo que el movimiento juvenil se vea enriquecido precisamente por lo que el médico experimente interiormente. Y así podremos hacer muchísimo en cada caso concreto. Pero, por otro lado, sería bueno que, de vez en cuando, si se presentara la oportunidad, se ocupara lo más posible también del trabajo pedagógico dentro del movimiento antroposófico. Si esto parte de una actitud seria, no hay ningún obstáculo para que se ocupe de ello, pero precisamente de manera seria. No se puede ofrecer a todo el mundo lo que se imparte en los seminarios de la escuela Waldorf. Pero si alguien demuestra que se toma el tema en serio, no debería haber ningún obstáculo para que conozca los cursos de los seminarios de la escuela Waldorf, siempre y cuando estas cuestiones se aborden realmente desde el punto de vista médico y se reflexione profundamente sobre lo estrechamente relacionadas que estaban, en la Antigüedad, la curación y la educación.

Tengan en cuenta que hoy en día nos hemos alejado por completo de la concepción del ser humano como un ser que entra en la vida terrenal cargado de pecados, porque la concepción moderna ya no sabe en absoluto lo que significa el pecado. ¿Qué es lo que se ha condensado en el concepto de pecado? Lo que les he mostrado aquí estos días como la ley de la herencia reside en el pecado, en el pecado original. Y también el pecado individual es, por tanto, algo que el ser humano debe superar en la segunda mitad de su vida. Debe superar de verdad el modelo pecaminoso que proviene de la herencia; también se podría decir, según los antiguos conceptos, del modelo enfermo. Pero si el ser humano conservara como propio ese cuerpo —lo que actúa en su modelo hasta el cambio de dientes—, si lo llevara consigo toda su vida, entonces a los nueve años sería una persona que… bueno, estaría cubierto de un eccema húmedo por toda la piel, si la organización siguiera así; le saldrían agujeros por todo el cuerpo, tendría el aspecto de un leproso y, a continuación, la carne se le desprendería de los huesos, si es que pudiera soportarlo. El ser humano nace enfermo en este mundo; y educar, es decir, reconocer y guiar aquello que funciona según el modelo, equivale a una curación silenciosa. En el movimiento juvenil deben actuar con esta conciencia: cuando describen la educación, deben considerarse terapeutas. Ustedes prescriben los remedios, que, por supuesto, permanecen en lo espiritual, pero que pueden pasar con fuerza a lo físico, dependiendo de hasta qué punto el niño caiga en lo patológico. En el fondo, eso es lo que tienen en la pedagogía, solo que en otro nivel, en otro plano: también un arte de curar. Y, por otro lado, cuando la persona enferma no encuentra ayuda en lo que se le puede ofrecer como guía para su propia conciencia subjetiva, para la percepción de su enfermedad, para el pesimismo u optimismo en su concepción de la vida, cuando no se puede actuar de forma pedagógica, resulta tremendamente difícil ayudarla en su proceso de curación. Si el enfermo —no quiero decir que deba tener una fe ciega en el remedio, eso sería exagerar demasiado—, pero si la individualidad del médico consigue que el enfermo perciba cómo este está impregnado de la voluntad de curar, eso provoca en el enfermo un reflejo que, a su vez, se impregna de la voluntad de recuperarse. Este choque entre la voluntad de curar y la voluntad de recuperarse desempeña un papel inmensamente importante en la terapia, hasta tal punto que se puede afirmar: hay en ello un reflejo de lo pedagógico, y en lo pedagógico, a su vez, un reflejo de la curación. Hoy en día es muy importante que las personas de todo el mundo se unan con la conciencia adecuada. Así pues, si los jóvenes estudiantes de medicina se unen al resto de la juventud con la conciencia adecuada, verán que los jóvenes estudiantes de medicina pueden ejercer una influencia extraordinariamente enriquecedora sobre los demás. Pero lo que resulta especialmente necesario es agudizar esa conciencia en ambos sentidos.

Verán, estas son las cosas que me hubiera gustado dejar grabadas en su alma y en su corazón, después de que, una vez más, hayan estado aquí de una manera tan gratificante. Espero que esto haya contribuido de nuevo a estrechar y fortalecer aún más los lazos entre sus almas y el Goetheanum, y que sientan que, precisamente en un ámbito tan concreto como el de la medicina, el Goetheanum encuentra personas que llevan al mundo lo que aquí se puede encontrar. Llegarán a tener plena conciencia de ello cuando, en su interior, se consideren parte del Goetheanum y dirijan con mayor frecuencia sus pensamientos hacia lo que, en realidad, el Goetheanum pretende hoy para el mundo y el desarrollo de la civilización. Y así, los lazos afectivos que puedan establecer con el Goetheanum serán algo que, precisamente como médicos, les ayudará de manera profunda a cumplir la tarea que en realidad se han propuesto. Con este sentimiento, he querido mantener precisamente estas conversaciones más íntimas que hemos mantenido aquí entre nosotros durante estas horas, y creo que podremos lograr muchas cosas si, ahora que hoy debemos celebrar la última sesión, llevan al mundo este sentimiento que también ha impregnado estas conversaciones. Y así es como mejor nos mantendremos unidos. El Goetheanum podrá así entenderse, en definitiva, como un centro que se ha fijado una tarea concreta. De este modo, el Goetheanum será verdaderamente el Goetheanum y ustedes serán auténticos goetheanos. Entonces serán, al mismo tiempo, los pilares fundamentales en el mundo exterior que el Goetheanum necesita, y desde este punto de vista hago un llamamiento a su alma para que se conviertan en auténticos y verdaderos goetheanos. Si lo hacemos así, todo saldrá bien.

Traslada la infancia
a la edad del niño,
y la edad del niño
a la juventud:
te aparecerá, condensada,
la esencia etérica del ser humano
detrás del ser físico.
Traslada la densidad de la vejez
a la madurez humana,
y la edad madura
a la vida juvenil.
Te resonará, en los sonidos del mundo,
la acción del alma humana
procedente de la vida etérica.


Traducido por J.Luelmo

GA101 Berlín, 13 de diciembre de 1907 - NAVIDAD UNA REFLEXIÓN DESDE LA SABIDURÍA DE LA VIDA (VITAESOFÍA)

  Índice

 

RUDOLF STEINER

   NAVIDAD   UNA REFLEXIÓN DESDE LA SABIDURÍA DE LA VIDA   (VITAESOFÍA)

XVI  ª conferencia
Berlín, 13 de diciembre de 1907

Cuando las ciencias espirituales, sean comprendidas de forma correcta y con la suficiente profundidad, volverán a conducir al ser humano, cada vez más, hacia la vida inmediata, hacia la cual no se acerca, —como se suele creer—, mediante una forma de pensar materialista, sino que precisamente se aleja de ella por culpa de ese modo de pensar.

Esta frase se ha pronunciado a menudo, aquí y allá, en tal o cual ocasión, para describir la misión de nuestro movimiento. Sin embargo, a la gente de hoy le parecerá superflua, pues muchos de nuestros contemporáneos opinan que la auténtica vida, —lo que ellos llaman «vida»—, hay que buscarla en un lugar muy distinto de lo que la ciencia espiritual puede ofrecer; y es probable que hasta algunos también piensen que el conocimiento espiritual es lo menos indicado para guiar al ser humano hacia una práctica vital auténtica. ¡Pero lo hará; lo hará tanto en lo más pequeño, como en lo más grande! La ciencia espiritual será capaz de resolver, siempre que quienes se ocupan de asuntos públicos o de otro tipo se dejan impregnar por ella, todas las grandes cuestiones del presente de la manera en que deben resolverse, para que la humanidad pueda llevar una vida plena. Todas las múltiples confusiones, todas las situaciones insalubres de nuestro tiempo, todo lo que se denomina «cuestiones de actualidad», lo que hoy se intenta resolver de manera diletante desde uno u otro punto de vista, solo podrá abordarse de forma provechosa si nuestros contemporáneos se dignan imbuirse de la verdad de la ciencia espiritual. Pero eso no debe ocuparnos hoy en profundidad, solo hay que mencionarlo de pasada.

Hoy debemos centrarnos más en el aspecto emocional, en la dimensión sensorial del conocimiento espiritual. Debemos tener presente que, ante una concepción más profunda y emocional de la vida, nuestra existencia debe de parecerle al ser humano, precisamente en una época como la actual, algo abstracto, árido, racional y conceptual. Vemos que, en una época así, cuando se acerca una de las grandes festividades, —la Navidad, la Pascua o Pentecostés—, se mantienen las formas externas y ciertas medidas externas propias de esas fiestas. Sin embargo, queda muy, muy poco de lo que nuestros antepasados sentían vívidamente en su alma en momentos como este: ese profundo impulso emocional que impregna el alma, propio de nuestros antepasados en lo que respecta a la relación del ser humano con el cosmos entero y su fundamento divino. Este impulso cobraba especial vida en esas épocas festivas. Porque esas épocas festivas eran algo real para el alma. En esos momentos, el alma sentía de manera diferente a como lo hacía durante el resto del año.

El hombre actual no tiene ni idea de lo que se sentía en el alma en tiempos antiguos, cuando, a medida que los días se acortaban cada vez más y se acercaba el final del año, se celebraba el nacimiento de Cristo Jesús, o cuando se acercaba la resurrección de Cristo Jesús, cuando el manto de nieve se desvanecía poco a poco de la tierra y lo que esta había ocultado bajo ella volvía a salir a la superficie. Aparentemente, nuestra vida es concreta. En realidad, los sentimientos de nuestros contemporáneos se han vuelto abstractos, racionales y vacíos. La gente camina por las calles y, por lo general, apenas percibe de la Navidad más que el hecho de que es una fiesta de regalos. Y lo que sienten por lo demás tiene muy poco que ver con aquellas profundas sensaciones que embargaban a nuestros antepasados en aquella época. El ser humano ha perdido precisamente el vínculo con la vida. Recuperar ese vínculo a nivel emocional es algo que forma parte de la misión de la ciencia espiritual.

Quien se limite a ocuparse únicamente de los conceptos e ideas de lo que habitualmente se denomina la cosmovisión de la ciencia espiritual, habrá comprendido muy poco de la ciencia espiritual. Solo la habrá comprendido quien sepa que todo el mundo de los sentimientos y las sensaciones del ser humano debe transformarse cuando el conocimiento espiritual se arraigue en los corazones y en las almas. Y lo que durante un tiempo se volvió abstracto, lo que durante un tiempo se olvidó en su significado, —el sentido profundo de nuestras fiestas—, volverá a cobrar vida ante el alma cuando esta relación íntima con todo el mundo que nos rodea vuelva a envolver al ser humano, tal y como puede hacerlo a través de una visión espiritual.

En esta ocasión, nos hemos detenido a menudo en el significado más profundo de la fiesta de la Nochebuena. Hoy lo abordaremos desde otra perspectiva. Hoy lo haremos aclarándonos, en primer lugar, cómo actúan los pensamientos e ideas antroposóficos sobre nuestro mundo sensorial, cómo, de hecho, transformarán al ser humano en algo completamente distinto de lo que es ahora, algo gracias a lo cual volverá a saber lo que significa sentir directamente el latido de la vida espiritual en la naturaleza, sentir realmente el calor que recorre el mundo como ese calor que anima a todos los seres. Hoy en día, cuando el ser humano contempla el cielo estrellado, la astronomía abstracta lo llena de esferas cósmicas abstractas y materiales. Estas esferas cósmicas se le aparecerán, a su vez, como cuerpos de alma y espíritu. El espacio volverá a estar, para él, impregnado de espíritu y de alma. Percibirá todo el cosmos cálido, tal y como lo siente en el regazo de un amigo; solo que, naturalmente, percibirá el espíritu del cosmos como algo más majestuoso y grandioso.

Sabemos que una alma como la que conocemos en el ser humano, —un alma individual que habita en un cuerpo particular—, solo la podemos encontrar en el ser humano. En los demás seres que nos rodean, debemos buscar el alma de otra manera y en otra forma. Los animales que viven a nuestro alrededor también tienen alma, pero será en vano buscarla aquí, en el plano físico. El «yo» animal, al que llamamos «yo grupal», hay que buscarlo en el plano astral, y todo un grupo de animales emparentados —por ejemplo, el grupo de los leones, el de los tigres, todos los felinos—; todos los grupos individuales de formas emparentadas tienen un alma común, un «yo» común. La separación espacial aquí en la Tierra no tiene ninguna importancia. Da igual que un león esté aquí en una colección de animales y otro en África; todos los leones pertenecen juntos al mismo «yo», que el investigador esotérico puede encontrar en el plano astral. Estos «yos» grupales son allí personalidades completas; y al igual que su personalidad aquí, en el plano físico, es una personalidad completa, así también el «yo» grupal es una personalidad completa en el plano astral. Al igual que los dedos de las manos forman parte la persona individual, todos los leones pertenecen al «yo» grupal del león. Y si pudiéramos conocer a cada uno de los «yos» grupales en el plano astral, descubriríamos que la cualidad más destacada de los «yos» grupales es la sabiduría, por muy poco sabios que nos puedan parecer los animales individuales aquí en la Tierra. Nadie debe deducir de las características de los animales individuales las características del «yo» grupal, la personalidad animal en el plano astral. Del mismo modo que los dedos de sus manos no muestran las características de un «yo» individual, tampoco el animal individual muestra las características del «yo» grupal.

Estos «yos» grupales actúan con sabiduría, y estas almas animales individuales son más sabias de lo que usted pueda imaginar; lo que usted conoce aquí como las actividades de los animales es obra de los «yos» grupales. Viven en nuestra atmósfera, en los alrededores de nuestra Tierra; se encuentran a nuestro alrededor. Si observan el vuelo de las aves, cómo, al acercarse el otoño, emigran del noreste al suroeste, y al acercarse la primavera regresan a su hogar, volando del suroeste al noreste, y si se pregunta: «¿Quién dirige sabiamente este vuelo de las aves?», entonces, como investigador ocultista, al buscar a los organizadores y gobernantes individuales, llegará a los «yos» grupales de cada género o especie. En toda la población animal vive el «yo» astral, que para el plano astral es un «yo» tanto como lo es aquí el «yo» humano, solo que un «yo» mucho, mucho más sabio. En el plano astral, las personalidades grupales cerradas, —que tienen los miembros individuales aquí en el plano físico—, son «yos» mucho más inteligentes que los de los seres humanos físicos de aquí, y todo lo que está sabiamente organizado en los animales individuales es sabiduría revelada de los «yos» grupales de los animales. Recorremos el mundo de otra manera cuando sabemos que, a cada paso que damos, nos movemos entre seres cuyas acciones podemos ver.

Si contemplamos el reino vegetal, vemos que el «yo» de este mundo vegetal se encuentra en un mundo aún más elevado que los «yos» grupales de los animales. En el mundo espiritual, o en el Devacán, se encuentran los «yos» de las plantas y, en el fondo, son muy pocos; pues todos estos «yos» de las plantas abarcan muchas plantas individuales que hay aquí en la Tierra, muchas especies. Y si buscáramos el lugar donde se encuentran espacialmente estos «yos» vegetales, llegaríamos al centro de la Tierra. Todos los «yos» vegetales están reunidos en el centro de la Tierra.

Sería una concepción primitiva del espíritu de los «yos» preguntarse si todos esos «yos» distintos cabrían realmente. En lo espiritual, todo se interpenetra. Quien no comprenda esto llega a la visión que ahora se recoge en un libro, especialmente recomendado a los teósofos, que, aunque habla de mundos espirituales, lo hace de tal manera que surge la pregunta: Si a lo largo de un milenio hubieran vivido treinta mil millones de personas cuyas almas se supone que ahora se encuentran en la órbita de la Tierra, tendría que haber tal cantidad de almas que habría poco espacio para todas ellas en la órbita de la Tierra. —Este libro tiene buenas intenciones, pero es tremendamente trivial.

En el centro de la Tierra debemos buscar el «yo» vegetal, porque la propia Tierra, como planeta, es un organismo completo; y del mismo modo que el pelo forma parte de vuestro organismo, las plantas son partes del organismo de nuestra Tierra, y las plantas, que son partes del organismo de nuestra Tierra, no son seres independientes en sí mismas, sino miembros del organismo terrestre. El dolor y el placer de las plantas son el dolor y el placer del organismo terrestre.

Solo tenemos que recordar lo que ya se dijo hace unas semanas sobre el dolor y el placer en el mundo vegetal. Quien sea capaz de observar estas cosas sabe que, cuando se daña una planta, —en lo que respecta a sus partes superiores—, esa lesión no va acompañada de una sensación de dolor para nuestro organismo terrestre. A la Tierra le produce una sensación de bienestar. Es como cuando el ternero mama de la vaca, lo cual también va acompañado de una sensación de placer. Porque lo que brota de la Tierra a través de las plantas, aunque sea sólido, ese verdor que brota de la Tierra es comparable, para el organismo terrestre, a la leche del organismo animal. Y cuando en otoño el segador corta los tallos con la guadaña, esto para quien sabe profundizar en las ideas de la ciencia espiritual hasta convertirlas en sensaciones del alma, no es solo un proceso abstracto, sino que el corte de la guadaña supone un soplo de placer que se extiende por el campo, y toda la siega del cereal salpica el campo de sensaciones de placer.

Así aprendemos a sentir con el organismo de la Tierra, igual que sentimos en el regazo de un amigo. Y aprendemos a comprender el dolor de la Tierra cuando sabemos que ella siente dolor en cuanto arrancamos las plantas de raíz. Para la Tierra es un dolor que arranquemos la planta de raíz. No se puede objetar aquí que, en determinadas circunstancias, podría ser mejor trasplantar una planta con sus raíces que arrancar la flor. Esas circunstancias no tienen aquí ninguna importancia. Cuando a una persona le empiezan a salir canas y, para seguir luciendo más guapa, se arranca las primeras canas, eso le duele de todos modos.

Así aprendemos a sentir en sintonía con la naturaleza que nos rodea, y la naturaleza se convierte cada vez más en nuestra alma y nuestro espíritu. Y cuando salimos a una cantera, y vemos a los canteros desprendiendo las piedras, si profundizamos en las ideas de la ciencia espiritual, eso no se convierte en algo abstracto para nosotros, sino en sentimientos del alma. Entonces no nos limitamos a ver cómo las piedras salen disparadas de la roca. Sí, ni siquiera cuando se dinamita una roca nos resulta algo abstracto, sino que aprendemos a sentir lo que siente ahí fuera la naturaleza, impregnada de alma y espíritu. Y cuando nos encontramos ante un vaso de agua y echamos un poco de sal o un trozo de azúcar en el agua y vemos cómo se disuelven, entonces se percibe algo: hay un alma ahí dentro. Y si queremos saber qué tipo de alma hay ahí dentro, no debemos recurrir a analogías habituales. Porque fácilmente se podría creer que, cuando el cantero separa las piedras a martillazos, eso causa dolor a la naturaleza; pero ocurre precisamente lo contrario. Lo que en el reino de las piedras se denomina «desmenuzamiento» provoca en la naturaleza la mayor alegría, una sensación de bienestar interior; y esa misma sensación de bienestar interior se produce también cuando disolvemos un trozo de azúcar o de sal en el agua. A través de ella fluyen las sensaciones de bienestar de los cuerpos minerales que se disuelven. En otras ocasiones ocurre de forma diferente.

Recordemos los tiempos primigenios de la Tierra, aquella época en la que era un cuerpo líquido y ardiente y en la que todos los metales y minerales de nuestra Tierra se encontraban disueltos. La Tierra no podía permanecer así, pues debía convertirse en el escenario en el que vivimos, el escenario sólido sobre el que podemos caminar. Los metales y los minerales tuvieron que solidificarse a partir del elemento líquido; tenían que volverse sólidos, tenían que compactarse. Lo que estaba disuelto en el elemento líquido tuvo que aglutinarse, cristalizarse; es decir, un proceso similar al que se produce en un vaso de agua en el que se ha disuelto sal. Si dejan que el agua se enfrie, verán cómo los cristales de sal se desprenden de la masa de agua como cuerpos sólidos. Si observan las sensaciones que intervienen en este proceso, verán que son sensaciones de dolor en el reino de las rocas, aparentemente inerte. Toda aparente destrucción y fragmentación del reino de las rocas es una sensación de placer para la Tierra. Toda consolidación, todo endurecimiento, toda cristalización se produce con dolor, y es con dolor como se han formado todas las rocas, todos los minerales sólidos del lugar en el que vivimos y por el que caminamos. Esto es, más o menos, lo que ocurrió durante el endurecimiento de la corte terrestre.

Si miramos hacia el futuro de la evolución de la Tierra, debemos imaginárnoslo de tal manera que lo sólido se vaya volviendo cada vez más líquido, hasta disolverse. La Tierra se transforma, en última instancia, en lo que llamamos la «Tierra astral», hasta que la materia terrestre se haya vuelto cada vez más sutil. De modo que, en la primera mitad de nuestro proceso de formación terrestre, debemos considerar los componentes minerales como aquello que, entre dolor y sufrimiento, se convierte en el escenario sólido de nuestra vida; y, hacia el final, una sensación de bienestar cada vez más dichosa impregna el proceso de formación de la Tierra, y toda la Tierra estará inmersa en una sensación de bienestar cuando se transforme en un planeta celestial que existirá astralmente en el mundo.

Los iniciados, cuando hablan de estas cosas, siempre revelan profundos misterios en sus frases. Revelan misterios tales que sus frases pueden interpretarse incluso de múltiples maneras, porque encierran un gran significado. Pablo, que era un iniciado, pronunció frases de este tipo, en las que siempre hay un significado múltiple. Cuanto más avancemos en la comprensión del cosmos y de los mundos espirituales, más profundo nos parecerá siempre una afirmación como esa de Pablo. Pablo sabía que los cuerpos terrestres se han solidificado entre dolores y suspiran por su disolución, por su transformación en algo espiritual y celestial: «¡Y toda la naturaleza suspira entre dolores, esperando su adopción como hijos!» Esos dolores, bajo los cuales se han formado los minerales sólidos que constituyen el suelo sobre el que pisamos y caminamos, son a los que se refiere el iniciado Pablo con estas profundas palabras.

No llegaremos a comprender realmente la ciencia espiritual mientras para nosotros no sea más que un sistema de pensamiento. Pero lo peculiar es que las ideas se transforman en sentimientos, y que nos convertimos en otras personas, ¡porque a cada paso aprendemos a sentir y percibir todo lo que vemos a nuestro alrededor! Eso es lo que pensaban aquellos que realmente sabían algo de la doctrina esotérica del cristianismo. Hasta bien entrado el siglo XVIII se puede seguir la estela de los escritores cristianos que aún tenían una sensibilidad hacia lo vivo en la naturaleza, hacia todo lo que es gozo y dolor. Por eso nos dicen en sus escritos palabras que hoy en día, para el ser humano, no son más que meras palabras o, como mucho, alegorías e imágenes, mientras que deben entenderse como algo real: «No debéis limitaros a pensar en la naturaleza, ¡deberéis sentirla, saborearla y percibirla!». Eso es lo que querían decir cuando la Parca segaba las briznas de hierba: que saboreáramos eso, que sintiéramos las emociones que se extendían por el campo. Y cuando vemos cómo el hombre en la cantera astilla las piedras, que entonces compartamos la sensación de bienestar que nos transmite la naturaleza. Y cuando vemos cómo, allí donde un río desemboca en el mar, se deposita la tierra, que aprendamos a sentir cómo, junto con la tierra que se deposita, se depositan al mismo tiempo sentimientos de dolor.

De este modo, la naturaleza nos impregna por completo. Así es como el alma del ser humano se libera de la estrechez. El sentimiento fluye hacia el entorno. De esta forma, nos unimos a toda la naturaleza que nos rodea. Y cuando, poco a poco, nos vamos uniendo así a toda la naturaleza que nos rodea, entonces también percibimos los acontecimientos más importantes en su dimensión espiritual, en su carácter anímico. Entonces sentimos, cuando en primavera los días se alargan cada vez más, cuando cada vez más y más luz inunda nuestra Tierra, cuando del misterioso interior de la Tierra brotan las plantas que estaban en sus brotes dentro de la tierra, y cuando todo se cubre de nuevo de verde, sentimos que de ahí brota no solo lo que vemos —ese verde resplandeciente—, sentimos que también está ocurriendo algo a nivel anímico.

Y cuando, al acercarse el invierno, los días se acortan, llega cada vez menos luz a nuestra Tierra, las plantas vuelven a retraerse y el verdor cambia, entonces sentimos algo parecido a lo que sentimos nosotros mismos cuando, cansados, nos disponemos a dormir por la noche. Y sentimos algo similar en primavera, cuando la naturaleza despierta: que entonces esa expresión no es para nosotros una mera alegoría, sino una verdadera realidad. Sentimos el cambio de la naturaleza, el cambio del alma y del espíritu de la naturaleza. Sentimos cómo, a partir de mediados del verano, todo va decayendo, cómo el alma de nuestra Tierra se inclina hacia su estado de sueño. —Pero entonces, cuando por la noche el ser humano se inclina hacia su estado dormido, nos encontramos ante ese proceso vivo que a menudo hemos descrito: Poco a poco, el cuerpo astral se separa junto con el yo del ser humano, se libera y flota, por así decirlo, en su propio mundo, su mundo más íntimo. Y si el ser humano, en el estado de desarrollo actual de la humanidad, pudiera hacer lo que algún día será capaz de hacer, entonces, cuando el cuerpo astral se separara del cuerpo etérico y físico, se encendería una conciencia espiritual; el trabajo espiritual y el mundo espiritual rodearían el cuerpo. El ser humano simplemente saldría de su cuerpo físico, entrando en otra forma de existencia. De hecho, eso es lo que hace, solo que, en su estado actual de desarrollo, no es consciente de ello.

Esto también ocurre en nuestra Tierra. El cuerpo astral de nuestro planeta sufre transformaciones a lo largo del año. Estas transformaciones son diferentes en cada uno de los dos hemisferios de la Tierra; pero eso no nos concierne hoy. El cuerpo astral de nuestra Tierra se ocupa de la existencia natural de nuestro planeta en aquella época en la que las plantas y la vida en general brotaban de la tierra. Se encarga de que las plantas crezcan; se ocupa de todo lo que ocurre en la Tierra en lo que respecta al verdor y al crecimiento. Y en otoño, cuando una especie de estado de letargo se apodera de la Tierra, este cuerpo astral de la Tierra pasa a dedicarse a su labor espiritual.

Aquellos que perciben vivamente este proceso de la Tierra, que saben que, de manera directa, durante el apogeo del sol, —desde la primavera hasta bien entrado el otoño—, deben ver en todo lo que brota y florece en el exterior la manifestación externa del espíritu de la Tierra. Pero luego, cuando se acerca el otoño, se enfrentan directamente al cuerpo astral terrestre, que se ha vuelto más libre; y cuando los días son más cortos, es decir, cuando la vida física exterior se acerca más al sueño, entonces despierta la vida espiritual. ¿Y qué es esta vida espiritual de la Tierra? ¿Quién es el espíritu de la Tierra?

Este «Espíritu de la Tierra» se ha autodenominado así, ya que, cuando dijo: «Quien come mi pan, me pisotea», y cuando se refirió a lo que la tierra produce como alimento sólido para los seres humanos, y dijo: «Este es mi cuerpo», y cuando se refirió a lo que, en forma de jugos, fluye por lo vivo y dijo: «Esta es mi sangre». En aquel momento, con estas dos afirmaciones, designó a la propia Tierra como su organismo.

Todo esto era diferente en la época precristiana, y así es también en la época cristiana. Porque tal y como es en la época cristiana, así se hizo por primera vez en un momento concreto de la evolución de la Tierra. En los tiempos de los días cortos, cuando se celebraban los sagrados misterios de la Antigüedad, los iniciados se volvían con todo su ser anímico hacia el sol; y aproximadamente en la profunda medianoche del día que conocemos como el día de Navidad, se hacía que los iniciandos en los sagrados misterios pudieran ver el sol a la hora de la medianoche. Pues en ese momento se les conducía a la clarividencia. El ser humano actual no puede ver el sol a medianoche, pues este se encuentra más allá de la Tierra. Sin embargo, para el que ve, la Tierra física no supone un obstáculo para contemplar el sol. Él ve el sol en su esencia espiritual. Y cuando los videntes de los misterios sagrados veían el sol a medianoche, veían al regente del sol, al Cristo. Pues, en aquel entonces, para aquellos que debían entrar en contacto con él, aún se encontraba plenamente en el sol.

Cuando en el Gólgota brotó la sangre de las heridas, fue un acontecimiento trascendental para toda la evolución de la Tierra. Nadie comprende este acontecimiento si no es capaz de entender que el cristianismo se basa en un hecho místico. Si alguien, con una visión clarividente, hubiera podido observar desde un planeta lejano la evolución de la Tierra a lo largo de milenios, habría visto no solo el cuerpo físico de la Tierra, sino también su cuerpo astral; y este cuerpo astral de la Tierra habría mostrado, a lo largo de milenios, determinadas luces, determinados colores y determinadas formas. En un instante, todo eso cambió. Aparecieron otras formas, brillaron otras luces y otros colores, y ese fue el momento en que, en el Gólgota, la sangre brotó de las heridas del Redentor. No se trató solo de un acontecimiento humano, sino de uno cósmico. De este modo, el Yo de Cristo, que hasta entonces solo podía buscarse en el Sol, se trasladó a la Tierra. Se unió a la Tierra, y en el espíritu de la Tierra encontramos el Yo de Cristo, el Yo solar. Y el iniciado es capaz de ver ahora, en esta nueva era, al espíritu solar, —que en los sagrados misterios de la Antigüedad buscaba en el sol en la medianoche de Navidad—, en el propio Cristo, como el espíritu central de la Tierra.

La conciencia cristiana reside en el sentirse vivo y unido al Espíritu de Cristo; no solo la conciencia del cristiano común, sino la conciencia del iniciado cristiano.

Este es el proceso que tiene lugar cada año, cuando los días se acortan y la Tierra natural entra en su letargo. Entonces, el proceso consiste en que podamos entrar en conexión directa con el espíritu de la Tierra. Por eso, el hecho de situar el nacimiento del Salvador en la época de los días más cortos y las noches más largas no es fruto de la arbitrariedad, sino del principio de la iniciación. Y vemos algo de un significado espiritual infinito vinculado al acortamiento de los días y al alargamiento de las noches, y sentimos también que en este acontecimiento hay un alma, y precisamente el alma más elevada que podemos percibir en la evolución de la Tierra.

Cuando los primeros cristianos pronunciaban el nombre de Cristo, no percibían una doctrina ni un conjunto de ideas. Les habría parecido totalmente imposible que se llamara «cristiano» a alguien basándose únicamente en las frases que Cristo Jesús pronunció como doctrina cristiana. A nadie se le habría ocurrido negar que esas frases también se encuentran en otras confesiones religiosas, y a nadie se le habría ocurrido considerar esto como algo especial. Solo hoy en día, precisamente en los círculos cultos, se concede especial importancia a que la doctrina de Cristo Jesús coincida con otras confesiones religiosas. Es cierto: difícilmente se podrá encontrar un principio doctrinal que no se haya enseñado ya anteriormente, pero eso no es lo importante. El cristiano no está unido a Cristo únicamente a través de la doctrina. No es cristiano quien cree en las palabras, sino quien cree en el espíritu de Cristo. Ser cristiano implica sentirse unido al Cristo que realmente caminó sobre la Tierra. Limitarse a reconocer la doctrina de Cristo no significa predicar el cristianismo. Predicar el cristianismo significa ver en Cristo el Espíritu que acabamos de caracterizar como el regente del Sol, quien, en el momento en que la sangre brotó de las heridas en el Gólgota, trasladó su obra a la Tierra y, con ello, incorporó a la Tierra a la obra del Sol.

Por eso, incluso aquellos que anunciaron el cristianismo por primera vez no se sintieron en absoluto obligados a limitarse a proclamar las palabras; sino que dieron la mayor importancia a anunciar la persona de Cristo Jesús: «Le hemos visto cuando estaba con nosotros en el Monte Santo». Que Él estuviera allí, que le hubieran visto, eso era lo que les importaba. «Hemos puesto nuestras manos en sus llagas». Daban importancia al hecho de haberlo tocado. De este acontecimiento histórico parte todo el desarrollo futuro de la humanidad en nuestra Tierra. Así se percibía en aquel entonces. Por eso dijeron los discípulos: «Damos gran importancia al hecho de que estuviéramos con Él en el monte; pero también consideramos algo grandioso que la palabra de los profetas se haya cumplido en Él, ¡esa palabra que procedía de la propia Verdad y Sabiduría!». Y se ha cumplido lo que los profetas habían previsto. En aquella época, por «profetas» se entendía a los iniciados, que podían predecir la venida de Cristo porque lo habían visto en los antiguos misterios sagrados, en la medianoche de Navidad. Los primeros discípulos de Cristo presentan el acontecimiento del Gólgota como el cumplimiento de lo que siempre se había sabido, y se produce un gran cambio en los sentimientos de los iniciados.

Si echamos la vista atrás a la época precristiana, y nos adentramos cada vez más en esos tiempos, vemos cada vez con mayor claridad cómo todo amor está ligado a los lazos de sangre. Incluso en el pueblo judío, del que procedía el propio Cristo, vemos que el amor se limita exclusivamente a los vínculos de sangre. Vemos que se aman aquellos en quienes corre la misma sangre, y también antes siempre fue así: el amor se basaba en el fundamento natural de la sangre común. El amor espiritual, que es independiente de la sangre y la carne, no llegó a la Tierra hasta con Cristo. Y en el futuro dependerá de que se cumpla la frase: «Quien no deje a su padre y a su madre, a su hermano y a su hermana, a su mujer y a sus hijos, no puede ser mi discípulo». Quien haga que el amor dependa de la base natural, de la sangre, no es, en este sentido, un cristiano. El amor espiritual, que atravesará a la humanidad como un gran vínculo fraternal, es el resultado del cristianismo.

A cambio, el ser humano aprende también, a través del cristianismo, la mayor libertad y la mayor coherencia interior. Ya el salmista decía: «Me acuerdo de los días antiguos y medito en los tiempos remotos». Esa era una sensación constante en la antigüedad: mirar hacia los antepasados. Se sentía que la sangre de los antepasados aún corría por las propias venas, y se sentía el «yo» unido al «yo» de los antepasados. Si se quería sentir eso de verdad, incluso en el antiguo pueblo judío, se pronunciaba el nombre de Abraham; pues uno se sentía inmerso en esa corriente de sangre común que descendía de Abraham. El judío decía, cuando quería expresar lo más elevado: «Soy uno con Abraham». —Y su alma, —esto tiene un trasfondo muy profundo—, tras la muerte del cuerpo, regresaba al seno de Abraham. Todavía no existía aquella independencia que, a través de Cristo Jesús, se ha introducido en la conciencia del ser humano. A través de Cristo Jesús, el reconocimiento consciente del «Yo soy» se introdujo en el ser humano.

Pero había algo que entonces aún no se percibía: la plenitud de la divinidad del ser divino más íntimo del ser humano. Sentían el «Yo soy», pero lo relacionaban con los antepasados; lo sentían en la sangre común que fluía desde los tiempos de Abraham. Entonces llegó Cristo Jesús y trajo la conciencia de que en el ser humano hay algo mucho más antiguo, algo mucho más permanente: que el «Yo soy» no es solo aquello que contiene lo que vive como algo común en un pueblo, sino lo que hay en cada persona, por lo que el amor también debe buscarse a su vez en cada persona, desde dentro de ella misma.

El «yo» que hoy está encerrado en vosotros, aislado del exterior, busca el amor espiritual en el exterior. Este «yo» no se siente uno con el Padre que estaba en Abraham, sino con el Padre espiritual del mundo: «Yo y el Padre somos uno». Y una afirmación aún más profunda que esta, —aunque esta sea la más trascendental, porque abre más el camino a la comprensión—, es aquella en la que Cristo dejó claro a los hombres que eso no es lo más profundo cuando dicen: «Yo ya estaba en Abraham». Les dejó claro que el «Yo soy» es más antiguo, surgido de Dios mismo: «Antes de Abraham estaba <Yo soy>». Así reza la frase en el texto original, que suele aparecer de tal forma que nadie puede entenderla: no dice «Antes de que existiera Abraham, yo soy», sino: «Antes de Abraham estaba <Yo soy>», el ser espiritual más íntimo que cada uno lleva en su interior.

Quien comprenda esta frase penetra profundamente en la esencia de la visión cristiana y de la vida cristiana, y comprende por qué Cristo también señala lo siguiente: «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Y por eso debemos también sentir el significado correctamente interpretado de la antífona de Navidad, que nos recuerda una y otra vez, en la noche de la consagración cristiana, el misterio eterno de la atemporalidad del «Yo soy». En el canto navideño no se dice a modo de recuerdo: «Hoy conmemoramos que Cristo nació», sino que cada vez se dice: «¡Hoy nos ha nacido Cristo!». Porque el acontecimiento es atemporal; y lo que ocurrió en su día en Palestina, para quien es capaz de convertir la doctrina en sentimientos y sensaciones, ocurre una y otra vez en cada Nochebuena.

Una visión espiritual del mundo volverá a guiar al ser humano para que vuelva a sentir de forma viva lo que significa una fiesta como esta. Su misión no es ser una doctrina abstracta, una teoría abstracta, sino introducir al ser humano de lleno en la vida, hacer que le parezca no algo abstracto, sino algo impregnado por doquier de alma. Y sentimos el alma cuando salimos a la cantera y vemos cómo se parte la piedra; sentimos el alma cuando contemplamos la migración de las aves, cuando vemos cómo la guadaña recorre los campos, cuando sale y se pone el sol; y sentimos una conexión cada vez más profunda con el alma cuanto más profundos son los acontecimientos que contemplamos. En los grandes momentos de cambio del año sentimos los acontecimientos espirituales más importantes, y debemos volver a aprender a sentir lo que para nosotros es lo más importante en esos grandes momentos de cambio del año, que están marcados en nuestras fiestas.

Así, nuestras fiestas volverán a ser algo que, como un soplo de vida, impregne las almas de las personas, y el ser humano volverá a integrarse, en esos momentos festivos, en toda la actividad y el tejido de la naturaleza espiritual y anímica en su plenitud. El antroposofo debe, en primer lugar, intuir, como un pionero, en qué pueden convertirse las fiestas cuando la humanidad vuelva a comprender el espíritu, cuando vuelva a experimentar lo que significa volver a comprender el espíritu en las fiestas. Formará parte de las fuerzas que vuelvan a conducir al ser humano hacia el mundo el hecho de que, ya hoy, en estos días festivos, sintamos y percibamos algo de lo que la naturaleza siente y percibe, y recordemos, en estos momentos tan importantes, lo que el conocimiento del espíritu, en esta doctrina de la vida, vuelve a aportar al ser humano. Entonces, la ciencia espiritual se convertirá en una realidad viva del alma, será Vitaesophia. Y podrá serlo mejor que nunca en los tiempos en que el alma del mundo se incline especialmente hacia nosotros y se una a nosotros de manera particularmente íntima.

Traducido por J.Luelmo

GA316 Dornach, 24 de abril de 1924 Encuentro nocturno con jóvenes médicos

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 RUDOLF STEINER

CONFERENCIAS PARA MÉDICOS Y ESTUDIANTES DE MEDICINA

Encuentro nocturno con  jóvenes médicos

Dornach, 24 de abril de 1924

En respuesta a una pregunta sobre la percepción del «ser líquido» a través de la contemplación imaginativa, Rudolf Steiner respondió lo siguiente:

Pero claro está, ustedes no lo entenderán bien si parten de los detalles y no del conjunto. Sería necesario que partieran de esas reflexiones sobre el conjunto y, sobre todo, que siguieran meditando sobre las cosas que ya he mencionado. De hecho, en la naturaleza, cuando consideramos las relaciones de manera global —me refiero únicamente a lo que debe conducir gradualmente a una representación imaginativa—, encontramos la forma de la gota. Normalmente se imagina como una gota que se mantiene unida desde dentro. Pero eso no es necesario. También se puede concebir la gota formada desde todos los lados, desde el exterior. Entonces, en la superficie de una gota se tiene la unidad de la extensión del mundo.

Por supuesto, en estos asuntos también hay que tener en cuenta que la representación imaginativa debe apuntar hacia lo verdadero, y que las representación actuales, que uno se forma a partir de la cultura general, se alejan, en la medida de lo posible, de la verdad. Hoy en día, el ser humano tiene la representación de que existe el espacio infinito y que en él se encuentran dispersas las estrellas. Pues bien, partir de una idea así significa, de manera descarada, no tener en cuenta nada más que lo que uno mismo ha concebido. Tomen, por ejemplo, una noticia que apareció hace algún tiempo en la prensa y que hay que tomarse más en serio de lo que se cree: cómo se ha logrado demostrar que, a partir de una determinada distancia de la Tierra, el cosmos no está vacío, sino que es sólido y está lleno de nitrógeno cristalizado. Como ven, hoy en día las cosas son aún tan inciertas que esta visión es perfectamente posible. Bueno, claro que tampoco es así, pero al menos de todo esto se desprende lo superficiales que son, en realidad, las suposiciones que se han extraído hasta ahora de la observación. Porque cualquier día de estos alguien podría decidirse a imaginar que vivimos aquí como en un espacio vacío, donde en el centro se encuentra la Tierra, algo más densa, y a su alrededor el nitrógeno solidificado, que nos hace creer que vemos el cielo estrellado. Por supuesto, eso también es una tontería, pero creo que, de hecho, es cierto que aún se pueden concebir todo tipo de ideas, incluso a partir de las informaciones externas, sobre la forma en que está realmente constituido el cosmos. Ahora bien, es cierto que esta noticia sobre el nitrógeno cristalizado bien podría ser una broma de abril, pero muchas personas pueden creerla. No se es más tonto por creer esa noticia que por atenerse a lo que hoy se acepta de forma generalizada. Y es un materialismo brutal imaginarse lo que hoy se da por sentado. Porque, en realidad, el universo entero parece una esfera hueca, como si desde la periferia entraran fuerzas por todas partes. Es totalmente cierto que se trata de estructuras que se han formado firmemente desde el exterior y que solo pueden modificarse o diferenciarse según las estrellas, de modo que ya en la configuración de las estrellas que vemos tenemos una imagen original de lo que vuelve a suceder en nuestro interior. Así se llega a una imaginación a través de esta representación, que muestra la cabeza humana.

Ahora fíjese: una vez que haya dirigido la mirada primero hacia la cabeza humana y luego hacia el pájaro, hacia la estructura del pájaro. La estructura del pájaro, sobre todo en lo que respecta al esqueleto, se interpreta erróneamente si se compara sin más con un ser humano completo o con un mamífero completo. En realidad, si se quiere comparar la estructura del pájaro, solo se puede comparar con la cabeza humana, y entonces hay que imaginarse que en la cabeza humana se encuentra la estructura del pájaro modificada y que el pájaro tiene el resto de su cuerpo en forma de órganos anexos cortos de las más diversas formas. Las patas, como es sabido, siempre están atrofiadas en el pájaro.

Ahora imagínense la gota formada de tal manera que la estire hasta convertirla en un cilindro (se dibuja). Si extienden la gota hasta convertirla en un cilindro e imaginan que lo que se ha diferenciado del cosmos en la mente permanece, solo que, al estirar la gota hasta convertirla en un cilindro, se modifica de las formas más variadas, entonces obtienen al ser humano de torso. Para imaginarse al ser humano de torso, hay que pensar en la bóveda craneal atrofiada. Pero entonces, una vez que ha obtenido el cilindro y lo ha invertido aquí, debe imaginarse que ha llegado a la tercera etapa. Así se obtiene al ser humano de extremidades. Sin embargo, al principio se obtiene al ser humano de extremidades de tal manera que lo que he dibujado aquí se manifiesta, en realidad, primero en los brazos. Así pues, deben imaginarse que se expande y que, en realidad, primero se forman los brazos, y que la segunda expansión se produce entonces al crearse desde el interior una segunda imagen que proviene de la Luna. Pero dejen de lado los brazos para que resulte más sencillo. De este modo, pasan de la esfera a la expansión y luego a la invaginación. - Si se acostumbran a crear imágenes mediante la expansión y la invaginación, estarán dando los primeros pasos hacia lo que necesitan para que el alma se acostumbre realmente a trabajar en el ámbito imaginativo. Porque, en realidad, toda la vida orgánica consiste en expansión e invaginación, y piensen solo en lo maravilloso que es eso.

Supongamos, pues, que me imagino la esfera y, a continuación, la esfera alargada; eso es la expansión hacia arriba, provocada por la circunferencia. Si, como imagen opuesta a la circunferencia, se imaginan aquí la Tierra con sus fuerzas, tendrán a la Tierra bajo el ser humano como aquello que lo invagina. Hacia arriba: el cosmos se expande; hacia abajo: la Tierra se invagina, de modo que ya han extraído la imagen del cosmos y han invaginado al ser humano desde la Tierra. Así pues, ahora pueden responder imaginativamente a la pregunta: ¿qué pasaría si no estuviera la Tierra debajo de ti y el cielo estrellado encima de ti? - Y así, en realidad, si desean crear imágenes, no deben limitarse en ningún momento a remodelar, por ejemplo, la forma en el ser humano, sino que deben acostumbrarse a contemplar, en la transición de lo sólido a lo líquido, todo el universo como un todo y a imaginar gradualmente contornos sólidos y nítidos; lo líquido siempre lucha contra lo sólido y quiere someterlo al flujo, a la corriente de todo el universo. Y así se llega a ver por todas partes esta expansión y esta invaginación. Pero también se llega a buscar por todas partes las imágenes opuestas.

Ya saben que, en embriología, se parte de la base de que nunca se tienen indicios de por qué las cosas son como son. Se parte del óvulo, se pasa al conjunto celular, se observa que, de repente, se produce una invaginación y se forma la gástrula. Pues bien, en realidad tampoco deben imaginárselo de otra manera, sino que, por un lado, donde está la superficie, se crea la oportunidad para que el cosmos pueda actuar, y donde se produce la invaginación, para que la Tierra pueda actuar (se dibuja).



Tomemos una célula de la epidermis situada cerca de la superficie. Las hay por todas partes. Ahora tenemos una célula situada cerca de la superficie. Lo que, como principio de la Tierra, provoca la invaginación, sigue actuando en el ser humano. Y así, estos principios terrestres siguen actuando en todas partes. Por ello, siempre existe la tendencia a dirigir lo que es líquido en el ser humano, de modo que se mueva siempre de esta manera, de tal forma que se produzca una invaginación tras otra: invaginación —tras otra— invaginación —tras otra—, y esto se produce en las más diversas direcciones. Ahora imaginen que esto ocurre como si cualquier sustancia acuosa se desplazara y se solidificara. Ahora observen cualquier órgano desde este punto de vista. En todas partes podrán ver en él lo que se ha solidificado, lo que se ha vuelto firme, lo que se ha invaginado y, por otro lado, podrán percibir cómo se ha evaginado. Y así se llega a la forma de los órganos y a la visión de cómo actúan las fuerzas desde los distintos lados, y se llega a reducir todos estos órganos a una unidad. Solo hay que tener claro que hay que partir de un punto muy concreto: el de los elementos plásticos. Ya lo ha señalado: las formas deben comprenderse mediante la modelación. Pero inténtelo de verdad una sola vez con cualquier material plástico y blando, para hacerse una idea real de ello, de tal manera que, en la lámina 19, por un lado coja el material que hay aquí y, con la otra mano, empuje la arcilla. Ahora inténtelo al mismo tiempo y vea cómo queda. Tendrá la sensación de que el espacio vacío es una auténtica tontería. El espacio está diferenciado en todas partes según las fuerzas, y de esta manera aprenderá poco a poco a comprender todo lo plástico.

Ahora bien, si quiere comprender a las personas de forma plástica, por supuesto también debe ser capaz de llegar a los extremos. ¿No es así? Para empezar, puedo imaginarme aquí la esfera. Me imagino que la esfera se expande por un lado y se hunde por el otro. Sí, pero ahora imagínese que va más allá, que la encoge aquí hasta tal punto que supera la expansión, y entonces obtiene una estructura así, o mejor dicho, dos estructuras. Pero ahora piensen más allá, que esas estructuras no actúan solo en un lado. Imaginen que hacen una expansión, una invaginación —expansión, invaginación—; luego, además, una invaginación desde abajo y una expansión hacia arriba; si repiten esto tres veces, obtendrán, de forma plástica, la forma de los dos pulmones. Así irá adquiriendo poco a poco una idea de cómo todo el ser humano está interrelacionado en su interior con tales fuerzas, y luego pase a lo siguiente.

Se trata de un concepto muy importante, cuya relevancia patológica y terapéutica solo quedará claramente de manifiesto cuando se publique el libro que edita la Dra. Wegman. Será entonces cuando, por primera vez, quedemos claro qué relación existe entre el órgano formado y la función del órgano. Tomemos como ejemplo la función de los órganos. La función de los órganos es aquello que se mantiene en estado líquido y fluctúa continuamente; lo mismo que el órgano ha completado, es lo que genera la actividad, de modo que uno puede preguntarse: ¿qué es el movimiento de los jugos en el estómago? Es, en estado líquido, lo mismo que el propio estómago una vez solidificado. Si el movimiento de los jugos se solidifica, entonces se tiene el propio estómago. Si no fuera así, no se podría curar ningún órgano en absoluto. No se puede actuar sobre el órgano sólido, sino solo sobre el órgano fluctuante.

El ácido silícico tiene la misma función que el riñón humano. Si ahora administro al ser humano, de la misma manera, el ácido silícico que se encuentra en el equiseto, creo en la zona donde se encuentran sus riñones la imagen de un riñón. Esta imagen sustituye entonces, en ese lugar, a la actividad astral. Esta expulsa la antigua sustancia renal y permite que, a partir de lo que se encuentra en estado fluido, se forme la nueva sustancia renal, tal y como se forma de por sí al cabo de siete u ocho años. El proceso se acelera al provocar este fantasma. Hay que comprender que, allá donde hay un órgano, también está presente continuamente la actividad que lo forma, y esta siempre se solidifica en el órgano. Así se entra en el ámbito de los fluidos.

Pero luego surge otra cuestión. Entonces hay que llegar a la siguiente conclusión: sí, cuando observo al ser humano «sólido», lo que veo son precisamente las imágenes que aparecen en los libros de anatomía. Lo que vemos ahí no es más que el diez por ciento del ser humano. Bueno, así es. Mientras contemple esos contornos sólidos en el ser humano sólido, ahí está el hígado = hígado, el pulmón = pulmón, el estómago = estómago. Pero si paso ahora al ser humano líquido, puedo descubrir cómo ese flujo de jugos se concentra de manera muy especial, digamos, en el hígado, y se dedica a construir un hígado a partir del líquido. Pero cada órgano quiere convertirse siempre en el ser humano completo. De hecho, en el ser humano líquido existe esta tendencia en cada órgano, de modo que hay que imaginarse lo siguiente: si extirpo el hígado, este sigue siendo hígado. Pero si extrajera el líquido a partir del cual se ha formado el hígado, este tendría la tendencia a convertirse en el ser humano completo. Tienen que imaginárselo así: por un lado, la tendencia a adoptar contornos; por otro, la de impregnar todo en todas partes.

Cuando uno se lo toma en serio, suele ser así. El punto de partida de las fórmulas de meditación es que, poco a poco, puedas decirte a ti mismo lo que yo te estoy diciendo. En todas ellas se encuentra el punto de partida para adentrarte en tu propia imaginación. Quien empieza a meditar siente al principio un enorme deseo interior de hacerlo, pero a partir de cierto punto, cuando la cosa empieza a ponerse seria, surge una resistencia, porque se vuelve tremendamente complicada. Si no se aborda la meditación con una seriedad extraordinaria, le ocurre lo mismo que a quien busca a Lucifer y obtiene a Ahriman como imagen. Entonces la meditación surte el efecto de que se obtiene lo contrario de lo que se busca. Quien busca a Ahriman, se encuentra con Lucifer. Esa es la dificultad. La mayoría de las veces se pierde la paciencia, no se persevera. No se trata tanto del tiempo, sino de la aplicación intensa de la paciencia; en ese caso, cinco minutos de meditación pueden ser, en determinadas circunstancias, un tiempo muy largo. Pero da igual si se pierde la paciencia en medio año o en cinco minutos. Deben tener paciencia; entonces verán cómo empiezan a comprender las cosas y cómo pueden pasar de ser personas sólidas a personas fluidas.

Pero entonces necesitará el principio musical cuando pase al ser humano de forma etérea. Para ello, debe comprender el proceso de la respiración, y si realmente medita, prestará atención a su respiración. Y entonces se perfila interiormente el ser humano astral, de forma etérea. Y verá, entonces deberá aprender a sentir: en realidad, el ser humano recorre el mundo sin autoconocimiento. Ahora aprende a percibirse a sí mismo, a sentir a través de su respiración. Esto es algo que ocurre en primer lugar: cuando uno tiene la costumbre de pensar de forma matemática, también cualitativamente, llega a decirse de repente: «¿Acaso eres tres mitades?». Uno tiene la sensación de ser como si fuera tres mitades. ¿En qué se basa esto? En que uno empieza a sentir a través de la respiración que, por un lado, tiene un pulmón dividido en tres partes y, por otro, un lóbulo pulmonar dividido en dos. Y así, al experimentar las estructuras internas en proporción a través del aire, uno puede ascender hacia lo astral-aéreo,

Y si uno es capaz de escucharse atentamente mientras habla, esa es la forma de estudiar realmente la organización del yo. También puede alcanzar la organización del yo meditando primero y avanzando luego hacia la comprensión real: tome cualquier mamífero, digamos un perro, un esqueleto, y concéntrese intensamente en la parte trasera y en la parte delantera. Una no es más que la modificación de la otra parte. Ahora debe pasar a lo cósmico y concebir la forma trasera a través de las fuerzas lunares y la forma delantera a través de las fuerzas solares; y así debe imaginarse cómo el Sol mira a la Luna, de modo que en el lado lunar tendrá la parte trasera del animal y en el lado solar, la parte delantera del animal. Y luego imaginen que ahora tiene lugar la modificación por parte del Sol y la Luna para que el ser humano se erija, y así obtendrán la transformación. De este modo, todo el asunto se desplaza un nivel, y así también pueden llegar a la organización del «yo». Pero deben proceder de esta manera: lo espacial debe desaparecer en lo plástico, lo plástico en lo musical y lo musical en aquello que pueda tener sentido.

Si procede así, se centrará en lo general, y esa es, en realidad, la forma más sensata de actuar; de lo contrario, acabará sumido en la confusión. Debe partir de estos principios y no de los detalles.

Traducido por J.Luelmo