CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA069e Basilea, 26 de septiembre de 1912 -La Ciencia Espiritual y la vida humana

    ver ciclo

 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

La Ciencia Espiritual y la vida humana

Basilea, 26 de septiembre de 1912

¡Estimados asistentes! En la conferencia de ayer intenté demostrar que los [objetivos] y la esencia de la investigación espiritual, tal y como se entiende aquí, responden al impulso y al anhelo de la época actual, y que, en esencia, satisfacen las necesidades de las almas humanas que se han venido preparando desde hace mucho tiempo hasta nuestros días y que para todo aquel que quiera ver, hoy son claramente perceptibles para todo aquel que simplemente quiera comprenderse a sí mismo correctamente. Ahora bien, precisamente cuando se considera la cuestión de qué importancia tiene para la vida inmediata, esta investigación espiritual o ciencia espiritual, se diría, plenamente activa del ser humano, retomar la observación de ayer, ya que la mejor manera de comprender la importancia de algo para la vida es ver primero cómo surgen de la vida ciertos impulsos y necesidades que exigen precisamente eso. Hoy en día, muchas personas esperan una cosmovisión [satisfactoria]. La investigación espiritual o la ciencia espiritual se la proporcionará.

Lo que el alma necesita cuando su «yo» quiere dar forma al carácter es precisamente lo que mucha gente espera hoy en día de una serie de conclusiones que pueden extraerse de las ciencias naturales de nuestro tiempo, tan verdaderamente avanzadas. En ciertos aspectos, esto está sin duda justificado; sin embargo, una observación atenta de lo que ocurre en nuestra época nos muestra claramente que, por esta vía, hay muchas cosas que no se pueden alcanzar, y que precisamente la vida actual anhela con tanta intensidad una investigación, un espíritu.

Se podrían citar muchos hechos; aquí solo se expondrá uno de los más recientes. El 18 de septiembre, en el congreso de naturalistas celebrado en Münster, el profesor von Wettstein pronunció una conferencia sobre la importancia de la biología, la ciencia de la vida, para la cultura y la vida; es decir, [él] señaló con total razón cómo, a lo largo del siglo XIX, se ha podido observar que debía ofrecerse, de forma accesible, una visión del mundo basada en los logros de las ciencias naturales. Y subraya cómo las ciencias naturales han avanzado con serenidad, cómo, en el fondo, la ciencia tuvo que romper con lo que en la era materialista se quiso demostrar acerca del alma humana; y, con toda razón, se esforzó por mantener la serenidad al observar los hechos y por no sacar conclusiones precipitadas sobre aquellas cuestiones de cosmovisión que pueden adentrarse en gran medida en el ámbito en el que el pensamiento humano se extravía hacia lo que, sin duda, carece de fundamento.

En realidad, las ciencias espirituales no pretenden otra cosa que seguir ese consejo, a su manera y en su ámbito; no llegar a la verdad de la vida a través de la cosmovisión, a partir de hechos sensoriales externos mediante todo tipo de conclusiones e indicios, sino despertando las fuerzas latentes del alma —lo que Goethe denomina con las palabras «ojos espirituales»— para observar lo que hay más allá del mundo sensorial, más allá del ser sensorial en sí mismo, y con lo que el alma humana se siente unida.

Así lo exige la época y también la vida. Y si en la ciencia espiritual se trata de indagar la verdad, la forma en que [esta] pueda situarse frente a lo que es fecundante y sanador para la vida deberá ser tal que cada alma encuentre satisfacción. Por lo tanto, cabe plantear esta exigencia como respuesta. Y en este sentido se puede afirmar una cosa: la ciencia de los espíritus debe cumplir un requisito si quiere satisfacer las necesidades de la vida; debe tener la capacidad, independientemente de un cierto nivel de formación superior, independientemente del desarrollo de tal o cual hecho científico, e incluso independientemente de un cierto nivel de visión filosófica del mundo, de integrarse también en la mente más sencilla, la que debe realizar su trabajo diario como ser humano y no tiene tiempo para ocuparse en profundidad de tal o cual ciencia concreta. La investigación espiritual debe ser accesible a todos. Para que no se me malinterprete, quisiera añadir que la investigación espiritual debe estar en total armonía con la ciencia de nuestro tiempo, que no debe contradecir sus justas exigencias. Que venga el investigador más riguroso con sus exigencias más estrictas, y la ciencia espiritual debe, sin duda, poder responderle. Y quien se adentre en la literatura seria de la ciencia espiritual verá cómo esto es posible.

Pero otra cosa es que debe sacar a la luz cosas que, independientemente de cualquier formación, cualquier alma pueda comprender. Y en este sentido me gustaría responder, no con una teoría, sino con una especie de hecho, y no quiero citar un hecho extraído en primer lugar de la propia ciencia espiritual, sino uno que, en realidad, apunta a algo que ya ocurrió antes de que la ciencia espiritual cobrara mayor relevancia, pero que muestra cómo las almas que anhelaban inclinarse hacia el mundo espiritual se comprenden entre sí de una manera singular, independientemente de su nivel de formación. Quiero citar algo que da testimonio de tal comprensión y que se manifestará en mayor medida a medida que la ciencia espiritual se vaya arraigando cada vez más en las almas que la necesitan.

Moriz Carriere, uno de los filósofos más amables y prudentes de la actualidad —aquí solo cabe señalar que fue uno de los que siempre defendió el idealismo filosófico en una época en la que el materialismo se imponía sobre las grandes cuestiones ideológicas—, imbuido de la pureza del pensamiento filosófico, no solo expuso en su obra sobre el desarrollo cultural de la humanidad cómo actúa lo espiritual en la evolución de la humanidad, sino también cómo la verdadera ciencia es compatible con la auténtica necesidad del alma de abordar las grandes cuestiones de la existencia y las relaciones entre la cosmovisión y la religión; todo ello brotó de su pluma. Ahora, el propio Moriz Carrière nos cuenta una experiencia curiosa que vivió precisamente cuando intentaba mostrar cómo actúa lo espiritual en el curso del desarrollo humano y cómo, en particular, la gran figura de Cristo Jesús se inscribe en el desarrollo de la humanidad. En ese momento recibió por correo una serie de hojas manuscritas. Procedían de un hombre sencillo. Su nombre tampoco se dio a conocer jamás. Se llamaba Karl Zeuner. En la época en que la vida revolucionaria estaba en pleno apogeo, había infringido de alguna manera la ley y acabó en prisión. Acabó en la cárcel. Y ahora cuenta cómo se desesperó por los amigos con los que había luchado por objetivos externos, por los restos de lo que le quedaban de las clases de religión del colegio, y lo solo que se sentía. Cuenta cómo, una vez, en su prisión, oyó de lejos una canción que le resultaba familiar. Cuenta cómo eso enriqueció su alma, cómo se despertaron en ella fuerzas especiales. Anotó los pensamientos que, poco a poco, surgían en su alma, que volvía a florecer en la cárcel.

Nada más empezar a leer estas páginas, uno se encuentra con frases curiosas, sobre todo al principio. Allí dice algo así: «Cuando contemplo mi propia alma y luego lo que me rodea, siento en mi alma la misma esencia que vive ahí fuera en todas las cosas, y me siento en mi propia alma como una parte del alma del mundo entero». Y partiendo de ahí, se forma sus propias ideas sobre el curso de la historia del mundo y describe cómo actúa el espíritu en los seres humanos, que se han ido desarrollando poco a poco.

¿Por qué sorprendió tanto esto a Moriz Carriere? Resulta sorprendente cuando se comparan estos escritos del hombre sencillo con lo que Moriz Carriere escribió basándose en los conocimientos de la ciencia actual y en los estudios sobre la evolución cultural del mundo. Si se analizan sus ideas principales, se observa que coinciden casi al pie de la letra entre ambos: el hombre sencillo y el filósofo altamente culto. El hombre sencillo, en su soledad, que solo recurre a las fuerzas más íntimas de su alma, escribe algo que es igual a lo que el filósofo extrae de los pozos del saber. Es decir, cuando se trata de cuestiones relacionadas con la visión del mundo, si el ser humano simplemente quiere buscar, existe un entendimiento entre quien busca en su alma y quien recorre ese camino basándose en una erudición exhaustiva.

Esto nos muestra cómo, a través del espíritu, es posible la comunicación entre lo más perfecto del universo y el alma más sencilla y primitiva. Y si en aquel entonces, en un caso concreto, eso fue posible solo sobre la base de ciertos conceptos e ideas, incluso sin la ciencia espiritual, entonces podemos decir: en primer lugar, fomentar tal disposición corresponde a una necesidad de nuestra vida actual. Se ajusta al sentido y al espíritu de nuestra época que las almas se comuniquen más allá de las necesidades más profundas, más allá de todas las clases sociales y a través de todos los niveles de formación; y, en segundo lugar, tal entendimiento será aún más necesario cuando las almas no solo tengan que llegar al espíritu a través de conceptos e ideas que extraen de su interior —que son como sombras en comparación con lo que la ciencia espiritual tiene que ofrecer—, sino que, gracias a la ciencia espiritual, se alcance aún más este entendimiento universal.

Con ello se plantea, precisamente en nuestra época, una exigencia vital de comprensión general sobre las cuestiones fundamentales de la existencia, y hemos llegado a las puertas de su solución práctica a través de la ciencia espiritual.

Esto significa que la ciencia espiritual es capaz de intervenir directamente en la vida. Sin embargo, existe —y así lo subrayan algunos— una objeción contra esta ciencia espiritual, precisamente cuando se trata de situar en su justa perspectiva lo que es comprensible para todos. Se dice: «Sí, pero allí se enseña que quien se adentra en el mundo espiritual despierta el alma adormecida». Y lo que se dice en mi obra «El conocimiento de los mundos superiores» exige recorrer un largo camino hasta que uno mismo pueda tener una visión de esta vida espiritual. ¿Cómo se puede hablar entonces —cabría preguntarse— de comprensibilidad general, si solo quien ha transformado su alma puede penetrar en ella?

Esta objeción es comprensible, pero no del todo justificada; pues esta exigencia es necesaria para el investigador espiritual, para que pueda constatar por sí mismo los hechos del mundo espiritual. El investigador espiritual puede investigar los hechos espirituales que son importantes para la vida. Puede entonces formularlos, expresarlos en palabras, conceptos e ideas, y comunicárselos al público en general. Para investigar es necesario un entrenamiento intelectual; pero cuando estos hechos están ahí y se nos presentan formulados en conceptos, palabras e ideas, entonces incluso la mente más sencilla puede comprenderlos, entonces cualquiera puede comprenderlos. No hace falta nada más que entregarse con imparcialidad a estas ideas, conceptos y palabras; pues lo que ocurre con estos hechos espirituales es que, si dejamos que estas ideas surtan efecto en nosotros, se demuestran por sí mismas. Pueden darnos todo lo que necesitamos de ellas para los fines de la vida práctica —lo que necesitamos de ellas en cuanto a elevación, fortalecimiento y sanación de la vida. ¡Lo que los fieles investigadores espirituales pueden aportar al mundo puede ser comprobado en cualquier momento por la ciencia! Es cierto que estas cosas quizá no resistan una crítica superficial y frívola, pero sí pueden resistir una crítica verdadera. Sin embargo, lo que muchos dicen o sienten, de forma más o menos explícita, es que deben admitir una orientación general del conocimiento humano hacia el mundo superior, pero en cuanto se entra en los detalles de la investigación espiritual, en cuanto se empieza a describir, a partir de las observaciones del mundo espiritual, lo que hay entre la muerte y el nuevo nacimiento, lo que se denomina el desarrollo de la humanidad, según los impulsos que proporciona la ciencia espiritual; en resumen, cuando se citan detalles, nuestros contemporáneos siguen retrocediendo en muchos casos. Buscan una orientación general, sin la cual —admiten— la vida humana, esa vida fortalecedora y sana, no podría existir. Pero cuando se entra en detalles, cuando se describen los seres y las cosas del mundo espiritual, surge inmediatamente la objeción: «Nadie puede llegar hasta allí, no podemos saber nada al respecto». Aquí nos encontramos, estimados asistentes, en el punto en el que la ciencia espiritual tendrá que hacerse comprensible ante lo que, aunque son necesidades vitales evidentes, solo se quiere tener en términos generales.

Una vez más, cabe citar un ejemplo concreto de cómo, por así decirlo, la humanidad busca una nueva respuesta a las necesidades del alma. El expresidente de la Universidad de Harvard, en EE. UU., lo expresó así y lo denominó «la necesidad de una nueva religión». La ciencia espiritual no pretende fundar una nueva religión, ni tiene nada que ver con la formación de sectas; su objetivo es comprender las antiguas y explorar en lo espiritual lo que necesita el alma humana. Nuestros contemporáneos creen que este impulso que conduce a la investigación espiritual es un impulso hacia una nueva religión. El Dr. Eliot ha señalado cómo sus necesidades vitales les empujan hacia la ciencia espiritual. El Dr. Eliot, que durante mucho tiempo estuvo al frente de la ciencia y fue rector de una universidad, expresó en esencia lo siguiente: los seres humanos siempre han asumido la existencia de un alma distinta del cuerpo, aunque inherente a él. Todo el mundo cree que en el ser humano hay un ser vivo, dominante y singular, o un espíritu, que es él mismo. Este es, en el fondo, algo tan real como el cuerpo. Es la parte más activa del ser humano y, como tal, se le reconoce: y así ha sido siempre y así seguirá siendo.

Cuando se oyen palabras como esas, se puede deducir que incluso las personas con una amplia formación sienten esa necesidad y ese afán.

Se podrían citar muchos ejemplos; se observará en todas partes que se alude al espíritu a partir de una necesidad vital, no a partir del conocimiento, sino de una manera peculiar que pone de manifiesto la aversión que aún existe hacia los detalles tal y como los expone la ciencia espiritual.

Cuando alguien, como el Dr. Eliot, señala las necesidades de la época, esa indicación es más o menos como si, en relación con las ciencias naturales, se dijera: nadie puede negar que existe una naturaleza, una naturaleza que engendra seres en el espacio exterior, una naturaleza que provoca acontecimientos en el tiempo que tienen un principio y un final, etcétera. Alguien que señalara así la naturaleza puede compararse con alguien que, como el Dr. Eliot, señale así el espíritu. Pero ¿puede alguien dar una respuesta satisfactoria limitándose a decir: «Existe una naturaleza con diversos seres vivos y acontecimientos»?

Lo satisfactorio radica en que el ser humano puede salir al exterior y percibir las entidades concretas individuales. Al ser humano no le basta con lo abstracto, sino con los detalles; los hechos deben presentarse ante nuestra alma. Lo que a nadie podría satisfacer en relación con la naturaleza es precisamente lo que aún se supone que debe satisfacer a muchos en relación con lo espiritual: una generalidad vacía, algo abstracto.

Pero aún se rechaza profundizar en las partes, en los detalles, en los detalles y hechos del mundo espiritual, que resplandecen en la ciencia espiritual del mismo modo que en las ciencias naturales resplandecen los hechos concretos de la naturaleza.

Las ciencias humanas se encuentran hoy en el mismo punto en el que se encontraban las ciencias naturales hace cuatro siglos, cuando comenzaron a observar la naturaleza con sus propios medios. Si ayer se señaló que, en las ciencias naturales, se entra en los detalles, hoy hay que señalar cómo hay que acostumbrarse a pensar sobre los detalles de la vida intelectual del mismo modo que sobre los detalles de los fenómenos naturales; y cómo no basta con saber que existen productos naturales generales —al igual que el naturalista debe distinguir, por ejemplo, entre la avena y el trigo—, sino que el ser humano necesitará cada vez más los detalles de los hechos espirituales. Del mismo modo que no se puede abordar las necesidades naturales de la misma manera con el trigo y la avena, tampoco se pueden abordar las necesidades espirituales con referencias generales al mundo espiritual. Cuando se necesita tal o cual consuelo, o cuando tal o cual rasgo de carácter debe impregnar el alma, entonces deben proporcionarse detalles y hechos. Ese es el camino que debe seguir la ciencia espiritual. Y como esta tendencia hacia lo general domina hoy en día el mundo, se observa también en las cosas concretas que se exigen cómo, aunque desde la vida actual se reconoce el anhelo por lo espiritual —que tiene un efecto enriquecedor sobre el alma y la colma cuando se satisface—, nadie tiene que decir nada concreto sobre las cosas más esenciales, porque se rehúye de manera general lo particular.

De este discurso de Eliot también podemos destacar otra frase en la que habla de cómo la visión espiritual del mundo que se está forjando parece que abarcará todos los logros científicos de la nueva era y se ocupará de la alegría y la vida.

De este modo, se opone a la vejez, a la muerte, etcétera. Tenemos ante nosotros un alejamiento de la muerte y el duelo, de la muerte y el pecado, por parte de quienes le dicen al ser humano cómo debe ser la vida del alma una vez que ha cruzado la puerta de la muerte. El Dr. Eliot exige que la nueva cosmovisión afirme que todo eso es innecesario y que en ella hay que ocuparse de la vida y la alegría. Esto se ajusta plenamente a la mentalidad de nuestra época, que dirige la mirada hacia la acción viva y ve motivos para hacer que la vida sea intensa y alegre. Esto está plenamente justificado. También está plenamente justificado afirmar que la nueva visión de la vida debe ocuparse de la vida y la alegría; y, en contraposición a ello, suena maravilloso que la nueva visión del mundo deba pasar por alto la muerte y el duelo. Sin embargo, existe una objeción de peso: por mucho que el pensamiento humano se resista a ocuparse de ello, la muerte y el duelo se ocuparán de las personas y les mostrarán su existencia; y la vida siempre exigirá, para que podamos comprenderla, que sepamos algo sobre la muerte y sus enigmas; y la alegría exigirá fuerzas que nos levanten de nuevo cuando el duelo nos abrume.

Pero ese es precisamente el objetivo de la ciencia espiritual: despertar en lo más profundo del alma aquello que lleva al ser humano a la convicción legítima y segura de que su verdadero ser no forma parte de lo sensible exterior, sino que es de naturaleza eterna y pasa de una vida a otra. Y esta toma de conciencia de lo más profundamente vivo en cada una de sus vidas individuales es lo que, en última instancia, traerá el conocimiento de la verdadera vida que exigía Eliot, porque, como conocimiento, sabe cómo lo verdaderamente vivo siempre triunfa sobre la muerte. Y este conocimiento sabrá extraer de las profundidades del alma fuerzas que brotan de lo espiritual y que saben levantarnos de nuevo cuando la vida exterior nos abate por el duelo o por cualquier otra cosa.

Podemos extraer un hecho de la vida humana, un hecho del espíritu de nuestro tiempo, y luego sacar nuestras conclusiones sobre lo que la vida del individuo puede obtener gracias a los resultados de la investigación espiritual.

Todo el mundo experimenta que su vida tiene una juventud, que avanza y que, finalmente, alcanza un punto culminante, tras lo cual vuelve a entrar en declive. Experimenta cómo, poco a poco, se marchita y se desvanece aquello que él llama lo físico, lo corporal. Una ciencia superficial ha deducido precisamente de este hecho la dependencia de lo espiritual respecto a lo físico. Dado que el cerebro se marchita, de modo que ya no es posible una actividad exterior del intelecto, se llega a la conclusión de que lo anímico-espiritual se marchita junto con lo físico. Es como si, a partir de la inutilidad de un piano, se dedujera que el pianista ya no está.

Cuando la ciencia espiritual incorpore lo que sabe del mundo espiritual, el alma dispondrá, al acercarse a la vejez, de fuerzas que intervendrán en la vida de forma sanadora. En mi pequeño escrito sobre la educación del niño pueden ver cómo la ciencia espiritual interviene también en los detalles concretos de la educación práctica. Cuántas veces se oye a la gente dar todo tipo de normas pedagógicas. A quien conoce la vida, a menudo le inquietan esas frases y reglas generales, y quien siga atentamente la literatura verá lo insuficientes que son para la vida del ser humano en crecimiento estas ideas reformistas de hoy en día. Pero cuando, gracias a la investigación espiritual, se sabe cómo crece el ser humano en condiciones totalmente diferentes a lo largo de los distintos años y períodos de su vida; cómo se desarrolla el cuerpo físico hasta los siete años; cómo actúan entonces de manera muy diferente las normas educativas entre los siete y los catorce años, cuando se forma el cuerpo etérico, y entre los catorce y los veintiún años, cuando se desarrolla el cuerpo astral; solo cuando se sabe cómo se diferencian estas épocas en la vida humana, cómo el ser humano avanza en etapas claramente diferenciadas, solo entonces se está en condiciones de establecer, partiendo de la naturaleza del ser humano, principios que realmente saquen a la luz lo que yace en el alma. El futuro demostrará cómo puede enriquecer la vida esta pedagogía, extraída de la ciencia espiritual, pues quien afronta la vida de tal manera que se nos brinden las condiciones para que, en determinados momentos, se puedan otorgar al alma las fuerzas que despiertan la vida, tendrá entonces que ver por sí mismo lo que la ciencia espiritual puede llegar a ser para todos los seres humanos. Sea cual sea la situación en la que se encuentre el ser humano, no solo puede adquirir conocimientos teóricos, sino que la ciencia espiritual proporciona al alma humana una sustancia verdaderamente espiritual, un alimento espiritual que actúa en el alma y es asimilado —si se me permite utilizar esta expresión un tanto trivial—, y que mantiene al alma siempre flexible, activa interiormente, llena de contenido y consciente de sí misma. Este es un conocimiento que la vida necesita y que necesitará cada vez más.

Entonces, cuando la vida comience su declive, cuando las arrugas se graben en nuestro rostro, cuando nuestro cabello empiece a encanecer, entonces no solo tendremos conocimiento teosófico, sino que, gracias a una concepción de la vida basada en las ciencias espirituales, llevaremos en nuestro interior un núcleo vivo, lleno de significado, [que] se hace más palpable cuanto más se desvanece lo exterior, y el ser humano lo siente en su interior: Te despojás de la envoltura y del cuerpo, de lo físico, pero en tu interior llevás las fuerzas para atravesar el mundo espiritual y obtener allí nuevas fuerzas para la construcción de una nueva vida. Este sentido interior te da seguridad.

Esto se aplica, en general, a todas las personas. En cierto modo, la ciencia espiritual ayudará cada vez más al ser humano a superar lo que, por naturaleza, tiene que suceder cuando no se siente el espíritu vivo.

Otro hecho que reviste especial importancia en nuestra época es el de la nerviosidad. En cierto modo, hoy en día todo el mundo percibe lo que se entiende por la «era de la nerviosidad», pues esto está íntimamente relacionado con ciertos conceptos que uno se ha formado. Con qué frecuencia el ser humano siente tal o cual impotencia, tal o cual error, tal o cual vicio, totalmente en consonancia con la visión materialista del mundo, de tal manera que el ser humano mira hacia sus antepasados, hacia su linaje hereditario.

En la poesía se describe a menudo cómo el ser humano, que se siente agobiado por el peso de sus antepasados, se dice a sí mismo: «Es una predisposición heredada, no se puede cambiar». El resultado de ese estado de ánimo es la debilidad y la desolación; a ningún observador debería pasarle por alto cómo esto, de hecho, debilita a las personas.

Hoy en día se viven experiencias curiosas. Precisamente entre los investigadores materialistas se observa cómo hablan de ese nerviosismo de nuestra época y cómo ofrecen explicaciones materialistas. Acaba de publicarse un libro de un erudito austriaco que, curiosamente, resume toda esta predisposición con una sola expresión: que todo en el ser humano se basa en la composición físico-química de su organismo, incluso su carácter. Y al seguir leyendo el libro, se observa algo extraño: el autor ofrece consejos. Sin embargo, cabría pensar que se esperaría que se utilizara algún tipo de remedio, algo que se ingiriera, para corregir esa composición físico-química desequilibrada; pero este señor no recomienda, al menos en muchos casos, ningún polvito, sino que aconseja fortalecer el carácter mediante medios morales, ¡mediante todo tipo de cuestiones del alma!

No queremos entrar en discusiones sobre este tema en este momento. Queremos centrar nuestra atención en la siguiente pregunta: ¿De dónde deben obtenerse los recursos que permitan a una persona, que se encuentra desamparada ante tal o cual dolencia —condiciones físico-químicas que conforman su carácter—, de dónde deben obtenerse los medios que la conviertan en luchadora contra su nerviosismo y su neurastenia?

La ciencia espiritual responderá: cuando el ser humano sepa que fue un error afirmar que el conjunto de características del niño se deriva únicamente de la herencia de los padres —si se llega a esa conclusión—, eso es un error de observación, al igual que lo fue en su día, cuando en el siglo XVI, e incluso en el XVII, se decía —y no solo los legos, sino también los investigadores eruditos lo creían— que los animales superiores, incluso los peces, podían surgir de la materia inerte.

Y se produjo una gran revolución cuando el naturalista italiano Francesco Redi formuló la siguiente afirmación: «De lo inerte nunca puede surgir lo vivo. Lo vivo solo puede surgir de lo vivo». Francesco Redi escapó por los pelos al destino de Giordano Bruno.

Lo mismo debe decirse de lo espiritual y anímico: lo espiritual y anímico solo surge de lo espiritual y anímico; miramos hacia atrás, hacia lo espiritual y anímico que fue, en tiempos pasados, el germen de nuestra vida actual. Sentimos la injusticia de que aquello que llevamos en nuestro interior como destino, como aptitudes, como patrimonio espiritual y anímico, se considere únicamente una herencia de nuestros antepasados, y reconocemos que tiene su fundamento en lo espiritual tal y como lo hemos adquirido anteriormente, en épocas pasadas. Así, el ser humano toma conciencia de que hay algo más en él, además de los rasgos heredados. Y en la medida en que lo reconoce, ya no necesita fijarse en sus rasgos heredados ni decirse a sí mismo: «Tengo que cargarlos»; no, el investigador espiritual, una vez que ha reconocido el núcleo de su alma, debe procurar fortalecer sus fuerzas y contribuir a su desarrollo.

Así, la ciencia espiritual influirá en la vida, la saneará, y cada individuo se integrará con fuerza en ella. 

Con ello se alude, en el fondo, al otro resultado de la investigación espiritual: lo social. Nuestra época tiene, en un primer momento —aunque con razón—, la tendencia a estudiar únicamente la organización externa, es decir, cómo se debe configurar tal o cual institución para que las personas encuentren su lugar en la vida. La tendencia interior que aporta la ciencia espiritual muestra cómo las personas deben manifestar su mundo interior para, estando a la altura de la vida, integrarse en ella.

Todo ello implicará que esta época debe tomar conciencia de que, en la investigación espiritual, no se trata de una teoría muerta, sino de despertar las propias fuerzas vitales. De este modo, la época reconocerá la realidad de lo que emana de la ciencia espiritual y la vivirá, porque la ciencia espiritual se comprenderá a sí misma a través de la vida. Así, el ser humano que lleva en sí la ciencia espiritual se enfrentará a la vida de otra manera, lo cual es imposible sin la ciencia espiritual, pero que, sin embargo, fomentará cada vez más la vida. Cuando el espíritu, el alma, la realidad, sean comprendidos por todos; cuando se comprenda que el alma es la realidad, entonces ya no se mostrará incomprensión ante el hecho vital y serio de que, de la percepción sana y vigorosa de la esencia del alma, también emanan fuerzas capaces de proteger lo físico exterior de daños, debilidades e incluso de la enfermedad.

En este sentido, la concepción de nuestra época revela su carácter en el uso habitual de un refrán que, sin embargo, está cayendo cada vez más en desuso: «En un cuerpo sano habita un alma sana», con lo que se quiere decir que, si se consigue que el cuerpo esté sano, entonces en él habitará un alma sana. En la ciencia espiritual se interpretará esto de manera muy diferente: que un alma sana habita en un cuerpo sano, porque el alma más íntima, en su estado de salud, da forma a la vida física en el cuerpo. Las personas reconocerán las fuerzas curativas que la ciencia espiritual infunde en el alma. Por supuesto, no con los medios que hoy se quieren emplear para reconocerlo, pues hoy se mirará y se dirá: «Ahí hay una persona que se ha dedicado a la ciencia espiritual y, sin embargo, ha enfermado». — A esto se puede responder: la ciencia espiritual o la investigación espiritual aún no ha avanzado mucho en cuanto a su difusión; y, en segundo lugar, es evidente que no se puede hacer nada directamente contra los daños externos del cuerpo físico si estos provienen únicamente de lo físico, del mismo modo que no se puede curar una pierna rota desde lo anímico.

Sin embargo, hay también algo que reconocemos, a través de la peculiar forma en que surten efecto los conocimientos de la investigación espiritual, y es que el alma vuelve a transformarse para alcanzar una convivencia externa con la existencia, tal y como la tenía antes de la alienación de la naturaleza. Vemos en el niño, y también en el animal, una unión instintiva con la existencia del mundo espiritual. Vemos cómo el animal no come en exceso, cómo su instinto es sano; pero también vemos cómo, en el ser humano civilizado, ciertas cosas vienen determinadas por su alejamiento de la naturaleza. A veces uno puede observar con escalofrío cómo la humanidad se aleja de esta experiencia directa y de esta convivencia con el ser. Hace poco vi a una persona que se pesaba una determinada cantidad de comida para cada comida. Con la actual transformación en ciencia puramente mecánica, llegamos incluso a tratar el estómago humano y los órganos digestivos como si fueran retortas. Lo mecánico no se limita únicamente a la ciencia, sino que se extiende al tratamiento de la vida humana. Frente a ello se encuentra la corriente de la investigación espiritual. Con este conocimiento, el ser humano vuelve a conectar con el ser, de modo que, en un sentido superior, se protege instintivamente de lo que no debe ser. Y entonces, sin duda, habrá que valorar el efecto sanador de la investigación espiritual de una manera algo diferente a como se hace hoy en día.

Si ahora surgen preguntas como: «¿De cuántas enfermedades nos protege realmente el poder curativo de la ciencia espiritual?», es difícil responder, porque las enfermedades no llegan; sin embargo, es más razonable que el ser humano, al integrarse en la vida instintiva, se vea protegido de las enfermedades gracias a la ciencia espiritual, que tener que curarse después. Gracias a Dios, no se puede demostrar, pues el éxito radica precisamente en que esos daños ya no se producen.

Así vemos cómo la ciencia espiritual propicia el retorno a la naturaleza, en un sentido totalmente moderno, para la vida. Se podrían citar muchos otros ejemplos; todos ellos apuntarían claramente a que, a través de la ciencia espiritual, se logra la recuperación, el fomento de la vida y una correcta integración en la vida, en el contexto natural de la misma.

Así, la ciencia espiritual no solo aporta el conocimiento, el bien más preciado, sino que también genera consecuencias significativas para la vida, consecuencias de las que solo se puede tener una idea si se contemplan tal y como se ha podido esbozar hoy, aunque solo sea de forma superficial. Pero todo esto se hará realidad gracias a que el ser humano penetrará en los mundos espirituales, no solo de manera general, sino al reconocer los hechos espirituales concretos. Del mismo modo que en la naturaleza no se limita a hablar de la naturaleza en general, sino que reconoce los detalles, los minerales concretos, las plantas concretas y los animales concretos, así también reconocerá el mundo espiritual en sus detalles. Entonces, la naturaleza espiritual estará a su alrededor, del mismo modo que la propia naturaleza está destinada a fomentar, fertilizar e incluso mantener la vida física.

Entonces, el ser humano se sentirá integrado en el espíritu, igual que en lo físico se siente integrado en las materias de la naturaleza. Se aprenderá a sentir que se vive en el espíritu igual que en lo físico. Del mismo modo que en el organismo físico se perciben los procesos que tienen lugar en el exterior, en el universo, así se percibirán las relaciones espirituales con el dolor y la alegría, con el sufrimiento y el placer, con el deseo y la contemplación en su propio mundo, y la vida encontrará aquello que, desde el espíritu, la nutre y la sana.

Eso es lo que cabe esperar de las ciencias espirituales, pues estas deben satisfacer la necesidad del alma de sentirse una con todo lo que ocurre en el ámbito espiritual universal. Cuando el ser humano deje de pensar que todo lo que ocurre en su interior no es más que un acontecimiento, una vida, y que su voluntad es una fuerza sin importancia para el entorno; cuando comprenda que lo que ocurre en su interior está tan interrelacionado con lo espiritual como lo está el cuerpo físico con lo físico, entonces, gracias a esa ciencia, el ser humano obtendrá fuerza, vigor y salud vital; entonces el ser humano encontrará lo que intenté insinuar en mi drama «La prueba del alma»: cómo un alma expresa esa sensación de seguridad en lo espiritual, que el ser humano se sabe a sí mismo en el espíritu, se experimenta a sí mismo en el espíritu, piensa en el espíritu y respira realmente en él, y en ese verdadero aliento vital alcanza una existencia llena de vitalidad.

Esta salud del alma surgirá de la ciencia espiritual cuando se cumpla lo expresado en aquellas palabras en las que se describe lo que puede suceder en un alma que busca, y cuando la ciencia espiritual ofrezca lo que en ellas se transmite. Lo que se ha dicho hoy puede resumirse en lo que un alma que se siente en el espíritu puede decirse a sí misma:

En tu pensar viven los pensamientos cósmicos

—no solo residen temporalmente en el ser humano, sino que son pensamientos eternos del mundo—

En tus sentimientos se entrelazan las fuerzas cósmicas,

en tu voluntad actúan los seres cósmicos.

Piérdete en los pensamientos cósmicos,

Experimenta a través de las fuerzas cósmicas,

crea tu ser a partir de los seres de la voluntad.

No te pierdas en la lejanía cósmicas,

mediante el juego onírico del pensar. —;

Comienza en las vastedades del espíritu,

y termina en las profundidades de tu propia alma: —

Encontrarás metas divinas,

reconociéndote a ti mismo en tu interior.

Traducido por J.Luelmo

No hay comentarios:

meditación de la piedra de fundación