CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 29

GA101-8 Stuttgart 13 de septiembre de 1907 -signos y símbolos ocultos -el tono cósmico creador

Índice
 

RUDOLF STEINER

El Tono Cósmico Creador.

octava conferencia
Stuttgart 13 de septiembre de 1907

Estas cuatro conferencias que se darán aquí en Stuttgart, tendrán un tono algo más íntimo, ya que se entiende que la audiencia está, en su mayor parte, compuesta por miembros que han estado familiarizados con las ideas fundamentales de la enseñanza oculta durante algún tiempo. Por lo tanto, pueden desear aprender más detalles íntimos del ámbito de la ciencia espiritual. Lo que se tratará en estas conferencias será sobre los símbolos y signos ocultos en relación con los mundos astral y espiritual, y una serie de ellos se expondrán en su significado más profundo. Les pido que noten que mucho de lo que se diga en las primeras dos conferencias sonará inusual, y solo se explicará más adelante en la tercera y cuarta conferencias. Esto, por supuesto, radica en la naturaleza de la materia a tratar, porque las conferencias sobre ciencia espiritual no pueden darse como en otras áreas, que se construyen matemáticamente a partir de elementos simples. Mucho de lo que al principio parecerá vago, más tarde se volverá claro y comprensible.
Los símbolos y signos, no solo en el mundo profano, sino también en el mundo teosófico, a menudo dan la impresión de algo arbitrario que solo "significa" algo. Esto no es correcto. Ustedes saben, por ejemplo, que los diversos planetas del universo están definidos mediante signos. Ustedes saben que un signo familiar en las alegorías teosóficas es el llamado pentagrama. Además, saben que en varias religiones se hace referencia a la luz como señal de sabiduría, de claridad espiritual. Si ahora preguntásen sobre el significado de tales cosas, entonces escucharían o leerían que significa esto o aquello: un triángulo, por ejemplo, significaría la trinidad superior y similares. Con frecuencia también en los escritos y conferencias teosóficas sobre mitos y leyendas, se hacen interpretaciones; diciendo que "significan algo". Lograr llegar a lo que hay detrás del sentido, detrás del significado, reconocer la realidad de tales símbolos será la tarea de estas conferencias. De la manera que esto se consiga, podremos aclararlo con un ejemplo.
Consideremos el pentagrama. Saben que se han vertido muchos pensamientos enrevesados sobre el; No es esta la pretensión del ocultismo. Para entender lo que dice el ocultista sobre el pentagrama, primero debemos recordar las siete partes fundamentales del ser humano, y sobre todo, es el cuerpo etérico el que es especialmente relevante en esta consideración. Saben que el cuerpo etérico pertenece a la esfera de lo oculto; No se ve con los ojos físicos. Para percibirlo, son necesarios los métodos clarividentes. Así, se hará evidente que la esencialidad del cuerpo etérico no consiste en aparecer como una fina formación nebulosa. Lo característico en él es, de hecho, que es el arquitecto, el creador del cuerpo físico. Así como el hielo se forma a partir del agua, el cuerpo físico se forma a sí mismo partiendo del cuerpo etérico, que, como el océano, se ve inundado por múltiples corrientes que fluyen en todas direcciones. Entre ellas se encuentran cinco corrientes principales. Cuando ustedes se plantan con los pies separados y los brazos extendidos, pueden seguir con precisión la dirección de estas cinco corrientes. Ellas forman un pentagrama.
Todo el mundo tiene estas cinco corrientes ocultas en él. En un cuerpo etérico sano aparecen de modo que estas corrientes son, por así decirlo, su estructura ósea. No deben suponer, sin embargo, que todo lo que pertenece al cuerpo etérico está solo dentro, porque cuando, por ejemplo, una persona se mueve esas corrientes realmente atraviesan el aire. Este pentagrama es tan móvil como la estructura ósea física de un hombre. Por lo tanto, cuando el ocultista habla del pentagrama como la figura del hombre, no se trata de algo que ha sido pensado, sino que lo está definiendo como el anatomista lo hace del esqueleto. Esta figura está realmente presente en el cuerpo etérico. Es un hecho.
A partir de estas breves consideraciones, vemos cómo están las cosas con respecto al significado real de un símbolo. Todos los signos y símbolos que encontramos en el ocultismo nos dirigen a tales realidades, y lo más importante es el hecho de que a su debido tiempo uno recibe indicaciones en el uso de tales figuras. Ellas por tanto, son los medios para alcanzar la cognición o la clarividencia. Cualquiera que reflexione profundamente sobre el pentagrama tendrá éxito, si tan solo lo hace con paciencia. Debe sumergirse en el pentagrama, por así decirlo; entonces encontrará las corrientes en el cuerpo etérico.
No tiene sentido pensar en significados arbitrarios, ideados para estos signos. Uno debe colocarlos ante su mirada interior; entonces ellos te conducen a realidades ocultas. Este no es el caso solo con lo que se puede encontrar en los confines de la teosofía, sino también con los símbolos y signos contenidos en los documentos religiosos más variados porque estos documentos se basan en el ocultismo. Cada vez que un profeta o fundador de una religión habla de la luz y por lo tanto apunta a la sabiduría, no hace tal cosa porque la considere una imagen ingeniosa. El ocultista basa su pensar en hechos. Por lo tanto, para él no es importante ser ingenioso, ¡sino sincero! Como ocultista, uno debe abandonar el pensar carente de reglas; Uno no debe sacar conclusiones arbitrarias y emitir juicios. Paso a paso, con la ayuda de los hechos espirituales, se debe desarrollar el pensar correcto. Esta imagen de la luz, por lo tanto, tiene un significado profundo o, mejor dicho, es un hecho científico espiritual. Para reconocer esto, volvamos de nuevo al ser humano.
El cuerpo astral es el tercer miembro del hombre. Es el portador de la alegría y el dolor y las experiencias internas del alma del hombre dependen de ello. La planta no tiene cuerpo astral y, por lo tanto, no experimenta alegría ni tristeza como lo hacen el hombre y el animal. Si, hoy, el científico naturalista, explorando la naturaleza, habla de la sensibilidad de la planta, lo que dice, entonces se basa en un completo malentendido de cuál es la naturaleza de la sensibilidad. Llegamos a una representación correcta de este cuerpo astral solo cuando seguimos el desarrollo por el que ha pasado en el transcurso del tiempo. Sabemos que el cuerpo físico de un hombre es el miembro más antiguo y complicado de su ser; Su cuerpo etérico es algo más joven; Su cuerpo astral aún más joven; El más joven de todos es su yo. El cuerpo físico tiene un largo desarrollo tras de sí que se ha producido durante el curso de cuatro encarnaciones planetarias. Al comienzo de este desarrollo, nuestra propia Tierra estaba en una encarnación anterior llamada condición de Saturno. En ese tiempo el hombre aún no existía en su forma actual; solo existía el primer germen del cuerpo físico en Saturno. Carecía de todos sus otros cuerpos: cuerpo etérico, cuerpo astral, etc. No fue hasta la segunda encarnación de la tierra, en el Sol, cuando se añadió el cuerpo etérico. En ese tiempo, el cuerpo etérico humano tenía más marcadamente la forma del pentagrama. Sin embargo, más tarde esto se modificó un poco porque, en la tercera encarnación de nuestro planeta, en la Luna, el astral se unió con él. Despues, la Luna se transformó en tierra y, a los tres cuerpos del hombre ya formados, se le añadió el yo.
Entonces, ¿Dónde estaban estos cuerpos antes de encarnarse en el ser humano? ¿Dónde estaba, por ejemplo, lo que un cuerpo etérico había plasmado en el cuerpo físico en el Sol? ¿Dónde estaba este durante el período de Saturno? Estaba en los alrededores de Saturno, igual que en la actualidad el aire está en los alrededores de la tierra. Lo mismo ocurría con el cuerpo astral durante el período del Sol; solo entró en el ser del hombre durante el período lunar. Todo lo que luego, entró en el ser, había estado antes en el ambiente. Pueden, por tanto, imaginarse el antiguo Sol, no formado de rocas, plantas y animales como es el caso de la Tierra hoy en día, sino de seres que eran hombres que habían avanzado solo a la etapa de planta-humana. También existía una especie de mineral. Estos eran los dos reinos de la naturaleza presentes en el sol. No deben mezclar el antiguo sol con el sol actual. El antiguo sol estaba rodeado por su poderosa envoltura astral, que era luminosa. Había, por así decirlo, una envoltura aérea que rodeaba al Sol, pero una envoltura aérea que era al mismo tiempo astral y luminosa.
Hoy en día, el hombre tiene un cuerpo físico, un cuerpo etérico, un cuerpo astral y un ego. Cuando el ego trabaja sobre el cuerpo astral, ennobleciéndolo intelectual, moral y espiritualmente, el cuerpo astral se convierte en el yo espiritual o manas. A partir de ahora, esto apenas ha comenzado, pero cuando en el futuro se haya completado, cuando el hombre haya transformado todo su cuerpo astral, su cuerpo astral se volverá físicamente luminoso. Al igual que la semilla contiene a toda la planta en su interior, también su cuerpo astral contiene la semilla de luz. Esta se difundirá en el mundo del espacio, su formación y desarrollo continuo efectuado por el hombre a medida que purifica y ennoblece cada vez más su cuerpo astral. Nuestra tierra se transformará en otros planetas. Hoy está oscuro. Si uno lo observara desde el espacio, entonces vería que aparece brillante solo a través de la luz reflejada del sol. Algún día, sin embargo, será luminoso, luminoso por el hecho de que los seres humanos habrán transformado todos sus cuerpos astrales. La totalidad de los cuerpos astrales se derramará como luz en el espacio del mundo, como ocurrió también en la época del antiguo Sol. En el había elevados seres en su etapa humana, y estos seres tenían cuerpos astrales luminosos. La Biblia, muy correctamente, llama a estos seres, Espíritus de la Luz o Elohim.
¿En qué trabaja un hombre en su cuerpo astral? En lo que llamamos la bondad y el sentido común. Si observan a un salvaje que todavía está al nivel de un caníbal, siguiendo ciegamente sus pasiones, deben decir de él que está por debajo de los animales porque el animal aún no comprende, no tiene conciencia de sus acciones. El hombre, sin embargo, incluso el más bajo, ya tiene un yo. La persona más educada puede distinguirse del salvaje por el hecho de que ya ha trabajado en su cuerpo astral. Ha entendido ciertas pasiones de tal manera que se dice a sí mismo: "Esta puedo seguirla, a esta otra no puedo seguirla". A ciertas urgencias y pasiones las transforma en configuraciones más refinadas, que él considera su ideal. Forma conceptos morales. Todas estas son transformaciones de su cuerpo astral. El salvaje no puede hacer aritmética o emitir juicios. Esta propiedad que el hombre ha adquirido a través del trabajo sobre su cuerpo astral de encarnación a encarnación. Lo que se desarrolla a medida que el hombre gradualmente ennoblece su forma imperfecta actual para convertirse en ese ser de luz del que hemos hablado, se llama asimilación de la sabiduría. Cuanta más sabiduría contenga el cuerpo astral, más luminoso será. Los Elohim, esos seres que habitaban en el Sol, estaban completamente impregnados de sabiduría. Así como nuestras almas se relacionan con nuestros cuerpos, la sabiduría se relaciona con la luz que fluye hacia el espacio cósmico. Pueden ver, que la relación entre luz y sabiduría no es una imagen que se haya ideado. Sino que se basa en hechos. Es una verdad. Por lo tanto, debe explicarse que los documentos religiosos hablan de la luz como un símbolo de la sabiduría.
Para el estudiante que desarrollaría su capacidad para la visión superior, para la clarividencia, es de gran importancia hacer ejercicios como los siguientes. Al principio, debería imaginar el espacio como oscuro, apagando toda luz ya sea por la oscuridad de la noche o cerrando los ojos. Luego, debe tratar de penetrar gradualmente con sus propias fuerzas internas para obtener una visualización de la luz. Si él hace este ejercicio de la manera adecuada, se puede construir una visualización de un espacio completamente iluminado. A través de las fuerzas internas, la luz puede ser engendrada, no la luz física, sino un precursor de lo que mas tarde será visible, no para el ojo físico, sino para órganos de percepción más refinados. Esta luz interior en la que aparece la sabiduría creativa es también llamada luz astral. Cuando el estudiante engendra luz a través de la meditación, la luz realmente se convertirá para él en como un ropaje de seres espirituales que realmente están presentes, como los Elohim. Estos seres de luz, como el que se convertirá algún día el ser humano, están incluso ahora siempre presentes. Esta es la forma en que todas esas personas han procedido que conocen el mundo espiritual a partir de sus propias experiencias.
A través de ciertos otros métodos que también discutiremos en el transcurso del tiempo, el ser humano puede alcanzar un nivel desde el cual, a través de su propio poder interno, el espacio aparece como algo más aún. Cuando practica ciertos ejercicios, entonces el espacio no solo se verá inundado por la luz de la sabiduría, sino que también sonará. En la antigua filosofía pitagórica, como saben, es mencionada la armonía de las esferas. Por esfera debemos concebir el espacio cósmico, espacio en el que las estrellas están flotando. Esto generalmente se considera una imagen artificial, pero hay que insistir, que no es una comparación poética, sino una realidad. Cuando uno ha practicado lo suficiente de acuerdo con las instrucciones, aprende a escuchar una música real que fluye a través del espacio cósmico. Cuando el espacio comienza a resonar espiritualmente, entonces se puede decir que la persona está en devachan. Estos tonos son de una esencia espiritual; no viven en el aire, sino en una materia mucho más elevada y refinada, el Akasha. El espacio que nos rodea está continuamente lleno de esa música, y hay ciertos tonos básicos. Pueden hacerse una idea de esto si me siguen en la siguiente consideración, que estoy seguro que a los astrónomos matemáticos les parecerá como pura locura. Anteriormente hemos mencionado que nuestra tierra se desarrolló gradualmente. Al principio, era Saturno, luego se convirtió en Sol, luego Luna y la Tierra. Con el tiempo se convertirá en Júpiter, Venus y Vulcano. Ahora, se preguntarán: “Pero hoy todavía existe un Saturno en los cielos; ¿En qué relación se encuentra la primera encarnación de la Tierra con este Saturno? ”. Nuestro Saturno actual recibió su nombre en la antigüedad cuando los sabios aún daban nombres significativos a las cosas. Se le dio su nombre por su propia naturaleza. Hoy, esto ya no se hace. Urano, por ejemplo, no tiene un nombre tan justificado, ya que se descubrió más tarde.
Lo que hoy vemos en los cielos como el planeta Saturno se relaciona con nuestra tierra como un chico con un anciano. Un día Saturno se convertirá en una tierra. Tan improbable sería que el anciano se desarrolláse a partir del chico que está a su lado, como improbable es que la tierra se haya desarrollado a partir del Saturno que está en los cielos hoy. Y lo mismo pasa con los otros cuerpos celestes. El sol es un cuerpo tal como lo fue una vez la tierra; Sin embargo, ha avanzado. Así como el niño se sitúa cerca del anciano, así pasa tambien con los diversos planetas que están en los cielos. Se hallan en diferentes etapas de la evolución, que nuestra Tierra, ahora en su cuarta encarnación, ya ha pasado parcialmente y que parcialmente pasará en el futuro. Los planetas, sin embargo, mantienen una cierta relación entre sí, y el ocultista expresa esta relación de manera diferente a como lo hace el astrónomo en la actualidad.
Saben que la tierra gira alrededor del sol, que Mercurio y Venus, como hermanos de la tierra, también giran, y también saben que el sol mismo se mueve. Pues bien, la astronomía oculta ha llevado a cabo investigaciones exactas de estos movimientos. Ha investigado no solo el movimiento de la tierra y los otros planetas, sino también el movimiento del mismo sol. Aquí se llega a un punto definido en el espacio cósmico que es una especie de centro espiritual alrededor del cual giran el sol, y con ello nuestra tierra y todos los planetas. Los diferentes cuerpos, sin embargo, no se mueven a igual velocidad. Es precisamente esta relación de la velocidad de sus movimientos entre sí lo que la astronomía oculta ha determinado. Se parte del hecho de que cuando vemos a Marte, Venus, etc., estos cuerpos celestes se mueven a cierta velocidad, pero todo el cielo estrellado parece estar inmóvil. En el sentido de la verdadera investigación oculta, este reposo es solo aparente. En realidad, este cielo estrellado se mueve una distancia definida en cien años, y esta distancia a través de la cual progresa el firmamento se designa como el número básico. Si se asume este movimiento y se comparan los movimientos planetarios con él, encontramos que:
El movimiento de Saturno es dos veces y media el de Júpiter;
El de Júpiter es cinco veces el de Marte;
Marte es el doble que el de la luna.
Sin embargo, el movimiento de Saturno es 1.200 veces mayor que el de toda la cúpula celeste.
Bien pues, cuando surge una armonía musical física, se fundamenta en el hecho de que diferentes cuerdas se mueven a diferentes velocidades. De acuerdo con la velocidad con que se mueven cada una de las cuerdas, suena un tono más alto o más bajo, y la combinación de estos tonos diferentes produce la armonía. Lo mismo que ustedes, aquí en el mundo físico, reciben impresiones musicales de las vibraciones de las cuerdas, del mismo modo, quien haya penetrado hasta el nivel de clarividencia en el devachan oye los movimientos de los cuerpos celestes. A través de la relación de las diferentes velocidades de los planetas, surgen los tonos fundamentales de la armonía de las esferas que suenan a través del cosmos. La Escuela de Pitágoras estaba en lo cierto cuando hablaba de una armonía celestial. Se pueden oír con oídos espirituales. Cuando se esparce un polvo fino lo más uniforme posible sobre una placa de latón delgada y después se toca el borde con un arco de violinista, el polvo se mueve en un patrón de líneas definido. Se formarán todo tipo de figuras dependiendo del tipo del tono. El tono efectúa una distribución del material. Estas figuras son llamadas de Chladny. Cuando el tono espiritual de la armonía celestial resonó en el universo, organizó los planetas y sus interrelaciones. Lo que ustedes ven extendido en el espacio cósmico fue organizado por este tono creador de la Deidad. A través del hecho de que este tono sonaba en el espacio mundial, la materia se transformó en un sistema solar, en un sistema planetario. Se puede ver que la expresión "armonía celeste" es, por lo tanto, algo más que una comparación ingeniosa. Es una realidad.
Ahora pasemos a otra consideración. Cualquiera que se haya ocupado durante algún tiempo con la antroposofía sabe, que nuestra Tierra en su encarnación actual ha experimentado varias etapas de desarrollo. En el lejano pasado estaba en una condición de fluido ardiente. Lo que hoy es piedra y metal fluía en ese tiempo como hoy el hierro fluye en una fundición. La objeción de que en ese tiempo no podría existir ningún ser vivo no se sostiene, porque el cuerpo humano estaba adaptado para las condiciones de aquél tiempo. La Tierra se transformó pasando de esta condición de fluido ardiente, a lo que llamamos la época atlante. Nuestros antepasados vivían entonces en un continente que hoy forma el suelo del Océano Atlántico.
Naturalmente, estos antepasados estaban constituidos de manera muy diferente del hombre de hoy. En ciertos aspectos, eran clarividentes, poseían aún un eco de etapas superiores de clarividencia. El hombre atlante no habría podido ver un objeto exterior espacialmente delimitado. En los primeros días de la evolución atlante, la percepción visual era muy diferente. Cuando una persona se acercaba a otra, lo que percibía no era su forma perfilada. Más bien, surgía dentro de él una imagen coloreada que no tenía nada que ver con la forma externa, sino que reflejaba una condición interna del alma. Podría, por ejemplo, haber visto el sentimiento de venganza en el otro y en consecuencia huía de él. En una imagen roja brotando repentinamente, se expresaba el sentimiento de venganza. La visión exterior de los objetos se fue desarrollándo de forma bastante gradual. Lo que el hombre veía antaño era una especie de color astral, y se produjo la transformación cuando el hombre extendió este color sobre los objetos, por así decirlo. Naturalmente, este otro tipo de percepción estaba relacionado con el hecho de que el hombre en aquél tiempo veía de modo muy diferente al hombre de hoy. En el período posterior de la Atlántida, el hombre, por ejemplo, tenía una frente física en retroceso, mientras que el cuerpo etérico sobresalía como un poderoso globo. Después ya los cuerpos físicos y etéricos se unieron y cuando ambos se unieron por debajo de la frente, entre los ojos, el hombre llegó a un momento importante en su evolución. Hoy en día, la cabeza etérica del hombre encaja con la cabeza física. Esto todavía no es así con el caballo, pero a medida que la cabeza humana cambiaba, también se transformaban otros miembros. Poco a poco fue surgiendo la forma corporal actual del hombre. Piensen vívidamente en el final de la época atlante. El hombre todavía tenía una especie de clarividencia; El aire estaba saturado de vapor de agua. En este denso aire acuoso, el sol y las estrellas no podían ser percibidos; un arco iris nunca podría haber llegado a verse; Masas gruesas y pesadas de niebla cubrían la tierra. Es por eso es que el mito habla de Niflheim, de un hogar de niebla. Luego las aguas que se esparcían por todo el aire, se condensaron. Cubrieron la Atlántida. La poderosa condensación de las masas de niebla en agua, dieron paso al Diluvio. Cuando el agua se separó del aire, surgió nuestra percepción actual. Solo cuando el hombre pudo ver los objetos a su alrededor, solo entonces pudo verse a sí mismo.
El cuerpo físico muestra muchas regularidades que tienen un significado más profundo. Una de estas es la siguiente. Si se tiene que hacer un arca cuya altura, anchura y longitud estuvieran en relación de tres a cinco a treinta, la longitud correspondiente a la longitud del cuerpo, entonces la altura y la anchura también corresponderían a las proporciones del cuerpo. En otras palabras, a continuación se dan las proporciones de un cuerpo humano normalmente organizado. [Aquí, longitud = profundidad.] Cuando el hombre emergió del Diluvio de la Atlántida, las proporciones de su cuerpo físico correspondían a estas medidas. Esto se expresa en la Biblia de una manera hermosa en las siguientes palabras:


“Y Dios le ordenó a Noé que construyera un arca de trescientos sesenta y cuatro m. de largo, sesenta de ancho y treinta y seis de alto” (I Moisés, 6-15). [El primer libro de Moisés, Génesis. e.Ed] En estas medidas del Arca de Noé, hemos establecido exactamente las medidas para la armonía del cuerpo humano. Cuando llegamos a explicar las razones por lo tanto, podremos mirar más profundamente el significado de estas palabras bíblicas.

GA114 Basilea 26 de sept. de 1909 La doctrina de la reencarnación y el karma y el cristianismo. Dos tipos de la antigua iniciación, Jonás y Salomón. El Principio Cristo y el nuevo tipo de iniciación evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

LA DOCTRINA DE LA REENCARNACIÓN Y EL KARMA 
Y EL CRISTIANISMO


Basilea 26 de sept. de 1909

décima conferencia
En esta conferencia, como resultado de lo expuesto en las anteriores sobre el Evangelio de Lucas, llegaremos a la cumbre de nuestras contemplaciones, a ocuparnos del “Misterio del Gólgota”.
En las conferencias anteriores hemos tratado de explicar lo que realmente aconteció en aquel momento de la evolución de la humanidad en que el Cristo, durante tres años, vivió sobre la Tierra; además, hemos caracterizado cómo ese acontecimiento pudo tener lugar gracias a la confluencia de las corrientes espirituales a que nos hemos referido. La misión del Cristo sobre la Tierra, la llegaremos a comprender mejor si somos capaces de apreciar el contenido del Evangelio de Lucas bajo la luz de los conocimientos adquiridos a través de la Crónica del Akasha.
Ahora, alguien podría preguntar: Basándonos en el hecho de que la corriente espiritual del budismo se entreteje orgánicamente con el cristianismo, ¿Cómo se explica entonces que dentro de la doctrina del cristianismo no se haga referencia alguna a la gran Ley del “karma” la que rige la compensación del destino en el curso de las distintas encarnaciones del ser humano?. Empero, seria un malentendido creer que ese Evangelio no contuviera las verdades que la ley del karma nos enseña. Ciertamente, las contiene; no obstante, si queremos comprenderlo correctamente, hemos de ver con claridad que en distintas épocas, el alma humana también tiene necesidades distintas. Los grandes misionarios de la evolución del mundo no siempre pueden dar a la humanidad la verdad absoluta en forma abstracta; puesto que los hombres, en sus distintos grados de madurez, no serían capaces de comprenderla, sino que esos misionarios tienen que hablar de tal manera que los hombres reciban lo adecuado de cada época. Lo que el Buda ha dado a la humanidad, contiene toda la sabiduría que, en relación con la doctrina de la piedad y del amor y su aplicación por el sendero de ocho etapas, conduce a la profunda comprensión de la idea del karma; y sólo es preciso admitir que el alma humana contiene todo cuanto pueda conducirla a la idea del karma y la reencarnación.
En la conferencia anterior hemos dicho que dentro de tres mil años a contar de ahora, gran parte de la humanidad ha de llegar al grado de desarrollo en que, por las fuerzas de su propia interioridad, será capaz de alcanzar la doctrina del sendero de ocho etapas y - hoy podemos agregar - también la del karma y la reencarnación. Pero este desarrollo ha de producirse lentamente, paso a paso, pues, así como la planta no produce flores, una vez colocada la semilla en la tierra, sino que primero tiene que desarrollar las hojas, según leyes inherentes, así también es necesario que la evolución espiritual de la humanidad vaya de grado en grado y que, a su debido tiempo, aparezcan los resultados correspondientes. Quien, dotado de las facultades que la ciencia espiritual le puede dar, profundice la contemplación anímica, necesariamente encontrará la idea del karma y la reencarnación. Sin embargo, hay que tener presente que la evolución va por etapas, y que realmente es así que sólo en nuestros tiempos las almas llegaron a la madurez para encontrar en si mismas la idea del karma y la reencarnación. No hubiera sido conveniente que, exotéricamente, esta doctrina se hubiese dado a conocer algunos siglos antes de nuestra era; tampoco hubiera sido conveniente que, un par de siglos antes de nuestra era, el contenido de nuestra ciencia espiritual, tan hondamente anhelada por las almas humanas y vinculada con la investigación del fundamento de los Evangelios, abiertamente hubiese sido dado a la humanidad. Para ello, ha sido necesario que las almas tuviesen sed de recibir ese contenido y que desenvolviesen las facultades para acoger la idea del karma y la reencarnación; también ha sido necesario que esas almas hayan pasado por encarnaciones anteriores, incluso dentro de la era cristiana, con el fin de adquirir la madurez de comprender dicha idea. Sólo en nuestros tiempos, la humanidad alcanzó la madurez para acoger el contenido espiritual del karma y de la reencarnación. Por esta razón, no es de extrañar que en lo que, desde hace siglos, ha sido transmitido a la humanidad como contenido de los Evangelios, figure mucho que en realidad da una imagen enteramente tergiversada del cristianismo. En cierto modo, el Evangelio fue dado a los hombres prematuramente, puesto que sólo ahora están llegando a la madurez para desarrollar en el alma las facultades que pueden conducirlos a la comprensión del verdadero contenido de los Evangelios. Ha sido absolutamente necesario que la forma de hablar de Cristo tuviera en cuenta el estado del alma humana de aquella época, de modo que no correspondía dar una doctrina abstracta de reencarnación y karma, sino hacer fluir en el alma humana los sentimientos que paulatinamente la hiciesen madurar para acoger aquella doctrina. Dicho de otro modo: en aquella época hubo que transmitir lo que paso a paso condujese a la comprensión del karma y de la reencarnación; en cambio, no correspondía dar la doctrina misma.
Si queremos saber si el Cristo y los que le rodeaban hablaron así, hemos de examinar el Evangelio de la correcta manera; y si lo hacemos con la debida comprensión, veremos en qué forma se pudo entonces hablar de la ley del karma.

Lucas 6, 20-23: Bienaventurados vosotros los pobres; porque
vuestro es el reino de Dios. Bienaventurados los que ahora tenéis
hambre; porque seréis saciados. Bienaventurados los que ahora
lloráis, porque reiréis. Bienaventurados seréis, cuando los
hombres os aborrecieren, y cuando os apartaren de sí, y os
denostaren, y desecharen vuestro nombre como malo, por el Hijo
del hombre. Gozaos en aquel día, y alegraos; porque vuestra
recompensa es grande en los cielos.

Aquí tenemos la doctrina de la recompensa o “compensación”, sin que se mencione, en forma abstracta, la idea de karma y reencarnación, sino haciendo fluir en las almas el sentimiento de certidumbre de que el hombre que en algún sentido sufra hambre o privación, experimentará la compensación. Sentimientos de esta índole tuvieron que verterse en las almas humanas que entonces vivieron en la Tierra; y las que acogieron la doctrina en esa forma, alcanzaron, en su nueva encarnación, la madurez para recibir la sabiduría de la idea de karma y reencarnación. Al reencarnarse estas almas, había llegado una era totalmente nueva; una época en que el hombre empezó a desarrollar su Yo, su autoconciencia, con plena madurez. En tiempos pasados, el hombre recibía las revelaciones cuyos efectos obraban en su cuerpo astral, su cuerpo etéreo y cuerpo físico; ahora, en cambio debió alcanzar la plena conciencia de su Yo, pero sólo paso a paso, este Yo se llenará de las fuerzas que ha de recibir. Únicamente aquel Yo que vino a la Tierra con la corporalidad adecuada, la del Jesús natánico en que previamente se había incorporado la individualidad de Zoroastro, sólo este Yo pudo realizar en sí mismo el principio universal del Cristo. Los demás seres humanos, paso a paso y mediante la imitación del Cristo, deberán desarrollar en sí mismos lo que en aquel tiempo, durante años, existió sobre la Tierra en aquella única personalidad. El Cristo no pudo dar a la humanidad sino el estímulo, el germen; y, en el curso de los tiempos, este germen tiene que desenvolverse y crecer. Igualmente, se predispuso lo necesario para que en el curso de la evolución terrestre y en los momentos correspondientes, aparecieran los hombres que trajeran a la humanidad lo que en los tiempos posteriores contribuyese a su mayor madurez. El Cristo dio “la anunciación” en la forma en que la humanidad de su época lo pudo comprender y, además, predispuso lo pertinente para que más tarde aparecieran las individualidades que en lo espiritual contribuyesen al desarrollo de las almas, según la mayor madurez de éstas.
El autor del Evangelio de Juan nos describe de qué manera el Cristo preparó lo que debió suceder en los tiempos posteriores al acontecimiento del Gólgota. Nos relata cómo, en la figura de Lázaro, el Cristo resucitó a la individualidad que más tarde actuó como Juan en la forma descripta en las conferencias sobre el “Evangelio de Juan”. (El Evangelio según San Juan, del mismo autor). Además, el Cristo debió disponer lo necesario para que en tiempos aun posteriores pudiera aparecer otra individualidad la que, en sentido de la ulterior evolución, hiciera fluir en la humanidad lo que entonces correspondiese a la madurez más avanzada del ser humano. Con este fin, el Cristo debió resucitar a otra individualidad más. La descripción de este hecho, nos la da fielmente el autor del Evangelio de Lucas. Al decirnos que él describe lo que en aquel tiempo el clarividente imaginativo e inspirado pudo transmitir acerca del acontecimiento de Palestina, nos señala a la vez lo que, en tiempos por venir, otra individualidad dará como su enseñanza. Con relación a este proceso misterioso, el autor del Evangelio de Lucas nos habla en este documento de otra “resurrección”. Lo que allí encontramos sobre la resurrección del jovencito de Naín, contiene el misterio del eterno obrar del cristianismo. Mientras que la curación de la hija de Jairo, de la que les hablé en la penúltima conferencia, se relaciona con tan profundos misterios que el Cristo sólo permitió la presencia de muy pocas personas a las que después impone que no lo contasen a nadie; vemos, en cambio, que otra “resurrección” se realiza así que inmediatamente se difunde. En el primer caso se trató de una curación que presuponía el profundo conocimiento de los procesos del cuerpo físico; el otro caso representa una resurrección, una iniciación. La individualidad que estuvo incorporada en el adolescente de Naín, debió experimentar una iniciación de singular característica.
Existen diversas formas de iniciación. Una de ellas consiste en que, inmediatamente después del proceso que conduce a la iniciación, el ya iniciado percibe la luz del conocimiento de los mundos superiores y tiene la visión de los fenómenos y leyes de los mundos espirituales. Otra forma de la iniciación puede tener lugar de tal manera que, como primer paso, el alma del iniciando tan sólo recibe el germen y que deberá esperar hasta que, en una nueva encarnación, se desenvuelva este germen con el resultado de que en esa encarnación posterior llegará a la iniciación en su verdadero sentido. Semejante iniciación se hizo efectiva en la individualidad del adolescente de Nain. En los tiempos del acontecimiento de Palestina, su alma resultó transformada; aún no tenia la conciencia de haberse elevado a los mundos superiores. En la encarnación posterior se desenvolvieron las fuerzas que en aquel momento quedaron introducidas en esta alma.
Aquí, en una conferencia exotérica no pueden darse los nombres históricos; solamente podemos señalar que esa misma individualidad apareció a su tiempo en un poderoso maestro religioso; de manera que, en una época posterior, surgió un nuevo representante del cristianismo, con las fuerzas que fueron vertidas en el alma del adolescente de Naín.
En los tiempos venideros, esta misma individualidad estará llamada a introducir en el cristianismo, cada vez más, la doctrina de reencarnación y karma; o sea, unir con el cristianismo las enseñanzas que en los tiempos en que el Cristo vivió en la Tierra, no pudieron darse como sabiduría concreta, pues debieron verterse en las almas como fuerzas del sentimiento. El Cristo dio a comprender que la plena conciencia del Yo entró como algo totalmente nuevo en la evolución de la humanidad, y señaló - esto lo verá quien sepa leer con la debida atención - que en tiempos pasados el hombre no vivenciaba el mundo espiritual con plena conciencia de su Yo, sino que lo espiritual le penetraba por medio de los cuerpos físico, etéreo y astral, y que ello siempre estaba acompañado de un cierto grado de inconsciencia. Anteriormente, el hombre debió recibir la Ley del Sinaí que solo hablaba a su cuerpo astral. Esta ley obraba en él, pero no directamente por las fuerzas de su Yo las que solo pudieron obrar en los tiempos del Cristo Jesús, porque solo entonces el hombre alcanzo la conciencia de su Yo. El Cristo lo da a entender, según el Evangelio, cuando dice que, para acoger un principio totalmente nuevo, era necesario que el alma humana llegase a su plena madurez; lo da a entender al hablar de su precursor, Juan el Bautista.
¿Como vio el Cristo a la individualidad de Juan?.
Dijo que Juan, antes de la aparición del Cristo, era llamado a caracterizar, en la forma más pura y más noble, el contenido de la antigua doctrina de los Profetas. Para el Cristo, Juan fue la figura que, como por última vez, represento, en la forma más pura y más noble, lo que pertenecía a los tiempos antiguos. Hasta el tiempo de Juan prevalecían la “Ley y los Profetas”, y él debió, por última vez, exponer al hombre lo que la antigua doctrina y el antiguo contenido del alma podían darle. Pues, ¿Como obraba este antiguo contenido del alma en los tiempos antes de entrar el principio del Cristo en la evolución?.
He aquí algo que a su debido tiempo se convertirá en conocimiento de la ciencia natural, cuando ella se dejará inspirar por la ciencia espiritual, por más extraño que actualmente se le parezca. Al respecto, tengo que tocar algo, aunque solo de paso, para demostrar hasta qué profundidades de la ciencia natural, la ciencia espiritual es capaz de proyectar luz. Actualmente, mediante las limitadas capacidades del pensamiento humano, la ciencia natural trata de penetrar en los misterios de la existencia humana. Ella expone que por la acción conjunta de los gérmenes masculino y femenino se logra la formación de todo el organismo humano. Mediante el microscopio, cuidadosamente trata de establecer lo que en la sustancia se halla de origen masculino y lo que proviene del germen femenino. Sin embargo, llegará el día en que esta ciencia natural, por su propia investigación, se verá impulsada a reconocer que solo una parte del organismo humano se determina por la acción de los gérmenes masculino y femenino, y que en el actual ciclo evolutivo es, efectivamente así que - por más exactamente que se llegue a definir lo que proviene de los distintos gérmenes - por regla resultará que esto no da la explicación toda. En todo organismo humano existe algo que no se origina en el germen, sino que, en cierto modo, es de “nacimiento virgíneo”; algo que desde otras esferas se vierte en el proceso germinativo. Con el germen humano se reúne algo que no proviene del padre ni de la madre, pero que no obstante le pertenece y que, como destinado a él mismo, penetra en su Yo, dentro del cual podrá ennoblecerse si llega a unirse con el Cristo. Lo que en el curso de la evolución de la humanidad se unirá con el Cristo, es la parte que representa el nacimiento virgíneo. Con sus propios medios, la ciencia natural descubrirá que esto se halla en relación con la importante transición que en los tiempos del Cristo tuvo lugar. Antes de esa transición, nada pudo haber en lo interno del ser humano sino lo que provenía del germen; y esto nos hace ver que en el curso de los tiempos realmente se producen cambios con respecto a la evolución del Yo. Acogiendo el principio del Cristo, la humanidad tiene que desarrollar y ennoblecer lo que, desde aquel tiempo, se le va agregando a los componentes del mero germen.
Esta contemplación nos acerca a una sutil verdad. Para el conocedor de la ciencia natural moderna es interesante ver que al investigador de ciertos fenómenos resulta casi palpable que en el ser humano hay algo que no se origina en el germen. Sería fácil descubrirlo, puesto que las condiciones previas ya existen, sólo que el intelecto del investigador aún no se ha desarrollado lo suficiente como para reconocer correctamente lo que sus experimentos y observaciones le ofrecen. La ciencia natural no llegaría muy lejos si únicamente dependiera de la habilidad de los investigadores. Mientras éstos trabajan en el laboratorio, en la clínica o en otros campos de actividades, las potencias que dirigen al mundo se hallan detrás de ellos y hacen aflorar a la superficie lo que el mismo investigador no comprende y para lo cual él es tan sólo instrumento. Es absolutamente correcto decir que incluso la investigación objetiva es dirigida por los “maestros”, las individualidades superiores; sólo que de esto comúnmente el hombre no se da cuenta. No obstante, estas cosas entrarán en observación tan pronto las facultades conscientes de los investigadores se compenetren de los conocimientos espirituales de la Antroposofía.
Gracias a la evolución que desde la venida del Cristo a la Tierra ha tenido lugar, se ha operado una gran transformación de las facultades del hombre, el que anteriormente sólo pudo valerse de las facultades que surgían de los gérmenes paterno y materno. Durante la vida entre el nacimiento y la muerte, el hombre desenvuelve las facultades inherentes a los cuerpos físico, etéreo y astral. Antes de la época del Cristo Jesús, esas facultades únicamente fueron preparadas de cuanto el mismo germen daba; después se agregó lo que proviene del nacimiento virgíneo y que no se debe al germen. Naturalmente, estas nuevas facultades pueden echarse a perder sí el hombre se abandona a la mera concepción material; en cambio, sí él acoge el calor que emana del principio del Cristo, las ennoblecerá y las llevará consigo, en forma cada vez más elevada, a las nuevas encarnaciones.
Lo que antecede, presupone que en todas las enseñanzas anteriores al advenimiento del Cristo hubo un elemento determinante que dependía de las facultades provenientes de la descendencia y que el hombre recibía con el germen. Presupone, además, que el Cristo tuvo que dirigirse a las facultades que nada tienen que ver con el germen terrestre sino a las que se unen con el germen que proviene de los mundos divinos. Para hablar a los hombres, todas las grandes individualidades aparecidas antes de la venida del Cristo Jesús no pudieron valerse sino de las facultades adquiridas en su naturaleza terrena a través del germen; todos los profetas, los grandes fundadores e incluso los Bodisatvas tuvieron que servirse de estas facultades. No así el Cristo Jesús; Él habló a aquello en el hombre que no se origina en el germen sino a lo que proviene del reino de lo divino; y así habló a sus discípulos sobre la naturaleza de Juan el Bautista: “Os digo que no hay mayor profeta que Juan el Bautista, entre los nacidos de mujeres”. Esto quiere decir, entre los cuya naturaleza tiene su origen en el germen masculino y femenino. Pero sigue diciendo: “La más mínima parte de lo que no nació de mujer y que se une con el hombre desde el reino de Dios, es mayor que Juan”. ¡Tan profunda verdad se oculta tras estas palabras!. Cuando los hombres estudien la Biblia bajo la luz de la ciencia espiritual, descubrirán que ella contiene verdades fisiológicas más grandes que todo cuanto el moderno pensar fisiológico y superficial pueda producir. Las palabras citadas nos inducen a buscar una de las más grandes verdades fisiológicas.
El Cristo lo explica de la más variada manera. Quiere destacar que lo que Él trae al mundo es algo totalmente nuevo, distinto de todo lo anteriormente dado, porque se enuncia con las facultades provenientes de los reinos de los cielos, facultades no recibidas por herencia. Señala también que no será fácil comprender semejante verdad, semejante Evangelio, porque los hombres quieren llegar a la convicción de la misma manera como antes pudieron comprenderlo. Pero el Cristo dice que de la nueva verdad no es posible convencerse de esa misma manera, puesto que el testimonio de la forma antigua no es propio para comprender la nueva. Las formas en sentido de la antigua verdad se comprenden cabalmente si se simbolizan mediante la “señal de Jonás”. Esta señal simboliza la manera antigua de cómo el hombre se eleva al conocimiento de los mundos espirituales, o - con palabras de la Biblia - se convierte en profeta. La antigua manera de llegar a la iniciación ha sido como sigue: a los iniciandos se los preparaba cuidadosamente para que su alma adquiriese la debida madurez de conocer la vida espiritual; después, durante tres días y medio, se los mantenía sustraídos al mundo exterior en un lugar donde sus sentidos exteriores nada podían percibir, y donde su cuerpo se encontraba en un estado parecido a la muerte. A los tres días y medio volvíase a despertarlos, haciendo volver el alma a su cuerpo. Estos hombres poseían entonces la capacidad de recordar la visión de los mundos superiores, obtenida en ese estado, y de hablar ellos mismos de esos mundos. Esto fue el gran secreto de la antigua iniciación, que al alma, después de su intensa preparación, se le mantenía fuera del cuerpo, durante tres días y medio, en un mundo totalmente distinto. Así quedaba aislada del mundo exterior y penetraba en el mundo espiritual. Dentro de los pueblos antiguos, siempre había semejantes hombres que sabían hablar del mundo espiritual, porque habían pasado por lo que en la Biblia es llamado el “estar Jonás en el vientre del pez”. Cuando estos iniciados aparecían ante el pueblo, ostentaban la “señal de Jonás”, como indicio de que eran capaces de penetrar en el mundo espiritual.
En sentido antiguo no hay, dijo el Cristo, otra señal que la de Jonás, y en el Evangelio lo explica aún más claramente: Existe, por cierto, como herencia de tiempos antiguos, la posibilidad de convertirse en clarividente – en forma opaca, indecisa - sin aquel método de iniciación, sino por revelación directa desde el mundo espiritual. Y el Cristo agregó: Mirad al rey Salomón que fue de la índole de aquellos que, sin preparación previa, por revelación desde las alturas, obtuvieron la visión del mundo espiritual. En este mismo sentido, la “reina de Saba” que vino a encontrarse con el rey Salomón, fue la portadora de la sabiduría revelada desde las alturas y representante de los predestinados a heredar la clarividencia opaca, que había sido el don de todos los hombres de la época atlante.
Existieron estas dos categorías de iniciados, la representada por Salomón, según la imagen de su encuentro con la reina de Saba, la reina del Austro; y la otra que se realizaba bajo la señal de Jonás, o sea, la antigua iniciación obtenida por el aislamiento del mundo exterior, durante tres días y medio. Nuevamente, el Cristo agregó: “Aquí hay más que Salomón y más que Jonás”, con lo cual indicó que hay algo nuevo que entró en el mundo, y que ahora no sólo se habla al cuerpo etéreo por la revelación desde afuera, como en el caso del rey Salomón, ni tampoco por revelación desde dentro, por medio del cuerpo astral el que, en virtud de su preparación, transmite esa revelación al cuerpo etéreo, tal como lo representa el símbolo de la señal de Jonás. El Cristo dijo: “Aquí hay algo en que el hombre, con la madurez de su Yo, se une con lo que pertenece a los reinos del cielo, y las fuerzas de estos reinos se unen con la parte virginea del alma humana; esta parte se echa a perder si el hombre se aparta del principio del Cristo, pero se cultivará si el hombre se compenetra de lo que fluye del principio del Cristo.
Además, el Cristo quiso mostrar que también puede haber hombres los que, antes de morir, serán capaces de ver los reinos del cielo, por medio del nuevo elemento en el mundo. Sus discípulos no captaron de qué se trataba, pero El quiso mostrarles que se refería a ellos mismos quienes, antes de morir, o antes de experimentar la muerte de la iniciación antigua, experimentarían los misterios de los reinos del cielo. He aquí el maravilloso pasaje en el Evangelio donde el Cristo habla de la revelación superior, diciendo (Cap. 9, 27): “Os digo en verdad, que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que vean los reinos del cielo”. Mas ellos no comprendieron que eran llamados a experimentar el poderoso efecto del Yo, del principio del Cristo, es decir, elevarse directamente al mundo espiritual, sin la señal de Salomón, sin la señal de Jonás. Preguntémonos ahora si esto se ha realizado.
A continuación de las precitadas palabras del Cristo se describe la escena de la transfiguración, donde los tres discípulos: Pedro, Jacobo y Juan se elevan al mundo espiritual, y allí se encuentran con las individualidades - en su existencia espiritual - de Moisés y Elías, percibiendo, asimismo, la esfera espiritual en que vive el Cristo. Por un instante, tienen la visión del mundo espiritual para convencerse de que es posible alcanzar la visión sin la señal de Salomón y sin la señal de Jonás. Mas también se evidencia que los tres son principiantes, pues en seguida se adormecen, después de ser arrancados de los cuerpos físico y etéreo, por la potencia del acontecer. Así, el Cristo los encuentra dormidos. Con todo esto se mostró cuál es la tercera manera de penetrar en el mundo espiritual, aparte de las de la señal de Salomón y de la señal de Jonás. El Cristo sabía que el Yo del hombre debió desarrollarse, que había llegado el momento en que este Yo debió ser inspirado, y que las fuerzas divinas debieron impulsarlo directamente. Sin embargo, también quedó demostrado que el hombre de aquel tiempo, incluso los más avanzados, no fueron capaces de acoger el principio del Cristo. Un primer paso hubo que darse con la transfiguración la que, no obstante, evidenció que los discípulos no poseían suficiente capacidad como para acoger el principio del Cristo. Por esta razón, al querer valerse, momentos más tarde, de este principio, tratando de curar a un enfermo poseído de un demonio, no logran hacerlo; y el Cristo les hace ver que no se hallan sino en el principio del camino, diciéndoles: “Por mucho tiempo aún he de estar con vosotros hasta que vuestras fuerzas puedan fluir en los demás”. El mismo cura entonces al enfermo al que ellos no habían logrado curar. Luego les dice: “Ha de acontecer que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres”; esto quiere decir: está por llegar el tiempo en que paulatinamente ha de fluir en los hombres lo que ellos, por su misión terrestre, deberán desarrollar. Dicho con otras palabras: el tiempo en que el Yo que en su suprema conformación se presentó en el Cristo, será entregado al hombre. “Poned en vuestros oídos estas palabras; porque ha de acontecer que el Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres. Mas ellos no entendían esta palabra, y les era encubierta para que no la entendiesen.” (Lucas 9, 44-45).
Podemos preguntar: ¿Cuántos hombres la han comprendido hasta hoy?. Ciertamente, serán cada vez más los que comprenderán que en aquel momento el Yo, el Hijo del Hombre, debió entregarse a la humanidad. Además, el Cristo dio la explicación apropiada para aquel tiempo, diciendo: El hombre actual es, por una parte, resultado de las fuerzas antiguas las que habían obrado antes de la influencia de las entidades luciféricas y, por otra parte, de estas fuerzas luciféricas que arrastraron al hombre a un nivel más bajo de su estado anímico-espiritual. Las consecuencias se manifiestan en las facultades del hombre actual. En lo que surgió del germen originario se entremezcló, en la conciencia del hombre, lo que le hizo descender a una esfera más baja; él es un ser binario: como resultado de la evolución, su conciencia actual se halla compenetrada de las fuerzas luciféricas. Sólo la parte en que reina lo inconsciente, o sea, lo que en cierto modo proviene, como un remanente, de la evolución a través de Saturno, Sol y Luna, cuando aún no existieron las fuerzas luciféricas; únicamente esto fluye en el hombre como su parte virgínea. Sin embargo, esto no puede aunarse con él si no desarrolla en sí mismo el principio del Cristo. El ser humano, como hoy se nos presenta, es, ante todo, el resultado de lo heredado, de lo que proviene del germen; y sólo su elemento de “infancia” contiene aún un remanente de su existencia de antes de la influencia luciférica; el elemento de “edad madura”, en cambio, se halla compenetrado de las fuerzas luciféricas, las cuales hacen valer su influencia desde el primitivo estado embrionario, y ya al niño lo compenetran. En la vida común no se hace visible lo que antes de la influencia luciférica se ha vertido en el ser humano; pero la fuerza del Cristo volverá a despertarlo, al unirse con el elemento que constituye las mejores fuerzas de la naturaleza infantil del hombre. La fuerza del Cristo no ha de vincularse con las facultades que el hombre echó a perder, las que tienen su origen en el mero intelecto, sino con lo que ha quedado de la antigua naturaleza infantil, pues ésta es lo mejor del ser humano.
“Entonces entraron en disputa, cuál de ellos sería el mayor”, lo que significa: quién sería el más apropiado para acoger en sí mismo el principio del Cristo. “Mas Jesús, viendo los pensamientos del corazón de ellos, tomó un niño, y púsole junto a ellos, diciendo cualquiera que recibiere este niño en mi nombre” - quiere decir, quien en el nombre del Cristo se uniera con lo que ha quedado de los tiempos pre-luciféricos - “a mí recibe; y quien me recibiere a mí, recibe al que me envió”; lo que equivale a decir: al que envió a la Tierra esta parte del ser humano. Esto es el gran significado del elemento que en la naturaleza humana debe cuidarse y cultivarse: su elemento “infantil”. Podemos esforzarnos en desarrollar las promisorias predisposiciones de una persona la que, probablemente, hará buenos progresos. Sin embargo, hoy en día no se toma en consideración lo que existe en lo más profundo del ser humano, que es el elemento en que se han conservado las fuerzas infantiles al que ante todo habría que tomar en cuenta, puesto que las nuevas facultades han de despertarse a través de ese elemento, por medio del principio del Cristo. Todo hombre lleva en si mismo dicha naturaleza infantil la que, si es activa, posee también la sensibilidad para unirse con el principio del Cristo. En cambio, si las fuerzas sometidas a la influencia luciférica, por más elevadas que sean, actúan solas, rechazan y se burlan de lo que como fuerzas del Cristo pueda vivir en la Tierra, tal como el Cristo mismo lo ha vaticinado.
El Evangelio de Lucas nos enseña cuál es el sentido del nuevo mensaje. Cuando el antiguo iniciado, con la señal de Jonás en la frente, aparecía ante los hombres, fue reconocido como capacitado de hablar de los mundos espirituales; mas sólo lo conocieron por su aspecto exterior los que habían recibido la instrucción correspondiente, pues se requiere cierta preparación para comprender la característica de la señal de Jonás. Empero, se necesitaba una nueva preparación - más allá de la señal de Salomón y la de Jonás – para abrir camino a un nuevo modo de comprender y de madurar al alma humana. Los contemporáneos de Cristo Jesús, normalmente, sólo eran capaces de comprender el modo antiguo; la mayoría de ellos pudieron comprender a Juan el Bautista, pero les causó extrañeza que, para dar algo totalmente nuevo, el Cristo se dirigiera a hombres de apariencia absolutamente distinta de la acostumbrada. Habíanse imaginado que El se sentara al lado de los que hacían los ejercicios antiguos, a fin de proporcionarles su enseñanza. No pudieron comprender que El se dirigiera a hombres por ellos considerados como “pecadores”. Mas El les decía: “Si mi mensaje totalmente nuevo lo transmitiera a la humanidad de la manera antigua, en lugar de elegir una forma enteramente nueva, sería lo mismo que remendar de paño nuevo un vestido viejo; o echar vino nuevo en odres viejos. Más lo que ahora debe darse a la humanidad como algo superior a la señal de Salomón o la de Jonás, habrá que verterlo en odres nuevos, es decir en formas nuevas. Debéis hacer un esfuerzo para comprender de un modo nuevo el mensaje que también es nuevo”.
Debieron comprenderlo, no en base a los conocimientos adquiridos intelectualmente, sino por la potente influencia del Yo, por lo que de la naturaleza espiritual del Cristo se había derramado en ellos. Para esto estaban predestinados, no los instruidos en sentido de las doctrinas antiguas, sino los que, a pesar de haber pasado por muchas encarnaciones anteriores, eran gentes sencillas quienes comprendieron al Cristo, gracias a la fuerza de fe, derramada en ellas. Consecuentemente, ante los ojos del mundo, también hubo que presentarles una “señal”. En el gran escenario de la historia universal debió realizarse lo que, en el curso de siglos y milenios, se había realizado, como el pasar por la “muerte mística”, en los Templos de los Misterios. Apareció ante el mundo y se evidenció en el Gólgota como acontecimiento absoluto, todo lo misteriosamente realizado en los grandes templos de la iniciación. Con gran intensidad se presentó ante la humanidad lo que antes, en los tres días y medio de la antigua iniciación, sólo se había presentado a los iniciados. Así se explica que el conocedor de los hechos debió describir lo sucedido en Gólgota como la iniciación antigua transformada en hecho histórico y trasladada al escenario exterior de la historia universal. Lo que anteriormente los pocos iniciados habían experimentado en los templos de los Misterios: el hallarse durante tres días y medio en estado parecido a la muerte – proporcionándoles la convicción de que lo espiritual siempre superará a lo corpóreo y que lo anímico-espiritual pertenece a un mundo superior - eso debió realizarse una vez ante los ojos de todo el mundo. El acontecimiento de Gólgota fue una iniciación trasladada al plano externo de la historia del mundo, realizada no sólo para los que lo presenciaron, sino para toda la humanidad. Lo que irradió de la muerte en la Cruz, se extendió de allí hacia toda la humanidad: con cada gota de sangre de las heridas de Cristo Jesús, una corriente de vida espiritual fluyó hacia toda la humanidad. Pues, como fuerza debió entonces fluir hacia la humanidad lo que antes, como sabiduría, había emanado de otras grandes individualidades. Esta es la gran diferencia entre el acontecimiento del Gólgota y la enseñanza de los demás fundadores de una religión.
Las facultades del hombre actual no alcanzan para comprender correctamente lo que en el Gólgota sucedió. Al principio de la evolución terrestre, el Yo humano se unió con la sangre como su expresión exterior. De no haber venido el Cristo, los hombres hubieran fortalecido su Yo a tal grado que hubieran desarrollado un egoísmo destructivo, pero el acontecimiento del Gólgota los preservó de tal peligro. Al verterse la sangre de las heridas del Cristo Jesús, se derramó el exceso de la sustancia del Yo, como “señal” de que se estaba sacrificando el excedente de egoísmo de la naturaleza humana. Para comprenderlo, hemos de penetrar más profundamente en el significado espiritual del sacrificio del Gólgota. Esto no es asequible al intelecto y la mirada superficial del químico, pues en un análisis químico de la sangre que se derramó en el Gólgota, se hubieran encontrado las mismas substancias que la sangre humana generalmente contiene. No obstante, quien examinara esa sangre con los medios de la investigación oculta, encontraría que efectivamente se trataba de una sangre distinta. Sin el inmenso amor que hizo fluir la sangre del Gólgota, la humanidad, debido al exceso de sangre, se hubiera perdido en el egoísmo; y el investigador oculto descubre ese inmenso amor que penetra la sangre del Gólgota. Particularmente, ha sido la intención del autor del Evangelio de Lucas, describir que por el Cristo llegó al mundo ese inmenso amor que paso a paso ha de expulsar el egoísmo. Cada evangelista describe lo que resulta de su particular intención y tarea; y si examináramos más profundamente todos los hechos, encontraríamos que todos los aspectos contradictorios desaparecen, contradicciones que la investigación materialista pueda encontrar, como por ejemplo las diferencias en cuanto a los acontecimientos previos al nacimiento de Jesús de Nazareth, las que dejan de existir al explicarse lo realmente sucedido. Lucas describe lo que los ministros del verbo, los que lo han visto por sus ojos, pudieron percibir; y también nos habla del amor que se derrama y que perdona, incluso en los casos en que en el mundo físico se le hace sufrir lo más espantoso; de modo que desde la cruz, con toda razón, suenan las palabras: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Por su inmenso amor, el crucificado pide perdón para los que le crucificaron. Aparte, ¡vuelvo a afirmar que este es el Evangelio que nos habla de la fuerza de la fe!. Debióse corroborar que en la naturaleza humana hay algo que, por el solo hecho de verterse al mundo, es capaz de liberar al hombre del mundo sensorio, por más estrechamente que se halle ligado a él. Imaginémonos a un hombre tan atado al mundo sensorio, por toda clase de crímenes, que la justicia del mundo ejecuta la condena; pero que él, no obstante, háyase guardado lo que en su ser pueda hacer germinar la fuerza de la fe. Tal hombre, comparado con otro que no sea capaz de hacer germinar esa fuerza, se diferenciará de éste al igual que uno de los malhechores del Gólgota se diferenciaba del otro. El primero poseía la fe cual una débil luz que irradia al mundo espiritual; es por ello que no ha de perder el vínculo con lo espiritual y que el Cristo le dice: “De cierto te digo que hoy, puesto que tú sabes que estás vinculado al mundo espiritual, estarás conmigo en aquello que se halla en el paraíso”. De esta manera, en el Evangelio de Lucas, aparte de la verdad sobre el amor, resuenan también, desde la cruz, las verdades de la fe y la esperanza.
Además, desde el ámbito anímico que el autor de este Evangelio nos describe, ha de cumplirse algo más.
El hombre, compenetrado del amor que fluyó de la cruz del Gólgota, dirá: La evolución sobre la Tierra ha de realizarse de tal manera que el espíritu que en mí tiene vida, en el curso del tiempo transformará toda la existencia física terrestre. El principio del Dios Padre, que existió antes de la influencia luciférica, será restituido a ese mismo principio, pero el principio del Cristo penetrará todo nuestro espíritu, y por nuestras manos se manifestará lo que en nuestras almas vive como una clara imagen. En nuestras manos, creadas por el principio del Dios Padre, fluirá el principio del Cristo. En lo que los hombres, a través de sus encarnaciones, hacen por medio de sus cuerpos, fluirá lo espiritual que proviene del Misterio del Gólgota; de modo que el mundo externo será transformado por el principio del Cristo. La calma que emanó de la cruz del Gólgota conducirá a la suprema esperanza por el porvenir, al ideal: En mi ser germinará la fe, en mi ser germinará el amor; la fe y el amor, al acrecentarse, penetrarán toda la existencia exterior. “La esperanza por el porvenir de la humanidad acompañará a la “fe” y el “amor”, y el hombre comprenderá que en el futuro deberá adquirir la calma y la certeza: “Si tengo fe y amor, también puedo tener la esperanza de que lo recibido del Cristo fluirá, cada vez más, hacia fuera”. Así, el hombre comprenderá las palabras que como alto ideal resonaron desde la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.
Así, desde la cruz, suenan las palabras de la fe y de la esperanza en el Evangelio que nos describe la confluencia en Jesús de Nazareth de las anteriormente separadas corrientes espirituales. Lo que otrora la humanidad había recibido como “sabiduría”, fluyó en ella como fuerza del alma, como el elevado ideal del Cristo. Con las verdades espirituales que la ciencia espiritual nos transmite, se desarrollará en nosotros la facultad para comprender que son palabras vivientes las que contiene un documento religioso como el que Lucas ha dado a la humanidad; además la ciencia espiritual nos revela el significado de su contenido oculto.
De esta manera podemos comprender las palabras que resuenan en el momento en que el Nirmanakaya del Buda hace fluir su fuerza en el niño Jesús natánico. Desde los mundos espirituales, la revelación fluye hacia la Tierra y, como amor y paz, esa misma revelación encuentra su reflejo en los corazones humanos, en la medida en que los hombres desarrollan en si mismos lo que, como buena voluntad, el principio del Cristo hace surgir del centro humano, su Yo. Esto resuena, con claridad y calor, en las palabras del Evangelio de Lucas:

La revelación desde las alturas de los mundos espirituales, y su
imagen reflejo en los corazones humanos, trae la paz a aquellos
hombres que en sí mismos, en el curso de la evolución terrestre,
desarrollan la verdadera buena voluntad.
traducción de Julio Luelmo sept. 2018

GA114 Basilea 25 de sept. de 1909 La Ley del Sinaí como preproclamación final del Yo. El Buda de la compasión y el amor.-evangelio de S. Lucas

RUDOLF STEINER

LA FUERZA DEL SINAÍ
LA FUERZA DEL AMOR


Basilea 25 de sept. de 1909

novena conferencia
Por la conferencia anterior resulta que un documento como el Evangelio de Lucas sólo puede comprenderse si se considera la evolución de la humanidad en un sentido superior, tal como lo provee la Ciencia Espiritual, esto es, si se toman en cuenta los cambios que en el curso de la evolución han tenido lugar en toda la organización del ser humano. Si queremos comprender el cambio fundamental que se ha producido con el advenimiento del Cristo (lo que es necesario para la comprensión del Evangelio de Lucas), conviene compararlo con el proceso que en nuestros tiempos visiblemente se realiza, aunque no tan rápidamente sino más bien paso a paso.
Para verlo claramente, debemos deshacernos del juicio que, por ser el más cómodo, frecuentemente se emite: se afirma que en la Naturaleza, o en la evolución, no se producen “saltos”, quiere decir que no sobrevienen cambios repentinos. ¡Nada más equivoco que esto!. En la Naturaleza continuamente se producen “saltos”, y lo esencial es precisamente que haya cambios repentinos. Obsérvese, por ejemplo, cómo se desenvuelve el germen de una planta: cuando nace la hojita cotiledónea, es un salto muy importante. Otro salto importante se produce cuando la planta va de la formación de hojas a la flor; y otro importantísimo se produce en el desarrollo del fruto. Continuamente se producen saltos, y quien no lo tome en cuenta, no podrá comprender la Naturaleza. Contemplando la evolución de la humanidad, se podría creer que si ella, en el curso de un siglo, va al paso de tortuga, tuviera que seguir al mismo ritmo en tiempos posteriores. No obstante, puede suceder que en determinada época la evolución prosiga lentamente, de igual manera que la planta va de la primera a la última hoja antes de pasar, por un salto, a echar la flor. Así también, en la evolución de la humanidad, se producen saltos; y uno de estos saltos importantes ocurrió cuando el Cristo vino a la Tierra. Sucedió entonces que, en relativamente breve tiempo, se transformaron la antigua clarividencia y el dominio de lo espiritual sobre lo físico, y luego restó muy poco de la fuerza clarividente y de la influencia de lo anímico-espiritual en lo físico. Antes de producirse este cambio, fue necesario reunir lo que, como herencia de tiempos antiguos, había quedado; y esto formó la base del obrar del Cristo Jesús. Luego pudo acogerse lo nuevo como punto de partida de una lenta y paulatina evolución.
En nuestro tiempo, y en otra esfera, también se produce un “salto”; si bien no tan repentino, pues se realiza dentro de un periodo relativamente largo, pero en forma concebible para quien trate de comprender nuestra época. Hay personas que ahora, partiendo de este o aquel ámbito espiritual, vienen a escuchar una conferencia de la ciencia espiritual. Por ejemplo, un representante de una comunidad religiosa escucha una disertación antroposófica sobre la naturaleza del cristianismo. Puede ocurrir que él diga: “Todo lo escuchado está muy bien y, en el fondo, no contradice lo que nosotros, desde el púlpito o la cátedra, también decimos; pero sin embargo, nosotros hablamos de tal manera que todo el mundo puede comprenderlo; en cambio, lo que aquí se expone, es de tal naturaleza que sólo uno que otro puede comprenderlo”. Quien hable así, o quien piense que del cristianismo tan sólo habría que hablar como él mismo lo concibe o lo predica, no toma en consideración que es obligación de cada uno no juzgar según su criterio personal sino de acuerdo con los hechos. En una oportunidad tuve que responder a semejante personalidad: “Usted cree acaso que predica las verdades cristianas para todos. Sin embargo, lo decisivo en este caso son los hechos, no la creencia. ¿Es que todos frecuentan la iglesia suya?. Pienso que los hechos prueban lo contrario; para los que en su iglesia encuentran lo adecuado, no se presta la Ciencia espiritual, sino que ella está para los que buscan algo distinto”. Generalmente, la gente tiene mucha dificultad para juzgar en concordancia con los hechos y para discernir entre su criterio personal y los hechos.
Ahora bien, si no fuere posible contrarrestar la opinión de esa gente de que ella está en lo cierto, por lo que recusa a todo aquel que tenga una opinión distinta y si, finalmente, la vida espiritual no pudiere sostenerse contra tal fuerza contraria: ¿Qué sucedería entonces?. Resultaría que a cada vez mayor número de personas quedaría cerrado el acceso a la difusión de las verdades de esta o aquella corriente espiritual. Serian cada vez menos los que acudirían a los lugares donde podrían escuchar semejantes cosas espirituales. Y de no existir ninguna corriente científica espiritual, los interesados no podrían satisfacer sus inquietudes espirituales, decaerían en fuerzas por falta de nutrición espiritual. Empero, no depende de la voluntad personal el modo de formarse el alimento espiritual sino del curso de la evolución. Hemos llegado al punto en que el hombre busca la satisfacción de sus inquietudes espirituales, la interpretación de los Evangelios, etc.; pero lo que importa no es como nosotros queremos dar la alimentación espiritual, sino como el alma humana la exija. En el alma humana ahora se ha suscitado el anhelo hacia la ciencia espiritual, y los que intenten enseñar algo distinto, encontrarán cada vez menos oyentes. Vivimos en una época en que el alma humana se aviene cada vez menos a tomar el contenido de la Biblia tal como en el curso de la evolución cultural europea de los últimos cuatro a cinco siglos ha sido tomado. O la humanidad acoge la ciencia espiritual y, por medio de ella, una nueva comprensión de la Biblia, o llegará a un punto en que perderá la aptitud de leerla, como ya está sucediendo en el caso de muchos que no conocen la Antroposofía. La humanidad perdería la Biblia, la que tendría que desaparecer, con lo cual se perderían inmensos tesoros espirituales: ¡los más importantes valores espirituales de nuestra evolución terrestre!. Es preciso comprenderlo. Ha llegado el momento de tal “salto” en el curso de la evolución: el corazón humano exige la interpretación antroposófica de la Biblia. Si la humanidad la obtiene, la Biblia subsistirá a su beneficio; de otro modo, la Biblia se perderá. Así podemos caracterizar el salto que ahora se está realizando en la evolución de la humanidad. Quien tenga presente estos hechos, se mantendrá firme en el cultivo de la corriente espiritual antroposófica, como una necesidad para dicha evolución.
Con todo, lo que ahora sucede es, considerado de un punto de vista más elevado, de relativamente poca envergadura, si lo comparamos con lo acontecido cuando el Cristo Jesús vino a la Tierra. En aquel tiempo, el estado de la evolución de la humanidad fue de tal característica que en cierto modo existieron aún los últimos signos de la evolución que ha tenido lugar desde los tiempos más remotos e incluso desde el anterior estado planetario de nuestra Tierra. Fue una evolución que esencialmente abarcaba los cuerpos físico, etéreo y astral del hombre. Ciertamente, él ya poseía su Yo; pero este Yo desempeñaba entonces un papel secundario: su plena autoconciencia estaba aún eclipsada por las tres envolturas, los cuerpos físico, etéreo y astral, estado que perduró hasta el advenimiento del Cristo Jesús.
Supongamos que el Cristo no hubiese venido a la Tierra. En tal caso, ¿Qué hubiera sucedido?. Con la prosecución de la evolución humana, el Yo del hombre se hubiera desenvuelto plenamente; pero en la medida en que el Yo se hubiera manifestado en su plenitud, todas las anteriores facultades significantes de los cuerpos astral, etéreo y físico, como asimismo la antigua clarividencia y el dominio del alma y del espíritu sobre el cuerpo, se hubieran desvanecido, por una necesidad de la evolución. El hombre se hubiera convertido en un Yo auto-consciente, pero, con el tiempo, éste le hubiera conducido al egoísmo y a la extinción del amor sobre la Tierra. Los hombres hubiesen sido “Yoes”, pero totalmente egoístas. Esto es lo esencial. La humanidad había llegado a la madurez de desenvolver su yoidad; pero con ello había dejado los tiempos de la antigua influencia en su ser. En la antigua cultura hebrea, la Ley del Sinaí pudo ejercer su influencia, porque el Yo aún no se había independizado, de modo que la influencia se ejercía en el cuerpo astral como principio más elevado al que se daba la orientación para el correcto actuar. La Ley del Sinaí fue, en tal sentido, una especie de preanuncio, pero un último preanuncio dentro del período previo a la total emancipación del Yo.
Dar a este Yo su contenido, impulsarlo a un desarrollo para hacer fluir la fuerza del amor desde el propio Yo, esto ha sido lo que el Cristo realizó sobre la Tierra. Sin la venida del Cristo, el Yo se hubiera convertido en un recipiente vacío; en cambio, por el advenimiento del Cristo tenemos el Yo como un receptáculo que más y más se llena de amor. Por esto, a los que le rodeaban, el Cristo pudo decir: “cuando veis la nube que sale del poniente, luego decís que vendrá la lluvia. Y cuando sopla el viento del sur, decís que habrá calor. Sabéis juzgar el tiempo según los indicios exteriores; mas no reconocéis los signos de la época. Pues si supierais juzgarlos, podríais saber que Dios debe penetrar en el Yo, y no diríais: podemos vivir con lo que se conserva de los tiempos pasados. Lo que se origina en los tiempos pasados, es lo que os dan los escribas y los fariseos con la intención de conservar lo anticuado, y para que no se agregue nada a lo que los hombres recibieron en el pasado; pero esto es un fermento que ya no surtirá ningún efecto que pudiese favorecer la evolución de la humanidad. Quien diga: yo quiero quedarme con lo que nos ha dado Moisés y los Profetas, no comprende los signos de la época; no se da cuenta de la transición por qué pasa la humanidad”. Con palabras significativas, el Cristo dijo a los que le rodeaban que tornarse hombre crístico no depende del afecto de cada uno sino de la necesidad de proseguir la evolución de la humanidad. Con lo relativo a los “signos de la época”, el Cristo quiso hacer comprender que ya no basta el fermento en manos de los escribas y fariseos que tratan de conservar lo antiguo, y que sólo niega este hecho quien juzgue según su afecto y no de acuerdo con las necesidades del tiempo. Sólo podrían creer que ese fermento sea útil, quienes no sepan juzgar según las necesidades del tiempo, en vez de hacerlo de acuerdo con sus inclinaciones personales. Por esta razón, el Cristo caracterizó de hipocresía, o más bien de “contrario a la verdad”, lo que decían los escribas y los fariseos.
Para comprender la fuerza del sentimiento de las palabras del Cristo, podemos compararlas con lo que en nuestros tiempos sucede. ¿No existe, acaso, ahora algo parecido a los “escribas?. Ciertamente, existe: son los que rehúyen la profunda interpretación de los Evangelios, los que se contentan con la explicación, sin tomar en cuenta los conocimientos con que la ciencia espiritual profundiza el estudio de las Escrituras. Sólo por medio de la ciencia espiritual será posible obtener la verdad acerca del contenido de los Evangelios. Así se explica lo desconsolador y la frialdad de la actual investigación, comparándola con la efectiva búsqueda de la verdad. Y hay algo más: aparte de los “escribas” y “fariseos” tenemos ahora una tercera categoría de personas, y éstas son los representantes de la ciencia natural; de modo que podemos hablar de tres categorías de hombres que excluyen todo cuanto pueda conducir a lo espiritual, a las facultades que pueden adquirirse para investigar los fundamentos espirituales de los fenómenos naturales. Pero son ellos quienes ocupan las cátedras y quienes dominan en cuanto a la explicación de los fenómenos naturales, denegando el criterio espiritual. Son ellos quienes entorpecen el progreso de la evolución de la humanidad, puesto que este progreso se detiene donde se deja de reconocer los signos de la época. En nuestros tiempos, para actuar en sentido de la imitación de Jesucristo, se requiere la valentía de enfrentarse a todos aquellos que, al oponerse a la interpretación antroposófica de las Escrituras y de los fenómenos naturales, entorpecen el progreso de la humanidad. Enfrentándose a los que sólo reconocían a Moisés y a los Profetas, el Cristo nos ha dado el ejemplo. Las palabras del Cristo, según el Evangelio de Lucas, tendrían que llegar al corazón de los que entorpecen el progreso de la evolución.
Una de las más hermosas y más profundas parábolas en dicho Evangelio, es la que comúnmente es llamada la del “mayordomo infiel” (Cap. 16). Allí se relata que un hombre rico tenía un mayordomo acusado de disipar los bienes de aquél, por lo que resolvió despedirle. Consternado de ello, el mayordomo dijo dentro de sí: ¿Qué haré para que mi señor no me quite el puesto?. Cavar, no puedo; mendigar, me daría vergüenza; y se le ocurrió una escapatoria, diciéndose: hasta ahora, siempre he salvaguardado los intereses de mi señor, sin cuidar los intereses de los deudores; tengo que hacer algo para que ellos me acepten en sus casas, a fin de no quedarme arruinado. Al primer deudor preguntó: ¿Cuánto debes a mi señor?. Y le rebajó la mitad de la deuda. Otro tanto hizo con cada uno de los demás. Así trató de ganar la simpatía de los deudores para que, en caso de ser despedido, éstos le dieren empleo y no tuviera que morir de hambre. El Evangelio continúa diciendo - de lo que muchos lectores podrían quedar sorprendidos - “...y alabó el Señor al mayordomo malo por haber hecho discretamente”. Entre los que hoy en día explican los Evangelios, hubo quienes se preguntaron a cuál señor se refiere esto, a pesar de que se dice claramente que Jesús mismo elogió al mayordomo por su sagacidad. El texto continúa: “porque los hijos de este mundo son, en su generación, más sagaces que los hijos de la luz.” Así figura en la Biblia desde hace siglos. ¿Nadie se habrá preguntado qué es lo que quiere decirse con esto: los hijos de este mundo - en su generación - son más sagaces que los hijos de la luz?. En todas las traducciones de la Biblia figura: “en su generación”. Si alguien, con solo cierto grado de conocimiento del griego, hiciera la traducción, tendría que llegar al sentido correcto: “¡Porque los hijos de este mundo, de su manera, son más sagaces que los hijos de la luz!”. De su manera, quiere decir, según su modo de comprenderlo, son más sagaces. Esto es el sentido de las palabras del Cristo. Los que desde hace siglos tradujeron este pasaje, confundieron el término “de su manera” con otro que en el idioma griego suena parecido, o sea, la palabra “generación” (parecido a género), puesto que, según las circunstancias, se empleaba tal palabra en lugar del otro término. Parece increíble, sin embargo es así que buenos traductores, como por ejemplo Weizsäcker siempre de nuevo cometieron el citado error. Parecía que tales personas se olvidasen de sus más primitivos conocimientos adquiridos en el colegio, cuando se empeñan en escudriñar la correcta conformación de los documentos bíblicos.
Es tarea primordial de la ciencia espiritual antroposófica procurar que el mundo reciba los documentos bíblicos en su forma correcta, pues en la forma actual es como si no la tuviera, y nadie tiene la posibilidad de representarse su verdadero contenido. Voy a explicarlo más exactamente.
¿Qué es lo que quiere decirnos esta parábola del “mayordomo infiel”?. Este hombre pensó: si me echan de mi puesto, tendré que ganar la simpatía de los demás, pues comprendió que no se puede servir a dos señores”. “Debéis comprender” - les dijo el Cristo a los circundantes - “que vosotros tampoco podéis servir a dos señores; a saber, al que como Dios ahora ha de vivir en vuestro corazón, y a ese otro al que se referían los escribas con su interpretación de los Libros de los Profetas. No podéis servir al Dios que como principio del Cristo deberá vivir en vuestras almas, el cual hará progresar la evolución de la humanidad y, al mismo tiempo, al dios que entorpecería esta evolución”. Es una verdad que todo lo bueno y justo de los tiempos acabados, se convierte en obstáculo para la futura evolución. En cierto modo, la evolución se basa en que lo adecuado para determinada época, se convierte en escollo si se lo traslada a un tiempo posterior. A las potencias que dirigen los “obstáculos”, se los llamaba entonces - con un término técnico - el Mammón. “No podéis servir al Dios que da el progreso y, al mismo tiempo, a Mammón que es el dios de los obstáculos. Mirad al mayordomo que como hijo de este mundo comprendió que ni con el Mammón común se puede servir a dos señores. Así también debéis comprender que, para convertiros en hijos de la luz, no podáis servir a dos señores”.
En nuestros tiempos, también hemos de comprender que no es posible conciliar la corriente del dios Mammón, representada por los escribas de nuestra época y los ilustres de la ciencia natural, con la ciencia que hoy tiene que dar a la humanidad el alimento adecuado. En esto reside el concepto del verdadero cristianismo; con otras palabras: así hemos de traducir lo que Cristo Jesús quiso decir mediante la parábola de que no se puede servir a “dos señores”.
La ciencia espiritual ha de dar vida a todo de que ella se ocupa, y el Evangelio tiene que ser algo que se convierte en nuestras facultades espirituales. No basta con que hablemos mucho de que en los tiempos del Cristo Jesús hubo que repudiar a los escribas y fariseos; antes bien, hemos de enterarnos cómo cobra vida y en qué consiste ahora lo que el Cristo, para su época, denominó el “dios Mammón”. En esto consiste la viviente comprensión, y esto es, a la vez, lo que en el Evangelio de Lucas es de singular importancia. Con la mencionada parábola; la que no figura sino en el Evangelio de Lucas, se vincula uno de los más importantes conceptos de todos los Evangelios. Para elucidarlo, hemos de referirnos, una vez más, pero en sentido algo distinto, a la relación del Buda y su aporte a la evolución de la humanidad, con el advenimiento del Cristo Jesús. Hemos dicho que el Buda ha dado a la humanidad la magna doctrina de la piedad y del amor. Este es uno de los casos en que lo expuesto por el ocultismo debe entenderse con toda exactitud, pues alguien podría objetar: “Una vez nos has dicho que el Cristo habría traído el amor a la Tierra, y en otra oportunidad se nos dice que el Buda ha traído la doctrina del amor”. ¿No es lo mismo en ambos casos?. Por el contrario, hay una gran diferencia, pues una vez digo que el Buda ha traído a la Tierra la doctrina del amor; en otra oportunidad, en cambio, se afirma que el Cristo haya traído a la Tierra el amor como fuerza viviente. Cuando se trata de lo más profundo que atañe a la humanidad, hay que fijarse con exactitud para que nadie nos diga: “se nos habla de dos entidades que nos habrían traído el amor, y así se trata de satisfacer a todos”. Sin embargo, estas importantes verdades se presentan bajo su verdadera luz, si logramos comprenderlas realmente.
Sabemos que el contenido de la gran doctrina de la piedad y del amor, como el Buda la dio, encuentra su expresión en el sendero de ocho etapas, y nos preguntamos ¿A qué meta nos conduce este sendero?. Dicho de otro modo: ¿A qué grado evolutivo llega el hombre que de lo hondo de su alma considera el sendero de ocho etapas como el ideal de su vida, diciéndose: “¿Cómo llego al desarrollo más perfecto?, ¿Cómo purifico mi Yo de la manera más perfecta, y qué debo hacer para que mi Yo actúe en el mundo de la manera más perfecta?”. La respuesta será: “Si observo todo lo que dicho sendero exige, mi Yo alcanzará la máxima perfección, pues todo tiende a la purificación y el ennoblecimiento del Yo, todo consiste en el trabajo de mi Yo para alcanzar su perfeccionamiento”. Por consiguiente, si la humanidad desarrolla todo lo que el Buda hizo rodar como la “Rueda de la Ley” - así es el término técnico -, llegaría a saber lo que es el Yo más perfecto. En sus pensamientos y como sabiduría la humanidad llegaría a tener los Yoes más perfectos. Con otra; palabras: Buda dio a la humanidad la sabiduría del amor y de la piedad, y si hacemos de nuestro cuerpo astral un producto del sendero de ocho etapas, sabremos en qué consisten las leyes de la doctrina de este sendero. Empero, existe una diferencia entre la sabiduría, el “pensamiento” y la activa fuerza viviente. Son dos cosas distintas: saber cómo el Yo debe ser, por un lado, y, por el otro, la fuerza viviente que fluye en el Yo y del Yo hacia el mundo, tal como la fuerza que emanaba del Cristo actuaba sobre los cuerpos astral, etéreo y físico de las personas en torno suyo. Lo que el Cristo dio al mundo, fue, ante todo, la fuerza viviente, no una “doctrina”; El mismo se ha dado al mundo, ha descendido a la Tierra, para fluir no solamente en el cuerpo astral sino en el Yo del hombre, para que este Yo tuviera la fuerza de irradiar la sustancia esencial del amor; el viviente contenido del amor, no solamente la “sabiduría” del amor.
Han pasado más de mil novecientos años y cinco siglos; aproximadamente, desde que el gran Buda vivió sobre la Tierra; y la sabiduría oculta nos revela que a partir de ahora transcurrirán otros tres mil años, hasta que un número apreciable de hombres serán capaces de desarrollar, por la fuerza de su propia moralidad, de su alma y corazón, el sendero de ocho etapas, la sabiduría del Buda. Del obrar del Buda sobre la Tierra emanó la fuerza que, con el tiempo, los hombres desarrollarán como sabiduría del sendero de ocho etapas y, finalmente, lo tendrán como algo propio - al cabo de tres mil años, a contar de ahora -. El hombre mismo podrá realizar este desarrollo, no solamente recibir su conocimiento desde afuera; éste fluirá de él mismo, como sabiduría de la piedad y del amor. Al final de su evolución, el hombre, lleno de sabiduría, sabrá qué es el contenido de la piedad y del amor; esto lo debe al Buda. Tendrá, al mismo tiempo, la facultad para derramar el amor, desde su Yo a la humanidad entera; esto lo debe al Cristo.
De esta manera, ambos debieron obrar conjuntamente, y así hemos de exponerlo con el fin de contribuir a la comprensión del Evangelio de Lucas. También lo vemos si logramos interpretar correctamente las palabras que nos da este Evangelio. Los pastores acuden para recibir la anunciación; en la Altura está la multitud de los ángeles, como expresión espiritual imaginativa del Nirmanakaya del Buda. ¿Qué es lo que se les anuncia?. Es “la revelación desde las Alturas de la sabiduría de Dios”. Esto lo anuncia el Nirmanakaya del Buda que como multitud de los ángeles se halla sobre el niño Jesús natánico. Pero se agrega algo más: “y paz a los hombres de la Tierra que estén compenetrados de buena voluntad”; esto quiere decir: a los hombres, en los cuales nace la verdadera fuerza viviente del amor. Esto es lo que, por el impulso del Cristo, ha de realizarse sobre la Tierra; El agregó la fuerza viviente a la “revelación desde las Alturas”. La vertió en todo corazón humano, pero no solo como doctrina que se acoge como pensamiento e idea, sino como fuerza que del alma humana fluye hacia el mundo; es la misma fuerza que en el Evangelio de Lucas, como asimismo en los demás, es denominada la fuerza de la fe. Esta es la fe en el sentido de los Evangelios. Tener fe significa acoger al Cristo en sí mismo, para que el Cristo viva en el hombre, y para que el Yo no sea simplemente cual un recipiente vacío, sino que tenga un contenido sobreabundante que fluye hacia afuera, contenido que no es sino el amor.
El Cristo fue el primero en “hacer rodar la rueda del amor” - no la rueda de la “Ley” - lo que significa que El pudo “curar por la fuerza de la palabra”, como libre facultad y fuerza del alma humana, por medio del amor supremo y sobreabundante que se derramó en los que venían para ser curados. La palabra que El pronunciaba, ya sea levántate y vete” o “los pecados te son perdonados”, o bien otra palabra, emanó del amor que de su interioridad se derramó. El Cristo llamó “creyentes” a los que fueron capaces de compenetrarse de este hecho. Es preciso que con el concepto “fe” no relacionemos otro pensamiento sino el que acabo de caracterizar, porque se trata de uno de los más importantes en el Nuevo Testamento. “Fe” es la capacidad de elevarse sobre sí mismo, lo que emana del Yo por sobreabundancia de las fuerzas que conducen a su perfeccionamiento. El Cristo que se incorporó en Jesús natánico, donde se reunió con la fuerza del Buda, no pregunta: “¿Como ha de perfeccionarse el Yo?” sino: “¿Cómo puede el Yo elevarse sobre sí mismo y derramar su sustancia?”. Muchas veces lo dice con palabras sencillas, y las palabras del Evangelio de Lucas, en general, hablan a los corazones sencillos; así por ejemplo: “No basta con que hagáis bien a los que a vosotros hacen bien, porque los pecadores hacen lo mismo. Si ellos saben que todo lo que han dado les será devuelto, no lo han dado por amor sobreabundante. Mas si prestáis, sabiendo que no os será devuelto, lo habréis dado por verdadero amor, por el amor que no está encerrado en el Yo sino que se derrama del Yo como fuerza sobreabundante, la que fluye del hombre”. De la más variada forma habla el Cristo de la fuerza rebosante del Yo con que el hombre debería obrar en el mundo. En el Evangelio de Lucas, las palabras que se refieren al “amor rebosante” son las que más hablan al corazón.
En el Evangelio de Mateo se encuentran en voz latina las palabras que representan una síntesis de la glorificación del amor del Evangelio de Lucas: Ex abundantia cordis os loquitur. “Desde el corazón rebosante habla la boca”. ¡Uno de los supremos ideales del cristianismo!. La boca habla desde el corazón rebosante, o sea, de lo que en el corazón no cabe. El corazón late, impulsado por la sangre, y la sangre es expresión del Yo. “En tus palabras vive la fuerza del Cristo, cuando tú hablas con la fuerza de la fe, que es la fuerza que irradia del Yo rebosante”. Desde el corazón rebosante habla la boca, esta es una sentencia fundamental acerca de la naturaleza del cristianismo.
Con lo que antecede comprenderemos cómo prosigue la evolución de la humanidad hacia el porvenir. La entidad que cinco a seis siglos antes de nuestra era del Bodisatva se elevó al Buda, ascendió al mundo espiritual de tal manera que desde entonces obra como Nirmanakaya; se elevó a un nivel más alto y ya no necesita volver a encarnarse en un cuerpo físico. Al ascender de Bodisatva a Buda transmitió la misión correspondiente a otra entidad la que fue su sucesor como nuevo Bodisatva. Hay una leyenda budista que lo expresa por algo que representa una profunda verdad del cristianismo. Se nos relata que, antes de descender a la Tierra a fin de convertirse en Buda, la individualidad del Bodisatva habríase quitado la tiara celeste y la habría puesto al Bodisatva sucesor. Este último sigue obrando con una misión algo distinta. El también está destinado para convertirse en “Buda”. Esto sucederá justamente cuando cierto número de hombres, por su propio poder, habrán desarrollado la doctrina del sendero de ocho etapas, es decir dentro de tres mil años, aproximadamente. Su misión le fue confiada cinco a seis siglos antes de nuestra era, y él se convertirá en Buda a los tres mil años, a contar de ahora. La doctrina oriental lo llama el Maitreya-Buda. Habrá entonces un número apreciable de hombres tan sabios que les será posible desarrollar, por la fuerza del propio corazón, la doctrina del sendero de ocho etapas; y el nuevo Bodisatva traerá entonces al mundo una fuerza nueva.
Si hasta entonces no se realizaran otros progresos, este Bodisatva encontraría, por cierto, hombres que, al reconcentrarse en sí mismos, podrían encontrar la doctrina del sendero de ocho etapas, pero que, en lo más íntimo de su alma, no estarían dotados de la fuerza del amor sobreabundante, del viviente amor. Esta fuerza viviente del amor deberá afluir, para que el Maitreya-Buda encuentre hombres que no solo comprendan lo que es el amor, sino que posean la fuerza del amor. Para que esto se haga posible, el Cristo tuvo que venir como entidad que solo tres años estuvo sobre la Tierra y que antes, nunca se había incorporado físicamente. En el obrar del Cristo sobre la Tierra, durante tres años, desde el bautismo en el Jordán hasta el Misterio del Gólgota, reside la causa de que, desde entonces en adelante, el amor pueda fluir en el corazón y en el alma, o sea, en el Yo humano; para que el hombre se compenetre, cada vez más, de la fuerza del Cristo, de modo que, al final de la evolución terrestre, se halle enteramente compenetrado del Cristo. Así como el Bodisatva primero tuvo que dar la doctrina de la piedad y del amor, así también, desde las alturas celestes, el Cristo tuvo que traer a la Tierra la esencia del amor, para que el propio Yo pudiese hacerse dueño de ella. No es que anteriormente el amor no haya existido; sin embargo, no hubo el amor como patrimonio del Yo humano, sino el amor inspirado que el Cristo hada fluir de las alturas cósmicas y que, inconscientemente, penetraba en el ser humano, del mismo modo que antes - el Bodisatva, también de manera inconsciente, hacia penetrar la doctrina del sendero de ocho etapas. Es un punto esencial que para el Cristo el incorporarse en un cuerpo humano significó un progreso. Los instruidos de la ciencia espiritual conocen muy bien al sucesor del Buda que ahora obra como Bodisatva y que más tarde será el Maitreya-Buda. Llegará el día en que será posible hablar de este hecho más extensamente y en que también se podrá revelar el nombre de este Bodisatva; por ahora hemos de contentarnos con los hechos ya señalados. Cuando finalmente el nuevo Bodisatva aparezca sobre la Tierra para convertirse en el Maitreya-Buda, encontrará el fruto de la siembra del Cristo, en los hombres que afirmarán: “No basta con que mi cabeza esté llena de la sabiduría del sendero de ocho etapas; poseo no solamente la doctrina y la sabiduría del amor; mi corazón está compenetrado de la substancia viviente del amor que se derrama y que irradia hacia el mundo”. Y el Maitreya-Buda asumirá entonces su misión ulterior para proseguir la evolución del mundo.
Así confluyen las distintas corrientes, y sólo así comprenderemos lo profundo del Evangelio de Lucas que nos habla no de una doctrina, sino de la entidad cuya sustancia penetró en los seres terrestres, en la organización humana. En el ocultismo se expresa este hecho con las palabras: Por medio de la sabiduría, los Bodisatvas que se convierten en Budas pueden redimir al hombre terrestre en cuanto a su espíritu; pero jamás pueden redimirlo en su totalidad, puesto que sólo es posible redimir al hombre entero, si toda su organización se compenetra no solamente de sabiduría sino del calor de la fuerza del amor. Dicho de otro modo: traer la “sabiduría del amor”, ha sido la misión de los Bodisatvas y del Buda; dar a la humanidad la “fuerza del amor”, ha sido la misión del Cristo. Hemos de distinguirlo claramente.

traducción de Julio Luelmo sept. 2018