CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA070a München, 2 de diciembre de 1914 El alma humana, el destino y la muerte

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 RUDOLF STEINER


El alma humana, el destino y la muerte
(desde el punto de vista de la Ciencia Espiritual)




München, 2 de diciembre  de 1914

¡Muy estimados presentes!

Si ciertamente en todo momento las grandes preguntas enigmáticas relacionadas con el destino y la muerte, deben llevar a las personas a reflexionar, este es especialmente el caso en nuestros días cargados de destino, donde debido a los acontecimientos inmediatos del día, la cuestión del destino y el enigma de la muerte se despiertan, directa o indirectamente, en innumerables almas. Ahora bien, desde el punto de vista de la ciencia del espíritu, he señalado muchas veces en las conferencias que he podido dar aquí, que cuestiones como las del destino y la naturaleza de la muerte en nuestro tiempo, deben, -según todos los indicios de nuestra época-, pasar gradualmente de una antigua forma de contemplación y sentimiento a una forma realmente científica de contemplación y percepción.

Así como hace dos o tres siglos se extendió una ola sobre el desarrollo de la humanidad que trajo la concepción científica moderna de la naturaleza, así también percibimos, según los impulsos del tiempo presente, que la ciencia espiritual, la ciencia sobre las cuestiones de la vida espiritual, a partir de nuestra época entra en el desarrollo cultural de la humanidad. Sin embargo, hay que enfatizar que, precisamente cuando las cuestiones espirituales, los enigmas del espíritu, deben ser iluminados por la ciencia, la investigación científica, el trabajo científico, debe asumir, en cierto sentido, un carácter totalmente diferente al de ese trabajo científico, esa investigación científica destinada a la vida externa de la naturaleza y a los hechos naturales externos.

Y eso es, muy estimados presentes, lo que en tantos círculos, se puede decir, todavía hoy despierta los más acerbos prejuicios contra lo que las ciencias del espíritu tienen que decir. No solo están presentes los prejuicios generales que se oponen a cualquier nueva corriente cultural, los cuales también se hicieron sentir en los círculos más amplios cuando surgió el amanecer de la nueva ciencia natural, sino que hay algo muy particular, que la humanidad tendrá que aprender en un grado mucho mayor con respecto a las ciencias del espíritu, como ya tuvo que hacerlo con respecto a la ciencia natural. Y aunque hace apenas unos siglos a la humanidad le parecía muy lejano, contrario a toda apariencia sensorial, aceptar que la Tierra permanecía en reposo y que el Sol no lo hacía; sino que realmente era el Sol el que estaba quieto y la Tierra la que se movía a su alrededor, hoy en día está aún más lejos, en el fondo del alma humana según su desarrollo actual, aceptar que la vida del espíritu, los resultados de las ciencias del espíritu en el sentido más eminente, deben contradecir en esencia todo lo que ofrece la apariencia externa de los sentidos, y que toda la forma de investigar los ámbitos espirituales debe adoptar un enfoque distinto al de la investigación científica natural externa.

¡Intentemos traer a la mente el carácter más elemental y primario de la investigación y observación científica externa de la naturaleza! En primer lugar, este consiste en que el ser humano dirige sus sentidos y también su inteligencia, en la medida en que esta está ligada al cerebro, hacia el mundo exterior del cual recibe las impresiones y se forma ideas, pensamientos y conceptos sobre él. En estas ideas, pensamientos y conceptos que se forma, experimenta internamente lo que usualmente se llaman las leyes de la naturaleza. Al investigar externamente, cabe señalar dos cosas si se quiere resaltar la diferencia de esta investigación respecto a lo que busca la ciencia espiritual.

Por un lado, se puede decir: la investigación parte de lo que externamente se extiende ante ella, lo que en realidad es; y desde esta realidad externa avanza el espíritu humano, avanza la percepción del alma humana hacia lo que quiere tener, hacia lo que quiere alcanzar, de modo que la ciencia de esta naturaleza externa es, de alguna manera, una consecuencia, un resultado de la experiencia de la realidad externa en este ámbito. Por otro lado, lo que se impone a cualquiera que observe un poco el comportamiento del alma ante esta investigación externa es que, en esta investigación, en este avance desde la observación del mundo exterior hacia los conceptos, representaciones, ideas que nos formamos, de algún modo avanzamos desde lo plenamente real, desde la realidad sustanciosa, hacia aquello que, luego, en nuestros pensamientos, representaciones y conceptos, es en cierto modo etéreo, tenue, en comparación con la sustanciosa realidad externa. Lo sentimos: cuando nos enfrentamos con nuestros sentidos a la realidad, estamos inmersos en plena vida. Al formarnos conocimiento y comprensión sobre la realidad externa, nos alejamos de esa realidad sustanciosa. A menudo se ha señalado esto: avanzamos hacia una especie de experiencia interna gris, hacia un «etéreo» delgado.

Ahora el investigador espiritual debe hacer el camino completamente inverso al que el investigador de la naturaleza exterior debe hacer de la manera caracterizada. El investigador de la naturaleza exterior tiene esta naturaleza frente a él y finalmente llega a lo que constituye el contenido de su conocimiento, de su ciencia, lo que vive en su alma. El investigador espiritual debe partir de lo que vive en el alma, y todo lo que se puede llamar conocimiento, ciencia, en nuestra imaginación, experiencia interna en pensamientos y conceptos, lo que es resultado, consecuencia de la investigación externa, eso es preparación para el investigador espiritual. El investigador espiritual no puede partir de algo que se le dé de manera externa, debe partir de la experiencia interna y poderosa, y lo que normalmente constituye el contenido de la ciencia es solo preparación para aquello que el investigador espiritual puede hacer vivir en su alma, cuando aparta la vista, aparta la atención de todas las percepciones sensoriales externas, de todo lo que la mente puede pensar bajo la influencia de la realidad externa.

Lo que el investigador del espíritu experimenta aquí al excluir la realidad exterior, cuando dirige la mirada del alma únicamente a los pensamientos internos y experiencias de la imaginación, cuando ahora centra toda la atención en el interior, ahí está su preparación para su investigación. De lo que ocurre en su interior, eso es de lo que se trata. Lo que ocurre en su interior, este alcance de las experiencias internas, se puede caracterizar diciendo: El camino del investigador del espíritu pasa por la concentración del pensar. Pero bajo esta concentración del pensar uno debe imaginar algo, que sin embargo, en comparación con lo que en la vida cotidiana se llama pensar concentrado, muestra grandes diferencias. No es que sea algo completamente diferente, en el fondo es solo un aumento de lo que normalmente llamamos atención en la vida exterior; pero es un aumento ilimitado de esta atención.

Que uno tenga representaciones que al principio no necesitan tener nada que ver con una realidad externa, que uno adopte representaciones simbólicas, ideas, solo con el propósito, no para reflexionar sobre estas ideas como tales en su contenido, sino para concentrar todas las fuerzas internas del alma, que de otro modo se dispersarían sobre la realidad externa, en un punto interior, en el punto que se ha dirigido al centro de la vida del alma con una representación, eso es lo importante. Entonces uno está completamente en sí mismo; pero no está tranquilo en sí mismo. Uno está internamente activo y viviendo la experiencia. Quien mantiene tal concentración interna de pensamiento el tiempo suficiente, —el tiempo suficiente no significa unas pocas horas, sino semanas, años, con actividad interna repetida—, quien lo sigue durante el tiempo suficiente, recorre un camino en su alma que al final lo lleva a experimentar una realidad. Así como en la observación común se parte de la realidad y se avanza hacia la experiencia del alma, en la investigación espiritual se parte de las experiencias internas concentradas y se llega a una nueva realidad espiritual. Esta nueva realidad espiritual no se puede crear internamente. Lo que uno puede hacer internamente es solo la preparación para la contemplación espiritual. Esta realidad espiritual debe, al final del camino de preparación, acercarse a la persona. Mientras que el conocimiento generalmente se obtiene como consecuencia de mirar la realidad externa, en la investigación espiritual la realidad se obtiene sobre la base del conocimiento que trabaja internamente, del conocimiento activamente interno. Nadie puede hacer de alguna manera, en su interior, en su espíritu, aquello a lo que finalmente llega. Lo que sí puede hacer en su espíritu es recorrer el camino que conduce hasta allí.

Eso que estoy describiendo, por ejemplo, lo experimentó un espíritu como el que mencioné ayer, Johann Gottlieb Fichte, al intuir lo que ya podía saber del conocimiento de las verdaderas ciencias del espíritu. Él expresó palabras muy bonitas al respecto:

El hombre natural no puede elevarse a lo sobrenatural por su propia fuerza, debe ser elevado por la propia fuerza de lo sobrenatural.

Esto significa que el ser humano debe acercarse a lo sobrenatural, y que lo sobrenatural debe acogerlo. De eso se trata. Hemos de partir de lo etéreo, de lo sutil de la experiencia interior del alma, para que lleguemos a lo plenamente concreto de la realidad espiritual.

Por supuesto, estimados presentes, las objeciones que se pueden hacer desde la conciencia del tiempo, contra una investigación de ciencias del espíritu así, son naturales, incluso diría que evidentes; especialmente es evidente la objeción, que una y otra vez se planteará, de que lo que el investigador espiritual experimenta no puede tener un valor objetivo general, sino que son experiencias subjetivas, que el ser humano, si quiere tener conocimiento, depende en esencia de delimitar y reconocer los límites de su capacidad cognitiva, que lo suprasensible se basa en experiencias subjetivas. Esta objeción es por tanto tan válida, porque realmente aplica al comienzo del camino, porque realmente el inicio del camino, mientras es preparación, incluye superaciones internas, luchas internas, tragedia interior del alma, que son subjetivas, que en esencia solo afectan personalmente a quien las atraviesa. Pero es diferente cuando uno llega al final, a lo que no provoca desde su interior, a lo que se enfrenta y lo recibe. Así como se puede subir a una montaña por distintos caminos hasta la cima, pero finalmente se mira desde la cumbre en todas las direcciones, así es con el investigador espiritual: mientras el investigador está en su camino, las cosas le afectan más bien de manera personal; pero luego, cuando se encuentra con la realidad espiritual, se enfrenta a algo objetivo, a algo real, que para el investigador espiritual es tan plenamente sustancial como lo es lo sensorialmente real para la observación externa.

Pero hay un aspecto que debe tenerse en cuenta como especialmente característico cuando el investigador de lo espiritual recorre el camino que acabamos de describir. Recordemos una vez más en qué consiste este camino: consiste en que, desviando la atención de todo el mundo sensorial exterior y con la atención más intensa, elevada hasta lo infinito, uno vive únicamente en las representaciones y los conceptos que la propia alma puede despertar en su interior. Así se va sumergiendo uno en una vida interior concentrada, que se intensifica gradualmente de esta manera. Ahora bien, lo peculiar es que cuanto más se logra llevar esta concentración interior hasta cierto punto, más se llega a experimentar una tensión interior en la que uno se dice a sí mismo: Ahora estás completamente sumergido en lo que te habías propuesto, has olvidado todo tu cuerpo y entorno, solo vives en tus pensamientos concentrados, más se nota a partir de cierto nivel, -porque antes de esto la experiencia de los pensamientos internos se vuelve cada vez más fuerte-, se nota que esta vida interna de los pensamientos pasa por una especie de apagamiento, volviéndose cada vez menos y menos intensa. Y surge una experiencia extraña, que se podría describir diciendo: Es como si el pensamiento en el que uno se ha concentrado se llevara consigo todas sus fuerzas anímicas y se dispersara en el éter general del mundo. Ese es el resultado de esta atención interna intensificada y concentrada, que uno podría decir que se produce de manera casi técnica.

Si queremos recurrir a una imagen, podríamos expresarlo así: para la investigación espiritual, la concentración interior del pensar debe llevarse a tal extremo que el pensar se fortalezca cada vez más y, a medida que desarrolla su vida en el alma, se intensificará hasta tal punto que morirá, y en cierto modo, uno morirá con él sintiéndolo en el alma. Si el pensar ha de llevar al ser humano al mundo espiritual, primero tiene que morir en el alma, —así se podría expresar—.

Si se llega así a un cierto nivel de la actividad del investigador espiritual, entonces se ha alcanzado, por así decirlo, lo que se podría llamar: un sentir y tantear espiritual interior en el mundo. Cuando el pensar empieza a expirar, en ese momento el investigador espiritual sabe, que ahora entra en una esfera de experiencia, de experiencia interna intensa, donde el pensar se detiene, pero en el que las fuerzas vitales se auto experimentan tensamente. El investigador espiritual sabe que con lo que experimenta internamente, en ese momento él no está dentro de su propio instrumento cerebral; lo sabe por la experiencia inmediata. Él sabe: Tu ahora te estás experimentando fuera de tu cuerpo. Y en esta experiencia, que se vuelve tensa, la conciencia de alguna manera se extingue. Y en esta extinción produce una experiencia interna, una experiencia interna extraordinariamente significativa, que es conmovedora cuando se vive por primera vez. La experiencia que surge es esta: se experimenta que vivir en el mundo espiritual es algo totalmente diferente a vivir en el mundo físico exterior.

Y aquí es donde hay que destacar que, en lo que respecta al mundo espiritual, resulta tan difícil difundir conceptos correctos porque la mayoría de las personas, según las ideas habituales actuales, se ven obligadas, en realidad, a imaginarse ese mundo de forma diferente a como es. Mientras que ante el mundo físico-sensorial uno se sitúa de tal manera que puede decir: «Ahí fuera está, lo miramos, lo percibimos a través de nuestros sentidos y de la razón», con el mundo espiritual y todo lo de esa índole ocurre que, al tenerlo ante uno, todo pensamiento se desvanece, por así decirlo, y surge algo diferente. Lo que ocurre es que uno se siente como absorbido por un mundo, que uno se percibe a sí mismo frente a ese mundo tal y como se percibirían la planta o la piedra allá afuera en el momento en que pudieran reconocer: Ahora te ves envuelto por un conocimiento, por una representación de una persona. Del mismo modo que los pensamientos que llegan del mundo exterior se sienten acogidos por nosotros, así se siente aquel que, con todo su ser y desde una perspectiva de investigación espiritual, —al sentir cómo la representación se desvanece en su interior—, se funde en lo nuevo, acogido por un mundo. Eso es lo que importa.

Del mismo modo que captamos nuestros pensamientos, los aceptamos y los hacemos nuestros, así es como vivimos, por así decirlo, el destino de los pensamientos. Nosotros mismos nos convertimos en pensamientos, podríamos decir, y sentimos como si fuéramos un pensamiento y fuéramos captados por entidades suprasensoriales, del mismo modo que normalmente captamos nuestros pensamientos, y como si ahora descansáramos en esas entidades suprasensoriales. Estamos inmersos en esas entidades. Al llegar a este nivel, percibimos que hay un mundo invisible por encima de nosotros, pero que no podemos experimentarlo tal y como algunos se lo imaginan; sino que debe experimentarse de tal manera que todo lo [relacionado con el pensar] cesa y entramos, a través de la experiencia, en un mundo suprasensible. Por un momento es como le sucedería a una persona que esforzara cada vez más su vista y su oído, y que, al intensificarlos, se volviera ciega y sorda. Así, uno se vuelve, por así decirlo, ciego y sordo a las ideas, porque siente: «Ahora te ha acogido el mundo espiritual». No es que uno experimente, sino que uno siente que es experimentado. Hay que subrayarlo una y otra vez: la penetración en el mundo espiritual tiene un carácter opuesto al de la penetración en el mundo exterior, el mundo sensorial.

No se trata de una incursión en un mundo de fantasías, sino de una experiencia en un sentido diferente al de la experiencia común. Así es como uno está dentro, - eso es todo lo que uno sabe en este nivel -, así es como uno está dentro de un mundo espiritual. Así se sabe: por encima de este mundo sensible flotan, por así decirlo, entidades espirituales, y puedes ser recibido por ellos, así como tu pensamiento es recibido por ti. Pero uno se siente como ciego y sordo, pues el pensamiento, el conocimiento, están muertos. La ciencia común debe morir primero antes de que uno pueda penetrar en el mundo espiritual. Uno se siente como ciego y sordo, pero tantea en el mundo espiritual. Las fuerzas vitales que se sienten en uno están tensas, y uno se siente tanteando.

Sin embargo, uno sabe lo que significa estar fuera de su propio cuerpo. El hecho de saberlo provoca un cambio en toda la experiencia humana. Y la mejor manera de caracterizar este cambio es llamar la atención sobre algo que ya se ha señalado en numerosas ocasiones desde este foro: la experiencia cambiante de la conciencia del ser humano, —para cualquier persona normal, probablemente en el transcurso de 24 horas—, la experiencia cambiante de la conciencia entre el dormir y el estar despierto. Al pasar el investigador espiritual por lo que se ha descrito, aprende a reconocer, a través de una experiencia interior inmediata, que la verdadera esencia interior del ser humano puede vivirse en sí mismo por encima de todo lo corporal, y aprende a reconocer, —al haber experimentado en sí mismo esta fuerza a la que se alude— , aprende a reconocer que puede vivir las experiencias que, de otro modo, permanecerían completamente inconscientes mientras duerme, —las que se viven inconscientemente cuando el ser humano duerme—; que puede vivirlas gracias a la fuerza que, por tanto, ha adquirido.

No es que el investigador espiritual no necesite dormir, lo necesita; pero puede inducir artificialmente estados en los que llega a experimentar de la manera que normalmente el ser humano solo experimenta desde quedarse dormido hasta despertarse. Porque el investigador espiritual sabe, al experimentar así: Estás fuera de tu cuerpo, estás desarrollando una actividad que no depende del cerebro ni del sistema nervioso, y de esta manera llega a comprender, mediante la experiencia real, lo que ocurre desde el dormir hasta el despertar. Llega a reconocer que allí, de hecho, la verdadera esencia espiritual y anímica del ser humano existe fuera del cuerpo, que al dormirse el ser humano abandona su cuerpo con su esencia anímico-espiritual, y que al despertar vuelve a integrarse en el cuerpo.

Pero ahora el investigador de lo espiritual, al reconocer, por así decirlo, mediante la experiencia lo que realmente hay fuera del cuerpo mientras dormimos, puede también, a partir de este mundo anímico-espiritual iluminado, de este mundo anímico-espiritual que, por así decirlo, se presenta ante los ojos del espíritu, puede comprender por qué el alma permanece inconsciente desde que se duerme hasta que se despierta, por qué la oscuridad y las tinieblas se extienden a su alrededor. Entonces, desde el momento de conciliar el sueño hasta el despertar, vive en el alma, —como ya se ha dicho— algo que resulta perceptible para el investigador espiritual y que puede denominarse el deseo, siempre presente en el alma a lo largo de toda la vida física entre el nacimiento y la muerte, de sumergirse en el cuerpo físico. Esta vida de deseo es la que siempre llena al alma en la experiencia habitual entre el momento de conciliar el sueño y el despertar. El alma siempre desea, —y se impregna de esta voluntad—, volver a su cuerpo, y esta experiencia, este desarrollo de dicho deseo, empaña aquello que, de otro modo, estaría presente en la experiencia espiritual y anímica entre el momento de conciliar el sueño y el despertar. Y solo cuando el alma se sumerge en el cuerpo físico, cuando se satisface este deseo, puede entonces desplegar su actividad suprasensible y estimular el cuerpo físico, de modo que este se convierta para ella en un espejo de la vida exterior.

Al aprender ahora el investigador espiritual a reconocer lo que realmente puede experimentarse en el alma, en el alma libre del cuerpo, percibe directamente lo que de otra manera se extinguiría con el dormir. Pero con la fuerza que ha ganado, es capaz de iluminar y clarificar lo anímico-espiritual de su contenido. Sin embargo, si la persona quiere lograr esta iluminación y clarificación, debe ocurrir algo más en el investigador espiritual que lo caracterice. Porque hemos visto: en el fondo, la intensidad del pensar disminuye; en el fondo, la persona se siente mentalmente ciega y sorda y solo como tanteando en el mundo espiritual. Lo que debe suceder para que pueda pasar nuevamente a una visión y audición espiritual se encuentra en otro ámbito. Hay que desarrollar algo; ese es el segundo elemento de la investigación espiritual, que, de otro modo, permanece, por así decirlo, latente en la vida. Y para comprender claramente qué es lo que hay que desarrollar, podemos dirigir nuestra mirada espiritual hacia lo siguiente.

Consideremos por un momento lo que solemos llamar «destino». Este destino, ¿cómo nos situamos en su corriente? Nos situamos de tal manera que —bueno, como solemos decir a menudo— los acontecimientos del destino se nos presentan como si fueran casualidades y los vivimos como tales. Nos sentimos separados, en nuestro interior, de lo que nos llega como experiencias del destino. Frente a estas experiencias del destino, para cumplir con el segundo elemento, el investigador espiritual debe adoptar una postura totalmente diferente a la que adopta el ser humano común. Para comprenderlo, basta con echar la vista atrás a lo que se vivió, por ejemplo, en la juventud, ante tales o cuales vicisitudes del destino, y observarse a uno mismo hoy, observar lo que realmente se es en relación con el propio yo. Uno puede darse cuenta de que no sería lo que es, ni en los detalles más íntimos, si no hubiera vivido tal o cual golpe del destino, ya fuera bueno o malo, en esta vida cotidiana. El hecho de que, en un momento determinado, uno aborde tal o cual cosa «de una manera u otra», o se comporte de una forma u otra al respecto, depende de que haya vivido tal o cual cosa en su destino. Si uno se pregunta con verdadera imparcialidad: «¿Qué es uno, en realidad?», entonces debe admitir: uno es el resultado de su propio destino. El contenido del alma, lo que uno puede o quiere, es el resultado del destino.

Ahora bien, lo que subyace en estos pensamientos puede utilizarse, en cierto modo, para otro ejercicio espiritual. El primer ejercicio espiritual nos ha fortalecido en el pensamiento concentrado; el segundo es uno que se refiere a la voluntad sensible, a los impulsos internos del alma, a lo que en realidad se es como «yo». Y lo que, como tal, debe experimentar el investigador espiritual en este segundo ejercicio, puede denominarse, en un primer momento, la meditación sobre los avatares, digamos, en un primer momento, del propio destino. No de forma teórica, sino en la experiencia interior real, hay que tener claro que, en realidad, uno mismo ha forjado lo que es ahora, al haber pasado por esto o aquello; de esta forma, uno crece dentro de su destino, crece junto con él. Uno va superando su «yo» habitual, que cree en el azar; se entrelaza con la corriente del destino, se aleja, por así decirlo, de su propio interior, se funde con el destino y sabe que fluye junto con él.

Si esta meditación interna da frutos, entonces en la mente del investigador espiritual ocurre algo muy especial. Una vez que el investigador espiritual ha recorrido este camino del pensar concentrado, una vez que ha pasado por la muerte del pensar, puede notar la percepción de las entidades superiores y sobrenaturales, —las cuales lo reciben de manera similar a cómo nosotros recibimos un pensamiento—, que al haber pasado por todo esto, experimenta dentro de sí, o más bien observa en sí mismo, que siente algo como una protesta interna, una oposición interna contra lo que él mismo ha hecho con todo su camino de investigación espiritual. Y esta protesta puede expresarse diciendo: el investigador espiritual llega, mediante su pensar concentrado, a un punto donde siente que se ha disuelto con su vida del alma. Y se resiste a esta disolución. Esta protesta interna, que es una experiencia conmovedora, se suaviza, desaparece y se supera cuando se realiza el ejercicio de tomar el destino, al vivir inmersos en el destino. Y así como se puede decir que el pensamiento muere en el pensamiento concentrado cuando alcanza su máxima energía, también se puede decir que, al integrarse uno en la corriente del destino, percibe cómo la propia voluntad, que normalmente está dentro del ser humano, es tomada por la corriente del destino. Mientras que normalmente vemos el mundo exterior del destino como algo a lo que nos enfrentamos y nuestra voluntad queda dentro de nosotros, experimentamos en lo que nos sucede como destino, nuestra propia voluntad, aprendiendo a ver en nuestra voluntad cómo nos formamos a nosotros mismos en la vida. Nuestra voluntad se despierta y se derrama sobre todo nuestro destino gradualmente. Si uno realiza tal ejercicio durante un tiempo prolongado, entonces experimenta en todo su alcance lo que es el segundo elemento del desarrollo del investigador espiritual. El segundo elemento es el despertar de la voluntad dormida en nuestro destino. Nos despertamos fuera de nosotros, en la corriente de nuestro destino, y nos integramos con lo que somos en aquello que de otro modo llamaríamos lo exterior.

Al salir así de nosotros mismos, nos surgen nuevas fuerzas del alma. Esto se puede caracterizar diciendo: Mientras antes, a través del pensar concentrado, hacíamos que la vida del pensar se extinguiera y luego nos sentíamos ciegos y sordos en la vida espiritual y solo nos sentíamos percibidos de manera titubeante en el flotar de mundos suprasensibles, ahora comenzamos a vivir dentro de estos mundos como un yo, comenzamos a experimentar una conciencia vigorosa, una conciencia superior en seres más elevados. Ahora no solo nos sentimos percibidos como un pensamiento que se sintió aceptado en nosotros, permaneciendo inconsciente dentro de nosotros, sino que entramos en un mundo, en seres suprasensibles, nos convertimos en sus pensamientos, pero de manera que somos seres de pensamiento vivientes en ellos, desarrollando autoconciencia dentro de ellos.

Y con esta conciencia superior surge algo que ahora puede llamarse una expansión de una fuerza del alma, que ya existe en la vida cotidiana, pero que en la vida cotidiana solo se ocupa de las experiencias ordinarias de la memoria. Recordamos lo que hemos experimentado desde cierto momento después de nuestro nacimiento en la vida cotidiana; podemos evocar estas experiencias en nuestra alma, también podemos decirnos: si no pudiéramos recordar, no seríamos lo que somos. Lo que nos aparece se lo debemos a nuestra memoria. Debemos poder mirar nuestra vida en retrospectiva. Esta capacidad de poder mirar nuestra vida en retrospectiva se amplía, se incrementa mediante la meditación mencionada sobre el destino, pero que debe llevarse tan lejos, que realmente nos sintamos en los actos de nuestro destino, al igual que normalmente sentimos en el cuerpo. Entonces surge fuera de nuestro cuerpo una nueva fuerza del alma, que va más allá de nuestro nacimiento. Ahora comprendemos, de la misma manera en que a través de la memoria miramos los eventos desde un cierto punto después del nacimiento, eventos que sucedieron antes del nacimiento, que hemos vivido en una vida espiritual que precedió a nuestro nacimiento, y sabemos que, así como nos formamos para ser lo que somos en la vida cotidiana debido a lo que ya hemos experimentado en esta vida, nos hemos hecho a nosotros mismos, a través de esas experiencias prenatales, plenamente humanos en cuanto al destino y al temperamento, desde el mundo espiritual.

En otras palabras, mediante la meditación sobre el destino ampliamos nuestra capacidad de visión para convertirla en la fuerza del recuerdo de una vida que hemos vivido fuera del cuerpo. Y con esta experiencia que hemos vivido fuera del cuerpo, adquirimos al mismo tiempo la comprensión de toda la naturaleza de esa vida fuera del cuerpo que hemos vivido antes de nacer. Simplemente forma parte de las experiencias que vive esta memoria ampliada, el hecho de que comprenda por qué ha buscado esta existencia terrenal a través del nacimiento. La ha buscado porque debe integrar esta vida del alma en la actual como consecuencia de experiencias terrenales anteriores, y esto se manifiesta como una experiencia interior inmediata que, a partir de ese punto concreto del desarrollo, se vive de la misma manera que el color para el ser sensorial, surge lo que se puede llamar: el conocimiento de las vidas terrenales repetidas, ese conocimiento de la vida completa del ser humano, que le permite ser representado de tal manera que atraviesa vidas terrenales repetidas y, entre la muerte y un nuevo nacimiento, una y otra vez, vive en el mundo espiritual, en el que se procesa aquello que se experimenta en la Tierra.

No se puede decir que esta experiencia espiritual, de la que aquí se habla, esta ciencia espiritual, no haya estado siempre latente en los mejores espíritus del desarrollo de la humanidad; nuestra época parece estar destinada solo a sacar a la luz lo que ha estado latente en los mejores espíritus, llevándolo a un conocimiento real. Uno puede, si quiere ser una persona completamente ilustrada, mirar a alguien como Lessing, admirarlo y decir: Bueno, ha creado cosas extraordinarias, pero al final de su vida incluso escribió como su testamento espiritual «La educación de la humanidad», y en esta «Educación de la humanidad» también planteó por su cuenta como hipótesis que el ser humano no vive solo una vez en la Tierra física, sino que atraviesa esta vida en múltiples vidas terrenales. Se puede decir que ya era mayor, que ya se había debilitado. Claro, uno puede sentirse muy ilustrado al hacer tal juicio; pero por muy natural que sea tal juicio para nuestro tiempo, en comparación con el progreso de la humanidad, no es diferente de aquel juicio que se tenía antes de Copérnico: la Tierra permanece inmóvil, el Sol se mueve alrededor de ella y debe moverse, y eso se consideraba un prejuicio en contra de Copérnico.

El prejuicio que hoy se esgrime contra las vidas terrenales sucesivas no es diferente de aquel que durante mucho, mucho tiempo ha permanecido latente en las personas. Y del mismo modo que el progreso de las ciencias naturales ha vencido todos los prejuicios contra este último, el progreso de las ciencias espirituales vencerá todos los prejuicios que se esgrimen en su contra. Se le dará la razón a Lessing cuando dice en su obra: «¿Acaso esta hipótesis de las vidas terrenales repetidas, —para las ciencias espirituales ya no es una hipótesis, sino algo que, en el sentido de los debates actuales, se puede experimentar, aunque Lessing aún se refiera a ella como hipótesis—, ¿debería por eso, por el hecho de que se encuentre en el fondo de los conocimientos de los pueblos primitivos más antiguos, por haber surgido en la mente humana antes de que esta se viera oscurecida y dispersada por la sofistería de la escuela, debería por eso ser menos valiosa que cualquier otra? Se reconocerá que lo que Lessing dijo, —precisamente lo que ayer denominé valientemente [ciencia]—, que eso realmente puede elevarse al rango de ciencia auténtica.

Entonces, cuando lo que aquí se ha insinuado sea realmente comprendido por las personas, entonces las personas pensarán de manera diferente sobre la cuestión del destino que hoy, entonces aceptarán lo que trae el destino como algo íntimamente relacionado con su propio ser, entonces sabrán que a través del destino son colocados como seres conscientes en el mundo espiritual superior. Con el destino, las personas crecerán juntas con toda su visión del mundo — se puede decir así —; el destino será visto como algo destinado a prestar al ser humano un yo superior, así como nuestro cuerpo nos presta el yo cotidiano que necesitamos para ser personalidad.

Y entonces, cuando el ser humano se una a su destino, poco a poco dejará de resultarle incomprensible lo que la ciencia espiritual tiene que decir sobre la muerte y sus enigmas. No en vano —ya lo he mencionado aquí en varias ocasiones— se habla de la experiencia a la que llega el investigador espiritual cuando, por un lado, capta el pensar concentrado y siente cómo este se extingue y, por otro, descubre el despertar de aquello que, por lo demás, vive realmente solo en el ser humano en toda la corriente del destino, — no es en vano que, en las verdaderas cosmovisiones místicas, se haya denominado a la experiencia que allí atraviesa: la llegada a la puerta de la muerte.

Porque, de hecho, lo que el investigador espiritual experimenta, aunque no como una realidad inmediata, sí lo es en imagen, es la experiencia de la muerte. Cuando el investigador espiritual, al pasar por sus dos experiencias preparatorias elementales, se dispone a aclarar, iluminar lo anímico-espiritual dentro de sí, experimenta de tal manera que debe decirse a sí mismo: Has dejado tu corporalidad, observas esa corporalidad, sabes lo que significa vivir fuera del cuerpo. Lo que solo se experimenta en imagen por el investigador espiritual al acercarse con conocimiento a la puerta de la muerte, eso es exactamente lo que experimenta cualquier persona al pasar por la puerta de la muerte: entonces el cuerpo parece desprenderse de lo anímico-espiritual; y mediante esta experiencia se borra lo que de otro modo siempre está presente en lo anímico-espiritual.

Porque el investigador del espíritu reconoce lo siguiente: Cuando el ser humano está fuera de su cuerpo desde quedarse dormido hasta despertarse, en él vive el deseo por su cuerpo. Al mismo tiempo, reconoce, al acercarse a la puerta de la muerte en el sentido indicado, que a través de la experiencia real al atravesar la puerta de la muerte, a través de esta experiencia real de la muerte, mediante esta disolución, mediante esta aceptación del cuerpo, se va eliminando poco a poco en el alma este deseo por el cuerpo. Y al eliminarse, es como si una niebla que atraviesa el cuerpo saliera de él y se hiciera claro. El ser humano es realmente absorbido por la esfera de las entidades que normalmente son supersensibles e invisibles; el ser humano es aceptado al igual que los pensamientos con aceptados por el ser humano, y morir significa ser aceptado por las entidades espirituales.

Pero ese momento de la muerte, en el que se vive de tal manera que el ser humano echa la vista atrás hacia la pérdida del cuerpo, es una experiencia que tiene una consecuencia. Del mismo modo que el investigador espiritual, al integrarse en su destino, experimenta una ampliación de su memoria, el ser humano en general, al atravesar la puerta de la muerte, experimenta una ampliación de su memoria al mirar atrás hacia la vida que ha vivido en el cuerpo. Lo que se presenta en el momento de la muerte tiene un efecto liberador para ciertas fuerzas del alma que se activan en él cuando es acogido por las entidades superiores que lo envuelven.

Y ahora ocurre algo especial. Para comprenderlo, debemos llamar la atención sobre algo. ¿De qué se debe, en la vida cotidiana, esta nuestra autoconciencia, este tipo de conciencia que nos lleva a referirnos a nosotros mismos como «yo»? Desde que nos dormimos hasta que nos despertamos, no nos referimos a nosotros mismos como «yo»; tenemos que sumergirnos en nuestro cuerpo espacial para referirnos a nosotros mismos como «yo». En el fondo, lo que ocurre es que cada mañana, cuando nos sumergimos en nuestro cuerpo y utilizamos nuestros ojos, oídos y demás sentidos, nos damos cuenta por primera vez de que somos un «yo». En nuestro cuerpo espacial alcanzamos nuestra autoconciencia. El investigador espiritual puede constatar esto en sí mismo, ya que, al estar fuera de su cuerpo, tiene que librar toda una lucha para extinguir y sofocar el deseo por el cuerpo; sabe qué fuerzas de memoria superiores debe emplear para ser un «yo», y cómo debe integrarse con su destino. Lo que él experimenta, por tanto, lo experimentan otros al contemplar el abandono del cuerpo.

Y surge otra fuerza: ahora ya no podemos entrar en un cuerpo. Ahora lo que surge es el recuerdo de que estuvimos en el cuerpo. Eso es lo importante. En la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento no llegaríamos a tener un «yo» [conciencia del yo] si fuéramos, por así decirlo, meros pensamientos de los seres superiores; solo gracias a que siempre podemos mirar atrás hacia nuestra vida terrenal pasada, a que, en lugar del cuerpo espacial de la vida cotidiana, tras la muerte tenemos un cuerpo temporal, es por lo que tenemos autoconciencia. Al mirar siempre hacia atrás, hacia la vida temporal, recordamos esa vida temporal y, de ese modo, despertamos nuestra autoconciencia. Mientras que en la vida ordinaria nuestra autoconciencia se despierta a través del cuerpo espacial, tras la muerte se despierta a través de lo que llamamos el recuerdo intensificado de lo que fuimos en el tiempo comprendido entre el nacimiento y la muerte. En lugar del espacio, el tiempo ocupa su lugar en las circunstancias descritas tras la muerte. Así vemos cómo la muerte, en su esencia, tiene una fuerza despertadora para la entidad suprasensible del ser humano, y cómo lo que experimentamos en la muerte nos confiere la capacidad de desarrollar la autoconciencia tras la muerte. Así como el pensar se apaga en nuestro interior y nuestro yo debe reavivarse al fundirse con el destino, del mismo modo, tras la muerte, el ser humano reavivará su autoconciencia al recordar su vida terrenal.

De este modo obtenemos una idea muy real de lo que normalmente se denomina el interior anímico-espiritual del ser humano; así llegamos a sentir la esencia viva, anímico-espiritual del ser humano, esa esencia que ya Johann Gottlieb Fichte, en la medida en que pudo hacerlo en su época, percibió tal y como [lo comenté ayer sobre él]. A lo dicho ayer hay que añadir hoy otro pasaje, en el que, en su obra sobre la vocación del intelectual, habla de cómo se siente el alma cuando es capaz de aprehender realmente su esencia anímico-espiritual, fundamentada en lo suprasensible eterno. Allí dice Fichte: «Y si todos vosotros, rocas y montañas, que os habéis amontonado, os abalanzáis sobre mí...» /Laguna en el texto].

Entonces, lo que es percibido por los mejores espíritus y se eleva al rango del conocimiento científico es la tarea de las ciencias espírituales. Ahora se podría decir: Por supuesto, en nuestra época no todos pueden pasar por esas experiencias que los llevan a captar directamente el mundo espiritual, como se ha descrito. Pero eso no es necesario en absoluto. Estas experiencias internas son necesarias para que lo que se puede decir sobre el mundo espiritual sea sacado del abismo en el que de otro modo estaría hundido. Para sacar eso son necesarias estas fuerzas; pero cuando lo que se dice sobre la relación del destino humano y la muerte se ha formado en ideas, se ha llevado al lenguaje de las representaciones humanas, entonces no es necesario tener estas experiencias del alma, sino que uno puede reconocer aproximadamente lo que ha sido revelado a través del investigador espiritual como correcto mediante la capacidad interna de la verdad, así como se entiende un juicio matemático cuando alguien nos lo presenta formulado. Porque esto debe decirse una y otra vez: Cierto es que todo ser humano, sin excepción, está llamado, si quiere experimentar internamente lo que se ha descrito hoy, a contemplar directamente el mundo espiritual y a reconocer la esencia humana en su eternidad, pero no todos necesitan hacerlo. Sin embargo, cada persona puede, si no se pone a sí misma obstáculos y prejuicios, realmente reconocer y entender correctamente lo que la investigación espiritual dice. Esto no contradice el hecho de que hoy en día la mayoría de las personas dicen de los resultados de la investigación espiritual: Esto es pura fantasía, una tontería, ilusiones de algunos pensadores; eso no lo contradice. En realidad, el ser humano no decide por razones ni prueba en realidad, sino que decide según hábitos de pensamiento. Y los hábitos de pensamiento actuales son el resultado de ese pensamiento, de esa imaginación, que justamente tenía el propósito de penetrar en la realidad exterior y sensorial, y que se acostumbró a aferrarse a esta exterioridad sensorial.

Hoy en día es natural que la mayoría de las personas, precisamente al haberse lanzado a este pensamiento natural, no puedan acercarse en absoluto a la ley de la evolución. Pero por muy natural que sea, el tiempo aún muestra que el arco del pensamiento materialista está tan tensado de un lado que por otro debe romperse. Y en todas partes están presentes los signos de que la humanidad está empezando, así como se lanzó con entusiasmo al pensamiento científico-natural, a captar el pensamiento espiritual. Hoy todavía se presentan todo tipo de objeciones contra este pensamiento espiritual; sin embargo, incluso sobre esto, yo diría que los mejores espíritus de la evolución humana han tenido la sensación correcta. Y Johann Gottlieb Fichte, a quien ayer intenté presentar como un genio líder ejemplar, refutó, en la medida de lo posible en su época, una objeción que se hace con mucha facilidad contra la representación y consideración del mundo espiritual con las siguientes palabras. Él dice: «La enseñanza de un espíritu no arbitrariamente asumido, en cuya fuerza superior todos vivimos, y que los hombres incomprensivos creen haber golpeado suficientemente cuando lo llaman misticismo, no es en absoluto fanatismo; porque se remonta a lo fundamental, y de hecho al más íntimo espíritu, que debe animar toda acción. Únicamente se volvería fanatismo si al surgir se añadiera que esta visión proviene de una fuente de luz misteriosa, que sólo se concedería a unos pocos elegidos. En este proceder consiste el verdadero misticismo. Si esta pretensión es arrogancia ante lo sensorial [Laguna en el texto].»

Como les decía: Fichte aún no tenía ciencia espiritual, pero sí tenía las semillas, y al desarrollarse estas semillas, surge, - justamente a través de una ciencia que no apela a la mera observación externa pasiva, sino a las fuerzas interiores del alma en acción, a través de una ciencia que quiere ser una ciencia vivida -, surge la ciencia espiritual. Pero aquello que esta ciencia espiritual pretende traer a la humanidad, también debe ser para el futuro y el progreso del ser humano una fuerza real, una fuerza verdaderamente real. Gracias a la ciencia espiritual, el destino y la muerte se situarán en la vida, como algo que pertenece a toda la experiencia del ser humano. Así como observamos los acontecimientos de la naturaleza exterior y vemos que en la cumbre más alta de estos acontecimientos, se forma lo que es la figura y la esencia del ser humano en esta naturaleza exterior, así la humanidad irá comprendiendo gradualmente, precisamente a través de la ciencia espiritual, que lo que el ser humano es en su más íntima esencia anímico-espiritual, lo que es en aquello que lo conecta con lo eterno, reside en esas fuerzas que de lo contrario, nos resultan exteriormente incomprensibles en el destino y en el enigma de la muerte.

Y entonces se contempla ese núcleo espiritual y anímico del ser humano como algo real; se percibe la vida exterior no como la causa, sino como la obra de ese núcleo espiritual y anímico real que se encuentra en el interior del ser humano. Se observa cómo aquello que une al ser humano con lo eterno conforma su aspecto físico exterior y da forma a todo lo que se percibe en la vida exterior. Y entonces, incluso esos enigmas de la vida que, por lo general, son tan difíciles de desentrañar, gracias a la ciencia espiritual no se presentan como enigmas, sino como algo que sustenta la vida, que da fuerza en los momentos dichosos de la vida, pero que también ofrece consuelo en los momentos amargos de la vida. Por eso, precisamente porque es así, no quiero rehuir en este momento la tarea de exponer, en cierta medida, un resultado concreto de la investigación espiritual que ahora nos puede interesar especialmente.

Vemos a personas morir en la flor de la vida; vemos que el cuerpo exterior se desprende del ser humano, —hoy comprimido en un corto espacio de tiempo—, cómo el cuerpo exterior se separa del alma, de la cual debemos suponer que aún habría tenido años de fuerza para sostener esta vida física. Y al mirar eso, tal como se nos ha presentado el núcleo esencial del ser humano a través de esta exposición antropológica espiritual, nos decimos: ¿Cómo se manifiesta esto para una persona que, en la flor de la vida, deja su cuerpo físico, es decir, en el mundo espiritual, donde la experiencia del yo se forma a través de la memoria? La entrada para un núcleo humano que todavía habría tenido la fuerza para penetrar la vida física durante muchos años, ¿qué significa esta muerte temprana? ¿Cómo se presenta allí el destino? Creo que manejamos mejor esto si comparamos a quien se sacrifica por su patria, —tal como lo demandan los sucesos de la época—, comparando a quien ofrece su cuerpo con un asceta que también, de cierta manera, sacrifica lo corporal.

A menudo he llamado la atención aquí sobre que las ciencias espirituales, cuando se entienden correctamente, no son enemigas de la vida, ni nos alejan de ella, sino que precisamente al captar la realidad completa, son promotoras de la vida, y que el investigador del espíritu, precisamente al señalar el mundo espiritual, pretende decir: en estas fuentes espirituales existen fuerzas que hacen la vida más rica de lo que sería sin estas fuerzas y sin dirigir el pensamiento hacia ellas. La investigación espiritual no lleva al ser humano a despreciar la vida corporal, sino a espiritualizarla, a dominar el cuerpo. Sin embargo, también es capaz de señalar lo equivocado de una ascética falsa, esa ascética que cree que puede vivir en lo espiritual a través de una anulación o paralización del cuerpo mediante ciertas fuerzas del mundo anímico-espiritual. Ciertamente, se logra muchas cosas al anular o paralizar el cuerpo, como sucede con todo hecho en el mundo: tiene consecuencias. Se logra mucho; ¿pero qué se logra con tal ascética? La verdadera experiencia espiritual busca ascender a los mundos espirituales; la ascética falsa empobrece la vida, porque solo desarrolla lo que ya está presente en el núcleo espiritual-anímico del ser, ya que no asciende hacia nuevas fuerzas, sino que al paralizar el cuerpo mediante fuerzas ya existentes, lo anula. ¿Qué se logra con eso? Se logra cierto fortalecimiento de las fuerzas internas, la posibilidad de experimentar más rica y plenamente el núcleo espiritual-anímico. Pero esto se logra en el cuerpo y a través del cuerpo, incluso si se consigue mediante la anulación o paralización del cuerpo, pero precisamente a través de la superación de estas fuerzas corporales en el cuerpo. Sin embargo, la cuestión es que lo que el asceta, en cierto sentido equivocado, logra se relaciona con su vida personal e individual, de modo que, al pasar por la puerta de la muerte, en cierto sentido tendrá un núcleo espiritual-anímico más fuerte, y usará todas las fuerzas que ha adquirido para mirar constantemente, de manera individual y personal, lo que fue su vida en la tierra. Adquiere una mayor auto conciencia, un tipo de egoísmo trascendental que cultiva mediante su ascetismo.

Por el contrario, si nos fijamos —no puedo decirlo de otra manera que quiero llamar la atención, sin ninguna simpatía ni antipatía, sobre los resultados objetivos de la investigación espiritual—, consideremos a aquel que no es un asceta, pero que sacrifica su cuerpo, lo sacrifica por su patria y su pueblo, lo sacrifica en la flor de la juventud y lleva en sí mismo al mundo espiritual un núcleo de esencia espiritual y anímica que podría seguir viviendo mucho tiempo en el cuerpo; este experimenta, a través de todas las circunstancias en las que se produce su muerte, en particular a través de aquellas que convierten su muerte en una muerte consciente de sacrificio, un fortalecimiento también de esas fuerzas internas que conducen a la conciencia de sí mismo; pero ahora, lo que se fortalece en cuanto a fuerzas no se convierte, tras la muerte, en un fortalecimiento al mirar atrás hacia el propio cuerpo, ni en un fortalecimiento de la mera autoconciencia personal, sino en un fortalecimiento de las fuerzas que tienden menos a la atadura a la vida corporal; por así decirlo, las fuerzas fortalecidas se desvían de la vida corporal. La conciencia de sí mismo, que en el asceta se refuerza más en relación con lo suprasensible-egoísta, se refuerza en quien se sacrifica en el campo de batalla por una gran causa de tal manera que se potencian los impulsos de la voluntad y los impulsos emocionales que fluyen. Todo lo que es menos egoísta se ve reforzado. Y así ocurre que aquellas fuerzas que alguien lleva consigo al atravesar la puerta de la muerte, lo desinteresado que [se ha reforzado en él], permanecen en la comunidad popular por la que esa persona se ha sacrificado, o en la causa por la que se ha sacrificado. El asceta, en el fondo, gasta para sí mismo las fuerzas que ha fortalecido; quien se sacrifica en la flor de la juventud en el campo de batalla o de cualquier otra forma por la gran causa, entrega lo que el destino le exige en aras de lo humano en general, en aras de una comunidad humana.

Esto también es algo que nos da respuestas sobre los enigmas del destino y la muerte en un caso concreto, y esto es lo que la ciencia espiritual traerá en general: que generará en la conciencia de las personas una cosmovisión que sepa encontrar sentido en los acontecimientos entre los cuales el alma humana, como fluyendo de mundos oscuros llenos de enigmas, debe hoy moverse. Por supuesto, todo lo que el ser humano puede experimentar sobre el enigma de la muerte o del destino, lo vive en la vida en su totalidad. Todos viven en el mundo espiritual, en el mundo suprasensible, cuando atraviesan la puerta de la muerte; pero así como en la naturaleza todo ocurre y ocurriría incluso aunque el ser humano no supiera nada de ello, también es necesario para el progreso de la humanidad que lo que ocurre en la naturaleza sea incorporado al conocimiento; porque eso hace avanzar al ser humano. Los procesos, las realidades objetivas, los hechos, todo eso es lo que el investigador espiritual explora, pero lo que sucede en el mundo espiritual debe convertirse en conocimiento. Y así como en un momento del desarrollo la naturaleza ha entrado en el progreso, a partir de nuestro tiempo el conocimiento espiritual debe incorporarse al desarrollo cultural.

Cuando el ser humano incorpora a su conocimiento aquello que existe independientemente de él, hace avanzar a su propia especie. Por eso se puede decir que todo aquel que tenga sensibilidad para ese tipo de conocimiento espiritual contribuirá por sí mismo a que se fomente el progreso en el sentido de esta ciencia espiritual. Ya dije, en las primeras palabras de nuestra reflexión de hoy, que, debido a lo que está ocurriendo actualmente en Oriente y Occidente, nos resulta especialmente cercano plantearnos la cuestión del destino y el enigma de la muerte. Y si contemplamos esto de tal manera que podamos decir precisamente esto sobre la relación entre el destino y la muerte con la vida de sacrificio de quien se entrega, entonces podemos afirmar: vivimos en una época en la que un gran número de núcleos de seres espirituales y anímicos, que aún podrían dar vida y promover la vida física, ascienden al mundo espiritual. Allí estarán.

En la ciencia física se habla de una conservación de las fuerzas, de que ninguna fuerza se pierde; por medio de la ciencia espiritual, se hablará cada vez más también de una conservación, de que las fuerzas espirituales no se pierden. Estas fuerzas existen, estas fuerzas forman parte de las actividades del universo. No solo las almas de aquellos que atraviesan la puerta de la muerte en un sacrificio continúan viviendo en el mundo suprasensible, sino que sigue viviendo, como suma de fuerzas especiales, lo que salió del núcleo de las almas de los cuerpos y lo que aún podría haber vivido en esos cuerpos. Y si ayer hablamos de la supervivencia de los genios líderes no solo a través de la tradición, sino en un sentido real, como si estos genios líderes emitieran algo entre los descendientes de su pueblo, que vive en las filas de ese pueblo, cuando este pueblo es llamado a la acción, podemos decir lo mismo de todos esos núcleos de seres espirituales y anímicos que anticipadamente tuvieron que dar por concluida la vida bajo las exigencias de su tiempo.

¿No nos parece también, en general, que los acontecimientos del presente inmediato, que esta lucha tan terrible que ha vivido la humanidad, no son el comienzo de algo completamente nuevo? Creo que quien sienta en su interior la fuerza y el poder de lo que está sucediendo en estos momentos, tendrá que decirse a sí mismo: Es el preludio de algo que tiene que llegar como algo completamente nuevo, en lo que colaborarán en el futuro aquellos que no se vieron obligados a abandonar la vida y la experiencia por el mundo físico, aquellos que se adentran en el futuro sin haber experimentado la muerte ni el dolor de haber sido heridos. Pero ese tiempo que está por venir también estará marcado por todas aquellas fuerzas que han pasado al mundo espiritual de la manera que acabamos de describir. Entonces habrá que decir: sea lo que sea lo que venga, las fuerzas que, sin haberse agotado, han ascendido del mundo físico al suprasensible, hablarán en las almas de los supervivientes y de las generaciones venideras de tal manera que se presentarán como exigencias.

En cierto sentido, habrá que decir: quien alce la vista hacia estas fuerzas exigirá una vida completamente nueva, y quien contemple los signos de los tiempos —lo que, en este momento, puede decirse a partir de las percepciones de la investigación espiritual sobre los signos de los tiempos—, si lo analiza con detenimiento, dirá: Lo que, según el curso general del desarrollo de la humanidad, se exige para el futuro próximo, tanto a los vivos como a los muertos, es que a la visión materialista, a la concepción puramente naturalista del mundo, se sume la percepción viva del espíritu y la impregnación de las acciones humanas con el espíritu, y aquello que, de este modo, asciende al mundo espiritual en forma de núcleos humanos intactos, comprenderá estas fuerzas, lo que ocurre aquí abajo. Solo cuando lo que ocurre aquí abajo sienta el deber de cultivar el espíritu, solo eso será comprendido por aquellos que, en cierto sentido, han fertilizado de nuevo con su sangre el campo en el que deben actuar los que sobreviven, y lo han revivido mediante su muerte.

Y me refiero a algo más que una simple imagen cuando digo: la ciencia espiritual será [en el futuro un enfrentamiento] con estas fuerzas sacrificadas; podrá percibirse como un compromiso para con las víctimas que ahora se están ofreciendo y que, al fin y al cabo, solo tendrán sentido si marcan el comienzo de una nueva era. Por eso es como si todos aquellos que ahora ascienden al otro mundo a través de la muerte sacrificial pronunciaran, de una forma muy especial, las palabras que en su día —quizá en circunstancias mucho menos trascendentales— Robert Prutz dirigió a Jacob Grimm en referencia a [laguna en el texto] circunstancias /[laguna en el texto] —ahora es como si resonara como una advertencia de aquellas fuerzas que, a través de la muerte sacrificial, han pasado prematuramente al mundo espiritual y que pueden espolear al cumplimiento del deber en relación con la vida espiritual, pueden hacer resonar [laguna en el texto].

Es por la próxima generación,
Es por el amanecer del mañana.
Es por la libertad y el derecho,
Es por la vida y la muerte.

Sí, lo que en el presente puede ser logrado a través de la ciencia espiritual, se dirige al amanecer futuro, y lo que puede ser explorado mediante la ciencia espiritual sobre el enigma del destino y de la muerte, no se aplica solo a la vida percibida sensorialmente, se aplica a la vida y a la muerte y a la vida que surge de la muerte, y a la muerte, que en sí misma da vida.

Traducido por J.Luelmo


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