CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

GA069e München, 10 de enero de 1912 ¿Cómo se fundamenta la teosofía?

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 RUDOLF STEINER

OBJETIVOS ESPIRITUALES DE NUESTRA ÉPOCA

¿Cómo se fundamenta la teosofía?

München, 10 de enero de 1912

Si anteayer intentamos, por así decirlo, ponernos a modo de prueba en el punto de vista de los detractores de nuestra cosmovisión teosófica o de las ciencias espirituales, y si hoy se les va a presentar esta última visión del mundo y de la vida en sus formas fundamentales y bien fundamentadas, les ruego que no interpreten mi tarea como si hoy se fuera a intentar desmontar, pieza a pieza, lo que se construyó anteayer, es decir, como si se tratara de una especie de juego con conceptos; pues eso me parecería, al fin y al cabo, frívolo. Ya se ha subrayado que no se trataba de enumerar de cualquier manera aquellas objeciones superficiales contra la teosofía que plantean aquellas personas que carecen de buena voluntad para familiarizarse más a fondo con el contenido y la esencia de estas cosmovisiones, sino que se ha destacado que solo debían plantearse aquellas razones que deban considerarse objeciones serias y de peso, y que dificultan a las personas cultas de hoy en día acercarse a la teosofía con su convicción más íntima, a pesar de su buena disposición.

Sin embargo, dado que aquellos que ya han asistido en varias ocasiones a mis conferencias de carácter teosófico pueden dar por sentado que mi intención no ha sido refutar la teosofía, todo lo que hoy exponga constituirá, en su conjunto, una especie de refutación de lo dicho anteayer, y les ruego que tengan en cuenta que, para ello, debo adoptar un tono diferente al de otras conferencias destinadas a fundamentar las verdades teosóficas. En otras ocasiones se han presentado pruebas fácticas para corroborar las verdades teosóficas; lo que se dirá hoy pretende, más bien, oponerse de manera lógica y crítica a lo expuesto anteayer, desde un punto de vista más abstracto, que resultará del todo comprensible teniendo en cuenta las objeciones que, dentro de ciertos límites, se han planteado como justificadas.

En sí mismo, resulta llamativo intentar esgrimir ahora razones a favor de una causa de la que se afirma que se integrará y debe integrarse en nuestra corriente cultural; llamativo porque de ello podría fácilmente deducirse que la convicción que para una persona está bien fundada, para otros le es imposible de aceptar. La decisión es bastante difícil, por lo que, en primer lugar, hay que llamar la atención sobre cuál es el valor probatorio de la razón humana a favor o en contra de una cuestión. Solo entonces es posible preguntarse si realmente depende tanto del valor probatorio de la razón humana por sí sola, si es que esta puede decidir por sí sola, con sus argumentos, a favor o en contra de una cuestión, o si esto no ocurre de manera tan directa.

Todo el mundo sabe que se puede defender una idea, con gran habilidad, hasta que uno se da cuenta de que las pruebas, que al principio parecían tan convincentes, ya no son suficientes cuando se amplía el horizonte. Por eso surge la pregunta de si son solo las pruebas las que llevan al ser humano a decidir si debe aceptar o rechazar algo. A primera vista, podría parecer fácil juzgar que algo es cierto si las pruebas lo respaldan, y erróneo si las pruebas lo refutan; sin embargo, la historia de la cultura nos enseña que, a lo largo de los tiempos, las pruebas que pudieran presentarse a favor o en contra de una cuestión, no han sido en absoluto decisivas sino que lo que importaba, —y sigue importando hoy en día—, son aspectos que, a la hora de considerar algo como verdadero, son más determinantes que las pruebas de la razón humana.

Esto se puede explicar con el siguiente ejemplo: este año se publicó por primera vez el llamado «calendario de los librepensadores», en el que también aparece un debate de un autor cuyo amor por la verdad debe reconocerse sin reservas; este afirma que no se debería enseñar a los hijos nada que se base en ideas sobre lo divino o cualquier otro asunto sobrenatural. El autor del artículo en cuestión defiende un punto de vista monista y materialista y cree que debe pronunciarse en contra de las concepciones de carácter sobrenatural, como, por ejemplo, la existencia del alma, de Dios, etcétera. Para ello se basa en algo que, sin duda, tiene gran importancia para muchas personas reflexivas, a saber, que no se debería enseñar a los niños nada más que aquello que pueda desarrollarse a partir de su naturaleza humana; por el contrario, introducir en su desarrollo algo de mundos sobrenaturales sería algo ajeno, ya que, si se les dejara a su aire, llegarían por sí mismos al mundo sensible. Esto resulta lógico para quienes se rigen por la pedagogía moderna, que no ven al niño como un saco que se pueda llenar indiscriminadamente con ideas y demás.

Estas opiniones podrían parecerle a cualquiera bastante naturales y adecuadas, y tal exposición le parecerá también al lector del calendario una prueba absolutamente irrefutable. Pero, por muy difícil que resulte refutar al autor con todos los argumentos de su punto de vista, el juicio adquiere un cariz diferente cuando se amplía el horizonte. Si, por ejemplo, el niño se criara en una isla desierta, donde se pudiera impedir que aprendiera el lenguaje de los seres humanos, surgiría una pregunta bastante lógica: si se mantuviera el principio antes expuesto y no se le ofreciera al niño nada más que lo que su naturaleza ya le proporciona por sí misma, eso significaría, sencillamente, impedir que dicho niño aprendiera a hablar. De ello se desprende que, al razonar, también deben tenerse en cuenta todos los factores determinantes.

Las personas destacadas siempre han reconocido como principio el afán de mantener su pensamiento libre e independiente en esta dirección, y de concebir sus ideas con un horizonte lo más amplio posible. Es fácil citar, a partir de la experiencia, numerosos ejemplos que pongan de manifiesto que la superstición humana es más fuerte y a quienes las mentes más ilustradas de la actualidad están acostumbradas a reconocer como propias, es fácil citar, a partir de la experiencia, una gran cantidad de ejemplos de los que se desprende que la superstición humana se aferra a algunas cosas que, aunque existen realmente, solo se perciben de forma errónea; así, muchas personas creen en los espíritus independientes del cuerpo físico. A algunos, en cambio, les parece evidente que hay que carecer por completo de ilustración si no se duda de la existencia de tales espíritus incorpóreos. Muchos de los que acusan a estas personas creyentes de una superstición flagrante se remiten a Lessing como pionero del pensamiento moderno; podemos estar totalmente de acuerdo con esta valoración, en el sentido de que él derivaba su forma de pensar de un amplio horizonte. Él dice:

¿Ya no creemos en los fantasmas? ¿Quién dice eso? O mejor dicho, ¿qué significa eso? ¿Significa eso que, por fin, hemos avanzado tanto en nuestro conocimiento que podemos demostrar su imposibilidad? Ciertas verdades irrefutables, que contradicen la creencia en los fantasmas, se han hecho tan conocidas, y están tan presentes, de forma constante y permanente, incluso para el hombre más sencillo, que todo lo que las contradiga le resulta necesariamente ridículo y de mal gusto. Eso no puede tener ese significado. Que ahora no creamos en los fantasmas solo puede significar lo siguiente: en este asunto, sobre el que se pueden esgrimir argumentos a favor y en contra casi en igual medida, que no está zanjado y no puede zanjarse, la forma de pensar que prevalece actualmente ha dado más peso a los argumentos en contra; son pocos los que tienen esta forma de pensar, y muchos parecen querer tenerla; estos son los que arman jaleo y marcan la pauta; la mayoría guarda silencio y se muestra indiferente, y piensa unas veces de una manera y otras de otra, escucha con gusto las burlas sobre los fantasmas a plena luz del día y habla de ellos con horror en la oscuridad de la noche. ¿Es esto lo que debemos decir ante una leyenda del pensamiento moderno así descrita? ¿Acaso es una superstición flagrante querer admitir otras perspectivas y ámbitos de conocimiento además de los razonamientos lógicos, al expresar la opinión de que estos adquieren o pierden peso según [si] se amplía o se estrecha el horizonte? En el primer caso, surgen inmediatamente posibilidades completamente nuevas. No ha sido el peso de las pruebas lo que ha decidido en las mentes de las personas que no existen los espíritus, sino el hábito de pensamiento que se centra en hechos que restan peso a las pruebas de su existencia. También hay que tratar de explicar qué es lo que lleva a las personas a otorgar a sus opiniones un poder probatorio, un peso.

Todo depende de los hábitos de pensamiento, y en este sentido podremos constatar que, al parecer, debería haber razones de peso, —y de hecho las hay—, para no rechazar el cuerpo etérico tal y como lo enseña la teosofía.

La ciencia espiritual nos dice que este cuerpo etérico impregna el cuerpo físico, y a las propias sustancias que componen ese cuerpo, y las que ha absorbido, las trata de tal manera que el organismo pueda mantener su vida. Se ha planteado la objeción de que la ciencia química es capaz de producir en el laboratorio ciertos compuestos químicos fuera del organismo vivo y, a partir de ello, se deduce que todos estos procesos y compuestos que se observan en el organismo vivo serían provocados también por las mismas fuerzas externas, y que se albergara la esperanza de poder crear algún día en el laboratorio, al menos, a los seres vivos de organización más simple. A partir de estos hechos y consideraciones, se considera, por tanto, que el concepto de «cuerpo etérico» carece de base científica; pues nadie tiene derecho a dudar de que la ciencia no pueda llegar a generar, en el futuro, fenómenos vitales y seres vivos.

Todo esto no se basa en razones ni en pruebas, sino en hábitos de pensamiento. Esto se puede demostrar históricamente. Antiguamente, nadie dudaba del origen sobrenatural de la vida, pues los alquimistas, por ejemplo, y el resto de los eruditos de siglos pasados creían poder crear en el laboratorio un «homúnculo» completo a partir de las sustancias necesarias; ¡un fenómeno singular! ¿Qué ha sido necesario, pues, para ese tipo de pensadores, —a quienes no debemos considerar sin más como necios, ya solo por el hecho de que en el futuro no se nos pueda considerar a nosotros como necios aún mayores, por haber sido lo suficientemente miopes como para considerarlos así?—, qué es lo que se requiere para que dejemos de percibir una contradicción irresoluble?  Debemos asimilar la idea de que la vida está en todas partes, no solo limitada a los organismos vivos y a sus posibilidades hereditarias, sino que puede surgir en cualquier materia adecuadamente combinada, en la que basta con suponer que la vida está presente, —siempre que se le dé la oportunidad de desarrollarse de una forma u otra—. Cuando surge algo vivo, no hay que suponer que solo surja aquello para lo que todo está ya presente en un lugar determinado, del mismo modo que las moscas no surgen sin más de la suciedad, aunque en poco tiempo aparezcan sobre ella. Si reunimos en el laboratorio las sustancias necesarias en las condiciones adecuadas, lo único que podemos hacer es ofrecer así la oportunidad de que la vida se acerque a ellas. Sin embargo, no debemos limitar los conceptos de la vida a los seres vivos que, por así decirlo, se han cristalizado en las sustancias presentes, ya que la vida lo abarca todo, se encuentra en todas partes y aprovecha cualquier oportunidad para manifestarse, por ejemplo, como germen en sustancias correctamente combinadas.

Esta visión puede resultar extraña para nuestra época, pero no hay motivos lógicos para rechazarla. En cierto modo, resulta difícil llegar directamente a una concepción global de la vida a través de los métodos de la teosofía; para ayudarles, me gustaría partir de un punto que se planteó anteayer, con el fin de guiarles hacia el concepto y la aceptación del cuerpo etérico.

Se ha dicho que existe una forma de explicar el estar despierto y el dormir, distinta a la que ofrece la teosofía, según la cual el cuerpo físico, que permanece unido al cuerpo etérico, se separa del cuerpo astral y del «yo», y que estos dos últimos elementos del ser permanecen unidos en el mundo espiritual mientras él duerme. Por el contrario, resulta totalmente lógico concebir el fenómeno del dormir de tal manera que, mientras el ser humano está despierto en el mundo sensorial, a través de su actividad intelectual y muscular acumule en sus órganos las denominadas «sustancias de fatiga», que le impiden seguir desarrollando las fuerzas necesarias para continuar con la vida en estado de vigilia. Las fuerzas contrarias del organismo se imponen entonces, la conciencia de vigilia se extingue y esas fuerzas restablecen el organismo mientras está dormido, de modo que este sea capaz de volver a funcionar con plena energía en todos sus órganos, etc., etc. Muchos naturalistas [también] opinan que la alternancia entre el estar dormido y el estar despierto se basa en una autorregulación del organismo sano, de modo que, para explicar el dormir, no es necesario suponer que una parte espiritual se separe del cuerpo físico-etérico, se aleje de él y que dichas partes desarrollen una actividad regeneradora, —actividad que se desarrollaría sin una autoconciencia propiamente dicha—.

Una objeción de este tipo puede suponer un escollo para quien desee acercarse a la teosofía, por lo que no debe subestimarse en el caso de una persona concienzuda. Pero aunque se admita como cierto que el organismo se autorregula en lo que respecta al dormir y al estar despierto, —es decir, que tras el cansancio, la alteración provocada en los órganos se compensa mediante la recuperación de las fuerzas vitales—, hay que plantear la pregunta, y precisamente como una cuestión de principio, fundamental: ¿Qué puede hacer el organismo con respecto a sus órganos cuando duerme? Debe tratarse, sin duda, de una actividad vital peculiar, el hecho de que los ojos, los oídos, el cerebro, el sistema nervioso y demás órganos internos se vean dotados de nuevas fuerzas vitales mientras dormimos. Pero, ¿De qué «tipo» es esta restauración de la actividad orgánica? ¿Acaso es similar a la que se da en el resto del organismo, como, por ejemplo, la de los pulmones humanos, siempre activos, que se encargan de la respiración, ya que, al fin y al cabo, también deben ser alimentados y dotados de fuerzas orgánicas por la vida orgánica interna? Esta actividad orgánica interna, que nutre a los pulmones, no puede ser por sí sola la causa del movimiento; y la absorción del oxígeno del aire por parte de los propios pulmones no puede sustituirse por esa nutrición interna, ya que no tiene nada que ver con ella. Lo mismo ocurre con el cerebro y el sistema nervioso, que también reciben un suministro orgánico interno y se nutren de él. Pero tampoco la recuperación interna del cerebro y del sistema nervioso que tiene lugar mientras dormimos tiene nada que ver con lo que nos llega a través de nuestros sentidos en forma de sensaciones y percepciones, ni con los pensamientos que fluyen por nuestro cerebro.

Así pues, la actividad orgánica interna no puede aportar nada que convierta a los sentidos y al cerebro en órganos capaces de pensar y sentir; de lo contrario, a través del ser humano dormido se podría obtener alguna información relativa a su alma, que sería lo mismo que si se quisiera determinar algo sobre la naturaleza interna del oxígeno a través de la nutrición orgánica interna de los pulmones. Por eso podemos afirmar con razón: el hecho de que nuestro organismo abastezca a sus órganos con fuerza orgánica interna no significa que haya aportado nada capaz de llenarlos con las representaciones que les son propias, ni siquiera a los pulmones lo más mínimo para suministrarles oxígeno una y otra vez. Así pues, lo que constituye la sensación y el contenido de su alma llega al ser humano desde un ámbito completamente distinto.

Por lo tanto, está indiscutiblemente justificado afirmar que en la persona despierta hay algo absolutamente distinto de lo que hay en la persona dormida, del mismo modo que el agua (H₂O) es distinta de sus partes separadas, el hidrógeno (H) y el oxígeno (O); no se puede formar agua si solo se dispone de hidrógeno (H) sin oxígeno (O). Del mismo modo, a la persona que duerme, que yace privada de contenido espiritual, hay que aportarle algo más es decir, algo procedente del exterior que la complemente para convertirla en alguien despierto.

Ahora bien, debemos tener claro que ni siquiera los pensadores positivistas, como por ejemplo [Hume], afirman que aquello que llamamos «yo» pueda localizarse en algún tipo de actividad orgánica. En sí mismo él solo encuentra calor, frío, placer, sufrimiento, alegría, dolor, afecto, aversión, etcétera. De ello vive, pues, el yo y está ligado a tales actividades, que al despertar debe incorporar tales actividades al organismo, por así decirlo, del mismo modo que hay que aportar oxígeno al hidrógeno (O + 2H = H,O) para formar agua.

Con este tipo de reflexiones se mantiene la coherencia con las concepciones y los métodos de las ciencias naturales; otras visiones del mundo que no actúan así entran en contradicción con sus propios hechos, con los observados correctamente por las ciencias naturales y con los métodos de estas, contra los que, de hecho, pecan. La teosofía no profesa el dualismo, del mismo modo que no se tildará de dualista a quien, al observar el agua, no vea en ella una unidad absoluta, sino una sustancia formada por hidrógeno y oxígeno o que puede descomponerse en estos dos elementos. No existe contradicción entre la teosofía y las ciencias naturales; ambas se asientan sobre el terreno firme de los hechos, aunque lo que importa es cómo se interpreten.

Desde este punto de vista, estamos legitimados para afirmar que todo lo que tiene en sí una existencia inmediata debe permitir que se examine su propia naturaleza, al margen del organismo en sí mismo, de modo que debemos acercarnos al contenido espiritual humano, separado de su organismo físico.

Esto nos lleva a la legitimidad de lo que se presenta como el método esotérico de la teosofía, el cual, sin embargo, debido a su naturaleza peculiar, debe romper en cierta medida con la exigencia de la ciencia natural, según la cual, la vida espiritual pueda ser observada en todo momento y por cualquier persona. No queda más remedio que contemplar esto según su propia ley; el investigador espiritual debe provocar en su propia vida espiritual un proceso libre de influencias externas, incorporando a su observación, mediante la meditación, la concentración y su voluntad, determinadas ideas que parecen adecuadas únicamente para la investigación esotérica. Él separa su alma de su relación con el cuerpo, extrayendo, por así decirlo, lo anímico de forma libre y convirtiendo así la vida anímica interior en un proceso manejable, que incluso puede limitarse a ser simbólico. [Por lo demás, el ser humano se ve estimulado por procesos externos, pero para liberar lo anímico de lo físico, él hace que mediante su propia voluntad, durante la meditación sitúa en el centro de la actividad anímica, una idea, —a ser posible simbólica—.] La única diferencia con respecto a un conocimiento externo es que, en cuanto a su contenido, [no] se tienen en cuenta las relaciones de la actividad anímica con otra cosa. Por ejemplo, en la meditación, los pensamientos no tienen por qué representar algo que exista realmente, como esta cruz negra, rodeada de siete rosas rojas, la llamada «Rosacruz», que no tiene por qué serlo; sino que solo nos preguntamos: ¿qué hace una idea así en el alma, en qué contribuye a fomentar nuestra evolución? Lo que importa es lo que los pensamientos logran en nuestra alma.

Cuando nos dejamos llevar por este tipo de experiencias, llegamos a conocer la actividad del alma en el mundo espiritual. El alma entra en un estado similar a cuando dormimos, aunque sin que se apague la conciencia; el contenido de ese estado se le revela como algo suprassensorial, lo que permite al investigador reconocer el mundo suprassensorial en su realidad. Se podría objetar que se trata únicamente de un proceso subjetivo del alma, pero para quien realmente conoce tales procesos, esta objeción no es válida: para él, son exactamente como el conocimiento de las verdades matemáticas, como, por ejemplo, que la suma de los tres ángulos de un triángulo plano es siempre igual a 2 R = 180°, una verdad que se reconoce puramente en el interior del alma; el hecho de que otros la consideren cierta o no no contribuye en nada al conocimiento de esta verdad matemática; se demuestra a sí misma. Es igual de absurdo afirmar que, cuando alguien llega a procesos anímicos mediante ciertos ejercicios, se trata únicamente de una certeza subjetiva de su propia alma, de esa única alma.

Cuando alguien comienza con ejercicios de carácter espiritual, al principio se encuentra con todo tipo de escollos, errores y autoengaños; pero estos son meramente subjetivos. Además, tras haber avanzado lo suficiente, surge la certeza de que uno tiene ante sí algo objetivo, o más bien de que lo experimenta en su interior. Entonces ya no se trata de convicciones subjetivas. Eso sería una objeción similar a decir que no se debería estudiar matemáticas porque eso causa dificultades de carácter subjetivo; sin embargo, al final del camino se puede demostrar algo objetivo.

Pero alguien podría plantear otra objeción más, a saber, que no se debe comparar el camino hacia los conocimientos suprasensoriales con el de los conocimientos matemáticos, ya que estos solo tendrían un valor formal. El hecho de que se demuestre que 3 × 3 = 9 no prueba que haya 3 × 3 cosas = 9 cosas en el mundo, ni que la suma de los tres ángulos de un triángulo plano sea igual a 180°; si esto no existiera realmente de esa manera, por tanto los procesos internos del alma tampoco tendrían que corresponder a hechos suprasensoriales. ¿Existen tales hechos o no?

Habría que demostrar que no solo nosotros, los seres humanos, pensamos las matemáticas, sino que las matemáticas también funcionan por sí mismas al margen de nosotros, tal y como dice, por ejemplo, Platón: «¡Dios practica la geometría!». Si reconocemos esto, las leyes matemáticas son reales y existen en el mundo. Por lo tanto, los procesos del alma percibidos correctamente también deben existir fuera de nosotros como cosas reales. Así, por ejemplo, solo encontramos en nuestro interior aquello a lo que, en su desarrollo interno, llamamos «yo» y que coincide con el contenido de nuestra alma en cuanto a pensamientos, sentimientos, voluntad, etc. ¿Acaso no es solo algo subjetivo? ¿Qué nos garantiza su objetividad? ¿Actúa y se entreteje también en el mundo exterior? El ser humano se desarrolla, entre el nacimiento y la muerte, de tal manera que recuerda hasta un momento determinado de su infancia. Su memoria no llega más allá de ese momento, aunque nadie podría afirmar por ello que haya nacido a los cuatro o cinco años de edad, pues ya llevaba varios años vivo antes de eso. La conciencia humana debe configurarse a partir de ese punto, de tal manera que debió surgir justo entonces.

Pero, ¿Qué había antes en el ser humano como contenido del «yo»? Podemos responder lo siguiente: en los primeros años de la infancia, el ser humano desarrolla las circunvoluciones de su cerebro, y solo cuando se ha completado este trabajo, —es decir, cuando la individualidad ha esculpido la herramienta del intelecto—, es cuando surge la conciencia del «yo» para el propio ser humano; esta se corresponde con la herramienta ahora disponible, y esta, a su vez, con el «yo» en formación. Así, la teosofía muestra que todo lo que más tarde se experimenta de forma puramente interior, nuestro cerebro lo había elaborado previamente. La primera vida del niño muestra que su cerebro se «yoiza»; aquello que más tarde se convertirá en contenido del alma, antes ya estaba presente de forma creadora en el ser humano, en los primeros años como aura exterior y más tarde como aura interior.

En estos procesos se cumple lo que necesitamos demostrar, es decir, exteriorizar lo que antes estaba en el interior. El siguiente experimento lo aclarará: Si el investigador del alma se aplica a sí mismo todos sus ejercicios y somete su alma a la influencia de los mismos, acabará por darse cuenta de que, estando despierto, sale con su alma de las envolturas físicas y etéricas del cuerpo, —un proceso que, de otro modo, solo era posible al dormirse—. Al alcanzar así la independencia de su organismo corporal, el investigador del espíritu vive, en una primera etapa; sabe entonces que experimenta en su interior algo así: «Percibo un contenido independiente de los órganos de mi cuerpo, pero no puedo expresarlo en conceptos, ya que estos están ligados al cerebro, y esto me provoca un estado interior de angustia que se traslada también a la conciencia corporal habitual». El ser humano presenta entonces algo de «idiotismo» en lo que respecta a la expresión de sus experiencias espirituales superiores.

Si los ejercicios necesarios se prosiguen con energía inquebrantable, aquello que se ha liberado en el alma, cada vez más autónoma, en forma de experiencias suprasensoriales, se transmite como efectos de fuerza hasta el cuerpo físico y [esto] permite expresar con palabras lo que antes solo se vivía espiritualmente, sin la intervención del cerebro, del mismo modo que el niño desarrolla gradualmente su cerebro para expresar lo que más tarde quiere contar como algo que ha vivido. - Así se procede paso a paso. - El núcleo anímico-espiritual debe, pues, haber estado presente ya desde la primera formación embrionaria del cuerpo, ya que debe trabajar en su desarrollo posterior desde el mundo espiritual; y así actúa en la organización física con sus fuerzas, que extrae del acervo almacenado y elaborado de las vidas terrenales anteriores.

Así pues, vemos que quien quiera llegar al concepto del «yo» debe, necesariamente, abordar las objeciones de los escépticos para reconocer su verdadero alcance, y se ve obligado a buscar perspectivas más amplias. Sin embargo, nadie debería juzgar a la ligera a aquellos que no pueden acercarse a la teosofía.

Además, anteayer se expusieron importantes objeciones de carácter ético, moral y religioso; se argumentó que la creencia en el karma, con su recompensa y su castigo, podría convertir a las personas en egoístas, y hay que admitir que este tipo de concepciones estrechas pueden conducir, en cierta medida, al egoísmo. Sin embargo, me gustaría remitirme de inmediato a Schopenhauer, cuando dice: «¡Predicar la moral es fácil, fundamentarla es difícil!».

Esto último significa plantear aquellas cuestiones que dan lugar a una conducta moral. Si esto fuera posible para la teosofía, los ajenos a ella podrían decir que el karma daría lugar a personas egoístas, si tenemos en cuenta que este no tiene por qué ser más que un estado transitorio, con la conciencia de una justicia compensatoria a lo largo de diversas vidas terrenales. Así, por ejemplo, los padres quieren educar a sus hijos de forma adecuada para que estos puedan mantenerlos y cuidarlos en la vejez. Aunque esto es egoísta, hace que esos hijos se conviertan en personas de bien, que los padres vean cumplidas sus esperanzas y disfruten de la capacidad de sus hijos; de este modo, su egoísmo se transforma en una predisposición a la alegría desinteresada por el buen progreso y el desarrollo personal de sus hijos.

Así, por ejemplo, en una forma algo burda de ilustrar el karma, se dice: las buenas acciones del ser humano acarrean recompensa, mientras que las malas tienen como consecuencia el dolor y el sufrimiento. Si el ser humano actúa en consecuencia, aunque se encuentre bajo la influencia del egoísmo, el bien repercute en él y, poco a poco, se convierte en una persona altruista.

La moral solo puede fundamentarse partiendo de la verdadera naturaleza egoísta del ser humano y teniendo en cuenta el karma; este transforma entonces, poco a poco, al ser humano egoísta en uno moral y altruista.

Si alguien quisiera plantear otras objeciones morales, a saber, que algunos padres aman a sus hijos como parte de sí mismos, como herederos de sus propias cualidades, y que no sería razonable esperar eso de ellos, —ni siquiera sería posible—, teniendo en cuenta la conciencia de que un núcleo anímico-espiritual , ajeno a ellos, descendiera de los mundos espirituales para, en cierto modo, oponerse a los padres biológicos, podríamos responder que existía un vínculo profundamente íntimo que condujo al niño precisamente hacia esa pareja de padres, como consecuencia de relaciones amorosas de un orden superior que ya existían antes del nacimiento y que desarrollaron las fuerzas que capacitaron a la parte  anímico-espiritual de su ser para llegar precisamente a sus padres, —fuerzas que se desarrollaron a partir de vidas terrenales anteriores y que le permiten, además, un desarrollo posterior favorable únicamente con el cuerpo que le han transmitido sus padres.

Si se llega a afirmar que, en la reencarnación, el ser humano se atribuye una especie de autosuficiencia sin hacer hincapié en su condición de hijo de Dios, y que se opone al Dios justo, entonces, desde una perspectiva más amplia, se puede decir lo siguiente: Si el ser humano siente que en su interior actúa la fuerza divina, resultaría realmente incomprensible que no se atribuyera también un núcleo divino en su esencia, que debe y puede desarrollarse cada vez más en cada vida; pues, de lo contrario, comete un pecado en cuanto cree que debe negar la chispa divina que hay en sí mismo, cuando, en lugar de desarrollarla, la deforma hasta convertirla en una caricatura. Por lo tanto, acercarse lo más posible al ideal divino es un deber religioso sagrado del teósofo.

Estamos dispuestos a tener en cuenta todas las objeciones de los detractores, pero también queremos señalar, al sopesar los pros y los contras, que esto no se resuelve sin más mediante pruebas y argumentos en contra, sino mediante la ampliación de nuestro horizonte en nuestra vida anímica más allá de todo lo estrecho de nuestra cultura. Eso es lo que la teosofía o ciencia espiritual debe aportar a las personas de nuestra cultura y, a partir de ahí, la elevación más allá del mero mundo físico-sensorial.

Si alguien, en el marco de un desarrollo posterior y siguiendo de cerca los métodos de laboratorio, intentara aplicar el mundo sobrenatural a sus resultados y conocimientos, podría aplicar con éxito algunos aspectos concretos y fracasar en otros; pero eso sería lo mismo que si surgieran dudas sobre unos u otros hechos científicos y uno se diera cuenta de que, en su interpretación y aplicación, hay aspectos concretos que no cuadran; sin embargo, la visión así obtenida puede, al encadenar los distintos hechos, consolidarse en una hipótesis fundamentada que se va modificando, se desarrolla cada vez mejor y, en su conjunto, respaldada por confirmaciones cada vez más frecuentes, acaba convirtiéndose en una teoría. Entonces debemos decir que la objeción que plantean algunos, según la cual tales hipótesis sobre mundos sobrenaturales contradirían todas las concepciones anteriores, tiene el mismo peso que la de una famosa Academia de Ciencias [de París], que, al informar sobre el caso de las piedras de Meteora, quiso negar su existencia, incluso si se le presentaran las propias piedras.

Así pues, tanto en este caso ya pasado como en el actual, no son los hechos lo que hay que corregir, sino las concepciones; es decir, el horizonte de las personas debe ampliarse, bajo la influencia de las ciencias espirituales, tanto en su investigación como en sus convicciones. - Nos encontramos ante algo espiritual que tiene sus propias leyes, distintas de las de lo material, pues estas últimas solo muestran el surgimiento y la desaparición. Si hacemos hincapié en lo que parece secundario, al señalar que los procesos anímicos en el cerebro actúan, en cierto sentido, como la gravedad en las masas de materia, entonces también podemos admitir que esta gravedad, si la Tierra pudiera dormir, se manifestaría por sí misma, y además suponer con razón que, como fuerza independiente, perdurará más allá de la materia. También podemos expresar esas verdades de la siguiente manera:

En la inmensidad del espacio, 
existen cosas que le hablan al alma humana; 
¡el alma puede conservarlas a lo largo del tiempo! 
Pero el alma humana vive en el conocimiento, 
sin las límitaciones del espacio, 
ni las limitaciones del tiempo, 
en el reino de la eternidad, 
es allí en el ámbito espiritual, 
donde encuentra el fundamento 
más profundo de su propio ser.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 28 de diciembre de 1907 - Formas y números en su significado espiritual

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RUDOLF STEINER

 - Formas y números en su significado espiritual  -

XIV conferencia
Köln, 28 de diciembre de 1907

Lo que aquí se puede ofrecer son, en esencia, solo ejemplos de entre la gran variedad de símbolos y signos ocultos. No se trata tanto de ofrecer un tratado exhaustivo que explique tal o cual signo oculto, sino más bien de desarrollar el significado de los signos ocultos en general y su relación con el mundo astral y espiritual. Si tales signos no fueran más que una especie de ilustración esquemática, su objetivo y su significado no serían, en verdad, muy importantes, y más de uno podría creer que se trata únicamente de una forma de simbolizar ciertos hechos de los mundos superiores. Pero no es así. Esos símbolos y signos, tomados de la cosmovisión oculta, tienen una gran importancia para el desarrollo del ser humano, para su perfeccionamiento; es más, se puede decir que los signos y sellos ocultos, si los entendemos en el sentido más amplio de la palabra, han desempeñado un papel fundamental en la educación y el desarrollo de toda la humanidad. Solo hay que tener claro que los pensamientos, las sensaciones y las ideas que el ser humano concibe constituyen una fuerza real que actúa sobre él transformándolo, configurándolo y cambiándolo.

Basta con que tengamos muy presente el hecho de que lo físico y lo etérico del ser humano, tal y como se nos presenta hoy, son condensaciones de lo astral. El ser humano era antes un ser meramente astral, antes de convertirse en un ser etérico y en un ser físico. En realidad, todas las sustancias más densas —es decir, la sustancia etérica y la sustancia física— se separan de la sustancia astral, del mismo modo que el hielo se separa del agua. Así como el agua se condensa y se convierte en hielo, la sustancia astral se condensa para convertirse en sustancia etérica y, posteriormente, en sustancia física. En la época en que el ser humano era aún un ser como el que ustedes son hoy, cuando duermen y se encuentran fuera de sus cuerpos físico y etérico, las fuerzas que conformaban su sustancia astral eran puras fuerzas de sensación e imaginación. La sustancia astral actúa, en efecto, de manera muy diferente a la etérica o a la física. La sustancia astral está en continuo movimiento. Cada pasión, cada instinto, cada deseo se manifiesta inmediatamente en la sustancia astral, de modo que al instante siguiente adopta una forma completamente diferente cuando es la expresión de otra pasión. Hoy en día, lo mental ya no influye con tanta facilidad en el cuerpo físico denso del ser humano. No obstante, también hoy en día lo mental y lo sensorial siguen ejerciendo su efecto sobre el cuerpo físico humano. Basta con observar que, cuando el ser humano se asusta o siente miedo de algo, palidece. Esto no significa otra cosa que el hecho de que toda su masa sanguínea realiza movimientos en el cuerpo distintos a los que realiza en estado normal. Empuja la masa sanguínea desde el exterior hacia el interior. O tomemos como ejemplo el rubor provocado por la vergüenza: en ese caso, la sangre es impulsada desde el interior hacia la periferia, hacia el exterior. Estos son solo efectos insignificantes que lo anímico sigue ejerciendo hoy en día sobre lo físico. Pero si se tienen en cuenta períodos de tiempo prolongados, se observan efectos mucho más significativos de lo anímico y lo mental sobre lo físico. Si pudiera seguir la evolución de la forma humana a lo largo de milenios, vería que la figura, toda la fisonomía, todo en el ser humano cambia. Esto ocurre de tal manera que, en primer lugar, están los procesos anímicos y espirituales. El ser humano tiene ciertas ideas, y según cómo las forma, así se va configurando, a lo largo de milenios, su forma corporal y su fisonomía, aunque esto no sea perceptible de inmediato desde un punto de vista biológico externo. Todo se forma de dentro hacia fuera. Nuestra ciencia materialista exterior aún está muy lejos de comprender cómo se relacionan entre sí estos efectos a lo largo de milenios. Pero están ahí.
Para comprender cómo son esas relaciones, recordemos por un momento la primera aparición del estilo arquitectónico gótico, cuando ciertos procesos del desarrollo de la humanidad se expresaron por primera vez en las formas arquitectónicas del gótico. Aquellas personas que se entregaban a la contemplación en espacios construidos según el estilo arquitectónico gótico experimentaban los pensamientos que inspiraron las obras arquitectónicas góticas. Estos pensamientos, que actuaban en el alma de las personas, moldeaban las almas y las fuerzas internas del ser humano hasta llegar al cuerpo etérico, y transformaban las fuerzas del ser humano. Y, tras siglos, como consecuencia de esas impresiones que habían captado los sentidos y de las ideas que se formaron a partir de ellas, surgió aquel movimiento místico que encontramos en Meister Eckhart, Johannes Tauler y otros. En lo que ellos concibieron, encontramos las repercusiones de lo que sus antepasados habían recibido como impresiones a través de las construcciones góticas. Y aquellas individualidades superiores que van por delante de la humanidad en su evolución dirigen conscientemente este devenir de la evolución humana. Contemplan conscientemente los siglos y milenios por venir, y en un momento determinado se le concede a la humanidad algo que debe desarrollar en tal o cual cualidad. Así vemos cómo, a lo largo de unos cuantos siglos, a través de la contemplación de las formas externas del estilo arquitectónico gótico, el estilo del arco apuntado, se expresa esa mística que se eleva hacia el cielo en Maestro Eckhart, Tauler y otros. Si consideráramos milenios en lugar de siglos, veríamos cómo incluso las formas corporales humanas se configuran según los pensamientos, las sensaciones y las ideas que tenían las personas hace milenios; y los grandes guías de la humanidad proporcionan a las personas, en el momento adecuado de su evolución, las ideas correctas para que incluso la forma humana se transforme.

Ahora trasladémonos a la época de la transición de la era atlante a la era postatlante. Sabemos que nuestros antepasados, e incluso nuestras propias almas en otros cuerpos, vivieron en la antigua Atlántida. En los últimos tiempos de la Atlántida, este continente, —y en especial sus zonas septentrionales—, estaba cubierto en gran parte por masas de niebla, y todo lo que vivía en la Tierra, en este continente, estaba envuelto en densas nieblas. Y si retrocedemos aún más en el tiempo, nos encontramos con épocas en las que no solo había masas de niebla, sino que, donde hoy se encuentra nuestra atmósfera, había masas de agua que caían en forma de llovizna. El primer ser humano atlante era aún más un ser acuático. Solo poco a poco, durante la época atlante, se fue transformando en un ser aéreo. En aquella época, el ser humano tenía una distribución completamente diferente de su cuerpo etérico y su cuerpo físico. Hoy en día, el cuerpo etérico y el cuerpo físico están distribuidos de tal manera que, en las partes superiores, son casi iguales entre sí en forma y tamaño. Esto no ocurre en absoluto en otros seres. Si observaran el cuerpo etérico de un caballo, verían que la cabeza etérica del animal resplandece muy por encima de la cabeza física. También en el ser humano, antiguamente, el cuerpo etérico de la cabeza se elevaba mucho por encima de la cabeza física, y no fue hasta finales de la era atlante cuando ambas partes se fusionaron. Un punto que hoy se encuentra dentro de la cabeza, antes estaba fuera de ella y fue entrando poco a poco. Estos dos puntos se fueron acercando cada vez más, y en el último tercio de la época atlante se fusionaron. Esa fue la época en la que, desde el noreste de la Atlántida, de la zona de la actual Irlanda, descendió la raza semítica primitiva. En aquel entonces, el ser humano adquirió la capacidad gracias a la cual ambos puntos se fusionaron y llegaron a coincidir. Debido a que el cuerpo etérico de su cabeza se encontraba en el exterior, el ser humano atlante poseía una especie de clarividencia nebulosa. El ser humano atlante no sabía calcular ni contar, ni desarrollar ningún tipo de lógica en el pensamiento. Eso es solo un resultado de la época postatlante. Pero poseía una especie de clarividencia primitiva, porque con la parte etérica de la cabeza se encontraba mucho más fuera de ella que dentro. En aquella época, cuando esta parte etérica de la cabeza se encontraba fuera de la cabeza física, los pensamientos y las sensaciones del cuerpo astral también ejercían una influencia mucho mayor sobre esta parte del cuerpo etérico y, por tanto, sobre la formación del cuerpo físico. Aquello que en un principio vivía en el cuerpo astral en forma de sentimientos, sensaciones e ideas, se prolongó como un proceso de movimiento en el cuerpo etérico confiriendo al cuerpo físico su forma actual.

¿De dónde proceden, en realidad, la longitud, la anchura y la altura actuales del cuerpo físico? 

Son el resultado de lo que existía inicialmente en el cuerpo astral y en el cuerpo etérico. Al principio estaban los pensamientos, las imágenes, las sensaciones, etcétera. Podrán comprenderlo mejor si recuerdan el proceso que tiene lugar inmediatamente después de la muerte física; en ese momento, el cuerpo físico es abandonado primero por el cuerpo etérico y luego por el cuerpo astral. Durante el período en que duerme, en cambio, solo se alejan el yo y el cuerpo astral, mientras que el cuerpo etérico y el cuerpo físico permanecen en la cama. La muerte se diferencia del sueño en que también el cuerpo etérico se aleja junto con el cuerpo astral y el «yo». Entonces se produce un fenómeno peculiar, algo que se podría describir como una sensación, pero que está vinculada a una cierta idea. El ser humano siente como si estuviera creciendo, como si se expandiera en todas las direcciones; adquiere dimensiones en todas las direcciones. Esta ampliación del cuerpo etérico, que adquiere inmediatamente después de la muerte, esta visión del cuerpo etérico en grandes dimensiones, es una idea muy importante. En el antiguo ser atlante era necesario despertar esta idea, cuando el cuerpo etérico aún no estaba tan estrechamente unido al cuerpo físico como lo está hoy en día. El hecho de que se despertara, el hecho de que al ser humano se le presentara esa grandeza que hoy percibe cuando crece tras la muerte, fue lo que dio lugar a la causa, a la forma-pensamiento, para dar al cuerpo físico la forma que tiene hoy. Al presentarse al ser humano, en aquella época, —cuando el cuerpo físico y el cuerpo etérico aún estaban más separados—, esas formas y esas proporciones, se estimuló al cuerpo físico a adoptar la forma que tiene hoy. Y esas formas fueron inspiradas por aquellos que son los guías de la evolución de la humanidad. En las diversas leyendas del diluvio, sobre todo en la leyenda bíblica del diluvio, se encuentran indicios de datos precisos al respecto. Si se imaginan al ser humano rodeado por aquellas formas que debe tener su cuerpo etérico para que la forma del cuerpo físico se configure de manera correcta, entonces tendrán la dimensión del arca de Noé. 

¿Por qué en la Biblia se indican las dimensiones del arca de Noé como 50 codos de ancho, 30 codos de alto y 300 codos de largo? Porque esta es la proporción de medidas que el ser humano debe tener a su alrededor en la transición de la era atlante a la era postatlante, ya que con ella se forma la forma de pensamiento correcta, que es la causa de que el cuerpo del ser humano postatlante se haya formado de manera adecuada en cuanto a longitud, altura y anchura. En el arca de Noé tienen un símbolo de las proporciones de su cuerpo actual. Estas medidas son el resultado de aquellas formas de pensamiento que Noé experimentó y que hizo incorporar en el arca de tal manera que, al contemplarlas, surgiera el mundo de pensamientos según el cual debía construirse el organismo del ser humano postatlante. La humanidad fue educada mediante símbolos eficaces. Hoy en día, en las medidas de su cuerpo físico, llevan en su interior las medidas del Arca de Noé. Cuando el ser humano extiende las manos hacia arriba, en las medidas del Arca de Noé se encuentran las medidas del cuerpo humano actual.

Así, el ser humano pasó de la época atlante a la postatlante. En la época que seguirá a la nuestra, en la sexta época cultural, el cuerpo humano volverá a tener una configuración totalmente diferente. También hoy, el ser humano debe experimentar aquellas formas de pensamiento que puedan sentar las bases para que el cuerpo humano adquiera las proporciones adecuadas en la próxima época cultural; esto debe mostrársele al ser humano. Hoy en día, el ser humano está formado según las proporciones de 50 : 30 : 300. En el futuro, su constitución será muy diferente. ¿Cómo se le transmite hoy al ser humano la forma de pensamiento a través de la cual se configurará la forma futura del ser humano en la próxima raza? Ya se ha dicho que esto se encuentra en las proporciones del Templo de Salomón. En las proporciones del Templo de Salomón se representa, con un profundo simbolismo, toda la organización de la forma del ser humano tal y como será en la próxima raza, la sexta.

Todo lo que influye en la humanidad surge desde dentro, no desde fuera. Lo que en un momento dado es pensamiento y sensación, se convierte en forma exterior en el momento siguiente. Y las individualidades que dirigen el desarrollo de la humanidad deben implantar en ella, muchos milenios antes, las formas de pensamiento que posteriormente se convertirán en realidad física exterior. Ahí tienen la función de las formas de pensamiento, que se ven estimuladas por imágenes simbólicas como el Arca de Noé, el Templo de Salomón, hasta llegar a las cuatro figuras apocalípticas: el hombre, el león, el toro y el águila. Tienen un significado muy real. Con ello hemos expuesto algunas ideas sobre las imágenes que guían al ser humano cuando se entrega a ellas. También fueron imágenes las que mencionamos ayer en las cuatro figuras: el hombre, el león, el toro y el águila; y son imágenes de las que hablamos hoy. Las imágenes conducen al ser humano a participar en el mundo que linda directamente con el suyo.

Cuando ascendemos a un mundo aún más elevado, ya no nos enfrentamos a meras imágenes, sino a las relaciones internas de las cosas, a lo que se denomina con las palabras «sonido de las esferas», «música de las esferas» o «mundo de los sonidos». Cuando recorremos el plano astral, nos encontramos esencialmente con un mundo de imágenes que son los arquetipos de nuestras cosas aquí. Cuanto más nos elevamos, más nos adentramos en un mundo de sonidos y tonos, aunque no deben imaginarse que el mundo de los tonos sea un mundo sonoro en el sentido externo. El mundo del Devacán no se oye con el oído externo. La esencia del mundo espiritual sonoro, no es equiparable con nuestros tonos físicos, que no son más que una manifestación externa del mundo sonoro del Devacán. Los sonidos espirituales son sustancias del mundo del Devacán, el mundo espiritual que comienza allí donde el mundo de las imágenes da paso al mundo de los sonidos. Estos mundos se entrelazan por completo. 

Aquí, alrededor del mundo físico, se encuentran al mismo tiempo el mundo astral y el mundo del Devacán; uno impregna al otro. Es como si llevaran a un ciego de nacimiento a esta habitación iluminada; a su alrededor están los colores y las velas encendidas, pero él no puede percibirlos; solo cuando, gracias a una afortunada operación, recupera la vista, puede percibir lo que ya estaba a su alrededor desde antes. Así, el mundo astral y el mundo espiritual que nos rodea solo se perciben cuando los sentidos se abren a ellos; entonces también se percibe que estos mundos no son contiguos, sino que se interpenetran. Todo lo que hay en un mundo se puede percibir en los demás mundos.

Lo que en el mundo del Devacán es música espiritual, se refleja en el mundo astral expresándose por medio de números y figuras. Lo que se denomina «música de las esferas pitagórica» suele ser considerado por los filósofos abstractos como una imagen. Sin embargo, es una realidad verdadera y auténtica. El sonido de las esferas está ahí, y aquel que entrena su oído, —la expresión no es del todo correcta, pero debemos utilizarla—, para percibir en los mundos superiores, no solo percibe a su alrededor las imágenes y los colores del mundo astral, sino también los sonidos y las armonías del mundo espiritual. Del mismo modo que las cosas que nos rodean en el plano físico son manifestaciones del mundo astral, también son manifestaciones del mundo espiritual, que se expresan en lo físico a través de lo astral. El mundo espiritual se expresa en todas nuestras cosas físicas, y cuanto más elevadas y significativas son las cosas sensoriales, más claras, bellas y grandiosas se muestran también como expresión del mundo espiritual. Si tomamos una cosa insignificante de nuestro plano físico, por lo general resulta muy difícil remontarse a su arquetipo espiritual. Por el contrario, los arquetipos espirituales se manifiestan con gran belleza cuando dirigimos nuestra mirada hacia los aspectos más significativos y elevadores del mundo físico. Así, por ejemplo, hemos plasmado una expresión del mundo espiritual en la interacción de los planetas de nuestro sistema solar. Lo que existe en nuestro sistema solar de las formas más diversas puede atribuirse, para quien es capaz de percibir estas cosas, a lo que se denomina «armonía de las esferas». Los movimientos de nuestros planetas son tales que quien es capaz de percibirlos en el mundo espiritual «oye» las relaciones recíprocas entre los movimientos de nuestros planetas. Por ejemplo, desde el punto de vista de los mundos superiores, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter. Este movimiento de Saturno se percibe en el mundo espiritual como un tono correspondientemente más agudo, «con los oídos del espíritu», como dice Goethe.

Intentemos representarnos las relaciones entre los movimientos de los planetas en nuestro sistema solar. Si tomamos la velocidad de movimiento de Saturno respecto a Júpiter, Saturno se mueve 2,5 veces más rápido que Júpiter, es decir, en una proporción de 2,5:1, y la velocidad de movimiento de Júpiter respecto a Marte es de 5:1. Por lo tanto, para el oído espiritual, el movimiento de Júpiter, en comparación con el de Marte, se percibe como un tono mucho más agudo. Si tomamos la velocidad de los movimientos del Sol, Mercurio y Venus, que es aproximadamente la misma, esta guarda una relación de 2:1 con respecto al movimiento de Marte; es decir, es exactamente el doble. Si se compara el movimiento del Sol, Mercurio y Venus con respecto a la Luna, esta relación es de 12:1, por lo que la velocidad es doce veces mayor. Quien contemple, desde un punto de vista espiritual, el movimiento de todas las estrellas visibles para nosotros en relación con su fondo, verá que el cielo estrellado avanza un grado en un siglo. Y la velocidad del movimiento de Saturno respecto al cielo estrellado es de 1200 a 1.

Así pues, tenemos:

Saturno : Júpiter                          =    2 1/2    :   1
Júpiter : Marte                             =    5          :   1
Sol, Mercurio, Venus : Marte      =    2           :    1
Sol, Mercurio, Venus : Luna       =    12         :    1
Saturno : cielo estrellado           =    1200     :    1

Estas proporciones se expresan, en la percepción espiritual, mediante sonidos que, en el mundo espiritual, son perceptibles para los oídos espirituales. Estos son los fundamentos reales de lo que se denomina «música de las esferas». De hecho, estas cifras indican armonías que existen realmente en el mundo espiritual. Así pues, del mismo modo que el clarividente ve imágenes y colores en el mundo astral, el clariaudiente oye en el mundo espiritual o devacán las armonías espirituales de las cosas. Para aquel cuyo oído espiritual está entrenado para ello, todo lo que se manifiesta aquí en el mundo físico se traduce en sonidos como trasfondo espiritual. Así, para el ocultista, los cuatro elementos, —tierra, agua, aire y fuego—, dan lugar a diversas relaciones tonales que están completamente fuera del alcance de la percepción del ser humano común. Los iniciados han reproducido en el mundo físico las relaciones tonales que podían oír en el trasfondo espiritual de la tierra, el agua, el aire y el fuego. Y el resultado de estas vibraciones sonoras ha quedado plasmado en la afinación original de un instrumento musical, la lira. En la lira, la relación de vibración de sus cuerdas reproduce los sonidos que los iniciados asociaban a los cuatro elementos.

Correspondía

la cuerda del bajo     a la tierra
la cuerda Re             al agua
la cuerda La             al aire
la cuerda Sol            al fuego.

Así, podríamos investigar muchas cosas si pudiéramos remontarnos a épocas muy lejanas, y entonces podríamos ver cómo muchas de las cosas que hoy al ser humano le parecen evidentes en el ámbito cultural se han desarrollado a partir de las observaciones realizadas en el mundo espiritual. Los sonidos físicos de la lira imitan lo que inicialmente existía en el plano espiritual como la relación entre los cuatro elementos.

Esto se basa en una gran idea, según la cual, todo lo que ocurre en el ser humano, en el microcosmos, debe ser un reflejo de lo que vive en el macrocosmos. Si en el microcosmos que es el ser humano, todo  resuena con lo que ocurre espiritualmente en el macrocosmos, entonces el mundo y el ser humano están en armonía; y, al no existir ninguna desarmonía, el ser humano puede unirse verdaderamente a la evolución del mundo y sentirse uno con él. Pero si el ser humano se aleja de esta armonía, si no se une a los sonidos del mundo, entonces su estado exterior también se vuelve desarmónico, y le resulta imposible seguir avanzando al compás del mundo.

Todo esto pretende darnos una idea de cómo, desde los mundos superiores, se crearon los símbolos que allí son realidades. Muchas de las cosas de nuestra cultura son símbolos, símbolos que deben hacerse realidad, a través de los cuales se garantiza que el ser humano pueda prepararse para plasmar en el futuro, aquí en el plano físico, aquello que hoy solo existe en los planos superiores. El devenir de la evolución hace que todo lo que hoy se encuentra en los mundos superiores descienda al mundo físico; puesto que el ser humano está llamado a participar en la creación del mundo exterior, debe descender al mundo físico con su pensar. Él configura el mundo que le rodea, y también configura lo que hay en su propia corporeidad. Precisamente a través de la teosofía, el ser humano debe adquirir la conciencia de que todo lo que hace, siente y piensa en un momento dado tendrá repercusiones en otro momento, en el futuro. Cuando el ser humano construye templos, obras de belleza, o cuando crea obras de arte político para la convivencia social de los seres humanos, todas estas son cosas que tienen importancia para el futuro. Lo que el ser humano construye hoy con la ayuda de las fuerzas de la naturaleza, con ello da forma a los productos naturales del futuro. Cuando el ser humano construye, por ejemplo, una catedral gótica, la erige siguiendo leyes minerales. Es cierto que la sustancia, la materia, los ladrillos y las piedras con los que está compuesta la catedral, se desintegran. Pero el hecho de que la forma haya existido alguna vez no carece de significado. La forma que los seres humanos han imprimido en la materia permanece; se integra en el éter y en el cuerpo astral de la Tierra y sigue desarrollándose como una fuerza junto con ella. Y cuando la Tierra haya atravesado la etapa actual de desarrollo y el pralaya, y vuelva a aparecer como Júpiter, entonces esta forma brotará de la Tierra como una especie de ser vegetal. Hoy en día creamos obras de arte y belleza, y damos forma a las obras de la sabiduría en nuestra Tierra, y no lo hacemos en vano. Las creamos para que más adelante broten como productos naturales de la Tierra. Y así como hoy construimos cúpulas y edificios cuyas formas son perdurables, que se entrelazan con la Tierra y que en el futuro resurgirán como una especie de plantas, del mismo modo nuestras plantas y cristales actuales se han moldeado según lo que los dioses y espíritus que nos precedieron habían erigido en el mundo anterior. Todo lo que el ser humano incorpora a la Tierra desde el punto de vista del conocimiento, la sabiduría, la belleza y la verdadera vida social; todo lo que proyecta en forma de símbolos al mundo exterior, aunque solo lo cree en sus pensamientos, se convierte en una gran fuerza evolutiva y gratificante para el desarrollo de la Tierra; serán fuerzas y formas reales del futuro. Sin embargo, nuestras máquinas y nuestras fábricas, todo aquello que hacemos únicamente para satisfacer la utilidad exterior, el principio de utilidad, será un elemento nocivo en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Si imprimimos en la materia símbolos que sean expresión de mundos superiores, estos tendrán un efecto evolutivo; nuestras máquinas y fábricas, en cambio, que solo sirven a la utilidad exterior, se convertirán en una especie de fuerza demoníaca y corruptora en la próxima encarnación de nuestra Tierra. Así pues, nosotros mismos moldeamos nuestras propias fuerzas positivas y, del mismo modo, las fuerzas demoníacas para la próxima era de la humanidad.

Hoy, en la quinta época cultural postatlante, nos encontramos sumidos en lo más profundo de la materia y estamos creando para la próxima época las peores fuerzas demoníacas. Cuando transformamos lo sagrado ancestral en cosas físico-mecánicas, estamos actuando por debajo del plano físico. El inframundo será lo que el ser humano cree de este modo. Hay que tener claro que también las fuerzas malignas deben integrarse en la evolución de la Tierra. En el momento en que haya que superarlas, el ser humano tendrá que emplear una fuerza colosal para transformar de nuevo lo malo y lo demoníaco en lo bueno. Pero su fuerza crecerá gracias a ello, pues lo malo está ahí para templar la fuerza del ser humano mediante su superación. Todo lo malo debe ser fundido de nuevo en lo bueno, y está precisamente en los designios de la Providencia desarrollar en el ser humano efectos fuertes y enérgicos, mucho más elevados que si nunca tuviera que transformar lo malo en bueno.

Todas las cosas que concebimos en el mundo físico con nuestra mente tienen un trasfondo espiritual, y podemos verlas en el mundo espiritual. Me gustaría poner ahora un ejemplo de cómo algo que se concibe en el plano físico se expresa en el plano espiritual como una figura: el caduceo, el bastón de Mercurio.

La conciencia que tenemos hoy en día es la denominada «conciencia diurna lúcida», en la que percibimos a través de los sentidos y combinamos las percepciones mediante el entendimiento. Esta conciencia diurna solo ha alcanzado ahora su nivel actual. La precedió otra conciencia, una conciencia onírica basada en imágenes. Al comienzo de la época atlante, el ser humano aún percibía el mundo y sus entidades espirituales y anímicas de forma clarividente, a través de imágenes astrales y etéricas. El sueño actual es aún un último vestigio de esa conciencia atávica basada en imágenes. Anotémoslo. En primer lugar, tenemos la conciencia diurna lúcida. A esta le precedió la conciencia que hoy en día solo tienen las plantas, y que en el ser humano podemos denominar «conciencia del sueño». Luego existe una conciencia aún más turbia, como la que tienen hoy en día nuestros minerales físicos; podemos llamarla «conciencia de trance profundo». (Durante estas explicaciones se escribió en la pizarra, de abajo hacia arriba: conciencia diurna, conciencia de imágenes, conciencia del sueño, conciencia de trance profundo. Véase el dibujo siguiente.) Podemos unir estos cuatro tipos de conciencia mediante una línea (se dibuja: una línea recta de arriba abajo). Sin embargo, el ser humano no se desarrolla siguiendo esta línea. Si el ser humano se desarrollara siguiendo el trazado de la línea recta, partiría de una conciencia de trance profundo, descendería luego a la conciencia del sueño, después a la conciencia de imágenes y, por último, a la conciencia diurna actual. Pero al ser humano no se le pone tan fácil; más bien, debe atravesar diversas etapas intermedias. El ser humano tuvo una conciencia de trance profundo en su primera encarnación terrestre que podemos rastrear, en Saturno; allí desarrolló esta conciencia en distintos grados. Lo representamos aquí de tal manera que dejamos que la conciencia se desarrolle a lo largo de esta línea.

El ser humano se separa de la línea recta y vuelve a unirse a ella en el Sol, donde atraviesa la conciencia del sueño; a continuación, sigue su camino, tal y como muestra esta línea en espiral, para alcanzar en la Luna la conciencia de las imágenes. Y hoy, tras diversas transformaciones, el ser humano se encuentra en el nivel de la conciencia diurna lúcida. El ser humano conserva ahora esta conciencia diurna lúcida para siempre y va conquistando conscientemente aquellos estados de conciencia que en etapas anteriores había tenido de forma atenuada. Así, vuelve a alcanzar la conciencia de imágenes en el estado de Júpiter de la Tierra; esto le permitirá percibir lo anímico que le rodea. Pero este desarrollo se produce de tal manera que su conciencia diurna luminosa no se debilita ni se vuelve opaca, sino que, en el estado de Júpiter, tendrá la conciencia de imágenes además de su conciencia diurna. Se podría decir: la conciencia diurna se ilumina hasta convertirse en conciencia de imágenes (véase el dibujo: línea discontinua). Luego, en el estado de venus de la Tierra, recupera la conciencia del sueño que tenía en el Sol; esto le permitirá penetrar profundamente en los seres, como hoy solo puede hacerlo el iniciado. El iniciado recorre el camino recto, se desarrolla en línea recta, mientras que el desarrollo normal del ser humano es aquel que discurre en espiral. Y, al ascender por vulcano, el ser humano recupera también la primera conciencia, la conciencia de trance, aunque conserva todos los demás estados de conciencia. Así, el ser humano recorre una evolución en línea descendente y otra en línea ascendente. Esta línea se puede observar una y otra vez. Este camino de descenso y ascenso es una línea real que ha encontrado su expresión en el caduceo, el bastón de Mercurio.

[El siguiente fragmento aparece solo de forma incompleta en todas las transcripciones.] Así vemos cómo los símbolos que obtenemos de esta manera están profundamente arraigados en la esencia misma de lo que ocurre en nuestro mundo. Y una figura como el caduceo tiene también un significado educativo para el ser humano cuando se entrega a ella de forma meditativa. Nadie puede asimilar esta figura sin que ejerza sobre él un profundo efecto educativo interior. El vidente ha extraído esta línea de los mundos espirituales para otorgar a las personas algo que las convierta en futuros videntes. Lo que hay que desarrollar al meditar sobre esta línea son ciertas sensaciones. Al principio percibirá una oscuridad densa. Fije la mirada en esa oscuridad; poco a poco, esta comenzará a aclararse y adquirirá un color violeta, luego índigo, azul, verde, amarillo, naranja, rojo, y ahora de vuelta, produciéndose un cierto reflejo de la evolución, hasta que haya ascendido de nuevo al violeta. Al seguir esta línea matizada, sus sensaciones pasarán de lo cualitativo de los matices de color a sensaciones morales. Si no percibe esta línea simplemente como una línea de tiza o de lápiz, sino que, al mirar en el negro, intenta evocar lo sombrío en su alma; al ver el violeta, imagina lo abnegado; y así sucesivamente a lo largo de los demás colores —el azul, el verde, amarillo, naranja, y luego, ante el rojo, evocar en tu alma lo alegre, entonces tu alma atravesará toda una gama de sensaciones que, en un primer momento, son sensaciones de color y luego se convierten en sensaciones morales. Al reflejarse en el alma la forma del bastón de Mercurio en forma de sensaciones, se imprime en ella algo que la capacita para desarrollar los órganos superiores. A través del símbolo real, se transforma de tal manera que puede acoger en su interior los órganos superiores.

Así como en su día la acción de la luz exterior hizo surgir los ojos a partir de órganos indiferenciados, del mismo modo la entrega a los símbolos del mundo espiritual hace surgir los órganos para el mundo espiritual. Es totalmente imposible decir: «Aún no veo lo que va a surgir». Eso sería como si una persona que aún no tuviera ojos dijera: «No quiero dejar que la luz actúe sobre mí». Primero debemos aprender qué es lo que puede conducir al desarrollo de los órganos internos; solo entonces podremos percibir los misterios del mundo espiritual que nos rodea.

Traducido por J.Luelmo

GA101 Köln, 29 de diciembre de 1907 - El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

  Índice

 

RUDOLF STEINER

  El significado de las direcciones de fuerza del signo de la cruz

XVª conferencia
Köln, 29 de diciembre de 1907

Hoy me gustaría comentar algunos símbolos y signos característicos, para que tengamos cada vez más claro cuál es el tema fundamental de nuestras conferencias, que consiste precisamente en mostrar cómo se relacionan los signos y los símbolos con el mundo astral y el mundo espiritual, también conocido como el mundo devacánico.

Hemos visto que los símbolos y las imágenes, así como las relaciones numéricas y formales extraídas realmente de la naturaleza y la esencia de los mundos superiores, una vez que el alma las ha asimilado, suscitan en ella auténticas fuerzas anímicas en forma de representaciones, pensamientos, ideas y sensaciones que tienen un efecto configurador. Sí, incluso hemos podido ver que el Arca de Noé tuvo un efecto formador sobre el cuerpo físico actual del ser humano, y que el Templo de Salomón, cuando sus formas actúen sobre los seres humanos de la actualidad, tendrá una gran importancia para la formación del ser humano en la sexta raza. A partir de estos datos ya pueden ver que, a través de los guías de la humanidad, que actúan continuamente en el proceso de evolución de la humanidad, se sigue en realidad un camino similar al que sigue cada persona en las escuelas ocultas elementales. También en ese caso nos encontramos ante una concentración de sensaciones, pensamientos, ideas, etc., —a lo que se suman muchas otras cosas—, que resultan eficaces y formativas para el ser humano.

En las diversas corrientes ocultistas actuales prevalece, en muchos casos, la opinión de que en nuestra época también podría darse un ascenso a los mundos superiores por otros medios distintos al uso de representaciones imaginativas y simbólicas. Y entre la gente de hoy en día existe cierto temor, incluso aversión, a ascender al mundo astral con la ayuda de signos simbólicos u otros medios de formación ocultista. Si nos planteamos la pregunta: «¿Están justificados esos temores?», podemos responder: «Sí y no». - En cierto sentido, están justificados; en otro sentido, no tienen ningún sentido, porque nadie puede ascender realmente a los mundos superiores sin atravesar el mundo astral. Es una suposición errónea pensar que se puede atravesar el mundo astral con los ojos vendados. Solo hay que tener claro que el mundo espiritual, como tal, tiene diferentes ámbitos. El ser humano descendió al mundo físico a través del mundo astral, y debe ascender de nuevo al mundo espiritual a través del mundo astral. Lo que hay que evitar es que el ser humano, en su evolución, retroceda a estados anteriores. El ser humano nunca debe retroceder a estados anteriores. Todo estado mediúmico supone un retroceso a un estado anterior, mientras que la verdadera formación esotérica es un ascenso hacia estados superiores. El ser humano debe ascender a través del mundo astral con plena y lúcida conciencia diurna para llegar a los ámbitos superiores del mundo espiritual. Todo lo que el ser humano actual lleva en su interior en forma de deseos, pasiones e instintos está anclado en el cuerpo astral; es el cuerpo astral el que los alberga. Sin embargo, si el ser humano quiere ascender a mundos superiores, debe trabajar de nuevo con sensaciones y sentimientos; no hay otro camino. Pero se trata de que nunca intente ascender a los mundos superiores sin mantener plenamente los logros de nuestro mundo físico, es decir, nunca atenuando la conciencia. Cuando observamos a los médiums, siempre constatamos que se ven arrojados a un estado de conciencia anterior. Su lúcida conciencia diurna se atenúa, se debilita, y se evoca un estado de conciencia anterior que el ser humano ya ha superado. Quien quiera convertirse en clarividente en el sentido moderno del término debe conservar y llevar consigo su actual conciencia diurna lúcida. Solo puede hacerlo atravesando el punto del «pensar libre de sensorialidad», y nunca puede suceder nada cuando el ser humano atraviesa el pensar libre de sensorialidad. Aclaremos bien qué significa esto.

El pensar y el imaginar llenos de sensorialidad es todo aquello que parte de la percepción sensorial de los objetos que nos rodean. Si ustedes forman sus ideas de tal manera que, en primer lugar, observan un objeto, lo perciben y luego lo retienen en la memoria, y su vida mental discurre de tal forma que se sienten estimulados por tales ideas, entonces tienen un pensar lleno de sensorialidad. Esto constituye, con mucho, la mayor parte de las experiencias espirituales del ser humano actual. Y cuando el ser humano se pregunta cuánto le queda si expulsa de su alma todas las ideas provocadas por la percepción sensorial, entonces se da cuenta por primera vez del contenido que aún queda en su alma. Cuando se han eliminado las ideas estimuladas por lo exterior, entonces comprende lo que quiso decir el filósofo griego Platón cuando escribió en la puerta de su escuela: «Que no entre quien no conozca la geometría». Lo que esto significa es que no debe entrar quien no haya sido capaz de elevarse a un pensar libre de lo sensorial. No exigía geometría común. Tampoco se exige eso hoy en día a quienes desean ascender a mundos superiores. Tampoco hoy sería necesario por razones objetivas internas. Pero a partir de las representaciones geométricas uno puede formarse una idea de lo que es el pensar libre de lo sensorial. Si colocan aquí tres judías, añaden otras tres y luego otras tres más, entonces pueden aprender, a partir de esta impresión sensorial, que 3 por 3 es igual a 9. El niño o el hombre primitivo lo aprende con los dedos. Eso es un pensar lleno de sensorialidad. Cuando ya no se necesitan los dedos ni las judías, sino que se aprende lo mismo a través de una contemplación puramente intelectual, entonces se trata de un pensar libre de sensorialidad. En su proceso de aprendizaje, el niño parte, de un punto de apoyo [judías o dedos], y solo más adelante alcanza un pensar libre de la experiencia sensorial. Cuando dibujamos un círculo en la pizarra, en realidad no se forma ningún círculo; lo que dibujamos allí es una acumulación de pequeños montículos de tiza. Con la percepción sensorial por sí sola no se puede comprender qué es un círculo real. Solo cuando el círculo es contemplado mentalmente y construido en nuestro propio interior es cuando está libre de sensorialidad.

Hoy en día, el mejor medio para que un grupo más amplio de personas alcance un pensar libre de sensorialidad, es la teosofía, siempre que se entienda de tal manera que el ser humano aprenda a separar las ideas, de la sensorialidad. Especialmente en los ámbitos que van un poco más allá de lo más elemental, la teosofía conduce al ser humano hacia un pensar libre de sensorialidad. Por ejemplo, si se quiere comprender claramente qué es el cuerpo etérico o qué es el cuerpo astral, es evidente que no pueden verlos externamente. Precisamente eso es lo que le aporta la teosofía: que describe cosas que no pueden verse externamente. O cuando en la teosofía describimos la antigua Luna, esbozamos una imagen de ella, —incluso lo más drástica posible—, en la que combinamos representaciones sensoriales y suprasensoriales, de modo que una persona de mentalidad materialista diría: «Ahí está pintando algo que no es en absoluto posible». - Sí, en la teosofía hay que enseñar algo que, para los estándares actuales, resulta prácticamente imposible, y describir la antigua Luna de tal manera que en ella no hubiera rocas, minerales ni piedras como las que hay hoy en nuestra Tierra. Toda la antigua Luna estaba compuesta por una sustancia viva, cuya densidad podría compararse con la de una especie de puré de espinacas o ensalada cocida; es decir, un cuerpo a medio camino entre los minerales y las plantas, un cuerpo mitad vegetal, mitad mineral. En la antigua Luna encontramos algo parecido a una vida semivegetal. En aquella época aún no existían minerales como los actuales. Si observaran las turberas actuales, donde también hay una especie de sustancia semivegetal, obtendrían una imagen exterior similar a la que tenía la sustancia de la antigua Luna. En lugar de rocas y montañas, en la antigua Luna habría encontrado, como mucho, algo parecido a lo que hoy es la corteza de nuestros árboles. Ahora bien, cualquier naturalista le objetará hoy que algo así no podría existir como planeta. —Pero eso es precisamente lo importante, —y es una necesidad para comprender otras épocas evolutivas—: que el ser humano libere su pensar de lo que hoy se adhiere a las representaciones del pensar y la percepción sensoriales habituales, y llegue a un pensar libre de sensorialidad. El pensar libre de sensorialidad no es un pensar abstracto, sino un pensar muy, muy real. Si nos imaginamos la antigua Luna como una especie de gran lechuga con su corteza encerrada y demás, eso es pensar de forma «sensorial-suprasensorial», como dice Goethe. Al separar el color y la forma de lo sensorial y proyectarlos libremente en el espacio, habrán adquirido representaciones gracias al pensar libre de lo sensorial. Quien considere esto como una base sólida, nunca tropezará al ascender a mundos superiores.

Hagamos un esquema. Hay cosas que se vuelven confusas cuando se representan con símbolos incorrectos.

Así pues, aunque para comprender ciertas relaciones basta con dibujar el plano físico, el plano astral y el plano devacánico superpuestos, es más correcto imaginar el mundo físico como una esfera cerrada en sí misma, rodeada por el plano astral y, a su vez, rodeada por el plano devacánico. En lugar de dibujar capas horizontales, es recomendable representarlo así (véase el dibujo), ya que esto permite distinguir entre dos zonas del plano astral.

Si observamos dos zonas muy concretas del plano astral, que aquí señalamos con la flecha 1, vemos que en el mundo astral existen, para lo que aquí en la Tierra llamamos lo masculino y lo femenino, los dos opuestos «forma» y «vida». La forma y la vida son opuestos en el plano astral. Ahora bien, si quisiéramos encontrar la forma y la vida en el plano astral, solo las encontraríamos si fuéramos en esta dirección (desde el centro hacia arriba, véase la flecha 2). Si nos dirigimos hacia el otro lado (del centro hacia abajo, véase la flecha 3), no nos encontramos en absoluto con el opuesto beneficioso de «forma» y «vida», sino con el opuesto «descomposición» y «enfermedad». Así pues, si partimos del mundo físico, en el plano astral, al dirigirnos hacia arriba, nos encontramos con el opuesto «forma» y «vida»; a lo que corresponde, en el mundo astral hacia abajo —es decir, descendiendo, por así decirlo, por debajo de lo físico—, la oposición entre «descomposición» y «enfermedad». Siempre que nos dirigimos hacia un lado, donde observamos cualidades beneficiosas para el mundo físico, a estas les corresponden, en el otro lado, influencias destructivas y nocivas para el mundo físico. Ahora tenemos la posibilidad de distinguir entre las distintas partes del plano astral. De hecho, sobre el alma humana actúan dos ámbitos del plano astral totalmente diferentes entre sí.

Si queremos hacernos una idea de cómo actúan estas dos esferas tan diferentes sobre el alma, debemos pensar que en el ser humano tenemos: el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral; y, según su desarrollo, —que ya se ha descrito en numerosas ocasiones—: Manas o yo espiritual, Budhi o espíritu vital, y Atma o hombre espíritu; y en medio de todo ello, impregnado por el yo, se encuentra lo anímico. De modo que, en cierta medida, podemos distinguir entre: el cuerpo, —que en realidad abarca los tres cuerpos—, el alma y el espíritu. Ahora bien, en el alma se reflejan los tres miembros inferiores: el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico. En la medida en que los cuerpos físico, etérico y astral se reflejan en su forma original, infunden en el alma del ser humano cualidades inferiores y depresivas. Pero en el ser humano también se refleja lo que es superior: Manas, Budhi, Atma, y gracias a ello contamos en el alma con elementos igualmente elevadores y purificadores. En el cristianismo estricto también se conocía esta doble forma de reflejo en el alma humana. Se observaba que en el alma se refleja la naturaleza humana superior, o bien se refleja la naturaleza inferior. Algunos lo intuían, aunque no fueran esoteristas. Por eso se decía: cuando el ser humano llega a la muerte, percibe el reflejo del mundo espiritual como el conjunto de leyes de Moisés; y cuando lo inferior se refleja en el alma, el diablo le lee a esta, en la muerte, el registro de los pecados.

Esto significa que ante los ojos del alma se le presentan todas las cualidades que le son propias: lo que se refleja desde lo alto se le muestra como las tablas de la ley de Moisés; y lo inferior, que se refleja en el alma, se ha descrito diciendo: «El diablo le lee al alma el registro de los pecados». Si el alma no toma el camino correcto, puede, sin embargo, hundirse en sus pasiones más bajas; eso puede suceder. Pero eso no debe presentarse ante las personas como un elemento disuasorio.

Todas las representaciones que se orientan hacia la imaginación y lo figurativo educan al ser humano para llevarlo gradualmente a ese punto del desarrollo vital en el que aprende a contemplar cada vez más los mundos superiores. Las representaciones figurativas, como por ejemplo la idea de la antigua luna, son un poderoso medio educativo en esta dirección. A través de tales representaciones se transmite al ser humano la idea de la evolución de una manera esotérica correcta. Si ante el ser humano solo se le presentan conceptos áridos y abstractos, su pensar permanece en el plano físico, pues el pensar ordinario, como tal, nunca se aleja del plano físico. Es cierto que se trata de un reflejo del plano del Devachán; pero el pensar que el ser humano alberga dentro, es algo que pertenece al plano físico, no es más que una sombra de los procesos superiores. Por muy sutiles que sean las ideas que se formen sobre cómo se desarrolla el proceso, sobre cómo se diferencia, desciende y se envuelve un ser en el primer nivel de la existencia, todo ello no son más que ideas que le proporcionan conceptos del plano físico, pero que no le hacen avanzar en su desarrollo. Solo las ideas y los conceptos sensorial-suprasensoriales pueden hacernos avanzar realmente, poco a poco, un nivel más allá. En primer lugar, hay que transformar los conceptos en imágenes, en imaginaciones, y repetir este proceso una y otra vez.

Si se plasmara este procedimiento —que, por ejemplo, se enseñaba en las escuelas rosacruces— en un diálogo entre maestro y alumno, se podría expresar así: - En realidad, un diálogo así nunca tuvo lugar tal cual, pero podemos representarlo de esta manera para mostrar lo que el alumno tuvo que ir experimentando poco a poco a lo largo de una experiencia muy, muy prolongada. - El profesor le decía al alumno: Fíjate en la planta, en cómo clava su raíz en la tierra, cómo crece hacia el sol con el tallo y la flor, y cómo desarrolla sus órganos reproductores. Y ahora imagina, por el contrario, al ser humano. —El ser humano queda mal comparado con la planta si se compara su cabeza con la flor y sus órganos reproductores con la raíz de la planta. Incluso Darwin, el gran naturalista, utilizó correctamente esta comparación al comparar la cabeza del ser humano con la raíz de la planta, de modo que, incluso para Darwin, la planta es el ser humano puesto boca abajo. Lo que la planta ofrece castamente al rayo de sol —sus órganos reproductores—, el ser humano lo dirige hacia el centro de la Tierra, de modo que debemos concebir al ser humano como una inversión de la planta, en la que todas las fuerzas que en la planta se dirigen hacia el centro de la Tierra, él las orienta libremente hacia el cosmos inundado de sol, y aquellos órganos que la planta extiende castamente hacia el rayo de sol, él los dirige tímidamente hacia la Tierra. El animal se encuentra en medio de todo ello.

Por lo tanto, si queremos representar las direcciones reales de las fuerzas que existen en el mundo, podemos hacerlo así:

El verdadero significado esotérico del signo de la cruz es una suma de fuerzas. Una de estas fuerzas se dirige hacia abajo: el ser vegetal está guiado por esta fuerza. En el ser humano, se dirige hacia el lado opuesto. El animal tiene la columna vertebral orientada horizontalmente; en él, la fuerza se manifiesta horizontalmente, rodeando la Tierra. El principio anímico asciende desde la existencia vegetal hacia la existencia animal y, de ahí, hacia la existencia humana. Y Platón, que tan a menudo expresó ideas procedentes de la iniciación, pronunció esta hermosa frase: «El alma del mundo está crucificada en el cuerpo del mundo». - Es decir, el alma del mundo atraviesa la planta, el animal y el ser humano; está crucificada en las fuerzas de los tres reinos: el reino vegetal, el reino animal y el reino humano. Y si inscribimos así la cruz en los tres reinos de la naturaleza, la cruz se convierte para nosotros en un signo de la dirección del desarrollo. 

Después, el maestro le decía al alumno: «Debes imaginar cómo extiende la planta su cáliz hacia el rayo de sol, cómo maduran los órganos reproductores cuando la planta es besada por el rayo de sol». —El proceso de desarrollo que va hacia el ser humano, se produce cuando la sustancia vegetal, pura y casta, se ve impregnada de deseos, instintos y pasiones. De este modo, el ser humano conquista su conciencia; de este modo se convierte en ser humano, al atravesar la naturaleza animal. Debido a que el ser humano ha introducido  la naturaleza inferior de los deseos, en la naturaleza vegetal pura, ha ascendido, por otro lado, de la conciencia vegetativa, más bien torpe, a la conciencia diurna, más luminosa.

Desde esta etapa del ser humano actual, el maestro señalaba al alumno una etapa superior. Del mismo modo que el ser humano ha evolucionado desde un estado similar al de la planta, también purificará sus instintos y deseos para alcanzar una etapa superior y casta. El maestro mostraba al alumno las aptitudes presentes en el cuerpo físico del ser humano, gracias a las cuales se pueden alcanzar los niveles superiores de conciencia y la sustancia humana puede transformarse a su vez en una sustancia similar a la de las plantas. Todo ser debe utilizar un cuerpo físico si quiere manifestarse en la Tierra. Pero, en el futuro, el cuerpo del ser humano se irá transformando cada vez más. 

En lo que respecta a los órganos humanos, hemos de distinguir entre una evolución descendente y otra ascendente. Una parte de los órganos humanos se encuentra en evolución descendente; con el paso del tiempo —que, sin embargo, se cuenta en milenios—, el ser humano se despojará de ellos. Otros órganos están en proceso de formación y, en el futuro, alcanzarán un mayor grado de desarrollo; por ejemplo, la laringe humana, que se encuentra aún en los inicios de su evolución. El corazón humano experimentará otro tipo de evolución superior y, en el futuro, se convertirá en un órgano completamente diferente. Mientras que otros órganos ya han superado su punto álgido, se están separando de la naturaleza humana y se están marchitando, en el corazón tenemos un órgano que apenas se encuentra en los inicios de su evolución.

En los músculos humanos podemos distinguir entre los estriados transversalmente y los estriados longitudinalmente; se trata de los músculos voluntarios e involuntarios. Los músculos voluntarios de la mano, por ejemplo, son estriados transversalmente. Los músculos de los intestinos, en cambio, que impulsan el alimento de forma involuntaria, son estriados longitudinalmente. El corazón constituye una excepción en este sentido, y eso supone un punto crucial para los científicos actuales especializados en fisiología y anatomía. Aunque el corazón pertenece a los músculos involuntarios, su musculatura es estriada. Por eso, nuestros anatomistas tampoco logran comprender el corazón. Y es que consideran que todos los órganos son iguales. Si se contemplan los órganos desde un punto de vista espiritual, pueden estar compuestos químicamente por los mismos elementos, pero, aun así, uno puede encontrarse en una evolución descendente y el otro en una ascendente. El corazón está en camino de convertirse en el futuro en un músculo voluntario; ya presenta en su estructura anatómica los rasgos característicos de ello. Hoy en día apenas se nota nada de ello. Hoy contribuye a que las experiencias anímicas actúen sobre la sangre. Podéis observar cómo, cuando os invade un sentimiento de miedo, la masa sanguínea se retira de la periferia del cuerpo hacia el interior, o cómo, al surgir un sentimiento de vergüenza, la sangre es impulsada desde el interior del cuerpo hacia la periferia. En el futuro, además de la transformación del corazón, también se producirá una transformación de nuestra laringe. Hoy en día, la laringe sirve para convertir mis pensamientos en palabras, haciendo vibrar el aire. Podéis captar y escuchar mis palabras con vuestros oídos; esto se debe a las vibraciones del aire. La laringe humana actual es capaz de traducir en vibraciones de aire lo que ocurre en el alma. El cuerpo humano del futuro transformará su laringe en un órgano reproductor, y la palabra, que él hoy solo crea en el aire, en el futuro creará a nuestro alrededor. La reproducción se llevará a cabo entonces a través de la laringe, que creará la raza del futuro.

Del mismo modo que el maestro señalaba al alumno el cáliz casto de la planta, y cómo señalaba al ser humano que, en su descenso, ha impregnado su sustancia vegetal con la naturaleza inferior de las pasiones, los deseos y los instintos, a cambio de lo cual ha adquirido su actual y luminosa conciencia diurna; así, el maestro mostraba cómo el ser humano actual ascenderá a estados de conciencia superiores, y cómo el ser humano del futuro transformará a su vez la sustancia llena de deseos en órganos puros y castos. Al alumno se le señalaba el pasado, el presente y el futuro. Así como el cáliz de la planta se extiende castamente hacia el sol y sus órganos reproductores crecen hacia él, esto volverá a darse en un nivel superior, donde el ser humano ofrecerá su laringe como cáliz al rayo del sol espiritual. A este cáliz espiritual que es el órgano del habla transformado, se le llamaba el Santo Grial. Se trata de un ideal real. Principio, medio y fin de la evolución de la humanidad: aquí ven ustedes la idea de la evolución de la humanidad transformada en una imagen.

A través de las sensaciones que nos despiertan estas imágenes, nos llegan las fuerzas que realmente nos abren el acceso a los mundos superiores. Todo ocurre sin magia alguna. Las imágenes despiertan las sensaciones que conducen al ser humano hacia los mundos superiores. Los sentimientos y las sensaciones conducen al ser humano al mundo astral, del mismo modo que la voluntad lo conduce al mundo devacánico o espiritual. El pensar corresponde al mundo físico, el sentir al mundo astral y la voluntad purificada al mundo del devacán.
Si observamos la planta en su sustancia original y pura, encontramos el verde como color en la vida de la planta. La planta, en aquellas partes en las que el cuerpo etérico está vivo y activo, está impregnada del verde de las hojas, de lo que se denomina clorofila. El cuerpo etérico tiene una ley fundamental: la ley de la repetición. Si en la planta solo actuara el cuerpo etérico, se repetiría una y otra vez la misma forma; brotaría hoja tras hoja. Pero cuando el cuerpo astral de la Tierra comienza a influir en la planta, esta concluye su crecimiento y da lugar a la floración. El efecto del cuerpo etérico se manifiesta en la repetición. Este principio también se hace valer en el crecimiento humano. El cuerpo etérico muestra su influencia en la formación de las vértebras, que, sin embargo, llega a su fin allí donde el cuerpo astral comienza a actuar arqueando la bóveda craneal. Por lo tanto, solo podemos influir en el cuerpo etérico a través del principio de la repetición. Cuando ustedes piensan y comprenden, el efecto de dicha acción se limita al cuerpo astral. Pero cuando ustedes rezan o meditan, por ejemplo, y repiten a diario la misma oración o la misma meditación, su acción llega hasta el cuerpo etérico. En el cosmos las cosas son de la siguiente manera: el principio de la repetición primero se manifiesta en las acciones del cuerpo etérico, y después el principio de la conclusión a través del cuerpo astral. Allí donde el cuerpo astral se retira, reaparece de forma natural el principio de la repetición. Ahí está la causa de que crezcan el pelo y las uñas, porque el cuerpo astral se ha retirado de allí. De hecho, tampoco les duele cuando se cortan el pelo, ya que el dolor es una manifestación del cuerpo astral. En un primer momento tenemos la sustancia vegetal pura y casta, en la que la planta, sometida únicamente a la ley del cuerpo etérico, desarrolla hoja tras hoja. Ahora bien, esta sustancia vegetal pura y casta impregna cada vez más aquello que en teosofía se denomina «kama»: lo instintivo y lo sensorial, lo rico en deseos, hasta llegar a las representaciones mentales. Y ahora, en el ser humano, debe superarse a su vez aquello que se ha desarrollado en él desde que tenía una naturaleza vegetal. A medida que el ser humano se ha ido desarrollando, ha incorporado en sí mismo la sangre roja. La sangre roja es la que provoca en el ser humano aquello que le hace consciente de sí mismo. La clorofila de la planta, impregnada de sustancia astral y del «yo», es la que se ha transformado en sangre roja. Si ustedes pudieran impregnar la sustancia verde de la planta con el «yo» y la sustancia astral, obtendrían la sangre roja. Piensen ahora en la imagen de la cruz. En la imagen de la cruz también hay algo que apunta hacia el futuro del ser humano. ¿Dónde está el futuro del ser humano? Él debe recuperar la naturaleza vegetal, pero unida al nivel superior de conciencia que el ser humano actual ya ha alcanzado. Las rosas rojas de la Rosa Cruz simbolizan lo que se ha alcanzado a través de la sangre, pero también lo que él tenía como naturaleza vegetal y debe volver a recuperar. Esto se refleja en la rosa. Ella tiene naturaleza vegetal y también tiene el color rojo de la sangre. En las hojas verdes actúa el cuerpo etérico; en la flor roja, que es el punto culminante, actúa el cuerpo astral; la flor de la rosa debe su color rojo a las influencias más intensas del cuerpo astral de la Tierra.

En el futuro el cuerpo astral del ser humano se liberará y actuará conscientemente desde fuera, desde fuera del cuerpo físico, al igual que ahora lo hace el cuerpo astral de la Tierra sobre la rosa. Entonces, lo que ahora existe como rosa vegetal en un nivel inferior aparecerá en un nivel superior como la rosa humana. Así, en la corona de rosas que rodea la madera negra de la cruz tenemos, de hecho, un símbolo de la evolución del ser humano. En la madera negra contemplamos lo que muere; es una imagen de lo que también morirá en el ser humano. Y en la rosa roja contemplamos aquello que seguirá desarrollándose hasta alcanzar ese cáliz que, —al igual que el cáliz vegetal del Sol—, se yergue para recibir los rayos espirituales del Sol. Y la Cruz de las Rosas, donde las rosas rojas rodean la cruz negra, nos representa este proceso de forma figurada.

Lo esencial de los símbolos es que no nos limitemos a pensarlos, sino que los sintamos y los experimentemos. Porque solo cuando sentimos que la rosa roja nos dice: «Esto es lo que seréis algún día, esto es lo que representa para vosotros la meta de la evolución humana», y cuando al hacerlo se nos abre el corazón y nuestros sentimientos se purifican, entonces se activan en nuestro interior las fuerzas que nos elevan hacia un mundo superior. Así, estos símbolos son artífices de nuestra alma. Impregnan y penetran nuestra alma; son los educadores más grandes y eficaces de nuestra especie humana.

Del mismo modo que aquí presentamos imágenes e ideas ante el alma, en ámbitos aún más elevados se presentan ante el ser humano las fuerzas internas de los números. El ser humano debe aprender a percibir las relaciones internas de los números como una música espiritual. Se pueden describir las relaciones entre el cuerpo físico, el cuerpo etérico, el cuerpo astral y el yo, si se intenta ofrecer imágenes que ilustren cómo se relacionan entre sí estos cuatro miembros de la naturaleza humana. De este modo, el ser humano experimenta una especie de imaginación. Así, se puede describir la relación entre el cuerpo físico y el cuerpo etérico diciendo: El cuerpo físico surge porque todas las fuerzas y sustancias que abundan en el mineral están unidas por el cuerpo etérico, el cual se desintegraría si el cuerpo etérico no lo impregnara; el cuerpo etérico es un luchador interno contra la desintegración del cuerpo físico. De esta manera, vamos avanzando hacia una concepción del cuerpo etérico.

Y si intentamos formarnos una visualización del cuerpo astral, nos lo imaginamos saliendo por la noche y actuando desde fuera sobre los cuerpos etérico y físico, eliminando las sustancias que provocan el cansancio. Aclaremos esto visualmente. Ahora bien, existe una forma aún más elevada de imaginar esta relación; para ello hay que tener en cuenta el valor intrínseco de ciertos números. Hay que reconocer que la relación de 1:3 es algo completamente distinto a la relación de 1:7. Esto no es indiferente. En el caso de la relación de 1:3, hay que imaginar que el 3 está diferenciado en sí mismo, y hay que imaginar las interrelaciones de cada una de las magnitudes con respecto a las demás.

Pero lo que importa es la relación 1 : 3 : 7 : 12. Si ustedes interpretan la relación entre estos números como una relación tonal, imaginando que un sonido realiza tres oscilaciones en un tiempo determinado, otro realiza siete oscilaciones en el mismo tiempo y otro más realiza doce oscilaciones, entonces habrán expresado en estos números aquella relación que, en la música espiritual, indica la relación entre el yo, el cuerpo astral, el cuerpo etérico y el cuerpo físico.

Yo                        =         1
Cuerpo astral     =         3
Cuerpo etérico   =         7
Cuerpo físico      =       12

Esto tiene su razón de ser en la existencia cósmica. Si siguiéramos la evolución desde la existencia de antiguo Saturno hasta la actual existencia terrestre, pronto podríamos descubrir cómo se fundamenta esto en la existencia humana. La Tierra, en su primera encarnación, la de Saturno, estaba rodeada por los doce signos del zodíaco. Estos le proporcionaron la primera semilla del cuerpo físico. Mediante la influencia de los signos correspondientes sobre el cuerpo, surgió esta relación del número doce con cada uno de los miembros del cuerpo físico. Los siete planetas actuaban sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra era un sol, los demás planetas giraban a su alrededor, y así el número siete actuaba sobre el cuerpo etérico. Cuando la Tierra se encontraba en su encarnación lunar, actuaba sobre ella, en un primer momento, el Sol. Pero luego, al separarse primero el Sol y después la Luna de la Tierra, de un cuerpo surgieron tres, y de ahí que el número tres actuara en la formación del cuerpo astral. Y cuando el «yo» descendió de los mundos superiores, esto se expresó en el número uno. La relación de 1:3 les indica la relación del «yo» con el cuerpo astral; la de 7, la relación con el cuerpo etérico; y la de 12, la relación con el cuerpo físico.

1 : 3 : 7 : 12 indica, por tanto, la proporción entre los cuatro elementos constitutivos del ser humano, que deben ustedes sentir en su interior. No es fácil despertar la sensación de que hay que imaginarse el cuerpo físico como la más perfecta de las cuatro partes, el cuerpo etérico como la menos perfecta, el cuerpo astral como aún menos perfecta, y el «yo» como el «bebé» entre los cuatro elementos de la naturaleza humana. Hay que considerar el cuerpo físico doce veces más perfecto que el «yo», el cuerpo etérico siete veces más perfecto y el cuerpo astral tres veces más perfecto. Estos números indican los grados de perfección de los cuatro elementos de la naturaleza humana. Así pues, estos números nos ofrecen símbolos profundos de las relaciones reales.

En las escuelas ocultistas existían instrucciones para ir conociendo poco a poco los valores numéricos. Así, se enseñaba el significado del número tres diciendo: «Imaginemos el desarrollo de una planta; en él hay tres aspectos que debemos tener en cuenta. Empecemos, en primer lugar, por la semilla. Tenemos una semilla pequeña y discreta, de la que se desarrolla poco a poco la planta». Podemos representarlo gráficamente haciendo que el germen de la planta se expanda en forma de rayos hasta convertirse en hojas, flores y frutos. Ahora, la semilla se ha convertido en planta y, a su vez, la planta se ha transformado de nuevo en semilla. Todo lo que en la planta se ha desplegado para convertirse en hojas, flores y frutos, todo eso está enrollado en la semilla; por así decirlo, se ha deslizado dentro de ella. En una planta desarrollada, todo se manifiesta en lo sensible. Entonces, lo sensible se introduce en algo muy pequeño: una semilla. Así, en la semilla tenemos lo sensible lo más pequeño posible y lo espiritual lo más grande posible.

Pero ocurre aún una tercera cosa. Mientras se forma la semilla a partir de la planta y de ella surge a su vez la nueva planta, las fuerzas elementales del entorno actúan continuamente sobre la planta desde el exterior. El germen está ahí, el que surgió de la planta, y de él surge a su vez la nueva planta; pero el tercer elemento proviene de todo el mundo que la rodea; y es este tercer elemento el que vuelve a transformar ligeramente cada planta. Cuanto más elevado es un ser, mayor es el efecto transformador de la influencia de este tercer elemento.

Volvamos ahora a considerar el alma humana, tal y como vive entre el nacimiento y la muerte. Allí ha desplegado lo que trajo consigo como frutos de una encarnación anterior. Del mismo modo que la vida vegetal inconsciente se ve afectada por influencias externas, el ser humano experimenta conscientemente, en la vida entre el nacimiento y la muerte, las más variadas influencias del exterior. Y todo lo que experimenta allí no estaba aún predispuesto en su germen; es algo completamente nuevo, un enriquecimiento cuyos frutos el ser humano se lleva consigo a una vida posterior, a una encarnación siguiente. Lo que estaba predispuesto en la planta antigua sigue actuando en la nueva; pero en la configuración de la nueva planta se manifiesta algo más que no estaba presente en la antigua.

Así pues, en todo proceso de formación debemos tener en cuenta tres aspectos: en primer lugar, el desarrollo a partir de un estado, por así decirlo, «envuelto»; a esto lo llamamos desarrollo o evolución. A continuación, lo que se encuentra en estado embrionario debe surgir mediante el proceso inverso, la «envuelta» o involución. Sin embargo, estos dos procesos por sí solos aún no suponen ningún progreso. Solo y exclusivamente gracias a que un ser es capaz de asimilar influencias del exterior y transformarlas en experiencias internas puede surgir algo nuevo, un progreso en el mundo. Eso es lo tercero; se denomina creación de la nada. Ustedes están continuamente desarrollando lo que llevan dentro desde tiempos remotos; continuamente están asimilando algo del propio entorno que ustedes transforman en experiencias, y eso lo llevan luego a una nueva encarnación. En toda la vida actúa la trinidad de evolución, involución y creación de la nada. En el ser humano, esta creación de la nada se manifiesta en el trabajo de su conciencia. Él vive los procesos de su entorno y los transforma en ideas, pensamientos y conceptos. Las predisposiciones provienen de encarnaciones anteriores, pero todo progreso en la vida se basa en la producción de nuevos pensamientos y nuevas ideas. Las circunstancias del entorno se «consumen», y las experiencias internas dan lugar a nuevos pensamientos e ideas. Por eso, el tres es el número de la vida; se le llama el número de la creación o de la acción.

Por el contrario, a otro número se le denomina el número de la revelación. Es fácil imaginar qué número se designa como el de la revelación. Cuando observamos cualquier cosa en el mundo, esta siempre debe manifestarse en una dualidad. Del mismo modo que no podemos percibir la luz sin la oscuridad, ante cada concepto real se nos presenta siempre algo atenuado u opuesto. Luz y oscuridad, bien y mal, y así sucesivamente. En todo el mundo manifestado reina la dualidad. Por eso, el dos es el número de la revelación. Los opuestos solo se unen en el ámbito de lo oculto, que subyace a lo manifestado. Por eso, el número uno es el número de la unidad. La evolución y la involución no son opuestos, porque siempre se desarrollarían de la misma manera sin el tercero: del germen a la planta y de la planta al germen. Solo en conexión con el tercero, la creación de la nada, surge lo nuevo, que se expresa mediante el número tres.

Así pues, en los tres primeros números tienen símbolos importantes del mundo espiritual. Se les debería explicar, mediante ejemplos concretos, cómo se relaciona lo que se denomina «símbolos» con los mundos superiores y cómo, por ejemplo, símbolos como el Santo Grial o la Rosa Cruz expresan en la imagen el desarrollo superior.

Tienen otro bonito símbolo en la imagen del espejo. A menudo se dice que lo que nos rodea es un espejo de lo espiritual, porque, en realidad, nada de lo exterior nos muestra otra cosa que no sea el reflejo del ser espiritual. Ustedes mismos pueden observarlo en la vida física. Cuando perciben un objeto físico, ¿qué es lo que ve su ojo? Su ojo no vería el objeto en absoluto si los rayos del sol no incidieran sobre él y fueran reflejados desde el objeto hacia su ojo. En realidad, su ojo no ve los objetos comunes, sino la luz solar reflejada por los objetos, y por eso le parece que hay un objeto con una forma determinada. En realidad, tampoco se ve a sí mismo cuando se mira en el espejo, pues su parte espiritual se encuentra fuera de su entidad física. Lo que ven en el espejo es el reflejo de los rayos que les llegan desde el mundo espiritual. Lo que ven refleja la luz espiritual del mismo modo que los objetos comunes reflejan la luz del sol. El cuerpo exterior del ser humano es, de hecho, el espejo en el que se refleja su verdadera esencia.

En la era atlante, el ser humano no veía en absoluto los objetos del exterior. Sabía que se encontraba inmerso en una sustancia espiritual y, por eso, podía ver lo espiritual en su interior. No fue hasta aproximadamente el último tercio de la era atlante cuando se le apagó la luz espiritual, y el ser humano solo veía ya los rayos reflejados de esa luz. Imagínense que miran a través de un cristal y se conciencian de sus propias cualidades espirituales. Ahora, alguien aplica una sustancia reflectante en la parte posterior del cristal; de este modo, ya no ve en el cristal su propio ser, sino solo la imagen reflejada por el espejo. El ser humano ve ahora su imagen; y entonces surge en él la ilusión de que lo que ve allí es su yo. Esta ilusión queda maravillosamente expresada en la Biblia. El ser humano perdió el paraíso cuando quedó tan absorto en la sensorialidad que se vio a sí mismo. Antes, Adán y Eva no habían «visto»; ahora «se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos». Y como en realidad se produjo aquí un engaño, la leyenda atribuye el hecho de que los objetos se hicieran visibles exteriormente al principio luciférico.

En Europa del Este hay una leyenda popular que cuenta lo siguiente: Érase una vez un monje que quería comprobar si se basaba en la verdad la siguiente frase bíblica: «Los que buscan, encontrarán, y a los que piden, se les dará». —Quería comprobar si eso era realmente cierto, así que rezó por lo que deseaba obtener. No quería nada más ni nada menos que a la propia princesa. Le pidió la mano a la princesa. Esta le dijo: sí, se convertiría en su esposa con una condición: él debía traerle un instrumento en el que pudiera verse de pies a cabeza. Era una época en la que aún no existían los espejos. Así que se puso a buscar; en su camino se encontró con el diablo, quien le reveló el secreto del principio del espejo. Cuando regresó con él, la princesa le dio su consentimiento; sin embargo, él renunció a ella más tarde. Para conseguir el espejo, tuvo que recurrir al diablo.

En los múltiples signos y símbolos con los que nos hemos encontrado en estas conferencias, hemos podido ver el significado real de estas imágenes. La percepción sensorial es el contenido del mundo físico. Las imágenes y las imaginaciones son la expresión del mundo astral. La armonía de las esferas, el sonido de las esferas, es la expresión del mundo espiritual. Quien asciende a este mundo espiritual percibe su riqueza sonora interior, que penetra en su ser. La inspiración es el elemento vital del mundo espiritual, del mismo modo que la imaginación es el elemento vital del mundo astral. Un mundo verdaderamente inspirado se crea a partir del espíritu.

Traducido por J.Luelmo

meditación de la piedra de fundación