CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

Mostrando entradas con la etiqueta jesuitismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta jesuitismo. Mostrar todas las entradas

GA181 Berlín, 30 de julio de 1918 - Tres épocas del cuarto período postatlante: 747-27 a. C.: pérdida de la conexión de los seres humanos con el cosmos; percepción de la totalidad humana en la cultura griega. 27 a. C. - 693 d. C.: la Iglesia impide la comprensión del misterio del Gólgota, el ser humano es remitido al mundo exterior. 693-1413:

     Indice


RUDOLF STEINER

TRES ÉPOCAS DEL 4º PERÍODO POST ATLANTE:

DEL 747 - 27 a.C. PÉRDIDA DE LA CONEXIÓN CON EL COSMOS

PERCEPCIÓN DE LA TOTALIDAD HUMANA EN LA CULTURA GRIEGA 27 a.C. - 692 d.C.

LA IGLESIA IMPIDE LA COMPRENSIÓN DEL MISTEIO DEL GÓLGOTA 693 - 1413 d.C.


Berlín, 30 de julio de 1918

Hoy voy a esbozar algunas cosas más a partir del contexto que ya hemos intentado comprender en el transcurso de las últimas reflexiones. Comprender el presente, con sus diversas corrientes espirituales y materiales, es extremadamente difícil, y no se debe creer que se puede comprender este presente confuso sin la voluntad de reconocer lo que, en el fondo, se ha estado preparando durante mucho, mucho tiempo en el seno de la historia. Hoy queremos mirar atrás, en la medida en que nos lo permite nuestra ciencia espiritual, al llamado cuarto período postatlante.

Como ustedes saben, debemos situar el inicio de este periodo aproximadamente en el año 747 antes del misterio del Gólgota, y para nosotros concluye con el comienzo del siglo XV, más o menos en el año 1413. Así pues, contemplamos este período, —las cifras deben tomarse, por supuesto, como lo que son en relación con estas cosas—, porque en él vemos ciertas fuerzas relacionadas entre sí que se diferencian de manera esencial de todas las fuerzas que predominan en los períodos anterior y posterior. Este período, que llamamos el desarrollo del alma intelectual o racional en la naturaleza humana, puede dividirse a su vez en tres épocas más pequeñas: un período que podemos delimitar aproximadamente de tal manera que comience alrededor del año 747 antes de Cristo, —que es también la verdadera fecha de fundación de Roma—, y termine aproximadamente en el año 27 antes del misterio del Gólgota. El segundo período más pequeño se extendería desde ese año 27 hasta aproximadamente el final del siglo VII, hasta el año 693 después de la fundación del cristianismo; y el último, el tercer período más pequeño dentro de este más grande, abarca el tiempo desde 693 hasta aproximadamente 1413. Desde entonces, desde aproximadamente 1413, nos encontramos en la época que proporciona a nuestro desarrollo espiritual las fuerzas espirituales que, en cierta medida, ya conocemos por su naturaleza. Así como se puede delimitar claramente el cuarto período postatlante en relación con el desarrollo del alma de la humanidad de los tres anteriores, el proto-indio, el proto-persa y el egipcio-caldeo, y como se puede delimitar claramente de lo que ya ha seguido y aún está por venir, también se pueden destacar momentos característicos dentro de este período para el desarrollo de la humanidad cultural, en la medida en que se tienen en cuenta en el proceso de desarrollo de la humanidad dentro de estos períodos más pequeños indicados.

Para el período comprendido entre el 747 y el 27 antes del misterio del Gólgota, se tienen en cuenta, por supuesto, preferentemente aquellos pueblos que viven alrededor del Mediterráneo. En estos pueblos vemos cómo se forma una constitución anímica muy determinada. La historia dice poco sobre esta constitución anímica, porque en este caso la historia no quiere adquirir las ideas, los conceptos, para abordar lo que realmente es característico en ella. Si se quiere describir este período que acabo de delimitar, se puede decir lo siguiente: durante este tiempo, las almas humanas se desarrollan, por razones internas del desarrollo de la humanidad, de tal manera que, en cierto sentido como almas, se separan de la conexión con el mundo espiritual universal. Si nos remontamos a la civilización egipcia y caldea, que es el período del alma sensible, encontramos allí un marcado sentimiento de pertenencia de estas almas humanas al cosmos. El alma sensible en la naturaleza humana sentía entonces que el ser humano era un miembro de todo el cosmos.  No se puede comprender la característica de lo que conocemos como desarrollo egipcio, caldeo o babilónico si no se tiene en cuenta que, en aquella época, el ser humano, en cierto modo, con la sensación, con los sentidos, captaba algo de la observación del mundo que expresaba en él ese sentimiento de pertenencia al cosmos espiritual. Así como nuestros dedos de la mano se sienten, por así decirlo, como una parte de nosotros mismos, el ser humano egipcio y caldeo se sentía todavía como un miembro del cosmos espiritual. En relación con este sentimiento cósmico, en el siglo VIII antes de nuestra era se produjo una crisis, una verdadera catástrofe para la humanidad. Las almas humanas habían debido su anterior sentimiento de pertenencia al cosmos a su antigua clarividencia atávica, más onírica. En aquellos tiempos antiguos, los seres humanos no percibían las cosas como las percibimos hoy. Percibían, —lo que la ciencia profana, pero ignorante en este sentido, denomina «animismo»—, al mismo tiempo que lo espiritual, lo divino, a través de sus sentidos. De este modo, se sentían conectados con el espíritu del cosmos. 

Esta conexión se desvaneció. Por un lado, este desvanecimiento tuvo como consecuencia muchos fenómenos de decadencia, pero por otro lado también dio lugar a toda la maravillosa cultura griega. Porque esta cultura griega, basada principalmente en lo que el ser humano experimenta como ser humano, como ser humano aislado en el universo, se debe al hecho de que el ser humano ya no se sentía como un miembro del cosmos, sino como una totalidad humana, como algo completo en sí mismo como ser humano. En cierto modo, se había desprendido del cosmos y había comenzado una «vida total en sí mismo». Si la vida espiritual griega se hubiera visto invadida por la misma disposición anímica que había permanecido desde la antigüedad, por ejemplo en el hinduismo, y que aún tenía cierta conexión con lo cósmico, no se podría imaginar que bajo este sentimiento de pertenencia al cosmos hubiera podido surgir la hermosa cultura griega. Todo lo que en la cultura griega se manifestó como esplendor y gloria, todo lo que se desarrolló de manera menos agradable, en otros ámbitos todo ello se desarrolló en el período comprendido entre los siglos VIII y I antes de Cristo. La humanidad se replegó en lo anímico, en lo meramente humano. En esta época se produjo entonces el movimiento de la humanidad hacia el misterio del Gólgota. No olvidemos que el misterio del Gólgota siempre tendrá algo que, en cierto modo, no puede ser comprendido del todo por el entendimiento humano, ni siquiera por el entendimiento suprasensible humano. Siempre quedará un resto sin resolver. Lo que se consumó con la entrada de Cristo en la evolución terrenal no puede, como he explicado en diversas consideraciones anteriores, disolverse completamente en conceptos humanos, ni siquiera en sentimientos y sensaciones humanos. Pero esto está relacionado con el hecho de que este misterio del Gólgota tenía que desarrollarse, en cierto modo, de tal manera que la humanidad civilizada estuviera preparada durante este acontecimiento para no vivir este misterio del Gólgota tan plenamente, sino para dejarlo pasar junto a su propia experiencia humana. Piensen que esto, dejarlo pasar junto a la experiencia humana propiamente dicha, se manifiesta históricamente de forma bastante clara. ¿Cuánto ha tenido en cuenta realmente la humanidad civilizada del Mediterráneo lo que ocurrió con Cristo Jesús en la lejana provincia judía de Palestina? ¡Qué poco ha influido esto en la conciencia de la humanidad civilizada, incluso para Tácito, que escribió un siglo después del misterio del Gólgota!

Por un lado tenemos la corriente de la humanidad cultural y, por otro, aquella corriente en la que se desarrolla el misterio del Gólgota. Ambas se desarrollan, en cierto modo, una junto a la otra. Esto solo pudo suceder porque, mientras se desarrollaba el acontecimiento divino, el ser humano, el ser humano cultural, se había separado de lo divino y vivía una vida que no tenía relación directa con lo espiritual. Así, en la Tierra se produjo un acontecimiento espiritual que, en realidad, acompaña a la cultura humana. Una relación así, de coexistencia entre la cultura exterior y un acontecimiento misterioso, es totalmente impensable en todos los períodos culturales anteriores de la humanidad. Nunca antes había ocurrido algo así, porque la cultura humana se sabía relacionada con lo que ocurre en el plano divino-espiritual. Es muy característico y muy significativo que la cultura profana, que discurría en paralelo al misterio del Gólgota, estuviera alejada de este acontecimiento, que el ser humano se hubiera separado.

Y en el segundo período, que comienza aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota y concluye 693 años después, toda la cultura centroeuropea se dedica en realidad a impedir que la cultura profana se acerque a la comprensión del misterio del Gólgota. Lo que digo puede parecer muy extraño si se tiene en cuenta que el cristianismo se instaló en esta cultura profana europea, que se extendió por toda la cultura centroeuropea. Pero la expansión se produjo en el sentido que ya he caracterizado recientemente. El misterio del Gólgota estaba solo. Ciertamente, de manera dogmática externa, se incorporó a la cultura profana todo tipo de cosas, lo que se expresa así: Cristo estaba allí, tuvo apóstoles, consiguió esto o aquello para la humanidad, dijo esto o aquello sobre la relación del ser humano con lo divino. Esto se incorporó en gran medida a la cultura profana en forma de frases externas, pero junto a esta incorporación externa, prevalecía otra cosa: que en realidad toda la humanidad que acogió el cristianismo precisamente en esos siglos se mantuvo alejada de la comprensión interna del misterio del Gólgota. Con la ayuda de la gnosis, con la ayuda de cierta preparación a través de los tesoros de sabiduría transmitidos por el antiguo paganismo, se podría haber abordado precisamente esto: ¿qué sucedió realmente con el misterio del Gólgota? Pero no se hizo. En realidad, se declaró herejía todo lo que podría haber llevado a la comprensión del misterio del Gólgota, y se intentó verter en fórmulas más o menos triviales lo que nunca puede verterse en fórmulas triviales, lo que, en relación con el misterio del Gólgota, solo puede comprenderse con los contenidos más elevados de la búsqueda de la sabiduría.

Por tanto, las instituciones que se crearon en los primeros siglos del desarrollo cristiano no tenían como objetivo conectar con el misterio del Gólgota, sino hacer vivir en el alma humana algo que en realidad estaba muy lejos del verdadero sentimiento interior de comprensión y pertenencia al misterio del Gólgota. La Iglesia era más bien una institución para no comprender el misterio del Gólgota que para comprenderlo. Quien siga lo que los distintos concilios, lo que en general las maquinaciones eclesiásticas se esforzaron por lograr en aquellos tiempos, encontrará que todo lo que se pretendía era introducir ciertas ideas dogmáticas en la vida humana, pero pensar sobre las cosas relacionadas con el misterio del Gólgota de tal manera que estas se desarrollaran independientemente de la vida anímica humana. Todo tiende hacia un punto determinado, hacia ese punto que, si se caracteriza de forma radical, podría describirse de la siguiente manera.  Se puede decir que los seres humanos buscaban establecerse aquí en la Tierra con ciertas ideas sobre el misterio del Gólgota y sus efectos. Pero lo más importante para ellos no era lo que podían saber, lo que absorbían en su alma, sino que lo más importante para ellos era poder tener la premisa: independientemente de lo que los seres humanos podamos comprender, el misterio del Gólgota se ha cumplido por sí mismo, ¡y Cristo ya se encarga de que seamos salvos!, — Y la tendencia era la de relegar cada vez más la realidad de los acontecimientos espirituales a un más allá del alma, no pensar en los acontecimientos espirituales y sagrados propiamente dichos, —si se me permite utilizar esta expresión—, en relación con lo que ocurre en el pecho humano, sino separar ambos en la medida de lo posible. En esta tendencia había un objetivo, por supuesto no expresado, pero que actuaba de forma inconsciente, un objetivo que luego se manifestó con toda claridad en el octavo concilio de Constantinopla en el año 869. El objetivo era impedir que el espíritu humano se ocupara de forma individual y personal de lo espiritual, que ahora se quería limitar al misterio del Gólgota, es decir, impedir la inclinación individual y sentimental hacia la comprensión del misterio del Gólgota. Debía permanecer incomprendido. De este modo, la Iglesia pudo desarrollarse poco a poco para tener entre sus filas a personas que solo tenían una comprensión profana, que cada vez más llegaban a la creencia de que no se puede pensar en absoluto en lo suprasensible, porque lo suprasensible escapa a las fuerzas del alma humana. El pensamiento humano debe limitarse únicamente a lo que vive aquí, en el mundo físico. Las almas humanas no deben desarrollar fuerzas que puedan ser adecuadas para sí mismas, para buscar la comprensión del misterio del Gólgota. En ciertas resoluciones del octavo concilio de Constantinopla se expresa claramente que los seres humanos de Europa no deben reflexionar, —porque las fuerzas del alma humana no alcanzan ese ámbito—, sobre el ámbito en el que transcurrió la vida a la que pertenece el misterio del Gólgota.

Así, precisamente en este período intermedio de la cuarta etapa postatlante, desde aproximadamente 27 años antes del misterio del Gólgota hasta 693 años después del mismo, se produjo para la humanidad lo siguiente: se podría decir que esta humanidad estaba destinada a creer que todo el conocimiento humano, todo el sentimiento humano, solo se calculaba para el más allá sensible; lo que no es perceptible por los sentidos, lo suprasensible o, como se quiera llamarlo, lo más allá, debía ser sustraído al sentimiento y al conocimiento humanos, al sentimiento cognoscitivo inmediato. En realidad, solo se puede comprender toda la historia de esos siglos si se tiene en cuenta lo que acabamos de caracterizar. Todas las medidas de la Iglesia católica en aquellos siglos tenían como objetivo llevar al ser humano a creer que su conocimiento espiritual solo se aplica a este mundo; en lo que respecta a lo suprasensible, debe dejar que se le acerque de una manera que no tiene nada que ver con su comprensión, con su propio conocimiento. Esto provocó que, tras el final de este periodo, es decir, en los siglos VIII y IX, se produjera una especie de oscurecimiento de la humanidad europea en lo que respecta a la relación del alma humana con lo suprasensible. Y fenómenos como los que he descrito, entre los que destaca el de Bernardo de Claraval, se explican precisamente por el hecho de que, en cierto modo, permanecen más allá de todo lo físico y sensorial y entregan el alma por completo a aquello a lo que el entendimiento humano natural no puede llegar. Este entusiasmo por lo que está más allá de toda comprensión humana debe añadirse a la disposición anímica general de Bernardo de Claraval, tal y como se entiende. Precisamente en esta personalidad se pueden encontrar algunos rasgos que parecen grandes y poderosos, porque todo lo que puede tener un rasgo más o menos distorsionado también puede tener un rasgo bello, grande y glorioso. Pero en Bernardo se pueden encontrar rasgos que indican claramente en el carácter de su alma que él es fruto de esa disposición anímica que se desarrolló de la manera descrita en los siglos indicados dentro de la cultura occidental. Se podrían citar, además de Bernardo de Claraval, muchas otras figuras, él es solo un ejemplo típico, por ejemplo, cuando habla a sus seguidores, cuyo círculo era muy amplio, de todo lo que la cruzada de la humanidad que él tenía en mente debería aportar. Luego vino el fracaso de todo el asunto. ¿Y cómo habla este hombre piadoso precisamente sobre este fracaso? Más o menos así: si todo, todo sale mal, que el juicio sobre el mal resultado recaiga sobre mí, pero no sobre lo divino, porque eso siempre tiene que tener razón. Incluso allí donde el ser humano podía saber que estaba relacionado con lo que él considera la fuerza divina y espiritual detrás de las apariencias, —lo separa de los demás—, dice: que el pecado recaiga sobre mí; lo correcto es algo que transcurre por sí solo, que, en cierto modo, fluye más allá de la corriente en la que está atrapada el alma humana.

De este modo, con el inicio de este tercer período del cuarto ciclo cultural postatlante, algo parecido a un eclipse se cernió sobre la humanidad. Esto se expresa mejor al observar cómo la humanidad, en sus conceptos, ya no era capaz de reconocer ninguna conexión con las corrientes e impulsos espirituales reales. Basta con conocer la filosofía de los siglos entre el VIII y el XV, que en todas partes tiende a demostrar que con las ideas y conceptos humanos no se debe intentar en ningún caso comprender lo que ocurre en la realidad espiritual, como se había expresado acertadamente en una fórmula , debe dejarse a la revelación, como debe dejarse al magisterio de la Iglesia.

Así se había desarrollado el poder de la Iglesia. Este poder de la Iglesia no surgió únicamente a partir de impulsos teológicos, sino que se desarrolló porque se instó a las personas a limitar sus propias facultades cognitivas, las fuerzas de su alma, únicamente a la vida física y sensorial, y a no pensar en el conocimiento de lo suprasensible. De ahí se desarrolló el concepto de fe posterior, que aún no existía en los primeros siglos, sino que solo se remonta a ellos. Este concepto de fe dice: en lo que se refiere a lo espiritual-divino solo se puede tener fe, no conocimiento. Esta separación entre la verdad de la fe y la verdad del conocimiento se formó realmente a partir de ciertos antecedentes históricos que son significativos y que hay que buscar en cosas como las que hemos mencionado. 

Desde el siglo XV, aproximadamente desde el año 1413, vivimos en un periodo, —el tercer milenio lo confirmará—, en el que nos enfrentamos, en parte, a la herencia de todo lo que ha sucedido bajo las influencias que he descrito aquí. Por un lado, nos enfrentamos a las herencias de aquella época y, por otro, seguimos enfrentándonos a algo que se está formando como algo completamente nuevo en este quinto período postatlante. Si echamos una mirada retrospectiva a ese cuarto período, nos encontramos con una especie de separación del alma humana de lo espiritual-divino, con una relegación a los procesos meramente externos, físicos y sensoriales. Esto también era nuevo en aquel cuarto período. Ya he indicado anteriormente que no existía en la era egipcio-caldea. En nuestra era también nos enfrentamos a algo similarmente nuevo, y la tarea de la humanidad, —la humanidad ha entrado gradualmente en una época en la que la conciencia debe desempeñar un papel cada vez más importante—, la tarea de la humanidad sería comprender todo esto, comprender lo que, por un lado, es herencia de la época pasada que acabamos de caracterizar y, por otro lado, lo que surge como nuevo de nuestra época. Echemos primero un vistazo a la herencia.

Hemos visto que esta herencia consiste en que el ser humano se siente, en cierto modo, obligado a desarrollar su alma al margen de lo suprasensible. Y la herencia de esto es otra cosa, que comprenderán cada vez mejor a medida que vayan examinando los acontecimientos históricos con mayor y mayor precisión. Precisamente al examinarlo con precisión, el asunto no se somete a ninguna duda, sino que se coloca en la veracidad. Verán cómo lo que se desarrolló en aquel entonces, es decir, el deseo de mantener la fuerza del alma humana en lo sensorial, separándola de lo suprasensible, se convirtió en el quinto período cultural postatlántico, a partir del siglo XV, en un rechazo total de lo suprasensible.  En aquella época se quería, en cierto modo, mantener lo supranatural alejado del ser humano, y esto es precisamente lo que caracteriza al octavo concilio de Constantinopla del año 869. A partir de este alejamiento, que la Iglesia se propuso como tarea, se desarrolló el rechazo de lo supranatural. Se desarrolló la creencia de que lo supranatural era solo una invención del ser humano, que no tenía ninguna realidad. Si se quiere comprender realmente, desde un punto de vista histórico-psicológico, el origen del materialismo moderno, hay que buscarlo en la Iglesia. Por supuesto, la Iglesia no es más que la expresión externa de fuerzas más profundas que actúan en el desarrollo de la humanidad, pero se adquiere un conocimiento de este desarrollo humano cuando se observa más de cerca cómo realmente surge uno de otro. El ortodoxo del cuarto período postatlante decía: la capacidad de conocimiento humano solo está destinada a comprender las relaciones sensoriales; lo suprasensorial debe dejarse a la revelación, no se debe interferir en ello, porque todo lo que se interfiera es herejía y solo puede conducir a un engaño. El marxista moderno, el socialdemócrata moderno, que es el hijo legítimo de esta concepción, que no es más que la consecuencia del catolicismo de siglos anteriores, dice: toda ciencia digna de ese nombre solo puede ocuparse de acontecimientos sensoriales y físicos; no existe la ciencia del espíritu, porque no existe el espíritu; la ciencia del espíritu es, como mucho, ciencia social, ciencia de la convivencia humana. — Por supuesto, esta tendencia que acabamos de caracterizar se ha manifestado en los más diversos ámbitos de los países cultos, pero solo como un matiz.

Así pues, a partir del siglo IX, en los países centrales y occidentales de Europa se hizo necesario tener en cuenta que la vida espiritual del ser humano participa de alguna manera en ello, creyendo en lo suprasensible y sin saber nada de ello salvo por revelación, pero creyendo en lo suprasensible. Las características raciales y étnicas de Europa Central eran tales que había que tenerlas en cuenta, que no se podían dejar simplemente como estaban. Decirle a la gente: «Vuestras fuerzas humanas deben limitarse a comer y beber, y lo demás que ocurre en el mundo, lo demás vive por encima de vosotros», no se podía hacer así en Europa occidental; pero se hizo en Europa oriental, y ese es el sentido de la división de la Iglesia entre Europa oriental y occidental. En Europa oriental, el ser humano estaba realmente limitado al mundo sensorial, allí debían desarrollarse sus fuerzas. Y dentro de las alturas de los misterios, completamente ajeno a lo sensual, debía desarrollarse lo que luego condujo a la religión ortodoxa. Allí se separaba realmente de forma estricta lo que el ser humano sacaba de su humanidad y lo que era el mundo espiritual real, que flotaba y vivía única y exclusivamente en el culto que se cernía sobre el ser humano.

¿Qué tenía que desarrollarse allí? Tenía que desarrollarse, de nuevo en diferentes matices, la visión, la sensación: solo lo sensual-físico tiene realmente significado, realidad. Se podría decir: las fuerzas que no se ejercitan, sino que se tratan de tal manera que el ser humano se comporta con ellas de tal forma que las bloquea en su interior, esas fuerzas tampoco se desarrollan, se atrofian. Así pues, si durante siglos se había impedido al ser humano captar lo suprasensible en su espíritu, sus fuerzas se fueron volviendo cada vez más inútiles para captar lo suprasensible, y este desapareció por completo. Y esta desaparición completa la encontramos en las cosmovisiones socialistas modernas, cuya desgracia no radica en su socialismo, sino en que rechazan por completo lo espiritual-sobrenatural y, por lo tanto, deben limitarse a la mera estructura social de lo animal en el ser humano. Esta mera estructura social de lo animal en el ser humano ha sido preparada mediante la paralización de las fuerzas sobrenaturales del ser humano. Se ha producido porque los seres humanos se ven obligados a decirse: no queremos conectar nuestro alma, que conoce y experimenta, con lo que vive la corriente de su vida, de modo que nuestra felicidad sea provocada por ello y en lo que está enmarcado el misterio del Gólgota.

¿A qué se debe esto? Se debe a que, precisamente en este cuarto período postatlante, las fuerzas luciféricas actuaron con especial intensidad. Separaron al ser humano del cosmos, pues estas fuerzas siempre tratan de aislar egoístamente al ser humano, de desligarlo de todo el cosmos espiritual, incluso de su conocimiento de la conexión con el cosmos físico. Por eso no existían las ciencias naturales cuando este desprendimiento estaba en su máximo apogeo. Eso es lo luciférico. Por eso hay que decir: lo que actuaba entonces en la separación entre el conocimiento sensorial y la dogmática supra-sensorial es de naturaleza luciférica. Lo luciférico se opone a lo ahrimánico. Estos son los dos adversarios del alma humana. Este atrofiamiento de las fuerzas suprasensibles del ser humano, —que luego condujo a la forma puramente animal del socialismo, que ahora debe abatirse sobre la humanidad de forma devastadora y destructiva—, se debe a las fuerzas luciféricas. Lo nuevo que se está desarrollando en nuestra época es de otra naturaleza; es más bien de naturaleza ahrimánica. Lo luciférico quiere aislar al ser humano, separarlo de lo espiritual-supersensible, quiere que experimente en sí mismo la ilusión de una totalidad. Lo ahrimánico, por el contrario, infunde miedo al ser humano ante lo espiritual, no le permite acercarse a lo espiritual, le da la ilusión de que lo espiritual no puede ser alcanzado por el ser humano. Si la separación luciférica del ser humano de lo suprasensible debe ser más de tipo educativo, cultural, la separación ahrimánica de lo suprasensible, que se basa en el miedo a lo espiritual, es más natural y se manifiesta especialmente en la era desde el siglo XV. Y así como el aislamiento luciférico de lo espiritual pudo expresarse especialmente en la vida bajo el manto del cristianismo ortodoxo de Oriente, el miedo ahrimánico, la reticencia ante lo espiritual, se manifestó especialmente en el elemento de la cultura occidental y, en particular, en el elemento de la cultura norteamericana. 

Es posible que estas verdades resulten incómodas hoy en día, pero son verdades, y no avanzaremos si nos limitamos a hablar en términos generales, —por muy místicos o teosóficos que sean—, de la conexión del ser humano con lo divino, o como quiera que se denomine esta cuestión. Solo avanzaremos si reconocemos la realidad tal y como es. Solo así podremos volver a encontrar el orden en nuestro caos, reconociendo las características propias de las diferentes corrientes que conviven entre sí. Porque, por su parte, las diferentes corrientes se desarrollan a partir de sus premisas, a nivel local, y luego se extienden, y en el embrollo moderno que se denomina cultura, todo se mezcla. Lo que ahora me gustaría llamar «americanismo», lo americano como concepto colectivo, no en relación con los estadounidenses individuales, es el miedo a lo espiritual, es el anhelo de vivir solo en el plano físico-sensorial, como mucho con lo que entra en este plano físico-sensorial desde abajo en forma de espiritualidad burda, espiritismo y similares, que no es realmente espiritual. El miedo a lo espiritual es lo que caracteriza al americanismo. Pero el americanismo no solo vive en América, —allí vive por completo en el polo social, voluntarioso, no humano—, sino que vive sobre todo en toda la ciencia. En efecto, desde el siglo XV, esta ciencia ha desarrollado cada vez más lo que podríamos llamar «miedo a lo espiritual». Solo se denomina ciencia objetiva aquello que, en la medida de lo posible, no se ocupa de conceptos vivos generados en el interior del alma. Lo que de alguna manera es una idea, un concepto generado en el interior del alma, no debe interferir en la observación de la naturaleza. Solo lo muerto de la observación de la naturaleza, y no lo vivo espiritualizado, puede entrar en la ciencia. Si se introduce el concepto en la observación de la naturaleza, por ejemplo, a la manera de Hegel, que es una forma típicamente centroeuropea, pero también a la manera de Schelling o de Goethe, se cree inmediatamente que se entra en terreno inseguro, porque no se confía en poder experimentar algo objetivamente real en la comprensión espiritual, en la experiencia espiritual. Se cree que solo puede existir la arbitrariedad, que se entra inmediatamente en lo no objetivo cuando se introduce algo subjetivo en las experiencias. Eso es arimánico. La ciencia es universalista-americana en la medida en que tiene como principio expulsar todo lo subjetivo de la observación de la naturaleza. Esto es lo que se ha desarrollado elementalmente a partir de este anterior aislamiento de lo espiritual en el cuarto período postatlante.

Así hemos añadido a esa herencia lo nuevo, lo nuevo que, junto a lo que debe desarrollarse de forma fructífera, pero que debe desarrollarse conscientemente, se impone cada vez más como algo destructivo en el futuro. Esta novedad es esencialmente de naturaleza arimánica, es miedo a lo espiritual y tiene un efecto destructivo, un efecto disolvente sobre toda la cultura humana, que sin embargo debe basarse precisamente en lo espiritual. 

En el cambio del cuarto al quinto período postatlante, especialmente en el quinto, surgieron cada vez más los impulsos que acabo de caracterizar. Con el descubrimiento de América y el traslado de la esencia europea a América, se desarrolló allí el temor a la vida espiritual. Pero, por otro lado, surgió, diría yo, una tensión en las almas humanas, pues las fuerzas de los pueblos de Europa no eran tales que no sintieran algo de la conexión con lo espiritual del cosmos. Se produjo una tensión, por así decirlo, en el cambio entre el cuarto y el quinto período cultural post-atlante, en los siglos en los que se desarrolló lo que se denomina historia moderna. Entonces surgió esta tensión de lo espiritual reprimido en el pecho humano. Había que contrarrestarla, en parte comprendiendo bien lo que existía como antiguo patrimonio, y en parte contemplando de manera muy adecuada lo ahrimánico que se avecinaba.  Entonces surgió aquella corriente espiritual que tiene una influencia mucho mayor de lo que la mayoría de las personas piensan, —ya lo señalé la última vez desde otro punto de vista—, aquella corriente espiritual que se esfuerza por perpetuar, por continuar, esa retención del alma humana alejada de lo suprasensible. En otras palabras, surgió el jesuitismo. Su principio interno consiste en hacer todo lo posible en el desarrollo de la humanidad para mantener al ser humano alejado de la conexión con lo suprasensible, de la conexión real con lo suprasensible. Por supuesto, esta separación se logrará aún más si, precisamente desde el lado jesuita, se presenta lo suprasensible de manera estrictamente dogmática como algo que el conocimiento humano no puede alcanzar. Pero, por otro lado, el proceder jesuita cuenta muy bien con ello y no quiere otra afinidad interna que la que existe entre la ciencia moderna y el americanismo, entre la ciencia moderna y el jesuitismo. En esto radica la grandeza del jesuitismo: impulsar profundamente la ciencia física. Los jesuitas son grandes mentes en el campo de la ciencia física y sensorial, pues el jesuitismo cuenta con esta inclinación elemental de la naturaleza humana, —que debe ser superada dirigiendo la naturaleza humana hacia el mundo espiritual—: el temor a lo espiritual. Y cuenta con que este miedo se puede socializar diciéndole al ser humano, en cierto modo: «No puedes ni debes acercarte a lo espiritual; nosotros administramos lo espiritual, nosotros te lo acercamos de la manera correcta».

Estas dos corrientes, —el americanismo y el jesuitismo—, interactúan entre sí en cierto modo; pero no hay que tomárselo a la ligera, sino que hay que buscar en todo ello los impulsos más profundos que actúan en el desarrollo de la humanidad. Quien busque las fuerzas que han provocado la catástrofe actual, encontrará una curiosa colaboración entre el americanismo, en el sentido aquí entendido, y el jesuitismo. Si se observa todo esto en su conjunto, se ve cómo, por un lado, la herencia de épocas anteriores actúa en nuestra vida cultural y, por otro, cómo se añade lo nuevo. Al denominar esto como lo Luciférico por un lado y lo Ahrimánico por otro, se designa precisamente lo contrario de lo que debe infundirse en el desarrollo de la humanidad como verdadera vida espiritual para su salvación. Quien se acerque con profunda empatía a una figura como Bernardo de Claraval, que en cierto modo se inclina hacia un lado, cuenta con lo siguiente: el conocimiento humano solo se dirige hacia lo físico-sensorial, por lo que orientamos el alma hacia lo espiritual-divino con fervor, en una experiencia elemental. De este modo, algo entusiasta entra en esta naturaleza. Se podría decir: lo que vive por un lado, lo espiritual en las almas humanas, vive por otro lado también en nuestro tiempo, pero por el lado oscuro, por el lado tenebroso. El siglo XII tuvo a su Bernardo de Claraval, y nuestro siglo tiene figuras como Lenin y Trotski. Así como allí actuaba la inclinación hacia lo suprasensible, en estas figuras vive el odio hacia lo suprasensible, aunque se exprese con otras palabras, con otros contenidos. Esa es la oscura cara opuesta de aquellos tiempos: allí, la infusión del alma humana en lo divino; aquí, la infusión del ser humano en lo animal, que es lo único que debe mantener una estructura social.

Sin embargo, estas cosas solo se entienden si se tiene muy claro algo que, sin embargo, está bastante lejos de la comprensión del presente. Nuestro presente cree en las teorías, porque cree en el contenido de lo que son las ideas y los programas. He hablado de ello en numerosas ocasiones. Pero lo importante nunca es el contenido de las teorías y los programas, sino su eficacia. El marxista moderno habría hablado antes de esta guerra mundial, a finales del siglo XIX y principios del XX, de forma natural: así enseñan Marx, así enseñan Engels, así enseña Lassalle; eso es todo lo que hay que aspirar. Porque sabe que hay que aspirar a ello por el bien de la humanidad, etcétera. Se tomaba el contenido de los programas y las ideas. Pero en realidad eso nunca importa, porque las ideas nunca se llevan a cabo en la vida según su contenido, sino por fuerzas que están en ellas, independientemente de su contenido. Y solo conoce la realidad quien sabe que las ideas a menudo tienen tan poco que ver con la realidad que surgen al margen de lo que las ideas tienen como contenido.  Se puede diseñar un programa muy bonito, se puede fundamentar muy bien científicamente, y luego se puede arder en pasión por él, como hicieron los marxistas con el suyo. Pero eso no es lo importante; en una época tan poco espiritual como la nuestra, eso es jugar con fuego. La gente cree entonces que está trabajando por el contenido de las ideas. Pero quien sabe cómo funciona la vida, también sabe que los efectos son muy diferentes. Las ideas se convierten incluso en monstruosidades en la vida cultural si no son aceptadas por la comprensión espiritual. Pero las ideas del marxismo no pueden ser aceptadas por la comprensión espiritual, ya que quieren expulsar el espíritu. Por muy bonitas que sean, tienen que convertirse en monstruosidades. Solo si se deja de lado la idea y por la mañana no se pregunta: «¿Por qué ha amanecido por lo que ha sucedido en la Tierra?», sino que se dice: «Ha amanecido porque brilla el sol», es decir, si se sale de la Tierra, se puede explicar por qué ha amanecido. Por eso, para poder explicarse lo que ocurre hoy, hay que ir desde lo que ocurre en el presente inmediato hasta lo que ocurrió en un pasado lejano. No se puede entender el bolchevismo si no se sabe cómo surgió como consecuencia del octavo concilio ecuménico del año 869. No lo entenderán si no lo comprenden como un producto del atrofiamiento de las fuerzas espirituales para el mundo suprasensible. Esa es la conexión interna que hay que tener si realmente se quiere comprender lo que ocurre en el mundo exterior para poder enfrentarse a ello. Para quien comprende las conexiones de la historia, lo más terrible es ver movimientos que pretenden reformar el mundo y que solo tienen en cuenta el contenido de las ideas, sin tener en cuenta la eficacia de las ideas, independientemente de que su contenido sea bello o feo. Nace un niño. Es un niño hermoso. La madre puede estar encantada con él. Las madres a veces incluso se sienten encantadas cuando los niños no son hermosos. Se convierte en un inútil, en un malhechor, tal vez en un criminal. ¿No es cierto, entonces, que el niño era hermoso? ¿No se tiene derecho a llamarlo hermoso? ¿Contrasta esta belleza con el hecho de que en la vida suceden cosas que uno no había imaginado? En ciertos círculos de personas viven ideas que admiraban y con las que querían reformar el mundo. ¡Estas ideas se convirtieron en monstruosidades! Porque las ideas son en sí mismas algo muerto; primero deben cobrar vida al incorporarse a la vida espiritual viva.

Quien lea los escritos socialistas modernos, si hace caso omiso de ciertas diferencias, encontrará una gran similitud entre ellos y, —aunque se exprese de otra manera y se hable de otros ámbitos—, entre los escritos de aquellos que escriben desde el principio eclesiástico del catolicismo. Por ejemplo, recientemente les he leído un extracto de un folleto. Tomen las formas de pensamiento de este folleto, el tipo de pensamiento; comparen lo que allí se expresa con las tendencias culturales o inculturales furiosas que se inclinan gradualmente hacia el bolchevismo; compárenlo con lo que es el comienzo, digamos, de un escrito de Kautsky o de un escrito de Lenin: encontrarán los mismos pensamientos. Uno es un producto del desarrollo del otro. En ningún otro lugar uno se siente más «católico» que cuando lee ciertos escritos socialistas dogmáticos. Solo que lo que en el catolicismo está prohibido, es decir, filosofar sobre ciertas cosas, se ha convertido en una pasión, en un principio: explicar toda la ciencia únicamente desde la burguesía y todo el desarrollo intelectual únicamente desde la lucha de clases. Este principio es efecto del principio católico. El bolchevismo, tal y como ha surgido, tal vez tenga una existencia breve; pero la humanidad tendrá que lidiar durante mucho tiempo con lo que hay detrás de él, y para quien conoce los contextos, no es de extrañar que el bolchevismo haya mostrado sus primeros amaneceres en el lugar donde este pensamiento humano, tal y como se desarrolla de forma animal, ha vivido bajo el manto del ministro de culto de la religión ortodoxa, de modo que una corriente estaba completamente separada de la otra.

 Hay que comprender todas estas cosas para tomar conciencia de la necesidad de acercarse a la vida espiritual de la manera correcta. Hoy en día, no tiene sentido hablar de forma mística. Hoy en día es necesario utilizar el conocimiento espiritual para mirar dentro de la realidad y descubrir las conexiones que existen, porque solo a partir del conocimiento de las conexiones puede surgir una intervención correcta en los acontecimientos mundiales, y no a partir de las herencias, ni del miedo, ni de lo nuevo elemental que he descrito, que solo puede conducir al caos. En el socialismo de naturaleza animal se puede ver una manifestación de lo que se formó en el cuarto período postatlante. Hay algo luciférico en ello: el pecado original luciférico está ahí. Pero lo que está sucediendo ahora es como el castigo por ese pecado original, es el castigo en el sentido de que aquellas capacidades que se ordenó no aplicar a lo suprasensible se han vuelto realmente incapaces de aplicarse a lo suprasensible y sienten odio y repugnancia por lo suprasensible. Ya no se trata solo de odio y pecado original, sino del castigo por alejarse de lo suprasensible. Esto se aplica a muchas cosas que están sucediendo ahora.

En diferentes matices, dije, se vive lo que atraviesa como impulsos el desarrollo de la humanidad. Solo comprendiendo estos matices se puede entender hoy lo que está sucediendo. 

Los pueblos de la península italiana y española se han visto afectados por la expansión del cristianismo, al igual que los pueblos de la actual Francia y los pueblos de las actuales islas británicas. Ya sabemos algo de lo que se extendió allí. Sabemos que en la península española y en la italiana se conservó principalmente el alma sensible, en las regiones francesas el alma racional o emocional, en las regiones británicas el alma consciente, aquí, en Europa Central, el yo, y en Europa del Este se puede considerar de manera similar una cultura del yo espiritual, que, sin embargo, solo podrá surtir efecto en el futuro y que ahora solo tiene gérmenes completamente ocultos. ¡Ojalá se pudiera contemplar alguna vez esta Europa occidental para comprenderla tal y como la ciencia espiritual puede descifrarla! Los caracteres, por ejemplo, de la zona italiana —no como caracteres de personas individuales, que naturalmente superan en todas partes lo popular—, estos caracteres se desarrollan de manera diferente a los de la humanidad francesa o británica.  La humanidad británica es tal que lo popular tiene su conexión con el alma consciente. Desde ciertos puntos de vista, ya lo he descrito hace tiempo. Sin embargo, al vivir en el alma consciente, el ser humano es empujado directamente al plano físico, no tan fuertemente en las islas británicas como en América, pero aún así es empujado al plano físico. La consecuencia es que el ser humano, al que el desarrollo eclesiástico había separado primero de lo suprasensible, ahora vuelve a reunirse con lo cósmico. Pero solo se reúne con lo cósmico exterior cuando se trata del alma consciente. La consecuencia de ello es que, en realidad, el ser humano británico, como británico, solo crece junto con el cosmos a través de principios económicos. El pensamiento británico es esencialmente económico, el pensamiento en categorías económicas. Quien reconoce la conexión interna del alma consciente con el mundo físico, lo entiende como una necesidad; también comprende como una necesidad que el carácter del pueblo francés, —no el del francés individual—, que se acerca al alma racional o emocional, desarrolle preferentemente el pensar político, el sentir político, y que los italianos y los españoles desarrollen de manera similar lo animal, porque allí el alma sensible es directamente afectada por el pueblo. Solo puedo esbozar esto, pero expresa lo que vive en los propios caracteres de los pueblos.

Si observamos la esencia alemana, inmersa en una evolución tan trágica, vemos que el elemento del pueblo se apodera del yo. Toda la historia alemana se aclara cuando se contempla este hecho, que se revela desde el mundo suprasensible. Este yo del ser humano es lo que menos se ha desarrollado exteriormente en la actualidad, lo que ha permanecido más espiritual. Por eso, al estar conectado con el mundo espiritual a través del yo, el alemán está vinculado a él de la forma más espiritual. No puede conectarse con el cosmos de manera económica, política y animal por su propia naturaleza. Solo puede conectarse con lo cósmico tal y como se revela en la vida espiritual, en la vida anímica de las individualidades, —el yo siempre vive en las individualidades—, y luego se derrama sobre el pueblo.  La evolución alemana se expresa de manera más característica en lo que se manifiesta como sustancialidad en el goetheanismo, el herderianismo y el lessingianismo, algo que se sitúa un nivel por encima de lo físico-sensorial. De ahí también una cierta extrañeza hacia lo físico-sensorial, una sensación de que lo sustancial no encaja del todo cuando se trata únicamente de lo físico-sensorial, y de ahí que en las últimas décadas se haya derramado tanto americanismo y, por otro lado, tanto de lo que no quiero describir con más detalle, sobre Alemania, alejándola de la influencia original del pueblo.

De una manera aún más elevada, el este de Europa estará relacionado con lo espiritual como pueblo y desarrollará una cultura aún más elevada en relación con lo espiritual, una reacción contraria a lo que se está formando ahora mismo por las razones indicadas. Pero eso es cosa del futuro, aún no existe hoy en día, todavía está encerrado en lo animal, del que primero tiene que desarrollarse.

Al igual que en la herencia legítima de lo antiguo, los países occidentales de Europa están vinculados al cuarto período postatlante. Algo más nuevo, pero opuesto al americanismo, ya se encuentra en la esencia alemana: una cierta relación con el mundo espiritual, que se busca dentro de lo espiritual mismo. El alemán, cuando sigue su naturaleza más auténtica, no teme lo espiritual, sino que siente esa inclinación hacia lo espiritual que encontramos, por ejemplo, en el goetheanismo, aunque en un nivel superior.

Cuando se dicen cosas así, hay que expresarlas de forma radical. Pero ustedes saben que no es por chovinismo, sino por el conocimiento adquirido, por lo que se mencionan aquí estas cosas. Realmente no se dice para complacer a nadie hoy. La última vez vieron que yo también entiendo lo que es no hablar para complacer. Pero hay que decir una cosa: dentro de lo que en Europa Central se olvida a menudo, pero que es sin embargo la esencia alemana, existe una relación entre el espíritu humano y el mundo suprasensible que debe desarrollarse y que es totalmente opuesta a todo lo demás que se muestra hoy en día en la Tierra. Oh, si reconociéramos esto, si las últimas décadas no hubieran traído, lamentablemente, el americanismo y el rusismo en este ámbito, la actividad científica en Europa Central se habría desarrollado de otra manera. Ustedes saben, por mis otras exposiciones, en qué ciencia espiritual podría haberse convertido el goetheanismo. Pero el goetheanismo siguió siendo una corriente del más allá. ¿Ha sido realmente comprendido? Hasta ahora no. Pero él es la verdadera esencia alemana en todo lo que le subyace. Esta esencia, como pueden ver en la descripción de hoy, es ajena a los demás. Los demás están muy, muy mezclados con las herencias y con lo nuevo. Solo en esta Europa Central se ha desarrollado algo que, en mayor o menor medida, se ha separado de las herencias y de lo nuevo.

El goetheanismo permanece ajeno a la ciencia materialista, —por supuesto, se elogia a Goethe, pero, como he dicho, se nombra presidente de la Sociedad Goethe al antiguo ministro de Finanzas Kreuzwendedich—, lo cual se puede ver en muchas cosas. Precisamente lo que existe en este elemento interno propio de la germanidad se percibirá en otros ámbitos como una acusación constante, pues la mejor manera de defenderse de aquello que por su naturaleza no se puede reconocer es difamarlo. Hay que mirarlo sin reservas. Lo que existe como una acusación viva, lo mejor es presentarlo como una criminalidad.De este modo, uno se salva subjetivamente del hecho de que existe como una acusación. Con ello se toca un hecho psicológico importante. La difamación seguirá y seguirá, pero tendrá sus razones en que resulta incómodo que exista esta extraña posición del yo frente a lo espiritual. Pero es necesario ver con claridad en estos ámbitos, no huir de la claridad, como se hace. Si no tuviéramos tanto filisteísmo, tanto americanismo en nosotros, comprenderíamos que se trata de dos polos opuestos: el goetheanismo alemán y el americanismo, y sabríamos entonces que solo podemos comportarnos de manera adecuada con respecto a las corrientes actuales si las observamos sin prejuicios. En realidad, deberíamos deshacernos de cualquier tipo de chovinismo y centrarnos únicamente en lo objetivo.

Pero precisamente entonces dejaríamos de idealizar el americanismo, al que nos hemos entregado suficientemente, y precisamente porque el miedo a lo espiritual es el elemento característico del americanismo, comprenderíamos que, en los catastróficos acontecimientos actuales, el elemento americano actuará cada vez más como el mal radical real. Son los miopes los que dicen otra cosa sobre las cosas, porque no juzgan a partir de los contextos. Todo lo que se deriva de la situación política de los franceses, todo lo que se deriva de la rigidez puramente económica que es natural en los británicos, todo lo que se deriva del furor animal, ese «egoísmo sagrado», del pueblo italiano, es, en vista de los grandes acontecimientos que están teniendo lugar, una nimiedad en comparación con el elemento verdaderamente maligno que surge del americanismo. Porque hay tres corrientes que, por su afinidad interna, tienen un efecto destructivo para el desarrollo de la humanidad. Al haber asimilado «de diversas maneras las herencias y lo nuevo», como he intentado esbozar hoy, se han convertido en destructivos. Este elemento destructivo se encuentra principalmente en tres corrientes: en primer lugar, en todo lo que se denomina americanismo, ya que tiende cada vez más a fomentar el miedo al espíritu, a convertir el mundo en una mera oportunidad para poder vivir físicamente en él. Es muy diferente cuando la britanicidad quiere convertir el mundo en una especie de casa comercial. El americanismo quiere convertirlo en una vivienda física equipada con todas las comodidades posibles, en la que se pueda vivir cómodamente y con riqueza. Y poder vivir cómodamente y con riqueza en el mundo es el elemento político del americanismo. Quien no se da cuenta de esto, no ve las cosas, sino que quiere adormecerse a sí mismo. Sin embargo, bajo la influencia de esta corriente, la conexión del ser humano con el mundo espiritual debe morir. En estas fuerzas americanas radica lo que esencialmente llevará a la Tierra a su fin, lo destructivo que finalmente causará la muerte de la Tierra, porque se pretende alejar al espíritu de ella. Lo segundo destructivo no es solo el catolicismo, sino todo el jesuitismo, ya que este está esencialmente relacionado con el americanismo. Si el americanismo es el cultivo de la corriente estadounidense, que quiere inculcar el miedo al espíritu, el jesuitismo busca despertar la fe: no tocar el espíritu, al que no podemos acercarnos, y dejar que los bienes espirituales sean administrados por aquellos que han sido llamados a ello por el magisterio de la Iglesia católica. Y esta corriente quiere atrofiar las fuerzas de la naturaleza humana que tienden hacia lo sobrenatural. Y lo tercero es lo que hoy se manifiesta de forma tan terrible en algunos síntomas en Oriente, pero que tiene su origen en el socialismo que socializa puramente lo animal; es lo que, —sin pretender dogmatizar con esta palabra—, se denomina bolchevismo, algo que la humanidad no superará fácilmente.

Estos son los tres elementos destructivos del desarrollo humano moderno. Solo desde el terreno de las ciencias espirituales es posible enfrentarse a ellos con conocimiento, para poder afrontar de manera adecuada los acontecimientos del presente. Hoy, dentro de ocho días, me gustaría hablar sobre ello.

Traducido por J.Luelmo nov, 2025

GA181 Berlín, 6 de agosto de 1918 - La materia y la energía desaparecen con la llegada de la evolución de Venus

    Indice


RUDOLF STEINER

LA MATERIA Y LA ENERGÍA DESAPARECEN

CON LA LLEGADA DE LA EVOLUCIÓN DE VENUS

Berlín, 6 de agosto de 1918

A lo largo de las últimas reflexiones, han visto que los esfuerzos que se han puesto de manifiesto tenían como objetivo moldear las ideas que queremos adquirir a partir de la ciencia espiritual, de tal manera que nos sirvan para comprender y entender lo que nos rodea a diario, a cada hora, en la cultura actual. Si hoy queremos añadir algo más a estas consideraciones, a modo de apéndice final, solo puede ser de forma aforística. Se trata de destacar algunas características significativas de nuestra época actual y relacionarlas con lo que ya se ha esbozado aquí y allá como tono fundamental en las últimas consideraciones.

Si nos atrevemos a contemplar lo que resulta especialmente llamativo en nuestra época, descubriremos que, entre los diversos obstáculos y trabas del presente, lo más destacado es que la forma de pensar, la manera de concebir las cosas que se ha ido desarrollando a lo largo de los últimos siglos, lleva a las personas a tener poca previsión con respecto a los acontecimientos que se avecinan. Esto se manifiesta en el hecho de que la mayor parte de lo que se les presenta a las personas en este momento les sorprende, en el sentido más auténtico de la palabra, y no tienen la posibilidad de adquirir una cierta confianza en la previsión a través de nada. Piensan que debe ser así, que hay que dejarse sorprender precisamente por los acontecimientos más significativos. Cuando se habla de algo que está por venir, la gente se sorprende o incluso ironiza sobre el aparente anhelo de alguna profecía. Si, por ejemplo, se llamara la atención sobre lo que ahora llega al mundo desde el Lejano Oriente, basándose en las cosas que se derivan de tales premisas, como las mencionadas recientemente aquí, se encontraría hoy en día poca comprensión y poca fe, a pesar de que ya se anuncia con demasiada claridad. Hay muy poca necesidad de examinar las cosas con claridad. Esto también está relacionado con el hecho de que se quiere aceptar tan poco las verdades que, dentro de los límites en los que solo es posible, apuntan a los acontecimientos del futuro. Por supuesto, como ustedes saben, no se trata aquí de ninguna forma de adivinación, de ninguna profecía en el mal sentido de la palabra, sino siempre de un modo de pensar y una actitud científica seria. Si queremos comprender un poco mejor las razones del rasgo de carácter que acabamos de comentar en el presente, tal vez tengamos que remontarnos un poco más atrás. Pero normalmente el ser humano no es consciente de lo lejos que están las causas de algo de aquello de lo que son precisamente las causas. Normalmente las busca demasiado cerca.

Si quiero citar las razones de lo que acabo de caracterizar, debo buscarlas en una tendencia profundamente arraigada en el alma humana en la actualidad: una tendencia hacia conceptos e ideas muertos, hacia conceptos e ideas sin vida. Debería resultar comprensible que no se pueda pensar en el futuro, en lo que está por venir, con las mismas ideas con las que se piensa en el pasado y en lo que ya se ha establecido. Pero hoy en día solo se tiene en cuenta lo que, como se dice, se puede demostrar, y al hablar de demostrar se piensa precisamente en el tipo especial de demostración que hoy en día se aprecia. Quien conoce realmente este tipo especial de demostración sabe que con él solo se puede demostrar lo que proporciona verdades relacionadas con lo que muere en primer lugar en el universo. Por eso, en la actualidad solo queremos tener una ciencia o un conocimiento que se refiera a lo que muere, a lo que se extingue. Precisamente aquellas personas que se consideran las más ilustradas solo aman un conocimiento que se refiere a lo que se extingue. También solo aman un deseo que se refiere a lo que se extingue. En el sentido más amplio de la palabra, diría que, aunque no seamos conscientes de ello, en el presente solo queremos gestionar lo que se hunde. No nos atrevemos a pensar en lo que está por venir, porque lo que está por venir no se puede abarcar en términos tan rígidos y limitados que se puedan demostrar, como lo que está pereciendo. Y hoy en día nos protegemos contra todas las adversidades que, en realidad, provienen de lo que acabo de describir.

Si se habla en contra de estas cosas, —y hay que hacerlo—, se corre el riesgo de ser tachado de fantasioso, diletante y cosas por el estilo, o quizá de algo mucho peor. Hoy en día se buscan términos que puedan proteger a uno contra la necesidad de pensar en lo que es fructífero y germinal para el futuro. En este sentido, hay un concepto que debe inculcarse a las personas que se consideran las más inteligentes, los líderes: el concepto de «conservación de la materia y la energía», tal y como se entiende hoy en día. Hoy en día, es evidente que cualquiera que no admita ante un determinado foro que esta es una verdad fundamental de toda ciencia, la de la indestructibilidad de la fuerza y la materia, es un «buey». Y, sin embargo, la cuestión es la siguiente: si nos sumergimos realmente en la observación del universo, lo que llamamos materia y energía es algo efímero, algo que se desvanece; y toda la ciencia, todo el conocimiento que podemos adquirir sobre la materia y la energía es ciencia de algo efímero.  Dado que solo se desea la ciencia de lo efímero, ya que solo se desea gestionar lo efímero en la ciencia, se decreta dogmáticamente, con el fin de tener algo sólido y permanente, que la materia, que sin embargo solo se refiere a algo efímero, es eterna, o que la fuerza es eterna. Esta ley de la conservación de la materia y la energía desempeña un papel muy importante también para aquellos que no se ocupan de la ciencia correspondiente, un papel tal que se ha infiltrado en todo. Nuestra educación científica es tal que lo que se forma como resultado del pensamiento de la conservación de la materia y la energía se introduce en toda la literatura popular y se convierte en algo natural para la gente.

Ahora bien, gracias a la «Ciencia oculta en líneas generales» conocemos la evolución a través de las eras de Saturno, el Sol, la Luna y la Tierra, etc. Nada de lo que hoy se denomina materia y energía va más allá de lo que se conoce como la evolución de Venus. Así pues, incluso para las materias más duraderas, lo que llega hasta la evolución de Venus ha llegado a su fin. Nos encontramos sobrepasando el punto medio de la evolución de nuestro mundo, tal y como podemos observarla, y nos encontramos en el quinto período del desarrollo terrestre, del cual también hemos sobrepasado el punto medio. Hemos sobrepasado el punto medio y ya vivimos en el período declinante del desarrollo terrestre, es decir, en el tiempo en el que ha tenido lugar el desarrollo descendente, la desaparición de la materia y la fuerza.  Y cuando estudiamos física y química, la visión correcta sería que nos dijéramos a nosotros mismos: con los conocimientos que obtenemos en física y química, solo tenemos conocimientos que se refieren a lo efímero, a lo que desaparece en el universo, cuando menos, con la evolución de Venus. En todo el ámbito de lo que hoy se busca como ciencia, no hay nada que se refiera a lo permanente; porque con las ideas y los conceptos que se pueden demostrar hoy en día de la manera popular, solo se puede encontrar lo que es efímero en el sentido que acabamos de señalar. Solo nos movemos en lo efímero.

Como ven, es necesaria una corrección esencial de los conceptos en este ámbito tan fundamental, y precisamente aquellas personas que hoy se consideran especialmente cultas en materia científica tendrán mucho que aprender para poder sustituir sus conceptos habituales por los correctos. Pero ¿por qué digo todo esto, si tal vez el asunto no parece especialmente importante en su generalidad?

Es importante, porque según estos conceptos, que las personas adquieren hoy en día en la dirección que acabamos de caracterizar, según estos conceptos, que viven en todo el pensamiento actual, se forman también los otros conceptos, según los cuales se quiere, según los cuales se organiza la voluntad. Los conceptos sociales, los conceptos políticos se forman según la forma de pensar que se ha desarrollado de esta manera. Se forman según el uso peculiar que se hace de tales fuerzas, que consiste en querer administrar solo lo efímero en los conceptos, y eso se transfiere también a los conceptos de la vida. Esto se manifiesta de manera especialmente llamativa cuando se señalan los puntos del programa de aquellas personas que, en su confianza en sí mismas, se consideran las más progresistas, por ejemplo, en los puntos del programa de algunos socialistas, precisamente aquellos socialistas que hoy en día dan mucho que hablar y que, en mayor o menor medida, tienen su punto de partida en la teoría de Karl Marx.  Esta teoría marxista es actualmente la desgracia de Rusia, porque, —por razones que expuse la última vez—, lo que está sucediendo en Rusia, según las condiciones históricas, solo puede suceder allí a partir del marxismo. Esta visión es también la expresión más extrema de la voluntad de administrar únicamente lo que está desapareciendo. Quien se familiariza con las ideas de esta corriente sabe que quienes profesan fanáticamente las ideas del marxismo creen tener ideas prometedoras para el futuro. Precisamente en estas ideas tienen, en el ámbito social, aquellas que solo pueden referirse a lo que está pasando. Esto se manifiesta de manera ingenua precisamente en esta llamada cosmovisión socialista, ya que rechaza por completo la formulación de ideas fructíferas para el futuro. Predica precisamente las bendiciones de la falta de ideas. A menudo utiliza la fórmula: hay que eliminar lo que existe actualmente; entonces, sin pensarlo, surgirá algo del caos. Es una afirmación radical. Pero si incluso aquellos que la expresan de forma radical, —en el sentido de la última reflexión que hicimos hace ocho días—, han recibido una buena educación en el sentido de la Iglesia a lo largo de los siglos y no hacen más que mostrar los acontecimientos de los últimos siglos desde dentro de la Iglesia, hay que decir lo siguiente: En realidad, esta visión quiere rechazar por completo el cultivo de ideas germinales; solo quiere tener ideas que se refieran a lo fundamental, solo puede producir ideas con las que se puedan destruir instituciones. Se cree tener algo germinal, pero eso no es lo importante, sino cómo se plasman las ideas en la realidad. En realidad, estas ideas no se ocupan en absoluto de explorar nada nuevo, sino que solo se ocupan de introducir elementos destructivos en una institución existente. Este socialismo me parece como una dama, —para la gente de hoy en día, sin embargo, eso ya es cosa del pasado—, que no soporta la crinolina. Odiaba la amplia falda con aros. Hay que cambiarla, dijo. ¿Y qué hizo? La rellenó con guata. Así, por fuera parecía exactamente igual que antes, pero por dentro estaba rellena de guata. Así actúan los socialistas: no piensan en fertilizar con nuevas ideas lo que la historia ha creado, sino en dejarlo tal cual, pero solo para sustituir a los administradores anteriores por ellos mismos. Mantienen la crinolina, la rellenan de guata. También ahí, en una visión extrema, solo el anhelo de administrar lo que se está pudriendo, lo que está muriendo. ¿En qué se basa eso?

Se basa en que con los conceptos de la ciencia actual, que se limita a lo sensual, la ciencia que se basa en el entendimiento, que solo tiene en cuenta la percepción sensual, solo se puede alcanzar lo que pasa. En la naturaleza solo se puede alcanzar lo que conduce a la muerte, no lo que sigue viviendo. Lo vivo no se puede captar. En la cultura también solo se puede captar lo que muere, no se puede captar lo germinal, lo que crece. Porque lo que germina, lo que crece, debe captarse al menos con la imaginación, al menos con el primer nivel del conocimiento superior, tal y como se describe, por ejemplo, en el libro «¿Cómo se obtienen conocimientos de los mundos superiores?». Y para poder llegar a ciertos conocimientos superiores de lo que está por venir, hay que saber aplicar la intuición y la inspiración. Si los seres humanos abordan las cosas con los conceptos actuales, pueden hablar todo lo que quieran, pero solo hablan de lo que es la administración de lo que está en la base, si no se comprometen a abordar lo que solo puede verse como lo que está por venir en el conocimiento suprasensible. Hoy en día, las cosas se encuentran realmente en una encrucijada. No se puede saber nada sobre ciertas cosas y hay que adentrarse en el caos cultural en el que ya vivimos suficientemente si no se quiere entrar en la contemplación de lo espiritual.

Lo que necesitamos, y lo que se persigue con la ciencia espiritual, es una especie de renovación de los misterios en el sentido actual. Para ello es necesario, por supuesto, comprender el significado de los antiguos misterios y, a continuación, comprender el significado de aquella época que fue, en cierto modo, una etapa intermedia entre los antiguos misterios y los que deben venir como nuevos misterios. Todo esto debe comprenderse. Lo más sorprendente para los discípulos de los antiguos misterios era que se les mostraba claramente que el antiguo clarividente atávico, que el conocimiento oculto, estaba condenado a la desaparición. Esto no se podía comprender con el conocimiento intuitivo en sí mismo, para ello había que estar iniciado en los misterios. A las personas se les mostraba que a la humanidad debía llegarle algo diferente al antiguo clarividente que miraba dentro del mundo espiritual. A los discípulos de los misterios se les revelaba que en la constitución del alma humana, lo antiguo, aquella aparición de lo universal en la imaginación, estaba condenado a la muerte. Se les explicaba más o menos de la siguiente manera: lo que se puede ver en la Tierra con los sentidos físicos no es lo que contiene los verdaderos misterios de la existencia terrenal. Estos misterios auténticos solo pueden revelarse cuando el alma humana, en una contemplación clarividente, descubre los misterios del cosmos, los misterios de lo extraterrenal, cuando esta alma comprende lo que ocurre en el cosmos exterior, lo extraterrenal, lo extratellúrico. Porque eso era lo que se captaba en la antigua clarividencia, y no lo que sucedía en la Tierra. A los discípulos de los misterios se les revelaba que tal conocimiento, tal ascenso al cosmos, ya no sería posible. Y a aquellos que debían penetrar en el misterio de Cristo se les revelaba algo más. 

Se llegó aproximadamente a la siguiente idea. Aunque los antiguos clarividentes atávicos no hablaran de Cristo, sus inspiraciones provenían del mundo en el que Cristo siempre había estado, porque Cristo es un ser cósmico. En todo lo cósmico, en todo lo universal del mundo, de donde fluye lo que se revela al ser humano en la clarividencia atávica, vive Cristo. Pero a partir del momento en que debía suceder el misterio del Gólgota, esto ya no sería accesible para los seres humanos de la antigua manera. ¿Qué sucedió? Pues bien, Cristo descendió de ese mundo, bajó del cosmos a la Tierra. Como el cosmos ya no era accesible para los seres humanos, tal y como lo era en la antigüedad, porque ya no podían encontrar a Cristo de la antigua manera, porque ese tipo de conocimiento, esa disposición del alma, en la que antes se contemplaba el mundo en el que estaba Cristo, había desaparecido, por eso Cristo tuvo que descender a los seres humanos. Y él descendió. Por lo tanto, todo lo que los espíritus iluminados de la antigüedad habían reconocido en los cultos mistéricos paganos, en la ciencia mistérica pagana del mundo espiritual, debía resumirse en Cristo. Eso debía verse en Cristo. Era necesario saber qué ser cósmico había descendido del cosmos a la Tierra en Cristo. Eso es lo primero.

La otra cosa era la siguiente. Les decía, que de todo lo que se puede ver en el mundo exterior en las instituciones naturales, sociales y culturales, la mente y los sentidos solo pueden ver lo efímero, solo pueden obtener un conocimiento de lo efímero de la naturaleza, que se extenderá hasta la existencia de Venus. Pero en el conocimiento cultural, a menudo ya se está en la decadencia cuando se cree tener ideas que significan un devenir. En lo que se puede percibir con los sentidos y comprender con la mente no hay ningún germen para el futuro. En todo ello está lo condenado a la muerte. Si solo existieran tales cosas, solo habría conocimiento de la muerte, pues la realidad misma que nos rodea está condenada a la muerte. ¿Dónde hay algo duradero? ¿Dónde está aquello que sobrevivirá como imperecedero más allá de esta existencia exterior y condenado a la muerte? ¿Dónde está aquello que realmente se conservará, mientras que los átomos y las fuerzas, que la superstición física cree que se conservarán, no se conservan, sino que perecen?

Solo en el ser humano. De todos los seres, de los animales, las plantas, los minerales, del aire, el agua y todo lo que perece, solo hay uno que se conserva más allá de la evolución terrestre y de la evolución que seguirá a la existencia terrenal: solo lo que vive en el ser humano. Solo el ser humano lleva en sí algo en la Tierra que es duradero. No se puede hablar de la conservación de los átomos, de la materia y de la fuerza, solo se puede hablar de la conservación de algo en el ser humano. Pero eso solo puede verse a través de la imaginación, la inspiración y la intuición. Todo lo demás, lo que no se ve en el conocimiento suprasensorial, no es permanente. Lo suprasensorial, —lo sensorial es todo efímero—, lo que perdura, solo puede comprenderse, por tanto, en el conocimiento suprasensorial. En el ser humano que camina por la Tierra se encuentra todo lo que de toda la existencia terrenal se salvará más allá de la Tierra. Si preguntamos: ¿Dónde está la semilla de algo que crece más allá del desarrollo de la Tierra, Júpiter y Venus, que crece desde la cultura actual hacia la cultura del futuro? —, debemos decir: En nada fuera de la Tierra, solo en lo que hay en el ser humano. En la parte de su ser que solo es accesible al conocimiento suprasensible, el ser humano es lo que contiene en sí mismo la semilla del futuro. Y solo habla correctamente del futuro quien tiene la voluntad de comprender lo suprasensible; de lo contrario, todo aquel que habla del futuro habla erróneamente. Por eso, Cristo, que procedía de mundos cada vez más inaccesibles para el conocimiento humano, tuvo que descender también al conocimiento humano, tuvo que unirse al ser humano, tuvo que establecer su morada en Jesús y convertirse así en Cristo Jesús, porque solo en un cuerpo humano se encontraba lo que era prometedor para el desarrollo de la Tierra. Por eso, en Cristo tenemos lo cósmico, pero ese cósmico que en el conocimiento antiguo solo podía ser comprendido de forma inmediata; y en Jesús, a quien Cristo vino, tenemos lo que de ahora en adelante solo en la voluntad humana lleva la semilla del futuro. No se comprende a Cristo si solo se quiere comprenderlo como Cristo o solo como Jesús. No se le comprende si solo se habla del Cristo, porque el Cristo del que hablaban, por ejemplo, los antiguos docetas, una especie de gnósticos, ya no se puede comprender; pertenece a la antigua clarividencia atávica. No se comprende a Jesús si no se quiere aceptar al Cristo que se ha incorporado a Jesús. No se comprende que solo a través del germen humano en la Tierra se puede salvar lo cósmico para el futuro, si no se quiere aceptar al Cristo en Jesús.

Comprender en qué medida Cristo Jesús es este ser doble es una gran tarea. Pero al mismo tiempo, muchos se esforzaron por crear obstáculos precisamente para la comprensión de Cristo Jesús como un ser doble. Así, en los tiempos modernos se trató de hacer olvidar por diversos medios que Cristo habitaba en Jesús. Por un lado, está esa doctrina teológica extrema que solo quiere hablar del «hombre sencillo de Nazaret», es decir, que en realidad solo habla del hombre de naturaleza sensual y no del hombre que lleva en sí la semilla del futuro. Por otro lado, está aquella sociedad que se fundó para combatir a Cristo y, con este fin, crear una imagen falsa de Jesús: la sociedad del jesuitismo, cuya esencia es expulsar la imagen de Cristo de la imagen de Cristo Jesús y considerar a Jesús, en cierto modo, como el tirano de la humanidad en desarrollo. Todo esto hay que verlo en su contexto. Porque los diversos impulsos a los que se alude tienen más influencia en la vida actual de lo que se cree; tienen una influencia muy intensa en la vida actual. Y quien no abra los ojos y no tenga el deseo de comprender los fenómenos concretos que suceden a su alrededor, nunca podrá sino sorprenderse por todo lo que viene; no llegará a comprender claramente las cosas que aquí se insinúan. Sin embargo, nuestro presente es, en muchos aspectos, demasiado cómodo como para querer aclarar estas cosas. Los conceptos de la ciencia espiritual son demasiado difíciles. Por eso, la gente los tacha de diletantes, poco científicos, fantásticos y cosas por el estilo. Al mismo tiempo, se condenan a sí mismos, por las razones que acabo de mencionar, a no contar con nada que pueda tener realmente futuro. 

Así vemos hoy a nuestro alrededor ese páramo en medio del caos al que nos han llevado las antiguas confesiones religiosas y corrientes culturales. En medio de este caos, que la gente hoy en día llama guerra con una extraña ingenuidad, cuando hace tiempo que dejó de ser una guerra para convertirse en algo completamente diferente, en medio de este caos vemos la desolación de los pensamientos y las ideas, porque las ideas y los pensamientos que no son desoladores solo pueden provenir de la comprensión de lo suprasensible, de lo espiritual, y porque hoy el ser humano debe decidir entre administrar solo lo que pasa, lo que muere, y convertirse en discípulo de Lenin, o contar con lo suprasensible, que contiene lo que debe venir. No me refiero precisamente a este único Lenin, que ahora causa estragos en el este de Europa; lo tomo más bien como un símbolo, porque tenemos muchos, muchos Lenines como él en todo el ámbito de la vida actual que nos rodea, en uno u otro ámbito. Solo que no se quiere abordar nada más que lo que está muriendo.

Recuerden, por favor, algo que ya señalé aquí en otra ocasión. La planta está viva, les decía que pueden describirla como algo vivo. Pero ¿qué describe hoy la ciencia convencional sobre la planta? No lo que vive en su interior, porque eso es suprasensible, sino lo que llena lo vivo, lo que en su interior es muerto, lo mineral. En la ciencia actual no se describe nada más que lo que, como mineral, llena a los seres vivos y lo que provoca la muerte en los seres vivos. Por eso, hoy en día tampoco se pueden alcanzar conceptos realmente fructíferos sobre la naturaleza. Los conceptos que se tienen en la botánica actual no son conceptos llenos de vida, sino que describen algo que está lleno de piedrecitas, de minerales. En todas partes hay minerales circulando. Esto también se describe en los animales y en los seres humanos. Tan pronto como se trasciende este mineral circulante en las plantas, los animales y los seres humanos, estos se convierten en algo completamente diferente.

Tomemos, por ejemplo, al señor von Uexküll, autor del ensayo «Im Kampf um die Tierseele» (En la lucha por el alma animal). Este señor von Uexküll está obsesionado con una crueldad masoquista en lo que respecta a toda la ciencia del alma, obsesionado con todo lo que de alguna manera recuerde a la ciencia del alma. He dicho «crueldad masoquista» porque en este ensayo se puede leer: no se debe decidir si existe o no el alma; solo se debe decidir que la ciencia no puede determinar nada al respecto. Quien es verdaderamente cruel, también mata; quien es cruel de forma masoquista, como este señor von Uexküll, solo prueba a matar, se burla. Ese es el tipo de ciencia actual; solo que no nos damos cuenta porque no nos gusta admitirlo. No queremos romper la barrera que nos separa de lo que nos rodea. Por eso no podemos elevarnos a los conceptos que realmente necesitamos para que el ser humano vuelva a aprender a comprender su entorno.

Sabemos por la ciencia espiritual que lo esencial, lo central del ser humano, desciende de los mundos espirituales y se une a lo que, como envoltura carnal y material, rodea al ser humano entre el nacimiento y la muerte o entre la concepción y la muerte. Hoy en día se investigan los problemas de la concepción, el nacimiento y el desarrollo embrionario, pero no se pueden investigar, porque solo se estudia lo muerto incrustado en lo vivo. De este modo, nunca se llegará a comprender lo que hace que la humanidad sea única y comprensible: cuando el ser humano desciende del mundo espiritual, es recibido por el padre y la madre, y luego pasa por todo el desarrollo embrionario. Hoy en día, la ciencia vive en la presunción de que el padre y la madre dan la existencia al niño. Y como el padre y la madre son el centro de la familia y la familia es la base de la comunidad social, las comunidades sociales, que son la familia ampliada, también consideran al ser humano como su propiedad. Esto da lugar a conceptos muy amargos en la actualidad. Pero no es así.

¿Qué le aporta el acto de la concepción al ser humano? ¿Qué obtiene el ser humano del acto de la concepción? Lo que el ser humano recibe, —como puede demostrar la ciencia espiritual—, es la posibilidad de ser un ser mortal; la posibilidad de morir la obtiene mediante el acto de la concepción. Tomen lo que se describe en mis diferentes libros: reconocerán que lo que ahora digo es la consecuencia lógica de los hechos. Ya en el momento de la concepción, se le incorpora al ser humano aquello que hace posible su muerte aquí en la Tierra. Toda la vida entre el nacimiento y la muerte es un desarrollo hacia la muerte, y la muerte se inculca en lo concebido. Lo que el ser humano es como ser humano, como ser vivo, no se genera de alguna manera en el momento de la concepción, sino que a este ser, por lo demás inmortal, se le inocula únicamente lo que contiene la posibilidad de morir. Los padres solo pueden dar al niño la muerte, —por decirlo de forma extrema—, solo la posibilidad de llevar un cuerpo mortal aquí en la Tierra.  Lo que vive en este cuerpo debe venir a través de lo que desciende del mundo espiritual. El hecho de que todo este organismo, todo el mecanismo que envuelve al ser humano y que recibe con el germen de la muerte al ser concebido, sea viable en absoluto, se debe a lo que desciende del mundo espiritual. Hay que aprender a conectar al ser humano, en su forma más concreta, con el desarrollo del mundo espiritual. Para ello habrá que aprender a no tener ese miedo cobarde al conocimiento de los problemas más elevados, que hoy en día tiene la ciencia actual, sino a abordar realmente estos problemas más elevados. Si se rehúye ante ellos, tampoco se puede comprender lo que vive en el entorno inmediato.

En el entorno inmediato, —se puede decir así—, viven hoy en día los pueblos más diversos. Piensen, por ejemplo, en los conceptos falsos que Woodrow Wilson elaboró a partir del concepto de pueblo, del concepto de nación. Hemos hablado de ello a menudo. Hay que tener claro que no se puede entender este concepto de pueblo si no se tiene en cuenta toda la evolución de la Tierra. ¿De dónde proviene la división de la humanidad en pueblos?

Sabemos por la ciencia espiritual que la evolución se ha desarrollado de tal manera que primero tuvimos la encarnación de Saturno en la Tierra, seguida de la encarnación del Sol, luego la encarnación de la Luna y, a continuación, el estado actual de la Tierra; después vendrá una encarnación de Júpiter y así sucesivamente. Pero esto no sucedió de forma tan sencilla, como si un cuerpo antiguo de Saturno se hubiera transformado en un cuerpo solar, lunar y terrestre, sino que primero se produjo una separación del Sol y la Tierra, y luego una separación de la Luna y la Tierra, de modo que tenemos una evolución continua y algo que se separó se volvió a unir y luego se separó de nuevo. Precisamente lo que antes llamé desarrollo cósmico, la separación, influyó en la antigua clarividencia. Y en esta clarividencia permaneció de forma totalmente inconsciente, permaneció «ctónico», como se denomina en la antigua clarividencia, en el desarrollo continuo de la Tierra, lo que es el germen humano del futuro. Porque lo que viene del universo estaba destinado a morir, solo se conservó porque fue capturado por la fuerza luciférica. Así se formaron las distintas diferenciaciones en naciones, en pueblos: desde el cosmos; pero las fuerzas cósmicas están impregnadas de fuerzas luciféricas. Frente a estos pueblos tan diferenciados se encuentra lo que, incluso en tiempos mejores que los actuales, se ha comprendido: lo universalmente humano. Esto tiene un origen completamente diferente. Es aquello de lo que se puede hablar in abstracto, pero de lo que en realidad solo se habla cuando se comprende verdaderamente lo que hay como germen de futuro en el ser humano. En él no hay nada de nación, nada de pueblo; porque es lo que no descendió del cosmos, sino aquello a lo que Cristo se dirigió y con lo que se unió. Cristo no se unió a ninguna nación, como lo hizo la deidad Jehová, sino que se unió a lo universalmente humano. Él estaba en la comunidad de los dioses de los que surgieron las naciones, pero abandonó ese ámbito cuando estaba maduro para la destrucción, vino a la Tierra y tomó su lugar en lo universalmente humano. En relación con Cristo Jesús, la mayor blasfemia es utilizarlo para algo distinto de lo universalmente humano, donde se dice: «No yo, sino Cristo en mí».

Comprender esto es, en cierto modo, una de las ideas más importantes del futuro. Una de las ideas más importantes del futuro es comprender la relación de Cristo Jesús con la humanidad, comprender también todo lo que es meramente étnico fuera del ámbito de Cristo Jesús, porque es un vestigio antiguo de lo que en realidad estaba maduro para la destrucción en la época del misterio del Gólgota. Pero todas las cosas permanecen en el mundo, como frutos secos, más allá del momento en que están maduras para su desaparición. Así, de lo que en realidad estaba maduro para la destrucción, no pudo quedar nada más que aquella ciencia que en su conocimiento solo quiere administrar lo que está desapareciendo, que, como las actuales ciencias naturales o sociales, solo se ocupa de ideas que pueden administrar lo que está desapareciendo: ya sea lo que está desapareciendo y muriendo en la naturaleza, o lo que está desapareciendo y muriendo en la cultura, como he mostrado. 

En nuestra historia cultural se puede ver a veces cómo chocan duramente lo que está desapareciendo, que quiere vivir en ideas muertas y abstractas y se engaña a sí mismo pensando que son algo importante, y lo que quiere apoderarse del germen humano, que es lo único que tiene futuro. A menudo he llamado la atención sobre aquella significativa conversación que Goethe mantuvo con Schiller cuando ambos asistieron a una reunión de la Sociedad de Naturalistas en Jena, en la que el botánico Batsch dio una conferencia sobre las plantas, y Schiller, al marcharse, le dijo a Goethe: «La visión botánica es algo que lo fragmenta todo, que expulsa lo que une». Goethe dibujó entonces ante Schiller su metamorfosis vegetal con unos trazos característicos. A lo que este respondió: «Pero eso no es una experiencia, es una idea». Schiller no podía elevarse a la visión del hombre prometedor, según la cual este podría volver a encontrar lo prometedor en el mundo exterior, es decir, lo suprasensible. Por eso respondió a Goethe: «Eso no es una experiencia, ni una observación, es una idea». Goethe respondió: «Entonces veo mis ideas con los ojos». Para él, lo que anotaba era algo que también veía, algo que le resultaba tan real como algo «contemplado con los sentidos físicos». Allí estaba aquel que, como Schiller, no podía elevar la mirada hacia lo suprasensible, sino que solo tenía en mente la idea abstracta y muerta, frente a Goethe, que quería extraer de lo reconocido en la naturaleza lo que es prometedor para el futuro, lo imperecedero en el ser humano, frente a lo cual todo lo perecedero es solo una parábola que él quería conectar con lo imperecedero, y que por eso no fue comprendido, porque contemplaba lo suprasensible, lo imperecedero, como algo sensible. Por eso, la necesidad imperiosa de nuestro tiempo debe ser un goetheanismo más desarrollado, más perfeccionado en su ámbito. Y solo entonces se hará la luz, cuando se comprenda que algo como las distintas confesiones, también la mosaica, especialmente la católica, no son más que continuaciones de lo antiguo, que ya no debería existir, y que se interponen en el desarrollo como algo decadente, que solo se afianza por medio de un poder externo, y que junto a este antiguo elemento que se interpone, se planta aquello que desde el principio solo quiere llevarse lo efímero hacia el futuro. Lo que se expresa de tal manera que solo quiere llevarse lo efímero es el americanismo. En ello se basa la afinidad entre el americanismo y el jesuitismo, de la que hablé la última vez.

Todo esto se contrapone al goetheanismo. Tampoco me refiero a algo dogmático y fijo, sino que hay que usar nombres para algo que va mucho más allá del nombre. Por goetheanismo no entiendo lo que Goethe pensó hasta el año 1832, sino algo que tal vez solo se pueda pensar en el sentido de Goethe en el próximo milenio, algo que pueda surgir de la visión, la imaginación y el sentimiento de Goethe. A esto se debe que, precisamente en lo que tiene que ver con el goetheanismo, todo lo que se aleja de él vea en él a su verdadero enemigo. En este ámbito se experimentan, diría yo, las paradojas culturales más fuertes. Es verdaderamente una especie de paradoja cultural que el libro más ingenioso sobre Goethe, a pesar de todo lo que habla en contra, lo haya escrito un jesuita: el padre Baumgartner. Es un libro que critica duramente a Goethe. Lo característico es precisamente que todo lo que es de alguna manera jesuítico se opone a Goethe. Pero este es un libro ingenioso y profundo, no escrito con meras observaciones, y sin embargo Goethe se ve afectado. Mientras que en el libro del importante caballero inglés ZLewes se describe a un burgués del siglo XVIII, nacido en Fráncfort del Meno en 1749, que fue a Leipzig como estudiante, luego fue llamado a Weimar y viajó a Italia, llamado Johann Wolfgang Goethe y admirado erróneamente. No se escribe un libro poniendo «Johann Wolfgang Goethe» en el título y describiendo, por lo demás, a un burgués provinciano del siglo XVIII. El libro jesuita sobre Goethe plantea una paradoja cultural, porque en él se vuelve a ver cómo se desarrollan las contraposiciones de fuerzas en la época moderna, dónde están realmente las verdaderas contraposiciones de fuerzas.

A menor escala, esto también se refleja en nuestro caso. Mientras pudimos ser considerados una «secta oculta», la antroposofía apenas fue objeto de ataques. Ahora que se está difundiendo un poco, ya se ven los ataques más furiosos, por ejemplo, precisamente por parte de los jesuitas, y los números de la revista «Stimmen aus Maria Laach» (Voces de Maria Laach), ahora «Stimmen der Zeit» (Voces del tiempo), ya no se conforman con un artículo, sino que escriben números enteros sobre lo que yo llamo «antroposofía». Por eso tengo que recordar una y otra vez que, cuando llegan ataques desde ese lado, no hay que creer que, desde el punto de vista de esas personas, sería mejor para nosotros decir: «Nosotros hablamos del Cristo, promovemos la comprensión del Cristo», etc. ¡Es precisamente eso lo que esas personas prohíben! Eso es precisamente lo que no se debe hacer. A menor escala, esto también se refleja en nuestro caso. Mientras pudimos ser considerados una «secta oculta», la antroposofía apenas fue objeto de ataques. Ahora que se está difundiendo un poco, ya se ven los ataques más furiosos, por ejemplo, precisamente por parte de los jesuitas, y los números de la revista «Stimmen aus Maria Laach» (Voces de Maria Laach), ahora «Stimmen der Zeit» (Voces del tiempo), ya no se conforman con un artículo, sino que escriben números enteros sobre lo que yo llamo «antroposofía». Por eso tengo que recordar una y otra vez que, cuando llegan ataques desde ese lado, no hay que creer que, desde el punto de vista de esas personas, sería bueno para nosotros decir: «Hablamos del Cristo, promovemos la comprensión del Cristo», etc. ¡Es precisamente eso lo que esas personas prohíben! Eso es precisamente lo que no se debe hacer. No se debe afirmar nada sobre Cristo que no forme parte de las enseñanzas de la Iglesia. Por eso, en nuestros círculos ya no se cree tan ingenuamente que por ser buen cristiano se pueda reconciliar el catolicismo. Precisamente por ser un buen cristiano, por hacer todo lo posible por promover el cristianismo, uno se convierte en el mayor enemigo del catolicismo, por lo que será necesario, y cada vez más, velar por que desaparezca de nuestro círculo la ingenuidad con respecto a las cosas que nos rodean. En nuestros círculos debe haber cada vez más espacio para querer ver qué fuerzas, qué fuerzas en declive y en auge, viven en nuestro entorno. Debemos superar ese anhelo, tan frecuente entre nosotros, de aspirar solo a un mundo un poco imaginativo. He dicho a menudo que debemos superar esa aspiración a un mundo un poco imaginativo. Debemos ser capaces de vincular nuestra ciencia espiritual a los conceptos culturales del presente y convertirnos en observadores agudos de lo que vive en el presente, porque solo desde el punto de vista de esta ciencia espiritual se puede observar realmente el presente. Cuántos vienen a mí y me dicen: «He visto esto y aquello». Bueno, pues eso es lo que han visto. Las imaginaciones no están tan lejos del desarrollo humano. ¿Era ese el guardián del umbral?, —pregunta entonces más de uno—. Pero las respuestas a estas cosas no son tan sencillas como un sí o un no, pues las respuestas abarcan todo el desarrollo humano. Pero las respuestas están dadas. Ahora estoy corrigiendo mi «Ciencia oculta», que se publicará en una nueva edición. Veo que en ella se encuentra realmente todo lo necesario para responder a tales preguntas. Todas las precauciones, todas las restricciones que hay que imponerse están descritas con precisión en ella. Los sentimientos, las sensaciones que hay que desarrollar están descritos allí. Y esto se indica claramente, solo hay que leer con atención. Si hubiera tenido que exponer con todo detalle lo que contiene la ciencia oculta, habría tenido que escribir treinta volúmenes. Hay que pensar al leer este libro, hay que sacar conclusiones; pero se pueden sacar. No me gusta escribir libros gruesos, pero queda claro: sin duda, quien aspira al mundo suprasensible aspira a encontrarse con el guardián del umbral; pero encontrarse con este guardián del umbral no es tan sencillo como tener una imaginación onírica. La forma más cómoda de entrar en el mundo suprasensible es a través de una imaginación onírica. El encuentro con el guardián del umbral es una tragedia, una lucha vital en relación con todos los conceptos del conocimiento, con todas las leyes del conocimiento y con todas las conexiones del ser humano con el mundo espiritual, con Ahriman y Lucifer. Esta catástrofe vital es inevitable si se quiere encontrar al guardián del umbral. Si solo se impone ante una persona en una imaginación onírica, significa que alguien quiere pasar cómodamente por alto para tener como sustituto, —ahora se ama el sustituto—, el sueño del guardián del umbral. 

Hay que pensar con sensatez sobre estas cosas. Entonces se verá que en este pensamiento sensato se encuentra la base para la curación de toda superstición y de todo aquello de lo que los frívolos detractores acusan a la ciencia espiritual. Además, en esta forma de pensar, en este elevarse para experimentar lo espiritual, se encuentra todo lo que se necesita para salir realmente de la actual catástrofe mundial. Lo que nos lleva más allá no debe ser comprendido en la Tierra, ni solo en lo sensual, ni en las instituciones, que están en decadencia y con las que se explota de forma abusiva lo que hay. ¡Hay que comprender lo que no está ahí! Debemos sentirnos impulsados con ferviente entusiasmo a comprender lo que aún no está ahí. Pero lo que aún no está ahí solo puede comprenderse siguiendo el modelo de lo que se comprende mediante el conocimiento suprasensible. No basta con mirar atrás al pasado. Los Kautsky prefieren mirar hacia el pasado y basan la humanidad en la antropología. Quieren estudiar las condiciones en las que el ser humano aún no había evolucionado para comprender las relaciones sociales del presente. Así lo quieren los auténticos hijos de un catolicismo incomprendido, como es el caso, por ejemplo, de Kautsky. Pero no se puede mirar hacia atrás, al pasado, porque lo que llega hasta el presente más reciente ha sido creado por fuerzas atávicas, instintivamente. En el futuro, nada se hará por instinto. Y si el ser humano solo quiere administrar lo que queda de sus tiempos instintivos, nunca llegará a lo prometedor, a lo que le llevará más allá de esta catástrofe. Lo que es únicamente una comprensión activa y seria del presente está relacionado con la posición correcta respecto al mundo espiritual. 

Tendría mucho que decir si, siguiendo con este tono, quisiera hablarles desde nuestras premisas sobre algunas cosas que actualmente son evidentes. Sin embargo, si durante las semanas en las que no estaremos juntos vuelven a reflexionar sobre lo que se ha dicho en estas consideraciones, y que debería culminar en la necesidad de reconocer la doble figura de Cristo Jesús, entonces este verano, meditando, avanzarán mucho en la comprensión del Cristo cósmico y del Jesús terrenal: que el Cristo cósmico descendió de los mundos espirituales porque estos mundos iban a quedar cerrados a la contemplación humana y porque el ser humano debe comprender lo que hay en él mismo como germen del futuro. En este Cristo cósmico y en el terrenal, en el Jesús humanista y en su unión, se encuentra gran parte de la solución del enigma del mundo, al menos del enigma de la humanidad. En el ser humano se encuentra la semilla del futuro. Pero esta semilla debe ser fecundada por Cristo Jesús. Si no es fecundada, se convierte en arimánica y la Tierra llega a un destino confuso. En resumen, en relación con el misterio de Cristo Jesús encontrarán las soluciones a muchas, muchas preguntas del presente. Pero solo deben esforzarse por buscar las soluciones de tal manera que no se conformen fácilmente con lo que a menudo se considera teosofía o misticismo o similares, con una «unión con lo espiritual», con una «plena fusión con el universo», sino que deben observar realmente las circunstancias reales que nos rodean e intentar penetrarlas con lo que les aporta la ciencia espiritual. Cada vez más, tras resolver muchas preguntas, llegarán a decirse: En verdad, lo que la humanidad busca hoy no es algo teórico, sino algo muy práctico. Se encontrará en un callejón sin salida, admitirá que no puede seguir adelante si no quiere seguir adelante con el espíritu. Todo lo que no quiera caminar con el espíritu se marchitará.

Es una cuestión importante para el futuro de la humanidad si se quiere caminar con el espíritu. Hoy quiero grabar esto especialmente en sus corazones, lo que puede surgir como sentimiento de las reflexiones que acabamos de hacer. Y es probable que hoy sea la última vez que nos reunimos en esta sala, a la que hemos tomado tanto cariño a lo largo de los años por nuestras reflexiones. Hemos decorado esta sala según nuestro gusto, y solo se puede hacer todo en función de lo que hay disponible. La hemos decorado porque siempre nos ha guiado la idea de que nuestro esfuerzo científico-espiritual no debe ser algo meramente teórico, sino que debe expresarse en todo aquello en lo que nos encontramos como seres humanos. Ahora nos la quitan. Tenemos que buscar otra. Por supuesto, en la situación actual no podremos amueblarla como esta; tendremos que conformarnos con la otra. Este lugar nos ha llegado a ser muy querido, porque no podemos creer que se pueda hablar de lo que llamamos el contexto espiritual de la misma manera en todas partes como aquí, donde hemos probado tantas cosas, que en Dornach se han probado a mayor escala. Antes tuvimos que probar muchas cosas. Quizás aún estén presentes algunos que estuvieron allí cuando tuvimos que hablar de nuestras cosas en un local: yo estaba allí, delante de mí estaban los oyentes, detrás de mí el tabernero o la tabernera llenaban las jarras de cerveza. En otra ocasión estuvimos en una sala parecida a un establo, en realidad nos habían asignado otra, pero solo nos dieron esta. En otras ciudades también he dado conferencias en locales donde no había suelo completo, y eso también había que aceptarlo. Pero en realidad no es lo que se puede desear desde la esencia misma de nuestra causa, y alguien nos malinterpretaría si dijera que se puede hablar con el mismo cariño de lo espiritual en cualquier entorno. El espíritu está ahí para penetrar en la materia y impregnarla por todas partes. Ese es también el sentido en relación con la vida social y científica, como he indicado hoy.

Por todo ello, —por supuesto, todos ustedes sabrán cuándo es la última vez que están aquí—, nos resultará sin duda muy difícil separarnos, al cabo de unas semanas, de este espacio que, con la ayuda de nuestros amigos antroposóficos, fue amueblado con tanto cariño en su momento. Pero incluso esta separación debe ser entendida, en nuestro sentido, como un símbolo. Los seres humanos tendrán que separarse de muchas cosas en el transcurso de las próximas décadas. Esto también les sorprenderá; los seres humanos no lo creen. Pero hay algo que debería estar claro para aquellos que realmente han comprendido el impulso más íntimo de la ciencia espiritual: por mucho que pueda tambalearse, hay una cosa que no puede tambalearse: lo que hemos captado en el espíritu y lo que hemos decidido llevar a cabo en el espíritu. Lo que hagamos desde el espíritu, independientemente de cómo se vea desde las apariencias caóticas, resultará ser lo correcto. 

Así, abandonar este local puede ser un símbolo para nosotros. Debemos entrar en otro. Pero llevamos con nosotros aquello que sabemos que no es solo nuestro ser más profundo, sino el ser más profundo del mundo, sobre el que la humanidad debe construir si quiere construir correctamente. El científico espiritual está convencido, lo sabe y se aferra a ello, de que nadie puede quitarnos lo que hemos adquirido a través de la ciencia espiritual, que nadie puede quitárselo a la humanidad, sino que debe conducir a la recuperación de las condiciones humanas. Quizás aún no sepamos cómo vamos a hacer muchas cosas, pero las haremos correctamente en el sentido de la ciencia espiritual. Podemos estar convencidos de ello si nos impregnamos del conocimiento de lo que significa precisamente el goetheanismo para la ciencia espiritual,  Y si, por otro lado, tomamos lo que se ha mencionado aquí recientemente, que el mundo condena y difama precisamente lo que está relacionado con la cultura centroeuropea del siglo XVIII y principios del XIX, y que, si tenemos todo esto presente en nuestra alma, podemos seguir manteniéndonos firmes: Pase lo que pase, esta cultura centroeuropea será fructífera para el futuro de la humanidad. El futuro de la humanidad ya se basa en ella. Y precisamente porque no quieren ese futuro para la humanidad, para salvarse de él, difaman a los oponentes de esta cultura centroeuropea. Pero si comprendemos esta cultura centroeuropea en espíritu, reconocemos su espiritualidad y sabemos que podemos construir sobre ella, entonces también podemos saber: ¡y aunque todos los demonios le hayan jurado la perdición, no perecerá! Pero solo perecerá aquello que no esté conectado con el espíritu verdadero.

Traducido por J.Luelmo nov.2025