CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 26

GA181 Berlín, 18 de marzo de 1918 - Una sensación de comunidad y un sentido de gratitud, un puente hacia los muertos

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RUDOLF STEINER

UNA SENSACIÓN DE COMUNIDAD Y UN SENTIDO DE GRATITUD

UN PUENTE HACIA LOS MUERTOS


Berlín, 18 de marzo de 1918

Hace una semana hablamos sobre cuestiones más íntimas de la vida espiritual humana, sobre cuestiones que preparan la mente para comprender la relación entre los llamados vivos, es decir, los seres humanos que viven en un cuerpo físico, y las almas desencarnadas, aquellos seres humanos que viven entre la muerte y un nuevo nacimiento. Ahora se trata de que, precisamente cuando discutimos un tema así, nos familiaricemos con ciertas ideas fundamentales que pueden introducirnos de manera adecuada en la forma en que el ser humano debe y puede pensar en una relación de este tipo. Porque la realidad de esta relación no depende en absoluto de que el ser humano que vive aquí en la Tierra sea consciente de que tiene alguna relación con un difunto o, en general, con tal o cual entidad del mundo espiritual. En realidad, lo que ahora digo es evidente para quien reflexiona sobre estas cosas; pero precisamente en el ámbito de la ciencia espiritual a veces es necesario aclarar lo que es evidente.

El ser humano siempre está en relación con el mundo espiritual, siempre está en cierta relación con aquellos difuntos que están vinculados kármicamente con él. Por lo tanto, es muy diferente hablar de la realidad de esta relación o de la conciencia más fuerte o más débil que podemos tener de ella. Sin embargo, es importante para todos, —incluso para aquellos que solo pueden creer que tal conciencia les es completamente ajena—, experimentar lo que dice esa conciencia, porque en realidad le dice a cada uno realidades en las que siempre está inmerso. Precisamente en relación con la relación de los llamados seres humanos vivos con los llamados muertos, hay que tener claro lo siguiente: en cierto sentido, esta relación es más difícil de tomar conciencia que la relación con otras entidades del mundo espiritual. Ver, contemplar y alcanzar una conciencia de los seres de las jerarquías superiores, e incluso recibir ciertas revelaciones de las jerarquías superiores, es relativamente más fácil que tomar conciencia de una relación muy concreta con los muertos, es decir, tomar conciencia de ello de una manera verdaderamente correcta. Y esto se debe a la siguiente razón.

Conforme pasa el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento, el ser humano vive en condiciones de existencia muy diferentes a las del mundo físico. Basta con echar un vistazo a lo que se dice en el ciclo de conferencias «La esencia interior del ser humano y la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento» para ver qué ideas y conceptos, diferentes de la concepción física del mundo, hay que aplicar para hablar de la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento. ¿Por qué son tan diferentes estas ideas que hay que aplicar de lo que estamos acostumbrados en la conciencia ordinaria? Esto se debe a que, debido a ciertas condiciones, —lo discutiremos a lo largo de este invierno—, el ser humano, entre la muerte y el nuevo nacimiento, ya anticipa de cierta manera lo que serán las condiciones de vida de la próxima encarnación terrenal, la naturaleza de júpiter. Sin embargo, el ser humano vive, por así decirlo, en un refinamiento espiritual, vive de tal manera que lo que ahora experimenta entre la muerte y el nuevo nacimiento ya le recuerda lo que serán las primeras condiciones de vida del desarrollo de Júpiter. Debido a que el ser humano, en cierto modo, ha conservado aquí, en su vida durante la encarnación terrenal, algo de las encarnaciones anteriores de la Tierra, —de la existencia lunar, solar y de Saturno-—, por eso vuelve a absorber algo del futuro en la vida que atraviesa entre la muerte y un nuevo nacimiento. Por el contrario, las entidades de las jerarquías superiores, en la medida en que pueden ser percibidas con la visión humana, están todas vinculadas, —vinculadas de manera actual—, por supuesto, con todo el mundo espiritual, pero en la medida en que este se manifiesta actualmente de alguna forma. En el futuro revelarán lo que está por venir. Por paradójico que pueda parecer lo que digo ahora, así es. Suena paradójico porque puede surgir la pregunta de cómo los seres de las jerarquías superiores desarrollan su actividad [en relación] con los muertos, ya que los muertos ya llevan en sí mismos el futuro. Por supuesto, los seres de las jerarquías superiores también llevan en sí mismos el futuro y tienen la posibilidad de formarlo. Pero no lo hacen sin formar algo que es inmediatamente característico del presente. Y eso es lo que ocurre con los muertos. Por esta razón, para tomar conciencia del contacto con los muertos, como preparación, es necesario ver lo que realizan las jerarquías superiores. Y solo cuando se ha logrado una sensación anímica más o menos consciente hacia los seres de las jerarquías superiores, esta alma, gracias a su capacidad de percepción y sensación hacia las jerarquías superiores, puede gradualmente tomar conciencia de algo sobre la comunicación con los muertos. No quiero decir con esto que haya que captar de forma clarividente las jerarquías superiores, sino que hay que comprender, en la medida en que la ciencia espiritual lo permite, —y lo permite—, lo que fluye de las jerarquías superiores hacia la existencia. En todas estas cosas lo importante es comprender. Entonces, sin embargo, cuando uno se esfuerza por comprender estas cosas desde el punto de vista de la ciencia espiritual, pueden darse también aquellas condiciones de existencia que ya evocan en la conciencia algo de una conexión entre los llamados vivos y los llamados muertos. Para comprender esto es necesario tener en cuenta lo siguiente.

El mundo espiritual, en el que se encuentra el ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento, tiene sus condiciones de existencia muy particulares, condiciones de existencia que en nuestra vida terrenal habitual apenas tenemos en cuenta y que, cuando se nos presentan dentro de una concepción de la vida, nos parecen bastante paradójicas y curiosas. Hay que tener en cuenta, sobre todo, que si el ser humano quiere percibir conscientemente estas cosas, debe adquirir ante todo un sentimiento que yo llamaría un verdadero sentimiento de comunión con las cosas de la existencia. En realidad, es un requisito para la continuación del desarrollo espiritual de la humanidad a partir de nuestro presente, de este presente catastrófico, que el ser humano desarrolle gradualmente este sentimiento de comunidad con las cosas de la existencia. En el subconsciente existe este sentimiento de comunidad, aunque sea de forma rudimentaria. Pero no debemos hablar en términos generales, como hacen los panteístas, de un espíritu universal, no debemos hablar en términos generales de este sentimiento de comunidad; sino que debemos aclararnos en cada caso concreto cómo se puede hablar de tal sentimiento de comunidad, cómo se va construyendo poco a poco en el alma. Porque este sentimiento de comunidad es el resultado de la vida. Hay que tener en cuenta lo siguiente.

Habrán oído a menudo que cuando los delincuentes, en los que el instinto subconsciente tiene una gran influencia, han hecho algo, han cometido algún delito, tienen un instinto peculiar: se sienten impulsados a volver al lugar del delito, buscan el lugar del delito, un sentimiento indefinido los lleva allí. Pero en casos como estos, solo en situaciones especiales se expresa lo que es comúnmente humano en relación con muchas cosas. Porque cuando hemos hecho algo, hemos realizado algo, aunque sea la acción aparentemente más insignificante, queda en nosotros, —no se puede expresar de otra manera, aunque, por supuesto, se exprese de nuevo en una especie de imaginación—, algo de lo que hemos hecho, de la cosa que hemos tocado al hacerlo; una cierta fuerza de la cosa que hemos tocado, con la que hemos hecho algo, permanece conectada con nuestro yo. El ser humano no puede evitar establecer ciertas conexiones con todos los seres que encuentra y con las cosas que toca, —y no me refiero solo al contacto físico—, con las que hace algo en la vida.  Dejamos nuestras huellas por todas partes, y en nuestro subconsciente permanece la sensación de estar conectados con las cosas con las que hemos entrado en contacto a través de nuestras acciones. Esto se manifiesta de forma anómala en las personas a las que me he referido anteriormente, porque el subconsciente aflora de forma muy instintiva en la conciencia habitual; pero subconscientemente, todos tenemos la sensación de que debemos volver a aquello con lo que hemos entrado en contacto a través de nuestras acciones.

Eso es también lo que fundamenta nuestro karma; de ahí proviene nuestro karma. Y de este sentimiento subconsciente, que al principio solo se impone de forma nebulosa en la existencia, tenemos el sentimiento general de comunión con el mundo. Puesto que en realidad dejamos nuestra huella en todas partes, tenemos ese sentimiento de comunión con el mundo. Se puede, por así decirlo, captar este sentimiento de comunión, se puede percibir en sí mismo. Pero para ello hay que tener en cuenta ciertas intimidades de la vida. Hay que intentar realmente ponerse en situación: imaginen que están caminando por una calle, y luego crucen la calle, y después de haberla cruzado, sigan imaginándose que siguen caminando. Al evocar constantemente algo así, se expulsa del alma ese sentimiento general de comunión con el mundo. En aquellos que son conscientes de este sentimiento de comunidad en un sentido más concreto, se forma de tal manera que al final se dicen a sí mismos: existe una conexión, aunque sea invisible, con todas las cosas, como entre los miembros de un solo organismo. Así como cada dedo, cada lóbulo de la oreja, todo lo que forma parte de nuestro organismo, está conectado con el resto, también existe una conexión entre todas las cosas y todo lo que sucede, en la medida en que ese suceder interviene en nuestro mundo.

Los seres humanos actuales aún no tienen plena conciencia de este carácter comunitario, de esta penetración orgánica en las cosas. Todavía no lo tienen en su conciencia, permanece en el inconsciente. Durante la evolución de Júpiter, este sentimiento será fundamental, y al avanzar gradualmente desde el quinto período cultural post-atlante hacia el sexto, trabajamos en la formación de tal sentimiento, de modo que su formación, que será necesaria desde nuestro período hasta el futuro próximo, debe proporcionar una base especialmente ética, una base especialmente moral para la humanidad, que debe ser mucho más viva de lo que lo es hoy en día de alguna manera. Esto se entiende de la siguiente manera.

Hoy en día, algunas personas no ven nada malo en enriquecerse a costa de otras personas, en vivir a costa de otras. No solo no incluyen esta forma de vida a costa de otros en su autocrítica moral, sino que ni siquiera piensan en ello. Si lo hicieran, se darían cuenta de que uno vive mucho más a costa del otro de lo que se imagina. Porque todos viven a costa de los demás. Ahora se desarrollará la conciencia de que vivir a costa de los demás, también en la comunidad, significa lo mismo que si algún órgano de un organismo se desarrollara de manera ilegítima a costa de otro órgano, y que la felicidad de un individuo no es realmente posible sin la felicidad del conjunto. Por supuesto, hoy en día la gente aún no lo intuye, pero poco a poco debe convertirse en un principio básico de la verdadera moral humana. Hoy en día, cada uno busca primero su propia felicidad, sin pensar que la propia felicidad solo es posible si todos los demás son felices.

Por lo tanto, existe una relación entre el sentimiento de comunidad del que he hablado y la sensación de que, en realidad, toda la vida en comunidad es un organismo. Esto puede intensificarse mucho, puede intensificarse extraordinariamente para el ser humano. Puede desarrollar un sentimiento íntimo de comunión con las cosas que le rodean. Si se intensifica este sentimiento íntimo, se abre la posibilidad de percibir gradualmente lo que en la última conferencia describí como ese resplandor que se proyecta más allá de la muerte en nuestro desarrollo entre la muerte y el nuevo nacimiento, que percibimos y a partir del cual formamos nuestro karma. Solo quiero señalar esto. Pero cuando se desarrolla ese sentimiento de comunidad, se obtiene algo más, a saber, la posibilidad de vivir realmente con las peculiaridades, las situaciones, los pensamientos y las acciones de otra persona como si fueran propios.  Esto conlleva cierta dificultad para la vida espiritual: ponerse en el lugar de una persona de tal manera que lo que hace, piensa y siente lo percibamos como propio. Pero si se quiere recordar de manera fructífera lo que se compartió con los difuntos que estaban vinculados kármicamente con uno en vida, solo se puede lograr alcanzarlos realmente como personas desencarnadas si somos capaces de recordar lo que vivimos juntos, por pequeño que sea, tal y como lo pensamos cuando tenemos ese sentimiento de comunidad. Imaginemos, pues, que pensamos en algo que ocurrió entre nosotros y un difunto cuando nos sentamos a la mesa con él o dimos un paseo, o cualquier otra cosa, y que, como se ha dicho, sea lo más insignificante. Pero el alma solo tiene la posibilidad de identificarse con ello de tal manera que alcance la realidad si realmente tiene en sí misma el sentimiento de comunidad; de lo contrario, no tiene suficiente fuerza para identificarse con el asunto. Porque compréndalo bien: solo desde un lugar así, —si ahora hablo de forma comparativa, pero ustedes me entenderán—, en el que proyectamos este sentimiento de comunidad, el difunto puede hacerse consciente de nosotros. Pueden imaginárselo de forma muy espacial. Por supuesto, tendrán que tener presente que solo se están imaginando una imagen, pero imaginen una imagen de una realidad auténtica.

Vuelvo a lo que decía antes: Imagínense una situación concreta, por ejemplo, que están sentados a la mesa con un difunto o que dan un paseo con él; entonces toda su vida anímica se orienta hacia ese pensamiento. Si con el difunto desarrollan en este pensamiento solo una unión espiritual que corresponda a este sentimiento de comunidad, entonces su mirada desde el mundo espiritual puede encontrar este pensamiento, al igual que su pensamiento, la dirección de su pensamiento, encuentra la realidad a la que se dirigen estos pensamientos. Al dejar que este pensamiento sobre el difunto esté presente en su alma con amor, en la medida en que lo he indicado, su mirada espiritual se encuentra con la mirada espiritual del difunto. De este modo, el difunto puede hablarle. Solo puede hablarle desde el lugar al que apunta la dirección de su sentimiento de comunidad con él. Así es como se relacionan las cosas. Aprendamos, en cierto modo, a sentir nuestro karma, adquiriendo una idea de cómo dejamos huellas mentales por todas partes. Si aprendemos a identificarnos con las cosas, desarrollaremos el sentimiento que nos lleva a una conexión cada vez más consciente con los difuntos. Solo así es posible que el difunto nos hable.

Lo otro que es necesario es que podamos oírlo, que con el tiempo podamos percibirlo realmente. Para ello, debemos tener en cuenta, sobre todo, lo que, por así decirlo, debe quedar como «aire» entre nosotros y el difunto, para que él pueda hablarnos. Si lo comparo con algo físico: si hubiera un espacio sin aire entre nosotros, ustedes no podrían oír lo que digo; el aire debe transmitirlo. Así debe haber algo entre los vivos y los muertos, si el difunto quiere acercarse a nosotros. En cierto modo, debe haber un aire espiritual, y ahora podemos hablar de en qué consiste este aire espiritual en el que vivimos junto con los muertos. ¿En qué consiste este aire espiritual?

Si queremos comprenderlo, debemos recordar lo que ya he explicado en otro contexto, a saber, cómo se forma la memoria humana, porque todas las cosas están interrelacionadas. La psicología convencional dice sobre la memoria humana: ahora tengo una impresión del mundo exterior que evoca una idea en mí; esta idea deambula de alguna manera por mi subconsciente, se olvida y, cuando hay un motivo especial para ello, vuelve a salir del subconsciente y entonces la recuerdo. Porque, en realidad, casi todas las psicologías, en lo que respecta a la memoria, tienen la sensación de que ahora, debido a una impresión, se tiene una idea, pero después de un tiempo ya no se tiene, se olvida y queda en el subconsciente, y luego, por alguna razón, vuelve a la conciencia. Uno recuerda y cree tener la misma idea que se formó al principio, Pero eso es una completa tontería, una tontería que, aunque se enseña casi sin excepción en todas las psicologías, no deja de ser una tontería. Porque lo que se dice allí no ocurre en absoluto. Cuando nos formamos una impresión a través de una experiencia externa y más tarde la recordamos, no es la idea que se formó inicialmente la que vuelve a nosotros. Sino que, mientras imaginamos, se produce un proceso subconsciente, un segundo proceso; que no llega a la conciencia durante la experiencia externa, pero que sin embargo tiene lugar. Y a través de procesos que no voy a discutir ahora, mañana se repetirá en nuestro organismo lo que ha sucedido hoy, pero que ha permanecido inconsciente. Y así como hoy la impresión externa provoca la idea, mañana lo que se ha producido en el fondo provocará la nueva idea. Una idea que tengo hoy desaparece, ya no está ahí; no deambula por el subconsciente, sino que, si mañana tengo la misma idea en la memoria, es porque hay algo en mí que provoca esa misma idea. Pero eso se ha generado de forma subconsciente. Quien crea que las ideas son absorbidas por nuestro subconsciente, deambulan por él y finalmente vuelven a salir del alma, debería, si quiere recordar dentro de unos tres días que algo le ha llamado la atención, algo que no quiere olvidar y que, por ejemplo, anota, debería imaginarse inmediatamente lo siguiente: la persona que quiere recordar también está ahí dentro, en lo que ha anotado, y al cabo de tres días esa persona vuelve a salir del cuaderno. — Al igual que en el cuaderno solo hay signos, en el recuerdo también solo hay un signo, y este evoca, aunque en menor medida, lo que hemos vivido. Se pueden citar muchas cosas relacionadas con esto desde el punto de vista de las ciencias espirituales, —lo haremos más adelante, y eso aclarará lo que voy a explicar ahora—, pero hoy solo quiero recordar una cosa.

Quien quiera memorizar o aprender de alguna manera algo que desea retener, lo que a menudo se denomina «empollar» en la juventud, sabe muy bien que no basta con lo que se lleva a cabo como operación cuando solo se percibe algo, sino que a veces se recurre a ayudas muy externas para incorporar algo a la memoria. Observen a alguien que quiere memorizar algo y verán los esfuerzos que hace para ayudar a esta actividad inconsciente que se lleva a cabo. Se trata de ayudar de alguna manera al subconsciente. Son dos cosas muy diferentes: incorporar algo a la memoria y representar algo en el presente. Si uno puede estudiar a las personas, observar sus caracteres, pronto descubrirá, como también demuestra el estudio del ser humano, que se trata de dos cosas diferentes: descubrirán que hay personas que captan rápidamente las cosas, pero que tienen una memoria terriblemente mala; y, a la inversa, hay personas que son muy torpes a la hora de captar rápidamente una cosa, pero que tienen buena memoria, es decir, una buena capacidad de representación y de juicio. Estas dos cosas van de la mano, y la ciencia espiritual tendrá que llamar la atención sobre los hechos reales en muchos aspectos.

Cuando percibimos esto o aquello en la vida, y desde primera hora de la mañana, desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, percibimos algo del mundo, hacemos nuestras simpatías o antipatías más o menos conscientes a través de lo que percibimos, y la mayoría de las veces nos sentimos satisfechos cuando hemos percibido algo. Pero esta actividad, que luego conduce al recuerdo, es mucho más amplia que la necesaria para captar las impresiones. En realidad, hay mucho que ocurre de forma subconsciente en nuestra alma, y lo que ocurre de forma subconsciente a veces contradice de manera extraña lo que ocurre de forma consciente en nosotros. A veces puede ocurrir que sintamos antipatía por una impresión que algo nos causa. El subconsciente no siente esta antipatía en absoluto; de hecho, percibe las impresiones de forma muy diferente a la conciencia habitual. El subconsciente desarrolla una extraña sensación ante todas las impresiones, una sensación que no puedo describir de otra manera, —aunque siempre es comparativamente cuando se aplican expresiones tomadas del mundo físico al mundo espiritual; pero la expresión encaja muy bien aquí—, como si quisiera decir: El subconsciente desarrolla siempre, independientemente de lo que ocurra en la conciencia, un cierto sentimiento de gratitud hacia cada impresión. No es del todo incorrecto decir que una persona puede estar delante de usted y que la impresión consciente que tiene de ella puede ser terriblemente desagradable. Esa persona puede lanzarle las mayores groserías a la cara, pero la impresión subconsciente tiene hacia ella un cierto sentimiento de gratitud. Este sentimiento de gratitud existe por la sencilla razón de que todo lo que en la vida se acerca a los elementos más profundos de nuestro ser enriquece nuestra vida, la enriquece de verdad. Todas las impresiones desagradables también enriquecen nuestra vida. Esto no tiene nada que ver con cómo debemos comportarnos conscientemente ante las impresiones externas. Que tengamos que reaccionar de una manera u otra de forma consciente no tiene nada que ver con lo que ocurre en el subconsciente. En el subconsciente, todo conduce a un cierto sentimiento de gratitud. El subconsciente acepta cada impresión como un regalo por el que debe estar agradecido. Eso es lo que hacemos en nuestro subconsciente.

Es sumamente importante que nos demos cuenta de este hecho que transcurre bajo el umbral de la conciencia. Lo que actúa allí y se descarga en un sentimiento de gratitud, actúa en nosotros de manera similar a lo que nos impresiona del mundo exterior y que luego se convierte en recuerdo, va de la mano con la imaginación, y solo el ser humano puede tomar conciencia de estas cosas, cuando además tiene la clara sensación de que sueña continuamente desde que se despierta hasta que se duerme. Ya he dicho en una conferencia pública que, en lo que respecta a nuestros sentimientos y nuestra voluntad, dormimos y soñamos continuamente, incluso en la vida despierta. Cuando dejamos que el mundo actúe sobre nosotros de esta manera, nuestras impresiones e ideas se suceden continuamente; pero debajo de ellas soñamos con todas las cosas, y esta vida onírica es mucho más rica de lo que creemos. Solo se ve eclipsada por la imaginación consciente, igual que una luz débil se ve eclipsada por una luz fuerte. Se puede obtener información sobre estas circunstancias de forma experimental, por así decirlo, si uno presta atención a las diferentes intimidades de la vida. Por ejemplo, traten de hacer el siguiente experimento consigo mismo: imaginen que están tumbados en una cama y se despiertan. Por supuesto, en ese momento la persona no se fija en sí misma, porque inmediatamente después el mundo le causa todo tipo de impresiones. Pero puede ocurrir que cuando se despierta permanezca un poco tranquilo. Entonces puede darse cuenta de que, en realidad, ya había percibido algo antes de despertarse. Esto se puede observar especialmente cuando alguien ha llamado a la puerta y no ha vuelto a llamar. Puede constatarlo, pero al despertarse sabe que ha ocurrido algo. Se deduce claramente de la situación general.

 Cuando el ser humano observa algo así, no está lejos de reconocer lo que la ciencia espiritual afirma: que percibimos nuestro entorno en un ámbito mucho más amplio que el de la percepción consciente. Es cierto que cuando van por la calle y se encuentran con una persona que acaba de doblar la esquina y que, por lo tanto, no han podido ver, tienen la sensación de que ya la habían visto antes; en innumerables ocasiones pueden tener la sensación de que ya han visto algo antes de que realmente haya sucedido. Es cierto: ya estamos conectados mental y espiritualmente con lo que percibiremos después. Es así, solo que nos abruma la percepción sensorial posterior y realmente no prestamos atención a lo que ocurre en lo más íntimo de nuestra vida espiritual.

Esto es otra cosa que ocurre de manera subconsciente, de forma similar a la formación de la memoria o a lo que he descrito como el sentimiento de gratitud hacia todos los fenómenos que nos rodean. Los difuntos solo pueden hablarnos a través del elemento que atraviesa los sueños que entretejen nuestra vida. Los muertos hablan en esta percepción íntima y subconsciente. Y pueden hacerlo si somos capaces de compartir con ellos el mismo aire espiritual y anímico. Porque para ellos es necesario, si quieren hablarnos, que tengamos conciencia de lo que acabo de desarrollar como el sentimiento de gratitud, un sentimiento de gratitud hacia todo lo que se nos revela. Si no hay nada de este sentimiento de gratitud en nosotros, si no somos capaces de agradecer al mundo que nos permita vivir, que enriquezca continuamente nuestra vida con nuevas impresiones, si no somos capaces de profundizar en nuestra alma recordando una y otra vez que, en realidad, toda la vida es un regalo, los muertos no encontrarán el aire común con nosotros. Porque solo pueden hablar con nosotros a través del sentimiento de gratitud, de lo contrario hay un muro entre nosotros y ellos.

Ahora veremos cuántos obstáculos hay cuando se trata precisamente de la comunicación con los muertos; porque, como hemos visto en otros contextos, siempre se trata de la comunicación con aquellos muertos con los que estamos conectados kármicamente. Si los hemos perdido, deseamos que vuelvan a la vida, no podemos animarnos a pensar: «Estamos agradecidos por haberlos tenido, sin perjuicio de que ahora ya no los tengamos», entonces, precisamente frente al ser al que queremos acercarnos, nuestro sentimiento de gratitud no está presente; entonces no nos encuentra, o al menos no puede hablarnos. Precisamente los sentimientos que se tienen muy a menudo hacia los muertos cercanos son un obstáculo para que los muertos puedan hablarnos. Otros difuntos que no están vinculados kármicamente con nosotros suelen hablarnos con más dificultad; pero en relación con nuestros seres queridos, no sentimos lo suficiente que les estamos agradecidos por lo que han significado para nosotros en vida, y que no debemos aferrarnos a la idea de que ya no los tenemos, porque este es un sentimiento ingrato en el sentido más amplio de la vida.  Solo hay que darse cuenta de cuánto prevalece el sentimiento de pérdida sobre el otro, y entonces se podrá comprender todo el alcance de lo que digo. Pensamos que hemos perdido a un ser querido. Entonces debemos ser capaces de elevarnos al sentimiento de gratitud por haberlo tenido. Debemos ser capaces de pensar desinteresadamente en lo que él significó para nosotros hasta su muerte, y no en lo que sentimos ahora por no tenerlo más. Porque cuanto mejor podamos sentir lo que él significó para nosotros durante su vida, más fácil le resultará comunicarse con nosotros, más fácil le resultará llegar a nosotros con sus palabras a través del aire común de la gratitud.

Sin embargo, para entrar cada vez más consciente en el mundo del que surge algo así, se necesitan otras muchas cosas. Supongamos que uno ha perdido a un hijo. El sentimiento de comunidad que es necesario se puede activar, por ejemplo, imaginando que uno está sentado con el niño, jugando con él, de modo que el juego le interesa tanto como al propio niño. Y si puede pensar en un niño de tal manera que el juego le interese tanto como al niño mismo, tendrá el correspondiente sentimiento de comunidad, ya que solo tiene sentido jugar con un niño si uno es tan juguetón como el niño mismo. Esto crea una atmósfera necesaria para el sentimiento de comunidad. Así que, si uno se imagina que está jugando con el niño y se pone en su lugar de forma muy viva, entonces se crea el lugar en el que pueden recaer nuestras miradas y las suyas. Si entonces soy capaz de comprender lo que dice el difunto, entonces estoy en conexión consciente con él. Esto también puede fomentarse de diversas maneras.

A algunas personas, por ejemplo, les resulta extraordinariamente fácil pensar. Dirán: «¡Eso no es cierto!». Sin embargo, hay personas a las que les resulta extraordinariamente fácil pensar. Si a las personas les resulta difícil, en realidad se trata de otra sensación. Precisamente las personas a las que les resulta más fácil pensar son las que lo encuentran más difícil. Esto se debe a que, en realidad, son perezosas a la hora de pensar. Pero lo que quiero decir es que, en realidad, a la mayoría de las personas les resulta fácil pensar. Ni siquiera se puede decir lo fácil que es, porque es tan terriblemente fácil como piensan las personas; solo se puede decir que piensan, que no se dan cuenta de que también podría ser difícil. Simplemente piensan; captan sus ideas, las tienen y viven en ellas. Pero entonces se les presentan otras cosas, y voy a poner nuestro ejemplo: la ciencia espiritual.  La ciencia espiritual no es rechazada por tanta gente porque sea difícil de comprender, sino porque requiere un cierto esfuerzo asimilar sus conceptos. Las personas rehúyen ese esfuerzo. Y quien profundiza cada vez más en las ciencias espirituales, se da cuenta poco a poco de que comprender los conceptos realmente requiere un esfuerzo de voluntad, que no solo se requiere un esfuerzo de voluntad para levantar pesos enormes, sino también para comprender conceptos. Pero eso es precisamente lo que la gente no quiere; prefieren pensar con facilidad. Precisamente quien avanza en el pensamiento se da cuenta de que piensa cada vez con más dificultad, cada vez con más pesadez, si se me permite decirlo así, porque siente cada vez más que, para que un pensamiento pueda fijarse en él, debe realizar un esfuerzo. En realidad, no hay nada más propicio para penetrar en el mundo espiritual que cuando cada vez resulta más y más difícil captar los pensamientos, y en realidad, el más afortunado en el progreso de la ciencia espiritual sería aquel que ya no pudiera aplicar el criterio del pensamiento fácil, al que uno está acostumbrado en la vida, sino que se dijera a sí mismo: pero en realidad, este pensamiento es un trabajo de trillador; ¡hay que esforzarse como si se estuviera golpeando con un mayal!

Solo puedo insinuar tal sentimiento, pero puede formarse. Es bueno, es favorable que sea así. Hay muchas otras cosas relacionadas con ello, por ejemplo, que poco a poco desaparezca lo que muchas personas tienen. Muchos son tan rápidos en su pensamiento que basta con que alguien mencione un complejo de ideas para que ya hayan captado el contexto del todo, lo sepan y sepan dar una respuesta de inmediato. Pero, ¿qué sentido tendría la conversación en los salones si pensar fuera difícil? Sin embargo, se puede observar que, a medida que el ser humano se familiariza con las circunstancias internas de las cosas, le resulta más difícil charlar y estar siempre preparado para responder a todo, ya que eso es fruto del pensamiento fácil. A medida que avanza el conocimiento, uno se vuelve cada vez más socrático, sabe cada vez más que hay que esforzarse mucho y que solo con esfuerzo se gana el derecho a expresar una opinión sobre esto o aquello.

Esta sensación de que el esfuerzo de la voluntad forma parte de la comprensión de los pensamientos está relacionada con otra sensación que a veces tenemos cuando memorizamos, cuando tenemos que estudiar y no conseguimos asimilar lo que debemos asimilar. Se puede sentir perfectamente la relación entre estas dos cosas: la dificultad de retener algo en la memoria y la dificultad de hacer un esfuerzo de voluntad en el propio pensamiento para comprender algo. Pero también se puede practicar; se puede aplicar lo que yo llamaría: Conciencia, sentido de la responsabilidad hacia el pensamiento. A algunas personas, por ejemplo, cuando alguien dice algo basado en una determinada experiencia vital: «Él o ella es una buena persona», rápidamente responden: «¡Una persona terriblemente buena!». Piensen solo en cuántas veces en la vida las respuestas consisten únicamente en responder con el comparativo en lugar del positivo. Por supuesto, no hay nada que indique que el asunto corresponda al comparativo, es solo la falta más absoluta de lo que se debe pensar; uno tiene la sensación de que debería haber experimentado algo de lo que se quiere expresar, de lo que se quiere hablar. Por supuesto, no se debe exagerar demasiado esta exigencia de la vida, porque de lo contrario se produciría un gran silencio en muchos salones.

Pero la cuestión es la siguiente: este sentimiento, que surge del sentido de la responsabilidad hacia el pensamiento, de la sensación de que pensar es difícil, este sentimiento fundamenta la posibilidad y la capacidad de recibir iluminaciones. Porque una iluminación no llega de la misma manera que los pensamientos llegan a la mayoría de las personas; una iluminación siempre llega siendo tan difícil como algo que precisamente consideramos difícil. Primero debemos aprender a percibir el pensamiento como algo difícil, primero debemos aprender a percibir que la retención similar a la memoria es algo más que el mero pensamiento. Entonces podremos sentir esa débil y onírica aparición de pensamientos en el alma, que en realidad no quieren quedarse, que en realidad ya quieren desaparecer cuando llegan, que son difíciles de captar. Nos ayudamos a nosotros mismos cuando desarrollamos una sensación de vivir realmente con los pensamientos. — Piensen por un momento en lo que ocurre en su alma cuando, por ejemplo, ha tenido la intención de ir a algún sitio y luego llegan a su destino. Es cierto que el ser humano no suele pensar en ello, pero también se puede reflexionar sobre lo que ocurre en el alma cuando se ha tenido una intención, se ha llevado a cabo y luego se ha alcanzado lo que se pretendía.  De hecho, se ha producido un cambio en el alma. A veces puede resultar bastante llamativo cuando un alpinista tiene que esforzarse mucho para llegar a la cima de una montaña, jadeando y jadeando, y finalmente, cuando llega arriba, exclama: «¡Gracias a Dios que hemos llegado!». Entonces se siente que se ha producido un cierto cambio en sus sentimientos. Pero también se puede adquirir una sensibilidad más sutil en este sentido, y esta sensibilidad más sutil puede extenderse a la vida íntima del alma. Entonces es similar al siguiente sentimiento: quien comienza a imaginar una situación con un difunto, quien comienza a intentar tener intereses comunes con el difunto, a conectarse con sus pensamientos y sentimientos, se sentirá como si estuviera en un camino. Y entonces llega el momento en el que uno se siente en paz con este pensamiento. Quien es capaz de esto: primero moverse en un pensamiento y luego encontrar el equilibrio con este pensamiento, siente como si se hubiera detenido, mientras que antes caminaba. Con ello se ha hecho mucho para proporcionar de manera adecuada las iluminaciones que un pensamiento puede dar. También se puede procurar la iluminación a través de los pensamientos utilizando a todo el ser humano en lugar de lo que normalmente se utiliza en la vida. Por supuesto, esto conduce a una mayor intimidad en esta experiencia.

Quien recupere un poco en su conciencia ese sentimiento de gratitud del que hablaba antes, notará inmediatamente que este sentimiento de gratitud, que de otro modo permanecería inconsciente, cuando surge en la conciencia no actúa como el sentimiento habitual de gratitud; sino que hace que uno quiera conectar con toda la persona, al menos con sus brazos y manos. Debo llamar la atención sobre lo que he dicho acerca de esta parte de la sensibilidad humana, donde se captan las ideas comunes, pero las ideas más íntimas pasan por el cerebro como por un tamiz, y en realidad los brazos y las manos son los órganos receptores de las mismas. Pero también se puede experimentar realmente. Por supuesto, uno puede permanecer tranquilo, pero puede sentir como si tuviera que expresar con los brazos ese sentimiento de gratitud y otros sentimientos similares —por ejemplo, el asombro, el respeto— ante ciertas impresiones de la vida.  Las expresiones fragmentarias de esta experiencia, que se manifiesta en forma de espasmos en los brazos y las manos para experimentar los impulsos subconscientes de las impresiones, se expresan, por ejemplo, cuando la persona se siente impulsada a juntar las manos ante la belleza de la naturaleza o a cruzarlas ante algo que le ha sucedido. Todas las cosas que nos han sucedido inconscientemente se expresan de forma fragmentaria en la vida. Frente a lo que se podría llamar «la voluntad de las manos y los brazos con las impresiones externas», el ser humano puede permanecer tranquilo; entonces solo se mueve su cuerpo etérico, las manos etéricas y los brazos etéricos. Cuanto más consciente se es de ello, cuanto más se es capaz de sentir con el organismo del brazo lo que son las impresiones externas, más se desarrolla una sensación que se expresa así: Cuando se ve el rojo, se desea hacer ese movimiento con la mano, porque forma parte de ello; cuando se ve el azul, se desea hacer ese otro movimiento con la mano, porque también forma parte de ello. Cuanto más consciente se es de ello, más se desarrolla el sentido de la iluminación, de lo que debe llegar al alma, de lo que debemos recibir como impresiones. Cuando nos hemos entregado como he descrito en el caso del niño que juega, nos perdemos en la impresión, pero nos encontramos a nosotros mismos. Pero entonces llega la iluminación, cuando nos hemos capacitado para tener a toda la persona preparada para una impresión, cuando, incluso al sumergirnos en nuestros propios pensamientos, podemos conectar con el difunto esa misma inmersión con el sentimiento de comunión y, al despertar después, podemos conectarlo en la experiencia real con todo el ser humano, como acabo de describir, cuando podemos sentir la gratitud que nos invade las manos y los brazos. Porque la esencia espiritual en la que se encuentra el difunto entre la muerte y el nuevo nacimiento se comunica con los vivos de tal manera que se puede decir: lo encontramos cuando podemos reunirnos en un lugar espiritual común con un pensamiento que él también ve, cuando podemos reunirnos en este pensamiento común con un sentimiento de completa comunión. Y tenemos los materiales para ello a través del medio del sentimiento de gratitud. Porque desde el espacio tejido por el sentimiento de comunidad, a través del aire formado por el sentimiento de gratitud general hacia el mundo, los muertos hablan a los vivos.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA091 Landin, 13 de septiembre de 1906 - El Centro Universal, Cristo, El Yo

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
EL CENTRO UNIVERSAL, CRISTO, EL YO

 
Landin, 13 de septiembre de 1906


El yo es en el ser humano lo mismo que Cristo en el mundo. Es el punto de inflexión en toda la evolución de la humanidad. Todo lo que precedió a Cristo en la evolución de la humanidad fue una preparación para la aparición de Cristo; todo lo que siguió a la aparición de Cristo procedía de ella. Cristo es el centro del mundo. Es la palabra que se encuentra en medio de toda la evolución. Como rayos, toda la evolución de la humanidad fluye hacia él, hacia su encarnación.

Toda la vida del mundo había pasado por un proceso descendente hasta llegar a lo físico. Finalmente, apareció en lo físico. Cuando Cristo descendió a la personalidad de Jesús de Nazaret y entró en él, lo divino se había unido completamente con su propia creación . Este Cristo era una expresión de toda la vida del mundo en un cuerpo físico, en el envoltorio de la personalidad de Jesús, que vivió en Palestina. Allí se concentró toda la vida del mundo como en un centro. Allí residió durante tres años terrenales el Yo del mundo. Allí tomó conciencia el Yo del mundo de toda su tarea para con el mundo, que antes había partido de él. Si al principio el Logos había creado el mundo a partir de sí mismo mediante la palabra creadora, y si él mismo había sostenido en sus brazos este mundo que había brotado de él y lo había impregnado con su propia vida, ahora asumía el gran sacrificio de no seguir viviendo solo como creador y sustentador de este mundo ni de seguir reinando sobre él, sino que se trasladaba con su vida al centro de este mundo. Había creado el mundo como un caparazón, como el templo en el que quería morar. Así, la palabra se unió a todo lo que había sido pensado a través de ella. La palabra se hizo carne. Por eso pudo unirse al caparazón humano que caminaba por Palestina como Jesús de Nazaret. Nunca antes el yo se había encarnado tan completamente en el ser humano. La encarnación de Cristo fue la materialización del mundo. Durante millones de años se preparó este momento, y durante millones de años seguirá actuando para llevar el tiempo a su culminación. Desde este momento, el centro de toda nuestra evolución, irradia todo el desarrollo posterior, como antes todo el desarrollo convergía allí. Solo podemos desarrollarnos arraigándonos en la Palabra, en la vida de Cristo, que desde la encarnación de Cristo constituye el corazón del mundo. Toda la vida había convergido en este corazón del mundo, y ahora fluye y pulsa a través de todo lo que existe. Lo que se ha formado allí, en la encarnación de la vida divina, es la expresión del mayor amor de la Deidad hacia nosotros. Ella no solo quería tener a su alrededor seres dependientes, que habían surgido de su poder y eran guiados por su poder; quería ver a su alrededor seres libres, a los que comunicara tanto de sí misma que pudieran llegar a ser semejantes a la Deidad.  Quería compartir con ellos su propia felicidad, su propia fuerza, su propia sabiduría. Por eso, la divinidad se sacrificó y se trasladó al centro del mundo, formando así el corazón del mundo para, desde allí, impregnar todo lo creado con su propia esencia interior. Después de tres años de actividad, Cristo Jesús se sacrificó en la cruz. Así, la vida del mundo preparó su propio descenso a la humanidad durante tres años cósmicos, los tres primeros años planetarios; luego se unió completamente con el mundo en el centro de la Tierra, donde esta alcanzó su mayor densificación. Y ahora permaneció oculta a la humanidad en general. Solo unos pocos, un pequeño grupo, pudieron reconocer la vida del mundo en Cristo Jesús. Así, la vida del mundo descansó en el mundo. Resonaba incesantemente como la Palabra e infundía su vida al mundo; fluía hacia cada ser humano y le daba la fuerza para sentirse como yo, para encontrar un centro en sí mismo, para vivir en su yo. Pero los hombres no reconocieron la conexión con la vida del mundo, con Cristo. Hasta el tercer día, Cristo siguió siendo para el mundo el Cristo muerto, que había fallecido en la cruz y había sido enterrado. Al igual que entonces sus discípulos creyeron que realmente se había ido, que estaba muerto, los hombres tampoco pudieron percibir conscientemente su vida durante un tiempo. Tenía que resucitar para que los hombres pudieran reconocerlo de nuevo. Al tercer día, Cristo resucitó en Palestina. La certeza de que estaba vivo fue devuelta al pequeño grupo que había creído en él. Entonces, esta certeza fluyó hacia ellos. Y se convirtieron en portadores de esta certeza. A partir de ellos, esta certeza se transmitiría algún día a todas las personas. «Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo», les dijo Cristo. Habían descubierto que él estaba vivo y que la muerte física no podía destruir su vida. Quien era capaz de superar la muerte física, también podía dar vida a todo lo demás. Se dieron cuenta de que él era la vida del mundo. Solo a través de él se podía ascender a la divinidad. Él encarnaba la divinidad ante sus ojos. La divinidad estaba realmente presente en el mundo. Él era la verdad misma, la verdad divina; era la vida misma, la vida divina; y, por lo tanto, también era el mediador, el camino que podía llevar a los seres humanos a la meta. Él era el camino, la verdad y la vida para toda la humanidad. Solo a partir de él podía la humanidad seguir desarrollándose hacia la perfección.

Así como toda la humanidad había encontrado en Cristo su centro, el Yo del mundo, alrededor del cual debía agruparse toda la vida del mundo, también los seres humanos encontraron en sí mismos el Yo como punto central, alrededor del cual debía agruparse su propio ser. Solo con la aparición de Cristo se hizo plenamente posible para el ser humano la conciencia del Yo. Él era, en efecto, el Yo encarnado del mundo. Él les había dicho a los seres humanos que estaba estrechamente unido a ellos, que su vida fluía a través de ellos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos». Así de estrecha es la conexión entre la esencia de nuestro ser y el Cristo del mundo. Les dio pan y vino y dijo: «Esto es mi carne; esto es mi sangre. Con todo lo que absorbéis del mundo, absorbéis mi vida». Todo lo que nos rodea, todo lo que vive, crece, florece y se desarrolla, es parte de la vida de Cristo que habita en todo lo creado. Con todo lo que absorbemos del entorno, la vida de Cristo fluye en nosotros.  La humanidad debería ser cada vez más consciente de ello. Cuando esta conciencia de unidad con Cristo se haya instalado por completo en la humanidad, entonces Cristo habrá resucitado para todo el mundo; entonces habrá impregnado el mundo con su vida de tal manera que todo lo que vive será su templo, en el que podrá expresar libremente su propia vida. Por primera vez lo expresó plenamente en la aparición de Cristo Jesús. Luego se expresó en todas las personas que se unieron completamente a él, en aquellos que se habían armonizado tanto con la vida del mundo que se convirtieron en parte de ella, de modo que la Palabra del mundo habló al mundo a través de ellos. Son ellos los que actúan en el mundo a partir de la Palabra del mundo, los que encarnan la Palabra y, por lo tanto, pueden llevarla a los seres humanos.

Antes de Cristo hubo grandes líderes y maestros de la humanidad que enseñaron y guiaron a la humanidad. Desde la aparición de Cristo, algo diferente se ha instalado en la humanidad. Los líderes de la humanidad ahora no solo enseñan a la humanidad, sino que comparten su vida con las personas. Ejercen una influencia mágica sobre aquellos a quienes enseñan. Guiando a la humanidad hacia la libertad, deben compartir su propia vida con ella, para que cada yo pueda desarrollarse hacia la libertad y la independencia, hacia la semejanza con Dios.

Hay grandes líderes en la humanidad que no enseñan externamente, pero que dan a las personas los impulsos que les transmiten su propia fuerza, su vida, una parte de la vida de Cristo, del Yo universal. La humanidad debe aprender por sí misma a comprender lo divino y a vivir en lo divino, a través de su propio conocimiento, no a través de la coacción y la dependencia. Antes de la aparición de Cristo, la humanidad no era capaz de hacerlo. Antes le faltaba la fuerza para ello. Cristo fue el impulso mundial para el desarrollo de la libertad de la humanidad.

Cuanto más se unen las personas con la fuerza de la vida crística, más se convierten en seres libres, más se asemejan a Dios. Allí, en el centro del mundo, las personas deben obtener todos los impulsos vitales. El yo en el ser humano es la clave de este centro del mundo. Es la chispa que lo conecta con el fuego central del mundo. Es la fuente de la que debe beber; se renueva eternamente a través del yo del mundo, la vida del mundo misma. Es la estrecha puerta por la que el ser humano debe pasar para llegar al mundo espiritual. Todas las fuerzas humanas deben fluir hacia el yo, como hacia un punto, y solo a través de este punto, a través de la estrecha puerta del yo, pueden volver a salir, del mismo modo que la vida del mundo, al fluir hacia la aparición de Cristo Jesús, pudo volver a salir al mundo y comunicarse con él.

El yo solo se desarrolla plenamente mediante la confluencia de todas las fuerzas del ser humano, mediante la concentración de todo su ser en un punto. Solo así el yo alcanza su verdadero devenir. Así se lleva a cabo el devenir del yo del ser humano. Todo lo que la divinidad ha hecho de él, todas sus fuerzas, las hace confluir en una gran fuerza; así surge en él algo nuevo, algo especial, un núcleo esencial; entonces el yo del mundo, la vida del mundo, se localiza en él, del mismo modo que la vida de la planta se localiza en la semilla.

Al principio solo está presente en forma de germen, pero este germen contiene todas las posibilidades de desarrollo, ya que constituye un extracto de las fuerzas del mundo. Cuando el ser humano toma plena conciencia de esta verdad, de que él es la envoltura de una chispa divina, de una semilla divina, entonces Cristo ha nacido en él, entonces él es un guardián consciente del tesoro divino en su propio corazón, de la vida del mundo, que se ha sumergido en él.

A partir de ese momento, obtendrá todos sus impulsos de la certeza de que vive a través de la vida del mundo y para la configuración de la vida del mundo en su propio interior. Su desarrollo posterior es entonces una purificación de todo su ser, un ennoblecimiento, una espiritualización de todas sus fuerzas, porque él es un templo de Dios y quiere trabajar para hacer que este templo de Dios sea cada vez más glorioso. Ahora vive en la felicidad de la conciencia de que la vida del mundo descansa en él, en su yo, y que crece y aumenta en él y que algún día lo llenará por completo. Entonces derrama esta vida del mundo en cada pensamiento, cada deseo, cada palabra, en todo su ser; la comparte con otros seres. Ayuda a superar la muerte; se ha convertido en el redentor, el libertador del mundo. Porque lo que vive en él, no quiere guardárselo para sí mismo. Eso sería un estancamiento de la vida; significaría la muerte. Solo al transmitir la vida es posible que la vida del mundo se regenere en él. Cuanto más entrega al entorno, más fuerte se vuelve en él la fuente inagotable de la vida del mundo. Así es como el ser humano da forma en su interior a la aparición de Cristo; así es como toda la humanidad expresará algún día a Cristo, la Palabra, y cada ser humano será entonces una nota en esta Palabra del mundo. Y cuando toda la humanidad se haya convertido así en una expresión de Cristo, se producirá la transición a una nueva etapa de desarrollo del mundo. Entonces se habrá desarrollado todo lo que había en el mundo en forma de fuerzas, y estas fuerzas vitales podrán volver a integrarse en el centro del mundo, donde juntas formarán el plan para un nuevo cosmos que, en una nueva etapa evolutiva, emanará del centro, al igual que nuestra evolución actual ha emanado del centro del mundo. Con la culminación de nuestra evolución terrenal solo se completa una exhalación de la divinidad. Todo volverá a ser absorbido por el centro de la divinidad para renacer con la siguiente exhalación. Pero nada de lo que se ha creado se pierde. Todo lo que existe permanece en la conciencia de la divinidad. Desde la conciencia de la divinidad vuelve a la vida, y la vida de la divinidad lo reconfigura todo para expresar la conciencia de la divinidad en esta configuración.

 Así construye el gran arquitecto del mundo su templo mundial según el plan del mundo que yace en su interior; y lo configura cada vez más y más perfectamente. Debemos convertirnos en colaboradores del arquitecto del mundo en el templo del mundo. Así, también nosotros debemos reunir en nuestro yo todas las experiencias que hacemos en el mundo, localizarlas allí y luego transformarlas y utilizarlas para embellecer nuestro propio ser en relación con el desarrollo del cosmos.

Traducido por J.Luelmo nov,2025

GA091 Landin, 12 de septiembre de 1906 - El significado de Cristo-Jesús

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 RUDOLF STEINER. 

NOTAS DE MATHILDE SHOLL 1904 - 1906
   
EL SIGNIFICADO DE CRISTO - JESUS

 
Landin, 12 de septiembre de 1906



Solo después de que la vida universal descendiera hasta el punto más profundo, hasta la existencia física, hasta cada ser humano encarnado físicamente, solo entonces pudo la humanidad evolucionar. Históricamente, este descenso de la vida universal se materializó en la aparición de Cristo en una personalidad. Así, la vida universal se presentó ante los ojos de los seres humanos de forma personal. Dios mismo había descendido a los seres humanos y les mostraba en una existencia física, la vida divina.

Antes de que la humanidad se sumergiera por completo en la vida material, también era necesario que, espiritualmente, apareciera en la Tierra una encarnación personal de la vida divina. Si la humanidad hubiera atravesado el materialismo sin que la vida universal se encarnara en la personalidad de Cristo Jesús, habría perdido por completo la conciencia de su origen divino, su divinidad se habría hundido y sumergido para siempre en la vida sensorial. Sin embargo, quedó grabado de forma indeleble en la conciencia de la humanidad que Cristo había vivido, que un ser divino había permanecido entre los hombres y había dado la prueba visible de que hay una vida divina en el mundo y en el hombre. Ni siquiera las mayores dudas por las que tuvieron que pasar los individuos pudieron destruir el recuerdo de que el Hijo de Dios había caminado entre los hombres. Esa fue la luz que iluminó a los hombres, esa fue la palabra de Dios que llegó a los oídos de los hombres. Eso no podía olvidarse para siempre.

Pero durante un tiempo tuvo que desvanecerse el recuerdo de ello. Había que arrebatarle al ser humano también el último apoyo exterior. Tenía que valerse por sí mismo. La vida universal se ocultó durante un tiempo a la vista de los seres humanos. El ser humano no solo tuvo que conocer la muerte al final de cada vida a través de muchas encarnaciones, sino que también tuvo que aprender a comprender lo que la muerte significa para todo el universo. Durante un tiempo no vivió la vida real. Su inmersión en lo material fue una muerte continua.

Pero con el descenso del Hijo de Dios se había sembrado en la humanidad una semilla de nueva vida, y tras pasar por la muerte del materialismo, esta semilla pudo volver a brotar. Durante un tiempo, la humanidad tuvo que olvidar el poder que se había encarnado en Cristo Jesús, pero luego debía tomar plena conciencia de él. La vida universal solo se había ocultado a los ojos de los seres humanos para resurgir ante ellos cuando estos hubieran alcanzado la independencia.

Estuvo con nosotros todos los días, solo que no lo vimos; pero resurgirá y estará con nosotros hasta el fin del mundo. La aparición de la vida crística en una personalidad llevó a los seres humanos a apreciar correctamente la vida personal en la existencia física. Para que esta apreciación de la personalidad pudiera tener lugar, lo más elevado tenía que vivir una vez entre los seres humanos en una personalidad. A través de Cristo Jesús, los seres humanos tuvieron que aprender que el cuerpo físico es un templo de la divinidad. Esto se grabó tan profundamente en la humanidad que la conciencia del valor de la personalidad acabó conduciendo a una sobrevaloración de lo físico y al olvido de los mundos superiores. El ser humano solo veneraba los átomos físicos, pero ya no veía la vida universal que los animaba. Surgieron grandes personalidades, pero ya no reconocían la vida superior.

El sol estaba oculto tras las nubes y, sin luz espiritual, la humanidad tuvo que seguir su camino durante un tiempo. Estaba abandonada por Dios y totalmente sola. Ya no encontraba ayuda en el exterior y ahora solo buscaba la fuerza para vivir en sí misma. Los seres humanos tenían que volverse independientes para darse cuenta de que la divinidad que actúa en el mundo exterior, que se había ocultado de sus miradas durante un tiempo, también actúa en cada uno de ellos.

Toda la humanidad debe pasar por esta transición, que va de la fe en el Dios externo al reconocimiento del Dios interno, y poco a poco todos volverán a pasar de la oscuridad de la duda y la ignorancia de Dios, al claro reconocimiento de lo divino en su propio pecho. Y este divino interno los llevará de vuelta por el mismo camino, a través de lo físico, al reconocimiento de lo espiritual. Lo físico es lo que lleva al ser humano hacia abajo, pero también lo que lo lleva hacia arriba. A través de la personalidad física se abre el camino hacia lo eterno. Así como el ser humano entra en el cuerpo desde el exterior, esto es un proceso de oscurecimiento, un alejamiento del espíritu, un descenso a la densidad de la materia física, un oscurecimiento, similar a cuando se entra en una habitación oscura desde la brillante luz del sol. Pero en la oscuridad de este cuerpo físico, el ser humano encontró el mayor tesoro, un tesoro que debía desenterrar; se encontró a sí mismo; allí se había instalado su yo, la semilla de Dios, que dormía bajo la envoltura del cuerpo físico. Su conciencia debía conectarse con este yo. Entonces, con este yo y en este yo, pudo volver a mirar a través de la envoltura física hacia el entorno. A través del cuerpo físico, ahora podía mirar hacia afuera. Y entonces aprendió que, visto desde dentro, el cuerpo físico no es lo mismo que visto desde fuera. Primero aprendió el verdadero valor de la densificación física. Esta le dio a su yo una envoltura en la que podía manifestarse, pero al mismo tiempo se convirtió en el medio por el cual el yo podía entrar en conexión consciente con los mundos físicos y superiores. Y precisamente el cuerpo físico, que durante su descenso oscurecía el mundo espiritual, se iluminó y se volvió luminoso, convirtiéndose en el punto de paso para la luz y la vida superior. Así, por un lado, el cuerpo físico se convirtió en un envoltorio para el yo, que lo aislaba del entorno; al igual que el cuerpo de Jesús de Nazaret se convirtió en un envoltorio para la vida universal, en el que pudo habitar durante un tiempo; pero, por otro lado, el cuerpo físico se convirtió en el umbral hacia la existencia superior, el órgano para reconocer el espíritu universal en el mundo de las formas que nos rodea y para recibir la luz del espíritu de Dios. Tenía que convertirse en un templo en el que el yo divino habitara conscientemente.

Cristo tuvo que morir porque el yo entró en la oscuridad al incorporarse al cuerpo físico. Esto significó una crucifixión. Y en el cuerpo físico, el yo permaneció inicialmente como encarcelado, como enterrado; durante dos días y medio, hasta el tercer día, el cuerpo de Jesús, la personalidad, estuvo sin vida. Así, el significado de la vida de Cristo permaneció oculto tras la apariencia personal de Jesús de Nazaret para toda la humanidad durante dos mil años. Solo en el tercer milenio, correspondiente al tercer día después de la muerte de Cristo, la humanidad reconocerá el pleno significado del cristianismo. Entonces Cristo resucitará en la humanidad y los individuos participarán conscientemente de la vida de Cristo. Toda la humanidad juntos formarán entonces un templo en el que morará Cristo.

Así, la existencia física se presenta, por un lado, como una barrera que nos separa de lo espiritual, pero, por otro lado, también como un puente hacia lo espiritual. El yo, la semilla de Dios, se sumergió en la existencia física. Esto lo demostró la aparición de Cristo Jesús a la humanidad. Pero esta existencia física conduce a lo espiritual. Al igual que una semilla se planta en la tierra, el yo se sumergió en la existencia física. Al igual que la semilla brota en primavera, el yo también debe brotar de lo físico, debe iluminar la envoltura física desde dentro. Entonces se repite en cada ser humano lo que Cristo siempre ha significado en el mundo, el brotar de todo lo vivo de la materia física, y lo que él una vez vivió en un ser humano, el surgir de la vida divina de una personalidad.  Cuando el yo alcanza la madurez en el envoltorio físico, puede nacer en el entorno y enriquecerlo con una nueva fuerza divina, del mismo modo que cada nacimiento físico enriquece el entorno con una nueva forma física. El nacimiento de Cristo representa la toma de conciencia del yo en el ser humano físico; la muerte y el entierro son la absorción del yo en lo físico; la resurrección significa la salida consciente de lo físico. Cuando Cristo nació en el mundo, el yo en el ser humano comenzó a desarrollar su autoconciencia. Luego, durante un tiempo, se confundió con la personalidad, para finalmente, cuando alcanzó la madurez, traspasar el umbral de la personalidad y unirse a la vida del mundo y resucitar como algo nuevo, más grande y espiritual.

Traducido por J.Luelmo nov,2025