CALENDARIO DEL ALMA -SEMANA 31

Mostrando entradas con la etiqueta renacimiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta renacimiento. Mostrar todas las entradas

GA227 Penmaenmawr, 27 de agosto de 1923 Las experiencias entre la muerte y un nuevo nacimiento

   Índice

    RUDOLF STEINER 

Conocimientos de Iniciación

LAS EXPERIENCIAS ENTRE LA MUERTE Y UN NUEVO NACIMIENTO

 Penmaenmawr, 27 de agosto de 1923

novena conferencia

Ayer comencé mi conferencia con un breve esbozo de las experiencias del hombre mientras duerme, y de cómo en cierto sentido, presagian sus experiencias después de la muerte. Estas experiencias del dormir se encuentran más allá del llamado umbral, que en el curso de nuestros días aquí, se ha mencionado a menudo. Las experiencias que voy a describir ahora son vividas por todos los seres humanos cuando duermen, aunque no llegan a la conciencia ordinaria en la vida terrestre, sino que sólo son accesibles a la Imaginación, la Inspiración y la Intuición. Como no entran en la conciencia, no debemos creer que no existen; existen, y pasamos por ellas. Si se me permite un símil, es como si a un hombre le llevaran por una habitación con los ojos vendados. No ve nada, pero tiene que esforzarse para caminar, y puede tener cierta experiencia de muchas cosas de la habitación, aunque no pueda verlas. Lo que voy a describir sobre el tiempo que transcurre entre el dormir y el despertar está sumido, por así decirlo, en la oscuridad, ya que la conciencia es ciega a ello, pero es vivido positivamente por los seres humanos, y los efectos de todo lo que experimentamos al dormir entran en nuestra vida de vigilia. Por lo tanto, sólo comprendemos correctamente lo que cualquier persona experimenta, desde el momento en que se despierta hasta que se va a dormir, cuando lo consideramos como la combinación de las secuelas de su último dormir con todo lo que hace a través de sus cuerpos físico y etérico durante el día.

Ahora bien, cuando un hombre se va a dormir, al principio se apodera de él un sentimiento indefinido de ansiedad. En la vida ordinaria sobre la Tierra, esta ansiedad no se eleva a la conciencia, no se manifiesta realmente; pero está allí como un proceso en el cuerpo astral y en el Yo del hombre, y él traslada sus resultados a su estado de vigilia durante el día siguiente. Si esta ansiedad no se transmitiera, si no actuara en la vida de vigilia como una fuerza en el cuerpo físico y en el cuerpo etérico, el hombre sería incapaz de mantener unida su constitución física para que, por ejemplo, segregara sales y sustancias similares de la manera correcta. Esta secreción, necesaria para el organismo, es en todo un efecto de la ansiedad subconsciente durante la vida de dormir. Por lo tanto, en primer lugar, al dormir, entramos en lo que podría llamar una esfera de ansiedad.

Estas experiencias durante el dormir producen en el hombre, también inconscientemente, un profundo anhelo hacia lo divino, que entonces siente que llena, penetra, impregna todo el Cosmos. Para él entonces, el Cosmos se resume en una especie de formación de nubes que revolotean, tejen y se mueven sin cesar, en la que uno está viviendo, pudiendo en todo momento sentirse vivo, pero al mismo tiempo dándose cuenta de que en cualquier momento puede verse sumergido en todo ese tejido y esa vida. El hombre se siente entretejido con el movimiento ondulante de lo divino en todo el mundo. Y en el sentimiento panteísta de Dios que surge en todo ser humano sano durante la vida de vigilia, está la secuela, la consecuencia, del sentimiento panteísta de Dios que se experimenta inconscientemente durante el dormir. El hombre siente entonces que su alma está llena de una convicción interior inconsciente, nacida, podría decirse, de la ansiedad y la impotencia; y llena también de algo así como una fuerza interior de gravedad en lugar de la gravedad ordinaria del mundo físico.

Las enseñanzas de los misterios rosacruces expresaban lo que sobreviene al hombre cuando se sumerge en el reino de las tres necesidades capitales. Se explicaba la experiencia que les sobrevenía a los alumnos inmediatamente después de dormir. Se les decía: Vuestras experiencias diurnas se hunden en formaciones de nubes móviles y flotantes, pero éstas se revelan como teniendo la naturaleza de seres. Tú mismo estás entretejido con estas nubes, y te ciernes angustiado e impotente al borde de un abismo. Pero ya has descubierto lo que entonces debe ser traído a tu conciencia en tres palabras, -palabras que deben impregnar toda tu alma: Ex Deo nascimur. Este Ex Deo nascimur, tan vago para la conciencia ordinaria, pero elevado a la conciencia para los estudiantes de los nuevos Misterios, es lo que un hombre experimenta por primera vez al entrar en el estado de dormir.

 Más adelante en estas conferencias veremos cómo este Ex Deo nascimur desempeña también un papel histórico en la evolución mundial de la humanidad. Lo que estoy describiendo ahora es el papel que desempeña durante la existencia terrena en la vida de cada hombre, personalmente, individualmente.

Si el hombre continúa durmiendo, la siguiente etapa es que la visión ordinaria del Cosmos, vista desde la Tierra, cesa. Mientras que por la noche la Tierra, las estrellas brillantes y resplandecientes están allí para él, junto con la Luna, y durante el día el Sol juega con sus sentidos, en cierto momento durante el dormir ve cómo todo este mundo estrellado se desvanece. Las estrellas cesan como entidades físicas, pero en los lugares donde aparecían físicamente a los sentidos surgen de sus rayos, -que se han desvanecido-, los genios, los espíritus, los dioses de las estrellas. Por Inspiración consciente el Cosmos se transforma en un universo parlante, declarándose a través de la música de las esferas y de la palabra cósmica. El Cosmos se compone entonces de seres espirituales vivos, en lugar del Cosmos visible a los sentidos desde la Tierra.

Esto se experimenta de tal manera, que si un hombre tomara conciencia de ello, sentiría como si todo el Cosmos espiritual, desde todos los lados, estuviera pronunciando un juicio sobre lo que él ha hecho de sí mismo como ser humano a través de todas sus obras, tanto buenas como malas. Sentiría que su valor humano está ligado al Cosmos.

Sin embargo, lo que le llega en primer lugar es desconcertante, y si pudiera experimentarlo conscientemente, como lo hace la Inspiración, se daría cuenta de ello, y se le hace necesario una guía. En el período actual de la evolución humana, esta guía aparece si durante la vida en la Tierra, el hombre ha tejido en su alma y en su corazón un hilo que lo una al Misterio del Gólgota; es decir, si ha creado un vínculo con el Cristo, que, en calidad de Jesús, pasó por el Misterio del Gólgota. El sentimiento que se apodera inmediatamente de un hombre en la época actual, -mañana hablaremos de otras épocas-, es que, en la esfera en la que ahora entra, su alma desconcertada se desintegraría seguramente si el Ser que ha venido a ser la vida misma de sus conceptos y sentimientos, y de los impulsos de su corazón, si el Cristo no fuera su Guía.

El acercamiento del Cristo como Guía, -que en esta esfera debe ser concebido como conectado con la vida del Sol, así como el hombre está conectado con la vida terrenal-, es sentido a su vez de la misma manera que se sentía cuando una Escuela de Misterios medieval lo presentaba ante las almas de los alumnos con las palabras: In Christo morimur. Pues tal sentimiento es, que el alma debe perecer si no muere en Cristo, por lo tanto muriendo a la vida cósmica.

De este modo, el hombre vive las experiencias del dormir. Después de percibir las estrellas del Cosmos en su ser esencial, y debido a que en esta esfera no puede alcanzar la vigilia consciente, le sobreviene el anhelo de regresar a la esfera en la que es consciente. Por eso despertamos; es la fuerza por la que somos despertados. Desarrollamos un sentimiento inconsciente de que, debido a lo que hemos absorbido del ser real de las estrellas, de los dioses estelares, no estaremos espiritualmente vacíos cuando despertemos; porque llevamos con nosotros, a la vida diaria del cuerpo, el espíritu que mora en nuestra alma.

Los alumnos de los Centros de Misterios medievales eran conscientes de este sentimiento, el tercero de la serie de experiencias nocturnas y personales de los seres humanos en la Tierra, mediante un tercer dicho: Per spiritum sanctum reviviscimus. Esta triple experiencia del mundo espiritual que subyace más allá del Guardián del Umbral, - que sólo es ignorado por los hombres de la época actual-, es así perceptible en tres etapas, y al mismo tiempo imprimen en el alma humana lo que verdaderamente puede llamarse la Trinidad, la Trinidad que impregna la vida espiritual, tejiendo y viviendo a través de ella.

Lo que les he estado describiendo aquí es experimentado por un hombre cada noche en una imagen, en la cual se entretejen sus experiencias diurnas, retrocediendo en el tiempo. Del mismo modo que durante la vigilia nuestras experiencias terrenas se entrelazan con las de los procesos naturales, durante la noche experimentamos esta repetición hacia atrás entretejida con recuerdos del mundo de las estrellas. Pero todo esto es al principio una imagen.

Esto sólo puede realizarse cuando el hombre ha atravesado la puerta de la muerte. Aquí en la Tierra es una imagen vivida al revés. Sólo se convierte en realidad cuando, al cabo de tres o cuatro días de haber fallecido, hemos completado el examen panorámico de nuestros recuerdos descrito ayer, y entramos en el mundo espiritual no ya en términos de imágenes, como hacemos cada noche, sino en la realidad.

෴෴෴෴෴෴෴෴෴෴

Si se quiere comprender los procesos por los que pasa conscientemente el hombre después de haber atravesado la puerta de la muerte, hay que tener en cuenta lo siguiente. Los dioses, es decir, los seres espirituales con los que nos encontramos, -quiero decir de las estrellas transformadas, metamorfoseadas-, ellos viven en una dirección cósmica muy diferente a la que nosotros, los hombres terrenales, vivimos durante nuestra existencia terrena. Les estoy diciendo una verdad muy importante sobre los mundos espirituales, una verdad que no se suele tener en cuenta incluso cuando se habla de los mundos espirituales de forma más teórica y menos vívida. Las personas terrenales, cuando somos conscientes, llevamos un cuerpo físico y otro etérico. Estos cuerpos físico y etérico están dispuestos de tal manera que nuestra experiencia es tal que vivimos de lo anterior a lo posterior, de modo que nos encontramos en una determinada corriente en el tiempo.

Designaré esta corriente con una línea de flecha roja (ver esquema a). Esta es la peculiaridad de nuestro cuerpo físico y etérico que tienen esta dirección en el cosmos (flecha roja de izquierda a derecha). Si esto (ver esquema b) es nuestro cuerpo físico (círculo rojo) y esto es nuestro cuerpo etérico (círculo amarillo), entonces cuerpo físico y cuerpo etérico se mueven en esta dirección (flecha b de izquierda a derecha). Y toda nuestra experiencia en el mundo, mientras seamos seres humanos, transcurre en esta dirección.

Esas entidades que encontramos cuando ascendemos a la existencia entre la muerte y un nuevo nacimiento, donde realizamos la experiencia de lo que experimentamos aquí en la imagen mientras dormimos, se mueven en dirección opuesta. Vienen continuamente hacia nosotros. De modo que en relación con lo que llamamos tiempo en la vida terrestre, debemos decir: Los dioses tienen cuerpos espirituales, para mí cuerpos de luz, con los que se mueven desde el futuro más lejano hacia el pasado. De modo que los dioses se mueven en esta dirección (flecha de derecha a izquierda, diagrama C).

Y cuando entramos en el tiempo que pasamos entre la muerte y un nuevo nacimiento, así como aquí en la tierra tomamos nuestros cuerpos físicos de las sustancias físicas, al pasar por el tiempo entre la muerte y un nuevo nacimiento tomamos los cuerpos divinos. Nos vestimos allí con los cuerpos divinos de lo que he llamado en mi "Teosofía" el hombre espiritual y el espíritu vital. De modo que cuando atravesamos la puerta de la muerte, nosotros mismos nos revestimos de un espíritu vital (blanco) y de un hombre espiritual (verde), pero recibimos así la dirección opuesta en el universo y después de la muerte vivimos nuestra vida primero de vuelta al nacimiento, o más bien a la concepción. Así que hemos ido en la vida aquí en la tierra desde el nacimiento o la concepción - si ahora dibujo lo que pasa como un círculo para aclarar el asunto - hemos ido durante nuestra existencia terrenal en esta dirección (mitad superior del círculo) y después de la existencia terrenal volvemos en esta dirección (mitad inferior del círculo) a nuestro lugar temporal de nacimiento o concepción.

Así como cuando salimos de nuestra casa, vamos a algún lugar y volvemos de nuevo, describiendo entonces, por así decirlo, una circunferencia en el espacio, así describimos según el tiempo, -pues en este mundo en el que entramos ya no hay espacio, pero el tiempo todavía está presente-, un curso de ida y vuelta, de modo que vamos entre el nacimiento y la muerte, y primero, después de haber pasado por eso entre el nacimiento y la muerte, vamos hacia atrás a través de las experiencias terrestres nocturnas como realidades espirituales, hasta que volvemos de nuevo a nuestro lugar de partida en el tiempo. Hemos completado el primer círculo de los círculos que tenemos que completar después de la muerte. Como ven, de estos círculos de la vida, de la vida en su conjunto, se habla poco hoy en día en la época del pensamiento materialista, y debemos retroceder un poco en el desarrollo de la humanidad en la tierra si queremos encontrar un lenguaje que corresponda realmente a estos verdaderos procesos de la vida humana. Si nos remontamos a la sabiduría oriental, que reconocía estas cosas no desde una percepción consciente como la nuestra, sino desde una clarividencia un tanto onírica, nos encontramos con una expresión maravillosa dentro de la sabiduría oriental-india. Y notamos que esta maravillosa expresión proviene de la comprensión que hoy podemos adquirir de nuevo si realmente cruzamos el umbral con comprensión, pasamos conscientemente el guardián del umbral y entramos conscientemente en el mundo espiritual.

Cuando el mundo espiritual se describe en teorías construidas al menos medio intelectualmente, no está muy lejos de una imagen materialista del Cosmos. El ser humano comienza su vida al nacer, luego se convierte en niño y más tarde en joven o muchacha, envejece y se acerca a la muerte, y así sucesivamente en una línea recta que, naturalmente, nunca llega a su fin. Cualquiera que conozca la Iniciación sabe lo absurdo que es hablar de un final. Este camino no tiene fin: vuelve sobre sí mismo. Y la maravillosa expresión utilizada por los antiguos Iniciados orientales para describir este hecho es "la rueda de los nacimientos".

Se habla mucho de esta "rueda de los nacimientos", pero hoy en día poco apunta a la verdad. En realidad, hemos realizado la primera revolución de esta rueda al final de nuestro viaje alrededor de las estrellas, que dura aproximadamente un tercio de toda nuestra vida terrestre, es decir, el tiempo que pasamos durmiendo en la Tierra. Entonces hemos completado la primera revolución, y en la vida entre la muerte y el renacimiento podemos esperar nuevas revoluciones de la rueda.

Así es cuando, con el conocimiento despertado a través de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición, nos abrimos camino hacia los mundos que yacen tras el velo del mundo de los sentidos. Son mundos que una vez, en un remoto período de la evolución, estuvieron abiertos al hombre como herencia de una época pasada, cuando se asociaba con Seres divino-espirituales en la forma descrita. Sólo cuando la comprensión de los mundos espirituales nos lleva a los tiempos antiguos, cuando la gente conocía estos mundos, es posible comprender todo lo que nos ha llegado de la antigua sabiduría. Y entonces nos llenamos de asombro ante esta sabiduría primigenia de la humanidad. De modo que cualquiera que haya recibido la Iniciación en la actualidad no puede hacer otra cosa que mirar hacia aquellos antiguos días de la existencia terrena del hombre con admiración, con reverencia.

De esto se desprende algo más: que sólo a través de la Ciencia Espiritual de hoy podemos llegar de nuevo a la verdadera forma en que se percibían las cosas antiguamente. Las personas que quieren excluir la Ciencia Espiritual moderna no tienen medios de comprender el lenguaje hablado por aquellos que poseían la sabiduría primitiva de la humanidad; por lo tanto, son fundamentalmente incapaces de imaginar las cosas históricamente. Aquellos que no saben nada del mundo espiritual son a menudo bastante ingenuos en la forma en que exponen e interpretan los antiguos registros de los pueblos primitivos. Así, en documentos que quizás contengan sabiduría primigenia ahora oscurecida, encontramos resonando palabras tan maravillosas como "la rueda de los nacimientos". Estas palabras deben entenderse redescubriendo la realidad a la que aluden. Por lo tanto, las personas que quieran dar una imagen de la verdadera historia de la humanidad en la Tierra no deben retraerse de aprender primero a conocer el significado del lenguaje utilizado en aquellos lejanos días.

Podría muy bien haber comenzado por describir la evolución histórica de la humanidad en los términos utilizados en los registros antiguos; pero entonces ustedes no habrían oído palabras utilizadas simplemente como palabras, como sucede tan a menudo en el mundo de hoy. Por lo tanto, si se quiere dar una imagen verdadera de la parte del mundo de la realidad vivida por un hombre durante su período histórico, hay que empezar por describir su relación con los mundos espirituales. Porque sólo de esta manera estamos capacitados para encontrar nuestro camino en el lenguaje utilizado, y en todo lo que se hizo en aquellos tiempos antiguos para mantener una conexión con los mundos espirituales.

Ayer describí cómo los sacerdotes druidas colocaban piedras y las protegían de tal manera que, al contemplar la sombra proyectada dentro de esta estructura y mirar a través de las piedras, podían obtener información relativa a la voluntad de los mundos espirituales que se imprimía en lo físico. Pero había algo más relacionado con esto. En el mundo espiritual no sólo hay una partida, sino también un regreso. Así como hay fuerzas del tiempo que nos llevan hacia adelante a través de la existencia física en la Tierra, y después de la muerte nos arrastran de nuevo hacia atrás, así, en las estructuras establecidas por los druidas, hay fuerzas que descienden desde arriba y también fuerzas que ascienden desde abajo. De ahí que en estas estructuras los sacerdotes druidas observaran tanto una corriente descendente como una ascendente. Cuando sus estructuras se instalaban en lugares apropiados, los sacerdotes podían percibir no sólo la voluntad de los Espíritus divinos que descendían del Cosmos, sino que -dado que en la corriente ascendente prevalecía la unidimensionalidad- podían percibir los elementos buenos o malos que pertenecían a los miembros de su comunidad y fluían desde ellos hacia el Cosmos. Así estas piedras sirvieron como un observatorio para los sacerdotes druidas, permitiéndoles ver cómo las almas de su pueblo estaban en relación con el Cosmos.

Todos estos secretos, todos estos misterios, están conectados con cosas que han permanecido desde tiempos antiguos, y existen ahora en una forma tan decadente. Sólo podrán ser comprendidos cuando, mediante el poder de la Imaginación, la Inspiración y la Intuición individuales, el mundo del Espíritu salga una vez más de su existencia oculta y sea traído a la conciencia.

෴෴෴෴෴෴෴෴෴

Estos movimientos circulares -que, por supuesto, son metafóricos, ya que uno se mueve en el ámbito unidimensional- se repiten durante la vida del hombre entre la muerte y el nuevo nacimiento. Y al igual que esta revolución, -salir del nacimiento a la muerte y volver de la muerte al nacimiento-, otras siguen su curso en toda la vida del hombre entre la muerte y el renacimiento, pero de tal manera que siempre hay un cambio de nivel entre la experiencia de la salida y la experiencia del regreso. En la primera vuelta de la rueda del nacimiento, la diferencia radica en que experimentamos la mitad de la salida hasta la muerte, y la mitad del regreso, -que dura, si se mide por el tiempo terrenal, un tercio de nuestra vida en la Tierra-, inmediatamente después de la muerte física. Entonces se ha completado la primera ronda. Siguen otras, y continuamos haciendo tales rondas hasta que llegamos a un lugar muy definido desde el cual podemos viajar de regreso en la forma que voy a describir mañana. Continuamos completando estas vueltas de la rueda hasta que alcanzamos el punto, en el conjunto de nuestra vida, que indica la muerte que experimentamos en nuestra última encarnación.



Así, en círculos, -aunque nuestra primera experiencia después de la muerte es un mirar hacia atrás, un vivir hacia atrás-, vivimos lo que experimentamos entre nuestra última muerte y nuestro último nacimiento en la existencia terrestre. Cada uno de estos viajes circulares corresponde en su partida a una vida cósmica de dormido. Si tuviéramos que describir con más detalle estos círculos, diríamos que la salida siempre se corresponde con una vida después de la muerte, en la que un hombre con todo su ser sale más al mundo cósmico y es consciente de vivir en él, de hacerse uno con él.

Cuando un hombre regresa a sí mismo desde el mundo cósmico, este regreso se corresponde con su labor sobre lo que ha experimentado allí, y ahora se da cuenta de que está unido a sí mismo. Así como aquí en la Tierra tenemos que dormir y despertar alternativamente para una vida sana, entre la muerte y el nuevo nacimiento tenemos que experimentar siempre un fluir hacia el Cosmos, cuando nos sentimos tan grandes y abarcadores como el Cosmos mismo, y percibimos las creaciones y los hechos del Cosmos como propios. Nos identificamos con todo el Universo tan completamente que decimos: Aquello que contemplaste con tus ojos físicos como habitante de la Tierra; aquello que te miró en su reflejo físico como el Cosmos de las estrellas, -en esto estás viviendo ahora. No es, sin embargo, como estrellas físicas, sino como Seres divino-espirituales que ahora están uniendo su existencia con la tuya. Por así decirlo, te has disuelto en la vida del Cosmos, y los Seres divino-espirituales del Cosmos viven en ti. Te has identificado con ellos. Esa es una parte de la experiencia por la que pasamos entre la muerte y un nuevo nacimiento, llámese noche cósmica o día cósmico. Los términos utilizados en la Tierra son naturalmente indiferentes para los Dioses que viven en el mundo espiritual. Para hacernos comprender lo que experimentamos ahí fuera, tenemos que utilizar formas terrenales de hablar, pero deben corresponder a la realidad.

A las épocas en las que crecemos junto con el Cosmos, en las que nos identificamos con todo el Cosmos, les siguen otras en las que retrocedemos, por así decirlo, a un único punto dentro de nosotros mismos, cuando todo lo que experimentamos al principio como vertido en todo el Cosmos lo sentimos ahora como un recuerdo cósmico, unido interiormente a nosotros mismos. Sentimos la rueda de los nacimientos como si girara perpetuamente, llevándonos hacia el Cosmos y de vuelta a nosotros mismos, allí para experimentar en miniatura lo que hemos vivido allí fuera. Luego volvemos a salir y a regresar, siguiendo un camino en espiral.
En efecto, la rueda de los nacimientos puede describirse como un movimiento en espiral, que gira perpetuamente sobre sí misma. De este modo, entre la muerte y un nuevo nacimiento, progresamos a través de una alternancia de autoexperiencia y autoentrega. Decir esto, sin embargo, sólo nos lleva tan lejos como si describiéramos los acontecimientos de la Tierra en el curso de las veinticuatro horas diciendo: El ser humano duerme y se despierta. Sólo hemos llegado hasta ahí con tal descripción de la experiencia del hombre entre la muerte y un nuevo nacimiento en el mundo espiritual. Pues la entrega y el repliegue del yo en el mundo espiritual se asemejan a la vigilia y al dormir en la vida terrenal. Y así como en la vida terrenal sólo tienen cabida los acontecimientos que el hombre ha vivido, en la realización de estas ruedas de nacimientos y muertes los acontecimientos espirituales que intervienen son los que el hombre ha experimentado realmente entre la muerte y el renacimiento. Para comprender estos acontecimientos, debemos formarnos una idea cabal de cómo son realmente las cosas para un hombre en la vida terrenal.

Hablando estrictamente, un hombre sólo está despierto en su mundo conceptual y en una parte estrechamente conectada de su mundo de sentimientos. Cuando tiene la intención de hacer algo, aunque sólo sea coger un lápiz, su intención vive en un concepto y se dispara hacia la voluntad, que entonces hace una petición a los músculos, hasta que le llega el concepto ulterior de haber cogido el lápiz. Toda esta actividad, que expresa su voluntad y deseo, permanece envuelta en la oscuridad para su conciencia terrenal; se asemeja a su vida de dormir. Sólo en nuestros conceptos y en parte de nuestra vida de sentimiento estamos normalmente despiertos. En la otra parte de nuestro sentimiento, la que aprueba o desaprueba las acciones de la voluntad, y en la voluntad misma, estamos dormidos.

Ahora bien, después de la muerte no nos llevamos nuestros pensamientos con nosotros. Así como no nos los llevamos con nosotros por la noche al dormirnos, tampoco nos los llevamos a esa vida después de la muerte. En el mundo entre la muerte y el nuevo nacimiento tenemos que formar nuestros propios pensamientos de acuerdo con ese mundo. Sin embargo, llevamos con nosotros lo que yace en nuestro subconsciente: nuestra voluntad y la parte de nuestro sentimiento conectada con ella. Precisamente con todo aquello de lo que somos inconscientes en la vida terrena, con todo lo que vive en nuestros impulsos y deseos, y en nuestra voluntad influenciada por los sentidos, y con todo lo que vive espiritualmente en nuestra voluntad - es con todo esto con lo que atravesamos el tiempo entre la muerte y el renacimiento, haciendo conscientes nuestros pensamientos cósmicos sobre nuestras experiencias inconscientes en la Tierra.

Si queremos comprender los tiempos vividos inmediatamente más allá de la puerta de la muerte, debemos tener claro que las experiencias que llegan al alma desde el cuerpo físico adquieren otro aspecto directamente ya no poseemos un cuerpo físico. No es el cuerpo físico, con sus sustancias químicas, el que experimenta el hambre y la sed; éstas son experiencias del alma. Pero es a través del cuerpo físico como se satisfacen todas esas apetencias aquí en la Tierra. El hambre vive en el alma, y en la vida terrena el hambre se satisface a través del cuerpo; a través del cuerpo se sacia la sed, aunque la sed también vive en el alma. Cuando han pasado la puerta de la muerte, ya no tienen cuerpo físico, pero siguen teniendo sed y hambre por que siguen teniendo alma. Esta sed y esta hambre las llevan consigo a través de la puerta de la muerte, y durante un tercio de la duración de su vida en la Tierra, mientras retroceden a través de sus noches, tienen tiempo de desacostumbrarse de la sed, del hambre y de todos los demás deseos que sólo se experimentan a través del cuerpo. En esto consiste la experiencia interior después de la muerte de este tercio de su vida en la Tierra: todo lo que sólo puede gratificarse a través del cuerpo -o, en todo caso, sólo en la vida terrena- se purga del alma, y el alma se libera de estos deseos. Más adelante veremos lo que hay más allá.

Les he descrito ahora una parte de la experiencia del hombre después de atravesar la puerta de la muerte, una descripción basada en lo que hemos estudiado hoy. Mañana profundizaremos en la vida entre la muerte y el renacimiento, en su relación con toda la evolución terrestre de la humanidad. Sin embargo, debemos tener claro el alcance de los acontecimientos que entran en la vida terrena. Mucho de lo que ahora sólo puede investigarse por medio de la imaginación, la inspiración y la intuición, estuvo en otro tiempo abierto a los hombres por medio de una especie de visión instintiva. La noche no era un libro tan cerrado para ellos. Su vida de vigilia tomaba un curso más onírico, y en sus imágenes oníricas revelaba más del mundo espiritual.

Quisiera ahora llamar la atención sobre algo que verán más claramente durante los próximos días. Vivimos en una época en la que los seres humanos están expuestos en grado sumo al peligro de perder toda conexión con el mundo espiritual. Y quizás, ya que estamos tan cerca aquí de centros que recuerdan a los antiguos druidas europeos, será apropiado mencionar ciertos síntomas que, aunque no son dañinos en sí mismos, muestran no sólo lo que está ocurriendo en la Tierra, sino también lo que está sucediendo espiritualmente entre bastidores de la existencia.

Consideremos ahora al hombre medieval, incluyendo su lado sombrío; consideremos la llamada Edad Oscura; comparemos todo esto con la humanidad actual. Tomaré sólo dos síntomas que pueden mostrarnos cómo, desde el punto de vista espiritual, debemos contemplar el mundo. Vean un libro medieval. Cada letra está como pintada. Nos parece ver realmente cómo el ojo se posaba en esos caracteres. Toda el alma del escritor, cuando se posaba sobre las letras escritas en aquellos días, estaba en sintonía para penetrar profundamente en todo lo que pudiera llegarle como revelaciones de los mundos espirituales.

Y ahora consideren una gran cantidad de escritura a mano de hoy en día: ¡es apenas legible! Las letras no producen el mismo placer que una pintura; se lanzan sobre el papel como con un movimiento mecánico de la mano, o eso parece muy a menudo. Por otra parte, ya está empezando la época en que ya no se escribirá a mano, -sólo a máquina-, y ya no experimentaremos ninguna conexión con las palabras sobre el papel. Esto, y el automóvil, son los dos síntomas que muestran lo que sucede entre bastidores de la existencia, y cómo los seres humanos son alejados cada vez más del mundo espiritual.

No crean que quiero presentarme ante ustedes como el típico reaccionario al que le gustaría acabar con los coches y las máquinas de escribir, o incluso con esta terrible escritura. Cualquiera que se dé cuenta de cómo va el mundo sabe muy bien que esas cosas tienen que ser; están justificadas. Por lo tanto, no se trata de abolirlas; lo único que digo es que al tratar con ellas debemos estar en guardia. Estas cosas tienen que venir y deben ser aceptadas de la misma manera que aceptamos la noche y el día, aunque el entusiasmo por ellas pueda encontrarse principalmente entre personas fuertemente inclinadas al materialismo. Sin embargo, todos estos desarrollos, la escritura ilegible, el angustioso ruido de las máquinas de escribir y el horrible ajetreo de los automóviles, todo esto tiene que ser afrontado para que los hombres desarrollen correctamente un vigoroso acercamiento al conocimiento espiritual, al sentimiento espiritual y a la voluntad espiritual. No se trata de luchar contra lo material, sino de llegar a conocer su realidad y su necesidad; y también de ver cuán esencial es que la fuerza del espíritu se oponga al peso aplastante de la existencia física. Entonces, mediante una oscilación del péndulo entre los automóviles y las máquinas de escribir y la Imaginación y la penetración en el mundo espiritual, -frutos del trabajo científico-espiritual-, se puede fomentar el sano desarrollo de la humanidad, que de otro modo sólo puede verse perjudicado.

Esto hay que decirlo especialmente en Penmaenmawr, pues aquí, por un lado, percibimos cómo permanecen las Imaginaciones de los viejos tiempos de los Druidas, como ya he descrito; mientras que, por otro lado, descubrimos cuán forzosamente son destruidas estas Imaginaciones por el correr de los automóviles a través de la atmósfera.

Traducido por J.Luelmo ago,2023


GA140 Milán 27 de octubre de 1912 La vida entre la muerte y el nuevo nacimiento

   volver al ciclo

RUDOLF STEINER


 LA VIDA  ENTRE LA MUERTE Y EL NUEVO NACIMIENTO

Estudios sobre el transcurso de la vida entre la muerte y el nuevo nacimiento

Milán 27 de octubre de 1912

2ª conferencia

 

Nuestras consideraciones nos han llevado al punto de que después de la muerte la conciencia solo puede mantenerse gracias al recuerdo del Misterio del Gólgota. Hasta este momento la existencia después de la muerte consiste en recuerdos de la vida en la tierra por medio de visiones, no a través de los sentidos. También durante este período, las realidades del mundo espiritual sólo pueden ser percibidas a través de visiones.

Poco a poco, al alma le resulta cada vez más difícil retener los recuerdos de la vida terrenal y se produce un estado de olvido. Si después de la muerte uno se encuentra con una persona que ha conocido, al principio la reconocerá fácilmente. A medida que pasa el tiempo esto se vuelve más difícil, y más tarde la conexión sólo puede ser recordada relacionándose con el Misterio del Gólgota. Cuanto más se impregne uno de él, más fácil será reconocer su entorno. Sin embargo, al llegar a la etapa en la que el recuerdo del Misterio del Gólgota es necesario para mantener la conciencia, comienza una gran transformación. Entonces ya no somos capaces de mantener las visiones anteriores. Por ejemplo, hasta esta fase podemos hablar en términos de fenómenos de color astral en este reino y de las imágenes visionarias de los seres que nos rodean. A medio camino entre la muerte y el nuevo nacimiento, las visiones y los recuerdos se desvanecen, perdemos nuestra conexión con ellos y se separan de nuestro ser. Para caracterizar esta fase con mayor precisión, consideremos lo siguiente, que a primera vista puede resultar bastante chocante.

En esta etapa uno siente que se aleja de la tierra. La tierra está muy lejos debajo de uno, y al viajar al mundo espiritual uno siente que ha llegado al Sol. Así como durante la vida terrenal nos sentimos unidos a la tierra, ahora nos sentimos unidos al Sol con todo su sistema planetario. Por eso, en nuestro ocultismo moderno se pone tanto énfasis en comprender cómo Cristo vino a la tierra desde la esfera del Sol. Es esencial comprender cómo, a través del Misterio del Gólgota, Cristo nos conduce al Sol. El ocultismo muestra que Cristo es un ser solar que puede llevarnos de vuelta al Sol. Ahora viene lo que puede causar un shock. Es imperativo no sólo comprender nuestra relación con el Cristo. Debemos comprender algo más. Ahora llega el momento en que nos enfrentamos, y necesitamos comprender, al ser conocido como Lucifer. La sensación en el Sol no es la de estar rodeado de un flujo de luz física, sino la de habitar en la luz pura del espíritu. A partir de este momento, ya no se experimenta a Lucifer como un ser antagónico. Por el contrario, aparece cada vez más justificado en el mundo. Uno siente ahora el impulso, en el curso ulterior de la vida después de la muerte, de reconocer a Cristo y a Lucifer lado a lado como poderes igualmente justificables. Por muy extraña que pueda parecer la igualdad de importancia de Cristo y Lucifer, a partir de esta etapa se alcanza esta percepción y se llega a ver a estos dos poderes más o menos como hermanos. La explicación de esto hay que buscarla en las experiencias que el alma tiene que experimentar en el curso posterior de la vida después de la muerte.

He descrito a menudo las condiciones de vida en Saturno, el Sol y la Luna, y en ellas tenéis recorrido el camino espiritual después de la muerte. Lo notable es que uno no experimenta los eventos en el orden de la creación cósmica: Saturno, Sol y Luna, sino que primero viene la existencia lunar, luego la existencia solar y finalmente la existencia de Saturno. Cuando leáis las descripciones que he dado en la Memoria Cósmica y luego procedáis más atrás de la Luna, encontraréis el reino que el alma experimenta en su viaje hacia atrás después de la muerte. Contemplar esto directamente en el mundo espiritual da la impresión de un recuerdo de la vida antes del nacimiento. En el reino que acabamos de caracterizar, el elemento moral tiene una importancia aún mayor para el curso posterior de la vida. En la Memoria Cósmica, la "Crónica del Akasha", describimos cómo se pierde el interés, que hasta esta etapa era muy fuerte, en toda experiencia terrenal. Nuestro interés por los hombres con los que hemos estado relacionados disminuye, y perdemos el interés por las cosas. Nos damos cuenta de que los recuerdos que todavía tenemos en este punto son llevados adelante sólo por el Cristo. Cristo nos acompaña, y como resultado somos capaces de recordar. Si Cristo no nos acompañara, nuestro recuerdo de la vida terrenal se desvanecería, porque es la experiencia de unirnos a Cristo lo que nos conecta con la tierra más allá de este punto.

Así, a través de una nueva etapa en el mundo espiritual, adquirimos un interés totalmente nuevo por Lucifer y su reino. Separados de los intereses terrenales, ahora podemos experimentar la confrontación de Lucifer absolutamente sin peligro. Hacemos el notable descubrimiento de que la influencia de Lucifer es perjudicial para nosotros sólo cuando estamos enredados en los asuntos terrenales. Ahora aparece como el ser que ilumina lo que tenemos que sufrir más tarde en el mundo del espíritu. Durante un largo período de tiempo sentimos que debemos adquirir lo que Lucifer puede concedernos en estos reinos del mundo del espíritu.


Una vez más puede ser chocante hablar de lo que se experimenta sólo subjetivamente. Sin embargo, lo que parece chocante es quizás en este caso lo más fácilmente comprensible, a saber, que después de un tiempo nos convertimos en habitantes de Marte. Después de habernos sentido habitantes del Sol, habiendo dejado atrás la Tierra, ahora dejamos la esfera del Sol y nos experimentamos en nuestra realidad cósmica como habitantes de Marte. De hecho, para esta fase parece como si Cristo nos hubiera dado todo lo relativo al pasado y que Lucifer nos prepara para nuestra futura encarnación. Si esta esfera de Marte se experimenta conscientemente y más tarde en la tierra puede ser recordada por medio de la iniciación, descubrimos que Lucifer nos otorga todas las experiencias no originadas en la esfera terrestre que llevamos dentro de nosotros a lo ancho del cosmos. Lucifer nos da todo lo que no está relacionado con la tierra. Nuestro antiguo interés humano se vuelve cada vez más cósmico. Mientras que antes absorbíamos en la tierra lo que nos daba el mineral, la planta, el animal, el aire y el agua, la montaña y el valle, a partir de ahora recogemos las experiencias que nos llegan del cosmos. Es una forma de percepción conocida desde siempre, pero poco comprendida, como la armonía de las esferas. Percibimos todo como armonías en lugar de los sonidos separados del mundo físico.

En un momento dado nos experimentamos como el centro del universo. Desde todos los lados percibimos los hechos cósmicos a través de la armonía de las esferas. Dejamos ahora el reino de Marte, y el ocultista denota que la siguiente esfera es Júpiter. A medida que avanzamos, la armonía de las esferas aumenta de volumen. Finalmente es tan poderosa que nos adormece. Estupefactos, nos elevamos hacia la armonía de las esferas.

Después de haber atravesado la esfera de Júpiter, nuestra existencia llega a Saturno, el límite más externo del sistema solar. En esta coyuntura, vivimos una importante experiencia de carácter moral. Si Cristo ha preservado nuestra memoria de las condiciones anteriores en la tierra y nos ha protegido de los estados de miedo que surgen de una conciencia menguante, nos damos cuenta, particularmente en nuestra configuración anímica actual, de lo poco que nuestra vida en la tierra estaba en sintonía con las exigencias morales más elevadas, con la majestuosidad de toda la existencia cósmica. Nuestra vida terrenal pasada se levanta con reproche. De una oscuridad indiferenciada, y esto es de la mayor importancia, aparece ante el alma la suma total de la última encarnación tal como se formó kármicamente durante esa vida.

De hecho, el cuadro general de su encarnación actual corresponde a lo que ahora surge en su alma en este estado después de la muerte, pero todo lo que tiene que objetar en su propia última encarnación se experimenta conmovedoramente. Contemplamos nuestra última vida terrenal desde un punto de vista cósmico.

A partir de este momento, ni el principio crístico ni Lucifer pueden mantener nuestra conciencia. A no ser que haya tenido lugar una iniciación en una vida terrestre anterior, la conciencia se atenúa definitivamente. Esto marca una condición necesaria de sueño espiritual que sigue a la conciencia que prevalecía hasta entonces. Este sueño espiritual está relacionado con otro factor. Debido a que todos los sentimientos y la capacidad de formar ideas han cesado, la totalidad de las fuerzas cósmicas, con excepción de las que emanan del sistema solar, pueden ahora actuar directamente sobre el hombre. Imagínese que todo el sistema solar está fuera de acción y que sólo actúan las fuerzas exteriores a él. Esto le dará una idea de las influencias que ahora comienzan a ser operativas.

Así hemos llegado al punto en el que comenzamos nuestra consideración ayer.

Consideremos ahora la importante relación entre la segunda fase de la vida después de la muerte y el período embrionario. Ustedes saben que la vida embrionaria comienza con un pequeño germen esférico. Ocultamente, hacemos la notable observación de que en sus primeras etapas el embrión representa una imagen-espejo de todo lo que el ser humano experimenta fuera del cosmos. Esto se ha descrito anteriormente. Al principio, el germen humano lleva una imagen-espejo de la existencia cósmica de la que se excluye su vida en el sistema solar. Es notable que durante las etapas posteriores del desarrollo embrionario se rechazan todas las influencias cósmicas, excepto las que emanan del sistema solar. Estas son absorbidas por el embrión. Las fuerzas hereditarias comienzan su actividad en el embrión en una etapa comparativamente posterior, cuando, durante la vida después de la muerte, hemos vuelto sobre nuestros pasos a través de Saturno, Júpiter y Marte. Por lo tanto, puede decirse que el germen ya es preparado por el hombre durante la existencia cósmica en una condición de sueño universal y antes del período embrionario.

Consideremos ahora las etapas del desarrollo embrionario que tienen lugar durante el período del sueño cósmico universal. En el diagrama indiquemos una tras otra las condiciones prenatales del ser humano del germen. Aquí tenemos una imagen especular.


Así pues, las condiciones embrionarias posteriores encuentran su imagen especular en la fase temprana de la vida prenatal, y las condiciones tempranas de la existencia embrionaria encuentran su reflejo en una fase posterior antes de la concepción. Así obtenemos una imagen-espejo espiritual a la inversa del desarrollo embrionario. Aquí está el embrión en una dirección, y para cada fase en una dirección me encuentro una imagen especular en la otra. Los dos lados se relacionan como objeto e imagen refleja, y la concepción marca el punto en el que surgen las imágenes reflejo. Si tuviera que representar ahora el desarrollo embrionario, tendría que ser dibujado en pequeño. Pero su imagen reflejo en la otra dirección tendría que ser muy ampliada, porque lo que el ser humano experimenta en diez meses lunares antes de nacer se experimenta en su reflejo en cuestión de años. Ahora toma todo lo que el hombre experimenta en el mundo espiritual hasta su reencarnación. En la primera fase de su vida después de la muerte toma en sí las secuelas de su vida en la tierra. En la segunda fase recoge las experiencias del cosmos.

La vida entre la muerte y el nuevo nacimiento está llena de contenido, pero falta una cosa. En efecto, recapitulamos todo lo que hemos vivido desde la encarnación anterior hasta la actual. Sentimos el ser cósmico, pero durante la primera etapa de la vida después de la muerte no experimentamos lo que ha sucedido en la tierra entre las dos encarnaciones. Hasta que llegamos a la esfera solar estamos tan preocupados por nuestros recuerdos de la vida anterior a la muerte que nuestro interés por los acontecimientos en la tierra se desvía por completo. Vivimos con aquellos individuos que también habitan en el mundo espiritual después de la muerte. Nos implicamos plenamente en las relaciones que mantenemos con ellos en la tierra y configuramos estos vínculos para que se ajusten a sus últimas consecuencias. Durante este período, nuestro interés se desvía continuamente y, por lo tanto, disminuye para con los que aún están en la tierra. Sólo cuando los que permanecen en la tierra nos buscan con sus almas se puede crear un vínculo con ellos. Esto debe considerarse un elemento moral importante que arroja luz sobre la conexión entre los vivos y los muertos. Una persona que ha muerto antes que nosotros y a la que olvidamos por completo, tiene dificultades para llegar a nosotros aquí en la vida terrenal. El amor, la constante simpatía que sentimos por los muertos, crea un camino en el que se establece una conexión con la vida terrenal. Durante las primeras etapas después de la muerte, aquellos que han fallecido sólo pueden vivir con nosotros a partir de esta conexión. Es sorprendente hasta qué punto el culto a la conmemoración de los muertos es confirmado en su significado más profundo por el ocultismo. Aquellos que han fallecido pueden llegar a nosotros más fácilmente si pueden encontrar pensamientos y sentimientos dirigidos hacia ellos desde la tierra.

La situación es diferente para la segunda etapa entre la muerte y el nuevo nacimiento. Entonces estamos tan profundamente involucrados en los intereses cósmicos que se hace extremadamente difícil establecer una conexión con la tierra durante este segundo período. Aparte del interés que tenemos por el cosmos, deseamos cooperar en la formación correcta de nuestro karma posterior. Además de nuestras impresiones cósmicas, retenemos mejor lo que tenemos que corregir kármicamente, y ayudamos a conformar una próxima vida que ayude a compensar las deudas kármicas contraídas.

Muchas personas dicen que no pueden creer en la reencarnación porque no desean volver a una vida en la tierra. Esto, por ejemplo, es una objeción actual. No deseo en absoluto volver a la tierra. Muchos dicen esto. La consideración anterior sobre el período entre la muerte y el renacimiento corrige este punto de vista. Durante este periodo queremos volver a la vida con todas nuestras fuerzas para corregir nuestro karma. Después del sueño cósmico descrito, cuando despertamos en el presente, olvidamos con demasiada facilidad que en realidad queremos reencarnar. Es irrelevante si es nuestro deseo durante la vida en la tierra volver a encarnar. Lo que importa es que lo deseemos en el período entre la muerte y el renacimiento, y ahí sí lo hacemos positivamente. En muchos aspectos, la vida entre la muerte y el renacimiento es lo más opuesto a lo que experimentamos aquí en la tierra entre el nacimiento y la muerte. Del mismo modo que en la vida terrenal nos fortalecemos mediante el sueño y nos dotamos de nuevas fuerzas, como resultado del sueño cósmico descrito nos equipamos con fuerzas para nuestra nueva encarnación.

Otra pregunta puede ser respondida por estas consideraciones. A menudo se pregunta: "Si se encarna con tanta frecuencia, ¿por qué el ser humano debe empezar una y otra vez desde la infancia? ¿Por qué no viene al mundo ya equipado con todo lo que tiene que aprender durante la infancia?" La respuesta está en el hecho de que en el intervalo entre nuestras encarnaciones no experimentamos lo que ha sucedido en la tierra. Por ejemplo, si una persona se encarnó por última vez en la Tierra antes del descubrimiento de la imprenta y se encarna de nuevo hoy, no habrá experimentado lo que se ha desarrollado en el período intermedio. De hecho, si se investiga el asunto más de cerca desde un aspecto histórico-cultural, se encontrará que en cada encarnación se tiene que aprender como un niño lo que ha sucedido en la tierra en el período intermedio. Consideremos, por ejemplo, lo que un niño de seis años tenía que aprender en la época romana. Eso era muy diferente de lo que tiene que aprender hoy en día. El lapso de tiempo entre dos encarnaciones corresponde al período necesario para que la vida cultural en la tierra haya cambiado completamente. No volvemos a una encarnación hasta que las condiciones de la tierra hayan cambiado de tal manera que no haya prácticamente ninguna similitud con las condiciones de nuestra encarnación anterior.

Lo que he descrito se refiere a la persona media. Por ejemplo, en algún caso la conciencia después de la muerte puede atenuarse antes que en otro, o la condición del sueño puede establecerse más rápidamente, como habréis comprendido por lo dicho anteriormente. Pero una ley cósmica opera para que el sueño cósmico acorte el período que pasamos en el mundo espiritual después de la muerte. El que entra antes en la condición de inconsciencia la experimenta más rápidamente. El tiempo pasa más rápido para él que para aquel cuya conciencia se extiende más lejos. Las investigaciones sobre la vida entre la muerte y el renacimiento revelan, en efecto, que las personas no espirituales se reencarnan relativamente más rápido que otras. Una persona que sólo se entrega a los placeres y pasiones sensuales, que vive fuertemente en lo que podríamos llamar su naturaleza animal, pasará poco tiempo entre encarnaciones. Esto se debe al hecho de que tal persona caerá comparativamente rápido en una condición de inconsciencia, de sueño. Por lo tanto, viajará rápidamente entre el período de la muerte y el renacimiento.

Además, sólo he descrito un caso medio porque he considerado especialmente a las personas que alcanzan una edad normal en la vida. Fundamentalmente, hay una diferencia considerable entre las almas que mueren después de los treinta y cinco años y las que mueren antes. Sólo los que han llegado a los treinta y cinco años experimentan más o menos conscientemente las distintas fases descritas. Una muerte temprana conlleva una condición de sueño más rápida entre la muerte y el renacimiento. Se podría objetar que, después de todo, uno no puede ser responsable de una muerte temprana y, por lo tanto, está inocentemente involucrado en un sueño cósmico más temprano. Pero esta objeción no es válida. No lo es porque una muerte temprana ha sido preparada como resultado de causas kármicas anteriores, y el desarrollo posterior puede tener lugar sólo porque el alma entra más rápidamente en el reino cósmico. Por muy extraño y chocante que pueda parecer esto, sabemos, como resultado de las investigaciones objetivas de la existencia cósmica, que el hombre a partir de cierto momento se expande en el cosmos y recibe las impresiones del cosmos, del macrocosmos. Al igual que el hombre está más profundamente involucrado en los asuntos terrenales durante los años intermedios de su vida física, en el período intermedio entre la muerte y el renacimiento está más profundamente involucrado en el cosmos.

Consideremos al niño. Todavía no vive plenamente en la tierra. Vive con toda la herencia de épocas anteriores, y tiene que establecerse en la existencia terrenal. Ahora consideremos la vida del hombre después de la muerte. Vive con lo que se ha llevado de la tierra, y tiene que adquirir las facultades perceptivas para la vida en el cosmos. En el período medio de nuestra existencia terrenal estamos más profundamente enredados en las condiciones terrenales, mientras que en la etapa intermedia entre la muerte y el renacimiento estamos más profundamente involucrados en las condiciones cósmicas. Cuanto más nos acercamos al final de nuestra existencia en la tierra, más nos alejamos de las condiciones terrenales en un sentido físico. Cuanto más nos acercamos al punto medio entre la muerte y el nuevo nacimiento, más nos retiramos del cosmos y nos volvemos de nuevo a la vida en la tierra.

Lo que acabo de describir como una analogía no es la base de las investigaciones científicas espirituales. Una analogía de este tipo sólo se le ocurre a un ocultista después de haber hecho las investigaciones ocultas necesarias y de haber procedido a comparar los hechos disponibles. Tal analogía también contiene un error. Supongamos que nos referimos al primer período después de la muerte como el de la infancia, y al segundo período como el de la vejez. Cometeríamos un error. Durante la existencia espiritual, entre la muerte y el nuevo nacimiento, somos de hecho viejos para empezar, y nos convertimos en niños en relación con la vida espiritual durante el segundo período. La vida espiritual fluye en el orden inverso. Para empezar, llevamos los errores y defectos de la vida terrenal al mundo espiritual. Luego, gradualmente, durante la existencia cósmica, se eliminan.

Me sorprendió mucho encontrar en las tradiciones antiguas no exactamente una confirmación, sino una indicación respecto a estos hechos. En la tierra, durante nuestra existencia física, hablamos de envejecer. En el mundo espiritual, entre la muerte y el renacimiento, debemos decir literalmente que nos hacemos jóvenes. De hecho, en lo que respecta a su ser espiritual, cuando alguien nace en un lugar determinado podemos decir que se hizo joven allí.

Ahora bien, curiosamente, en la segunda parte de Fausto encontramos las palabras: "Se hizo joven en el País de las Brumas". ¿Por qué Goethe utiliza la expresión "rejuvenecer" para expresar el nacimiento físico? Cuando nos remontamos al pasado encontramos que en la humanidad prevalecía una tradición que expresa la idea de que al nacer espiritualmente uno se vuelve joven. De hecho, cuanto más indagamos en la evolución pasada, más encontramos condiciones de clarividencia, como se subraya continuamente en nuestro ocultismo. Encontramos confirmación de ellas en todas partes.

Considerad, por ejemplo, lo que se mencionó ayer. Desde el momento de la muerte nos liberamos gradualmente de las condiciones terrenales, pero durante la vida entre la muerte y el renacimiento vivimos plenamente dentro de las condiciones cósmicas. Éstas las experimentamos como visiones; aparecen en lugar de impresiones sensoriales. He explicado cómo la luz de las Jerarquías incide en lo que experimentamos. Podemos describir esta situación de la siguiente manera. Imaginaos que no tenéis vuestra conciencia dentro de vosotros, sino fuera, en vuestro entorno. No tendríais la sensación de estar viviendo en vuestro cuerpo, sino fuera de él. Desde fuera sentiríais que ese es mi ojo, mi nariz, mi pierna. Entonces tendrías que referiros a vosotros mismos lo que experimentáis fuera en el espíritu. También tendríais que remitir el ser de Dios a vosotros mismos, para que se refleje en vosotros. Tal etapa surge después de la muerte cuando se mira hacia atrás en el hombre. El entorno se refleja en él, incluso la Divinidad.

¿Sería demasiado atrevido aceptar la afirmación de un poeta que dijo que la vida después de la muerte es el reflejo de lo divino? Es bien sabido que Dante dijo que durante la existencia en el mundo espiritual llega un punto en el que se contempla lo divino como hombre. Tal indicación puede parecer injustificada. Incluso puede parecer juguetona, pero quien es capaz de mirar en los secretos más profundos de la humanidad no adoptará este punto de vista. En los grandes poetas encontramos una y otra vez ecos de antiguas condiciones de conocimiento clarividente, y por medio de la iniciación tales secuelas son revividas y elevadas a la conciencia humana.

Les he dado algunos resultados de investigaciones recientes sobre las condiciones de vida entre la muerte y un nuevo nacimiento, y espero que haya otra oportunidad en un futuro no muy lejano para hablar más sobre este tema.

Traducido por J.Luelmo julio2021


GA216 Dornach, 16 de septiembre de 1922 Las experiencias del ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento.

 Índice

RUDOLF STEINER

Impulsos básicos de la historial mundial de la humanidad

Conferencia nº 1 de una serie de ocho conferencias, celebradas del 16 de septiembre al 1 de octubre 1922, en Dornach.


GA216 PRIMERA CONFERENCIA

Las experiencias del ser humano entre la muerte y el nuevo nacimiento.


Dornach, 16 de septiembre de 1922



Uno puede expresar los hechos del mundo espiritual de diferentes maneras, iluminándolos desde los más diversos lados. A veces esto suena diferente. Pero precisamente es a través de estas diferentes iluminaciones cuando los hechos del mundo espiritual se presentan por primera vez plenamente ante el alma. Por eso, esta tarde, en un lenguaje algo diferente, en una iluminación distinta, reproduciré algo de lo que he expuesto en las dos últimas conferencias en el Goetheanum para la experiencia del ser humano entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Hemos oído cómo el ser humano, cuando el cuerpo físico se ha desprendido de él, pasa a un estado de experiencia cósmica. Una vez que el cuerpo físico ha partido, todavía lleva su organismo etérico, pero ya no se siente en este organismo etérico, por así decirlo, sino que se siente extendido en el mundo. Pero en la inmensidad de estos mundos, sobre los que su conciencia comienza a expandirse, no puede aún distinguir claramente los seres y los procesos entre sí. Tiene una conciencia cósmica, pero esta conciencia cósmica no tiene todavía ninguna diferenciación interna.
Además, durante los primeros días después de la muerte, esta conciencia es absorbida por el cuerpo etérico, que todavía está presente.

Lo primero que se pierde en el ser humano es lo que está ligado a la organización de la cabeza. No pretendo decir nada irónico, sino algo muy serio: se pierde la cabeza, también en sentido espiritual, en primer lugar cuando se atraviesa la puerta de la muerte. La organización de la cabeza deja de funcionar.

Ahora bien, en la existencia terrestre sólo la organización de la cabeza es la que sirve de mediadora del pensamiento. Es a través de la organización de la cabeza como el ser humano forma sus pensamientos en una determinada actividad durante su existencia terrenal.

Se pierde la organización de la cabeza al principio cuando se ha atravesado la puerta de la muerte, pero no se pierden los pensamientos, los pensamientos permanecen. Sólo que se intercalan con una cierta vivacidad. Se convierten en entidades espirituales apagadas y tenues que le señalan a uno los mundos del más allá. Es como si los pensamientos se hubieran desprendido de la cabeza humana, como si todavía brillaran en el último curso humano de la vida, que uno experimenta como su organismo etérico, pero como si al mismo tiempo estuvieran apuntando hacia los confines del mundo.

Uno no sabe todavía lo que quieren decirle, estas ideas humanas que estaban, por así decirlo, enjauladas y encerradas en la organización de la cabeza y que ahora se liberan y apuntan hacia los mundos más amplios.

Cuando el cuerpo etérico se ha disuelto por las razones y de la manera que describí ayer en el Goetheanum, cuando la conciencia cósmica ya no está ligada de esta manera en la última vida terrenal - como también describí, Cuando este cuerpo etérico también se desprende del ser humano, entonces las ideas que se han desprendido de la organización de la cabeza se vuelven, por así decirlo, más brillantes, y uno nota ahora cómo estas ideas lo señalan a uno hacia el cosmos, hacia todos los mundos.

Es así como se sale a los mundos en la forma en que, en primer lugar, el mundo vegetal de la tierra es el mediador. No me entiendas mal: no es que quiera decir que las plantas que cubren el suelo en el lugar donde uno ha muerto son las mismas que le preparan el camino de salida, sino que cuando miramos el mundo vegetal de la tierra, se presenta a la vista espiritual de tal manera que lo que ven los ojos físicos es sólo una parte de este mundo vegetal.

Voy a dibujar lo que ocurre allí de forma esquemática en la pizarra (ver dibujo). Supongamos que se trata de la superficie de la tierra; las plantas crecen fuera de la superficie de la tierra (verde).

Por supuesto, no está dibujado guardando ninguna proporción, pero entenderéis lo que quiero decir. Sigue esta planta con tus sentidos hasta la flor (roja). Pero la visión espiritual de estas plantas muestra que esto es sólo una parte del mundo vegetal, que desde la flor hacia arriba comienza un acontecer y un quehacer astral. Por así decirlo, se ha derramado una sustancia astral sobre la tierra, y de esta sustancia astral salen formaciones en espiral (amarillas). Allí donde la tierra hace posible la aparición de las plantas, el fluir de estas espirales astrales da lugar a la vida vegetal.

Ahora bien, estas espirales del mundo rodean la tierra por todas partes, de modo que no debes creer que el fluir hacia abajo, el brillo hacia abajo y el resplandor hacia abajo de estas espirales del mundo astral es sólo donde crecen las plantas. Está presente en todas partes de diversas maneras, de modo que uno podría morir en el desierto y aún así tener la oportunidad de encontrar estas espirales de plantas al fluir hacia el universo.

Estas espirales vegetales son ahora el camino por el que se avanza desde la tierra hacia la esfera planetaria. Se desliza uno, por así decirlo, a través de las continuaciones espirituales del mundo vegetal de la Tierra fuera de la región terrestre. Ensanchándose cada vez más.
Estas espirales se ensanchan cada vez más, describiendo círculos cada vez más amplios. Son los caminos hacia el mundo espiritual. Pero uno no saldría de ahí, tendría, por así decirlo, que quedarse siempre quieto, si no adquiriera la posibilidad de tener una especie de pesos negativos, pesos que no pesan hacia abajo, sino pesos que empujan hacia arriba.

Y estos pesos representan los contenidos espirituales, las ideas de las formaciones minerales de la tierra, especialmente de los metales; de modo que uno se desplaza por los caminos de las plantas hacia las extensiones del mundo y es sostenido por la fuerza que lo lleva especialmente desde los metales de la tierra hacia las estrellas planetarias. Algunas formaciones minerales tienen siempre la peculiaridad de que las ideas inherentes a ellas le llevan a uno directamente a un determinado planeta.

Digamos que uno es llevado a un determinado planeta por los minerales parecidos al estaño, es decir, por sus ideas; uno es llevado a un determinado planeta por lo que hay en la tierra como hierro, es decir, por la idea de hierro. Lo que en la existencia física del hombre en la tierra desempeña el papel del mundo mineral y vegetal, asume en sus contra imágenes espirituales la orientación del hombre después de la muerte hacia las extensiones del mundo. Y uno es realmente llevado a los movimientos planetarios, a todo el ritmo de los movimientos planetarios a través del reino mineral y del reino vegetal de la tierra.

Uno va extendiendo gradualmente la conciencia sobre toda la esfera planetaria, de modo que uno conoce la vida planetaria en su propio mundo interior del alma, de este modo uno flota a través de toda la esfera planetaria. Uno experimentaría en ese mundo interior, si no hubiera nada más que las efusiones de la existencia vegetal y mineral en las vastedades, todo lo que uno puede experimentar en los misterios de los reinos mineral y vegetal.

Y estos misterios son extraordinariamente múltiples, magníficos, inmensos, son ricos en contenido, y nadie tiene por qué creer que la vida que comienza para el hombre anímico-espiritual cuando ha dejado su organismo físico sea más pobre que la vida terrestre que pasamos día a día. Es múltiple en sí misma, pero también es majestuosa en sí misma. Se puede experimentar más en los secretos de un solo mineral que en todos los reinos de la naturaleza juntos de la vida terrenal.

Pero hay algo más allí en esta esfera, que se atraviesa como la esfera planetaria. Son las fuerzas lunares caracterizadas en los últimos días, las fuerzas lunares espirituales. La esfera lunar está ahí. Sin embargo, cuanto más se vive en una existencia extraterrestre, más se debilita su eficacia. En los primeros tiempos se anuncia con fuerza en su eficacia, que probablemente se cuentan por años, después de la muerte; pero se vuelve más y más débil cuanto más se expande la conciencia cósmica. Si no existiera esta esfera lunar, uno no podría experimentar dos cosas después de la muerte.

La primera es esa entidad que he mencionado en los últimos días y que uno mismo ha formado durante la última vida en la tierra a partir de las fuerzas que representan la evaluación moral-espiritual de la propia vida en la tierra. Se ha formado una entidad espiritual, una especie de entidad elemental espiritual, que tiene por miembros, como formaciones de tentáculos, lo que es en realidad un reflejo del valor moral-espiritual humano. Si se me permite expresarme así: una imagen viva, formada por la sustancia del cosmos astral, vive con el alma, una imagen que es, sin embargo, una figura real, viva, en la que se ve qué clase de hombre fue realmente en su última vida en la tierra. Tienes esta figura delante de ti mientras estés en la esfera de la luna.

Pero además de esto, en esta esfera lunar se experimenta toda clase de seres elementales múltiples, de los que muy pronto se nota que tienen una especie de conciencia onírica, pero muy brillante, que se alterna con un estado de conciencia más brillante, que es incluso más brillante que la conciencia humana en la tierra. Estos seres oscilan, por así decirlo, entre un estado de conciencia apagado y onírico y un estado de conciencia más brillante que el que posee el ser humano en la tierra. Uno aprende a conocer a estos seres. Hay muchos, y son extraordinariamente diferentes entre sí en su forma. En el estado de vida que estoy describiendo ahora, se experimenta a estos seres de tal manera que se ve cómo, cuando adquieren una conciencia más apagada y onírica, flotan hacia la tierra, cómo son, por así decirlo, empujados hacia la tierra por la espiritualidad lunar, y cómo vuelven a flotar hacia la tierra.

Una vida rica está representada por figuras como las que acabo de describir, que flotan hacia la tierra y vuelven a flotar, fluyendo hacia arriba y hacia abajo. Uno aprende a reconocer que el reino animal en la tierra está relacionado con estas figuras. Uno aprende a reconocer que estas figuras son las llamadas almas grupales de los animales. Estas almas grupales de animales descienden. Esto significa: que alguna forma animal se despierta en la tierra. Cuando esta forma animal está más bien en un estado en el que duerme abajo, entonces el alma grupal sube a las alturas. En resumen, se observa que el reino animal está en tal relación con el cosmos que dentro de la esfera lunar se encuentra el campo de vida de las almas grupales de los animales.

Los animales no tienen almas individuales, sino grupos enteros de animales, como leones, tigres, gatos, etc., que tienen almas comunes de grupo. Estas almas grupales llevan su existencia en la esfera lunar, flotando arriba y abajo. Y en este flotar arriba y abajo, se produce la vida de los animales desde la esfera lunar.

Es una condición legítima del mundo que en esta esfera en la que se encuentran las almas grupales de los animales, es decir, en la esfera lunar, también tenga su vida nuestra contra imagen moral-astral.
Porque cuando uno vive entonces más allá en las extensiones cósmicas con la conciencia cósmica, deja atrás en la esfera lunar, como lo he descrito, esta imagen viviente de lo que uno ha traído como ser moral-espiritual durante la última vida terrestre y también las anteriores. De este modo, experimentando los mundos vegetal, mineral y animal, se entra en la esfera planetaria.

Uno sigue estando absorbido por la esfera lunar, pero así se vive en la esfera planetaria. Se vive junto a los movimientos de los planetas. Uno ha salido al cosmos por los caminos del ser vegetal. Uno se ha dejado llevar por las ideas del mineral, especialmente de los seres de los metales. Uno siente que cierto tipo de vida vegetal en la tierra es una imagen terrenal de aquello que lo lleva a uno como un camino en espiral, que se expande más y más, digamos hasta Júpiter. Pero que uno sea llevado a Júpiter depende del hecho de que uno experimente la idea de cierto metal y ciertos minerales de la tierra en la vida.

Cuando uno ha sido llevado de este modo por medio de las plantas a un planeta, - en la tierra uno siempre ha llevado consigo la idea del mineral que lo ha llevado fuera-, cuando uno ha llegado al planeta en cuestión, entonces esta idea del mineral que lo ha llevado fuera, esta idea que se ha vuelto cada vez más viva y vívida, comienza ahora a sonar en el planeta en cuestión. De modo que después de la muerte se experimenta como estar siendo llevado por el camino de las plantas, una experiencia de las entidades minerales internas en ideas cada vez más vivas.

Estas ideas se convierten en entidades espirituales. Cuando llegan, una idea viva a un planeta, la otra a otro planeta, estas ideas minerales, que ahora se han convertido en entidades, se sienten como en casa. Un tipo de mineral se siente en casa en Júpiter, el otro tipo de mineral se siente en casa en Marte, y así sucesivamente. Y lo que en la tierra se consideraba discreto, ahora empieza a resonar en el planeta en cuestión, cuando llega, y a sonar de las formas más variadas. De modo que lo que en la tierra tiene imágenes minerales, que sólo se pueden ver con los sentidos, ahora se puede escuchar resonando desde el interior de los planetas, y de este modo se vive en la armonía de las esferas.

Porque en el universo, en el cosmos, todo está en conexión interna. Lo que crece de la tierra en forma de plantas es la imagen de lo que conecta la tierra con el sistema planetario. Lo que está en la tierra como un mineral es en realidad sólo una imagen discreta de lo que funciona como una fuerza hacia arriba en los caminos de las plantas, pero que tiene su hogar fuera en los planetas y que en los planetas representa tonos del mundo que se combinan entre sí para formar una gran armonía mundial.

Así se expresa la realidad cuando, comprendiendo lo que hay aquí en la tierra, se dice al oro: Veo en el oro, que brilla con su color peculiar, la imagen de lo que en el sol hace resonar un tono central del mundo para mi alma cuando la he llevado hacia el sol por ciertos caminos vegetales.

Cuando el hombre ha pasado por esto, cuando ocurre lo que he descrito como necesario en los últimos días, entonces comienza la posibilidad de que se eleve por encima de la esfera planetaria y entre en la esfera de las estrellas fijas. Sólo puede hacerlo escapando de la esfera lunar. Debe, por así decirlo, dejarla tras de sí. Pero lo que experimenta en la esfera planetaria de la manera descrita, lo que experimenta como el sentido del reino mineral-metálico de la tierra física, lo que experimenta como el camino que conduce las direcciones del mundo vegetal de la tierra, todas las grandes cosas que experimenta allí, son perturbadas para él de cierta manera por las repercusiones de la esfera lunar, En cierto modo queda oscurecido por el hecho de que experimenta los seres elementales que pertenecen al reino animal y que, además de los movimientos bastante armoniosos en los que suben y bajan, también tienen movimientos horizontales además de estos movimientos verticales.

En estos movimientos horizontales dentro de la esfera lunar, llevados a cabo por las almas grupales de los animales, se representan terribles arquetipos de fuerzas desarmónicas y discrepantes en el reino animal. Hay terribles y salvajes batallas entre las almas grupales del reino animal. A través de este impacto de la esfera lunar en la esfera planetaria, lo que de otro modo puede experimentarse en paz interior y de forma digna y majestuosa a través de la naturaleza arquetípica de los reinos vegetal y mineral se ve perturbado en cierto modo.

Cuando el ser humano abandona la esfera de la luna y entra en la de las estrellas fijas, le queda un recuerdo cósmico -podemos llamarlo así- de estas poderosas y majestuosas experiencias de la esfera planetaria con el arquetipo de los reinos mineral y vegetal terrestres. Esto le queda como un recuerdo. Y entra en un mundo de entidades espirituales cuya imagen físico-sensorial, como ya he dicho, son las constelaciones de las estrellas, esas constelaciones de las estrellas que, si se entienden de la manera correcta, son, por así decirlo, los personajes a partir de los cuales se pueden experimentar las peculiaridades, los hechos y las intenciones de los seres espirituales en la esfera de las estrellas. En cierto sentido se experimenta a los seres espirituales que no viven en la tierra en cuerpos físicos, que sólo pueden ser experimentados en esta esfera de las estrellas. Y uno entra en esta esfera, para experimentar dentro de ella su propio ser con la conciencia cósmica -que ahora se ha expandido, para lo cual la visión espacial ha pasado a una visión cualitativa, para lo cual la visión temporal ha pasado a la simultaneidad- para penetrar en este propio ser con los actos de estas entidades divino-espirituales.

Mientras que aquí en la tierra uno está encerrado en su piel y los demás seres humanos de fuera hacen lo que tienen que hacer en su piel, mientras que aquí en la tierra estamos todos al lado, en esta esfera estelar no sólo estamos en los demás como almas humanas, sino que también estamos de tal manera que nuestra conciencia cósmica se expande y sentimos las entidades del mundo divino-espiritual dentro de nosotros. Aquí en la tierra nos decimos "nosotros", o más bien cada uno se dice a sí mismo "yo".

Ahí fuera él dice "yo", con lo que está queriendo decir: yo experimento dentro de este yo el mundo de las Jerarquías divino-espirituales; las experimento como mi propio contenido de conciencia cósmica. - Este es, por supuesto, un mundo de experiencia aún más tremendo, más extenso, más múltiple, más sustancial y majestuoso en el que uno entra ahora. Y cuando se toma conciencia de las fuerzas que juegan en el alma del ser humano desde las más variadas entidades de las jerarquías divino-espirituales, entonces se ve que son fuerzas que actúan conjuntamente en el sentido de que tienen intenciones, intenciones cósmicas, que, por así decirlo, apuntan todas hacia un mismo punto.

La propia actividad espiritual se hila con las intenciones de las Jerarquías divino-espirituales y sus seres individuales. Y todo aquello en lo que uno es hilado, en lo que pasa la propia actividad cósmica, sentida interiormente y abrazada por la conciencia cósmica, todo esto apunta finalmente a construir el germen espiritual, como lo he descrito, del organismo físico humano.

En efecto, fue una palabra profunda pronunciada en los antiguos centros de misterio: que el hombre es un templo de los dioses. Lo que primero se construye desde el cosmos espiritual en poderosa y majestuosa grandeza, y que luego se contrae en el cuerpo físico humano, para ser transformado de tal manera que el arquetipo, el poderoso y majestuoso arquetipo, ya no es conocido, en realidad es lo que la interrelación de las Jerarquías divino-espirituales construye para sí misma, para lograr su objetivo en esta construcción.

Esta esfera de experiencia es tal, que nosotros, por así decirlo, miramos el cosmos, el cual, cuando nos situamos en el punto de vista de la tierra, miramos desde dentro, desde un punto en el que miramos hacia todos los lados, y que cuando estamos en esta esfera lo miramos desde fuera. Porque, al entrar en la esfera de las estrellas, sentimos, incluso en el momento en que nos hemos desprendido de la esfera de la luna, que estamos fuera en el universo y que en realidad estamos mirando el cosmos desde fuera.

Lo que ocurre allí, puedo mostrarlo en un boceto (ver dibujo). Supongamos que se trata de la Tierra. Por supuesto, nada de esto es cierto en cuanto a las proporciones, pero nos entenderemos. Miramos hacia la inmensidad del cosmos. Fuera vemos las estrellas que vagan, los planetas, fuera tenemos las estrellas fijas. Aquí en la tierra nuestra conciencia está contraída como en un pequeño punto (rojo). Miramos al centro del universo. En el momento en que hemos escapado de la esfera lunar, llegamos con nuestra conciencia a la esfera estelar. Pero sólo pasamos por la esfera estelar, por así decirlo, guiados por la memoria que nos ha quedado de nuestras experiencias en la esfera planetaria y entramos en la esfera más allá de las estrellas. 


En esta esfera más allá de las estrellas, el espacio ya no existe. Por supuesto, cuando dibujo aquí, tengo que dibujar lo que es realmente cualitativo espacialmente. Puedo dibujarlo así: Mientras que nuestra conciencia en la tierra está, por así decirlo, apiñada en este punto como nuestro yo (rojo), es periférica cuando ha llegado más allá de la esfera de las estrellas (azul). Miramos hacia dentro desde cada punto (flechas azules).

Este aspecto está representado por la imagen espacial sólo en la imagen. Miramos hacia adentro. Si tenemos aquí la constelación de Aries (rojo en la parte superior izquierda) y si vemos el sol (amarillo) situado en la constelación de Aries desde la tierra, de modo que el sol, por así decirlo, nos tapa la constelación de Aries, y si entonces extendemos la mano hacia el espacio del mundo, vemos a Aries situado ante el sol. Pero significa otra cosa entender desde la conciencia cósmica: ver a aries situado ante el sol - que mirar con la conciencia terrenal y ver el sol situado ante aries. De esta manera vemos todo espiritualmente. Miramos el universo desde fuera.

Y en la elaboración del germen espiritual del organismo físico tenemos realmente los poderes de las entidades espirituales-divinas dentro de nosotros, pero de tal manera que básicamente nos sentimos fuera de todo el cosmos que experimentamos desde la tierra. Y ahora, en nuestra conciencia cósmica, experimentamos estar junto a las entidades divino-espirituales.

Si entonces miramos hacia atrás y vemos, por así decirlo, las constelaciones -pero todo no espacialmente sino cualitativamente- situándose sobre el sol, una vez esto, otra vez aquello, entonces reconocemos en lo que experimentamos allí, en lo que conectamos con el recuerdo que tenemos de cómo los metales y los minerales habían sonado en los planetas después de que los caminos de las plantas se habían completado, entonces experimentamos que este sonido, que al principio era una música del mundo, se traduce en el lenguaje cósmico, en el Logos. Leemos las intenciones de las entidades divino-espirituales entre las que nos encontramos al experimentar los signos individuales de esta escritura cósmica: La posición de Aries ante el Sol, la posición de Tauro ante el Sol, y así sucesivamente - experimentando cómo tiene lugar esto, y cómo en esta escritura suenan esos tonos que suenan los metales de los planetas. Esto nos da instrucciones sobre cómo debemos trabajar en el germen espiritual del organismo físico en la Tierra.

Mientras estemos en la esfera lunar, tendremos un sentido vivo de esta imagen de nuestra vida moral-espiritual en la tierra. Tenemos una vívida sensación de lo que ocurre entre las almas grupales de los animales. Pero este es un tipo de entidad demoníaca, elemental. Ahora que encontramos el zodiaco colocado, por así decirlo, al otro lado del Sol, aprendemos a reconocer lo que realmente hemos visto allí. Porque el recuerdo de estas formaciones animales, de estas formaciones de alma grupal de los animales, también permanece con nosotros en el más allá de la esfera estelar, y hacemos el descubrimiento de que estas almas grupales de los animales son, por así decirlo, imágenes posteriores inferiores -si se quiere hablar en lenguaje humano- caricaturizadas de las formaciones gloriosas que ahora penetran en nuestra conciencia cósmica más allá de la esfera estelar como las entidades de las jerarquías divino-espirituales.

Así, fuera de la esfera estelar tenemos las entidades de las jerarquías divino-espirituales, y dentro de la esfera estelar, en la medida en que se entremezcla con lo que pertenece espiritualmente a la esfera lunar, tenemos las caricaturas de las entidades divino-espirituales en las almas grupales de los animales. Cuando digo las caricaturas, no lo tomen en un sentido bajo. Lo que es una caricatura ante el punto de vista humano-humorístico-artístico es, por supuesto, algo extraordinariamente trivial comparado con la grandiosa caricatura de las entidades divino-espirituales en el mundo de la esfera lunar, que es al mismo tiempo el mundo de los seres de alma grupal del reino animal terrestre. Le debemos mucho a esta experiencia que tenemos en este ámbito. Ya lo he dicho de forma más idealista en los últimos días; ahora quiero expresarlo de forma más imaginativa.

Supongamos que el hombre se queda allí arriba (ver dibujo punto rojo). Así que mira hacia atrás aquí. En las percepciones de su mundo anímico-espiritual más allá de la esfera de las estrellas tiene su campo real. Allí tiene el campo de su actividad actual. Al igual que cuando uno se encuentra, por así decirlo, en una alta montaña, con la luz del sol por encima y la niebla por debajo, así en esta experiencia cósmica uno tiene debajo de sí todo este ondulado, luchando, en discrepancia, en desarmonía, pero también en armonioso ascenso y descenso, el alma grupal de los animales. Como una niebla que es multiforme, que se propaga abajo, que vive abajo.

Y mientras se miran las constelaciones de las estrellas, se ven las intenciones de las entidades divino-espirituales, mientras se lee allí qué intenciones tienen las entidades divino-espirituales, mientras se aprende a comprender allí en la conciencia cósmica cómo es en realidad el templo de los dioses, Mientras en la conciencia cósmica se aprende a comprender cómo el templo de los dioses, este germen espiritual del cuerpo físico, tiene sus secretos dentro de sí mismo, aquellos secretos que corresponden al mundo puro de la existencia fuera de la tierra y fuera de la luna, se mira hacia abajo y se ve lo que sucede en la esfera de la espiritualidad del reino animal. Y uno obtiene, mirando hacia abajo como desde la cima de una montaña iluminada por el sol hacia una masa inferior de nubes nebulosas, la experiencia que uno capta en los pensamientos cósmicos: Si no te llevas de este mundo divino-espiritual todo el poder con el que ahora te has imbuido, cuando vuelvas a descender, no pasarás indemne por este mundo de nubes nebulosas de almas grupales animales.

Allí encontrarás la imagen de tus anteriores vidas terrestres con una evaluación moral-espiritual. Flotará en esa niebla de ahí abajo. Debes retomarlo. Pero habrá todas las almas grupo de los animales, todo el engranaje salvaje. Tienes que llevar contigo fuerzas tan fuertes del otro lado de la esfera estelar que te permitan alejar lo más posible estas fuerzas de las almas grupo animales, de tu destino. De lo contrario, así como la materia se adhiere a un cristal, así se adherirá a ti lo que estas almas grupales de los animales rezuman cósmicamente hacia su núcleo moral-espiritual. Y tendrás que llevarte todo lo que luego no puedas retener a través de los poderes que has acumulado, y tendrás que incorporarlo como todo tipo de impulsos e instintos para tu próxima existencia terrenal.

Sin embargo, uno sólo podrá extraer del más allá de la esfera estelar aquellas fuerzas que se haya hecho capaz de extraer desarrollándose en la inclinación hacia el Cristo, en la inclinación hacia el Misterio del Gólgota, en la penetración verdaderamente religiosa, no egoísta, del alma en el sentido de la palabra de Pablo: "No yo, sino el Cristo en mí". Esto le hace a uno fuerte para poder penetrar más allá de la esfera de las estrellas, en unión con las entidades divino-espirituales, con aquellas fuerzas que luego, cuando uno desciende de nuevo a través de la esfera de la luna, se alejan de lo que uno tiene que llevar consigo como su núcleo de destino, aquellas fuerzas que se agrupan allí en el juego desarmónico y discrepante del entorno espiritual-animal y penetran en este núcleo anímico-espiritual del ser.

Si se quiere describir lo que el alma humana experimenta entre el nacimiento y la muerte, lo que se une a sí misma, lo que absorbe en sus ideas, sentimientos e impulsos de voluntad, entonces hay que describir el mundo terrenal que rodea al ser humano. Pero si se quiere describir lo que el ser humano experimenta entre la muerte y el nuevo nacimiento, entonces hay que describir lo que son los arquetipos de lo que está en la tierra". Si queremos saber qué son realmente los minerales, debemos escuchar su esencia resonando desde los planetas en la vida entre la muerte y un nuevo nacimiento.

Si queremos saber lo que son realmente las plantas, debemos estudiar la esencia de lo que sale de la tierra en una débil imagen posterior en la planta, en los caminos que salen del reino vegetal al espacio del mundo y que se trazan en las formas de las composiciones vegetales. Si uno desea estudiar el reino animal de la tierra, debe aprender lo que sucede en el vaivén de las almas grupales de los animales en la esfera lunar. Y cuando se ha escapado de todo esto, cuando se ha entrado en la esfera más allá del mundo estelar, entonces sólo se aprende a reconocer los verdaderos secretos del ser humano. Y se aprende a mirar hacia atrás todo lo que se ha vivido en los mundos arquetípicos del mineral, el vegetal, el animal.

Esto se lleva a cabo en aquellas regiones del cosmos en las que no sólo se reconocen los secretos reales del ser humano, sino que se experimentan de forma viva y se participa activamente en su configuración. En el ascenso, uno lleva a estas regiones, como una memoria cósmica, todo lo que ha experimentado en relación con los minerales, las plantas y los animales. En la confluencia de estos recuerdos y lo que uno ve como los secretos de la existencia humana, lo que uno experimenta activamente, lo que uno trabaja activamente, en la confluencia de esta memoria y esta actividad, tiene lugar una vida rica y múltiple. Y es esta vida múltiple la que el hombre experimenta entre la muerte y el nuevo nacimiento.


Traducido por J.Luelmo abril 2021




meditación de la piedra de fundación