RUDOLF STEINER
¡Queridos amigos!
Hoy me gustaría que se expresara abiertamente lo que realmente preocupa a los amigos, para que podamos orientar el debate en función de ello.
Helene von Grunelius: Una cuestión que nos preocupa a todos es cómo debemos abordar todas las meditaciones que tenemos. ¿A qué hora debemos hacerlas?, ¿debemos establecer un ritmo adecuado?, ¿cómo debemos hacerlo? ¿Debemos hacerlas de tal manera que las que recibimos en Navidad las hagamos todas al mismo tiempo? Al menos hasta ahora, nos parece que la mayoría de nosotros todavía nos sentimos, por así decirlo, abrumados por todo el material de meditación y aún no sabemos cómo convivir con él adecuadamente.
Es sabido que, en lo que respecta a estas cuestiones, se trata realmente de que no se den instrucciones tan estrictas, ya que eso supone una intromisión demasiado fuerte en la libertad humana. Además, si se analizan las cosas correctamente, no deben afectar opresivamente al alma. Las meditaciones que se
En las demás meditaciones se tratará de que uno quiera de verdad, desde lo más profundo de su ser, convertirse en médico, de que uno se diga: «Este es el camino»; y ahora me dedico a la meditación tantas veces como puedo. Soy consciente de que, cuando realizo una u otra, tiene tal o cual intención. - Por lo tanto, el impulso hacia esa meditación, hacia la práctica de esa meditación, debe surgir siempre de la libre voluntad del interior del ser humano. Y, en realidad, es inconcebible que uno pueda sentirse oprimido. Porque, ¿por qué iba a oprimir precisamente aquello de lo que uno ansía en su interior? En ese caso, ya se ha convertido en una especie de obligación, y en realidad nunca debería serlo, nunca una obligación. Precisamente cuando se trata de convertirse en médico, hay que tener en cuenta, en el sentido más profundo de la palabra, que el hecho de convertirse en médico no debe entenderse como se entiende hoy en día, es decir, como acceder a una profesión. En realidad, uno debería convertirse en médico por vocación interior, por dedicación interior a la curación, etc. Y si uno siente ese impulso de curar en general, entonces encontrará la guía en esta meditación y será conducido hacia la meta. Quizás en pocas profesiones resulte tan perjudicial considerar la profesión como una obligación externa como en el caso de la medicina. El amor por la humanidad y una verdadera y natural integración en la profesión médica forman parte, sin duda, de la profesión médica. Ahora bien, si ya en la medicina actual, en los estudios de medicina de hoy en día, no resulta precisamente una gran ventaja para la curación real que haya personas que se hagan médicos porque tienen que ser algo y porque, por cualquier motivo, les parece deseable, ser médico, —si eso ya no es especialmente deseable—, aún menos deseable es que alguien quiera convertirse en médico de forma artificial mediante la meditación, si no siente esa sed de la que he hablado. Porque los medios ancestrales, los medios esotéricos, favorecen el avance cuando la intención es la correcta; favorecen infinitamente más que cualquier decisión externa, mientras que, si no brotan de la disposición adecuada del alma, causan mucho más daño que las circunstancias externas de la vida. Ahora bien, deben entender en su sentido correcto lo que aquí denomino «disposición adecuada del alma». Por lo general, en la vida humana no se toma muy en serio lo que se conoce como karma. Por supuesto, uno debe recibir también una vocación interior, —digamos—, predestinada por el hecho de que el karma le haya situado en un lugar determinado, y entonces hay que tener claro lo siguiente: Cumplir con una obligación es perjudicial; pero seguir el karma es lo que va totalmente en la dirección del desarrollo humano. A todos ustedes les ha llevado su karma a dedicarse a la medicina; ahora solo tienen que mirar lo suficientemente profundo en su interior y ya descubrirán que realmente sienten esa sed. Y encontrarán los momentos, las horas, en las que querrán realizar esas meditaciones.
Verá, cuando uno se dedica en serio a una profesión tan seria, no debe darse lo siguiente, algo que ha ocurrido con frecuencia precisamente desde el encuentro de Navidad. No se refiere directamente a lo médico, sino en gran medida a lo humano en general, en la medida en que forma parte del movimiento antroposófico general, por lo que también es importante para usted. Ya lo mencionaré en otro lugar, pero como os afecta de manera especialmente intensa, quiero decirlo también aquí. En el Encuentro de Navidad se dijo que en el movimiento antroposófico, debía surgir una nueva corriente, que había que actuar desde lo interior. Ahora bien, algunos han sacado una conclusión extraña de ello. Hay personas que ocupan puestos concretos dentro del movimiento antroposófico, que tienen sus cargos. Y ahora hay personas que ocupan esos cargos y que escriben: «Sí, ahora llega una nueva corriente, —lo entiendo perfectamente—, al movimiento antroposófico». Me pongo totalmente a disposición de esta nueva corriente, no quiero quedarme en mi antiguo cargo y me ofrezco para lo que sea necesario. —Eso nunca puede conducir a nada. Solo puede conducir a algo si la persona en cuestión sabe que debe llevar a cabo su desarrollo humano en el lugar en el que realmente se encuentra, también en lo que respecta a las fuerzas que emplea. Y eso es, por supuesto, precisamente lo que ocurre en su caso, ustedes que han emprendido la carrera de medicina. Deben considerarlo como un karma y tener claro que en el futuro tendrán una influencia enorme; pero, en segundo lugar, que la sed de la que les he hablado, de acercarse a través de la mediación a la verdadera disposición para ser médico, siempre se encontrará en el alma humana.
Esto es lo que quería decir sobre el uso de las meditaciones. La idea es que una ilumine y refuerce a la otra, que una se vea iluminada por la otra. Es muy posible que una meditación que haya realizado haya tenido un gran efecto; ahora debe realizar otra meditación para que esta ilumine aún más ese efecto. Una meditación la realizáis una o dos veces, otra doce veces. Esto es algo que surge cuando asimiláis correctamente lo que se os ofrece como meditación, lo vivís interiormente y también asimiláis lo que se ha dicho en relación con el objetivo de la meditación. Debemos aprovechar esta oportunidad para profundizar en algunos aspectos que se han abordado en Navidad.
Helene von Grunelius: Yo tampoco lo había entendido como que hubiera que hacerlo a determinadas horas; sin embargo, sentía cierta opresión porque consideraba que era una obligación realizar esa meditación y, a veces, no tenía el ánimo necesario para sentirla como una necesidad. Y quizá esto se deba, al menos en mi caso, a que hasta ahora no tenía la actitud que se espera de un médico, es decir, la voluntad de curar. Creo que a algunos de nosotros nos ha pasado lo mismo. No nos hicimos médicos para curar, —al menos algunos de nosotros—, sino por el gran interés que teníamos en conocer a las personas —tanto en sus estados de enfermedad como en los normales— y, en realidad, para acercarnos a la medicina desde un punto de vista puramente cognitivo. Hasta Navidad, la voluntad de sanar también era algo que me resultaba completamente ajeno, y por eso, al principio, mi trabajo actual me hacía sentir muy infeliz, porque tenía mucho que hacer y, al principio, estaba demasiado cansado para practicar las meditaciones. Ahora, gracias a este trabajo, he entrado más en contacto con los pacientes, de modo que ya tengo una idea de lo que es la voluntad de curar; y por eso creo que ahora podré realizar las meditaciones con mayor facilidad, porque surgirán de una necesidad real y la meditación se considerará realmente como un camino hacia la meta. Precisamente esta entrega al destino de la humanidad, esta compasión que uno siente por todo como médico, y la voluntad de curar, es algo que, —precisamente porque en los estudios no se nos enseñó y se aborda la medicina más bien desde el lado del conocimiento—, seguramente ha supuesto una dificultad para muchos de nosotros hasta hace poco.
Debe tener en cuenta lo siguiente: si en el ámbito médico separa estas dos cosas, —el conocimiento y la voluntad de curar—, en realidad está contradiciendo la realidad, la realidad misma. Es precisamente importante tener claro lo que ocurre en este ámbito. Verá, hay que hablar de la necesidad de conocer al ser humano en los más diversos ámbitos de la actividad humana. Por ejemplo, en pedagogía hay que insistir mucho en el punto de partida que supone el conocimiento del ser humano. Eso también ocurre en nuestro caso. También en otros ámbitos, cuando se observan las realidades, hay que hablar del conocimiento del ser humano. El conocimiento del ser humano sería necesario para cualquiera que quiera ir más allá de ser un mero ejecutor. El conocimiento del ser humano es necesario para todos. El hecho de que no se busque ese conocimiento del ser humano en los distintos ámbitos es una consecuencia del error en el que ha caído la civilización moderna. Verán, en cierto sentido sí se busca el conocimiento del ser humano, aunque este no pueda alcanzarse, porque hoy en día solo puede lograrse realmente por la vía antroposófica. Lo buscan los teólogos, me refiero a los teólogos externos. También la buscan los pedagogos externos. La buscan personas de lo más diversas, este conocimiento del ser humano. Los únicos que no lo buscan son los juristas, porque la jurisprudencia es hoy algo de lo que no se puede hablar en absoluto como de algo que intervenga realmente en el mundo.
Ahora bien, lo esencial es que el conocimiento del ser humano debe especializarse en cierta medida para los más diversos ámbitos de la vida. El médico necesita un conocimiento del ser humano algo diferente al del pedagogo; solo algo diferente. Sería necesario que la pedagogía se impregnara tanto como fuera posible de medicina, y a su vez que la medicina se impregnara tanto como fuera posible de pedagogía. Esos vínculos deberían establecerse sin duda alguna, ese ir y venir entre una y otra actividad basada en el conocimiento del ser humano. Si ahora nos centramos en lo concreto del conocimiento del ser humano, entonces debemos preguntarnos lo siguiente: verá, usted dice: reconocer los estados patológicos del ser humano. —Eso es un prejuicio que proviene del materialismo. Se trata, sin duda, de un prejuicio materialista. ¿Qué significa, en concreto, «reconocer los estados patológicos de una persona»? ¿Cómo reconozco la enfermedad que, digamos, se localiza en el hígado, en el bazo, en los pulmones o en el corazón? ¿Cómo la reconozco? Si sé qué proceso curativo podría estar subyacente para vencer el proceso patológico. En realidad, el proceso patológico es la pregunta, y uno se queda en la pregunta si solo quiere reconocer los estados de enfermedad. La respuesta es el proceso de curación. No se sabe nada sobre un proceso patológico si no se sabe cómo se puede curar. El conocimiento consiste en saber cómo se puede eliminar el proceso de la enfermedad, de modo que los estudios de medicina no pueden existir sin la voluntad de curar. No sirve de nada reconocer los estados de enfermedad. Del mismo modo que, sin pasar directamente de la patología a la terapia, se practicaría la patología con el pretexto de conocer al ser humano, así también se describiría un órgano enfermo. Pero una descripción así no sirve para nada, no tiene el más mínimo valor. Porque para la mera descripción, para el conocimiento abstracto, para lo que hoy se considera conocimiento de la naturaleza, hoy en día da igual si se trata de un hígado sano o enfermo. Desde el punto de vista científico, es imposible distinguir entre un hígado sano y uno enfermo, salvo por el hecho de que el sano es más frecuente que el enfermo. Pero eso es una circunstancia externa. Si quiere reconocer el hígado enfermo, debe centrarse en lo que puede curar al hígado enfermo. Y entonces, verá, se trata de lo siguiente.
¿En qué se fundamenta la curación? Se fundamenta en que sé qué sustancias y qué fuerzas debo aplicar al ser humano para que el proceso de la enfermedad dé paso al proceso de la salud. Este conocimiento se adquiere, por ejemplo, al saber que, —digamos—, el Equisetum asume en el ser humano, en el organismo humano, la función del riñón. Así pues, si el cuerpo astral no se encarga suficientemente de la función renal, recurro al Equisetum para que se encargue de ella. Apoyo al cuerpo astral mediante el Equisetum arvense. Ahora bien, con esto solo se da respuesta a lo que realmente está ocurriendo. El mismo proceso que, externamente, conduce al uso del Equisetum, también tiene lugar en el riñón humano, y debo considerar el proceso del Equisetum en relación con el riñón humano; pero entonces ya me encuentro en el terreno de la curación. Por lo tanto, nunca puede tratarse de abordar la patología de una manera meramente abstracta, de limitarse a describir estados patológicos, pues eso, en realidad, no es nada. El estado patológico solo debe ser considerado por el ser humano en la medida en que este sepa que un remedio curativo actúa de tal o cual manera. El sentimiento que uno tiene ante el conocimiento debe impulsar hacia la realidad en todas partes, en todos los ámbitos de la vida, y no hacia una concepción formal. Así era, de hecho, cuando todo el conocimiento era un conocimiento de los misterios. Entonces había que privar de ese conocimiento a quienes solo querían conocerlo, y solo se lo concedía a quienes tenían la voluntad de plasmarlo en la realidad.
Sí, ¿Responde eso a su pregunta?
Helene von Grunelius: Quizás me he expresado de forma un poco exagerada al hablar únicamente de la salud y la enfermedad. En realidad, considero que la forma en que se debe curar a las personas también forma parte del ámbito del conocimiento. Me refiero a otra cosa. A que, a pesar de que se pueda saber cómo se puede curar a una persona, no se tenga la voluntad de curarla. Hasta ahora no había sentido en mi interior el impulso de conocer a las personas y aprender a curar solo con el fin de curarlas. No había tenido ese impulso de dejar que todo mi trabajo, todos mis estudios y todo el conocimiento que asimilo estuvieran impregnados en mi interior de la idea de que debo ser capaz de curar a las personas.
Eso es una exageración del conocimiento.
Helene von Grunelius: Pero eso es lo que me pasa a mí, y es un hecho que quería señalar, precisamente porque existe, y quizá resulte muy extraño
Verá, es bueno que, —le parecerá terriblemente trivial y sencillo—, es bueno que los relojes no puedan hacer eso; de lo contrario, se fabricarían relojes que estuvieran perfectamente ajustados según todos los principios del arte relojero, pero que no funcionarían. El ser humano, al dejar que su voluntad se hipertrofie hacia un lado u otro, puede desarrollar una cosa u otra, pero entonces se trata de algo que no forma parte del desarrollo sano de la naturaleza humana. El conocimiento de la curación no debería existir en realidad sin la voluntad de curar, y hoy debería hablar usted de algo completamente distinto. No debería hablar de eso, sino que debería decir: «Sí, hace poco que estudié medicina, pero ahora hay en mí una voluntad indomable de curar». Tengo que contenerme para que esta voluntad, que surge del conocimiento, no se desborde y me lleve a querer empezar ahora a curar a todas las personas sanas. —No es por bromear que digo esto. En realidad, debería ser la voz de la moderación la que se expresara. No debería ser posible en absoluto decir: «He aspirado al conocimiento de la curación, pero no a la voluntad de curar». —Porque un conocimiento que es tan real no puede separarse en absoluto de la voluntad; eso es totalmente imposible.
Otro participante: Creo que lo que ha dicho la señorita von Grunelius es más bien algo, un estado que se ve propiciado precisamente por los estudios, tal y como se desarrollan en las universidades. Me parece que es un resultado al que se llega tras diez o doce semestres, como resultado final de los estudios. De hecho, toda la orientación de la ciencia médica se centra en el conocimiento, sin dar el salto a lo terapéutico. Se aprende en las aulas, en los semestres clínicos; allí, durante toda la clase, solo se oye hablar de diagnóstico y, al final, cuando en realidad ya se ha retirado la camilla del enfermo y el profesor no sabe qué hacer hasta que llegue el nuevo paciente, se lanzan unas pocas palabras sobre terapia con las que no se sabe qué hacer. Esto también lo expresó una vez un profesor privado. Fue en un curso de ginecología y el médico adjunto, que hablaba de la actividad del médico en la consulta, dijo: «¿No se han dado cuenta, señores, de que, en el fondo, se ha hablado muy poco de terapia? Solo lo percibirán cuando se incorporen a la práctica clínica». «A mí me pasó lo siguiente: tenía la cabeza llena de conocimientos y fue entonces cuando me di cuenta de que nunca había oído hablar de eso...». También explicó que solo se habla de cinco minutos de terapia y cuarenta del diagnóstico. Y a ningún médico se le había ocurrido que no habían oído nada sobre la terapia durante toda su carrera. Esto me lleva también a una pregunta, ya que, debido a esta actitud básica de la ciencia actual, surgen conflictos para mí, como joven que, como médico, buscaba algo diferente en la medicina científica. Debido a esta actitud tan superficial, que se manifiesta en todo tipo de aspectos, a la hora del diagnóstico suelen surgir cosas que repugnan al alma y parecen atroces. Me gustaría aclararlo con un ejemplo. Una vez vino a verme una paciente y me preguntó si no podía ayudarla. Padecía una inflamación recurrente del seno frontal y ya había acudido varias veces a un especialista. Le hicieron una perforación desde la nariz y todo eso. Y ella dijo que ya no podía soportarlo más, que se sentía interpretada de forma demasiado física y que ya no podía seguir con aquello, y me preguntó si no podría ayudarla de otra manera. Esa actitud, que la paciente percibía con tanta sutileza, es la que uno se encuentra por todas partes, la que se limita a tantear en la superficie y quiere buscar algo que, al fin y al cabo, no lleva a ninguna parte. Una actitud que solo puede calificarse de cinismo. Lo que resulta de ello es también algo que solo puede quedarse en la superficie y que no conduce a lo que realmente hay, y por eso me he preguntado a menudo: ¿Es realmente bueno o siquiera necesario que uno se adentre tanto en estos métodos, tal y como se nos presentan, tal y como hay que someterse a ellos durante los estudios, lo cual se convierte en una barbaridad en el caso de los métodos de exploración ginecológica, que no guardan ninguna proporción con lo que se obtiene con ellos? ¿Es necesario someterse a todos estos métodos? Tengo la sensación de que los instintos curativos que hay en el ser humano quedan totalmente reprimidos por el hecho de someterse a todo eso. Me gustaría contar lo que me dijo un antiguo colega. No hablaba de un médico, sino de un médico rural de las altas montañas de Baviera. Este realizaba todo tipo de intervenciones ortopédicas con gran facilidad, hasta tal punto que se hizo famoso. Su arte había llegado a oídos de un ortopedista de Múnich, quien, tras enterarse, fue a buscarlo y le dijo que se pasara por su clínica. Este hombre vio las instalaciones de la clínica y el profesor le pidió que le mostrara cómo lo hacía. El médico rural lo observó y, a partir de ese día, ya no pudo volver a curar. —¿Debemos seguir los métodos que nos propone la medicina científica, los métodos científicos, o debemos evitarlo en la medida de lo posible?
Desde este punto de vista, la cuestión reviste una importancia extraordinaria. Tiene usted razón, y tampoco pretendía hablar de las peculiaridades personales de la señorita von Grunelius, sino que solo quería caracterizar aquello que, necesariamente, se manifestaba como una actitud derivada de los estudios actuales. A partir de unos estudios de medicina basados en la naturaleza, a uno ni se le ocurriría querer conocer al ser humano a través de sus estados patológicos o querer saber sobre los procesos curativos sin tener la voluntad de curar. Eso no se derivaría en absoluto de unos estudios basados en la naturaleza; solo surge de la estructura de los estudios de medicina actuales. Por un lado, hay que decir que, en realidad, la gran mayoría de lo que hoy en día el estudiante de medicina tiene que estudiar durante sus semestres no tiene nada que ver con la curación, por lo que, en el fondo, no es más que una carga para el alma humana con cosas imposibles. Verá, los estudios de medicina actuales son más o menos como si usted quisiera, por ejemplo, obligar a un escultor a que, ante todo, se familiarizara primero con las propiedades físicas del mármol y la madera. En realidad, eso no le incumbe en absoluto. Esto y gran parte de lo que hoy en día aparece en los libros de texto o se practica en la clínica no tiene nada que ver con la medicina. En el momento en que pasas de la descripción física de lo que sintió aquella señora al sentirse interpretada de forma demasiado carnal, en el momento en que pasas al cuerpo etérico, la mayoría de las cosas que figuran en los libros de medicina pierden su significado, porque en el momento en que pasa al cuerpo etérico, adquiere una orientación completamente diferente respecto a los órganos. En el momento en que pasa del cuerpo físico al cuerpo etérico, ya no puede valerse únicamente del conocimiento intelectual. Aprenderás mucho más si aprendes a esculpir, si aprendes los movimientos de las manos y el sentido del espacio que necesita el escultor. Para conocer el cuerpo astral, aprenderás mucho más si sabes aplicar la música. Aprenderás mucho sobre la formación del organismo humano, sobre cómo esta formación se desarrolla a partir del cuerpo astral. Cuando el ser humano pasa a la acción, su estructura se asemeja, en realidad, a una escala musical. En una dirección, la prima comienza aquí atrás, pasa a la segunda y luego a la tercera en el antebrazo; donde hay dos terceras, el ser humano también tiene dos huesos, y ahí se llega a cosas muy diferentes de las que se aplican hoy en día para un verdadero conocimiento del ser humano, y sería necesario un plan de estudios completamente distinto para el futuro médico del que existe actualmente. El plan de estudios actual ha surgido precisamente de lo que ahora ha dado a conocer la señorita von Grunelius: que la terapia ha caído en el nihilismo. No solo en la escuela de medicina de Viena, sino en todas partes se ha introducido algo de nihilismo. Y debo decir que, entre los médicos, los catedráticos y los profesores que imparten asignaturas científicas, al menos había personas serias que, desde su miopía, se tomaban la ciencia en serio. Al menos había cierta seriedad. Pero cuando uno se acerca a quienes imparten clases de farmacología, ahí se acaba la seriedad. El propio profesor ya no cree en lo que imparte. Allí donde debería comenzar la seriedad en el proceso docente, donde empieza lo terapéutico, ahí es donde la seriedad se acaba. ¿De dónde debe surgir la voluntad de curar? De la carrera de Medicina, si esta es tal que haya que decir que los estudios médicos deberían sucederse, en realidad, de forma similar a como lo esbocé tras el curso de Navidad. Y eso es, por supuesto, algo muy distinto de lo que se hace hoy en día, pues eso no conduce a la arte de la medicina. El médico clínico tiene que esforzarse mucho, en la mayoría de los casos, para adquirir ciertos conocimientos una vez que ha salido de la universidad. A veces esto no resulta nada fácil, porque todas esas cosas no solo le resultan inútiles, sino que a menudo le resultan incluso perjudiciales. No puede ver el proceso patológico propiamente dicho, porque tiene en la cabeza, en la memoria, todo tipo de cosas, y no puede ver el proceso patológico en sí. Esa es una de las caras de la moneda.
Pero ahora bien, vean, la otra cara de la moneda es esta: ustedes son aquí un grupo de jóvenes médicos. No solo quieren convertirse en médicos de verdad en el plano intelectual, lo cual, por supuesto, se lograría mejor diciendo: «Dejen de lado toda la carrera de Medicina; hoy en día no encontrarán ninguna facultad de Medicina donde puedan estudiar Medicina. Vengan aquí y aprendan lo necesario». —Eso sería lo que se podría decir de forma totalmente radical. Pero, ¿qué haría entonces el joven médico? El mundo os rechazaría, porque no os reconocería como médicos. A los jóvenes médicos no les queda más remedio que pasar por todo el proceso para ser sanados a través de lo que se puede experimentar sobre la medicina en el Goetheanum. Pero tienen que llegar a realizar, aunque sea a regañadientes, los estudios regulares y adecuados; no hay otra manera. Es necesario. Esa es la otra cara de la moneda. Pero entonces, cuando haya un número suficiente de personas que hayan conocido los estudios y, a partir de lo que han aprendido, saben ahora cómo no debe ser, —¿verdad? Los magnetópatas y los médicos legos también critican a la universidad, pero eso no tiene ningún valor—, llegarán al conocimiento a partir de la experiencia, y serán los verdaderos pioneros para que haya un estudio de la medicina sensato en el mundo. Eso es lo que debe intentar usted, a ser posible para suscitar una opinión pública general sobre lo que aquí se presenta.
Verá, en el fondo la cosa es así: ya sabe que no es usted el único que habla como lo ha hecho. Hay muchos médicos que hablan así, pero precisamente aquellos que hablan así son los que más necesitan lo que aquí se ofrece. ¿Por qué? Por supuesto, hoy en día, si uno es una persona sensata, se convierte en médico y ha completado los estudios universitarios, puede criticar la medicina oficial. Uno la ha vivido en primera persona, sabe lo que le falta. Pero eso solo puede surtir efecto si se tiene algo con qué sustituirla. Solo entonces la cuestión será eficaz. Esa es, naturalmente, la otra cara de la moneda. Por eso, no interpreten todo lo que digo aquí como si quisiera disuadir a ninguno de los jóvenes médicos de completar sus estudios. Por muy duro que sea, hoy en día hay que aguantarse y pasar por ello. Solo cuando se pueda hablar partiendo de lo que no debe ser, se producirá poco a poco una mejora. Verá, en este sentido aún queda mucho por hacer. Creo que ya se lo he contado alguna vez. Una vez me invitaron a dar una charla sobre temas médicos ante un grupo de médicos en Zúrich, y entre ellos también había un catedrático de ginecología. Bueno, se le notaba que había venido con la idea de: «Vamos a escuchar a este charlatán, para que al menos podamos criticarle y decir que estuvimos allí». De hecho, llegó muy animado y con ganas de burlarse, dispuesto a escuchar a ese charlatán. Pero luego se fue volviendo cada vez más extraño y escuchaba de una forma muy peculiar. Le resultaba sumamente incómodo que no se tratara de Kohl, que fuera algo de lo que no se pudiera decir: «eso es una auténtica tontería». Eso me divirtió especialmente. Me dirigí a él: «Señor profesor, ha tenido una impresión extraña». —A lo que él respondió: «Sí, de eso no se puede hablar, simplemente es otro punto de vista». —Es un avance llegar al punto en que la gente piense siquiera: «eso es otro punto de vista». ¿Qué ha surgido, pues, junto a la medicina científica, que sigue elevándose muy por encima de lo que ha logrado la medicina no profesional? Sé que los no profesionales han logrado avances importantes; pero eso no cambia nada. El sistema de control de la máquina de vapor lo construyó un niño pequeño porque se aburría. No se puede decir de él que fuera ingeniero mecánico por haberlo inventado. Aquello que hoy se presenta y que, sobre todo, critica la medicina científica, realmente no tiene derecho a criticar la medicina, y habla de algo que desconoce. Primero hay que lograr que no se confunda lo antroposófico en la medicina con lo que hay por lo demás. Una vez que se consiga que se tome en serio el asunto, porque las personas que lo defienden demuestran precisamente que se lo toman en serio, ya se habría logrado un avance significativo.
Me gustaría recomendaros especialmente a vosotros, jóvenes amigos, que todo lo que asimiléis en materia de esoterismo culmine en que podáis actuar también ante el mundo, de modo que se desarrolle realmente una voluntad de sanación adecuada. No se trata de encerrarse egoístamente en el recoveco de nuestro corazón, sino de comprometerse para que la medicina avance, y así sucesivamente, del mismo modo que los pedagogos se comprometen para que la pedagogía avance.
No me es posible analizar en detalle cómo la mayoría de las cosas que se imparten hoy en día en la facultad de medicina son, en realidad, innecesarias para comprender al ser humano sano y enfermo en su relación recíproca, pero si prestan atención a lo que ofrezco en los distintos cursos y ciclos, ya lo descubrirán por sí mismos. Es como si naciera un niño y uno se enfrentara a la pregunta de cómo alimentarlo, y se preguntara: ¿Es posible alimentar al niño antes de haberle inculcado una visión sobre los alimentos? —Con muchas cosas ocurre lo mismo. No me refiero a lo físico, sino a lo espiritual, a tener la intuición necesaria para comprender el proceso. A menudo, en el diagnóstico, es mucho más necesario, en lugar de partir del diagnóstico convencional, remontarse a la causa primera, que de alguna manera puede estar muy lejana en el tiempo para el paciente. ¿No es cierto que reconocer el estado del organismo enfermo o sano en el momento en que llega el paciente es lo que se enseña hoy en día? Para ello existen métodos. Pero la forma de pensar que lleva a decirle al paciente: «Hace cincuenta años pasaste por tal y tal, esa es la causa principal de la enfermedad»… eso no se tiene; en ese caso, uno se basa en lo que dice el paciente, y eso es cuestionable. Precisamente esta primera causa es la causa externa, la que proviene del exterior. Un médico de Kristiania me trajo a un hombre de sesenta años. Tenía todo tipo de erupciones cutáneas que eran fáciles de diagnosticar. Pero nada de lo que se le administró surtió efecto. Entonces el médico me lo trajo, —menciono un ejemplo de entre cientos— y, ante todo, estaba claro que, si se quiere intervenir, hay que saber cuál es el origen de la historia. No fue muy difícil. Muy pronto descubrí que el hombre había sufrido un grave proceso de intoxicación hacía treinta o treinta y cinco años. Eso estaba en su interior. Le dije que intentara recordar lo que había pasado hace treinta y cinco años. Me respondió: «¡Nadie me había preguntado eso antes! Estaba en el colegio. Junto a nuestra clase había un laboratorio de química, y allí vi un frasco con un líquido. Tenía sed y bebí. Me intoxiqué terriblemente, porque era ácido clorhídrico». - Saber esto es tremendamente importante. Nos permite distinguirnos de la situación actual. Así, a veces es importante, —digamos, en ciertos estados nerviosos histéricos—, saber si la persona en cuestión ha sufrido el shock de haber estado a punto de ahogarse. Hay que prestar atención a estas cosas sin falta. Pero, por supuesto, se presta atención a ellas cuando se muestra interés por la persona a la que se quiere curar. Toda la práctica médica debe partir del interés por la persona. Si no se tiene ese interés, se olvidarán las cosas más importantes. Eso es lo que hay que tener en cuenta en este sentido.
¿Tienen todos pensado estar aquí mañana? Entonces, mañana continuaremos con esta reflexión. Solo quiero ofrecerles, sin que esto pueda explicarse ahora, por supuesto, —aunque mañana daré una explicación previa—, unas líneas para seguir reflexionando, que pueden convertirse precisamente en una especie de meditación central en la línea que se planteó aquí ayer. De este modo, llegarán a comprender lo que está integrado en el ser humano procedente del cosmos, del entorno de la Tierra y de las fuerzas terrestres, si siguen centrando su atención en ello. Si se preguntan, al observar la estructura de un ojo: «¿Cómo se ha configurado esto desde el cosmos?», y en el caso del pulmón: «¿Cómo se ha formado a partir de las fuerzas de la órbita, de lo que se mueve planetariamente también en los elementos del aire y del agua? —¿Cómo se relaciona con lo terrestre aquello que da forma a los órganos metabólicos del ser humano?», si se plantean estas preguntas en todos los ámbitos y meditan siguiendo las siguientes instrucciones, entonces aprenderán a ver en el interior del ser humano.
sientes la forma humana.
- esto está relacionado con la Luna.
Mira lo que te mueve con ligereza
- por ejemplo, en la respiración o en la circulación sanguínea
Experimentas el alma humana.
- esto está relacionado con el Sol.
Mira cómo se transforma lo terrenal,
—sobre todo aquello que también trae la muerte al ser humano—
Captas la espiritualización del ser humano.
—Esto está relacionado con Saturno.
y percibirás la forma humana.
y experimentarás el alma humana.
y comprenderás la espiritualización del ser humano.
Traducido por J.Luelmo
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